Relatos de J

LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 21

Los días se convirtieron en semanas y Said seguía en Algeciras, pero el móvil era su nuevo horno. Cada noche, cuando el camión estaba parado en algún polígono o en el puerto, y Omar terminaba el turno en la panadería, los wassaps empezaban. No eran mensajes normales: eran audios largos, fotos en primer plano de cipotes tiesos y goteando, vídeos cortos de pajas brutales grabados en la oscuridad. Los dos hermanos se convertían en sementales cerdos a distancia, recordando cada detalle de Madrid y poniéndose al límite para correrse mutuamente.


Aquí va una recreación detallada de una de esas noches de wassaps (todo en su castellano roto y guarro, como ellos hablaban):


Said (23:47) – Audio de 1:12 min


[Sonido de cremallera bajando, respiración pesada]


“Hermano… Omar… estoy en el camión… solo… luces apagadas… Mira… mi po-ya… ya tiesa… 34 cm… latiendo… por Pepín… Recuerdo… cuando le metí… hasta los huevos… y tú… al lado… empujando… doble… Joder… el culo… apretaba… como virgen… pero se tragaba… todo… Estoy… pajeando… despacio… el glande… morado… gotea… precum… como río… ¿Te acuerdas… de la lefa… que salió… cuando nos corrimos… juntos… dentro? ¡Ah… coño… me pone… loco!”


[Envía foto: primer plano del cipotón moreno de 34 cm, mano grande agarrándolo por la base, venas hinchadas, glande brillante de precum, fondo el salpicadero del camión]


Omar (23:51) – Audio de 0:58 min


[Sonido de horno de fondo apagado, sofá crujiendo]


“Sí… Said… hermano… yo… en el piso… solo… Chema y Pepín… ya duermen… pero yo… no puedo… sin pensar… en ti… Mira… mi ci-po-te… 32 cm… gordo… tieso… por ti… Estoy… sentado… piernas abiertas… pajeando… lento… Recuerdo… cuando empujé… al lado tuyo… en el culo de Pe-pín… sentía… tu po-ya… lar-ga… rozando… la mía… dentro… Joder… qué calor… qué apretado… La lefa… salió… como fuente… empapó… todo… ¡Ah… ahora… acelero… la mano… vuela… por mi rabo… pelotas… pesadas… botando!”


[Envía vídeo corto: 15 segundos, mano morena meneando el cipotón gordo, pelotas grandes subiendo y bajando, gemido bajo en árabe al final]


Said (23:55) – Audio de 1:05 min


“¡Hostia… Omar! ¡Ese vídeo… me ha puesto… a mil! Mira… ahora… pajeo… más rápido… el cipotón… entero… en la mano… el glande… sale… y entra… del prepucio… ¡Ah… sí! Recuerdo… cuando Chema… me miró… flipando… con mi po-ya… más larga… y me dejó… pajearla… hasta que le lefó… la cara… entera… Joder… quiero… volver… y que me peten… los tres… en el culo… ¡Me corro… pronto… hermano! ¡Toma… mi chorro… para ti!”


[Envía foto: cipotón en plena paja, mano borrosa de velocidad, gotas de precum colgando del glande]


Omar (23:59) – Audio de 1:20 min


“¡Said… cabrón! ¡Esa foto… de tu po-ya… lar-ga… me mata! Yo… aquí… en el sofá… donde follamos… a Pepín… la última noche… Estoy… tumbado… piernas arriba… pajeando… fuerte… pellizcándome… los huevos… ¡Ah… joder! Imagina… cuando vuelva… te meto… mi ci-po-te… gordo… en la boca… mientras Chema… y Pepín… te follan… el culo… doble… ¡Quiero… verte… tragando… mi lefa… mientras te revientan! ¡Acelero… más! ¡La mano… como pistón! ¡Me corro… ya… hermano! ¡TOMA… LE-FA… EN AL-GE-CI-RAS!”


[Envía vídeo: 20 segundos, Omar eyaculando chorros espesos sobre su pecho peludo, semen blanco salpicando hasta la barba negra, gemido largo y gutural al final: “¡CO-RRI-DA… PA-RA TI!”]


Said (00:03) – Audio de 0:45 min


“¡Joder… Omar! ¡Ese vídeo… me ha hecho… explotar! Mira… me corro… ahora… viendo… tu lefa… en el pecho… ¡Ah… sí! ¡Chorros… gordos… salpicando… el volante! ¡Toma… mi corrida… hermano! ¡Cuando vuelva… te meto… mi 34 cm… hasta el fondo… en el culo… y te lleno… como a Pepín!”


[Envía foto post-corrida: cipotón moreno aún tieso, semen espeso cubriendo el abdomen tatuado, gotas colgando del glande]


Omar (00:07) – Mensaje de texto + foto


“Buena… le-fa… Said. Mañana… le enseño… esto… a Che-ma… y a Pe-pín. Se van… a poner… duros… como piedras. Prepárate… el culo… porque cuando vuelvas… te follamos… los cuatro… sin parar. Buenas noches… semental.”


[Foto: Omar con el cipotón goteando restos, mano manchada de lefa, fondo el salón oscuro]


Said (00:10) – Último audio de la noche


“Sí… hermano… buenas noches… pero no duermo… sin otra paja… pensando… en Madrid. Te quiero… cabrón… y tu po-ya… gorda… también. Hasta mañana… más lefa.”


Y así noche tras noche. Los wassaps seguían llegando: audios de berridos, fotos de cipotes lefados en camiones o en hornos, vídeos de corridas espontáneas recordando cada detalle de las folladas en Chamberí. Said en el sur, Omar en Madrid, separados por carretera pero unidos por el morbo guarro y fraternal. Pepín y Chema, cuando veían algún mensaje, se unían a la fiesta: “Que vuelva pronto ese cabrón con su 34 cm… le vamos a reventar el culo a él también”.


El invierno llegaba, pero el fuego de los wassaps ultracerdos no se apagaba. Said ya planeaba la próxima visita. Y Omar, cada mañana en el horno, sonreía pensando en el siguiente audio de su hermano semental.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 22

Omar se había ido de vacaciones a Algeciras para ver a Said, pasar unos días con la familia y, seguramente, seguir con los wassaps ultracerdos en persona. La panadería “El Trigo Dorado” se quedaba coja sin él: el horno rugía igual, pero faltaba ese cipotón moreno de 32 cm y esa voz rota soltando guarradas. Chema no podía con todo solo, así que contrató rápido a un vecino del barrio: Josete, un murciano de 27 tacos que vivía en el bloque de al lado. Chaval alto, moreno, pelo rapado a los lados, tatuajes cutres en los brazos, siempre con chándal gris y camiseta de tirantes que marcaba pecho liso pero fuerte. Muy mal hablado, soltaba tacos como quien respira.


– Hostia puta, Chema, gracias por el curro, colega. Estoy tieso como la polla de un muerto y necesito pasta – le dijo Josete el primer día, dándole la mano con fuerza–. Tú mandas, panadero. Pero avisa si hay que amasar cojones o algo, que yo amaso lo que sea.


Chema se rio, pensando que el chaval era un cachondo simpático. Empezaron a currar juntos: madrugadas amasando masa, horneando bollos, sirviendo a las clientas que venían con escotes por el calor residual del verano tardío. Josete era trabajador, pero Chema empezó a notar algo raro: el murciano desaparecía cada dos por tres al lavabo de atrás. Cinco minutos, diez… volvía con la cara colorada, ajustándose el paquete y soltando un “uf, qué alivio, joder”.


Al tercer día, Chema no aguantó más. Estaban solos en el obrador, horno apagado por un rato, y Josete se metió otra vez al baño. Chema esperó cinco minutos y entró de golpe sin llamar.


– ¡Hostia, Josete! ¿Qué coño haces aquí todo el puto día? ¡Esto es una panadería, no un puto club de pajilleros!


Josete estaba de pie frente al váter, pantalones bajados a medio muslo, calzoncillos por las rodillas, mano en el rabo meneando despacio. No se cortó ni un pelo: siguió un segundo más antes de girarse, con el rabo medio tieso colgando.


– Joder, Chema, no te pongas así, hostia. Es que tengo los cojones muy gordos, colega. Me pesan como melones y se me llenan de leche cada dos horas. Si no descargo, me duele la barriga, me pongo de mala hostia y amaso como el culo. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me corra en la masa?


Chema flipó. No se lo creía.


– Venga ya, cabrón. Nadie tiene que pajearse cinco veces al día por “cojones gordos”. Enséñame eso, a ver si es verdad.


Josete se rio con una carcajada guarra, se bajó del todo los calzoncillos y se giró. El rabo era bueno: casi como el de Chema, unos 28-29 cm tieso, grueso, venoso, cabezón rojo. Pero lo flipante eran los huevos: un pedazo de par de huevotes colgando como dos pelotas de tenis, peludas, pesadas, bajas, moviéndose solas con cada respiración. Parecían llenas hasta reventar, la piel tensa y oscura.


– ¿Ves, panadero? Cojones de semental murciano. Me los tengo que vaciar o reviento. Mira cómo pesan, hostia. Toca si quieres, no muerden… todavía.


Chema se acercó, hipnotizado. Tocó con cuidado: los huevos eran calientes, pesados de verdad, como si llevaran litros dentro. Josete siguió hablando, guarro y soez, sin filtro.


– Joder, Chema, cada mañana me levanto con los huevos como piedras. Me pajeo tres veces antes de venir: una en la ducha pensando en la vecina del tercero con ese culo gordo, otra en la cocina imaginándome follando a tu hijo Pepín que está buenorro el cabrón, y otra en el bus viniendo pa acá. Luego aquí… cinco o seis más. Es que la leche me sale a chorros, tío. Cuando me corro, parece una puta manguera. ¿Quieres ver? Porque ya me estoy empinando otra vez solo de hablarlo y de verte flipar con mis huevotes.


Chema sintió cómo su propio pollón tremendo se ponía durísimo bajo los vaqueros. La visión de esos cojonazos increíbles, colgando pesados, y la forma tan guarra y soez en que Josete hablaba de su leche, de sus pajas, de vaciarse… fue demasiado. El panadero se quedó quieto, mano en el paquete, y de repente explotó sin tocarse.


– ¡HOSTIA PUTA, JOSETÉ! ¡ME CORRO, JODER! ¡VIENDO TUS HUEVOS GORDOS Y ESCUCHÁNDOTE! – berreó Chema histérico, chorros espesos empapando los vaqueros por dentro, manchando la bragueta, goteando por la pierna. El cuerpo le tembló, la barba rubia perlada de sudor.


Josete, viendo eso, se empinó lo máximo: el rabo de 29 cm tieso como una barra, venas hinchadas, glande rojo apuntando al techo. Agarró con una mano y empezó a pajearse fuerte, la otra masajeando esos huevotes monstruosos.


– ¡Joder, Chema! ¡Te has corrido solo viéndome! ¡Mira ahora cómo suelto yo la mía, cabrón! ¡Mis cojones están a reventar! ¡Toma fuente de lecheeeeeee!


Josete aceleró como un pistón: mano volando, huevos botando pesados, gemidos convirtiéndose en alaridos.


– ¡AH, SÍ! ¡ME CORRO, HOSTIA! ¡MIRA QUÉ LEFADA! ¡QUÉ FUENTE, JODER! – berreó como un loco.


Y empezó la descarga: chorros brutales, espesos, blancos, saliendo con una fuerza descomunal. Uno, dos, tres… el semen volaba en arcos altos, salpicando el suelo del lavabo, la pared, el váter, hasta llegar a los zapatos de Chema. Josete no paraba: dos minutos de reloj venga a disparar, alaridos constantes.


– ¡TOMA MÁS! ¡QUÉ LECHE, COÑO! ¡MIS HUEVOS ESTÁN VACÍANDOS! ¡AH, JODER, SIGUE SALIENDO! ¡QUÉ BESTIA! – gritaba histérico, el cuerpo temblando, rodillas flojas, pero el rabo seguía escupiendo chorros interminables.


Al final, Josete soltó un último alarido largo y se quedó jadeando, el rabo goteando aún, los huevos algo más vacíos pero todavía impresionantes.


– ¿Ves, panadero? Te lo dije. Cojones gordos… leche a litros. Ahora… ¿me dejas seguir currando o me despides por pajillero?


Chema, con los vaqueros empapados por dentro, se rio exhausto.


– Despido una mierda, cabrón. Estás contratado fijo. Pero de ahora en adelante… cuando te entren ganas… avisa. Que igual te ayudo a descargar.


Josete guiñó un ojo, subiéndose los calzoncillos con dificultad por los huevos hinchados.


– Hecho, jefe. Mañana traigo más leche… y quizás… te deje probarla.


El lavabo quedó oliendo a semen fresco y harina. Chema salió cojeando un poco, vaqueros manchados, pero con una sonrisa. La panadería tenía nuevo ayudante… y nuevo semental. Omar y Said seguían con sus wassaps, pero en Chamberí, Josete acababa de entrar en el juego. Y el juego se ponía cada vez más guarro.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 23

Pasaron los días en “El Trigo Dorado” y la panadería se convirtió en un puto campo de batalla de testosterona y lefa. Omar seguía de vacaciones en Algeciras, mandando wassaps guarrísimos a su hermano desde la playa o el camión, pero en Chamberí el nuevo fichaje, Josete, había tomado el relevo como semental descontrolado. El murciano de 27 años no paraba: en cuanto había un hueco entre cliente y cliente, entre tanda de bollos y tanda de bollos, se metía al lavabo trasero o se escondía detrás de la estantería de sacos de harina y se cascaba la tranca como un mono en celo.


Chema lo observaba todo el puto día salido perdido. El panadero de 46 tacos iba con el pollón tremendo medio tieso bajo el delantal, mirando de reojo cómo Josete desaparecía otra vez. Cinco, seis, siete veces al día mínimo. El chaval entraba al baño con cara normal y salía rojo, sudado, ajustándose el paquete y soltando un “uf, qué alivio, joder” que resonaba en el obrador.


Y las pruebas estaban por todos lados: manchotes de lechada fresca en el suelo del lavabo, salpicaduras blancas en la pared que Chema tenía que limpiar con disimulo antes de que entrara alguna clienta, goterones secos en el borde del fregadero, incluso alguna costra pegada en la puerta del horno que nadie sabía de dónde había salido. Era increíble. Josete no se cortaba: gritaba obscenidades a pleno pulmón mientras se machacaba la tranca, y los berridos se oían hasta la calle.


Una mañana, Chema ya no aguantó más. Estaban solos, horno rugiendo, clientas aún no habían llegado. Josete se metió al baño por sexta vez ese día. Chema esperó dos minutos y entró sin llamar.


– ¡Hostia puta, Josete! ¿Otra vez? ¡Llevas siete corridas hoy y son las once de la mañana! ¿Qué coño tienes en esos huevos?


Josete estaba de espaldas, pantalones por los tobillos, calzoncillos bajados, mano volando por su rabo de 29 cm. Se giró sin parar, cara roja, sudor en la frente.


– Joder, Chema, no me jodas ahora que estoy a punto. Mis cojones son una puta fábrica de leche. Mira, cabrón, ¡mira cómo salen!


Y siguió pajeando, más rápido, los huevotes monstruosos botando como pelotas pesadas, la piel tensa y oscura. Chema se quedó en la puerta, pollón tieso como una estaca bajo los vaqueros, flipando con la escena.


– ¡AH, SÍ! ¡ME CORRO OTRA VEZ, HOSTIA! ¡TOMA LEFADA MURCIANA! – berreó Josete, el cuerpo temblando.


Chorros brutales salieron disparados: uno salpicó el espejo, otro la pared, tres más cayeron al suelo en arcos gruesos y blancos. Josete no paraba de gritar guarradas mientras eyaculaba.


– ¡QUÉ LECHE, COÑO! ¡MIS HUEVOS ESTÁN LLENOS COMO GLOBO! ¡TOMA MÁS, JODER! ¡QUÉ FUENTE! ¡AH, SÍÍÍ!


Duró casi dos minutos: chorro tras chorro, alaridos constantes, el lavabo oliendo a semen fresco y a macho desatado. Al final, Josete soltó un último gemido largo, el rabo goteando, los huevos algo más vacíos pero todavía impresionantes.


– ¿Ves, panadero? Siete veces hoy… y aún me quedan dos o tres antes de cerrar. Es que estos cojonazos no paran de fabricar. Si no los vacío, me duele todo el día.


Chema, con el pollón latiendo dolorosamente, se acercó y tocó otra vez esos huevotes: calientes, pesados, aún latiendo un poco.


– Joder, Josete… eres un puto animal. Nadie corre como tú. Cinco, seis, siete veces… y cada vez como un géiser. Me tienes todo el día empalmado viéndote desaparecer.


Josete se rio guarro, subiéndose los calzoncillos con dificultad.


– ¿Te pone, eh, viejo? Pues avisa cuando quieras. Que igual te ayudo a descargar tú también. O te dejo pajearme estos huevazos mientras te cuento cómo me corro pensando en las clientas que entran con tetas fuera.


Chema tragó saliva, el bulto en los vaqueros escandaloso.


– Mañana… hablamos. Pero limpia esto antes de que entre alguien, cabrón.


Josete guiñó un ojo, agarrando un trapo.


– Hecho, jefe. Pero si oyes berridos otra vez… es que me ha dado por la octava.


Chema salió del baño con las piernas flojas, pollón tieso y mente llena de imágenes: Josete machacándose la tranca, huevos botando, lefa salpicando todo. La panadería seguía oliendo a pan… pero cada vez más a semen murciano. Omar volvería pronto de vacaciones, pero mientras, Josete había convertido el obrador en su particular club de pajas. Y Chema, salido todo el día, no sabía si regañarlo… o unirse. El barrio de Chamberí nunca había sido tan guarro.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 24

Una mañana de finales de septiembre, el cielo de Madrid estaba gris pero el horno seguía ardiendo como siempre. Chema tenía que ir a los proveedores a por harina y levadura: “Me voy un par de horas, chavales. Pepín, quédate con Josete y abre a las siete. No la caguéis, ¿eh?”. Besó a su hijo en la frente, le dio una palmada en el culo al pasar y salió con la furgoneta.


Pepín se quedó solo con Josete en la panadería cerrada. El murciano ya estaba amasando con su camiseta sudada pegada al pecho, chándal gris marcando paquete y esos huevotes que se adivinaban pesados cada vez que se movía. Pepín, que llevaba días oyendo los berridos del lavabo y viendo los manchotes blancos por las esquinas, decidió ir al grano.


– Oye, Josete… ¿qué coño te pasa que desapareces cada rato y sales con cara de haberte corrido un maratón? Mi padre dice que tienes los huevos gordos y que descargas como un caballo. ¿Es verdad o me estáis tomando el pelo?


Josete dejó la masa en la mesa, se limpió las manos en el delantal y soltó una carcajada guarra.


– Joder, Pepín, directo al grano, ¿eh? Claro que es verdad, cabrón. Mira, mis cojones son una puta fábrica. Me pesan como ladrillos y se me llenan de leche cada hora. Si no me la machaco, me duele todo. ¿Quieres ver? Porque ya me estoy empinando solo de hablarlo contigo.


Pepín sintió un subidón inmediato. El chaval de 20 años con cuerpo de nadador se acercó, el short marcando su propia polla joven reaccionando.


– Hostia… sí. Machácatela delante mía. La panadería está cerrada, nadie entra. Y apunta a esa garrafa de cinco litros que hay ahí detrás, la de agua vacía. A ver cuánta leche tienes de verdad.


Josete se rio como un loco, se bajó los pantalones y calzoncillos de un tirón. El rabo saltó tieso: 29 cm de carne gruesa, venosa, cabezón rojo. Pero los huevos… joder, los huevos eran una barbaridad: dos pelotas enormes, colgando bajas, peludas, la piel tensa y oscura, moviéndose solas como si tuvieran vida propia.


Pepín flipó en colores.


– ¡Hostia puta, Josete! ¡Qué cojonazos! Parecen dos melones llenos. ¡Machácala ya, cabrón! ¡Quiero ver cómo sueltas la primera!


Josete agarró su tranca con una mano grande y empezó a pajeársela fuerte, apuntando el glande a la boca de la garrafa de cinco litros que Pepín había puesto en el suelo.


– ¡Mira, chaval! ¡Primera descarga del día! ¡Mis huevos están a reventar desde anoche! ¡Toma lefa murciana!


Aceleró el ritmo, los huevotes botando pesados, el sudor cayéndole por la frente.


– ¡AH, SÍ! ¡ME CORRO, JODER! ¡QUÉ LECHADA! ¡TOMA!


El primer chorro salió brutal: espeso, blanco, potente. Golpeó el fondo de la garrafa con sonido hueco. Segundo chorro, tercero… Josete berreaba como un toro.


– ¡QUÉ FUENTE, COÑO! ¡MIS HUEVOS ESTÁN VACÍANDOS! ¡MIRA CÓMO LLENA, PEPÍN! ¡AH, SÍÍÍ!


Duró casi un minuto: chorros interminables, la garrafa empezando a llenarse por el fondo. Pepín, al lado, no podía evitarlo: metió la mano y empezó a sobar esos cojonazos maravillosos. Los huevos eran calientes, pesados, latiendo con cada contracción.


– ¡Joder, Josete! ¡Qué huevos más gordos! ¡Sigue, cabrón! ¡Vacíalos todos! ¡Quiero que llenes la garrafa hasta arriba!


Josete, animado por las manos de Pepín masajeando sus pelotas, siguió pajeando más fuerte.


– ¡SÍ, chaval! ¡Sobame los huevos! ¡Me pones a mil! ¡Segunda corrida ya!


Segunda descarga: aún más abundante. Chorros gruesos cayendo en la garrafa, el nivel subiendo visiblemente. Josete gritaba obscenidades.


– ¡TOMA MÁS LECHE, PEPÍN! ¡MIS COJONES SON UNA PUTA MINA! ¡AH, JODER, SIGUE SALIENDO!


Pepín sobaba sin parar: apretando, masajeando, sintiendo cómo los huevos se contraían y soltaban más semen. Tercera, cuarta, quinta… corrida tras corrida, Josete no paraba. Cada vez que parecía acabarse, volvía a endurecerse y soltaba otra fuente.


– ¡QUINTA, HOSTIA! ¡QUÉ BESTIA! ¡MIRA CÓMO SUBE EL NIVEL! ¡LA GARRAFA ESTÁ A LA MITAD!


Pepín, cachondo perdido, se quitó el short y empezó a pajearse su propia polla joven mientras sobaba los huevos del murciano.


– ¡Sigue, Josete! ¡No pares! ¡Quiero esa garrafa llena hasta el borde de tu leche! ¡Vacíate del todo!


Josete, al límite, siguió machacándose: sexta, séptima… los chorros seguían saliendo con fuerza descomunal, el nivel de la garrafa subiendo lento pero inexorable. El obrador olía a semen murciano puro: espeso, caliente, abundante.


Al final, después de nueve corridas brutales, Josete soltó un último alarido largo.


– ¡ÚLTIMA, PEPÍN! ¡TOMA TODO LO QUE QUEDA! ¡MIS HUEVOS ESTÁN VACÍOS… POR FIN!


El último chorro cayó pesado en la garrafa: cinco litros exactos, hasta el borde, una leche blanca, cremosa, burbujeante, con olor brutal a macho desatado.


Pepín, temblando de morbo, agarró la garrafa con las dos manos.


– ¡Hostia puta… llena hasta arriba! ¡Qué semental eres, Josete!


Y sin pensarlo dos veces, se echó la garrafa por encima: volcó el contenido entero sobre su cabeza, su pecho, su abdomen, sus piernas. Se duchó literalmente en leche de semental: chorros espesos cayendo por su pelo, por su cara, por su cuerpo de nadador, empapándolo entero. El semen caliente resbalaba por su piel, goteaba al suelo, llenaba el obrador de olor a corrida murciana.


– ¡JODER, QUÉ CALIENTE! ¡QUÉ LECHE MÁS ESPESA! ¡ME ESTOY DUCHANDO EN TU LEFA, JOSETÉ! ¡QUÉ GUARRO!


Josete, exhausto pero riendo, se acercó y le dio una palmada en el culo empapado.


– ¿Ves, chaval? Cojones gordos… leche infinita. Ahora… ayúdame a limpiar esto antes de que vuelva tu padre… o igual le decimos que has sido tú el que ha llenado la garrafa.


Pepín, cubierto de semen de pies a cabeza, sonrió guarro.


– Que vuelva cuando quiera… pero la próxima vez… quiero que me llenes a mí directamente.


La panadería abrió tarde ese día. El suelo del obrador quedó pegajoso, el aire cargado de lefa fresca. Josete había encontrado un nuevo compañero de pajas… y Pepín, una nueva fuente inagotable. Cuando Chema volvió, olió algo raro y sonrió: “¿Qué coño ha pasado aquí?”. Pero eso… es otra historia.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 25

Pepín no podía quitarse de la cabeza la garrafa de cinco litros llena de lefa murciana. Josete había demostrado ser un portento absoluto: huevos como melones, corridas interminables, berridos que hacían temblar el horno. Así que esa tarde, cuando la panadería cerró temprano porque Chema había salido a entregar un pedido grande, Pepín decidió montar algo en casa. Mandó un mensaje a Dani “Pivot”:


“Ven a casa, cabrón. Tengo sorpresa. Trae birra y prepárate para flipar.”


Y luego a Josete:


“Sube al piso cuando cierres. Mi colega Dani viene. Vas a flipar con lo que te espera… o lo que te espera a ti.”


Josete respondió con un audio guarro: “Joder, Pepín, si es para descargar estos cojonazos otra vez, subo volando. Llevo los huevos cargados desde el desayuno.”


Dani llegó primero: alto como un poste, 1,95 m de puro músculo de baloncesto, chándal ajustado marcando su megapollón de 30 cm. Pepín lo recibió en shorts, torso desnudo, cuerpo de nadador todavía con marcas leves de la última follada.


– ¿Qué pasa, chaval? ¿Qué sorpresa es esa? – dijo Dani, dejando la birra en la mesa y ajustándose el paquete al ver a Pepín medio en pelotas.


– Espera, Pivot. Viene uno que te va a dejar loco. Siéntate y abre una birra.


Josete subió cinco minutos después. Entró con chándal gris sudado, camiseta pegada al pecho, y una sonrisa de cabrón total.


– Buenas, hostia. ¿Este es el Pivot? Joder, qué armario. ¿Y qué coño hacemos aquí arriba, Pepín? ¿Fiesta de pajas o qué?


Pepín cerró la puerta y fue directo:


– Josete, bájate los pantalones. Quiero que Dani vea lo que yo vi el otro día. Esos huevazos tuyos son de otro planeta.


Josete se rio a carcajadas, se bajó los pantalones y calzoncillos de un tirón. El rabo saltó medio tieso, pero los huevos… joder, los huevos colgaban como dos pelotas de baloncesto pesadas, peludas, bajas, la piel tensa y oscura, moviéndose solas con cada paso.


Dani se quedó boquiabierto. El pivot alto y fortachón miró esos cojonazos y sintió un subidón inmediato.


– ¡Hostia puta… qué huevos más gordos! ¡Parecen dos melones llenos de leche! – soltó Dani, y sin tocarse ni nada, se corrió encima. Chorros espesos empaparon su chándal por dentro, manchando la tela gris, goteando por la pierna. – ¡Joder… me he corrido solo viéndolos! ¡Qué bestia!


Josete flipó con la reacción, pero se puso aún más cachondo.


– ¿Te has corrido solo mirándome los huevos, cabrón? Joder, qué guarro eres, Pivot. Ven aquí… si te flipan tanto, mama mi polla. Te voy a llenar esa boquita de leche hasta que te ahogues.


Dani, rojo pero excitado perdido, se arrodilló delante del murciano. Josete agarró su rabo de 29 cm, ya tieso como una barra, y se lo metió en la boca sin piedad.


– ¡Chupa, hijo de puta! ¡Traga mi tranca murciana! ¡Mira cómo te la meto hasta la garganta, cabrón!


Dani abrió la boca todo lo que pudo, el glande grueso golpeándole la campanilla. Josete empezó a follarle la cara con estocadas profundas, las pelotas pesadas golpeando la barbilla del pivot.


– ¡SÍ, JODER! ¡CHÚPALA BIEN, PUTA! ¡MIS HUEVOS ESTÁN LLENOS OTRA VEZ! ¡TE VOY A LLENAR LA BOCA DE LEFA HASTA QUE REBOSE!


Pepín, al lado, se pajeaba mirando la escena, animando.


– ¡Dale, Josete! ¡Fóllale la cara! ¡Llénalo de leche, cabrón! ¡Quiero ver cómo le chorrea por la barbilla!


Josete aceleró, agarrando la cabeza de Dani con las dos manos, empujando hasta que la nariz tocaba el pubis.


– ¡AH, SÍ! ¡ME CORRO, HOSTIA! ¡TOMA PRIMERA LEFADA, CABRÓN! ¡TRAGA TODO!


El primer chorro salió brutal: espeso, caliente, llenando la boca de Dani hasta rebosar. Dani tragó como pudo, pero sobraba: lefa blanca saliendo por las comisuras, cayendo por la barbilla, goteando al pecho.


– ¡QUÉ LECHE, COÑO! ¡TOMA MÁS, PUTA! ¡SEGUNDA DESCARGA! – berreó Josete, sin sacar el rabo, disparando otro chorro inmenso que hizo que Dani se atragantara.


Josete siguió: tercera, cuarta… cada corrida era inconmensurable, chorros interminables, alaridos constantes.


– ¡JODER, QUÉ BESTIA! ¡MIS HUEVOS NO PARAN! ¡TOMA OTRA, HIJO DE PUTA! ¡LLÉNATE LA BOCA DE MI LEFA MURCIANA! ¡AH, SÍÍÍ! ¡QUÉ GUARRO ERES, PIVOT!


Dani tragaba y tragaba, cara empapada, pecho chorreando, pero Josete no paraba. Quinta corrida: más lefa saliendo por la nariz de Dani, goteando al suelo.


– ¡QUINTA, CABRÓN! ¡TOMA! ¡MIS COJONES SON INAGOTABLES! ¡GRITA, PUTA!


Dani gemía ahogado, pero excitado: – ¡Joder… qué leche… más… dame más!


Josete soltó un último alarido largo, sexta corrida monumental: chorros que llenaron la boca de Dani hasta que tuvo que escupir un poco, lefa cayendo en cascada por su barbilla, cuello, pecho.


– ¡ÚLTIMA POR AHORA, HIJO DE PUTA! ¡TOMA TODO! ¡QUÉ LEFADA, JODER!


Josete salió de la boca, el rabo goteando aún, y Dani se quedó arrodillado, cara y torso empapados de semen espeso, tragando lo que podía.


Pepín, que se había corrido dos veces solo mirando, se acercó y le dio una palmada en la espalda a Dani.


– Hostia, Pivot… te ha llenado como a un puto contenedor. Josete es un portento.


Josete se rio, ajustándose los calzoncillos con dificultad por los huevos aún pesados.


– ¿Ves? Cojones gordos… leche infinita. La próxima vez… os lleno a los dos. O a los tres, cuando vuelva tu viejo.


Dani, limpiándose la cara con el dorso de la mano, sonrió guarro.


– Joder… qué corrida… Quiero más. La próxima traigo a otro colega de la uni.


Pepín guiñó un ojo.


– Hecho. Pero ahora… a limpiar antes de que vuelva papi. Aunque igual le cuento… y se une.


El salón quedó oliendo a lefa murciana fresca. Josete había demostrado ser un semental sin fondo, y la casa de Chamberí seguía subiendo de temperatura. Omar volvería pronto de vacaciones… pero mientras, Josete ya había tomado el relevo. Y los huevos gordos no paraban de fabricar.
 
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