3
El tiempo transcurría de una manera normal, porque la universidad me estaba dando menos problemas de los que esperaba y mi situación en casa era deliciosa. Mi madre me llamaba cada tres días y lo único que le podía decir era que estaba muy bien junto a Paula. Por supuesto, se lo endulzaba un poco y le comentaba que les echaba mucho de menos, aunque… era mentira.
Al parecer, por lo que me contaba Jaime, estaba haciendo progresos con mi hermana. Contaba que le hablaba todas las semanas y ella le contestaba, en ocasiones, con iconos llenos de sonrisas que le hacían perder la cordura.
Yo solamente podía asentir y decirle que siguiera, que continuara con sus esfuerzos, que trataría de ablandar a mi hermana de alguna forma. No… no lo intentaba, puesto que si él hacía sus progresos con Paula, yo hacía lo mismo en esas noches que alternábamos en los bares de la zona, incluido en el que trabajaba mi familiar.
Durante un mes y medio, logré ligar con dos chicas que no estaban del todo mal, algo que me llenó de ilusión, porque en mi pueblo era una tarea compleja conseguir una mujer guapa.
Cierto es que sí que conseguí estar con cinco chicas antes de irme de mi pueblo para estudiar en la universidad, no es que fuera un follador, pero es para que sepáis, que tampoco era un novato en las artes amatorias.
En este caso, no pasé de los besos con ninguna de las dos chicas sin conseguir un triste tocamiento, ni una mala paja fuera de un portal o en una esquina llena de meado, nada. Eso me causaba un malestar intenso, echando de menos lo directas que eran en el pueblo y me hacían recordar esa última mamada que me hizo Valeria en la cama de sus padres.
Como buen adolescente en plena ebullición, iba más caliente que un mandril en celo. Aquellos dos ligues me habían dejado los huevos morados y no quería que volviera a suceder. Me puse manos a la obra, tomando el tema con seriedad y echándome una novia lo antes posible para saciar un hambre que empezaba a desbordarme.
Era consciente de que, siendo guapete y poseyendo esa fama de ser “hijo de…”, seguramente me traería mujeres en algún momento, casi sin buscarlas. Pero el caso era que la sed sexual apremiaba y me estaba aburriendo de tanta espera.
Fue de esa manera en la que conocí a Sofía, una chica de mi clase con la que coincidí en una fiesta y acabamos liándonos un tanto borrachos. Esa noche no pasó nada más, pero Sofía me gustó mucho, pues era tímida, educada y muy simpática, con una carita aniñada y morbosa, que incitaba a seguirla conociendo.
Enseguida descubrí que Sofía era virgen y quería ir despacio. Y a mí me pareció bien. Unas semanas más tarde la masturbé por primera vez, aprovechando la oscuridad de un parque que había cerca de su casa, dejando su rostro aniñado con una rojez muy golosa que me puso los pelos de punta. Dos meses más tarde, llegó el gran momento y follamos por primera vez.
Me imaginaba que Sofía iba a ser algo modosita, pero cuando se lanzó… descubrí en mi nueva novia una fogosidad que no me esperaba.
Me encantaba cuando se montaba encima de mí, bailando de manera frenética y haciendo que su pelo moreno danzase en el aire de una forma hipnótica. Su culo siempre botaba igual que una pelota, con esa redondez tan perfecta y una dureza digna de mención. Cierto que los pechos eran menudos, de esos que caben en una mano, pero degustarlos a la par que se corría, era una auténtica delicia.
Una vez pasamos esa etapa, el sexo fluyó de manera normal en dos jóvenes de dieciocho años en la flor de la vida, sobre todo, en época de exámenes, en los cuales la tensión me provoca más ganas de follar y teníamos que quedar todos los viernes y los sábados por la noche. Era lo bueno de disponer de una casa libre, porque Paula no nos molestaba mientras estaba trabajando en el bar.
A las pocas semanas, le presenté a Sofía. No es que me apeteciera en exceso o que supiera que fuera a ser mi futura mujer, sino porque con tantas idas y venidas a casa, en algún momento coincidirían. Mejor evitar la sorpresa, aunque para sorpresa… la que me llevé yo.
Recuerdo a la perfección ese día en el que me quedé sin palabras. Se trataba de un domingo frío, casi gélido, de esos en lo que no apetece ni siquiera salir de la cama. El día era gris, con nubes que dejaban chubascos varios sin permitir que el sol asomara ni un ápice.
Mi hermana llegó a casa después de ir a dar una vuelta por la zona, lo que no sabía y ni siquiera intuía, era con quien lo hacía. Yo estaba en la sala, tirado en el sofá con una manta que tapaba esa mano que me amasaba la polla con gusto. Estaba demasiado bien, a las puertas de comenzar una paja que me sacara toda la leche disponible, pero el caso era que, Paula, no venía sola.
―Hola, David. ―me sonrió desde la puerta, y me senté de golpe observando la figura que había a su espalda.
―¡Ey…! ―me salió de manera muy idiota.
Me puse en pie de la misma, observando la cabeza de ese chico que venía con ella y que nunca vi antes. Tenía el pelo rizo, de un color rubio que me recordó a cualquier niño rico repelente de las series. El tipo era alto, más que mi hermana, que se acerca al uno setenta de estatura.
―Te presento a Fernando… ―y le tocó en el pecho―. Es mi novio.
―¿¡Novio!? ―me brotó solo, con un asombro incalculable, daba por hecho que estaba soltera.
―Eso es, llevamos juntos dos años.
―¡Me estás vacilando…! ―musité para mí mismo, aunque la mirada tan azul de Paula no mentía.
―Es que… ―se giró hacia su chico y le explicó lo que debería haberme dicho a mí― No se lo he dicho, hace poco que está viviendo aquí y tampoco era tema de airearlo.
―No pasa nada ―sentenció el muchacho con cara de buena gente.
―David, acércate… ―pidió Paula esperando que no la humillase con gestos de poca educación.
Le tendí la mano, la misma que me había sobado la polla durante más de media hora en el sofá. El chico la apretó con gusto y me sonrió con unos dientes tan blancos que hubieran dado algo de luz a ese día tan gris.
―¿Te apetece venir a comer con nosotros? Estaría bien. ―eso último lo entendí, quería decir: ven y pórtate como una persona.
―Sí, claro… Estará bien…
Pasamos un rato agradable en la cocina, donde Fernando se limitaba a escuchar a mi hermana y soltar algún que otro comentario de vez en cuando. El chaval me cayó bien a la primera, se le veía reservado y serio, algo que valoraba, aparte de que si mi hermana seguía con él después de dos años, era una buena señal.
Lo que no entendía era cómo podían estar juntos, si mi hermana pasaba tanto tiempo entre estudio, gimnasio y trabajo… aunque la voz de Jaime me dio la respuesta: ¡Es una diosa! Me llevé la mano a la boca para no reírme de mis propios pensamientos y continuamos la conversación sin que se me notase nada.
Acabamos y me eché una siesta en mi habitación, aunque antes me hice una paja, fantaseando con sodomizar por primera vez el bonito culo de Sofía.
Al despertar, me fui con pasos cansados y los ojos todavía dormidos hacia la sala, donde me sorprendió ver a la pareja acurrucados en el sofá y viendo una película. No me lo esperaba, pensaba que Paula lo habría despachado ya para tomarse su rato de descanso a solas, pero me equivocaba.
―¡Vaya! No sabía que estabais aquí ―comenté por no quedarme callado en la puerta.
―Puedes sentarte, estamos viendo una película. ―miré su mano golpeando el sofá a su lado y supe que Paula nunca me pediría que me largase. Obviamente, entendí que sobraba y jugué rápido mis cartas.
―No, no, tranquila, si yo voy a salir un rato a dar una vuelta. Me he echado una siesta demasiado larga y necesito que me dé un poco el aire.
―Abrígate, que hace frío. ―una frase que bien me la pudo decir mamá.
Salí antes de que se dieran cuenta, con el abrigo y una bufanda que me protegían de aquel gélido clima. Estuve tentado de llamar a Sofía, pero seguro que estaba estudiando y para cuando se terminase de preparar, a mí me apetecería volver a casa.
Deambulé por la ciudad, por esa nueva urbe que empezaba a conocer tan bien como mi pueblo. Paré a comprarme unos churros y, de la misma, me apoyé en una plaza a ver unos niños que jugaban con alegría pese al frío que les envolvía.
―Seguro que los que lo pasan peor son los padres… ―solté, creando un vaho denso que manó de mis pulmones.
El tiempo pasó y los dedos de los pies ya se empezaban a congelar, por lo que tomé la sabia decisión de regresar a mi hogar. Habían pasado dos horas y rezaba porque Paula hubiera mandado a su novio de vuelta a su casa para poder relajarme en el sofá como un marajá.
Nada más pasar la puerta, olí el aroma de una rica cena y el sonido de la cocina llegó hasta mis oídos, anunciándome dónde se hallaba mi hermana. Fui allí después de deshacerme del abrigo, contemplando a Paula sentada a la mesa y mirando la televisión con gesto aburrido.
―Siéntate, te he preparado la cena. ―me señaló un plato que tenía una pinta deliciosa.
―¿Fernando? ―antes de que me contestase, ya estaba comiendo.
―Se fue hace rato. ―pinchó un trozo de carne y lo movió en el aire― Gracias por lo de antes, por dejarnos solos. Apenas pasamos tiempo a solas y se agradece. ¿Te ha parecido majo?
―No es nada, se hace lo que se puede. ―ese “favor”, me había costado congelarme los genitales― Me ha caído bien, aunque ha sido una sorpresa. No tenía ni idea.
―Ya… es que… ya sabes, no me gusta contar mis cosas.
―Oye… ―paré un momento y ella me dedicó una mirada cariñosa con esos ojos azules que eran una delicia― ya sabes que no soy tonto, Pau. Si quieres… ―puso un gesto extraño en el rostro― Me refiero a que, si quieres pasar tiempo con él, me avisas y punto. No tengo problemas en salir de casa o, si me lo comentas con tiempo, quedo con Sofía y ya.
―No tienes por qué irte, David. Esta es tan casa tuya como mía. ―siguió comiendo con la mirada perdida en el plato.
―Venga, Paula, que te lo digo en serio. Somos hermanos y debemos tener esa confianza… esa complicidad. Si no la tienes conmigo, ¿con quién la vas a tener? ―cuando la saqué una sonrisa, me encantó. Estaba preciosa― Os dejo a solas y hacéis lo que queráis.
―David… ―una risita que apenas salió de su boca― ¡No seas bobo…! ―negó con la cabeza, haciendo danzar la coleta morena en su nuca― Bueno, pues la próxima vez, te aviso. Eso sí, no te creas que el haberte ido de casa para dejarnos solos, te va a salvar de limpiar los platos. ―una simple broma que encajé con gusto.
―¡Sin problemas, a sus órdenes, mi señora! ―me cuadré delante de ella y se rio a carcajada limpia.
Negando con la cabeza, dejó el plato en la fregadera, esperando porque mis manos le dieran una buena fregada. De pronto, noté su presencia a mi espalda, una que llegó junto a ese olor natural que parecía un perfume.
Sus brazos me rodearon levemente, con mucha suavidad, igual que haría con una flor en el campo. Sin embargo, algo me quitó el aliento, un peso que me tocó en el hombro hasta acomodarse de buena gana sobre mi cuerpo.
Su enorme pecho ejerció una ligera presión sobre uno de mis hombros, y miento si digo que no disfruté de esa placentera y morbosa sensación que estaba experimentando. Fue entonces cuando se inclinó un poco más, apartándose la coleta y soltando un aliento muy cálido que golpeó mi mejilla hasta ponerme todo el vello de punta.
―Gracias…
Fue lo último que murmuró antes de darme un cariñoso beso en la mejilla que me provocó un cortocircuito en todo el sistema. Al segundo siguiente, sus carnosos labios ya no estaban sobre mi piel y el dulce tacto de sus tetas en mi cuerpo, se desdibujó.
Me quedé petrificado, con la vista puesta en la lavadora mientras los acolchados pasos de Paula se perdían en la casa. Pude suspirar unos segundos después, sabiendo que mi hermana no era más que eso… mi hermana, pero con una extraña sensación que se acrecentaba en mi vientre.
Sí, era una belleza, de eso no cabía duda. Eran veintiún años de pura hermosura que no pasaban desapercibidos para nadie, y menos, para mis amigos de la universidad, en especial, Jaime. Sin embargo, por mucho que sus tetas pudieran salir en la portada de una revista como Playboy, nuestra sangre prevalecía en mi cabeza.
Y para mí, seguía siendo Paula, mi hermana mayor…
4
Supongo que, inconscientemente, algo ya se había despertado en mí, aunque yo todavía no me había dado cuenta. Tampoco ayudaban mis amigos de la universidad, que no paraban de sacar el tema de mi hermana y ya no solo se quedaba en la cafetería, sino que también acabamos con frecuencia en el bar donde trabaja Paula cuando salíamos los viernes y los sábados.
Mis colegas no se tapaban, creo que por mi culpa, porque tampoco corté aquello cuando comenzó. Comentaban sobre sus curvas y, en especial, sobre esas tetazas que les encantan a todos. Hasta que no me ponía realmente serio, no paraban.
―Ya está, cabrones. Ya vale del tema por hoy… ―comenté con gesto aburrido a los cuatro que estábamos en la mesa.
Sin embargo, ese día, no me hicieron mucho caso, quizá porque nos habíamos pedido una cerveza después de las clases, o porque simplemente, el asunto era demasiado goloso.
―¡¡Joder…!! ―exclamó Jaime sin cortarse con los ojos bien abiertos delante del móvil― ¿¡Has visto qué foto ha subido Paula!? Mira.
―¡Quita eso de mi cara, tío! Paso de verla, si estoy con ella todos los días. ―le aparté el teléfono que me había puesto en los morros y se lo enseñó a los demás.
―¡Eres un suertudo, macho! ―me comentó otro de mis amigos con los ojos fijos en mi hermana― ¡Menudo bombón! ¡Es perfecta…!
―Mi futura esposa, chaval ―soltó con chulería Jaime, que sonreía con picardía.
No le había contado lo de mi hermana con Fernando, aunque no creo que le importase, ya que Paula era un amor platónico para él, algo inalcanzable. Aunque no estaba seguro del todo, me parecía que ya no hablaban a través del *********.
―Sí, tu mujer… ¡Sueña despierto, Jaime! ―le contestó otro y, mirándome a mí, añadió― Lo que hace este cabrón es pajearse sin parar con las fotos de Paula, nada más.
Esperé con calma a que los tres la admirasen y no quise darle vueltas a ese comentario, porque seguro que era cierto.
―¡Buuuf…! ―Jaime resopló como un animal en celo― Ahora hago un pantallazo, recorto y la paso al grupo.
―¡No, no, no…! ―comenté sin mucha convicción, entrando en una batalla que estaba perdida antes de iniciarla― Ni se os ocurra. Ya solo me faltaba que empecéis también a mandar fotos de Paula en el grupo de WhatsApp. Os parecerá poco las fotos guarras de esas tetonas que estáis enviando todo el día… ¡Cómo mandéis fotos de Paula, me salgo, os lo digo en serio!
―Tampoco te quejas de esas tetonas, ¡eh, David! ―eso era cierto y hasta yo me reí.
Es verdad que no puse demasiado empeño en prohibir lo que iban a hacer y creo que, de poner un poco más de ganas, les hubiera detenido, quizá… mi conciencia, no quisiera hacerlo.
Jaime la mandó un par de minutos más tarde y cuando mi móvil vibró dentro de mis pantalones, supe que en el grupo de WhatsApp ya estaba circulando la foto que mi hermana había subido a su *********.
Es curioso porque, en ese instante, no la abrí para mirarla, pero cuando estuve en casa, la observé de refilón para saber de lo que hablaban. Un gusto curioso me invadió el cuerpo y cerré el móvil con velocidad para no sentir nada más, pero… no borré la foto.
****
El punto de inflexión con Paula sucedió en estas fechas, pero creo que todo se inició con esa dichosa foto que no quise borrar. Desde ahí en adelante, empezó a cambiar mi relación con Paula. En especial, por un suceso en concreto…
Durante la semana, ella solía regresar de la facultad sobre las 14:30 y justo ese día, yo me había escapado un rato de la universidad porque no había dormido bien. Necesitaba descansar, aunque según llegué a casa, mi cuerpo me pidió otra cosa.
Es lo que os imagináis, no nos vamos a engañar. Estaba delante del ordenador portátil, haciéndome una paja. Eran las dos pasadas y, más o menos, tenía la hora controlada. Todavía disponía de un rato más para estar a gusto.
El plan era claro: correrme, limpiar todo y calentar la comida que había dejado preparada Paula la noche anterior para quedar bien llenos. Sin embargo, estaba tan absorto en la gran paja que me estaba haciendo, que no fui consciente de que las llaves tintinearon en la puerta de fuera.
Los pasos corrían el pasillo y yo me azuzaba la polla con frenesí mientras el porno resonaba en los cascos. Los gemidos de cualquier actriz rebotaban contra mis oídos, al igual que las tetas de Paula cada vez que daba un paso.
Fue entonces cuando alcanzó mi cuarto, retirando la puerta y diciéndome algo que, por supuesto, no escuché. Aunque el grito de asombro sí que traspasó el porno que me taladraba el oído.
―¡¡DAVID!!
Me giré de inmediato, todavía agarrando con fiereza un pene rojizo a punto de explotar y con la pantalla reflejándose en mis ojos. Vi la expresión de temor y vergüenza en su rostro, con una mirada que pillaba por primera vez a su hermana pequeño masturbándose como un enfermo.
Me es imposible describir mis sentimientos en ese instante, todas las emociones que me recorrieron el cuerpo y, a la vez, la sensación de vacío que asoló mi alma. Hubo un segundo de silencio, de mudez absoluta, en el que todo el planeta tierra se detuvo esperando por nuestras reacciones.
―¡¡Perdón…!!
Su vergüenza fue absoluta y antes de taparse el rostro, vi con claridad que sus ojos azules se movían a mi mano, que seguía agarrando mi polla.
Escapó con premura, dejando la puerta entreabierta y a mí, con la misma erección y el sonido del porno rebotando sin parar.
―¡Mierda! ―mascullé con la erección empezando a decrecer y el gusto diluyéndose por completo.
Me vestí todo lo rápido que pude, apagando el portátil y dejando todo ordenado como si eso fuera a cambiar algo. La realidad era que me había pillado de pleno, en mitad del asunto con la punta de mi polla más roja que una tea. Solo pude taparme la cara con la camiseta, queriendo meterme en cama y no salir en lo que me restase de vida.
―¡Qué vergüenza…! ¡Joder, qué puta vergüenza…! ―me repetía una y otra vez maldiciendo mi mala fortuna― ¿Ahora con qué cara salgo a comer con Paula…?
Me levanté de la cama y deambulé por la habitación unos cuantos minutos, dando vueltas como si estuviera montado en una noria. No me atrevía, mi cuerpo no me lo permitía y traté de buscar todo tipo de excusas que… cada una parecía más patética que la anterior.
Pero en un instante, me percaté de una cosa, parándome de pleno en mitad del cuarto y mirando hacia abajo. Era tan evidente, que me sentí tonto por no advertirlo antes… el caso era que… seguía empalmado.
Estaba abochornado y para nada excitado, o eso pensaba yo, ya que mi polla no había perdido un ápice de dureza y lo último que se me pasaba por la cabeza en ese momento, era terminarme la paja.
―No es el momento de esto… ―le susurré a mi polla por si se le ocurría obedecer, pero no hubo manera.
Al final, no me quedó más remedio que salir a comer con Paula cuando al cerebro de mi entrepierna le dio por bajar un poco la erección. Y… ¿Sabéis lo que pasó?, pues nada, no pasó absolutamente nada. Según nos encontramos en la mesa, mi hermana no hizo mención de nuestro pequeño incidente y yo tampoco dije ni mu, es que ni se me ocurría sacar el tema. Comimos como cualquier día normal y ahí quedó la cosa.
Sin embargo, algo se había despertado en mi interior. No sabía muy bien lo que era, por lo que traté de darle vueltas igual que a los espaguetis en el tenedor, pero no conseguía hallar una respuesta.
Era obvio que la solución a mis dilemas estaba delante de mis narices, pero no fui capaz de verlo, hasta la próxima vez que me quedé a solas en casa. El ritual fue el mismo, portátil, cascos y la soledad que me daba la oportunidad de una paja gloriosa. Esta vez… con la puerta cerrada.
El calentón era perfecto, el instante de apretar y culminar con una buena fiesta de semen, no obstante, algo ocurrió que no me esperaba. Se me vino a la cabeza el incidente con mi hermana, esa imagen tan clara en mi mente de ella observándome en plena paja con la mano estrangulando mi polla.
Quise quitármela de inmediato, sacar a Paula de esa ecuación por muy bella que fuera. Sin embargo, no me fue posible y, con el efervescente calentón que me encontraba, dejé que mi imaginación tomara el mando y… comenzase a fantasear.
―¿¡Qué hago…!? ―murmuré para mi conciencia, pero daba lo mismo.
Mi mente voló por páramos desconocidos, abriendo puertas que no conocía y descorchando una botella que jamás había saboreado. Continuaba en mi cuarto, sentado en mi silla y masturbándome con pasión. La película en mi cabeza era idéntica a la realidad, pero con una pequeña variación: Paula estaba en la puerta y me volvía a pillar.
En esta ocasión, se quedaba allí, mirándome sin taparse ni un ápice y yo seguía con la polla dura en la mano sin parar de meneármela hasta que levantaba la cabeza y nuestras miradas se cruzaban.
El azul de sus ojos heredado de mamá, me mataba. Me azotaba con violencia un culo que estaba apretado para soltarlo todo. No era capaz de aguantarme, el placer era tal que mi corazón latía con un frenesí incontrolable. Estaba en el sumun del placer, en un momento que iba a cambiarme por completo, porque estaba conociendo el gusto que me ofrecía Paula.
―¡La puta! ¡Joder, Paula, sí! ―solté al aire con una presión incalculable en cada tendón de mi ser.
Cerré los ojos, notando que mi polla escupía sin parar un semen que salía en una cantidad considerable. Sentí el calor de la esencia cuando cayó en mis dedos y no me importó si manchaba la alfombra o no. En ese momento, el paraíso estaba ante mí y no podía hacer otra cosa que no fuera gozar.
―¡Aahh…! ¡Aahh…! ―dos sollozos ahogados que casi rompen mi garganta.
El orgasmo pasó dos minutos más tarde, en el que me serené y moví la cabeza igual que si saliera de un extraño sueño. No sabía lo que había hecho… bueno, lo sabía muy bien por qué todavía tenía el semen en mi mano, pero… no entendía el motivo de mis actos.
Quise decirme que eso no volvería a suceder, que jamás metería en mi mente a mi hermana para tales actos. Sin embargo, una voz algo maligna me susurró desde dentro de mi alma: Aquí comienza tu fantasía con Paula.