La esposa que aprendio a mirarse

Desperté con los rayos de sol golpeándome la cara. La luz era tan intensa que mis ojos protestaban, obligándome a entrecerrarlos mientras intentaba acostumbrarme al brillo de la mañana. La cabeza me latía como si dentro llevara un contenedor lleno de pitos y tambores, cada sonido retumbando con fuerza en mis sienes.

Me quedé unos segundos mirando el techo blanco, inmóvil, tratando de ordenar mis pensamientos. Desde la calle llegaba el murmullo de las personas hablando, voces que subían y bajaban entre el ruido lejano de la ciudad que ya estaba despierta. Yo, en cambio, seguía allí, atrapado entre el dolor de cabeza y la luz del sol que se colaba sin piedad por la ventana.

Giré la cabeza lentamente y allí estaba ella. Dormía dulcemente, de espaldas a mí, con el cabello revuelto cayendo sobre la almohada, cubierta apenas por las sábanas blancas que se arrugaban sobre su cuerpo. La habitación estaba en silencio, salvo por el murmullo lejano que llegaba desde la calle.

Al fondo, en el suelo, la ropa aparecía revuelta y esparcida, prendas mezcladas, tiradas sin orden, como si hubieran caído allí en mitad de la noche sin que a nadie le importara recogerlas.

Fue entonces cuando tomé verdadera conciencia de la situación. Bajo las sábanas, mi cuerpo estaba completamente desnudo… y el de ella también.

Mi mente intentaba recomponer la situación, retroceder paso a paso y recordar cómo había llegado hasta allí, qué había ocurrido realmente durante la noche. Los recuerdos aparecían fragmentados, como piezas sueltas de un rompecabezas que todavía no lograba encajar.
Mientras trataba de ordenar todo aquello, un sonido llamó mi atención. A mi derecha, detrás de la puerta entreabierta, se escuchaba el agua caer dentro del cuarto de baño. El chorro constante golpeaba las paredes de la ducha y rompía con el resto de los sonidos. alguien se estaba duchando.

Mi respiración comenzó a hacerse profunda, como si mi cuerpo intentara ventilar cada glóbulo rojo que corría por mis venas. Sentía el aire entrar despacio por mis pulmones y salir aún más lento, mientras trataba de calmar la confusión que se arremolinaba en mi cabeza.

Todo lo que ocurría en ese momento parecía avanzar a cámara lenta. La luz del sol deslizándose por la pared, el suave movimiento de las sábanas al compás de mi respiración, el sonido constante del agua cayendo en el cuarto de baño… Cada detalle parecía suspendido en un tiempo más denso, más pesado, como si el mundo entero hubiese decidido tomarse un respiro antes de seguir adelante.

El agua dejó de correr de repente. Durante un instante reinó un breve silencio, hasta que desde el fondo se escuchó el ruido de la mampara al abrirse. Después llegaron pequeños golpecitos, el leve sonido de objetos moviéndose, botes que se abrían y cerraban, el trasteo cotidiano de alguien preparándose frente al lavabo.

Yo permanecía inmóvil, todavía tumbado en la cama, escuchando cada uno de aquellos ruidos como si marcaran el ritmo de la escena.
Y entonces volví a mirar a la mujer que dormía plácidamente a mi lado. Su respiración era tranquila, pausada, ajena a todo lo que estaba pasando a mi alrededor.

La puerta del baño, que había quedado a medio abrir, terminó de moverse lentamente. Unas manos que no llegué a ver empujaron la hoja hasta abrirla del todo.

Y entonces apareció ella.

Salió del baño envuelta en una toalla blanca que le rodeaba el cuerpo aún húmedo. Se detuvo en el quicio del marco de la puerta, apoyando un hombro con naturalidad, como si aquella escena fuera de lo más normal del mundo.

Su mirada, que al principio parecía perdida en la habitación, se corrigió enseguida hasta encontrarse con la mía. Y entonces sonrió.

—Buenos días, campeón.

Su voz sonó tranquila, casi divertida, mientras yo seguía allí tumbado, tratando de entender cómo aquella mañana acababa de volverse todavía más desconcertante.

La pequeña toalla apenas le cubría lo justo. Se ceñía a su cuerpo todavía húmedo, siguiendo con precisión el contorno de cada curva, como si la tela se negara a separarse de aquella silueta. El vapor del baño parecía haberla acompañado hasta la habitación, dejando en el aire una sensación tibia.

Su figura, voluptuosa y llena de vida, quedaba marcada bajo la toalla blanca. Cada movimiento, por pequeño que fuera, hacía que la tela se ajustara un poco más, insinuando más que ocultando.

Allí, apoyada en el marco de la puerta, con esa sonrisa tranquila y segura, parecía completamente dueña de la escena.

Era ella, mi mujer, Gema.

—¿Gema?… Hostia, qué dolor de cabeza.
—¿Cómo que “Gema”? A ver si ahora no vas a saber quién es tu mujer…

Su tono tenía una mezcla extraña entre ironía y curiosidad, como si estuviera disfrutando un poco de mi desconcierto.

Volví la cabeza lentamente hacia la otra mujer que dormía a mi lado. Justo en ese momento comenzaba a desperezarse, probablemente despertada por nuestras primeras frases. Movió un brazo por encima de la sábana y giró el cuerpo con pereza.

—¡Joder!… ¿Qué pasó anoche? - Le pregunte.
—¿Será verdad que no te acuerdas de nada? —dijo mi mujer, arqueando ligeramente una ceja.

La mujer que tenía a mi lado terminó de estirarse y se giró hacia nosotros. Parpadeó un par de veces, aún medio dormida, hasta que sus ojos se enfocaron.

Entonces sonrió.

—Buenos días, guapo… y.... buenos días, guapa.

Era Noelia. La chica antisalsa que había conocido la noche anterior en la barra de aquel local de salsa. La misma con la que había estado hablando mientras sonaba la música y aquellos tres niñatos magreaban mientras bailaban a mi mujer.

Pero…

¿Qué demonios había pasado?

¿Qué hacía ella en nuestra habitación… junto a nosotros dos?

Me incorporé un poco en la cama, apoyando la espalda en el cabecero mientras me llevaba una mano a la frente. El dolor seguía allí, latiendo con fuerza, como si alguien estuviera golpeando desde dentro.

Miré primero a Noelia… luego a Gema… y después otra vez a Noelia.

—Vale… —murmuré—. Creo que necesito un resumen.

Gema soltó una pequeña risa y se cruzó de brazos, todavía apoyada en el marco de la puerta. La toalla seguía firmemente sujeta, aunque algunas gotas de agua resbalaban todavía por sus hombros.

—Anoche salimos —dijo—. Hasta ahí imagino que llegas.

Cerré los ojos un segundo, intentando rebuscar entre los recuerdos.

Luces de colores, música de salsa, el bar lleno.

Una conversación…

Abrí los ojos de golpe y señalé a la mujer a mi lado.

—La barra… —dije—. Ella estaba en la barra.

Noelia sonrió con aire divertido mientras se acomodaba mejor entre las sábanas.

—Correcto, detective —respondió—. Yo era la chica que odiaba la salsa.

Un destello más cruzó mi mente, risas, vasos chocando, Gema bailando en la pista mientras yo hablaba con Noelia.

—Pero… —dije lentamente—. De ahí a que acabemos los tres en nuestra cama hay… bastantes pasos intermedios.

Gema se separó del marco de la puerta y caminó despacio hacia la cama. Cada paso parecía deliberadamente tranquilo, como si estuviera saboreando el momento.

—Los hay —respondió—. Y fueron bastante divertidos.

Se sentó en el borde del colchón, mirándome con una expresión mezcla de complicidad y travesura.

Noelia bostezó suavemente a mi lado.

—La verdad —añadió ella— es que tú anoche estabas muy convencido de todo.
—¿Convencido de qué? —pregunté.

Las dos se miraron.

Y entonces Gema sonrió otra vez.

—De que era una gran idea que siguiéramos de fiesta.

Las dos se miraron durante un segundo, como si compartieran un recuerdo privado.

Yo seguía intentando reconstruir la noche, pero mi cabeza parecía una habitación llena de puertas cerradas. Sabía que detrás de alguna de ellas estaba la explicación… pero no encontraba la llave.

—Vale… —dije frotándome la cara—. Recuerdo el bar. Recuerdo que ella odiaba la salsa.

Noelia levantó una mano desde la cama.

—Sigo odiándola —añadió con una sonrisa somnolienta.
—También recuerdo —continué— que Gema estaba bailando como si hubiera nacido en Cuba, con aquellos tres tipejos, que no dejaban de meterte mano.
—Eso es objetivamente cierto —respondió mi mujer con orgullo.

Algo más apareció en mi mente, la barra llena de vasos, risas, música demasiado alta.

—Estábamos hablando… —dije mirando a Noelia—. De viajes… ¿puede ser?
—De viajes, de música… y de lo terrible que eras bailando —respondió ella.

Gema soltó una carcajada corta.

—Eso también es objetivamente cierto.

Me quedé unos segundos mirando el techo otra vez, intentando empujar a mi memoria un poco más atrás.

—Luego… —dije lentamente— Gema vino a la barra. A ti Noelia... no recuerdo decirte que ella era mi mujer.

Las dos asintieron.

—Y… —seguí— alguien pidió otra ronda.
—Tú —dijo Gema.
—Definitivamente tú —confirmó Noelia.
—Después… ya los recuerdos... se me hacen bola.

Mi mujer se inclinó ligeramente hacia mí.

—Bien. Algo vas recuperando. ¿Recuerdas algo más?
—No mucho
—¿Nada?
—Joder Gema!!!, si me acordara no estaría preguntando.
—Pues te queda mucho por recordar. ¿No recuerdas cuando me acerque a la barra?

Noelia, tumbada de lado a mi derecha, asintió varias veces con la cabeza, como si estuviera siguiendo el ritmo de una canción que solo ellas dos oían. Sus pechos se movieron con el gesto, libres y pesados contra la sábana arrugada.

— Si, eso fue cuando los tres niñatos vinieron junto a ti y me saludaron.
—Eeeeso. ¿Y recuerdas lo que te pedí?

Entonces mire a Noelia, quien esperaba que la respuesta saliera de mi boca, aun conociendo ya la respuesta.

—Fue cuando me susurraste al oído fóllate a esta guarrilla, y tras pedir varias copas te volviste a la pista con esos tres.

Noelia, mirándonos nos dijo.

—Que cabrones, como me estabais timando entre los dos, menos mal que después lo arreglasteis.

Gema se giró un poco hacia ella, le rozó el brazo con los dedos y luego volvió a mirarme.

—Si, yo me volvía a la pista y tu bien que empezaste a pasártelo con ésta. - dijo Gema-

A mi mente llegaban imágenes como flashes, Gema en el centro, el vestido de rallas pegado al cuerpo por el sudor, provocando con el baile a juego con su cuerpo. Los tres niñatos la rodeaban como lobos jóvenes, uno por delante apretando su cintura, otro por detrás pegado a su culo, el tercero rozándole los muslos cada vez que ella giraba. Ella se dejaba. No solo se dejaba, lo disfrutaba. Echaba la cabeza hacia atrás, reía con la boca abierta, y cada poco segundo giraba la mirada hacia la barra. Hacia nosotros, para ver que ocurría en la barra.

—Tú… —empecé a decir, mirando a Noelia—. ¿Tú… me estuviste besando el cuello?

Noelia abrió mucho los ojos y después dejó escapar una carcajada.

—De verdad… qué humillación. Después de todo lo de anoche… y apenas te acuerdas de mí. —negó con la cabeza riendo—. Increíble.

Mi mujer soltó una gran carcajada desde el borde de la cama.

—Pues mal vamos si ya tienes dudas de eso… ¡y eso fue solo al principio!

La sensación de desconcierto debía de estar pintada en mi cara. Miraba a una y a otra sin terminar de entender qué demonios había pasado la noche anterior. Ellas, al ver mi expresión, no podían parar de reír.

—Madre mía, cariño —dijo Gema entre risas—. ¿De verdad nada de nada? ¿Ni de los niñatos… ni de ella? ¿No te acuerdas absolutamente de nada?
—¡Que no, coño, que no! —exclamé llevándome las manos a la cabeza—. ¡Que no! Y ya que estamos… ¿qué pasó con los niñatos?

Gema se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.

—Pues nada a lo que tú te opusieras.

La miré con desesperación.

—Pero ¿podéis ser un poco más concisas? Porque imagino que si tú estás en la cama, en pelotas, aquí conmigo —le dije señalando a Noelia— algo habrá pasado entre nosotros dos.

Noelia levantó una ceja y sonrió con picardía.

—Vamos a dejarlo en que pasó algo… entre nosotros.

Y volvió a reír, esta vez mirando a Gema como si compartieran un secreto.

Mi mujer intervino otra vez, todavía divertida.

—Mira, cariño… mejor date una ducha. Porque viendo cómo estás, no creo que hoy vayas a estar para mucho trote. Luego nos vamos los tres a comer algo y ya te ponemos al día.
—Se giró hacia la cama—. ¿Qué te parece a ti, Noelia?
—Si a vosotros no os importa seguir aguantándome… por mí perfecto —respondió ella sonriendo.

Yo levanté las manos con frustración.

—Pero por favor… ¿alguien puede contarme qué pasó anoche? Por lo que más queráis. Y tú —dije mirando a Gema— con los niñatos… ¿pasó algo?

Gema me miró con una mezcla de diversión y sorpresa.

—¿Yo con los niñatos?… Joder, Javi.

Sonrió lentamente.

—Sí. Pasó algo.

Se levantó de la cama y caminó hacia el baño.

—Venga, dúchate… y luego te lo contamos todo. Y si aun así no te acuerdas…

Se giró mirándome con una sonrisa traviesa.

—Creo que tengo por ahí algún vídeo en el móvil que quizá te ayude a refrescar la memoria.

Me incorporé con cierta torpeza y, tras un instante de duda, me dirigí hacia el baño. Cada paso parecía exigir un pequeño esfuerzo, como si mi cuerpo aún estuviera intentando ponerse de acuerdo con mi cabeza.

Al entrar, lo primero que vi fue el vestido que Gema llevaba la noche anterior. Estaba tirado sobre el bidé, arrugado, algo sucio y con varias manchas que no recordaba haber visto antes. Lo recogí con la mano y lo acerqué a la nariz por puro instinto.

Olía a alcohol, a sudor y a algo más difícil de identificar.

Fruncí el ceño y lo dejé caer otra vez sobre el bidé. Aquello no ayudaba en absoluto a aclarar nada.

Abrí la ducha y el agua caliente comenzó a caer sobre mi cabeza y mis hombros. Cerré los ojos mientras dejaba que el calor recorriera mi cuerpo. Por fin una sensación que parecía despejar un poco la niebla que tenía en la cabeza.

Mientras me enjabonaba, bajé la mirada… y entonces lo noté.

La cabeza de mi pene estaba amoratada, sensible, incluso algo dolorida al tocarla.

—¿Pero qué coño…? —murmuré para mí mismo.

El agua seguía deslizándose por mi espalda, relajando poco a poco los músculos, mientras mi mente seguía empeñada en rescatar algún fragmento de aquella noche que parecía haberse borrado.

Estaba absorto en ese intento inútil cuando, de repente, escuché el ruido de la mampara.

Se abrió, levanté la vista.

Era ella otra vez. Noelia.

Apareció en la puerta de la ducha con una sonrisa tranquila, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—¿Te importa que nos duchemos juntos? —preguntó con naturalidad—. Así vamos más rápido, tu mujer dice que no le importa.



Cuando abra actualizacion! Porfavor?!
 
Me encanta el relato aunque por otro lado me da la impresión de que ha sido victima de algo que en el fondo él no deseaba.

Un besito.- Cristina
Como le diga que sí ya no habrá vuelta atrás, seguirá su camino para ser un buen sumiso, un cornudo de libro. Rezo porque no se cumpla, que aparezca algo de dignidad, algo de amor propio, algo de cordura.

La realidad es la que el autor quiera que sea, yo como lectora desearía que él fuera el dueño de su destino, no lo que su mujer le imponga.
 
Como le diga que sí ya no habrá vuelta atrás, seguirá su camino para ser un buen sumiso, un cornudo de libro. Rezo porque no se cumpla, que aparezca algo de dignidad, algo de amor propio, algo de cordura.

La realidad es la que el autor quiera que sea, yo como lectora desearía que él fuera el dueño de su destino, no lo que su mujer le imponga.
Nose q problema hay ni estigma.com el sumiso cornudo...
Yo lo fui.. y de verdad no he vuelto a diafritar igual...
Y al final es un tema solo.sexual.. un momento de placer entre adultos y consentimientos.. fuera de eso.. la moral y el amor propio etc es el mismo q cualquier otro.. otra.. nose..
 
El cornudo si lo acepta ni es víctima ni es menos, en los juegos de sumisión el poder lo tiene el o la esclava que es el que marca los límites.
Si se sobrepasan esos límites consensuados hablamos de traición.
 
Nose q problema hay ni estigma.com el sumiso cornudo...
Yo lo fui.. y de verdad no he vuelto a diafritar igual...
Y al final es un tema solo.sexual.. un momento de placer entre adultos y consentimientos.. fuera de eso.. la moral y el amor propio etc es el mismo q cualquier otro.. otra.. nose..
Salvo que todo sea pura manipulación con el objetivo de alcanzar algo. Lógicamente sin consenso, quiero entender; entonces estaríamos hablando de traición
 
Como le diga que sí ya no habrá vuelta atrás, seguirá su camino para ser un buen sumiso, un cornudo de libro. Rezo porque no se cumpla, que aparezca algo de dignidad, algo de amor propio, algo de cordura.

La realidad es la que el autor quiera que sea, yo como lectora desearía que él fuera el dueño de su destino, no lo que su mujer le imponga.
Pero él es un sumiso, que disfruta de que su mujer lo domine.
Y eso está bien, mientras sea bueno para ambos, como lo es por ahora. Seguro que tú eres tb sumisa, y quisieras que él la dominara, que le impusiera su voluntad. Pero él no es así, él no impone su voluntad, no desea eso. Al contrario, desea que sea ella la que imponga su voluntad.
Yo lo entiendo y me parecen bien, cada uno en el papel que determina su carácter.
 
Me dio un pequeño empujón con naturalidad y se metió bajo el chorro de agua tibia, colocándose frente a mí. El agua empezó a resbalar por su pelo y a recorrer lentamente su cuerpo.

Yo me quedé mirándola.

Aquella mujer se había levantado de la misma cama que yo hacía apenas unos minutos. Estaba completamente desnuda, bajo la ducha a mi lado, y aun así mi mente seguía intentando aceptar aquella realidad.

No era que su cuerpo me gustara más que el de mi mujer —Gema siempre había sido para mí algo difícil de igualar—, pero el de Noelia también era espectacular. Tenía una presencia que llamaba la atención de forma natural.

La observaba casi hipnotizado, tratando al mismo tiempo de forzar a mi memoria a recordar. Mis ojos recorrían su figura mientras intentaba averiguar qué partes de aquel cuerpo habían pasado por mis manos la noche anterior.

Su cintura, la línea de su pecho, la curva de su boca cuando sonreía, la forma en que el agua resbalaba por su vientre.

Intentaba reconstruir con la mirada lo que mi cabeza parecía empeñada en haber olvidado. Y cuanto más lo intentaba, más consciente era de lo extraño de la situación, allí estábamos los dos, bajo la misma ducha, compartiendo una intimidad que, por alguna razón, mi memoria había decidido borrar.

Fue entonces cuando se giró hacia mí, con una ligera sonrisa dibujada en los labios.

—¿Qué? —dijo con tono burlón—. ¿Te sigue gustando tanto como anoche?

Parpadeé, algo desconcertado.

—Perdona… es que estaba intentando…
—Ya, ya… recordar —me interrumpió con una media risa—. Pues tu cosita parece que sí se acuerda.

Sorprendido, bajé la mirada. Mi pene estaba completamente erecto y ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había ocurrido. Al moverme noté un pequeño dolor en la punta, sensible, como si realmente hubiera pasado por una noche demasiado intensa.

En ese momento ella alargó la mano, cubierta de jabón, y con total naturalidad comenzó a lavármelo.

Sus movimientos eran suaves, lentos, casi cuidadosos, haciendo que la espuma se formara mientras su mano subía y bajaba con calma. Yo me quedé completamente mudo, incapaz de decir nada.

Solo podía mirar, mirar aquella mano que se movía con tranquilidad bajo el agua tibia.

—¡Cómo me timasteis anoche, cabrón! —dijo entre risas—. Y tú sin decirme que aquel pedazo de mujer que bailaba con aquellos niñatos… era tu mujer.

La miré a los ojos mientras hablaba, pero de mi boca no salía nada. Apenas un pequeño murmullo, un sonido ahogado que ni siquiera yo sabía explicar.

—Ahora no dices nada, ¿eh? —continuó, divertida—. Ni contestas… —soltó una carcajada—. Pues anoche bien activo que estabas. Y bien que lo disfrutaste.
—Joder, Noelia… —protesté—. No me acuerdo de nadaaaa.

Ella seguía con su movimiento tranquilo, lento, casi metódico. De vez en cuando su pulgar pasaba por la punta de mi pene con cuidado, como si supiera que aún estaba sensible.

—Nene… —dijo con una sonrisa ladeada—. Es que te juntaste con aquellos tres idiotas y no sé qué te dieron, pero te pusiste como las motos. Y para cuando descubriste todo el pastel… lo de que ella era tu mujer…

Negó con la cabeza, soltando una risa incrédula.

—Me cago en la puta, nene…

Entre respiraciones agitadas y cada vez más nervioso por la intriga, le rogué que me lo contara.

—¡Por Dios! Dime qué pasó anoche…
—No, no… —respondió divertida—. Eso debe recordártelo tu mujercita. Yo aquí solo soy la mandada.

Rió otra vez.

Entonces, con la otra mano, me tomó suavemente de la mandíbula y giró mi cabeza hacia la puerta del baño.

—Mira…

Seguí la dirección de su gesto.

Gema estaba allí.

Apoyada en el marco de la puerta, completamente desnuda, observándonos en silencio mientras el agua de la ducha seguía cayendo y Noelia continuaba con sus movimientos bajo el chorro. Su expresión tenía esa mezcla de calma y picardía que ya empezaba a resultarme peligrosamente familiar.

Noelia se arrodillo suavemente ante mí y con sus dos manos comenzó aquel lavado de pene convertido en paja, y que por momentos intuía que se iba a convertir en un lavado más profundo. Jugaba a acercarse con la boca abierta, a sacar su lengua, momentos que yo esperaba su contacto, pero luego retrasaba la cabeza y me miraba, logrando excitarme y desesperarme a partes iguales. Y tras unos instantes así, en esa tesitura la voz de Gema se escuchó desde el fondo.

—Venga tía no lo hagas sufrir más... cómesela

Abrió su boca y ávida se la metió dentro de ella, comenzando un lento mete y saca que acompañaba con su lengua que como una bufanda abrigaba mi pene.

Yo seguía mirando a mi mujer, que con la boca a medio abrir y media sonrisa nos miraba.

—Nunca pensé que esto me iba a gustar tanto. - dijo mi mujer, empezando a rozarse los pechos con sus manos
Noelia no se detuvo. Al contrario, aceleró apenas el ritmo, succionando con más intención, dejando que su lengua dibujara círculos amplios alrededor de la cabeza antes de hundirse de nuevo hasta donde podía. El sonido húmedo se mezclaba con el chorro constante de la ducha, y yo sentía cada vibración en la garganta de ella como un eco directo en mi columna

—Venga, amor… —volvió a decir Gema con esa voz ronca que usaba cuando estaba muy excitada. No te contengas. Déjate llevar.

Tragué saliva, o lo intenté. Mi mano se movió casi por instinto hacia la nuca de Noelia, enredándose en su pelo mojado, guiándola un poco más profundo. Ella gimió alrededor de mi polla, el sonido reverberando directo en mis huevos, y eso fue suficiente para que mis caderas se movieran solas, empujando con cuidado pero sin piedad.

Gema dio un paso hacia dentro, el suelo frío del baño contrastando con el calor que empezaba a subir por todas partes. Se acercó despacio, como si estuviera saboreando cada metro. Cuando llegó a nuestro lado, se inclinó y besó a Noelia en la mejilla, luego en la comisura de la boca, robándole un poco de mí en el proceso. Sus lenguas se rozaron un instante sobre mi glande, juro que casi me corro ahí mismo.

—Buena chica —murmuró Gema contra los labios de Noelia—. Pero no lo termines todavía. Quiero que se corra dentro de ti… mientras yo miro.

Noelia soltó mi polla con un pop húmedo, jadeando, los labios hinchados y brillantes. Se puso de pie despacio, el agua resbalando por su cuerpo como si la estuviera pintando de nuevo. Me miró a los ojos, luego a Gema.

—¿Quieres que me lo folle aquí mismo, jefa? —preguntó con tono juguetón, pero con un filo de obediencia que me puso la piel de gallina.

Gema se mordió el labio inferior, asintió despacio.

—Date la vuelta. Apóyate en la pared. Y abre bien las piernas.

Noelia obedeció sin dudar. Se giró, colocó las palmas contra las baldosas, arqueó la espalda y separó los pies. Su culo perfecto quedó a la altura perfecta, el agua corriendo por la raja, invitándome sin palabras.

Yo miré a Gema, buscando un permiso final aunque ya lo tuviera. Ella solo sonrió, se acercó a mí por detrás y me rodeó la cintura con un brazo. Su otra mano bajó hasta mi polla, la agarró firme y la guió hacia la entrada de Noelia.

—Despacio al principio —susurró en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello—. Quiero que sientas cada centímetro… y que ella también.

Empujé. La cabeza entró con facilidad, caliente, apretada, empapada no solo de agua. Noelia soltó un gemido largo, bajo, y empujó hacia atrás para recibirme más adentro. Gema no soltó mi polla; la acompañó con la mano mientras yo entraba hasta el fondo, hasta que mis huevos quedaron pegados a ella.

—Joder… —gruñí sin poder evitarlo.

Gema rió suave contra mi espalda.

—Muévete, cariño. Fóllatela como anoche. Aunque no te acuerdes… tu cuerpo sí.

Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción. Noelia gemía con cada embestida, empujando contra mí, pidiendo más sin palabras. Gema se pegó más a mi espalda, sus pechos contra mí, una mano en mi cadera marcando el ritmo, la otra bajando hasta mis huevos para masajearlos con suavidad.

—Más fuerte —ordenó Gema—. Quiero oírla.

Aceleré. El sonido de piel contra piel se mezcló con el agua, con los gemidos de Noelia, con la respiración agitada de mi mujer detrás de mí. Sentí que Gema deslizaba una mano entre sus propias piernas, masturbándose mientras nos miraba, mientras me sentía follar a otra.

Noelia giró la cabeza lo justo para mirarnos a los dos.

—Joder… sois una pareja de locos… —jadeó entre empujones—. Me encanta.

Gema se inclinó hacia delante, besó el hombro de Noelia y luego me mordió el lóbulo de la oreja.

—Córrete dentro, amor. Llénala. Quiero verlo salir después.

Eso fue demasiado. El orgasmo me golpeó como un tren. Me hundí hasta el fondo una última vez, gruñendo, y me vacié dentro de ella en espasmos largos, profundos. Noelia tembló, apretándome con fuerza, gimiendo mi nombre —o el de Gema, ya no distinguía— mientras su propio clímax la atravesaba.

Cuando terminé, me quedé quieto un segundo, jadeando. Gema me besó el cuello, suave, posesiva.

Yo todavía estaba dentro de Noelia, respirando pesado, sintiendo los últimos espasmos de mi orgasmo mientras ella temblaba ligeramente contra la pared, las palmas abiertas, el culo todavía arqueado hacia mí. Gema seguía pegada a mi espalda, su mano derecha en mi cadera, la izquierda bajando despacio por mi abdomen hasta rozar mis huevos, como si estuviera comprobando que había vaciado todo.
Entonces, con esa calma suya que siempre me desarmaba, Gema se separó un poco de mí y se agachó con lentitud deliberada. El chorro de la ducha le mojó el pelo y le resbaló por la cara mientras se colocaba justo debajo de Noelia, entre sus piernas abiertas.
—No te muevas todavía —le susurró a Noelia, aunque era a mí a quien miraba por encima del hombro con esa sonrisa torcida—. Quiero probar lo que mi marido acaba de dejarte dentro.

Noelia soltó un gemido bajo, casi una risa entrecortada, y separó un poco más las piernas. Yo empecé a salir despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mí una última vez, como si no quisiera soltarme. Cuando la cabeza salió con un sonido húmedo y obsceno, un hilo grueso y blanco de semen comenzó a deslizarse lentamente por sus labios hinchados, mezclado con sus propios jugos y el agua que corría por todas partes.

Gema no esperó. Abrió la boca y acercó la lengua justo a tiempo para recoger la primera gota que caía. La lamió despacio, saboreándola, los ojos cerrados un segundo como si estuviera catando algo exquisito. Luego subió un poco más, pegando los labios directamente contra el coño de Noelia. Succinó con suavidad al principio, la lengua se hundía entre los pliegues para recoger todo lo que salía. El semen —mi semen— desaparecía en su boca mientras Noelia gemía más alto, las rodillas temblándole.

—Joder, Gema… —jadeó Noelia, apoyando una mano en la pared para no caerse—. Eso… eso es demasiado…

Gema no contestó con palabras. Solo emitió un sonido de placer profundo, gutural, mientras seguía bebiendo, lamiendo, succionando. Una mano suya subió hasta el clítoris de Noelia y empezó a frotarlo en círculos pequeños y precisos, haciendo que más fluido —mezcla de ella, de mí, de agua— saliera a borbotones. Lo recogía todo, tragándolo con avidez, dejando que algunos hilos blancos le resbalaran por la barbilla y cayeran al suelo de la ducha antes de que el agua los arrastrara.

Yo me quedé mirando, hipnotizado, la polla todavía medio dura palpitando contra el muslo de Noelia. Ver a mi mujer así, arrodillada, devorando con tanta dedicación lo que yo acababa de dejar dentro de otra… era una imagen que se me iba a quedar grabada para siempre.

Cuando ya no salía casi nada más, Gema se apartó despacio, los labios brillantes, la cara enrojecida por el calor y la excitación. Se lamió la comisura de la boca, recogiendo el último rastro, y luego se puso de pie con esa elegancia felina que siempre tenía.

Se acercó a Noelia primero, la besó profundo, compartiendo el sabor en su lengua. Noelia gimió contra su boca, respondiendo con la misma intensidad. Luego Gema se giró hacia mí, me tomó de la nuca y me besó también, metiéndome en la boca el regusto salado y dulce de mi propio semen mezclado con el de ellas dos.

—Ahora ya sabes a qué sabe cuándo te corres dentro de otra —susurró contra mis labios, mordiéndome el inferior con suavidad—. ¿Te gusta?

Asentí, sin palabras, la cabeza dándome vueltas.

Gema sonrió, satisfecha, y miró a Noelia.

—Creo que todavía no has terminado de lavarte… —dijo con voz ronca—. ¿Seguimos las dos?

Noelia se giró hacia mí, el agua resbalándole por el cuerpo, los ojos brillantes.

—Solo si prometes recordar esta vez —bromeó, aunque su voz temblaba de deseo.

Gema río bajito y se colocó a mi lado, una mano ya bajando hacia mi polla otra vez.

Ambas comenzaron a enjabonarme con dedicación, como si fuera un ritual lento y compartido. Noelia por delante, sus manos resbaladizas subiendo y bajando por mi pecho, mi abdomen, deteniéndose en la polla ya agotada pero todavía sensible, lavándola con movimientos suaves, casi reverentes. Gema por detrás, pegada a mi espalda, sus pechos contra mí mientras sus palmas se deslizaban por mis hombros, bajaban por la columna y se detenían en mis nalgas. Las abría con calma, las masajeaba con el jabón, dejando que la espuma se acumulara en la raja.

Era mi mujer quien más disfrutaba de la escena. Lo veía en su respiración, en cómo sus ojos se clavaban en las manos de Noelia cada vez que rozaban mi piel. De vez en cuando no lo podía soportar, soltaba un suspiro profundo, metía una mano entre sus propias piernas y empezaba a tocarse despacio, frotándose el clítoris mientras nos miraba a los dos.

—Sigue, Noelia… —le pedía con voz ronca, sin dejar de masturbarse—. Enjabónalo bien… que quede suave, que quede limpio.

Noelia sonreía, obediente, y redoblaba los esfuerzos. Sus dedos se colaban entre mis piernas, lavando mis huevos con cuidado, subiendo hasta la base de la polla y bajando otra vez. Yo estaba quieto entre las dos, apoyado en la pared, dejando que me usaran como quisieran, el cuerpo todavía temblando del orgasmo anterior, pero disfrutando cada roce.

Entonces llegó ese momento. Gema se inclinó hacia delante, su boca cerca de mi oreja, y murmuró con esa voz que siempre me ponía la piel de gallina,

—A mi marido le gusta llevar el culo bien limpito… ¿a que sí, cariño?

Lo dijo mirando a Noelia, no a mí. Era una invitación disfrazada de pregunta, y yo sabía exactamente a qué se refería. Ella conocía mis gustos mejor que nadie. sabía que me volvía loco sentir una lengua ahí, esa mezcla de vulnerabilidad y placer que me hacía perder la cabeza. Y ahora se lo estaba pidiendo a otra mujer, compartiendo conmigo de la forma más íntima posible.

Asentí despacio, sin palabras, solo un gemido bajo que salió de mi garganta. Noelia lo captó al instante. Soltó una risita suave, traviesa, y se arrodilló delante de mí primero, solo para besarme el vientre y luego girarme con ayuda de Gema. Las dos me colocaron de espaldas a la pared, el chorro de agua cayendo por mi pecho mientras yo apoyaba las palmas abiertas contra los azulejos.

Noelia se colocó detrás ahora. Sus manos volvieron a abrirme las nalgas, resbaladizas de jabón, y sentí su aliento caliente justo antes de que su lengua tocara. Primero un lametón largo, recogiendo la espuma y mi piel. Luego círculos lentos alrededor del agujero, presionando la punta para abrirme poco a poco. Gemí más fuerte, las piernas temblándome. Gema se pegó a mi lado, una mano en mi nuca para mantenerme quieto, la otra bajando a tocarse de nuevo mientras miraba cómo Noelia me comía el culo.

—Así, justo así… —susurró Gema, excitada—. Límpialo bien, Noelia. Haz que se sienta sucio y limpio al mismo tiempo.

Noelia obedeció. Metió la lengua más adentro, follándome con ella en movimientos profundos y lentos, mientras una de sus manos subía a masajear mis huevos desde delante. Gema se masturbaba más rápido ahora, los ojos fijos en la escena, mordiéndose el labio.

—Joder… qué bien lo hace… —jadeó mi mujer—. ¿Te gusta, amor? ¿Te gusta que otra mujer te coma el culo mientras yo miro?

Asentí otra vez, jadeando, perdido en la sensación. Noelia sacó la lengua un segundo para hablar, la voz amortiguada contra mi piel:

—Está limpio, suave… y tan apretado cuando se contrae.

Volvió a hundirse, esta vez metiendo un dedo resbaladizo de jabón junto a la lengua, abriéndome más, curvándolo para rozar ese punto que me hacía ver estrellas. Gema soltó un gemido alto, su mano moviéndose frenética entre sus piernas.

—Sigue… no pares… —le ordenó a Noelia—. Quiero verlo.

Y yo temblaba. El placer era intenso, casi demasiado después de todo lo anterior, pero no quería que pararan. Gema se inclinó y me besó profundo, metiéndome la lengua en la boca mientras Noelia seguía devorándome por detrás. Sentí cómo mi mujer se corría contra su propia mano, el cuerpo pegado al mío, gimiendo en mi boca.

Cuando terminó, se apartó un poco, respirando agitada, y miró a Noelia con una sonrisa satisfecha.

—Buena chica… ahora ya está bien limpito. —Me dio un beso suave en la mejilla—. ¿Verdad que sí, cariño?

Asentí, exhausto, feliz, con el cuerpo todavía vibrando.

Gema apagó la ducha por fin. El vapor empezó a disiparse.

—Venga… a secarnos y a comer, que estoy canina y tu querrás saber más, supongo.

Noelia se levantó, besándome el cuello antes de salir, y las tres nos envolvimos en toallas. Yo entre ellas, rodeado de sus cuerpos cálidos, sabiendo que, aunque mi cuerpo ya no diera para más, tenía ansiedad por saber, por saber de dónde venia todo aquello.

—Por cierto, cariño, tengo dos novedades... Laura me ha mandado el enlace al book de las fotos que me hice en la calle y el taller y la otra... la marca me ha adelantado el viaje a mañana.
 
Me dio un pequeño empujón con naturalidad y se metió bajo el chorro de agua tibia, colocándose frente a mí. El agua empezó a resbalar por su pelo y a recorrer lentamente su cuerpo.

Yo me quedé mirándola.

Aquella mujer se había levantado de la misma cama que yo hacía apenas unos minutos. Estaba completamente desnuda, bajo la ducha a mi lado, y aun así mi mente seguía intentando aceptar aquella realidad.

No era que su cuerpo me gustara más que el de mi mujer —Gema siempre había sido para mí algo difícil de igualar—, pero el de Noelia también era espectacular. Tenía una presencia que llamaba la atención de forma natural.

La observaba casi hipnotizado, tratando al mismo tiempo de forzar a mi memoria a recordar. Mis ojos recorrían su figura mientras intentaba averiguar qué partes de aquel cuerpo habían pasado por mis manos la noche anterior.

Su cintura, la línea de su pecho, la curva de su boca cuando sonreía, la forma en que el agua resbalaba por su vientre.

Intentaba reconstruir con la mirada lo que mi cabeza parecía empeñada en haber olvidado. Y cuanto más lo intentaba, más consciente era de lo extraño de la situación, allí estábamos los dos, bajo la misma ducha, compartiendo una intimidad que, por alguna razón, mi memoria había decidido borrar.

Fue entonces cuando se giró hacia mí, con una ligera sonrisa dibujada en los labios.

—¿Qué? —dijo con tono burlón—. ¿Te sigue gustando tanto como anoche?

Parpadeé, algo desconcertado.

—Perdona… es que estaba intentando…
—Ya, ya… recordar —me interrumpió con una media risa—. Pues tu cosita parece que sí se acuerda.

Sorprendido, bajé la mirada. Mi pene estaba completamente erecto y ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había ocurrido. Al moverme noté un pequeño dolor en la punta, sensible, como si realmente hubiera pasado por una noche demasiado intensa.

En ese momento ella alargó la mano, cubierta de jabón, y con total naturalidad comenzó a lavármelo.

Sus movimientos eran suaves, lentos, casi cuidadosos, haciendo que la espuma se formara mientras su mano subía y bajaba con calma. Yo me quedé completamente mudo, incapaz de decir nada.

Solo podía mirar, mirar aquella mano que se movía con tranquilidad bajo el agua tibia.

—¡Cómo me timasteis anoche, cabrón! —dijo entre risas—. Y tú sin decirme que aquel pedazo de mujer que bailaba con aquellos niñatos… era tu mujer.

La miré a los ojos mientras hablaba, pero de mi boca no salía nada. Apenas un pequeño murmullo, un sonido ahogado que ni siquiera yo sabía explicar.

—Ahora no dices nada, ¿eh? —continuó, divertida—. Ni contestas… —soltó una carcajada—. Pues anoche bien activo que estabas. Y bien que lo disfrutaste.
—Joder, Noelia… —protesté—. No me acuerdo de nadaaaa.

Ella seguía con su movimiento tranquilo, lento, casi metódico. De vez en cuando su pulgar pasaba por la punta de mi pene con cuidado, como si supiera que aún estaba sensible.

—Nene… —dijo con una sonrisa ladeada—. Es que te juntaste con aquellos tres idiotas y no sé qué te dieron, pero te pusiste como las motos. Y para cuando descubriste todo el pastel… lo de que ella era tu mujer…

Negó con la cabeza, soltando una risa incrédula.

—Me cago en la puta, nene…

Entre respiraciones agitadas y cada vez más nervioso por la intriga, le rogué que me lo contara.

—¡Por Dios! Dime qué pasó anoche…
—No, no… —respondió divertida—. Eso debe recordártelo tu mujercita. Yo aquí solo soy la mandada.

Rió otra vez.

Entonces, con la otra mano, me tomó suavemente de la mandíbula y giró mi cabeza hacia la puerta del baño.

—Mira…

Seguí la dirección de su gesto.

Gema estaba allí.

Apoyada en el marco de la puerta, completamente desnuda, observándonos en silencio mientras el agua de la ducha seguía cayendo y Noelia continuaba con sus movimientos bajo el chorro. Su expresión tenía esa mezcla de calma y picardía que ya empezaba a resultarme peligrosamente familiar.

Noelia se arrodillo suavemente ante mí y con sus dos manos comenzó aquel lavado de pene convertido en paja, y que por momentos intuía que se iba a convertir en un lavado más profundo. Jugaba a acercarse con la boca abierta, a sacar su lengua, momentos que yo esperaba su contacto, pero luego retrasaba la cabeza y me miraba, logrando excitarme y desesperarme a partes iguales. Y tras unos instantes así, en esa tesitura la voz de Gema se escuchó desde el fondo.

—Venga tía no lo hagas sufrir más... cómesela

Abrió su boca y ávida se la metió dentro de ella, comenzando un lento mete y saca que acompañaba con su lengua que como una bufanda abrigaba mi pene.

Yo seguía mirando a mi mujer, que con la boca a medio abrir y media sonrisa nos miraba.

—Nunca pensé que esto me iba a gustar tanto. - dijo mi mujer, empezando a rozarse los pechos con sus manos
Noelia no se detuvo. Al contrario, aceleró apenas el ritmo, succionando con más intención, dejando que su lengua dibujara círculos amplios alrededor de la cabeza antes de hundirse de nuevo hasta donde podía. El sonido húmedo se mezclaba con el chorro constante de la ducha, y yo sentía cada vibración en la garganta de ella como un eco directo en mi columna

—Venga, amor… —volvió a decir Gema con esa voz ronca que usaba cuando estaba muy excitada. No te contengas. Déjate llevar.

Tragué saliva, o lo intenté. Mi mano se movió casi por instinto hacia la nuca de Noelia, enredándose en su pelo mojado, guiándola un poco más profundo. Ella gimió alrededor de mi polla, el sonido reverberando directo en mis huevos, y eso fue suficiente para que mis caderas se movieran solas, empujando con cuidado pero sin piedad.

Gema dio un paso hacia dentro, el suelo frío del baño contrastando con el calor que empezaba a subir por todas partes. Se acercó despacio, como si estuviera saboreando cada metro. Cuando llegó a nuestro lado, se inclinó y besó a Noelia en la mejilla, luego en la comisura de la boca, robándole un poco de mí en el proceso. Sus lenguas se rozaron un instante sobre mi glande, juro que casi me corro ahí mismo.

—Buena chica —murmuró Gema contra los labios de Noelia—. Pero no lo termines todavía. Quiero que se corra dentro de ti… mientras yo miro.

Noelia soltó mi polla con un pop húmedo, jadeando, los labios hinchados y brillantes. Se puso de pie despacio, el agua resbalando por su cuerpo como si la estuviera pintando de nuevo. Me miró a los ojos, luego a Gema.

—¿Quieres que me lo folle aquí mismo, jefa? —preguntó con tono juguetón, pero con un filo de obediencia que me puso la piel de gallina.

Gema se mordió el labio inferior, asintió despacio.

—Date la vuelta. Apóyate en la pared. Y abre bien las piernas.

Noelia obedeció sin dudar. Se giró, colocó las palmas contra las baldosas, arqueó la espalda y separó los pies. Su culo perfecto quedó a la altura perfecta, el agua corriendo por la raja, invitándome sin palabras.

Yo miré a Gema, buscando un permiso final aunque ya lo tuviera. Ella solo sonrió, se acercó a mí por detrás y me rodeó la cintura con un brazo. Su otra mano bajó hasta mi polla, la agarró firme y la guió hacia la entrada de Noelia.

—Despacio al principio —susurró en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello—. Quiero que sientas cada centímetro… y que ella también.

Empujé. La cabeza entró con facilidad, caliente, apretada, empapada no solo de agua. Noelia soltó un gemido largo, bajo, y empujó hacia atrás para recibirme más adentro. Gema no soltó mi polla; la acompañó con la mano mientras yo entraba hasta el fondo, hasta que mis huevos quedaron pegados a ella.

—Joder… —gruñí sin poder evitarlo.

Gema rió suave contra mi espalda.

—Muévete, cariño. Fóllatela como anoche. Aunque no te acuerdes… tu cuerpo sí.

Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción. Noelia gemía con cada embestida, empujando contra mí, pidiendo más sin palabras. Gema se pegó más a mi espalda, sus pechos contra mí, una mano en mi cadera marcando el ritmo, la otra bajando hasta mis huevos para masajearlos con suavidad.

—Más fuerte —ordenó Gema—. Quiero oírla.

Aceleré. El sonido de piel contra piel se mezcló con el agua, con los gemidos de Noelia, con la respiración agitada de mi mujer detrás de mí. Sentí que Gema deslizaba una mano entre sus propias piernas, masturbándose mientras nos miraba, mientras me sentía follar a otra.

Noelia giró la cabeza lo justo para mirarnos a los dos.

—Joder… sois una pareja de locos… —jadeó entre empujones—. Me encanta.

Gema se inclinó hacia delante, besó el hombro de Noelia y luego me mordió el lóbulo de la oreja.

—Córrete dentro, amor. Llénala. Quiero verlo salir después.

Eso fue demasiado. El orgasmo me golpeó como un tren. Me hundí hasta el fondo una última vez, gruñendo, y me vacié dentro de ella en espasmos largos, profundos. Noelia tembló, apretándome con fuerza, gimiendo mi nombre —o el de Gema, ya no distinguía— mientras su propio clímax la atravesaba.

Cuando terminé, me quedé quieto un segundo, jadeando. Gema me besó el cuello, suave, posesiva.

Yo todavía estaba dentro de Noelia, respirando pesado, sintiendo los últimos espasmos de mi orgasmo mientras ella temblaba ligeramente contra la pared, las palmas abiertas, el culo todavía arqueado hacia mí. Gema seguía pegada a mi espalda, su mano derecha en mi cadera, la izquierda bajando despacio por mi abdomen hasta rozar mis huevos, como si estuviera comprobando que había vaciado todo.
Entonces, con esa calma suya que siempre me desarmaba, Gema se separó un poco de mí y se agachó con lentitud deliberada. El chorro de la ducha le mojó el pelo y le resbaló por la cara mientras se colocaba justo debajo de Noelia, entre sus piernas abiertas.
—No te muevas todavía —le susurró a Noelia, aunque era a mí a quien miraba por encima del hombro con esa sonrisa torcida—. Quiero probar lo que mi marido acaba de dejarte dentro.

Noelia soltó un gemido bajo, casi una risa entrecortada, y separó un poco más las piernas. Yo empecé a salir despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mí una última vez, como si no quisiera soltarme. Cuando la cabeza salió con un sonido húmedo y obsceno, un hilo grueso y blanco de semen comenzó a deslizarse lentamente por sus labios hinchados, mezclado con sus propios jugos y el agua que corría por todas partes.

Gema no esperó. Abrió la boca y acercó la lengua justo a tiempo para recoger la primera gota que caía. La lamió despacio, saboreándola, los ojos cerrados un segundo como si estuviera catando algo exquisito. Luego subió un poco más, pegando los labios directamente contra el coño de Noelia. Succinó con suavidad al principio, la lengua se hundía entre los pliegues para recoger todo lo que salía. El semen —mi semen— desaparecía en su boca mientras Noelia gemía más alto, las rodillas temblándole.

—Joder, Gema… —jadeó Noelia, apoyando una mano en la pared para no caerse—. Eso… eso es demasiado…

Gema no contestó con palabras. Solo emitió un sonido de placer profundo, gutural, mientras seguía bebiendo, lamiendo, succionando. Una mano suya subió hasta el clítoris de Noelia y empezó a frotarlo en círculos pequeños y precisos, haciendo que más fluido —mezcla de ella, de mí, de agua— saliera a borbotones. Lo recogía todo, tragándolo con avidez, dejando que algunos hilos blancos le resbalaran por la barbilla y cayeran al suelo de la ducha antes de que el agua los arrastrara.

Yo me quedé mirando, hipnotizado, la polla todavía medio dura palpitando contra el muslo de Noelia. Ver a mi mujer así, arrodillada, devorando con tanta dedicación lo que yo acababa de dejar dentro de otra… era una imagen que se me iba a quedar grabada para siempre.

Cuando ya no salía casi nada más, Gema se apartó despacio, los labios brillantes, la cara enrojecida por el calor y la excitación. Se lamió la comisura de la boca, recogiendo el último rastro, y luego se puso de pie con esa elegancia felina que siempre tenía.

Se acercó a Noelia primero, la besó profundo, compartiendo el sabor en su lengua. Noelia gimió contra su boca, respondiendo con la misma intensidad. Luego Gema se giró hacia mí, me tomó de la nuca y me besó también, metiéndome en la boca el regusto salado y dulce de mi propio semen mezclado con el de ellas dos.

—Ahora ya sabes a qué sabe cuándo te corres dentro de otra —susurró contra mis labios, mordiéndome el inferior con suavidad—. ¿Te gusta?

Asentí, sin palabras, la cabeza dándome vueltas.

Gema sonrió, satisfecha, y miró a Noelia.

—Creo que todavía no has terminado de lavarte… —dijo con voz ronca—. ¿Seguimos las dos?

Noelia se giró hacia mí, el agua resbalándole por el cuerpo, los ojos brillantes.

—Solo si prometes recordar esta vez —bromeó, aunque su voz temblaba de deseo.

Gema río bajito y se colocó a mi lado, una mano ya bajando hacia mi polla otra vez.

Ambas comenzaron a enjabonarme con dedicación, como si fuera un ritual lento y compartido. Noelia por delante, sus manos resbaladizas subiendo y bajando por mi pecho, mi abdomen, deteniéndose en la polla ya agotada pero todavía sensible, lavándola con movimientos suaves, casi reverentes. Gema por detrás, pegada a mi espalda, sus pechos contra mí mientras sus palmas se deslizaban por mis hombros, bajaban por la columna y se detenían en mis nalgas. Las abría con calma, las masajeaba con el jabón, dejando que la espuma se acumulara en la raja.

Era mi mujer quien más disfrutaba de la escena. Lo veía en su respiración, en cómo sus ojos se clavaban en las manos de Noelia cada vez que rozaban mi piel. De vez en cuando no lo podía soportar, soltaba un suspiro profundo, metía una mano entre sus propias piernas y empezaba a tocarse despacio, frotándose el clítoris mientras nos miraba a los dos.

—Sigue, Noelia… —le pedía con voz ronca, sin dejar de masturbarse—. Enjabónalo bien… que quede suave, que quede limpio.

Noelia sonreía, obediente, y redoblaba los esfuerzos. Sus dedos se colaban entre mis piernas, lavando mis huevos con cuidado, subiendo hasta la base de la polla y bajando otra vez. Yo estaba quieto entre las dos, apoyado en la pared, dejando que me usaran como quisieran, el cuerpo todavía temblando del orgasmo anterior, pero disfrutando cada roce.

Entonces llegó ese momento. Gema se inclinó hacia delante, su boca cerca de mi oreja, y murmuró con esa voz que siempre me ponía la piel de gallina,

—A mi marido le gusta llevar el culo bien limpito… ¿a que sí, cariño?

Lo dijo mirando a Noelia, no a mí. Era una invitación disfrazada de pregunta, y yo sabía exactamente a qué se refería. Ella conocía mis gustos mejor que nadie. sabía que me volvía loco sentir una lengua ahí, esa mezcla de vulnerabilidad y placer que me hacía perder la cabeza. Y ahora se lo estaba pidiendo a otra mujer, compartiendo conmigo de la forma más íntima posible.

Asentí despacio, sin palabras, solo un gemido bajo que salió de mi garganta. Noelia lo captó al instante. Soltó una risita suave, traviesa, y se arrodilló delante de mí primero, solo para besarme el vientre y luego girarme con ayuda de Gema. Las dos me colocaron de espaldas a la pared, el chorro de agua cayendo por mi pecho mientras yo apoyaba las palmas abiertas contra los azulejos.

Noelia se colocó detrás ahora. Sus manos volvieron a abrirme las nalgas, resbaladizas de jabón, y sentí su aliento caliente justo antes de que su lengua tocara. Primero un lametón largo, recogiendo la espuma y mi piel. Luego círculos lentos alrededor del agujero, presionando la punta para abrirme poco a poco. Gemí más fuerte, las piernas temblándome. Gema se pegó a mi lado, una mano en mi nuca para mantenerme quieto, la otra bajando a tocarse de nuevo mientras miraba cómo Noelia me comía el culo.

—Así, justo así… —susurró Gema, excitada—. Límpialo bien, Noelia. Haz que se sienta sucio y limpio al mismo tiempo.

Noelia obedeció. Metió la lengua más adentro, follándome con ella en movimientos profundos y lentos, mientras una de sus manos subía a masajear mis huevos desde delante. Gema se masturbaba más rápido ahora, los ojos fijos en la escena, mordiéndose el labio.

—Joder… qué bien lo hace… —jadeó mi mujer—. ¿Te gusta, amor? ¿Te gusta que otra mujer te coma el culo mientras yo miro?

Asentí otra vez, jadeando, perdido en la sensación. Noelia sacó la lengua un segundo para hablar, la voz amortiguada contra mi piel:

—Está limpio, suave… y tan apretado cuando se contrae.

Volvió a hundirse, esta vez metiendo un dedo resbaladizo de jabón junto a la lengua, abriéndome más, curvándolo para rozar ese punto que me hacía ver estrellas. Gema soltó un gemido alto, su mano moviéndose frenética entre sus piernas.

—Sigue… no pares… —le ordenó a Noelia—. Quiero verlo.

Y yo temblaba. El placer era intenso, casi demasiado después de todo lo anterior, pero no quería que pararan. Gema se inclinó y me besó profundo, metiéndome la lengua en la boca mientras Noelia seguía devorándome por detrás. Sentí cómo mi mujer se corría contra su propia mano, el cuerpo pegado al mío, gimiendo en mi boca.

Cuando terminó, se apartó un poco, respirando agitada, y miró a Noelia con una sonrisa satisfecha.

—Buena chica… ahora ya está bien limpito. —Me dio un beso suave en la mejilla—. ¿Verdad que sí, cariño?

Asentí, exhausto, feliz, con el cuerpo todavía vibrando.

Gema apagó la ducha por fin. El vapor empezó a disiparse.

—Venga… a secarnos y a comer, que estoy canina y tu querrás saber más, supongo.

Noelia se levantó, besándome el cuello antes de salir, y las tres nos envolvimos en toallas. Yo entre ellas, rodeado de sus cuerpos cálidos, sabiendo que, aunque mi cuerpo ya no diera para más, tenía ansiedad por saber, por saber de dónde venia todo aquello.

—Por cierto, cariño, tengo dos novedades... Laura me ha mandado el enlace al book de las fotos que me hice en la calle y el taller y la otra... la marca me ha adelantado el viaje a mañana.
Brutal, me encanta y estoy como un compañero dijo hace días, se me hace corto cada capítulo y larga la espera, pero esperaré.

Gracias y continúa, por favor.
 
Bien, jejeje, pues ahora, ella que es muy lista ya le ha hecho meter a él la "colita" en agujero ajeno, jejeje ya no hay excusas, de esa forma ya tiene la excusa para que le metan a ella una o varias buenas pollas en sus agujeros propios.

Estamos a un paso de un consentimiento, y a otro paso de cuernos sin consentimiento y luego en caso de descubrirlos o enterarse aceptados porque no le queda otra.

Adelamte @meelisaz maquina, que nos tienes en ascuas.

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Última edición:
Me dio un pequeño empujón con naturalidad y se metió bajo el chorro de agua tibia, colocándose frente a mí. El agua empezó a resbalar por su pelo y a recorrer lentamente su cuerpo.

Yo me quedé mirándola.

Aquella mujer se había levantado de la misma cama que yo hacía apenas unos minutos. Estaba completamente desnuda, bajo la ducha a mi lado, y aun así mi mente seguía intentando aceptar aquella realidad.

No era que su cuerpo me gustara más que el de mi mujer —Gema siempre había sido para mí algo difícil de igualar—, pero el de Noelia también era espectacular. Tenía una presencia que llamaba la atención de forma natural.

La observaba casi hipnotizado, tratando al mismo tiempo de forzar a mi memoria a recordar. Mis ojos recorrían su figura mientras intentaba averiguar qué partes de aquel cuerpo habían pasado por mis manos la noche anterior.

Su cintura, la línea de su pecho, la curva de su boca cuando sonreía, la forma en que el agua resbalaba por su vientre.

Intentaba reconstruir con la mirada lo que mi cabeza parecía empeñada en haber olvidado. Y cuanto más lo intentaba, más consciente era de lo extraño de la situación, allí estábamos los dos, bajo la misma ducha, compartiendo una intimidad que, por alguna razón, mi memoria había decidido borrar.

Fue entonces cuando se giró hacia mí, con una ligera sonrisa dibujada en los labios.

—¿Qué? —dijo con tono burlón—. ¿Te sigue gustando tanto como anoche?

Parpadeé, algo desconcertado.

—Perdona… es que estaba intentando…
—Ya, ya… recordar —me interrumpió con una media risa—. Pues tu cosita parece que sí se acuerda.

Sorprendido, bajé la mirada. Mi pene estaba completamente erecto y ni siquiera me había dado cuenta de cuándo había ocurrido. Al moverme noté un pequeño dolor en la punta, sensible, como si realmente hubiera pasado por una noche demasiado intensa.

En ese momento ella alargó la mano, cubierta de jabón, y con total naturalidad comenzó a lavármelo.

Sus movimientos eran suaves, lentos, casi cuidadosos, haciendo que la espuma se formara mientras su mano subía y bajaba con calma. Yo me quedé completamente mudo, incapaz de decir nada.

Solo podía mirar, mirar aquella mano que se movía con tranquilidad bajo el agua tibia.

—¡Cómo me timasteis anoche, cabrón! —dijo entre risas—. Y tú sin decirme que aquel pedazo de mujer que bailaba con aquellos niñatos… era tu mujer.

La miré a los ojos mientras hablaba, pero de mi boca no salía nada. Apenas un pequeño murmullo, un sonido ahogado que ni siquiera yo sabía explicar.

—Ahora no dices nada, ¿eh? —continuó, divertida—. Ni contestas… —soltó una carcajada—. Pues anoche bien activo que estabas. Y bien que lo disfrutaste.
—Joder, Noelia… —protesté—. No me acuerdo de nadaaaa.

Ella seguía con su movimiento tranquilo, lento, casi metódico. De vez en cuando su pulgar pasaba por la punta de mi pene con cuidado, como si supiera que aún estaba sensible.

—Nene… —dijo con una sonrisa ladeada—. Es que te juntaste con aquellos tres idiotas y no sé qué te dieron, pero te pusiste como las motos. Y para cuando descubriste todo el pastel… lo de que ella era tu mujer…

Negó con la cabeza, soltando una risa incrédula.

—Me cago en la puta, nene…

Entre respiraciones agitadas y cada vez más nervioso por la intriga, le rogué que me lo contara.

—¡Por Dios! Dime qué pasó anoche…
—No, no… —respondió divertida—. Eso debe recordártelo tu mujercita. Yo aquí solo soy la mandada.

Rió otra vez.

Entonces, con la otra mano, me tomó suavemente de la mandíbula y giró mi cabeza hacia la puerta del baño.

—Mira…

Seguí la dirección de su gesto.

Gema estaba allí.

Apoyada en el marco de la puerta, completamente desnuda, observándonos en silencio mientras el agua de la ducha seguía cayendo y Noelia continuaba con sus movimientos bajo el chorro. Su expresión tenía esa mezcla de calma y picardía que ya empezaba a resultarme peligrosamente familiar.

Noelia se arrodillo suavemente ante mí y con sus dos manos comenzó aquel lavado de pene convertido en paja, y que por momentos intuía que se iba a convertir en un lavado más profundo. Jugaba a acercarse con la boca abierta, a sacar su lengua, momentos que yo esperaba su contacto, pero luego retrasaba la cabeza y me miraba, logrando excitarme y desesperarme a partes iguales. Y tras unos instantes así, en esa tesitura la voz de Gema se escuchó desde el fondo.

—Venga tía no lo hagas sufrir más... cómesela

Abrió su boca y ávida se la metió dentro de ella, comenzando un lento mete y saca que acompañaba con su lengua que como una bufanda abrigaba mi pene.

Yo seguía mirando a mi mujer, que con la boca a medio abrir y media sonrisa nos miraba.

—Nunca pensé que esto me iba a gustar tanto. - dijo mi mujer, empezando a rozarse los pechos con sus manos
Noelia no se detuvo. Al contrario, aceleró apenas el ritmo, succionando con más intención, dejando que su lengua dibujara círculos amplios alrededor de la cabeza antes de hundirse de nuevo hasta donde podía. El sonido húmedo se mezclaba con el chorro constante de la ducha, y yo sentía cada vibración en la garganta de ella como un eco directo en mi columna

—Venga, amor… —volvió a decir Gema con esa voz ronca que usaba cuando estaba muy excitada. No te contengas. Déjate llevar.

Tragué saliva, o lo intenté. Mi mano se movió casi por instinto hacia la nuca de Noelia, enredándose en su pelo mojado, guiándola un poco más profundo. Ella gimió alrededor de mi polla, el sonido reverberando directo en mis huevos, y eso fue suficiente para que mis caderas se movieran solas, empujando con cuidado pero sin piedad.

Gema dio un paso hacia dentro, el suelo frío del baño contrastando con el calor que empezaba a subir por todas partes. Se acercó despacio, como si estuviera saboreando cada metro. Cuando llegó a nuestro lado, se inclinó y besó a Noelia en la mejilla, luego en la comisura de la boca, robándole un poco de mí en el proceso. Sus lenguas se rozaron un instante sobre mi glande, juro que casi me corro ahí mismo.

—Buena chica —murmuró Gema contra los labios de Noelia—. Pero no lo termines todavía. Quiero que se corra dentro de ti… mientras yo miro.

Noelia soltó mi polla con un pop húmedo, jadeando, los labios hinchados y brillantes. Se puso de pie despacio, el agua resbalando por su cuerpo como si la estuviera pintando de nuevo. Me miró a los ojos, luego a Gema.

—¿Quieres que me lo folle aquí mismo, jefa? —preguntó con tono juguetón, pero con un filo de obediencia que me puso la piel de gallina.

Gema se mordió el labio inferior, asintió despacio.

—Date la vuelta. Apóyate en la pared. Y abre bien las piernas.

Noelia obedeció sin dudar. Se giró, colocó las palmas contra las baldosas, arqueó la espalda y separó los pies. Su culo perfecto quedó a la altura perfecta, el agua corriendo por la raja, invitándome sin palabras.

Yo miré a Gema, buscando un permiso final aunque ya lo tuviera. Ella solo sonrió, se acercó a mí por detrás y me rodeó la cintura con un brazo. Su otra mano bajó hasta mi polla, la agarró firme y la guió hacia la entrada de Noelia.

—Despacio al principio —susurró en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello—. Quiero que sientas cada centímetro… y que ella también.

Empujé. La cabeza entró con facilidad, caliente, apretada, empapada no solo de agua. Noelia soltó un gemido largo, bajo, y empujó hacia atrás para recibirme más adentro. Gema no soltó mi polla; la acompañó con la mano mientras yo entraba hasta el fondo, hasta que mis huevos quedaron pegados a ella.

—Joder… —gruñí sin poder evitarlo.

Gema rió suave contra mi espalda.

—Muévete, cariño. Fóllatela como anoche. Aunque no te acuerdes… tu cuerpo sí.

Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, cada contracción. Noelia gemía con cada embestida, empujando contra mí, pidiendo más sin palabras. Gema se pegó más a mi espalda, sus pechos contra mí, una mano en mi cadera marcando el ritmo, la otra bajando hasta mis huevos para masajearlos con suavidad.

—Más fuerte —ordenó Gema—. Quiero oírla.

Aceleré. El sonido de piel contra piel se mezcló con el agua, con los gemidos de Noelia, con la respiración agitada de mi mujer detrás de mí. Sentí que Gema deslizaba una mano entre sus propias piernas, masturbándose mientras nos miraba, mientras me sentía follar a otra.

Noelia giró la cabeza lo justo para mirarnos a los dos.

—Joder… sois una pareja de locos… —jadeó entre empujones—. Me encanta.

Gema se inclinó hacia delante, besó el hombro de Noelia y luego me mordió el lóbulo de la oreja.

—Córrete dentro, amor. Llénala. Quiero verlo salir después.

Eso fue demasiado. El orgasmo me golpeó como un tren. Me hundí hasta el fondo una última vez, gruñendo, y me vacié dentro de ella en espasmos largos, profundos. Noelia tembló, apretándome con fuerza, gimiendo mi nombre —o el de Gema, ya no distinguía— mientras su propio clímax la atravesaba.

Cuando terminé, me quedé quieto un segundo, jadeando. Gema me besó el cuello, suave, posesiva.

Yo todavía estaba dentro de Noelia, respirando pesado, sintiendo los últimos espasmos de mi orgasmo mientras ella temblaba ligeramente contra la pared, las palmas abiertas, el culo todavía arqueado hacia mí. Gema seguía pegada a mi espalda, su mano derecha en mi cadera, la izquierda bajando despacio por mi abdomen hasta rozar mis huevos, como si estuviera comprobando que había vaciado todo.
Entonces, con esa calma suya que siempre me desarmaba, Gema se separó un poco de mí y se agachó con lentitud deliberada. El chorro de la ducha le mojó el pelo y le resbaló por la cara mientras se colocaba justo debajo de Noelia, entre sus piernas abiertas.
—No te muevas todavía —le susurró a Noelia, aunque era a mí a quien miraba por encima del hombro con esa sonrisa torcida—. Quiero probar lo que mi marido acaba de dejarte dentro.

Noelia soltó un gemido bajo, casi una risa entrecortada, y separó un poco más las piernas. Yo empecé a salir despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su coño se contraía alrededor de mí una última vez, como si no quisiera soltarme. Cuando la cabeza salió con un sonido húmedo y obsceno, un hilo grueso y blanco de semen comenzó a deslizarse lentamente por sus labios hinchados, mezclado con sus propios jugos y el agua que corría por todas partes.

Gema no esperó. Abrió la boca y acercó la lengua justo a tiempo para recoger la primera gota que caía. La lamió despacio, saboreándola, los ojos cerrados un segundo como si estuviera catando algo exquisito. Luego subió un poco más, pegando los labios directamente contra el coño de Noelia. Succinó con suavidad al principio, la lengua se hundía entre los pliegues para recoger todo lo que salía. El semen —mi semen— desaparecía en su boca mientras Noelia gemía más alto, las rodillas temblándole.

—Joder, Gema… —jadeó Noelia, apoyando una mano en la pared para no caerse—. Eso… eso es demasiado…

Gema no contestó con palabras. Solo emitió un sonido de placer profundo, gutural, mientras seguía bebiendo, lamiendo, succionando. Una mano suya subió hasta el clítoris de Noelia y empezó a frotarlo en círculos pequeños y precisos, haciendo que más fluido —mezcla de ella, de mí, de agua— saliera a borbotones. Lo recogía todo, tragándolo con avidez, dejando que algunos hilos blancos le resbalaran por la barbilla y cayeran al suelo de la ducha antes de que el agua los arrastrara.

Yo me quedé mirando, hipnotizado, la polla todavía medio dura palpitando contra el muslo de Noelia. Ver a mi mujer así, arrodillada, devorando con tanta dedicación lo que yo acababa de dejar dentro de otra… era una imagen que se me iba a quedar grabada para siempre.

Cuando ya no salía casi nada más, Gema se apartó despacio, los labios brillantes, la cara enrojecida por el calor y la excitación. Se lamió la comisura de la boca, recogiendo el último rastro, y luego se puso de pie con esa elegancia felina que siempre tenía.

Se acercó a Noelia primero, la besó profundo, compartiendo el sabor en su lengua. Noelia gimió contra su boca, respondiendo con la misma intensidad. Luego Gema se giró hacia mí, me tomó de la nuca y me besó también, metiéndome en la boca el regusto salado y dulce de mi propio semen mezclado con el de ellas dos.

—Ahora ya sabes a qué sabe cuándo te corres dentro de otra —susurró contra mis labios, mordiéndome el inferior con suavidad—. ¿Te gusta?

Asentí, sin palabras, la cabeza dándome vueltas.

Gema sonrió, satisfecha, y miró a Noelia.

—Creo que todavía no has terminado de lavarte… —dijo con voz ronca—. ¿Seguimos las dos?

Noelia se giró hacia mí, el agua resbalándole por el cuerpo, los ojos brillantes.

—Solo si prometes recordar esta vez —bromeó, aunque su voz temblaba de deseo.

Gema río bajito y se colocó a mi lado, una mano ya bajando hacia mi polla otra vez.

Ambas comenzaron a enjabonarme con dedicación, como si fuera un ritual lento y compartido. Noelia por delante, sus manos resbaladizas subiendo y bajando por mi pecho, mi abdomen, deteniéndose en la polla ya agotada pero todavía sensible, lavándola con movimientos suaves, casi reverentes. Gema por detrás, pegada a mi espalda, sus pechos contra mí mientras sus palmas se deslizaban por mis hombros, bajaban por la columna y se detenían en mis nalgas. Las abría con calma, las masajeaba con el jabón, dejando que la espuma se acumulara en la raja.

Era mi mujer quien más disfrutaba de la escena. Lo veía en su respiración, en cómo sus ojos se clavaban en las manos de Noelia cada vez que rozaban mi piel. De vez en cuando no lo podía soportar, soltaba un suspiro profundo, metía una mano entre sus propias piernas y empezaba a tocarse despacio, frotándose el clítoris mientras nos miraba a los dos.

—Sigue, Noelia… —le pedía con voz ronca, sin dejar de masturbarse—. Enjabónalo bien… que quede suave, que quede limpio.

Noelia sonreía, obediente, y redoblaba los esfuerzos. Sus dedos se colaban entre mis piernas, lavando mis huevos con cuidado, subiendo hasta la base de la polla y bajando otra vez. Yo estaba quieto entre las dos, apoyado en la pared, dejando que me usaran como quisieran, el cuerpo todavía temblando del orgasmo anterior, pero disfrutando cada roce.

Entonces llegó ese momento. Gema se inclinó hacia delante, su boca cerca de mi oreja, y murmuró con esa voz que siempre me ponía la piel de gallina,

—A mi marido le gusta llevar el culo bien limpito… ¿a que sí, cariño?

Lo dijo mirando a Noelia, no a mí. Era una invitación disfrazada de pregunta, y yo sabía exactamente a qué se refería. Ella conocía mis gustos mejor que nadie. sabía que me volvía loco sentir una lengua ahí, esa mezcla de vulnerabilidad y placer que me hacía perder la cabeza. Y ahora se lo estaba pidiendo a otra mujer, compartiendo conmigo de la forma más íntima posible.

Asentí despacio, sin palabras, solo un gemido bajo que salió de mi garganta. Noelia lo captó al instante. Soltó una risita suave, traviesa, y se arrodilló delante de mí primero, solo para besarme el vientre y luego girarme con ayuda de Gema. Las dos me colocaron de espaldas a la pared, el chorro de agua cayendo por mi pecho mientras yo apoyaba las palmas abiertas contra los azulejos.

Noelia se colocó detrás ahora. Sus manos volvieron a abrirme las nalgas, resbaladizas de jabón, y sentí su aliento caliente justo antes de que su lengua tocara. Primero un lametón largo, recogiendo la espuma y mi piel. Luego círculos lentos alrededor del agujero, presionando la punta para abrirme poco a poco. Gemí más fuerte, las piernas temblándome. Gema se pegó a mi lado, una mano en mi nuca para mantenerme quieto, la otra bajando a tocarse de nuevo mientras miraba cómo Noelia me comía el culo.

—Así, justo así… —susurró Gema, excitada—. Límpialo bien, Noelia. Haz que se sienta sucio y limpio al mismo tiempo.

Noelia obedeció. Metió la lengua más adentro, follándome con ella en movimientos profundos y lentos, mientras una de sus manos subía a masajear mis huevos desde delante. Gema se masturbaba más rápido ahora, los ojos fijos en la escena, mordiéndose el labio.

—Joder… qué bien lo hace… —jadeó mi mujer—. ¿Te gusta, amor? ¿Te gusta que otra mujer te coma el culo mientras yo miro?

Asentí otra vez, jadeando, perdido en la sensación. Noelia sacó la lengua un segundo para hablar, la voz amortiguada contra mi piel:

—Está limpio, suave… y tan apretado cuando se contrae.

Volvió a hundirse, esta vez metiendo un dedo resbaladizo de jabón junto a la lengua, abriéndome más, curvándolo para rozar ese punto que me hacía ver estrellas. Gema soltó un gemido alto, su mano moviéndose frenética entre sus piernas.

—Sigue… no pares… —le ordenó a Noelia—. Quiero verlo.

Y yo temblaba. El placer era intenso, casi demasiado después de todo lo anterior, pero no quería que pararan. Gema se inclinó y me besó profundo, metiéndome la lengua en la boca mientras Noelia seguía devorándome por detrás. Sentí cómo mi mujer se corría contra su propia mano, el cuerpo pegado al mío, gimiendo en mi boca.

Cuando terminó, se apartó un poco, respirando agitada, y miró a Noelia con una sonrisa satisfecha.

—Buena chica… ahora ya está bien limpito. —Me dio un beso suave en la mejilla—. ¿Verdad que sí, cariño?

Asentí, exhausto, feliz, con el cuerpo todavía vibrando.

Gema apagó la ducha por fin. El vapor empezó a disiparse.

—Venga… a secarnos y a comer, que estoy canina y tu querrás saber más, supongo.

Noelia se levantó, besándome el cuello antes de salir, y las tres nos envolvimos en toallas. Yo entre ellas, rodeado de sus cuerpos cálidos, sabiendo que, aunque mi cuerpo ya no diera para más, tenía ansiedad por saber, por saber de dónde venia todo aquello.

—Por cierto, cariño, tengo dos novedades... Laura me ha mandado el enlace al book de las fotos que me hice en la calle y el taller y la otra... la marca me ha adelantado el viaje a mañana.
Que lástima, pintaba bien, pero termina siendo otra triste historia de consentidores. Otra más y van.....
 
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Vaya igual no deberías buscar relatos en una sección de cornudos, más que nada para que te evitarás estos disgustos.
Mi opinión es que deberían estar separados los relatos de cornudos NO consentidores y los relatos de cornudos consentidores ya que en este segundo caso, si es consentido no es infidelidad, no hay traición, que si la hay el caso de NO consentidos
 
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