Silvia (44) y sus primeros pasos exhibiéndose delante de otros hombres.

AltPen77

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Hace unas semanas tuvimos una filtración bastante molesta en el baño y llamamos a un fontanero. Vino un chico joven, de unos 28-30 años, muy educado y bastante tímido. Era de esos que hablan poco, trabajan con la cabeza baja y evitan mirar directamente a la gente. Llevaba una camiseta gris ajustada y pantalones de trabajo, y se movía con mucho cuidado dentro de casa.

Llevábamos meses Silvia y yo fantaseando con la idea de que ella se exhibiera un poco delante de otros hombres. En la cama, cuando se lo susurraba despacio al oído, ella se excitaba mucho, se le aceleraba la respiración y se mojaba de verdad, pero siempre me decía que le daba mucha vergüenza y que no sabía si sería capaz. Ese día decidió probar, aunque fuera de forma sutil y gradual.

Silvia se preparó con calma. Se puso una camisa blanca de botones bastante ancha, sin sujetador, y una falda vaquera que le llegaba justo por encima de la rodilla. La camisa le quedaba suelta, por lo que cualquier movimiento hacía que la tela se abriera suavemente por delante, dejando entrever sus tetitas pequeñas y esos pezones oscuros y pequeños que tanto contrastan con su piel. Sus piernas largas y su culo bien formado se insinuaban con naturalidad bajo la falda. Estaba elegante, sencilla y muy sensual a la vez.

El chico llegó y se puso a trabajar agachado en el suelo del baño. Silvia empezó a entrar y salir varias veces con excusas naturales.

La primera vez entró con un vaso de agua fría. Se quedó de pie a su lado un momento, charlando de forma casual. Cuando se agachó ligeramente para dejar el vaso, la camisa se abrió un poco y dejó ver el nacimiento de sus tetitas. El chico levantó la vista un segundo. Silvia sintió un pequeño cosquilleo de excitación en el vientre. Para él debió de ser solo un vistazo rápido, pero ella notó cómo su propio pulso se aceleraba ligeramente.

Un rato después volvió a entrar, esta vez para preguntarle si necesitaba alguna herramienta. Se agachó más cerca de él. La camisa se abrió bastante más y dejó ver casi toda una teta, con el pezón oscuro claramente visible. El chico se quedó mirando unos segundos más. Silvia sintió un calor intenso subirle desde el estómago hacia el pecho. Notó cómo su pezón se endurecía poco a poco bajo esa mirada tímida. El chico, por su parte, tragó saliva visiblemente; se le notaba el conflicto interno: quería mirar, pero la vergüenza le hacía apartar la vista rápidamente. Sus manos se quedaron quietas sobre la llave inglesa.

La tercera vez fue la que más tensión generó. Silvia entró con una toalla pequeña “por si necesitaba secarse las manos”. Se agachó directamente a su lado, esta vez muy cerca. La camisa se abrió ampliamente y sus dos tetitas quedaron casi completamente expuestas: la forma suave y natural de sus pechos pequeños, la piel clara y esos pezones oscuros y duros por la excitación. El chico levantó la vista y esta vez no apartó la mirada tan rápido. Se quedó contemplando sus tetitas durante varios segundos largos. Silvia sintió una oleada de calor húmedo entre las piernas; su coño empezó a mojarse lentamente, una humedad cálida y constante que le empapaba las bragas. Notó cómo sus pezones se ponían aún más duros, casi tirantes. Levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de él. Hubo un contacto visual claro y prolongado. En ese momento Silvia pensó: “Sabe que estoy dejando que me mire… y yo sé que no puede dejar de hacerlo”. El chico, por dentro, debía de estar luchando: su respiración se volvió más rápida, se puso rojo hasta las orejas y sus ojos iban de sus pezones a sus ojos y de vuelta, incapaz de decidir qué hacer. La vergüenza y el deseo se le notaban en la cara.

Silvia se quedó agachada unos segundos más, disfrutando de esa tensión deliciosa, antes de incorporarse muy despacio, dejando que la camisa se cerrara poco a poco.

Más tarde, mientras el chico terminaba de recoger sus herramientas, Silvia se colocó de pie en la puerta del baño, apoyada ligeramente en el marco, hablando con él de forma casual sobre el arreglo. La camisa se había abierto otra vez por arriba. Desde su posición agachada, el chico tenía una vista privilegiada y directa de sus tetitas y pezones. Volvió a mirar. La mirada fue más larga e intensa. Silvia sintió otra vez esa humedad creciente entre sus piernas y un cosquilleo en los pezones. Mantuvo el contacto visual con él durante varios segundos. Se miraron en silencio. El chico respiraba agitado, con las manos quietas y torpes sobre las herramientas; se le notaba que estaba excitado pero abrumado por la timidez. Silvia, por su parte, sentía una mezcla poderosa de vergüenza propia, poder y excitación: “Está viendo mis pezones duros y yo le estoy permitiendo hacerlo… y eso me está poniendo muchísimo”.

Cuando el chico se marchó y cerró la puerta de casa, Silvia vino hacia mí casi corriendo. Tenía las mejillas encendidas, los pezones todavía marcados contra la tela y la respiración agitada. Me abrazó fuerte y me susurró al oído, con voz temblorosa y baja:

—Dios… me ha visto las tetitas varias veces… y en dos ocasiones nos miramos directamente a los ojos. Sabía que estaba mirando mis pezones, que no podía apartar la vista… y yo le dejé hacerlo. Me he puesto muy, muy cachonda.

Le metí la mano por debajo de la falda y estaba completamente empapada, con una humedad caliente que le bajaba por los muslos. Nos fuimos a la cama y follamos despacio, intensamente. Mientras lo hacíamos, ella no paraba de repetirme al oído, casi gimiendo suavemente:

—Me ha mirado las tetitas… me ha visto los pezones… y yo le sostuve la mirada varias veces… sabía que se estaba poniendo nervioso por mí… eso me ha vuelto loca…

Esa fue la primera vez real que Silvia se exhibió delante de otro hombre. Fue algo pequeño, casi accidental en apariencia, pero totalmente intencionado y muy sensual para nosotros. Se quedó todo el día con esa imagen en la cabeza: las miradas tímidas pero cargadas del chico, esos segundos eternos de contacto visual y la sensación de saber que él había disfrutado (y sufrido) viendo sus tetitas y sus pezones oscuros.

Ahora estamos hablando de si la próxima vez que venga alguien a casa ella se atrevería a ir un poco más lejos…

También hemos tenido otras situaciones de exhibicionismo más suaves y voy a ir contando poco a poco cómo han sido.

¿Qué os parece? ¿Alguien ha vivido algo parecido con su pareja? Me gustaría leer vuestras experiencias.
 
Una situación muy morbosa, es una pasada ese tipo de situaciones, deseando leer más

Hace unas semanas tuvimos una filtración bastante molesta en el baño y llamamos a un fontanero. Vino un chico joven, de unos 28-30 años, muy educado y bastante tímido. Era de esos que hablan poco, trabajan con la cabeza baja y evitan mirar directamente a la gente. Llevaba una camiseta gris ajustada y pantalones de trabajo, y se movía con mucho cuidado dentro de casa.

Llevábamos meses Silvia y yo fantaseando con la idea de que ella se exhibiera un poco delante de otros hombres. En la cama, cuando se lo susurraba despacio al oído, ella se excitaba mucho, se le aceleraba la respiración y se mojaba de verdad, pero siempre me decía que le daba mucha vergüenza y que no sabía si sería capaz. Ese día decidió probar, aunque fuera de forma sutil y gradual.

Silvia se preparó con calma. Se puso una camisa blanca de botones bastante ancha, sin sujetador, y una falda vaquera que le llegaba justo por encima de la rodilla. La camisa le quedaba suelta, por lo que cualquier movimiento hacía que la tela se abriera suavemente por delante, dejando entrever sus tetitas pequeñas y esos pezones oscuros y pequeños que tanto contrastan con su piel. Sus piernas largas y su culo bien formado se insinuaban con naturalidad bajo la falda. Estaba elegante, sencilla y muy sensual a la vez.

El chico llegó y se puso a trabajar agachado en el suelo del baño. Silvia empezó a entrar y salir varias veces con excusas naturales.

La primera vez entró con un vaso de agua fría. Se quedó de pie a su lado un momento, charlando de forma casual. Cuando se agachó ligeramente para dejar el vaso, la camisa se abrió un poco y dejó ver el nacimiento de sus tetitas. El chico levantó la vista un segundo. Silvia sintió un pequeño cosquilleo de excitación en el vientre. Para él debió de ser solo un vistazo rápido, pero ella notó cómo su propio pulso se aceleraba ligeramente.

Un rato después volvió a entrar, esta vez para preguntarle si necesitaba alguna herramienta. Se agachó más cerca de él. La camisa se abrió bastante más y dejó ver casi toda una teta, con el pezón oscuro claramente visible. El chico se quedó mirando unos segundos más. Silvia sintió un calor intenso subirle desde el estómago hacia el pecho. Notó cómo su pezón se endurecía poco a poco bajo esa mirada tímida. El chico, por su parte, tragó saliva visiblemente; se le notaba el conflicto interno: quería mirar, pero la vergüenza le hacía apartar la vista rápidamente. Sus manos se quedaron quietas sobre la llave inglesa.

La tercera vez fue la que más tensión generó. Silvia entró con una toalla pequeña “por si necesitaba secarse las manos”. Se agachó directamente a su lado, esta vez muy cerca. La camisa se abrió ampliamente y sus dos tetitas quedaron casi completamente expuestas: la forma suave y natural de sus pechos pequeños, la piel clara y esos pezones oscuros y duros por la excitación. El chico levantó la vista y esta vez no apartó la mirada tan rápido. Se quedó contemplando sus tetitas durante varios segundos largos. Silvia sintió una oleada de calor húmedo entre las piernas; su coño empezó a mojarse lentamente, una humedad cálida y constante que le empapaba las bragas. Notó cómo sus pezones se ponían aún más duros, casi tirantes. Levantó la mirada y sus ojos se encontraron con los de él. Hubo un contacto visual claro y prolongado. En ese momento Silvia pensó: “Sabe que estoy dejando que me mire… y yo sé que no puede dejar de hacerlo”. El chico, por dentro, debía de estar luchando: su respiración se volvió más rápida, se puso rojo hasta las orejas y sus ojos iban de sus pezones a sus ojos y de vuelta, incapaz de decidir qué hacer. La vergüenza y el deseo se le notaban en la cara.

Silvia se quedó agachada unos segundos más, disfrutando de esa tensión deliciosa, antes de incorporarse muy despacio, dejando que la camisa se cerrara poco a poco.

Más tarde, mientras el chico terminaba de recoger sus herramientas, Silvia se colocó de pie en la puerta del baño, apoyada ligeramente en el marco, hablando con él de forma casual sobre el arreglo. La camisa se había abierto otra vez por arriba. Desde su posición agachada, el chico tenía una vista privilegiada y directa de sus tetitas y pezones. Volvió a mirar. La mirada fue más larga e intensa. Silvia sintió otra vez esa humedad creciente entre sus piernas y un cosquilleo en los pezones. Mantuvo el contacto visual con él durante varios segundos. Se miraron en silencio. El chico respiraba agitado, con las manos quietas y torpes sobre las herramientas; se le notaba que estaba excitado pero abrumado por la timidez. Silvia, por su parte, sentía una mezcla poderosa de vergüenza propia, poder y excitación: “Está viendo mis pezones duros y yo le estoy permitiendo hacerlo… y eso me está poniendo muchísimo”.

Cuando el chico se marchó y cerró la puerta de casa, Silvia vino hacia mí casi corriendo. Tenía las mejillas encendidas, los pezones todavía marcados contra la tela y la respiración agitada. Me abrazó fuerte y me susurró al oído, con voz temblorosa y baja:

—Dios… me ha visto las tetitas varias veces… y en dos ocasiones nos miramos directamente a los ojos. Sabía que estaba mirando mis pezones, que no podía apartar la vista… y yo le dejé hacerlo. Me he puesto muy, muy cachonda.

Le metí la mano por debajo de la falda y estaba completamente empapada, con una humedad caliente que le bajaba por los muslos. Nos fuimos a la cama y follamos despacio, intensamente. Mientras lo hacíamos, ella no paraba de repetirme al oído, casi gimiendo suavemente:

—Me ha mirado las tetitas… me ha visto los pezones… y yo le sostuve la mirada varias veces… sabía que se estaba poniendo nervioso por mí… eso me ha vuelto loca…

Esa fue la primera vez real que Silvia se exhibió delante de otro hombre. Fue algo pequeño, casi accidental en apariencia, pero totalmente intencionado y muy sensual para nosotros. Se quedó todo el día con esa imagen en la cabeza: las miradas tímidas pero cargadas del chico, esos segundos eternos de contacto visual y la sensación de saber que él había disfrutado (y sufrido) viendo sus tetitas y sus pezones oscuros.

Ahora estamos hablando de si la próxima vez que venga alguien a casa ella se atrevería a ir un poco más lejos…

También hemos tenido otras situaciones de exhibicionismo más suaves y voy a ir contando poco a poco cómo han sido.

¿Qué os parece? ¿Alguien ha vivido algo parecido con su pareja? Me gustaría leer vuestras experiencias.
Ummm muy excitante. Me paso pero yo era el chico y ella la mujer de un amigo de mi padre.
 
Después de las visitas del fontanero, la idea de exhibirme seguía rondándome la cabeza todo el día. Me excitaba recordar aquellas miradas y cómo mi cuerpo reaccionaba. Mi pareja y yo decidimos hacer una escapada corta a finales de marzo para desconectar. Elegimos Tossa de Mar, en la Costa Brava. Sabíamos que en esa época la playa estaría muy tranquila, con poco turismo, sol suave y mucho espacio.

Llegamos un sábado por la mañana. El tiempo era típico de finales de invierno: unos 16-17°C, cielo despejado con alguna nube, y una brisa fresca del mar que hacía que el sol se sintiera muy agradable en la piel. Nos fuimos a la Platja Gran. Había muy poca gente. Extendimos las toallas en una zona bastante apartada, cerca de las rocas.

Yo me puse un bikini negro sencillo, de triángulos pequeños arriba. Como tengo poco pecho, la tela queda bastante suelta y con el fresco o la excitación se me marcan los pezones fácilmente. Me quité la sudadera y me tumbé boca arriba. El sol me calentaba suavemente, pero la brisa marina me ponía la carne de gallina y me endurecía los pezones poco a poco.

Al rato apareció un chico joven (de unos 25-28 años) con su perro, un labrador alegre. Se instaló a unos 15-20 metros de nosotros, en la orilla, y empezó a tirarle una pelota para que corriera con las olas. El chico era atractivo: alto, moreno, con buen cuerpo atlético, brazos fuertes y una sonrisa fácil cuando jugaba con el perro.

Yo me incorporé apoyándome en los codos para mirar. Al hacerlo, la parte de arriba del bikini se me desplazó con la brisa y uno de mis pezones quedó casi al descubierto. Sentí un cosquilleo inmediato. No lo arreglé. Me quedé así, dejando que el sol y el viento me acariciaran los pechos. Mis pezones oscuros y pequeños se endurecieron aún más.

El chico lanzó la pelota y, al girarse, su mirada pasó por mí y se detuvo. Me miró las tetitas y los pezones visibles. Sentí un calor subir desde mi vientre y cómo mi coño empezaba a mojarse lentamente. La humedad era cálida y constante. No me tapé. Dejé que me mirara.

Unos minutos después se acercó un poco más persiguiendo al perro. Volvió a mirar, esta vez más tiempo. Mis dos pezones estaban prácticamente fuera del bikini. La brisa los mantenía duros y visibles. Sentí vergüenza mezclada con un placer intenso. Mi respiración se volvió más profunda y noté que la braguita del bikini se empapaba.

Mi pareja se dio cuenta y me susurró: “¿Te está mirando?”. Asentí con las mejillas ardiendo. En ese momento, mirando al chico jugar con el perro, me giré ligeramente hacia mi pareja y le dije bajito pero con total claridad, casi al oído:

—Hostia… es muy atractivo. Me pone muchísimo. No me importaría que me follara… que me metiera su polla y me follara fuerte mientras tú miras.

Lo dije sin filtro, con la voz un poco temblorosa por la excitación. Al pronunciar esas palabras sentí un latido fuerte y profundo en mi coño. Me mojé tanto que noté cómo se me escapaba un poco de humedad hacia el interior del muslo. Mi pareja se quedó callado un segundo, respirando más rápido, y luego me apretó la mano con fuerza. Se le notaba muy excitado.

Yo seguí mirando al chico mientras imaginaba la escena: sus manos fuertes agarrándome las caderas, su polla abriéndome el coño, follándome delante de mi pareja… La sola idea me tenía chorreando. La brisa seguía endureciendo mis pezones y yo ya no disimulaba: dejaba que quedaran completamente visibles.

El chico siguió jugando un rato más cerca de nosotros. En varias ocasiones nuestras miradas se cruzaron. Yo ya no disimulaba tanto. Mantenía el contacto visual unos segundos más, con el corazón a mil. Sentía una mezcla de pudor y un deseo muy fuerte: una mujer de 44 años confesando que quería que un chico joven y guapo la follara.

Cuando el chico se fue con su perro, yo estaba completamente empapada. Recogimos rápido y volvimos al hotel. En la habitación apenas llegamos a cerrar la puerta. Me quité el bikini y follamos con una intensidad brutal. Mientras me penetraba, no paraba de repetirle:

—Ese chico era tan guapo… Me mojé solo imaginando que me follaba delante de ti… que me metía su polla hasta el fondo… que me corría con él mientras tú mirabas…

Mi pareja estaba desatado. Me preguntó si de verdad querría que pasara, si me gustaría que fuera suave o fuerte, si querría que me llenara el coño… Yo le contestaba todo mientras me corría pensando en esa fantasía.

Esa tarde en Tossa de Mar fue un paso importante. Ya no era solo exhibirme… empecé a verbalizar abiertamente que me atraía la idea de que otro hombre me follara. 🔥
 
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