Lola amanece oyendo las olas romper a través de la ventana abierta del hotel. Cuando hizo la reserva pidió que la habitación tuviera vistas a la playa. Quería ver el mar, esa fue la única exigencia que puso al reservar. La cama es cómoda, la habitación luminosa y los ruidos que llegan son alegres: gente chapoteando en la piscina, el mar rompiendo suavemente en la playa, ruidos de pájaros marinos, gente hablando en las terrazas, sin prisa, como corresponde para aquellos que se pueden permitir unas vacaciones en temporada baja en un hotel de lujo. Gente acostumbrada a descansar cuando le viene bien, cuando lo desean, gente que puede dejar de trabajar cuando quiera o simplemente no trabajar. Gente de paso, haciendo negocios, que se alojan en el mejor sitio posible. Es otro tono, otras risas, es otra vida: la vida alegre y despreocupada de los que lo tienen todo.
Ella podría incluirse en ese mundo solo que se siente más pobre que la más pobre de sus empleadas. Falta lo principal, lo que de verdad te hace feliz: necesita un hijo ¿Lo habrá conseguido? piensa mientras se ducha.
Ahora sí, se limpia bien por dentro, separando las piernas y enjabonándose, dirigiendo el chorro a la entrada de su sexo. Tiene un poco de resaca. Pide que le suban el desayuno a la habitación: croissant, café con leche, zumo de naranja, algo de fruta… no se molesta en quitarse el albornoz y vestirse. Toma asiento en la terraza y observa el mar mientras se fuma el primer cigarro. Si todo va bien no volverá a encender otro hasta después de comer. Quiere intentar dejarlo aunque fuma poco. Cuando se quede encinta no será bueno para el niño.
Revisa los acontecimientos de la noche antes de preparar su estrategia para hoy.
Ha decidido no volver al Airport. Al menos esta noche. Supone que es posible que el alemán vaya a buscarla. Ayer, tras el brillo de lujuria en sus ojos advirtió un destello de interés cuando ella rechazó del dinero. Como mínimo estará intrigado y seguramente querrá volver a verla. Es consciente de su belleza y de que un regalo así no se encuentra todos los días. Así que hoy cambiará y se irá al Catamarán, el otro bar que le recomendaron. Si vuelve al Airport lo hará dentro de un par de días, poniendo distancia por medio, como para indicar que no está interesada en repetir. Si se encuentra al alemán deberá entender el mensaje y si no, será más fácil hacérselo comprender que si se presenta de nuevo esta noche allí. No desea repetir con él. Había algo glacial en su forma de mirarla, no sabe si el reflejo de algo más oscuro en su interior o por contrario el reflejo de una maldad propia. Quizás esos ojos gélidos lo único que hacían era reflejar el asco de la propia Lola como un espejo. Hasta ahora ha ocultado muy bien esos sentimientos. Se dice que en todo caso está justificado y no se considera una mala persona ni una mala esposa, pero esos ojos azules en los que ayer se vio reflejada, le recuerdan que sus actos tienen consecuencias y que por mucho que el deseo de ser madre supere a cualquier otro instinto, sus acciones causan daño. A su marido, a sí misma y en un futuro quizás también a su hijo, si llega a enterarse de lo que tuvo que hacer para conseguir concebirlo.
Suena un timbre. Ha llegado el desayuno que oportunamente interrumpe sus sombríos pensamientos. El zumo de naranja disuelve un poco la resaca y cae bien en el estómago. Acompaña con un croissant con mantequilla y mermelada. Se siente mejor. Dedicará la mañana a la playa y a la piscina, se echará una siesta después del almuerzo y luego, por la tarde, se arreglará para salir. Hoy irá más temprano de cacería.
Todavía le queda un recuerdo amargo. Ese no puede reprimirlo ni justificarlo. No le sale. Fue la llamada que hizo anoche a Rafael cuando volvió.
“Todo está bien” le dijo. Simplemente eso. Él contestó “de acuerdo” y colgó. No intercambiaron más palabras. Ese “todo está bien” ya no era el “hoy me quedaré en el hotel porque estoy cansada”, ni el “he salido pero no he sido capaz de hacerlo”, ni el “no encontré a nadie con quién quisiera tener un hijo” que a él hubiera podido hacerle conciliar el sueño. “Todo está bien” significaba que Lola había consumado su plan, que esa era la primera de muchas noches en las que su mujer habría tenido sexo con otro hombre. Sólo significaba que había vuelto sana y salva (que no es poco), pero quizás no pudiera decir lo mismo de su matrimonio.
La parte positiva de todo esto, piensa tratando de animarse, es que ha sido capaz de hacerlo. El alemán no ha sido plato de su gusto, pero ¿qué hombre que no sea su marido lo va a ser? Duda que consiguiera disfrutar pero es que no se trata de eso, ella no quiere pasarlo bien, ella ha venido a engendrar un hijo y anoche se demostró capaz de manejar la situación. Eso le da ánimos para enfrentar una nueva noche que no deja de ser una nueva oportunidad. Ese pensamiento le da fuerzas y consigue animarse lo suficiente para ponerse un bikini y bajar a la playa.
El día transcurre perezoso mientras ella olvida la resaca y su cuerpo va descansando, dorándose al sol de mayo de Málaga y amortizando horas perdidas de sueño en la siesta que se echa después de Comer. Agradece no recordar las visiones mientras sestea, solo sabe que se levanta descansada y decidida. Da un paseo por el paseo marítimo antes de cenar en el que intercambia miradas con varios hombres. A pesar de que no se ha vestido ni elegante ni provocativa, sabe que, como siempre, atrae la atención. Pero no le parece el lugar ni el momento, ni tampoco encuentra un candidato que la motive lo suficiente, de manera que esquiva cualquier intento de abordarla. Cena ligero y luego sube a darse un baño caliente de espuma. Cuando llega la hora adecuada se arregla para salir. Con cuidado, maquillándose, peinándose, dándose brillos y vistiéndose para la ocasión. Esta vez elige un traje largo que deja al aire su espalda y sus hombros, con un escote palabra de honor. No es tan sugerente como el del día anterior pero hoy va a jugar la baza de la elegancia. Es consciente que vive en una sociedad donde todavía hay mucho machismo, le ha tocado lidiar muchas veces con él en los locales donde ha trabajado, incluso creyó reconocerlo ayer en la mirada del extranjero. Sabe que debe disfrazarse de presa para atraer a los hombres, pero espera con un poco de suerte atraer a alguien más educado. Eso le haría más fácil las cosas.
El Catamarán resulta ser un sitio algo más formal que el Airport. Hay una zona donde sirven cenas y una banda ameniza la noche con un cantante de rancheras al frente. Muchas parejas y pocas mujeres solas. No parece que sea un sitio donde ir a buscar plan, sino más bien donde ir a ver y dejarse ver con tu pareja, sea esta formal o no. El ambiente es un poco más recargado y snob y, que ella sea de las pocas mujeres que pululan por allí solas, no parece facilitarle las cosas. Aunque llama la atención, ningún hombre se le acerca. Además, en aquel sitio pareciera fuera de lugar que tomara ella la iniciativa. Decide limitarse a observar y a ver qué pasa. Mientras, va catalogando al personal masculino. No acaba de decidirse, parece desganada después de su primera experiencia con el alemán. Se fija en un hombre, es el que más le gusta de los que hay: alto, moreno, elegante, con patillas gruesas y pelo recio que le llega casi hasta los hombros. Es guapo, fuerte y tiene mirada lúcida y penetrante. Lo supone inteligente. El único problema es que va acompañado. Una chica delgada, guapa y menuda. Lola advierte que va embarazada de varios meses. Siente una punzada de celos. Es lo único que tiene que envidiar a aquella chica. Ella tiene un matrimonio, todo lo que necesita para vivir y más, un marido atento y enamorado, pero le falta ese hijo creciendo en sus entrañas.
Desconecta de todo lo demás, deja de buscar candidatos y se mantiene interesada, fijando la atención en la pareja, en los detalles, en sus anillos de casados, en su relación que adivina formal más que apasionada. Él parece un poco hastiado. Como si la nueva situación de su esposa le hubiera robado a la amante para devolverle una madre. Parece ser consciente de que las prioridades van cambiando y ya no es él el centro de atención, que su chica piensa ya más en lo que va a venir que en él. Adivina alguna mirada de lujuria al ver pasar a otras mujeres.
Buena estudiante de las relaciones masculinas, graduada en la universidad de los bares de copas que ha servido, supone carencia de atención y de sexo en su relación. El niño que todos los hombres llevan dentro, que rabia porque ha dejado de ser el objeto de cuidado de su pareja y ahora es ella la que reclama todos los cuidados y la comprensión. Si en condiciones normales un hombre ya es un ser primario al que le cuesta trabajo anticiparse o adivinar las necesidades de su cónyuge, sus estados de ánimo y sus cambios de humor, con una mujer embarazada es casi imposible que ellos acierten. Por un momento empatiza con la chica menuda, con esa barriga desproporcionada, poniéndose en su lugar.
Ella no parece contenta. No le basta el detalle de que su marido la lleve a un sitio exclusivo a cenar, debe estar ya acostumbrada seguramente y para ella sea algo normal. Cuando su hijo haga acto de presencia todo cambiará, porque el padre se mostrará alegre y contento de su descendencia y entonces sí reconocerá su esfuerzo como madre, las incomodidades y el dolor soportado. Y ella tendrá en brazos a su vástago y eso será suficiente para compensarlo todo. Será una etapa dulce porque tendrán a la vista y entre sus brazos el premio de sus desvelos. Pero ahora todo eso aún no se ve. Solo pueden ver la parte negativa: la falta de sexo al estar ella tan avanzada, los vómitos, el cansancio y los pies hinchados, las malas noches, el estado permanente de somnolencia...
Una voz la saca de sus pensamientos y sus teorías. Un hombre se dirige a ella. Una pregunta de situación, intrascendente, solo para romper el hielo. Lola lo valora durante unos segundos antes de contestar. Es apuesto, no tiene mal tipo, viste correctamente y parece educado. Esto último la decide. Esa noche parece menos decidida y el lugar menos propenso para conseguir sus propósitos, así que ¿por qué no probar con este? Esboza una sonrisa y le contesta también de forma educada, manteniendo las distancias hasta que esté segura.
El hombre dice llamarse Julián, empresario de visita en Málaga. Le pregunta si no es indiscreción, si ella también se encuentra allí sola. Lola afirma:
- Solo estoy de vacaciones.
Tiene el buen gusto de no preguntarle si está casada. Tampoco aclara cuál es su situación personal. No hay rastro de anillo en sus dedos. Ella tiene la impresión de que se lo ha quitado, el dedo anular presenta una leve marca. No importa, casi mejor así. Mantiene la conversación dentro de unos márgenes de educación que él respeta. Se hace un poco la difícil y Julián se trabaja la cita, sin prisa, aceptando sus condiciones, sin mostrar aburrimiento ni prisa. Parece embelesado con ella. Suficiente para Lola que ya ha tomado la decisión. Cuando Julián parecía decidido a emprender un largo y costoso asedio, se encuentra con que ella de repente le abre la puerta de la fortaleza y le franquea el paso libremente, sin dejar muertos en el camino, sin condiciones, sin establecer costosas alianzas.
- Llévame a tu hotel.
Él se queda perplejo. Afirma pero no se mueve del sitio, como si le costara asimilar lo que conllevan sus palabras.
- ¿No quieres?
- Pues sí, por supuesto. No me alojo en Torremolinos, estoy en Málaga. Quizá podamos ir al tuyo si está más cerca…
- No. Viajo con mis padres. No me importa ir a Málaga.
Él ya no pone más pegas y ahora sí le entra la urgencia. Como si aquella maravillosa oportunidad se pudiera desvanecer si no se da prisa.
Ha ido en su propio coche y ahí es donde la invita a montar para trasladarse a Málaga capital. Apenas veinte minutos hasta la puerta de su hotel. Antes de subir a la habitación, Lola mira la hora.
- Un momento: tengo que hacer una llamada a mis padres para que se queden tranquilos. Voy a decirles que volveré tarde.
- De acuerdo. Puedes hacerlo desde recepción. Diles que carguen la llamada a mi habitación.
Él mantiene la distancia dejándole la intimidad suficiente, como si sospechara que la llamada tiene otro destinatario. O quizás quiera ahorrarle la incomodidad de verla mentir a sus padres. A más de seiscientos kilómetros reconoce la voz de Rafael y se le hace un pequeño nudo en el estómago.
- Todo ha ido bien - le miente. Prefiere no decirle que todo empieza ahora.
- De acuerdo - contesta Rafael.
- ¿Tú estás bien?
- Estaré mejor cuando estás de vuelta en casa.
- Pronto cariño, pronto…
Esa respuesta la reconforta. Teme que su marido no sea capaz de soportarlo. No sabe que es peor, si cada llamada que le hace confirmando que ha copulado con otro, o la incertidumbre de no decirle nada. Quizás fuera preferible no volver a hablar hasta su vuelta, pero es la única condición que le ha puesto su marido, que la llame cada día y que le confirme que está bien, de modo que no va a romper esa regla pase lo que pase.
Suben a la habitación. También él tiene el detalle de pedir champán. Esta vez Lola solo toma una copa, no quiere una nueva resaca al día siguiente. Luego, repite el ritual del día anterior desvistiéndose y quedándose en ropa interior. Observa la erección del hombre como lo haría un médico valorando su potencial. Esta vez es ella misma la que le tiene que quitar los calzoncillos, él no parece decidirse. Se deja las medias y el liguero y se saca el sujetador y las bragas, montando a Julián tras lubricarse con el gel.
En el primer asalto ella lleva la iniciativa hasta que consigue que se vacíe en su interior. Lo hace sensualmente, excitándolo para que se corra lo antes posible, pero no deja de ser algo mecánico en lo que ella no se involucra. Su mente se apaga. No siente molestias, ni dolor, ni asco. Consigue evadirse y Julián se lo pone fácil. Es mejor que el alemán. El otro era más fuerte, más alto, pero Julián, aunque menos musculoso y delgado, se porta bien. No la mira como la miraba el otro. Tiene mucho cuidado con ella, mucho tacto. Reconoce en él un hombre casado que sabe cómo tratar a una mujer. Por eso no se conforma con el primer polvo. Se mantiene a su lado toda la noche, dispuesta cada vez que él recupera la erección. Se limita abrirse de piernas y a soportar su peso mientras el tipo se desahoga cada vez. Parece preocupado por ella, de modo que en el último polvo finge llegar al orgasmo. Eso es ya muy de madrugada cuando por fin se quedan los dos dormidos.
Con los primeros rayos de sol, Lola se despierta con unos dedos acariciando su cuerpo. Todavía entre sueños se siente excitada, su cuerpo reacciona a las caricias libre de las barreras de su mente, sin que los sentimientos estorben el placer. Cuando es consciente de dónde está y de la presencia masculina extraña, se queda un poco rígida pero nuevamente se impone el deber de cumplir su misión y se deja hacer. Está boca abajo y Julián le acaricia las nalgas. Sus dedos se deslizan entre sus muslos, le tocan el sexo… ella separa las piernas y lo deja jugar. Luego se monta y la penetra boca abajo. Todavía está mojada. No sabe a qué hora follaron por última vez, pero sigue húmeda de semen y restos de lubricante. Él está muy excitado, a pesar de lo cual no es brusco. Se vacía con un quejido de placer, aplastándola con su peso, aplanando sus nalgas y exhalando aire caliente en su cuello.
Lola remolonea un rato más en la cama, como si quisiera seguir durmiendo, aunque en realidad desea irse ya. Procura no moverse y mantener el esperma en su interior. Julián ronronea como un gato satisfecho a su lado. Para ella la situación se hace ya insostenible. No desea estar en el lecho ajeno más que el tiempo imprescindible y su amante parece que ya lo ha dado todo. Con esa última descarga se da por satisfecha, así que se levanta y se va al aseo. Toma una ducha superficial evitando el interior de la vagina. Se aseará más íntimamente en su hotel. Observa su cuerpo. Las rojeces sobre su piel clara, algún arañazo y un pequeño cardenal serían las señales de la vergüenza, si lo que hace lo hiciera por placer.
Ojalá ninguno de estos tipos le pegue ninguna enfermedad. Ojalá cuando vuelva a casa ninguna señal evidencie lo sucedido porque sería como un recordatorio para Rafael, recordatorio innecesario y doloroso del motivo de su viaje. Cuando vuelva se empleará con todo su ser para aplicar bálsamo en las heridas de su marido. Y rezará para que haya conseguido concebir y no tener que repetir esto más veces.
Julián entra y la mira con ojos alegres. Se recrea en su conquista desnuda, como si no creyera haber tenido la suerte de llevarse una mujer así a la cama. “Está ocupado” dice ella dejándolo asombrado por ese súbito arrebato de pudor. No lo entiende muy bien, pero cortés, cierra otra vez la puerta y la deja a solas. Cuando sale lo hace ya vestida, indicando que fuera lo que fuera lo que ha pasado entre ambos, el tiempo del sexo ha terminado.
- Debo irme.
- Yo te llevo.
- No. Tomaré un taxi.
- No es ninguna molestia. Te dejaré en tu hotel, no tengo prisa.
- No quiero que me vean llegar con nadie.
El consiente, no quiere molestarla insistiendo.
- Déjame al menos invitarte a desayunar.
- De acuerdo, pero vamos ya.
Quince minutos después ambos comparten un buen desayuno en una céntrica cafetería de Málaga. Julián está hablador. Evita el tema personal. No da datos suyos y teme preguntar a Lola. Se contiene. Cuando ella se levanta para tomar el taxi que él le ha detenido, la ayuda a subir galante. Antes de irse le pregunta (más que pregunta es una súplica lo que le mandan sus ojos), si puede volver a verla esta noche.
- No lo sé - responde ella y está en lo cierto. No sabe si desea repetir con Julián o, como se había propuesto, buscar un hombre diferente cada noche. Cuantas más noches pasa con el mismo hombre, más posibilidades hay de descubrirse o de que el tipo se quede enganchado por ella y de problemas.
Por otro lado, Julián se ha portado bien. No se ha mostrado tan impetuoso y animal como el alemán. Ella ha conseguido sus propósitos sin sentirse forzada o dañada. Es una apuesta segura frente a la incertidumbre de encamarse con un nuevo hombre que no sabe qué sorpresas desagradables le puede deparar.
- Quizás vaya otra vez al Catamarán. No te lo puedo prometer.
- Allí estaré yo de todas formas.
Lola llega al hotel media hora después y tras haberse duchado de nuevo y limpiado esta vez minuciosamente, se introduce entre las sábanas de lino con la persiana totalmente bajada y tapones en los oídos. Un sueño pesado y oscuro la envuelve. Ella se deja ir hacia la inconsciencia, sabedora que es el mejor estado en el que se pueda encontrar tras haber vuelto a perpetrar una infidelidad consentida.
Al mediodía no le apetece almorzar en el bar. Se ha levantado tarde y decide irse a la playa. Se toma un vino frío y un pescado a la plancha que le sirve su amigo Pablo. Es el tercer día que va y han establecido una buena conexión.
- ¿Qué tal le fue en los locales que le recomendé? - se atreve a preguntar un poco descarado, pero con sincero interés.
- Bien. El Airport es más divertido.
- Espero que disfrutara.
- Lo hice - miente ella trasponiendo deseo ante consecución de objetivos. Es su forma de decir que ha conseguido lo que quería, que en este caso no era placer.
El camarero no se atreve a ir más allá. No tiene claro si esa mujer alterna por interés o simplemente por diversión. Pero sabe que indagar por sus motivos sería cruzar la raya así que se contiene. No obstante, intuye que sea lo que sea lo que está buscando, todavía no lo ha encontrado. Y más, cuando ella afirma que volverá al Catamarán esa noche, pero lo hace con poca ilusión y más bien mala cara.
- Hay otros bares, ya le dije, pero esos son los mejores. En los otros puede encontrarse de todo mezclado. Hay gente digamos… interesante, pero también están frecuentados por policía y gente de mal vivir.
- Vaya mezcla más curiosa ¿no?
- Es lo que tiene cuando un antro se pone de moda.
Ella ríe por lo bajo. Demasiado bien lo sabe de sus años más jóvenes, cuando intentaba ganarse la vida.
- También hay determinadas fiestas que hace gente importante. Se dice que son muy sofisticadas y que va lo mejorcito de la zona, y también gente que viene de todos los puntos de España especialmente para divertirse. No es fácil que te inviten, pero no sé si son muy recomendables para una señora como usted.
- De momento prefiero algo de tranquilidad. Tampoco voy a estar muchos más días. Cuando acabe la semana me voy. Pero gracias por informarme y también por asegurarte que el pescado estuviera bien hecho.
- Para usted lo mejor, señora.
- Llámame Lola.
- Hay aquí muchas mujeres a las que tengo que llamar señoras y que no lo merecen. Así que permítame que la trate a usted de lo que es.
Ella sonríe agradecida y le deja una buena propina antes de volver al hotel. Ya ha decidido que va a repetir con Julián. Prefiere apostar sobre seguro. Le va a regalar de nuevo su cuerpo esa noche y espera que él no estropee esa nueva oportunidad de disfrutarlo, haciendo ninguna propuesta extraña ni metiendo la pata. Ha visto como la miraba al despedirse y no desea un tipo enamorado a su lado.
Así pasan dos noches en las consuma sus intenciones copulando varias veces. Ella abstraída, intentando no sentir, intentando que no se despierte ninguna emoción positiva, ni tampoco el deseo, para no sentirse culpable o al menos no más de lo que ya se siente, para poder mirar a su marido a los ojos cuando vuelva y decirle que solo ha sido algo mecánico, algo físico para engendrar y nada más (y nada menos). Cualquier intento de Julián de intimar más allá de lo físico ha sido cortado por ella. Afortunadamente no ha tenido que ponerse brusca ni insistir, el hombre se ha dejado llevar mansamente. Ante la perspectiva de enfadarla y perderla, ha reculado cada vez que ella ha cortado en seco una conversación más profunda, un deseo de saber, de conocer, de expresar algún sentimiento. Esta mañana se han despedido porque él tiene que volver. Dice ser de Sevilla. Lola lo había adivinado por el acento y por algún comentario realizado. Él ha jugado a adivinar de dónde viene ella, pero Lola no le ha dado pistas y ha cortado en seco cualquier intento de saber de su vida, de su condición o de su estado civil.
Julián ha intentado obtener una promesa de volver a verse, da igual el sitio o las circunstancias, está dispuesto a ir a buscarla donde sea. Ella ha negado y ha dicho que mejor así. Lo ha intentado hasta el último momento, deslizándole un papel con un número de teléfono.
- Es de mi trabajo, puedes preguntar por mí. Si no estoy deja un mensaje y te devuelvo la llamada.
Ella acepta el papel, pero solo para que la deje tranquila. Lo rompe y lo tira una vez en su habitación. Es su último mediodía en la playa. Lola apura los rayos de sol en la hamaca a pie de chiringuito.
- Se le ve mala cara, señora ¿Quiere un poquito de agua con hielo y limón? viene bien para la resaca.
- No Pablo, gracias, ponme mejor un combinado de esos que sabes hacer tan bien. Ya tendré tiempo de tomar agua cuando vuelva a casa.
- ¿Se marcha pronto?
- Hoy es mi último día de playa. Mañana cogeré mis maletas y volveré para Madrid.
- ¿Se acabaron las vacaciones? Es una lástima.
- No creas, estoy deseando volver a casa.
- Pues si decide volver por aquí estaré esperándola. Me quedan muchos años de barra y arena.
- Sinceramente, espero no tener que volver, pero gracias, voy a echar de menos tus cócteles.
A Lola le gustaría decirle más cosas, como que un buen camarero que sepa hacer de psicólogo es un bálsamo para los clientes que la marea arroja en su barra. Ella lo sabe bien porque ha tenido que aguantar muchas historias, consolar a muchos hombres desechos y también aguantar no pocos pelmazos. Saber conectar con el cliente y empatizar con él sin resultar agresivo y sin meter la nariz donde no te llaman es todo un arte. Y él lo ha conseguido, tanto que se permite hablarle con franqueza, aunque no le ha desvelado nada de ella misma, ni de sus intenciones, ni de lo que hace allí en Málaga, pero se permite el lujo de ser sincera con aquel hombre, el único con el que ha tratado estos días y no se ha acostado. Y sin embargo el único del que va a guardar buen recuerdo. Sí, está deseando volver a su casa, a su normalidad, que todo aquello acabe y está deseando también no tener que regresar. Ojalá no vuelva a sentarse nunca en el chiringuito y él no le tenga que poner uno de esos combinados que ella le pide solo con la mirada y que se toma la molestia de cargar más o menos, según vea cuál es su estado de ánimo, sin necesidad de que Lola se lo diga.
Una noche más y se habrá acabado todo. Se plantea que hacer. Si descansar o si aprovechar el último día que le queda. No puede saber si ha quedado embarazada o no. Esta mañana se ha mirado al espejo al levantarse. Nota su cuerpo más en tensión, su sexo está más sensible y un poco hinchado. Reconoce los signos de los días que ovula, pero también puede deberse al intenso trajín al que lo ha sometido esta semana. La única certeza es que sus cuentas han acertado y esa semana ha estado en sus días fértiles. Por un lado, le incomoda pensar que posiblemente ya haya conseguido su objetivo, que quizás no sea necesario acostarse con nadie más. Pero ya que no puede estar segura piensa que sería absurdo desaprovechar la noche que le queda. Quizás esa noche sea decisiva, quizás no tenga otra oportunidad hasta el mes que viene. Y decide salir y probar suerte en el Airport, donde el ambiente es más favorable a sus intenciones.
Sin prescindir de cierta elegancia, decide ponerse más sexy. Escote abundante, pechos realzados por sujetador, espalda al aire, vestido corto enseñando muy arriba sus muslos. Es la última noche y se obliga a hacer un esfuerzo aunque no le apetece nada. La decisión que la empujaba estos días parece que ahora flaquea, pero se convence a sí misma de que debe aprovechar la última oportunidad. Sin rodeos, debe fijarse en algún hombre que le sirva para cumplir su propósito, dejarlo noqueado con su físico y su presencia, irse a un hotel y acabar pronto. Mañana estará de camino hacia su hogar y todo habrá pasado ya. Con un poco de suerte será alguien agradable a quien podrá olvidar y que no le dará mucha guerra, alguien prescindible. Y la experiencia, ya que no busca el placer, solo pide que no sea desagradable.
Esa noche llama la atención más que nunca cuando pase a por el Hall del hotel en busca de su taxi. Las miradas de deseo que le lanzan no pocos hombres le confirman que ha acertado con su look. Sin embargo todo se tuerce cuando llega al Airport. De nuevo hay cola para entrar pero a ella la hacen pasar inmediatamente, sin esperar, como si fuera una clienta significada o habitual. La verdad es que impresiona su porte, su belleza y su altura. También ese aire de mujer acostumbrada a que le cedan el paso, a mandar, a no tener que pedir las cosas. Aunque haya trabajado en muchos locales oscuros, Lola ha nacido señora.
Se detiene un poco a la entrada, recorriendo con sus ojos el local donde flota una pátina de humo y suena jazz. El ambiente está un poco cargado y antes de decidir si sale a la terraza o se queda dentro se fija en el personal masculino. No busca estar cómoda, si no localizar lo antes posible un posible amante.
Entonces lo ve. Está de espaldas a ella pero reconoce esa cabeza con el pelo cortado casi al rape, rubia, esos hombros fuertes y musculosos, ese cuello de toro. Es el alemán del que ni siquiera sabe pronunciar su nombre. Todavía no la ha visto pero es cuestión de tiempo que se fije en ella. Lola hace un gesto de contrariedad. No desea verse en la situación de tener que rechazarlo porque es seguro que se acercará a hablar con ella. Tampoco quiere sentirse observada por nadie conocido, aunque sea un extraño con el que solo compartió una noche de cama. O quizá precisamente por eso, porque sabe lo pesados que se pueden llegar a poner los hombres que se hacen ilusiones respecto a una mujer guapa y hermosa como ella. Prevé una situación incómoda. Y no desea ese tipo de situaciones, esa noche no. Decidida, se da la vuelta y sale del local. El taxista que todavía no se ha marchado la ve acercarse con sorpresa.
- Lléveme de nuevo al hotel - le pide.
El taxista no pregunta, debe estar acostumbrado a situaciones extrañas en la noche malagueña. Y ella lo agradece, no desea hablar ni que le den charla.
Lo mira desde atrás. Es un hombre mayor con el pelo ya un poco cano. Ojalá fuera más joven, guapo, avispado, con buen físico. Si fuera así le pediría que la llevara a un sitio oscuro en la playa y se entregaría a él. Asunto solucionado: algo rápido, sin problemas. Y luego que la dejara en el hotel para poder descansar. Se sorprende teniendo este tipo de pensamientos pero es que ya ha cruzado la línea, es tarde para sentir vergüenza o para culparse. Solo está siendo práctica, se dice a sí misma.
Llega al hotel demasiado temprano para lo que había previsto y desiste de subir a su habitación. Es demasiado pronto, se ha echado la siesta y no tiene sueño. No quiere empezar a dar vueltas en la cama así que se va al bar en busca de un somnífero en forma de copa, que la adormezca un poco y que la prepare para caer en el sueño extraño y profundo de esos últimos días. Se levanta casi siempre un poco agitada y descolocada, con el pensamiento algo nublado, pero agradece ese sueño tan hondo que le permite dar descanso a su cabeza y también a su corazón. Teme la vuelta a Madrid y cómo reaccionará Rafael. Imposible en las cortas conversaciones que han tenido estos días saber cómo se encuentra ni lo que estará pasando, pero se hace una idea.
No le gusta el ambiente cargado del salón donde hay algunos hombres fumando puros, prefiere bajar al bar de la piscina y sentarse la terraza al fresco. Se instala en una mesa algo apartada, pide un cóctel (“cualquiera que combine con anís”, le dice al camarero).
Está sumida en sus pensamientos, con la cabeza ya lejos de Málaga, pensando en la vuelta, cuando nota una mirada sobre ella. Su sexto sentido le dice que la están observando y no se equivoca. Hay un hombre que tiene los ojos fijos en ella. Sus miradas se cruzan y ella la mantiene. Tarda unos segundos en reconocerlo y lo hace porque la mujer que está a su lado escuchando al guitarrista que hoy toca para amenizar la velada, también le resulta familiar. Es la chica embarazada que vio el otro día en el Catamarán. Reconoce a esa pareja con aspecto formal, educado, pero en la que creyó reconocer algunas grietas quizás a consecuencia del embarazo de la chica y del cambio de prioridades.
El individuo parece haberla reconocido también. Ha estado unos momentos sosteniéndole la mirada y luego la vuelve igual que su mujer hacia el escenario. Durante el rato que sigue, Lola permanece observando y analizando. Le gusta ese hombre. No en el sentido de que pueda experimentar nada por él, simplemente reconoce a un hombre apuesto y bien formado, como seguro que él se ha sentido atraído por su belleza, su porte y sus curvas. Sería un candidato factible si no fuera porque está con su mujer. La que por cierto sigue reclamando sus mimos y su atención, aparentemente con no demasiado éxito porque él parece cansado de sus tonterías. Porque eso son para ellos las demandas que una mujer que se encuentra en un estado sensible, vulnerable. Los toques de atención, las peticiones de cariño, la necesidad de sentirse más que nunca querida y protegida. Supone que no va a ser un buen padre. Cree que tendrá para siempre a aquella chica entregada y sumisa, aquella que bebe los vientos por él y que solo está pendiente de satisfacerlo. No se da cuenta de que las cosas cambian con el matrimonio y sobre todo con los hijos. Él ya no va a ser la prioridad y la negativa a reconocer eso le hará volverse arisco y tosco con su pareja, como ya está demostrando. No, ella no lo querría para ejercer de padre de sus hijos, pero para lo que pretende es suficiente.
Hay varios intercambios de miradas fugaces y secretos. El hombre tiene tablas, sabe cómo hacerlo sin ponerse en evidencia y manteniendo a su mujer ajena a la conversación invisible que mantienen. Debe ser un seductor y posiblemente ella no sea la primera en la que se ha fijado. Un tipo que consigue triunfar. Bien lo sabe ella que los ha visto demasiadas veces intentando ligar en las boites y discotecas en las que ha trabajado.
Decide seguirle la corriente, más por curiosidad que porque espere algo, pero sin embargo la noche depara sorpresas. El guitarrista termina el espectáculo y muchas parejas se levantan y se van. La chica embarazada tiene cara de estar cansada y molesta. Debe estar en sus últimos meses. Él le dice que se espere, se acaba de pedir otro combinado. Ella hace un mohín de disgusto. Parecen discutir y finalmente se levanta y se marcha. Está fatigada y seguramente se dirige a su habitación. El soporta durante diez minutos de cortesía la ausencia de su esposa, haciéndose el interesante, hasta que por fin considera que debe estar en la habitación. Luego cruza una mirada directa con Lola a la espera de su reacción. Ella se la sostiene pero no le hace ninguna indicación. Cuando pasa un rato se da cuenta de que su gesto es serio. Enfadada, cansada, se odia por lo que está haciendo y sin embargo quiere atraer a un hombre dejando traslucir toda esa amargura. Amiga: o pintas una sonrisa en tu cara o lo único que vas a conseguir es espantar al último candidato de este viaje, se reprocha. Su cuerpo pierde un poco de tensión, suaviza el gesto y adopta una postura un poco más relajada. No obstante, la sonrisa no le sale.
A pesar de todo, el juego mudo entre ambos continúa. Sin duda, que la mujer esté en el mismo hotel que ellos es lo que ha detenido hasta ahora al hombre. No tiene nada claro. Y tampoco quiere exponerse. Todos le han visto en compañía de su mujer embarazada y no quiere ser al día siguiente la comidilla del hotel, lanzándose a una conquista adúltera en público. Ella tampoco quería relacionarse con ningún huésped, quería dejar el hotel al margen, pero ¡qué más da! es la última noche. Decide tomar la iniciativa e improvisa un plan, tosco, pero quizá funcione. Y si no lo hace no se pondrá demasiado en evidencia.
Apura su copa, se levanta y camina altiva y sensual. Pasa al lado del hombre sin llegar a detenerse pero ralentizando el paso mientras clava sus ojos en los de él. Hace un movimiento casual con la cabeza que podría significar cualquier cosa para los que no están al tanto, pero que tiene mucho significado si el hombre quiere entender o se atreve a entender. No vuelve a la vista ni una sola vez atrás mientras camina por el sendero entre las sombras del césped, hasta la puerta que da al camino que lleva a la playa. Cuando llega a la pasarela de madera oye crujir las tablas detrás de ella. Se vuelve y efectivamente encuentra una sombra que se le acerca poco a poco. Es él. Se detiene a un par de pasos. Todavía indeciso, no quiere provocar un escándalo. Trata de asegurarse si aquello es lo que parece. No tiene claro en qué consiste el juego aunque lo sospecha y esa sospecha impulsa su deseo.
Ahora que lo tiene al lado se da cuenta de que es alto, incluso un poco más que ella. Buen aspecto y (detalle que no le pasa desapercibido) huele bien. No es una colonia a granel sino un perfume caro, como también lo es el reloj que se adivina en su muñeca y la camisa hecha a medida que lleva puesta.
- Hola - le dice y espera a ver por dónde sale Lola sin moverse del sitio.
Ella lo mira de arriba abajo. Sopesa si confirma su decisión o si hay algo que la impulse a abortar su plan. Finalmente lo toma de la mano y sin decirle nada lo lleva hacia unas palmeras que se adivinan entre la oscuridad. A estas horas la playa está desierta y negra. Se adivinan las luces del paseo marítimo pero no llegan hasta la zona donde están ellos. Lola se descalza y lleva los tacones en la mano. Cuando sobrepasan las palmeras se detiene junto a una pequeña duna de arena. Se quita el chal que cubre sus hombros y lo deja en el suelo. Mete las manos por debajo del vestido y se saca las bragas. Luego se tiende sobre el chal se sube el vestido y separa las piernas mostrando impúdica su sexo. Se acabaron los intercambios de miradas, se acabaron los mensajes subliminales, se acabaron las señales en código, ahora todo resulta explícito, claro, carnal. “Tómame”, le dice con la mirada. Hasta ahora no ha pronunciado ninguna palabra y prefiere seguir así. No necesita intercambiar ningún mensaje con la voz. Él debe entender, habría que ser un completo idiota para no darse cuenta.
Y el hombre no es ningún idiota, sabe de qué va el juego. Se desabrocha los pantalones, se quita la chaqueta y se tiende sobre ella. Libera sus pechos como complemento para su excitación. Los acaricia, los lame y empuja muy dentro. Ella se deja hacer con su coño un poco irritado y molesto, no ha tenido la precaución de sacar el lubricante de su bolso, pero mira hacia la luna que se adivina entre nubes y se abstrae de lo que está sucediendo en ese trozo de playa. Se deja tomar hasta que el hombre eyacula. Siente con alivio como sale de ella y como se tumba a su lado. Enciende un cigarro y se lo pasa. Los dos fuman intercambiando caladas sin comunicarse, sin decir nada. Lo hecho, hecho está. Ella ha conseguido lo que quería: él también. Pasan los minutos solo oyendo las olas romper y la brisa haciendo chocar las palmas allá en lo alto. Están juntos, puede sentir el calor del hombre, pero es como si los separaran miles de kilómetros.
Se levanta, se pone las bragas y los dos caminan de vuelta al hotel. Justo al llegar a la verja que da acceso y que permanece abierta por la noche, él la detiene, la coge del brazo y la empuja a un lado. La toma desde atrás, acariciándola, besándola en el cuello. Vuelve a estar empalmado. Lola se deja hacer, ya húmeda por la descarga anterior. Se deja apoyar contra un banco de madera, permite que le levante la falda, que le arranque las bragas y se deja penetrar desde atrás, con fuerza, con embestidas furiosas, urgentes, como queriendo aprovechar esa prórroga. El hombre tiene deseo acumulado, se le nota en la fuerza con que la agarra de las caderas, en cómo le clava las uñas, en como la embiste, en el golpeteo que no cesa de su pubis contra su culo. De nuevo una eyaculación, de nuevo se siente invadida por semen ajeno. Él continúa incluso después de haberse corrido dándole, como queriendo satisfacer por anticipado sus instintos, sabiendo que le queda mucha abstención por delante. Lola lo percibe. Él trata de aprovechar porque no sabe cuándo volverá a tener sexo intenso, animal, cuando podrá descargar de nuevo, cuando su mujer le dará un orgasmo así.
Esta vez renuncia a ponerse las bragas después de la corrida, no las encuentra, habrán caído entre los arbustos o la arena. No es cuestión de ponerse a cuatro piernas a buscar por el suelo y la oscuridad, así que se endereza, muy digna, y camina separándose de él unos metros para que no los vean volver juntos. Intercambian una mirada de complicidad. El hombre no desea que se sepa nada de esto, ella tampoco. Llega al ascensor después de recoger la llave que le tiende solícito el recepcionista de noche, sin sospechar que mientras la toma el semen escurre entre sus muslos saliendo de su vagina. Es su última noche en Málaga y no se ducha, ya lo hará por la mañana, simplemente se acuesta, toma una copa de la botella de anís que tiene allí guardada y se deja caer en un sueño profundo y oscuro, deseando que amanezca y también deseando olvidar.
Muchas horas después, un tren arriba a Atocha. Lola se remueve inquieta en el asiento. Cuenta cada minuto para llegar. Ha agotado todas las posibles variantes sobre lo que puede suceder, sobre cómo la va a recibir su marido, sobre lo que ella le puede contar o no. Al final, agotada, ha llegado a una conclusión: nada importa salvo si ha conseguido su objetivo y eso todavía no lo puede saber. Cuando baja en el andén tirando de su maleta, observa una figura familiar a pie de vía. Rafael la espera. Eso de por sí ya la reconforta y piensa que, si ha ido a buscarla las cosas no pueden estar tan mal, que hay esperanza.