Efectos Secundarios

Que viva el amor.
Me ha encantado el capítulo y la reconciliación entre Sofía y Gabi, aunque veremos si no se complica con la aparición de Laia, que no sé si es la misma Laia que trabaja en el laboratorio.
Creo que Sofía puede sentir celos con la aparición de Laia, pero creo que Gabi solo ama y amara a Sofía y eso nadie lo va a poder romper.
Laia será una buena amiga, pero no pasa de eso.
Por otra parte, parece claro que Carol estaba deseando tener sexo con Gabi y no sé si hubiera caído, pero la bronca entre Sofía y su Madre ha evitado que pudiera cometer un error.
 
Empiezo a dibujar por dónde va a ir la historia.
Los protagonistas está claro que son Gabi, Nico, Laia ( que creo que es la misma que chatea con Gabi y trabaja en el laboratorio) y Sofía.
Algo va a pasar muy gordo, no sé si un descubrimiento importante de Nico y Laia que gente no muy recomendable se lo quieren quitar por las malas o bien que van a descubrir algún tipo de corrupción a altas esferas y por eso los están persiguiendo.
Yo creo que Gabi y Sofía siguen juntos y su amor es imparable e inquebrantable y que, por otra parte, entre Nico y Laia va a surgir también una bonita historia.
Como he dicho antes, creo que está Laia y la que chatea y ha coincidido con el en la cárcel es la misma que trabaja en el laboratorio.
A mí estás historias, en la que el sexo es muy secundario, me encantan.
 
Empiezo a dibujar por dónde va a ir la historia.
Los protagonistas está claro que son Gabi, Nico, Laia ( que creo que es la misma que chatea con Gabi y trabaja en el laboratorio) y Sofía.
Algo va a pasar muy gordo, no sé si un descubrimiento importante de Nico y Laia que gente no muy recomendable se lo quieren quitar por las malas o bien que van a descubrir algún tipo de corrupción a altas esferas y por eso los están persiguiendo.
Yo creo que Gabi y Sofía siguen juntos y su amor es imparable e inquebrantable y que, por otra parte, entre Nico y Laia va a surgir también una bonita historia.
Como he dicho antes, creo que está Laia y la que chatea y ha coincidido con el en la cárcel es la misma que trabaja en el laboratorio.
A mí estás historias, en la que el sexo es muy secundario, me encantan.
Sí, es la misma Laia. La del curro, la del chat y la de la carcel. ;)
Como el libro empieza por el final, aunque aún no tengo decidido si será el final o no - ya veremos - sabemos que al menos ellos cuatro siguen vivos. Aunque el "equipo final" aún no está formado del todo, pues me gustaría añadir un par o tres más de personajes. Pero lo que dices es correcto, los principales serán ellos cuatro.

Vas bien encaminado con la trama, aunque no se muy bien como la voy a encarar aún. Estoy en ello, jejeje.
El dilema central de momento es este: "Un descubrimiento que no debería haber sido descubierto".
Por decirlo de algún modo...

En este relato si que habrá sexo, pero estoy intentando meterlo de forma orgánica.
En Colegas de Pajas era una locura y todo rodaba en torno a él. Tanto que a veces no tenía ni sentido.
En Project S.I.R.E.N. intenté buscar un equilibrio pero no me convenció el resultado.
En Un Viaje Inesperado me fui al extremo opuesto, dejando la trama sexual casi inexistente. Y cuando quería meterlo, no lo sentía natural.

Esta vez, intentaré encontrar un punto intermedio, y digo "intentaré" porque no se me da muy bien eso de ser equilibrado, jajajaja.
A ver si lo consigo, compañero.

Un abrazo enorme!
Nos leemos!
 
Que viva el amor.
Me ha encantado el capítulo y la reconciliación entre Sofía y Gabi, aunque veremos si no se complica con la aparición de Laia, que no sé si es la misma Laia que trabaja en el laboratorio.
Creo que Sofía puede sentir celos con la aparición de Laia, pero creo que Gabi solo ama y amara a Sofía y eso nadie lo va a poder romper.
Laia será una buena amiga, pero no pasa de eso.
Por otra parte, parece claro que Carol estaba deseando tener sexo con Gabi y no sé si hubiera caído, pero la bronca entre Sofía y su Madre ha evitado que pudiera cometer un error.
Y por cierto... ¡QUE VIVA EL AMOR! ¡SIEMPRE! ;)
 
Capítulo 6. Carbono - Las (C)ircunstancias de Laia

El carbono (C) ocupa el sexto lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del carbono con el concepto de los problemas, obtenemos el retrato de la alquimia existencial definitiva. El carbono no es solo un elemento; es el eje sobre el cual gira la vida y la resistencia. No es una víctima de las circunstancias, es el material que utiliza la adversidad para redefinir su propia naturaleza.

Los Problemas según el Carbono: La Alquimia de la Presión

1. El Crisol de la Identidad (Alotropía)

El carbono es el maestro del disfraz. Dependiendo de cómo se organicen sus átomos, puede ser el grafito blando de un lápiz o el diamante más duro del mundo. La diferencia no está en la materia, sino en cómo ha gestionado la presión. Los problemas son los arquitectos de nuestra estructura interna. Ante la dificultad, nos da una elección: podemos ser grafito, dejando que el problema nos desgaste y nos desmorone al escribir nuestra historia, o podemos ser diamantes. Hay que entender que el problema no es el enemigo, sino la herramienta que reconfigura nuestros enlaces para hacernos inquebrantables.

2. La Belleza de la Presión Extrema (El Diamante)
Un diamante es, literalmente, un trozo de carbono que gestionó un estrés insoportable durante millones de años a profundidades abisales. Hay problemas que no se resuelven con lógica, sino con resistencia. La "suerte" de tener problemas difíciles es que son los únicos capaces de crear una luz que nada puede apagar. Si hoy sientes que el mundo te aplasta, recuerda que estás en el proceso de cristalización. El carbono nos enseña que la máxima claridad nace del máximo confinamiento.

3. La Versatilidad del Vínculo (Cuatro Enlaces)
El átomo de carbono tiene cuatro electrones disponibles para formar enlaces, lo que le permite crear cadenas infinitas y estructuras complejas - lo que llamamos la química orgánica -. Los problemas nunca vienen solos, pero el carbono nos enseña la importancia de la conexión. Un problema se vuelve manejable cuando "enlazamos" con otros elementos. La capacidad de formar redes - amistades, apoyo, comunidad - es lo que permite que una situación difícil se convierta en la base de algo vivo. El problema es el punto de unión que nos obliga a interactuar con el resto del universo.

4. El Filtro de la Pureza (Carbón Activado)
El carbón activado tiene una porosidad tan inmensa que puede adsorber toxinas y venenos, limpiando el aire y el agua. Del mismo modo, los problemas tienen una función purificadora. Al igual que el carbón activado, las dificultades de la vida nos obligan a filtrar lo que no sirve. Un periodo de crisis actúa como un "filtro de carbono" para el alma: retiene las impurezas, las falsas amistades y las creencias limitantes, dejando pasar solo lo que es esencial y puro.

5. El Legado Eterno (Ciclo del Carbono)
El carbono no se crea ni se destruye en la Tierra; circula. El carbono que hoy está en un ti, mañana estará en una flor o en el aliento de un ser querido. Los problemas no son puntos finales, son estados de transición. Lo que hoy es una dificultad "negra como el carbón", mañana será el abono de tu próximo éxito. El carbono nos enseña que nada se pierde: el esfuerzo que inviertes en superar un obstáculo se recicla en sabiduría para el siguiente ciclo.

Conclusión: Los problemas, vistos a través del carbono, son la geometría de la transformación. Son la prueba de que estamos vivos y de que somos capaces de evolucionar bajo tensión. Enfrentar un problema bajo el símbolo del carbono significa aceptar la presión como un regalo estructural, transformar la toxicidad en pureza y entender que, pase lo que pase, nuestra esencia es capaz de brillar con la dureza y el fuego de una estrella. No pedimos una vida sin problemas, sino una estructura de carbono que sepa convertirlos en diamantes.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Ese mismo domingo, en ese mismo día que más tarde una pareja de amantes salvajes sería conducida a comisaría, Laia fregaba los platos en la cocina de su diminuto piso. De fondo, un vídeo de YouTube murmuraba como una radio encendida al azar.

<Damas y caballeros, os presento al único, el irrepetible, el poderoso, el invicto, el desafiante: Diógenes de Sínope. El señor Diógenes no necesita presentación. Filósofo vagabundo del siglo IV antes de nuestra era, era sobradamente conocido en su polis por su carácter extravagante. Se le considera la encarnación extrema de la escuela cínica. Aunque hoy llamar a alguien cínico equivale casi a insultarlo - tildarlo de inmoral o falso -, los cínicos de la Antigua Grecia defendían una vida austera, libre de deseos superfluos. Creían que la felicidad se alcanzaba viviendo conforme a la naturaleza y rechazando las convenciones sociales. Pero el bueno de Diógenes llevó esta idea hasta el límite, convirtiendo su propia existencia en un experimento social>

Mientras el jabón se escurría entre sus dedos, Laia subió el volumen del móvil para captar mejor la voz del narrador, pues le pareció que hablaba de un tema interesante. Pulsó una vez la pantalla para ver el título del video. Era un Top 5 de los personajes con más aura de la historia.

< Vivía casi sin posesiones, sin casa. Entre las pocas pertenencias de Diógenes había un cuenco del que bebía agua. Un día vio a un niño beber usando las manos y, sintiéndose derrotado por la humildad de aquel gesto, decidió desprenderse también del cuenco. Los ciudadanos lo apodaron “Diógenes el perro”, por vivir en la calle rodeado de perros callejeros y como insulto camuflado en un juego de palabras. La escuela cínica tomaba su nombre del término griego kynos - perro -, probablemente por la admiración de sus seguidores hacia la vida simple y despreocupada de los canes. Diógenes respondía así a los insultos: “Sí, soy un perro. Ladro la verdad, muerdo a los falsos y muevo la cola a quienes me dan algo”. Y, hablando de mover la cola, parece ser que Diógenes tenía la sana costumbre de, digamos… aliviarse sexualmente en público>

Laia no pudo evitar sonreír al oír aquella anécdota. Cerró el grifo y se dispuso a secar los platos con un trapo. Pensó en la idea de ser descubierta masturbándose en público. Debía de ser vergonzoso. Pero al mismo tiempo, si aún siendo descubierto, seguías haciéndolo, como aquel loco filósofo, la vergüenza ya no era tuya, sino de los que te observaban.

<¡Vale! Por ahora Diógenes no parece un tipo con demasiada aura. Se asemeja más al yonqui de la esquina de tu barrio. Pero está aquí porque, más allá de su vida austera y sus excentricidades, era célebre por no tener pelos en la lengua y por señalar sin piedad a cualquiera que considerara hipócrita o esclavo de las apariencias. Existe toda una colección de anécdotas desternillantes sobre Diógenes, prácticamente troleando a la población. Entre las más conocidas - y las que de verdad lo colocan entre las figuras con más aura de la Antigüedad - está aquella vez en que dejó en ridículo al gran Platón delante de toda su clase. En resumen: Platón tuvo la brillante idea de definir al ser humano como un bípedo sin plumas. Sinceramente, creo que Platón se salía con la suya diciendo sandeces simplemente porque era Platón. Al oírlo, el bueno de Diógenes decidió darle una lección. Consiguió un pollo en el mercado, lo desplumó y una mañana apareció en la Academia con el animal en alto, proclamando: “He aquí un hombre de Platón”. Ya podéis imaginar la sonrisa sarcástica de Diógenes, las risas de los discípulos y el rechinar de dientes de Platón, que se vio obligado a añadir a su definición: “un bípedo sin plumas y con uñas anchas”>

Pausó el vídeo al creer haber escuchado un ruido. Permaneció en silencio unos segundos y, al no percibir nada fuera de lo común, volvió a reproducirlo, secando, ahora los cubiertos, con movimientos rápidos y mecánicos.

<La otra anécdota que os relataré tiene conexión directa con el señor Aura en persona, aquel que se quedaría con el primer puesto de este TOP si no fuera por lo predecible del resultado. Alejandro Magno, el hombre más poderoso de Grecia, sentía una profunda curiosidad por ese personaje conocido como Diógenes, así que un día decidió ir a conocerlo en persona. Una mañana luminosa en Corinto, Alejandro, rodeado de su séquito, se acercó al lugar donde Diógenes descansaba dentro de su célebre tonel, tomando el sol sin la menor preocupación. El conquistador se presentó como Alejandro, rey de Macedonia. Diógenes ni siquiera arqueó una ceja. Alejandro expresó su admiración por el filósofo y, con solemnidad, le aseguró que podía pedirle lo que quisiera. Diógenes apenas alzó la mirada; lo observó como quien contempla una nube pasajera. “¿Lo que sea?”, preguntó el filósofo. “¡Lo que sea!”,respondió Alejandro. Entonces el cínico, con absoluta calma, dijo: “Sí. Apártate un paso a la derecha, que me tapas el sol.”

Laia empezó a reír.

<Alejandro, lejos de ofenderse, sonrió y se apartó, dejando a Diógenes continuar su baño de luz. Más tarde comentaría a sus acompañantes que, si no fuera Alejandro, le habría gustado ser Diógenes. El hombre más libre de Grecia y que el mundo haya conocido>
  • ¡Hijaaaaaaa!
El grito retumbó por todo el piso. Laia soltó lo que tenía entre las manos, dejando el vídeo reproducirse en una cocina ya vacía. Corrió por el pasillo en dirección a la habitación de su madre cuando un estruendo seco confirmó su peor presentimiento. Al cruzar el umbral, la realidad se impuso sin piedad: su madre yacía en el suelo. Aterrada, pero sin perder un segundo, abrió la mesilla de noche. Las manos le temblaban y la urgencia le nublaba la mirada mientras tomaba la jeringuilla, succionaba la medicación y se arrodillaba junto a ella. Buscó una vena que se le resistía, insistió, y finalmente pinchó. Una vez más, le salvó la vida.

La madre de Laia padecía lipodistrofia generalizada congénita, conocida comúnmente como síndrome de Berardinelli-Seip. Una enfermedad rara y crónica en la que el cuerpo es incapaz de producir tejido adiposo - grasa -, lo que deriva en graves complicaciones metabólicas, progresivas y degenerativas. Aunque existía medicación - un fármaco específico llamado Myalepta (metreleptina), que sustituía la hormona leptina que estos pacientes no generaban -, no estaba cubierta por la Seguridad Social. Era un tratamiento desorbitadamente caro, con un coste mensual que superaba con creces los miles de euros, absolutamente inasumible para una familia media sin el respaldo del Sistema Nacional de Salud.
  • Mamá, por favor - susurró Laia mientras la ayudaba a recostarse de nuevo en la cama - Ya hemos hablado mil veces de que no debes levantarte sola.
  • ¿Y qué quieres que haga, hija? - respondió su madre, hastiada, exhausta.
  • Llamarme, como siempre…
  • Solo soy una molestia. Ojalá Dios se me lleve pronto.
  • No digas eso, ¿me oyes? Soy tu hija, mamá. No eres una molestia... ni para mí ni para nadie.
Antes de cubrirla con la sábana, la observó durante un instante. Su cuerpo era extremadamente fibroso, con los músculos marcados hasta el exceso. Las venas sobresalían en brazos y piernas como raíces bajo la piel. El rostro, envejecido y casi demacrado, no correspondía al de una mujer de cuarenta años. Tenía una anatomía casi masculina: rectilínea, sin pechos, sin grasa en las caderas ni en los glúteos. Manchas oscuras y engrosadas se extendían por el cuello, las ingles y las axilas. El vientre abultado delataba el agrandamiento del hígado y del bazo. El vello corporal y facial crecía en exceso, indomable.
  • No me mires así… - murmuró su madre al notar su expresión - Sé que estoy horrible.
  • ¡¿Como que horrible?! - Laia intentó sonreír mientras la tapaba con cuidado - Eres preciosa, no digas tonterías.
Le dio un beso en la mejilla y esperó a que se quedara dormida. Vencida y entregada, un día más, a esa enfermedad que la iba devorando lentamente. Después salió de la habitación con sigilo, se dejó caer en el sofá y se quedó mirando el techo. Suspiró hasta quedarse sin aire en los pulmones. Cerró los ojos y deseó ser como Diógenes. Que nada le importara. Que nadie pesara dentro de su pecho. Abrazar la libertad absoluta, entregarse al cinismo en cuerpo y alma, vivir como debía vivirse: sin pretensiones, sin cadenas, sin obligaciones.

Pero el teléfono sonó, arrancándola de aquel sueño imposible. Desbloqueó el móvil y frunció el ceño. Otra notificación. De nuevo el maldito banco. Las deudas la asfixiaban, el sueldo no alcanzaba y su vida parecía abocada a la miseria y al olvido. El vértigo regresó, brutal, salvaje. Aun así, no podía permitirse caer. Debía resistir. No había otra opción. No mientras su madre siguiera con vida.
  • Quizás acabe como tú, Diógenes - murmuró entre dientes, con una sonrisa cínica - tirada en la calle y rodeada de perros.
Os estaréis preguntando, ¿de dónde sacaba entonces el dinero para mantenerse a flote?, ¿Qué puede hacer alguien a quien el mundo le ha dado la espalda? La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, difícil de mirar de frente.

Buscarse la vida al margen de la ley que ese mismo mundo ha tejido. Una ley que ahoga y aprieta, que exige y reclama, pero que rara vez tiende la mano o se detiene a mirar al desfavorecido. Una ley ciega para el dolor cotidiano, sorda al grito silencioso de quienes se hunden despacio.

Laia aprovechaba su trabajo en los laboratorios de Müller & Suter Biotech para sacarse un sobresueldo. No era heroico ni elegante. Era supervivencia. Sustraía medicamentos y los hacía desaparecer en un mercado paralelo donde la moral se diluye y el dinero manda. Fármacos que, fuera de su contexto clínico, se convertían en puertas de escape: ansiolíticos como el alprazolam o el diazepam para adormecer la ansiedad; opioides como la oxicodona para olvidar el dolor, tanto propio como ajeno; estimulantes como el metilfenidato para sentirse invencible durante unas horas, o sedantes que prometían sueño sin sueños. Los vendía a precios asequibles a quienes solo querían pasar un buen rato, relajarse, flipar un poco o desconectar de este mundo gris y despiadado.

Era peligroso por supuesto, pero Laia no era idiota, era muy consciente de ello. No solo jugaba con su puesto de trabajo: cada pastilla robada, cada trato cerrado, añadía un eslabón más a la cadena que podía arrastrarla a prisión. Pero cuando la vida aprieta e intenta ahogarte, solo te deja una opción: aprietas más fuerte. No por valentía, sino por instinto. El mundo no está hecho para quienes obedecen siempre. Es una jungla sin romanticismo, donde la ley no protege al débil y la justicia llega tarde, si es que llega. Aquí no sobrevive el más justo, sino el que aprende a morder antes de ser devorado. Y Laia, aunque le pesara, había aprendido a enseñar los dientes.

Aprovechando que aún tenía el teléfono en la mano, revisó los mensajes de WhatsApp, comprobando que varios clientes requerían de sus servicios. No eran tantos como el sábado, pero sí los suficientes como para seguir facturando; y es que su negocio, aunque temerario, resultaba lucrativo. No había gastos - todo lo que vendía era sustraído - y, por razones obvias, los ingresos no podían declararse. Tampoco necesitaba invertir en marketing: el boca a boca hacía todo el trabajo. La noticia de que alguien ofrecía producto de calidad a buen precio se había propagado como la pólvora. Laia, aun así, tomaba precauciones. Su WhatsApp estaba poblado de números desconocidos y conversaciones compuestas exclusivamente por emoticonos. Era su lenguaje cifrado. Sin palabras que pudieran delatarla, sin direcciones, sin datos que permitieran cazarla. Solo símbolos que consumidores y proveedora sabían descifrar. Y es que… Usar la mínima información imprescindible, era la única forma de mantenerse a salvo en un mundo vigilado, donde el riesgo nunca desaparecía del todo. Por eso se mantenía alerta, desconfiada, escondiendo su negocio a los ojos de la ley.

Respondió con rapidez, cerrando citas en lugares escogidos al azar. Después entró en su habitación, sacó el último cajón del mueble y, desde un compartimento falso, extrajo una caja metálica con candado. Preparó las bolsas, midió las dosis y lo devolvió todo a su sitio con la precisión de quien no deja huellas. Como si nada hubiera ocurrido.

Era una pequeña narco.
No por ambición. No para hacerse rica.
Lo era por supervivencia. La suya y la de los suyos.

Cuando terminó, guardó el contenido en la mochila. Encima de las bolsas selladas con pastillas de colores, colocó ropa sucia de deporte, cerró la cremallera y se dirigió a la ducha. Se desnudó con movimientos rápidos, abrió el grifo y se metió bajo el chorro. El agua caliente le erizó la piel y le destensó un poco los nervios. Aunque llevaba ya tiempo con aquel negocio entre manos, la ansiedad seguía ahí, viva como el primer día. Cerró los ojos, respiró hondo y dejó que el vapor y el agua hicieran su trabajo, buscando, aunque fuera por unos minutos, una tregua para el cuerpo y la mente.

Se relajó del mismo modo que lo hacen todas, cuando están desnudas, húmedas y calientes. Comenzó por sus pechos, acariciándolos despacio, estimulando sus pezones hasta que se pusieron duros. Lentamente fue bajando una mano hasta su entrepierna, y sin prisas empezó a acariciare el clítoris. Y a medida que apretaba el ritmo, sus gemidos fueron en aumento también. Cerró los ojos y empezó a fantasear con una polla enorme, dura y venosa. Unos huevos grandes y depilados, llenos hasta arriba solo para ella. Aplastó su culo contra la pared resbalosa de azulejos, dándose golpes a un ritmo cada vez más veloz, mientras al mismo tiempo, abría las piernas y se metía dos dedos. Los gemidos, su culo contra la pared y la palma de su mano golpeando su coño, inundaron el baño con la sinfonía más hermosa, la del placer.

Podría haber llegado al orgasmo así, de ese modo, pero quería más, no tuvo suficiente.

Sacó un brazo de la ducha y abrió uno de los cajones del mueble del lavamanos, donde guardaba sus juguetes. Escogió una polla de goma de un tamaño considerable, pero antes de seguir una sonrisa lujuriosa le cruzó la cara. Así que cogió la otra polla de goma, la más grande que tenía. Volvió debajo del chorro, abrió bien sus piernas y se metió la más grande dentro y mientras se daba duro, muy duro, empezó a chupar la otra hasta que casi se ahoga. Con los ojos cerrados soñaba estar rodeada de hombres, todos deseando follársela. Acabó de lubricar bien el consolador que tenía en la boca, se separó de la pared y se la metió por el agujero del culo.
  • Ooooh sí, jodeeer - murmuraba mientras se le ponían los ojos en blanco y le caía la saliva de la boca - Como me gusta… quiero más, más… dame más, más duro…
Laia se corrió de tal manera, que casi se cae al suelo de la ducha. Se quedó un rato así, respirando entrecortadamente, con los dos consoladores aún dentro de ella, las piernas temblando, los ojos perdidos en el vapor de la ducha, dejándose llevar por aquel orgasmo que por un instante la alejó de todos sus problemas. Había probado muchas formas de relajarse: caminar sin rumbo, discutir mentalmente con gente que no estaba presente, ordenar cajones que nadie abría. Pero había un recurso íntimo, discreto y sorprendentemente eficaz que nunca fallaba. Un gesto privado que no figuraba en ninguna agenda, pero que, curiosamente, tenía más respaldo científico que muchos libros de autoayuda.

Desde un punto de vista fisiológico - y aquí la ciencia se pone la bata blanca -, el cuerpo de una Laia adulta reaccionaba con precisión matemática: liberación de endorfinas, descenso del cortisol, una sensación de calma que no prometía soluciones, pero sí silencio.

El ruido de los problemas bajaba el volumen.
No desaparecían, claro, pero dejaban de gritar.

Ella lo vivía con humor. No lo veía como una huida, sino como un botón de reinicio. Cinco minutos de intimidad bastaban para que el mundo pareciera un poco menos hostil, como si la vida hubiera aflojado el nudo de la corbata. Después, el espejo devolvía a una Laia más ligera, con los hombros menos tensos y la mente despejada, casi irónicamente productiva. La ciencia lo avala: el cerebro, tras ese breve paréntesis personal, entra en un estado parecido al de la meditación. La respiración se regula, el ánimo mejora, y la perspectiva cambia. No es magia; es biología haciendo su trabajo con eficiencia silenciosa. Para Laia, no era un vicio ni un secreto oscuro. Era un gesto cotidiano, honesto, tan humano como reírse sola en la cocina viendo videos de un viejo cínico en la antigua Grecia. Un recordatorio de que, a veces, la forma más directa de cuidarse empieza en uno mismo y termina con una sonrisa cómplice antes de volver al caos.

Sin más, se puso en marcha, más ligera tras esa sesión de autoplacer que la había dejado como nueva. Guardó sus herramientas de goma en el cajón y lo cerró con un golpe seco, se secó el cuerpo y el cabello, y se miró en el espejo: la luz reflejaba un brillo en sus ojos que la hacía irresistible, aunque ella solo buscara confianza. Se dirigió rápidamente a su cuarto y se vistió con lo primero que encontró; con movimientos precisos tomó la bolsa con los pedidos y la cargó al hombro, sintiendo el peso como un recordatorio de la rutina que no podía esquivar.

Antes de salir, se detuvo un segundo frente a la habitación de su madre, observando la quietud del cuarto. Un silencio pesado la envolvió, y al instante, el mundo le golpeó de nuevo: problemas, enfermedades, deudas acumuladas, bancos implacables, su negocio ilegal y la constante amenaza de acabar entre rejas. Apretó los dientes, respiró hondo y asintió con firmeza. Era hora de volver al ruedo.

Al llegar al recibidor, tomó el casco de la moto, las llaves y salió a la escalera.
  • Buenos días, vecina - una voz la sacó de su concentración mientras cerraba la puerta tras de sí.
  • ¡Ah! Hola, Raquel. ¿Cómo estás? - respondió ella con una sonrisa, un poco forzada, pero genuina al verla.
  • Hasta arriba, como siempre…
Raquel vivía justo enfrente. Una chica rellenita - por decirlo de un modo suave -, con gafas grandes de pasta que amplificaban la curiosidad de sus ojos, el cabello recogido en un moño descuidado y esa torpeza encantadora en cada gesto que delataba su naturaleza de empollona. Hija de familia obrera, había crecido con principios sólidos y con la esperanza, como tantos en aquel barrio, de que los estudios y una carrera serían su pasaporte para escapar del abismo silencioso que separaba, cada vez más, ricos de pobres.
  • ¿Bajas? - preguntó Raquel, sujetando la puerta del ascensor con un gesto casi maternal.
  • Sí… gracias - respondió Laia, entrando con cuidado.
El ascensor cerró las puertas y Laia pulsó el botón de la planta baja. El espacio reducido parecía comprimido por la proximidad de ambas, y al mismo tiempo, la tensión invisible de la vida ilegal de Laia contrastaba con la calma de Raquel, que caminaba siempre por la senda correcta. Esa diferencia las hacía parecer extrañamente distantes, aun estando tan cerca.
  • ¿Va todo bien? - preguntó Raquel, intentando romper la burbuja, al verla pensativa - ¿Cómo está tu madre?
Laia suspiró apenas perceptible, su mirada fugaz hacia el techo evaluando cuántos problemas podían caber en un solo día, mientras un pequeño brillo de humor se escapaba en su sonrisa.
  • ¡Es terca! Ya la conoces…
  • Sabes que si necesitas cualquier cosa…
  • Lo sé, vecina… - sonrió Laia, acariciando suavemente la espalda de su amiga - Y te lo agradezco.
Raquel asintió, sonriendo también. Al ver la mochila de Laia, le preguntó si iba al gimnasio. Y Laia, como siempre, mintió. No por placer, sino por pura supervivencia. Mentir se había convertido en una rutina tan natural como respirar, y sin embargo, nada era fácil. Inventar historias era solo el primer paso; después había que recordarlas con precisión quirúrgica. Cada mentira era una telaraña en la que podía enredarse ella misma, hasta el punto de que la ficción y la realidad empezaban a confundirse, amenazando con devorarla. Pero Laia no mentía solo para protegerse a sí misma; mentía para proteger a su madre, su mundo, todo lo que había construido para mantenerse a flote.

A pesar de haber crecido junto a Raquel, no había tenido otra opción que inventar, disimular, fingir. Confiar en alguien era un lujo que no podía permitirse; no por desdén, sino, otra vez, por supervivencia. Solo unas pocas personas conocían a la verdadera Laia: la narcotraficante, la hija guerrera que se mantenía en pie, costase lo que costase. Y esas personas eran excepcionales, porque la vida no dejaba hueco para la sinceridad. Una de ellas era Nico, su compañero de trabajo. Desde el primer día, él percibió que Laia no era realmente científica. Y acertó, pues no tenía títulos, ni carrera, y su currículum era un entramado de medias verdades y falsedades cuidadosamente hiladas. Cuando él descubrió la verdad y escuchó la razón detrás de su fraude, hizo un juramento silencioso: protegerla y ayudarla en todo lo posible. Y Laia, con su carácter inflexible y su determinación salvaje, se volcó en aprender y hacer las cosas bien. No tenía un título, ni un diploma colgado en la pared, pero se convirtió en científica de facto, día a día, error tras error, hasta dominar lo que parecía inalcanzable. Porque ser Laia no significaba esperar oportunidades; significaba forjarse a sí misma, inventando la realidad cuando era necesario, pero siempre avanzando, siempre en pie.
  • ¡Dale recuerdos a tus padres! - dijo la narco, despidiéndose con dos besos en la mejilla.
  • ¡Dale un beso a tu madre de mi parte! - respondió la estudiante con una sonrisa, devolviéndole la calidez del gesto.
Se separaron en silencio, cada una tomando su camino, y en ese instante, la distancia no era solo física, sino también espiritual. Raquel se dirigió hacia la biblioteca, sus pasos medidos, decididos, mientras el eco de los libros resonaba a su alrededor. Se sentaría, hincando los codos sobre la madera fría, enfrentándose a la montaña de apuntes y textos como si fueran su escudo. Su batalla era lenta, metódica: cada página dominada, cada ecuación resuelta, un paso más en un sendero seguro pero arduo. Laia, en cambio, se dirigiría a su moto. Se colocaría el casco, encendería el motor y dejaría que el rugido metálico llenara la calle silenciosa. Su camino era otro: rápido, peligroso, impredecible, marcado por la ilegalidad y la necesidad de sobrevivir. Cada acelerón era un recordatorio de la delgada línea que separaba la vida de la caída. Pero la determinación era la misma en ambas vecinas: salir adelante, avanzar, conquistar lo que parecía imposible.

Dos jóvenes, un mismo objetivo de futuro, pero con sendas radicalmente distintas. Una construyendo paso a paso su porvenir en la paciencia y la constancia; la otra enfrentándose al destino con audacia y rapidez, sabiendo que el atajo podía costarle caro. Y aun así, ambas compartían la misma fuerza, la misma voluntad de no dejarse vencer por un mundo que parecía diseñado para aplastarlas.

Laia arrancó la moto y se dejó tragar por Madrid. No se quitó el casco en ningún momento. Nunca lo hacía. El visor oscuro era su escudo contra el mundo, una forma fácil y segura de que nunca la pudieran identificar. El motor vibraba bajo ella mientras cruzaba calles que conocía demasiado bien, avenidas que a esas horas parecían indiferentes a todo.

Primera parada, cerca de Plaza de Castilla. El tráfico fluía con desgana, y el viento arrastraba olor a asfalto y café recién hecho. No bajó de la moto. Nunca lo hacía. De ese modo se aseguraba una huída rápida ante cualquier peligro que pudiera surgir. La transacción tardó apenas dos segundos: Un gesto rápido de cabeza, una mano que aparece y desaparece. La mercancía cambió de dueño. El dinero también. Billetes doblados, directos al sujetador, pegándose a la piel. Nada más. Ni una sola palabra. Solo gas y hacía el siguiente punto.

Pasó junto a Cuatro Caminos, se coló entre coches como si la ciudad se abriera solo para ella. En un lateral discreto del Parque de Santander, otra entrega. El mismo ritual silencioso. La moto siempre encendida. El casco siempre puesto. Rostro oculto. Rapidez por si había que huir, aunque hoy nada parecía torcerse. Los productos salían de la bolsa uno a uno: fármacos robados de un laboratorio impoluto, destinados a manos que no hacían preguntas. Medicamentos reales, cotidianos, diseñados para curar o calmar, ahora convertidos en moneda de supervivencia. Para Laia no eran nombres ni prospectos; eran peso que desaparecía. Y es que a medida que la bolsa se vaciaba, ella se aligeraba. No solo físicamente. Cada entrega le arrancaba un poco de tensión de los hombros, como si se quitara capas invisibles.

El dinero, en cambio, crecía contra su pecho, denso, cálido.
La balanza se inclinaba a su favor.

Otra parada, esta vez cerca de Lavapiés, en una esquina cualquiera. Todo estaba saliendo a la perfección. Clientes puntuales. Billetes exactos. Lugares comunes. Nada de sirenas. Nada de miradas largas. Nada de errores. Madrid pasaba junto a ella como una película acelerada: fachadas viejas, balcones con ropa tendida, semáforos cambiando de color. Laia era una sombra con ruedas, una presencia que estaba y ya no estaba. Lista para desaparecer si hacía falta.

Penúltima entrega, cerca de Atocha. La bolsa ya colgaba casi vacía, blanda, sin resistencia. Laia respiró hondo dentro del casco. Por primera vez en toda la mañana, pensó que quizá todo terminaría sin sobresaltos. Que hoy, por una vez, el mundo no reclamaría su precio extra.

Entonces llegó el último pedido.

El punto de encuentro estaba cerca del Retiro, pero no dentro. Demasiado abierto, demasiada gente, demasiado tranquilo. El tipo de tranquilidad que no relaja, sino que avisa. La moto seguía encendida, vibrando bajo sus piernas, pero algo no encajaba: el cliente no estaba en el punto indicado y aunque eso no era una sorpresa en sí, pues ya había pasado por situaciones parecidas otras veces; el instinto - ese que nunca le había fallado - le recorrió la espalda como un escalofrío. Laia no se quitó el casco. No apagó el motor. Y esta vez, no se permitió relajarse.

De repente sintió la vibración del móvil contra el muslo. Un zumbido breve, seco. Sacó el teléfono, abrió WhatsApp y sus sospechas se hicieron tangibles en un instante. No necesitó leer nada. Bastó el emoticono: el mono con los ojos tapados. La señal convenida. La pasma estaba cerca.
Guardó el teléfono sin pensarlo y giró el puño del acelerador. Demasiado tarde. Esta vez, Laia fue demasiado lenta. Las sirenas estallaron a su espalda como un latigazo. Azules y rojos rebotando en los retrovisores, el sonido creciendo, ocupándolo todo. Laia no pensó en planes ni consecuencias. Pensó en una sola cosa: escapar.

La moto salió disparada. Zigzagueó entre coches detenidos, rozando retrovisores, leyendo el tráfico como si fuera un idioma propio. Un semáforo en rojo. No frenó. Lo atravesó con el corazón golpeándole las costillas. Otro cruce. Otro salto. El mundo se convirtió en líneas borrosas, bocinas, gritos lejanos, el rugido constante del motor mezclado con las sirenas que no cedían. La policía venía en coche, cerrándole el espacio, obligándola a forzar cada maniobra. La ciudad, que antes la había acogido, ahora parecía estrecharse, volverse hostil. Laia buscó una salida desesperada y la encontró: una calle mínima, estrecha, casi invisible, como una grieta entre edificios. Se metió dentro sin dudarlo ni un instante.

Frenó en seco. Saltó de la moto antes incluso de que se detuviera del todo. La empujó detrás de un contenedor, mal escondida. No le importó. No estaba a su nombre. No había rastro que seguir ni hilo del que tirar, ni había huellas que la pudieran incriminar. La moto ya no era un problema, así que empezó a correr. El casco le pesaba, le robaba aire; se lo quitó rapidamente. Llegó al final de la calle y se topó con un muro. Alto. Definitivo. Sin pensarlo, lanzó la bolsa por encima. Luego el casco. Sonaron al caer al otro lado, huecos, lejanos. Se pasó las manos por el pelo empapado de sudor, respirando a bocanadas, buscando una salida que no existía. Las sirenas estaban encima.

Entonces lo intentó. El último recurso. Se giró, compuso el gesto, bajó el ritmo. Caminó unos pasos como si saliera de una de las casas, como si fuera una vecina más, alguien que había olvidado algo y regresaba a la calle. La casualidad fingida. La normalidad impostada. Pero no coló.
  • ¡Eh! ¡Tú! ¡Detente!
Dos policías, dos armas apuntando y a Laia no le quedó más remedio que poner las manos en alto. Con las palabras atropellándose en su boca, dijo que no sabía qué pasaba, que era un error, que era inocente; pero nadie la escuchaba. Las luces azules y rojas le pintaban la cara a ráfagas mientras la empujaban contra el coche patrulla. Sintió el metal frío del capó, las esposas cerrándose con un ‘clic’ definitivo. El motor arrancó. La puerta se cerró. Madrid quedó atrás, distorsionada tras el cristal. Laia miró al frente, los dientes apretados, el pecho aún ardiendo. Sabía que ese día, por fin, la vía rápida había pasado factura. Y aun así, incluso entonces, seguía en pie. Aunque fuera sentada en el asiento trasero de un coche patrulla, camino de comisaría.

Quién le iba a decir que, al llegar, se encontraría con una cara conocida.
  • ¿En serio te han encerrado por follar en un coche? - preguntó ella sin poder parar de reír - ¿Es que no tienes casa o qué?
  • Surgió así… - rió Gabi, rascándose la nuca - Cuando el hambre aprieta…
  • No, no… si lo entiendo, pero es que… me parece tan surrealista.
Siguieron riendo unos segundos más, él rojo como un tomate, ella observando esa expresión entre torpe y honesta que le pareció absurdamente encantadora. Pero entonces Gabi ladeó la cabeza, con una curiosidad inocente, y lanzó la pregunta que Laia llevaba temiendo desde que cruzó los barrotes.
  • Bueno… ¿y tú qué? - dijo, señalando con un leve gesto el lugar - ¿Cómo has acabado aquí?
La respuesta fue inmediata. Demasiado rápida para ser verdad.
  • Por error… me han confundido con otra.
  • ¡Ja! Eso decimos todos - soltó una voz burlona desde el fondo de la celda.
Gabi se giró. Laia desvió la mirada. Allí estaba él: un motero de los de postal. Cuerpo ancho, barba espesa, chaleco de cuero negro abierto sobre una camiseta ajustada que dejaba asomar brazos cubiertos de tatuajes hasta los nudillos. Calaveras, llamas, nombres borrados por el tiempo. Cara de haber pasado más noches en bares de carretera que en camas limpias, y de haberse metido en más peleas de las que podía contar sin perder la cuenta.
  • ¡¿Y a ti qué te pasa?! - preguntó Laia, desafiante, clavándole la mirada.
  • Solo digo, preciosa, que si preguntas por aquí, todos te dirán lo mismo… que son inocentes.
  • ¡Métete en tus asuntos, colega! - le espetó ella sin pestañear.
  • Está bien… está bien… - respondió él, levantando las manos con una sonrisa ladeada.
Gabi observó la escena con los ojos muy abiertos. Miró al motero. Luego a Laia. Y volvió a mirar al motero, que ya había bajado la cabeza, rindiéndose sin decir una palabra más.
  • Joder… - murmuró Gabi, inclinándose hacia ella - ¿Tú has visto lo grande que es ese tío?
Laia no respondió. Se limitó a sostener la mirada al hombre un segundo más, el justo para dejar claro que la conversación había terminado. El motero carraspeó, se encogió de hombros y apartó la vista, como un perro grande al que le han marcado el territorio. Gabi tragó saliva.
  • Aunque… - susurró, aún incrédulo - Me das más miedo tú.
Laia giró apenas la cabeza hacia él. Una media sonrisa le cruzó los labios, cansada, afilada.
  • Haces bien, manco - respondió en voz baja - Si quieres seguir viviendo, claro está.
Los dos rieron de nuevo y la tensión se disipó como humo. Sin decir nada más, Laia y Gabi se sentaron en un banco vacío, uno junto al otro. Ella con la espalda recta, la cabeza apoyada contra la pared; él espalda encorvada, codos apoyados en las rodillas. Dos cuerpos quietos en un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Gabi todavía la miraba de reojo, como si acabara de descubrir que la chica que tenía al lado no era exactamente quien creía. Ella, en cambio, clavó la vista al frente. Porque incluso entre barrotes, Laia no bajaba la guardia.
  • ¿No vas a decirme por qué estás aquí, verdad? - preguntó de nuevo.
  • Ya te lo he dicho… ha sido un error.
Gabi sabía perfectamente que no decía la verdad, y no porque la conociera demasiado bien; pero era evidente que no quería hablar del tema. Así que no insistió. Laia, por su parte, lo observó unos segundos en silencio. Había algo en él que le inspiraba confianza. No sabía qué era exactamente, pero sentía una cercanía irracional, incómoda incluso. Tal vez el corazón de alguien que empezaba a despertar algo en su interior. Pero la razón llegó a tiempo, como siempre hacía. Y se tragó las palabras. La verdad no salió de su boca. Su parte más humana deseaba abrirse, contarle todo, compartir sus miserias… y quizá algo más carnal. Pero su instinto más primitivo gritaba más fuerte: cautela, precaución, no confíes en nadie. Y, por enésima vez, dejó que esa voz tomara las riendas de su destino.

Entonces Sofi regresó del baño. Se detuvo frente a los barrotes mientras la policía abría la cerradura. Miró a su novio sentado en el banco… y luego a la chica atractiva que estaba a su lado… Demasiado cerca. “¿Y esta zorra? ¿Qué pretende?”, pensó.

La puerta se abrió y se cerró con un golpe seco rápidamente. Sofi avanzó sin dudar y se sentó entre ambos, encajando el culo con decisión, marcando territorio. Laia notó el empujón de cadera descarado de aquella desconocida, estando a un latido de encararla, pero Gabi fue más rápido esta vez.
  • Sofi, te presento a Laia… es una compañera del curro - dijo agarrando su mano - Laia, ella es Sofi, mi novia.
Las miradas chocaron al instante. Un cruce silencioso, afilado. Sofi la evaluó de arriba abajo con rapidez clínica: postura, seguridad, esa calma peligrosa que no se improvisa. Laia, en cambio, sostuvo la mirada sin pestañear, analizando con la misma precisión: la forma de sentarse, la necesidad de ocupar espacio, la urgencia por reclamar lo que creía suyo.
  • Encantada - dijo Sofi, con una sonrisa impecable.
  • Un placer - respondió Laia, devolviéndole el gesto.
Las palabras eran educadas. El tono, correcto. El silencio entre ambas, en cambio, estaba cargado de mediciones, de líneas invisibles trazándose en el aire. No había amabilidad real ni intención de amistad. Solo dos mujeres midiéndose, una defendiendo su terreno, la otra dejando claro que no tenía intención de invadirlo… o quizás sí. Gabi, ajeno - o fingiendo estarlo -, miró al frente. Y Laia volvió a pensar que, incluso sentada en un banco de comisaría, la vida nunca dejaba de ponerla a prueba.
  • Amor… - susurró Sofi pegando los labios a su oreja - He tenido una idea para que nos dejen salir de aquí.
  • ¿Ah, sí? - respondió él, enderezándose de inmediato, ilusionado ante la posibilidad de volver a pisar la calle - Dime… ¿cuál?
Mientras la pareja hablaba en voz baja, Laia escuchaba disimuladamente, con la mirada perdida en un punto cualquiera de la pared, fingiendo indiferencia. Pero no se le escapaba ni una sílaba.
  • Antes de decírtelo… prométeme que no vas a montar un numerito.
A Gabi no le hizo falta escuchar nada más. Lo entendió al instante. Su expresión cambió de golpe: la espalda se tensó, los hombros se cerraron hacia dentro, cruzó los brazos como si acabara de recibir un ataque invisible. Modo defensivo activado. Trinchera levantada.
  • Ni hablar, cariño… - dijo tajante - No hace falta ni que lo digas en voz alta. Me niego.
  • Pero…
  • Que no, joder. Solo me faltaba eso… que tu madre se entere de que…
  • ¿Mi madre? ¿Qué pinta ella aquí? - replicó Sofi, irritada - No estoy hablando de ella, hablo de…
  • Ya sé de quién cojones hablas - la cortó él - Y he dicho que no.
  • Pero Ricardo es abogado, mi vida…
  • ¡Como si es el papa de Roma! - saltó Gabi - Que no, hostias. No pienso dejar que tu puto ex se meta en esto. Sabes perfectamente que en cuanto nos saque de aquí correrá a contárselo a tu madre y paso.
  • Pero…
  • Sofi, no insistas más. He dicho que no.
El silencio cayó entre ellos, espeso. Mientras Laia siguió mirando al frente, impasible aunque no pudo evitar arquear una ceja con una mezcla de ironía y lucidez. Aquello le resultaba demasiado familiar: recuerdos mal enterrados, cicatrices que nunca desaparecen del todo, decisiones tomadas por miedo más que por orgullo. Pensó que, al final, todos estaban allí por lo mismo.
No por lo que habían hecho… sino por lo que estaban intentando ocultar.

Gabi no odiaba a Ricardo solo porque fuera el ex de Sofi. Eso habría sido demasiado simple, casi lógico. Tampoco porque Lorena - la bruja de su suegra - lo idolatrara como si fuera un santo caído del cielo, resucitándolo en cada comida familiar, en cada frase inocente convertida en puñal. No era eso… El problema era mucho más profundo.

Ricardo representaba todo lo que Gabi nunca había podido ser. Tenía un trabajo de los que impresionan cuando se dicen en voz alta. Dinero de verdad, no el que se va en alquiler y facturas. Vivía en una casa enorme, luminosa, con terraza y vistas, de esas que parecen sacadas de un catálogo. Era guapo sin esfuerzo, con ese tipo de belleza insultante que no necesita justificar nada. Y el pelo… joder, el pelo. Un pelazo de revista, siempre perfecto, como si el viento le obedeciera. Era el yerno ideal. El hombre correcto. El orgullo de cualquier suegra. Gabi, en cambio, era un chaval de barrio. Currante, sí. Honesto, el que más. De los que madrugan y se parten la espalda sin garantías, pero sin suerte, sin brillo. Sin ese aura de éxito que parece abrir puertas sin pedir permiso. Tenía manos ásperas, un coche viejo y un futuro que siempre estaba “por mejorar”. Y aunque tuviera lo único que de verdad le importaba - el amor de Sofi -, las comparaciones lo devoraban por dentro. Porque no eran explícitas, no siempre. Eran miradas. Silencios. Comentarios lanzados al azar como quien no quiere la cosa. Y cada uno lo iba encogiendo un poco más, haciéndolo sentirse como un cero a la izquierda, como un error temporal en la vida de alguien que, según todos, merecía algo mejor.

Ricardo no tenía que hacer nada para ser odiado. No llamaba. No aparecía. Le bastaba con existir. Por eso Gabi no podía soportar la idea de que fuera él quien los sacara de allí. Porque no sería ayuda. Sería confirmación. La prueba definitiva de que, incluso encerrado, incluso en el fondo del pozo, Ricardo seguía siendo el salvador… y él, el problema.

No era orgullo, era supervivencia. Y por eso, cuando dijo que no, no estaba siendo terco.
Estaba defendiéndose de algo que llevaba años persiguiéndolo.

Laia no necesitó hacer ninguna pregunta para entender qué estaba pasando. Recordaba perfectamente la conversación que había tenido con Gabi por Discord la noche anterior. No conocía todos los detalles, pero sabía lo suficiente: la relación con su suegra distaba mucho de ser idílica. De hecho, era todo lo contrario.

Sin ser invitada a la conversación, decidió intervenir. No por altruismo, sino porque debía salvar su propio culo, una vez más. Y, como dijimos antes, solo había un ser humano en todo aquel caos que era su vida, en el que podía confiar… al menos por ahora. Así que con determinación, se puso en pie con orgullo y se acercó a los barrotes.
  • ¡Eh picoleta! Quiero hacer una llamada - pidió en voz alta.
Tanto Sofi como Gabi la observaron. Ella la analizó de arriba abajo, midiendo cada gesto, cada paso, cada palabra. Él, en cambio, no disimuló: ahora que podía, le echó un vistazo descarado a su trasero.

La funcionaria apareció al poco, pasos metódicos, gesto cansado, una mirada de desprecio que parecía de serie. Abrió la reja por cuarta vez desde que llegaron, murmurando algo entre dientes. Laia se giró entonces con una sonrisa amplia, casi insolente, como si todo aquello no fuera con ella.
  • ¿A quién vas a llamar? - preguntó Gabi, curioso.
  • A Nico…
  • ¿A Nico? ¿Para qué?
  • No preguntes... - respondió ella sin perder la sonrisa - Y dame las gracias.
La reja volvió a cerrarse tras ella. Laia avanzó por el pasillo con la misma seguridad con la que había llegado, como si cada paso estuviera calculado de antemano, como si todo formara parte de un plan invisible.

Sofi se giró de inmediato hacia su novio, desconcertada.
  • ¿Quién demonios es Nico?
Como el Carbono, transmutando el dolor en diamante o en ceniza, demostrando que no hay finales, solo nuevas formas de reorganizar el alma. Esta historia continuará...
 
Ya se conocen 3 de los 4 principales protagonistas de la historia aunque no en el sitio ni en el lugar adecuado y ahora ya solo queda que haga acto de aparición Nico que es el que los va a sacar de allí.
 
Que por cierto ya conocemos un poco más a Laia y las circunstancias difíciles que ha y tiene que enfrentar.
En un principio, parece que se siente atraída por Gabi aunque creo que teniendo novia y con carácter no sé va a meter por medio.
Algo debe tener Gabi cuando a parte de su novia, la hermana de la novia y Laia están atraídas por el.
Aunque creo que al final, poco a poco va a surgir algo con Nico.
 
Que por cierto ya conocemos un poco más a Laia y las circunstancias difíciles que ha y tiene que enfrentar.
En un principio, parece que se siente atraída por Gabi aunque creo que teniendo novia y con carácter no sé va a meter por medio.
Algo debe tener Gabi cuando a parte de su novia, la hermana de la novia y Laia están atraídas por el.
Aunque creo que al final, poco a poco va a surgir algo con Nico.
Pobre Gabi que apenas puede con Sofi y no paran de salirle problemas de debajo las piedras, jajajaja.
Siguiente capítulo presentaremos a Nico, viendo un poquito más de su vida. Y empezaremos a dar tralla.

Un abrazo compañero!
 
Esto va viento en popa a toda vela. Curiosa forma de conocerse, en el calabozo, unos por escándalo público y la otra por supuesto delito contra la salud. Y la cuarta pata del banco aparece como salvador, ahora para sacarlos del calabozo y luego...
Esperando ansioso el siguiente capítulo.
 
Última edición:
Hoy toca el Nitrógeno, producto que en algunas películas producía un efecto aterrador al congelarse esa persona con Nitrógeno.
Creo que también aparece en una escena de Terminator 2.
 
Capítulo 7. Nitrógeno - (N)ico el adicto

El nitrógeno (N) ocupa el séptimo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del nitrógeno con el concepto de la adicción, obtenemos el retrato de una fuerza que es, al mismo tiempo, el aliento vital que nos rodea y la trampa invisible de la expansión. El nitrógeno no es un veneno externo; es el elemento que constituye el 78% del aire que respiramos, recordándonos que las dependencias más peligrosas suelen ser aquellas que se disfrazan de necesidad cotidiana.

La Adicción según el Nitrógeno: La Paradoja de la Expansión

1. El Abrazo Invisible (La Abundancia Inerte)

El nitrógeno nos rodea constantemente, pero en su estado gaseoso es casi inalcanzable para nuestro cuerpo; lo respiramos, pero no podemos "atraparlo" sin ayuda externa. La adicción comienza como el nitrógeno: está en todas partes, parece inofensiva y llena el vacío. Es esa búsqueda de algo que nos rodea pero que no logramos procesar por nosotros mismos - paz, alegría, evasión -. Hay que entender que la adicción es el intento desesperado de capturar una plenitud que debería ser natural, pero que se siente fuera de nuestro alcance.

2. El Triple Enlace (La Prisión Molecular)
Dos átomos de nitrógeno se unen mediante un triple enlace, uno de los lazos más fuertes y difíciles de romper en toda la química. Se necesita una energía inmensa para separar esa unión. La adicción es un "triple enlace" con el objeto del deseo. No es un vínculo simple que se rompe con voluntad; es una estructura atómica que requiere una sacudida de energía - ayuda, tiempo y crisis - para ser desmantelada. El nitrógeno nos enseña que algunas uniones, aunque estables, son celdas que impiden que el elemento participe en la vida real.

3. El Sueño de las Profundidades (Narcosis de Nitrógeno)
Cuando un buceador baja demasiado, el nitrógeno en su sangre provoca la "borrachera de las profundidades", una euforia que anula el juicio y puede llevar a la muerte por pura felicidad ilusoria. Esta es la esencia de la adicción: una narcosis del alma. Es el estado donde el peligro se siente como placer y donde la realidad se distorsiona hasta que el abismo parece el cielo. El nitrógeno nos advierte que la euforia artificial es solo el síntoma de que nos hemos hundido demasiado profundo, perdiendo la noción de dónde está la superficie.

4. El Motor de la Explosión (Nitroglicerina y TNT)
Aunque es inerte en el aire, cuando el nitrógeno se fuerza a formar compuestos inestables, se convierte en la base de los explosivos más potentes. Al liberarse, vuelve a ser gas de forma violenta y expansiva. La adicción es una energía comprimida. Cuando intentamos contenerla o cuando finalmente "estalla", la liberación es devastadora. El adicto, como un compuesto nitrogenado, vive en una inestabilidad constante, acumulando una tensión que amenaza con destruir todo a su alrededor para recuperar una libertad que ya no sabe gestionar.


5. El Ciclo de la Vida (Fijación del Nitrógeno)
Para que el nitrógeno sea útil, debe ser "fijado" por bacterias en la tierra, transformándose en nutrientes que permiten que las plantas crezcan. El camino de salida de la adicción pasa por la transformación. El nitrógeno que antes era una trampa explosiva o una narcosis, puede convertirse en abono. Renacer de una adicción significa aprender a "fijar" esa intensidad en algo productivo: usar esa capacidad de entrega y esa energía desbordante para nutrir una nueva vida, transformando el hábito letal en el aminoácido de la sabiduría.

Conclusión: La adicción, vista a través del nitrógeno, es la geometría del exceso silencioso. Es un recordatorio de que lo que nos llena puede también asfixiarnos si no sabemos cómo procesarlo. Vivir bajo el símbolo del nitrógeno significa reconocer nuestra vulnerabilidad ante los lazos fuertes, pero también nuestra capacidad de transformar una fuerza destructiva en el componente esencial de nuestra propia evolución. No miramos al adicto como alguien débil, sino como a alguien atrapado en un triple enlace químico, esperando la energía necesaria para volver a ser parte del aire libre.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Ese mismo domingo, esa misma mañana en que una pareja subía a la Sierra en coche, sumida en un silencio incómodo; y en que una chica con demasiados problemas se levantaba temprano para prepararle el desayuno a su madre enferma, Nico seguía pegado a la pantalla de su ordenador.

Más de doce horas de estímulos audiovisuales se acumulaban ante él: partidas online con desconocidos recién conocidos, con los que hablaba como si fueran amigos de toda la vida. Sus ojos estaban rojos y brillantes por la fatiga, fijos en la pantalla que parpadeaba con luces azules y verdes. Los dedos se movían con precisión frenética, casi como si tuvieran voluntad propia, manchados de restos químicos de snacks apilados a su alrededor. Su voz era apenas un susurro, casi robótica, hablando lo justo y necesario en un lenguaje técnico y de nicho.

Su escritorio era un caos organizado: latas de Monster vacías, envoltorios arrugados y restos de comida híper calórica, iluminados por la luz fría del monitor. El aire de la habitación olía a humanidad encerrada, a cuerpo adulto negándose a abandonar su adolescencia: sudor rancio que se mezclaba con el olor de sus propios eructos, el perfume de la obsesión pura. Cada ‘clic’, cada movimiento del ratón, cada tecla presionada parecía acelerar el pulso del cuarto, un latido mecánico que acompañaba los parpadeos de la pantalla. Nico era el epicentro de su propio universo luminoso y desordenado, donde todo giraba alrededor de su atención absoluta y de sus obsesiones.

Su gran problema no eran los videojuegos en sí, sino el hecho empírico, incluso diagnosticado por varios especialistas en la materia, de que no tenía control sobre lo que le fascinaba. Nunca lo había tenido, en realidad. Desde pequeño, cualquier cosa que capturara su atención la explotaba hasta el extremo, la exprimía sin piedad, hasta convertirla en un auténtico problema, en una obsesión. Le había pasado con la comida por ejemplo, específicamente con los canelones, que de tanto comerlos llegó hasta odiarlos. Lo mismo le había sucedido con los cómics, los videojuegos, el porno, la masturbación… Nico era un adicto, no conocía límites, o al menos era incapaz de ponerlos. Y ahí estaba, una vez más: atrapado en su propio ciclo, inmerso en el caos de sus obsesiones, incapaz de soltarlas, disfrutando y sufriendo al mismo tiempo, mientras la luz de la pantalla marcaba el ritmo de su vida.

<NicoNiii> ¿Una más?
<Solid_S> Paso, colega… estoy reventado
<NicoNiii> La última, venga…
<Noobmaster69> Yo me piro también, chavales
<AFK_Legend> Lo mismo digo, que me van a reventar las córneas
<NicoNiii> Venga, no seáis nenazas, si aún es pronto
<KrakenTamer> Nico, te mando solicitud de amistad. Nos vemos pronto, crack

Uno a uno se fueron desconectando.

<NicoNiii> Joder…
<PingZero> No aguantan nada XD
<NicoNiii> Ya ves…
<PingZero> Oye, Nico… ¿te apetece?
<NicoNiii> Eso ni se pregunta, colega

Se levantó de la silla por primera vez en horas. El cuerpo le crujió al ponerse en pie. Caminó hasta la puerta de su habitación, la abrió despacio, conteniendo la respiración, y se quedó quieto, escuchando. El sol ya se colaba por los ventanales de la casa, inundándolo todo de una luz incómodamente limpia. El silencio absoluto, así que cerró la puerta con cuidado. Arrastró la mesita de noche hasta colocarla justo delante, asegurándose de que cumpliera su función. Luego volvió al escritorio y empezó a desnudarse con prisas, con la urgencia de quien siente la llamada del deseo. Nico tomaba precauciones pues el recuerdo de haber sido pillado, más de una vez, en plena faena aún le quemaba la memoria.

La camiseta y el pantalón del pijama quedaron tirados en el suelo. Así, completamente desnudo salvo por los calcetines, volvió a sentarse en la silla. En la pantalla, el chat privado ya estaba activo. Aquel rincón digital que compartía con su amigo para aliviarse mutuamente. El historial era un mosaico sin pudor: fotos, vídeos, gifs, enlaces, comentarios subidos de tono… y también avisos de llamadas pasadas, momentos en los que ambos se habían mostrado tal y como vinieron al mundo, sin filtros ni vergüenza.

<PingZero> ¿Estás, colega?
<NicoNiii> Sí. Llama cuando quieras…

Nico aceptó la llamada incluso antes de que sonara. Al otro lado de la pantalla apareció el cuerpo desnudo de Andrés, su colega de pajas. No hacía falta decir nada más. Compartían la misma afición, la misma adicción, la misma incapacidad de resistirse, de contenerse cuando el impulso apretaba. Dos pantallas encendidas. Dos cuerpos desnudos. Y una necesidad que no entendía de relojes ni de horarios.
  • ¿La tienes dura? - preguntó Andrés bajando la webcam hacia su entrepierna - Yo estoy que reviento.
  • Ya veo, ya - sonrió Nico empezando a ponerse erecto - ¿Que te parece?
  • Bufff… menuda polla colega.
  • ¿Metemos algo de porno?
  • Yo le daría tal cuál, que no tengo mucho tiempo.
  • ¡Venga va!
Y sin más, ocurrió. Nico sabía perfectamente qué estaba haciendo, no necesitaba mirarse desde fuera para entenderlo. Aunque siempre había sido un chico pudoroso y tímido, la repetición constante de aquellas prácticas y la falsa seguridad de su habitación, de su refugio, de ese lugar parecido a un búnker anti ataques nucleares; lo desinhibían por completo. Aquel espacio cerrado le daba permiso para convertirse en otra versión de sí mismo. Una más salvaje, más primitiva, más vulgar.

Era consciente de su descenso a las profundidades. No era idiota. Sabía que había cruzado líneas que tiempo atrás le habrían resultado impensables. Pero no podía evitarlo. Era más fuerte que él. Entendía que estaba enganchado, que era un adicto. Que quizá lo más lógico habría sido pedir ayuda, hablar con algún especialista, esforzarse por llevar una vida más común, más normal. Pero su mente había encontrado un atajo cómodo: convencerse de que aquello no estaba mal. De que era simplemente así. De que no había nada que arreglar, simplemente aceptarse a sí mismo como era en realidad. Se etiquetó a sí mismo como “palillero” hasta convertirlo en su identidad. Y al comprender que no era el único en aquella misma situación, terminó sintiendo una extraña forma de orgullo por serlo. No lo admitiría en público, claro está; al menos no con cualquiera. Era un secreto compartido solo con unos pocos, con los que Nico consideraba “del gremio”. Por decirlo de algún modo, era como si perteneciera a una secta o una sociedad secreta - como los Iluminati-, pero en vez de dedicarse al control del mundo, ellos se dedicaban enteramente al placer inmediato y a la complicidad entre adeptos.

Al principio - como le había confesado a Gabi cuando iban de camino a casa de Gustavo - ni siquiera se atrevía a mostrarse en cámara. Pero aquella madrugada de domingo ya no quedaba rastro de aquella vergüenza primigenia. La intimidad de su habitación, la soledad compartida a través de una pantalla, la necesidad imperativa de tocarse; habían borrado cualquier rastro de decencia, deshabilitado cualquier freno capaz de detenerlo. Nico se dejaba llevar, con la mente nublada, completamente en pelotas, con los pies sobre el escritorio, las piernas abiertas, mostrando su cara de pajero, masturbándose como un animal, las bolas rebotando contra el cuero sintético de la silla; observando al otro lado cómo alguien reflejaba exactamente el mismo impulso, la misma debilidad, el mismo deseo.

Y en medio de todo aquello, surgía la pregunta inevitable: ¿Era Nico homosexual?

Desde fuera, muchos dirían que sí. Excitarse compartiendo ese momento con otro hombre no encajaba en ninguna definición clásica de heterosexualidad. Pero Nico lo negaba con convicción. No por miedo al juicio social - eso ya lo había medio superado -, sino porque le gustaban las mujeres. De eso no tenía la menor duda. Lo que lo empujaba a masturbarse con otros hombres, era otra cosa. Con los tíos era fácil. No había seducción, ni expectativas, ni rechazo. No hacía falta esforzarse, ni interpretar señales. Bastaba una pregunta simple. Un acuerdo tácito. Y ya estaba todo listo. Un intercambio rápido, banal, sin contacto físico ni consecuencias emocionales. Solo una descarga. Aquí y ahora. De un modo extraño y perverso, aquello lo hacía sentirse acompañado. Al compartir ese instante tan íntimo, tenía la sensación de no estar solo en el mundo. De que existían otras almas parecidas a la suya: hombres solitarios, impulsivos, torpes socialmente, incapaces de encajar en el relato tradicional del deseo y el éxito. Y, al menos por el momento, eso le bastaba. No era felicidad plena. Pero era suficiente.
  • Me voy a correr colega - gimió Andrés apretando el ritmo.
  • Y yo tío… avisa y nos corremos a la vez.
  • Como me gustaría estar ahí contigo, joder.
  • Ya ves… podríamos juntar pollas y corrernos juntos.
  • Joder cabrón, me encantaría…
  • O hacernos pajas con el culo, ¿te imaginas?
  • Si tío, que bueno… o hacernos unos mamadas.
Cuando Andrés empezó a correrse, Nico llegó al climax, sintiendo como la lefa salía disparada de su polla y le caía sobre la barriga desnuda. Se quedaron los dos unos segundos quietos, observándose desnudos, recién vaciados, las pollas aún palpitando, las caras de enfermos y orgullosos pajilleros mostrándose sin pudor. Y así sin más, sin despedidas ni promesas de verse de nuevo, cerraron la llamada, se desconectaron y todo volvió a la normalidad.

Nico miró la hora antes de cerrar el ordenador: las siete de la mañana. Se vistió de nuevo, esta vez con calma, dispuesto a dormir hasta que su madre lo llamara para comer. Pero en cuanto se dejó caer sobre la cama supo que sería imposible conciliar el sueño. Había bebido demasiados combinados de cafeína, azúcar, taurina y ginseng. Una mezcla explosiva que ahora lo mantenía con los ojos abiertos de par en par, el cuerpo en tensión, la mente acelerada. Estaba despierto como un inglés a las siete de la mañana recién salido de una discoteca de Ibiza, con las largas puestas, la mandíbula desencajada y esa sensación eléctrica recorriéndole el pecho. Dio varias vueltas entre las sábanas durante unos minutos que le parecieron eternos. Resopló. No tenía sentido insistir. Así que se puso de nuevo de pie y salió de su habitación.

Mientras se daba una ducha larga, casi terapéutica, el agua caliente recorría las cañerías de una casa que no tenía nada de improvisado. Vivía con sus padres en un chalet - objetivamente enorme - de La Moraleja, de esos que no se describen: se presuponen. Jardín amplio y perfectamente recortado, piscina azul imposible incluso en invierno, setos que marcaban límites claros con el mundo exterior y un silencio caro, espeso, solo roto por el sistema de riego automático. En el garaje dormían varios coches de gama alta, alineados como animales de pura raza, siempre limpios, siempre listos. La casa tenía servicio, porque en aquella familia ciertas cosas no se discutían: simplemente habían sido siempre así.

Nico, sin lugar a dudas, era lo que en los barrios obreros de Madrid se conocía como un Cayetano. De cuna, de manual, sin fisuras. Su madre, hija de familia adinerada, jamás había tenido que preocuparse por trabajar. No porque no supiera hacerlo, sino porque la vida nunca se lo había exigido. Era una mujer que se resistía en cuerpo y alma al paso del tiempo, empeñada en mantenerse joven tanto por dentro como por fuera. Vestía con una elegancia estudiosamente desenfadada, intentaba adaptarse al mundo moderno con una actitud jovial - aunque las nuevas tecnologías le parecieran una afrenta personal - y su piel, sometida a múltiples cirugías, se mantenía tersa y obediente, como si el espejo hubiera firmado un pacto con ella. El padre de Nico, en cambio, era otra historia. Venía de familia trabajadora, de esas donde nada se regala y todo se gana. Entró muy joven en la Guardia Civil y fue escalando, paso a paso, hasta convertirse en comisario general, un cargo de enorme responsabilidad… y también muy bien remunerado. El dinero llegó después, pero esta vez lo hizo para quedarse. A pesar de sus orígenes opuestos - o quizás precisamente por eso - se querían. Y se notaba. Incluso después de tantos años seguían teniendo una relación estable, sólida, genuinamente afectuosa. La familia de ella nunca vio con buenos ojos que se casara con lo que consideraban un pobre diablo con uniforme, pero aquel rechazo inicial solo sirvió para fortalecer la relación. Habían crecido a contracorriente, luchando contra fuego y marea, y eso, lejos de desgastarlos, los había unido más.

Bajo el chorro de agua, Nico permanecía ajeno a todo aquello, como si no fuera con él. Aunque a ojos de los demás no fuera más que otro niño pijo, él nunca se había visto así. Sabía que tenía todas las comodidades que cualquiera podría desear, esas que muchos solo alcanzan a soñar y que solo unos pocos disfrutan sin pedir permiso. Pero lejos de conformarse con una vida fácil, sin fricción ni esfuerzo, se empeñaba en construirse un futuro propio, como lo hizo su padre. Contaba con una red invisible bajo los pies, eso era innegable. Sabía que, pasara lo que pasara, nunca sentiría el golpe al caer. Aun así, insistía en avanzar por su cuenta: sus estudios, sus decisiones, su vida. No quería ser solo el resultado de un apellido o de una cuenta bancaria bien nutrida. Quería, al menos para sí mismo, demostrar que podía sostenerse en pie.

El vapor empañaba el baño de mármol, difuminando los reflejos pulidos y perfectos, mientras la casa seguía funcionando con la precisión de siempre, silenciosa, impecable. Nico, ajeno al mundo exterior, pensaba en sus cosas, dejando que el agua le resbalara por la piel, disfrutando de un domingo tranquilo. Uno más entre tantos.
  • ¡Buenos días, hijo! - la voz llegó desde la puerta entreabierta.
  • ¡Mamá, que me estoy duchando! - replicó Nico, incómodo.
  • ¿Qué haces despierto a estas horas? ¿Vas a algún lado?
  • ¡No podía dormir! - exclamó él mientras se frotaba el champú por la cabeza.
  • Deberías dejar de tomar esos refrescos tan azucarados, te hacen mal…
  • ¿Es necesario hablar de eso ahora?
  • Vale, vale… - se disculpó su madre - Escucha, tu padre y yo vamos a dar una vuelta por el centro antes de comer. ¿Le pido a Valentina que te prepare algo de desayuno?
Valentina. Bastó oír su nombre para que un escalofrío agradable le recorriera el cuerpo y su pene se pusiera en pie de guerra. Era una de las mujeres que trabajaban en la casa como servicio, unos diez años mayor que él, venezolana, de piel morena y curvas imposibles de ignorar. Pelo largo, oscuro y rizado, y una facilidad casi innata para vestir siempre demasiado ajustada. Nico estaba loco por ella: por sus pechos, por su culo, por esa cintura estrecha que desembocaba en unas caderas amplias. Y lo estaba desde el primer día, desde el preciso instante en que fue contratada. Sin embargo, era incapaz de cruzar más de dos palabras con ella sin parecer un completo estúpido.
  • ¿Me oyes, Nico?
  • Sí, mamá, te oigo - refunfuñó, siendo arrancado de sus pensamientos - Sí… que me prepare algo.
  • Perfecto. Nos vemos a la hora de comer. Te quiero.
  • Y yo a ti, mamá.
Nico escuchó cómo se cerraba la puerta del baño. Se tomó el tiempo necesario para terminar de ducharse, calculando con precisión el momento exacto en que sus padres abandonarían la casa. Lógicamente, aprovechó el momento para masturbarse. Cuando terminó, salió envuelto en vapor y silencio. Se plantó frente al espejo: se cepilló los dientes, se apretó un par de puntos negros con gesto concentrado, se peinó con cuidado. Luego se aplicó desodorante como si quisiera destruir la capa de ozono él solo, seguido de cantidades generosas de colonia, demasiado para un domingo, demasiado para alguien que no iba a salir de casa.

Regresó a su cuarto a toda prisa. Subió la persiana, abrió la ventana y dejó que entrara el aire fresco. Hizo la cama, vació la basura del escritorio y ordenó lo justo para que todo pareciera casualmente limpio. Cuando terminó, se vistió con las mejores ropas que tenía. Parecía prepararse para una primera cita, solo que sin cruzar la puerta de su hogar. Salió del dormitorio y se dirigió a la cocina. Antes siquiera de llegar, escuchó la voz de Valentina recorriendo los pasillos, tarareando una canción alegre mientras trabajaba. El corazón le dio un salto al verla de espaldas enfrente del mármol, e irremediablemente se quedó inmóvil. Los ojos abiertos, de par en par, fijos en aquel trasero enorme y sugerente, tan rotundo y hermoso como una pintura renacentista, digno de colgarse en las paredes del Louvre.
  • ¡Buenos días Nico! - exclamó ella sin darse la vuelta.
Se puso nervioso al instante, como si lo hubieran sorprendido haciendo algo ilegal, aunque no hubiera hecho nada más que mirar. Con pasos lentos se sentó en uno de los taburetes de la isla que había en el centro de la cocina.
  • Buenos días, Valentina… - saludó Nico con apenas un murmullo.
  • ¿Como anda, mi amor? - respondió ella sin girarse - Le dejé listos unos huevitos revueltos con aguacate y pan tostado. ¿Te provoca así?
  • Sí… es… es perfecto - contestó él, incapaz de apartar la mirada de su trasero.
Valentina se dio la vuelta de golpe y, al darse cuenta de hacia dónde apuntaban esos ojos abiertos como platos, no pudo evitar soltar una risa contenida. Conocía a Nico desde que era un crío; lo había visto crecer, cambiar la voz, estirarse de golpe. Más allá del cariño que le tenía, no había nada. Pero le resultaba imposible no quererlo, pues lo encontraba tremendamente gracioso: su timidez, su torpeza, el hecho de que fuera más salido que el pico de una mesa… Estaba enquesado, como dirían en su tierra. Y aquello le parecía lindo, casi irresistible. Lo sentía cercano, casi como un hijo… o como un hermano pequeño algo perdido en la vida. Por resumirlo de algún modo, le despertaba ternura, y siempre que podía charlaba con él como quien habla con un pariente; dejando de lado, aunque fuera por un momento, la distancia y la formalidad del que está trabajando.
  • ¿Quieres juguito de naranja? Lo acabo de exprimir ahorita mismo - le propuso mientras dejaba el plato sobre la mesa.
  • Sí, gracias… - sonrió Nico, agradecido.
En cuanto ella se dio la vuelta, sus ojos regresaron al mismo lugar, como si no tuvieran voluntad propia. Sintió de nuevo esa presión incómoda en su entrepierna, insistente, como si su cuerpo fuera siempre un paso por delante de su cabeza. Como si su pene nunca tuviera suficiente.
  • Aquí tienes, mi príncipe - añadió Valentina al dejarle el vaso.
Nico dio las gracias y empezó a desayunar, intentando centrarse en el plato mientras ella seguía trajinando por la cocina.
  • Épale... - soltó ella de repente - ¿tú vas para algún sitio hoy o te vas a quedar aquí?
  • No… ¿por qué lo preguntas?
  • Nada, chico… es que te vi tan arregladito y dije: epa, este seguro quedó con alguna chamita.
  • No… no - rió Nico, sonrojándose - Es solo que… bueno… me apetecía arreglarme un poco.
Valentina giró ligeramente la cabeza y sonrió con picardía antes de volver a lo suyo. Sabía perfectamente el porqué de tanta colonia, esa ropa escogida con lupa, ese peinado rehecho tres veces. Cualquier mujer con un mínimo de experiencia lo habría entendido al instante.
  • ¿Y no será que te pusiste así por mí? - preguntó entre risas.
  • Yo… no… - Nico se quedó sin palabras.
  • Es echando broma, gafo… - rió ella - ¡Ay, le dio pena! Se puso rojo como un tomate.
La mañana fue deslizándose despacio, suave, como si el tiempo hubiera decidido estirarse un poco más de lo normal dentro de aquella cocina luminosa. Hablaron de todo y de nada: de comida, de música, de Venezuela y de Madrid, de lo cara que se había puesto la vida, de lo raro que era el clima. A ratos, Nico tenía que interrumpir la conversación.
  • Manguareo… ¿y eso qué significa?
  • ¿Eso? - Valentina soltó una carcajada - Ay chico, eso es una expresión de allá. Mira, quiere decir…
Y se lo explicaba con paciencia, sin perder jamás esa sonrisa amplia y cálida que parecía permanente en su rostro. Nico asentía, fascinado más por cómo lo decía que por la explicación en sí. Poco a poco se fue relajando, olvidándose incluso de su habitual torpeza al hablar con mujeres. Con Valentina era distinto. Era fácil. Reconfortante. Quizá por su tono de voz, quizá por esa manera suya de no juzgar, de tratarlo con una naturalidad desarmante, como si fuera exactamente quien debía ser. Sin darse cuenta, la conversación fue devorando la mañana, hasta que el tema derivó, inevitablemente, hacia el día radiante que brillaba al otro lado del ventanal.
  • Qué día tan pavoso… - dijo Valentina mirando al jardín - Si Madrid tuviera playa, de pana que ahorita mismo estaría metida en el agua.
  • Bueno… - respondió Nico, señalando con la barbilla - tienes la piscina.
Ella se giró, divertida, plantándose con los brazos en jarra sobre aquellas caderas exageradas.
  • ¡Ay, sí! ¿Y qué van a decir tus papás? A mí me pagan pa’ echarle pichón al trabajo, no pa’ estar metida en esa piscina. Usted lo que está es mamándome gallo.
  • Yo no me chivaré… - sonrió Nico, haciendo el gesto de cerrarse la boca con una cremallera - Lo prometo.
  • Ajá… - rió ella - Tú lo que estás es buscando verme en traje de baño. ¡A otro perro con ese hueso, muchacho!
Rieron los dos, con una risa limpia y sincera. Ella, divertida por aquella mirada traviesa que no escondía mala intención, solo curiosidad juvenil. Él, intentando no dejarse arrastrar demasiado por las imágenes que su cabeza empezaba a fabricar sin pedir permiso. Ella en ropa interior, tumbada sobre el césped del jardín, la piel resbaladiza por el agua, sus pechos, sus caderas, sus muslos, su boca abierta… No pudo soportar más aquella presión.
  • Ahora vuelvo… - dijo Nico con urgencia.
  • ¿Ya se cansó de mí? ¿Tan pronto? - bromeó ella.
  • No, no… - sonrió él, algo tenso - Tengo que ir al baño.
  • Dale pues, vaya - respondió Valentina - Pero aquí lo espero para seguir el cuento, no me deje embarcada… ¿Oyó?
Nico se alejó por el pasillo, con el corazón acelerado y la erección amenazando con agujerear sus calzoncillos, y mientras entraba en el baño pasando el pestillo, se bajaba los pantalones y empezaba a masturbarse de forma compulsiva; la mañana seguía avanzando, tranquila, ajena a todo.

El día transcurrió tranquilo, sin sobresaltos. Sus padres regresaron a casa y los tres comieron juntos en la mesa del jardín, rodeados por el sol cálido y el canto de los pájaros. Nico habló lo justo, contestando a las preguntas de sus padres con monosílabos y gestos mínimos, mientras sus ojos y su mente seguían siguiendo a Valentina, que iba y venía por la casa con naturalidad, realizando sus tareas diarias sin esfuerzo aparente. Tras terminar de comer, sus padres se retiraron al salón y, como era costumbre los domingos, se quedaron dormidos viendo una de esas películas previsibles, donde el villano era evidente desde el primer minuto y la trama giraba únicamente en torno a lo despistada que podía ser la protagonista para no darse cuenta de lo obvio.

Nico, por su parte, se encerró en su habitación. Allí volvió a sus costumbres: jugar a cualquier juego que le enganchara, perderse en streamings o ver videos horizontales de influencers en TikTok, dejando que la tarde se deslizase sin más. Luego de aliviarse por cuarta vez aquel día con un video de Marina Rivers haciendo ejercicios de glúteos en el gimnasio, se entregó en cuerpo y alma a sus estudios. Mientras, la casa estaba silenciosa salvo por los sonidos suaves del teclado y la música de fondo, y por un instante, parecía que todo podía quedarse así, sin interrupciones, solo él y su refugio.

Pero aquel no era un domingo cualquiera. No era la antesala a otra semana de trabajo repetitivo y estudios exigentes. Desde una comisaría de Madrid, una chica en problemas había pedido realizar una llamada, convencida de que la única persona en el mundo que podía sacarla del embrollo en el que se había metido era Nico. No él en realidad, sino su padre: el ex comisario general Rogelio Quintana. Primero llamó a su móvil, pero estaba apagado o fuera de cobertura. Rápidamente recordó que Nico también le había dado el teléfono de su casa, así que sin dudarlo, marcó de nuevo.
  • Casa de los Quintana Villar-Mir, ¿dígame? - dijo Valentina al descolgar.
  • ¿Nico? - preguntó Laia, confundida - ¿Puede ponerse Nico, por favor?
  • Sí… un segundo, señorita, con gusto se lo comunico - respondió la venezolana.
Nico escuchó la llamada sobre la puerta cerrada de su cuarto.
  • Pasa… - contestó sin apartar la mirada de los apuntes.
  • Alguien te está buscando - sonrió Valentina.
  • ¿Quién es? - preguntó él, girándose sobre la silla.
  • No me dio nombre ni nada, pero hablaba bien finito, todo tierno… ¿No será su novia?
  • Va a ser que no… - sonrió Nico poniéndose de pie.
Valentina le sujetó la puerta, dejándolo pasar. Nico cruzó frente a ella y se puso nervioso al estar tan cerca. Si hubiera podido detener el tiempo en ese justo instante, habría cometido mil delitos con su cuerpo. La erección volvió de golpe, inevitable, con la misma intensidad. Llegó al teléfono y preguntó.
  • ¿Quién es?
  • Nico, soy yo…
  • ¡¿Laia?! - exclamó, frunciendo el ceño al reconocer su voz - ¿Por qué me llamas a…?
No pudo terminar la frase.
  • Escucha, Nico - le cortó ella - Tengo un problemón de los gordos y necesito que me ayudes.
  • ¿Qué tipo de problema?
  • No te lo puedo contar por aquí… pero necesito que vengas a comisaría. En realidad, necesito que vengas con tu padre…
  • ¿Mi padre? ¿Comisaría has dicho? Pero…
  • Oye, te lo explicaré todo cuando llegues. Te lo prometo. Pero ahora necesito que me saques de aquí, sin hacer demasiadas preguntas.
  • Vale, vale… ¿Dónde estás?
  • En la comisaría de la Policía Nacional, la que está cerca del Retiro… ¿sabes dónde es?
  • No… pero mi padre seguro que la conoce.
  • Oye Nico, lo siento por meterte en esto, pero es que no sabía a quién llamar.
  • No te preocupes… vamos para allá.
  • Gracias, mil gracias. Te debo una…
  • Y me la cobraré… - sonrió Nico - que no te quepa duda.
  • Oye, te cuelgo que la picoleto me está empezando a mirar mal.
  • Vale… hasta ahora.
Laia colgó y Nico se quedó unos segundos mirando el teléfono en su mano, sin comprender qué demonios estaba pasando. Pero rápidamente empezó a atar cabos, pues no dejaba de ser un científico entrenado para leer pistas y deducir consecuencias. Las premisas estaban ahí.

Conocía los problemas de Laia, su situación personal, la enfermedad de su madre, y la manera en que debía mentir constantemente para sobrevivir. Sabía también del negocio que manejaba, él mismo la ayudaba a sacar medicinas del laboratorio y a manipular los inventarios para que nadie se diera cuenta. Y ahora, frente a la evidencia tangible de que su compañera estaba entre rejas, una oleada de nerviosismo lo sacudió de arriba abajo. Si la habían descubierto, él estaba expuesto también: era cómplice de sus delitos, colaborador, partícipe voluntario.

El vértigo lo atrapó de golpe, sin misericordia, apretándole el pecho y dejándole apenas espacio para respirar. Aquel domingo tranquilo y lascivo de La Moraleja se desvaneció en un instante, reemplazado por la sensación de peligro que ahora no podía ignorar.

No supo muy bien cómo consiguió que su padre aceptara ir a comisaría para ayudar a Laia. No hizo demasiadas preguntas tampoco, al menos al principio, mientras su mujer seguía presente. Tan solo escuchó la petición de Nico y aceptó en silencio usar sus contactos para intentar sacarla de entre rejas. Subieron al coche: un Mercedes-Maybach S-Class Z223, negro mate, impecable, silencioso, solemne; que apenas había sido usado. Se dirigieron hacia la ciudad envueltos en un silencio denso. Nico, nervioso, deseando que todo saliera bien. El comisario Quintana, en cambio, sopesando la situación con una calma y una rectitud que helaban la sangre.
  • Escúchame, hijo… - dijo finalmente, la vista clavada al frente - Te ayudaré. Pero antes debes ser sincero conmigo. ¿En qué anda metida tu amiga?
Nico no respondió de inmediato. Sabía que esas preguntas llegarían tarde o temprano, del mismo modo que sabía que mentir no serviría de nada. Su padre, aunque retirado, llevaba el oficio en la sangre. No era solo un sabueso siguiendo pistas: tenía un sexto sentido, una alarma interior que detectaba la mentira al instante. Pero tampoco podía contarle la verdad, pues le había prometido a Laia que guardaría su secreto. Así que solo le quedó una opción: quedarse en silencio. No era una solución, apenas era un parche, una huida momentánea, esperando que ocurriera algún milagro que lo librara de afrontar aquella conversación.
  • No quiero los detalles - dijo Rogelio con tranquilidad - No me importan, en realidad. Pero si voy a dar la cara por alguien que no conozco, necesito saber, como mínimo, a quién le estoy salvando el pellejo.
Nico siguió en silencio, mirando por la ventanilla como si no hubiera oído nada. Su padre desvió la vista de la carretera un instante, aprovechando un semáforo en rojo, y lo observó con atención: los gestos, la expresión, el movimiento nervioso de su pierna derecha.
  • Nico, ¿me estás escuchando?
  • Sí, papá… pero no puedo contártelo.
  • ¿Por qué?
El muchacho se giró y lo miró directamente a los ojos.
  • Porque se lo prometí - respondió con sinceridad - Le di mi palabra de que guardaría su secreto.
Rogelio lo observó sin que su rostro revelara la más mínima emoción. El semáforo se puso en verde y reanudaron la marcha. Nico esperaba una reprimenda, una lección, cualquier cosa. Pero lo que vino a continuación lo desarmó por completo.
  • Me siento orgulloso de ti, hijo…
  • ¿Cómo dices? - preguntó Nico, desconcertado.
No recordaba ningún momento de su vida en el que su padre le hubiera dicho algo así. Aquellas palabras lo pillaron con la guardia baja.
  • Lo más valioso que tiene un hombre es su palabra - continuó Rogelio - Nunca lo olvides, ¿me oyes? Y por eso… me llena de orgullo que la mantengas.
  • Gracias papá - sonrió Nico sin poder apartar la mirada de él.
  • Puede que tu madre haya nacido en la cara buena del mundo… pero yo… yo nací en la caravana, hijo.
Por una vez, su padre se sinceró como casi nunca lo hacía. Habló de su pasado, de sus raíces, de su infancia. Rogelio Quintana no había nacido entre comodidades ni había crecido arropado por la abundancia. Su origen era otro, áspero y sin adornos. Se había criado “en la caravana”, como decía a veces medio en broma, medio en serio. Venía del lado que casi nadie quiere mirar: el de los que aprenden pronto que el mundo no reparte justicia, solo oportunidades desiguales. El de los que rezan al cielo pidiendo misericordia mientras avanzan con la espalda doblada y los puños apretados, sabiendo que nadie va a regalarles nada.

Había aprendido allí abajo que cuando no tienes nada, lo único que te sostiene es la gente. El vecino que te presta herramientas. El amigo que te cubre una noche. El compromiso que no se firma en ningún papel, pero que se cumple porque romperlo significaría quedarte solo. En ese mundo, la palabra no era un gesto romántico ni una cortesía: era un contrato sagrado. Lo único que separaba a un hombre de la nada.

La gente rica, la llamada gente de bien, podía acumular muchas cosas: dinero, propiedades, coches, seguridad, la falsa tranquilidad de creer que todo se compra. Pero también aprendían algo peligroso: que casi todo es sustituible. Las personas, los compromisos, incluso la verdad. Cuando el dinero entra por la puerta, la palabra suele salir por la ventana. Promesas vacías, sonrisas educadas, acuerdos que duran lo que dura la conveniencia. Mentiras envueltas en trajes caros. Rogelio lo había visto mil veces. Había visto cómo los poderosos hablaban de honor mientras firmaban traiciones. Cómo la riqueza no unía, sino que aislaba. Cada uno atrincherado en su parcela, defendiendo lo suyo, desconfiando del de al lado. Mucho lujo, poca comunidad. Mucha moral, poca lealtad real.

Y aunque ahora viviera en otro mundo, aunque condujera coches de alta gama y durmiera bajo techos seguros, no había olvidado de dónde venía ni qué sangre corría por sus venas. Seguía siendo, en el fondo, uno de los de abajo. Uno de los que saben que sin los demás no eres nadie.

Por eso, al descubrir que su hijo compartía ese mismo código - aunque fuera solo en ese aspecto - sintió un orgullo imposible de disimular. Nico había cometido errores, muchos. Pero había entendido lo esencial. Que la palabra se da una sola vez. Que traicionarla te convierte en alguien peor que pobre: te convierte en nadie. Había hecho algo bien. Lo había educado correctamente.
  • No obstante… - prosiguió con calma - necesito saber en qué anda metida. ¿Lo entiendes, verdad? No es lo mismo usar mis contactos para quitar una multa de tráfico que para asuntos más serios.
Guardó silencio un segundo antes de rematar, mirándolo directamente a los ojos.
  • Así que, si necesitas mi ayuda, tendrás que confiar en tu padre. Dime… ¿por qué la han encerrado?
Nico apartó la mirada un instante. El reflejo de la ciudad resbalaba por el cristal de la ventanilla como una película muda: semáforos, fachadas, peatones ajenos a todo. Meditó si debía hacerlo o no. Sabía que, en el momento en que abriera la boca, nada volvería a ser exactamente igual.
Pero también sabía otra cosa: si no daba ese paso, Laia y su pequeño imperio del narcotráfico caerían. Y con ella, inevitablemente, él iría detrás. No como espectador, sino como cómplice. Como engranaje. Como daño colateral. El vértigo lo rozó de nuevo, seco, desagradable. Así que antes de contarle la verdad, se aseguró de hacer las cosas bien. A su manera. Con los valores que sabía que aún seguían intactos.
  • Está bien… te lo contaré - dijo al fin, con una seguridad que le sorprendió incluso a él - Pero antes debes darme tu palabra de que guardarás el secreto.
Rogelio no respondió de inmediato. No por duda, sino por respeto. Lo miró un segundo más, evaluando no el contenido de la petición, sino su peso. Luego sonrió levemente y asintió con la cabeza.
  • Te doy mi palabra, hijo.
Y eso bastó. Nico se lo contó todo. No solo el motivo por el que creía que Laia estaba encerrada, sino el porqué profundo, el origen de la herida. Su situación personal. Las deudas. El miedo constante. La enfermedad de su madre, avanzando despacio pero sin piedad. Las noches sin dormir. Las decisiones tomadas no por ambición, sino por necesidad. No por maldad, sino por supervivencia. Rogelio escuchó en silencio, sin interrumpirlo una sola vez. Sus manos firmes sobre el volante. Su mirada fija en la carretera. Consciente, desde la primera frase, de que aquella historia no le era ajena.

Porque era la historia de siempre. La que había visto y vivido cuando era joven. La historia de otros nombres, otros rostros, otros portales. La de vecinos que se partían la espalda por nada. Amigos que cruzaban líneas no por vicio, sino porque el sistema nunca les había ofrecido un camino limpio. Personas abandonadas por la sociedad, obligadas a moverse en los márgenes de esa gran máquina funcional que nunca se detenía, aunque triturara a los que se quedaban atrás.

Cuando Nico terminó de hablar, el coche ya estaba detenido frente a la comisaría. Rogelio apagó el motor con calma, se desabrochó el cinturón y giró la cabeza para mirarlo fijamente. No había ira en su rostro. Tampoco sorpresa. Solo una gravedad antigua.
  • ¿Estás metido tú en ese negocio? - preguntó con frialdad contenida.
  • No directamente… - respondió Nico -, pero la he ayudado. Tenía que hacerlo, papá. No tenía otra opción.
Rogelio lo observó unos segundos más. Luego abrió la puerta del coche. Antes de salir, se detuvo y añadió, sin dureza, casi con cansancio.
  • No te preocupes, hijo. Lo entiendo perfectamente.
Hizo una pausa breve, lo justo para que sus palabras calaran.
  • Cuando todo esto termine, me gustaría hablar con tu amiga… Parece buena chica. Solo quiere ayudar a su madre. Y esa vida que lleva… - negó suavemente con la cabeza - no es la adecuada para una chica con sus valores.
  • De acuerdo… - dijo Nico, abriendo la puerta del copiloto.
Los dos bajaron del coche y se dirigieron hacia la entrada de la comisaría. Nada más cruzar las puertas, el ambiente cambió. No fue algo explícito, ni teatral, pero se notó. Como si alguien hubiera bajado un punto el volumen general del lugar. Un agente levantó la vista del ordenador, parpadeó dos veces y se quedó quieto. Otro dejó de hablar a mitad de frase. Un tercero, que estaba apoyado en la pared con un café en la mano, enderezó la espalda como si le hubieran dado una descarga.
  • Hostia… - susurró alguien, sin darse cuenta siquiera de que lo había dicho en voz alta.
Rogelio avanzó con paso tranquilo, sin prisa, como quien entra en un bar de barrio que conoce desde siempre. No enseñó ninguna placa, no dio su nombre, no alzó la voz. Solo saludó con un leve gesto de cabeza al agente del mostrador.
  • Buenas tardes.
El agente tragó saliva.
  • Buenas tardes, comisario Quintana.
Detrás del mostrador, otro policía se inclinó un poco hacia su compañero.
  • ¿Ese es…?
  • Sí.
  • ¿El…?
  • El mismo.
Rogelio apoyó las manos sobre el mármol.
  • Tenéis a una chica aquí dentro por un malentendido. Se llama Laia Garmendia, y me gustaría verla.
No hubo preguntas. No hubo “¿puede esperar un momento?”. El agente asintió con una mezcla de respeto y nerviosismo, como si estuviera delante de un ser mítico o de una figura casi religiosa.
  • Ahora mismo, señor.
Cinco segundos después, una puerta metálica se abrió y Laia apareció escoltada, todavía incrédula, con una sonrisa que no terminaba de creerse. Cuando vio a Nico, se le iluminaron los ojos. Se soltó del agente y prácticamente se le lanzó encima.
  • ¡Que cabrón! - rió, nerviosa, abrazándolo con fuerza - ¡No me lo puedo creer!
Nico soltó una carcajada, todavía con el corazón acelerado.
  • ¿Estás bien? - preguntó - Siento haber tardado tanto.
Ella lo llenó de besos, rápidos, desordenados, en la mejilla, en el cuello, donde podía.
  • Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿lo sabes? Lo mejor.
Rogelio carraspeó suavemente, sin borrar la leve sonrisa de su rostro. Un agente se acercó con una bolsa transparente con las pertenencias de Laia. Ella las sacó de la bolsa, guardándolas con urgencia, aún riendo, aún temblando de alivio. Dio dos pasos, dispuesta a salir de aquel maldito lugar… y de pronto se quedó quieta.
  • ¡Hostia! - exclamó, llevándose la mano a la frente - Casi me olvido de Gabi.
Nico frunció el ceño.
  • ¿Gabi?
Laia lo agarró de las dos manos, mirándolo con esa mezcla de urgencia y diversión que solo alguien recién liberado puede tener, sin poder parar de reír.
  • Tengo que pedirte un último favor, Nico.
Como el Nitrógeno, envolviéndolo todo en un silencio frío y profundo, esa calma inerte que precede a las grandes tormentas de la materia. Esta historia continuará...
 
Definitivamente el mejor personaje hasta la fecha me parece el Padre de Nico.
No tuvo una vida fácil y aunque tuvo la suerte de encontrar el amor con una mujer rica y parece que con un gran amor entre los dos, tiene valores y es un buen tipo.
Sin embargo Nico, visto el percal, aunque me sigue pareciendo bien, debe tener cuidado con lo que hace de puertas para adentro.
 
Y una vez conocido los 4 personajes y aunque me gustan más o menos los 4, me quedo con Gaby y Sofía, que tienen una bonita historia de amor que por fortuna se ha reforzado otra vez.
 
Definitivamente el mejor personaje hasta la fecha me parece el Padre de Nico.
No tuvo una vida fácil y aunque tuvo la suerte de encontrar el amor con una mujer rica y parece que con un gran amor entre los dos, tiene valores y es un buen tipo.
Sin embargo Nico, visto el percal, aunque me sigue pareciendo bien, debe tener cuidado con lo que hace de puertas para adentro.
¡Ojo con el Padre de Nico! Que no es oro todo lo que reluce jejejeje.
Y una vez conocido los 4 personajes y aunque me gustan más o menos los 4, me quedo con Gaby y Sofía, que tienen una bonita historia de amor que por fortuna se ha reforzado otra vez.
A mi de lo que llevo escrito me gusta mucho Sofi, más por el cambio que da unos capítulos más adelante.
Pero como bien dices todos tienen su que...

Siguiente capítulo se acaba de crear el vinculo.
Y al siguiente llega el INCIDENTE... lo que lo cambiará todo, jeje
Se vienen curvas señores... y en todos los sentidos.
 
¡Ojo con el Padre de Nico! Que no es oro todo lo que reluce jejejeje.

A mi de lo que llevo escrito me gusta mucho Sofi, más por el cambio que da unos capítulos más adelante.
Pero como bien dices todos tienen su que...

Siguiente capítulo se acaba de crear el vinculo.
Y al siguiente llega el INCIDENTE... lo que lo cambiará todo, jeje
Se vienen curvas señores... y en todos los sentidos.
Mal rollo lo que dices del Padre de Nico.
Y por otra parte, haber que es ese incidente que lo va a poner todo patas arriba.
 
Capítulo 8. Oxígeno - Verdades como puñ(O)s

El Oxígeno (O) ocupa el octavo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del oxígeno con el concepto de la verdad, obtenemos el retrato de una fuerza que es, al mismo tiempo, el motor de la existencia y el agente más implacable de transformación. El oxígeno no es una sustancia pasiva; es el elemento que enciende los fuegos y el que, con el tiempo, revela la verdadera naturaleza de todo lo que toca.

La Verdad según el Oxígeno: El Aliento de lo Real

1. El Comburente Universal (La Verdad que Enciende)

El oxígeno no arde por sí mismo, pero es indispensable para que el fuego exista. Sin él, la llama se apaga; con él, una chispa puede convertirse en un incendio. La verdad es el oxígeno del espíritu. No es el fuego en sí, sino lo que permite que nuestras pasiones y proyectos cobren vida. Una idea sin verdad es una llama en el vacío: se extingue de inmediato. Entendemos que aceptar una verdad dolorosa es, a menudo, la única forma de encender el motor del cambio. La verdad no quema, pero permite que todo lo demás arda con propósito.

2. La Oxidación Relatada (La Verdad que Desnuda)
El oxígeno tiene una sed insaciable de electrones; se une a los metales y los transforma en óxidos, revelando su vulnerabilidad y desmoronando las estructuras que parecían eternas. La verdad tiene un efecto corrosivo sobre la mentira y la apariencia. Como el oxígeno sobre el hierro, la verdad "oxida" las máscaras que construimos para protegernos. Al principio parece que destruye, pero en realidad lo que hace es devolver la materia a su estado original. La verdad es el paso del tiempo que nos quita lo que es falso para dejar solo la esencia pura, aunque sea en forma de herrumbre honesta.

3. El Radical Libre (La Verdad que Hiere)
A veces, el oxígeno se vuelve demasiado reactivo, convirtiéndose en radicales libres que dañan las células desde dentro. Es el precio de respirar. Hay verdades que son "radicales libres": son demasiado crudas, se lanzan sin filtro y dañan el tejido de nuestras relaciones. El oxígeno nos enseña que la verdad, para ser medicina y no veneno, debe estar equilibrada. Una verdad dicha sin amor o fuera de tiempo es un ataque oxidativo que envejece el alma de quien la recibe. Debemos aprender a manejar la verdad con la precisión de un sistema antioxidante.

4. El Alotropo Protector (La Capa de Ozono)
El oxígeno no solo viene en parejas (O₂); cuando se agrupa de tres en tres, forma el Ozono (O₃), una capa invisible que nos protege de la radiación letal del sol. La verdad no solo sirve para respirar, sino también para protegernos. Hay verdades colectivas, pilares de confianza, que funcionan como un escudo de ozono sobre nuestras vidas. Cuando una sociedad, una amistad, o una pareja pierde su "ozono de verdad", queda expuesta a radiaciones destructivas que queman su futuro. Mantener la verdad alta en la atmósfera de nuestra vida es lo que nos permite caminar bajo el sol sin miedo.

5. El Límite de la Vida (La Paradoja de la Toxicidad)
Respirar oxígeno puro al 100% durante demasiado tiempo es letal para el ser humano. Necesitamos que esté mezclado con otros gases para que sea habitable. La "Verdad Absoluta" es un entorno inhabitable para el ser humano. Necesitamos la mezcla del nitrógeno del silencio, la duda del helio y el misterio del neón. Vivir obsesionado con la verdad total, sin espacio para la interpretación o la suavidad de la ficción, termina por asfixiar el espíritu. El oxígeno nos dice que la verdad es vital, pero debe respirarse en la dosis justa para no quemarnos los pulmones de realidad.

Conclusión: La verdad, vista a través del oxígeno, es la geometría del intercambio. Es el vínculo que nos permite procesar la energía de la vida, pero que también nos recuerda que existir es desgastarse. Ser alguien que vive en la verdad bajo el símbolo del oxígeno significa ser el aire que permite a otros brillar, el escudo que protege lo sagrado y la fuerza que prefiere la honestidad de la oxidación antes que la mentira de la perfección inerte. No buscamos verdades que se guarden en una caja, sino una verdad que se respire, que nos mueva y que nos dé el coraje de arder con claridad.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¿Qué? - sonrió Nico - Ahora lo de follar en un choche no parece tan radical, ¿verdad?
  • No bromees, hijo - le amonestó con calma Rogelio - está feo…
  • Solo intentaba romper un poco la tensión, papá.
  • ¡Joder Laia! - exclamó Gabi, aún atónito por lo que acababa de escuchar - No tenía ni idea de por lo que estabas pasando… Lo siento.
  • No me gusta la condescendencia - respondió ella secamente - Es lo que hay Gabi… no me siento orgullosa de lo que hago, pero es lo que debo hacer.
  • No tiene porqué ser así… - intervino Rogelio con calma - Hay otras opciones…
  • No se ofenda, señor Quintana - respondió rápidamente ella - Pero nadie se ha echo rico trabajando… no de forma legal.
  • Y menos en este barrio - rió amargamente Gabi dandole un trago a la cerveza.
Hortaleza siempre había sido un barrio hecho a base de manos ásperas y madrugadas tempranas. Un núcleo obrero, social, vivo, donde la gente se conocía por el nombre y no por el número del portal. Allí las calles habían aprendido a resistir, igual que sus vecinos, encajando crisis, promesas incumplidas y gobiernos de paso. Pero ahora algo se estaba desmoronando. No de golpe, sino despacio, como se derrumba lo que nadie quiere ver caer.

Los viejos bloques de infravivienda, grises y castigados por el tiempo, estaban marcados con fechas de caducidad. Bajo el discurso amable del realojo y las nuevas viviendas sociales, el barrio se vaciaba. Familias enteras eran empujadas fuera, lejos de sus rutinas, de sus bares, de sus bancos al sol. Madrid se maquillaba a sí misma mientras expulsaba a quienes la habían levantado, convirtiéndose poco a poco en un escaparate pulido, dócil y rentable, pensado más para quien llega con maletas que para quien siempre estuvo allí. La mejora prometida sonaba a mentira bien ensayada, y el precio real lo pagaban los de siempre.

El bar donde estaban seguía siendo un pequeño bastión contra esa marea. Un refugio intacto. La luz amarillenta caía sobre la barra gastada, las mesas pegajosas y los vasos de cerveza a medio vaciar. Los parroquianos apuraban la tarde con tragos lentos, conversaciones bajas y silencios cómodos. Allí dentro reinaba esa calma final, casi sagrada, que precede a la semana de trabajo duro. La última tregua antes del lunes. Gabi observó el local con una mezcla de nostalgia y resignación. Aquel bar, como Hortaleza, aún respiraba. Y mientras el murmullo de fondo se mezclaba con el tintinear de los vasos, todos sabían - aunque nadie lo dijera en voz alta - que estaban disfrutando de algo que ya empezaba a escasear: la sensación de pertenecer a un lugar que todavía no había sido arrancado de raíz.
  • Sé que no es fácil, hija - sonrió Rogelio con una resignación serena - El camino correcto nunca lo es, y menos para personas como tú y yo, que nacimos en el fondo. Pero debes entender una cosa: la vida que llevas, aunque ahora creas que puede sacarte del pozo en el que estás, a la larga solo te traerá desgracias.
  • Algún día caeré… - dijo Laia, esbozando una sonrisa desafiante - Soy consciente de ello. Pero mientras no llegue ese día, no me queda otra que seguir adelante, cueste lo que cueste.
Nico se mantuvo en silencio. No porque no tuviera opinión, sino porque meditaba cómo decir lo que llevaba tiempo queriendo decir. No era la primera vez que proponía aquella idea, ni tampoco la primera vez que Laia la rechazaba. Precisamente por eso, se tomó su tiempo antes de hablar.
  • Laia… sé que ya hemos hablado de esto, pero… yo podría ayudarte, si…
  • ¡No, Nico! - lo cortó ella al instante - Ya lo hemos hablado. Mis problemas son míos. Nadie tiene la obligación de hacerse cargo de ellos, más que yo misma.
  • ¿A qué se refiere? - susurró Sofi, acercándose a la oreja de Gabi.
  • No lo sé, mi vida… - respondió él, visiblemente confundido.
  • Lo que Nico propone se llama caridad, guapa - espetó Laia al oírla, cruzándose de brazos - Y no pienso aceptarla.
  • No es eso… - intervino Nico con tono conciliador - Tómatelo como un préstamo…
  • ¡¿Y cuándo te lo devolveré?! Si apenas tengo para llegar a fin de mes.
  • Eso no es un problema… - añadió Rogelio, acercándose un poco más a ella - Nos lo devolverás cuando puedas. Tenemos que ayudarnos entre nosotros, ese es el espíritu… lo que ha mantenido al barrio vivo incluso en los peores momentos.
  • Bonito discurso para un mitin - replicó Laia con burla - Pero la camaradería murió en los ochenta, esos tiempos quedaron atrás. Hoy en día rige la ley de la jungla - añadió golpeando la mesa con un dedo varias veces - si no comes, te comen. Esa es la puta y fría verdad.
Sofi, aunque apenas la conocía, sintió un respeto profundo por ella. La historia que acababa de escuchar estaba lejos de ser hermosa. Y su negativa a aceptar ayuda dejaba claro que era una guerrera: orgullosa, firme, dispuesta a librar batallas incluso sabiendo que estaba destinada a perderlas. Pero también sabía - porque la vida se lo había enseñado - que a veces hay que tragarse el orgullo, por muy útil que haya sido para sobrevivir. Sobre todo cuando la vida empieza a mandar avisos.
  • Perdona, Laia… sé que no nos conocemos - dijo con suavidad -, y que quizá mi opinión te importe bien poco, pero…
Clavó sus ojos en aquel muchacho gordito con gafas de pasta, incapaz de recordar su nombre.
  • Nico - aclaró él, esbozando una sonrisa.
  • ¡Eso! Perdona, soy malísima para los nombres… - se disculpó ella - Lo que quiero decir es que Nico y su padre tienen razón. Hay momentos en los que una no puede sola, debe tragarse el orgullo y aceptar la ayuda que le ofrecen.
  • No te lo tomes a mal, Sofi… Se que lo dices de buena fe, pero no entiendes nada - murmuró Laia, desviando la mirada - Si se tratara de orgullo, jamás habría llamado a Nico… no es por eso.
  • ¿Entonces qué es? - preguntó Gabi - ¡Venga, Laia!… recapacita un poco, por favor.
Ella frunció el ceño, negando lentamente con la cabeza. Si no era orgullo, como ella insistía, ¿entonces qué demonios era lo que la mantenía anclada a ese “no”? La respuesta no era simple, ni inmediata. No cabía en una sola verdad. La mente humana no funciona así. Era un nudo de cosas, una madeja apretada de razones que se habían ido acumulando con los años.

Lo primero que le ardía por dentro era el deseo feroz de autonomía. Había pasado demasiados años sosteniéndose sola, tomando decisiones duras, resolviendo problemas imposibles con recursos mínimos. Aceptar ayuda significaba admitir que ya no podía más, que había perdido el control. Y eso, para alguien que había sobrevivido agarrándose a su propia voluntad, se sentía casi como una derrota personal. No quería ser una carga. No quería convertirse en “la chica a la que rescatar”.

Luego estaba el miedo a la deuda, invisible pero pesado. La ayuda nunca era gratis, o al menos así lo sentía ella. Aceptar significaba quedar atada, deber algo que quizá no podría devolver jamás. Favores que se acumulan, silencios incómodos, expectativas no cumplidas, la letra pequeña que nadie lee en un contrato… Prefería cargar con el peso sola antes que vivir con la sensación constante de deberle la vida a alguien más.

También estaba ahí, punzante, la baja autoestima, esa voz corrosiva que le susurraba que no merecía tanto. Que había gente mejor, más digna, más limpia. Que su problema no justificaba mover contactos, arriesgar prestigios, ensuciar manos ajenas. En el fondo, una parte de ella pensaba que había cavado su propio hoyo y que, por tanto, le correspondía quedarse dentro.

A eso se sumaba una desconfianza aprendida. La vida le había enseñado que casi nadie da nada sin esperar algo a cambio. Sonrisas que esconden condiciones, ayudas que luego se transforman en jaulas. Aunque Nico y su padre parecían sinceros, su instinto - afilado por años de decepciones - le pedía cautela. Demasiadas veces había confiado antes… y siempre había salido perdiendo.

Había también algo más profundo, casi cultural. En su mundo, pedir ayuda era una señal de debilidad, una intromisión. Los problemas se resolvían puertas adentro, con la familia, con los tuyos. Sacarlos al exterior era exponer heridas, airear miserias. Y ella llevaba demasiado tiempo protegiendo ese núcleo frágil que era su madre, su casa, su intimidad.

Además, estaba agotada. Simplemente agotada. La carga mental y emocional de explicar su historia una y otra vez, de justificar cada decisión, cada paso mal dado, la dejaba sin fuerzas. Ponerlo todo en palabras significaba revivirlo. Y ahora mismo apenas tenía energía para mantenerse en pie, mucho menos para ordenar su caos para que otros lo entendieran.

Y por último - quizá lo más peligroso de todo - estaba esa sombra gris que se le había instalado dentro hacía tiempo. Una forma de tristeza funcional, silenciosa, que le hacía pensar que nada cambiaría realmente. Que aunque aceptara ayuda, aunque saliera de ese bar aceptando aquella oferta, el problema seguiría ahí. Su madre seguiría enferma. El dinero seguiría faltando. El mundo seguiría siendo injusto. Era la trampa de la indefensión: ¿para qué intentar algo distinto si el final siempre era el mismo?

Por eso negó con la cabeza. No por orgullo. No por soberbia. Sino porque aceptar ayuda implicaba desmontar todo aquello que la había mantenido en pie hasta ese momento. Porque soltar el control de sus miserias, daba más miedo que seguir cayendo. Laia respiró hondo, como si necesitara reunir fuerzas solo para decirlo, y al final habló con la voz baja, pero firme.
  • De verdad… os lo agradezco con el alma - dijo -, pero no puedo aceptar vuestra ayuda, porque si lo hago tendría que admitir que ya no controlo mi vida, que le debo algo a alguien, que merezco ser salvada y… ahora mismo, lo único que me mantiene en pie es creer que todavía puedo cargar con todo yo sola.
Se hizo un silencio espeso, de esos que no piden respuesta. Rogelio la observó en silencio, con esa quietud que solo tienen los hombres que han visto demasiado como para perder el tiempo discutiendo. No había reproche en su mirada, ni condescendencia. Al contrario: lo que sentía era un orgullo profundo, incómodo incluso, de esos que no se confiesan en voz alta.

La había reconocido al instante. No a Laia como persona, sino a lo que ella representaba.

Él se había criado en es mismo barrio de Madrid, cuando la ciudad aún olía a gasoil, a humedad y a derrota. Cuando los barrios no salían en los folletos turísticos y la ley era un concepto abstracto que llegaba siempre tarde. Había visto a decenas como Laia: hombres y mujeres empujados contra la pared por el sistema, por la mala suerte, por una enfermedad, por las deudas contraídas con los bancos, por llevar un apellido equivocado. Gente que un día decía basta. Que apretaba los dientes, se tragaba el miedo y tomaba las riendas de su vida aunque fuera por el camino torcido. Al margen de la ley, sí, pero no al margen de su conciencia.

En aquella muchacha existía la misma determinación. La misma llama peligrosa. Una que no solo quemaba lo que tenías alrededor, sino que te consumía por dentro poco a poco. Rogelio conocía bien ese fuego: daba calor, daba fuerza… pero acababa dejando cenizas. Y aun así, también sabía otra cosa con absoluta certeza: no había forma humana de apagárselo desde fuera. No iba a conseguir bajarla del burro. Ni con autoridad, ni con amenazas, ni con caridad, ni con discursos morales. Y lo respetó. Lo respetó porque quien ha vivido abajo sabe reconocer cuándo alguien ya ha decidido cargar con su cruz.

Suspiró despacio. La decisión que acababa de tomar no le gustaba en absoluto. No encajaba con el juramento que había pronunciado décadas atrás al alistarse en la Guardia Civil; de hecho, iba justo en la dirección contraria. No aparecía en ningún manual, en ningún código, en ninguna de las normas que había prometido defender. Pero la vida real nunca había sido un libro de instrucciones, y Rogelio lo sabía mejor que nadie. La miró de nuevo, directo a los ojos. Esta vez no habló el excomisario, ni el hombre de uniforme. Esta vez habló el chaval que había crecido en un barrio pobre, con las rodillas peladas y las manos siempre ocupadas.
  • Está bien - dijo por fin, con voz grave y serena - Si no quieres caridad, como dices… entonces tendrás que aprender a hacer las cosas bien.
Todas las miradas se clavaron en él. Incluso Laia, que había comprendido la propuesta al instante, no terminaba de creerse que aquello estuviera ocurriendo de verdad.
  • ¿A qué se refiere, señor Quintana? - preguntó ella, necesitando oírlo en voz alta.
  • El negocio que llevas entre manos tiene ciertas fisuras - respondió el excomisario, bajando la voz - No muchas, en realidad… - miró a Nico de reojo - Mi hijo me ha contado cómo trabajas, y he de reconocer que tienes un don innato para el crimen - añadió en un susurro, esbozando una leve sonrisa - Pero hay detalles que podrían hacerse mejor. Y yo puedo ayudarte con eso.
Sofi, que ya había entendido perfectamente lo que estaba proponiendo, no pudo contenerse.
  • Disculpe, señor… ¿pero… usted no fue policía?
  • Lo fui. Y, en el fondo, lo sigo siendo - respondió Rogelio sin titubear - Sigo creyendo en el orden y en la justicia. Pero antes de ser Guardia Civil, mi vida no era tan distinta a la de ella.
Hizo una breve pausa, cargada de intención. Gabi empezó a reír, sin poder evitarlo.
  • ¿Era camello? - preguntó divertido - No se lo tome a mal, pero no tiene pinta de…
  • ¡¿Como iba mi padre a ser un camello, Gabi?! - le cortó Nico - ¡No digas chorradas!
De repente se detuvo, como si una idea repentina entrara en su cabeza, sembrando la duda.
  • ¿No lo eras verdad? - le preguntó a su padre, con los ojos muy abiertos.
  • No, hijo. Nunca he sido camello - negó Rogelio con una sonrisa de oreja a oreja - Pero lamentablemente, muchos de mis amigos de la infancia si lo fueron.
  • ¿Dónde nació? - preguntó Laia dando un trago a su cerveza.
  • Aquí, en Hortaleza. Como tú…
  • ¡Como todos! - añadió Sofi alzando la copa como si brindara.
Rogelio se unió a ese brindis y se acabó la suya de un par de tragos. Sin preguntar, pidió una ronda más para todos.
  • Lo que quiero decir es que… antes de Guardia Civil, soy persona. Y antes de persona, soy de Hortaleza. Y si puedo ayudar a un vecino, lo haré… aunque para ello tenga que hacer, precisamente, aquello que juré destruir.
El silencio que siguió fue denso, casi solemne. Y en él, Laia entendió que aquel hombre no le estaba ofreciendo salvación, sino algo mucho más hermoso: una oportunidad para seguir adelante sin traicionarse a sí misma. Rogelio, por su parte, lo supo en el mismo instante en que pronunció aquellas palabras: ya no había vuelta atrás. No porque estuviera ayudando a una delincuente, ni porque estuviera cruzando una línea moral que llevaba décadas impoluta, sino porque había dicho una verdad. Y las verdades, cuando son de las que pesan, no se pueden desoír ni guardar en un cajón.

Aquella decisión no nacía de la indulgencia ni de la corrupción. Nacía de algo mucho más incómodo: la experiencia. De haber visto demasiadas veces cómo el sistema aplastaba siempre a los mismos, cómo la ley, ciega en teoría, miraba con lupa al de abajo y con benevolencia al de arriba. De saber que no todas las injusticias caben en un atestado, ni todas las miserias se resuelven con una condena.

“Si no quieres caridad, aprende a hacer las cosas bien”

Aquella frase no era una absolución. No era un permiso. Era una verdad como un puño.
La verdad de que hay gente que no delinque por ambición, sino por supervivencia.
La verdad de que la línea entre el bien y el mal no siempre la traza la ley, sino el hambre, la enfermedad, el abandono.

La verdad de que algunos nacen con el camino asfaltado y otros tienen que abrirse paso a golpes, aun sabiendo que cada golpe también les rompe un poco por dentro. Rogelio había reconocido en Laia esa clase de verdad que no se puede enseñar en ninguna academia: la de quienes no piden permiso para existir. La de quienes avanzan aunque el precio sea ensuciarse las manos. Y supo que detenerla no la salvaría; solo la devolvería al punto de partida, al mismo círculo vicioso que había visto devorar a tantos en su juventud.

Aquella tarde, en aquel bar, no habló un excomisario general. Habló un hombre que entendía que la justicia, cuando es real, duele. Porque no siempre castiga. A veces señala, a veces corrige, y otras simplemente reconoce una verdad incómoda y decide no mirar hacia otro lado.

Verdades como puños.

De las que no se discuten.
De las que te dejan sin aliento.
De las que, una vez dichas, ya no te permiten seguir fingiendo.
  • ¿Estamos todos locos o qué? - preguntó Nico, aún incrédulo - ¿No deberías, precisamente, intentar detenerla, papá? Se que Laia no lo hace con maldad, pero… lo que hace es ilegal, es peligroso. ¡No está bien!
Rogelio se tomó su tiempo, esperando que el camarero dejara los vasos sobre la mesa y se marchara. Luego alzó su cerveza, observándola un instante: fresca, llena de espuma; y le dio un trago largo, dejando que el silencio hiciera su trabajo antes de responder.
  • El mundo no es sencillo, hijo - dijo por fin - No es solo blanco o negro. Nunca lo ha sido. Hay matices… muchos. A veces el delincuente no es el malo de la película, ni el policía el bueno - Giró ligeramente la cabeza hacia Laia - Y tu amiga no va a detenerse. No me lo dicen sus palabras… me lo dicen sus ojos.
Laia sostuvo su mirada sin titubear. Asintió despacio, firme, segura de sí misma.
  • Entonces, como ya he dicho… - continuó Rogelio - tendrá que aprender a hacer las cosas bien.
Nico abrió la boca, aún incapaz de asimilarlo.
  • Pero… - balbuceó - Eso va en contra de todo en lo que crees.
Rogelio negó con la cabeza, despacio, casi divertido, como si acabara de escuchar una ingenuidad propia de la juventud.
  • No - respondió - Lo que va en contra de todo es pensar que la vida funciona como un manual. Ya te lo he dicho, Nico… en esta vida no todo es blanco o negro.
Gabi observaba la escena en silencio, con una mezcla de respeto y fascinación que no intentó disimular. Aquel hombre no hablaba como un expolicía cualquiera, ni siquiera como un alto mando retirado que repite viejas consignas aprendidas a base de reglamentos y medallas. Hablaba como alguien que había visto demasiado. Demasiadas noches sin dormir, demasiados cuerpos en el suelo, demasiadas verdades incómodas barridas bajo la alfombra en nombre del orden.

En su voz no había épica ni orgullo, sino una calma pesada, la de quien ha comprendido que la justicia no vive en los discursos ni en los uniformes, sino en los márgenes. Que no siempre es limpia, ni heroica, ni justa en el sentido en que se enseña. Rogelio parecía entender la justicia como debía ser: ciega, sí, pero no ingenua; hermosa, pero manchada; sosteniendo una balanza que rara vez se equilibra del todo. Porque el bien y el mal no se presentan en filas ordenadas, porque lo correcto y lo incorrecto se mezclan en la misma sangre, porque lo permitido y lo prohibido dependen demasiado a menudo de quién mira y desde dónde.

Gabi sintió que aquel hombre no juzgaba, medía. No condenaba, comprendía. Y eso lo hacía infinitamente más peligroso - y más honesto - que cualquier fanático de la ley. No hablaba desde la teoría, hablaba desde las cicatrices. Desde la certeza amarga de que hay decisiones que no te convierten en un villano ni en un héroe, sino simplemente en alguien que ha aprendido a cargar con el peso de lo que no tiene una respuesta correcta.

Y en ese instante, supo que estaba delante de alguien que había cruzado la línea demasiadas veces como para fingir que no existía. Alguien que sabía que la balanza nunca está quieta… y que aun así seguía sosteniéndola, con convicción.
  • Entonces… - se atrevió a preguntar - ¿Cómo la va a ayudar, señor Quintana?
Rogelio lo miró de reojo y esbozó una sonrisa mínima, cansada.
  • La experiencia es un grado, chaval - apoyó el antebrazo sobre la mesa - Son años persiguiendo a camellos de medio pelo vendiendo posturas en callejones oscuros… pero también años siguiendo el rastro de peces gordos, con redes de influencias tan grandes que parecían indestructibles. Y al final todo se reduce a lo mismo - se inclinó un poco hacia delante - Si quieres vencer a tu enemigo, primero debes conocerlo.
Gabi sonrió al instante.
  • Sun Tzu - dijo - El arte de la guerra.
  • Exactamente, hijo - respondió Rogelio, sin perder la calma - Del mismo modo que la D.E.A. tuvo que pensar como un narcotraficante para acabar con Pablo Escobar, del mismo modo que los Navy SEALs tuvieron que convertirse en terroristas para eliminar a Osama Bin Laden… ahora tú, Laia… - hizo una pausa, mirándola fijamente - deberás aprender cómo piensan tus enemigos, deberás entender como funciona la policía. Y de esta mesa, yo soy el más indicado para enseñarte.
Nico se cruzó de brazos, incapaz de contener el asombro.
  • Esto es una locura…
Gabi, en cambio, soltó una carcajada amplia, alzando su vaso como quien brinda por la gloria y el caos a la vez.
  • ¡Y los locos heredarán la tierra!
  • ¡Amén, compañero! - se unió Laia, con una sonrisa que mezclaba respeto y diversión.
  • Estáis como una cabra - rió Sofi, dejando que la espontaneidad del momento la arrastrara también.
  • Nico… ¡Me caen bien tu amigos! - dijo Rogelio, brindando con ellos, disfrutando del instante como si el mundo entero pudiera esperar un segundo más.
El excomisario no entró en detalles. No aquella noche. Se limitó a dejar caer ideas sueltas, pinceladas gruesas, como quien señala un mapa sin marcar rutas: la importancia de mantener un perfil bajo, de no llamar la atención demasiado, de entender que la ley no piensa, solo reacciona ante lo extraordinario. Habló de errores humanos comunes, de rutinas que hacía bajar la guardia, de egos cayendo en los peligros de la ambición. Sus palabras fueron más advertencias que instrucciones. Más experiencia que técnica. Y todos, en silencio, escucharon. Aún asombrados por lo que estaba pasando en aquel bar.

En un momento dado, Rogelio, sacó un móvil de su bolsillo, lo dejó sobre la mesa y lo empujó suavemente hacia Laia.
  • ¿Y esto? - preguntó ella.
  • Está limpio, no te preocupes. ¡Guárdalo! - dijo con firmeza - No para hoy, ni para mañana. Es para cuando tengas dudas o problemas. Y créeme… los tendrás.
  • Gracias, señor Quintana.
  • Cuando necesites hablar… de lo que sea. Llama al único número que hay memorizado - y con una sonrisa amable añadió - Y llámame Geli, por favor.
Laia lo cogió con respeto, como si aquel gesto pesara más que cualquier promesa. Asintió sin dramatismos. No hacía falta decir nada más.

Las horas pasaron sin que ninguno se diera cuenta. Las cervezas se vaciaron, una ronda tras otra, las conversaciones cambiaron de rumbo, el murmullo del bar se volvió más grave, más lento. Afuera, Madrid empezaba a oscurecerse, a calmarse. Cuando salieron, ya había anochecido del todo. En la puerta de aquel bar se repartieron abrazos sinceros, de esos que aprietan lo justo. Dos besos rápidos, sonrisas cansadas. Nico, Laia y Gabi se prometieron verse al día siguiente en el trabajo, casi por inercia, como si la vida siguiera su cauce normal. Rogelio estrechó manos con firmeza, feliz porque su hijo tuviera amigos de los que valen la pena. Sofi se despidió de todos con ese cariño espontáneo que parecía no agotarse nunca. Cada uno tomó su camino.

Gabi y Sofi se rodearon con los brazos y empezaron a andar despacio, ligeros, compartiendo el mismo paso, dejando que la ciudad hiciera de fondo de aquella bonita película.
  • Menudo día, ¿eh? - murmuró él, todavía incrédulo.
  • Rarísimo - respondió ella - De esos que no sabes si has vivido o soñado.
Gabi sonrió, mirándola como hacía tiempo no lo hacía.
  • Te quiero - sonrió.
Sofi dejó un beso sincero en sus labios, luego apoyó la cabeza en su hombro.
  • Te quiero, mi vida.
Siguieron caminando, perdiéndose entre las luces de la calle, mientras Madrid, ajena a todo, seguía respirando como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Gabi se encendió un cigarro y lo fumó despacio, dejando que el humo se mezclara con la noche, mientras se sentía más libre que nunca. No era solamente por haber salido de aquella celda, sino por la locura salvaje de aquel día que acababa de vivir y que ahora tocaba a su fin. Los recuerdos llegaron en sucesión, rápidamente: El cuerpo de Carol desnuda bajo la ducha, buscándolo, provocándolo; la confrontación de Sofi con la hija de puta de su madre, gritando a pleno pulmón; la huida a toda velocidad del castillo de la bruja, la música, el viento golpeando en la cara; el sexo frenético y peligroso en el coche, casi animal, salvaje y violento; la policía, las esposas, la comisaría; la aparición inesperada de Laia inundándolo todo con su preciosa sonrisa; Nico emergiendo como el auténtico salvador del día; las verdades como puños de Laia en el bar; el excomisario decidiendo actuar al margen de la ley… Todo aquello le parecía maravilloso, cautivador, liberador.

Un domingo que había comenzado como cualquier otro, pero que se había convertido en un recuerdo que jamás podría olvidar.

Sofi, por su lado, caminaba más despacio por sus recuerdos, saboreando cada instante como quien guarda un secreto. Justo recordaba el momento en el coche, aquel instante en que, sin saber cómo, había recuperado la pasión que creía, no perdida, sino muerta. Y mientras ese recuerdo encendía de nuevo su cuerpo, poniéndola al roja vivo, no pudo evitar preguntar.
  • ¿Por qué crees que nos pusimos así en el coche?
  • ¿Cómo dices? - respondió Gabi, distraído en sus pensamientos.
Sofi apartó la cabeza de su hombro y lo miró fijamente. Cada fibra de su cuerpo gritaba por abalanzarse sobre él y arrancarle la ropa allí mismo.
  • El polvo que echamos esta mañana… nunca nos había pasado algo así.
Gabi exhaló la última bocanada, aplastó el cigarrillo contra el suelo y se giró hacia ella. Sus miradas colisionaron: abiertas, voraces, cargadas de una certeza salvaje. No fue un encuentro común; había electricidad, el estruendo de dos motores rugiendo al unísono, una mezcla de humo, velocidad y peligro. Sin mediar palabra, Gabi se lanzó sobre su boca con la ferocidad de un lobo, como un ariete dispuesto a derribar cualquier muro. Sofi no ofreció resistencia: se enredó en su cintura y saltó sobre él, suspendida en el aire por la fuerza de sus brazos. El impacto de sus cuerpos empujó la puerta de un portal, que cedió de par en par. Allí, entre la penumbra de los buzones y el eco de sus risas jadeantes, se poseyeron con la urgencia animal de quien no tiene nada que perder.
  • ¿Por qué? - dijo Sofi con desesperación quitándole la camiseta - ¿Por qué me pone tan guarra esto?
  • Porqué es peligroso - rugió Gabi desabrochando torpemente los botones de su pantalón.
Sofi no pudo evitar soltar un gemido cuando él le bajo de golpe el pantalón y las bragas. Al caer al suelo, se sintió desnuda y vulnerable, poniéndose aún más caliente. Notó las dos manos, fuertes, nerviosas, abriendo y amasando sus nalgas, buscando con los dedos sus orificios. Se estremeció al sentir la boca de Gabi en su cuello: besándola, chupándola, mordiéndola. Su respiración acelerada, el olor a sexo de su aliento. Mientras con urgencia ella buscaba su miembro con sus dos manos, hasta encontrarla: dura, caliente, palpitante. Estaba desesperada, lo necesitaba, lo deseaba. La quería dentro, que se la metiera hasta el fondo de una vez.
  • ¿Te gusta, verdad? - gimió Gabi mientras ella le bajaba los calzoncillos.
  • Si… me gusta, me pone muy cerda… no pares.
  • ¿Y si nos pillan? ¿Y si nos meten otra vez en prisión?
  • Me importa una mierda. Quiero tu poya. Métemela, vamos.
Gabi se dispuso a obedecerla, pero ella rápidamente se dio la vuelta, poniendo el culo en pompa. Él la miró a los ojos, apenas un segundo, esa cara de deseo, sucia y lasciva. Se mordía el labio, pedía en silencio como una buena niña que la empotrase como a una perra. Y el se puso como un toro desbocado. Se agarró la polla se la metió hasta el fondo y empezó a embestirla con fuerza, una mano sujetando su cadera, la otra agarrando su cuello.

En la oscuridad de aquel portal el sexo se convirtió en algo palpable. Era una sinfonía en celo: los gemidos en aumento, la saliva compartida, las lenguas enrollándose, la piel chocando contra la piel: lubricada, resbaladiza. Era un baile salvaje: dos cuerpos jóvenes, enérgicos, sedientos; buscando ser saciados, sobados, follados. Sofi temblaba de arriba abajo, tan caliente que pensaba que iba a derretirse, no podía pensar en nada, solo sentir. Los ojos en blanco, el sudor en su frente, la lengua de Gabi dentro de su boca, esa mano apretando con fuerza su cuello. Se corrió tan fuerte y tantas veces que perdió la cuenta. Era como el eco de un terremoto, cada vez menos fuerte, pero igual de intenso. El flujo escapando de su coño sin control, provocando al instante que aquella polla dura y caliente entrase con más facilidad. Cada vez que sus músculos se contraían, notaba como Gabi se ponía más bruto, más caliente, más salvaje. Era como combatir el fuego con fuego, imparable, desbocado, devastador.

De repente sintió que Gabi estaba llegando, no le hizo falta decirlo en voz alta, lo sintió, como si sus cuerpos hablaran por si solos. Y sin pensarlo dos veces, salió su parte más primitiva, más lasciva, más guarra, más puta.
  • Córrete en mi boca - ordenó separándose de él - Quiero tu semen en mi boca.
Se puso de rodillas, se aparto el pelo, apoyó las dos manos en sus muslos, lo miró a los ojos y abrió la boca. Gabi no se lo pensó dos veces, la agarró del pelo con una mano, la otra apoyada contra la pared y se la metió entera. No fue una felación normal, literalmente le folló la boca. Y mientras Sofi se ahogaba, mientras él la tiraba más fuerte del pelo, mientras esas pelotas golpeaban su barbilla con violencia, no pudo apartar la mirada de sus ojos. Gabi se corrió como un volcán entrando en erupción, sintiendo que moría, que se mareaba, que nada importaba más que aquel instante, aquella mirada, aquella boca llena de semen.

Aún temblando, la ayudó a ponerse en pie y se abrazaron. Pecho contra pecho, desnudos, con los corazones latiendo al mismo ritmo. Se besaban sucios, sudorosos, conscientes del peligro de ser descubiertos en cualquier momento. Sin separarse ni un milímetro, se miraron en silencio durante un instante que pareció eterno. El líbido, el ansia, la pasión comenzaron a diluirse poco a poco, sabiendo, no obstante, que seguirían allí, agazapados, esperando ser liberados de nuevo.

Y mientras todo regresaba lentamente a la normalidad, mientras aquellos amantes impetuosos y desbordados recuperaban el aliento, empezaron a reír. No fueron risas contenidas, sino carcajadas ruidosas, exageradas, casi infantiles. La locura abriéndose paso, furiosa, indomable.
  • ¿Qué coño nos está pasando, amor? - rió Sofi, con las lágrimas escapándosele de los ojos.
  • Quizá nos estemos volviendo locos…
  • No… no es eso - sonrió ella, acariciándole la mejilla - Yo no estoy loca…
  • ¿Ah, no? - preguntó él, abrazándola como si no quisiera soltarla jamás.
  • No… Lo que estoy es enamorada de ti.
Las risas se apagaron durante un segundo, lo justo para que la verdad ocupara todo el espacio. Gabi no respondió con palabras. Lo hizo con un beso. Uno que iba más allá de la pasión: largo, sincero, definitivo. Cuando sus labios se separaron, se vistieron con calma, observándose, deseándose en silencio. Se sentaron en uno de los escalones, a oscuras, acompañados por el murmullo lejano de la noche. Gabi pasó un brazo por encima de sus hombros y se encendió un cigarro que le supo a gloria.
  • Así que esta es nuestra vida ahora… - sonrió Sofi, tomando el cigarro y dándole una larga calada.
  • Huidas a toda velocidad, peligro constante, sirenas, amigos camellos y sexo salvaje… - rió Gabi - ¡No suena tan mal!
  • La verdad es que suena genial - respondió ella, uniéndose a su risa.
Se besaron de nuevo y luego apoyaron las frentes una contra otra, mirándose de cerca, sin pestañear, como si temieran desaparecer si rompían aquel contacto. Sofi le devolvió el cigarro.
  • ¿Crees que deberíamos contárselo a Marga en la próxima sesión? - preguntó Gabi, divertido, soltando el humo.
  • Olvídate de Marga - respondió Sofi sin dudar - Es solo una pesetera sacacuartos.
  • ¿Ah, sí? No me digas… - rió él en tono burlón - Espera un momento… eso ya lo había dicho alguien antes, ¿no? Déjame pensar…
  • ¡Anda, calla, idiota! - rió ella, dándole un codazo cariñoso.
  • Te jode que tenga razón, admítelo - dijo él alzando el mentón, como un conquistador tras una batalla ganada.
  • Tengo mi orgullo, Gabi. Así que olvídate. No pienso decirlo… - sonrió Sofi, apoyando de nuevo la cabeza en su hombro - La cuestión es que ya sabemos lo que necesitamos.
  • ¿Peligro?
  • Creo que es más que eso… Tenemos que explorar nuestros límites, arriesgarnos, salir de la zona de confort y vivir con intensidad.
  • Eso suena exactamente a peligro, mi vida.
Gabi le besó en la frente, suspiró y clavó la mirada en un punto inconcreto.
  • Peligro… - murmuró casi para si mismo.
  • Esa es nuestra vida ahora - respondió Sofi con seguridad.
Se dieron cuenta, quizá sin decirlo en voz alta, de que habían tomado una decisión silenciosa pero irrevocable: dejar de caminar por el borde seguro del sendero y empezar a vivir en la cornisa, sin miedo a tropezar. No porque despreciaran el miedo, no por rebeldía sin motivo, ni tan solo por puro desafío juvenil; sino precisamente porque necesitaban aquel miedo para sentirse vivos. El vértigo estaba ahí, nítido, sincero, recordándoles que cada paso podía ser el último… o el primero de algo nuevo. Y aun así estaban dispuestos a seguir avanzando. No por inconsciencia, sino por hambre. Hambre de una vida de verdad, de intensidad, de peligros, de locura compartida. Una vida que no pidiera permiso.

Romper los límites no era un gesto heroico, era una necesidad. Atreverse significaba aceptar que el orden establecido ya no les servía, que las normas que habían obedecido durante años no habían hecho más que apagar lentamente el fuego que un día los unió. Saltarse las leyes - externas e internas - era su forma de respirar de nuevo. Querían arrojarse al vacío, no para caer, sino para comprobar si todavía sabían volar. Y lo más importante: no estaban solos. El miedo compartido pesaba menos. La inseguridad, al dividirse en dos, se volvía soportable. Juntos podían mirar al abismo sin apartar la vista. Juntos podían conseguir lo que quisieran. Ir hacia donde desearan. Ser quien decidieran ser.

Creían saber lo que hacían. Se sentían preparados, convencidos de que esa entrega al peligro era el precio justo por recuperar lo que casi habían perdido. Solo buscaban pasión, sexo, travesuras, diversión… Pero el futuro, como siempre, guardaba con recelo sus cartas marcadas, la mesa donde jugaban era suya, su mirada era la de un tahúr que domina la partida, su sonrisa la del que sabe que va a ganar. Los pondría a prueba, como siempre hace, pruebas que no distinguían entre valentía y temeridad. Aquella convicción feroz de Gabi y Sofi de vivir sin frenos, de desafiarlo todo y a todos para sentirse libres y vivos, iba a ponerlos a prueba de un modo que aún no podían ni imaginar. El destino ya se movía, silencioso, afilando sus sorpresas, sus caminos torcidos, sus callejones sin salida. Y cuando llegara el momento, aquellos dos locos amantes, necesitarían algo más que deseo y coraje para salir ilesos. Necesitarían todo lo que eran… y algo que todavía no sabían que tenían.

Pero aún es pronto para hablar del futuro. Hay que tener paciencia: el futuro siempre llega, aunque nunca cuando uno lo espera. Así que volvamos al presente. No a aquel portal oscuro que aún olía a sexo y adrenalina, sino al inmenso y pulcro garaje de un chalet en La Moraleja, blanco, silencioso, iluminado como un quirófano.
  • No hace falta que lo diga, ¿verdad? - preguntó Rogelio mientras apagaba el motor.
Abrió la puerta y salió del coche con calma.
  • Ni una palabra a mamá… lo capto, papá - respondió Nico negando con la cabeza.
  • Pareces mosqueado… ¿Puedo saber por qué?
Nico se detuvo en seco. Alzó la vista y lo miró de frente. En su rostro había enfado, sí, pero también algo más poderoso: miedo. El tipo de miedo que no se admite fácilmente.
  • ¡¿Por qué no la frenaste?! - preguntó, apretando los puños.
  • Porque no habría servido de nada, hijo. Ya la escuchaste.
  • ¡Pero Laia es una inconsciente, papá! ¡Tú eres el adulto! ¡El que debe imponer sensatez!
  • Las cosas no son tan sencillas, Nico. A veces…
  • ¡A veces nada! - lo cortó, encarándolo como nunca antes se había atrevido - ¡¿Y si tu plan prefecto no funciona?! ¡¿Y si acaba entre rejas?! ¡¿Y si todo sale peor?!
Rogelio arqueó una ceja.
  • ¿Peor?
  • ¡Sí, joder! - explotó Nico - ¡¿Y si la matan?!
Rogelio abrió la boca, sorprendido.
  • Pero ¿qué dices?
  • Yo qué sé, papá. A lo mejor empieza a vender donde no debe, se cruza con una banda rival… o en una persecución la policía se pone a disparar.
  • Nico… relájate y baja la voz - intervino Rogelio, mirando instintivamente hacia la puerta que daba acceso a la casa - No estamos en una serie de narcos. Esto no es Medellín. Tu amiga no va a mover fardos de cocaína ni a levantar un imperio criminal. Quiere vender cuatro medicamentos robados a los pobres diablos del barrio. Nada más.
  • Pero… pero… - Nico no encontró las palabras que buscaba. Bajó la mirada al suelo, respirando rápido - Como le pase algo… te juro que… te juro que…
Rogelio lo sujetó por los hombros con firmeza. Ahora lo entendía todo y no pudo evitar sonreír al comprender que le pasaba a su hijo.
  • Te gusta, ¿verdad?
  • ¿Qué? - Nico se puso rígido - Yo no… no digas tonterías…
  • Hijo - dijo Rogelio con una calma casi divertida -, se te nota a la legua que estás enamorado.
  • Papá…
  • Y créeme - añadió -, si yo tuviera veinte años menos y no hubiera conocido a tu madre… probablemente estaría igual de jodido que tú.
  • Pero ¿qué estás diciendo?
  • Digo que esa chica es especial - respondió con total seriedad - Y también digo que es la correcta, Nico. Así que deja de hacerte el duro y confiésale lo que sientes.
  • ¿A Laia, dices?
  • ¿A quien si no, tontainas? - rió Rogelio, pasándole un brazo por los hombros y empujándolo suavemente hacia la puerta de casa - Se que ya no se lleva esto, pero… te doy mi bendición, hijo. Solo quiero que me prometas una cosa.
  • ¿El qué?
  • Que a vuestro primer hijo le pondréis mi nombre.
  • ¡Calla, papá! - gruñó Nico, rojo como un tomate.
Él soltó una carcajada baja mientras entraban en casa. Enfadado o no, su hijo estaba enamorado. Y eso era algo hermoso. Aquel día, después de muchos años de una relación más bien distante, habían vuelto a encontrarse. En apenas unas horas habían estrechado unos lazos que ambos habían sido incapaces de anudar durante demasiado tiempo.

Rogelio comprendió entonces que su hijo - al que hasta no hacía mucho consideraba perdido, un desastre sin rumbo - era en realidad un hombre de palabra, leal, con principios firmes y la cabeza bien amueblada. Alguien en quien se podía confiar. Nico, por su parte, descubrió que su padre no era solo aquel hombre recto y formal que había crecido obedeciendo, sino alguien capaz de escuchar, de relativizar y de tomar decisiones difíciles cuando la vida lo exigía. Y al sentir su brazo rodeándole los hombros, lo entendió del todo: tenía un aliado. Alguien que, aunque no lo dijera en voz alta tanto como a él le gustaría, lo quería y lo respetaba.

Como el Oxígeno, la necesidad vital que alimenta el fuego de la obsesión, recordándonos que, para seguir adelante, primero hay que aprender a respirar el peligro. Esta historia continuará...
 
Pues a no ser que tenga un lado oscuro y siniestro y traicione al grup, Rogelio me parece un buen tío que los va a ayudar.
Pues efectivamente parece que Nico está enamorado de Laia y yo espero que con el tiempo eso mismo sienta Laia por él.
Por otra parte me encanta como se ha restablecido y fortalecido la relación entre Sofía y Gaby, una pareja que creo nadie va a poder separar.
Ahora pronto va a llegar el incidente que va a desencadenar algo turbio por lo que van a ser perseguidos los 4.
 
Pues a no ser que tenga un lado oscuro y siniestro y traicione al grup, Rogelio me parece un buen tío que los va a ayudar.
Pues efectivamente parece que Nico está enamorado de Laia y yo espero que con el tiempo eso mismo sienta Laia por él.
Por otra parte me encanta como se ha restablecido y fortalecido la relación entre Sofía y Gaby, una pareja que creo nadie va a poder separar.
Ahora pronto va a llegar el incidente que va a desencadenar algo turbio por lo que van a ser perseguidos los 4.
Quizás con lo de Rogelio no me acabé de explicar bien jejeje.
La idea es que esta vez quiero hacer a los personajes - no solo a él, sino a todos - con claro oscuros, como lo somos todos en la vida real vaya
Ni tan buenos, ni tan malos. Luminosos en ciertos aspectos de la vida, pero también con un lado oscuro...

Cuelgo el capítulo en breves. A ver que os parece...
 
Capítulo 9. Flúor - Bimbo(F)icación

El Flúor (F) ocupa el noveno lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del flúor con el concepto de la Bimboficación - esa transformación estética radical hacia una hiperfemineidad artificial, pulida y magnética -, obtenemos el retrato de una atracción peligrosa pero fascinante. El flúor no es un elemento dócil; es el devorador de la tabla periódica, el elemento que no puede evitar atraerlo todo hacia sí para alcanzar una perfección estética y electrónica absoluta.

La Bimboficación según el Flúor: La Estética de la Electronegatividad

1. El Deseo Insaciable (Máxima Electronegatividad)
El flúor es el elemento más electronegativo que existe. Su hambre de electrones es tan feroz que se los arrebata a cualquier otro elemento sin dudarlo. La bimboficación es la "electronegatividad social". Es el proceso de volverse un centro de gravedad estético tan potente que nadie puede evitar mirar. Como el flúor, la figura bimboficada no pide permiso para atraer; simplemente posee una fuerza de atracción que "arrebata" la atención del entorno. Es la ambición de ser el foco de atención absoluto, el elemento que define las reglas del juego visual.

2. El Esmalte Imperturbable (Protección Dental)
Usamos el flúor para endurecer el esmalte de nuestros dientes, creando una capa protectora que resiste los ácidos y el desgaste. Detrás de la apariencia de la bimboficación hay una armadura. Al igual que el flúor crea una superficie impenetrable, este proceso construye una máscara de perfección química. Es el esmalte de la confianza: una capa tan pulida y brillante que las críticas o la amargura del mundo exterior resbalan sin dejar mancha. Es la estética utilizada como un escudo de alta resistencia.

3. La Reactividad Extrema (El Fuego Invisible)
El flúor es tan reactivo que puede hacer arder cosas que normalmente no arden, como el agua o el vidrio. Es una energía que no conoce la calma. La bimboficación no es un estado estático, es una reacción química constante. Es una transformación que "incendia" las normas preestablecidas. Al igual que el flúor rompe los enlaces más fuertes para imponerse, la bimboficación rompe con el intelectualismo rígido para celebrar una artificialidad vibrante. Es el fuego de la identidad que decide arder con un brillo neón, ignorando si el mundo está preparado para tal intensidad.

4. El Anti-Adherente Perfecto (El Teflón)
El compuesto más famoso del flúor es el PTFE - el Teflón -, el material donde nada se pega y que resiste casi cualquier ataque químico. Hay una filosofía de "Teflón" en la bimboficación moderna. Es la capacidad de ser visualmente impactante pero emocionalmente inalcanzable. Nada se le "pega" al flúor; las expectativas ajenas, los prejuicios y el odio digital resbalan sobre esa superficie perfectamente sintetizada. Es la libertad de ser un polímero de alta tecnología: suave al tacto, pero imposible de atrapar o degradar.

5. El Aislamiento de Gas Noble (El Anión Fluoruro)
En cuanto el flúor consigue el electrón que le falta, se vuelve extremadamente estable, imitando la estructura de un gas noble - el Neón -, pero manteniendo su carga. El objetivo final de la bimboficación es alcanzar un estado de plenitud artificial donde nada falte. Es la búsqueda de una "configuración perfecta" donde la identidad se siente completa bajo sus propios términos estéticos. Una vez alcanzado ese equilibrio químico, la persona bimboficada habita su propio paraíso de plástico y sensaciones, satisfecha en su propia órbita de perfección ganada.

Conclusión: La bimboficación, vista a través del flúor, es la geometría de la seducción técnica. No es una debilidad, sino una manifestación de poder atómico: la voluntad de atraer, de protegerse bajo capas de esmalte y de volverse inerte ante el juicio ajeno. Ser flúor significa entender que la belleza puede ser una reacción violenta y que no hay nada más resistente que una superficie donde nada, absolutamente nada, se puede pegar. La bimboficación no es un disfraz, es una síntesis química: la elección de ser el elemento más magnético del laboratorio social.

-
Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


El lunes amaneció como amanecen todos los lunes: a hostias, barriobajero y salvaje.

Madrid despertándose a trompicones, la ciudad quitándose el sueño a base de bocinazos, bufidos y prisas, la peña caminando con cara de haber perdido una guerra que ni sabía que estaba luchando. Cafeterías a reventar, cafés cargados como pecados mortales, cafeína directa a la yugular, en vena, directa al corriente sanguíneo. Ojeras del tamaño de piscinas olímpicas, mentes frustradas porque, una semana más, el Euromillón le había tocado a otro cabrón.

En el metro, rumbo al curro, Gabi observaba el panorama con los cascos puestos y una sonrisa que parecía casi una falta de respeto. Alrededor, caras hinchadas, ojos muertos, gente buscando consuelo en mirarse sin mirarse, como diciendo: “sí, lo sé…tú también estás jodido, ¿verdad”, la comunión del sufrimiento laboral. Gabi no recordaba la última vez que había sonreído un lunes. Pero ahí estaba. Sonriendo como un gilipollas feliz. Y no era casualidad. El domingo aún le retumbaba en la cabeza como un eco indecente.

El móvil vibró en su bolsillo. El sonido le llegó directo al oído, entre canción y canción. Desbloqueó la pantalla y se puso nervioso, como un adolescente. Era Sofi, le había mandado una foto. Pero no una cualquiera. Era una foto hecha a hurtadillas, en plena calle. Un escote criminal. De los que no piden permiso. Llevaba ese sujetador: el negro, el que le iba justo, el que parecía tener malas intenciones, el que gritaba a pleno pulmón: “¡Levantaré a los caídos y oprimiré a los grandes!”

Gabi pasó de cero a cien en medio segundo. Motor arrancado, pie al fondo en el acelerador, sin frenos, sin cinturón... ¿A quién demonios le importaba estrellarse? Aquella nueva vida que se habían montado, esa versión suya más salvaje, más salida, más viva… era la culpable directa de la sonrisa que ya no le cabía en la cara. Sin pensarlo demasiado - porque pensar ya no estaba de moda - se apartó un poco del vagón medio vacío. Se levantó la camiseta, sujetándola con la boca. Una mano bajando un poco su pantalón, una foto rápida al abdomen con la otra; una foto sugerente, insinuante, suficiente como para incendiar sin quemar nada, y la mandó de vuelta con un mensaje que no dejaba lugar a dudas. La respuesta fue inmediata. Risas, corazones, palabras sucias mezcladas con palabras bonitas. Se dijeron lo de siempre y como si fuera la primera vez: cuánto se querían, cuánto se echaban de menos, lo mucho que deseaban que el día pasara rápido para volver a verse y enrollarse en cualquier sitio indebido, con la urgencia de quien ha perdido el norte… y le importa tres cojones.

Guardó el móvil en el bolsillo, subió el volumen de la música al máximo y se apoyó en la pared del vagón. Sí, era un puto lunes de mierda. Pero también era, sin discusión posible, el putísimo mejor lunes de su putísima vida, valga la redundancia.
  • ¡¿Y esa cara de felicidad?! - soltó Gustavo al verlo aparecer por el pasillo, con una ceja levantada y media sonrisa.
Gabi ni se frenó ni explicó nada. Siguió andando como si fuera una estrella de cine, espalda recta, barbilla arriba, esa chulería tranquila del que sabe algo que los demás no. Al pasar por delante de Gustavo, levantó la mano, apuntó con los dedos, le guiñó un ojo y ‘clic’, disparo imaginario directo al ego. Sonrisa ladeada. De las peligrosas.
  • ¡Buenos días, compañeros! - exclamó, sin parar de andar, como si estuviera desfilando por una alfombra roja invisible.
Jose, que lo había visto todo, se acercó a Gustavo frunciendo el ceño.
  • ¿Pero a este qué coño le pasa? - preguntó, señalándolo con un gesto de cabeza mientras Gabi desaparecía rumbo a los vestuarios, casi flotando.
Gustavo soltó una risa corta, de esas del que ya ha vivido lo suficiente como para no necesitar explicaciones largas. Se cruzó de brazos y lo siguió con la mirada.
  • ¿Qué va a ser? - dijo encogiéndose de hombros - Que se lo han follado bien este fin de semana.
Jose se quedó un segundo en silencio. Luego asintió despacio, como si de repente todo encajara.
  • Pues que me cuente el secreto… - dijo desanimado - A ver si mi mujer se pone las pilas.
  • Venga Jose - rió Gustavo dandole unas palmadas en la espalda - Te invito a un café mientras nos contamos las penas.
Desde dentro de los vestuarios se escuchó a Gabi tarareando una canción, feliz, despreocupado, como si el lunes no fuera lunes y el mundo, por una vez, no pesara una mierda.

El día transcurrió exactamente igual que el viernes anterior. La misma rutina. Los mismos pasos aprendidos de memoria, aunque fuera su segundo día en la empresa: fregar la recepción, soportar a Gustavo, subir en el ascensor, escuchar conversaciones subidas de tono, bajar en la planta cincuenta, limpiar, seguir limpiando y, por si acaso quedaba alguna duda… limpiar un poco más después. Un bucle perfecto, casi mecánico, aburrido a más no poder. Pero algo era distinto. Gabi sonreía. Y no dejó de hacerlo en toda la mañana.

Cuando el reloj marcó las diez y llegó la hora del desayuno, su sonrisa se ensanchó todavía más. Salió casi corriendo a la calle, con esa impaciencia infantil de quien espera compartir un pequeño ritual no planeado. Miró a un lado, luego al otro. Se encendió un cigarro y esperó. Pensó que en cualquier momento aparecerían Nico y Laia para ir a desayunar juntos, como si fuera lo más natural del mundo. Pero no aparecieron. Esperó diez minutos y dos cigarros, de los treinta que tenía de ambas cosas. Sacó el móvil. Llamó. Una vez, dos. Nada. Ni rastro de ellos, ni una llamada perdida, ni un mensaje que justificara la ausencia.

Lejos de enfadarse o venirse abajo, Gabi sonrió otra vez. Guardó el teléfono en el bolsillo, cruzó la calle y desayunó solo. Tranquilo. Feliz. Como si aquella pequeña decepción no tuviera peso suficiente para empañar el día. Pues sabía que después del descanso tocaba bajar a los laboratorios. Y allí, tarde o temprano, se encontraría con los suyos. Con esos compañeros que, casi sin darse cuenta, a una velocidad absurda, ya empezaban a dejar de serlo para convertirse en algo mucho más cercano: amigos.

Pero, del mismo modo que la justicia - esa de la que tanto hablamos en el capítulo anterior - se representa como una mujer ciega sosteniendo una balanza, el mundo, de alguna forma extraña, también se empeñaba en mantenerse en equilibrio. O al menos lo intentaba.

La felicidad desbordada de Gabi, y la de Sofi también - que a unos kilómetros de allí desayunaba con Fani, poniéndola al día del giro de trescientos sesenta grados que había dado su vida en apenas veinticuatro horas - parecía necesitar un contrapeso. Y lo encontró, por supuesto que lo hizo. Ese peso se concentraba en los laboratorios, donde el ambiente estaba cargado, denso, casi irrespirable. Allí, donde hasta hacía años Laia y Gabi habían compartido mañanas alegres y llenas de charlas agradables, ahora se respiraba tensión. Una de esas tensiones silenciosas que no se anuncian, que no hacen ruido, pero que se te meten bajo la piel y te advierten de que algo no va bien. El mundo, caprichoso y cruel, ajustaba sus cuentas. Mientras unos flotaban, otros apretaban los dientes. Y la balanza, inevitablemente, volvía a buscar su punto exacto de equilibrio.
  • ¿Vamos a desayunar o qué? - preguntó Laia, curvada contra la encimera, mientras dejaba apoyados unos tubos de ensayo con cuidado para que no se derramara nada.
  • ¿Ya es la hora? - contestó Nico, distraído, con la pipeta a medio colocar y los guantes ligeramente arrugados.
Laia soltó un bufido y lo miró con los brazos en jarra, los ojos entrecerrados, como si evaluara si aquel despiste que su compañero llevaba aquella mañana era digno de merecerse un premio.
  • ¿Se puede saber qué te pasa hoy? - preguntó sacándose la bata blanca y recolocándose el sujetador dentro del pequeño top que llevaba puesto.
  • ¿A mí dices? - preguntó él, incapaz de apartar la mirada de sus pechos y su torso desnudo.
  • ¡No idiota! Al que tienes detrás.
Nico se giró con lentitud, como si estuviera saliendo de un sueño, buscando alguien que no existía. Volvió a mirarla, con esa expresión de perplejidad perpetua que siempre hacía que Laia suspirara. Ella lo conocía bien, sabía que era despistado, recordó aquella vez que había llegado al laboratorio con las zapatillas de estar por casa. Pero hoy estaba incluso más raro de lo habitual.
  • ¿Estás bien? - preguntó acercándose, pasando por enfrente de los microscopios y los frascos etiquetados con químicos, con las cejas arqueadas.
  • Sí, claro… ¿Por qué lo preguntas?
  • Estás raro, Nico. Llevas toda la mañana sin hablarme apenas. Creo que, en todos los días que llevamos trabajando juntos, es la primera vez que no te pido que te calles.
Nico se frotó la nuca, al levantar la mano golpeó ligeramente un soporte de tubos, y dejó escapar un suspiro que hizo vibrar las pipetas sobre la mesa.
  • Bueno… es que… yo…
  • ¿Es por lo que pasó ayer, verdad? Por lo de tu padre…
  • No, no es eso… es que…
Laia dejó escapar otro suspiro y se acercó más a él, mientras sus botas hacían un leve chirrido sobre el suelo de baldosas. Su impaciencia era legendaria, y también feroz: si hubiera mentido en su currículum para entrar en la unidad de explosivos del ejército, en vez de en aquel laboratorio, ya estaría muerta… o en el mejor de los casos, tullida.
  • ¡Sí que es eso! Admítelo.
  • Que no, joder… no es eso.
  • ¿Entonces qué es?
  • Es que… yo…
  • Joder Nico, dímelo.
  • Es que no sé cómo…
  • Dímelo, dímelo, dímelo, dímelo…
Nico abrió los ojos de par en par mientras ella lo zarandeaba, nerviosa y explosiva. Cada movimiento suyo parecía un torbellino, un intento desesperado por despertarlo, porqué volviera a ser el de siempre, aquel friki divertido y sabelotodo que ella consideraba su mejor amigo. Y mientras era sacudido con insistencia él, completamente enamorado, apenas podía mantenerse sereno. Había ensayado ese discurso toda la noche, repasando las palabras correctas en su cabeza, una y otra vez, mientras daba vueltas en la cama. No había dormido en toda la noche, pensando como decirle que…
  • ¡Te quiero, joder! - exclamó de repente, lanzando la verdad como un cohete, su corazón latiendo desbocado.
El impacto fue instantáneo. Laia empezó a reír, en un primer instante, pensando que estaba de broma. Pero rápidamente se dio cuenta de que no era el caso y entonces se quedó, literalmente, como Atlas: petrificada. Como si Nico fuera Perseo sujetando la cabeza de Medusa y la hubiera paralizado con la mirada. Su pecho subía y bajaba exageradamente con cada respiración, los ojos desorbitados, los pensamientos a toda máquina… y por un instante todo en el laboratorio pareció detenerse.
  • ¿Co… cómo has dicho?
  • Que te quiero, Laia. Estoy enamorado de ti.
  • Pero… pero eso…
El zumbido de los extractores y el leve centellear de las luces en el techo, parecían acompañar su confusión, mientras el laboratorio - testigo mudo de tantas horas de rutina compartida - se convertía en el escenario de un terremoto emocional que ninguno había previsto. Los papeles, entre ellos, parecían haberse invertido. Ahora él era la determinación pura y ella la tartamuda despistada. Laia dio unos pasos atrás, tambaleándose entre la mesas llenas de matraces y tubos de ensayo. La confesión la había pillado completamente desprevenida. No sabía qué contestar, qué decir, ni siquiera qué sentir. Nico ya no era solo un amigo cercano en quien poder confiar: ahora era un hombre que la amaba, un hombre con pene que la deseaba… y ella no estaba segura de poder corresponderlo. Todo aquello podía romper la bonita relación que habían construido. Así que… ¿Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Cómo salir de esa situación incomoda?.

“Eso es, ¡sal!… ¡escapa, huye, vete de aquí!”, pensó, y obedeció a su instinto. Se dio la vuelta con tanta prisa que su codo rozó una bandeja de tubos de ensayo. Uno se derramó, pero no uno cualquiera, no uno al azar. El destino, en su profundo y macabro sentido del humor, decidió que fuera precisamente ese en concreto. El contacto fue instantáneo: el calor del líquido sobre su mano desnuda, el ardor en la piel, un sarpullido que surgió como fuego sobre sus dedos.
  • ¡Laia! - gritó Nico, su voz cargada de miedo mientras sus brazos temblaban intentando apartarla del peligro, pero ya era demasiado tarde.
El efecto fue rápido y brutal. Laia sintió que perdía el equilibrio, las piernas flaqueando sobre el suelo frío del laboratorio. Su visión se nublaba, los sonidos se distorsionaban, y antes de que la oscuridad la engullera por completo, lo último que vio fue a Nico, acercándose, gritando su nombre, desesperado, mientras la tensión del momento se desvaneciera rápidamente, cayendo un un sueño profundo.
  • Joder, joder, joder… - repetía Nico aterrorizado.
La dejó sentada en uno de los taburetes, procurando que no cayera al suelo. Laia se quedó allí, con la mirada perdida y la cara contra la mesa de trabajo, como un borracho derrotado que se apoya en la barra de un bar después de pasarse de copas. Nico se arrodilló a su lado, agarrando su mano con cuidado. Observó la piel enrojecida, el sarpullido extendiéndose como un pequeño incendio por su epidermis.
  • ¡Tranquila, no te preocupes! - gritó preocupado - ¡Vamos a solucionarlo!
Sin perder un segundo, corrió hacia el botiquín de emergencia, esquivando mesas y carros móviles llenos de tubos de ensayo, con el corazón latiéndole a mil por hora. Cogió todo lo que pensaba que necesitaba: vendas, alcohol, pomadas…
  • Nico… - murmuraba ella mareada - Me quema… me quema…
Él se dio la vuelta, asustado, nervioso. Pero justo entonces, lo que pasó hizo que sus ojos se abrieran como platos y diera un salto como un gato que hubiera sido sorprendido por un pepino. Todo lo que llevaba en las manos cayó al suelo de golpe, rebotando y tintineando con un estruendo que resonó por todo el laboratorio.
  • ¡Joder! - exclamó, agachándose para recogerlo - ¡¿Qué… qué cojones?!
Laia, aun tambaleándose, dejó escapar un pequeño quejido, más de sorpresa que de dolor. Nico no podía dar crédito a lo que estaba viendo: Laia no convulsionaba de forma violenta; no había espuma en sus labios ni espasmos erráticos. Era algo más profundo, una mutación rítmica, como si su fisionomía se expandiera bajo una presión interna insoportable. Sus ojos se clavaron directamente en su culo. No era solo por su adición, que también, sino porque el cambio allí era sísmico: su trasero crecía a un ritmo acelerado, enorme, redondo; el tejido de su pantalón comenzó a tensarse hasta el límite, cediendo ante un volumen que desafiaba cualquier anatomía. Pero el crecimiento no se detuvo ahí; sus muslos ganaron una redondez carnosa y firme, aumentando de calibre hasta que las costuras del vaquero estallaron con un chasquido seco, dejando al descubierto una piel que empezaba a brillar con un matiz artificial, casi satinado.

El estallido de la ropa fue solo el preludio. Nico observó cómo la cintura de Laia, en un contraste casi imposible, empezaba a contraerse, hundiéndose hacia dentro mientras sus caderas se proyectaban hacia los lados, dibujando una silueta de reloj de arena exagerada, casi un dibujo animado. Los botones saltaron, como disparos de revolver, la cremallera se abrió de par en par.

Nico abrió la boca hasta desencajarla, observando a Laia en tanga, los pantalones hechos añicos en el suelo. La piel de sus piernas, ahora expuesta, perdió cualquier imperfección; las pecas y marcas desaparecieron bajo un tono bronceado uniforme y radiante, como si acabara de salir de una sesión de rayos UVA perpetua.
  • ¡Nico!… ¡¿Que coño… que coño me está pasando?! - preguntó ella asustada, poniéndose en pie, intentando taparse como podía.
La mutación trepó por su torso. El top de algodón de Laia comenzó a subir, impulsado por un pecho que se inflaba con la urgencia de un globo de helio. Laia gritó horrorizada al sentir el sujetador desgarrándose, sus pechos creciendo hasta límites antinaturales. Sus hombros se echaron hacia atrás de forma instintiva, arqueando la columna en una pose de sumisión estética permanente.
  • ¡Laia no te asustes, ¿vale?! - dijo Nico acercándose lentamente - Todo saldrá bien…
  • ¡¿Que le pasa a mi cuerpo?!… que… ¡¿Qué había en esa puta probeta?!
Nico quiso calmarla, pero se quedo sin palabras cuando empezó a ver lo más inquietante de todo. Los labios de Laia se hincharon, ganando una proyección obscena, adquiriendo un brillo húmedo y rosáceo que no necesitaba labial. Sus pestañas crecieron, espesas y negras, pesando tanto que sus párpados cayeron a la mitad. Y entonces se quedó quieta, terriblemente quieta, como una muñeca hinchable, la perfección del plástico. Una silueta hiperfemeninizada, sin vida, como si no fuera humana.
  • ¿Laia? -Nico se acercó unos pasos más, lentos, pesados.
La llamó por su nombre una segunda vez, pero ella no respondió. La inteligencia en su mirada se había disuelto, sustituida por un vacío plácido, un brillo de satisfacción superficial. Sus ojos, antes oscuros y analíticos, se aclararon hasta un azul cristalino y vacante. Finalmente, el cabello de Laia comenzó a mutar. El negro natural fue devorado por un rubio platino casi blanco, que brotaba con un volumen cardado y perfecto, cayendo en ondas impecables sobre sus nuevos y exagerados hombros. Laia dejó de temblar y avanzó hacía él con torpeza exagerada, balanceándose sobre unos pies que ahora terminaban en una inclinación antinatural, como si sus tendones se hubieran adaptado para llevar tacones invisibles de quince centímetros. Miró a Nico, ladeó la cabeza y sonrió con una vacuidad radiante. El proceso de bimboficación se había completado: la mujer que pensaba y sufría, la mujer que él amaba… había desaparecido, dejando en su lugar un icono de plástico, curvas inhumanas, estupidez palpable y un deseo sexual feroz.
  • ¡Laia, por dios! - exclamó Nico al notar que ella empezó a sobarle el paquete descaradamente - Pero… ¡¿Que cojones haces?! - se apartó rápidamente, aunque la tuviera más dura que un mástil.
  • Por, favor Nico - contestó ella, con una voz que ya no era la suya - Sácatela y déjame que me la meta en la boca. Mira estos labios… piensa en lo bien que quedarían alrededor de tu polla dura y erecta…
Nico sudaba como si hubiera cumplido, de una vez por todas, aquella promesa de empezar a hacer ejercicio. No podía apartar la mirada de ella: de sus labios hinchados y húmedos, de sus pechos enormes, de sus caderas exageradas, de aquel minúsculo tanga tensado al límite. Su polla estaba tan dura que empezaba a dolerle. Y aunque tuvo que hacer un esfuerzo horrible por resistirse, empezó a retroceder… pues estaba más asustado que excitado.
  • Lo necesito… - volvió a repetir Laia acercándose más - Venga Nico, no te resistas… se que quieres follarme como a una puta.
  • ¡¿Pero que dices?! ¡Para, te lo pido por favor, para!
  • Sácate la polla y fóllame las tetas… Tócalas vamos, son tuyas, solo tuyas…
Aquella Laia plastificada se agarró aquel par de globos enormes y se los puso en toda la cara. Nico tragó saliva, incapaz de respirar. Sintió como sus manos se levantaban por voluntad propia, como si pensaran por sí mismas. Necesitaba apretujar esas tetas, manosearlas, palparlas, jugar con ellas. Estaba a punto de ceder, de caer, de darle lo que ella le pedía con aquella voz estúpida y sensual al mismo tiempo. Levantó la vista un segundo y la miró directamente a los ojos. Lo supo al instante, aquel “ser” no era Laia, ya no; era como si estuviera en trance, como si hubiera sido poseída. No había inteligencia en sus pupilas. Era como una muñeca, una extremadamente irresistible, pero idiota y sin alma. “Contrólate Nico, contrólate”, se repetía una y otra vez, mientras separaba las manos de sus pechos.
  • ¡Chaval! - exclamó Gustavo al ver que Gabi seguía avanzando por el pasillo - ¡¿Donde cojones vas?! ¡Tenemos que seguir el orden! ¡¿Lo recuerdas?!
  • Es solo un segundo, voy a saludar a mis amigos - sonrió él sin detenerse.
  • ¡Vale! Pero date prisa, que no nos pagan por charlar.
  • ¡Puedo hablar y trabajar a la vez, Gustavo!
  • ¡Y yo chaval! ¡Pero hay que seguir el orden!
Gabi soltó un suspiro y se encogió de hombros. De repente, Nico escuchó su voz, acompañada con el sonido eléctrico de la puerta que daba acceso al laboratorio. Contempló asustado cómo se abría y supo que tenía que pensar rápido. Muy rápido.
  • ¡Eh, chicos! - exclamó Gabi mientras rebuscaba la tarjeta de acceso en el bolsillo - ¿¿Por qué no habéis salido a desayunar?!
Deslizó la tarjeta por el detector y la luz verde parpadeó con un pitido seco. La puerta se abrió y cuando entró al laboratorio lo vio. Nico estaba apoyado contra la puerta del baño. Literalmente pegado a ella. La frente empapada de sudor, la bata mal colocada, una mano aferrando el pomo con demasiada fuerza. Cuando sonrió, lo hizo tarde y mal. Una mueca rígida, artificial, de esas que no engañan ni a un niño.
  • ¿Qué haces ahí plantado? - preguntó Gabi, frunciendo el ceño.
  • ¿Yo?… nada - mintió Nico sin soltar el pomo.
  • ¿Y este desastre? - preguntó, mientras se acercaba, al ver todo tirado por el suelo.
  • Yo… se… se me ha caído sin querer.
Gabi se agachó y empezó a recoger los rollos de gasas, la botella de alcohol, las pomadas…
  • ¿Va todo bien? - preguntó ladeando la cabeza.
  • Sí… de… de maravilla.
  • ¡Ya!
Gabi sonrió, se levantó y empezó a limpiar la mesa más cercana. Movía el trapo, recolocaba frascos, hacía su trabajo… pero sus ojos volvían una y otra vez a Nico. Seguía ahí. Inmóvil. Custodiando la puerta como si fuera la entrada a un búnker nuclear. Durante unos segundos pensó que quizá era una paranoia suya; pues apenas lo conocía. Igual era raro, sin más. Pero entonces un golpe seco llegó desde el otro lado de la puerta. Nico se tensó como un cable a punto de romperse. Gabi levantó la cabeza, acercándose a él.
  • ¿Quién hay ahí dentro?
  • Na… nadie… - respondió Nico demasiado rápido.
  • ¿Es Laia? - preguntó, acercándose un poco más - ¿Se encuentra bien?
  • No… no… - Nico abrió la boca, pero las palabras no salieron.
Desde dentro volvió a escucharse ruido. Una voz femenina, alterada, suplicante. Gabi no reconoció el tono de voz, ni entendió qué decía, pero si entendió cómo lo decía. Y eso fue suficiente.
  • Aparta, vamos - ordenó.
  • ¡No! - se interpuso Nico - Espera, Gabi, no abras la…
Él lo empujó sin pensar, con la fuerza justa de quien cree que alguien está en peligro. Nico perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo.
  • ¡Espera! ¡Gabi!
Pero ya era tarde. La puerta se abrió de par en par. El mundo se detuvo.
Gabi se quedó paralizado. Los ojos desorbitados. La boca abierta.
El cerebro incapaz de procesar lo que estaba viendo.
  • Pe… pero… qué…
Reaccionó por puro instinto: cerró la puerta de golpe y se apoyó de espaldas contra ella, sujetando el pomo con ambas manos, respirando como si acabara de correr un maratón. Exactamente igual que estaba Nico segundos antes. Giró la cabeza lentamente hacia él. El terror, el asombro, la incredulidad formando un mosaico grotesco en su rostro.
  • Esa… esa es…
  • Sí - dijo Nico, incorporándose - Es Laia.
  • Pe… pero… - Gabi empezó a marearse - ¿Qué coño le ha pasado, Nico?
  • ¡No lo sé! - respondió llevándose las manos a la cabeza - Solo sé que el líquido de esta probeta se le derramó sobre la mano y empezó… empezó a mutar.
Gabi siguió con la mirada como su amigo corría hasta la mesa de trabajo. Y se quedó mirando fijamente aquel frasco de cristal que ahora le mostraba. Estaba casi vacío, pero en el fondo aún quedaba un resto de líquido azul, intenso, espeso, con un brillo antinatural.
  • ¿Qué había dentro? - preguntó en voz baja, sintiendo cómo al otro lado de la puerta ese monstruo intentaba salir.
  • ¡No lo sé, Gabi! - dijo Nico al borde del colapso - Debería analizarlo…
  • ¡¿No lo sabes?! - estalló - ¡Es tu puto trabajo!
  • ¡Trabajamos con cientos de sustancias! - replicó - Y las probetas que tiró Laia, ni siquiera estaban identificadas.
Nico cerró el frasco con cuidado y se lo guardó en el bolsillo de la bata.
  • ¡¿Para qué lo guardas?!
  • ¡Para analizarla, joder! ¡Te lo acabo de decir!
Los golpes desde el baño se intensificaron. Puñetazos violentos. La madera vibrando. La voz cada vez más alterada.
  • Vale… vale… - Gabi se pasó una mano por la cara - Pensemos… ¿Qué hacemos?
Nico se quedó quieto, una mano en la barbilla, los ojos fijos en el suelo.
  • ¡Piensa algo, coño! - le exigió Gabi.
  • ¡Esoooo hagoooo! - gritó Nico, perdiendo los nervios.
Y detrás de la puerta, Laia, o lo que quedaba de ella, siguió golpeando. Más y más fuerte. Como si ya no fuera capaz de esperar. Pues, mientras sus dos compañeros pensaban en una solución, ella solo podía pensar en una sola cosa: ¡Follar!

Era la "muerte del intelecto" en favor de una hiperestimulación sensorial. Su pensamiento ya no era lineal ni lógico; era una serie de impulsos eléctricos, deseos táctiles y una búsqueda constante de validación externa a través del placer. Dentro de la mente de Laia, el ruido del mundo se había apagado. Ya no existían las facturas, ni la enfermedad de su madre, ni los problemas; ni siquiera las dudas existenciales. Ese espacio, antes lleno de engranajes y ansiedad, ahora estaba inundado por una luz rosa y cálida, una neblina que lo suavizaba todo.

Pensar le resultaba... pesado. Innecesario. Era mucho más placentero, simplemente, sentir. Su primera consciencia fue su propia piel. La sentía eléctrica, hipersensible, como si cada poro hubiera sido diseñado para absorber atención. El roce de sus propios muslos al moverse le enviaba chispas de placer que la hacían sonreír sin motivo. Su pensamiento interno era un bucle simple: "Tacto. Suave. Más". Se sentía como un instrumento recién afinado, esperando ser tocada por manos ajenas. Cuando miró a Nico, ya no veía a un compañero de trabajo o a un amigo. Su mente bimboficada lo procesaba como un estímulo de atención. Su instinto, ahora puramente enfocado en la apariencia, le dictaba que su único propósito era ser admirada. No había pudor, porque el pudor requiere juicio moral, y el juicio de Laia se había disuelto en su nueva percepción. Ahora, se percibía a sí misma como una obra de arte interactiva. "Soy una perra. Soy de plástico. Soy suya” y al pensarlo no se sentía humillada; eran anclas de identidad que le proporcionaban una paz absoluta. Sentir la presión de sus nuevos atributos físicos: el peso de su enorme pecho, de su inmenso culo, sus labios hinchados, la tensión de su cintura, de sus caderas desproporcionadas… era como una droga constante. Su existencia ya no era privada, sino su estado natural de ser vista y deseada.

Si intentaba recordar quién era diez minutos antes, sentía un pequeño pinchazo de aburrimiento. Aquella "otra" Laia era aburrida, vestía telas ásperas y se preocupaba por cosas que no brillaban. La nueva Laia solo quería que Nico la mirara, que confirmara con sus ojos que sus curvas eran reales; solo deseaba que le tocase su nueva carne, tan dulce y dócil como parecía. Su monólogo interno se redujo finalmente a una vibración rítmica, una espera hambrienta. No quería hablar, no quería ser entendida; solo quería ser observada, tocada, usada, exprimida hasta el límite. Solo quería hacer lo único que sabía, aquello para lo que únicamente servía: ¡Dar placer!
  • ¿Y esos gritos? - preguntó un compañero de mantenimiento unas salas más allá.
Gustavo dejó de fregar el suelo y alzó la cabeza, escuchando en silencio. Reconoció las voces al instante.
  • ¡Ahora vuelvo! - refunfuñó dejando apoyada la fregona en el cubo.
Recorrió rápidamente al pasillo central. Sacó su tarjeta y empujó la puerta del laboratorio con el hombro, entrando como un elefante en una cacharrería. Y al instante se quedó clavado en seco: El panorama era digno de ser observado. Nico daba vueltas por el laboratorio como un hámster con ansiedad, pasándose las manos por el pelo, murmurando cosas incomprensibles, esquivando mesas y taburetes como si el suelo fuera lava. Gabi, en cambio, estaba plantado frente a la puerta del baño, gritando como un poseso, con las dos manos aferradas al pomo, un pie firmemente apoyado en el suelo y el otro empotrado contra la pared, haciendo palanca como si intentara contener a un demonio de la mitología medieval.
  • ¡Te digo que no sé qué hacer, joder! - gritaba Nico consultando un ordenador.
  • ¡Pues piensa algo! - chillaba Gabi, tirando con más fuerza - ¡Que para eso eres el puto científico!
Gustavo parpadeó. Una vez. Luego otra. Se acercó despacio, con ambos puños apretados por precaución, sin que ninguno de los dos reparara en su presencia. Observó la escena con la cabeza ladeada, como quien intenta entender un truco de magia mal hecho. Entonces se fijó en la puerta. Desde dentro alguien intentaba salir desesperadamente. Escuchó una voz femenina, alterada, urgente, casi suplicante. “¿Pero qué…?”, Gustavo frunció el ceño. Otro tirón, aún más fuerte. La puerta se abrió lo justo para que abriera los ojos como platos.
  • ¡¡¿QUÉ COJONES ESTÁ PASANDO AQUÍ?!!
El grito resonó por todo el laboratorio. Nico pegó un salto tan brusco que casi se lleva por delante todo el instrumental de la mesa. Se quedó rígido, pálido, con la boca abierta como un pez fuera del agua. Gabi, sobresaltado, perdió el apoyo del pie contra la pared, resbaló y cayó de culo al suelo con un golpe seco y nada digno. En ese preciso instante, la puerta del baño se abrió de golpe. Gustavo miró. Y se quedó mirando. Su expresión pasó del desconcierto al asombro… y del asombro a algo mucho más oscuro, torcido y peligrosamente divertido. Una sonrisa lenta, feroz y maliciosa se le dibujó en la cara, de esas que no auguran nada bueno. Nico tragó saliva.

Gabi, aún en el suelo, supo en ese instante que las cosas acababan de ponerse mucho, muchísimo peor.

Cuando la puerta del lavabo cedió fue acompañada de un suspiro, y de la penumbra emergió una visión que parecía renderizada en alta definición, fuera de lugar en aquel laboratorio aséptico. Laia avanzó con un contoneo rítmico, casi hipnótico. Sus enormes pechos botando como si desobedecieran a las leyes de la gravedad. Sus pies, arqueados de forma permanente, golpeaban el suelo con un taconeo invisible mientras su cuerpo - esa silueta de reloj de arena hiperfemeninizada - vibraba con cada paso. Nico, al fondo de la sala, se concentró en seguir buscando un antídoto, alguna solución, lo que fuera, pero sus ojos se desviaban irremediablemente hacia ella, un zumbido molesto creciendo cada vez más en su entrepierna.

Gabi, aún en el suelo, se apartó mientras ella avanzaba, sin poder creer lo que veía. Laia lo contempló, desde arriba, al pasar por delante de él. Con esa mirada vacía y esa sonrisa plastificada, siguió avanzando hasta que se detuvo frente a Gustavo, que permanecía en el centro de la estancia.
  • Hola guapo - dijo, con una voz diferente, más aguda y despreocupada.
Sus ojos medio cerrados fueron directos a su paquete, con una expresión juguetona.
  • Parece que te alegras de verme - añadió, con una risa ligera, mientras con un dedo recorría su cuerpo de arriba abajo.
Gustavo intentó hablar, pero las palabras no le salían.
  • Es.. espera un segundo… yo… yo te conozco - balbuceó finalmente - Pe… Pero estás… estas muy… muy diferente…
  • No cariño… estoy genial - respondió ella, girando sobre sí misma con un gesto exagerado.
Gustavo la violó con la mirada y se puso a cien. Mientras Nico, temiendo lo que pudiera hacer aquel viejo enfermo y pajillero, se acercó corriendo, visiblemente molesto.
  • ¡Ni te acerques a ella! - gritó levantando el dedo - ¡Ni se te ocurra!
Laia lo miró con una expresión de leve irritación.
  • Siempre tan aburrido, Nico - respondió.
Luego se volvió hacia Gustavo, con una sonrisa amplia.
  • No le hagas caso…
  • No lo voy a hacer, nena - sonrió él de forma perversa sin apartar la vista de sus inmensos melones.
Laia dejó escapar una sonrisa traviesa y se acercó peligrosamente a él.
  • ¿No crees que es hora de divertirnos un poco, cariño?
Gustavo, aún perplejo por el cambio en ella y al sentir el contacto de sus dos descomunales tetas, no supo qué responder, pues la sangre no le llegaba al cerebro. Ella le tomó su mano y lo arrastró hacia el baño, con la intención de follárselo hasta dejarlo seco. Y mientras Nico ayudaba a Gabi a ponerse en pie, los dos miraron absortos como aquel inmenso culo cruzaba el umbral, y la puerta del baño se cerraba de nuevo. Nico corrió a abrir la puerta; no iba a permitir que aquello sucediera. Era inmoral, no estaba bien. Laia no era consciente de lo que hacía, Gustavo era un aprovechado. ¡Era Laia, maldita sea! ¡Su Laia!
  • ¡Me cago en dios! - blasfemó al darse cuenta de que habían pasado el pestillo.
  • ¡¿Por qué se han encerrado?! - preguntó Gabi, probando a girar el pomo con torpeza.
  • ¡¿Para qué va a ser, joder?! - Nico estaba fuera de sí - ¡Piensa un poco, Gabi! - Salió corriendo buscando algo contundente - ¡Gustavo la va a violar!
  • ¡¿Violar, pero qué dices?! ¡Si ha sido Laia quien se lo ha llevado para dentro!
  • ¡Cállate, hostias! ¡Y ayúdame a tirar la puerta abajo!
A partir de ese momento, el laboratorio se convirtió en un circo. Gabi tomó carrerilla y lanzó la primera patada, que sonó más hueca que contundente. Luego retrocedió dos pasos y volvió a intentarlo, ahora con el hombro. Rebotó, literalmente, soltando un quejido de dolor. Nico, mientras tanto, había agarrado un extintor como quien empuña Excalibur y descargaba golpes quirúrgicos - o eso creía - contra la manilla, sudando como si estuviera desactivando una bomba.
  • ¡Otra vez! ¡Dale más fuerte! - gritaba Nico.
  • ¡Eso hago, joder! - respondía Gabi, alternando patadas, empujones y algún puntapié mal dirigido.
Pero aquella maldita puerta se resistía con una dignidad insultante. Del otro lado llegaban ruidos apagados, divertidos, una mezcla de prisas, jadeos y golpes irregulares que a Nico le sonaban a tragedia y a Gabi, cada vez más, a otra cosa que prefería no verbalizar: Envidia.
  • ¡Laiaaaa! - rugió Nico, levantando el extintor por encima de la cabeza.
La urgencia era absoluta a ambos lados de la madera. Fuera: desesperación, miedo, rabia, adrenalina. Allí dentro… una urgencia distinta: rítmica, ajena al drama, como si el mundo exterior no existiera. La puerta temblaba, los golpes se aceleraban, y el laboratorio entero parecía contener la respiración, atrapado entre dos realidades incompatibles que estaban a punto de chocar.
  • ¿Te gusta guapo? - preguntó Laia con la punta del capullo cerca de su boca entreabierta.
  • Siiii nenaaa… no pares - gruñó Gustavo salivando en exceso.
Él con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos estaba sentado en la taza del wáter. Con una mano la sujetaba del pelo y acompañaba los movimientos de su cabeza. Pensando que aquella era la mejor mamada que le habían hecho en la vida.
  • Jodeeer… ¿Pero dónde has aprendido a chuparla así? - sonrió mientras se ponía cómodo.
Laia no contestó, simplemente abrió más la boca y bajó hasta el límite. Sus labios rosados e hinchados rozando sus dos huevos, duros y llenos de aquel néctar que tanto deseaba saborear. Gustavo echó la cabeza hacia atrás, sintiendo como todo su cuerpo se estremecía. Mientras, con la otra mano sujetaba su móvil, grabando toda la escena como si fuera un documentalista del National Geographic.
  • Vaya pedazo de puta estás hecha… - vociferó Gustavo cada vez más encendido - Te voy a dejar tan llena de lefa que vas a necesitar cinco duchas seguidas para quitártela.
Irremediablemente, Nico lo escuchó y dejó de golpear al instante. El extintor rodó por el suelo, con un sonido metálico. El sonido de la derrota, del que ha dejado de luchar. Cayó al suelo, como si hubiera sido herido de muerte y se sentó sobre él, la espalda apoyada contra la puerta del baño. Gabi que aún seguía intentando derribarla, se detuvo al verlo. No hicieron falta preguntas aquella vez, tan solo con verlo supo lo que sucedía. La cabeza gacha, los hombros caídos, las lágrimas saliendo sin permiso. Se sentó a su lado, sin saber muy bien que decir ni que hacer, así que simplemente se quedó allí, a su lado, como si fueran dos discípulos del viento, esperando a que llegara la calma. Y mientras Gustavo, apunto de llegar al orgasmo, grababa como aquella mujer - plastificada y de mirada estúpida - le hacía una cubana con sus dos enormes pechos, Nico sacó del bolsillo de su bata la probeta que había desatado aquella locura. Contempló sin pestañear ese líquido azul - tan extraño, tan viscoso -, intentando recordar de donde lo habían sacado. ¿Como consiguieron ese extracto?, ¿de donde provenía?… porque de algún lado debía haber salido.
  • ¿Que cojones es? - preguntó Gabi, observando aquel azul intenso - ¿Y como ha conseguido que Laia se convierta en… en… en lo que cojones que sea ahora?
  • No lo sé colega… - murmuró, realmente abatido.
Nico cerró los ojos un segundo. El ruido del laboratorio, los jadeos amortiguados tras la puerta, el zumbido lejano de los fluorescentes… todo se fue apagando, como si alguien hubiera bajado el volumen. Se vio a sí mismo desde fuera: derrotado, hundido, con la espalda apoyada contra una puerta que no podía - ni quería - abrir. Y, sin embargo, debajo de aquel peso había algo que no se había roto: Laia.

No la imagen deformada de ahora, no la muñeca, no la burla cruel del azar químico. Laia como siempre había sido: indomable, rápida, brillante, peligrosa incluso, pero dueña de sí misma. La recordó riendo con la boca llena - pero de comida, no de lo que cojones tuviera en ese momento metido -, la recordó maldiciendo con gracia, mirándolo como si el mundo fuera un reto más al que había que plantarle cara. Esa Laia no podía quedarse atrapada en ese cuerpo, no podía quedar reducida a una estúpida bimbo ninfómana.

El abatimiento empezó a ceder, no de golpe, sino como cede el miedo cuando se transforma en rabia fría. No era resignación lo que sentía ahora, sino una idea afilándose despacio. Si aquello tenía un origen, también tendría un camino de vuelta. Si algo la había cambiado, algo podría deshacerlo. La ciencia no era magia, tampoco era destino. Abrió los ojos. La probeta seguía allí, azul, densa, casi burlona. La sostuvo con más fuerza, tanto que sus nudillos palidecieron y el cristal crujió apenas, una advertencia mínima. Respiró hondo. Ya no temblaba. “No lo sé”, había dicho. Pero ahora sí sabía algo. Alzó la mirada, la mandíbula firme, y apretó la probeta con una determinación nueva, peligrosa, absoluta.
  • Pero juro que lo descubriré.
Como el Flúor, grabándose en la memoria con la agresividad de un ácido, una transformación irreversible que no dejará nada tal como estaba. Esta historia continuará...
 
Gustavo es un ser repugnante , asqueroso y que se merece lo peor.
Sin embargo Nico ha demostrado ser un buen tío y no se ha aprovechado de ella ante el incidente.
Supongo que pronto encontrarán el antídoto y analizarán lo que han descubierto que es algo muy peligroso.
 
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