Relatos de J

LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 2

El verano en Madrid era un puto infierno, de esos que te hacen sudar hasta el alma. Junio había llegado con una ola de calor que convertía las calles en un horno gigante, y las clientas de “El Trigo Dorado” parecían haberse puesto de acuerdo para torturar a Chema. Venían ligeritas de ropa, con escotes que dejaban ver tetas sudorosas, shorts que marcaban culos redondos y camisetas pegadas al cuerpo por el bochorno. Chema, detrás del mostrador, sudaba la gota gorda, no solo por el horno, sino porque su pollón tremendo no paraba de empalmarse. “Joder, esta tía con el top ese… parece que me está pidiendo que le meta el baguette por el coño”, pensaba mientras servía a una rubia de veintipocos que pedía “una barra bien larga y gruesa, Chema, que me encanta sentirla en la mano”. El cabrón sonreía con su barba rubia empapada en sudor, pero por debajo del delantal, su verga estaba como una estaca, latiendo contra la bragueta de los vaqueros.

Todo el día así: empalmado como un burro. Las piernas fuertes de Chema, esas de futbolista, temblaban un poco de la tensión acumulada. Se agachaba a por bollos y sentía cómo el bulto se marcaba escandaloso, y alguna clienta hasta le echaba una miradita disimulada. “Hostia, si sigo así, voy a reventar los pantalones”, se decía, riendo para sus adentros con ese humor suyo. Pero nada, aguantaba como podía, sirviendo pan con una sonrisa maja, aunque por dentro era un volcán de leche acumulada. El divorcio le había dejado sequito de folleteo, y ahora con el calor, iba más caliente que el asfalto madrileño.

Al mediodía, cuando cerró la panadería para la siesta, Chema subió al piso de arriba hecho un toro en celo. Pepín estaba en el salón, tirado en el sofá en calzoncillos por el calor, con el cuerpo de nadador todo sudado y brillante. El chaval de 20 años era un bombón: delgado pero marcado, con abdominales que se veían bajo la piel morena, y unas piernas largas de tanto nadar. Estaba viendo la tele, comiendo un bocata, ajeno al mundo, pero cuando vio entrar a su padre, no pudo evitar fijarse en el bulto espectacular que marcaba Chema en la bragueta. “Joder, papi, eso parece un salchichón de los gordos”, pensó Pepín, pero no dijo nada al principio, solo se rio por lo bajo.

Chema se dejó caer en el sofá al lado de su hijo, soltando un suspiro largo.

– Hostia, hijo, qué calor de mierda. Las tías del barrio me están matando hoy – dijo Chema, rascándose la barba y abanicándose con una revista vieja.

Pepín lo miró de reojo, notando cómo el pollón de su padre empujaba contra la tela, formando un relieve que daba gloria verlo. Eran adultos, joder, y en casa hablaban de todo sin cortarse un pelo. El chaval se incorporó un poco, ajustándose sus propios calzoncillos, donde empezaba a notarse un bultito incipiente.

– Ya te veo, papi. Menudo paquete llevas ahí. Parece que vas a explotar – soltó Pepín con una carcajada, señalando sin disimulo la bragueta de Chema.

Chema se miró abajo y se rio a carcajadas, palmeándose la pierna fuerte.

– Joder, chaval, es que con este calor… las clientas vienen medio en pelotas. Me pongo como una moto todo el puto día. No veas las empalmadas que me pillo.

Pepín se rio también, sintiendo un cosquilleo en su propia polla. “Hostia, mi padre hablando de empalmadas… qué morbo”, pensó, pero lo dijo en voz alta, sin filtros.

– Oye, papi, somos tíos, ¿no? No te cortes. Si estás salido, pajéate a gusto en casa. No hace falta que bajes al horno a cascártela como un ladrón. Aquí estamos solos, joder. Libera esa lefa que llevas acumulada.

Chema miró a su hijo con los ojos como platos, pero luego soltó una risotada tremenda, dándole una palmada en el hombro a Pepín.

– Coño, Pepín, qué maduro estás, cabrón. Tienes razón, hostia. Llevo semanas aliviándome abajo para no molestarte, pero joder, si somos familia. Vale, chaval, haré caso. Esta noche me la pelo como Dios manda en mi cuarto.

Pepín sonrió, notando cómo su propia verga se endurecía un poco bajo los calzoncillos. “Joder, imaginármelo… mi padre con ese pollón en la mano”, pensó, pero disimuló bebiendo un trago de agua.

– Eso, papi. Descárgate bien. Que se oiga en todo el barrio si hace falta – bromeó Pepín, y los dos se rieron como colegas, aunque el aire se cargó de un homoerotismo sutil, de esos que flotan entre padre e hijo cuando el calor aprieta.

La tarde pasó tranquila: comieron juntos, charlaron de fútbol y de la natación de Pepín, pero Chema no podía quitarse de la cabeza la idea. Cuando cayó la noche, el calor no aflojaba, y el piso estaba como un sauna. Chema se metió en su cuarto, cerrando la puerta pero no del todo, por el bochorno. Se quitó la ropa toda, quedándose en pelotas, con su cuerpo fornido sudando: pecho peludo, abdominales marcados, piernas fuertes abiertas y ese pollón tremendo colgando pesado entre ellas, ya medio empalmado. “Joder, qué ganas tengo”, pensó, tumbándose en la cama con las sábanas revueltas.

Empezó despacio: se agarró la verga con una mano grande y callosa, meneándola arriba y abajo, sintiendo cómo se ponía dura como el hierro. El glande asomaba rojo y brillante, y Chema gemía bajito al principio. “Ah, sí, cabrona… crece para papi”, murmuraba, imaginando a las clientas, pero también… joder, a Pepín en calzoncillos esa tarde. “No, coño, quita”, pensó, pero la idea le aceleró el ritmo. Aceleró la paja, la mano volando por esa polla gorda, venosa, de las que dan envidia. El sudor le caía por la barba rubia, y empezó a gritar guarradas, sin cortarse.

– ¡JODER, QUÉ POLLÓN TENGO! ¡ME VOY A CORRER COMO UN CABRÓN! – berreó Chema, pellizcándose un pezón con la otra mano, las piernas temblando.

En la habitación de al lado, Pepín lo oía todo. El chaval estaba en su cama, también en pelotas por el calor, y al principio se rio: “Hostia, mi padre sí que va a saco”. Pero los gritos le pusieron cachondo perdido. Su propia polla, una verga decente de chaval joven, se endureció al instante. “Joder, qué guarro… hablando de su lefa”, pensó Pepín, y sin poder evitarlo, se agarró el rabo y empezó a pajearse al ritmo de los gemidos de su padre.

– ¡HOSTIA PUTA, QUÉ LECHADA MONUMENTAL VOY A SOLTAR! ¡ME CORRO, JODER, ME CORRO! – gritaba Chema, la mano como un pistón, el pollón latiendo, imaginando chorros de semen espeso salpicando todo.

Pepín aceleraba también, mordiéndose el labio, el cuerpo de nadador sudado y tenso. “Sí, papi, suelta esa leche… joder, yo también”, pensó, gimiendo bajito para no ser oído, pero sincronizado con los berreos de Chema.

– ¡AH, SÍ, CABRONES! ¡TOMA LEFA PARA TODOS! – berreó Chema al límite, y eyaculó como un géiser: chorros gruesos de semen caliente salpicando su pecho peludo, el belly, hasta la barba. “¡QUÉ DESCARGA, HOSTIA!” gritó, temblando entero.

Pepín, oyéndolo, no aguantó más: su polla joven escupió lefa a chorros, cubriéndole el abdomen marcado y las sábanas. “¡JODER, SÍ!”, gimió en voz baja, pero monumental, el orgasmo sacudiéndole como una ola en la piscina.

Cada uno en su habitación, jadeando, se quedaron quietos un rato, con la polla aún goteando. Chema se rio solo: “Joder, qué alivio… el chaval tenía razón”. Pepín, en su cuarto, pensó: “Hostia, si supiera que me he corrido con él… qué morbo”. El calor seguía, pero ahora el aire olía a sexo, a lefa fresca. Y la noche madrileña prometía más.
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 3

La mañana siguiente en el piso encima de la panadería era un puto horno, literal y figurado. El sol de Madrid entraba a saco por las ventanas, y el calor del verano hacía que padre e hijo desayunaran en calzoncillos, como dos machos en su madriguera. Chema estaba en la cocina, preparando café y tostadas, con su cuerpo fornido sudando ya a las ocho: pecho peludo brillante, barba rubia desaliñada, y esas piernas fuertes de futbolista abiertas mientras removía el azúcar. Su pollón tremendo, que ya empezaba a despertarse con el roce del algodón, formaba un bulto decente en los calzoncillos blancos, de esos que no pasan desapercibidos. “Joder, qué resaca de paja tengo de anoche”, pensó Chema, recordando la descarga monumental en su cuarto, pero sintiendo que ya estaba listo para otra ronda. El divorcio lo tenía como un toro en brama constante.


Pepín entró en la cocina bostezando, también en calzoncillos grises ajustados que marcaban su cuerpo de nadador: abdominales definidos, culo prieto y un paquete juvenil que se notaba bien. El chaval de 20 años se sentó en la mesa, rascándose los huevos sin cortarse, y miró a su padre con una sonrisa pícara. Anoche había oído los berridos de Chema y se había pajeado a lo bestia, sincronizado como en una orquesta guarra. “Hostia, si supiera que me corrí oyéndole… qué morbo jodido”, pensó Pepín, pero lo disimuló sirviéndose café.


– Buenos días, papi. ¿Qué tal has dormido después de esa paja épica? – soltó Pepín con una carcajada, untando mantequilla en una tostada.


Chema se rio a carcajadas, sentándose enfrente de su hijo con las piernas abiertas, el bulto en los calzoncillos creciendo sutilmente. Eran adultos, joder, y el tema de las pajas ya era como hablar del tiempo.


– Joder, hijo, menuda descarga solté. Gritaba como un loco, ¿eh? No veas la lefa que salió, cabrón. Parecía que llevaba meses sin correrme – contestó Chema, bebiendo café y notando cómo su polla se endurecía un poco más al recordar. El algodón de los calzoncillos empezaba a tensarse, deformándose con el grosor de su cipote.


Pepín alucinaba en silencio, mirando de reojo el paquete de su padre. “Hostia puta, mira cómo se le está empinando… eso parece un puto misil a punto de despegar”, pensó el chaval, sintiendo un cosquilleo en su propia verga. El pollón de Chema estaba deformando el calzoncillo de un modo brutal: la tela se estiraba al máximo, marcando la forma venosa y el glande gordo, como si estuviera a punto de reventar la costura. Pepín no podía quitar los ojos de ahí, y el homoerotismo flotaba en el aire como el olor a café.


– Ja, ja, ya te oí, papi. Gritabas guarradas sobre tu lechada monumental. Me puse cachondo solo de imaginarlo – admitió Pepín sin filtros, mordiendo la tostada y ajustándose el paquete, donde su polla joven empezaba a reaccionar.


Chema sintió un subidón: oír a su hijo hablar así le ponía a mil. “Joder, el chaval hablando de pajas y cipotes… me está poniendo como una moto”, pensó, y su pollón dio un latido fuerte, empujando más contra el calzoncillo. Ahora sí, la deformación era escandalosa: el cipote tremendo se erguía casi horizontal, estirando la tela hasta el límite, con una mancha de precum empezando a aparecer en la punta.


– Hostia, Pepín, no me hables de eso que me empalmo otra vez. Mira, joder, ya estoy tieso como un burro – dijo Chema riendo, pero con la voz ronca de excitación, señalando su entrepierna sin vergüenza.


Pepín miró directamente, boquiabierto. “Coño, qué bestia… ese calzoncillo va a explotar. Mi padre tiene un pollón de campeonato”, pensó, y su propia verga se endureció del todo bajo la mesa, latiendo en los calzoncillos.


– Joder, papi, menuda empalmada. Ese cipote tuyo está deformando el calzoncillo como si fuera a romperlo. Parece un puto brazo de gitano ahí metido – soltó Pepín, riendo pero con los ojos clavados, hablando y hablando del tema para ver hasta dónde llegaba.


Chema no aguantaba más. Escuchando a su chaval hablar y hablar de pajas y cipotes, de empalmadas y lefa, el panadero sintió el orgasmo subiendo como una ola imparable. No se tocó ni nada: solo el morbo de la situación, el calor, los ojos de Pepín en su paquete… “Hostia, me corro… no puedo parar”, pensó, y su pollón latió salvaje dentro del calzoncillo.


– ¡JODER, PEPÍN, ME CORRO! ¡ESCUCHÁNDOTE HABLAR DE MI CIPOTE… AH, SÍ! – berreó Chema como un semental en celo, el cuerpo temblando, las piernas fuertes abiertas de par en par.


El semen salió a chorros espesos, empapando el calzoncillo al instante: manchas blancas y gruesas extendiéndose por la tela, arrasando todo, goteando incluso por los bordes. “¡QUÉ LEFADA, HOSTIA PUTA! ¡TOMA SEMEN PARA EL DESAYUNO!” gritó Chema, jadeando y riendo a la vez, el pollón aún escupiendo lefa dentro de los calzoncillos destrozados.


Pepín flipaba, con su propia polla dura como una piedra, pero se rio a carcajadas, aunque el morbo le tenía al límite.


– Ja, ja, joder, papi, menuda corrida espontánea. Has dejado los calzoncillos como un campo de batalla. Qué guarro eres – dijo Pepín, pero pensando: “Hostia, qué envidia… yo también estoy a punto”.


Chema se quedó ahí sentado, jadeando, con el calzoncillo arrasado a semen, oliendo a lefa fresca en la cocina. Se miró abajo y soltó una risotada tremenda.


– Coño, hijo, ha sido culpa tuya. Hablando de pajas y cipotes… me has puesto como un loco. Ahora tendré que cambiarme antes de bajar a la panadería.


Pepín sonrió, ajustándose su bulto, que amenazaba con seguir el ejemplo.


– Vale, papi, pero admite que ha sido épico. Oye, ¿y si la próxima vez…?


Pero Chema lo cortó con una palmada en la mesa, riendo.


– Nada de próxima, cabrón. Vamos a desayunar en paz, que si no, acabamos los dos lefados.


El desayuno siguió con risas y charlas, pero el aire estaba cargado de testosterona y morbo. El verano madrileño prometía más desayunos calientes, y padre e hijo sabían que esto solo era el principio.
 
Muy buenos los 3 capítulos. La IA ha reconocido tu filias por los calzoncillos y las relaciones paterno filiales.
A ver como aplacan Chema y Pepín esos calores al verse en calzoncillos
 
LAS TRIBULACIONES DE CHEMA
Cap 4

El verano en Madrid seguía siendo un puto infierno, pero esa semana era especial: el cumpleaños de Chema. El panadero cumplía 46 tacos, aunque con ese cuerpo de vikingo rubio y barbudo, las piernas fuertes de futbolista y el pollón tremendo que llevaba entre ellas, parecía un chaval de treinta. La panadería “El Trigo Dorado” había estado a tope todo el día, con clientas felicitándolo y echándole piropos que lo ponían empalmado como un burro. “Joder, Chema, qué bien te conservas, cabrón. ¿Cuál es tu secreto? ¿Mucha masa amasada a mano?”, le decían riendo, y él respondía con su sonrisa maja: “El secreto es el horno caliente y las manos expertas, guapa”. Pero por dentro, “Hostia, si supierais lo que amaso de verdad en casa…”.


Pepín, el hijo de 20 años, había planeado una sorpresa cojonuda. El chaval, con su cuerpo de nadador marcado y sudado por el calor, había ahorrado de sus curros esporádicos para comprarle a su padre un regalo que lo flipara. Sabía que Chema iba salido perdido desde el divorcio, y después de las charlas guarras sobre pajas y cipotes, pensó que era hora de subir el nivel. “Joder, le voy a regalar un chocho de goma, de esos realistas, para que se desahogue a gusto sin pajearse solo con la mano”, pensó Pepín, excitado solo de imaginárselo. Lo compró online, discreto, y lo envolvió en papel de regalo cutre pero con cariño.


Por la noche, después de cerrar la panadería, subieron al piso. Chema se duchó rápido, saliendo en calzoncillos, con el pecho peludo goteando agua y el bulto habitual marcando paquete. Pepín estaba en el salón, con shorts flojos que dejaban ver sus piernas de nadador, nervioso pero cachondo con la idea.


– ¡Felicidades, papi! Toma, tu regalo – dijo Pepín, tendiéndole el paquete con una sonrisa pícara.


Chema lo abrió curioso, riendo.


– Coño, hijo, ¿qué es esto? ¿Un bollito especial? – bromeó, pero cuando vio la caja, flipó en colores. Era un chocho de goma, de silicona suave, con forma de vulva realista, rosadito y húmedo al tacto, de esos que vienen con lubricante incluido. “Hostia puta, un coñito artificial… mi chaval me regala esto. Qué morbo jodido”, pensó Chema, sintiendo cómo su pollón empezaba a endurecerse al instante bajo los calzoncillos.


– Joder, Pepín, ¿un chocho de goma? ¡Eres un cabrón genial! – exclamó Chema, dándole un abrazo fuerte a su hijo, notando el cuerpo marcado de Pepín contra el suyo. – Para desahogarme a gusto, ¿eh? Menudo detalle, chaval.


Pepín se rio, rojo como un tomate pero excitado, viendo cómo los ojos de su padre brillaban de lujuria.


– Claro, papi. Estás todo el día empalmado con las clientas. Así te follas algo en conditions sin salir de casa. Pruébalo, joder, no te cortes.


Chema no se lo pensó dos veces. El regalo lo había puesto como una moto: se bajó los calzoncillos de un tirón, dejando saltar su pollón tremendo, ya tieso como una barra de pan, venoso y cabezón, apuntando al techo. “Joder, qué bestia… voy a reventar este chisme”, pensó, sentándose en el sofá con las piernas fuertes abiertas, el culo fornido hundido en los cojines.


Pepín se sentó al ladito, en el brazo del sofá, con los ojos clavados en la verga de su padre. “Hostia, mira ese misil… qué gordo y largo. Me pone cachondo verlo”, pensó el chaval, ajustándose el bulto en los shorts, donde su propia polla joven empezaba a empalmarse.


Chema untó el chocho de goma con lubricante, colocándolo en su regazo, y alineó su cipote con la entrada. Empujó despacio al principio, gimiendo.


– Ah, joder… qué apretadito está este coñito. Mira, hijo, cómo entra mi rabo – dijo Chema, con voz ronca, empezando a follarlo con estocadas lentas, el pollón deslizándose dentro y fuera del plástico.


Pepín gritaba histérico, excitado perdido, viendo ese misil dándole al chochito de goma. El sonido chapoteante del lubricante y los gemidos de su padre lo volvían loco.


– ¡HOSTIA, PAPI, DALE DURO A ESE CHOCHO! ¡MIRA CÓMO SE TRAGA TU POLLÓN TREMENDO! – berreó Pepín, palmoteando el sofá, su propia verga dura como una piedra bajo los shorts.


Chema aceleró el ritmo, follándose el chisme como un bestia, las caderas moviéndose con fuerza, sus piernas fuertes temblando. El sofá crujía bajo el asalto, y el panadero gruñía guarradas.


– ¡SÍ, CABRONA, TOMA RABO! ¡MI CIPOTE TE VA A REVENTAR! – gritaba Chema, embistiendo salvaje, el sudor cayéndole por la barba rubia y el pecho peludo.


Pepín no paraba de animarlo, histérico de morbo.


– ¡JODER, PAPI, QUÉ MISIL TIENES! ¡DALE MÁS FUERTE, QUE SE LO TRAGUE TODO! – berreaba el chaval, mordiéndose el labio, notando precum en sus shorts.


Chema le daba tan fuerte que en una estocada brutal, ¡zas!, se cargó el plástico. El pollón tremendo atravesó el chocho de goma de lado a lado, rompiéndolo con un sonido de desgarro guarro, saliendo por el otro lado venoso y brillante.


– ¡HOSTIA PUTA, LO HE ATRAVESADO CON EL RABO! ¡ME CORRO, JODER! – berreó Chema impresionado, sin poder aguantar más. El orgasmo le pegó como un tren: su pollón latió salvaje, disparando leche sin parar durante unos minutos, chorros espesos y blancos salpicando todo, el sofá, el suelo, y hasta el aire.


– ¡AH, SÍ, TOMA LECHADA MONUMENTAL! ¡ME CORRO COMO UN SEMENTAL! ¡QUÉ DESCARGA, CABRÓN! – gritaba Chema con berridos impresionantes, el cuerpo convulsionando, la lefa volando en arcos gruesos.


Pepín, que estaba al ladito viendo todo, recibió media lechada en la carita: un chorro caliente y espeso le salpicó la mejilla, la nariz, hasta la boca entreabierta. “Joder, la leche de mi padre en la cara… qué guarro y qué rico”, pensó Pepín, lamiéndose instintivamente, su propia polla eyaculando dentro de los shorts sin tocarse, una corrida espontánea por el morbo.


Chema se quedó jadeando en el sofá, el pollón aún goteando lefa, el chocho de goma destrozado colgando de su verga como un trofeo roto.


– Hostia, hijo… lo he reventado. Menuda follada – dijo Chema riendo, mirando a Pepín con la cara salpicada de semen.


Pepín se limpió con la mano, pero sonriendo guarro.


– Ja, ja, papi, has disparado como un cañón. Me has lefado la cara, cabrón. Feliz cumple.


Los dos se rieron a carcajadas, el salón oliendo a sexo y lefa fresca. Chema abrazó a su hijo, notando el bulto húmedo de Pepín.


– El mejor regalo ever, chaval. Pero la próxima, algo más resistente, ¿eh?


Pepín guiñó un ojo.


– Vale, papi. O quizás… algo más real.


El verano seguía caliente, y la familia en Madrid, más unida que nunca en su morbo compartido.
 
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