chicobichea
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Desperté con los rayos de sol golpeándome la cara. La luz era tan intensa que mis ojos protestaban, obligándome a entrecerrarlos mientras intentaba acostumbrarme al brillo de la mañana. La cabeza me latía como si dentro llevara un contenedor lleno de pitos y tambores, cada sonido retumbando con fuerza en mis sienes.
Me quedé unos segundos mirando el techo blanco, inmóvil, tratando de ordenar mis pensamientos. Desde la calle llegaba el murmullo de las personas hablando, voces que subían y bajaban entre el ruido lejano de la ciudad que ya estaba despierta. Yo, en cambio, seguía allí, atrapado entre el dolor de cabeza y la luz del sol que se colaba sin piedad por la ventana.
Giré la cabeza lentamente y allí estaba ella. Dormía dulcemente, de espaldas a mí, con el cabello revuelto cayendo sobre la almohada, cubierta apenas por las sábanas blancas que se arrugaban sobre su cuerpo. La habitación estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano que llegaba desde la calle.
Al fondo, en el suelo, la ropa aparecía revuelta y esparcida, prendas mezcladas, tiradas sin orden, como si hubieran caído allí en mitad de la noche sin que a nadie le importara recogerlas.
Fue entonces cuando tomé verdadera conciencia de la situación. Bajo las sábanas, mi cuerpo estaba completamente desnudo… y el de ella también.
Mi mente intentaba recomponer la situación, retroceder paso a paso y recordar cómo había llegado hasta allí, qué había ocurrido realmente durante la noche. Los recuerdos aparecían fragmentados, como piezas sueltas de un rompecabezas que todavía no lograba encajar.
Mientras trataba de ordenar todo aquello, un sonido llamó mi atención. A mi derecha, detrás de la puerta entreabierta, se escuchaba el agua caer dentro del cuarto de baño. El chorro constante golpeaba las paredes de la ducha y rompía con el resto de los sonidos. alguien se estaba duchando.
Mi respiración comenzó a hacerse profunda, como si mi cuerpo intentara ventilar cada glóbulo rojo que corría por mis venas. Sentía el aire entrar despacio por mis pulmones y salir aún más lento, mientras trataba de calmar la confusión que se arremolinaba en mi cabeza.
Todo lo que ocurría en ese momento parecía avanzar a cámara lenta. La luz del sol deslizándose por la pared, el suave movimiento de las sábanas al compás de mi respiración, el sonido constante del agua cayendo en el cuarto de baño… Cada detalle parecía suspendido en un tiempo más denso, más pesado, como si el mundo entero hubiese decidido tomarse un respiro antes de seguir adelante.
El agua dejó de correr de repente. Durante un instante reinó un breve silencio, hasta que desde el fondo se escuchó el ruido de la mampara al abrirse. Después llegaron pequeños golpecitos, el leve sonido de objetos moviéndose, botes que se abrían y cerraban, el trasteo cotidiano de alguien preparándose frente al lavabo.
Yo permanecía inmóvil, todavía tumbado en la cama, escuchando cada uno de aquellos ruidos como si marcaran el ritmo de la escena.
Y entonces volví a mirar a la mujer que dormía plácidamente a mi lado. Su respiración era tranquila, pausada, ajena a todo lo que estaba pasando a mi alrededor.
La puerta del baño, que había quedado a medio abrir, terminó de moverse lentamente. Unas manos que no llegué a ver empujaron la hoja hasta abrirla del todo.
Y entonces apareció ella.
Salió del baño envuelta en una toalla blanca que le rodeaba el cuerpo aún húmedo. Se detuvo en el quicio del marco de la puerta, apoyando un hombro con naturalidad, como si aquella escena fuera de lo más normal del mundo.
Su mirada, que al principio parecía perdida en la habitación, se corrigió enseguida hasta encontrarse con la mía. Y entonces sonrió.
—Buenos días, campeón.
Su voz sonó tranquila, casi divertida, mientras yo seguía allí tumbado, tratando de entender cómo aquella mañana acababa de volverse todavía más desconcertante.
La pequeña toalla apenas le cubría lo justo. Se ceñía a su cuerpo todavía húmedo, siguiendo con precisión el contorno de cada curva, como si la tela se negara a separarse de aquella silueta. El vapor del baño parecía haberla acompañado hasta la habitación, dejando en el aire una sensación tibia.
Su figura, voluptuosa y llena de vida, quedaba marcada bajo la toalla blanca. Cada movimiento, por pequeño que fuera, hacía que la tela se ajustara un poco más, insinuando más que ocultando.
Allí, apoyada en el marco de la puerta, con esa sonrisa tranquila y segura, parecía completamente dueña de la escena.
Era ella, mi mujer, Gema.
—¿Gema?… Hostia, qué dolor de cabeza.
—¿Cómo que “Gema”? A ver si ahora no vas a saber quién es tu mujer…
Su tono tenía una mezcla extraña entre ironía y curiosidad, como si estuviera disfrutando un poco de mi desconcierto.
Volví la cabeza lentamente hacia la otra mujer que dormía a mi lado. Justo en ese momento comenzaba a desperezarse, probablemente despertada por nuestras primeras frases. Movió un brazo por encima de la sábana y giró el cuerpo con pereza.
—¡Joder!… ¿Qué pasó anoche? - Le pregunte.
—¿Será verdad que no te acuerdas de nada? —dijo mi mujer, arqueando ligeramente una ceja.
La mujer que tenía a mi lado terminó de estirarse y se giró hacia nosotros. Parpadeó un par de veces, aún medio dormida, hasta que sus ojos se enfocaron.
Entonces sonrió.
—Buenos días, guapo… y.... buenos días, guapa.
Era Noelia. La chica antisalsa que había conocido la noche anterior en la barra de aquel local de salsa. La misma con la que había estado hablando mientras sonaba la música y aquellos tres niñatos magreaban mientras bailaban a mi mujer.
Pero…
¿Qué demonios había pasado?
¿Qué hacía ella en nuestra habitación… junto a nosotros dos?
Me incorporé un poco en la cama, apoyando la espalda en el cabecero mientras me llevaba una mano a la frente. El dolor seguía allí, latiendo con fuerza, como si alguien estuviera golpeando desde dentro.
Miré primero a Noelia… luego a Gema… y después otra vez a Noelia.
—Vale… —murmuré—. Creo que necesito un resumen.
Gema soltó una pequeña risa y se cruzó de brazos, todavía apoyada en el marco de la puerta. La toalla seguía firmemente sujeta, aunque algunas gotas de agua resbalaban todavía por sus hombros.
—Anoche salimos —dijo—. Hasta ahí imagino que llegas.
Cerré los ojos un segundo, intentando rebuscar entre los recuerdos.
Luces de colores, música de salsa, el bar lleno.
Una conversación…
Abrí los ojos de golpe y señalé a la mujer a mi lado.
—La barra… —dije—. Ella estaba en la barra.
Noelia sonrió con aire divertido mientras se acomodaba mejor entre las sábanas.
—Correcto, detective —respondió—. Yo era la chica que odiaba la salsa.
Un destello más cruzó mi mente, risas, vasos chocando, Gema bailando en la pista mientras yo hablaba con Noelia.
—Pero… —dije lentamente—. De ahí a que acabemos los tres en nuestra cama hay… bastantes pasos intermedios.
Gema se separó del marco de la puerta y caminó despacio hacia la cama. Cada paso parecía deliberadamente tranquilo, como si estuviera saboreando el momento.
—Los hay —respondió—. Y fueron bastante divertidos.
Se sentó en el borde del colchón, mirándome con una expresión mezcla de complicidad y travesura.
Noelia bostezó suavemente a mi lado.
—La verdad —añadió ella— es que tú anoche estabas muy convencido de todo.
—¿Convencido de qué? —pregunté.
Las dos se miraron.
Y entonces Gema sonrió otra vez.
—De que era una gran idea que siguiéramos de fiesta.
Las dos se miraron durante un segundo, como si compartieran un recuerdo privado.
Yo seguía intentando reconstruir la noche, pero mi cabeza parecía una habitación llena de puertas cerradas. Sabía que detrás de alguna de ellas estaba la explicación… pero no encontraba la llave.
—Vale… —dije frotándome la cara—. Recuerdo el bar. Recuerdo que ella odiaba la salsa.
Noelia levantó una mano desde la cama.
—Sigo odiándola —añadió con una sonrisa somnolienta.
—También recuerdo —continué— que Gema estaba bailando como si hubiera nacido en Cuba, con aquellos tres tipejos, que no dejaban de meterte mano.
—Eso es objetivamente cierto —respondió mi mujer con orgullo.
Algo más apareció en mi mente, la barra llena de vasos, risas, música demasiado alta.
—Estábamos hablando… —dije mirando a Noelia—. De viajes… ¿puede ser?
—De viajes, de música… y de lo terrible que eras bailando —respondió ella.
Gema soltó una carcajada corta.
—Eso también es objetivamente cierto.
Me quedé unos segundos mirando el techo otra vez, intentando empujar a mi memoria un poco más atrás.
—Luego… —dije lentamente— Gema vino a la barra. A ti Noelia... no recuerdo decirte que ella era mi mujer.
Las dos asintieron.
—Y… —seguí— alguien pidió otra ronda.
—Tú —dijo Gema.
—Definitivamente tú —confirmó Noelia.
—Después… ya los recuerdos... se me hacen bola.
Mi mujer se inclinó ligeramente hacia mí.
—Bien. Algo vas recuperando. ¿Recuerdas algo más?
—No mucho
—¿Nada?
—Joder Gema!!!, si me acordara no estaría preguntando.
—Pues te queda mucho por recordar. ¿No recuerdas cuando me acerque a la barra?
Noelia, tumbada de lado a mi derecha, asintió varias veces con la cabeza, como si estuviera siguiendo el ritmo de una canción que solo ellas dos oían. Sus pechos se movieron con el gesto, libres y pesados contra la sábana arrugada.
— Si, eso fue cuando los tres niñatos vinieron junto a ti y me saludaron.
—Eeeeso. ¿Y recuerdas lo que te pedí?
Entonces mire a Noelia, quien esperaba que la respuesta saliera de mi boca, aun conociendo ya la respuesta.
—Fue cuando me susurraste al oído fóllate a esta guarrilla, y tras pedir varias copas te volviste a la pista con esos tres.
Noelia, mirándonos nos dijo.
—Que cabrones, como me estabais timando entre los dos, menos mal que después lo arreglasteis.
Gema se giró un poco hacia ella, le rozó el brazo con los dedos y luego volvió a mirarme.
—Si, yo me volvía a la pista y tu bien que empezaste a pasártelo con ésta. - dijo Gema-
A mi mente llegaban imágenes como flashes, Gema en el centro, el vestido de rallas pegado al cuerpo por el sudor, provocando con el baile a juego con su cuerpo. Los tres niñatos la rodeaban como lobos jóvenes, uno por delante apretando su cintura, otro por detrás pegado a su culo, el tercero rozándole los muslos cada vez que ella giraba. Ella se dejaba. No solo se dejaba, lo disfrutaba. Echaba la cabeza hacia atrás, reía con la boca abierta, y cada poco segundo giraba la mirada hacia la barra. Hacia nosotros, para ver que ocurría en la barra.
—Tú… —empecé a decir, mirando a Noelia—. ¿Tú… me estuviste besando el cuello?
Noelia abrió mucho los ojos y después dejó escapar una carcajada.
—De verdad… qué humillación. Después de todo lo de anoche… y apenas te acuerdas de mí. —negó con la cabeza riendo—. Increíble.
Mi mujer soltó una gran carcajada desde el borde de la cama.
—Pues mal vamos si ya tienes dudas de eso… ¡y eso fue solo al principio!
La sensación de desconcierto debía de estar pintada en mi cara. Miraba a una y a otra sin terminar de entender qué demonios había pasado la noche anterior. Ellas, al ver mi expresión, no podían parar de reír.
—Madre mía, cariño —dijo Gema entre risas—. ¿De verdad nada de nada? ¿Ni de los niñatos… ni de ella? ¿No te acuerdas absolutamente de nada?
—¡Que no, coño, que no! —exclamé llevándome las manos a la cabeza—. ¡Que no! Y ya que estamos… ¿qué pasó con los niñatos?
Gema se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.
—Pues nada a lo que tú te opusieras.
La miré con desesperación.
—Pero ¿podéis ser un poco más concisas? Porque imagino que si tú estás en la cama, en pelotas, aquí conmigo —le dije señalando a Noelia— algo habrá pasado entre nosotros dos.
Noelia levantó una ceja y sonrió con picardía.
—Vamos a dejarlo en que pasó algo… entre nosotros.
Y volvió a reír, esta vez mirando a Gema como si compartieran un secreto.
Mi mujer intervino otra vez, todavía divertida.
—Mira, cariño… mejor date una ducha. Porque viendo cómo estás, no creo que hoy vayas a estar para mucho trote. Luego nos vamos los tres a comer algo y ya te ponemos al día.
—Se giró hacia la cama—. ¿Qué te parece a ti, Noelia?
—Si a vosotros no os importa seguir aguantándome… por mí perfecto —respondió ella sonriendo.
Yo levanté las manos con frustración.
—Pero por favor… ¿alguien puede contarme qué pasó anoche? Por lo que más queráis. Y tú —dije mirando a Gema— con los niñatos… ¿pasó algo?
Gema me miró con una mezcla de diversión y sorpresa.
—¿Yo con los niñatos?… Joder, Javi.
Sonrió lentamente.
—Sí. Pasó algo.
Se levantó de la cama y caminó hacia el baño.
—Venga, dúchate… y luego te lo contamos todo. Y si aun así no te acuerdas…
Se giró mirándome con una sonrisa traviesa.
—Creo que tengo por ahí algún vídeo en el móvil que quizá te ayude a refrescar la memoria.
Me incorporé con cierta torpeza y, tras un instante de duda, me dirigí hacia el baño. Cada paso parecía exigir un pequeño esfuerzo, como si mi cuerpo aún estuviera intentando ponerse de acuerdo con mi cabeza.
Al entrar, lo primero que vi fue el vestido que Gema llevaba la noche anterior. Estaba tirado sobre el bidé, arrugado, algo sucio y con varias manchas que no recordaba haber visto antes. Lo recogí con la mano y lo acerqué a la nariz por puro instinto.
Olía a alcohol, a sudor y a algo más difícil de identificar.
Fruncí el ceño y lo dejé caer otra vez sobre el bidé. Aquello no ayudaba en absoluto a aclarar nada.
Abrí la ducha y el agua caliente comenzó a caer sobre mi cabeza y mis hombros. Cerré los ojos mientras dejaba que el calor recorriera mi cuerpo. Por fin una sensación que parecía despejar un poco la niebla que tenía en la cabeza.
Mientras me enjabonaba, bajé la mirada… y entonces lo noté.
La cabeza de mi pene estaba amoratada, sensible, incluso algo dolorida al tocarla.
—¿Pero qué coño…? —murmuré para mí mismo.
El agua seguía deslizándose por mi espalda, relajando poco a poco los músculos, mientras mi mente seguía empeñada en rescatar algún fragmento de aquella noche que parecía haberse borrado.
Estaba absorto en ese intento inútil cuando, de repente, escuché el ruido de la mampara.
Se abrió, levanté la vista.
Era ella otra vez. Noelia.
Apareció en la puerta de la ducha con una sonrisa tranquila, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—¿Te importa que nos duchemos juntos? —preguntó con naturalidad—. Así vamos más rápido, tu mujer dice que no le importa.
Cuando abra actualizacion! Porfavor?!