La habitación de al lado (Compartir piso con mi hermana universitaria)

41​



Llegué bastante tarde aquel sábado después de salir de fiesta y el domingo por la mañana, Paula me la devolvió, como se suele decir.

Era bien prontito, sobre las nueve y media, cuando escuché los gemidos desde su cuarto, apenas había dormido tres horas y mi hermana estaba follando con su novio. El típico polvo mañanero. Tenía mucho sueño y me encontraba bastante cansado, pero eso no fue impedimento para que los jadeos de Paula me excitaran sobremanera.

Apenas hablaban mientras follaban, pero sus gemidos llegaban altos y claros, era evidente que mi hermana también disfrutaba lo suyo con su chico, que además tenía bastante aguante. Terminaron el polvo con un acelerón final y entonces me llegó la voz de Paula.

―¡¡Aaaaah, córrete dentro, aaaah, no la saques, córrete, aaaaah!!

Y el muy cabrón soltó un gruñido, echando todo su semen en el interior de mi hermana. No me hice una paja, porque necesitaba descansar al menos un día, pero cuando terminaron de follar, ya lucía una buena erección bajo las sábanas.

Tengo que reconocer que me dio muchísima envidia que hiciera eso, y es que si Paula le permitía correrse dentro, es porque tomaba la píldora. Me parecía un dato interesante. Después les escuché hablar y media hora más tarde, se levantaron. Yo me volví a dormir hasta casi la una del mediodía y, cuando me desperté, ya no había nadie en casa.

Estuve toda la tarde solo y aburrido. Estudié un rato, pero en mi cabeza no paraba de darle vueltas a mi relación con Paula y Sofía. Sinceramente, me hubiera encantado contarle a mi novia lo mío con mi hermana, con lo morbosa que era mi chica, seguro que se habría puesto todavía más cachonda, pero lo consideraba algo tan íntimo y personal entre Paula y yo, que era mejor que nadie supiera jamás lo que ocurría entre nosotros.

Si por lo que fuera, dejara de ser pareja de Sofía, ella conocería mi relación incestuosa con Paula y no me gustaba que nadie tuviera en su poder esa información tan importante. Era algo entre mi hermana y yo y así debería seguir siendo.

Ese domingo, Paula llegó un poco antes de la hora de las nueve, me dijo que no iba a cenar, se pegó una ducha y después se metió en su habitación. Ni tan siquiera pudimos hablar un ratito. Ese domingo consiguió evitarme, pero no podría escaparse todos los días de mí.

El lunes sí cenamos juntos, y con el calor y el comienzo de semana, Paula ya se había cambiado otra vez el pijama. Ahora llevaba un dos piezas bastante veraniego, aunque todavía estábamos en mayo. Pantaloncito blanco con el que transparentaba su ropa interior y camiseta blanca de tirantes con un logo de infinito entre sus dos pechos.

Yo estaba nervioso, porque después de cenar, seguramente nos sentaríamos juntos en el sofá a ver la tele. Así había ocurrido la semana anterior; sin embargo, Paula me dijo que el viernes tenía examen y se fue a su habitación.

Me sentí muy decepcionado porque el resto de días hizo lo mismo, pasando completamente de mí. Y para cuando llegó el viernes, yo ya estaba que me subía por las paredes. Tampoco ayudaba ese puto pijama que llevaba todo el día puesto, con el que, claramente, quería provocarme.

Se le notaban las braguitas por debajo, incluso un día se le transparentaba el tanga negro, y todavía era peor la parte de arriba, pues sus tetazas bailaban libres bajo la tela y también se le adivinaba con claridad la forma de los pezones.

El viernes ya no tenía ninguna excusa que ponerme. Había hecho el examen por la mañana y durante la comida, le propuse nuestro plan habitual de pizza y peli nocturna.

―Hoy no puedo, he quedado con Fernando ―me soltó Paula con indiferencia.

―¡Oh, vaya…! No nos hemos visto en toda la semana, esta noche pensé que…

Paula frunció el ceño y se me quedó mirando muy seria.

―¿Pensaste qué…?

―No sé, que tú y yo estaríamos juntos…

―Ah, perdóname la vida por quedar con Fernando, ¿es que acaso voy a tener que pedirte perdón porque prefiera estar con mi novio?

―No, no es eso, Paula. Solo es que la semana pasada fue tan increíble, y el viernes en tu habitación, ya ni te digo… Y ahora parece que me estás evitando… porque, en el fondo, yo sé que tú también quieres.

―Reconozco que no estuvo mal lo del viernes pasado, pero he estado pensando y creo que es mejor que dejemos de hacer esas cosas.

―Ya te lo dije, por mucho que quedes con Fernando, vas a seguir prefiriendo estar conmigo…

―Pues ahí te equivocas, guapo, que sepas que prefiero bastante más estar con él.

―Sí, ya…

―¿Qué pasa? ¿Te molesta que te diga eso?, pues es lo que hay. ¡Asúmelo y no te comportes como un niñato caprichoso!

―¿Niñato yo? ¡Ya lo que me faltaba por escuchar! ―y me levanté cabreado de la mesa sin terminar de comer―. No hace falta que friegues, luego lo recojo yo todo… ―le dije saliendo de la cocina.

―¡Eyy, no te vayas así, David! Lo siento, no quería decirte…

Dejé a Paula con la palabra en la boca y me encerré en mi habitación. No entendía el comportamiento tan absurdo de mi hermana, y yo, como un gilipollas preocupándome por ser natural, de no molestarla, en definitiva, de hacerla sentir bien en nuestra convivencia. Y ella, en quince segundos, me había dejado por los suelos. Diez minutos más tarde, sentí que tocaba con los nudillos en la puerta.

―David, ¿puedo pasar?

―Haz lo que quieras… ―y fingí estar más enfadado de lo que realmente estaba. Quería que, al menos, mi hermana se sintiera un poco culpable.

―Oye, perdona por lo de antes… ―dijo entrando en mi cuarto―. No pensé que te fuera a molestar tanto, tampoco te he dicho nada raro, solo que prefiero estar con mi novio antes que contigo. Lo mismo que tú con Sofía, ¿no?

―Sí, claro… ¿Algo más? ―pregunté sin mirarla y me senté en mi escritorio, sacando los apuntes, aunque no me apeteciera una mierda estudiar.

―No, ya te dejo tranquilo…

Unas horas más tarde, escuché que se estaba duchando y preparándose para salir, y antes de irse, volvió a llamar a la puerta de mi habitación, pero ni siquiera entró.

―¡David, me voy!

―Vale…

Y después sentí la puerta de casa cerrarse. Estaba solo. Sofía había quedado con sus amigas y no me apetecía llamar a mis colegas, así que me hice una pizza y puse una película para distraerme.

Creo que después de cenar, no aguanté ni quince minutos más y me quedé dormido en el sofá medio sentado, con el cuello torcido. Estaba KO después de toda la semana estudiando y madrugando.

Ni tan siquiera la escuché entrar, solo sentí a Paula zarandeándome y me desperté de repente, desubicado, con un poco de frío y sin saber si aquello era real o no. Paula estaba a mi lado y me costó reaccionar, hasta que me di cuenta de que no estaba soñando.

―¿Qué…? ¿Qué hora es? Joder, me he quedado frito…

―Pues casi las tres… ―contestó mi hermana, que acababa de llegar de fiesta.

―¿Y tú vienes ahora?

―Sí, ahora mismo, me iba a ir a la cama, pero he visto que estaba la tele encendida y… ―miramos los dos hacia la pantalla y la serie que estaba viendo seguía puesta, pasando de un capítulo a otro cuando se terminaban.

El salón estaba a oscuras y solo lo iluminaba la luz de la tele, pero pude fijarme en Paula. Llevaba un minipantalón corto de vestir de color negro, unas botas altas por encima de las rodillas y un top negro sin mangas. Estaba tremenda con el pelo recogido en una especie de cola de caballo hacia arriba y se había maquillado más de lo que acostumbraba.

―¿Y tú qué tal lo has pasado? ―pregunté yo, todavía medio dormido.

―Bien, lo hemos pasado muy bien, hemos ido a cenar todo el grupo, nos hemos tomado un par de cervezas y después una copa antes de venir. Ya sabes, la típica que sobra, no tenía que haberme tomado la última, no me ha sentado nada bien…

―Sí, suele pasar… ¿También ha salido Fernando?

―Sí, claro, me ha acompañado hasta casa. Aunque no ha subido…

―Hoy no se queda a dormir.

―No, no podía, mañana tenía que hacer unos asuntillos con su padre y… Bueno, ¿tú, qué tal? ¿Qué estabas viendo?

―Una serie nueva, pero no me digas más, ahora no me acuerdo ni cómo se llamaba…

―Pues muy buena no sería, ja, ja, ja.

―Estaba muy bien, aunque…

―Oye, David, perdona por lo de antes, ¡me he pasado bastante contigo!

―La verdad es que sí…

―No quería insultarte, ¡lo siento mucho!

―Me has llamado niñato y yo no te he hecho nada…

―Tienes toda la razón, no sé por qué te he llamado eso, porque además no lo siento. Tienes tus cosillas, es normal a tu edad, pero no eres ningún niñato…

―¿Caprichoso?

―Sí, eso también lo he dicho, ja, ja, ja… perdona. ¡Soy una idiota, me arrepiento mucho de haberte dicho eso! ¡Ojalá pudiera borrarlo!

―Gracias por pedirme perdón, Paula. Para mí ya está olvidado, no te preocupes.

―¿En serio?

―Sí, claro, yo no podría estar mal contigo, ni aunque quisiera…

―Ni yo, no quiero que estemos enfadados ―y se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

Enseguida me llegó su aliento a alcohol, no es que estuviera borracha, pero seguro que después de beber estaba más desinhibida de lo normal y, posiblemente, con ganas de volver a provocarme y ponérmela dura.

Eso es lo que más cachonda le ponía a Paula.

―Entonces, ¿estoy perdonada? ―me preguntó haciendo pucheritos, como si fuera una niña pequeña y dándome otro beso en la mejilla.

―No del todo, eh, pero si me lo pides así, me lo pensaré…

―¡Venga…! ¡Por favor, por favor…! ―y siguió besuqueándome cada vez más cerca de mi oreja, apoyando una mano en mi abdomen y situando una de sus piernas en mi regazo.

Me quedé mirando aquella bota alta tan erótica que se restregaba contra mis muslos y mi polla saltó por los aires como por arte de magia. Aun así, traté de hacerme el ofendido y seguirle el juego, pero Paula sonrió al ver mi bulto creciendo poco a poco.

―No sé, no sé… ¡Te has pasado!

―Pues sí, me he pasado. ―y me dio otro beso en la mejilla― Pero seguro que algo podemos hacer para que me perdones… ―dijo descendiendo la mano y colándola por mi pijama, hasta agarrarme la polla.

Con la otra mano me bajó el pantalón y Paula comenzó a pajearme, mientras emitía un pequeño ronroneo que me estaba volviendo loco.

―¿Y ahora? ¡Mmmm…! ¿Y ahora me vas a perdonar?

―¡Ufffff…! ¡Joder, Paula! ―exclamé rodeando su espalda con mi brazo, llegando hasta su pecho.

Ni tan siquiera le pedí permiso para sobárselo por encima de la camiseta y Paula no protestó; es más, le encantó que manoseara sus tetazas, porque en cuanto le clavé los dedos, se le escapó un buen gemido.

―¡Mmmm, mete la mano por dentro si quieres! ―suspiró sin dejar de darme besitos en la mejilla y en mi oído.

No me lo tuvo que pedir dos veces, descendí por su espalda hasta el final de la camiseta y colé mi mano por debajo, alcanzando otra vez sus gloriosas tetas, aunque me decepcionó no encontrármelas desnudas, pues llevaba el sujetador puesto.

Uf, Paula estaba más suelta de lo normal y decidí que tenía que aprovechar ese momento. No se me iban a presentar muchas ocasiones de tener a Paula tan dispuesta a todo como esa noche y ella siguió pajeándome, subiendo y bajando la mano con mucha lentitud, pero lo suficientemente firme como para que mi polla se mantuviera dura y erguida, y además, comenzó a besuquearme el cuello.

Busqué sus pezones, sabiendo que ese era su punto débil, y se los pellizqué antes de volver a manosear sus tetazas de una manera vulgar, subiéndolas y después dejándolas caer a plomo para que rebotaran.

Y ella gemía cada vez que soltaba sus tetas y, cuando le clavaba los dedos en la cara interna de los pechos, se retorcía de placer. Me jadeaba al oído y me apretaba con más fuerza la polla, pero no aumentaba la velocidad de la paja.

―¡¡Aaaah, joderrr, aaaah, joderrr, joderrrr!! ―exclamó Paula y no lo pudo resistir más y ella misma se metió la mano libre entre las piernas.

Entonces ahí vi mi oportunidad. Saqué rápido la mano que tenía por dentro de su camiseta y acaricié su espalda desnuda antes de colar mis dedos por la parte de atrás de su entrepierna. Sentí el calor que desprendía su coño y el tacto de sus labios vaginales a través del pantaloncito negro y, al hacer presión, se le escapó un gemido a Paula.

Mi hermana me miró sorprendida, pensé que me iba a decir algo sobre la estúpida norma de no tocarla, sin embargo, retiró su mano y dejó que fuera yo el único que acariciara su coño por encima del short de vestir. Moví mis dedos en círculos, con mucha suavidad, y cuando presioné con más intensidad, ella gimió más alto.

―¡¡Aaaah, Dios, David!! ¿Qué estás haciendo?

―¿No te gusta?

―Sí, claro que sí… ¡¡Mmmm, qué bueno!!

―¡Paula, quítate la camiseta! ―la ordené.

―¿Quieres que me la quite? Eres muy malo, mmmm… ―ronroneó sin dejar de darme besitos por el cuello.

―¡Sí, hazlo!

―Está bien, pero no pares, eh… Mmmm, lo haces muy bien… ―y me soltó la polla y se deshizo de su blusa negra sin mangas.

Allí la tenía delante, con aquel sujetador que apenas podía soportar el peso de sus tetazas, y Paula me miró con la respiración acelerada y, acto seguido, volvió a empuñar mi erección.

―¿Quieres que me quite el sujetador también?

―¡¡Joder, sí, claro!!

―¿Ah, sí?, pero no me pidas otra cosa, eh, que no me pienso quitar nada más… ―y se echó las manos hacia atrás, se soltó el broche y se quitó el sujetador, desnudándose de cintura para arriba.

Me dejó unos segundos que contemplara sus tetas, y me quedé alucinado al ver las marcas de mis dedos en su piel y aquellos pezones oscuros tan erectos.

―¿Te gustan? ―me preguntó sabiendo la respuesta.

A quién no le podían gustar aquellas tetazas tan enormes y perfectas.

―¡Son increíbles! ―exclamé y estiré un brazo para acariciárselas, pero lo hice despacio, como si me diera miedo que ella me rechazara. Sin embargo, Paula estaba demasiado cachonda como para negarme nada y volvió a inclinarse sobre mí, agarrándome la polla.

―¡¡Aaaah, tócame como antes, aaaah, sigueeee, aaaah, sigueeee!! ―me pidió, dándome permiso para que, por primera vez, acariciara su coño, aunque fuera por encima del pantalón.

Y yo hundí mis dedos entre sus labios vaginales, moviéndolos otra vez en círculos, tratando de ejercer la presión exacta, y parece que le gustó a Paula, pues comenzó a menear sus caderas y a gemir más alto.

¿Iba a conseguir que Paula se corriera?

Los dos estábamos demasiado concentrados en lo que ocurría entre las piernas de Paula, por lo que ella ya apenas me pajeaba, bastante tenía con sujetármela, y se acercó más a mí y me dio un beso en el cuello.

―¡¡Aaaah, joder, qué bueno, sigueee, hermanito, sigueee, aaaaah!!

Por suerte, yo tenía una mano libre y la utilicé para sobar sus pechos desnudos, magreando ahora a mi hermana como un puto pulpo, y ella me correspondió la caricia, reanudando su paja y acercándose más a mi cara.

―¿Vas a correrte, enano? ―suspiró con un nuevo beso en mi mejilla, demasiado cerca de mis labios.

Y al girarme hacia ella, me encontré su boca exhalando aire, a escasos centímetros de la mía. Saqué la lengua para mojarme los labios, en una clara invitación a que ella la probara, pero Paula no cayó en la provocación, y me retiró la cara, dejándome con las ganas.

La muy zorra estaba demasiado cachonda, pero se resistía a comerse la boca con su hermano. Entonces, viendo que no le quedaba mucho para llegar al orgasmo, fui yo el que agarró su cuello y hundí la cabeza allí, comiéndole a Paula esa zona tan sensible.

―¡¡¡Aaaah, David, para, paraaaa, aaaah, aaaah, déjame a mí!!! ―y después fue ella la que puso sus labios en mi cuello, dándome pequeños muerdos que ya me llevaron al límite.

Las tetas eran tan grandes que cuando se inclinaba un poco le colgaban hacia abajo, quedándose demasiado cerca de mi polla, hasta que una de las veces, mi glande rozó uno de sus pezones. Y Paula, al notarlo, sonrió y ella misma se agarró un pecho y me lo restregó por el capullo.

¡Me encantaba que mi hermana estuviera tan zorra! Y a punto de correrme, yo también perdí los papeles. No pude más y la agarré con fuerza por el pelo y tiré un poco más hacia abajo.

―¡Aaaah!, ¿qué haces?, aaaah, aaaah… ―protestó Paula.

Yo intensifiqué la velocidad, haciendo más presión entre sus labios vaginales, moviendo mi mano más rápido, a un ritmo continuo y pausado. Entonces tiré de su pelo con firmeza, y ella, al mirar hacia abajo, se encontró con mi polla casi pegada a su cara.

―¿¿¡¡Qué haces, David!!?? ¡¡Aaaaah, aaaaah!!

Y levanté el culo hasta que mi polla tocó los labios de Paula. Me hubiera gustado agarrármela y dirigirla a su boca, pero tenía las dos manos ocupadas, una en su coño y la otra sujetando su cabeza, así que aproveché cuando ella gimió y con un golpe de cadera la dejé en el lugar exacto.

Al borde del orgasmo, cachonda, desinhibida y con un par de cervezas encima, ni se lo pensó, abrió la boca y engulló mi polla sin pestañear. Casi me derrito al sentir su saliva caliente envolviendo toda mi verga.

¡Fue la hostia, no me lo podía creer!

¡¡Tenía la polla metida en la boca de mi hermana!!

Y además, la chupaba de maravilla, subiendo y bajando, pasándome la lengua por los dos lados. A los treinta segundos se la sacó y me miró fijamente a los ojos, mientras me soltaba un lametazo en el capullo, que dejó mi polla palpitando.

―¡No te corras, eh! ―me advirtió en un gemido, antes de volver a metérsela en la boca.

Y yo seguí acariciando su coño y sus tetas. La experiencia era formidable, pero por desgracia para mí, ya había sobrepasado el límite de lo que podía aguantar. Con creces. Apenas llevaba un minuto y medio de mamada cuando sentí ese espasmo que vaticinaba mi inminente clímax.

Mis glúteos se tensaron con firmeza, y supe que aquella corrida no iba a ser normal. Estaba demasiado excitado y ya solo podía hacer una cosa. Seguir sobando su entrepierna como un autómata y dejarme ir.

Aun así, quise avisar a Paula.

―¡¡Aaaaah, aaaaah, no puedo más!! ¡¡Para, Paula, o me voy a correr, aaaah!! ¡¡Me voy a correr!!

Ella también lo notó, justo en esos instantes previos en los que se te pone jodidamente dura y, además, me escuchó perfectamente. Pero Paula no solo no se detuvo, sino que se la metió hasta la garganta y siguió ese sube y baja, jadeando y ayudándose también con la mano, que no paraba de pajearme.

―¡¡¡Paula, joder, me corro, aaaah, me corro!!! ―y levanté el culo del sofá y me revolví de lado a lado, sujetando su cabeza con las dos manos.

Ya había comenzado a salir. Tensé las caderas y se lo solté en la boca. Un lefazo directo. Y después otro, y otro más.

―¡¡Mmmm, mmmm, mmm!! ―fue lo único que Paula pudo decir, recibiendo mi abundante corrida hasta que se la sacó de la boca.

Pero de mi polla seguía saliendo leche y más leche y ella bordeó mi glande con su lengua varias veces, acariciándome aquella zona tan sensible que no dejaba de manar, y al abrir la boca, dejó que se le derramara todo lo que había depositado en su interior.

―¡¡Aaaah, síííí, síííí, córrete, mmmm, córrete en mi boca, hermanito!! ―suspiró mientras gemía, pajeándome con una mano.

Y cuando terminé, ella siguió otro minuto más con mi polla en la boca, ronroneando, degustando el sabor de mi semen, dejándomela bien limpia, aunque luego lo escupió sobre mi cuerpo y, finalmente, se limpió la cara con el dorso de la mano. Se incorporó y se me quedó mirando.

Aquella imagen no se me olvidará en la puta vida.

Gran parte de mi semen le había caído entre los pechos y se deslizaba por su canalillo, pasando de largo por su ombligo. Paula tenía los ojos llorosos, se le había corrido el maquillaje y de la comisura de sus labios le escurrían unas cuantas gotas que ella atrapó con su lengua.

Parecía una jodida puta.

―¡Joder, te dije que no te corrieras!

―¡Te he avisado, Paula! Pero tú estabas ahí… y de verdad que te he avisado. ¡Uffff, ha sido increíble…! ¡Me he corrido en tu boca! ―exclamé sin dejar de mirar sus tetas.

―¡Me quedo alucinada contigo! ¡Madre mía lo que sueltas! ―dijo observándose ella misma el estropicio que tenía encima―. Voy a limpiarme…

Salió del salón con aquellas botas altas y yo contemplé su culo y esa espalda desnuda. Entonces me di cuenta de que ella todavía no se había corrido. No sé por qué lo hice, pero con 19 años y caliente como un mono, aunque acabara de eyacular, tuve la suficiente templanza como para vestirme y después regresar a mi habitación y meterme en la cama.

Un minuto después sentí a Paula llamando a la puerta de mi habitación.

―David, ¿ya te has acostado?

―Sí… ¿querías algo?

Ella se quedó callada. Dudó unos segundos y estoy segurísimo de que, en ese instante, se moría de ganas por pedirme que fuera con ella a su habitación. Al final no lo hizo y sentí en su voz la decepción cuando se despidió.

―No, da igual... buenas noches...


Luego escuché desde mi cama cómo se pajeaba furiosa, y me entraron serias dudas de si había obrado bien, pues lo mismo no me volvía a encontrar a Paula en ese estado tan calenturiento, pero cuando se corrió entre gritos, supe que haberla dejado con ganas de más había sido una gran idea.

Tampoco tuve que esperar mucho tiempo. Un par de días más tarde, fue Paula la que vino a buscarme…​
ufffff, ha abierto la caja de Pandora, ahora Paula es un animal de presa, en busca de su víctima... David te va sacar hasta la ultima gota.... y a nosotros tambien
 

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Llegué bastante tarde aquel sábado después de salir de fiesta y el domingo por la mañana, Paula me la devolvió, como se suele decir.

Era bien prontito, sobre las nueve y media, cuando escuché los gemidos desde su cuarto, apenas había dormido tres horas y mi hermana estaba follando con su novio. El típico polvo mañanero. Tenía mucho sueño y me encontraba bastante cansado, pero eso no fue impedimento para que los jadeos de Paula me excitaran sobremanera.

Apenas hablaban mientras follaban, pero sus gemidos llegaban altos y claros, era evidente que mi hermana también disfrutaba lo suyo con su chico, que además tenía bastante aguante. Terminaron el polvo con un acelerón final y entonces me llegó la voz de Paula.

―¡¡Aaaaah, córrete dentro, aaaah, no la saques, córrete, aaaaah!!

Y el muy cabrón soltó un gruñido, echando todo su semen en el interior de mi hermana. No me hice una paja, porque necesitaba descansar al menos un día, pero cuando terminaron de follar, ya lucía una buena erección bajo las sábanas.

Tengo que reconocer que me dio muchísima envidia que hiciera eso, y es que si Paula le permitía correrse dentro, es porque tomaba la píldora. Me parecía un dato interesante. Después les escuché hablar y media hora más tarde, se levantaron. Yo me volví a dormir hasta casi la una del mediodía y, cuando me desperté, ya no había nadie en casa.

Estuve toda la tarde solo y aburrido. Estudié un rato, pero en mi cabeza no paraba de darle vueltas a mi relación con Paula y Sofía. Sinceramente, me hubiera encantado contarle a mi novia lo mío con mi hermana, con lo morbosa que era mi chica, seguro que se habría puesto todavía más cachonda, pero lo consideraba algo tan íntimo y personal entre Paula y yo, que era mejor que nadie supiera jamás lo que ocurría entre nosotros.

Si por lo que fuera, dejara de ser pareja de Sofía, ella conocería mi relación incestuosa con Paula y no me gustaba que nadie tuviera en su poder esa información tan importante. Era algo entre mi hermana y yo y así debería seguir siendo.

Ese domingo, Paula llegó un poco antes de la hora de las nueve, me dijo que no iba a cenar, se pegó una ducha y después se metió en su habitación. Ni tan siquiera pudimos hablar un ratito. Ese domingo consiguió evitarme, pero no podría escaparse todos los días de mí.

El lunes sí cenamos juntos, y con el calor y el comienzo de semana, Paula ya se había cambiado otra vez el pijama. Ahora llevaba un dos piezas bastante veraniego, aunque todavía estábamos en mayo. Pantaloncito blanco con el que transparentaba su ropa interior y camiseta blanca de tirantes con un logo de infinito entre sus dos pechos.

Yo estaba nervioso, porque después de cenar, seguramente nos sentaríamos juntos en el sofá a ver la tele. Así había ocurrido la semana anterior; sin embargo, Paula me dijo que el viernes tenía examen y se fue a su habitación.

Me sentí muy decepcionado porque el resto de días hizo lo mismo, pasando completamente de mí. Y para cuando llegó el viernes, yo ya estaba que me subía por las paredes. Tampoco ayudaba ese puto pijama que llevaba todo el día puesto, con el que, claramente, quería provocarme.

Se le notaban las braguitas por debajo, incluso un día se le transparentaba el tanga negro, y todavía era peor la parte de arriba, pues sus tetazas bailaban libres bajo la tela y también se le adivinaba con claridad la forma de los pezones.

El viernes ya no tenía ninguna excusa que ponerme. Había hecho el examen por la mañana y durante la comida, le propuse nuestro plan habitual de pizza y peli nocturna.

―Hoy no puedo, he quedado con Fernando ―me soltó Paula con indiferencia.

―¡Oh, vaya…! No nos hemos visto en toda la semana, esta noche pensé que…

Paula frunció el ceño y se me quedó mirando muy seria.

―¿Pensaste qué…?

―No sé, que tú y yo estaríamos juntos…

―Ah, perdóname la vida por quedar con Fernando, ¿es que acaso voy a tener que pedirte perdón porque prefiera estar con mi novio?

―No, no es eso, Paula. Solo es que la semana pasada fue tan increíble, y el viernes en tu habitación, ya ni te digo… Y ahora parece que me estás evitando… porque, en el fondo, yo sé que tú también quieres.

―Reconozco que no estuvo mal lo del viernes pasado, pero he estado pensando y creo que es mejor que dejemos de hacer esas cosas.

―Ya te lo dije, por mucho que quedes con Fernando, vas a seguir prefiriendo estar conmigo…

―Pues ahí te equivocas, guapo, que sepas que prefiero bastante más estar con él.

―Sí, ya…

―¿Qué pasa? ¿Te molesta que te diga eso?, pues es lo que hay. ¡Asúmelo y no te comportes como un niñato caprichoso!

―¿Niñato yo? ¡Ya lo que me faltaba por escuchar! ―y me levanté cabreado de la mesa sin terminar de comer―. No hace falta que friegues, luego lo recojo yo todo… ―le dije saliendo de la cocina.

―¡Eyy, no te vayas así, David! Lo siento, no quería decirte…

Dejé a Paula con la palabra en la boca y me encerré en mi habitación. No entendía el comportamiento tan absurdo de mi hermana, y yo, como un gilipollas preocupándome por ser natural, de no molestarla, en definitiva, de hacerla sentir bien en nuestra convivencia. Y ella, en quince segundos, me había dejado por los suelos. Diez minutos más tarde, sentí que tocaba con los nudillos en la puerta.

―David, ¿puedo pasar?

―Haz lo que quieras… ―y fingí estar más enfadado de lo que realmente estaba. Quería que, al menos, mi hermana se sintiera un poco culpable.

―Oye, perdona por lo de antes… ―dijo entrando en mi cuarto―. No pensé que te fuera a molestar tanto, tampoco te he dicho nada raro, solo que prefiero estar con mi novio antes que contigo. Lo mismo que tú con Sofía, ¿no?

―Sí, claro… ¿Algo más? ―pregunté sin mirarla y me senté en mi escritorio, sacando los apuntes, aunque no me apeteciera una mierda estudiar.

―No, ya te dejo tranquilo…

Unas horas más tarde, escuché que se estaba duchando y preparándose para salir, y antes de irse, volvió a llamar a la puerta de mi habitación, pero ni siquiera entró.

―¡David, me voy!

―Vale…

Y después sentí la puerta de casa cerrarse. Estaba solo. Sofía había quedado con sus amigas y no me apetecía llamar a mis colegas, así que me hice una pizza y puse una película para distraerme.

Creo que después de cenar, no aguanté ni quince minutos más y me quedé dormido en el sofá medio sentado, con el cuello torcido. Estaba KO después de toda la semana estudiando y madrugando.

Ni tan siquiera la escuché entrar, solo sentí a Paula zarandeándome y me desperté de repente, desubicado, con un poco de frío y sin saber si aquello era real o no. Paula estaba a mi lado y me costó reaccionar, hasta que me di cuenta de que no estaba soñando.

―¿Qué…? ¿Qué hora es? Joder, me he quedado frito…

―Pues casi las tres… ―contestó mi hermana, que acababa de llegar de fiesta.

―¿Y tú vienes ahora?

―Sí, ahora mismo, me iba a ir a la cama, pero he visto que estaba la tele encendida y… ―miramos los dos hacia la pantalla y la serie que estaba viendo seguía puesta, pasando de un capítulo a otro cuando se terminaban.

El salón estaba a oscuras y solo lo iluminaba la luz de la tele, pero pude fijarme en Paula. Llevaba un minipantalón corto de vestir de color negro, unas botas altas por encima de las rodillas y un top negro sin mangas. Estaba tremenda con el pelo recogido en una especie de cola de caballo hacia arriba y se había maquillado más de lo que acostumbraba.

―¿Y tú qué tal lo has pasado? ―pregunté yo, todavía medio dormido.

―Bien, lo hemos pasado muy bien, hemos ido a cenar todo el grupo, nos hemos tomado un par de cervezas y después una copa antes de venir. Ya sabes, la típica que sobra, no tenía que haberme tomado la última, no me ha sentado nada bien…

―Sí, suele pasar… ¿También ha salido Fernando?

―Sí, claro, me ha acompañado hasta casa. Aunque no ha subido…

―Hoy no se queda a dormir.

―No, no podía, mañana tenía que hacer unos asuntillos con su padre y… Bueno, ¿tú, qué tal? ¿Qué estabas viendo?

―Una serie nueva, pero no me digas más, ahora no me acuerdo ni cómo se llamaba…

―Pues muy buena no sería, ja, ja, ja.

―Estaba muy bien, aunque…

―Oye, David, perdona por lo de antes, ¡me he pasado bastante contigo!

―La verdad es que sí…

―No quería insultarte, ¡lo siento mucho!

―Me has llamado niñato y yo no te he hecho nada…

―Tienes toda la razón, no sé por qué te he llamado eso, porque además no lo siento. Tienes tus cosillas, es normal a tu edad, pero no eres ningún niñato…

―¿Caprichoso?

―Sí, eso también lo he dicho, ja, ja, ja… perdona. ¡Soy una idiota, me arrepiento mucho de haberte dicho eso! ¡Ojalá pudiera borrarlo!

―Gracias por pedirme perdón, Paula. Para mí ya está olvidado, no te preocupes.

―¿En serio?

―Sí, claro, yo no podría estar mal contigo, ni aunque quisiera…

―Ni yo, no quiero que estemos enfadados ―y se acercó a mí y me dio un beso en la mejilla.

Enseguida me llegó su aliento a alcohol, no es que estuviera borracha, pero seguro que después de beber estaba más desinhibida de lo normal y, posiblemente, con ganas de volver a provocarme y ponérmela dura.

Eso es lo que más cachonda le ponía a Paula.

―Entonces, ¿estoy perdonada? ―me preguntó haciendo pucheritos, como si fuera una niña pequeña y dándome otro beso en la mejilla.

―No del todo, eh, pero si me lo pides así, me lo pensaré…

―¡Venga…! ¡Por favor, por favor…! ―y siguió besuqueándome cada vez más cerca de mi oreja, apoyando una mano en mi abdomen y situando una de sus piernas en mi regazo.

Me quedé mirando aquella bota alta tan erótica que se restregaba contra mis muslos y mi polla saltó por los aires como por arte de magia. Aun así, traté de hacerme el ofendido y seguirle el juego, pero Paula sonrió al ver mi bulto creciendo poco a poco.

―No sé, no sé… ¡Te has pasado!

―Pues sí, me he pasado. ―y me dio otro beso en la mejilla― Pero seguro que algo podemos hacer para que me perdones… ―dijo descendiendo la mano y colándola por mi pijama, hasta agarrarme la polla.

Con la otra mano me bajó el pantalón y Paula comenzó a pajearme, mientras emitía un pequeño ronroneo que me estaba volviendo loco.

―¿Y ahora? ¡Mmmm…! ¿Y ahora me vas a perdonar?

―¡Ufffff…! ¡Joder, Paula! ―exclamé rodeando su espalda con mi brazo, llegando hasta su pecho.

Ni tan siquiera le pedí permiso para sobárselo por encima de la camiseta y Paula no protestó; es más, le encantó que manoseara sus tetazas, porque en cuanto le clavé los dedos, se le escapó un buen gemido.

―¡Mmmm, mete la mano por dentro si quieres! ―suspiró sin dejar de darme besitos en la mejilla y en mi oído.

No me lo tuvo que pedir dos veces, descendí por su espalda hasta el final de la camiseta y colé mi mano por debajo, alcanzando otra vez sus gloriosas tetas, aunque me decepcionó no encontrármelas desnudas, pues llevaba el sujetador puesto.

Uf, Paula estaba más suelta de lo normal y decidí que tenía que aprovechar ese momento. No se me iban a presentar muchas ocasiones de tener a Paula tan dispuesta a todo como esa noche y ella siguió pajeándome, subiendo y bajando la mano con mucha lentitud, pero lo suficientemente firme como para que mi polla se mantuviera dura y erguida, y además, comenzó a besuquearme el cuello.

Busqué sus pezones, sabiendo que ese era su punto débil, y se los pellizqué antes de volver a manosear sus tetazas de una manera vulgar, subiéndolas y después dejándolas caer a plomo para que rebotaran.

Y ella gemía cada vez que soltaba sus tetas y, cuando le clavaba los dedos en la cara interna de los pechos, se retorcía de placer. Me jadeaba al oído y me apretaba con más fuerza la polla, pero no aumentaba la velocidad de la paja.

―¡¡Aaaah, joderrr, aaaah, joderrr, joderrrr!! ―exclamó Paula y no lo pudo resistir más y ella misma se metió la mano libre entre las piernas.

Entonces ahí vi mi oportunidad. Saqué rápido la mano que tenía por dentro de su camiseta y acaricié su espalda desnuda antes de colar mis dedos por la parte de atrás de su entrepierna. Sentí el calor que desprendía su coño y el tacto de sus labios vaginales a través del pantaloncito negro y, al hacer presión, se le escapó un gemido a Paula.

Mi hermana me miró sorprendida, pensé que me iba a decir algo sobre la estúpida norma de no tocarla, sin embargo, retiró su mano y dejó que fuera yo el único que acariciara su coño por encima del short de vestir. Moví mis dedos en círculos, con mucha suavidad, y cuando presioné con más intensidad, ella gimió más alto.

―¡¡Aaaah, Dios, David!! ¿Qué estás haciendo?

―¿No te gusta?

―Sí, claro que sí… ¡¡Mmmm, qué bueno!!

―¡Paula, quítate la camiseta! ―la ordené.

―¿Quieres que me la quite? Eres muy malo, mmmm… ―ronroneó sin dejar de darme besitos por el cuello.

―¡Sí, hazlo!

―Está bien, pero no pares, eh… Mmmm, lo haces muy bien… ―y me soltó la polla y se deshizo de su blusa negra sin mangas.

Allí la tenía delante, con aquel sujetador que apenas podía soportar el peso de sus tetazas, y Paula me miró con la respiración acelerada y, acto seguido, volvió a empuñar mi erección.

―¿Quieres que me quite el sujetador también?

―¡¡Joder, sí, claro!!

―¿Ah, sí?, pero no me pidas otra cosa, eh, que no me pienso quitar nada más… ―y se echó las manos hacia atrás, se soltó el broche y se quitó el sujetador, desnudándose de cintura para arriba.

Me dejó unos segundos que contemplara sus tetas, y me quedé alucinado al ver las marcas de mis dedos en su piel y aquellos pezones oscuros tan erectos.

―¿Te gustan? ―me preguntó sabiendo la respuesta.

A quién no le podían gustar aquellas tetazas tan enormes y perfectas.

―¡Son increíbles! ―exclamé y estiré un brazo para acariciárselas, pero lo hice despacio, como si me diera miedo que ella me rechazara. Sin embargo, Paula estaba demasiado cachonda como para negarme nada y volvió a inclinarse sobre mí, agarrándome la polla.

―¡¡Aaaah, tócame como antes, aaaah, sigueeee, aaaah, sigueeee!! ―me pidió, dándome permiso para que, por primera vez, acariciara su coño, aunque fuera por encima del pantalón.

Y yo hundí mis dedos entre sus labios vaginales, moviéndolos otra vez en círculos, tratando de ejercer la presión exacta, y parece que le gustó a Paula, pues comenzó a menear sus caderas y a gemir más alto.

¿Iba a conseguir que Paula se corriera?

Los dos estábamos demasiado concentrados en lo que ocurría entre las piernas de Paula, por lo que ella ya apenas me pajeaba, bastante tenía con sujetármela, y se acercó más a mí y me dio un beso en el cuello.

―¡¡Aaaah, joder, qué bueno, sigueee, hermanito, sigueee, aaaaah!!

Por suerte, yo tenía una mano libre y la utilicé para sobar sus pechos desnudos, magreando ahora a mi hermana como un puto pulpo, y ella me correspondió la caricia, reanudando su paja y acercándose más a mi cara.

―¿Vas a correrte, enano? ―suspiró con un nuevo beso en mi mejilla, demasiado cerca de mis labios.

Y al girarme hacia ella, me encontré su boca exhalando aire, a escasos centímetros de la mía. Saqué la lengua para mojarme los labios, en una clara invitación a que ella la probara, pero Paula no cayó en la provocación, y me retiró la cara, dejándome con las ganas.

La muy zorra estaba demasiado cachonda, pero se resistía a comerse la boca con su hermano. Entonces, viendo que no le quedaba mucho para llegar al orgasmo, fui yo el que agarró su cuello y hundí la cabeza allí, comiéndole a Paula esa zona tan sensible.

―¡¡¡Aaaah, David, para, paraaaa, aaaah, aaaah, déjame a mí!!! ―y después fue ella la que puso sus labios en mi cuello, dándome pequeños muerdos que ya me llevaron al límite.

Las tetas eran tan grandes que cuando se inclinaba un poco le colgaban hacia abajo, quedándose demasiado cerca de mi polla, hasta que una de las veces, mi glande rozó uno de sus pezones. Y Paula, al notarlo, sonrió y ella misma se agarró un pecho y me lo restregó por el capullo.

¡Me encantaba que mi hermana estuviera tan zorra! Y a punto de correrme, yo también perdí los papeles. No pude más y la agarré con fuerza por el pelo y tiré un poco más hacia abajo.

―¡Aaaah!, ¿qué haces?, aaaah, aaaah… ―protestó Paula.

Yo intensifiqué la velocidad, haciendo más presión entre sus labios vaginales, moviendo mi mano más rápido, a un ritmo continuo y pausado. Entonces tiré de su pelo con firmeza, y ella, al mirar hacia abajo, se encontró con mi polla casi pegada a su cara.

―¿¿¡¡Qué haces, David!!?? ¡¡Aaaaah, aaaaah!!

Y levanté el culo hasta que mi polla tocó los labios de Paula. Me hubiera gustado agarrármela y dirigirla a su boca, pero tenía las dos manos ocupadas, una en su coño y la otra sujetando su cabeza, así que aproveché cuando ella gimió y con un golpe de cadera la dejé en el lugar exacto.

Al borde del orgasmo, cachonda, desinhibida y con un par de cervezas encima, ni se lo pensó, abrió la boca y engulló mi polla sin pestañear. Casi me derrito al sentir su saliva caliente envolviendo toda mi verga.

¡Fue la hostia, no me lo podía creer!

¡¡Tenía la polla metida en la boca de mi hermana!!

Y además, la chupaba de maravilla, subiendo y bajando, pasándome la lengua por los dos lados. A los treinta segundos se la sacó y me miró fijamente a los ojos, mientras me soltaba un lametazo en el capullo, que dejó mi polla palpitando.

―¡No te corras, eh! ―me advirtió en un gemido, antes de volver a metérsela en la boca.

Y yo seguí acariciando su coño y sus tetas. La experiencia era formidable, pero por desgracia para mí, ya había sobrepasado el límite de lo que podía aguantar. Con creces. Apenas llevaba un minuto y medio de mamada cuando sentí ese espasmo que vaticinaba mi inminente clímax.

Mis glúteos se tensaron con firmeza, y supe que aquella corrida no iba a ser normal. Estaba demasiado excitado y ya solo podía hacer una cosa. Seguir sobando su entrepierna como un autómata y dejarme ir.

Aun así, quise avisar a Paula.

―¡¡Aaaaah, aaaaah, no puedo más!! ¡¡Para, Paula, o me voy a correr, aaaah!! ¡¡Me voy a correr!!

Ella también lo notó, justo en esos instantes previos en los que se te pone jodidamente dura y, además, me escuchó perfectamente. Pero Paula no solo no se detuvo, sino que se la metió hasta la garganta y siguió ese sube y baja, jadeando y ayudándose también con la mano, que no paraba de pajearme.

―¡¡¡Paula, joder, me corro, aaaah, me corro!!! ―y levanté el culo del sofá y me revolví de lado a lado, sujetando su cabeza con las dos manos.

Ya había comenzado a salir. Tensé las caderas y se lo solté en la boca. Un lefazo directo. Y después otro, y otro más.

―¡¡Mmmm, mmmm, mmm!! ―fue lo único que Paula pudo decir, recibiendo mi abundante corrida hasta que se la sacó de la boca.

Pero de mi polla seguía saliendo leche y más leche y ella bordeó mi glande con su lengua varias veces, acariciándome aquella zona tan sensible que no dejaba de manar, y al abrir la boca, dejó que se le derramara todo lo que había depositado en su interior.

―¡¡Aaaah, síííí, síííí, córrete, mmmm, córrete en mi boca, hermanito!! ―suspiró mientras gemía, pajeándome con una mano.

Y cuando terminé, ella siguió otro minuto más con mi polla en la boca, ronroneando, degustando el sabor de mi semen, dejándomela bien limpia, aunque luego lo escupió sobre mi cuerpo y, finalmente, se limpió la cara con el dorso de la mano. Se incorporó y se me quedó mirando.

Aquella imagen no se me olvidará en la puta vida.

Gran parte de mi semen le había caído entre los pechos y se deslizaba por su canalillo, pasando de largo por su ombligo. Paula tenía los ojos llorosos, se le había corrido el maquillaje y de la comisura de sus labios le escurrían unas cuantas gotas que ella atrapó con su lengua.

Parecía una jodida puta.

―¡Joder, te dije que no te corrieras!

―¡Te he avisado, Paula! Pero tú estabas ahí… y de verdad que te he avisado. ¡Uffff, ha sido increíble…! ¡Me he corrido en tu boca! ―exclamé sin dejar de mirar sus tetas.

―¡Me quedo alucinada contigo! ¡Madre mía lo que sueltas! ―dijo observándose ella misma el estropicio que tenía encima―. Voy a limpiarme…

Salió del salón con aquellas botas altas y yo contemplé su culo y esa espalda desnuda. Entonces me di cuenta de que ella todavía no se había corrido. No sé por qué lo hice, pero con 19 años y caliente como un mono, aunque acabara de eyacular, tuve la suficiente templanza como para vestirme y después regresar a mi habitación y meterme en la cama.

Un minuto después sentí a Paula llamando a la puerta de mi habitación.

―David, ¿ya te has acostado?

―Sí… ¿querías algo?

Ella se quedó callada. Dudó unos segundos y estoy segurísimo de que, en ese instante, se moría de ganas por pedirme que fuera con ella a su habitación. Al final no lo hizo y sentí en su voz la decepción cuando se despidió.

―No, da igual... buenas noches...


Luego escuché desde mi cama cómo se pajeaba furiosa, y me entraron serias dudas de si había obrado bien, pues lo mismo no me volvía a encontrar a Paula en ese estado tan calenturiento, pero cuando se corrió entre gritos, supe que haberla dejado con ganas de más había sido una gran idea.

Tampoco tuve que esperar mucho tiempo. Un par de días más tarde, fue Paula la que vino a buscarme…​
Joder me corrí yo tanto cómo él
 
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