Pau Soler padre los mira desde detrás de unas gruesas gafas de concha que parecen sacadas de un anuncio de ópticas de los años 70.
Los ha recibido en la oficina de la nave, aunque quizás llamar oficina a lo que viene siendo un archivo lleno de carpetas y papeles, almacén donde se guardan las garrafas de agua de la fuente enfriadora, papel para la impresora y otros objetos de lo más variopinto, con un sofá, una máquina de café y un microondas que hacen de sala de descanso improvisada, a la que se añaden una mesa con cuatro sillas, quizás sea un poco pretencioso.
- Pues ustedes dirán en qué puedo ayudarles…
- Queríamos preguntarle por una de sus furgonetas, la de la matrícula JKT- 2197.
- A ver – Pau consulta los llaveros para asegurarse - sí esa furgoneta es mía ¿qué pasa con ella?
- ¿Podría usted indicarme donde estaba el vehículo ayer entre las 10 de la noche y las 8 de la mañana?
- Yo me fui a las nueve a casa y estaba aparcado aquí. En el mismo sitio donde lo he encontrado esta mañana.
- ¿El vehículo tiene GPS?
- Es el único de la flota que no lo tiene instalado. Es una furgoneta antigua ¿Por qué lo pregunta?
- Estamos investigando un suceso que ocurrió anoche y tenemos una grabación donde aparece su furgoneta.
- Pero eso no es posible...
- ¿Quién tiene llave de sus vehículos?
- Las llaves están aquí, en ese cajetín y la oficina la dejo cerrada cuando me voy.
- ¿Alguien más tiene acceso a la oficina?
- Yo soy el que cierro y me llevo las llaves a casa.
- ¿Ayer lo hizo así?
- Sí, claro, como todos los días.
- ¿Es posible que alguien en su casa haya cogido las llaves? ¿Su hijo, por ejemplo?
Pau niega con la cabeza, pero cuando va a contestar se queda un momento en duda, como si esa posibilidad que va a descartar de repente se le antojara como posible.
- Puedo preguntarle, pero ¿para qué iba a coger mi hijo esa furgoneta por la noche?
- ¿Dónde está su hijo ahora?
- Pues estará en casa o posiblemente en el gimnasio, se pasa allí todo el día.
- ¿Le gusta hacer deporte?
- Sí, la verdad es que ha enganchado bien y no falta ni un día. Mi hijo no es muy constante ¿sabe? pero allí parece que ha encajado.
- ¿No trabaja con usted?
- Estuvo un tiempo, pero ya le digo que no es muy constante. Como algo no le guste no hay forma - relata Pau con sincero pesar – Por supuesto que a mí me hubiera gustado que se hiciera cargo de la empresa, ya estoy mayor y aquí no se hace uno millonario, pero tampoco te falta trabajo.
- Ya, lo entiendo.
- Oiga ¿qué ha sucedido? - pregunta de repente preocupado.
- Ha habido una desaparición y simplemente investigamos todos los posibles indicios, en este caso, todos los vehículos que estaban por la zona. Hay una cámara que ha grabado su furgoneta, por eso hablamos con usted.
- Pero ¿están seguros?
- Bastante.
- Bueno, llamaré a casa a ver si está mi hijo. Si él cogió la furgoneta podrá explicar...
- Preferimos hablar nosotros directamente con él si no le importa. Le ruego que no haga ninguna llamada.
El padre, ahora ya directamente turbado por la evolución de la visita, suelta el móvil que había tomado.
- Discúlpeme un momento.
Laia sale fuera y llama al equipo.
- ¿Estáis en casa de Pau Soler?
- Sí jefa.
- Quiero que Joan y Antonio vayan al gimnasio a ver si está allí el sospechoso. La entrada debe ser coordinada con vosotros. Cuando estén, entráis a la vez en el gym y en su vivienda. Si lo encontráis lo retenéis e informáis para que yo me pueda desplazar. Andad con cuidado, puede ser muy peligroso.
Luego marca el número de Pep.
- Dime jefa.
- Vamos a por Pau Soler hijo ¿Máxim sigue controlada?
- Hace rato que no veo movimiento, pero no ha salido de la casa.
- Ok, mantente alerta.
Si Pep volviera en ese momento la cabeza a la izquierda y atrás, vería una figura delgada con sudadera y capucha salir de un portal tres números más abajo del de Máxim. Si hubieran podido establecer un dispositivo como Dios manda con un puesto de observación en el edificio de enfrente, quizás con un poco de suerte habrían observado a esa misma figura saltar con movimientos felinos los muros que separan las azoteas de los inmuebles contiguos.
Cuando entra de nuevo a la oficina Soler se dirige a ella en tono un tanto lastimero.
- Pau es un chico un poco peculiar, pero buen chico. Nunca se ha metido en problemas ¿quiere contarme que ha pasado?
- Verá, no debe preocuparse, solo estamos hablando con gente que pueda haber estado por la zona donde ha desaparecido una persona. Buscamos cualquier pista que pueda ayudarnos a saber qué fue lo que pasó. Si su hijo estuvo por allí quizás viera algo que pueda sernos de ayuda ¿Sale mucho por la noche Pau?
- A veces. Pero no crea que es muy fiestero. Va mucho al cine y algún que otro concierto, pero no es de meterse en discotecas ni en sitios de esos de marcha, que dicen ahora.
- ¿Tiene muchos amigos?
- Tenía un compañero de clase cuando estaba en FP con el que salía de vez en cuando, pero ya hace tiempo que no se ven. Creo que alguna vez ha quedado con gente del gimnasio.
Laia charla un rato más con Pau Soler. El retrato que va saliendo de su hijo es de un chico más bien solitario, que no acaba de encajar social y laboralmente. No suele tener estallidos de cólera ni mostrarse violento, según el padre, pero sí cerrado sobre sí mismo. La inspectora recibe entonces la llamada de sus compañeros.
- No está en el gimnasio ni en su casa. Su madre dice que ha venido a almorzar y se ha vuelto a ir. Lleva todo el día afuera.
- De acuerdo.
- Escuche, me dicen que su hijo lleva todo el día fuera. Hemos mirado en el gimnasio y por allí no ha aparecido ¿se le ocurre a usted donde pueda estar?
El tono ya es más autoritario y al padre no le pasa desapercibido.
- Pau, es muy importante, hay gente en peligro. Necesitamos que colabore con nosotros.
- ¿Mi hijo podría estar en peligro?
- También.
- Es que no sé dónde puede estar…
- ¿Tienen ustedes alguna otra sucursal? ¿alguna nave, algún almacén? ¿otra vivienda fuera de Barcelona?
- No, no, esto es todo... Bueno un momento, tenemos la masía. En el pueblo a unos cuarenta kilómetros de aquí. Pero aquello está prácticamente abandonado, la tengo en venta y no vamos por allí desde hace dos veranos por lo menos.
- Muy bien, díganos la dirección exacta.
A Laia le brillan los ojos a pesar de que trata de no dejar traslucir su euforia. Por primera vez una pista clara que la lleva a algún sitio.
- ¿Qué hacemos? - le pregunta Marc.
- Avisamos a la central que vamos para allá a echar un vistazo.
- ¿Nosotros solos?
- No, iré poniendo sobre aviso al grupo de intervención especial por si hay que asaltar la casa. Pero mientras, nos vamos yendo, no podemos permitirnos perder tiempo. Los demás que continúen todos en sus puestos no vaya a ser que este chaval aparezca en su casa o en el gimnasio y no estemos.
Marc afirma. También podrían retirar a alguien de la protección de la familia de Laia, pero eso no es una opción, así que ni lo plantea.
- Tú conduces.
Laia se acomoda en el asiento del copiloto y empieza a dar instrucciones a sus compañeros. La última comunicación es para Enric, el comisario. Le pone al día de todo y le indica que van a movilizar a la unidad de operaciones especiales.
- Muy bien. Tenme informado - le pide.
Durante el camino apenas hablan. Son veinticinco minutos a toda pastilla por la autopista, pero luego tienen que aflojar en las carreteras secundarias.
- ¿No pedimos ayuda a la local?
- Primero vamos a hacer un reconocimiento visual. Luego ya veremos, no quiero que la líen. Si se escucha una sirena o se ve un coche de policía con prisas en un sitio tan pequeño, al momento todos sabrán lo que está pasando.
Cuando el GPS les indica que faltan unos 100 metros para llegar aparcan el coche y recorren el último tramo andando. Ponen los móviles en silencio y se acercan a la masía. Hay un pequeño muro de piedra, tras el cual se ve una zona despejada llena de hierbas sin cortar. Una cancela da acceso y tras ella, un corto camino lleva hasta un edificio de piedra antigua, puerta y marcos de ventanas de madera, ajados por el sol y la lluvia. En frente, una especie de granero o corral y más allá una caseta junto a lo que parece una antigua alberca o piscina. Hay una moto aparcada detrás, como pueden comprobar cuando rodean la vivienda. Se han tenido que meter por una vereda llena de hierbas y espinas que les incomodan mucho el paso. La moto está quitada de la vista, todo parece indicar que, si Pau está allí, su intención es que nadie lo sepa. No se ve ninguna luz encendida, de hecho, la casa parece que está abandonada.
Laia y Marc se retiran unos pocos metros buscando el cobijo de unos arbustos y desde allí la inspectora hace una llamada. La unidad de intervención está ya desplazándose. Les piden un informe visual de lo que se van a encontrar, aunque ya están estudiando las fotos satélite y el Google Maps.
- Aquí os esperamos - dice Laia - cuando os queden quince minutos nos dais un toque y salimos al camino a buscaros. Cien metros más abajo hay un sitio donde se pueden aparcar las furgonetas y podemos establecer el puesto de mando. Creemos que el sospechoso está dentro. Hay una moto aparcada y el sitio es idóneo para tener retenida una persona.
Luego, vuelven sobre sus pasos rodeando la casa. Pasan cerca del edificio otra vez, un huerto abandonado lo separa de la valla. Viejas cañas que sujetaban tomateras están esparcidas por el suelo y los surcos se han aplanado, hace mucho tiempo que ya nadie cultiva nada allí. De repente la inspectora se para y hace una seña con la mano a Marc.
- ¿No has oído algo?
El otro niega con la cabeza pero fija su atención para escuchar. Esperan unos segundos y efectivamente, se oye una especie de quejido. Parece salir de un ventanuco casi a ras de suelo. Da a la parte de atrás, al campo y no parece fácil de distinguir. Cuando llevan un rato, se oye una especie de voz aunque no pueden distinguir lo que dice y de repente, algo parecido a un golpe sordo y otra vez una especie de grito sofocado. La imagen que les viene a la mente a ambos policías es la misma: parece como si alguien estuviera siendo torturado y al estar amordazado no pudiera gritar. La inspectora desenfunda su pistola.
- Vamos a entrar.
- No es buena idea, deberíamos esperar al grupo de operaciones especiales.
Un nuevo y amortiguado rugido se oye. Ahora que ya saben lo que tienen que escuchar no les cuesta distinguir los dolorosos quejidos.
- No voy a esperar, no van a matar a otra persona en mis propias narices. No sabemos lo que le están haciendo ni el tiempo que le queda.
- Espera, espera - le susurra Marc intentando no levantar la voz mientras la ve saltar el muro, cruzar el huerto y pegarse a la pared de la casa.
- Joder - exclama para luego levantarse y acabar reuniéndose con ella en una esquina - ¿Cuál es el plan?
- Hay una puerta donde está la moto. Tiene pinta de estar hecha polvo, voy a intentar colarme por ahí. Tú quédate en este lado por si intenta huir por la puerta principal. Lo pillaremos entre dos fuegos.
- Ni de coña te voy a dejar entrar sola. Recuerda que si tiene a Calalberche también tiene su pistola. Si entramos, entramos los dos juntos.
- Vale entonces.
Antes de moverse, Laia hace una última conexión con el equipo que se acerca.
- Aquí la inspectora Ferrer. Vamos a entrar en la casa, no podemos esperar, la vida de una persona puede estar corriendo peligro.
- Estamos cerca. Menos de veinte minutos.
- No hay tiempo, venid directamente a la casa. Si podemos os iremos informando.
- De acuerdo.
Ahora caminan despacio, procurando no pisar ramas ni hojas secas y no arrastrar los pies sobre la grava, hasta que llegan a la puerta que ha visto Laia. Está cerrada.
- Déjame - pide Marc.
La puerta tiene un pestillo convencional de resbalón. Introduciendo la punta de una navaja el policía consigue abrirla sin problemas y sin hacer ruido.
- Viejos trucos de la calle…
Laia asiente y se lleva un dedo a los labios.
- A partir de ahora silencio.
Entran en una especie de cuarto lavadero donde hay una pila vieja, de la que se usaban para lavar, capachos tirados por el suelo y algunos útiles de labranza. Otra puerta entreabierta y un pasillo oscuro les esperan al otro lado. Avanzan pistola por delante y seguro quitado. Ninguna de las habitaciones que se abren a los lados del pasillo parecen estar ocupadas. Cuando llegan a la puerta principal observan unas escaleras que bajan hacia el sótano. Afortunadamente no son de madera, sino que están soladas con placas de terrazo lo cual evita ruidos cuando bajan los escalones. Abajo, se mueven por un nuevo pasillo que se ve que corre paralelo a la fachada exterior. Los ruidos parecen venir de una de las tres puertas que dan a habitaciones por debajo del nivel del suelo. Es la del medio, confirman. La puerta está entreabierta. Los policías se colocan uno a cada lado, como los han enseñado a hacer en la academia. La teoría la tienen fresca la práctica no tanto: a pesar de estar en homicidios no es habitual que tengan que tirar de arma de fuego. La mirada que se echan de que no las tienen todas consigo desaparece y se convierte en determinación cuando oyen un gemido (ahora sí) claro y nítido, de una persona que intenta gritar pero no puede. Un grito ahogado que se prolonga durante unos segundos angustiosos: alguien está haciendo sufrir a alguien.
- ¡Alto, policía! - gritan abriendo la puerta con el hombro y lanzándose al interior, Marc por delante de Laia.
Un chico pelirrojo con el pelo electrizado, vistiendo un mono en el que se aprecian varias manchas pardas bastante inquietantes que tienen toda la pinta de ser sangre, se gira y los enfrenta. Lleva un cuchillo de grandes dimensiones en la mano. Detrás, colgado de la pared, pueden ver a Calalberche, los brazos estirados soportando el peso del cuerpo desnudo y con marcas rojas en el pecho y en el estómago. Amordazado, respira con dificultad, pero se encuentra muy lúcido, seguramente por el dolor que le han infringido.
- Tira el cuchillo - ordena Marc mientras se adelanta otro par de pasos cortando la línea de disparo de Laia.
Esta se mueve un poco a la derecha para buscar un ángulo que evite a su compañero y también a Miguel. Espera no tener que disparar porque soltar un plomazo en una habitación hecha de piedra puede suponer rebotes muy peligrosos. Es en ese momento cuando (una décima de segundo antes de que las cosas se tuerzan), Laia se da cuenta que han cometido un error: no mirar detrás de la puerta. La unidad de operaciones especiales habría apuntado en primer lugar hacia el sujeto armado y el segundo operador habría comprobado el resto de la habitación, empezando justo por detrás de la puerta. Ellos se han dejado llevar por el foco de atención ¿quién no se iba a fijar en un tipo con un cuchillo en la mano que está torturando a otro? pero el individuo no está solo. Una barra de hierro descarga un golpe sobre las manos que sostienen la pistola de la inspectora cuando ella se gira para comprobar sus espaldas. El arma cae al suelo mientras dobla una rodilla en tierra agarrándose los brazos por el dolor. No obstante, Laia no permite que el daño la bloquee, sabe que le va la vida en ello, así que a pesar del intenso dolor se levanta sobre la rodilla flexionada y se lanza de cabeza contra Máxim, haciéndola perder el equilibrio y evitando que descargue un nuevo golpe. Las dos ruedan por el suelo a la vez que se escucha un disparo. Marc ha abierto fuego contra Pau alcanzándolo en un pulmón, pero no es suficiente, el chico continúa avanzando con el cuchillo en la mano, aparentemente insensible al dolor y entonces es cuando recibe otro disparo, esta vez en el hombro. Se oye la bala silbar después de hacer un rebote en al menos una de las paredes y todos se agachan instintivamente. La primera en reaccionar es Maxím que muy hábilmente aprovecha la confusión para ponerse en pie y salir disparada por la puerta. Laia recupera su pistola y echa un vistazo rápido a la habitación. El segundo disparo sí que ha tumbado a Pau. Ha debido tocar hueso y no solo parte blanda. El chico está en el suelo haciendo un intento de levantarse, pero Marc ya tiene controlada la situación. De una patada echa a un lado el cuchillo y le apunta con la pistola.
Calalberche, se balancea colgado con el dolor escrito en la cara, pero no parece haber resultado herido de bala. A pesar del sufrimiento, le hace un gesto con la cabeza bastante explícito señalando la puerta. Laia sale corriendo mientras le grita a Marc que asegure la habitación y atienda al inspector. La mano derecha le duele, pero tiene bastante movilidad. La izquierda, además de doler, ha quedado como agarrotada. El hierro debió partir algún hueso, pero la adrenalina corre por sus venas y da impulso a sus pies. Sube los escalones de dos en dos con la pistola por delante y solo se permite una pequeña detención al llegar arriba para comprobar que no le tienden otra emboscada.
La puerta está abierta. Se asoma por ella justo para ver a Maxím saltar el murete de piedra. La sigue calle abajo después de hacer ella lo mismo. La chica es toda una atleta y parece imposible que pueda darle alcance, pero al fondo se ven luces. Varios vehículos de la policía llegan por la carretera al pueblo.
Maxím se detiene un momento y contempla lo que va a ser un desembarco en toda regla de toda la comandancia de Policía en la localidad. Laia aprovecha para ganarle metros. Ambas mujeres, una parada y otra a la carrera intercambian miradas. De nuevo la sonrisa en la boca de la chica, esa puta sonrisa que es una provocación, una burla, un “me suda el coño todo”. La joven entonces arranca de nuevo y desaparece en una calle lateral. Laia gira la esquina y pega una nueva carrera. La adrenalina impulsa sus piernas y su único objetivo es, si no alcanzarla, al menos mantener la distancia para ver por dónde escapa. La zona no es montañosa pero cerca hay un bosque, cruzado por muchas pistas forestales y caminos que podrían complicar su localización y darle una oportunidad de escapar si consigue llegar a él. La calle por la que corren es larga, con villas a uno y otro lado.
- Ojalá cometa el error de intentar esconderse en alguna - piensa la inspectora, aunque luego se corrige.
Máxim no es el tipo de fiera a la que quiera ver encerrada en una casa con rehenes. Pero la chica es lista y continua su carrera, incluso volviéndole a ganar algo de distancia. Sabe que si se queda en el pueblo tarde o temprano darán con ella. Ha visto las luces del convoy policial destellear y sabe que el pueblo estará tomado casi enseguida.
Laia debería parar un momento y sacar el móvil que nota en su bolsillo rozando contra su muslo con cada paso que corre e informar, pero no quiere perder esos segundos preciosos. De repente se empiezan a oír sirenas en el pueblo, hasta entonces sólo habían sido los rayos luminosos sin sonido, pero ahora la policía anuncia su llegada. Entiende que debe ser Marc el que ha podido dar el aviso, a estas alturas sabrán que hay un herido de bala en la casa, que allí la situación está controlada y que hay una persona fugitiva perseguida por una inspectora.
Ojalá sea así.
Maxím toma de nuevo por una calle secundaria abandonando la principal. Esta vez a la izquierda, una vía de bajada pronunciada. La sangre bate fuerte las sienes de Laia que ya acusa el esfuerzo. Sabe que no podrá mantener mucho tiempo este ritmo, no es rival en lo deportivo para la boxeadora, bastante más joven que ella y muchísimo mejor en forma. Sin embargo, todavía puede pensar con claridad y se da cuenta de que la fugitiva ha hecho una apuesta arriesgada. Quiere llegar a la parte baja del pueblo, cruzar el arroyo y meterse en el bosque. Aquel es el camino más corto hacia la espesura y además es cuesta abajo. Una vez allí puede coger en mil direcciones distintas y quizá con suerte escaparse antes de que se complete el cerco. Cerrar un pueblo como aquel es fácil pero una vez que entre en el bosque, el perímetro se amplía notablemente y la policía puede tardar tiempo en reunir los recursos para taponar todas las posibles vías de escape. Laia se da cuenta que no la va a alcanzar y decide sacrificar unos segundos sacando el móvil del bolsillo y ralentizando un poco su carrera, mientras marca el número de la unidad especial de operaciones.
- Soy Ferrer - grita con voz entrecortada por el esfuerzo - estoy persiguiendo a la sospechosa calle abajo hacia el arroyo, intentad cerrarle el paso antes de que cruce al otro lado.
Mientras van perdiendo altura y la calle se va volviendo menos empinada oye el aullido de una sirena. No es posible que se hayan dado tanta prisa así que piensa que los compañeros han hecho bien su trabajo y se han anticipado enviando por delante a una patrulla convencional, porque no es un coche de la unidad especial de operaciones sino un patrulla de los Mossos el que llega al puente, a unos cien metros de distancia de donde están ellas.
Maxím salta sobre una valla y con una agilidad sorprendente la escala y cae al otro lado, corriendo a través de una parcela entre dos casas. La inspectora ni sueña siquiera en imitarla y menos con una muñeca dañada. Sigue corriendo hacia abajo y les grita a los policías:
- ¡Hacia vuestra izquierda! ¡Va a intentar cruzar por la izquierda!
Uno de ellos sale corriendo arroyo arriba mientras que el otro mantiene la barrera con el coche, cortando ese punto de salida que es el más fácil.
- Tened cuidado, es peligrosa - grita a los policías mientras deja de correr y se para un momento a recuperar el aliento.
No puede con su alma, la adrenalina ha pasado ya su efecto y ahora está agotada. Llega hasta donde está el policía jadeando.
- ¿Está bien señora inspectora?
Ella hace un gesto con la mano, todavía intentando llenar los pulmones, como queriendo indicar que no necesita ayuda. Finalmente consigue balbucear:
- Quédate aquí, que no pase nadie y da la posición a la unidad de intervención, que sepa en qué punto estamos.
Luego corre por la pista que bordea el arroyo siguiendo la misma dirección del policía, que le saca aproximadamente un minuto de ventaja. Lleva el móvil en una mano y la pistola en la otra. Ahora va cuesta arriba y más que correr anda a pasos largos y rápidos, no puede con su alma. En ese punto el arroyo va encajonado en unos muros de hormigón que lo canalizan para evitar desbordamientos e inundaciones. Es un sitio complicado para cruzar, una especie de canal en el que, si te metes, aunque lleva poca agua es complicado de vadear. Maxím no ha podido cruzar por ahí. Un poco más arriba hay una curva con un claro de césped y un banco para sentarse. Cuando llega a su altura dos detonaciones rompen el silencio. Laia reconoce el sonido característico del disparo de un arma reglamentaria, una Heckler & Koch que usan tanto la Policía Nacional como los Mossos D´Escuadra.
- Mierda – gruñe.
Si es la pistola de Calalberche ¿dónde carajo la llevaba Maxím? ¿Por qué no la utilizó cuando estaba en el sótano? Seguramente porque no la tenía a mano o la tenía escondida escaleras arriba. Pero eso ya lo averiguará más tarde, ahora hay otras prioridades. Los tiros han sonado cerca, muy cerca. Acelera el paso. Una calle desemboca en el paseo que está siguiendo, es una calle estrecha, casi un hueco entre dos hileras de edificios. A la izquierda un bulto sobre la hierba. Levanta el arma, guarda el móvil en el bolsillo y sujeta con la mano rota y la otra intentando respirar profundamente para que el pulso se serene. Se va acercando despacio. Todavía huele a pólvora en el aire. Tendido en el suelo, de costado, un mosso d´escuadra. Se arrodilla junto a él mientras barre con la pistola los alrededores. Acerca la mano al cuello para intentar tomarle el pulso y la retira llena de sangre. Lo coge del hombro y lo mueve hacia ella. Tiene un disparo en la sien.
- Hija de puta.
La inspectora se levanta, moviéndose muy despacio. Más adelante el camino se acaba: una casa que está prácticamente sobre el arroyo lo interrumpe.
- ¿Dónde coño estás? no has podido ir muy lejos.
Justo debajo de la casa, un túnel permite que el agua la atraviese. Es un tubo de hormigón de aproximadamente un metro y medio de diámetro. Laia sabe que no es para nada buena idea meterse allí sabiendo que una psicópata armada puede estar dentro agazapada en la oscuridad. Sale corriendo y trata de bordear la vivienda dándole la vuelta a la manzana hasta que encuentra una salida a la izquierda en dirección al arroyo. Cuando llega allí ve la entrada del desagüe. Intenta afinar el oído por si oye algún chapoteo o sonido extraño pero los ecos de las sirenas y las voces que se oyen por la calle ocultan cualquier posible pista sonora. Toma el móvil y contacta de nuevo con la unidad de operaciones.
- Aquí Ferrer. Arroyo arriba hay un compañero abatido. La sospechosa le ha disparado, tiene un arma. Está justo donde aparece el cauce debajo de una casa. Hay un túnel de drenaje. Yo estoy al otro lado, creo que la sospechosa puede estar dentro. Daos prisa.
- De acuerdo, manténgase a cubierto y a la defensiva. No intente nada más, limítese a vigilar la salida. Estamos a cinco minutos. Dejaremos agentes en el otro lado del túnel y acudiremos a su posición.
- Recibido.
Laia se mueve hasta unos contenedores. Allí el arroyo está casi a ras de acera y tiene mejor visión. Ahora sí puede oír un chapoteo que se mezcla con el ruido de la corriente que fluye. Asoma la cabeza con cuidado y ve como una silueta alta y delgada se perfila a la salida del túnel. Va resbalando por la verdina sobre el fondo pedregoso y progresa con dificultad con el agua por las rodillas. Contiene la respiración y levanta su arma mientras oye los pasos que se detienen ya en tierra firme. Maxím debe estar reconociendo el terreno, quizás un poco deslumbrada después de salir del túnel. La inspectora no se mueve, ni siquiera respira, no está dispuesta a darle el alto exponiéndose. Ya sabe de lo que es capaz esa chica y conoce sus reflejos, no hace ni cinco minutos y le ha colocado una bala en la cabeza a un policía veterano. No sabe si va a continuar entre el estrecho margen que hay entre los contenedores y el arroyo, o si por el contrario va a bordearlos. Si lo hace la descubrirá, de modo que trata de afinar el oído para saber por qué lado puede aparecer. Primero apunta a su lado derecho mientras pone una rodilla en tierra y se pega al contenedor para ofrecer el mínimo blanco posible. Luego oye pisar sobre la grava por detrás de los contenedores, así que poco a poco se va girando y apunta hacia el otro lado. Los pasos parecen alejarse y nadie aparece. Se da cuenta que tiene que tomar la iniciativa o se le va a volver a escapar. Levanta los pies para no arrastrarlos y no hacer ruido y se coloca tras el último contenedor. Entonces, una vez más, agachada y rodilla en tierra asoma al otro lado.
- Alto ¡quieta ahí!
Maxím se queda clavada a unos cuatro metros de distancia, su brazo colgando pegado al costado, en la mano la pistola. Gira lentamente la cabeza.
- Inspectora, eres de las que no se rinden ¿eh? me gustas.
- Y a mí me gustaría meterte un tiro en la puta cabeza así que procura no darme motivos porque no hay nada que desee más en este momento.
- Pues hazlo, quizás te guste…
- No me tientes cabrona, deja caer el arma y levanta las manos.
Maxím obedece.
- Gírate que pueda verte la cara.
Cuando lo hace esa sonrisa suya está en los labios, no una mueca de postureo para tratar de dársela de dura, sino una sonrisa franca y sincera de satisfacción.
“Esta tía es una puta psicópata”, piensa Laia. “Ten cuidado con ella, no le des ni una oportunidad”.
- Pues sí inspectora, tienes un buen par de ovarios. Me hubiera gustado poder conocerte más a fondo.
- Tú lo único que vas a conocer a partir de ahora son los barrotes de tu celda. Te vas a pudrir en la cárcel.
- No tengo prisa, soy muy paciente, ya debería saberlo. Quizás tarde años, pero al final nos volveremos a encontrar.
- No cuentes con ello.
- Claro que cuento con ello, eso va a ser lo que me mantenga viva durante todo el tiempo que esté encerrada. Eso si llego a pisar la prisión porque tengo trastornos ¿sabe? con un buen abogado y habiendo sido víctima como lo fui, quizás acabe en una institución psiquiátrica en vez de en la cárcel. No me será difícil presentar peritos y médicos que atestigüen mi incapacidad mental ¿sabe que oigo voces y soy capaz de adivinar sus pensamientos? no me resultará complicado convencer a los expertos porque realmente yo soy así, no les mentiría, creo en lo que hago ¿Usted cree en lo que hace inspectora?
- ¡Cállate la boca!
- Usted y ese tipo, Calalberche, también cometen sus errores. No, yo no tengo la culpa de ser como soy, ni puedo evitarlo pero ustedes… si hubieran hecho bien su trabajo sí que podrían haber impedido más de una muerte.
- Que te calles la puta boca, digo…
- Incluso aunque me metan en la cárcel ya me las apañaré para comerme la condena que me tenga que comer, no más de 30 años porque la ley lo impide, incluso por buena conducta puede ser que salga antes. Entonces tendremos esa cita que no quieres tener ¿qué tal están sus hijas y su marido? Hasta ahora mi primer objetivo era Calalberche pero usted me ha impresionado, créame es buena, muy buena, así que no me importa confesarle que la admiro y que por tanto pasa a estar la primera en la lista. Recuérdelo cada día de los que esté yo encerrada.
Ahora Laia lo entiende, es plenamente consciente de que no hay redención posible para Máxim. La muy cabrona habla totalmente en serio, lo lee en sus ojos. El dedo se curva sobre el gatillo mientras pelea por no ceder al impulso de apretarlo.
- Te voy a mandar al infierno, eres un demonio y te voy a mandar al infierno - piensa mientras lucha por no disparar.
Maxím vuelve a reír, esta vez directamente con una carcajada seca y burlona.
- ¿No te he dicho antes que puedo leer la mente? sé lo que estás pensando. No tienes lo que hay que tener, estás dudando.
- Vete al infierno – ahora sí, lo dice en voz bien alta para que Máxim la oiga.
- No te equivoques inspectora, el infierno está vacío: todos los demonios están aquí.
Laia sabe que tiene razón. Se percibe perfectamente conectada a Máxim, como si pudieran leerse una a la otra a la mente sin necesidad de hablar. No distingue bien si estas últimas palabras las ha dicho en voz alta o solo se las ha susurrado a su conciencia, pero para ella son tan reales como si las hubiera certificado un notario.
Oye pisadas acercándose por la calle. Sus compañeros están al llegar. Se queda sin tiempo para decidir y casi puede leer el sentimiento de superioridad en los ojos de Máxim.
- Esto no se acaba aquí inspectora, al final yo gano, casi que me estás decepcionando…
Es entonces cuando Laia pone la mente en blanco y decide no pensar. No es capaz de hacerlo con claridad y teme tomar una decisión de esas que luego no tienen remedio. Una última mirada fugaz de Maxím y entonces su dedo decide por ella. El estampido la sorprende tanto como a la chica. Durante una décima de segundo, lo que tarda en la bala en atravesar su corazón, cree detectar reconocimiento en sus ojos, un destello de admiración. Una especie de “ves como sí eres de las mías” que vuela en forma de último pensamiento hacia su mente mientras el cuerpo de Maxím se derrumba desarticulado y queda tirado en el suelo, de espaldas, con los ojos abiertos y su eterna sonrisa burlona en la boca.
- ¡Policía! - oye gritar a sus espaldas - ¡Que nadie se mueva!
Ella levanta las manos con la pistola aún humeante cogida con la derecha.
- ¡Soy Ferrer!
- Inspectora ¿está bien?
- Voy a dejar la pistola en el suelo.
Lo hace lentamente y se vuelve a levantar con las dos manos en alto. Los policías la rodean, van armados con subfusiles, chalecos antibalas, cascos y gafas de protección. Comprueban que Maxím está muerta y no constituye un peligro. Luego se vuelven a la inspectora que sigue callada con los brazos extendidos.
- ¿Estás bien? – insiste el jefe de la unidad.
Ella afirma con la cabeza.
- ¿Qué ha sucedido?
- Llevaba el arma de Calalberche. Ha disparado contra uno de los Mossos y creo que le ha matado. Me apuntó y tuve que reducirla.
El comando le pone la mano en el hombro indicándole que puede bajar los brazos. Ni por un momento duda que los de operaciones especiales van a respaldar su versión. Espera que los de la científica también. Maxím ha sido abatida de frente, la pistola con sus huellas y que ha servido para asesinar al policía, a sus pies. Los refuerzos han llegado justo después de que apretara el gatillo y en una línea en la que les tapaba a la sospechosa con su cuerpo ¿Habrán podido observar que ya estaba desarmada? Lo duda, pero ya no importa, nada importa, solo que por fin el juego ha terminado.