Capítulo 14. Silicio - ¡Mis(Si)on Accomplished!
El Silicio (Si) ocupa el decimocuarto lugar de la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del Silicio con el concepto de la victoria - entendida como la culminación de una misión tras un proceso de cálculo y resistencia -, obtenemos el retrato de un triunfo que no es fruto del azar, sino de la arquitectura de la mente. El silicio no es un metal impulsivo; es el elemento de la paciencia cristalina y del procesamiento que precede al éxito.
La Victoria según el Silicio: El Triunfo de la Estructura
1. El Umbral del Logro (Semiconductividad)
El silicio no es ni un conductor total ni un aislante; es un semiconductor. Solo permite el paso de la corriente cuando se alcanzan las condiciones exactas de voltaje. Nos enseña que el éxito es una cuestión de umbrales. No se trata de empujar con fuerza bruta todo el tiempo, sino de saber cuándo abrir la puerta. Completar una misión es entender el momento preciso en el que el esfuerzo debe transformarse en resultado. La victoria no es un evento continuo, sino un "sí" lógico tras una serie de "noes" necesarios.
2. La Memoria del Camino (Circuitos y Microchips)
El silicio es la base de toda la computación moderna porque permite grabar información y ejecutar procesos con una precisión de nanómetros. No hay victoria real sin memoria. Una misión cumplida bajo el símbolo del silicio es aquella que se ha construido paso a paso, aprendiendo de cada error procesado. Entendemos que ganar no es llegar primero, sino llegar con un "mapa" grabado en el espíritu que te permita repetir la hazaña. Es la victoria del método sobre la suerte.
3. El Cristal de la Resistencia (Dureza y Estabilidad)
En su forma cristalina, el silicio es extremadamente duro y tiene un punto de fusión altísimo. Mantiene su integridad bajo presiones que desintegrarían a otros materiales. Completar una misión peligrosa requiere una estructura interna que no se deforme. La victoria es del que se mantiene firme cuando la temperatura de la crisis sube. Es el triunfo de la resiliencia: la capacidad de ser un cristal inalterable que, al final del viaje, sale del fuego con la misma forma con la que entró, pero con el brillo del objetivo alcanzado.
4. El Espejo de la Meta (Reflectividad en el Infrarrojo)
El silicio es opaco a la luz visible, pero transparente a ciertas radiaciones infrarrojas, y se usa para fabricar lentes de alta precisión que ven lo que el ojo humano ignora. La victoria suele ser invisible para los demás hasta que ocurre. Mientras los otros ven un muro, el que posee la sabiduría del silicio ve la "radiación" de la oportunidad. Lograr una misión es tener la visión infrarroja para detectar el camino a través de la opacidad del desánimo. Ganar es, simplemente, ver lo que siempre estuvo ahí pero nadie más supo procesar.
5. El Abundante Olvidado (El segundo más presente)
Después del oxígeno, el silicio es el elemento más abundante en la corteza terrestre - está en la arena, el cuarzo y el vidrio -, pero suele pasar desapercibido bajo nuestros pies. La victoria más sólida es la que no necesita fanfarria. Es la victoria silenciosa de quien ha construido su éxito sobre la materia más común: el trabajo diario y la constancia. Como el silicio, esta clase de triunfo es el que sostiene el mundo; no es un trofeo de oro en una vitrina, sino el suelo firme sobre el que caminas tras haber completado tu deber.
Conclusión: La victoria, vista a través del silicio, es la geometría de la lógica aplicada. Es un triunfo que se celebra en el silencio de un procesador que ha terminado su cálculo más complejo. Completar una misión bajo el símbolo del silicio significa prometerse que el éxito no será un accidente, sino el resultado inevitable de una estructura interna que supo esperar, procesar y, finalmente, conducir la energía hacia la meta. No buscamos victorias explosivas, sino victorias de silicio: precisas, grabadas en el tiempo y absolutamente sólidas.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
- Respira conmigo… eso es… despacio… tranquilo…
Todo estaba saliendo mal. Pero no mal en plan “¡Venga chicos, que de peores hemos salido!”, sino mal del tipo “¡MUJERES Y NIÑOS PRIMERO!”. Mal de naufragio, de agua helada entrando a la fuerza por las grietas del casco, de miradas desorbitadas buscando botes salvavidas que no alcanzaban para todos.
Sofi le tomó la mano con una delicadeza casi antinatural y la apoyó sobre su propio pecho.
- ¿Lo notas, cariño?… - susurró -. Sigue mis latidos… así… muy bien, amor… suave… así…
Laia, atrapada entre ambos, hacía equilibrios para no perder la compostura. El espacio no era reducido: era directamente inexistente. Tenía la boca de “La Santa Muerte” demasiado cerca, tan cerca que resultaba imposible no fijarse en el brillo húmedo de sus labios, en el roce incómodo - y peligrosamente satisfactorio - de pechos contra pechos, pezones contra pezones. Tragó saliva, intentando no pensar en ello. Pero lo peor venía por detrás. Lo sentía. Lo notaba. Algo duro, creciendo sin parar, absolutamente caliente, presionando contra sus nalgas con una determinación obscena.
- Inspiraaa… - Sofi alzó la mano con lentitud -. Expiraaa… - la bajó -. Muy bien… así…
Supongo que a estas alturas os estaréis preguntando: ¿Qué coño estaba pasando?
Nada grave, tranquilos. Solo una activación aguda y completamente desregulada del eje amígdala–hipotálamo–hipófisis–adrenal, con liberación masiva de catecolaminas y cortisol sin amenaza real aparente. El resultado: hiperarousal autonómico, hiperventilación, taquicardia y una evidente suspensión temporal del control prefrontal.
Vamos, un ataque de ansiedad de los de toda la vida.
Al parecer, “Mariposa Arcoíris” no estaba tan preparado para la misión como creía. El Titanic acababa de chocar contra el iceberg y el agua entraba a presión. Piel lívida, sudor frío, piernas temblorosas y esa certeza horrible de que en aquel cuartucho estrecho no había oxígeno suficiente para tres personas… ni para dos… ni quizá para una.
En cuanto Sofi vio que su novio entraba en pánico en mitad del pasillo, actuó rápido, improvisando. Localizó con la mirada un cuarto de limpieza, lleno de cubos y fregonas. Y sin tiempo para pensar, los tres se metieron dentro como pudieron y cerraron la puerta. Sofi a un lado, Gabi al otro, Laia entre medio de los dos. Esperando a que él se relajara y pudieran seguir con la misión. Lo hizo por supervivencia, para evitar miradas extrañadas o preguntas sinceras de preocupación, que ninguno quería responder precisamente en aquel instante.
- Creo que deberíamos salir… - susurró Laia, incómoda hasta la médula -. ¿No será mejor que le de el aire?
- No podemos… - respondió Sofi aún más bajo, cuidando de que Gabi la oyera -. No debemos llamar la atención.
“La Patrona” no sabía dónde meterse. Literalmente. La situación se le estaba yendo de las manos… y del cuerpo. El calor subía a una velocidad alarmante, una reacción totalmente inapropiada para el contexto en el que se encontraban. No es que tuviera grandes conocimientos médicos, pero una cosa la tenía clara: Lo que crecía duro y orgulloso entre las nalgas de su culo no era ansiedad. Era una erección de caballo.
- ¿Dónde coño se han metido? - murmuró “El Micólogo”, bajando la voz sin poder disimular el nerviosismo.
- Ni puta idea, chaval - respondió “El Bruto" mientras limpiaba un microscopio con una precisión casi obscena, como si cada movimiento estuviera coreografiado al milímetro.
El laboratorio era un déjà vu con acento extranjero. Las mismas mesas de acero inoxidable. Los mismos fluorescentes agotados zumbando en el techo. El mismo olor a alcohol, plástico caliente y horas muertas. Todo estaba exactamente en su sitio… demasiado exacto. Como si alguien hubiera calcado el laboratorio de Madrid con papel vegetal y lo hubiera depositado, sin respirar, a mil seiscientos kilómetros de distancia, usando unas pinzas invisibles. Nico sintió ese vértigo absurdo de la disociación: el cuerpo jurando que no se había movido ni un centímetro, mientras la cabeza sabía - con una certeza incómoda - que sí. Las etiquetas estaban en alemán. Todos los relojes marcaban la misma hora con una puntualidad insultante. Incluso el silencio era distinto. No era el silencio improvisado del laboratorio madrileño - roto por risas, tacos, una radio mal sintonizada o discusiones eternas sobre política o fútbol -. Este era un silencio quirúrgico. Educado. Uno que parecía pedir perdón por existir.
Gustavo, en cambio, se movía como pez en el agua. Limpiaba junto a los compañeros suizos con una devoción casi religiosa, como si llevara años haciéndolo, como si hubiera nacido en Berna y sus padres se llamasen Markus y Heidi. Dos mundos chocando sin hacer ruido: el español que trabaja mientras habla, discute y vive; y el suizo que trabaja como si la vida empezara y terminara en ese gesto exacto, repetido mil veces, sin margen de error. Y, aun así, Gustavo encajaba. Demasiado bien. Con una facilidad casi insultante.
Nico fingió que trabajaba - tarea sorprendentemente sencilla para un español - mientras barría la sala con la mirada, buscando al resto del equipo. Pero lo que de verdad le inquietaba no era su ausencia. No era el idioma. Ni la distancia. Ni los compañeros suizos: altos, rubios y perfectamente alineados. Era la sensación de estar en el mismo laboratorio… y sentirse completamente fuera de lugar. Como si la ciencia fuera universal, sí, pero la manera de ejecutarla no lo fuera en absoluto.
Y mientras el cerebro y el martillo de aquel caótico equipo, seguían con la misión - aferrados al plan con precisión suiza y determinación española -, en aquel estrecho cuartucho la química había dejado de ser una metáfora. Era inevitable. La juventud y la fogosidad reclamando lo que les pertenecía por derecho. Sofi, Laia y Gabi ya no eran seres humanos en ese momento: eran componentes de una bomba de relojería.
Laia era Nitroglicerina: Inestable, impredecible, capaz de detonar con el mínimo estímulo. Su sola presencia aceleraba los latidos de todo lo que la rodeaba. Sofi era Glicerol: Apacible y aparentemente inofensiva, pero el catalizador perfecto para que la mezcla se volviera explosiva. Bastaba una chispa, un roce, y el caos estaba servido. Gabi, por supuesto, era nitrato de amonio: Pesado, sólido, aparentemente controlado, pero cargado de energía potencial que solo esperaba el momento exacto para estallar. Y allí estaban los tres, confinados en un espacio mínimo, sin posibilidad de dispersión, ignorando todas las reglas de seguridad.
Glicerol cerca de Nitroglicerina.
Nitroglicerina rozando el Nitrato de Amonio.
La combinación era perfecta…
Perfecta para que todo estallara.
No sería una reacción lenta. No habría advertencias progresivas. Sería una explosión programada por el mero hecho de existir. Una reacción que cualquier manual de laboratorio marcaría con un gran símbolo rojo de peligro y un “¡Manipular con precaución!” El problema no era que fueran poderosos por separado. El problema - real - era que juntos eran un arma de destrucción masiva.
Y mientras fuera todo seguía en orden - microscopios limpios, relojes exactos, protocolos impecables -, dentro de aquel cuartucho la dinamita ya estaba armada. Y es que cuando ciertos elementos se encuentran… no preguntan. Explotan.
- ¿Te pasa algo? - susurró Sofi, los ojos clavados en los de Laia.
“La Patrona” se mordió el labio, respirando aceleradamente. No había podido aguantar más aquella presión y ya hacía un buen rato que apretaba con fuerza su culo contra la polla erecta de Gabi. Él en silencio, aún sentía la taquicardia en su pecho, aunque ya no provenía de la ansiedad. Podría haberla detenido, sí… pero sinceramente… ¿Quien habría sido capaz?. Solamente se dejó llevar, sintiendo como el culo de Laia friccionaba contra su entrepierna - cada vez más rápido, cada vez más exagerado -, sin pensar en las consecuencias… sin pensar en nada.
- ¿Qué estas…? - intentó preguntar Sofi alzando la cabeza por encima de su hombro.
Pero no pudo acabar la pregunta. Laia se abalanzo sobre su boca. No fue un beso romántico, ni amoroso. Fue salvaje, ansioso, animal. Y Sofi fue atrapada de repente como una mosca en la trampa viscosa de una araña. Jamás había tenido experiencias lésbicas, ni tan siquiera había fantaseado con ellas - al menos no muchas veces -, pero en ese preciso instante lo pensó: “¿Por qué no había echo esto antes?”. No fueron solo sus besos, sino todo lo que hacía. Era como si ella conociera a la perfección lo que le gustaba. Quizás fuera eso en realidad, pues ¿quien mejor que una mujer, para dar placer a una mujer? La forma en la que se comían la boca, la forma en la que se desnudaron, la forma en que acariciaron sus pechos… Las miradas furtivas, los mordiscos - en los pezones, en el cuello, en los labios - con la intensidad adecuada. Sofi sintió esa extraña sensación de que se estaba follando a sí misma.
Cuando Gabi vio que ellas ya estaban de cintura para arriba desnudas, y sumidas en el placer absoluto, sintió algo animal brotando de su interior. Sofi, sin dejar de enrollarse con Laia le ayudó a sacarse la camiseta y él no se lo pensó dos veces: se desabrochó los pantalones, y como pudo se bajó los calzoncillos. Al ver su herramienta tan dura y preparada para dar placer, su novia perdió completamente la cabeza. Sin pedir permiso y con la lengua de Laia dentro de su boca, le desabrochó los pantalones y le bajó las bragas.
- Jodeeer Gabi… - gimió Laia al sentir el calor de esa polla erecta rozando su piel - La tienes durísima…
Al instante le bajó los pantalones y el tanga a Sofi, pasó una mano por detrás, agarrando con fuerza una de sus nalgas, y con la otra empezó a masturbarla con un par de dedos, mientras apretaba más su cuerpo contra el de ella. Gabi agarró a Laia de la cintura. Subiendo y bajando su rabo entre sus nalgas, los ojos clavados en Sofi esperando la señal.
- Fóllatela… - susurró ella con la boca y las piernas abiertas - Fóllatela como me follas a mí…
No se lo pensó dos veces: flexionó las rodillas y se agarró la polla. Rozó un par de veces su capullo contra el coño mojado de Laia. Y se la introdujo lentamente. Sofi observó como ella giraba la cabeza, emitiendo un profundo gemido, como se le erizaba la piel, como ella misma se ponía aún más caliente al comprender que su novio se estaba follando a otra mujer enfrente de ella. Tuvo entonces la segunda revelación, y aunque esta vez si hubiera fantaseado - muchas veces - con hacer un trio con su novio y una amiga, el hacerlo real y tangible solo le dejó clara una cosa: “¿Por qué coño no había echo esto antes?”
Sí, lo sé. Seguro que estaréis pensando en lo malos amigos que eran Gabi y Sofi. Los dos sabían, perfectamente, lo que sentía Nico por Laia. Y al parecer no les importaba lo más mínimo. Aquello era una traición en mayúsculas. Pero, como todo en esta vida, tenía su explicación científica.
Lo que estaban experimentando era un secuestro homeostático total, mediado por el eje hipotalámico. Ante el estímulo, el área tegmental ventral saturaba el núcleo accumbens con un pico de dopamina que básicamente dejaba fuera de juego la corteza prefrontal dorsolateral. Traducción: el juicio crítico se fue de vacaciones. Al mismo tiempo, la amígdala se inhibía, borrando cualquier alerta de peligro. El hipotálamo disparaba una descarga de norepinefrina que estrechaba vasos sanguíneos y concentraba toda la atención en un solo punto: lo que tenían delante. Y para rematarlo, un estallido masivo de oxitocina y vasopresina bloqueaba la memoria a corto plazo y el razonamiento lógico, reemplazándolos con un bucle de retroalimentación hormonal de máxima prioridad.
En resumen: sus neocórtexes habían sufrido un bypass biológico. La moral y la razón no desaparecieron, simplemente quedaron fuera de juego por un apagón químico de neurotransmisores. O, dicho en palabras menos técnicas: cuando te pones cachondo, se te nubla la mente. Y por unos minutos, todo lo demás deja de importar.
Dentro de aquel cuartucho eran tres cuerpos desnudos atrapados en un espacio imposible. Tres bocas húmedas y calientes buscándose con una urgencia casi animal. Piel contra piel. Calor contra calor. Saliva, sudor, caricias precipitadas. Sexo sin coreografía, sin pausa, sin pensamiento. Fuera, en cambio, el peligro seguía ahí. Una misión abandonada. Un riesgo constante, silencioso, recordándoles el error absurdo que estaban cometiendo y asumiendo. Lejos de casa. En otro país. Bajo identidades falsas. Esa nueva vida que había llegado sin pedir permiso y que, sin darse cuenta, habían abrazado con una ferocidad casi suicida.
Era una combinación explosiva. La juventud de Sofi: ese impulso eléctrico que la empujaba a vivir al límite, a desafiarlo todo con tal de sentir que estaba viva. La sexualidad de Gabi: por fin desatada, voraz, ansiosa por probarse a sí mismo, por comprobar si existían límites. Y por último, estaba Laia: Nacida al borde del abismo, hija legítima del caos, más cercana al acantilado que a la prudencia del camino, más impulsiva que racional.
Juntos formaban un cóctel inestable. Volátil. Peligroso.
Pura dinamita.
Y lo sabían. No eran idiotas. Sabían que aquello traería consecuencias. Que tarde o temprano algo iba a estallar. Pero no les importaba lo más mínimo. Como a la dinamita, no les preocupaba explotar, ni cuántos se llevarían por delante cuando lo hicieran.
Porque esa era su naturaleza.
Prenderse. Estallar. Y arrasar con todo.
- Déjalo, chaval - susurró Gustavo, acercándose con una naturalidad ensayada -. No podemos perder más tiempo…
- Pero… - Nico estaba demasiado nervioso como para disimularlo -. ¿Y el plan?
Hablaban en voz baja, casi sin mover los labios, procurando que ninguno de sus supuestos compañeros pudieran oírlos. Esa era la primera regla del infiltrado: camúflate, sé uno más, destaca lo mínimo, no llames la atención. Si alguno de aquellos trabajadores altos y rubios de mantenimiento captaba una sílaba en otro idioma, quizá no sería el fin inmediato de la misión; pero sí el principio de las preguntas. Y nadie quería preguntas.
El plan era simple, elegante e impecable. Entrar, localizar la “Azulita”, robarla y salir con calma.
Un trabajo rápido, directo, sin aparentes complicaciones. Pero, como si la vida insistiera en comportarse como una buena película de suspense, había ocurrido lo inevitable. El destino lo había torcido todo, como un guionista al que le gustan demasiado los giros de guión. Habían perdido a más de la mitad del equipo. Y ahora, el éxito de toda la operación recaía únicamente sobre ellos dos: un cincuentón con más barriga que cerebro operativo, y un científico más nervioso que un perro paseando por un barrio chino.
- Dividámonos - sugirió Gustavo en voz baja -. Tú busca por ese lado y yo por el otro.
- No nos va a dar tiempo - replicó Nico, más nervioso que un daltónico jugando al Twister - Solo somos dos…
- Da igual, chaval… - Gustavo apretó la mandíbula -. No nos queda otra. ¡Vamos!
No esperó respuesta. Se alejó con paso firme, diluyéndose entre los trabajadores como si siempre hubiera estado allí, como si aquel laboratorio le perteneciera. Un suizo más. Un trabajador más. Otro cuerpo obediente en aquella coreografía de acero y silencio.
Nico se quedó solo. Tragó saliva. De pronto, el espacio pareció ensancharse de forma hostil. El zumbido de los fluorescentes se volvió demasiado nítido. El olor a alcohol le raspó la garganta. Estaba más nervioso que Doraemon pasando un control de aeropuerto. Se secó las manos en el pantalón sin darse cuenta. Sudaba como un atleta de élite antes de una final que no había entrenado. Miró el pasillo largo a su izquierda: recto, impecable, inocente. Suspiró hondo y dio el primer paso: inseguro, temblando, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera huir antes que él. Pero consiguió dar el segundo, y luego vino el tercero.
Dos hombres. Un laboratorio ajeno.
Y un plan que empezaba a resquebrajarse por las costuras.
Nico avanzaba puerta a puerta, como quien cruza capas de un sueño ajeno. Abría, entraba, buscaba mientras fingía no hacerlo, se desanimaba y cerraba. Entró en un laboratorio secundario: mesas limpias, instrumental alineado con una precisión casi insultante. Pasó el trapo por una superficie que ya brillaba, pulverizó desinfectante sin necesidad, imitó los gestos que había visto repetir a los compañeros de mantenimiento como si fueran un mantra. Cabeza baja. Ritmo constante. Concentración.
Otra puerta. Esta era más amplia. Centrífugas dormidas, incubadoras murmurando a baja frecuencia, pantallas mostrando gráficas que no se molestó en leer. Nico notó el tiempo acelerarse, como si alguien hubiera tocado el botón de avance rápido solo para burlarse de él. Miró de reojo el reloj de la pared: habían pasado dos horas y juraría que llevaba veinte minutos allí dentro.
Otra puerta. Esta ya empezaba a oler a fracaso. Un pasillo largo, demasiado blanco, demasiado recto. Se adentró en él. Cada paso le pesaba como si caminara sobre un suelo embarrado. Limpió por limpiar. Desinfectó por disimular. El corazón le latía desacompasado, no de miedo, sino de esa ansiedad corrosiva que aparece cuando la esperanza empieza a quedarse sin argumentos. “No está aquí”, pensó. “Laia se ha equivocado”, reafirmó. Y entonces, justo cuando la idea de volver con las manos vacías empezaba a tomar forma, algo rompió la monotonía quirúrgica del lugar.
Una luz, pero no una cualquiera.
Una luz azulada. No violenta. No artificial…
¡Viva!
Nico se detuvo en seco una milésima de segundo. Apretó el paso de inmediato, intentando no correr, intentando no delatarse. Entró en una sala de ensayos como quien entra en una iglesia sin hacer ruido. Y allí, tras una pequeña cristalera, la vio. La sala de cultivos y los ojos se le abrieron como platos. No era el extracto. No era una muestra procesada, ni un vial. Era ella, la “Azulita”. La seta en sí. Viva. Pequeña. Real.
Un cultivo modesto de “Mycena Neonfaucis", apenas una veintena de ejemplares. Pero el azul que emanaban no entendía de cantidades. Era un azul imposible, profundo, casi eléctrico, que parecía devorar el espacio, teñir el aire, reclamar la mirada. No iluminaban la sala: la poseían.
Se acercó al cristal sin darse cuenta. Apoyó las manos sudadas contra el vidrio. La boca abierta, la respiración entrecortada, el pulso desbocado. Era como mirarse en un espejo que reflejaba su propia obsesión, noches sin dormir, teorías descartadas, intuiciones perseguidas hasta el agotamiento. Todo estaba allí, al otro lado del cristal, creciendo en silencio. Se quedó allí paralizado, como un niño frente a un escaparate de unos grandes almacenes en Navidad. Y por un instante - solo uno - olvidó el plan, el riesgo, el tiempo, la misión. Solo existían él y ese azul neón que lo había cambiado todo.
Tardó unos segundos en reaccionar. No porque no supiera qué hacer, sino porque sabía exactamente cómo hacerlo. Y eso imponía respeto. Cerró los ojos, respiró hondo, se relajó como si fuera un maestro del yoga, expulsó todos los pensamientos innecesarios y cuando abrió de nuevo los ojos, lo supo, estaba listo. Pero antes de “ponerse manos a la obra”, había algo imprescindible, algo casi instintivo: asegurarse de no dejar rastro. Fingió limpiar el cristal con movimientos lentos, mecánicos, profesionales. El cuerpo hacía una cosa; los ojos, otra. De reojo, como quien no quiere la cosa, empezó a rastrear el espacio en busca del ojo invisible. La cámara.
Todos los laboratorios tenían una. Como mínimo. En realidad, estaban por todas partes: pasillos, zonas de descanso, oficinas, ascensores. Nada escapaba al circuito cerrado de vigilancia, salvo los baños: el último reducto de intimidad en un mundo que había decidido dejar de confiar en las personas. “Y hacía bien”, pensó Nico. La localizó rápido y entonces algo no encajó. “¿Qué cojones?”. Se recolocó la mascarilla con un gesto natural, asegurándose de que le cubriera bien el rostro, y dio un par de pasos más hasta quedarse justo debajo. Levantó la vista, como quien revisa un fluorescente apagado, y la observó con atención. Era una cámara de seguimiento, como todas las demás. De las que se activan al detectar movimiento. Estándar. Eficiente. Suiza hasta la médula. Pero estaba apagada. No en modo reposo. No en standby. Apagada.
Nico no creía en los golpes de suerte. Nunca lo había hecho. No era de esos que confunden la estadística con la providencia. Él sabía - mejor que nadie - que todo lo que ocurre en este mundo tiene un porqué. Puede que aún no lo comprendiera en ese instante, puede que la explicación se le escapara entre los dedos… pero la ausencia de respuestas no significaba ausencia de causa. Solo significaba que todavía no la había encontrado.
Un leve escalofrío le recorrió la espalda. La cámara seguía muerta, el laboratorio, en silencio. Y la “Azulita”, esperándolo a poco menos de veinte metros. Nico apartó la mirada, retomó la calma y respiró hondo de nuevo. Ahora sí, fuera de peligro, abrió la puerta de la sala de cultivos con el cuidado de quien entra en territorio sagrado. El aire era distinto allí dentro: más húmedo, más frío, cargado de ese olor terroso y metálico que solo conocen quienes han pasado demasiadas horas entre hongos y placas de Petri.
Recorrió la sala de cultivos y, durante un segundo, se le olvidó respirar. El espacio era amplio, limpio hasta lo obsceno, bañado por una luz tenue y homogénea que caía desde paneles empotrados en el techo. Estanterías metálicas recorrían las paredes como costillas, y sobre ellas se alineaban bandejas, frascos y cámaras de crecimiento perfectamente etiquetadas. Aquello no era un laboratorio improvisado: era un jardín científico cultivado con paciencia, dinero y una fe casi religiosa en el método.
Nico avanzó despacio por el pasillo central, a ambos lados mesas llenas de sustrato, la vida creciendo sobre ellas. Empujaba el carro de la limpieza como coartada, pero en realidad ya no lo necesitaba. Sus ojos iban por delante de su cuerpo.
“Pleurotus ostreatus”, murmuró. Lo reconoció al instante por la forma del sombrero y el micelio vigoroso. Producción de enzimas ligninolíticas. Biorremediación, sin duda. Descomposición de residuos industriales. Un poco más allá, “Ganoderma lucidum”. Reishi. Inconfundible. Uso farmacológico, inmunomodulador, marketing disfrazado de medicina ancestral. Los suizos no daban puntada sin hilo. “Cordyceps militaris” Cultivo controlado, espectro naranja intenso. Regulación metabólica, resistencia celular, aplicaciones militares si uno quería ponerse paranoico.
“Psilocybe cubensis”, cepa estabilizada, sin psilocibina activa. Investigación neurológica. Plasticidad sin alucinación. Elegante. Cobarde. “Aspergillus niger” Fermentación industrial. Ácidos orgánicos. Dinero. Mucho dinero.
No necesitaba leer etiquetas. No necesitaba acercarse. Cada especie le hablaba con solo mirarla. Sabía para qué servían, por qué estaban allí y qué tipo de preguntas intentaban responder con ellas. Era un mapa. Un discurso científico hecho de esporas y micelio. Y entonces lo vio. No fue inmediato. Fue gradual. Primero, un cambio en la luz. Luego, un reflejo que no correspondía al blanco quirúrgico del resto de la sala. Un azul… ¡No!. ¡El azul!
Nico dejó de empujar el carro. Sus pies se movieron solos, atraídos como limaduras por un imán. A cada paso, el tono se intensificaba, ocupándolo todo, desplazando el resto de colores como si no merecieran existir. Se quedó enfrente de la mesa de cultivo, los ojos irradiando ese azul neón.
Lo primero: los guantes. Sacó un par de látex del bolsillo del mono de trabajo. Se los colocó despacio, dedo a dedo, ajustándolos con precisión casi ritual. “Eres venenosa, amiguita”, pensó mientras sonreía. “Así que debo tomar precauciones…”. Se acercó al cultivo. Las setas crecían en sustrato controlado, perfectamente alineadas, como si alguien las hubiera educado. Aquello le hizo fruncir el ceño. “¿Cómo han conseguido cultivarlas sobre tierra?, Eso es… es imposible”
No podía ser. No debía serlo. La Mycena Neonfaucis necesitaba los minerales puros de la roca, no la materia orgánica del suelo. “¿Es un caballo de Troya?”, pensó y rápidamente lo comprobó. Pero no. Bajo esa tierra no había una piedra escondida. La seta crecía en la tierra, no la atravesaba para alimentarse del sustrato mineral que esperaba encontrar debajo. Y sin embargo allí estaba, creciendo dócil, estable, replicable. “¿Han conseguido mutarla? O quizás… haya evolucionado por si sola… Las setas que crecen en piedra suelen ser expertas en meteorización: segregan ácidos para deshacer la roca y absorber minerales como el silicio, el calcio o el magnesio. Si ahora crece sobre sustrato de tierra, significa que… ha aprendido a metabolizar nitrógeno y carbono orgánico…”
Se agachó ligeramente y observó de cerca los pies, el micelio, y volvió a fruncir el ceño. Alzó la cabeza para comprobar el termostato que indicaba los niveles de temperatura y humedad. “No puede ser…”, pensó. “Esto tiene menos sentido que un desierto bajo el agua… debería estar muriendo por la falta de humedad y de minerales sólidos”. Todo era demasiado incorrecto. “¿Han aprendido a mantenerla viva fuera de su ecosistema o… han llegado más lejos?”
Metió una mano en su bolsillo y sacó una bolsa estéril de plástico de laboratorio. La abrió sin tocar el interior, como lo había aprendido hacía años, cuando aún creía que la ciencia solo tenía caminos rectos. Recogió un poco de sustrato y lo metió delicadamente dentro, formando una cómoda cuna donde pudiera descansar la “Azulita”. Con dos dedos, pulgar e índice, sujetó una de las setas por la base. No tiró. No arrancó. Giró con suavidad, rompiendo la unión con el sustrato sin dañarla. “¿Acaso conocen sus propiedades?”, pensó de repente. Y esa simple idea lo sacudió como si fuera u saco de boxeo. La sostuvo un segundo entre los dedos enguantados.
Era ligera. Demasiado en realidad. El azul parecía emitir pulsos, casi imperceptibles, como si reaccionara a su cercanía. “Si saben lo que hace… Si lo saben de verdad…”, tragó saliva mientras la introducía en la bolsa.
Selló parcialmente, expulsando el aire. “¿Y si los suizos lo han descubierto?”. Miró a través del cristal de la sala. Las etiquetas. Los códigos. Las provetas. Nada indicaba ensayos clínicos. Nada gritaba “milagro”. Pero tampoco gritaba ignorancia. “Tal vez estén a un paso… Tal vez ya lo hayan dado”. Cerró la bolsa con un clip hermético. La guardó con sumo cuidado en su bolsillo. “¿Y si cae en las manos equivocadas?”. La pregunta no era abstracta, tenía caras, nombres de gobiernos y de empresas. Mercados hostiles, hospitales convertidos en templos privados, vidas tasadas por contrato. La “inmortalidad” de los ricos.
Volvió a tragar saliva. Se quitó los guantes con cuidado, envolviéndolos sobre sí mismos, como si incluso el látex pudiera envenenarlo. Los guardó en el otro bolsillo. Y entonces llegó la última pregunta. La que no había querido formular hasta ese momento. “¿Y si no he sido el primero?”. Nico miró de nuevo el cultivo. Diecinueve ejemplares. Azul perfecto. Estable. Reproducible.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Porque descubrir algo extraordinario da vértigo. Pero descubrir que quizá no eres el único… eso da miedo. Salió de la sala de cultivos, respiró hondo.
Ya no había vuelta atrás.
Mientras salía del laboratorio, iba dándole vueltas a una idea: ¿Bastaría una sola seta para iniciar un cultivo estable?. En teoría, era posible. Estaba muy fresca y podía clonar el tejido interno. El riesgo de contaminación era alto, sí, pero había tomado precauciones. Requería laboratorio, esterilización y experiencia; “Check”, pensó, esbozando una sonrisa. Sin duda no era el método recomendado para principiantes. Habría sido más sencillo disponer de esporas, de micelio o, directamente, de un kit de cultivo. Pero él no era ningún principiante. Ni mucho menos.
Estaba a punto de pasar la tarjeta para salir cuando algo captó su atención. Una carpeta de cartón azul. De su interior asomaba parcialmente una hoja cubierta de apuntes. Nico reconoció al instante aquellas fórmulas. Se acercó, abrió la carpeta y comenzó a leer aquel lenguaje indescifrable con la naturalidad con la que un violinista lee una partitura en mitad de un concierto.
Sus dudas se disiparon al instante. Quienquiera que hubiera escrito aquello estaba recorriendo exactamente el mismo camino que él. No en paralelo, no desde otra disciplina, sino pisando sus huellas con una precisión inquietante. Nico leyó más rápido, con el pulso acelerado, y entonces lo vio: los errores. No era muchos, ni burdos tan siquiera. Eran errores finos, de esos que solo detecta alguien que ha cometido los mismos antes. El responsable había estabilizado el cultivo con un tampón rico en magnesio para favorecer la actividad enzimática del micelio - inteligente, elegante -, pero había cometido un desliz casi invisible: había introducido trazas de flúor para reforzar la unión iónica de la fórmula, sin prever que el flúor, en ese contexto, secuestraba parcialmente el magnesio formando complejos insolubles. El resultado era un falso equilibrio metabólico: la “Azulita” crecía, sí, brillaba, sí… pero no expresaba todo su potencial. Además, el pH estaba ajustado para maximizar la fluorescencia superficial, cuando el verdadero salto cualitativo ocurría - Nico lo sabía ahora con una claridad casi obscena - al forzar una ligera acidosis intracelular, justo en el umbral en el que el magnesio dejaba de ser estructural y pasaba a ser catalítico. Era un matiz. Un susurro químico. Un error que no delataba ignorancia, sino cercanía. Demasiada cercanía.
Levantó la vista de los apuntes y no pudo evitar sonreír. No con soberbia, sino con un orgullo profesional profundo, casi fraternal. Quien fuera aquella persona dominaba del tema. Entendía la micología, la bioquímica, la danza invisible de iones y enlaces débiles. Estaba a uno o dos pasos de descubrirlo todo. Y tuvo la inminente necesidad de saber quien demonios era el autor. Desvió la mirada. En una bandeja de plástico translúcido se apilaban carpetas, cuadernos, hojas sueltas llenas de esquemas, gráficas dibujadas a mano, anotaciones apresuradas en los márgenes. No eran documentos administrativos. Era pensamiento vivo. Trabajo real. Leyó el nombre en la portada superior: Dr. Lena Baumgartner Keller. “Una chica…”, pensó esbozando una sonrisa, mientras se la imaginaba - alta, rubia, preciosa -, enamorándose irremediablemente de ella, de su inteligencia, de su alma gemela. Se sacudió esos pensamientos de la mente, repasó los apuntes una vez más. Cada página confirmaba lo mismo: rigor, obsesión, intuición. Durante un segundo pensó en llevárselos. Durante medio segundo, en destruirlos. Bastaría un gesto torpe, un descuido, un accidente químico. Nadie sabría nunca hasta dónde había llegado Lena Baumgartner Keller. Pero no pudo.
Había líneas que no se cruzaban. No por ética abstracta, sino por respeto. El respeto silencioso que se le debe a alguien que ha pasado noches enteras mirando lo mismo que tú, preguntándose las mismas cosas, equivocándose de la misma manera. Robarle aquello sería como arrancarle el cerebro. Volvió a colocar los papeles exactamente como estaban. Ni una hoja fuera de sitio. Ni una esquina doblada. Se acercó a la puerta. Antes de salir, miró una última vez la luz azulada que emanaba de la sala de cultivos. No con ansiedad, sino con una mezcla extraña de alivio y vértigo. No estaba solo. Nunca lo había estado. La puerta se cerró tras él, suave, sin hacer ruido.
“El Micólogo” dio un salto tan desproporcionado que, durante una fracción de segundo, su alma abandonó el cuerpo, rellenó un formulario de defunción y pidió cita para el más allá. El corazón se le subió a la garganta, la garganta al cerebro y el cerebro intentó escapar al cosmos espacial. El cubo de limpieza que empujaba salió despedido medio metro, describiendo una parábola absurda y por puro milagro no acabó estampado contra una campana de flujo laminar valorada en lo mismo que un piso en Malasaña. Sus hombros se encogieron como si esperara un disparo por la espalda y durante una décima de segundo consideró opciones poco realistas: Huir por el conducto de ventilación. Fingir un ictus. Adoptar una nueva identidad en Paraguay. Todo eso mientras el cerebro, traicionero, le gritaba: ¡TE HAN PILLADO. TE HAN PILLADO. TE HAN PILLADO!
Se giró tan rápido que casi se desnuca, con la mirada de un ciervo sorprendido en mitad de la autopista, las pupilas dilatadas, el sudor frío asomando bajo el traje como si su cuerpo hubiera decidido licuarse desde dentro. La ilegalidad pesaba toneladas en ese segundo. Otro país. Otro laboratorio. Identidad falsa. Una seta milagrosa en una bolsa de plástico. Y entonces vio quién era. No era el FBI. No era un suizo rubio con cara de formulario oficial. Era Gustavo, de pie en medio del pasillo. Tranquilo. Demasiado tranquilo. Con el mocho apoyado en la cadera y esa expresión suya, mezcla de abuelo sabio y cuñado peligroso, mirándolo como si Nico acabara de asustarse con un truco de magia barato.
- Chaval… - susurró - relaja el esfínter, que casi te me desmayas.
Nico tardó dos segundos en recuperar el alma, otros dos en recolocar el corazón en su sitio y al menos cinco en recordar cómo funcionaban las piernas.
- ¡¿TÚ ESTÁS LOCO?! - susurró gritando, con los ojos desorbitados -. ¡Casi me da un infarto!
Gustavo alzó una ceja, imperturbable.
- ¿Has encontrado algo? - preguntó en voz baja -. Casi hemos terminado aquí, y los equipos de limpieza ya están empezando a bajar a la menos dos.
Nico se pasó una mano temblorosa por la frente y respiró hondo. Por primera vez desde que había puesto un pie en aquel laboratorio comprendió una verdad incómoda: no iba a matarlo el sistema de seguridad, ni sus propios nervios. Iban a ser sus compañeros.
- La tengo… - susurró, mirando de reojo a ambos lados.
- ¡No jodas! - Gustavo se acercó un paso -. Déjamela ver.
Nico la sacó del bolsillo apenas un instante, con el sigilo de un camello vendiendo farlopa en un callejón a las tres de la mañana. Solo un segundo. El suficiente para que el reflejo azul inundara el pasillo y para que, en el rostro de Gustavo, se dibujara una sonrisa amplia. Pero no era la sonrisa de un hombre dispuesto a cambiar el mundo, destruir el sistema o salvar a la humanidad. No. “El Bruto” sonreía por motivos mucho más básicos, más primarios, más terrenales. Es decir: pechos como melones, culos como plazas de toros, gargantas profundas. Las mujeres más deseadas del mundo sometidas bajo el yugo de la lujuría, el éxtasis y los fluidos corporales.
- ¿A que viene esa sonrisa? - preguntó Nico, temiéndose lo peor.
- ¿No te lo ha comentado Gabi, verdad?
- ¿Comentar? - preguntó él confundido - ¿El qué?
- Vamos a pasárnoslo mu bien, chaval… - susurró con aquella voz lasciva, tan suya - Pero que muuuuuuy bien.
Le dio un empujón amable y empezaron a andar. Ya tenían lo que habían venido a buscar, así que seguir fingiendo ser quienes no eran, perdió todo el sentido. Mientras los cuadrados y disciplinados suizos de mantenimiento bajaban serios y en orden hacía la Planta -2, ellos se desviaron sutilmente, buscando al resto del equipo. Dispuestos a encontrarlos y escapar de la central cuanto antes.
- Madre mía Gabi… - exclamó Laia con el temblor aún en las piernas - ¿Donde te habías metido todo esto tiempo? Ha sido… joder… ha sido…
No encontraba las palabras, sonreía de oreja a oreja, sintiendo sus caricias con una intensidad casi irreal, mientras Sofi le besaba el cuello, en trance, buscando su calor como si nunca tuviera suficiente.
- ¡Ha sido la hostia! - río él, buscando y encontrando su boca al instante.
Laia aún seguía moviéndose, lo justo para seguir sintiendo aquel pedazo duro de carne que se acababa de correr dentro de ella. Aún podía sentir sus espasmos, como replicas de un terremoto. El recuerdo reciente de como Gabi le clavaba las uñas en la cintura, los jadeos cerca de su oreja, mientras la empotraba como a una perra en celo. Era como si su cuerpo tuviera voluntad propia, como si su cerebro no ejerciera poder alguno sobre él. Aquella sensación de sentirse atrapada entre dos cuerpos sudados, la maraña de brazos, muslos, pechos y espaldas. Cada milímetro de su cuerpo en fricción, cada pedazo de su piel en contacto con piel ajena. Los besos, los jadeos, el olor a sexo que lo consumía todo. Era lo más cercano al paraíso que debía existir sobre la faz de la tierra.
- No… te hagas… ilusiones… - murmuró Sofi, separándose lo que aquel cuartucho le permitía - ¡Es mio, zorra! ¡Que te quede claro!
- Compartir es vivir, vida - rió Gabi - Podemos ser todos amigos…
- ¡Tu calla! - replicó ella dura y firme.
Laia la miró a los ojos directamente. Estaba tan cerca, tan caliente, que solo pensaba en seguir follando. Quizás Gabi hubiera terminado, pero ellas dos podían seguir, nada se lo impedía. Y mientras hacían tiempo para que él estuviera listo para el segundo round de aquel combate sin guantes, - ni bragas -; se lanzó hacia su boca, con furia, apasionada; estrujando sus tetas con violencia. Y Sofi respondió. La agarró del cuello, con fuerza. El dolor confundiéndose con el placer. La apartó lo justo para que ella sacara su lengua de dentro de su boca.
- ¡Te queda claro, guarra! - exclamó excitada - ¡Es mío!
- ¡¿Ah sí?! - replicó ella traviesa, siendo estrangulada - ¿Y que harás para impedir que me lo folle cuando quiera? ¿Eh, puta? A ver…
Sofi apretó la mano aún más. Furiosa sí, pero terriblemente excitada. Sintió los dedos de Laia entrando y saliendo, cada vez más rápido. Estaba mojada, tanto que no había resistencia posible. Apretó los muslos, desesperada, intentando frenar el avance de su mano. Pero estaba tan lubricada que era imposible detenerla. Es más, ni siquiera se esforzó demasiado, pues no deseaba hacerlo. Quería, no… ¡necesitaba! jugar a ese juego: tan radical, tan peligroso.
El corazón le recordaba constantemente el amor que sentía por Gabi; la mente luchaba con todas sus fuerzas por reclamar y defender lo que creía suyo, su territorio; el cuerpo, en cambio, le gritaba que se olvidara de todo y se lanzara al vacío. Y entonces, de repente, sucedió lo inevitable.
El cristal opaco, que llevaba demasiado tiempo ocultando una verdad ancestral, se resquebrajó en mil pedazos. La luna roja emergió entre las nubes, inmensa, dominante: un augurio funesto, un presagio de que aquella noche la sangre sería derramada. Un aullido rasgó el cielo en mitad de la noche, quebrando la quietud del bosque, atemorizando a todo lo que se atreviera a respirar. Una vieja chamana, más bruja que humana, empezó a cantar desde su lúgubre cabaña: “Una pierna que camina… Veneno de serpiente… Por el camino del viento… Voy soplando aguardiente”
La loba en celo emergió de la oscuridad de su guarida…
mostrándose en su plenitud, tal y como era… como siempre había sido.
Fiera, indomable, salvaje, violenta. Lista para salir a cazar.
- ¡Como te cace follándotelo sin mi permiso…!
La amenazó rabiosa, enseñando los incisivos.
La piel erizada, los ojos abiertos como dos luceros demoníacos.
Laia rugió, acelerando el ritmo.
El sonido de su mano entrando y saliendo llenando los silencios.
- ¡Te mataré, zorra! ¡Te arrancaré las entrañas en vida y te obligaré a mirar! ¡Y luego, cuando te entierre… bailaré sobre tu tumba!
Los premolares le chirriaban; la boca, espesa de espuma.
- ¡Eso será si no te mato yo antes, cerda!
Las amenazas quedaron suspendidas en el aire apenas un segundo, lo justo para que ambas se lanzaran la una contra la otra. No fue un gesto tierno ni conciliador, sino un choque frontal. No hubo piedad, solo supervivencia: bocas encontrándose con violencia, colmillos rozándose, heridas abiertas, respiraciones mezcladas en un aliento caliente y furioso, flujo vaginal como sangre emanando de un rio saturado por su caudal. Un beso nacido del odio y del deseo, de la necesidad de imponerse y, al mismo tiempo, de reconocerse la una en la otra. Gabi observaba desde atrás, inmóvil, aterrorizado. El corazón le martilleaba el pecho con una fuerza casi dolorosa. No sabía si unirse a ellas o huir para siempre. Se sentía enorme y diminuto a la vez, reclamado por aquellas dos lobas sin haber dicho una sola palabra. El aire le inflaba el torso como a un animal marcado por la luna, consciente de que, en ese instante, era el centro de un ritual antiguo. Dos lobas bajo la luna roja. Dos cuerpos tensos, arañándose con brutalidad, mordiéndose con violencia, amándose mientras se desafiaban. No había ternura, solo ley. La del bosque. La del hambre. La de la sangre que hierve cuando el instinto despierta. Aquella luna imaginaria, testigo inmóvil de la furia de aquellas dos poderosas e indomables fieras, teñía la escena de un rojo primitivo. No había moral allí, ni culpa, ni humanidad si quiera. Solo el pulso salvaje de lo animal: feroz, despiadado, inevitable. ¡Hermosamente real!
Y Gabi, en medio de aquella lucha sin tregua, sonrió de repente. Pero no fue una sonrisa normal, no… fue una sonrisa desquiciada, del que abandona el suelo y se lanza al vacío, deseando morir. La sonrisa de un suicida, de un loco, de la felicidad absoluta. Surgió de repente, luminosa e inmensa… justo en el instante exacto en que lo entendió todo. El mundo civilizado había quedado muy atrás, reducido a un recuerdo borroso. Había llegado el momento, el que llevaba tanto tiempo esperando. El de regresar a los orígenes. Ser quien debía ser. Vivir como se debía vivir. Saltar por el acantilado sin miedo, gritando, vociferando, desgarrándose los pulmones, desafiando incluso a la propia muerte. Porque eso era él…
Era un fanático religioso cubierto de dinamita a punto de inmolarse y llevarse por delante a todos los infieles. Un manifestante lanzando un cóctel molotov en mitad de una revuelta, tras consignas anarquistas exigiendo el caos absoluto.
Era el capitán del Titanic hundiéndose con su propio barco, con los pies anclados en el puente de mando mientras el océano reclama lo que es suyo. Era Leónidas y sus trescientos en el paso de las Termópilas, sabiéndose muertos antes de empezar, pero puliendo el escudo para que su final fuera eterno.
Era Samsón empujando las columnas del templo de los filisteos, dispuesto a morir aplastado con tal de que sus enemigos no quedaran en pie. Era un samurái sin señor clavándose la daga en las entrañas, prefiriendo el filo de su propio acero antes que la deshonra de una vida vacía.
Era Thich Quang Duc, el monje budista sentado en mitad de la calle, envuelto en llamas y quietud, convirtiendo su propio cuerpo en una pira de protesta silenciosa. Era el soldado atrincherado en la última posición, guardándose la última bala para sí mismo mientras el enemigo saltaba el muro. Dispuesto a no ofrecerles ni su propia vida.
Eso es lo que había sido siempre…
William Wallace en el cadalso, con el aliento a punto de extinguirse, arrancándole al silencio un último grito de "¡Libertad!" que resonaría para siempre en las altas tierras de Escocia. El soldado solitario en el campo de batalla, con la bandera en alto y el rostro cubierto de polvo, cargando contra las filas enemigas a pesar de la lluvia de proyectiles. Era el motor rugiente de un Zero japonés, un kamikaze decidido, una trayectoria que marcaba un punto de no retorno.
Deseaba quedarse para siempre en ese instante. Congelarlo. Habitarlo eternamente.
Por eso deseaba morir.
Quería estar muerto antes de descubrir que existía algo distinto a lo perfecto.
Antes de que la duda, la razón o el mañana profanaran aquel instante de verdad absoluta.
Cumplir la misión era precisamente eso: no sobrevivirla.
Lanzarse sabiendo que no habrá regreso, que el sentido no está en el después sino en el acto. Como la flecha que no duda al dejar la cuerda, todos acabarían comprendiendo que una misión solo se cumple cuando te entregas entero - en cuerpo y alma -, incluso si al hacerlo te rompes.
Como el Silicio, siendo la red invisible que procesa cada uno de nuestros pasos, un cristal de paciencia esperando el impulso eléctrico exacto para convertir un simple cálculo en una victoria eterna. Esta historia continuará…