Efectos Secundarios

A mí Gustavo nunca me cayó nada bien y si por lo que sea muere, me voy a alegrar muchísimo.
Es una basura de persona y que se ha aprovechado de que Laia se ha transformado en una ninfómana a causa de ese incidente.
Estoy tranquilo porque se que va a salir de esta por como empezó el relato. Y sigo pensando que estos 2 acaban juntos.
Que diferencia tan abismal entre Nico y Gustavo.
Uno, un caballero que no se aprovecha la situación, y otro un cerdo asqueroso al que le deseo un final muy cruel.
 
A mí Gustavo nunca me cayó nada bien y si por lo que sea muere, me voy a alegrar muchísimo.
Es una basura de persona y que se ha aprovechado de que Laia se ha transformado en una ninfómana a causa de ese incidente.
Estoy tranquilo porque se que va a salir de esta por como empezó el relato. Y sigo pensando que estos 2 acaban juntos.
Que diferencia tan abismal entre Nico y Gustavo.
Uno, un caballero que no se aprovecha la situación, y otro un cerdo asqueroso al que le deseo un final muy cruel.
Diooooos! La que le ha caído en un momento a Gustavo. :ROFLMAO:
Aunque es un cerdo, hasta me ha dado pena, jajajaja

Un abrazote!
 
Es que desde el minuto 1 no me ha gustado absolutamente nada.
Y ahora ha demostrado lo que es, un ser despreciable y repugnante que se está aprovechando de Laia porque no es ella.
Entiendo por dónde que vas, justo cuando salió este personaje yo le pillé automáticamente manía.
Tiene algo, no se como decirlo, que me da repelús. Pero bueno... esta historia como la vida misma, da muchas vueltas.
Ya veremos que sucede con el pervertido de Gustavo, jajaja
 
Entiendo por dónde que vas, justo cuando salió este personaje yo le pillé automáticamente manía.
Tiene algo, no se como decirlo, que me da repelús. Pero bueno... esta historia como la vida misma, da muchas vueltas.
Ya veremos que sucede con el pervertido de Gustavo, jajaja
Me encantaría que luego de el affaire que ha tenido con este miserable, la propia Laia en su nuevo yo brutal, le arranque la polla o le haga algo malo.
Es lo que se merece este miserable.
 
Yo ya te doy ideas.
Como eres mucho de dejar cadáveres por el camino, si " matas" a Gustavo, yo lo acepto y lo celebrare.
Posiblemente sea el personaje que más detecto de todos tus relatos.
Le he cogido una inquina espectacular.
 
Yo ya te doy ideas.
Como eres mucho de dejar cadáveres por el camino, si " matas" a Gustavo, yo lo acepto y lo celebrare.
Posiblemente sea el personaje que más detecto de todos tus relatos.
Le he cogido una inquina espectacular.
Lo que me he llegado a reír jajajajaja.
Que grande eres!

Ahora tengo un propósito en esta vida, intentar que te caiga bien.
Y soy muy cabezón compañero. Lo conseguiré jajajajaja
 
Lo que me he llegado a reír jajajajaja.
Que grande eres!

Ahora tengo un propósito en esta vida, intentar que te caiga bien.
Y soy muy cabezón compañero. Lo conseguiré jajajajaja
Imposible, compañero.
No me ha gustado desde el minuto 1 y lo que ha hecho aprovechándose de Laia no se lo voy a perdonar nunca.
Lo que espero es que Nico se aleje de ese cerdo.
Mucho tendria que cambiar la historia para que cambie mi opinión.
Ahora lo que me preocupa es que Laia vuelva a su estado natural que ya se que lo va a hacer.
Me encantaría que Nico y Laia tengan su oportunidad tras la confesión de Nico.
Por otra parte, centrándonos ya en el incidente, lo que está claro es que han descubierto algo que en manos peligrosas puede ser un gran problema y por eso creo que los van a perseguir.
 
Imposible, compañero.
No me ha gustado desde el minuto 1 y lo que ha hecho aprovechándose de Laia no se lo voy a perdonar nunca.
Lo que espero es que Nico se aleje de ese cerdo.
Mucho tendria que cambiar la historia para que cambie mi opinión.
Ahora lo que me preocupa es que Laia vuelva a su estado natural que ya se que lo va a hacer.
Me encantaría que Nico y Laia tengan su oportunidad tras la confesión de Nico.
Por otra parte, centrándonos ya en el incidente, lo que está claro es que han descubierto algo que en manos peligrosas puede ser un gran problema y por eso creo que los van a perseguir.
Tiempo al tiempo, jaja.
Como te dije, nadie es tan bueno ni tan malo en este relato.
Si lo piensas bien, Nico también se aprovecha de Laia transformada, justo cuando Sofi entra en su casa y los engancha en pleno acto.
¿Y si aquello con que se ha contaminado Laia no se puede controlar? ¿Y si han descubierto, por error, algo muy peligroso?
Lo sabremos en el próximo capítulo jajaja
 
Salvando las distancias, es algo parecido a lo del doctor Jeckyll and Mr.Hyde.
La verdad es que el relato se ha puesto muy interesante.
Supongo que los efectos pasarán pronto, porque no creo que se quede así para siempre o bien que hay un antídoto que Nico va a encontrar.
Una vez que Laia vuelva a su estado natural, habrá que ver si recuerda lo que dijo Nico y si ella siente lo mismo que podría ser y si no, creo que con el tiempo va a terminar enamorada de él.
 
Capítulo 10. Neón - Malas decisio(Ne)s

El Neón (Ne) ocupa el décimo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del neón con el concepto de las malas decisiones, obtenemos el retrato de una luminiscencia que hipnotiza, pero que no aporta calor ni sustancia. El neón es el elemento del espectáculo y de la noche; es el gas que brilla con más fuerza cuanto más vacío está el tubo que lo contiene.

Las Malas Decisiones según el Neón: El Brillo del Vacío

1. La Atracción de la Oscuridad (Gases Nobles)

El neón es un gas noble, lo que significa que es solitario e inerte. Sin embargo, solo se vuelve protagonista cuando cae la noche y el mundo se oscurece. Las malas decisiones rara vez se toman bajo la luz fría de la razón; necesitan la atmósfera de la noche, el cansancio o la soledad. Como el neón, una mala decisión brilla con un magnetismo irresistible precisamente cuando nos sentimos vacíos o perdidos. Entendemos que su brillo no es una señal de guía, sino un síntoma de que estamos buscando luz en los lugares más solitarios del espectro.

2. La Descarga de Adrenalina (Excitación Electrónica)
Para que el neón brille, debe ser sometido a una descarga eléctrica de alto voltaje que excita sus electrones. Si le quitas la corriente, vuelve a ser un gas invisible y anodino. Una mala decisión suele ir acompañada de un "chispazo" de euforia. Es ese voltaje de adrenalina que nos hace sentir vivos por un instante. Pero tiene una trampa: su brillo depende de un estímulo externo constante. No es una luz propia; es una reacción ante la crisis. Cuando el voltaje de la fiesta o del impulso desaparece, nos quedamos a oscuras, dándonos cuenta de que el brillo no dejó ningún calor tras de sí.

3. El Tubo que Encierra (Confinamiento y Vacío)
El neón solo es útil si está confinado en tubos de vidrio sellados al vacío. Si el tubo se rompe, el gas se escapa y la luz desaparece para siempre. Las malas decisiones crean una visión de túnel. Nos encierran en una estructura rígida donde solo vemos el color neón del momento. Creemos que estamos en un escenario, pero en realidad estamos atrapados en un circuito cerrado. La complicación surge cuando el "tubo" de nuestra vida se rompe por las consecuencias; entonces descubrimos que la decisión no tenía cuerpo, era solo un gas que se disipa en la atmósfera sin dejar rastro.

4. El Color de la Advertencia (Rojo Neón)
El color natural del neón al iluminarse es un naranja rojizo intenso. En la cultura urbana, es el color de los distritos prohibidos y de los carteles de "Abierto" en moteles de carretera. Las malas decisiones también vienen con un código de color. Ese resplandor rojizo es una señal de advertencia que decidimos interpretar como una invitación. El neón nos enseña que el peligro a menudo se disfraza de estética "retro" y nostálgica. Elegimos la mala decisión porque es visualmente atractiva, ignorando que el rojo es, universalmente, el color del “detente".

5. La Inutilidad Química (Inercia Total)
El neón no forma compuestos con ningún otro elemento. No se mezcla, no construye moléculas, no ayuda a la vida. Solo sirve para ser mirado. Esta es la naturaleza más profunda de una mala decisión: su esterilidad. No construye futuro, no crea vínculos reales, no se "aleja" con nuestra esencia para mejorarla. Es una experiencia inerte que termina en sí misma. Como el neón, una mala decisión es un espectáculo de un solo actor que nos deja exactamente donde estábamos, pero con los ojos cansados de tanto mirar una luz falsa.

Conclusión: Las malas decisiones, vistas a través del neón, son la geometría del destello. Son momentos de alta intensidad que eligen la apariencia sobre la reacción, y el vacío sobre la estructura. Decidir bajo el símbolo del neón significa preferir el resplandor momentáneo de un cartel publicitario antes que la luz constante de una estrella. Hay que aprender a distinguir entre la luz que ilumina el camino y el neón que solo decora nuestras caídas.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


El día de Sofi había transcurrido con total normalidad, un lunes cualquiera, en la misma ciudad gris y calurosa, en el mismo trabajo aburrido y rutinario. El mismo desayuno con Fani, a la misma hora de siempre, en el mismo bar de toda la vida, con el mismo camarero que su amiga intentaba trajinarse sin descanso. Todo exactamente igual, excepto por una pequeña y hermosa diferencia: su sonrisa. No una cualquiera, sino amplia, verdadera, capaz de iluminar, incluso, aquel lunes de mierda. El día transcurrió lento, más lento de lo normal. Pues Sofi no podía dejar de pensar en volver a casa, en reencontrarse con Gabi, en sentir de nuevo aquella nueva chispa que los consumía cuando estaban juntos. ¿Qué ocurriría esta vez? ¿Un polvo en algún lugar público? ¿Algún juego sexual que los pusiera a prueba? Estaba nerviosa, expectante, atrapada entre la emoción y el miedo a lo inesperado. No sabía como ni donde, solo sabía que iba a suceder, y también que se iba a quitar las bragas antes de entrar en casa.

Cuando llegó a su portal, subió en silencio al ascensor y se levantó la falda, guardando su ansiedad con una sonrisa nerviosa y sus bragas mojadas dentro del bolso; salió al rellano y puso la llave en el cerrojo. Entró en casa, cerró la puerta, y en un instante, como si alguien la hubiera golpeado a traición, su sonrisa se borró de golpe. Gemidos, eso es lo que escuchó. Pero no eran solo de Gabi, sino de otra persona más: una mujer, no cabía duda. Eso fue lo que asesinó su felicidad. Sofi avanzó despacio; los sonidos provenían del comedor, y hacia allí se dirigió. Su mente imaginaba lo peor, los puños cerrados, dispuesta a darse de hostias con quien fuera necesario. La loba surgió de golpe. La luna roja en el cielo. Sofi avanzaba como un depredador, la furia ardiendo en los ojos, la sed de sangre afilando sus colmillos. Pero en cuanto llegó al comedor, como si aquel alguien invisible la hubiera golpeado de nuevo, su furia se desvaneció de golpe. En mitad del salón, con las luces apagadas, y sentado sobre una silla, alguien estaba recibiendo una tremenda felación, pero ese alguien no era Gabi.
  • ¿Ni… Nico? - dijo, más que sorprendida - ¿Qué… qué cojones haces?
Nico se puso en pie de golpe, subiéndose los pantalones con torpeza. Más que nervioso. Al hacerlo, Sofi pudo ver de reojo a la mujer que estaba de rodillas, aunque no del todo, a causa de la penumbra de la habitación. Pero sí lo suficiente como para entender perfectamente qué tipo de mujer era.
  • ¡¿Y por qué cojones has traído una puta a mi casa?! - gritó sin entender nada - ¡¿Dónde está Gabi?! ¡Gabiiiiiii!
  • ¡No está, Sofi! Esto… ¡Dame un segundo y te lo…!
  • ¡Gabiiiiii! - volvió a gritar Sofi mientras lo buscaba por toda la casa.
Sofi irrumpió en el dormitorio como un vendaval, encendiendo la luz de golpe.
  • ¡Gabi! ¡¿Dónde te has metido?!
Abrió el armario de un tirón, como si esperara encontrarlo como David Carradine, haciéndose asfixia erótica entre las camisas planchadas. Apartó ropa, miró debajo de la cama, levantó incluso el colchón con una fuerza que no sabía que tenía.
  • ¡Sofi, espera, por favor! - jadeó Nico entrando detrás - No es lo que parece…
Ella no escuchaba, lo apartó de un empujón. Ya iba camino del baño. Abrió la puerta de una patada con la frialdad de un Terminator entrando en un bar de moteros, solo que en lugar de ropa y una motocicleta, lo único que buscaba era al idiota de su novio.
  • ¡Gabi, no te escondas! ¡Sal de una vez!
Corrió la cortina de la ducha, abrió el mueble del lavabo, miró dentro de la lavadora como si él fuera un Hobbit y aquello una madriguera de la Comarca.
  • ¡¿Donde estás?! - gritó, más enfadada todavía.
  • ¡No está en casa! - intentó explicar Nico, siguiéndola a trompicones - Te lo juro, déjame explicarte…
Pero Sofi ya había salido disparada hacia la habitación del ordenador. Empujó la puerta, vio la pantalla encendida, el escritorio lleno de cables, el cenicero lleno de colillas, la silla vacía. Abrió cajones sin sentido, dio una patada al reposapiés y miró incluso detrás de la puerta, como si Gabi pudiera haberse aplanado contra la pared por pura supervivencia. Nico, detrás, gesticulaba como un director de orquesta desesperado.
  • ¡Sofi, por favor, escucha solo un segundo! Esto es muy complicado de explicar, pero…
  • ¡COMPLICADO ES LO QUE TE VOY A HACER COMO SIGA SIN APARECER! - le cortó, ya camino de la cocina.
Pasó por enfrente del comedor otra vez, sin quisiera fijarse en Laia - que seguía transformada - y entró en la cocina como una inspectora de asuntos internos pasada de café. Abrió la nevera, preguntándose así misma: “¡¿Qué coño hago mirando aquí?!”, pero ya no descartaba nada. Cerró de un portazo, abrió la despensa, miró detrás de la mesa, debajo de las sillas.
  • ¡GABIIIII! - volvió a gritar, la voz rebotando contra los azulejos, los dientes apretados.
Nico se apoyó un segundo en la encimera, derrotado, recuperando el aliento.
  • Puedes… puedes… parar un segundo y… escucharme… - susurró.
Sofi se giró lentamente hacia él, con esa calma peligrosa que precede a la tormenta. Su rostro era el mismo de Jack Nicholson en el Resplandor. Solo le faltaba escribir con sangre “REDRUM” en las paredes.
  • ¡Más te vale empezar a hablar!
  • Vale… - tragó saliva - Pero por favor… sin gritar.
  • ¡Habla, joder! - gritó ella más fuerte.
  • Solo si prometes que… que no vas… a enfadarte.
  • ¡NO PROMETO NADA! - gritó Sofi fuera de sí agarrando un cuchillo - ¡HABLA JODER!
Nico levantó las manos al aire, sin poder apartar la mirada del filo plateado de aquel cuchillo; y supo, en ese instante exacto, que estaba a punto de dar la explicación más difícil de toda su vida. Ya no era solo explicar lo que le había pasado a Laia, ni tan siquiera la vergüenza por la forma en que Sofi lo había encontrado al entrar en casa, sino algo más profundo, más viscoso: la certeza de haber sucumbido a sus instintos más primarios. Él. El mismo hombre que había jurado encontrar una cura para Laia. El que casi había tirado una puerta abajo para impedir que ella se perdiera en los pecados de la carne. El mismo que la había sacado del laboratorio a escondidas y llevado a un refugio seguro donde poder devolverla a su forma normal… Había sucumbido. En su cabeza se había erigido como guardián moral, protector y defensor de Gotham. Y sin embargo, allí estaba. Del otro lado. Como Harvey Dent, cruzando la línea, convirtiéndose en Dos Caras. Se había aprovechado de ella. De su estupidez momentánea, de su brillo artificial, de esa versión plastificada y exagerada en la que se había convertido. Y ahora que el lívido se había evaporado, que el pulso había vuelto a su ritmo normal, solo quedaba la resaca emocional: la culpa, pesada, inmisericorde, clavándole los colmillos.
  • ¡Habla de una vez o te rajo el cuello aquí mismo! - gritó Sofi, al borde del colapso - ¡¿Dónde - está - Gabi?!
  • ¡Vale, tranquila, joder! - Nico dio unos pasos atrás, instintivamente - ¡Gabi… está… está en casa de Laia!
Aquello no la calmó, para nada. Al contrario, Sofi se tensó aún más. La violencia latente encontró nuevas formas de expresarse. Su mente había dejado de razonar; ya no había lógica, solo imágenes desordenadas y crueles: la primera vez que la vio, en aquella celda, tan cerca de él. La forma en que Gabi la miraba a veces, cuando contó su historia en el bar. Pensó rápidamente en traición, en astas de ciervo brotándole de la frente, promesas rotas, su novio en los brazos de otra, entre las piernas de aquella zorra.
  • ¡¿Y qué hace en casa de Laia, si se puede saber?!
  • No es lo que tú piensas… - intentó sofocar Nico, con la voz temblorosa - Cálmate, por favor…
  • ¡¿QUÉ—HACE—CON—LAIAAAAAA?! - bramó, avanzando un paso, amenazante, el cuchillo tenso en sus manos.
  • Ha ido… ha ido a ver cómo estaba su madre. Solo eso…
  • ¡¿Su madre?! - repitió Sofi, confundida, bajando apenas un par de decibelios - ¡¿Y por qué no ha ido Laia?!
Nico tragó saliva.
  • Porque Laia está aquí, Sofi…
  • ¡¿Aquí dónde?!
  • Aquí, guapa…
Sofi desvió la mirada hacia la puerta de la cocina. El cuchillo cayó de sus manos al instante. Los ojos se le abrieron como dos lunas llenas gemelas, la mandíbula quedó desencajada y las piernas comenzaron a temblarle sin control. ¿Aquello… eso… esa era Laia? No podía ser. Era imposible. Nada tenía sentido. La recorrió con la mirada de arriba abajo, como si necesitara confirmarlo varias veces para creerlo: la melena rubia platino, los ojos semicerrados, los labios rosados e hinchados, los pechos como globos tensos, la cintura estrecha, esas caderas imposibles, casi obscenas. Volvió a mirarle el rostro. Era ella. Era Laia. Y, al mismo tiempo, ya no lo era.
  • ¿Qué…? - fue lo único que logró articular.
Tragó saliva. Se quedó muda. Laia avanzó hacia ella, satisfecha por tener ahora la atención completa de los dos. Su mente nublada solo era capaz de sostener una idea: no importaba si era hombre o mujer; su propósito no era otro que ser observada, deseada, provocar placer. Pero Dos Caras - esta vez - pareció recordar quién había sido antes de caer en desgracia. Actuó sin pensarlo. Sacó una jeringuilla del bolsillo, se abalanzó sobre ella y se la clavó en una teta. El sedante hizo efecto de inmediato. Laia se desplomó en el suelo de la cocina, inconsciente, con una sonrisa estúpida aún dibujada en el rostro.

Nico respiró aliviado. No había sido un gesto heroico. Había sido puro instinto de supervivencia. Por un segundo, su mente se había llenado de imágenes y suposiciones; como si fuera Doctor Strange viendo una infinidad de posibles futuros: Sofi cayendo también bajo aquellos encantos, él siguiéndola sin poder oponer resistencia, la escena desbordándose fuera de control. Imaginó a Gabi regresando a casa y encontrándose a los tres en plena faena. Y entonces lo entendió. El cuchillo que sostenía Sofi, apenas hace unos instantes, ya no sería solo una amenaza, sería la prueba de un homicidio en primer grado.
  • ¿Es ella? - preguntó Sofi de rodillas, sin atreverse a tocarla - ¿De verdad es Laia?
  • Me temo que sí…
  • ¿Pero… pero… Como?
  • No se muy bien como explicarlo… - dijo Nico con una media sonrisa - Pero, lo intentaré.
Entre los dos la llevaron hasta el comedor y la acomodaron en el sofá, con cuidado, como si fuera dinamita: frágil y peligrosa a la vez. Laia se quedó dormida casi al instante, respirando lento, con esa sonrisa boba aún prendida al rostro, ajena al terremoto que había provocado. Nico arrastró la silla donde antes… ¡bueno!, ya sabemos todos lo que estaba haciendo antes; y se sentó frente a la mesa, abrió el portátil con manos nerviosas y lo desbloqueó. La pantalla iluminó su cara ojerosa. Sofi se sentó a su lado, sin quitarle ojo, ni a él ni a Laia. Él se lo explicó todo. O casi todo. Omitió el detalle exacto del origen del desastre, maquilló los hechos, esquivó la confesión de amor como quien bordea un campo minado. Aun así, todo lo demás fue debidamente explicado: la metamorfosis, la perdida de inteligencia, la escena del baño, el incidente con Gustavo, la forma en que Gabi y él la sacaron del laboratorio y se llevaron a casa… y mientras, Sofi no paraba de preguntar. Cada dos o tres segundos lanzaba una nueva, y entre pregunta y pregunta giraba la cabeza para observar aquel cuerpo curvilíneo, brillante, imposible.
  • ¿Y se va a quedar así para siempre?
  • Eso mismo estaba investigando antes de…
  • ¿Antes de que te la estuviera chupando en el salón de mi casa, dices? - lo cortó, afilada - Lo que has hecho es una cerdada, Nico.
  • Yo… yo no…
  • Tío, te has aprovechado de ella.
Aquello fue el golpe definitivo. Nico se hundió en la silla, como si de pronto le hubieran puesto encima todo el peso del mundo. La culpa le cayó sobre los hombros, densa, asfixiante.
  • No pude… - murmuró - Lo intenté, te lo juro. Pero no pude frenarla. Insistía tanto que… que no pude resistirme.
Sofi no respondió. Se giró otra vez hacia Laia. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. Sintió como su coño se humedecía, recordó que no llevaba bragas y se cruzo de piernas.
  • En cierto modo… - dijo tras tragar saliva - te entiendo.
  • ¿Lo dices en serio?
  • Es raro, pero sí - continuó, sin apartar la mirada - Nunca me han atraído las mujeres, y esas curvas tan exageradas… no las encuentro ni atractivas. Pero hay algo… no sé cómo explicarlo.
Hizo un gesto con la mano, buscando la comparación adecuada.
  • Es como si… como si su piel, ese brillo… me atrajera. Como si yo fuera una polilla, ¿sabes? Y ella una luz enorme. Como ese cartel de la Gran Vía…
  • ¿Qué cartel? - preguntó él mientras revisaba los apuntes que había dejado sobre lames.
  • Ese que pusieron nuevo. Un neón enorme, azul… - frunció el ceño - Joder, el de la marca esa de bebidas energéticas… ahora no recuerdo su nombre. Esa que tuvo problemas porque decían creaba adicción, hostias…. Creo que empezaba por M, ¿puede ser?
Nico se quedó inmóvil.
  • Espera un segundo - dijo de pronto.
Sofi se giró hacia él.
  • ¿Sabes cuál te digo?
  • No, no… - Nico levantó un dedo - ¿Qué acabas de decir?
  • Que creaba adicción…
  • No, joder, antes de eso.
  • El anuncio de una marca de bebidas ener…
  • ¡Antes!
  • ¿Lo del neón azul?
  • ¡Sí! ¡Eso! - Nico se levantó de golpe, la silla chirrió - ¡Las polillas, el neón… eso es!
Empezó a pasearse por el comedor, gesticulando, con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de ver el universo encajar. Sofi lo observó en silencio, sin entender que demonios estaba haciendo.
  • ¿Qué pasa ahora? No te sigo, Nico.
  • ¡¿No lo entiendes?! ¡Azul. Las polillas. El neón! - se detuvo en seco, la miró con una sonrisa desbordada, casi febril - ¡Ya sé lo que es!
Se llevó las manos a la cabeza, riendo, al borde del grito.
  • ¡Joder! ¡Claro! ¡¿Como cojones no lo he visto antes?!
  • Esto… ¿Te importaría decirme que coño está pasando?
  • ¡Azul Sofi! ¡El puto neón azul!
  • Si vale, ya lo he entendido, pero…
Nico no tardó ni un segundo más.
  • ¡Mycena Neonfaucis! - exclamó en voz alta, saboreando cada sílaba como si acabara de pronunciar un conjuro antiguo - ¡Las Fauces de Neón!
Se sentó frente al ordenador de un tirón, apartando papeles, abriendo carpetas, tecleando con una urgencia casi febril. La pantalla se llenó de notas, esquemas a medio hacer, números, fórmulas, fotografías borrosas tomadas en condiciones imposibles.
  • Aquí estás… - murmuró - Sabía que te encontraría.
Hizo clic en una imagen y la amplió.
  • ¡¿Una seta?! - preguntó Sofi extrañada.
  • No una cualquiera, amiga. La Mycena Neonfaucis es la más extraña de los esporocorpos. Aunque los lugareños no la llaman así, claro - añadió, sin apartar los ojos de la pantalla - Ellos la conocen como Lucero de Cueva o simplemente La Azulita. Nacen en las zonas de selva alta, como en las cuevas de Tingo María, las leyendas criollas dicen que la luz azul es un cebo de los seres del subsuelo para robarle el alma a quien se acerque.
Sofi, todavía medio aturdida por tanta información, se inclinó hacia delante para mirar mejor. La fotografía mostraba un hongo imposible: nacía directamente de la roca húmeda de una cueva, como si la piedra lo hubiera soñado. El sombrero era pequeño y traslúcido, de un azul neón tan intenso que parecía emitir luz propia. Las láminas, finísimas, formaban una geometría casi hipnótica, y el tallo, viscoso y brillante, parecía latir suavemente, como si estuviera vivo de una forma que no correspondía a los hongos.
  • Es… preciosa - susurró sin darse cuenta.
  • Tan bella como mortal - respondió Nico, girándose hacia ella - Es venenoso… hasta niveles absurdos. Pero no solo eso.
Se levantó y empezó a pasear por el comedor, otra vez con esa energía nueva, eléctrica.
  • Es la única seta carnívora conocida de su especie. No caza como una planta, no se mueve tan siquiera… caza con la luz. Ese azul no es casual. Emite una longitud de onda que vuelve locas a las polillas y a los insectos de las cuevas. Las atrae, las hipnotiza. Se acercan creyendo que es una salida, una grieta hacia el exterior… y cuando se posan - Hizo un gesto seco con la mano - Quedan atrapadas en una mucosidad neurotóxica. El hongo las digiere lentamente. Proteínas, lípidos, todo. Se alimenta de sus víctimas.
Sofi frunció el ceño.
  • ¿Y se sabe qué hace exactamente el veneno?
Nico negó con la cabeza, sonriendo de lado.
  • Ese es el problema. O el milagro. Es tan rara, tan aislada, que apenas se ha estudiado. Crece solo en cuevas muy concretas, a cientos de metros bajo tierra, en zonas del Perú donde ni siquiera llegan los espeleólogos más expertos. Humedad extrema, cero luz solar, ecosistemas cerrados. Es como si no quisiera ser encontrada. Sinceramente, no sé ni como ha podido llegar al laboratorio…
Volvió a la mesa y, casi con reverencia, sacó de su mochila el tubo de ensayo. El líquido azul seguía allí, denso, brillante, idéntico al de la pantalla. Lo sostuvo frente a la luz del monitor, comparándolo.
  • Tienes que ser tú… - dijo en voz baja como si hablara con él - no eres sulfato de cobre, ya lo he comprobado, ni complejo de cobre-amoniaco, ni azul de Metileno, ni de Bromotimol…
Sonrió. No una sonrisa alegre, sino la de alguien que acaba de encajar la última pieza de un rompecabezas imposible.
  • No hay otra explicación. La mutación en su cuerpo, el brillo de su piel, la atracción que ejerce sobre los demás… - levantó la vista hacia Laia - No fue un accidente cualquiera, compañera. Te contaminaste con algo que no debería haber salido nunca de su cueva.
Cerró el puño alrededor del tubo, con decisión.
  • Ahora que sé lo que es… - añadió, con una convicción nueva, peligrosa - también puedo saber como revertir sus efectos
  • ¡Vale! ¿Y que hacemos ahora, Nico? - preguntó Sofi.
Él la sujeto de la muñeca, los ojos desorbitados, la sonrisa feroz.
  • ¡Al Batmobil Robin! ¡Debemos volver al laboratorio!
Todo sucedió a un ritmo endiablado. La llamada duró menos de un minuto. Frases cortas, palabras clave, silencios cargados. Un “confía en mí” y un “ahora mismo voy” bastaron. Un coche frenando en doble fila. Puertas abiertas. Una muñeca de plástico cargada a trompicones en el asiento trasero, demasiado rígida, demasiado brillante para ser real. Un chaval de mantenimiento que no hacía preguntas, con las manos al volante. Un científico con ojeras y la cabeza en llamas subiendo con prisas. Y una chica sin bragas, sentándose en el asiento del copiloto, la misma chica que - como la mismísima mujer de Arquímedes - había sido la causante del grito exacto en el momento exacto: ¡Eureka!. Aunque esta vez, no hubieron bañeras de por medio. Embrague. Primera. Gas. Noche. Farolas pasando como latidos. Preguntas atropellándose unas a otras, muchas sin respuesta. Pero una dirección clara, grabada a fuego. Aparcar. Descargar. Entrar. Pasar desapercibidos. Nadie mira dos veces a quien camina con decisión. Tarjeta. Puertas que se abren. Pasillos largos. Puertas que se cierran. Sótano. La última puerta. Luces frías. Mesas de acero. Y Nico ya estaba dentro del huracán. Manos en movimiento. Probetas. Ensayos. Fallos. Volver a empezar. Apuntes manchados. Teclas golpeadas. La cabeza echando humo. El móvil vibrando sin parar: mamá, mamá y mamá otra vez. Llamadas ignoradas. El mundo reducido a fórmulas, hipótesis y una obsesión azul.

Mientras tanto, Laia estaba en el suelo, la espalda apoyada contra una de las mesas del laboratorio. Gabi y Sofi la vigilaban de cerca. Sin mirarla demasiado. Porque mirarla era peligroso. Porque la atracción estaba ahí, densa, incómoda, imposible de negar. Un gesto mínimo de Sofi y Gabi lo notó. No llevaba bragas. Silencio. Miradas que antes se esquivaban, ahora firmes la una en la otra. Risas nerviosas. El calor subiendo sin permiso. Más preguntas. Ninguna ejecutada. Y en medio de ese caos acelerado, casi sin aviso, Laia se movió. Un parpadeo. Un suspiro. El sedante empezaba a retirarse. Y el reloj, de pronto, corría en su contra. Todos sabían que pasaría si se despertaba, Gabi y Sofi ni tan siquiera la necesitaban a ella. Estaban ardiendo, a medio paso de encerrarse en aquel cuarto de baño, sin necesidad de la “Azulita”. A ellos les bastaba con sentirse uno cerca del otro.
  • ¡Nicoooo! ¡Date prisa! - exclamó Gabi - ¡Se está despertando!
  • ¡Voy joder! ¡Casi lo tengo! ¡Dos minutos!
  • ¡No tenemos dos minutos! - contestó Sofi observando como Laia abría los ojos de nuevo - Sujétala mi vida, que no se mueva…
Gabi asintió, cada uno la agarró de un brazo. Pero cuando aquel azul intenso brotó en sus ojos y esa sonrisa juguetona volvió a su rostro, tanto uno como el otro, se estremecieron. Eran exactamente - o al menos así se sentían - como aquellos insectos que Nico había descrito. Atraídos hacía aquel brillo, incapaces de resistirse al poder magnético que ejercía sobre ellos.
  • ¡Nicoooooo! - volvió a insistir Gabi.
  • ¡Ya casi lo tengo! ¡Aguantad un poco más, hostias!
Pero ya era demasiado tarde, Laia levantó el brazo izquierdo, con tanta fuerza que Sofi no pudo detenerla. Pero su mano no buscó golpearla, ni liberarse tan siquiera. Solo buscaba lo único que le importaba: Dar placer. Sofi de cuclillas perdió la respiración cuando notó los dos dedos de Laia entrando sin demasiada resistencia en su coño. Gabi se estremeció, al ver como empezaba a masturbarla. Su novia empezó a gemir al instante, chorreando como una fuente, el suelo lleno de flujo, al instante. En un acto reflejo, por intentar separarla, dejó de sujetarle el brazo a Laia - ¡Mala idea, chaval! -. Al sentirse liberada, ella lo agarró de la cabeza y lo empujó con violencia contra su cueva del placer. Gabi cayó embriagado al instante por el olor, empezando a lamer como un perro obediente.

Nico alzó una nano milésima de segundo la vista de su experimento número 34.
  • Maldita sea… - murmuró entre dientes al verlos, dándose más prisa aún.
Volvió a clavar los ojos en la mesa de trabajo y el mundo se redujo a un rectángulo de acero, vidrio y luz blanca. Primero orden. Siempre orden. Clasificó muestras, etiquetó frascos, descartó sin piedad lo que no encajaba. Sus manos se movían solas, con la memoria muscular de años de laboratorio: pipetas, centrífuga, temporizador. Un gesto, un ‘clic’. Otro más. El reloj corría, pero él iba más rápido. Aisló, separó, repitió. Ensayo tras ensayo. Error. Corrección. Anotaciones rápidas, tachones furiosos, flechas que se cruzaban como si el cuaderno fuera un campo de batalla. Ajustó parámetros, cambió temperaturas, esperó segundos que parecían horas enteras. Nada. Otra vez a empezar. Respiró hondo. Reinicio el proceso. Lo redujo a lo esencial. Menos pasos. Menos ruido. Menos precisión. Observó reacciones, descartó lo superfluo, se quedó con el patrón que se repetía como un susurro insistente. Ahí estaba. Siempre había estado ahí.

Sus dedos temblaron, pero no dudó. Filtró. Purificó. Estabilizó. El líquido final reposó unos instantes bajo la luz. Transparente. Calmado. Como si no supiera el caos que estaba a punto de enfrentar. Nico sonrió de verdad por primera vez en horas. Tomó una jeringuilla estéril, aspiró con cuidado, expulsó el aire, comprobó la dosis dos veces. Una tercera, por si acaso. El sonido seco del émbolo fue casi ceremonial. La dejó sobre la bandeja metálica. Lista.
  • Ya está… - susurró, más para sí mismo que para nadie - No me falles ahora, amiguito.
Nico sabía que aquello no debía hacerse así. Lo sabía con la misma claridad con la que se sabe cuándo se está cruzando una línea sin retorno. Cualquier sustancia nueva exigía un ritual previo casi sagrado: pruebas in vitro, cultivos celulares, ensayos en modelos biológicos, curvas de toxicidad, márgenes de seguridad. Tiempo. Mucho tiempo. Observación, repetición, error controlado. Después vendrían las microdosis, la monitorización, la espera. La ciencia no perdona los atajos. Pero allí no había tiempo. Solo urgencia. Laia era como la Caja de Pandora, y había que sellarla antes de que lo destruyera todo.

Aquel antídoto casi improvisado, iba a entrar directamente en el torrente sanguíneo de un ser humano sin red, sin garantías, sin un maldito protocolo que lo protegiera. Podía salvarla… o podía matarla. Podía devolverle lo que era… o terminar de romperlo todo. Y aun así, tenía que hacerlo. Porque no hacer nada también era una decisión. Y esa, Nico ya la había descartado. Por primera vez en su vida, rezó. La ironía le golpeó con fuerza: un científico, un hombre de datos, fórmulas y probabilidades, suplicando ayuda a un dios en el que nunca había creído. Pero cuando todo lo demás se agota, solo queda la fe. Aunque sea prestada. Aunque sea desesperada. Aunque sea en medio de un laboratorio.

Se acercó despacio. Se detuvo un segundo. La escena ante él era un caos de cuerpos, respiraciones aceleradas, tensión al límite. Demasiado humana. Demasiado tentadora. Cerró los ojos con fuerza, como quien se arranca a sí mismo del borde de un precipicio. “¡No mires. Hazlo!”, se dijo a si mismo. Clavó la jeringuilla con decisión, sin temblor, como Van Helsing hundiendo una estaca en el corazón de un vampiro. No hubo dramatismo, solo precisión. Ciencia convertida en acto de fe. Empujó el émbolo. Y volvió a rezar. No para que funcionara. Sino para que, pasara lo que pasara después, pudiera vivir con ello. Esperó - ni tan solo ese maldito dios, en el que no creía supo cuanto -, quizás fueron segundos, quizás horas, quizás una eternidad. Y mientras lo hizo, no abrió los ojos ni un solo instante. Esperó como el que cae de un quinto piso, esperando el desenlace inevitable, sin atreverse a mirarlo de frente.
  • ¡Funciona! - gritó Gabi de repente.
Nico abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz del laboratorio, y lo primero que vio fue a Laia. Al principio apenas un cambio sutil: un brillo distinto en sus pupilas, la mirada más alerta, más despierta. Luego, el pelo rubio que se había vuelto casi artificial, volvió a su tono oscuro natural, ondulado y suave como siempre. Sus labios perdieron aquel volumen exagerado, recuperando la forma y el color de siempre, los ojos volvieron a reflejar inteligencia, chispa y carácter. Incluso su cuerpo, aquel cambio grotesco que había estremecido a todos, se reconfiguró con delicadeza, los pechos volviendo a su tamaño natural, las caderas armonizando, la cintura marcando la misma figura que Nico recordaba de siempre. Se quedó allí un instante, contemplando el milagro que él mismo había provocado, con la respiración entrecortada y las manos aún temblando por la tensión acumulada. Todo estaba volviendo a su sitio. Todo parecía encajar de nuevo, aunque la memoria de lo ocurrido seguía allí, latente y peligrosa.

Entonces, Sofi se levantó de golpe, casi impulsada por la urgencia de sus propios instintos. Agarró la mano de Gabi y se llevó con él.
  • ¿A dónde vais? - preguntó Nico, entre sorprendido y divertido, mientras seguía con la vista la trayectoria de ambos.
Gabi se giró un segundo, encogiéndose de hombros y esbozando una sonrisa traviesa, antes de desaparecer tras la puerta que se cerró de inmediato con un portazo. Y entonces llegaron los gemidos, inmediatos, intensos, inconfundibles. Nico no pudo evitar negar con la cabeza, esbozando una media sonrisa. Estaba claro que Sofi no iba a quedarse a medias.

Volvió la vista a Laia, quien aún despertaba tranquila y confiada, mientras él le agarró la muñeca y le tomó el pulso con cuidado. Todo estaba en orden. Por ahora. Un alivio profundo le recorrió el cuerpo, mientras la tensión del momento se disolvía, dejando solo el suave latido de la normalidad recuperada.
  • Nico… - dijo Laia volviendo en sí.
Intentó levantarse de golpe, pero sintió que las piernas le flaqueaban.
  • Eh, eh… despacio - susurró él, sujetándola - ¿Cómo te encuentras?
  • Un poco mareada… como si… como si hubiera bebido demasiado.
  • ¿Algo más? - sacó una pequeña linterna cilíndrica, pasándola por sus ojos - ¿Náuseas, dolor, pinchazos, fiebre…?
  • No, no… me siento genial - sonrió ella - Solo tengo, un poco de frio…
  • Ten, ponte esto - Nico le acercó una bata de laboratorio, ayudándola a vestirse - ¿De verdad que te encuentras bien?
  • Si pesado… - sonrió ella - En realidad, te diría que jamás me he sentido tan bien. ¡Menudo día, ¿eh?!
Nico se puso nervioso al instante al escuchar aquellas palabras.
  • ¿Re… recuerdas algo… de lo que… de lo que ha pasado?
  • ¡Sí, claro! - Laia empezó a reír.
  • ¿Todo? - preguntó Nico, sintiendo el auténtico terror recorrer su cuerpo.
  • ¡Oye, Nico! No pasa nada… si no hubiera querido, no lo hubiera hecho - sonrió restándole importancia, para luego añadir con un leve guiño de ojo - Que pena que Sofi nos pillara en plena faena.
Él se puso rojo como un tomate, sin saber dónde meterse, sin saber qué pensar. Hasta aquel momento había creído que había abusado de ella, y ahora le acababa de confirmar que, en todo momento, había estado consciente. ¿Qué quería decir con eso de “si no hubiera querido”? ¿Acaso le había gustado? ¿Era eso? ¿Le quería? ¿Era mutuo? “No, no puede ser… pero si cuando se lo confesé, salió corriendo”, pensó.
  • Pero… Laia, no… no eras tú.
  • ¡¿Cómo que no era yo?! Pues claro que lo era…
  • No lo eras, tu cuerpo cambió…
  • ¡¿Pero qué chorradas dices, Nico?!
  • Se te pusieron los… los…
  • ¡¿Los qué?! - preguntó nerviosa. La auténtica Laia había vuelto por fin.
  • Los pechos, joder… se te pusieron así de grandes - gesticuló él exageradamente.
  • ¡Sí, ya! ¡Ojalá, chaval!
Nico parpadeó varias veces, intentando procesar la avalancha de información. La sensación de vergüenza y alivio se mezclaban en su pecho como agua hirviendo. Por un momento, se quedó inmóvil, observando cómo Laia se levantaba con una naturalidad que él aún no podía comprender del todo. Sus manos temblaban ligeramente mientras la ayudaba a sentarse en un taburete, y por un segundo se preguntó cómo podía un solo cuerpo haber sido capaz de provocar tanto caos, confusión y placer al mismo tiempo.
  • No te estoy tomando el pelo, te lo prometo. Se te puso el culo enorme, los labios hinchados, una cara de estúpida que… - intentó explicarse.
  • ¡Oye, imbécil! - lo interrumpió Laia con un codazo y una carcajada - ¡Aquí el de la cara de bobo eres tú, no yo!
Nico tragó saliva, girando la mirada hacia otra parte, mientras ella seguía riendo, ligera, como si nada hubiera pasado. Y entonces él recordó algo. Su rostro se puso rígido.
  • ¡Laia, te digo que no eras tú! - le reprochó - ¿Cómo explicas entonces lo que hiciste con Gustavo?
  • Me apetecía… - respondió ella despreocupada.
  • ¡¿Con Gustavo?! ¿En serio? - Nico puso cara de asco, no podía creérselo.
  • ¡Siii! ¡En serio! - contestó en tono burlón, divertida - ¿Qué hay de malo, a ver?
El silencio duró apenas un segundo, roto por la necesidad que le surgió a Nico, la pregunta que llevaba rondándole por la cabeza desde hacía rato.
  • ¿Y… y conmigo…? - musitó, rojo como un tomate, mirando al suelo.
Laia lo observó como siempre lo hacía, con esa mezcla de complicidad y picardía, y soltó una carcajada grave, profunda, que le recorrió todo el cuerpo.
  • ¡Nico, tú eres el claro ejemplo de que Dios aprieta, pero no ahoga!
  • ¡¿Qué quieres decir con eso?! - preguntó él, entre nervioso y ofendido, sin atreverse a mirarla demasiado rato directamente a los ojos.
  • Pues que todo lo que la vida te ha negado de cintura para arriba… te lo ha compensado de cintura para abajo - La risa se volvió salvaje, incontrolable.
Nico se encogió, los mofletes rojo magenta, con los hombros tensos y las manos temblorosas. Por un segundo, quiso desaparecer bajo el suelo del laboratorio. Y justo entonces, Laia se detuvo en seco, como si algo le viniera de golpe a la cabeza.
  • Escucha… ¿dices que mi cuerpo mutó?
  • Sí, aunque no me creas - contestó Nico, todavía incómodo.
  • El cerdo de Gustavo me grabó en el baño mientras lo hacíamos… Así que si dices la verdad, lo sabremos pronto.
  • ¿No te basta con mi palabra? - preguntó él sin saber ya como sentirse.
  • ¡Por dios, Nico! - exclamó Laia, dejando un beso en su mejilla - Mira que eres susceptible.
La puerta del baño se abrió de pronto. Laia elevó las cejas al verlos salir, sin poder evitar soltar una risa divertida.
  • ¿Qué tal, parejita? Relajados, por lo que veo, ¿no? - dijo, burlona.
Gabi y Sofi corrieron hacia ella, como si su vida dependiera de inspeccionar cada centímetro de piel. La miraban con los ojos abiertos como platos, sin creerse del todo que todo hubiera vuelto a la normalidad. La tocaban con cuidado, como quien acaricia un animal salvaje en un zoo, examinándola de arriba abajo como si fuera un coche recién salido de “Chapa y Pintura”, asegurándose de que todo estuviera en su sitio.
  • Vosotros a vuestro rollo, ¡eh! - rió Laia - Ya os cansaréis…
  • ¿Cómo te encuentras? - preguntó Sofi, poniendo el dorso de la mano en su frente con cautela.
  • Bieeeen… ya se lo he dicho a Nico, me siento genial, mejor que nunca.
  • Esto…. - Gabi se rascó la nuca, torpe, sin saber cómo reaccionar ante tanta normalidad repentina - ¿Te ha contado Nico… te ha dicho lo que… lo que…?
Laia no pudo evitar reír al ver que le volvían a hacer las mismas preguntas, una y otra vez.
  • Siiii… lo recuerdooooo… - dijo, arrastrando las palabras con diversión.
  • ¡¿En serio?! - Sofi se puso tensa de golpe, cruzando los brazos.
  • ¿Algún problema, guapa? - preguntó Laia, alzando el mentón, desafiante.
  • ¡Pues unos cuantos, sí! - se acercó Sofi - Intentaste tirarte a mi novio en mi propia cara.
  • Que yo recuerde no te importó demasiado. Más bien al contrario - replicó Laia con descaro.
Le hizo un gesto obsceno con los dedos, recordándole exactamente lo que acababa de suceder. Pero antes de que la pelea de lobas estallase, Gabi y Nico intervinieron, poniendo paz y arriesgando su integridad física por lograrlo. Montaron un cordón de seguridad alrededor de ellas, alejando la chispa de la gasolina antes de que prendiera todo. Poco a poco, todos se calmaron. En el fondo, no podían enfadarse: los hechos eran los hechos, y además estaban en un maldito laboratorio, templo del empirismo. Aunque Sofi seguía pensando que la situación era muy distinta. Una cosa era actuar poseída por aquel líquido azul, otra muy distinta hacerlo conscientemente. Pero el reciente recuerdo del encuentro con Gabi en el cuarto de baño la mantuvo lo suficientemente relajada como para guardar las uñas y, de momento, respirar sin saltar a la yugular.
  • Solo tengo una pregunta - dijo de repente Laia - Y es paraaaaaa… ¡Nico!
Dijo divertida como si estuviera en un concurso de televisión.
  • A ver… ¿cual? - respondió él enviándole un mensaje a su madre de que todo iba bien.
  • Eso que me has pinchado… dices que me ha devuelto a la normalidad, ¿verdad?
  • Sí…
  • Entonces… Si has descubierto una “cura” - sonrió haciendo el gesto de las comillas con los dedos - Es que conoces la “en-fer-me-dad”, ¿verdad?
  • Si lo que preguntas es que ha causado todo este caos… Sí. Conozco al responsable.
  • ¡Genial! - sonrió ella.
  • ¿Genial? - preguntó Gabi sin comprender.
  • Si… porque quiero más.
  • ¡Tu estás chalada! - bufó Sofi.
  • No, guapa… Soy una visionaria. Lo que pasa es que no estás a mi nivel… y posiblemente jamás lo llegues a estar.
  • ¡Tengamos la fiesta en paz, por favor! - exclamó Gabi poniendose en medio.
Nico la miró fijamente, la conocía demasiado bien: esa sonrisa endiablada, esa mirada perspicaz, Laia había entrado en modo “Business”. Y cuando aquello ocurría, no había valiente capaz de pararla.
  • ¡Ni lo sueñes! - dijo secamente.
  • Venga Nicoooo no seas aburrido, te lo pido por favoooor…
  • ¡Laia, No! Es una maldita locura. Una cosa es vender antidepresivos o opiáceos… esto es peligroso, está a otro nivel.
  • Precisamente por eso hay que empezarlo a vender… porqué está a otro nivel.
  • ¿En serio estamos discutiendo esto? - preguntó Sofi.
  • Esto no va contigo, guapa. Es un asunto entre él y yo.
  • Perdona Laia, pero Sofi tiene razón. Y Nico también… Si hubieras visto lo que nosotros hemos visto, no estaría diciendo jilipolleces.
  • Y si tu hubieras sentido lo que yo he sentido, te estarías metiendo lo que cojones sea esa mierda azul por la vena ahora mismo en cantidades industriales…
La forma en que lo dijo, su seguridad, su mirada. Hicieron dudar a Gabi.
  • ¿Tan bueno era? - preguntó de repente, sintiendo genuina curiosidad.
  • ¡Cariño! ¿Pero que haces? - replico Sofi mosqueada.
  • Solo pregunto, mi vida… Siento curiosidad.
Laia se cruzó de brazos, los miró a los tres, como quien ya ha ganado antes de empezar a jugar.
  • Solo os diré una cosa… Quizás mi vida sea un desastre, no lo niego. Pero si algo tengo es un sexto sentido para los negocios…
  • ¡Doy fe! - respondió Nico absorto con los mensajes de su madre - Pero sigo diciendo que es peligroso.
  • ¡Todo lo que vale la pena lo es! Pero si conseguimos hacerlo bien - hizo una pausa asintiendo con la cabeza - ¡Nos haremos ricos!
  • ¿Como de ricos? - preguntó Sofi con los ojos iluminados.
  • Nena… muy… pero que muy… ricos.
Como el Neón, brillando en la oscuridad de un callejón con una luz artificial y perfecta, una promesa radiante que no necesita a nadie más para existir. Esta Historia continuará...
 
Y por cierto me ha decepcionado que Nico haya caído ante la otra Laia y sobre todo que Laia fuera consciente de lo que hacía y no sienta asco de que el cerdo de Gustavo tuviera sexo con ella.
 
Tengo la sensación de que Laia va a ser un generador de problemas. El haber vivido en estado precario tanto tiempo no la deja pensar con la coherencia suficiente. Prioriza el dinero sobre seguridad y felicidad. No sé si sería buena pareja para Nico.
 
Tengo la sensación de que Laia va a ser un generador de problemas. El haber vivido en estado precario tanto tiempo no la deja pensar con la coherencia suficiente. Prioriza el dinero sobre seguridad y felicidad. No sé si sería buena pareja para Nico.
Precisamente por culpa de ella van a ser perseguidos por gente peligrosa como se ve en el comienzo del relato.
 
Tengo la sensación de que Laia va a ser un generador de problemas. El haber vivido en estado precario tanto tiempo no la deja pensar con la coherencia suficiente. Prioriza el dinero sobre seguridad y felicidad. No sé si sería buena pareja para Nico.
Precisamente por culpa de ella van a ser perseguidos por gente peligrosa como se ve en el comienzo del relato.
Tal y como veo a los personajes ahora mismo, aunque puede cambiar en un futuro, Laia sin duda es una adepta del caos.
En el sentido de que como dice el compa elherdau su mente funciona distinta a los demás. Es un personaje que ha tenido que madurar antes de tiempo y que ha debido tomar caminos que nadie debería tomar jamás. No veo una ansia por el dinero ya que no la mueve la ambición, sino solamente el hecho de sobrevivir y seguir adelante. Donde otros ven peligro, ella solo ve una salida. La sociedad le ha dado tantas veces la espalda, que ya no confía en el sistema. Por decirlo de algún modo su lema de vida seria: Camina o Revienta, como el libro del Lute.

Nico, en la mente de ella, es un contrapeso ideal. Pues es todo lo contrario. Hijo de familia adinerada, tranquilo y reflexivo.
Es todo lo opuesto a ella, por eso lo quiere tanto. Pero no como él desearía, al menos de momento. Me gusta pensar que Laia no tiene tiempo para el amor, como si el mundo la empujase constantemente al abismo y fuera incapaz de estrechar lazos sinceros con los demás.
A mi, por ahora, es uno de los personajes que más me fascina. Pues es una guerrera, y las mujeres salvajes me pueden, jejeje.

Dejo capítulo nuevo en breves, señores.
Un abrazo enorme.
 
Capítulo 11. Sodio - La (Na)turaleza es sabía

El Sodio (Na) ocupa el onceavo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del sodio con la sabiduría de la naturaleza, no hablamos solo de conocimiento, sino de la inteligencia biológica profunda que sostiene el orden del mundo. El sodio es el guardián de los fluidos y el mensajero del pulso vital; es el elemento que entiende que la vida no es un estado estático, sino un flujo constante de intercambio.

La Sabiduría de la Naturaleza según el Sodio: La Inteligencia del Flujo

1. El Equilibrio de las Mareas (Homeostasis)
En la naturaleza, el sodio es el gran regulador del agua. En nuestras células y en los océanos, él decide dónde debe estar el líquido para que la vida no se marchite ni se inunde. La sabiduría de la naturaleza es, ante todo, equilibrio. El sodio nos enseña que ser sabio es saber gestionar los propios recursos: cuándo retener y cuándo soltar. Es la inteligencia de la homeostasis: esa capacidad de mantener la calma interna mientras el entorno cambia. Aprendemos que la verdadera sabiduría no es controlar el mundo, sino regular nuestra propia "marea" interna para estar siempre en armonía con el ciclo exterior.

2. La Electricidad de lo Vivo (Potencial de Acción)
La naturaleza utiliza el sodio para crear electricidad. Cada vez que una planta cierra sus hojas o un animal parpadea, hay un baile de átomos de sodio cruzando membranas. La naturaleza no piensa, actúa; y esa acción es pura sabiduría. El sodio es el lenguaje de esa intuición eléctrica. La sabiduría de la naturaleza es la que nos dicta la respuesta inmediata ante el peligro o la belleza. Es entender que la mente es solo una parte de la inteligencia, y que nuestras células ya poseen una "sabiduría de sodio" que sabe cómo sobrevivir y conectarse mucho antes de que nosotros tomemos una decisión consciente.

3. El Sacrificio en la Orilla (La Reactividad Pura)
El sodio metálico es tan puro que no puede existir libre en la naturaleza; siempre está buscando unirse a otros. Al contacto con el agua, se entrega en una reacción de fuego y calor. La naturaleza no es egoísta; es una red de entregas constantes. El sodio nos enseña que la sabiduría radica en la interconexión. Al igual que el sodio se transforma para volverse útil - como sal en el mar-, la sabiduría de la naturaleza nos invita a dejar de ser individuos aislados y "metálicos" para convertirnos en parte de un ecosistema. Renunciar a la pureza del "yo" para fundirse en el "nosotros" es la alquimia más sabia.

4. La Conservación del Legado (La Sal como Escudo)
Durante milenios, la sal - cloruro de sodio - ha sido el método natural para evitar la putrefacción, preservando la materia para que perdure en el tiempo. La naturaleza es sabia porque sabe qué debe perdurar. El sodio actúa como el conservante de la experiencia. La sabiduría es la memoria de lo que funciona: las raíces que buscan agua, las aves que migran, la piel que cicatriza. Ser sabio bajo el símbolo del sodio significa ser capaz de distinguir entre lo efímero y lo eterno, protegiendo aquello que merece ser transmitido a las próximas generaciones.

5. Brillo de la Guía (La Lámpara de Vapor)
En la oscuridad o en la niebla, la luz del sodio es la que mejor penetra la bruma debido a su longitud de onda específica. Cuando el ser humano se pierde en la complejidad de la tecnología o la duda, la sabiduría de la naturaleza aparece como una luz de sodio: amarilla, cálida y clara. Es la brújula que nos devuelve a lo básico - respirar, caminar, observar -. Recurrimos al "amarillo sodio" de la naturaleza para encontrar el camino de regreso a nuestra propia esencia cuando todo lo demás es ruido y confusión.


Conclusión: La sabiduría de la naturaleza, vista a través del sodio, es la geometría del pulso. Es una inteligencia que no se lee, se siente en la conductividad de la sangre y en el sabor del mar. Ser sabio bajo el símbolo del sodio significa reconocer que somos agua que piensa, impulsada por átomos que saben exactamente qué hacer para que el corazón siga latiendo. Dejemos de buscar respuestas en el silicio de las máquinas y volvamos al sodio de la vida: al equilibrio, al instinto y a la sal de la experiencia.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Nico seguía absorto en su trabajo. Trabajaba sin descanso, como si hubiera olvidado que el cuerpo exige beber, comer o evacuar con cierta regularidad. Parecía incluso que se olvidara de respirar en ciertos momentos. Para él solo existía la ciencia. Solo existía el conocimiento. El saber era lo único necesario: estudiar, comprender, investigar, probar, fallar, volver a empezar.

Laia se acercó despacio, observando con genuina curiosidad aquel caos de apuntes, tachones y flechas que se bifurcaban en nuevas bifurcaciones. Como las ramas de un árbol infinito. Algunas se extendían lejos, muy lejos, cargadas de promesas; pero, de pronto, ¡zas!, quedaban cortadas de raíz. Y entonces, vuelta a empezar. La atención saltaba a otra rama que ya parecía dirigirse hacia la eternidad.
  • ¿Cómo va? - le preguntó, acariciándole la espalda - ¿Has averiguado algo?
Él no respondió. Quizá ni siquiera la oyó. Su mundo se había reducido a lo que tenía entre manos, a ese único metro cuadrado donde todo lo demás se había disuelto, evaporado, extinguido. Ella lo contempló sin poder evitar sonreír. Era la imagen perfecta de la obsesión, del genio loco: despeinado, desprendiendo una intensa olor a sudor, las gafas deslizándose peligrosamente hacia la punta de la nariz. Se movía rápido, se quejaba en silencio, murmuraba palabras sueltas, como si discutiera consigo mismo. Laia comprendió que allí no podía hacer mucho. No era científica, y aunque lo fuera, aquel estado de trance no admitía interrupciones. Pero quedarse quieta tampoco era una opción; los nervios no se lo permitían. Así que decidió ser útil de otra forma.
  • Voy a por unos cafés, ¿vale? Ahora vuelvo.
Esperó apenas unos segundos, aguardando una respuesta que sabía que nunca llegaría. Luego salió del laboratorio. Era todavía temprano. El resto de compañeros no habían entrado aún a trabajar y los pasillos, junto a los laboratorios del sótano, permanecían sumidos en un silencio solemne, casi inquietante. Laia se quitó la cofia, la mascarilla y los protectores de los pies, arrojándolos a una papelera cercana. Pasó la tarjeta, llegó al ascensor y fue directa a la sala de descanso, donde la aguardaba aquella ruidosa máquina de café que dispensaba el único néctar capaz de mantenerla en pie. Pero al entrar en la sala no se encontró solo con la máquina. Laia vio a Gustavo. Gustavo vio a Laia. Sus miradas se cruzaron durante un segundo eterno y los recuerdos regresaron de golpe. Habría podido pedirle allí mismo que le enseñara el vídeo; no sentía vergüenza alguna. Pero no estaban solos. Dos compañeros más, a su lado, la observaban sin disimulo, recorriéndola de arriba abajo con los ojos muy abiertos.
  • ¡Buenos días! - saludó ella con una sonrisa.
Los tres respondieron casi al unísono, como bobos. Laia sacó unas monedas del bolsillo, las introdujo por la ranura y pulsó el botón. El zumbido arrancó de inmediato: el olor a café recién molido, el líquido cayendo, el vapor elevándose del vaso de cartón.
  • ¿Es ella? - murmuró uno de ellos.
  • Sí… - respondió Gustavo sin apartar la vista de Laia.
  • No se parece a la del video… - susurró el tercero.
  • Porque no es real - dijo el primero con sorna - Seguro que lo ha hecho con inteligencia artificial.
Laia fingió no oírlos. Aun así, sentía sus miradas clavadas en su cuerpo, en su trasero, en sus pechos, en cada curva de su anatomía. No pudo evitar sonreír y negar levemente con la cabeza.
  • ¿Podemos hablar un segundo, Gustavo? - dijo sin mirarlo.
Él se acercó deprisa, nervioso y sí, ¿por qué negarlo?, excitado. Cuando estuvo lo bastante cerca, la máquina pitó. Laia sacó el primer café con calma, alzó la vista y lo miró fijamente mientras introducía más monedas y esperaba el segundo.
  • Enséñame ese vídeo, anda.
  • ¿Qué… qué vídeo?
  • Venga, no te hagas el tonto. Ya sabes de lo que hablo…
Gustavo asintió, inquieto. Sacó el teléfono, lo desbloqueó y comenzó a reproducirlo. Laia no mostró sorpresa; mantuvo una expresión impenetrable. Por dentro, sin embargo, era un torbellino. Nico tenía razón. No se reconocía en aquella mujer que aparecía en la pantalla. No era ella. Y, al mismo tiempo, recordaba haber estado allí, de rodillas, mamando ese rabo, la inmensa corrida sobre sus tetas… Sin remedio empezó a disociar. Como si se fragmentara en dos personas, en dos voluntades distintas. Mientras tanto, Gustavo la observaba de cerca, casi babeando, atrapado entre preguntas sin formular y pensamientos que no era necesario verbalizar.

Cuando la máquina volvió a pitar por segunda vez, simplemente retiró el vaso y salió de la sala de descanso. Dejó a Gustavo ahí, paralizado, sosteniendo el móvil en su mano, con los ojos extremadamente abiertos, sin saber que decir, el vido aún reproduciéndose. No le pidió que lo borrara, no le importaba que lo tuviera, ni que lo compartiera si quiera, pues aquella mujer, aunque hubiera aceptado que era ella, no se le parecía en nada, así que no había problema. Incluso le pareció morboso la idea de imaginarlo compartiéndolo mientras sus compañeros se excitaban.

Al salir al pasillo chocó con alguien. Tuvo que hacer auténticos malabarismos para evitar que el café se derramara por el suelo.
  • ¡Cuidado, joder! - exclamó Laia.
  • ¡Buenos días!
Ella alzó la cabeza y sonrió.
  • ¡Joder, Gabi! ¿Podríamos vernos alguna vez sin tener que chocarnos todo el rato?
Los dos rieron al mismo tiempo.
  • ¿Cómo estás? ¿Has podido descansar algo? - preguntó él.
  • Poco y mal… pero lo suficiente - respondió sin dejar de sonreír, y luego añadió - ¡Ah, por cierto!… gracias por pasarte a ver cómo estaba mi madre.
  • ¡Va! No es nada… además me cayó bien. Es una guerrera.
  • No, si ya lo sé… ya me lo ha contado.
  • ¿Ah, sí? - rió Gabi - ¿Qué te dijo? A ver…
  • En sus propias palabras: “Hija, tu nuevo novio es muy majo… no lo dejes escapar”.
Gabi se puso rojo al instante, provocando las carcajadas de Laia.
  • ¡Relajaaa, Miura! - se burló ella - No estoy enfocada en el amor ahora mismo, puedes respirar tranquilo.
  • Ya… - sonrió él, rascándose la nuca - Oye, ¿y Nico?
  • En el sótano, a todo trapo…
  • ¿Ha descubierto algo? - preguntó Gabi bajando la voz.
  • De momento nada… pero sigue en ello. No ha pasado ni por casa… está en plena fase creativa, ¿sabes? Como un puto loco.
  • Me lo puedo imaginar - rió Gabi, pero de repente vio a Gustavo haciéndole un gesto con la cabeza - Bueno, me piro, que entro a currar. ¿Nos vemos en el desayuno?
  • ¡Por supuesto! - sonrió Laia mientras lo seguía con la mirada - ¡No te canses!
Gabi, sin girarse, alzó los dedos en señal de victoria y desapareció en los vestuarios. Aún tenía muy presente lo ocurrido el día anterior, probablemente el lunes más extraño de su vida. Lo que no esperaba, ni por asomo, era que aquel martes pudiera superarlo. Y es que Gustavo, aquel viejo pervertido incapaz de mantener la boca cerrada más de cinco segundos seguidos, estaba inusualmente callado. Ya casi habían terminado de limpiar la planta baja y, por extraño que pareciera, lo habían hecho en silencio. Gabi, a quien el silencio no le incomodaba en absoluto, levantó la cabeza un instante para observarlo. Gustavo parecía absorto, como si le diera vueltas a algo que no terminaba de encajar.
  • ¿Va todo bien? - preguntó desde la distancia, escurriendo la fregona - ¡Gustavo!
  • ¡¿Qué pasa?! - contestó de repente, como si despertara de un sueño.
  • ¿Que si va todo bien?
  • Sí, claro. ¿Por qué lo preguntas?
  • No sé… es que estás… muy callado, ¿no crees?
  • Bueno, chaval… no es necesario hablar todo el rato.
Gabi se apoyó en la fregona, esbozando una sonrisa burlona.
  • ¿No fuiste tú el que me dijo que era mejor hablar mientras trabajamos? ¿Que si no lo hacíamos la jornada se hacía eterna?
  • Sí, pero… ¿qué quieres que te diga?
Se miraron en silencio, a varios metros de distancia. Como dos forajidos frente a frente en mitad de una calle polvorienta del Lejano Oeste.
  • No sé… - dijo Gabi al fin - Quizá podrías empezar por lo que pasó ayer.
  • Ya… - Gustavo apartó la mirada primero y siguió trabajando - No creo que sea yo quien tenga que dar explicaciones, chaval.
Gabi también volvió a lo suyo.
  • A mí no me mires - negó con la cabeza - Sé lo mismo que tú…
  • Eso no es verdad… pero da igual. Ya averiguaré qué os traéis entre manos, no te preocupes.
  • ¿A qué viene eso? - preguntó Gabi, alzando la vista de nuevo.
Gustavo cruzó la distancia que los separaba con rapidez. Se plantó frente a él y lo agarró del polo de trabajo. No había violencia en el gesto, solo urgencia, casi desesperación.
  • El gafotas ha descubierto algo ahí abajo. No sé qué es, pero está claro que es un descubrimiento de la hostia. Y no me voy a quedar fuera, ¡¿me oyes?! ¡Me importa una mierda lo que hagáis y los secretos que intentéis ocultar!… Lo que Nico investiga en ese sótano, sea lo que sea, lo quiero también. ¡Así que no me tomes el pelo, chaval! ¡Estoy en el ajo, te guste o no!
  • Estás paranoico… - dijo Gabi negando con la cabeza.
  • No, no lo estoy… - sonrió mientras lo soltaba - He escuchado lo que le decías a tu amiga en el pasillo. Sé que tramáis algo… algo gordo. Y lo voy a averiguar. Juro por Dios que lo haré.
Gustavo besó la imagen de su cadena de oro como si aquel gesto sellara una promesa y Dios fuera testigo. Sin añadir nada más, volvió al trabajo. Los dos continuaron con la rutina en un silencio espeso, incómodo. La mañana transcurrió lenta no, lo siguiente. Cuando por fin llegó la hora del desayuno, Gabi se escurrió como pudo de su compañero, intentando perderlo de vista. Cruzó la calle y se refugió en el bar de enfrente, sentándose estratégicamente para vigilar quién entraba y salía de Müller & Suter Biotech. Nico y Laia no tardaron en llegar. Y aún menos en enterarse del nuevo problema que empezaba a asomar en el horizonte.
  • ¿Y qué problema hay? - preguntó Nico tras escuchar la explicación de Gabi.
Él lo miró en silencio. Parecía agotado y, al mismo tiempo, inquieto. Como si quisiera que aquellos veinte minutos pasaran volando para regresar cuanto antes a sus experimentos.
  • Creo que es evidente… ¿No?
  • ¡No te comas la cabeza, Gabi! Gustavo no es mal tipo - continuó Nico, comiendo con rapidez - Es un poco raro, sí, pero no tiene mala fe.
  • ¿Confías en él? - preguntó Laia de forma metódica, sin levantar la vista del desayuno.
Nico asintió en silencio. Y aquello pareció suficiente, al menos para ellos dos.
  • ¡¿Y ya está?! - preguntó Gabi, incrédulo.
  • ¿Ya está el qué? - respondió Nico.
  • ¡¿Ser buen tipo?! ¡¿Con eso basta para estar dentro?!
  • ¿Dentro de qué?
  • ¡Joder, Nico! - Gabi se inclinó hacia él, tenso, bajando la voz - De lo que hablamos ayer… ¿es que no lo recuerdas?
  • Claro que lo recuerdo, pero no veo el problema…
Laia tragó con esfuerzo el pedazo de pan que aún tenía en la boca. Se limpió los labios sin demasiada delicadeza y los miró a los dos durante un segundo. Luego clavó su mirada, afilada, en Gabi.
  • ¿Confías en Nico? - preguntó sin rodeos.
  • Sí… claro.
  • Yo también. Y si Nico confía en Gustavo, nosotros también. ¡¿Estamos?!
  • Pero…
  • ¡¿Pero qué, Gabi?! A ti te conocemos desde hace menos tiempo y estás dentro, ¿no? Y no hablemos ya de tu novia…
  • No es tan sencillo…
  • Sí lo es. Al menos para mí. Y si no aceptas los peligros que puede traer todo esto, quizá sea mejor que te bajes del barco.
  • ¡Oye!, ya dejé claro ayer que quería entrar en el negocio - dijo, golpeando la mesa con un dedo - ¡¿A qué viene esto ahora?!
  • Lo que dice Laia… - dijo Nico apenas sin mirarlo - Es que si no puedes soportar la presión, es mejor que abandones ahora, que aún puedes hacerlo.
Gabi se ofendió, se puso a la defensiva. Pero Laia lo notó al instante, así que se relajó un poco. Apoyó una mano sobre la suya, buscando calmar los ánimos.
  • No te lo tomes a mal, ¿vale? Solo quiero que entiendas que no podemos dudar. Lo que estamos a punto de hacer es una locura, y si empezamos con desconfianzas entre nosotros, nos estrellaremos antes de despegar. Lo de ayer fue un accidente… y Gustavo también estaba allí. Tiene el mismo derecho que nosotros a formar parte de todo esto…
  • Lo entiendo, vale… sí. Pero es un bocazas. Y lo sabéis. Quedamos en que debíamos actuar con cautela, y precisamente pasar desapercibido no es una de sus virtudes.
  • Soy consciente, Gabi - sonrió Laia - Y solo te diré que ya nos ocuparemos de eso, más adelante. Ahora debemos centrarnos en lo importante…
  • Correcto - añadió Nico apurando su batido de chocolate - Primero hay que entender qué es, cómo funciona, para qué sirve. Cuando tengamos eso claro, ya pensaremos en todo lo demás.
Gabi no estaba convencido. Seguía creyendo que Gustavo acabaría trayendo problemas, más pronto que tarde, pero decidió esperar por el momento. Asintió en silencio y continuó desayunando, dándole vueltas a cómo había acabado metido en todo aquel embrollo. Y es que todo había sucedido demasiado rápido.

Levantó la vista un instante y contempló el enorme edificio frente a ellos. Todo era culpa suya. Aquella entrevista aparentemente inofensiva lo había cambiado todo. Esa llamada imprevista, en esa misma mesa, en ese mismo bar, había provocado que su vida diera un vuelco completo.

No hacía ni una semana su existencia era totalmente anodina. Uno más entre billones: en paro, buscando trabajo, atrapado en una relación dormida y rutinaria. Y ahora, cinco días después, había sido encarcelado por primera vez en su vida, iba follando como un animal en sitios públicos, y ahora estaba a punto de embarcarse en un negocio ilegal de venta de drogas. El vértigo estaba presente, lo podía sentir, casi palparlo.

Miró a Laia, que seguía comiendo con rapidez. Comprendía sus motivos. Lo hacía por necesidad, con la esperanza del náufrago que divisa una tabla de madera flotando en mitad del océano. Luego miró a Nico. Sabía por qué lo hacía. Para él era un reto, la posibilidad de un descubrimiento trascendental que podría impulsar su carrera, y también lo que sentía por Laia: ese amor no confesado en voz alta, pero tan evidente que resultaba imposible ignorarlo. Que lo empujara donde fuera con tal de tenerla cerca. Pensó en Gustavo. Sus razones eran más mundanas, más primarias, pero aun así entendía su lógica. Después pensó en Sofi, arrastrada por una mezcla de ambición por el dinero fácil y por esa nueva vida llena de riesgos que tanto la excitaba. ¿Pero él? ¿Cuáles eran sus motivos? ¿Por qué había dicho que sí? ¿Por qué había subido a bordo de aquella expedición hacia lo desconocido? Aún no lo tenía del todo claro. Solo una intuición tenue, persistente, de que necesitaba seguir adelante. Quizá fuera una mezcla de todo lo anterior. Quizá la respuesta aún aguardara en el horizonte. Quizá nunca llegara. Pero lo intentaría averiguar. De eso no le cabía la menor duda.
  • ¡Invito yo! - dijo Gabi frente a la cajera.
  • Gracias… - sonrió Laia - Nos vemos en unos minutos, ¿vale?
  • Vale - respondió él, devolviéndole la sonrisa.
Ellos regresaron al trabajo, mientras Gabi se apoyaba contra la puerta de emergencias del inmenso edificio, aprovechando los diez minutos que le quedaban para echar un cigarro y llamar a Sofi. Al escuchar su voz, no pudo evitar sonreír.
  • ¡Hola, mi vida! ¿Cómo va todo?
  • Hola, mi amor… bien. Echándome un piti antes de entrar.
  • ¿Y de lo otro… qué? ¿Algún avance?
  • Bueno, ahí van. De momento, sin cambios.
  • Vale… pero avísame si pasa algo, ¿sí?
  • No te preocupes - rió Gabi - ¿Y tú qué tal? ¿Cómo te va el día?
  • Aburrida… Fani está enferma, no ha ido a trabajar hoy. Estoy aquí sola, tomándome un café.
  • Ostia… ¿Que le ha pasado?
  • Nada grave… una gastro.
  • Joder… dale recuerdos de mi parte, que se mejore.
  • ¿En serio? - preguntó Sofi, divertida.
  • Sí, claro. ¿Por qué iba a mentir?
  • No sé… quizá porque la odias.
Los dos rieron a través de la línea telefónica.
  • Ya no siento odio por nadie, mi vida - dijo Gabi, soltando una calada.
  • ¿Ah no? ¿Y qué sientes entonces? - preguntó divertida.
  • Siento no tenerte cerca ahora mismo. Eso siento.
  • Ohhhh, qué tierno…
  • Te echo de menos, mi amor.
  • Y yo a ti, mi vida. Te quiero tanto…
  • Yo te quiero más.
Gabi tiró la colilla al suelo y la apagó con el pie.
  • Oye, te dejo, que tengo que volver dentro.
  • Vale. Y llámame si averiguáis algo, por fa…
  • De acuerdo, cariño. Un besazo enorme.
  • Otro para ti, guapo. Te quiero.
  • Te quiero.
Gabi guardó el teléfono en el bolsillo, con aquella sonrisa de bobo que ahora le inundaba la cara cada vez que hablaba con su novia, y volvió a adentrarse en las fauces del edificio. Tocaba bajar a limpiar el sótano, y ya ardía en deseos de ver a Nico trabajando, de conocer sus avances, de saber de primera mano cómo avanzaba aquella investigación que parecía dispuesta a cambiarlo todo. No bajó solo, por eso, Gustavo ya lo esperaba en la puerta que daba acceso a los laboratorios, aunque seguía con la misma actitud que había mantenido durante toda la mañana. Mientras esperaban al ascensor, Gabi quiso hacer un primer acercamiento.
  • Oye Gustavo… siento lo de antes. He estado hablando con Nico y Laia… y…
  • ¿Quien es Laia? - le cortó el al instante.
  • La que… ya sabes, en el baño… ayer.
  • Aaah sí… no recordaba como se llamaba - rio obscenamente - ¿Y qué?
El ascensor llegó. Las puertas se abrieron, los dos subieron. Gustavo pulsó el botón.
  • Solo quería decirte que si quieres, estás dentro.
  • ¡Creo que es lo justo chaval!, Pero tengo una duda…
  • ¿Cúal?
  • Estoy dentro, vale… pero ¿Dentro de qué?
  • Bueno… pronto lo sabrás.
Aunque los dos sentían unas ganas inmensas por llegar a ese laboratorio, antes tenían mucho trabajo por hacer, y un orden que seguir. Así que se pusieron manos a la obra, enfocados en limpiar cada estancia con la mayor rapidez y eficacia posible. Estaban nerviosos, casi al mismo nivel que lo estaba Laia que seguía atenta al trabajo silencios de Nico. A cada cosa que el le pedía ella reaccionaba al instante, interesada por comprender, al menos, un cinco por ciento de lo que hacía.
  • ¡No! - exclamó de repente Nico - ¡No puedes ser!
  • ¿Que sucede? - preguntó ella acercándose.
  • Esto… es… es… imposible - dijo Nico sin retirar los ojos del microscopio.
  • ¿El que es imposible? ¿Que has visto?
  • ¡Míralo por tu misma! - dijo él dejándole espacio totalmente sorprendido.
Laia se agachó y se acercó a la fría goma. Al apoyar los ojos en el visor, lo primero que sintió es que había dejado de mirar un portaobjetos para asomarse a un abismo cósmico. No vio células; veía una ciudad de pesadilla en ruinas. Lo que tenía delante era una mancha grisácea, una masa informe que parecía hecha de barro sucio y petroleo. No era redonda ni simétrica; tenía "dedos" largos y afilados, como garras de humo, que se estiraban desesperadamente hacia los lados para devorar todo lo que tocaba. Se movía con una pulsación lenta y desagradable, un latido negro que la hacía pensar en algo que ha olvidado cómo morir. Era una criatura egoísta, una mancha de oscuridad que parecía absorber la luz del microscopio.
  • ¿Que cojones estoy viendo Nico? - preguntó ella sin apartar la mirada.
  • Un milagro - susurró él nervioso - Un jodido milagro…
Entonces virtió una gota del extracto de Mycena Neonfaucis. A través del cristal, Laia vio entrar una marea de neón líquido. No era un azul normal; era un color eléctrico, un rayo líquido que brillaba con la misma intensidad que un cartel de Las Vegas en mitad del desierto. Al entrar en contacto con el fondo gris, el azul empezó a buscar al monstruo. Parecía como si tuviera inteligencia propia, como si el espíritu de la “Azulita” hubiera decidido que esa mancha negra no tenía cabida en el mundo.
  • Informe de ensayo in vitro: Protocolo MN - dijo Nico con la grabadora encendida - Observamos una respuesta citotóxica inmediata tras la instilación del lixiviado basidiocárpico de Mycena Neonfaucis sobre un cultivo de adenocarcinoma ductal con fenotipo de alta inestabilidad genómica.
Laia observó que cuando el azul neón tocó los bordes de la célula, la reacción fue violenta. No vio química, vio magia agresiva. El azul de neón empezó a trepar por las garras negras de la célula, envolviéndola como si fueran cadenas de luz. Donde el azul tocaba el gris, este empezaba a hervir, soltando pequeñas burbujas que brillan como perlas. El monstruo intentó encogerse, pero el neón era implacable. Era como ver a un caballero de armadura brillante clavando una lanza de luz en el corazón de una sombra demoniaca. La oscuridad empezaba a fragmentarse, a romperse en pedazos pequeños que el azul devoraba con un resplandor cegador.
  • El mecanismo de acción - seguía hablando Nico con rapidez - se inicia mediante la adsorción de fluorofitoproteínas de transferencia lipídica en la bicapa fosfolipídica neoplásica. Estas moléculas actúan como ionóforos fotoexcitables, aprovechando la quimioluminiscencia intrínseca del complejo de coordinación de magnesio-neón presente en el citosol de la seta.
Laia fruncía el ceño al escucharlo, sin entender absolutamente nada. Mientras poco a poco, el caos desaparecía ante sus ojos. La masa informe y negra se disolvió por completo. Lo que quedó en el centro del visor era una gota de agua pura, rodeada por un aura azulada que vibraba suavemente, como si estuviera cantando. El paisaje de pesadilla había desaparecido; en su lugar, el espacio se sentía limpio, ordenado y lleno de una luz que transmitía calma. Al apartar la vista del microscopio, Nico notó que a Laia se le quedó una mancha azul en la retina, tan solo por un instante, como una señal visual que indicaba que había visto algo que no debería haber visto: la naturaleza usando su propia sabiduría para resetear la vida, borrando el error con un trazo de neón puro.
  • Este fenómeno de transferencia de energía… - acabó de hablar, sin creerse del todo lo que estaba diciendo - por resonancia de Förster desencadena una hiperpolarización transmembrana masiva.
Apagó la grabadora. El ‘clic’ sonó definitivo, casi obsceno en medio del silencio. Se miraron durante un instante interminable, sin decir una palabra. Nico estaba pálido, temblando, al borde del colapso; como si su cerebro acabara de entender algo que se negaba a aceptar. Como si la verdad pesara demasiado.
  • ¿Puedes traducir, por favor? - preguntó Laia, completamente perdida - ¿Qué es lo que está pasando, Nico? No entiendo nada.
Él tragó saliva. Le costó hablar. Le costó incluso respirar.
  • Lo que acaba de pasar… - dijo por fin, con la voz quebrada - lo que acabas de ver es que… he… hemos encontrado una cura para… para…
  • ¡¿Para qué, joder?! - estalló ella, incapaz de aguantar más.
Nico levantó la mirada. Sus ojos estaban húmedos, asustados, desbordados.
  • Para el cáncer.
Durante un segundo no pasó nada. Absolutamente nada. El silencio cayó como una losa absurda, pesada, ridícula. Laia parpadeó. Nico parpadeó. Parpadearon juntos otra vez, como si sus cerebros necesitara reiniciarse.
  • No… - murmuró ella - No, no, no… repítelo.
  • Hemos descubierto la cura del cáncer - repitió Nico, ahora más bajo, como si decirlo en voz alta pudiera romperlo.
Otro silencio. Más largo. Incómodo. Denso. Y entonces Laia soltó una risa. Una risa pequeña, nerviosa, de esas que salen cuando no sabes si llorar, gritar o salir corriendo.
  • No te rías - dijo Nico, totalmente descolocado - No es gracioso.
  • ¡Es que si no me río exploto! - respondió ella llevándose las manos a la cabeza - ¿Te das cuenta de lo que acabas de decir?
Nico abrió la boca para contestar… y no pudo. En su lugar, una carcajada le salió disparada sin permiso. Fuerte. Torpe. Histérica. Y ya no hubo vuelta atrás. Se rieron los dos a la vez, como idiotas, como niños, como dos personas a las que el mundo acababa de darles una bofetada de sentido inverso. Risas nerviosas primero, luego más limpias, luego imparables. Nico tuvo que apoyarse en la mesa. Laia se sentó en un taburete porque le fallaban las piernas.
  • ¡Esto es de locos! - decía ella entre risas - ¡De locos!
  • ¡Pensaba que estaba calculando mal! - respondió él - ¡Más de treinta veces he cambiado los parámetros! ¡He rehecho mil veces los ensayos desde el principio!
  • ¡Nico eres un genio! - lo abrazó ella con todas sus fuerzas - ¡Un puto genio!
Pero de repente, al sentir su contacto, se tensó. No por lo que estáis pensando - aunque también -, sino por una idea que le atravesó la mente sin pedir permiso. Un chispazo. Un impulso eléctrico, fugaz y brutal. Algo no encajaba. Laia lo notó al instante.
  • ¿Qué sucede? - preguntó sin soltarlo - ¿A qué viene esa cara, Nico?
  • Hay algo que no… - murmuró - Algo que no cuadra.
  • ¿El que?
  • Es un locura, pero… y si… y si no… - se detuvo un instante pensando - ¿Y si no solo pudiéramos curar el cáncer?
Se apartó con brusquedad y se sentó frente al microscopio, ajustando el visor varias veces. Sus labios comenzaron a moverse en voz baja, mascullando palabras incomprensibles, un idioma propio, el de su planeta natal, nacido en algún lugar remoto entre las estrellas. Laia se acercó despacio, todavía con la felicidad latiéndole en el pecho. De pronto, Nico alzó la vista y la miró fijamente. Abrió uno de los cajones de su mesa, rebuscó unos segundos y sacó una pequeña llave metálica. Se la tendió.
  • ¿Te acuerdas de dónde está el BSL-4?
  • Sí… claro.
  • Bien. Necesito que me hagas un favor. Ve allí y usa esta llave. La contraseña es 15263849, ¿de acuerdo?
  • Sí…
  • Cruza recto, en la tercera nevera gira a la izquierda y, cuando llegues a la cuarta, ábrela y tráeme varias muestras.
  • ¿Muestras de qué?
  • De lo que sea - respondió sin dudar - Ébola, Marburg, viruela… trae todo lo que puedas.
  • Vale, vale… ¡Voy corriendo!
Laia dio media vuelta, pero Nico la agarró del brazo antes de que pudiera salir disparada.
  • Ve con cuidado, por favor - dijo en voz baja - Y que nadie te vea.
Laia asintió sin una palabra y salió a toda prisa, perdiéndose por el pasillo mientras la inquietud empezaba a ganar terreno a la euforia.
El acceso al BSL-4 no era una puerta: era una frontera. Laia se detuvo un segundo antes de cruzarla, con la llave aún tibia entre los dedos. Respiró hondo. Demasiado hondo. Aquél no era un laboratorio más, era el lugar donde dormían las pesadillas, donde se guardaba aquello que no debía escapar jamás. Entró y el aire cambió al instante. Más denso. Más frío. Un silencio artificial, controlado, como si incluso el sonido estuviera sometido a protocolo. Las luces blancas no iluminaban: diseccionaban. Cada paso resonaba amortiguado, lejano, como si caminara dentro de una burbuja. El traje presurizado la envolvía por completo. Pesado. Rígido. Un disfraz de astronauta en un planeta hostil. El visor le devolvía su propio reflejo deformado, ojos enormes, respiración acelerada empañando el cristal. El zumbido constante del sistema de aire era lo único que la acompañaba, un recordatorio permanente de que, sin él, estaría muerta en segundos.

Avanzó despacio. Sabía qué se guardaba allí dentro. No hacía falta ser científica para entenderlo. Virus que no perdonaban errores. Enfermedades que no daban segundas oportunidades. Algunas atacaban la sangre hasta volverla inútil, otras convertían los pulmones en esponjas inútiles, otras apagaban el sistema nervioso como si alguien hubiera pulsado un interruptor invisible. Fiebres imposibles, hemorragias, delirios, muerte. Rápida o lenta, pero siempre segura. Y en medio de todo aquello: ella, precisamente ella, que parecía tener un imán para el desastre. Tragó saliva. Cada cámara frigorífica era un sarcófago. Puertas metálicas, numeradas, alineadas como tumbas modernas. Al abrir la tercera, giró a la izquierda, tal y como Nico le había indicado. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, demasiado fuerte, como si quisiera escapar antes que ella. Llegó a la cuarta. Se quedó inmóvil un segundo, con la mano suspendida en el aire. Pensó en Nico. En su cara concentrada. En esa chispa peligrosa que le había visto en los ojos. Pensó que, si él tenía razón, lo que estaba a punto de sacar de allí podía cambiarlo todo. O destruirlo. Abrió. El frío era brutal, casi ofensivo. Filas de contenedores perfectamente etiquetados, ordenados con una precisión quirúrgica. Laia no leyó los nombres. No quiso. Le bastaba con saber que cada uno de ellos era un monstruo dormido. Sacó varias muestras al azar, tal y como le había pedido. Manos firmes. Movimientos lentos. Nada de prisas. Nada de errores. Cada gesto medido, casi ritual. Las colocó en el contenedor de transporte, cerrándolo con cuidado extremo, como si estuviera manipulando cristal hecho de muerte.

Cuando terminó, se dio cuenta de que estaba temblando. No de frío. De miedo. Cerró la nevera, dio media vuelta y emprendió el camino de salida. Ahora todo parecía más largo. Más estrecho. Cada paso pesaba el doble. Su respiración sonaba demasiado alta dentro del casco, como si el traje pudiera delatarla. “Tranquila. Tranquila”, se repetía. Cruzó los últimos metros casi en piloto automático. El proceso de salida se le antojó eterno. Capas que se cerraban, sistemas que verificaban, luces que cambiaban de color. Cada segundo era una pregunta sin respuesta: ¿y si algo ha fallado? Cuando por fin quedó fuera, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos un instante. Solo uno. El suficiente para recomponerse. Apretó el contenedor contra su pecho y echó a andar, rápida ahora sí, con los nervios vibrándole en la piel. Tenía que llegar hasta Nico. Y tenía que hacerlo sin que nadie la viera.
  • ¡¿Laia, verdad?!
«Me cago en dios», pensó ella, y se dio la vuelta con una sonrisa fingida.
  • ¿Qué pasa, Gustavo?
  • ¿A dónde vas con tanta prisa? - preguntó él, ladeando la cabeza con esa ironía viscosa que parecía venir de serie.
  • Al laboratorio… estamos en medio de… de…
Buscaba una excusa creíble mientras su cerebro corría en círculos como un hámster con pánico escénico. Él dio un par de pasos y se acercó demasiado, invadiendo su espacio personal como si fuera territorio conquistable. Instintivamente, Laia apartó el contenedor de su cuerpo, un gesto mínimo, casi elegante, que probablemente le acababa de salvar la vida a medio edificio.
  • Ya sé adónde vas… - le susurró al oído, conspirativo, teatral - Estoy dentro. Soy de los vuestros.
  • ¿Cómo dices?
  • Gabi… me lo ha contado todo.
  • Ah, ya… genial - respondió ella, con el entusiasmo de quien escucha que el Titanic lleva buen rumbo.
  • Puedes confiar en mí. No diré ni una palabra.
  • Vale, sí… ahora… debo irme, estoy muy liada.
  • Sí, claro… nos vemos en un rato.
  • Eso, en un rato. Adiós.
Se dio la vuelta y echó a andar con paso decidido, concentrada en no echar a correr. Gustavo, fiel a su naturaleza primitiva, se quedó mirando su trasero como si acabara de descubrir una nueva forma geométrica y, sin pensarlo demasiado - es decir, nada -, le dio un cachetazo de despedida. Laia dio un brinco digno de un dibujo animado. El contenedor estuvo a punto de salir volando, su corazón intentó escapar por la garganta y un grito ahogado le nació desde lo más profundo del miedo puro. Gustavo, por supuesto, lo interpretó como otra cosa muy distinta. Sonrió, satisfecho, convencido de controlarlo todo una vez más… sin haber entendido absolutamente nada.

Nico ya la estaba esperando cuando Laia entró. Guantes puestos, espalda recta, mirada fija: quirófano mental activado. No hubo palabras. No hacían falta. Abrió el contenedor portátil y empezó a trabajar con una precisión casi obscena. Cada muestra fue manipulada como si pesara toneladas, aunque no fuera más que una gota invisible a simple vista. Una a una, las fue depositando en placas de Petri, alineándolas sobre la mesa como piezas de ajedrez antes de una partida decisiva. Todo medido. Todo exacto. Cuando terminó, cerró el contenedor con un chasquido seco. Se frotó las manos, no por nervios, sino como quien se prepara para hacer algo que ha esperado toda su vida. Y empezó. Las probó una a una. Laia se sentó frente a él, rígida, la pierna derecha moviéndose rítmicamente, mordiéndose las uñas hasta casi hacerse sangre. Respiraba lo justo. Lo mínimo. Como si cualquier exhalación pudiera alterar el resultado, como si el aire mismo pudiera estropear el milagro. Nico fue pasando cada placa por el microscopio. Sin prisa, pero sin pausa. Una. Otra. Otra más. El silencio era tan denso que parecía tener peso.

Hasta que terminó. Alzó la vista.
No estaba pálido. Estaba translúcido.
Como si la sangre hubiera decidido retirarse para no estorbar al momento.
  • ¿Qué? Dilo… - susurró Laia, tensa hasta el límite de romperse.
Nico agarró la grabadora, de nuevo. Esta vez no hubo jerga técnica, ni rodeos, ni metáforas científicas.
  • Veintiséis enfermedades sin cura, analizadas… - dijo, sin apartar la mirada de ella - Veintiséis éxitos rotundos.
De repente Laia se levantó de un salto.
  • ¡Espera, espera, espera! - dijo señalándolo - ¡¿Te das cuenta de que esto es… esto es…?!
No terminó la frase. No hacía falta. Nico también se levantó. Empezó a caminar en círculos, pasándose las manos por el pelo, acelerado, como un animal encerrado en una jaula demasiado pequeña.
  • Esto lo cambia todo - murmuraba - Todo. La medicina, la investigación, la industria farmacéutica…
  • ¡Ay, Mi madre! - gritó Laia de golpe, sintiendo el vértigo.
  • ¡Laia! - repitió Nico, frenándose en seco - ¡Tu madre!
Se miraron, comprendieron. Y entonces llegó el furor. Gritos. Abrazos. Saltos absurdos. Nico levantó a Laia del suelo girando sobre sí mismo como si pesara diez kilos menos. Ella chillaba, reía, le daba golpes en el hombro.
  • ¡Lo has hecho, joder!
  • ¡Lo hemos hecho!
  • ¡Eres un puto genio!
Abrieron una botella de champán que no sabían ni de dónde había salido. Brindaron con vasos de plástico, con tubos de ensayo vacíos, con lo que encontraron a mano. Derramaron líquido sobre la mesa. Les dio igual.
  • ¡Por la ciencia! - gritó Nico.
  • ¡Por salvar el mundo! - añadió Laia.
Rieron otra vez. Más fuerte. Más libres. Durante unos minutos no hubo miedo, ni consecuencias, ni preguntas. Solo la certeza brutal de que acababan de cruzar una línea invisible. Una que jamás había conseguido cruzar jamás. Y en medio del caos, Nico se detuvo de golpe. Miró el laboratorio. Los apuntes. Las muestras. La sonrisa se le quedó congelada en la cara.
  • Laia…
  • ¿Qué?
  • Ahora viene lo difícil.
Ella lo miró, aún con la respiración agitada, y sonrió despacio.
  • Ya lo sé - respondió - Y como siempre… lo afrontaremos juntos.
Se abrazaron en silencio. Sin palabras, sin promesas. Solo el roce de dos cuerpos intentando acompasarse, las respiraciones entrecortadas, el latido aún desbocado por lo que acababan de comprender. Laia cerró los ojos. Y, como si fuera un acto reflejo, solo vio a su madre. De pie. Caminando sin dolor. Riendo sin cansancio. Viva. Sana. Llena de esa energía que la enfermedad le había ido robando a mordiscos lentos. Para ella, el descubrimiento tenía un nombre, un rostro, una urgencia. No había dilemas, solo esperanza.

Nico, en cambio, no pudo cerrar la mente ni un solo segundo. Pensó en el ser humano, de pronto despojado del colmillo de la enfermedad. Y la pregunta cayó como un peso muerto: “Si la enfermedad dejara de ser una amenaza, ¿seguiríamos siendo humanos… o solo organismos empeñados en no terminar?”

Pensó en el poder, en las manos que lo sostendrían, en las puertas que se abrirían y, sobre todo, en las que se cerrarían. “Si existiera una cura para todo, ¿quién tendría derecho a usarla… y quién decidiría que no?”

Pensó en el mundo tal y como era: engranajes bien engrasados por la escasez, la dependencia, el miedo. Sistemas enteros sostenidos sobre cuerpos rotos. “¿Hasta qué punto está preparado el mundo para la salud absoluta, cuando tantos intereses necesitan que sigamos enfermos?”

Y entonces, la última idea, la más peligrosa, la que no quería formular pero ya era imposible ignorar: “¿Y si curarlo todo fuera el mayor error de la historia de la humanidad?”

Siguieron abrazados. Afuera, el mundo aún no sabía nada.
Pero dentro de aquel laboratorio, acababa de nacer algo que ya no podía detenerse.

Como el Sodio, vibrando en una estabilidad engañosa, siempre a un solo paso de tocar el agua y dejar que el conflicto estalle en mil pedazos. Esta historia continuará...
 
Es un error garrafal incluir al cerdo y mal tipo de Gustavo en esto.
Lo siento, amigo y compañero, pero ni lo trago ni lo voy a tragar nunca a no ser que de un giro radical.
Otra vez ha demostrado ser un auténtico cerdo y este grandísimo descubrimiento lo va a joder este imbécil.
Por otra parte me alegro de que esté descubrimiento lo puedan utilizar para curar a su Madre, pero tienen que ir con cuidado, porque en malas manos, es un arma de destrucción masiva.
A ver qué nos depara mañana el K ( Potasio).
 
Es un error garrafal incluir al cerdo y mal tipo de Gustavo en esto.
Lo siento, amigo y compañero, pero ni lo trago ni lo voy a tragar nunca a no ser que de un giro radical.
Otra vez ha demostrado ser un auténtico cerdo y este grandísimo descubrimiento lo va a joder este imbécil.
Por otra parte me alegro de que esté descubrimiento lo puedan utilizar para curar a su Madre, pero tienen que ir con cuidado, porque en malas manos, es un arma de destrucción masiva.
A ver qué nos depara mañana el K ( Potasio).
Ahí está el kit de la cuestión. Es como lo que le dice a Peter Parker su tío: "Un gran poder, conlleva una gran responsabilidad"
En manos de alguien honesto y altruista una cura absoluta puede ser un regalo para la humanidad.
Pero en manos de alguien malvado y ambicioso podría ser el fin del mundo.

Veremos si nuestro grupo de jovenes alocados son capaces de controlarlo, o si por el contrario, el mundo se derrumba ante el caos absoluto.
Un abrazo!
 
Siento ser muy duro, amigo nuestro.
Pero es que de todos los personajes, es el único que me parece un muy mal tipo.
Para mí los mejores sin Gabi y Sofía que forman una pareja maravillosa, muy enamorada y que va a ser imposible de destruir, aunque ese cerdo que es Gustavo lo veo capaz de intentarlo.
Luego está el Genio que es Nico y que me parece un gran tipo que se merece ser feliz y ha hecho un gran descubrimiento para la humanidad muy aprovechable en buenas manos.
Y por último está Laia, una chica que no ha tenido una vida fácil, pero que creo que aunque no lo quiere reconocer, siente o va a sentir poco a poco algo por Nico y creo que acabarán juntos.
Aquí el problema es y va a ser Gustavo, un tipo del que conviene estar muy alejado.
 
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