Silvia (44) y sus primeros pasos exhibiéndose delante de otros hombres.

AltPen77

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Hace unas semanas tuvimos una filtración bastante molesta en el baño y llamamos a un fontanero. Vino un chico joven, de unos 28-30 años, muy educado y bastante tímido. Era de esos que hablan poco, trabajan con la cabeza baja y evitan mirar directamente a la gente. Llevaba una camiseta gris ajustada y pantalones de trabajo, y se movía con mucho cuidado dentro de casa.

Llevábamos meses Silvia y yo fantaseando con la idea de que ella se exhibiera un poco delante de otros hombres. En la cama, cuando se lo susurraba despacio al oído, ella se excitaba mucho, se le aceleraba la respiración y se mojaba de verdad, pero siempre me decía que le daba mucha vergüenza y que no sabía si sería capaz. Ese día decidió probar, aunque fuera de forma sutil y gradual.

Silvia se preparó con calma. Se puso una camisa blanca de botones bastante ancha, sin sujetador, y una falda vaquera que le llegaba justo por encima de la rodilla. La camisa le quedaba suelta, por lo que cualquier movimiento hacía que la tela se abriera suavemente por delante, dejando entrever sus tetitas pequeñas y esos pezones oscuros y pequeños que tanto contrastan con su piel. Sus piernas largas y su culo bien formado se insinuaban con naturalidad bajo la falda. Estaba elegante, sencilla y muy sensual a la vez.

El chico llegó y se puso a trabajar agachado en el suelo del baño. Silvia empezó a entrar y salir varias veces con excusas naturales.

La primera vez entró con un vaso de agua fría. Se quedó de pie a su lado un momento, charlando de forma casual. Cuando se agachó ligeramente para dejar el vaso, la camisa se abrió un poco y dejó ver el nacimiento de sus tetitas. El chico levantó la vista un segundo. Silvia sintió un pequeño cosquilleo de excitación en el vientre. Para él debió de ser solo un vistazo rápido, pero ella notó cómo su propio pulso se aceleraba ligeramente.

Un rato después volvió a entrar, esta vez para preguntarle si necesitaba alguna herramienta. Se agachó más cerca de él. La camisa se abrió bastante más y dejó ver casi toda una teta, con el pezón oscuro claramente visible. El chico se quedó mirando unos segundos más. Silvia sintió un calor intenso subirle desde el estómago hacia el pecho. Notó cómo su pezón se endurecía poco a poco bajo esa mirada tímida. El chico, por su parte, tragó saliva visiblemente; se le notaba el conflicto interno: quería mirar, pero la vergüenza le hacía apartar la vista rápidamente. Sus manos se quedaron quietas sobre la llave inglesa.

La tercera vez fue la que más tensión generó. Silvia entró con una toalla pequeña “por si necesitaba secarse las manos”. Se agachó directamente a su lado, esta vez muy cerca. La camisa se abrió ampliamente y sus dos tetitas quedaron casi completamente expuestas: la forma suave y natural de sus pechos pequeños, la piel clara y esos pezones oscuros y duros por la excitación. El chico levantó la vista y esta vez no apartó la mirada tan rápido. Se quedó contemplando sus tetitas durante varios segundos largos. Silvia sintió una oleada de calor húmedo entre las piernas; su coño empezó a mojarse lentamente, una humedad cálida y constante que le empapaba las bragas. Notó cómo sus pezones se ponían aún más duros, casi tirantes. Levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de él. Hubo un contacto visual claro y prolongado. En ese momento Silvia pensó: “Sabe que estoy dejando que me mire… y yo sé que no puede dejar de hacerlo”. El chico, por dentro, debía de estar luchando: su respiración se volvió más rápida, se puso rojo hasta las orejas y sus ojos iban de sus pezones a sus ojos y de vuelta, incapaz de decidir qué hacer. La vergüenza y el deseo se le notaban en la cara.

Silvia se quedó agachada unos segundos más, disfrutando de esa tensión deliciosa, antes de incorporarse muy despacio, dejando que la camisa se cerrara poco a poco.

Más tarde, mientras el chico terminaba de recoger sus herramientas, Silvia se colocó de pie en la puerta del baño, apoyada ligeramente en el marco, hablando con él de forma casual sobre el arreglo. La camisa se había abierto otra vez por arriba. Desde su posición agachada, el chico tenía una vista privilegiada y directa de sus tetitas y pezones. Volvió a mirar. La mirada fue más larga e intensa. Silvia sintió otra vez esa humedad creciente entre sus piernas y un cosquilleo en los pezones. Mantuvo el contacto visual con él durante varios segundos. Se miraron en silencio. El chico respiraba agitado, con las manos quietas y torpes sobre las herramientas; se le notaba que estaba excitado pero abrumado por la timidez. Silvia, por su parte, sentía una mezcla poderosa de vergüenza propia, poder y excitación: “Está viendo mis pezones duros y yo le estoy permitiendo hacerlo… y eso me está poniendo muchísimo”.

Cuando el chico se marchó y cerró la puerta de casa, Silvia vino hacia mí casi corriendo. Tenía las mejillas encendidas, los pezones todavía marcados contra la tela y la respiración agitada. Me abrazó fuerte y me susurró al oído, con voz temblorosa y baja:

—Dios… me ha visto las tetitas varias veces… y en dos ocasiones nos miramos directamente a los ojos. Sabía que estaba mirando mis pezones, que no podía apartar la vista… y yo le dejé hacerlo. Me he puesto muy, muy cachonda.

Le metí la mano por debajo de la falda y estaba completamente empapada, con una humedad caliente que le bajaba por los muslos. Nos fuimos a la cama y follamos despacio, intensamente. Mientras lo hacíamos, ella no paraba de repetirme al oído, casi gimiendo suavemente:

—Me ha mirado las tetitas… me ha visto los pezones… y yo le sostuve la mirada varias veces… sabía que se estaba poniendo nervioso por mí… eso me ha vuelto loca…

Esa fue la primera vez real que Silvia se exhibió delante de otro hombre. Fue algo pequeño, casi accidental en apariencia, pero totalmente intencionado y muy sensual para nosotros. Se quedó todo el día con esa imagen en la cabeza: las miradas tímidas pero cargadas del chico, esos segundos eternos de contacto visual y la sensación de saber que él había disfrutado (y sufrido) viendo sus tetitas y sus pezones oscuros.

Ahora estamos hablando de si la próxima vez que venga alguien a casa ella se atrevería a ir un poco más lejos…

También hemos tenido otras situaciones de exhibicionismo más suaves y voy a ir contando poco a poco cómo han sido.

¿Qué os parece? ¿Alguien ha vivido algo parecido con su pareja? Me gustaría leer vuestras experiencias.
 
Una situación muy morbosa, es una pasada ese tipo de situaciones, deseando leer más
 
Una situación muy morbosa, es una pasada ese tipo de situaciones, deseando leer más

Hace unas semanas tuvimos una filtración bastante molesta en el baño y llamamos a un fontanero. Vino un chico joven, de unos 28-30 años, muy educado y bastante tímido. Era de esos que hablan poco, trabajan con la cabeza baja y evitan mirar directamente a la gente. Llevaba una camiseta gris ajustada y pantalones de trabajo, y se movía con mucho cuidado dentro de casa.

Llevábamos meses Silvia y yo fantaseando con la idea de que ella se exhibiera un poco delante de otros hombres. En la cama, cuando se lo susurraba despacio al oído, ella se excitaba mucho, se le aceleraba la respiración y se mojaba de verdad, pero siempre me decía que le daba mucha vergüenza y que no sabía si sería capaz. Ese día decidió probar, aunque fuera de forma sutil y gradual.

Silvia se preparó con calma. Se puso una camisa blanca de botones bastante ancha, sin sujetador, y una falda vaquera que le llegaba justo por encima de la rodilla. La camisa le quedaba suelta, por lo que cualquier movimiento hacía que la tela se abriera suavemente por delante, dejando entrever sus tetitas pequeñas y esos pezones oscuros y pequeños que tanto contrastan con su piel. Sus piernas largas y su culo bien formado se insinuaban con naturalidad bajo la falda. Estaba elegante, sencilla y muy sensual a la vez.

El chico llegó y se puso a trabajar agachado en el suelo del baño. Silvia empezó a entrar y salir varias veces con excusas naturales.

La primera vez entró con un vaso de agua fría. Se quedó de pie a su lado un momento, charlando de forma casual. Cuando se agachó ligeramente para dejar el vaso, la camisa se abrió un poco y dejó ver el nacimiento de sus tetitas. El chico levantó la vista un segundo. Silvia sintió un pequeño cosquilleo de excitación en el vientre. Para él debió de ser solo un vistazo rápido, pero ella notó cómo su propio pulso se aceleraba ligeramente.

Un rato después volvió a entrar, esta vez para preguntarle si necesitaba alguna herramienta. Se agachó más cerca de él. La camisa se abrió bastante más y dejó ver casi toda una teta, con el pezón oscuro claramente visible. El chico se quedó mirando unos segundos más. Silvia sintió un calor intenso subirle desde el estómago hacia el pecho. Notó cómo su pezón se endurecía poco a poco bajo esa mirada tímida. El chico, por su parte, tragó saliva visiblemente; se le notaba el conflicto interno: quería mirar, pero la vergüenza le hacía apartar la vista rápidamente. Sus manos se quedaron quietas sobre la llave inglesa.

La tercera vez fue la que más tensión generó. Silvia entró con una toalla pequeña “por si necesitaba secarse las manos”. Se agachó directamente a su lado, esta vez muy cerca. La camisa se abrió ampliamente y sus dos tetitas quedaron casi completamente expuestas: la forma suave y natural de sus pechos pequeños, la piel clara y esos pezones oscuros y duros por la excitación. El chico levantó la vista y esta vez no apartó la mirada tan rápido. Se quedó contemplando sus tetitas durante varios segundos largos. Silvia sintió una oleada de calor húmedo entre las piernas; su coño empezó a mojarse lentamente, una humedad cálida y constante que le empapaba las bragas. Notó cómo sus pezones se ponían aún más duros, casi tirantes. Levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de él. Hubo un contacto visual claro y prolongado. En ese momento Silvia pensó: “Sabe que estoy dejando que me mire… y yo sé que no puede dejar de hacerlo”. El chico, por dentro, debía de estar luchando: su respiración se volvió más rápida, se puso rojo hasta las orejas y sus ojos iban de sus pezones a sus ojos y de vuelta, incapaz de decidir qué hacer. La vergüenza y el deseo se le notaban en la cara.

Silvia se quedó agachada unos segundos más, disfrutando de esa tensión deliciosa, antes de incorporarse muy despacio, dejando que la camisa se cerrara poco a poco.

Más tarde, mientras el chico terminaba de recoger sus herramientas, Silvia se colocó de pie en la puerta del baño, apoyada ligeramente en el marco, hablando con él de forma casual sobre el arreglo. La camisa se había abierto otra vez por arriba. Desde su posición agachada, el chico tenía una vista privilegiada y directa de sus tetitas y pezones. Volvió a mirar. La mirada fue más larga e intensa. Silvia sintió otra vez esa humedad creciente entre sus piernas y un cosquilleo en los pezones. Mantuvo el contacto visual con él durante varios segundos. Se miraron en silencio. El chico respiraba agitado, con las manos quietas y torpes sobre las herramientas; se le notaba que estaba excitado pero abrumado por la timidez. Silvia, por su parte, sentía una mezcla poderosa de vergüenza propia, poder y excitación: “Está viendo mis pezones duros y yo le estoy permitiendo hacerlo… y eso me está poniendo muchísimo”.

Cuando el chico se marchó y cerró la puerta de casa, Silvia vino hacia mí casi corriendo. Tenía las mejillas encendidas, los pezones todavía marcados contra la tela y la respiración agitada. Me abrazó fuerte y me susurró al oído, con voz temblorosa y baja:

—Dios… me ha visto las tetitas varias veces… y en dos ocasiones nos miramos directamente a los ojos. Sabía que estaba mirando mis pezones, que no podía apartar la vista… y yo le dejé hacerlo. Me he puesto muy, muy cachonda.

Le metí la mano por debajo de la falda y estaba completamente empapada, con una humedad caliente que le bajaba por los muslos. Nos fuimos a la cama y follamos despacio, intensamente. Mientras lo hacíamos, ella no paraba de repetirme al oído, casi gimiendo suavemente:

—Me ha mirado las tetitas… me ha visto los pezones… y yo le sostuve la mirada varias veces… sabía que se estaba poniendo nervioso por mí… eso me ha vuelto loca…

Esa fue la primera vez real que Silvia se exhibió delante de otro hombre. Fue algo pequeño, casi accidental en apariencia, pero totalmente intencionado y muy sensual para nosotros. Se quedó todo el día con esa imagen en la cabeza: las miradas tímidas pero cargadas del chico, esos segundos eternos de contacto visual y la sensación de saber que él había disfrutado (y sufrido) viendo sus tetitas y sus pezones oscuros.

Ahora estamos hablando de si la próxima vez que venga alguien a casa ella se atrevería a ir un poco más lejos…

También hemos tenido otras situaciones de exhibicionismo más suaves y voy a ir contando poco a poco cómo han sido.

¿Qué os parece? ¿Alguien ha vivido algo parecido con su pareja? Me gustaría leer vuestras experiencias.
Ummm muy excitante. Me paso pero yo era el chico y ella la mujer de un amigo de mi padre.
 
Me gusto mucho tu historia. Tienes una foto para ver qué veía el chico?
 
Después de las visitas del fontanero, la idea de exhibirme seguía rondándome la cabeza todo el día. Me excitaba recordar aquellas miradas y cómo mi cuerpo reaccionaba. Mi pareja y yo decidimos hacer una escapada corta a finales de marzo para desconectar. Elegimos Tossa de Mar, en la Costa Brava. Sabíamos que en esa época la playa estaría muy tranquila, con poco turismo, sol suave y mucho espacio.

Llegamos un sábado por la mañana. El tiempo era típico de finales de invierno: unos 16-17°C, cielo despejado con alguna nube, y una brisa fresca del mar que hacía que el sol se sintiera muy agradable en la piel. Nos fuimos a la Platja Gran. Había muy poca gente. Extendimos las toallas en una zona bastante apartada, cerca de las rocas.

Yo me puse un bikini negro sencillo, de triángulos pequeños arriba. Como tengo poco pecho, la tela queda bastante suelta y con el fresco o la excitación se me marcan los pezones fácilmente. Me quité la sudadera y me tumbé boca arriba. El sol me calentaba suavemente, pero la brisa marina me ponía la carne de gallina y me endurecía los pezones poco a poco.

Al rato apareció un chico joven (de unos 25-28 años) con su perro, un labrador alegre. Se instaló a unos 15-20 metros de nosotros, en la orilla, y empezó a tirarle una pelota para que corriera con las olas. El chico era atractivo: alto, moreno, con buen cuerpo atlético, brazos fuertes y una sonrisa fácil cuando jugaba con el perro.

Yo me incorporé apoyándome en los codos para mirar. Al hacerlo, la parte de arriba del bikini se me desplazó con la brisa y uno de mis pezones quedó casi al descubierto. Sentí un cosquilleo inmediato. No lo arreglé. Me quedé así, dejando que el sol y el viento me acariciaran los pechos. Mis pezones oscuros y pequeños se endurecieron aún más.

El chico lanzó la pelota y, al girarse, su mirada pasó por mí y se detuvo. Me miró las tetitas y los pezones visibles. Sentí un calor subir desde mi vientre y cómo mi coño empezaba a mojarse lentamente. La humedad era cálida y constante. No me tapé. Dejé que me mirara.

Unos minutos después se acercó un poco más persiguiendo al perro. Volvió a mirar, esta vez más tiempo. Mis dos pezones estaban prácticamente fuera del bikini. La brisa los mantenía duros y visibles. Sentí vergüenza mezclada con un placer intenso. Mi respiración se volvió más profunda y noté que la braguita del bikini se empapaba.

Mi pareja se dio cuenta y me susurró: “¿Te está mirando?”. Asentí con las mejillas ardiendo. En ese momento, mirando al chico jugar con el perro, me giré ligeramente hacia mi pareja y le dije bajito pero con total claridad, casi al oído:

—Hostia… es muy atractivo. Me pone muchísimo. No me importaría que me follara… que me metiera su polla y me follara fuerte mientras tú miras.

Lo dije sin filtro, con la voz un poco temblorosa por la excitación. Al pronunciar esas palabras sentí un latido fuerte y profundo en mi coño. Me mojé tanto que noté cómo se me escapaba un poco de humedad hacia el interior del muslo. Mi pareja se quedó callado un segundo, respirando más rápido, y luego me apretó la mano con fuerza. Se le notaba muy excitado.

Yo seguí mirando al chico mientras imaginaba la escena: sus manos fuertes agarrándome las caderas, su polla abriéndome el coño, follándome delante de mi pareja… La sola idea me tenía chorreando. La brisa seguía endureciendo mis pezones y yo ya no disimulaba: dejaba que quedaran completamente visibles.

El chico siguió jugando un rato más cerca de nosotros. En varias ocasiones nuestras miradas se cruzaron. Yo ya no disimulaba tanto. Mantenía el contacto visual unos segundos más, con el corazón a mil. Sentía una mezcla de pudor y un deseo muy fuerte: una mujer de 44 años confesando que quería que un chico joven y guapo la follara.

Cuando el chico se fue con su perro, yo estaba completamente empapada. Recogimos rápido y volvimos al hotel. En la habitación apenas llegamos a cerrar la puerta. Me quité el bikini y follamos con una intensidad brutal. Mientras me penetraba, no paraba de repetirle:

—Ese chico era tan guapo… Me mojé solo imaginando que me follaba delante de ti… que me metía su polla hasta el fondo… que me corría con él mientras tú mirabas…

Mi pareja estaba desatado. Me preguntó si de verdad querría que pasara, si me gustaría que fuera suave o fuerte, si querría que me llenara el coño… Yo le contestaba todo mientras me corría pensando en esa fantasía.

Esa tarde en Tossa de Mar fue un paso importante. Ya no era solo exhibirme… empecé a verbalizar abiertamente que me atraía la idea de que otro hombre me follara. 🔥
 
Después de la confesión en la playa y de follar como locos en el hotel por la tarde, la excitación no se nos iba del cuerpo. Salimos a dar un paseo y cenamos en un restaurante romántico. Bebimos vino blanco y no paramos de hablar del chico de la playa y de lo que le había confesado.

Luego fuimos a un bar de cócteles muy íntimo. Luces tenues, música suave, ambiente sensual. Nos sentamos en una esquina discreta.

Y entonces lo vi.

El chico de la playa estaba en la barra con dos amigos. Se le veía aún más atractivo de noche. En cuanto miró hacia nuestra mesa, me reconoció. Sentí un golpe de calor intenso en la cara y en el pecho. Mis pezones se endurecieron al instante contra el vestido.

Él me miró directamente y luego bajó la vista lentamente hacia mis tetitas. Con la luz tenue y sin sujetador, se me marcaban claramente los pezones oscuros y pequeños. No me tapé. Dejé que me mirara todo el tiempo que quisiera. Sentí cómo mi coño empezaba a mojarse otra vez, una humedad cálida y espesa.

Mi pareja se dio cuenta y me susurró:
—Es él, ¿verdad?

Asentí. El chico volvió a mirarme varias veces, cada vez más tiempo. Yo empecé a imaginar cosas muy explícitas…

Me veía levantándome, acercándome a él y diciéndole bajito: “Te vi esta tarde en la playa… y no dejo de pensar en que me folles”. Imaginaba que me empujaba contra la pared del fondo del bar, me subía el vestido y me metía su polla gruesa de un empujón, follándome fuerte mientras mi pareja nos miraba desde la mesa. Fantaseaba con que me agarraba del pelo, me daba azotes y me llenaba el coño de leche caliente sin condón, hasta que me chorreara por los muslos. También me imaginaba de rodillas en el lavabo, chupándole la polla con ganas, mirándole a los ojos mientras me follaba la boca y luego corriéndose dentro.

La tensión era brutal. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, mi coño palpitaba más fuerte.

En ese momento mi pareja se acercó y me dijo al oído con voz ronca:

—Ve al lavabo y quítate las bragas. Quiero que estés completamente sin nada debajo cuando vuelva a mirarte.

Me levanté con las piernas temblando, fui al lavabo, me bajé las bragas y las guardé en el bolso. Al volver, el aire fresco me acariciaba directamente el coño mojado. Me senté con cuidado y abrí ligeramente las piernas bajo la mesa. El chico volvió a mirarme, esta vez con más intensidad, como si intuyera que ya no llevaba nada debajo. Yo seguí fantaseando: imaginaba que se acercaba, me metía los dedos en el coño allí mismo y luego me follaba contra la barra mientras todo el bar nos veía.

Cuando salimos del bar, apenas pude esperar a llegar al hotel. Nada más entrar en la habitación, mi pareja me empujó contra la pared y empezó a besarme con fuerza. Yo estaba chorreando. Le quité la camisa y le dije al oído, con la voz temblorosa de excitación:

—Abre las cortinas… Quiero que me folles contra el cristal de la ventana.

Él dudó un segundo, pero se excitó muchísimo con la idea. Abrió las cortinas del todo. La habitación daba a una calle tranquila pero había algunas luces encendidas en otros edificios y se veía la muralla iluminada. Me puso de cara al cristal, me subió el vestido hasta la cintura y me abrió las piernas. Estaba completamente expuesta: tetitas pegadas al frío cristal, pezones duros rozando la ventana, y mi coño empapado brillando bajo la luz de la habitación.

Me folló fuerte desde atrás, agarrándome de las caderas. Cada embestida me empujaba contra el cristal. Yo gemía sin control:

—Fóllame más fuerte… Imagina que es él quien me está follando… Quiero que me vea alguien… Quiero que el chico de la playa me vea así, con la polla dentro…

Mientras me penetraba, no paraba de imaginar al chico de la playa mirándonos desde la calle o desde otra ventana: viendo cómo mi pareja me follaba contra el cristal, viendo mis tetitas aplastadas contra el vidrio, viendo cómo me corrían los jugos por los muslos. La idea de estar expuesta, de que alguien pudiera verme siendo follada, me volvió loca.

Me corrí muy fuerte, temblando contra el cristal, con el coño contrayéndose alrededor de su polla. Mi pareja también se corrió poco después, gruñendo y llenándome por dentro.

Esa noche fue una de las más intensas que recuerdo. Pasamos de exhibirme en la playa y en el bar a fantasear con ser follada delante de otros y a hacerlo literalmente contra una ventana abierta a la noche.

La fantasía está subiendo muy rápido. Ya no sé dónde voy a parar…

🔥
 
Buff, super excitante de nuevo 😅. No parece que nos vayamos a conformar con la exhibición.... Jejejeje
 
Hola de nuevo,

Después de lo de Tossa de Mar empecé a sentir que algo dentro de mí se estaba soltando. La vergüenza seguía presente, pero ya no era solo un freno; se había convertido en una especie de combustible que me hacía temblar. Sin embargo, cada vez que llegaba el momento de actuar, me invadía una contradicción enorme: quería hacerlo… pero al mismo tiempo me moría de miedo y de pudor.

Aquella noche calurosa de julio en Barcelona fue la tercera vez que me exhibí de verdad, y esta vez casi sin reparos… aunque por dentro estuviera hecha un lío.

Me vestí pensando en provocar, pero sin que pareciera intencionado. Llevaba una falda vaquera corta que apenas me cubría la mitad del muslo, una camisa blanca holgada con solo tres botones frontales grandes (muy suelta por arriba), sandalias planas y el collar de cuero con el medallón grande. También llevaba la pulsera tobillera fina. Con esa camisa tan holgada y tan pocos botones, cualquier movimiento hacía que la tela se abriera y dejara ver mis tetitas pequeñas y mis pezones oscuros con mucha facilidad.

Después de cenar fuimos a tomar algo a un bar vasco en el Born. Nos sentamos en la barra, en dos taburetes altos. Yo subí al mío con cuidado. La falda vaquera se me subió bastante y la camisa ya se abría un poco por los botones, dejando entrever el nacimiento de mis tetitas.

Mi pareja me miró y me propuso el juego en voz baja:

—Busca con la vista a alguien que te guste. Ve al aseo, quítate las bragas y vuelve. Cuando te sientes, ábrete un poco de piernas… como si no te dieras cuenta de nada.

En ese momento sentí la primera gran contradicción: una parte de mí se moría de ganas de hacerlo, de sentir esa exposición tan cruda… pero otra parte me gritaba “¿qué estás haciendo, Silvia? Eres una mujer de 44 años, ¿y si alguien te reconoce? ¿y si te juzgan?”. Aun así, asentí.

Miré discretamente alrededor. Uno de los hombres que había cerca de la barra, de unos 35-38 años, moreno, con barba de tres días y buena presencia, me pareció atractivo. No le sonreí, no le mantuve la mirada. Por dentro pensaba: “No puedo creer que vaya a hacer esto… pero quiero que me vea”.

Me levanté y fui al aseo. Una vez dentro, me subí la falda, me bajé las bragas y las guardé en el bolso. Al salir, el aire cálido de la noche me rozaba directamente el coño. Sentí un cosquilleo profundo en el vientre y cómo mi clítoris empezaba a hincharse. Estaba mojada, pero también aterrorizada: “¿Y si alguien se da cuenta de que voy sin bragas? ¿Y si se me nota en la cara lo cachonda que estoy?”.

Volví al taburete alto. Me senté despacio, como si estuviera cansada y buscara una postura cómoda. En ese preciso instante la contradicción fue brutal: quería que me vieran… pero al mismo tiempo deseaba que no me vieran. La falda vaquera corta se me subió bastante y, al acomodarme, la camisa holgada se abrió por los tres botones grandes, dejando que se me viera casi completamente una teta y el pezón oscuro. Abrí las piernas un poco más de lo normal, como quien se relaja sin prestar atención. La falda subió lo suficiente para que, desde el ángulo correcto, se me viera claramente el coño: depilado, labios hinchados y brillantes de humedad.

El hombre moreno miró. Se quedó quieto. Sus ojos bajaron primero a mis tetitas casi al descubierto y luego directamente entre mis piernas. Yo seguí hablando con mi pareja con total naturalidad, como si no me enterara de nada. Por dentro era un caos:

“Dios mío… me está viendo el coño abierto. Me está viendo todo. ¿Cómo puedo estar haciendo esto? Debería cerrar las piernas ahora mismo… pero no quiero. Quiero que siga mirando. Me muero de vergüenza… y sin embargo nunca había estado tan mojada en mi vida.”

Sentía el corazón latiéndome en la garganta. Una vergüenza caliente me subía por el pecho y me ponía las mejillas ardiendo, pero al mismo tiempo un placer profundo y húmedo me inundaba el vientre. Mi coño palpitaba con fuerza. Notaba cómo se me escapaba un hilo lento y caliente de humedad que bajaba por el interior del muslo. Cada vez que respiraba, la camisa se movía y sentía el aire fresco rozándome el pezón duro. Era una sensación eléctrica y contradictoria: quería taparme y huir… pero al mismo tiempo quería abrir más las piernas para que me viera mejor.

No crucé la mirada con él ni una sola vez. Solo me quedé sentada con las piernas ligeramente abiertas y la camisa abierta, dejando que me viera todo. La contradicción era constante: “Soy una mujer adulta, madre potencial, y estoy aquí enseñando mi coño en un bar como si nada… ¿en qué me estoy convirtiendo? ¿Por qué me excita tanto esta humillación?”

Mi pareja me puso la mano en el muslo y me susurró bajito:
—¿Te está mirando?

Asentí ligeramente y respondí casi sin voz:
—Sí… me está viendo las tetitas y el coño entero. Estoy chorreando… y me muero de vergüenza, pero no puedo parar.”

Me quedé así un buen rato. Cada vez que notaba que él miraba (lo sentía en la piel como si me tocara), una nueva oleada de calor y vergüenza me recorría el cuerpo. Mi coño se contraía solo, soltando más humedad. Tenía las tetitas expuestas, el pezón oscuro completamente visible, y yo seguía hablando y bebiendo como si nada. La mezcla de pudor y placer era tan fuerte que casi me mareaba. Una parte de mí quería levantarse y salir corriendo del bar… la otra quería quedarse allí toda la noche, expuesta, sintiendo esa mirada clavada en mi sexo.

Cuando nos fuimos del bar, yo estaba empapada. La falda tenía una pequeña mancha húmeda. En el taxi de vuelta no pude esperar y le pedí a mi pareja que me metiera los dedos. Llegamos al hotel y follamos como animales. Yo no paraba de repetirle, casi sin aliento y entre gemidos:

—Me vio el coño abierto y las tetitas casi desnudas… y yo actué como si no me enterara de nada… me moría de vergüenza… pero nunca había estado tan cachonda en mi vida…

Esa noche en Barcelona fue la primera vez que me exhibí de forma tan descarada y al mismo tiempo tan “inocente”. No busqué su mirada, no coqueteé. Simplemente me mostré… y dejé que me viera todo mientras luchaba conmigo misma.

La fantasía sigue creciendo. Cada vez me cuesta más controlarme… y cada vez me gusta más esa lucha interna.
 
Una pasada de experiencias, que reavivan recuerdos ya lejanos.

Espero seguir leyendo vuestras travesuras por aquí.

Gracias por relatarlas.
 
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