luis5acont
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Miguel despierta con un fuerte dolor de cabeza. El lado derecho y la nuca le palpitan como si el cerebro presionara contra las paredes del cráneo queriendo latir más de lo que el espacio le permite. Porque ahora mismo eso es lo que hace su masa encefálica: latir como un corazón que intenta bombear sangre a un cuerpo dolorido y exhausto.
El olor a humedad, el frío y el eco lejano de un perro ladrando son las primeras señales que le llegan antes de que se decida a levantar los parpados, porque su cabeza manda la orden, pero el cuerpo se niega a obedecer, como si no quisiera abrirse a la realidad que le espera. Cuando por fin lo hace, cree que sus párpados siguen sin responder porque solo ve oscuridad. Tarda un rato en darse cuenta de que tiene los ojos abiertos, lo que pasa es que está en un sitio lóbrego. Todavía, entre el mareo, la desconexión y la oscuridad, tarda un rato en conseguir enfocar y entonces sí percibe algo de claridad. Son como pequeñas olas que arrojan algún destello de luz y que van y vienen. No tarda en comprender que se trata de un ventanuco tapado con un trapo negro que oscila de vez en cuando con una leve brisa, permitiendo que algún pequeño rayo luminoso apenas entre en el habitáculo. Intenta moverse y su cuerpo entumecido protesta: los músculos son de piedra, su columna está rígida después de haber dormido en el suelo y oye el crack - crack de cada vértebra crujiendo mientras intenta ponerse recto. Tarda una media hora en conseguir que los calambres desaparezcan y en recuperar el control y la movilidad de sus miembros. Se sienta en el suelo y comprueba que tiene puestos unos grilletes unidos por una cadena a la pared. Son más fuertes que unas esposas normales y están bien apretados. Con sus dedos intenta revisarlos, pero no tarda en darse cuenta que tienen una cerradura robusta y que sin ayuda de otra persona es prácticamente imposible abrirlos. Luego sigue la cadena. Es larga, calcula unos tres metros y acaba en la pared soldada a una pieza de metal que está muy bien fijada. Intenta tirar y no se mueve lo más mínimo, es una placa de metal donde hay varios tornillos gruesos roscados. Seguramente con una llave neumática porque aparte de tener cabeza de seguridad que impide desenroscarlos, se muestran sólidos. Con sus manos desnudas o pegando tirones está claro que no conseguirá separarlos de la pared de cemento.
- Vaya una mierda – piensa, más cabreado hasta el momento que asustado, por la forma en que se ha dejado atrapar.
Intenta hacer memoria de lo sucedido la noche anterior. Recuerda como esperó al otro lado del parque a que Maxím saliera, pero ella no aparecía. Justo cuando iba a arrancar el coche y volver a la otra entrada la vio, como si hubiera estado esperando el momento de hacer su entrada en escena. Estaba a unos metros de la salida del parque, todavía en la parte donde la iluminación era más débil antes de llegar a la acera.
Calalberche se quedó rígido cuando comprobó que ella estaba parada de pie mirando hacia su coche y creyó adivinar una sonrisa en su cara. Hizo algo con el brazo, una especie de señal de invitación, quizás un insulto, no podía saberlo a esa distancia. Entonces sacó la cámara y enfocó. La vio un par de pasos más atrás, de pie en el camino, como esperando algo. Luego dio otro par de pasos más sumiéndose en la sombra.
- ¿Qué carajo está haciendo? - se preguntó.
Bajó del coche, cerró la puerta y se acercó a la entrada. Le parecía que toda precaución era ya inútil, resultaba evidente que Maxím sabía que estaba vigilándola. De hecho, parecía que lo invitaba a acudir a una cita. Tomó el móvil y estuvo a punto de llamar a Laia, pero de repente la vio desaparecer y entonces aceleró el paso temiendo perderla de vista. Entró en el parque y siguiendo el camino de tierra la volvió a ver unos metros todavía más adentro. Allí de pie, bajo la luz de una farola, ahora su silueta perfectamente visible, los brazos a lo largo del cuerpo caídos y esa sonrisa de nuevo en la cara. Ahora era él el que estaba en la parte oscura, aunque tenía la impresión de que ella lo veía perfectamente, como si tuviera ojos de gata. Después se dio de nuevo la vuelta y comenzó a correr, su figura gris trotando entre las sombras, alejándose a paso atlético. Y eso es lo último que recuerda. Casi enseguida, un fuerte golpe en la cabeza y el sabor de la tierra en la boca al dar con la cara en el suelo. Después, la pérdida de conciencia. Se fuerza a recordar más detalles pero es inútil, no hay nada que le indique dónde puede estar ahora ni quien fue el que le golpeó. De una cosa está seguro: no fue Máxim.
Pasan las horas o tal vez solo unos minutos que se le hacen eternos, no sabría decir. Se toca la cabeza constantemente y aprecia un gran chichón en el lado derecho que irradia dolor. Al fin un ruido al otro lado de la puerta que cierra el sótano, porque ha llegado a la conclusión de que aquello está bajo el nivel del suelo. La puerta se entreabre. Detrás, una figura se recorta bajo una pobre luz.
- Pégate a la pared y no te muevas – ordena.
Calalberche obedece, no está en condiciones de resistir y entiende que contravenir solo le va a traer problemas. Además, necesita obtener la mayor información posible de dónde está y quién lo tiene retenido antes de intentar nada. Así que decide ganar tiempo y arrima la espalda a la pared.
La figura es alta, delgada y un poco desgarbada, pero el tono de voz es joven. Es un hombre, está seguro que no se trata de Maxím. En su mano lleva algo que parece una barra de hierro o una porra, no lo distingue bien. La mueve amenazadoramente para que sea consciente de que está dispuesto a utilizarla, cosa que no parece muy necesaria porque el dolor de su nuca y del lado derecho de su cabeza le recuerda de lo que es capaz. Da unos pasos hacia adelante y deja algo en el suelo. Luego vuelve hacia la puerta.
- Cuando yo cierre adelántate un poco. Encontrarás agua y algo de comida. Te he dejado un par de antiinflamatorios que te vendrán bien para el dolor de cabeza. Tómatelos. Pronto recibirás visita y tienes que estar presentable - dice con un sarcasmo que no le pasa desapercibido.
Luego la sombra se vuelve y cierra la puerta dejándolo solo de nuevo.
- Hay que joderse - piensa el inspector mientras se incorpora y camina hacia adelante a gatas en busca de los suministros que le han dejado.
El olor a humedad, el frío y el eco lejano de un perro ladrando son las primeras señales que le llegan antes de que se decida a levantar los parpados, porque su cabeza manda la orden, pero el cuerpo se niega a obedecer, como si no quisiera abrirse a la realidad que le espera. Cuando por fin lo hace, cree que sus párpados siguen sin responder porque solo ve oscuridad. Tarda un rato en darse cuenta de que tiene los ojos abiertos, lo que pasa es que está en un sitio lóbrego. Todavía, entre el mareo, la desconexión y la oscuridad, tarda un rato en conseguir enfocar y entonces sí percibe algo de claridad. Son como pequeñas olas que arrojan algún destello de luz y que van y vienen. No tarda en comprender que se trata de un ventanuco tapado con un trapo negro que oscila de vez en cuando con una leve brisa, permitiendo que algún pequeño rayo luminoso apenas entre en el habitáculo. Intenta moverse y su cuerpo entumecido protesta: los músculos son de piedra, su columna está rígida después de haber dormido en el suelo y oye el crack - crack de cada vértebra crujiendo mientras intenta ponerse recto. Tarda una media hora en conseguir que los calambres desaparezcan y en recuperar el control y la movilidad de sus miembros. Se sienta en el suelo y comprueba que tiene puestos unos grilletes unidos por una cadena a la pared. Son más fuertes que unas esposas normales y están bien apretados. Con sus dedos intenta revisarlos, pero no tarda en darse cuenta que tienen una cerradura robusta y que sin ayuda de otra persona es prácticamente imposible abrirlos. Luego sigue la cadena. Es larga, calcula unos tres metros y acaba en la pared soldada a una pieza de metal que está muy bien fijada. Intenta tirar y no se mueve lo más mínimo, es una placa de metal donde hay varios tornillos gruesos roscados. Seguramente con una llave neumática porque aparte de tener cabeza de seguridad que impide desenroscarlos, se muestran sólidos. Con sus manos desnudas o pegando tirones está claro que no conseguirá separarlos de la pared de cemento.
- Vaya una mierda – piensa, más cabreado hasta el momento que asustado, por la forma en que se ha dejado atrapar.
Intenta hacer memoria de lo sucedido la noche anterior. Recuerda como esperó al otro lado del parque a que Maxím saliera, pero ella no aparecía. Justo cuando iba a arrancar el coche y volver a la otra entrada la vio, como si hubiera estado esperando el momento de hacer su entrada en escena. Estaba a unos metros de la salida del parque, todavía en la parte donde la iluminación era más débil antes de llegar a la acera.
Calalberche se quedó rígido cuando comprobó que ella estaba parada de pie mirando hacia su coche y creyó adivinar una sonrisa en su cara. Hizo algo con el brazo, una especie de señal de invitación, quizás un insulto, no podía saberlo a esa distancia. Entonces sacó la cámara y enfocó. La vio un par de pasos más atrás, de pie en el camino, como esperando algo. Luego dio otro par de pasos más sumiéndose en la sombra.
- ¿Qué carajo está haciendo? - se preguntó.
Bajó del coche, cerró la puerta y se acercó a la entrada. Le parecía que toda precaución era ya inútil, resultaba evidente que Maxím sabía que estaba vigilándola. De hecho, parecía que lo invitaba a acudir a una cita. Tomó el móvil y estuvo a punto de llamar a Laia, pero de repente la vio desaparecer y entonces aceleró el paso temiendo perderla de vista. Entró en el parque y siguiendo el camino de tierra la volvió a ver unos metros todavía más adentro. Allí de pie, bajo la luz de una farola, ahora su silueta perfectamente visible, los brazos a lo largo del cuerpo caídos y esa sonrisa de nuevo en la cara. Ahora era él el que estaba en la parte oscura, aunque tenía la impresión de que ella lo veía perfectamente, como si tuviera ojos de gata. Después se dio de nuevo la vuelta y comenzó a correr, su figura gris trotando entre las sombras, alejándose a paso atlético. Y eso es lo último que recuerda. Casi enseguida, un fuerte golpe en la cabeza y el sabor de la tierra en la boca al dar con la cara en el suelo. Después, la pérdida de conciencia. Se fuerza a recordar más detalles pero es inútil, no hay nada que le indique dónde puede estar ahora ni quien fue el que le golpeó. De una cosa está seguro: no fue Máxim.
Pasan las horas o tal vez solo unos minutos que se le hacen eternos, no sabría decir. Se toca la cabeza constantemente y aprecia un gran chichón en el lado derecho que irradia dolor. Al fin un ruido al otro lado de la puerta que cierra el sótano, porque ha llegado a la conclusión de que aquello está bajo el nivel del suelo. La puerta se entreabre. Detrás, una figura se recorta bajo una pobre luz.
- Pégate a la pared y no te muevas – ordena.
Calalberche obedece, no está en condiciones de resistir y entiende que contravenir solo le va a traer problemas. Además, necesita obtener la mayor información posible de dónde está y quién lo tiene retenido antes de intentar nada. Así que decide ganar tiempo y arrima la espalda a la pared.
La figura es alta, delgada y un poco desgarbada, pero el tono de voz es joven. Es un hombre, está seguro que no se trata de Maxím. En su mano lleva algo que parece una barra de hierro o una porra, no lo distingue bien. La mueve amenazadoramente para que sea consciente de que está dispuesto a utilizarla, cosa que no parece muy necesaria porque el dolor de su nuca y del lado derecho de su cabeza le recuerda de lo que es capaz. Da unos pasos hacia adelante y deja algo en el suelo. Luego vuelve hacia la puerta.
- Cuando yo cierre adelántate un poco. Encontrarás agua y algo de comida. Te he dejado un par de antiinflamatorios que te vendrán bien para el dolor de cabeza. Tómatelos. Pronto recibirás visita y tienes que estar presentable - dice con un sarcasmo que no le pasa desapercibido.
Luego la sombra se vuelve y cierra la puerta dejándolo solo de nuevo.
- Hay que joderse - piensa el inspector mientras se incorpora y camina hacia adelante a gatas en busca de los suministros que le han dejado.