ImanolJ
Miembro muy activo
- Desde
- 18 Sep 2023
- Mensajes
- 163
- Reputación
- 1,342
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 2
El verano en Madrid era un puto infierno, de esos que te hacen sudar hasta el alma. Junio había llegado con una ola de calor que convertía las calles en un horno gigante, y las clientas de “El Trigo Dorado” parecían haberse puesto de acuerdo para torturar a Chema. Venían ligeritas de ropa, con escotes que dejaban ver tetas sudorosas, shorts que marcaban culos redondos y camisetas pegadas al cuerpo por el bochorno. Chema, detrás del mostrador, sudaba la gota gorda, no solo por el horno, sino porque su pollón tremendo no paraba de empalmarse. “Joder, esta tía con el top ese… parece que me está pidiendo que le meta el baguette por el coño”, pensaba mientras servía a una rubia de veintipocos que pedía “una barra bien larga y gruesa, Chema, que me encanta sentirla en la mano”. El cabrón sonreía con su barba rubia empapada en sudor, pero por debajo del delantal, su verga estaba como una estaca, latiendo contra la bragueta de los vaqueros.
Todo el día así: empalmado como un burro. Las piernas fuertes de Chema, esas de futbolista, temblaban un poco de la tensión acumulada. Se agachaba a por bollos y sentía cómo el bulto se marcaba escandaloso, y alguna clienta hasta le echaba una miradita disimulada. “Hostia, si sigo así, voy a reventar los pantalones”, se decía, riendo para sus adentros con ese humor suyo. Pero nada, aguantaba como podía, sirviendo pan con una sonrisa maja, aunque por dentro era un volcán de leche acumulada. El divorcio le había dejado sequito de folleteo, y ahora con el calor, iba más caliente que el asfalto madrileño.
Al mediodía, cuando cerró la panadería para la siesta, Chema subió al piso de arriba hecho un toro en celo. Pepín estaba en el salón, tirado en el sofá en calzoncillos por el calor, con el cuerpo de nadador todo sudado y brillante. El chaval de 20 años era un bombón: delgado pero marcado, con abdominales que se veían bajo la piel morena, y unas piernas largas de tanto nadar. Estaba viendo la tele, comiendo un bocata, ajeno al mundo, pero cuando vio entrar a su padre, no pudo evitar fijarse en el bulto espectacular que marcaba Chema en la bragueta. “Joder, papi, eso parece un salchichón de los gordos”, pensó Pepín, pero no dijo nada al principio, solo se rio por lo bajo.
Chema se dejó caer en el sofá al lado de su hijo, soltando un suspiro largo.
– Hostia, hijo, qué calor de mierda. Las tías del barrio me están matando hoy – dijo Chema, rascándose la barba y abanicándose con una revista vieja.
Pepín lo miró de reojo, notando cómo el pollón de su padre empujaba contra la tela, formando un relieve que daba gloria verlo. Eran adultos, joder, y en casa hablaban de todo sin cortarse un pelo. El chaval se incorporó un poco, ajustándose sus propios calzoncillos, donde empezaba a notarse un bultito incipiente.
– Ya te veo, papi. Menudo paquete llevas ahí. Parece que vas a explotar – soltó Pepín con una carcajada, señalando sin disimulo la bragueta de Chema.
Chema se miró abajo y se rio a carcajadas, palmeándose la pierna fuerte.
– Joder, chaval, es que con este calor… las clientas vienen medio en pelotas. Me pongo como una moto todo el puto día. No veas las empalmadas que me pillo.
Pepín se rio también, sintiendo un cosquilleo en su propia polla. “Hostia, mi padre hablando de empalmadas… qué morbo”, pensó, pero lo dijo en voz alta, sin filtros.
– Oye, papi, somos tíos, ¿no? No te cortes. Si estás salido, pajéate a gusto en casa. No hace falta que bajes al horno a cascártela como un ladrón. Aquí estamos solos, joder. Libera esa lefa que llevas acumulada.
Chema miró a su hijo con los ojos como platos, pero luego soltó una risotada tremenda, dándole una palmada en el hombro a Pepín.
– Coño, Pepín, qué maduro estás, cabrón. Tienes razón, hostia. Llevo semanas aliviándome abajo para no molestarte, pero joder, si somos familia. Vale, chaval, haré caso. Esta noche me la pelo como Dios manda en mi cuarto.
Pepín sonrió, notando cómo su propia verga se endurecía un poco bajo los calzoncillos. “Joder, imaginármelo… mi padre con ese pollón en la mano”, pensó, pero disimuló bebiendo un trago de agua.
– Eso, papi. Descárgate bien. Que se oiga en todo el barrio si hace falta – bromeó Pepín, y los dos se rieron como colegas, aunque el aire se cargó de un homoerotismo sutil, de esos que flotan entre padre e hijo cuando el calor aprieta.
La tarde pasó tranquila: comieron juntos, charlaron de fútbol y de la natación de Pepín, pero Chema no podía quitarse de la cabeza la idea. Cuando cayó la noche, el calor no aflojaba, y el piso estaba como un sauna. Chema se metió en su cuarto, cerrando la puerta pero no del todo, por el bochorno. Se quitó la ropa toda, quedándose en pelotas, con su cuerpo fornido sudando: pecho peludo, abdominales marcados, piernas fuertes abiertas y ese pollón tremendo colgando pesado entre ellas, ya medio empalmado. “Joder, qué ganas tengo”, pensó, tumbándose en la cama con las sábanas revueltas.
Empezó despacio: se agarró la verga con una mano grande y callosa, meneándola arriba y abajo, sintiendo cómo se ponía dura como el hierro. El glande asomaba rojo y brillante, y Chema gemía bajito al principio. “Ah, sí, cabrona… crece para papi”, murmuraba, imaginando a las clientas, pero también… joder, a Pepín en calzoncillos esa tarde. “No, coño, quita”, pensó, pero la idea le aceleró el ritmo. Aceleró la paja, la mano volando por esa polla gorda, venosa, de las que dan envidia. El sudor le caía por la barba rubia, y empezó a gritar guarradas, sin cortarse.
– ¡JODER, QUÉ POLLÓN TENGO! ¡ME VOY A CORRER COMO UN CABRÓN! – berreó Chema, pellizcándose un pezón con la otra mano, las piernas temblando.
En la habitación de al lado, Pepín lo oía todo. El chaval estaba en su cama, también en pelotas por el calor, y al principio se rio: “Hostia, mi padre sí que va a saco”. Pero los gritos le pusieron cachondo perdido. Su propia polla, una verga decente de chaval joven, se endureció al instante. “Joder, qué guarro… hablando de su lefa”, pensó Pepín, y sin poder evitarlo, se agarró el rabo y empezó a pajearse al ritmo de los gemidos de su padre.
– ¡HOSTIA PUTA, QUÉ LECHADA MONUMENTAL VOY A SOLTAR! ¡ME CORRO, JODER, ME CORRO! – gritaba Chema, la mano como un pistón, el pollón latiendo, imaginando chorros de semen espeso salpicando todo.
Pepín aceleraba también, mordiéndose el labio, el cuerpo de nadador sudado y tenso. “Sí, papi, suelta esa leche… joder, yo también”, pensó, gimiendo bajito para no ser oído, pero sincronizado con los berreos de Chema.
– ¡AH, SÍ, CABRONES! ¡TOMA LEFA PARA TODOS! – berreó Chema al límite, y eyaculó como un géiser: chorros gruesos de semen caliente salpicando su pecho peludo, el belly, hasta la barba. “¡QUÉ DESCARGA, HOSTIA!” gritó, temblando entero.
Pepín, oyéndolo, no aguantó más: su polla joven escupió lefa a chorros, cubriéndole el abdomen marcado y las sábanas. “¡JODER, SÍ!”, gimió en voz baja, pero monumental, el orgasmo sacudiéndole como una ola en la piscina.
Cada uno en su habitación, jadeando, se quedaron quietos un rato, con la polla aún goteando. Chema se rio solo: “Joder, qué alivio… el chaval tenía razón”. Pepín, en su cuarto, pensó: “Hostia, si supiera que me he corrido con él… qué morbo”. El calor seguía, pero ahora el aire olía a sexo, a lefa fresca. Y la noche madrileña prometía más.
Cap 2
El verano en Madrid era un puto infierno, de esos que te hacen sudar hasta el alma. Junio había llegado con una ola de calor que convertía las calles en un horno gigante, y las clientas de “El Trigo Dorado” parecían haberse puesto de acuerdo para torturar a Chema. Venían ligeritas de ropa, con escotes que dejaban ver tetas sudorosas, shorts que marcaban culos redondos y camisetas pegadas al cuerpo por el bochorno. Chema, detrás del mostrador, sudaba la gota gorda, no solo por el horno, sino porque su pollón tremendo no paraba de empalmarse. “Joder, esta tía con el top ese… parece que me está pidiendo que le meta el baguette por el coño”, pensaba mientras servía a una rubia de veintipocos que pedía “una barra bien larga y gruesa, Chema, que me encanta sentirla en la mano”. El cabrón sonreía con su barba rubia empapada en sudor, pero por debajo del delantal, su verga estaba como una estaca, latiendo contra la bragueta de los vaqueros.
Todo el día así: empalmado como un burro. Las piernas fuertes de Chema, esas de futbolista, temblaban un poco de la tensión acumulada. Se agachaba a por bollos y sentía cómo el bulto se marcaba escandaloso, y alguna clienta hasta le echaba una miradita disimulada. “Hostia, si sigo así, voy a reventar los pantalones”, se decía, riendo para sus adentros con ese humor suyo. Pero nada, aguantaba como podía, sirviendo pan con una sonrisa maja, aunque por dentro era un volcán de leche acumulada. El divorcio le había dejado sequito de folleteo, y ahora con el calor, iba más caliente que el asfalto madrileño.
Al mediodía, cuando cerró la panadería para la siesta, Chema subió al piso de arriba hecho un toro en celo. Pepín estaba en el salón, tirado en el sofá en calzoncillos por el calor, con el cuerpo de nadador todo sudado y brillante. El chaval de 20 años era un bombón: delgado pero marcado, con abdominales que se veían bajo la piel morena, y unas piernas largas de tanto nadar. Estaba viendo la tele, comiendo un bocata, ajeno al mundo, pero cuando vio entrar a su padre, no pudo evitar fijarse en el bulto espectacular que marcaba Chema en la bragueta. “Joder, papi, eso parece un salchichón de los gordos”, pensó Pepín, pero no dijo nada al principio, solo se rio por lo bajo.
Chema se dejó caer en el sofá al lado de su hijo, soltando un suspiro largo.
– Hostia, hijo, qué calor de mierda. Las tías del barrio me están matando hoy – dijo Chema, rascándose la barba y abanicándose con una revista vieja.
Pepín lo miró de reojo, notando cómo el pollón de su padre empujaba contra la tela, formando un relieve que daba gloria verlo. Eran adultos, joder, y en casa hablaban de todo sin cortarse un pelo. El chaval se incorporó un poco, ajustándose sus propios calzoncillos, donde empezaba a notarse un bultito incipiente.
– Ya te veo, papi. Menudo paquete llevas ahí. Parece que vas a explotar – soltó Pepín con una carcajada, señalando sin disimulo la bragueta de Chema.
Chema se miró abajo y se rio a carcajadas, palmeándose la pierna fuerte.
– Joder, chaval, es que con este calor… las clientas vienen medio en pelotas. Me pongo como una moto todo el puto día. No veas las empalmadas que me pillo.
Pepín se rio también, sintiendo un cosquilleo en su propia polla. “Hostia, mi padre hablando de empalmadas… qué morbo”, pensó, pero lo dijo en voz alta, sin filtros.
– Oye, papi, somos tíos, ¿no? No te cortes. Si estás salido, pajéate a gusto en casa. No hace falta que bajes al horno a cascártela como un ladrón. Aquí estamos solos, joder. Libera esa lefa que llevas acumulada.
Chema miró a su hijo con los ojos como platos, pero luego soltó una risotada tremenda, dándole una palmada en el hombro a Pepín.
– Coño, Pepín, qué maduro estás, cabrón. Tienes razón, hostia. Llevo semanas aliviándome abajo para no molestarte, pero joder, si somos familia. Vale, chaval, haré caso. Esta noche me la pelo como Dios manda en mi cuarto.
Pepín sonrió, notando cómo su propia verga se endurecía un poco bajo los calzoncillos. “Joder, imaginármelo… mi padre con ese pollón en la mano”, pensó, pero disimuló bebiendo un trago de agua.
– Eso, papi. Descárgate bien. Que se oiga en todo el barrio si hace falta – bromeó Pepín, y los dos se rieron como colegas, aunque el aire se cargó de un homoerotismo sutil, de esos que flotan entre padre e hijo cuando el calor aprieta.
La tarde pasó tranquila: comieron juntos, charlaron de fútbol y de la natación de Pepín, pero Chema no podía quitarse de la cabeza la idea. Cuando cayó la noche, el calor no aflojaba, y el piso estaba como un sauna. Chema se metió en su cuarto, cerrando la puerta pero no del todo, por el bochorno. Se quitó la ropa toda, quedándose en pelotas, con su cuerpo fornido sudando: pecho peludo, abdominales marcados, piernas fuertes abiertas y ese pollón tremendo colgando pesado entre ellas, ya medio empalmado. “Joder, qué ganas tengo”, pensó, tumbándose en la cama con las sábanas revueltas.
Empezó despacio: se agarró la verga con una mano grande y callosa, meneándola arriba y abajo, sintiendo cómo se ponía dura como el hierro. El glande asomaba rojo y brillante, y Chema gemía bajito al principio. “Ah, sí, cabrona… crece para papi”, murmuraba, imaginando a las clientas, pero también… joder, a Pepín en calzoncillos esa tarde. “No, coño, quita”, pensó, pero la idea le aceleró el ritmo. Aceleró la paja, la mano volando por esa polla gorda, venosa, de las que dan envidia. El sudor le caía por la barba rubia, y empezó a gritar guarradas, sin cortarse.
– ¡JODER, QUÉ POLLÓN TENGO! ¡ME VOY A CORRER COMO UN CABRÓN! – berreó Chema, pellizcándose un pezón con la otra mano, las piernas temblando.
En la habitación de al lado, Pepín lo oía todo. El chaval estaba en su cama, también en pelotas por el calor, y al principio se rio: “Hostia, mi padre sí que va a saco”. Pero los gritos le pusieron cachondo perdido. Su propia polla, una verga decente de chaval joven, se endureció al instante. “Joder, qué guarro… hablando de su lefa”, pensó Pepín, y sin poder evitarlo, se agarró el rabo y empezó a pajearse al ritmo de los gemidos de su padre.
– ¡HOSTIA PUTA, QUÉ LECHADA MONUMENTAL VOY A SOLTAR! ¡ME CORRO, JODER, ME CORRO! – gritaba Chema, la mano como un pistón, el pollón latiendo, imaginando chorros de semen espeso salpicando todo.
Pepín aceleraba también, mordiéndose el labio, el cuerpo de nadador sudado y tenso. “Sí, papi, suelta esa leche… joder, yo también”, pensó, gimiendo bajito para no ser oído, pero sincronizado con los berreos de Chema.
– ¡AH, SÍ, CABRONES! ¡TOMA LEFA PARA TODOS! – berreó Chema al límite, y eyaculó como un géiser: chorros gruesos de semen caliente salpicando su pecho peludo, el belly, hasta la barba. “¡QUÉ DESCARGA, HOSTIA!” gritó, temblando entero.
Pepín, oyéndolo, no aguantó más: su polla joven escupió lefa a chorros, cubriéndole el abdomen marcado y las sábanas. “¡JODER, SÍ!”, gimió en voz baja, pero monumental, el orgasmo sacudiéndole como una ola en la piscina.
Cada uno en su habitación, jadeando, se quedaron quietos un rato, con la polla aún goteando. Chema se rio solo: “Joder, qué alivio… el chaval tenía razón”. Pepín, en su cuarto, pensó: “Hostia, si supiera que me he corrido con él… qué morbo”. El calor seguía, pero ahora el aire olía a sexo, a lefa fresca. Y la noche madrileña prometía más.