Capítulo 10. Neón - Malas decisio(Ne)s
El Neón (Ne) ocupa el décimo lugar de la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del neón con el concepto de las malas decisiones, obtenemos el retrato de una luminiscencia que hipnotiza, pero que no aporta calor ni sustancia. El neón es el elemento del espectáculo y de la noche; es el gas que brilla con más fuerza cuanto más vacío está el tubo que lo contiene.
Las Malas Decisiones según el Neón: El Brillo del Vacío
1. La Atracción de la Oscuridad (Gases Nobles)
El neón es un gas noble, lo que significa que es solitario e inerte. Sin embargo, solo se vuelve protagonista cuando cae la noche y el mundo se oscurece. Las malas decisiones rara vez se toman bajo la luz fría de la razón; necesitan la atmósfera de la noche, el cansancio o la soledad. Como el neón, una mala decisión brilla con un magnetismo irresistible precisamente cuando nos sentimos vacíos o perdidos. Entendemos que su brillo no es una señal de guía, sino un síntoma de que estamos buscando luz en los lugares más solitarios del espectro.
2. La Descarga de Adrenalina (Excitación Electrónica)
Para que el neón brille, debe ser sometido a una descarga eléctrica de alto voltaje que excita sus electrones. Si le quitas la corriente, vuelve a ser un gas invisible y anodino. Una mala decisión suele ir acompañada de un "chispazo" de euforia. Es ese voltaje de adrenalina que nos hace sentir vivos por un instante. Pero tiene una trampa: su brillo depende de un estímulo externo constante. No es una luz propia; es una reacción ante la crisis. Cuando el voltaje de la fiesta o del impulso desaparece, nos quedamos a oscuras, dándonos cuenta de que el brillo no dejó ningún calor tras de sí.
3. El Tubo que Encierra (Confinamiento y Vacío)
El neón solo es útil si está confinado en tubos de vidrio sellados al vacío. Si el tubo se rompe, el gas se escapa y la luz desaparece para siempre. Las malas decisiones crean una visión de túnel. Nos encierran en una estructura rígida donde solo vemos el color neón del momento. Creemos que estamos en un escenario, pero en realidad estamos atrapados en un circuito cerrado. La complicación surge cuando el "tubo" de nuestra vida se rompe por las consecuencias; entonces descubrimos que la decisión no tenía cuerpo, era solo un gas que se disipa en la atmósfera sin dejar rastro.
4. El Color de la Advertencia (Rojo Neón)
El color natural del neón al iluminarse es un naranja rojizo intenso. En la cultura urbana, es el color de los distritos prohibidos y de los carteles de "Abierto" en moteles de carretera. Las malas decisiones también vienen con un código de color. Ese resplandor rojizo es una señal de advertencia que decidimos interpretar como una invitación. El neón nos enseña que el peligro a menudo se disfraza de estética "retro" y nostálgica. Elegimos la mala decisión porque es visualmente atractiva, ignorando que el rojo es, universalmente, el color del “detente".
5. La Inutilidad Química (Inercia Total)
El neón no forma compuestos con ningún otro elemento. No se mezcla, no construye moléculas, no ayuda a la vida. Solo sirve para ser mirado. Esta es la naturaleza más profunda de una mala decisión: su esterilidad. No construye futuro, no crea vínculos reales, no se "aleja" con nuestra esencia para mejorarla. Es una experiencia inerte que termina en sí misma. Como el neón, una mala decisión es un espectáculo de un solo actor que nos deja exactamente donde estábamos, pero con los ojos cansados de tanto mirar una luz falsa.
Conclusión: Las malas decisiones, vistas a través del neón, son la geometría del destello. Son momentos de alta intensidad que eligen la apariencia sobre la reacción, y el vacío sobre la estructura. Decidir bajo el símbolo del neón significa preferir el resplandor momentáneo de un cartel publicitario antes que la luz constante de una estrella. Hay que aprender a distinguir entre la luz que ilumina el camino y el neón que solo decora nuestras caídas
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- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
El día de Sofi había transcurrido con total normalidad, un lunes cualquiera, en la misma ciudad gris y calurosa, en el mismo trabajo aburrido y rutinario. El mismo desayuno con Fani, a la misma hora de siempre, en el mismo bar de toda la vida, con el mismo camarero que su amiga intentaba trajinarse sin descanso. Todo exactamente igual, excepto por una pequeña y hermosa diferencia: su sonrisa. No una cualquiera, sino amplia, verdadera, capaz de iluminar, incluso, aquel lunes de mierda. El día transcurrió lento, más lento de lo normal. Pues Sofi no podía dejar de pensar en volver a casa, en reencontrarse con Gabi, en sentir de nuevo aquella nueva chispa que los consumía cuando estaban juntos. ¿Qué ocurriría esta vez? ¿Un polvo en algún lugar público? ¿Algún juego sexual que los pusiera a prueba? Estaba nerviosa, expectante, atrapada entre la emoción y el miedo a lo inesperado. No sabía como ni donde, solo sabía que iba a suceder, y también que se iba a quitar las bragas antes de entrar en casa.
Cuando llegó a su portal, subió en silencio al ascensor y se levantó la falda, guardando su ansiedad con una sonrisa nerviosa y sus bragas mojadas dentro del bolso; salió al rellano y puso la llave en el cerrojo. Entró en casa, cerró la puerta, y en un instante, como si alguien la hubiera golpeado a traición, su sonrisa se borró de golpe. Gemidos, eso es lo que escuchó. Pero no eran solo de Gabi, sino de otra persona más: una mujer, no cabía duda. Eso fue lo que asesinó su felicidad. Sofi avanzó despacio; los sonidos provenían del comedor, y hacia allí se dirigió. Su mente imaginaba lo peor, los puños cerrados, dispuesta a darse de hostias con quien fuera necesario. La loba surgió de golpe. La luna roja en el cielo. Sofi avanzaba como un depredador, la furia ardiendo en los ojos, la sed de sangre afilando sus colmillos. Pero en cuanto llegó al comedor, como si aquel alguien invisible la hubiera golpeado de nuevo, su furia se desvaneció de golpe. En mitad del salón, con las luces apagadas, y sentado sobre una silla, alguien estaba recibiendo una tremenda felación, pero ese alguien no era Gabi.
- ¿Ni… Nico? - dijo, más que sorprendida - ¿Qué… qué cojones haces?
Nico se puso en pie de golpe, subiéndose los pantalones con torpeza. Más que nervioso. Al hacerlo, Sofi pudo ver de reojo a la mujer que estaba de rodillas, aunque no del todo, a causa de la penumbra de la habitación. Pero sí lo suficiente como para entender perfectamente qué tipo de mujer era.
- ¡¿Y por qué cojones has traído una puta a mi casa?! - gritó sin entender nada - ¡¿Dónde está Gabi?! ¡Gabiiiiiii!
- ¡No está, Sofi! Esto… ¡Dame un segundo y te lo…!
- ¡Gabiiiiii! - volvió a gritar Sofi mientras lo buscaba por toda la casa.
Sofi irrumpió en el dormitorio como un vendaval, encendiendo la luz de golpe.
- ¡Gabi! ¡¿Dónde te has metido?!
Abrió el armario de un tirón, como si esperara encontrarlo como David Carradine, haciéndose asfixia erótica entre las camisas planchadas. Apartó ropa, miró debajo de la cama, levantó incluso el colchón con una fuerza que no sabía que tenía.
- ¡Sofi, espera, por favor! - jadeó Nico entrando detrás - No es lo que parece…
Ella no escuchaba, lo apartó de un empujón. Ya iba camino del baño. Abrió la puerta de una patada con la frialdad de un Terminator entrando en un bar de moteros, solo que en lugar de ropa y una motocicleta, lo único que buscaba era al idiota de su novio.
- ¡Gabi, no te escondas! ¡Sal de una vez!
Corrió la cortina de la ducha, abrió el mueble del lavabo, miró dentro de la lavadora como si él fuera un Hobbit y aquello una madriguera de la Comarca.
- ¡¿Donde estás?! - gritó, más enfadada todavía.
- ¡No está en casa! - intentó explicar Nico, siguiéndola a trompicones - Te lo juro, déjame explicarte…
Pero Sofi ya había salido disparada hacia la habitación del ordenador. Empujó la puerta, vio la pantalla encendida, el escritorio lleno de cables, el cenicero lleno de colillas, la silla vacía. Abrió cajones sin sentido, dio una patada al reposapiés y miró incluso detrás de la puerta, como si Gabi pudiera haberse aplanado contra la pared por pura supervivencia. Nico, detrás, gesticulaba como un director de orquesta desesperado.
- ¡Sofi, por favor, escucha solo un segundo! Esto es muy complicado de explicar, pero…
- ¡COMPLICADO ES LO QUE TE VOY A HACER COMO SIGA SIN APARECER! - le cortó, ya camino de la cocina.
Pasó por enfrente del comedor otra vez, sin quisiera fijarse en Laia - que seguía transformada - y entró en la cocina como una inspectora de asuntos internos pasada de café. Abrió la nevera, preguntándose así misma: “¡¿Qué coño hago mirando aquí?!”, pero ya no descartaba nada. Cerró de un portazo, abrió la despensa, miró detrás de la mesa, debajo de las sillas.
- ¡GABIIIII! - volvió a gritar, la voz rebotando contra los azulejos, los dientes apretados.
Nico se apoyó un segundo en la encimera, derrotado, recuperando el aliento.
- Puedes… puedes… parar un segundo y… escucharme… - susurró.
Sofi se giró lentamente hacia él, con esa calma peligrosa que precede a la tormenta. Su rostro era el mismo de Jack Nicholson en el Resplandor. Solo le faltaba escribir con sangre “REDRUM” en las paredes.
- ¡Más te vale empezar a hablar!
- Vale… - tragó saliva - Pero por favor… sin gritar.
- ¡Habla, joder! - gritó ella más fuerte.
- Solo si prometes que… que no vas… a enfadarte.
- ¡NO PROMETO NADA! - gritó Sofi fuera de sí agarrando un cuchillo - ¡HABLA JODER!
Nico levantó las manos al aire, sin poder apartar la mirada del filo plateado de aquel cuchillo; y supo, en ese instante exacto, que estaba a punto de dar la explicación más difícil de toda su vida. Ya no era solo explicar lo que le había pasado a Laia, ni tan siquiera la vergüenza por la forma en que Sofi lo había encontrado al entrar en casa, sino algo más profundo, más viscoso: la certeza de haber sucumbido a sus instintos más primarios. Él. El mismo hombre que había jurado encontrar una cura para Laia. El que casi había tirado una puerta abajo para impedir que ella se perdiera en los pecados de la carne. El mismo que la había sacado del laboratorio a escondidas y llevado a un refugio seguro donde poder devolverla a su forma normal… Había sucumbido. En su cabeza se había erigido como guardián moral, protector y defensor de Gotham. Y sin embargo, allí estaba. Del otro lado. Como Harvey Dent, cruzando la línea, convirtiéndose en Dos Caras. Se había aprovechado de ella. De su estupidez momentánea, de su brillo artificial, de esa versión plastificada y exagerada en la que se había convertido. Y ahora que el lívido se había evaporado, que el pulso había vuelto a su ritmo normal, solo quedaba la resaca emocional: la culpa, pesada, inmisericorde, clavándole los colmillos.
- ¡Habla de una vez o te rajo el cuello aquí mismo! - gritó Sofi, al borde del colapso - ¡¿Dónde - está - Gabi?!
- ¡Vale, tranquila, joder! - Nico dio unos pasos atrás, instintivamente - ¡Gabi… está… está en casa de Laia!
Aquello no la calmó, para nada. Al contrario, Sofi se tensó aún más. La violencia latente encontró nuevas formas de expresarse. Su mente había dejado de razonar; ya no había lógica, solo imágenes desordenadas y crueles: la primera vez que la vio, en aquella celda, tan cerca de él. La forma en que Gabi la miraba a veces, cuando contó su historia en el bar. Pensó rápidamente en traición, en astas de ciervo brotándole de la frente, promesas rotas, su novio en los brazos de otra, entre las piernas de aquella zorra.
- ¡¿Y qué hace en casa de Laia, si se puede saber?!
- No es lo que tú piensas… - intentó sofocar Nico, con la voz temblorosa - Cálmate, por favor…
- ¡¿QUÉ—HACE—CON—LAIAAAAAA?! - bramó, avanzando un paso, amenazante, el cuchillo tenso en sus manos.
- Ha ido… ha ido a ver cómo estaba su madre. Solo eso…
- ¡¿Su madre?! - repitió Sofi, confundida, bajando apenas un par de decibelios - ¡¿Y por qué no ha ido Laia?!
Nico tragó saliva.
- Porque Laia está aquí, Sofi…
- ¡¿Aquí dónde?!
- Aquí, guapa…
Sofi desvió la mirada hacia la puerta de la cocina. El cuchillo cayó de sus manos al instante. Los ojos se le abrieron como dos lunas llenas gemelas, la mandíbula quedó desencajada y las piernas comenzaron a temblarle sin control. ¿Aquello… eso… esa era Laia? No podía ser. Era imposible. Nada tenía sentido. La recorrió con la mirada de arriba abajo, como si necesitara confirmarlo varias veces para creerlo: la melena rubia platino, los ojos semicerrados, los labios rosados e hinchados, los pechos como globos tensos, la cintura estrecha, esas caderas imposibles, casi obscenas. Volvió a mirarle el rostro. Era ella. Era Laia. Y, al mismo tiempo, ya no lo era.
- ¿Qué…? - fue lo único que logró articular.
Tragó saliva. Se quedó muda. Laia avanzó hacia ella, satisfecha por tener ahora la atención completa de los dos. Su mente nublada solo era capaz de sostener una idea: no importaba si era hombre o mujer; su propósito no era otro que ser observada, deseada, provocar placer. Pero Dos Caras - esta vez - pareció recordar quién había sido antes de caer en desgracia. Actuó sin pensarlo. Sacó una jeringuilla del bolsillo, se abalanzó sobre ella y se la clavó en una teta. El sedante hizo efecto de inmediato. Laia se desplomó en el suelo de la cocina, inconsciente, con una sonrisa estúpida aún dibujada en el rostro.
Nico respiró aliviado. No había sido un gesto heroico. Había sido puro instinto de supervivencia. Por un segundo, su mente se había llenado de imágenes y suposiciones; como si fuera Doctor Strange viendo una infinidad de posibles futuros: Sofi cayendo también bajo aquellos encantos, él siguiéndola sin poder oponer resistencia, la escena desbordándose fuera de control. Imaginó a Gabi regresando a casa y encontrándose a los tres en plena faena. Y entonces lo entendió. El cuchillo que sostenía Sofi, apenas hace unos instantes, ya no sería solo una amenaza, sería la prueba de un homicidio en primer grado.
- ¿Es ella? - preguntó Sofi de rodillas, sin atreverse a tocarla - ¿De verdad es Laia?
- Me temo que sí…
- ¿Pero… pero… Como?
- No se muy bien como explicarlo… - dijo Nico con una media sonrisa - Pero, lo intentaré.
Entre los dos la llevaron hasta el comedor y la acomodaron en el sofá, con cuidado, como si fuera dinamita: frágil y peligrosa a la vez. Laia se quedó dormida casi al instante, respirando lento, con esa sonrisa boba aún prendida al rostro, ajena al terremoto que había provocado. Nico arrastró la silla donde antes… ¡bueno!, ya sabemos todos lo que estaba haciendo antes; y se sentó frente a la mesa, abrió el portátil con manos nerviosas y lo desbloqueó. La pantalla iluminó su cara ojerosa. Sofi se sentó a su lado, sin quitarle ojo, ni a él ni a Laia. Él se lo explicó todo. O casi todo. Omitió el detalle exacto del origen del desastre, maquilló los hechos, esquivó la confesión de amor como quien bordea un campo minado. Aun así, todo lo demás fue debidamente explicado: la metamorfosis, la perdida de inteligencia, la escena del baño, el incidente con Gustavo, la forma en que Gabi y él la sacaron del laboratorio y se llevaron a casa… y mientras, Sofi no paraba de preguntar. Cada dos o tres segundos lanzaba una nueva, y entre pregunta y pregunta giraba la cabeza para observar aquel cuerpo curvilíneo, brillante, imposible.
- ¿Y se va a quedar así para siempre?
- Eso mismo estaba investigando antes de…
- ¿Antes de que te la estuviera chupando en el salón de mi casa, dices? - lo cortó, afilada - Lo que has hecho es una cerdada, Nico.
- Yo… yo no…
- Tío, te has aprovechado de ella.
Aquello fue el golpe definitivo. Nico se hundió en la silla, como si de pronto le hubieran puesto encima todo el peso del mundo. La culpa le cayó sobre los hombros, densa, asfixiante.
- No pude… - murmuró - Lo intenté, te lo juro. Pero no pude frenarla. Insistía tanto que… que no pude resistirme.
Sofi no respondió. Se giró otra vez hacia Laia. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. Sintió como su coño se humedecía, recordó que no llevaba bragas y se cruzo de piernas.
- En cierto modo… - dijo tras tragar saliva - te entiendo.
- ¿Lo dices en serio?
- Es raro, pero sí - continuó, sin apartar la mirada - Nunca me han atraído las mujeres, y esas curvas tan exageradas… no las encuentro ni atractivas. Pero hay algo… no sé cómo explicarlo.
Hizo un gesto con la mano, buscando la comparación adecuada.
- Es como si… como si su piel, ese brillo… me atrajera. Como si yo fuera una polilla, ¿sabes? Y ella una luz enorme. Como ese cartel de la Gran Vía…
- ¿Qué cartel? - preguntó él mientras revisaba los apuntes que había dejado sobre lames.
- Ese que pusieron nuevo. Un neón enorme, azul… - frunció el ceño - Joder, el de la marca esa de bebidas energéticas… ahora no recuerdo su nombre. Esa que tuvo problemas porque decían creaba adicción, hostias…. Creo que empezaba por M, ¿puede ser?
Nico se quedó inmóvil.
- Espera un segundo - dijo de pronto.
Sofi se giró hacia él.
- ¿Sabes cuál te digo?
- No, no… - Nico levantó un dedo - ¿Qué acabas de decir?
- Que creaba adicción…
- No, joder, antes de eso.
- El anuncio de una marca de bebidas ener…
- ¡Antes!
- ¿Lo del neón azul?
- ¡Sí! ¡Eso! - Nico se levantó de golpe, la silla chirrió - ¡Las polillas, el neón… eso es!
Empezó a pasearse por el comedor, gesticulando, con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de ver el universo encajar. Sofi lo observó en silencio, sin entender que demonios estaba haciendo.
- ¿Qué pasa ahora? No te sigo, Nico.
- ¡¿No lo entiendes?! ¡Azul. Las polillas. El neón! - se detuvo en seco, la miró con una sonrisa desbordada, casi febril - ¡Ya sé lo que es!
Se llevó las manos a la cabeza, riendo, al borde del grito.
- ¡Joder! ¡Claro! ¡¿Como cojones no lo he visto antes?!
- Esto… ¿Te importaría decirme que coño está pasando?
- ¡Azul Sofi! ¡El puto neón azul!
- Si vale, ya lo he entendido, pero…
Nico no tardó ni un segundo más.
- ¡Mycena Neonfaucis! - exclamó en voz alta, saboreando cada sílaba como si acabara de pronunciar un conjuro antiguo - ¡Las Fauces de Neón!
Se sentó frente al ordenador de un tirón, apartando papeles, abriendo carpetas, tecleando con una urgencia casi febril. La pantalla se llenó de notas, esquemas a medio hacer, números, fórmulas, fotografías borrosas tomadas en condiciones imposibles.
- Aquí estás… - murmuró - Sabía que te encontraría.
Hizo clic en una imagen y la amplió.
- ¡¿Una seta?! - preguntó Sofi extrañada.
- No una cualquiera, amiga. La Mycena Neonfaucis es la más extraña de los esporocorpos. Aunque los lugareños no la llaman así, claro - añadió, sin apartar los ojos de la pantalla - Ellos la conocen como Lucero de Cueva o simplemente La Azulita. Nacen en las zonas de selva alta, como en las cuevas de Tingo María, las leyendas criollas dicen que la luz azul es un cebo de los seres del subsuelo para robarle el alma a quien se acerque.
Sofi, todavía medio aturdida por tanta información, se inclinó hacia delante para mirar mejor. La fotografía mostraba un hongo imposible: nacía directamente de la roca húmeda de una cueva, como si la piedra lo hubiera soñado. El sombrero era pequeño y traslúcido, de un azul neón tan intenso que parecía emitir luz propia. Las láminas, finísimas, formaban una geometría casi hipnótica, y el tallo, viscoso y brillante, parecía latir suavemente, como si estuviera vivo de una forma que no correspondía a los hongos.
- Es… preciosa - susurró sin darse cuenta.
- Tan bella como mortal - respondió Nico, girándose hacia ella - Es venenoso… hasta niveles absurdos. Pero no solo eso.
Se levantó y empezó a pasear por el comedor, otra vez con esa energía nueva, eléctrica.
- Es la única seta carnívora conocida de su especie. No caza como una planta, no se mueve tan siquiera… caza con la luz. Ese azul no es casual. Emite una longitud de onda que vuelve locas a las polillas y a los insectos de las cuevas. Las atrae, las hipnotiza. Se acercan creyendo que es una salida, una grieta hacia el exterior… y cuando se posan - Hizo un gesto seco con la mano - Quedan atrapadas en una mucosidad neurotóxica. El hongo las digiere lentamente. Proteínas, lípidos, todo. Se alimenta de sus víctimas.
Sofi frunció el ceño.
- ¿Y se sabe qué hace exactamente el veneno?
Nico negó con la cabeza, sonriendo de lado.
- Ese es el problema. O el milagro. Es tan rara, tan aislada, que apenas se ha estudiado. Crece solo en cuevas muy concretas, a cientos de metros bajo tierra, en zonas del Perú donde ni siquiera llegan los espeleólogos más expertos. Humedad extrema, cero luz solar, ecosistemas cerrados. Es como si no quisiera ser encontrada. Sinceramente, no sé ni como ha podido llegar al laboratorio…
Volvió a la mesa y, casi con reverencia, sacó de su mochila el tubo de ensayo. El líquido azul seguía allí, denso, brillante, idéntico al de la pantalla. Lo sostuvo frente a la luz del monitor, comparándolo.
- Tienes que ser tú… - dijo en voz baja como si hablara con él - no eres sulfato de cobre, ya lo he comprobado, ni complejo de cobre-amoniaco, ni azul de Metileno, ni de Bromotimol…
Sonrió. No una sonrisa alegre, sino la de alguien que acaba de encajar la última pieza de un rompecabezas imposible.
- No hay otra explicación. La mutación en su cuerpo, el brillo de su piel, la atracción que ejerce sobre los demás… - levantó la vista hacia Laia - No fue un accidente cualquiera, compañera. Te contaminaste con algo que no debería haber salido nunca de su cueva.
Cerró el puño alrededor del tubo, con decisión.
- Ahora que sé lo que es… - añadió, con una convicción nueva, peligrosa - también puedo saber como revertir sus efectos
- ¡Vale! ¿Y que hacemos ahora, Nico? - preguntó Sofi.
Él la sujeto de la muñeca, los ojos desorbitados, la sonrisa feroz.
- ¡Al Batmobil Robin! ¡Debemos volver al laboratorio!
Todo sucedió a un ritmo endiablado. La llamada duró menos de un minuto. Frases cortas, palabras clave, silencios cargados. Un “confía en mí” y un “ahora mismo voy” bastaron. Un coche frenando en doble fila. Puertas abiertas. Una muñeca de plástico cargada a trompicones en el asiento trasero, demasiado rígida, demasiado brillante para ser real. Un chaval de mantenimiento que no hacía preguntas, con las manos al volante. Un científico con ojeras y la cabeza en llamas subiendo con prisas. Y una chica sin bragas, sentándose en el asiento del copiloto, la misma chica que - como la mismísima mujer de Arquímedes - había sido la causante del grito exacto en el momento exacto: ¡Eureka!. Aunque esta vez, no hubieron bañeras de por medio. Embrague. Primera. Gas. Noche. Farolas pasando como latidos. Preguntas atropellándose unas a otras, muchas sin respuesta. Pero una dirección clara, grabada a fuego. Aparcar. Descargar. Entrar. Pasar desapercibidos. Nadie mira dos veces a quien camina con decisión. Tarjeta. Puertas que se abren. Pasillos largos. Puertas que se cierran. Sótano. La última puerta. Luces frías. Mesas de acero. Y Nico ya estaba dentro del huracán. Manos en movimiento. Probetas. Ensayos. Fallos. Volver a empezar. Apuntes manchados. Teclas golpeadas. La cabeza echando humo. El móvil vibrando sin parar: mamá, mamá y mamá otra vez. Llamadas ignoradas. El mundo reducido a fórmulas, hipótesis y una obsesión azul.
Mientras tanto, Laia estaba en el suelo, la espalda apoyada contra una de las mesas del laboratorio. Gabi y Sofi la vigilaban de cerca. Sin mirarla demasiado. Porque mirarla era peligroso. Porque la atracción estaba ahí, densa, incómoda, imposible de negar. Un gesto mínimo de Sofi y Gabi lo notó. No llevaba bragas. Silencio. Miradas que antes se esquivaban, ahora firmes la una en la otra. Risas nerviosas. El calor subiendo sin permiso. Más preguntas. Ninguna ejecutada. Y en medio de ese caos acelerado, casi sin aviso, Laia se movió. Un parpadeo. Un suspiro. El sedante empezaba a retirarse. Y el reloj, de pronto, corría en su contra. Todos sabían que pasaría si se despertaba, Gabi y Sofi ni tan siquiera la necesitaban a ella. Estaban ardiendo, a medio paso de encerrarse en aquel cuarto de baño, sin necesidad de la “Azulita”. A ellos les bastaba con sentirse uno cerca del otro.
- ¡Nicoooo! ¡Date prisa! - exclamó Gabi - ¡Se está despertando!
- ¡Voy joder! ¡Casi lo tengo! ¡Dos minutos!
- ¡No tenemos dos minutos! - contestó Sofi observando como Laia abría los ojos de nuevo - Sujétala mi vida, que no se mueva…
Gabi asintió, cada uno la agarró de un brazo. Pero cuando aquel azul intenso brotó en sus ojos y esa sonrisa juguetona volvió a su rostro, tanto uno como el otro, se estremecieron. Eran exactamente - o al menos así se sentían - como aquellos insectos que Nico había descrito. Atraídos hacía aquel brillo, incapaces de resistirse al poder magnético que ejercía sobre ellos.
- ¡Nicoooooo! - volvió a insistir Gabi.
- ¡Ya casi lo tengo! ¡Aguantad un poco más, hostias!
Pero ya era demasiado tarde, Laia levantó el brazo izquierdo, con tanta fuerza que Sofi no pudo detenerla. Pero su mano no buscó golpearla, ni liberarse tan siquiera. Solo buscaba lo único que le importaba: Dar placer. Sofi de cuclillas perdió la respiración cuando notó los dos dedos de Laia entrando sin demasiada resistencia en su coño. Gabi se estremeció, al ver como empezaba a masturbarla. Su novia empezó a gemir al instante, chorreando como una fuente, el suelo lleno de flujo, al instante. En un acto reflejo, por intentar separarla, dejó de sujetarle el brazo a Laia - ¡Mala idea, chaval! -. Al sentirse liberada, ella lo agarró de la cabeza y lo empujó con violencia contra su cueva del placer. Gabi cayó embriagado al instante por el olor, empezando a lamer como un perro obediente.
Nico alzó una nano milésima de segundo la vista de su experimento número 34.
- Maldita sea… - murmuró entre dientes al verlos, dándose más prisa aún.
Volvió a clavar los ojos en la mesa de trabajo y el mundo se redujo a un rectángulo de acero, vidrio y luz blanca. Primero orden. Siempre orden. Clasificó muestras, etiquetó frascos, descartó sin piedad lo que no encajaba. Sus manos se movían solas, con la memoria muscular de años de laboratorio: pipetas, centrífuga, temporizador. Un gesto, un ‘clic’. Otro más. El reloj corría, pero él iba más rápido. Aisló, separó, repitió. Ensayo tras ensayo. Error. Corrección. Anotaciones rápidas, tachones furiosos, flechas que se cruzaban como si el cuaderno fuera un campo de batalla. Ajustó parámetros, cambió temperaturas, esperó segundos que parecían horas enteras. Nada. Otra vez a empezar. Respiró hondo. Reinicio el proceso. Lo redujo a lo esencial. Menos pasos. Menos ruido. Menos precisión. Observó reacciones, descartó lo superfluo, se quedó con el patrón que se repetía como un susurro insistente. Ahí estaba. Siempre había estado ahí.
Sus dedos temblaron, pero no dudó. Filtró. Purificó. Estabilizó. El líquido final reposó unos instantes bajo la luz. Transparente. Calmado. Como si no supiera el caos que estaba a punto de enfrentar. Nico sonrió de verdad por primera vez en horas. Tomó una jeringuilla estéril, aspiró con cuidado, expulsó el aire, comprobó la dosis dos veces. Una tercera, por si acaso. El sonido seco del émbolo fue casi ceremonial. La dejó sobre la bandeja metálica. Lista.
- Ya está… - susurró, más para sí mismo que para nadie - No me falles ahora, amiguito.
Nico sabía que aquello no debía hacerse así. Lo sabía con la misma claridad con la que se sabe cuándo se está cruzando una línea sin retorno. Cualquier sustancia nueva exigía un ritual previo casi sagrado: pruebas in vitro, cultivos celulares, ensayos en modelos biológicos, curvas de toxicidad, márgenes de seguridad. Tiempo. Mucho tiempo. Observación, repetición, error controlado. Después vendrían las microdosis, la monitorización, la espera. La ciencia no perdona los atajos. Pero allí no había tiempo. Solo urgencia. Laia era como la Caja de Pandora, y había que sellarla antes de que lo destruyera todo.
Aquel antídoto casi improvisado, iba a entrar directamente en el torrente sanguíneo de un ser humano sin red, sin garantías, sin un maldito protocolo que lo protegiera. Podía salvarla… o podía matarla. Podía devolverle lo que era… o terminar de romperlo todo. Y aun así, tenía que hacerlo. Porque no hacer nada también era una decisión. Y esa, Nico ya la había descartado. Por primera vez en su vida, rezó. La ironía le golpeó con fuerza: un científico, un hombre de datos, fórmulas y probabilidades, suplicando ayuda a un dios en el que nunca había creído. Pero cuando todo lo demás se agota, solo queda la fe. Aunque sea prestada. Aunque sea desesperada. Aunque sea en medio de un laboratorio.
Se acercó despacio. Se detuvo un segundo. La escena ante él era un caos de cuerpos, respiraciones aceleradas, tensión al límite. Demasiado humana. Demasiado tentadora. Cerró los ojos con fuerza, como quien se arranca a sí mismo del borde de un precipicio. “¡No mires. Hazlo!”, se dijo a si mismo. Clavó la jeringuilla con decisión, sin temblor, como Van Helsing hundiendo una estaca en el corazón de un vampiro. No hubo dramatismo, solo precisión. Ciencia convertida en acto de fe. Empujó el émbolo. Y volvió a rezar. No para que funcionara. Sino para que, pasara lo que pasara después, pudiera vivir con ello. Esperó - ni tan solo ese maldito dios, en el que no creía supo cuanto -, quizás fueron segundos, quizás horas, quizás una eternidad. Y mientras lo hizo, no abrió los ojos ni un solo instante. Esperó como el que cae de un quinto piso, esperando el desenlace inevitable, sin atreverse a mirarlo de frente.
- ¡Funciona! - gritó Gabi de repente.
Nico abrió los ojos lentamente, parpadeando contra la luz del laboratorio, y lo primero que vio fue a Laia. Al principio apenas un cambio sutil: un brillo distinto en sus pupilas, la mirada más alerta, más despierta. Luego, el pelo rubio que se había vuelto casi artificial, volvió a su tono oscuro natural, ondulado y suave como siempre. Sus labios perdieron aquel volumen exagerado, recuperando la forma y el color de siempre, los ojos volvieron a reflejar inteligencia, chispa y carácter. Incluso su cuerpo, aquel cambio grotesco que había estremecido a todos, se reconfiguró con delicadeza, los pechos volviendo a su tamaño natural, las caderas armonizando, la cintura marcando la misma figura que Nico recordaba de siempre. Se quedó allí un instante, contemplando el milagro que él mismo había provocado, con la respiración entrecortada y las manos aún temblando por la tensión acumulada. Todo estaba volviendo a su sitio. Todo parecía encajar de nuevo, aunque la memoria de lo ocurrido seguía allí, latente y peligrosa.
Entonces, Sofi se levantó de golpe, casi impulsada por la urgencia de sus propios instintos. Agarró la mano de Gabi y se llevó con él.
- ¿A dónde vais? - preguntó Nico, entre sorprendido y divertido, mientras seguía con la vista la trayectoria de ambos.
Gabi se giró un segundo, encogiéndose de hombros y esbozando una sonrisa traviesa, antes de desaparecer tras la puerta que se cerró de inmediato con un portazo. Y entonces llegaron los gemidos, inmediatos, intensos, inconfundibles. Nico no pudo evitar negar con la cabeza, esbozando una media sonrisa. Estaba claro que Sofi no iba a quedarse a medias.
Volvió la vista a Laia, quien aún despertaba tranquila y confiada, mientras él le agarró la muñeca y le tomó el pulso con cuidado. Todo estaba en orden. Por ahora. Un alivio profundo le recorrió el cuerpo, mientras la tensión del momento se disolvía, dejando solo el suave latido de la normalidad recuperada.
- Nico… - dijo Laia volviendo en sí.
Intentó levantarse de golpe, pero sintió que las piernas le flaqueaban.
- Eh, eh… despacio - susurró él, sujetándola - ¿Cómo te encuentras?
- Un poco mareada… como si… como si hubiera bebido demasiado.
- ¿Algo más? - sacó una pequeña linterna cilíndrica, pasándola por sus ojos - ¿Náuseas, dolor, pinchazos, fiebre…?
- No, no… me siento genial - sonrió ella - Solo tengo, un poco de frio…
- Ten, ponte esto - Nico le acercó una bata de laboratorio, ayudándola a vestirse - ¿De verdad que te encuentras bien?
- Si pesado… - sonrió ella - En realidad, te diría que jamás me he sentido tan bien. ¡Menudo día, ¿eh?!
Nico se puso nervioso al instante al escuchar aquellas palabras.
- ¿Re… recuerdas algo… de lo que… de lo que ha pasado?
- ¡Sí, claro! - Laia empezó a reír.
- ¿Todo? - preguntó Nico, sintiendo el auténtico terror recorrer su cuerpo.
- ¡Oye, Nico! No pasa nada… si no hubiera querido, no lo hubiera hecho - sonrió restándole importancia, para luego añadir con un leve guiño de ojo - Que pena que Sofi nos pillara en plena faena.
Él se puso rojo como un tomate, sin saber dónde meterse, sin saber qué pensar. Hasta aquel momento había creído que había abusado de ella, y ahora le acababa de confirmar que, en todo momento, había estado consciente. ¿Qué quería decir con eso de “si no hubiera querido”? ¿Acaso le había gustado? ¿Era eso? ¿Le quería? ¿Era mutuo? “No, no puede ser… pero si cuando se lo confesé, salió corriendo”, pensó.
- Pero… Laia, no… no eras tú.
- ¡¿Cómo que no era yo?! Pues claro que lo era…
- No lo eras, tu cuerpo cambió…
- ¡¿Pero qué chorradas dices, Nico?!
- Se te pusieron los… los…
- ¡¿Los qué?! - preguntó nerviosa. La auténtica Laia había vuelto por fin.
- Los pechos, joder… se te pusieron así de grandes - gesticuló él exageradamente.
- ¡Sí, ya! ¡Ojalá, chaval!
Nico parpadeó varias veces, intentando procesar la avalancha de información. La sensación de vergüenza y alivio se mezclaban en su pecho como agua hirviendo. Por un momento, se quedó inmóvil, observando cómo Laia se levantaba con una naturalidad que él aún no podía comprender del todo. Sus manos temblaban ligeramente mientras la ayudaba a sentarse en un taburete, y por un segundo se preguntó cómo podía un solo cuerpo haber sido capaz de provocar tanto caos, confusión y placer al mismo tiempo.
- No te estoy tomando el pelo, te lo prometo. Se te puso el culo enorme, los labios hinchados, una cara de estúpida que… - intentó explicarse.
- ¡Oye, imbécil! - lo interrumpió Laia con un codazo y una carcajada - ¡Aquí el de la cara de bobo eres tú, no yo!
Nico tragó saliva, girando la mirada hacia otra parte, mientras ella seguía riendo, ligera, como si nada hubiera pasado. Y entonces él recordó algo. Su rostro se puso rígido.
- ¡Laia, te digo que no eras tú! - le reprochó - ¿Cómo explicas entonces lo que hiciste con Gustavo?
- Me apetecía… - respondió ella despreocupada.
- ¡¿Con Gustavo?! ¿En serio? - Nico puso cara de asco, no podía creérselo.
- ¡Siii! ¡En serio! - contestó en tono burlón, divertida - ¿Qué hay de malo, a ver?
El silencio duró apenas un segundo, roto por la necesidad que le surgió a Nico, la pregunta que llevaba rondándole por la cabeza desde hacía rato.
- ¿Y… y conmigo…? - musitó, rojo como un tomate, mirando al suelo.
Laia lo observó como siempre lo hacía, con esa mezcla de complicidad y picardía, y soltó una carcajada grave, profunda, que le recorrió todo el cuerpo.
- ¡Nico, tú eres el claro ejemplo de que Dios aprieta, pero no ahoga!
- ¡¿Qué quieres decir con eso?! - preguntó él, entre nervioso y ofendido, sin atreverse a mirarla demasiado rato directamente a los ojos.
- Pues que todo lo que la vida te ha negado de cintura para arriba… te lo ha compensado de cintura para abajo - La risa se volvió salvaje, incontrolable.
Nico se encogió, los mofletes rojo magenta, con los hombros tensos y las manos temblorosas. Por un segundo, quiso desaparecer bajo el suelo del laboratorio. Y justo entonces, Laia se detuvo en seco, como si algo le viniera de golpe a la cabeza.
- Escucha… ¿dices que mi cuerpo mutó?
- Sí, aunque no me creas - contestó Nico, todavía incómodo.
- El cerdo de Gustavo me grabó en el baño mientras lo hacíamos… Así que si dices la verdad, lo sabremos pronto.
- ¿No te basta con mi palabra? - preguntó él sin saber ya como sentirse.
- ¡Por dios, Nico! - exclamó Laia, dejando un beso en su mejilla - Mira que eres susceptible.
La puerta del baño se abrió de pronto. Laia elevó las cejas al verlos salir, sin poder evitar soltar una risa divertida.
- ¿Qué tal, parejita? Relajados, por lo que veo, ¿no? - dijo, burlona.
Gabi y Sofi corrieron hacia ella, como si su vida dependiera de inspeccionar cada centímetro de piel. La miraban con los ojos abiertos como platos, sin creerse del todo que todo hubiera vuelto a la normalidad. La tocaban con cuidado, como quien acaricia un animal salvaje en un zoo, examinándola de arriba abajo como si fuera un coche recién salido de “Chapa y Pintura”, asegurándose de que todo estuviera en su sitio.
- Vosotros a vuestro rollo, ¡eh! - rió Laia - Ya os cansaréis…
- ¿Cómo te encuentras? - preguntó Sofi, poniendo el dorso de la mano en su frente con cautela.
- Bieeeen… ya se lo he dicho a Nico, me siento genial, mejor que nunca.
- Esto…. - Gabi se rascó la nuca, torpe, sin saber cómo reaccionar ante tanta normalidad repentina - ¿Te ha contado Nico… te ha dicho lo que… lo que…?
Laia no pudo evitar reír al ver que le volvían a hacer las mismas preguntas, una y otra vez.
- Siiii… lo recuerdooooo… - dijo, arrastrando las palabras con diversión.
- ¡¿En serio?! - Sofi se puso tensa de golpe, cruzando los brazos.
- ¿Algún problema, guapa? - preguntó Laia, alzando el mentón, desafiante.
- ¡Pues unos cuantos, sí! - se acercó Sofi - Intentaste tirarte a mi novio en mi propia cara.
- Que yo recuerde no te importó demasiado. Más bien al contrario - replicó Laia con descaro.
Le hizo un gesto obsceno con los dedos, recordándole exactamente lo que acababa de suceder. Pero antes de que la pelea de lobas estallase, Gabi y Nico intervinieron, poniendo paz y arriesgando su integridad física por lograrlo. Montaron un cordón de seguridad alrededor de ellas, alejando la chispa de la gasolina antes de que prendiera todo. Poco a poco, todos se calmaron. En el fondo, no podían enfadarse: los hechos eran los hechos, y además estaban en un maldito laboratorio, templo del empirismo. Aunque Sofi seguía pensando que la situación era muy distinta. Una cosa era actuar poseída por aquel líquido azul, otra muy distinta hacerlo conscientemente. Pero el reciente recuerdo del encuentro con Gabi en el cuarto de baño la mantuvo lo suficientemente relajada como para guardar las uñas y, de momento, respirar sin saltar a la yugular.
- Solo tengo una pregunta - dijo de repente Laia - Y es paraaaaaa… ¡Nico!
Dijo divertida como si estuviera en un concurso de televisión.
- A ver… ¿cual? - respondió él enviándole un mensaje a su madre de que todo iba bien.
- Eso que me has pinchado… dices que me ha devuelto a la normalidad, ¿verdad?
- Sí…
- Entonces… Si has descubierto una “cura” - sonrió haciendo el gesto de las comillas con los dedos - Es que conoces la “en-fer-me-dad”, ¿verdad?
- Si lo que preguntas es que ha causado todo este caos… Sí. Conozco al responsable.
- ¡Genial! - sonrió ella.
- ¿Genial? - preguntó Gabi sin comprender.
- Si… porque quiero más.
- ¡Tu estás chalada! - bufó Sofi.
- No, guapa… Soy una visionaria. Lo que pasa es que no estás a mi nivel… y posiblemente jamás lo llegues a estar.
- ¡Tengamos la fiesta en paz, por favor! - exclamó Gabi poniendose en medio.
Nico la miró fijamente, la conocía demasiado bien: esa sonrisa endiablada, esa mirada perspicaz, Laia había entrado en modo “Business”. Y cuando aquello ocurría, no había valiente capaz de pararla.
- ¡Ni lo sueñes! - dijo secamente.
- Venga Nicoooo no seas aburrido, te lo pido por favoooor…
- ¡Laia, No! Es una maldita locura. Una cosa es vender antidepresivos o opiáceos… esto es peligroso, está a otro nivel.
- Precisamente por eso hay que empezarlo a vender… porqué está a otro nivel.
- ¿En serio estamos discutiendo esto? - preguntó Sofi.
- Esto no va contigo, guapa. Es un asunto entre él y yo.
- Perdona Laia, pero Sofi tiene razón. Y Nico también… Si hubieras visto lo que nosotros hemos visto, no estaría diciendo jilipolleces.
- Y si tu hubieras sentido lo que yo he sentido, te estarías metiendo lo que cojones sea esa mierda azul por la vena ahora mismo en cantidades industriales…
La forma en que lo dijo, su seguridad, su mirada. Hicieron dudar a Gabi.
- ¿Tan bueno era? - preguntó de repente, sintiendo genuina curiosidad.
- ¡Cariño! ¿Pero que haces? - replico Sofi mosqueada.
- Solo pregunto, mi vida… Siento curiosidad.
Laia se cruzó de brazos, los miró a los tres, como quien ya ha ganado antes de empezar a jugar.
- Solo os diré una cosa… Quizás mi vida sea un desastre, no lo niego. Pero si algo tengo es un sexto sentido para los negocios…
- ¡Doy fe! - respondió Nico absorto con los mensajes de su madre - Pero sigo diciendo que es peligroso.
- ¡Todo lo que vale la pena lo es! Pero si conseguimos hacerlo bien - hizo una pausa asintiendo con la cabeza - ¡Nos haremos ricos!
- ¿Como de ricos? - preguntó Sofi con los ojos iluminados.
- Nena… muy… pero que muy… ricos.
Como el Neón, brillando en la oscuridad de un callejón con una luz artificial y perfecta, una promesa radiante que no necesita a nadie más para existir. Esta Historia continuará...