La habitación de al lado (Compartir piso con mi hermana universitaria)

3​




El tiempo transcurría de una manera normal, porque la universidad me estaba dando menos problemas de los que esperaba y mi situación en casa era deliciosa. Mi madre me llamaba cada tres días y lo único que le podía decir era que estaba muy bien junto a Paula. Por supuesto, se lo endulzaba un poco y le comentaba que les echaba mucho de menos, aunque… era mentira.

Al parecer, por lo que me contaba Jaime, estaba haciendo progresos con mi hermana. Contaba que le hablaba todas las semanas y ella le contestaba, en ocasiones, con iconos llenos de sonrisas que le hacían perder la cordura.

Yo solamente podía asentir y decirle que siguiera, que continuara con sus esfuerzos, que trataría de ablandar a mi hermana de alguna forma. No… no lo intentaba, puesto que si él hacía sus progresos con Paula, yo hacía lo mismo en esas noches que alternábamos en los bares de la zona, incluido en el que trabajaba mi familiar.

Durante un mes y medio, logré ligar con dos chicas que no estaban del todo mal, algo que me llenó de ilusión, porque en mi pueblo era una tarea compleja conseguir una mujer guapa.

Cierto es que sí que conseguí estar con cinco chicas antes de irme de mi pueblo para estudiar en la universidad, no es que fuera un follador, pero es para que sepáis, que tampoco era un novato en las artes amatorias.

En este caso, no pasé de los besos con ninguna de las dos chicas sin conseguir un triste tocamiento, ni una mala paja fuera de un portal o en una esquina llena de meado, nada. Eso me causaba un malestar intenso, echando de menos lo directas que eran en el pueblo y me hacían recordar esa última mamada que me hizo Valeria en la cama de sus padres.

Como buen adolescente en plena ebullición, iba más caliente que un mandril en celo. Aquellos dos ligues me habían dejado los huevos morados y no quería que volviera a suceder. Me puse manos a la obra, tomando el tema con seriedad y echándome una novia lo antes posible para saciar un hambre que empezaba a desbordarme.

Era consciente de que, siendo guapete y poseyendo esa fama de ser “hijo de…”, seguramente me traería mujeres en algún momento, casi sin buscarlas. Pero el caso era que la sed sexual apremiaba y me estaba aburriendo de tanta espera.

Fue de esa manera en la que conocí a Sofía, una chica de mi clase con la que coincidí en una fiesta y acabamos liándonos un tanto borrachos. Esa noche no pasó nada más, pero Sofía me gustó mucho, pues era tímida, educada y muy simpática, con una carita aniñada y morbosa, que incitaba a seguirla conociendo.

Enseguida descubrí que Sofía era virgen y quería ir despacio. Y a mí me pareció bien. Unas semanas más tarde la masturbé por primera vez, aprovechando la oscuridad de un parque que había cerca de su casa, dejando su rostro aniñado con una rojez muy golosa que me puso los pelos de punta. Dos meses más tarde, llegó el gran momento y follamos por primera vez.

Me imaginaba que Sofía iba a ser algo modosita, pero cuando se lanzó… descubrí en mi nueva novia una fogosidad que no me esperaba.

Me encantaba cuando se montaba encima de mí, bailando de manera frenética y haciendo que su pelo moreno danzase en el aire de una forma hipnótica. Su culo siempre botaba igual que una pelota, con esa redondez tan perfecta y una dureza digna de mención. Cierto que los pechos eran menudos, de esos que caben en una mano, pero degustarlos a la par que se corría, era una auténtica delicia.

Una vez pasamos esa etapa, el sexo fluyó de manera normal en dos jóvenes de dieciocho años en la flor de la vida, sobre todo, en época de exámenes, en los cuales la tensión me provoca más ganas de follar y teníamos que quedar todos los viernes y los sábados por la noche. Era lo bueno de disponer de una casa libre, porque Paula no nos molestaba mientras estaba trabajando en el bar.

A las pocas semanas, le presenté a Sofía. No es que me apeteciera en exceso o que supiera que fuera a ser mi futura mujer, sino porque con tantas idas y venidas a casa, en algún momento coincidirían. Mejor evitar la sorpresa, aunque para sorpresa… la que me llevé yo.

Recuerdo a la perfección ese día en el que me quedé sin palabras. Se trataba de un domingo frío, casi gélido, de esos en lo que no apetece ni siquiera salir de la cama. El día era gris, con nubes que dejaban chubascos varios sin permitir que el sol asomara ni un ápice.

Mi hermana llegó a casa después de ir a dar una vuelta por la zona, lo que no sabía y ni siquiera intuía, era con quien lo hacía. Yo estaba en la sala, tirado en el sofá con una manta que tapaba esa mano que me amasaba la polla con gusto. Estaba demasiado bien, a las puertas de comenzar una paja que me sacara toda la leche disponible, pero el caso era que, Paula, no venía sola.

―Hola, David. ―me sonrió desde la puerta, y me senté de golpe observando la figura que había a su espalda.

―¡Ey…! ―me salió de manera muy idiota.

Me puse en pie de la misma, observando la cabeza de ese chico que venía con ella y que nunca vi antes. Tenía el pelo rizo, de un color rubio que me recordó a cualquier niño rico repelente de las series. El tipo era alto, más que mi hermana, que se acerca al uno setenta de estatura.

―Te presento a Fernando… ―y le tocó en el pecho―. Es mi novio.

―¿¡Novio!? ―me brotó solo, con un asombro incalculable, daba por hecho que estaba soltera.

―Eso es, llevamos juntos dos años.

―¡Me estás vacilando…! ―musité para mí mismo, aunque la mirada tan azul de Paula no mentía.

―Es que… ―se giró hacia su chico y le explicó lo que debería haberme dicho a mí― No se lo he dicho, hace poco que está viviendo aquí y tampoco era tema de airearlo.

―No pasa nada ―sentenció el muchacho con cara de buena gente.

―David, acércate… ―pidió Paula esperando que no la humillase con gestos de poca educación.

Le tendí la mano, la misma que me había sobado la polla durante más de media hora en el sofá. El chico la apretó con gusto y me sonrió con unos dientes tan blancos que hubieran dado algo de luz a ese día tan gris.

―¿Te apetece venir a comer con nosotros? Estaría bien. ―eso último lo entendí, quería decir: ven y pórtate como una persona.

―Sí, claro… Estará bien…

Pasamos un rato agradable en la cocina, donde Fernando se limitaba a escuchar a mi hermana y soltar algún que otro comentario de vez en cuando. El chaval me cayó bien a la primera, se le veía reservado y serio, algo que valoraba, aparte de que si mi hermana seguía con él después de dos años, era una buena señal.

Lo que no entendía era cómo podían estar juntos, si mi hermana pasaba tanto tiempo entre estudio, gimnasio y trabajo… aunque la voz de Jaime me dio la respuesta: ¡Es una diosa! Me llevé la mano a la boca para no reírme de mis propios pensamientos y continuamos la conversación sin que se me notase nada.

Acabamos y me eché una siesta en mi habitación, aunque antes me hice una paja, fantaseando con sodomizar por primera vez el bonito culo de Sofía.

Al despertar, me fui con pasos cansados y los ojos todavía dormidos hacia la sala, donde me sorprendió ver a la pareja acurrucados en el sofá y viendo una película. No me lo esperaba, pensaba que Paula lo habría despachado ya para tomarse su rato de descanso a solas, pero me equivocaba.

―¡Vaya! No sabía que estabais aquí ―comenté por no quedarme callado en la puerta.

―Puedes sentarte, estamos viendo una película. ―miré su mano golpeando el sofá a su lado y supe que Paula nunca me pediría que me largase. Obviamente, entendí que sobraba y jugué rápido mis cartas.

―No, no, tranquila, si yo voy a salir un rato a dar una vuelta. Me he echado una siesta demasiado larga y necesito que me dé un poco el aire.

―Abrígate, que hace frío. ―una frase que bien me la pudo decir mamá.

Salí antes de que se dieran cuenta, con el abrigo y una bufanda que me protegían de aquel gélido clima. Estuve tentado de llamar a Sofía, pero seguro que estaba estudiando y para cuando se terminase de preparar, a mí me apetecería volver a casa.

Deambulé por la ciudad, por esa nueva urbe que empezaba a conocer tan bien como mi pueblo. Paré a comprarme unos churros y, de la misma, me apoyé en una plaza a ver unos niños que jugaban con alegría pese al frío que les envolvía.

―Seguro que los que lo pasan peor son los padres… ―solté, creando un vaho denso que manó de mis pulmones.

El tiempo pasó y los dedos de los pies ya se empezaban a congelar, por lo que tomé la sabia decisión de regresar a mi hogar. Habían pasado dos horas y rezaba porque Paula hubiera mandado a su novio de vuelta a su casa para poder relajarme en el sofá como un marajá.

Nada más pasar la puerta, olí el aroma de una rica cena y el sonido de la cocina llegó hasta mis oídos, anunciándome dónde se hallaba mi hermana. Fui allí después de deshacerme del abrigo, contemplando a Paula sentada a la mesa y mirando la televisión con gesto aburrido.

―Siéntate, te he preparado la cena. ―me señaló un plato que tenía una pinta deliciosa.

―¿Fernando? ―antes de que me contestase, ya estaba comiendo.

―Se fue hace rato. ―pinchó un trozo de carne y lo movió en el aire― Gracias por lo de antes, por dejarnos solos. Apenas pasamos tiempo a solas y se agradece. ¿Te ha parecido majo?

―No es nada, se hace lo que se puede. ―ese “favor”, me había costado congelarme los genitales― Me ha caído bien, aunque ha sido una sorpresa. No tenía ni idea.

―Ya… es que… ya sabes, no me gusta contar mis cosas.

―Oye… ―paré un momento y ella me dedicó una mirada cariñosa con esos ojos azules que eran una delicia― ya sabes que no soy tonto, Pau. Si quieres… ―puso un gesto extraño en el rostro― Me refiero a que, si quieres pasar tiempo con él, me avisas y punto. No tengo problemas en salir de casa o, si me lo comentas con tiempo, quedo con Sofía y ya.

―No tienes por qué irte, David. Esta es tan casa tuya como mía. ―siguió comiendo con la mirada perdida en el plato.

―Venga, Paula, que te lo digo en serio. Somos hermanos y debemos tener esa confianza… esa complicidad. Si no la tienes conmigo, ¿con quién la vas a tener? ―cuando la saqué una sonrisa, me encantó. Estaba preciosa― Os dejo a solas y hacéis lo que queráis.

―David… ―una risita que apenas salió de su boca― ¡No seas bobo…! ―negó con la cabeza, haciendo danzar la coleta morena en su nuca― Bueno, pues la próxima vez, te aviso. Eso sí, no te creas que el haberte ido de casa para dejarnos solos, te va a salvar de limpiar los platos. ―una simple broma que encajé con gusto.

―¡Sin problemas, a sus órdenes, mi señora! ―me cuadré delante de ella y se rio a carcajada limpia.

Negando con la cabeza, dejó el plato en la fregadera, esperando porque mis manos le dieran una buena fregada. De pronto, noté su presencia a mi espalda, una que llegó junto a ese olor natural que parecía un perfume.

Sus brazos me rodearon levemente, con mucha suavidad, igual que haría con una flor en el campo. Sin embargo, algo me quitó el aliento, un peso que me tocó en el hombro hasta acomodarse de buena gana sobre mi cuerpo.

Su enorme pecho ejerció una ligera presión sobre uno de mis hombros, y miento si digo que no disfruté de esa placentera y morbosa sensación que estaba experimentando. Fue entonces cuando se inclinó un poco más, apartándose la coleta y soltando un aliento muy cálido que golpeó mi mejilla hasta ponerme todo el vello de punta.

―Gracias…

Fue lo último que murmuró antes de darme un cariñoso beso en la mejilla que me provocó un cortocircuito en todo el sistema. Al segundo siguiente, sus carnosos labios ya no estaban sobre mi piel y el dulce tacto de sus tetas en mi cuerpo, se desdibujó.

Me quedé petrificado, con la vista puesta en la lavadora mientras los acolchados pasos de Paula se perdían en la casa. Pude suspirar unos segundos después, sabiendo que mi hermana no era más que eso… mi hermana, pero con una extraña sensación que se acrecentaba en mi vientre.

Sí, era una belleza, de eso no cabía duda. Eran veintiún años de pura hermosura que no pasaban desapercibidos para nadie, y menos, para mis amigos de la universidad, en especial, Jaime. Sin embargo, por mucho que sus tetas pudieran salir en la portada de una revista como Playboy, nuestra sangre prevalecía en mi cabeza.

Y para mí, seguía siendo Paula, mi hermana mayor…​

4​




Supongo que, inconscientemente, algo ya se había despertado en mí, aunque yo todavía no me había dado cuenta. Tampoco ayudaban mis amigos de la universidad, que no paraban de sacar el tema de mi hermana y ya no solo se quedaba en la cafetería, sino que también acabamos con frecuencia en el bar donde trabaja Paula cuando salíamos los viernes y los sábados.

Mis colegas no se tapaban, creo que por mi culpa, porque tampoco corté aquello cuando comenzó. Comentaban sobre sus curvas y, en especial, sobre esas tetazas que les encantan a todos. Hasta que no me ponía realmente serio, no paraban.

―Ya está, cabrones. Ya vale del tema por hoy… ―comenté con gesto aburrido a los cuatro que estábamos en la mesa.

Sin embargo, ese día, no me hicieron mucho caso, quizá porque nos habíamos pedido una cerveza después de las clases, o porque simplemente, el asunto era demasiado goloso.

―¡¡Joder…!! ―exclamó Jaime sin cortarse con los ojos bien abiertos delante del móvil― ¿¡Has visto qué foto ha subido Paula!? Mira.

―¡Quita eso de mi cara, tío! Paso de verla, si estoy con ella todos los días. ―le aparté el teléfono que me había puesto en los morros y se lo enseñó a los demás.

―¡Eres un suertudo, macho! ―me comentó otro de mis amigos con los ojos fijos en mi hermana― ¡Menudo bombón! ¡Es perfecta…!

―Mi futura esposa, chaval ―soltó con chulería Jaime, que sonreía con picardía.

No le había contado lo de mi hermana con Fernando, aunque no creo que le importase, ya que Paula era un amor platónico para él, algo inalcanzable. Aunque no estaba seguro del todo, me parecía que ya no hablaban a través del *********.

―Sí, tu mujer… ¡Sueña despierto, Jaime! ―le contestó otro y, mirándome a mí, añadió― Lo que hace este cabrón es pajearse sin parar con las fotos de Paula, nada más.

Esperé con calma a que los tres la admirasen y no quise darle vueltas a ese comentario, porque seguro que era cierto.

¡Buuuf…! ―Jaime resopló como un animal en celo― Ahora hago un pantallazo, recorto y la paso al grupo.

―¡No, no, no…! ―comenté sin mucha convicción, entrando en una batalla que estaba perdida antes de iniciarla― Ni se os ocurra. Ya solo me faltaba que empecéis también a mandar fotos de Paula en el grupo de WhatsApp. Os parecerá poco las fotos guarras de esas tetonas que estáis enviando todo el día… ¡Cómo mandéis fotos de Paula, me salgo, os lo digo en serio!

―Tampoco te quejas de esas tetonas, ¡eh, David! ―eso era cierto y hasta yo me reí.

Es verdad que no puse demasiado empeño en prohibir lo que iban a hacer y creo que, de poner un poco más de ganas, les hubiera detenido, quizá… mi conciencia, no quisiera hacerlo.

Jaime la mandó un par de minutos más tarde y cuando mi móvil vibró dentro de mis pantalones, supe que en el grupo de WhatsApp ya estaba circulando la foto que mi hermana había subido a su *********.

Es curioso porque, en ese instante, no la abrí para mirarla, pero cuando estuve en casa, la observé de refilón para saber de lo que hablaban. Un gusto curioso me invadió el cuerpo y cerré el móvil con velocidad para no sentir nada más, pero… no borré la foto.



****​




El punto de inflexión con Paula sucedió en estas fechas, pero creo que todo se inició con esa dichosa foto que no quise borrar. Desde ahí en adelante, empezó a cambiar mi relación con Paula. En especial, por un suceso en concreto…

Durante la semana, ella solía regresar de la facultad sobre las 14:30 y justo ese día, yo me había escapado un rato de la universidad porque no había dormido bien. Necesitaba descansar, aunque según llegué a casa, mi cuerpo me pidió otra cosa.

Es lo que os imagináis, no nos vamos a engañar. Estaba delante del ordenador portátil, haciéndome una paja. Eran las dos pasadas y, más o menos, tenía la hora controlada. Todavía disponía de un rato más para estar a gusto.

El plan era claro: correrme, limpiar todo y calentar la comida que había dejado preparada Paula la noche anterior para quedar bien llenos. Sin embargo, estaba tan absorto en la gran paja que me estaba haciendo, que no fui consciente de que las llaves tintinearon en la puerta de fuera.

Los pasos corrían el pasillo y yo me azuzaba la polla con frenesí mientras el porno resonaba en los cascos. Los gemidos de cualquier actriz rebotaban contra mis oídos, al igual que las tetas de Paula cada vez que daba un paso.

Fue entonces cuando alcanzó mi cuarto, retirando la puerta y diciéndome algo que, por supuesto, no escuché. Aunque el grito de asombro sí que traspasó el porno que me taladraba el oído.

―¡¡DAVID!!

Me giré de inmediato, todavía agarrando con fiereza un pene rojizo a punto de explotar y con la pantalla reflejándose en mis ojos. Vi la expresión de temor y vergüenza en su rostro, con una mirada que pillaba por primera vez a su hermana pequeño masturbándose como un enfermo.

Me es imposible describir mis sentimientos en ese instante, todas las emociones que me recorrieron el cuerpo y, a la vez, la sensación de vacío que asoló mi alma. Hubo un segundo de silencio, de mudez absoluta, en el que todo el planeta tierra se detuvo esperando por nuestras reacciones.

―¡¡Perdón…!!

Su vergüenza fue absoluta y antes de taparse el rostro, vi con claridad que sus ojos azules se movían a mi mano, que seguía agarrando mi polla.

Escapó con premura, dejando la puerta entreabierta y a mí, con la misma erección y el sonido del porno rebotando sin parar.

―¡Mierda! ―mascullé con la erección empezando a decrecer y el gusto diluyéndose por completo.

Me vestí todo lo rápido que pude, apagando el portátil y dejando todo ordenado como si eso fuera a cambiar algo. La realidad era que me había pillado de pleno, en mitad del asunto con la punta de mi polla más roja que una tea. Solo pude taparme la cara con la camiseta, queriendo meterme en cama y no salir en lo que me restase de vida.

―¡Qué vergüenza…! ¡Joder, qué puta vergüenza…! ―me repetía una y otra vez maldiciendo mi mala fortuna― ¿Ahora con qué cara salgo a comer con Paula…?

Me levanté de la cama y deambulé por la habitación unos cuantos minutos, dando vueltas como si estuviera montado en una noria. No me atrevía, mi cuerpo no me lo permitía y traté de buscar todo tipo de excusas que… cada una parecía más patética que la anterior.

Pero en un instante, me percaté de una cosa, parándome de pleno en mitad del cuarto y mirando hacia abajo. Era tan evidente, que me sentí tonto por no advertirlo antes… el caso era que… seguía empalmado.

Estaba abochornado y para nada excitado, o eso pensaba yo, ya que mi polla no había perdido un ápice de dureza y lo último que se me pasaba por la cabeza en ese momento, era terminarme la paja.

―No es el momento de esto… ―le susurré a mi polla por si se le ocurría obedecer, pero no hubo manera.

Al final, no me quedó más remedio que salir a comer con Paula cuando al cerebro de mi entrepierna le dio por bajar un poco la erección. Y… ¿Sabéis lo que pasó?, pues nada, no pasó absolutamente nada. Según nos encontramos en la mesa, mi hermana no hizo mención de nuestro pequeño incidente y yo tampoco dije ni mu, es que ni se me ocurría sacar el tema. Comimos como cualquier día normal y ahí quedó la cosa.

Sin embargo, algo se había despertado en mi interior. No sabía muy bien lo que era, por lo que traté de darle vueltas igual que a los espaguetis en el tenedor, pero no conseguía hallar una respuesta.

Era obvio que la solución a mis dilemas estaba delante de mis narices, pero no fui capaz de verlo, hasta la próxima vez que me quedé a solas en casa. El ritual fue el mismo, portátil, cascos y la soledad que me daba la oportunidad de una paja gloriosa. Esta vez… con la puerta cerrada.

El calentón era perfecto, el instante de apretar y culminar con una buena fiesta de semen, no obstante, algo ocurrió que no me esperaba. Se me vino a la cabeza el incidente con mi hermana, esa imagen tan clara en mi mente de ella observándome en plena paja con la mano estrangulando mi polla.

Quise quitármela de inmediato, sacar a Paula de esa ecuación por muy bella que fuera. Sin embargo, no me fue posible y, con el efervescente calentón que me encontraba, dejé que mi imaginación tomara el mando y… comenzase a fantasear.

―¿¡Qué hago…!? ―murmuré para mi conciencia, pero daba lo mismo.

Mi mente voló por páramos desconocidos, abriendo puertas que no conocía y descorchando una botella que jamás había saboreado. Continuaba en mi cuarto, sentado en mi silla y masturbándome con pasión. La película en mi cabeza era idéntica a la realidad, pero con una pequeña variación: Paula estaba en la puerta y me volvía a pillar.

En esta ocasión, se quedaba allí, mirándome sin taparse ni un ápice y yo seguía con la polla dura en la mano sin parar de meneármela hasta que levantaba la cabeza y nuestras miradas se cruzaban.

El azul de sus ojos heredado de mamá, me mataba. Me azotaba con violencia un culo que estaba apretado para soltarlo todo. No era capaz de aguantarme, el placer era tal que mi corazón latía con un frenesí incontrolable. Estaba en el sumun del placer, en un momento que iba a cambiarme por completo, porque estaba conociendo el gusto que me ofrecía Paula.

―¡La puta! ¡Joder, Paula, sí! ―solté al aire con una presión incalculable en cada tendón de mi ser.

Cerré los ojos, notando que mi polla escupía sin parar un semen que salía en una cantidad considerable. Sentí el calor de la esencia cuando cayó en mis dedos y no me importó si manchaba la alfombra o no. En ese momento, el paraíso estaba ante mí y no podía hacer otra cosa que no fuera gozar.

―¡Aahh…! ¡Aahh…! ―dos sollozos ahogados que casi rompen mi garganta.

El orgasmo pasó dos minutos más tarde, en el que me serené y moví la cabeza igual que si saliera de un extraño sueño. No sabía lo que había hecho… bueno, lo sabía muy bien por qué todavía tenía el semen en mi mano, pero… no entendía el motivo de mis actos.

Quise decirme que eso no volvería a suceder, que jamás metería en mi mente a mi hermana para tales actos. Sin embargo, una voz algo maligna me susurró desde dentro de mi alma: Aquí comienza tu fantasía con Paula.​
Que bueno todo
 
Muchas gracias @David Lovia han sido the capitulo magníficos, relatados con una exquisitez absoluta, con un control de los tiempos , que me hace desear leer y leer mas, para ver como siguen esta pareja de hermanos, y meterme casi en el papel de David....
Eres un gran escritor....
Muchísimas gracias por tus palabras. Se agradecen de verdad.
 
Muchísimas gracias por leer el libro entero, espero que te haya gustado. Lo de los capitulos descartados, q creo q son 3, ya dije q se los enviaba a uno y entre vosotros os ponéis de acuerdo. Solo se necesita un voluntario, jajaja.

No había pensado escribirlo desde el punto de vista de Paula, pero eso seguro q se le daría mucho mejor a @Lilith Duran .

Un saludo!
 
Muchísimas gracias por leer el libro entero, espero que te haya gustado. Lo de los capitulos descartados, q creo q son 3, ya dije q se los enviaba a uno y entre vosotros os ponéis de acuerdo. Solo se necesita un voluntario, jajaja.

No había pensado escribirlo desde el punto de vista de Paula, pero eso seguro q se le daría mucho mejor a @Lilith Duran .

Un saludo!



Me ofrezco voluntarió

Y a likith diselo de mis partes
 
Y si yo ya lema he leido entera .... no cuenta eso como que hayas acabada de publicar-la????
Puedo demostrar q me hw leido la història dos veces, pero les destinaria el final ...
 

41​



Llegué bastante tarde aquel sábado después de salir de fiesta y el domingo por la mañana, Paula me la devolvió, como se suele decir.

Era bien prontito, sobre las nueve y media, cuando escuché los gemidos desde su cuarto, apenas había dormido tres horas y mi hermana estaba follando con su novio. El típico polvo mañanero. Tenía mucho sueño y me encontraba bastante cansado, pero eso no fue impedimento para que los jadeos de Paula me excitaran sobremanera.

Apenas hablaban mientras follaban, pero sus gemidos llegaban altos y claros, era evidente que mi hermana también disfrutaba lo suyo con su chico, que además tenía bastante aguante. Terminaron el polvo con un acelerón final y entonces me llegó la voz de Paula.

―¡¡Aaaaah, córrete dentro, aaaah, no la saques, córrete, aaaaah!!

Y el muy cabrón soltó un gruñido, echando todo su semen en el interior de mi hermana. No me hice una paja, porque necesitaba descansar al menos un día, pero cuando terminaron de follar, ya lucía una buena erección bajo las sábanas.

Tengo que reconocer que me dio muchísima envidia que hiciera eso, y es que si Paula le permitía correrse dentro, es porque tomaba la píldora. Me parecía un dato interesante. Después les escuché hablar y media hora más tarde, se levantaron. Yo me volví a dormir hasta casi la una del mediodía y, cuando me desperté, ya no había nadie en casa.

Estuve toda la tarde solo y aburrido. Estudié un rato, pero en mi cabeza no paraba de darle vueltas a mi relación con Paula y Sofía. Sinceramente, me hubiera encantado contarle a mi novia lo mío con mi hermana, con lo morbosa que era mi chica, seguro que se habría puesto todavía más cachonda, pero lo consideraba algo tan íntimo y personal entre Paula y yo, que era mejor que nadie supiera jamás lo que ocurría entre nosotros.

Si por lo que fuera, dejara de ser pareja de Sofía, ella conocería mi relación incestuosa con Paula y no me gustaba que nadie tuviera en su poder esa información tan importante. Era algo entre mi hermana y yo y así debería seguir siendo.

Ese domingo, Paula llegó un poco antes de la hora de las nueve, me dijo que no iba a cenar, se pegó una ducha y después se metió en su habitación. Ni tan siquiera pudimos hablar un ratito. Ese domingo consiguió evitarme, pero no podría escaparse todos los días de mí.

El lunes sí cenamos juntos, y con el calor y el comienzo de semana, Paula ya se había cambiado otra vez el pijama. Ahora llevaba un dos piezas bastante veraniego, aunque todavía estábamos en mayo. Pantaloncito blanco con el que transparentaba su ropa interior y camiseta blanca de tirantes con un logo de infinito entre sus dos pechos.

Yo estaba nervioso, porque después de cenar, seguramente nos sentaríamos juntos en el sofá a ver la tele. Así había ocurrido la semana anterior; sin embargo, Paula me dijo que el viernes tenía examen y se fue a su habitación.

Me sentí muy decepcionado porque el resto de días hizo lo mismo, pasando completamente de mí. Y para cuando llegó el viernes, yo ya estaba que me subía por las paredes. Tampoco ayudaba ese puto pijama que llevaba todo el día puesto, con el que, claramente, quería provocarme.

Se le notaban las braguitas por debajo, incluso un día se le transparentaba el tanga negro, y todavía era peor la parte de arriba, pues sus tetazas bailaban libres bajo la tela y también se le adivinaba con claridad la forma de los pezones.

El viernes ya no tenía ninguna excusa que ponerme. Había hecho el examen por la mañana y durante la comida, le propuse nuestro plan habitual de pizza y peli nocturna.

―Hoy no puedo, he quedado con Fernando ―me soltó Paula con indiferencia.

―¡Oh, vaya…! No nos hemos visto en toda la semana, esta noche pensé que…

Paula frunció el ceño y se me quedó mirando muy seria.

―¿Pensaste qué…?

―No sé, que tú y yo estaríamos juntos…

―Ah, perdóname la vida por quedar con Fernando, ¿es que acaso voy a tener que pedirte perdón porque prefiera estar con mi novio?

―No, no es eso, Paula. Solo es que la semana pasada fue tan increíble, y el viernes en tu habitación, ya ni te digo… Y ahora parece que me estás evitando… porque, en el fondo, yo sé que tú también quieres.

―Reconozco que no estuvo mal lo del viernes pasado, pero he estado pensando y creo que es mejor que dejemos de hacer esas cosas.

―Ya te lo dije, por mucho que quedes con Fernando, vas a seguir prefiriendo estar conmigo…

―Pues ahí te equivocas, guapo, que sepas que prefiero bastante más estar con él.

―Sí, ya…

―¿Qué pasa? ¿Te molesta que te diga eso?, pues es lo que hay. ¡Asúmelo y no te comportes como un niñato caprichoso!

―¿Niñato yo? ¡Ya lo que me faltaba por escuchar! ―y me levanté cabreado de la mesa sin terminar de comer―. No hace falta que friegues, luego lo recojo yo todo… ―le dije saliendo de la cocina.

―¡Eyy, no te vayas así, David! Lo siento, no quería decirte…

Dejé a Paula con la palabra en la boca y me encerré en mi habitación. No entendía el comportamiento tan absurdo de mi hermana, y yo, como un gilipollas preocupándome por ser natural, de no molestarla, en definitiva, de hacerla sentir bien en nuestra convivencia. Y ella, en quince segundos, me había dejado por los suelos. Diez minutos más tarde, sentí que tocaba con los nudillos en la puerta.

―David, ¿puedo pasar?

―Haz lo que quieras… ―y fingí estar más enfadado de lo que realmente estaba. Quería que, al menos, mi hermana se sintiera un poco culpable.

―Oye, perdona por lo de antes… ―dijo entrando en mi cuarto―. No pensé que te fuera a molestar tanto, tampoco te he dicho nada raro, solo que prefiero estar con mi novio antes que contigo. Lo mismo que tú con Sofía, ¿no?

―Sí, claro… ¿Algo más? ―pregunté sin mirarla y me senté en mi escritorio, sacando los apuntes, aunque no me apeteciera una mierda estudiar.

―No, ya te dejo tranquilo…

Unas horas más tarde, escuché que se estaba duchando y preparándose para salir, y antes de irse, volvió a llamar a la puerta de mi habitación, pero ni siquiera entró.

―¡David, me voy!

―Vale…

Y después sentí la puerta de casa cerrarse. Estaba solo. Sofía había quedado con sus amigas y no me apetecía llamar a mis colegas, así que me hice una pizza y puse una película para distraerme.

Creo que después de cenar, no aguanté ni quince minutos más y me quedé dormido en el sofá medio sentado, con el cuello torcido. Estaba KO después de toda la semana estudiando y madrugando.

Ni tan siquiera la escuché entrar, solo sentí a Paula zarandeándome y me desperté de repente, desubicado, con un poco de frío y sin saber si aquello era real o no. Paula estaba a mi lado y me costó reaccionar, hasta que me di cuenta de que no estaba soñando.

―¿Qué…? ¿Qué hora es? Joder, me he quedado frito…

―Pues casi las tres… ―contestó mi hermana, que acababa de llegar de fiesta.

―¿Y tú vienes ahora?

―Sí, ahora mismo, me iba a ir a la cama, pero he visto que estaba la tele encendida y… ―miramos los dos hacia la pantalla y la serie que estaba viendo seguía puesta, pasando de un capítulo a otro cuando se terminaban.

El salón estaba a oscuras y solo lo iluminaba la luz de la tele, pero pude fijarme en Paula. Llevaba un minipantalón corto de vestir de color negro, unas botas altas por encima de las rodillas y un top negro sin mangas. Estaba tremenda con el pelo recogido en una especie de cola de caballo hacia arriba y se había maquillado más de lo que acostumbraba.

―¿Y tú qué tal lo has pasado? ―pregunté yo, todavía medio dormido.

―Bien, lo hemos pasado muy bien, hemos ido a cenar todo el grupo, nos hemos tomado un par de cervezas y después una copa antes de venir. Ya sabes, la típica que sobra, no tenía que haberme tomado la última, no me ha sentado nada bien…

―Sí, suele pasar… ¿También ha salido Fernando?

―Sí, claro, me ha acompañado hasta casa. Aunque no ha subido…

―Hoy no se queda a dormir.

―No, no podía, mañana tenía que hacer unos asuntillos con su padre y… Bueno, ¿tú, qué tal? ¿Qué estabas viendo?

―Una serie nueva, pero no me digas más, ahora no me acuerdo ni cómo se llamaba…

―Pues muy buena no sería, ja, ja, ja.

―Estaba muy bien, aunque…

―Oye, David, perdona por lo de antes, ¡me he pasado bastante contigo!

―La verdad es que sí…

―No quería insultarte, ¡lo siento mucho!

―Me has llamado niñato y yo no te he hecho nada…

―Tienes toda la razón, no sé por qué te he llamado eso, porque además no lo siento. Tienes tus cosillas, es normal a tu edad, pero no eres ningún niñato…

―¿Caprichoso?

―Sí, eso también lo he dicho, ja, ja, ja… perdona. ¡Soy una idiota, me arrepiento mucho de haberte dicho eso! ¡Ojalá pudiera borrarlo!

―Gracias por pedirme perdón, Paula. Para mí ya está olvidado, no te preocupes.

―¿En serio?

―Sí, claro, yo no podría estar mal contigo, ni aunque quisiera…

―Ni yo, no quiero que estemos enfadados ―y se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

Enseguida me llegó su aliento a alcohol, no es que estuviera borracha, pero seguro que después de beber estaba más desinhibida de lo normal y, posiblemente, con ganas de volver a provocarme y ponérmela dura.

Eso es lo que más cachonda le ponía a Paula.

―Entonces, ¿estoy perdonada? ―me preguntó haciendo pucheritos, como si fuera una niña pequeña y dándome otro beso en la mejilla.

―No del todo, eh, pero si me lo pides así, me lo pensaré…

―¡Venga…! ¡Por favor, por favor…! ―y siguió besuqueándome cada vez más cerca de mi oreja, apoyando una mano en mi abdomen y situando una de sus piernas en mi regazo.

Me quedé mirando aquella bota alta tan erótica que se restregaba contra mis muslos y mi polla saltó por los aires como por arte de magia. Aun así, traté de hacerme el ofendido y seguirle el juego, pero Paula sonrió al ver mi bulto creciendo poco a poco.

―No sé, no sé… ¡Te has pasado!

―Pues sí, me he pasado. ―y me dio otro beso en la mejilla― Pero seguro que algo podemos hacer para que me perdones… ―dijo descendiendo la mano y colándola por mi pijama, hasta agarrarme la polla.

Con la otra mano me bajó el pantalón y Paula comenzó a pajearme, mientras emitía un pequeño ronroneo que me estaba volviendo loco.

―¿Y ahora? ¡Mmmm…! ¿Y ahora me vas a perdonar?

―¡Ufffff…! ¡Joder, Paula! ―exclamé rodeando su espalda con mi brazo, llegando hasta su pecho.

Ni tan siquiera le pedí permiso para sobárselo por encima de la camiseta y Paula no protestó; es más, le encantó que manoseara sus tetazas, porque en cuanto le clavé los dedos, se le escapó un buen gemido.

―¡Mmmm, mete la mano por dentro si quieres! ―suspiró sin dejar de darme besitos en la mejilla y en mi oído.

No me lo tuvo que pedir dos veces, descendí por su espalda hasta el final de la camiseta y colé mi mano por debajo, alcanzando otra vez sus gloriosas tetas, aunque me decepcionó no encontrármelas desnudas, pues llevaba el sujetador puesto.

Uf, Paula estaba más suelta de lo normal y decidí que tenía que aprovechar ese momento. No se me iban a presentar muchas ocasiones de tener a Paula tan dispuesta a todo como esa noche y ella siguió pajeándome, subiendo y bajando la mano con mucha lentitud, pero lo suficientemente firme como para que mi polla se mantuviera dura y erguida, y además, comenzó a besuquearme el cuello.

Busqué sus pezones, sabiendo que ese era su punto débil, y se los pellizqué antes de volver a manosear sus tetazas de una manera vulgar, subiéndolas y después dejándolas caer a plomo para que rebotaran.

Y ella gemía cada vez que soltaba sus tetas y, cuando le clavaba los dedos en la cara interna de los pechos, se retorcía de placer. Me jadeaba al oído y me apretaba con más fuerza la polla, pero no aumentaba la velocidad de la paja.

―¡¡Aaaah, joderrr, aaaah, joderrr, joderrrr!! ―exclamó Paula y no lo pudo resistir más y ella misma se metió la mano libre entre las piernas.

Entonces ahí vi mi oportunidad. Saqué rápido la mano que tenía por dentro de su camiseta y acaricié su espalda desnuda antes de colar mis dedos por la parte de atrás de su entrepierna. Sentí el calor que desprendía su coño y el tacto de sus labios vaginales a través del pantaloncito negro y, al hacer presión, se le escapó un gemido a Paula.

Mi hermana me miró sorprendida, pensé que me iba a decir algo sobre la estúpida norma de no tocarla, sin embargo, retiró su mano y dejó que fuera yo el único que acariciara su coño por encima del short de vestir. Moví mis dedos en círculos, con mucha suavidad, y cuando presioné con más intensidad, ella gimió más alto.

―¡¡Aaaah, Dios, David!! ¿Qué estás haciendo?

―¿No te gusta?

―Sí, claro que sí… ¡¡Mmmm, qué bueno!!

―¡Paula, quítate la camiseta! ―la ordené.

―¿Quieres que me la quite? Eres muy malo, mmmm… ―ronroneó sin dejar de darme besitos por el cuello.

―¡Sí, hazlo!

―Está bien, pero no pares, eh… Mmmm, lo haces muy bien… ―y me soltó la polla y se deshizo de su blusa negra sin mangas.

Allí la tenía delante, con aquel sujetador que apenas podía soportar el peso de sus tetazas, y Paula me miró con la respiración acelerada y, acto seguido, volvió a empuñar mi erección.

―¿Quieres que me quite el sujetador también?

―¡¡Joder, sí, claro!!

―¿Ah, sí?, pero no me pidas otra cosa, eh, que no me pienso quitar nada más… ―y se echó las manos hacia atrás, se soltó el broche y se quitó el sujetador, desnudándose de cintura para arriba.

Me dejó unos segundos que contemplara sus tetas, y me quedé alucinado al ver las marcas de mis dedos en su piel y aquellos pezones oscuros tan erectos.

―¿Te gustan? ―me preguntó sabiendo la respuesta.

A quién no le podían gustar aquellas tetazas tan enormes y perfectas.

―¡Son increíbles! ―exclamé y estiré un brazo para acariciárselas, pero lo hice despacio, como si me diera miedo que ella me rechazara. Sin embargo, Paula estaba demasiado cachonda como para negarme nada y volvió a inclinarse sobre mí, agarrándome la polla.

―¡¡Aaaah, tócame como antes, aaaah, sigueeee, aaaah, sigueeee!! ―me pidió, dándome permiso para que, por primera vez, acariciara su coño, aunque fuera por encima del pantalón.

Y yo hundí mis dedos entre sus labios vaginales, moviéndolos otra vez en círculos, tratando de ejercer la presión exacta, y parece que le gustó a Paula, pues comenzó a menear sus caderas y a gemir más alto.

¿Iba a conseguir que Paula se corriera?

Los dos estábamos demasiado concentrados en lo que ocurría entre las piernas de Paula, por lo que ella ya apenas me pajeaba, bastante tenía con sujetármela, y se acercó más a mí y me dio un beso en el cuello.

―¡¡Aaaah, joder, qué bueno, sigueee, hermanito, sigueee, aaaaah!!

Por suerte, yo tenía una mano libre y la utilicé para sobar sus pechos desnudos, magreando ahora a mi hermana como un puto pulpo, y ella me correspondió la caricia, reanudando su paja y acercándose más a mi cara.

―¿Vas a correrte, enano? ―suspiró con un nuevo beso en mi mejilla, demasiado cerca de mis labios.

Y al girarme hacia ella, me encontré su boca exhalando aire, a escasos centímetros de la mía. Saqué la lengua para mojarme los labios, en una clara invitación a que ella la probara, pero Paula no cayó en la provocación, y me retiró la cara, dejándome con las ganas.

La muy zorra estaba demasiado cachonda, pero se resistía a comerse la boca con su hermano. Entonces, viendo que no le quedaba mucho para llegar al orgasmo, fui yo el que agarró su cuello y hundí la cabeza allí, comiéndole a Paula esa zona tan sensible.

―¡¡¡Aaaah, David, para, paraaaa, aaaah, aaaah, déjame a mí!!! ―y después fue ella la que puso sus labios en mi cuello, dándome pequeños muerdos que ya me llevaron al límite.

Las tetas eran tan grandes que cuando se inclinaba un poco le colgaban hacia abajo, quedándose demasiado cerca de mi polla, hasta que una de las veces, mi glande rozó uno de sus pezones. Y Paula, al notarlo, sonrió y ella misma se agarró un pecho y me lo restregó por el capullo.

¡Me encantaba que mi hermana estuviera tan zorra! Y a punto de correrme, yo también perdí los papeles. No pude más y la agarré con fuerza por el pelo y tiré un poco más hacia abajo.

―¡Aaaah!, ¿qué haces?, aaaah, aaaah… ―protestó Paula.

Yo intensifiqué la velocidad, haciendo más presión entre sus labios vaginales, moviendo mi mano más rápido, a un ritmo continuo y pausado. Entonces tiré de su pelo con firmeza, y ella, al mirar hacia abajo, se encontró con mi polla casi pegada a su cara.

―¿¿¡¡Qué haces, David!!?? ¡¡Aaaaah, aaaaah!!

Y levanté el culo hasta que mi polla tocó los labios de Paula. Me hubiera gustado agarrármela y dirigirla a su boca, pero tenía las dos manos ocupadas, una en su coño y la otra sujetando su cabeza, así que aproveché cuando ella gimió y con un golpe de cadera la dejé en el lugar exacto.

Al borde del orgasmo, cachonda, desinhibida y con un par de cervezas encima, ni se lo pensó, abrió la boca y engulló mi polla sin pestañear. Casi me derrito al sentir su saliva caliente envolviendo toda mi verga.

¡Fue la hostia, no me lo podía creer!

¡¡Tenía la polla metida en la boca de mi hermana!!

Y además, la chupaba de maravilla, subiendo y bajando, pasándome la lengua por los dos lados. A los treinta segundos se la sacó y me miró fijamente a los ojos, mientras me soltaba un lametazo en el capullo, que dejó mi polla palpitando.

―¡No te corras, eh! ―me advirtió en un gemido, antes de volver a metérsela en la boca.

Y yo seguí acariciando su coño y sus tetas. La experiencia era formidable, pero por desgracia para mí, ya había sobrepasado el límite de lo que podía aguantar. Con creces. Apenas llevaba un minuto y medio de mamada cuando sentí ese espasmo que vaticinaba mi inminente clímax.

Mis glúteos se tensaron con firmeza, y supe que aquella corrida no iba a ser normal. Estaba demasiado excitado y ya solo podía hacer una cosa. Seguir sobando su entrepierna como un autómata y dejarme ir.

Aun así, quise avisar a Paula.

―¡¡Aaaaah, aaaaah, no puedo más!! ¡¡Para, Paula, o me voy a correr, aaaah!! ¡¡Me voy a correr!!

Ella también lo notó, justo en esos instantes previos en los que se te pone jodidamente dura y, además, me escuchó perfectamente. Pero Paula no solo no se detuvo, sino que se la metió hasta la garganta y siguió ese sube y baja, jadeando y ayudándose también con la mano, que no paraba de pajearme.

―¡¡¡Paula, joder, me corro, aaaah, me corro!!! ―y levanté el culo del sofá y me revolví de lado a lado, sujetando su cabeza con las dos manos.

Ya había comenzado a salir. Tensé las caderas y se lo solté en la boca. Un lefazo directo. Y después otro, y otro más.

―¡¡Mmmm, mmmm, mmm!! ―fue lo único que Paula pudo decir, recibiendo mi abundante corrida hasta que se la sacó de la boca.

Pero de mi polla seguía saliendo leche y más leche y ella bordeó mi glande con su lengua varias veces, acariciándome aquella zona tan sensible que no dejaba de manar, y al abrir la boca, dejó que se le derramara todo lo que había depositado en su interior.

―¡¡Aaaah, síííí, síííí, córrete, mmmm, córrete en mi boca, hermanito!! ―suspiró mientras gemía, pajeándome con una mano.

Y cuando terminé, ella siguió otro minuto más con mi polla en la boca, ronroneando, degustando el sabor de mi semen, dejándomela bien limpia, aunque luego lo escupió sobre mi cuerpo y, finalmente, se limpió la cara con el dorso de la mano. Se incorporó y se me quedó mirando.

Aquella imagen no se me olvidará en la puta vida.

Gran parte de mi semen le había caído entre los pechos y se deslizaba por su canalillo, pasando de largo por su ombligo. Paula tenía los ojos llorosos, se le había corrido el maquillaje y de la comisura de sus labios le escurrían unas cuantas gotas que ella atrapó con su lengua.

Parecía una jodida puta.

―¡Joder, te dije que no te corrieras!

―¡Te he avisado, Paula! Pero tú estabas ahí… y de verdad que te he avisado. ¡Uffff, ha sido increíble…! ¡Me he corrido en tu boca! ―exclamé sin dejar de mirar sus tetas.

―¡Me quedo alucinada contigo! ¡Madre mía lo que sueltas! ―dijo observándose ella misma el estropicio que tenía encima―. Voy a limpiarme…

Salió del salón con aquellas botas altas y yo contemplé su culo y esa espalda desnuda. Entonces me di cuenta de que ella todavía no se había corrido. No sé por qué lo hice, pero con 19 años y caliente como un mono, aunque acabara de eyacular, tuve la suficiente templanza como para vestirme y después regresar a mi habitación y meterme en la cama.

Un minuto después sentí a Paula llamando a la puerta de mi habitación.

―David, ¿ya te has acostado?

―Sí… ¿querías algo?

Ella se quedó callada. Dudó unos segundos y estoy segurísimo de que, en ese instante, se moría de ganas por pedirme que fuera con ella a su habitación. Al final no lo hizo y sentí en su voz la decepción cuando se despidió.

―No, da igual... buenas noches...


Luego escuché desde mi cama cómo se pajeaba furiosa, y me entraron serias dudas de si había obrado bien, pues lo mismo no me volvía a encontrar a Paula en ese estado tan calenturiento, pero cuando se corrió entre gritos, supe que haberla dejado con ganas de más había sido una gran idea.

Tampoco tuve que esperar mucho tiempo. Un par de días más tarde, fue Paula la que vino a buscarme…​
 
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