Fantasías sexuales de las españolas 2º parte (sección infidelidad)

Ojalá aparezca por allí Freddy Krugger y con sus garras le arranque el rabo. A Este y a los 2 impresentables que se ha follado la zorra de Diana.
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A todo esto y a pesar del mal rollo que me deja estos relatos, feliz año nuevo a todos!!!
 
Y por cierto, está Diana ( que casualidad que tiene el mismo nombre que mi hermana, pero son radicalmente distintas por fortuna), para mí es la peor mujer de todos estos relatos de fantasía de las Españolas, porque la que se acerca, que era la que tuvo sexo con el compañero de trabajo, lo hizo una vez, no como está tipa que es una infiel lamentable.
 
Y por cierto, está Diana ( que casualidad que tiene el mismo nombre que mi hermana, pero son radicalmente distintas por fortuna), para mí es la peor mujer de todos estos relatos de fantasía de las Españolas, porque la que se acerca, que era la que tuvo sexo con el compañero de trabajo, lo hizo una vez, no como está tipa que es una infiel lamentable.
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Hola.

Os comente que este era un caso basado en una historia real. Para no hacer espoiler no había dicho nada, pero en su día publiqué este post en el hilo de Casadas y madres infieles.

https://foroporno.com/threads/casadas-y-madres-infieles-cuernos-no-consentidos.1151/post-841591

Como siempre que trabajo sobre temas que he conocido o me han hecho llegar, he variado nombres y he adaptado situaciones para construir el relato, que no refleja estrictamente lo sucedido sino que es una recreacion libre.

Un saludo y gracias por leer.
 
---------------------------------------------- LOLA -------------------------------------------------------



Miguel Cremades estira los brazos. El cómodo traje le permite echarlos atrás a la vez que abre los hombros sacando pecho. Muy lentamente gira la cabeza de un lado a otro intentando tocárselos con la barbilla. Después asiente arriba y abajo, llevándola al pecho y finalmente inicia un movimiento de rotación que hace chasquear algunas de sus vértebras. Mueve la cabeza en círculos, despacio y sin prisa, como le ha recomendado su fisioterapeuta que lo haga. Repite estos movimientos varias veces al día. A su edad ya le cuesta mantener el ritmo de tantas horas atado a aquel escritorio atendiendo el teléfono, firmando papeles, revisando o redactando documentos. Cierto que gran parte de la actividad la descarga en su secretaria y en el equipo de pasantes, pero para lo importante hay que estar ahí: leer, revisar, corregir… cuando se trata de un contrato de los que mueven dinero no se permite ningún fallo, es metódico, eficiente, tenaz y todo lo honrado que un abogado litigante puede ser. Ese es el motivo de que haya tenido éxito, de que la gente confíe en él y que, en el pueblo de la zona sur de Madrid donde vive, haya conseguido no solo mantener, sino hacer prosperar el negocio familiar. Hijo de padre abogado y nieto de notario, es la tercera generación vinculada al ámbito de las gestorías y de los juzgados.

Las buenas relaciones del abuelo y su patrimonio acumulado durante el ejercicio de la profesión, sirvieron como una excelente base para que su padre montara un bufete donde nunca faltó trabajo. Miguel recogió el testigo. A su familia le hubiera gustado tener de nuevo un notario, pero él se había criado viendo a su padre a trabajar, moviéndose entre negocios, acuerdos, juicios, y aquello le resultaba mucho más atractivo que perder años y años en intentar sacarse una oposición muy complicada.

Eligió bien. Para que un bufete funcione correctamente, además de dinero hay que dedicarle muchas horas y pasar más de un rato malo, pero está contento. Si pudiera empezar de nuevo no elegiría otro camino aunque haya días como este, que se encuentra cansado y deseando irse a casa para ducharse, cenar y sentarse en su sofá con una copa de buen coñac a ver el partido que dan esta noche por la tele. Sus deseos no difieren mucho de los de cualquier becario, salvo claro está, porque va a disfrutar del fútbol en una tele que cuadruplica en pulgadas a la que pueda tener cualquiera de sus empleados, que su sofá favorito vale más que todos los muebles juntos de su secretaria o que, en vez de cerveza, se va a tomar un Luis Felipe de cien euros la botella.

La puerta se abre y entra precisamente su secretaria, Lucía, una morena de un metro ochenta, guapa, con unas curvas donde derrapa la mirada de todos los hombres que la ven por primera vez, eficiente, lista y con el aire de suficiencia que se dan aquellas que son conscientes de la atracción que generan. Es la única con permiso para tutearle en el bufete.

- ¿Que nos queda? - Pregunta Miguel deseoso de dar ya por finalizada la jornada laboral.

Ella deposita unos papeles sobre la mesa.

- Firma estas peticiones para el caso de Julián Varo.

Miguel revisa los documentos rápidamente. Deformación profesional, porque si de alguien se fía en aquella oficina es de Lucía. Estampa su rúbrica y se los devuelve esbozando un intento de sonrisa, una especie de “y con esto hemos acabado ¿no?”. Pero ella parece empeñada esta tarde en llevarle la contraria.

- Tienes una cita. La última de hoy. Ahí fuera tengo esperando a Julen Larregui. Tiene que hacerte una consulta.

- ¿Una consulta? yo no atiendo consultas, que lo vea alguien del equipo ¿Paco se ha ido ya?

- Insiste en hablar contigo, tiene la cita cogida desde la semana pasada. Parece que es un tema bastante personal, no ha querido adelantarme nada.

Miguel bufa con fastidio. Tiene suficiente trabajo como para no tener que atender casos personales, pero vive en un pueblo donde las relaciones públicas importan y la apariencia también. Su padre le daba mucha importancia a eso y de hecho construyó su negocio a partir de la confianza y el boca a boca.

Nunca se sabe dónde puedes tener un buen caso y tampoco se sabe nunca cuando tú o tus hijos, tendrán que volver a vivir de atender los asuntos de tus vecinos. Deja siempre un espacio para mantener el contacto con la gente de a pie” le decía. “Dedica aunque solo sea un par de días a la semana a atender pequeños casos. Eso te mantendrá con los pies en la tierra, te dará perspectiva y te sorprenderás en muchas ocasiones del dinero que se puede ganar abriéndole huecos a la gente normal”.

- En fin: dile que pase - Consiente. Atenderá a quien sea y si es una tontería lo largará lo más rápido que pueda, dándole cita otro día y poniendo el caso en mano de algún subalterno.

El chico al que da paso Lucía apenas tendrá veinticinco años. Alto, pelo castaño, con ojos claros. Bien vestido aunque a la moda, lejos del traje formal y caro que lleva Miguel. La cara le resulta familiar aunque no sabe por qué. Todavía, porque enseguida lo va a averiguar.

- Buenas tardes señor Larregui.

- Llámeme Julen, por favor.

- Bien, Julen, usted dirá en que puedo ayudarle…

- Necesito que me cuente una historia: la mía.

El abogado se sorprende: no esperaba algo así. El chico ha conseguido descolocarlo pese a su veteranía. Un buen abogado es como un jugador de póker, nunca debe dejar traslucir sus emociones.

- Disculpe pero no entiendo…

- Usted fue el abogado de mi padre. Lo representó en un asunto muy sensible.

- No recuerdo haber representado a ningún Larregui.

- Ese no es el apellido de mi padre sino el de mi madre. Mi padre era Rafael Acosta.

Miguel Cremades se echa hacia atrás en su asiento: ahora lo comprende todo.

- Claro – murmura.

De eso le sonaba el chico. Se parece a su madre, Lola Larrregui, esposa de Rafael, a quien representó en varias ocasiones incluida su demanda de divorcio, sin duda el asunto sensible al que se refiere Julen.

- Le recuerdo perfectamente. Bien ¿de qué trata entonces la consulta? - dice ahora con deje seguro, recuperando la compostura y volviendo a un tono más profesional.

- Es un asunto bastante personal. Hay ciertas preguntas para las que no tengo respuesta y me imagino que usted puede ayudarme.

El abogado puede imaginar por dónde van los tiros y decide dejar las cosas claras desde el principio.

- Lo siento, pero ya le aviso que hay determinados temas que el secreto profesional me impide desvelar.

- Lo entiendo. Por eso acudo a usted como profesional. Ahora mismo soy su cliente ¿no es cierto? Puedo pagarle para que haga determinadas averiguaciones y en este caso creo que lo va a tener fácil, puesto que fue usted mismo el que medió en el divorcio de mis padres.

- Aun así, esto podría suponer un conflicto con los intereses de otros clientes míos como fue su padre. Es posible que lo que me pide no sea ético.

- Usted es abogado, no creo que tenga ningún reparo ético con este asunto. Debe tratar cuestiones similares o incluso peores cada día sin que ello le suponga ningún problema. Por otro lado, le puedo asegurar que a mi padre no le importará: hace ya varios años que murió.

Miguel asiente. Ya lo sabía.

- Y respecto a mi madre, tampoco hay conflicto alguno: es ella misma la que me instó a acudir a usted. Da su permiso para que trate conmigo todo lo que tenga que tratar.

- ¿Su madre le ha dicho que recurra a mí?

- Sí, eso es.

- ¿Y el asunto al que usted se refiere es…?

- Creo que usted ya lo sabe. Se trata de mi paternidad.

- Sí, lo suponía, pero por favor ¿Podría ser más concreto? ¿Qué es exactamente lo que usted quiere saber?

- Todo lo que usted pueda contarme.

- ¿En su familia nunca lo han hablado?

- Mi familia se limita a mi madre y no, nunca lo hemos hablado. Con la familia de mi padre apenas tengo relación y este es un tema que nunca se saca. Créame que ya lo he intentado.

- Pero su madre…

- Mi madre me dijo siempre que me explicaría todo lo que me tenía que explicar cuando fuera mayor, pero ahora… digamos que nuestra relación no es muy buena. Ella prefiere que sea usted quien me informe.

Miguel hace un gesto negativo. No le acaba de convencer para nada que le adjudiquen el papel de narrador de una historia personal.

- Verá, es que yo creo que eso excede con mucho mi función profesional. Lo que me pide es un tema delicado que debe ser tratado en el ámbito familiar. Lamento ser brusco con usted, pero un abogado está para otras cosas. Si necesita cualquier gestión, representación o ayuda profesional, estaré encantado de proporcionársela. Pero esto...en serio, creo que lo mejor sería que hablara de nuevo con su madre. Es ella a quien corresponde resolver sus dudas.

- Pues ella no parece estar de acuerdo. Me insistió mucho en que usted era la persona adecuada. Si es un problema de relación profesional estoy dispuesto a contratarle.

- No se trata de dinero ni de hacer un contrato. Mire, tengo mucha experiencia mediando en conflictos y cuando se trata de algo tan personal, créame que el relato importa. Lo que se cuenta, como se cuenta y a quién se cuenta. Si usted busca respuestas, solo hay una persona ahora mismo que pueda responderlas de manera que su deseo de saber quede satisfecho plenamente.

- Insisto: esa persona me ha dirigido a usted. Ahora mismo es lo único que tengo porque mi madre no parece muy dispuesta a hablar conmigo. Aceptaré todo lo que usted me pueda contar, sea mucho o poco.

- Lo siento pero no lo veo. No es mi función. Estoy seguro que no le sirvo para lo que usted quiere.

- Deje que eso lo decida yo.

- Lo siento nuevamente pero no.

Se crea un incómodo silencio entre ambos, silencio que los dos parecen gestionar bien. Miguel tiene experiencia y Julen pareciera esperar esa respuesta. Lleva demasiado tiempo haciendo preguntas sin que se las resuelvan, así que parece acostumbrado a tener paciencia. Es el primero que habla para decir:

- Bien, tenía que intentarlo. Por favor, si cambia de idea comuníquese conmigo. Su secretaria tiene mi teléfono.

Miguel se levanta y le estrecha la mano.

- Créame que lo lamento, pero estoy seguro que su madre acabará hablando con usted. Es la mejor manera.

Cuando Julen se gira y enfila hacia la puerta continúa:

- Yo conocía bien a su padre. Antes de que esto se convirtiera en casi una ciudad todos nos conocíamos. Rafael era un buen hombre.

- Sí. Tenía fama de trabajador y de honrado, aquí en el pueblo todo el mundo lo quería. Sin embargo conmigo no fue así. Los últimos años, señor Cremades, yo no tuve padre… y nadie me ha dado una explicación.

El abogado permanece en silencio mientras se hace el vacío en la habitación tras la salida del chico. Pasan unos instantes hasta que pulsa un interfono y comunica con su secretaria.

- Lucía, por favor, no le cobres la visita al señor Larregui.

Después se retrepa en su sillón. De repente, las prisas por volver a su casa han desaparecido. Su mente vuela casi quince años atrás. Tiene muy presente el caso de Rafael Acosta. Cliente heredado de su padre, de los de toda la vida, de los antiguos, de cuando el pueblo era todavía pueblo. Es un caso de los que no se olvidan. Y sí que tiene algunas de las respuestas que seguro busca ese chico, pero se reafirma en que no es buena idea que sea él quien tenga que dárselas. Es un asunto familiar que debe resolverse en familia.

Pulsa de nuevo el interfono.

- ¿Lucía?

- Dime.

- ¿Se ha ido ya Julen Larregui?

- Si, acaba de salir.

- Por favor, necesito que me busques un expediente antiguo, el de Rafael Acosta. Es de hace más de quince años. En él tiene que figurar Lola Arregui. No hace mucho tiempo nos llamó para solicitarnos una documentación. Necesitaba su acuerdo de divorcio para gestionar un tema de la pensión. Mira a ver si me puedes conseguir su teléfono.

- Ok ¿algo más?

- No, solo eso. Después ya puedes irte.

- ¿Tú te quedas?

- Sí, tengo que hacer una llamada.
 
Miguel ya está solo en la oficina. Un vaso dos cubitos de hielo y tres dedos de Chivas Regal de doce años refleja tintes dorados en su mano. Se ha leído el expediente de Rafael Acosta. Le ha servido para recordar algunos detalles y también para confirmar que sigue teniendo buena memoria.

En el primer sorbo del whisky todavía duda. Lo hace girar como a velocidad de cuchara, como si estuviera removiendo un guiso. En el quinto volteo un segundo sorbo le infunde decisión. Vuelve a mover los cubitos ahora en sentido inverso, en un tic que solo le sale cuando está preocupado o cuando tiene que tomar decisiones importantes. A la décima vuelta se detiene y apura el vaso de un tirón. Ahora sí. Mientras el líquido con sabor a madera vieja le calienta la garganta, toma el teléfono y hace la llamada. Al otro lado una voz conocida. Hace mucho tiempo que no la oye. Es como cuando vuelves al pueblo donde eras pequeño y te tomas un dulce artesano, recuperando ese sabor antiguo.

- Hola Lola, soy Miguel Cremades.

- Hola Miguel.

Su voz no denota sorpresa, lo cual quiere decir que esperaba la llamada. Suena neutra y cortés aunque algo distante.

- Acaba de estar aquí tu hijo.

- Lo sé. Yo le dije que hablara contigo.

- Ya ¿Y no te parece que antes de mandármelo para un asunto tan delicado deberías haberme avisado?

- Sí, tienes razón. Debería habértelo dicho. Pero tenía miedo que te negaras. Yo no caigo muy simpática por tu pueblo.

- Como caigas en el pueblo no tiene nada que ver conmigo. No me gustan las encerronas.

- Miguel, estoy bastante fuera de juego y no me veo capaz de sostener una conversación de este tipo con nadie, ni siquiera con mi hijo como habrás podido comprobar. Prefiero que seas tú quien le cuente todo.

- Pero yo no sé todo...

- Sabes lo suficiente, lo que él necesita conocer, con eso bastará.

- Lola, no me puedes colgar a mí ese marrón, eres su madre. Ese chico necesita a su familia y tú eres la única que tiene.

- Las cosas no salen como una planea. Mi hijo ya no confía en mí. Toda la vida deseándolo y al final resulta que no he sabido ser una buena madre. Creo que lo he perdido igual que perdí a su padre, igual que he perdido a todos los que alguna vez significaron algo para mí. Soy un desastre Miguel.

- Todos hemos cometido errores y a veces toca arreglarlos. No sé lo que ha podido pasar entre tu hijo y tú pero tienes que solucionarlo. No creo que seas una mala madre. Tú puedes…

- Eso hago: intentar solucionarlo. Y cuando a una tampoco la escucha ni su propio hijo tiene que delegar en otro. Mira, he estado tanto tiempo ocultándole cosas que ahora ya no se fía de mí. Es normal. Miguel, siempre he confiado en ti, incluso cuando hemos estado en bandos opuestos. Atiéndele. Te lo pido como un favor personal. Cuéntale lo que sabes, él es listo y atará cabos. Quizás con eso sea suficiente para que encuentre algo de paz. Yo no he podido o no he sabido proporcionársela.

>> Miguel ¿sigues ahí? por favor…

- Lola, esto no va a salir bien.

- Peor ya no puede salir. No temas, nadie te va a pedir responsabilidades.

- Me lo pensaré pero no te garantizo nada.

- Gracias.
 
- ¿Qué tal fue? - Pregunta la chica.

Viste informal, con camiseta amplia, pelo recogido en una coleta y pantalones piratas anchos. Lleva zapatillas deportivas sin calcetín y va sin maquillar. Su aspecto puede llevar a engaño, aunque su carita redonda con ojos grandes y cutis como solo se puede tener a los veinte años indica que es una chica guapa que esconde más de lo que enseña. A pesar de su aire descuidado (es como le gusta ir siempre), Julen ha podido comprobar que bajo ese aspecto informal se esconde un cuerpo hermoso con unos pechos perfectos, unas caderas prietas y unas redondeces que harían perder el sentido a cualquier chico.

Su novia no solo engaña a la vista también a la mente. Un talante hosco, casi amenazador encubre a una persona sincera y fiel. Tras una actitud batalladora e irónica que parece odiar a los hombres, o al menos intentar mantenerlos a raya, hay una amante entregada. Tienen en común que a ambos les cuesta abrir la puerta de sus sentimientos a los demás, pero una vez que encuentran alguien con quien conectan de verdad, lo dan todo por él.

- Ha ido mal. No quiere hablar conmigo. Era de esperar, no es un encargo profesional y no quiere meterse en líos familiares. Mi madre me dio a entender que tenía algún tipo de amistad con mi padre y pensé que tal vez por ahí conseguiría algo. Pero se ve que no.

- Otra cagada más...

La chica, que responde al nombre de Marisa, no se caracteriza precisamente por morderse la lengua ni por decir las cosas con suavidad. Tiene genio y carácter y chocó desde primera hora con la madre de Julen. Pelea de gata joven y gata vieja por el cachorrillo.

Su madre sin querer aceptar que se hace mayor, que tiene que tomar sus propias decisiones, que debe andar su propia vida. Como siempre, intentando protegerlo a su manera y al final solo consiguiendo interferir en su vida. Un motivo más para distanciarse, otro empujoncito que los separa. Julen desearía que no fuera así, que todo volviera a ser como cuando era pequeño, en aquellos años en que sus padres todavía se llevaban bien o al menos se soportaban, en aquella adolescencia en que su madre había construido para él un muro que lo protegía pero que también lo aislaba del mundo. Pero no se puede volver atrás ni tampoco quiere hacerlo. Su madre es la misma y quizás ahí esté el problema, en que se ha quedado anclada en el pasado sin ser capaz de reconducir su vida. A él no puede pasarle lo mismo: él va a vivir y lo va a hacer con todos los riesgos, que es la única forma de obtener también todas las recompensas.

Ha apostado por Marisa y no se arrepiente. Ella lo toma de la mano y se pega a su hombro ofreciéndole consuelo. Él la coge por la cintura y la besa en el pelo. Le gusta como huele. Apenas han caminado un par de minutos, así en silencio, cuando suena el móvil. Es Miguel Cremades.

- Julen, quedamos mañana al mediodía. Tengo un hueco a la hora de la comida.

- ¿En su despacho?

- No, en el bar de la estación. Nada de esto es oficial.

- De acuerdo, muchas gracias.

Julen sonríe y estrecha contra sí a su novia.

- ¿Que sucede?

- El abogado parece que se lo ha pensado. Quizás haya suerte.
 
Está historia pinta diferente.
Aquí hay un triángulo con una historia complicada entre Miguel, Lola y el Padre De Julen, que ya veremos si es su verdadero Padre.
Como abogado de su Padre, es posible que Miguel sepa que es lo que pasó y quien es el verdadero Padre de Julen.
Saldremos de dudas en próximos capítulos.
 
Última edición:
Miguel espera sentado en el bar La Estación, un bar de toda la vida en pleno centro, cerca de la antigua estación de autobuses de donde le viene el nombre. No es un bar muy selecto pero le trae buenos recuerdos. De joven iba a desayunarse bocadillos de lomo con alioli o panceta con pimientos después de las noches de marcha con sus amigos. Al estar al lado de la estación era de los primeros que abría. Muy de cuando en cuando no puede resistir la tentación de ir y pedirse uno de esos bocadillos, o si es el caso, una ración de callos que allí los hacen exquisitos. Ha llegado media hora antes y le da tiempo a almorzar. No quiere estropear la comida. Todavía no tiene muy claro lo que le va a contar a Julen ni cómo hacerlo, así que prefiere que le pille con el estómago ya lleno, que luego le queda una tarde de trabajo por delante. Pide un poco más de pan. No mojar en la salsa de estos callos es casi una blasfemia.


Mientras come trata de ordenar sus pensamientos. Se acuerda muy bien del padre de Julen. Rafael Acosta era muy conocido en el pueblo. Llevaba el negocio familiar que había comenzado con una tienda de ultramarinos heredada de su padre, igual que él mismo había heredado el bufete. En aquella época disponía ya de tres supermercados: dos en el pueblo y otro en la cercana Fuenlabrada. Gente humilde a la que las cosas se le habían ido bien a base de esfuerzo y trabajo. Rafael tenía ese carácter heredado, era un hombre abnegado, trabajador, amable pero reservado y cumplidor. Muchos lo calificaban de apocado pero él no creía así, más bien le parecía solo algo tímido porque siempre se mostró resolutivo, al menos en lo que se refería a sus negocios.


Era de la misma edad que el hermano mayor de Miguel por lo cual habían coincidido en su época de juventud. Él le contaba que no era amigo de jaleos ni de fiestas, especialmente aquellas en las que se bebiera mucho o se pudiera perder el control. En una época en la que uno es bastante loco, Miguel recuerda con una sonrisa que su hermano le decía que a las madres siempre les contaban que Rafael formaba parte del grupo cuando se iban de fiesta. Era como una garantía y una forma de dejarlas tranquilas sabiendo que si el hijo del tendero acudía, es que la cosa no pintaba que se pueda salir de madre, al menos en el inicio. Para lo que era el pueblo en esa época, Rafael constituía un buen partido y no pocas señoras veían con buenos ojos que sus niñas pudieran ennoviarse con él. Especialmente desde que le fue bien en los negocios y empezó a abrir otras tiendas. Sin embargo, para sorpresa de todos, fue una foránea la que se llevó el gato al agua.


Fue visto y no visto, lo que se dice un flechazo. Apenas dos o tres meses en los que Rafael se iba los domingos, día de cierre, a Madrid. Sin dar muchas explicaciones, solo que le gustaba el teatro y los espectáculos de variedades a los que se había aficionado. Tema curioso porque siempre iba solo. Salvo un par de veces al principio, que invitó a su hermana y algún amigo. De repente y sin mediar aviso, apareció uno de esos domingos por el pueblo con una chica de la mano. No era amigo de cotilleos ni de rumorología así que parece ser que decidió ir por la directa, de golpe y sin dar rodeos. Enseguida la presentó como su novia. Miguel recuerda la primera vez que vio a Lola. Joven un poco descolocada y tímida al principio, pero con andares de modelo, una hembra de las que llama la atención. Con aspecto nórdico, alta, rubia, generosos pechos, labios de pecado, ojos claros, generosa en caderas y en muslos, culo respingón. Una buena Jaca como la definió su padre, hermosa pero sin resultar chabacana, con una beldad contenida, sin llegar a ser exuberante pero que quizás por eso te atraía más, porque no era el primer impacto que tienen algunas mujeres con curvas generosas y de pechos grandes pero que luego se desvanecen entre gorduras y flacideces. La suya era una belleza que resistía a la primera mirada, a la segunda, a la tercera y a las de toda una vida, porque era una belleza clásica que sabía estar siempre en su sitio, que sabía envejecer, que sabía adornarse y resaltar, que se mantenía increíblemente tersa y dura. En todos los años que la conoció jamás dejó de resultarle atractiva.


Era de esperar que aquello causara una conmoción en el pequeño mundo de su pueblo, donde todos se conocían y donde el cotilleo era el deporte más practicado. Y más aún tras la boda relámpago. Apenas unos meses después de presentarla como su novia ya estaban casados y Lola instalada en el pueblo. Sólo se veía a su madre, como única familia, visitarla de vez en cuando, siempre ida y vuelta en el día. No hacía muy buenas migas con sus suegros. Cuando le preguntaban por su padre ella decía que era huérfana, que su padre había muerto joven y que su madre era su única familia porque habían venido del Norte, de Navarra y aquí se habían quedado a vivir tras quedarse viuda.


Era fachada, una mentira piadosa para acallar las malas lenguas. Miguel lo sabía bien porque cuando le tocó gestionar los papeles de Rafael, enseguida averiguó que en el registro su esposa constaba, no como huérfana, sino como hija de padre desconocido. Más adelante supo la verdad. La madre de Lola había sido artista en una época en la que eso era sinónimo de muchas cosas y no siempre buenas. Jamás llegó a estar casada y nunca supo o quiso decir de quién era hija Lola. Su hija también había intentado vivir del teatro, de la revista, de la danza, quizás porque era lo único en que su madre podía instruirla y el único mundo en el que tenía contactos y así fue como la conoció Rafael. En un espectáculo de cabaret donde ella bailaba y después hacía de camarera. Hasta aquí lo que había de verdad a ciencia cierta y que supiera Miguel. La rumorología alentada por el ritmo lento y el aburrimiento en el pueblo iba mucho más allá, circulando todo tipo de versiones y de historias acerca de cómo se habían conocido.


A Rafael no parecía importarle nada de esto. Estaba enamorado hasta las trancas y se le veía en cómo le cambiaba la cara, en cómo se alteraban sus gestos, en como todo daba la vuelta cuando la tenía a ella cerca. Al principio intentó integrarla en el negocio familiar, pero Lola no cuajaba: ni tenía conocimientos para llevar las cuentas, ni era buena de cara al público vendiendo, ni tampoco la iba a poner a reponer y a cargar mercancías. Así que finalmente optó porque se quedara en casa ejerciendo de señora del hogar, cosa que Lola agradeció porque no tenía la más mínima vocación ni interés en ponerse a trabajar y mucho menos en exponerse en primera línea a las miradas, a las preguntas y a los comentarios de las vecinas del pueblo.


De esa manera encontraron su equilibrio y también parece que su felicidad, porque durante muchos años a Rafael le funcionó el separar las cosas: el separar a su mujer y a su familia mudándose a una casa propia; el separar a su mujer y el trabajo; el separar el contacto con los vecinos de su vida privada. Varias veces al año, en un gesto inédito hasta entonces, Rafael se cogía vacaciones y se iba con Lola a hacer viajes que ambos disfrutaban. Miguel los recuerda ilusionados, montando las maletas en el taxi que los llevaba a la estación. Es cuando más felices los veía.


Nada que ver con aquella tarde en la que años después, operando como jefes de sus negocios y libres ambos ya de la sombra de sus padres, Rafael le pidió cita. Miguel es observador, tiene buen ojo para la gente. En su profesión aprende uno rápido a prestar atención a las personas, a valorarlas, a adelantarse a sus intenciones, a saber cuándo están inquietas e inseguras o cuando controlan la situación. Rafael y Lola no se prodigaban últimamente mucho por el pueblo. Si los primeros años él, la exhibía feliz en el paseo, en los bares, en las celebraciones, poco a poco se fueron distanciando del lugar. Ella se sentía incómoda, criticada, observada, de modo que casi siempre optaban por irse a Madrid o a los pueblos de los alrededores a disfrutar de su tiempo libre y a pasear su amor. De nuevo las cajas separadas. El trabajo y la familia en una y su matrimonio en otra. Con la apertura de nuevas tiendas él pasaba cada vez menos tiempo en el pueblo. Sus hermanas se ocupaban de casi todo. Sin embargo, se les veía felices a ambos las veces que iban juntos o cuando salían por separado a hacer sus gestiones o compras. Pero eso había cambiado en los últimos tiempos. Miguel pudo observar a una Lola más taciturna, más triste, más arisca de lo normal, que pasaba temporadas fuera de la localidad y que tenía un aire como más ausente, más serio.


Las habladurías esgrimían sus teorías. Que si se estaban distanciando, que si ella no encajaba en el pueblo y él estaba ya harto de batallar y de poner el cuerpo entre su mujer y su familia, que si se aburría, que si él había conocido otra cupletista, que si no podían tener hijos… el cúmulo de teorías era tan grande que forzosamente alguna tenía que acertar para explicar el estado de ánimo, el decaimiento de que hacían gala ambos.


No obstante, pareció que de repente todo cambiaba. Porque un buen día se la vio con una sonrisa, recuperando de nuevo el caminar seguro e incluso saludando a la gente. A Rafael también se le veía más contento, como más relajado, con un brillo de esperanza en los ojos. Resultó que iban a tener un hijo y ambos parecían encantados con la noticia. Parecieron confirmarse los rumores de que llevaban largo tiempo buscándolo sin conseguirlo, hasta que por fin ella quedó embarazada.


Efímera dicha que cuanto mayor es menos parece durar. Cuando el chico tenía cinco años de repente las cosas volvieron a empeorar. Otra vez Lola paseando mustia, solo alegre y solo ilusionada cuando atendía a su hijo. Otra vez Rafael yéndose fuera a visitar las tiendas, andando poco por el pueblo, priorizando los negocios de fuera con la excusa de que, en las grandes ciudades del sur de Madrid en que se estaban convirtiendo los pueblos dormitorio, los supermercados eran más importantes, más grandes y que el de su pueblo se había quedado solo en una sucursal requiriendo menos atención. A ella se le veía salir a pasear al hijo y recogerlo del colegio, llevarlo al parque para jugar con otros niños, pero casi siempre solitaria, como un vaticinio de lo que estaba por llegar. Así que a Miguel no le extrañó cuando un buen día él entró por la puerta de bufete y pidió reunirse a solas.


- Quiero divorciarme - le anunció.


Él fue quien le llevó los papeles, quien lo representó y quien finalmente consiguió un acuerdo con Lola, un acuerdo de separación sencillo por el cual se establecía que Lola se quedaba con la custodia de su hijo Julen, recibía una vivienda en Madrid donde poder residir y también dos pagas, una para ella y otra para el niño en concepto de manutención. A cambio, ella renunciaba a cualquier derecho sobre el capital o los negocios de Rafael. La cantidad era elevada, pero es que en ese momento a Rafael le iban mejor que nunca las cosas y dado que no habían hecho separación de bienes al casarse, el divorcio se le podía poner muy cuesta arriba. El consejo de Miguel era ir por lo legal y evitar acudir a los tribunales. Todo parecía indicar que si las cosas seguían funcionando así de bien, el negocio de Rafael seguiría creciendo y pronto podría amortizar estos gastos. Todo era mejor que un pleito de imprevisibles consecuencias. El viejo dicho de que es mejor un mal acuerdo que un buen litigio era su consejo. Pero un día Rafael volvió a presentarse en el bufete, esta vez sin cita, y aquella visita lo cambió todo.


De repente se sobresalta: Julen está parado de pie, frente a él. No lo ha visto llegar. Estaba sumido en sus recuerdos, quizás tratando de organizar la información para saber que debía contarle y cómo, de modo que lo ha pillado por sorpresa. Mira el reloj y ve que se ha adelantado quince minutos. El chico ha llegado antes de lo previsto. Él pensaba que todavía disponía de más tiempo para pedirse el postre de la casa y un café, y poder terminar de reorganizar su mente para lo que pudiese venir. Miguel se levanta, le da la mano, lo invita a sentarse y decide dejarle la iniciativa para saber a qué atenerse. Necesita recopilar información antes de saber cuál debe dar.


- Bueno Julen, pues tú dirás.


- Quiero que me hable del divorcio de mis padres. Usted fue el abogado que lo representó.


- ¿Qué quieres saber? Supongo que conocerás los detalles del acuerdo…


- Sí, los conozco y hay cosas que no me cuadran.


- Julen, todo lo que yo te pueda contar aquí es extraoficial, no te va a servir como prueba en ningún sitio porque yo negaré haber hablado contigo. Soy un profesional y me debo a mis clientes aunque ya no estén vivos.


- No he venido para iniciar ningún pleito, solo deseo saber.


Miguel Cremades asiente conforme y empieza con una breve introducción, pasando revista a como él llevaba los negocios de su abuelo y posteriormente los de su padre. También cómo cuando su matrimonio se torció, un buen día recibió la visita de su padre.


- Me lo dijo mi madre. Quería que usted lo representara en una solicitud de divorcio.


- No, eso pasó antes. La visita a la que yo me refiero fue más tarde, una vez iniciada la demanda. Ya teníamos listo un acuerdo. Solo faltaba fijar fecha con el abogado de tu madre para firmarlo. Tu padre se presentó en la oficina. Le recibía a solas, como siempre para todo lo relacionado con este tema y él me dijo que no iba a firmar ese convenio. Estaba muy enfadado.


- ¿Por qué?


El abogado se remueve inquieto en la silla, dudando si continuar. Pero siempre cumple sus compromisos y con Lola ha establecido una especie de acuerdo: ha aceptado informar al chico.


- Tu padre estaba decidido a separarse de tu madre pero yo creo que en el fondo no había dejado de quererla. Sabía lo que tenía que hacer, pero le dolía hacerlo y creo que la presión al final le pudo. Me dijo que no estaba conforme con las cantidades que se habían asignado a tu madre, que era una cosa desproporcionada. Yo le dije que no, en absoluto, que al no haber separación de bienes ella podía haber reclamado mucho más, incluso parte de la propiedad en sus empresas. Si no aceptaba el acuerdo todo iba a ser mucho más complicado. Yo era un buen abogado y sabía lo que le convenía, le aconsejé bien, pero él decía que no, que se negaba. Es como…


- Es como si quisiera castigar a mi madre.


Miguel afirma con un ligero movimiento de la cabeza. El chico se lo tiene todo investigado, no va allí como un ignorante, conoce la historia y no se conformará solo con un relato plano e inocuo del pasado. Esto lo hace decidirse.


- Tu padre me dijo entonces algo que lo cambió todo: “No es mi hijo. No tengo por qué pagar nada, debería conformarse con el piso y una pensión para ella”.


>> ¿Estás seguro de lo que dices? - le pregunté - No podemos bromear con esto. Se pedirán pruebas de paternidad y aunque te haya sido infiel, si el hijo es tuyo....


>> No me ha sido infiel pero el hijo no es mío - me contestó - Puedo hacerme las pruebas de paternidad que sean necesarias, estoy dispuesto y seguro.


- ¿No me ha sido infiel pero el hijo no es mío? ¿Qué quería decir con eso?


- No lo sé, no me quiso explicar más, solo sé que a partir de entonces todo cambió. Evidentemente, ante una infidelidad manifiesta y un hijo que no era suyo, no tenía obligación de hacerse cargo de tu manutención y también el posible juicio de separación se le pondría muy cuesta arriba a Lola… perdón, a tu madre. Ella solo podría reclamar una pensión y perdería seguramente la opción a la vivienda. La batalla legal por las empresas de tu padre se presentaba larga y complicada y requería de una inversión en abogados y en peritos que tu madre no se podía costear. Con esos elementos yo pude negociar un nuevo acuerdo a la baja. Aceptamos mantenerte una paga para ti, que tu madre retuviera su piso en Madrid y una compensación para ella más reducida, pero suficiente para que pudiera vivir sin tener que trabajar.


- Ya.


- Las cosas son así, lo siento, yo solo hago mi trabajo.


- Si. Y lo hizo muy bien.


- Para eso me pagan.


Los dos se quedan en silencio unos momentos.


El primero en romperlo es Miguel Cremades, que ha estado observando a Julen, quien por el contrario tiene la vista puesta en el refresco que está tomando.


- Pero todo esto ya lo sabías ¿verdad? o al menos lo sospechabas. Querías oírlo de mi boca para confirmarlo porque tu madre no te lo ha contado ¿Ella no habla contigo de esto?


- Mi madre es muy reservada… con las personas que quiere aún más. Teme que todo me haga daño. Si usted la conoció de joven ya se puede imaginar, no hará falta que yo se lo explique. Se aísla en su caparazón de todo aquello que pueda hacerla sufrir, de todo aquello que la pueda alterar. Es la táctica de la tortuga.


>> Conmigo hace igual, me separa de todo aquello que me pueda causar dolor, pero yo no estoy dispuesto a vivir así, engañándome, aislado, sin comprender, sin entender… no puedo saber quién soy si no entiendo de dónde vengo. No estoy dispuesto a vivir como vive mi madre, encerrada, asustada y al final asqueada de todo. Si para eso me tengo que enfrentar la realidad, me enfrento, y si tengo que pagar con dolor… pues que duela.


Miguel lo entiende. El chico ha hecho una radiografía perfecta que coincide con lo que él piensa y tiene toda la razón: ha visto consumirse a su madre y no quiere que le pase igual. No se pueden evitar los problemas pero sí podemos aprender a enfrentarlos. Si no te dan la oportunidad de curtirte, la vida te acabará pasando por encima. La técnica del avestruz suele dar muy mal resultado a largo plazo.


- ¿Cuándo lo supiste?


- Estas cosas se van suponiendo. Mi madre siempre defendió a su marido pero nunca me dio la impresión que lo viera como mi verdadero padre.


Julen no acaba de acostumbrarse a dejar de nombrar a Rafael como su padre. Quizás sea por inercia o a lo mejor porque fue el único que ejerció esa función, pero sabe que siempre hubo algo extraño, algo sin explicar. Quizás fue en el comportamiento de su familia paterna hacia ellos, en como su madre lo defendió siempre como hijo suyo en exclusiva y de nadie más, o en como disculpaba a Rafael del abandono que el propio crío sentía respecto a su padre. En fin, trata de concentrarse en lo que le ha llevado allí y evita invocar fantasmas. Si todo sale bien, ellos solos acudirán a la cita cuando le pregunte al abogado lo que tiene que preguntarle. El motivo real de su visita.


- Fue al morir mi padre cuando me di cuenta, ya casi con total certeza. Todavía era joven, no tenía la mayoría de edad y mi madre ejercía de tutora legal. No aparecía en el testamento de mi padre. No como heredero. Había una pequeña cantidad destinada a mí pero nada más. La familia de mi padre cortó en ese momento toda la relación conmigo. Cuando fui a pedir explicaciones me remitieron a mi madre: ¡Que ella te cuente!


- Pero ella no te contó nada.


- Hizo algo peor: se negó a reclamar lo que yo entendía que me correspondía por derecho. “Nos quedamos con lo que den y nos olvidamos de esa gente”, fue su respuesta.


- Entiendo.


- Usted, como abogado, sabrá que nadie en nombre de un hijo puede renunciar a una herencia. Sin embargo ella no quiso reconsiderar la decisión.


Otra vez más, Julen vuelve al pasado como si lo estuviera viviendo en presente. Todavía recuerda la sonrisa de su madre, como le acarició la cabeza y como con una frase que quería aparentar ternura, simplemente lo hizo desistir de su propósito.


- No va a servir de nada. Déjalo, no te hagas daño…


Su eterna obsesión por mantenerlo todo estable alrededor, como si se agarrara una frágil tabla de madera en medio de la tempestad, como si temiera ahogarse a cada momento. No reclames, no protestes, no preguntes, no hagas nada… si al menos lo hubiera empujado a vivir su vida, si al menos lo hubiera animado a no cometer los mismos errores, eso hubiera sido una compensación. No hagas lo mismo que tu padre pero vive, sé libre, arriésgate, busca el amor, busca tu camino, encuentra tu lugar… pero toda esa segunda parte faltaba. Su madre la sustituía por un vaso de vino colmado hasta arriba, un anís dulce o cava frio, el sustitutivo de la pena, el líquido donde ahogar rencores y miedos.


- Julen, quizás ella tenía razón: es más que posible que fuera una batalla perdida y que solo serviría para frustrarte.


- Si usted lo dice…


- De esto entiendo un poco y de conflictos también. No creo que fuera mala idea dejarlo estar. Te hubiera costado el dinero y un sofocón y no habrías conseguido nada importante.


Nada importante es una forma elegante de decir ninguna cantidad importante de dinero, aunque obvia que para Julen a lo mejor sí hubiera resultado substancial. Quizás así habría salido a la luz la verdad, esa que tanto busca. También le habría valido entonces la pena.


- Tengo una pregunta que hacerle.


El abogado lo mira con fijeza. Ha llegado el momento. Hasta este instante no ha podido contarle a Julen nada que no supiera o no sospechara. Ahora pone boca arriba sus cartas y la pregunta no le sorprende.


- ¿Usted sabe quién era mi padre?


- No, no lo sé. Lo siento, ahí no puedo ayudarte, por eso te dije que hablaras con tu madre. Si alguien tiene la respuesta es ella.


Ella, siempre ella, hermética, encerrada en su caparazón, fingiendo no ver todo lo que le hace daño. El abogado tiene razón, su madre es la única opción, pero ¿cómo exigirle la verdad sin obligarla a enfrentarse a la realidad, lo cual seguramente la destruiría? ¿Cómo enfadarse con ella y obligarla a hacer algo que no desea hacer sin romper el fino hilo que aún los une? podría significar desgajar lazos con la única familia que tiene, que siempre ha tenido. Porque a pesar de todo, su madre lo quiere, lo ha querido siempre. Desde que está con Marisa se siente con fuerzas porque ha encontrado a otra persona, a otra familia: la suya propia, la que él tendrá que formar algún día. Le da fuerzas y lo anima, quizás en ella encuentre el impulso necesario para hacer lo que tiene que hacer porque solo hay dos opciones: olvidarse de todo o resolverlo, y él no es de los que olvidan, no es capaz de construir su vida alrededor de una mentira ni de un abandono.


- En fin, gracias por todo.


- No hay de qué.


Miguel lo llama cuando anda hacia la puerta.


- Entiendo que quieras saber. Pero igual tu madre tiene razón. Quizás debieras darle un voto de confianza. Puede tener muchos defectos pero te quiere y trata de protegerte. Si no te ha dicho quién es tu padre tendrá sus motivos.


Julen no contesta. Se limita a hacer un gesto con la cabeza que podría significar cualquier cosa, desde “adiós” hasta “déjeme tomar mis propias decisiones”, y luego se marcha.
 
Lola cuelga el teléfono acaba de hablar con Miguel para ver cómo ha ido la conversación con su hijo. Necesita una copa. Algo más fuerte que el vino. Opta por un Gin Tonic bien cargado de ginebra, necesita refrescarse a la vez que tranquilizarse.


Mientras se lo sirve el espejo del salón le devuelve su imagen. Sigue siendo atractiva a su edad, no tanto para atraer a un chico joven, pero sí como para volver loco a algún cincuentón. Si se pone en el mercado podría atraer a hombres interesantes, a hombres que la sacaran de aquel piso ya viejo, lleno de recuerdos caducos, que le dieran una última vida de quizás lujo, viajes, salidas a vivir la vida alegre de las noches de Madrid. Todavía no es tarde para que se divierta un poco. Hasta hoy le ha bastado con lo que tenía pero ahora que Julen se ha distanciado, quizás sea el momento de aprovechar el canto del cisne y vivir bien los últimos años de su vida.


Julen “quiere” saber: esa es la conclusión que ha sacado Miguel Cremades. Para ese viaje no hacían falta alforjas, la pregunta clave es si su hijo “debe” saber.


Hasta ahora ha considerado que no, pero ¿puede ella responder a lo que necesita conocer? ¿Tiene la respuesta que puede conformarle, que puede hacerle olvidar de dónde viene y que de una vez centre su vida en a dónde va?


- ¿Tu hijo sabe que nosotros?...


- No, no lo sabe. Gracias por hablar con él - han sido las últimas palabras que ha intercambiado con Miguel.


Y ahora bebe porque lo necesita, porque sabe que debe prepararse, porque ella misma le ha cerrado todas las opciones a su hijo que lo ha intentado por distintas vías, pero a quien ya solo le queda un camino que es enfrentarse a ella. Tarde o temprano vendrá. Ahora que ha hablado con el abogado, más bien temprano. Últimamente estaba muy insistente con el tema, casi obsesionado, así que sabe que tendrá que recibir a su hijo y hablar con él, tener esa conversación que siempre le ha negado por su bien, o al menos eso cree ella. Pero los hijos se hacen grandes y toman sus propias decisiones. A ella le ha costado aceptarlo y, de la misma forma que ya considera cierto e inevitable su noviazgo con esa chica que no le gusta porque le recuerda demasiado a ella misma de joven, no en el físico (que no se parece en nada) pero sí en el carácter, tiene la certeza de que Julen la va a visitar en breve, y esta vez no admitirá el silencio como respuesta.


Sin saberlo hace lo mismo que ha hecho Miguel Cremades esta mañana: sentarse en el sofá y con la copa en la mano mirar hacia la pared dejando que los recuerdos la invadan, para decidir cómo y qué le cuenta a su hijo.
 
Veintidós años atrás.

Lola fuma inquieta: es el cuarto cigarrillo seguido que enciende. Hacía tiempo mucho tiempo que no fumaba, desde que era camarera en el club La Boîte. Allí conoció a Rafael. Ese chico de ojos claros, moreno, mirada triste y aire inquieto. Una presa fácil, supuso al principio, al que sacarle varias consumiciones en la barra que le permitirían llevarse una buena comisión y arreglar un poco la noche.

Se le veía desubicado en aquel ambiente, inquieto como un párroco en un burdel que diría Sabina. Ni siquiera él mismo sabía porque había entrado allí, según le contó en la primera copa. Le gustaban los espectáculos de variedades, el cabaret, el teatro, pero no era dado a frecuentar aquel tipo de locales donde se contemporizaba con mujeres que te lanzaban un te quiero si veían la cartera llena.

Ella le contó su experiencia como artista, sus deseos de ser bailarina y actriz, las obras de medio pelo donde había debutado (nunca como protagonista) y como la suerte la había llevado a aquella barra, porque el trabajo escaseaba y uno de los productores (dueño también de varios locales) le había ofrecido ganarse un dinero por las noches. Ella no estaba allí para hacer otra cosa que servir copas, trató de dejarle claro desde el primer momento.

Lo primero que le gustó de Rafael fue que ni por un momento dudó de lo que le contaba. Era cierto, por supuesto, ella no se prostituía ni tampoco se dejaba toquetear a cambio de una propina, pero ¡qué hombre la hubiera creído trabajando en un sitio así! Desde luego ninguno de los que pululaban por aquel local, a los que solo mantenía a raya porque ponía una barra por medio y además, tenía ensayada la cara de borde que lanzaba un mensaje inequívoco y disuadía a cualquiera de perder el tiempo intentando obtener lo que no estaba dispuesta a dar.

Lo segundo que le atrajo de él fue que, a pesar de su aspecto poco mundano y su falta de tablas, contra todo pronóstico no cayó en sus redes y a partir de la tercera copa ya no quiso seguir dejándose los cuartos allí. Era muy consciente de qué iba a aquel negocio y midió muy bien cuánto estaba dispuesto a gastarse, así como cuánto podía beber antes de volverse manipulable. Chico tímido y desubicado pero inteligente, pensó Lola.

Otro punto a su favor fue su reacción cuando empezó a atender a otros clientes.

- Lo siento, no puedo quedarme toda la noche contigo, tengo que ganar algo de dinero.

- Lo entiendo - dijo Rafael sin enfadarse, sin hacerse el gallito y sin montar espectáculo - ¿De verdad te llamas Lola?

- Sí. Yo uso mi nombre de verdad, no tengo nada de qué avergonzarme.

- Lola, me ha gustado mucho hablar contigo ¿querrías que quedásemos un día para cenar o tomar algo fuera de aquí? puedo invitarte al teatro si tanto te gusta.

Recuerda como ella lo miró con sorpresa y un poquito de aprensión. Recibía muchas invitaciones y ninguna era desinteresada, pero este chico le caía bien y algo le decía que era diferente a los demás.

- Si salgo contigo será solo para cenar y para ir al teatro, no esperes nada más.

Casi al instante se sintió un poco avergonzada de su brusquedad. De vez en cuando le salía esa vena áspera que no podía evitar porque demasiado había sufrido ya los intentos de tantos hombres de comprarla. Ninguno lo había conseguido hasta entonces, no con dinero, ni con regalos, ni con agasajos… a aquellos que se había entregado lo había hecho convencida y porque ella lo deseaba.

Pero una vez más él no se enfadó, parecía seguro de sí mismo. Incluso diríase que estaba contento porque en su respuesta llevaba implícita una posible aceptación.

- Por supuesto. Me encantaría estar contigo un rato y poder hablar tranquilamente fuera de...

- Sí, te entiendo, fuera de este antro. – comentó, esta vez ya con un guiño, lo que provocó a su vez la risa de Rafael.

No fue una cita, fueron varias. Rafael se acostumbró a quedar con ella todos los domingos e incluso algunos sábados por la noche. Llegó a ofrecerse a pagarle lo que dejaba de ganar por no ir a trabajar, pero ella nunca aceptó dinero. Poder hablar con confianza con un chico sin temer sus manos o sus intenciones, compartir veladas en el teatro o en el cabaret con alguien que de verdad estaba interesado en las funciones, en las obras, en el arte y que no iba allí solo por contentarla o aparentar, sentirse admirada y deseada pero a la vez respetada era algo desacostumbrado y demasiado dulce e interesante como para echarlo a perder hablando de dinero, por mucha falta que le hiciera.

Cuanto más conocía a Rafael más le gustaba. Es un chico que a primera vista no le había resultado atractivo pero que poco a poco fue ganándose un sitio en su corazón. De hombres atractivos y crueles estaba la noche de Madrid llena, ya había conocido demasiados. Ella cambió a Rafael (o al menos cambió su aspecto) y le enseñó a vestir, a moverse y le asesoró a la hora de comprar ropa. Poco a poco aprendió también a sentirse orgullosa de ir de su brazo (el chaval no tenía mal saque) y de que incluso conseguía traer alguna mirada de envidia de otras chicas. Y lo más importante es que se dio cuenta que no se había equivocado, de que el chico no es de los que se tomaban a broma una mujer como ella. Ni la iba a dejar, ni buscaba engañarla. Recuerda la mueca de escepticismo de su madre cuando le presentó a su novio, que Lola interpretó como envidia por haber conseguido lo que ella no: un marido, un hogar y un futuro.

La familia de su novio tampoco apostaba demasiado por la relación. Fue todo tan rápido que no les dio tiempo prácticamente a oponerse. Lo que suponían un capricho de su hijo y hermano, dio paso rápidamente a una boda antes de que pudieran reaccionar. Rafael estaba decidido y ella también. Siempre la miraron como una extraña, como una aprovechada. Daba igual que demostrara su amor por Rafael, siempre tenía la sensación de que esperaban que tarde o temprano acabarían rompiendo, que lo suyo no funcionaría.

Al final resultaron tener razón, cavila encorajinada y se revela con rabia contra este pensamiento. No funcionó, pero no por lo que ellas creían, no porque Lola no hiciera todos los esfuerzos, no porque no aguantara todo lo que aguantó en aquel pueblo de moral obsoleta donde nadie parecía tener nada mejor que hacer que meterse en la vida de los demás. Trabajó en la empresa de su marido ocupando puestos humildes de cara al público, sin quejarse, con una sonrisa, como si no fuera la mujer del dueño. Su casa siempre estuvo abierta a la familia, a los amigos, soportó los primeros años conviviendo con sus cuñadas y su suegra, aceptó continuar habitando en el pueblo cuando ya todo esto había fallado, pero sobre todo, fue la esposa fiel y dedicada de Rafael, en quien volcó toda la atención y el cariño. Y fue correspondida, en eso no tiene queja de su marido: siguió queriéndola como el primer día, quizá más.

No, si su matrimonio falló no fue por culpa de ellos ni por falta de ganas, ni siquiera por culpa de los demás que no se lo ponían fácil. Todo lo podía soportar Lola, todo menos el no tener lo que más anhelaba: un hijo. Sólo les faltaba eso y ella lo deseaba con toda su fuerza. Conforme se fue aislando en el pueblo de los demás la necesidad fue en aumento. Muchas envidiaban la posición y la vida fácil de Lola, dedicada a cuidar su casa, a ir a la peluquería, a hacer compras, a viajar los fines de semana a Madrid a divertirse con su marido, pero ella lo hubiera dado todo por ser una simple cajera de supermercado, o una de las empleadas del almacén a las que veía en sus días libres pasear con sus hijos por el parque, riñéndoles, llamándolos a voces para el bocadillo, abrazándolos con cariño. Cuando por fin decidieron ir en serio a por el crío vieron caer poco a poco los meses sin que la concepción se produjera. Lo que en principio fue una espera ilusionada y gozosa, poco a poco se fue convirtiendo en nerviosismo y después en frustración. Varios años estuvieron así hasta que ella hizo ver a su marido la necesidad de someterse a pruebas.

- Algo pasa Rafael, no es normal…

Él parecía continuar sin darle importancia:

- Los hijos llegarán, no te preocupes.

Pero no, no llegaban y aquello acabó por convertirse en una obsesión que no se le iba de la cabeza a Lola, tanto lo deseaba. No como Rafael, que también, sino con una necesidad casi física que le impedía ser feliz. Esa necesidad de tener un hijo o una hija se había extendido por su cuerpo y su mente como un tumor, que no le dejaba más opciones, que condicionaba su vida, sus pensamientos y pronto empezaría a condicionar sus actos. Pero en ese momento ella todavía no lo sabía.

Finalmente acudieron a médicos especialistas y entonces vino la decepción, la mala noticia. No había ningún problema para que Lola pudiera concebir, ella era fértil, pero Rafael no. No era capaz de producir espermatozoides. Ese era el motivo de que ella no quedara embarazada. Fue un golpe para los dos muy duro, en una época en la que todavía estaba en ciernes la fecundación in vitro y por supuesto nada había relacionado con la inseminación artificial.

Prácticamente todo lo que hablaban cuando estaban en la intimidad giraba sobre el mismo y único tema y todas las ideas, todos los anhelos, todas las propuestas acaban estrellándose contra la misma pared: Rafael era estéril y no podía embarazarla.

Se plantearon la adopción pero eso no satisfacía a Lola. Ella quería un hijo propio, sentirlo crecer en su vientre, llevarlo dentro, crearlo de un acto de amor con su marido. No concebía otra forma, lo otro sabía que sería un sustitutivo, quizás gozoso, seguramente lo querría sin reservas y podría volcar en él todo su amor, pero no de la misma forma que una madre biológica mira a su hijo recién parido. Esa era su forma de pensar, ese era su convencimiento, quizás fruto de la mentalidad de su época. No le importaría adoptar niños más adelante, pero al menos el primero debía ser suyo.

Todo esto creó un ambiente entre los dos de tensión. Por primera vez Lola dejó de ser Lola y se volvió distraída, enfadada, rencorosa en sus relaciones con Rafael. Ambos se daban cuenta que aquel tema estaba infectando su relación.

Y aquel vicio de fumar que había vuelto era uno de sus síntomas. Aunque ese día estaba justificado. Lola estaba decidida: había una solución que daba vueltas a su cabeza. Una solución que se había atrevido a plantear a su marido, consciente de la inutilidad de ponerla en práctica por su cuenta una vez que ya tenían los resultados de las pruebas. Un plan que solo se podía entender desde la desesperación por conseguir aquello que podría hacerlos felices a los dos, aquello que les permitiría seguir como hasta ahora, siendo los dos contra la familia, el pueblo, los dos contra el mundo…

Lo que le había propuesto a Rafael era algo doloroso y cruel, pero en definitiva se trataba de salvar su matrimonio. Porque Lola sabía que aquel mal, aquel tumor que se había instalado, solo había una forma de extirparlo que era consiguiendo ser madre y que todo lo demás no funcionaría.

Lleva dos días dándole vueltas, dos días en que han pasado del rechazo frontal de su marido a la mirada condescendiente pensando que está loca, y de ahí al silencio oscuro, pesado y denso que se instaló entre ellos desde ayer. Pero Lola está decidida a romper ese silencio, a enfrentar el problema, a luchar contra los fantasmas, a todo por ser madre.

La puerta se abre y llega su marido. Lo recibe con un beso que él acepta. Le sirve la cena, hablan de tonterías y espera a que esté cómodo. Rafael está inquieto, no sabe si aquello es una tregua o una trampa. Conoce bien a su mujer y sospecha que va a volver sobre el mismo tema que llevan dos días discutiendo. Efectivamente, Lola está decidida. Quiere una respuesta y la quiere ya, demasiado tiempo esperado, todo aquello la consume y necesita saber cuál va a ser su camino, no puede vivir más en la incertidumbre. Esto es lo que le dice a su marido, estas son las palabras que le dedica. Lo hace con dulzura, sin amenazar, tratando de que no parezca un ultimátum. Sea cual sea la decisión quiere que se tome ahora y ojalá pudieran tomarla juntos.

- ¡Estás loca! ¿Cómo piensas que voy a consentir una cosa así?

- Nadie se iba a enterar, solo tú y yo. Sería nuestro secreto.

- ¿Solo tú y yo? ¿Y qué hay de mí? ¿Cómo crees que me sentiría yo?

- Mal, no te lo niego, igual de mal que me sentiría yo si me enterara que me has sido infiel, pero lo aceptaría con tal de no perderte. Muchas mujeres lo hacen.

- No es lo mismo.

- No, no lo es: es mejor porque lo mío no sería una infidelidad, no te estaría engañando ni lo haría porque me apeteciera ni disfrutara de ello, es algo que haría solo para tener un hijo, nuestro hijo.

- ¿Cómo podría considerarlo mío?

- Porque yo lo pariría, porque los dos los criaríamos juntos, porque ese sería el símbolo de nuestro amor. Yo te querría más que nunca, te debería la vida y ese niño o niña también te debería la suya. Créeme, sería tan tuyo como mío.

Él se sienta, agobiado, mirándola fijamente.

- No sé siquiera como puedes proponerme una cosa así ¡tener un hijo con otro! ¿Tú sabes lo que estás diciendo? Seríamos el hazmerreír del pueblo.

Que hable en plural le parece buen síntoma a Lola, que insiste en sus argumentos.

- Escúchame Rafa, nadie lo sabe, no le hemos dicho a nadie todavía los resultados, nadie sabe que eres estéril y así debe seguir. Jamás lo contaremos. Nadie se enterará, ni tu familia ni la mía, ni nadie del pueblo. Criaremos a nuestro hijo y solo nosotros sabremos la verdad.

Él calla y niega con la cabeza, se resiste, pero poco a poco parece que Lola va destruyendo sus defensas. En eso tiene razón, nadie lo sabe salvo el médico de Madrid al que han ido y ese no contará nada. Si él fuera mujer también querría ser madre, piensa aceptando el argumento de Lola, pero queda la parte peliaguda y la parte más complicada de todo. No le importa adoptar y tampoco le importaría criar un hijo que no fuera suyo. Acepta y concede que lo ideal sería que llevara la sangre de su mujer, eso sería mucho mejor para que el niño fuera aceptado. El mismo querría más a un hijo que se pareciera a Lola que a un extraño, tiene que admitir, pero ¿cómo pasar por alto que su mujer tendría que tener sexo con otro hombre? ¿Cómo no acordarse de eso? ¿Cómo podrían enterrar tal cosa? No se cree capaz de consentirlo y de nuevo ver a su mujer de la misma manera.

Ella parece adivinar sus pensamientos, sabe que ese es el último muro que debe derribar. Pero esa barrera duele demasiado. Es consciente que su marido necesita más tiempo, si no para compartir su punto de vista, al menos para asimilar el golpe, de modo que decide no insistir de momento en ello y sí en los otros aspectos dónde ya puede tenerlo convencido. El problema es eliminar los sentimientos y tomar la decisión lógica, pero ¿se pueden eliminar los sentimientos? ¿Y a qué coste?

- Rafa, ¿Crees que para mí sería agradable? ¿Acaso piensas que yo no me sentiría mal y no sentiría asco de mí misma por esto? Pero estoy dispuesta. Por un hijo, unos padres lo dan todo y hacen cualquier sacrificio.

Se sienta junto a él, le pasa la mano por los hombros y pega la cabeza a la suya en una caricia que sabe que a él le gusta.

- Sería solo en mis días fértiles, una vez, con un desconocido. No tendría que ser ni siquiera en Madrid, elegiría a un extranjero, alguien con quien simplemente... - le cuesta encontrar las palabras para decirlo - …hacerlo rápido y no volver a verlo jamás. Nunca nos importunaría porque volvería a su país, no sabría que tiene un hijo, no nos molestaría ni volvería a aparecer en nuestras vidas para reclamar nada ni hacernos daño, el secreto se quedaría con nosotros...

- Lo tienes todo calculado ¿verdad?

- No, todo no. Tú me importas y me duele lo que pueda pasar entre nosotros, pero…

- Pero estás dispuesta a hacer lo que sea.

- Quiero ser madre, Rafael, lo necesito. Nunca te he pedido nada ni te he reclamado nada, te he querido tal y como eres, y te seguiré queriendo después de esto, más si cabe. Es lo único que te pido y que te pediré en mi vida. Por favor.

Rafael se zafa del abrazo sin responder, simplemente se va a la cama y se acuesta. No vuelven a hablar esa noche, solo muy de madrugada, ya casi amaneciendo, ella se pega a él y deja que su cuerpo tibio lo caliente sin que Rafael rechace el contacto.

Fue una noche con poco sueño y sin palabras, una noche muy larga.

Como siempre, Rafael se levanta muy temprano y desayuna en el bar de la estación, justo antes de ir al almacén o de desplazarse a donde tuviera previsto ir ese día. Ella se incorpora y le sigue hasta la puerta, allí lo despide con un beso. Sus ojos suplican igual que suplicarán todos los días que sean necesarios hasta contar con su permiso. Se estremece porque sabe que eso también tiene un plazo y que será madre con el permiso de su marido o sin él, aunque le cueste su matrimonio, aunque le cueste volver a la penuria con su madre. Nunca más será pobre si tiene a su hijo. Ahora, con los años puede reconocerlo, puede afirmar su férrea determinación sin engaños, sin hacerse pasar por lo que no es, sin poner paños calientes. No es cierto que no le hubiera pedido nada a Rafael, en realidad sí. Le había pedido a la vida un hombre bueno, lejos de los canallas y los tipos sin escrúpulos a los que servía copas. Le había pedido a la vida una posición acomodada, donde ni ella ni su madre tuvieran que volver a pasar a estrecheces ni hambre. Le había pedido un matrimonio tranquilo y feliz al lado de un hombre que la amara de verdad. Se lo había pedido a la vida pero en realidad fue Rafael quien se lo dio. Es como si se lo hubiera pedido a él y ahora le pedía una cosa más, el mayor sacrificio que se le puede pedir a un hombre enamorado.

Recuerda como Rafael la miró con ojos cansados.

- No vas a parar ¿verdad? estás decidida.

- Yo te quiero Rafael.

El hombre asiente y admite:

- Yo también.

Es su forma de decir que ella gana, que no tiene valor suficiente para dejarla y que incluso con una infidelidad (aunque no sea por amor ni a traición), no puede renunciar a la mujer que lo hace feliz. O desgraciado. Da igual. Rafael en ese momento no concibe la vida sin ella.

- Quiero que sea fuera de Madrid. Lo más lejos posible. Madrid parece muy grande pero no lo es. Y no quiero saber nada, no quiero que me cuentes nada. Simplemente vete y vuelve cuando ya esté hecho.

Lola se abraza pero él se contiene. La deja apretarse y (suavemente pero de forma firme), quita sus brazos del cuello y se va a trabajar.
 
A ver. Desde el primer momento pensé que el Padre era Miguel y puede ser.
Y creo que eso es lo que rompió el matrimonio, que Rafael no puso superar esto.
Tampoco descarto que entre Miguel y Lola surgiera algo.
 
El terral hace parpadear a Lola. Asomada a la terraza del hotel contempla el azul añil del Mediterráneo malagueño sintiendo el contraste de la brisa que, por un lado la refresca, pero por otro carga el ambiente de una humedad pegajosa.


Ya ha desayunado en el buffet, abundante y lleno de exquisiteces como corresponde al hotel de categoría donde está alojada, pero no tiene demasiado apetito, solo se ha permitido un zumo de naranja, un croissant y un café. Esperaba sentirse animada porque tiene una misión que cumplir. Es lo que se viene diciendo desde el lago viaje en tren de Madrid a Málaga para no sucumbir a la tentación de darse la vuelta y volver a su casa, al lado de Rafael, pero no consigue quitarse de la cabeza la despedida en Atocha. Ella abrazada a su marido diciéndole que lo quiere y que volverá en una semana. Él aceptando el abrazo pero evitando su mirada.


- Llámame cuando llegues para saber que el viaje ha ido bien. Y luego quiero que me llames también todas las noches.


-Te lo prometo.


- Solo necesito saber que estás bien.


Esas fueron las últimas palabras antes de que ella subiera al vagón. Rafael se quedó hasta verla partir. Mientras, ella sentía que se le encogía el corazón a medida que su marido se iba haciendo más pequeño, hasta convertirse solo en un punto en el lejano andén. Esa imagen la persiguió igual que el reflejo del sol en el cristal del vagón. Solo durante un breve tiempo, cuando entra en un túnel, todo se oscurece, le entra una pequeña modorra y su mente puede descansar un poco, apenas unos instantes, antes de que de nuevo el faro solar se fije en ella y la aturda con su reflejo. De igual forma el pensamiento de su marido la ha perseguido. Para él fue el último suspiro antes de cerrar los ojos, agotada tras coger un taxi en Málaga que la llevó a Torremolinos, cenar y acostarse. Y también para él es el primer pensamiento de la mañana mientras desayuna. Anoche habló con Rafael. Le pareció aliviado al saber que ella estaba instalada y había llegado bien, y también que estaba cansada y se iba a acostar, como si el pensamiento de que iba a dormir sola le diera una noche más de paz. Pero ahora se fuerza a concentrarse en lo que ha venido a hacer. Está decidida aunque el camino sea doloroso y no sepa muy bien a dónde la puede llevar.


Se arregla el pelo y se maquilla levemente, no necesita mucho, ella es todavía joven y guapa. Elige un bikini moderno que se ha comprado para el viaje y que no ha enseñado a su marido. Se le pega al pubis y a las nalgas como si fueran unas bragas finas. La parte de arriba le realza el pecho. Sabe que va a llamar la atención incluso en un sitio tan moderno como aquel y tan abierto al turismo. Descartado ponerse algo así en la piscina del pueblo, sería un escándalo y más en una mujer casada. Por encima se echa una bata de playa de gasa transparente, simple pero que vestida por ella resulta elegante, se calza unas sandalias de cuero marrón y tras preparar su bolso baja a la piscina.


Atraviesa el hall y observa como varias miradas la siguen. Llama la atención incluso de hombres acompañados, para disgusto de sus parejas. Todavía no sabe qué ambiente hay en el hotel aunque observa que hay mucho extranjero. La mayoría para su decepción, acompañados. En la piscina igual. Más mujeres que hombres y aunque ella compite en igualdad de condiciones con las extranjeras y con algunas bellezas nacionales, no es de su agrado. No le parece que sea el mejor lugar para encontrar a alguien que cumpla sus propósitos, así que decide ir a la playa.


Allí deja que el sol caliente su piel que cubre con crema para protegerla. Descansa en una tumbona y se pide un refresco que le traen desde el chiringuito cercano. Se baña para sofocar el calor y vuelve a la sombra. No le apetece leer aunque lleva una revista en el bolso, se limita a dejar vagar la mirada alrededor. Más bañistas nacionales que extranjeros y la mayoría de los hombres gente del pueblo, con aspecto de desocupados que van a regalarse la vista y a probar suerte. No es lo que ella busca. Los dos o tres hombres interesantes que ha visto vuelven a estar acompañados.


Quizás se ha equivocado haciendo el viaje, piensa, aunque rápidamente se corrige. Solo es el primer día. En algún sitio deben estar los extranjeros que viajan solos o que hacen una escapada. Tiene que situarse, enterarse de donde está el ambiente y luego ir allí.


Las horas pasan perezosas pero también descansadas. El sonido del mar y el olor a sal la tranquiliza, la relaja. Se acerca al chiringuito a pagar la consumición antes de volver al hotel. En un lado de la barra, en torno a dos grandes jarras de cerveza ya casi vacías, dos hombres conversan animadamente en un idioma bárbaro que ella identifica como el alemán. Uno de ellos es alto, fuerte, rubio y con ojos azules. Mandíbula cuadrada, pelo muy corto y aspecto de militar. Es guapo. No lo piensa con deseo sino simplemente evaluando la mercancía. Los genes. Imaginándose el aspecto que tendría su hijo. Le parece sano y vigoroso.


Intenta cruzar alguna mirada con él sin éxito. El tipo parece enfrascado en la conversación y no presta atención a su alrededor.


- Estos empiezan a beber temprano - le comenta el camarero que se ha dado cuenta de su interés, pensando que lo que le llama la atención es que estén liquidando jarras de un litro a la hora del vermut - Sólo los ingleses les ganan a borrachos.


Lola paga la consumición y deja una buena propina que el camarero agradece con un silbido de sorpresa.


- Muchas gracias señora.


- ¿Cómo te llamas?


- Pablo.


- Oye Pablo ¿puedo hacerte una pregunta?


- Claro.


- ¿Dónde se reúnen aquí los turistas? Debe haber algún local nocturno. Preferiría que fuera un sitio con cierta clase.


El camarero asiente cómplice. Tiene mucha barra ya encima como para no captar las indirectas. Y el suficiente desparpajo como para atreverse a concretar, no vaya a ser que el tiro vaya errado.


- Disculpe que se lo pregunte pero ¿estamos hablando de negocio o de diversión?


- De diversión. Yo no me vendo.


- Lo siento no era mi intención ofender.


- Ya. No te preocupes. Solo quiero pasar un buen rato pero no quiero encontrarme en un sitio lleno de gente de mal vivir o de pelanas.


- Aquí tiene el Catamarán. Es un local de moda con música en vivo. No es nada barato y tampoco dejan entrar a cualquiera, allí encontrará a gente de nivel, mezcla de turismo extranjero y español. Pero todos con posibles. Luego está también el Airport. Le pusieron ese nombre porque lo suelen frecuentar los pilotos que aterrizan en el aeropuerto de Málaga. Es un sitio también con fama de exclusivo, ahí suele haber más turismo extranjero que español. Esos son los más significativos en estas fechas, aunque la verdad es que si se da una vuelta por el paseo marítimo pueden encontrar movimiento en muchas terrazas y locales. En verano abren más discotecas pero ahora no es temporada alta. Le recomiendo que evite los pubs irlandeses y las tabernas inglesas. Hay bastante ambiente pero son muy pesados y más con una mujer como usted.


- Gracias Pablo.


- Encantado de servirla.


Después de almorzar Lola se echa una siesta. Consigue dormir, todavía nota el cansancio. La tarde pasa entre café y sesión de peluquería. Cena temprano y dedica un buen tiempo a arreglarse en la habitación. Se pone uno de los trajes más atrevidos que lleva. Le hace bastante pecho y se le pega al talle estilizando su figura. Quizás un poco más corto sería mejor, pero ella confía en su elegancia natural y en su atractivo, no necesita enseñar mucho más para atraer a un hombre. Se maquilla bien y se envuelve en perfume que compite en olor con la laca de su peinado. Cuando está lista, una última mirada al espejo. Está impecable pero no le gusta el reflejo que le devuelven sus ojos.


- Vamos, ya está bien de titubeos - se dice a sí misma.


Rebusca en una cremallera espacial de su maleta y saca el sobre que le entregó Rafael. Cuenta varios billetes. Toma uno grande y un par de pequeños para el taxi de ida y de vuelta. Ha llamado a su marido después de cenar. La conversación ha sido breve y tensa.


- Estoy bien.


- Vas a salir esta noche.


- Si.


- Llámame a la hora que vuelvas para saber que has regresado al hotel.


- Mejor mañana por la mañana, igual llego tarde.


- Me da igual la hora, tú simplemente llama y di que estás bien.


- De acuerdo.


Lola baja al hall del hotel y en recepción solicita un taxi. Mientras espera se da cuenta que atrae las miradas de varios hombres. Alguno de ellos también le parece buen candidato pero decide evitar en la medida posible relacionarse con gente del mismo sitio donde está alojada. Cuanto menos sepan de ella mejor.


Cuando llega su taxi simplemente se sube y le indica “al Airport por favor”. Ha decidido probar suerte allí. Un lugar frecuentado por pilotos y extranjeros de paso breve por la ciudad, no le parece mal sitio para poner en práctica sus propósitos. Una vez más piensa en los genes. Su prioridad es un niño sano, inteligente ¿Y por qué no? si puede ser, guapo.


El taxista la deja en una zona algo apartada de la playa, en una elevación desde la que se ve el mar. Es un edificio alto y el local ocupa la planta baja, con una salida trasera a un pequeño jardín donde también tienen pequeños veladores. La luz de velas decorativas crea un ambiente íntimo que invita a la conversación sosegada más que a los gritos y al jaleo. Hay algo de cola para entrar pero el portero le hace una seña y le franquea el paso. Las señoritas solas pueden pasar libremente, le indica con un saludo de la cabeza. Ella le da las gracias y entra. Dentro hay música, suena Julio Iglesias. Es una banda en directo con un cantante que lo imita bastante bien.


Recorre el local antes de salir a la terraza. Cree que estará mejor allí. Hay más mujeres que hombres y su experiencia en garitos nocturnos le hace identificar al menos a dos de las que parecen buscar quien les arregle el mes. El ambiente es sofisticado y aunque todos parecen querer divertirse y muchos buscan lo mismo que en cualquier cabaret o taberna, hay cierto protocolo de educación. Eso sí, tiene la impresión de que al haber mayoría de extranjeros y ser gente de paso, la gente va al grano. No se trata tanto de ver y dejarse ver, de aparentar (al fin y al cabo es gente con la que posiblemente no te vuelvas a encontrar en tu vida), como de en realidad buscar un plan que te alegre la noche, que te sacuda la soledad, que te dé lo que no encuentras en casa, que satisfaga esos deseos urgentes que corren peligro de enquistarse en tu mente y en tu cuerpo. Sí, allí hay toda una fauna masculina que pese a la clase que se le supone al local y a la limitación de entrada, apenas pueden ocultar bajo un barniz de cierta elegancia y sofisticación el deseo urgente de fornicar, de copular, de cobrarse una pieza (si es posible de entre las más guapas del local), porque el sitio está lleno de mujeres que podrían hacerle sombra incluso a la mismísima Lola.


Observa con curiosidad y se da cuenta que hay de todo: mujeres entradas en años buscando una aventura, chicas más jóvenes buscando algo más que una aventura, otras mujeres con aspecto de damas bien que pueden engañar a los más incautos o poco prevenidos pero que, para el ojo inquisitorio de otra mujer versada además en la noche como ella, no pasan desapercibidas. Lola está convencida de que son prostitutas. No lo parecen porque no tienen ese aire de necesidad urgente que te empuja al oficio más viejo del mundo, nada que ver con una mujer de esquina o de casa de citas, maltratada por la vida y por la necesidad. Estas son de las que tienen una calculadora entre las piernas y de las que no se venden baratas. Son las que tienen un escáner en las pupilas y te hacen la radiografía rápidamente, decidiendo si vale la pena molestarse en sonreírte o más vale alejarte con una mueca de desdén.


Se pregunta si ella también es así. Si ese saber estar, si ese juego de la seducción que no suele poner en práctica pero que hoy tendrá que salir a reducir (aunque un poco oxidado ella sabe que lo hará funcionar perfectamente porque siempre se le ha dado bien atraer a los hombres), si ese ofrecer su cuerpo a cambio del pago de un hijo, no será también una forma de prostitución.


Le da igual: desecha el pensamiento porque todo lo hace por un bien superior, por un fin legítimo, todo lo que hace una madre por sus hijos está justificado. Es lo que le decía siempre la suya y ella lo cree a pie juntillas: no hay nada más poderoso que el amor de una madre salvo quizás el deseo mismo de ser madre. No se echará atrás, ese objetivo es lo único que le importa. Así que pone en marcha su propio escáner y empieza a analizar los hombres que hay en el local. Salta nerviosa de uno a otro sin acabar de decidirse. También rechaza un par de acercamientos, tipos a los que no les ha pasado desapercibida su presencia y que quieren ser los primeros en probar suerte. Los aleja sin ni siquiera pararse a valorar si convienen a sus intereses o no, solamente porque se encuentra inquieta y necesita tiempo. Intenta poner en marcha sus trucos, su experiencia adquirida en tantas horas detrás de una barra o encima de un escenario para atraer a los hombres, pero se encuentra extrañamente rígida. Esta noche parece que no le funciona nada. Así que deja pasar largos minutos que se convierten casi en una hora, sin acabar de decidirse y también sin permitir que nadie se le acerque.


En un momento dado, al final del local cree ver un rostro conocido que llama su atención. Es el alemán que ha visto esta mañana en el chiringuito. Sus miradas se cruzan y él le sonríe. También la ha reconocido. Va con un traje sport que le sienta muy bien, definiendo la musculatura que ella ya conoce por haberlo visto en bañador y en camiseta. De nuevo le parece guapo.


De repente se ve impelida a salir de allí. Un pequeño ataque de pánico hace que se le encoja el estómago ¡Qué vas a hacer Lola! le grita lo que queda de su conciencia, al menos lo que queda de su conciencia en lo que se refiere al tema que se trae entre manos ¿o debería decir entre piernas?


Se incorpora pero contiene el gesto. En vez de salir disparada hacia la puerta lo que hace es quedarse muy fija mirando al extranjero. Consigue esbozar una sonrisa algo forzada que el tipo le devuelve. Lola se vuelve a sentar y enciende un nuevo cigarrillo con parsimonia. Quizás a esa distancia el alemán no perciba el ligero temblor de sus dedos ni de sus labios. Se concentra en dar la primera calada y en exhalar el humo despacio, dejando que sus pulmones se vacíen, serenándose, conteniendo su pulso desbocado.


Nota una presencia a su lado y comprueba que, aunque más confuso de lo que ella hubiera querido, el mensaje ha llegado su destinatario. Él hace un gesto como queriendo invitarla a llenar la copa que tiene vacía y ella afirma con calculada indolencia. Después toma asiento a su lado y se presenta, primero en alemán, luego intenta hablar en inglés. Lola solo conoce lo básico de haber tratado con turistas en la noche madrileña.


Dice llamarse Hellermann. No le queda claro si es su nombre o apellido ¿Qué más dará? cuanto menos sepa mejor. Pasan un rato intentando comunicarse, lo que le sirve para templar los nervios. Los intentos de hacerse entender resultan patéticos pero divertidos, en cualquier otra situación habrían hecho sonreír a Lola. Finalmente decide que ya está bien y corta con todo aquello.


- ¿Hotel? - le pregunta.


El otro parece sorprendido de lo rápido y de fácil que ha resultado. Asiente indicando que su hotel está cerca. Quince minutos después un taxi los deja en la puerta del alojamiento. Un hotel de cuatro estrellas en primera línea de playa. Sea quien sea y se dedique a lo que se dedique, que ni se lo ha preguntado ni le interesa, el tipo no parece un cualquiera.


Todo transcurre muy deprisa, casi en un suspiro, antes de que se quiera dar cuenta está en la habitación, sentada en la terraza con él mientras esperan que les traigan una botella de champán. La botella llega casi enseguida, gracias seguramente a una generosa propina. Ella mira hacia el mar oscuro mientras toma la primera copa. Luego se fija en los ojos azules del tipo. Ojalá su hijo tuviera unos ojos como esos, piensa. Son bonitos aunque fríos. Permanecen impasibles, helados, ajenos a la excitación que recorre al hombre que la está desnudando con la mirada, ahora ya descaradamente. Toma un segundo trago y obtiene la fuerza necesaria para hacer lo que ha venido a hacer. Quizás deberá apurar la botella antes, adormecerse para que todo aquello se resuelva como un sueño, como si estuviera en una nube, como si pudiera salir de su cuerpo y observar desde fuera el acto mecánico de la copula, algo así como si se estuviera lavando las manos o peinándose, algo útil, necesario, aunque desprovisto de emoción. Pero no, prefiere conservar la cabeza en su sitio. No sabe lo que puede pasar y está a solas con un extranjero. Se dirige hacia la cama. Poco a poco se va quitando la ropa, dejándola bien colocada en un sofá de cortesía. No tarda mucho en quedar en bragas y sujetador, una bonita combinación que se ha comprado especialmente para la ocasión. Casi toda la ropa interior que lleva es nueva. No la volverá a usar nunca y menos aún con su marido. Como si estuviera corrompida, como si hubiera algún tipo de radioactividad que pudiera contaminar su matrimonio, todo lo inadecuado, todo lo sucio debe quedar atrás cuando tome de nuevo el tren para Madrid. Lo que no quiere decir que no haya elegido con gusto un conjunto que realza su pecho, y lencería negra que le marca el pubis y el culo con cierta elegancia pero con no poca provocación. Desea un amante excitado que le ponga toda la fuerza y el interés a lo que ella busca. El conjunto se complementa con un liguero negro y unas medias también a juego. Es demasiado para el extranjero que ahora sí comienza a desnudarse sin gracia, tirando la ropa al suelo. Ella se fija en su cuerpo atlético, en sus brazos y muslos macizos, en sus bíceps, en su miembro (de tamaño normal) que cabecea erecto.


Busca patrones genéticos que su hijo pueda heredar. Se plantea si le gustaría tener un hijo con ese cuerpo. Él malinterpreta su mirada y sonríe satisfecho, pensando que la ha impresionado. Se acerca a ella con pasos pesados, conformando un mazacote de músculos huesos y deseo urgente. No hay preliminares y Lola tampoco los desea, solo quiere acabar rápido.


Consigue abstraerse, mira hacia el techo intentando evadirse de lo que sucede de su cintura para abajo, pero el roce y el empuje del miembro entre sus piernas la espabila. Se obliga a mirarse a sí misma, sus pechos fuera del sostén, el liguero y las medias continúan en su sitio reforzando el carácter apetitoso de sus carnes. Las bragas han desaparecido. No recuerda en qué momento el alemán se las ha sacado. O quizás ha sido ella. No lo sabe: qué más da. El triángulo de su vello púbico destaca junto a la piel barbilampiña del extranjero. Un mazacote de músculos y piel tensa que se abate contra ella intentando embestirla. Presenta dificultad porque no está excitada. Su pene e intenta abrirse paso y le provoca escozor y un poco de daño. Por fin reacciona, le echa las manos al cuello y lo dirige hacia un lado obligándolo a descabalgarla. Con suavidad pero con firmeza controla aquel potro desbocado. Se levanta y busca en su bolso un pequeño bote. Es lubricante que ha comprado en la farmacia. Del mejor, del más caro. No huele a nada y es translúcido pero nota como refresca sus labios rosados y el interior de su vagina a la vez que la lubrica. Se lo introduce con un dedo, lo saca mojado, lo vuelve a meter y comprueba que se desliza sin ninguna dificultad. Entonces vuelve a la cama y es ella la que se sube encima del alemán. Busca el contacto, recorre con sus labios vaginales el pene del hombre. Por si acaso se echa un poco más en la mano y, apartándose un poco, lo masturba hasta dejar el falo totalmente resbaladizo. Luego, despacio y con cuidado se la va introduciendo hasta que llega al fondo. Con movimientos lentos pero prolongados va moviendo su vientre y sus caderas, iniciando un mete y saca parsimonioso, demasiado lento para el hombre que la aferra por los muslos e intenta acelerar el ritmo. Ella permite que desde abajo la empuje una y otra vez, ahora ya sin sentir dolor ni escozor, solo un leve cosquilleo muy alejado de lo que debería ser el placer que antecede al orgasmo. Siente cierto vértigo pero se niega a ser consciente de lo que está haciendo. Ya lo pensará luego con tranquilidad en su habitación, alejada de ese pene que busca el fondo de su vagina, apartada del olor a semen, del sudor, del lubricante resbaladizo. Ya lo pensará cuando pueda armarse de paciencia y rodearse de razones para no sentirse una fulana, una puta. No, no es así como se debe sentir, sino como una madre que crea una familia y que la cuida.


Esos pensamientos desaparecen de golpe cuando nota como el alemán se derrama dentro de ella. Presiona fuerte, la agarra de las nalgas, nota el líquido caliente en su interior llenando su vagina que resbala y que con la presión del pene rebosa saliéndosele. Ahora sí, siente una extraña excitación, una inquietud que la recorre. Ahora nota como el vello se le pone de punta y como los pezones se le endurecen. No lo quiere atribuir a otra cosa que no sea la misión cumplida. Aguanta un poco y luego se sale de él. Echándose en la cama, levanta un poco las rodillas y el culo y luego se queda tumbada boca arriba.


El alemán hace un tímido intento de acariciarla al que ella no responde. Sigue mirando al techo, intentando evadirse de aquel momento. Está bien, o al menos eso cree. Después de todo no ha sido algo tan desagradable como esperaba, pero desea irse. Sólo la corrección y la prudencia le aconsejan permanecer un rato más, mientras el otro se levanta y va al servicio y luego vuelve con dos copas. Ella toma la que le ofrece. La necesita. La apura de un sorbo y se vuelve de lado. Los muslos juntos, intentando retener el semen dentro todo el tiempo posible. No sabe cuántos minutos han pasado pero una mano se desliza por su cadera, acaricia sus glúteos, los separa, se entretiene en sus muslos, corretea hacia adelante recorriendo su vientre y se dirige a su sexo. Nota el miembro duro que se pega a ella resbalando por su culo. Los dedos, gruesos y carnosos, tocan su coño mientras la verga intenta penetrarla desde atrás.


Otra vez está dispuesto.


Ella se deja hacer. Lo nota presionar entre sus nalgas, meterse entre sus muslos y abrirse paso desde atrás para introducirse de nuevo en su vagina. Esta vez entra fácil. Su vagina todavía está dilatada y muy lubricada por la crema y por el semen. Nota como empuja hasta el fondo, no le duele ni le molesta, ni siquiera cuando el otro se aferra a su cintura y empieza a golpear cada vez más fuerte. Lola permanece tumbada de lado, dejándose hacer, intentando abstraerse. El vientre del hombre y su pubis rebotan fuerte contra su culo, de nuevo encendido, igual que un animal en celo. Esta vez tarda más, supone que porque ya ha descargado y puede controlarse mejor. Al final ella empieza a sentir que su cuerpo reacciona. Su monte de Venus se hincha y nota un hormigueo que recorre su rajita. No, no es nada parecido a un orgasmo, ni cree que pueda llegar a él, para eso su mente y su cuerpo deberían estar en sintonía y ahora están disociados. Simplemente es la reacción a una estimulación y reacciona como lo haría cualquier animal que no percibiera aquello como un peligro o una agresión. La sensación llega a ser incluso placentera durante unos minutos, no más de dos o tres, aunque ella en el fondo lo que está deseando es que el tipo acabe.


De nuevo el otro se vacía dentro aferrado a su cadera, el aliento en su cuello, empujando y gimiendo como si fuera un gorila. Esta vez, ella no nota la corrida como la vez anterior, no siente el semen caliente y espeso brotar. Quizás porque se ha corrido menos; quizás porque está tan lubricada y dilatada que el empuje no es el mismo; quizás por la postura. Solo lo nota cuando finalmente la saca y oye como una ventosidad, como si su coño se hubiera tirado un pedo. Se lleva la mano al pubis y la retira otra vez llena de la sustancia pegajosa. Se mantiene en esa postura sin darse la vuelta, sin mirarlo, sin hablar, sin intentar comunicarse, quizás cuatro o cinco minutos hasta que se relaja. Entonces se levanta y va al cuarto de baño. Se asea por fuera aunque renuncia a lavarse el sexo en el bidé. Retira las medias arañadas y rotas en algunos puntos. Con una toallita mojada recorre la cara interna de sus muslos, sus nalgas, sus pechos, su cara, quitándose el maquillaje. Al moverse nota que le vuelve a salir semen de la vagina. Se coloca las bragas y cuando sale se echa el vestido por encima. No se molesta demasiado en arreglarse, no se vuelve a maquillar y el sujetador va a su bolso junto con el bote de lubricante.


El alemán la mira desde la cama. Es un animal satisfecho y se regodea en la visión de la pieza que se ha cobrado. Ella simplemente le dice adiós. Entonces él mira hacia la mesita de noche. Allí encima está su reloj y su cartera. Le hace un gesto. El tipo no tiene nada claro qué ha sido aquello, pero le indica que está contento y que está dispuesto a pagar si de eso se trata. Lola niega con la cabeza: no le cogería ni un millón que le pusiera en la mano. Lo que busca es otra cosa y si cobrara, sí que se sentiría sucia. Llega hasta la puerta. El tipo insiste, hace un gesto con la cartera en la mano.


- ¿Taxi? - pregunta ofreciéndose a pagarle por lo menos el desplazamiento.


Lola vuelve a negar y se marcha sin volver la vista atrás, sin fijarse en el número de habitación, sin querer saber nada de aquello. A partir de entonces vuelven a ser dos perfectos desconocidos.
 
Deseando estoy ya de saber que conexión va a haber entre Miguel y Lola, porque parece claro que algo hay y no me va a sorprender que acaben juntos.
 
Lola amanece oyendo las olas romper a través de la ventana abierta del hotel. Cuando hizo la reserva pidió que la habitación tuviera vistas a la playa. Quería ver el mar, esa fue la única exigencia que puso al reservar. La cama es cómoda, la habitación luminosa y los ruidos que llegan son alegres: gente chapoteando en la piscina, el mar rompiendo suavemente en la playa, ruidos de pájaros marinos, gente hablando en las terrazas, sin prisa, como corresponde para aquellos que se pueden permitir unas vacaciones en temporada baja en un hotel de lujo. Gente acostumbrada a descansar cuando le viene bien, cuando lo desean, gente que puede dejar de trabajar cuando quiera o simplemente no trabajar. Gente de paso, haciendo negocios, que se alojan en el mejor sitio posible. Es otro tono, otras risas, es otra vida: la vida alegre y despreocupada de los que lo tienen todo.

Ella podría incluirse en ese mundo solo que se siente más pobre que la más pobre de sus empleadas. Falta lo principal, lo que de verdad te hace feliz: necesita un hijo ¿Lo habrá conseguido? piensa mientras se ducha.

Ahora sí, se limpia bien por dentro, separando las piernas y enjabonándose, dirigiendo el chorro a la entrada de su sexo. Tiene un poco de resaca. Pide que le suban el desayuno a la habitación: croissant, café con leche, zumo de naranja, algo de fruta… no se molesta en quitarse el albornoz y vestirse. Toma asiento en la terraza y observa el mar mientras se fuma el primer cigarro. Si todo va bien no volverá a encender otro hasta después de comer. Quiere intentar dejarlo aunque fuma poco. Cuando se quede encinta no será bueno para el niño.

Revisa los acontecimientos de la noche antes de preparar su estrategia para hoy.

Ha decidido no volver al Airport. Al menos esta noche. Supone que es posible que el alemán vaya a buscarla. Ayer, tras el brillo de lujuria en sus ojos advirtió un destello de interés cuando ella rechazó del dinero. Como mínimo estará intrigado y seguramente querrá volver a verla. Es consciente de su belleza y de que un regalo así no se encuentra todos los días. Así que hoy cambiará y se irá al Catamarán, el otro bar que le recomendaron. Si vuelve al Airport lo hará dentro de un par de días, poniendo distancia por medio, como para indicar que no está interesada en repetir. Si se encuentra al alemán deberá entender el mensaje y si no, será más fácil hacérselo comprender que si se presenta de nuevo esta noche allí. No desea repetir con él. Había algo glacial en su forma de mirarla, no sabe si el reflejo de algo más oscuro en su interior o por contrario el reflejo de una maldad propia. Quizás esos ojos gélidos lo único que hacían era reflejar el asco de la propia Lola como un espejo. Hasta ahora ha ocultado muy bien esos sentimientos. Se dice que en todo caso está justificado y no se considera una mala persona ni una mala esposa, pero esos ojos azules en los que ayer se vio reflejada, le recuerdan que sus actos tienen consecuencias y que por mucho que el deseo de ser madre supere a cualquier otro instinto, sus acciones causan daño. A su marido, a sí misma y en un futuro quizás también a su hijo, si llega a enterarse de lo que tuvo que hacer para conseguir concebirlo.

Suena un timbre. Ha llegado el desayuno que oportunamente interrumpe sus sombríos pensamientos. El zumo de naranja disuelve un poco la resaca y cae bien en el estómago. Acompaña con un croissant con mantequilla y mermelada. Se siente mejor. Dedicará la mañana a la playa y a la piscina, se echará una siesta después del almuerzo y luego, por la tarde, se arreglará para salir. Hoy irá más temprano de cacería.

Todavía le queda un recuerdo amargo. Ese no puede reprimirlo ni justificarlo. No le sale. Fue la llamada que hizo anoche a Rafael cuando volvió.

Todo está bien” le dijo. Simplemente eso. Él contestó “de acuerdo” y colgó. No intercambiaron más palabras. Ese “todo está bien” ya no era el “hoy me quedaré en el hotel porque estoy cansada”, ni el “he salido pero no he sido capaz de hacerlo”, ni el “no encontré a nadie con quién quisiera tener un hijo” que a él hubiera podido hacerle conciliar el sueño. “Todo está bien” significaba que Lola había consumado su plan, que esa era la primera de muchas noches en las que su mujer habría tenido sexo con otro hombre. Sólo significaba que había vuelto sana y salva (que no es poco), pero quizás no pudiera decir lo mismo de su matrimonio.

La parte positiva de todo esto, piensa tratando de animarse, es que ha sido capaz de hacerlo. El alemán no ha sido plato de su gusto, pero ¿qué hombre que no sea su marido lo va a ser? Duda que consiguiera disfrutar pero es que no se trata de eso, ella no quiere pasarlo bien, ella ha venido a engendrar un hijo y anoche se demostró capaz de manejar la situación. Eso le da ánimos para enfrentar una nueva noche que no deja de ser una nueva oportunidad. Ese pensamiento le da fuerzas y consigue animarse lo suficiente para ponerse un bikini y bajar a la playa.

El día transcurre perezoso mientras ella olvida la resaca y su cuerpo va descansando, dorándose al sol de mayo de Málaga y amortizando horas perdidas de sueño en la siesta que se echa después de Comer. Agradece no recordar las visiones mientras sestea, solo sabe que se levanta descansada y decidida. Da un paseo por el paseo marítimo antes de cenar en el que intercambia miradas con varios hombres. A pesar de que no se ha vestido ni elegante ni provocativa, sabe que, como siempre, atrae la atención. Pero no le parece el lugar ni el momento, ni tampoco encuentra un candidato que la motive lo suficiente, de manera que esquiva cualquier intento de abordarla. Cena ligero y luego sube a darse un baño caliente de espuma. Cuando llega la hora adecuada se arregla para salir. Con cuidado, maquillándose, peinándose, dándose brillos y vistiéndose para la ocasión. Esta vez elige un traje largo que deja al aire su espalda y sus hombros, con un escote palabra de honor. No es tan sugerente como el del día anterior pero hoy va a jugar la baza de la elegancia. Es consciente que vive en una sociedad donde todavía hay mucho machismo, le ha tocado lidiar muchas veces con él en los locales donde ha trabajado, incluso creyó reconocerlo ayer en la mirada del extranjero. Sabe que debe disfrazarse de presa para atraer a los hombres, pero espera con un poco de suerte atraer a alguien más educado. Eso le haría más fácil las cosas.

El Catamarán resulta ser un sitio algo más formal que el Airport. Hay una zona donde sirven cenas y una banda ameniza la noche con un cantante de rancheras al frente. Muchas parejas y pocas mujeres solas. No parece que sea un sitio donde ir a buscar plan, sino más bien donde ir a ver y dejarse ver con tu pareja, sea esta formal o no. El ambiente es un poco más recargado y snob y, que ella sea de las pocas mujeres que pululan por allí solas, no parece facilitarle las cosas. Aunque llama la atención, ningún hombre se le acerca. Además, en aquel sitio pareciera fuera de lugar que tomara ella la iniciativa. Decide limitarse a observar y a ver qué pasa. Mientras, va catalogando al personal masculino. No acaba de decidirse, parece desganada después de su primera experiencia con el alemán. Se fija en un hombre, es el que más le gusta de los que hay: alto, moreno, elegante, con patillas gruesas y pelo recio que le llega casi hasta los hombros. Es guapo, fuerte y tiene mirada lúcida y penetrante. Lo supone inteligente. El único problema es que va acompañado. Una chica delgada, guapa y menuda. Lola advierte que va embarazada de varios meses. Siente una punzada de celos. Es lo único que tiene que envidiar a aquella chica. Ella tiene un matrimonio, todo lo que necesita para vivir y más, un marido atento y enamorado, pero le falta ese hijo creciendo en sus entrañas.

Desconecta de todo lo demás, deja de buscar candidatos y se mantiene interesada, fijando la atención en la pareja, en los detalles, en sus anillos de casados, en su relación que adivina formal más que apasionada. Él parece un poco hastiado. Como si la nueva situación de su esposa le hubiera robado a la amante para devolverle una madre. Parece ser consciente de que las prioridades van cambiando y ya no es él el centro de atención, que su chica piensa ya más en lo que va a venir que en él. Adivina alguna mirada de lujuria al ver pasar a otras mujeres.

Buena estudiante de las relaciones masculinas, graduada en la universidad de los bares de copas que ha servido, supone carencia de atención y de sexo en su relación. El niño que todos los hombres llevan dentro, que rabia porque ha dejado de ser el objeto de cuidado de su pareja y ahora es ella la que reclama todos los cuidados y la comprensión. Si en condiciones normales un hombre ya es un ser primario al que le cuesta trabajo anticiparse o adivinar las necesidades de su cónyuge, sus estados de ánimo y sus cambios de humor, con una mujer embarazada es casi imposible que ellos acierten. Por un momento empatiza con la chica menuda, con esa barriga desproporcionada, poniéndose en su lugar.

Ella no parece contenta. No le basta el detalle de que su marido la lleve a un sitio exclusivo a cenar, debe estar ya acostumbrada seguramente y para ella sea algo normal. Cuando su hijo haga acto de presencia todo cambiará, porque el padre se mostrará alegre y contento de su descendencia y entonces sí reconocerá su esfuerzo como madre, las incomodidades y el dolor soportado. Y ella tendrá en brazos a su vástago y eso será suficiente para compensarlo todo. Será una etapa dulce porque tendrán a la vista y entre sus brazos el premio de sus desvelos. Pero ahora todo eso aún no se ve. Solo pueden ver la parte negativa: la falta de sexo al estar ella tan avanzada, los vómitos, el cansancio y los pies hinchados, las malas noches, el estado permanente de somnolencia...

Una voz la saca de sus pensamientos y sus teorías. Un hombre se dirige a ella. Una pregunta de situación, intrascendente, solo para romper el hielo. Lola lo valora durante unos segundos antes de contestar. Es apuesto, no tiene mal tipo, viste correctamente y parece educado. Esto último la decide. Esa noche parece menos decidida y el lugar menos propenso para conseguir sus propósitos, así que ¿por qué no probar con este? Esboza una sonrisa y le contesta también de forma educada, manteniendo las distancias hasta que esté segura.

El hombre dice llamarse Julián, empresario de visita en Málaga. Le pregunta si no es indiscreción, si ella también se encuentra allí sola. Lola afirma:

- Solo estoy de vacaciones.

Tiene el buen gusto de no preguntarle si está casada. Tampoco aclara cuál es su situación personal. No hay rastro de anillo en sus dedos. Ella tiene la impresión de que se lo ha quitado, el dedo anular presenta una leve marca. No importa, casi mejor así. Mantiene la conversación dentro de unos márgenes de educación que él respeta. Se hace un poco la difícil y Julián se trabaja la cita, sin prisa, aceptando sus condiciones, sin mostrar aburrimiento ni prisa. Parece embelesado con ella. Suficiente para Lola que ya ha tomado la decisión. Cuando Julián parecía decidido a emprender un largo y costoso asedio, se encuentra con que ella de repente le abre la puerta de la fortaleza y le franquea el paso libremente, sin dejar muertos en el camino, sin condiciones, sin establecer costosas alianzas.

- Llévame a tu hotel.

Él se queda perplejo. Afirma pero no se mueve del sitio, como si le costara asimilar lo que conllevan sus palabras.

- ¿No quieres?

- Pues sí, por supuesto. No me alojo en Torremolinos, estoy en Málaga. Quizá podamos ir al tuyo si está más cerca…

- No. Viajo con mis padres. No me importa ir a Málaga.

Él ya no pone más pegas y ahora sí le entra la urgencia. Como si aquella maravillosa oportunidad se pudiera desvanecer si no se da prisa.

Ha ido en su propio coche y ahí es donde la invita a montar para trasladarse a Málaga capital. Apenas veinte minutos hasta la puerta de su hotel. Antes de subir a la habitación, Lola mira la hora.

- Un momento: tengo que hacer una llamada a mis padres para que se queden tranquilos. Voy a decirles que volveré tarde.

- De acuerdo. Puedes hacerlo desde recepción. Diles que carguen la llamada a mi habitación.

Él mantiene la distancia dejándole la intimidad suficiente, como si sospechara que la llamada tiene otro destinatario. O quizás quiera ahorrarle la incomodidad de verla mentir a sus padres. A más de seiscientos kilómetros reconoce la voz de Rafael y se le hace un pequeño nudo en el estómago.

- Todo ha ido bien - le miente. Prefiere no decirle que todo empieza ahora.

- De acuerdo - contesta Rafael.

- ¿Tú estás bien?

- Estaré mejor cuando estás de vuelta en casa.

- Pronto cariño, pronto…

Esa respuesta la reconforta. Teme que su marido no sea capaz de soportarlo. No sabe que es peor, si cada llamada que le hace confirmando que ha copulado con otro, o la incertidumbre de no decirle nada. Quizás fuera preferible no volver a hablar hasta su vuelta, pero es la única condición que le ha puesto su marido, que la llame cada día y que le confirme que está bien, de modo que no va a romper esa regla pase lo que pase.

Suben a la habitación. También él tiene el detalle de pedir champán. Esta vez Lola solo toma una copa, no quiere una nueva resaca al día siguiente. Luego, repite el ritual del día anterior desvistiéndose y quedándose en ropa interior. Observa la erección del hombre como lo haría un médico valorando su potencial. Esta vez es ella misma la que le tiene que quitar los calzoncillos, él no parece decidirse. Se deja las medias y el liguero y se saca el sujetador y las bragas, montando a Julián tras lubricarse con el gel.

En el primer asalto ella lleva la iniciativa hasta que consigue que se vacíe en su interior. Lo hace sensualmente, excitándolo para que se corra lo antes posible, pero no deja de ser algo mecánico en lo que ella no se involucra. Su mente se apaga. No siente molestias, ni dolor, ni asco. Consigue evadirse y Julián se lo pone fácil. Es mejor que el alemán. El otro era más fuerte, más alto, pero Julián, aunque menos musculoso y delgado, se porta bien. No la mira como la miraba el otro. Tiene mucho cuidado con ella, mucho tacto. Reconoce en él un hombre casado que sabe cómo tratar a una mujer. Por eso no se conforma con el primer polvo. Se mantiene a su lado toda la noche, dispuesta cada vez que él recupera la erección. Se limita abrirse de piernas y a soportar su peso mientras el tipo se desahoga cada vez. Parece preocupado por ella, de modo que en el último polvo finge llegar al orgasmo. Eso es ya muy de madrugada cuando por fin se quedan los dos dormidos.

Con los primeros rayos de sol, Lola se despierta con unos dedos acariciando su cuerpo. Todavía entre sueños se siente excitada, su cuerpo reacciona a las caricias libre de las barreras de su mente, sin que los sentimientos estorben el placer. Cuando es consciente de dónde está y de la presencia masculina extraña, se queda un poco rígida pero nuevamente se impone el deber de cumplir su misión y se deja hacer. Está boca abajo y Julián le acaricia las nalgas. Sus dedos se deslizan entre sus muslos, le tocan el sexo… ella separa las piernas y lo deja jugar. Luego se monta y la penetra boca abajo. Todavía está mojada. No sabe a qué hora follaron por última vez, pero sigue húmeda de semen y restos de lubricante. Él está muy excitado, a pesar de lo cual no es brusco. Se vacía con un quejido de placer, aplastándola con su peso, aplanando sus nalgas y exhalando aire caliente en su cuello.

Lola remolonea un rato más en la cama, como si quisiera seguir durmiendo, aunque en realidad desea irse ya. Procura no moverse y mantener el esperma en su interior. Julián ronronea como un gato satisfecho a su lado. Para ella la situación se hace ya insostenible. No desea estar en el lecho ajeno más que el tiempo imprescindible y su amante parece que ya lo ha dado todo. Con esa última descarga se da por satisfecha, así que se levanta y se va al aseo. Toma una ducha superficial evitando el interior de la vagina. Se aseará más íntimamente en su hotel. Observa su cuerpo. Las rojeces sobre su piel clara, algún arañazo y un pequeño cardenal serían las señales de la vergüenza, si lo que hace lo hiciera por placer.

Ojalá ninguno de estos tipos le pegue ninguna enfermedad. Ojalá cuando vuelva a casa ninguna señal evidencie lo sucedido porque sería como un recordatorio para Rafael, recordatorio innecesario y doloroso del motivo de su viaje. Cuando vuelva se empleará con todo su ser para aplicar bálsamo en las heridas de su marido. Y rezará para que haya conseguido concebir y no tener que repetir esto más veces.

Julián entra y la mira con ojos alegres. Se recrea en su conquista desnuda, como si no creyera haber tenido la suerte de llevarse una mujer así a la cama. “Está ocupado” dice ella dejándolo asombrado por ese súbito arrebato de pudor. No lo entiende muy bien, pero cortés, cierra otra vez la puerta y la deja a solas. Cuando sale lo hace ya vestida, indicando que fuera lo que fuera lo que ha pasado entre ambos, el tiempo del sexo ha terminado.

- Debo irme.

- Yo te llevo.

- No. Tomaré un taxi.

- No es ninguna molestia. Te dejaré en tu hotel, no tengo prisa.

- No quiero que me vean llegar con nadie.

El consiente, no quiere molestarla insistiendo.

- Déjame al menos invitarte a desayunar.

- De acuerdo, pero vamos ya.

Quince minutos después ambos comparten un buen desayuno en una céntrica cafetería de Málaga. Julián está hablador. Evita el tema personal. No da datos suyos y teme preguntar a Lola. Se contiene. Cuando ella se levanta para tomar el taxi que él le ha detenido, la ayuda a subir galante. Antes de irse le pregunta (más que pregunta es una súplica lo que le mandan sus ojos), si puede volver a verla esta noche.

- No lo sé - responde ella y está en lo cierto. No sabe si desea repetir con Julián o, como se había propuesto, buscar un hombre diferente cada noche. Cuantas más noches pasa con el mismo hombre, más posibilidades hay de descubrirse o de que el tipo se quede enganchado por ella y de problemas.

Por otro lado, Julián se ha portado bien. No se ha mostrado tan impetuoso y animal como el alemán. Ella ha conseguido sus propósitos sin sentirse forzada o dañada. Es una apuesta segura frente a la incertidumbre de encamarse con un nuevo hombre que no sabe qué sorpresas desagradables le puede deparar.

- Quizás vaya otra vez al Catamarán. No te lo puedo prometer.

- Allí estaré yo de todas formas.

Lola llega al hotel media hora después y tras haberse duchado de nuevo y limpiado esta vez minuciosamente, se introduce entre las sábanas de lino con la persiana totalmente bajada y tapones en los oídos. Un sueño pesado y oscuro la envuelve. Ella se deja ir hacia la inconsciencia, sabedora que es el mejor estado en el que se pueda encontrar tras haber vuelto a perpetrar una infidelidad consentida.

Al mediodía no le apetece almorzar en el bar. Se ha levantado tarde y decide irse a la playa. Se toma un vino frío y un pescado a la plancha que le sirve su amigo Pablo. Es el tercer día que va y han establecido una buena conexión.

- ¿Qué tal le fue en los locales que le recomendé? - se atreve a preguntar un poco descarado, pero con sincero interés.

- Bien. El Airport es más divertido.

- Espero que disfrutara.

- Lo hice - miente ella trasponiendo deseo ante consecución de objetivos. Es su forma de decir que ha conseguido lo que quería, que en este caso no era placer.

El camarero no se atreve a ir más allá. No tiene claro si esa mujer alterna por interés o simplemente por diversión. Pero sabe que indagar por sus motivos sería cruzar la raya así que se contiene. No obstante, intuye que sea lo que sea lo que está buscando, todavía no lo ha encontrado. Y más, cuando ella afirma que volverá al Catamarán esa noche, pero lo hace con poca ilusión y más bien mala cara.

- Hay otros bares, ya le dije, pero esos son los mejores. En los otros puede encontrarse de todo mezclado. Hay gente digamos… interesante, pero también están frecuentados por policía y gente de mal vivir.

- Vaya mezcla más curiosa ¿no?

- Es lo que tiene cuando un antro se pone de moda.

Ella ríe por lo bajo. Demasiado bien lo sabe de sus años más jóvenes, cuando intentaba ganarse la vida.

- También hay determinadas fiestas que hace gente importante. Se dice que son muy sofisticadas y que va lo mejorcito de la zona, y también gente que viene de todos los puntos de España especialmente para divertirse. No es fácil que te inviten, pero no sé si son muy recomendables para una señora como usted.

- De momento prefiero algo de tranquilidad. Tampoco voy a estar muchos más días. Cuando acabe la semana me voy. Pero gracias por informarme y también por asegurarte que el pescado estuviera bien hecho.

- Para usted lo mejor, señora.

- Llámame Lola.

- Hay aquí muchas mujeres a las que tengo que llamar señoras y que no lo merecen. Así que permítame que la trate a usted de lo que es.

Ella sonríe agradecida y le deja una buena propina antes de volver al hotel. Ya ha decidido que va a repetir con Julián. Prefiere apostar sobre seguro. Le va a regalar de nuevo su cuerpo esa noche y espera que él no estropee esa nueva oportunidad de disfrutarlo, haciendo ninguna propuesta extraña ni metiendo la pata. Ha visto como la miraba al despedirse y no desea un tipo enamorado a su lado.

Así pasan dos noches en las consuma sus intenciones copulando varias veces. Ella abstraída, intentando no sentir, intentando que no se despierte ninguna emoción positiva, ni tampoco el deseo, para no sentirse culpable o al menos no más de lo que ya se siente, para poder mirar a su marido a los ojos cuando vuelva y decirle que solo ha sido algo mecánico, algo físico para engendrar y nada más (y nada menos). Cualquier intento de Julián de intimar más allá de lo físico ha sido cortado por ella. Afortunadamente no ha tenido que ponerse brusca ni insistir, el hombre se ha dejado llevar mansamente. Ante la perspectiva de enfadarla y perderla, ha reculado cada vez que ella ha cortado en seco una conversación más profunda, un deseo de saber, de conocer, de expresar algún sentimiento. Esta mañana se han despedido porque él tiene que volver. Dice ser de Sevilla. Lola lo había adivinado por el acento y por algún comentario realizado. Él ha jugado a adivinar de dónde viene ella, pero Lola no le ha dado pistas y ha cortado en seco cualquier intento de saber de su vida, de su condición o de su estado civil.

Julián ha intentado obtener una promesa de volver a verse, da igual el sitio o las circunstancias, está dispuesto a ir a buscarla donde sea. Ella ha negado y ha dicho que mejor así. Lo ha intentado hasta el último momento, deslizándole un papel con un número de teléfono.

- Es de mi trabajo, puedes preguntar por mí. Si no estoy deja un mensaje y te devuelvo la llamada.

Ella acepta el papel, pero solo para que la deje tranquila. Lo rompe y lo tira una vez en su habitación. Es su último mediodía en la playa. Lola apura los rayos de sol en la hamaca a pie de chiringuito.

- Se le ve mala cara, señora ¿Quiere un poquito de agua con hielo y limón? viene bien para la resaca.

- No Pablo, gracias, ponme mejor un combinado de esos que sabes hacer tan bien. Ya tendré tiempo de tomar agua cuando vuelva a casa.

- ¿Se marcha pronto?

- Hoy es mi último día de playa. Mañana cogeré mis maletas y volveré para Madrid.

- ¿Se acabaron las vacaciones? Es una lástima.

- No creas, estoy deseando volver a casa.

- Pues si decide volver por aquí estaré esperándola. Me quedan muchos años de barra y arena.

- Sinceramente, espero no tener que volver, pero gracias, voy a echar de menos tus cócteles.

A Lola le gustaría decirle más cosas, como que un buen camarero que sepa hacer de psicólogo es un bálsamo para los clientes que la marea arroja en su barra. Ella lo sabe bien porque ha tenido que aguantar muchas historias, consolar a muchos hombres desechos y también aguantar no pocos pelmazos. Saber conectar con el cliente y empatizar con él sin resultar agresivo y sin meter la nariz donde no te llaman es todo un arte. Y él lo ha conseguido, tanto que se permite hablarle con franqueza, aunque no le ha desvelado nada de ella misma, ni de sus intenciones, ni de lo que hace allí en Málaga, pero se permite el lujo de ser sincera con aquel hombre, el único con el que ha tratado estos días y no se ha acostado. Y sin embargo el único del que va a guardar buen recuerdo. Sí, está deseando volver a su casa, a su normalidad, que todo aquello acabe y está deseando también no tener que regresar. Ojalá no vuelva a sentarse nunca en el chiringuito y él no le tenga que poner uno de esos combinados que ella le pide solo con la mirada y que se toma la molestia de cargar más o menos, según vea cuál es su estado de ánimo, sin necesidad de que Lola se lo diga.

Una noche más y se habrá acabado todo. Se plantea que hacer. Si descansar o si aprovechar el último día que le queda. No puede saber si ha quedado embarazada o no. Esta mañana se ha mirado al espejo al levantarse. Nota su cuerpo más en tensión, su sexo está más sensible y un poco hinchado. Reconoce los signos de los días que ovula, pero también puede deberse al intenso trajín al que lo ha sometido esta semana. La única certeza es que sus cuentas han acertado y esa semana ha estado en sus días fértiles. Por un lado, le incomoda pensar que posiblemente ya haya conseguido su objetivo, que quizás no sea necesario acostarse con nadie más. Pero ya que no puede estar segura piensa que sería absurdo desaprovechar la noche que le queda. Quizás esa noche sea decisiva, quizás no tenga otra oportunidad hasta el mes que viene. Y decide salir y probar suerte en el Airport, donde el ambiente es más favorable a sus intenciones.

Sin prescindir de cierta elegancia, decide ponerse más sexy. Escote abundante, pechos realzados por sujetador, espalda al aire, vestido corto enseñando muy arriba sus muslos. Es la última noche y se obliga a hacer un esfuerzo aunque no le apetece nada. La decisión que la empujaba estos días parece que ahora flaquea, pero se convence a sí misma de que debe aprovechar la última oportunidad. Sin rodeos, debe fijarse en algún hombre que le sirva para cumplir su propósito, dejarlo noqueado con su físico y su presencia, irse a un hotel y acabar pronto. Mañana estará de camino hacia su hogar y todo habrá pasado ya. Con un poco de suerte será alguien agradable a quien podrá olvidar y que no le dará mucha guerra, alguien prescindible. Y la experiencia, ya que no busca el placer, solo pide que no sea desagradable.

Esa noche llama la atención más que nunca cuando pase a por el Hall del hotel en busca de su taxi. Las miradas de deseo que le lanzan no pocos hombres le confirman que ha acertado con su look. Sin embargo todo se tuerce cuando llega al Airport. De nuevo hay cola para entrar pero a ella la hacen pasar inmediatamente, sin esperar, como si fuera una clienta significada o habitual. La verdad es que impresiona su porte, su belleza y su altura. También ese aire de mujer acostumbrada a que le cedan el paso, a mandar, a no tener que pedir las cosas. Aunque haya trabajado en muchos locales oscuros, Lola ha nacido señora.

Se detiene un poco a la entrada, recorriendo con sus ojos el local donde flota una pátina de humo y suena jazz. El ambiente está un poco cargado y antes de decidir si sale a la terraza o se queda dentro se fija en el personal masculino. No busca estar cómoda, si no localizar lo antes posible un posible amante.

Entonces lo ve. Está de espaldas a ella pero reconoce esa cabeza con el pelo cortado casi al rape, rubia, esos hombros fuertes y musculosos, ese cuello de toro. Es el alemán del que ni siquiera sabe pronunciar su nombre. Todavía no la ha visto pero es cuestión de tiempo que se fije en ella. Lola hace un gesto de contrariedad. No desea verse en la situación de tener que rechazarlo porque es seguro que se acercará a hablar con ella. Tampoco quiere sentirse observada por nadie conocido, aunque sea un extraño con el que solo compartió una noche de cama. O quizá precisamente por eso, porque sabe lo pesados que se pueden llegar a poner los hombres que se hacen ilusiones respecto a una mujer guapa y hermosa como ella. Prevé una situación incómoda. Y no desea ese tipo de situaciones, esa noche no. Decidida, se da la vuelta y sale del local. El taxista que todavía no se ha marchado la ve acercarse con sorpresa.

- Lléveme de nuevo al hotel - le pide.

El taxista no pregunta, debe estar acostumbrado a situaciones extrañas en la noche malagueña. Y ella lo agradece, no desea hablar ni que le den charla.

Lo mira desde atrás. Es un hombre mayor con el pelo ya un poco cano. Ojalá fuera más joven, guapo, avispado, con buen físico. Si fuera así le pediría que la llevara a un sitio oscuro en la playa y se entregaría a él. Asunto solucionado: algo rápido, sin problemas. Y luego que la dejara en el hotel para poder descansar. Se sorprende teniendo este tipo de pensamientos pero es que ya ha cruzado la línea, es tarde para sentir vergüenza o para culparse. Solo está siendo práctica, se dice a sí misma.

Llega al hotel demasiado temprano para lo que había previsto y desiste de subir a su habitación. Es demasiado pronto, se ha echado la siesta y no tiene sueño. No quiere empezar a dar vueltas en la cama así que se va al bar en busca de un somnífero en forma de copa, que la adormezca un poco y que la prepare para caer en el sueño extraño y profundo de esos últimos días. Se levanta casi siempre un poco agitada y descolocada, con el pensamiento algo nublado, pero agradece ese sueño tan hondo que le permite dar descanso a su cabeza y también a su corazón. Teme la vuelta a Madrid y cómo reaccionará Rafael. Imposible en las cortas conversaciones que han tenido estos días saber cómo se encuentra ni lo que estará pasando, pero se hace una idea.

No le gusta el ambiente cargado del salón donde hay algunos hombres fumando puros, prefiere bajar al bar de la piscina y sentarse la terraza al fresco. Se instala en una mesa algo apartada, pide un cóctel (“cualquiera que combine con anís”, le dice al camarero).

Está sumida en sus pensamientos, con la cabeza ya lejos de Málaga, pensando en la vuelta, cuando nota una mirada sobre ella. Su sexto sentido le dice que la están observando y no se equivoca. Hay un hombre que tiene los ojos fijos en ella. Sus miradas se cruzan y ella la mantiene. Tarda unos segundos en reconocerlo y lo hace porque la mujer que está a su lado escuchando al guitarrista que hoy toca para amenizar la velada, también le resulta familiar. Es la chica embarazada que vio el otro día en el Catamarán. Reconoce a esa pareja con aspecto formal, educado, pero en la que creyó reconocer algunas grietas quizás a consecuencia del embarazo de la chica y del cambio de prioridades.

El individuo parece haberla reconocido también. Ha estado unos momentos sosteniéndole la mirada y luego la vuelve igual que su mujer hacia el escenario. Durante el rato que sigue, Lola permanece observando y analizando. Le gusta ese hombre. No en el sentido de que pueda experimentar nada por él, simplemente reconoce a un hombre apuesto y bien formado, como seguro que él se ha sentido atraído por su belleza, su porte y sus curvas. Sería un candidato factible si no fuera porque está con su mujer. La que por cierto sigue reclamando sus mimos y su atención, aparentemente con no demasiado éxito porque él parece cansado de sus tonterías. Porque eso son para ellos las demandas que una mujer que se encuentra en un estado sensible, vulnerable. Los toques de atención, las peticiones de cariño, la necesidad de sentirse más que nunca querida y protegida. Supone que no va a ser un buen padre. Cree que tendrá para siempre a aquella chica entregada y sumisa, aquella que bebe los vientos por él y que solo está pendiente de satisfacerlo. No se da cuenta de que las cosas cambian con el matrimonio y sobre todo con los hijos. Él ya no va a ser la prioridad y la negativa a reconocer eso le hará volverse arisco y tosco con su pareja, como ya está demostrando. No, ella no lo querría para ejercer de padre de sus hijos, pero para lo que pretende es suficiente.

Hay varios intercambios de miradas fugaces y secretos. El hombre tiene tablas, sabe cómo hacerlo sin ponerse en evidencia y manteniendo a su mujer ajena a la conversación invisible que mantienen. Debe ser un seductor y posiblemente ella no sea la primera en la que se ha fijado. Un tipo que consigue triunfar. Bien lo sabe ella que los ha visto demasiadas veces intentando ligar en las boites y discotecas en las que ha trabajado.

Decide seguirle la corriente, más por curiosidad que porque espere algo, pero sin embargo la noche depara sorpresas. El guitarrista termina el espectáculo y muchas parejas se levantan y se van. La chica embarazada tiene cara de estar cansada y molesta. Debe estar en sus últimos meses. Él le dice que se espere, se acaba de pedir otro combinado. Ella hace un mohín de disgusto. Parecen discutir y finalmente se levanta y se marcha. Está fatigada y seguramente se dirige a su habitación. El soporta durante diez minutos de cortesía la ausencia de su esposa, haciéndose el interesante, hasta que por fin considera que debe estar en la habitación. Luego cruza una mirada directa con Lola a la espera de su reacción. Ella se la sostiene pero no le hace ninguna indicación. Cuando pasa un rato se da cuenta de que su gesto es serio. Enfadada, cansada, se odia por lo que está haciendo y sin embargo quiere atraer a un hombre dejando traslucir toda esa amargura. Amiga: o pintas una sonrisa en tu cara o lo único que vas a conseguir es espantar al último candidato de este viaje, se reprocha. Su cuerpo pierde un poco de tensión, suaviza el gesto y adopta una postura un poco más relajada. No obstante, la sonrisa no le sale.

A pesar de todo, el juego mudo entre ambos continúa. Sin duda, que la mujer esté en el mismo hotel que ellos es lo que ha detenido hasta ahora al hombre. No tiene nada claro. Y tampoco quiere exponerse. Todos le han visto en compañía de su mujer embarazada y no quiere ser al día siguiente la comidilla del hotel, lanzándose a una conquista adúltera en público. Ella tampoco quería relacionarse con ningún huésped, quería dejar el hotel al margen, pero ¡qué más da! es la última noche. Decide tomar la iniciativa e improvisa un plan, tosco, pero quizá funcione. Y si no lo hace no se pondrá demasiado en evidencia.

Apura su copa, se levanta y camina altiva y sensual. Pasa al lado del hombre sin llegar a detenerse pero ralentizando el paso mientras clava sus ojos en los de él. Hace un movimiento casual con la cabeza que podría significar cualquier cosa para los que no están al tanto, pero que tiene mucho significado si el hombre quiere entender o se atreve a entender. No vuelve a la vista ni una sola vez atrás mientras camina por el sendero entre las sombras del césped, hasta la puerta que da al camino que lleva a la playa. Cuando llega a la pasarela de madera oye crujir las tablas detrás de ella. Se vuelve y efectivamente encuentra una sombra que se le acerca poco a poco. Es él. Se detiene a un par de pasos. Todavía indeciso, no quiere provocar un escándalo. Trata de asegurarse si aquello es lo que parece. No tiene claro en qué consiste el juego aunque lo sospecha y esa sospecha impulsa su deseo.

Ahora que lo tiene al lado se da cuenta de que es alto, incluso un poco más que ella. Buen aspecto y (detalle que no le pasa desapercibido) huele bien. No es una colonia a granel sino un perfume caro, como también lo es el reloj que se adivina en su muñeca y la camisa hecha a medida que lleva puesta.

- Hola - le dice y espera a ver por dónde sale Lola sin moverse del sitio.

Ella lo mira de arriba abajo. Sopesa si confirma su decisión o si hay algo que la impulse a abortar su plan. Finalmente lo toma de la mano y sin decirle nada lo lleva hacia unas palmeras que se adivinan entre la oscuridad. A estas horas la playa está desierta y negra. Se adivinan las luces del paseo marítimo pero no llegan hasta la zona donde están ellos. Lola se descalza y lleva los tacones en la mano. Cuando sobrepasan las palmeras se detiene junto a una pequeña duna de arena. Se quita el chal que cubre sus hombros y lo deja en el suelo. Mete las manos por debajo del vestido y se saca las bragas. Luego se tiende sobre el chal se sube el vestido y separa las piernas mostrando impúdica su sexo. Se acabaron los intercambios de miradas, se acabaron los mensajes subliminales, se acabaron las señales en código, ahora todo resulta explícito, claro, carnal. “Tómame”, le dice con la mirada. Hasta ahora no ha pronunciado ninguna palabra y prefiere seguir así. No necesita intercambiar ningún mensaje con la voz. Él debe entender, habría que ser un completo idiota para no darse cuenta.

Y el hombre no es ningún idiota, sabe de qué va el juego. Se desabrocha los pantalones, se quita la chaqueta y se tiende sobre ella. Libera sus pechos como complemento para su excitación. Los acaricia, los lame y empuja muy dentro. Ella se deja hacer con su coño un poco irritado y molesto, no ha tenido la precaución de sacar el lubricante de su bolso, pero mira hacia la luna que se adivina entre nubes y se abstrae de lo que está sucediendo en ese trozo de playa. Se deja tomar hasta que el hombre eyacula. Siente con alivio como sale de ella y como se tumba a su lado. Enciende un cigarro y se lo pasa. Los dos fuman intercambiando caladas sin comunicarse, sin decir nada. Lo hecho, hecho está. Ella ha conseguido lo que quería: él también. Pasan los minutos solo oyendo las olas romper y la brisa haciendo chocar las palmas allá en lo alto. Están juntos, puede sentir el calor del hombre, pero es como si los separaran miles de kilómetros.

Se levanta, se pone las bragas y los dos caminan de vuelta al hotel. Justo al llegar a la verja que da acceso y que permanece abierta por la noche, él la detiene, la coge del brazo y la empuja a un lado. La toma desde atrás, acariciándola, besándola en el cuello. Vuelve a estar empalmado. Lola se deja hacer, ya húmeda por la descarga anterior. Se deja apoyar contra un banco de madera, permite que le levante la falda, que le arranque las bragas y se deja penetrar desde atrás, con fuerza, con embestidas furiosas, urgentes, como queriendo aprovechar esa prórroga. El hombre tiene deseo acumulado, se le nota en la fuerza con que la agarra de las caderas, en cómo le clava las uñas, en como la embiste, en el golpeteo que no cesa de su pubis contra su culo. De nuevo una eyaculación, de nuevo se siente invadida por semen ajeno. Él continúa incluso después de haberse corrido dándole, como queriendo satisfacer por anticipado sus instintos, sabiendo que le queda mucha abstención por delante. Lola lo percibe. Él trata de aprovechar porque no sabe cuándo volverá a tener sexo intenso, animal, cuando podrá descargar de nuevo, cuando su mujer le dará un orgasmo así.

Esta vez renuncia a ponerse las bragas después de la corrida, no las encuentra, habrán caído entre los arbustos o la arena. No es cuestión de ponerse a cuatro piernas a buscar por el suelo y la oscuridad, así que se endereza, muy digna, y camina separándose de él unos metros para que no los vean volver juntos. Intercambian una mirada de complicidad. El hombre no desea que se sepa nada de esto, ella tampoco. Llega al ascensor después de recoger la llave que le tiende solícito el recepcionista de noche, sin sospechar que mientras la toma el semen escurre entre sus muslos saliendo de su vagina. Es su última noche en Málaga y no se ducha, ya lo hará por la mañana, simplemente se acuesta, toma una copa de la botella de anís que tiene allí guardada y se deja caer en un sueño profundo y oscuro, deseando que amanezca y también deseando olvidar.

Muchas horas después, un tren arriba a Atocha. Lola se remueve inquieta en el asiento. Cuenta cada minuto para llegar. Ha agotado todas las posibles variantes sobre lo que puede suceder, sobre cómo la va a recibir su marido, sobre lo que ella le puede contar o no. Al final, agotada, ha llegado a una conclusión: nada importa salvo si ha conseguido su objetivo y eso todavía no lo puede saber. Cuando baja en el andén tirando de su maleta, observa una figura familiar a pie de vía. Rafael la espera. Eso de por sí ya la reconforta y piensa que, si ha ido a buscarla las cosas no pueden estar tan mal, que hay esperanza.
 
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