Efectos Secundarios

Capítulo 66. Disprosio - “Uno, dos… Fred(Dy) viene a por ti…”

El Disprosio (Dy) ocupa el sexagésimo sexto lugar en la tabla periódica.
“El número de la bestia”

Si fundimos la esencia del disprosio con la figura de Freddy Krueger, nos adentramos en el elemento de la pesadilla materializada. El disprosio es el lantanóido de la "dificultad de acceso" - su nombre significa difícil de obtener -; es un metal que posee una fuerza magnética tan devastadora que es capaz de mantener su estructura incluso bajo el asalto de temperaturas que derretirían la voluntad de cualquier otro. Es el puente entre el miedo que soñamos y la cicatriz que aparece en nuestra piel al despertar. Simboliza la intrusión onírica y la dureza del terror real.

El Disprosio y Freddy Krueger: La Química de la Infiltración y la Resistencia al Horror

1. El Imán que no se Rinde (La Persistencia del Trauma)

El disprosio se añade a los imanes de neodimio para que no pierdan su magnetismo a altas temperaturas. Sin él, los motores eléctricos fallarían al calentarse. Freddy no es un miedo pasajero; es una pesadilla térmica. Representa ese terror que, cuanto más se calienta la situación - el pánico, el sudor, la fiebre del sueño -, más fuerte se vuelve. El disprosio simboliza la capacidad de Krueger para mantener su fuerza magnética sobre nuestra psique incluso cuando estamos en el "punto de ebullición" del terror. Es el miedo que no se desmagnetiza al despertar; es la pesadilla que conserva su fuerza de atracción en el mundo real.

2. La Alta Sección de Absorción (El Consumidor de Luz)
Este elemento tiene una capacidad extraordinaria para absorber neutrones, actuando como una "esponja" que detiene la energía en los reactores. Cuando Freddy cruza el plano onírico, actúa como el disprosio: absorbe toda esperanza. Se traga la luz de la razón y la lógica del durmiente. Krueger no solo te asusta, consume la energía que necesitas para despertar. Es la barrera que absorbe tus "neutrones" de defensa, dejándote vacío y vulnerable en un jardín oscuro donde él es el único motor de la realidad.

3. El Brillo Amarillo-Verdoso (La Estética del Acecho)
En las lámparas de descarga de halogenuros metálicos, el disprosio emite una luz amarilla verdosa intensa, muy similar a la atmósfera densa y sucia de las calderas de los sueños. Es la luz de la sospecha. Esa iluminación que no termina de ser día pero que revela sombras que no deberían estar ahí. El disprosio es el tono cromático del encuentro con Freddy: una claridad enferma que nos advierte que lo que estamos viendo - las cuchillas, el jersey raído - tiene ahora un índice de refracción real. Ya no es una alucinación; el disprosio ha dado cuerpo y color a la amenaza.

4. La Magnetostricción al Límite (El Dolor Físico)
Al igual que el terbio, el disprosio cambia de forma bajo campos magnéticos, pero lo hace con una resistencia estructural mayor. Freddy es el maestro de la deformación de la realidad. Cuando la pesadilla se materializa, el plano físico se retuerce como el disprosio bajo un imán gigante. Las paredes sangran, el acero se dobla, y el cuerpo del soñador siente el impacto mecánico de lo que ocurre en la mente. El disprosio es el metal que permite que el daño del sueño se convierta en una contracción física real, en un tajo que sangra al abrir los ojos.

5. El Guardián del Almacenamiento (La Memoria del Miedo)
El disprosio se usa en discos duros para mejorar la estabilidad de los datos ante campos externos. Krueger vive en el almacenamiento profundo de la infancia y los pecados de los padres. El disprosio representa esa estabilidad de la memoria traumática que sobrevive a los años. No puedes borrarlo porque está grabado en un sustrato de alta resistencia. Él es el "dato corrupto" que nunca se pierde, el residuo que vuelve una y otra vez porque su naturaleza es permanecer, difícil de extraer, difícil de olvidar.

Conclusión: El Disprosio es el ancla del horror. Nos enseña que el límite entre lo que imaginamos y lo que nos hiere es tan delgado como una capa de átomos. Nos recuerda que Freddy Krueger no es solo un cuento: es la representación química de que el miedo, cuando es lo suficientemente denso, adquiere propiedades metálicas y puede cortarnos incluso en la seguridad de nuestra cama.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

“One, two, Freddy's coming for you,
Three, four, better lock your door,
Five, six, grab your crucifix,
Seven, eight, gonna stay up late,
Nine, ten, never sleep again.”


La pesadilla no es un estallido, ni un grito que desgarra la noche; la verdadera pesadilla es el silencio que se expande cuando la esperanza deja de respirar. Es ese vacío perfecto, una arquitectura de horror que se levanta donde antes hubo una promesa.

Laia esperaba una respuesta. En la penumbra de su alma, aguardaba una voz, un susurro, una caricia de lagartija que le dijera que el mundo seguía en su sitio, que su madre estaba a salvo en algún rincón de aquel Madrid que ahora le parecía otra galaxia. Pero lo que obtuvo cuando el hilo negro vibró y el mensajero regresó de las sombras, fue el peso muerto de la realidad.

No hubo voz. No hubo el alivio de la buena nueva…

Lo que Ñawi trajo de vuelta en sus ojos mudos fue una visión desolada. Laia vio el portal entreabierto de su piso, una boca oscura que ya no prometía refugio; en su interior, la luz se había extinguido para siempre. Vio la silla volcada, la comida enfriándose sobre la mesa como una ofrenda a la nada, y el eco mudo de una lucha que no pudo ser ganada. Era la ausencia absoluta de un nombre que el mundo empezaba a olvidar.

La visión recorrió cada estancia con la frialdad de un fantasma. No sabía si habitaba el plano del presente o la certeza de un futuro inevitable, pero sentía que era verdad. La ausencia de su madre no era un rapto, era una extinción; no es que se la hubieran llevado, es que ya no existía. África Crespi había muerto. Ya no importaba si había sucedido o iba a suceder. A Laia ya no le importaba nada…

La imagen se difuminó en un parpadeo de sombras, y lo último que emergió del abismo fueron los ojos de su madre, abiertos de par en par, observándola desde la eternidad. Aquella sonrisa orgullosa, que siempre fue su estandarte, permanecía intacta en un cuerpo arrodillado ante la mano de su verdugo. Entonces, el sonido: un disparo que desgarró el tiempo. Laia observó el horror de la muerte, vio a su madre ser ejecutada frente a ella, y después… solo quedó el vacío. Un silencio sepulcral que se instaló en su pecho para no marcharse jamás.

La pesadilla fue el punto final. El guerrero que vuelve de la batalla espera encontrar el hogar intacto para justificar su sacrificio, pero el destino no hace tratos con la justicia de los hombres. Sintió el frío mineral de la lagartija alejándose de su hombro, y en ese instante, el hilo que las unía se sintió como una soga. Laia comprendió que la verdad no siempre sana; a veces, la verdad es el último tajo que termina de separar al soldado de su mundo anterior. Su madre no estaba a salvo porque el concepto mismo de "salvación" se había evaporado en el jardín oscuro de la Dueña. Se quedó allí, desnuda de esperanza, sintiendo cómo el plomo del destino se fundía con el silencio del presente. El viaje no le había devuelto a su madre; le había entregado su propia soledad, absoluta e irrevocable.

Laia abrió los ojos de golpe y la oscuridad de la cabaña le pareció una extensión idéntica de las tinieblas de su viaje. Su mano, entrelazada con la de Nico, se sentía pesada, cargada de una electricidad residual; él seguía perdido en el jardín de la Dueña, con el rostro sereno y ajeno al derrumbe interior de ella. Se soltó con un movimiento brusco, buscando desesperadamente la figura de Don Javier, pero el banco del chamán estaba vacío. Solo el fuego, agonizante y espectral, confirmaba que aquel refugio era ahora el escenario de un naufragio espiritual.

Salió al exterior y el frío la golpeó como un recordatorio de su propia finitud. El tiempo había sufrido una distorsión aterradora: los veinte minutos de su agonía mental habían sido, en la tierra, la rotación completa del mundo. Era de noche otra vez. Vio al resto del grupo, los "no iniciados", ovillados bajo mantas como larvas humanas bajo el manto de un cielo tan cuajado de estrellas que resultaba violento.

Entonces, un susurro quebró la paz gélida del Ausangate. Provenía de la parte trasera de la cabaña. Laia avanzó con la cautela de una sombra, arrastrada por esa voz inconfundible que parecía vibrar en la misma frecuencia que la piedra. Al asomarse tras la esquina de madera y musgo, se detuvo en seco. Lo que vio no era una alucinación del Chamico, sino una quiebra de las leyes naturales.

Don Javier estaba en cuclillas frente a Sami. La imagen de un hombre hablando con su perro era cotidiana, casi entrañable, pero lo que le heló la sangre fue la respuesta del animal. Sami no era un perro; era un interlocutor. El can no emitía palabras humanas, pero sus gestos, sus gruñidos modulados y la fijeza de su mirada respondían a las frases en quechua del anciano con una coherencia absoluta. Era una conversación imposible entre dos especies, un puente tendido sobre el abismo de la evolución donde la barrera del lenguaje había sido demolida.

Laia retrocedió, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El impacto de su tótem, la visión del piso en Madrid, de la ejecución de su madre… y ahora aquel diálogo prohibido eran piezas de un puzzle que su cordura ya no podía sostener. Quiso huir hacia la oscuridad, pero su pie izquierdo traicionó su instinto de jaguar e hizo crujir una rama seca bajo la bota. Don Javier no se inmutó, pero Sami sí. El perro giró la cabeza con una rapidez mecánica, clavando sus ojos brillantes en el rincón donde Laia se ocultaba. La conversación se detuvo. El silencio que siguió fue un aviso: en esa montaña, nada permanecía oculto, ni siquiera el dolor de una hija que acaba de descubrir que ya no tiene hogar a donde volver.
  • ¿Quién anda ahí? - preguntó Don Javier, poniéndose en pie con una lentitud que no restaba autoridad a su figura.
Laia se pegó contra los troncos rugosos de la cabaña, conteniendo el aliento, con el corazón martilleando contra las costillas. En la confusión de sus sentidos, ya no sabía si la voz procedía de la garganta del hombre o de la voluntad del animal. Cuando el chamán asomó la cabeza y la descubrió allí, encogida y temblorosa, su mirada no fue de reproche, sino de un reconocimiento profundo. Estaba vestida con sus ropas de montaña, pero ante los ojos de él, estaba desnuda, desollada por la verdad que traía del otro lado.
  • ¡Ah! Eres tú… - sonrió con una calidez que desarmaba cualquier defensa -. ¿De qué te ocultas, joven? - le preguntó, situándose a su lado con la naturalidad de quien se sienta a esperar el amanecer.
Laia siempre había sido un incendio, un caos de lucha y huidas, pero lo que traía de la Dueña era un territorio demasiado salvaje incluso para ella. La presión interna cedió de golpe; las emociones, contenidas por años de dureza forjada en el asfalto y el combate diario, se desbordaron como un río que rompe una presa. Se derrumbó. Se dejó caer de espaldas contra la pared de la choza, resbalando hasta golpear el suelo, y rompió a llorar con un desconsuelo animal.

Don Javier la observó unos segundos, dejando que el llanto limpiara lo que la palabra no podía explicar, y se sentó junto a ella en la tierra. Sami no esperó órdenes; llegó al instante y, con la delicadeza de un hermano, hundió su hocico entre los brazos cerrados de Laia. Se acomodó sobre sus muslos, ofreciéndole el calor sólido de su cuerpo, bajó las orejas en señal de luto compartido y clavó sus ojos tristes en el anciano.
  • ¿Qué sucede, Laia? - preguntó Don Javier con una suavidad que parecía nacer del musgo de las rocas -. ¿Por qué llora el jaguar cuando la noche le pertenece?
Su mano huesuda, áspera y sabia, le apartó los mechones oscuros que se le pegaban al rostro por las lágrimas. No había en él la curiosidad del extraño, ni el amor familiar de un abuelo, sino el cariño de quien ya ha recorrido ese mismo desierto. Era la mirada del veterano que recibe al soldado mutilado en la última frontera del espíritu, entendiendo que el precio de la claridad es, a menudo, un vacío que ninguna victoria puede llenar.
  • Todo esto… es… es una locura…
  • ¿Por qué dices eso?
  • No tiene sentido, Don Javier…
  • ¿El qué no tiene sentido?
Laia alzó la cabeza. Sus ojos, enrojecidos y duros, se clavaron en los del anciano con una crudeza que no admitía filtros. Dos almas se reconocieron a través de las pupilas en el frío de la noche andina. El maestro lo supo antes de que ella abriera los labios: el miedo seguía ahí, pero ya no la encadenaba; la claridad brillaba en sus lágrimas, pero ya no la emborrachaba de soberbia.

Estaba lista. Estaba en el umbral del tercer enemigo.
  • ¿Qué es lo que acabo de ver? - preguntó Laia, con la voz quebrada por el espanto.
  • No lo sé, joven… yo no puedo habitar tu alma.
  • Pero usted ha pasado por esto, ¿verdad?
  • Sí… más veces de las que desearía reconocer - Don Javier la contempló con una gravedad infinita, secando sus lagrimas con un dedo -. ¿Qué es lo que realmente te hace llorar?
Laia evocó la sensación, no solo la imagen de la muerte, sino la vacuidad absoluta de la ausencia de su madre. Era una certeza física, una verdad que había ocurrido - o iba a ocurrir - a miles de kilómetros y, al mismo tiempo, justo delante de sus ojos.
  • Yo… le pregunté a la lagartija…
  • ¡Alto! - la detuvo Don Javier en seco, con una autoridad que hizo que Sami irguiera las orejas -. No quiero saberlo. Es más, no debo… Lo que ella te mostró es un secreto entre la Dueña y tú. Si me lo confiesas, quedaré atrapado por tu destino, y mi hilo se enredará con el tuyo.
  • Pero…
  • No hay peros, joven. Así debe ser y así se debe obedecer.
  • ¡¿Pero es real o no?! - alzó la voz.
La pregunta de Laia cayó como una piedra en un pozo sin fondo, dejando al anciano enmudecido por un instante que pareció eterno. Don Javier no sabía qué horror le había susurrado Rimay al oído, ni qué visión había traído Ñawi de las sombras, pero en los ojos de la muchacha ardía ahora una furia gélida, una vibración de tragedia que antes no estaba allí. El chamán sintió un escalofrío que no era producto del viento del Ausangate. Supo, con la intuición de quien ha tratado con espíritus toda su vida, que la Dueña le había entregado a Laia una revelación espantosa, un tajo en el tiempo que la dejaba huérfana de esperanza. Por un segundo, la curiosidad humana tentó al viejo, pero la sabiduría del sabio se impuso: saber el contenido de esa visión era caminar hacia una trampa de la que él tampoco podría escapar.

Don Javier apretó los labios y sostuvo la mirada de Laia. Sus ojos, usualmente bondadosos, se volvieron tan impenetrables como el granito de la montaña.
  • Lo que la Dueña muestra jamás son mentiras, Laia - susurró al fin, con una pesadumbre que le agrietó la voz -. Pero tampoco son verdades absolutas, pues la verdad tiene muchas caras… Lo que has visto es una realidad, pero ahora debes decidir qué vas a hacer con ese peso.
  • Pero… Pero… ¿cómo pueden saberlo? No lo entiendo.
Don Javier dejó escapar un suspiro que parecía cargar con el peso de los siglos y se volvió hacia ella. En su mirada no había reproche, sino la paciencia del que intenta explicar el océano a quien solo conoce un baso de agua.
  • Porque el mundo no empieza con el primer llanto ni se apaga con el último suspiro… - murmuró con una voz que parecía brotar de las raíces de la montaña -. Tu cuerpo, ese que ahora tocas y sientes tan real, no es más que una vasija temporal, un cántaro de barro que el tiempo terminará por reclamar. Nos han enseñado a creer que la muerte es un final, pero la sabiduría de las plantas solo nos muestra la verdad que se oculta tras esa mentira.
El anciano señaló hacia las cumbres, donde las estrellas parecían latir con un ritmo propio.
  • Tú no eres solamente Laia… Eres nieta de la que se fue, hija de la que te vio llegar, amante de quien ve en tu alma una hoguera, y quizás mañana serás madre, volviendo a empezar de nuevo el eterno círculo… Porque no todo acaba cuando te conviertas en alimento generoso para los gusanos, al contrario, sigue sin detenerse… Eres el jaguar que acecha, eres la piedra del río y la luz de esos astros. Tu carne morirá y tu nombre se perderá en el olvido, pero lo que late en tu interior, esa chispa que no sabe de tiempos, seguirá presente en el ciclo eterno.
Se inclinó hacia ella, y sus ojos brillaron con una claridad insoportable.
  • Los espíritus no "saben", Laia. Ellos recuerdan… Recuerdan porque ellos son nosotros y nosotros somos ellos. Somos tan solo eslabones de una cadena que nunca se rompe, aunque el hierro se oxide. El Chamico solo te ha permitido mirar a través de una grieta en el muro de tu propia razón.
Don Javier guardó silencio un instante, dejando que el frío del Ausangate subrayara sus palabras.
  • ¿Lo comprendes ahora?
Laia clavó la vista en el horizonte, allí donde la oscuridad de la montaña se fundía con el abismo del cielo, hasta no saber donde empezaba uno y donde terminaba el otro. Sintió un escalofrío que no era de frío, sino de una aceptación abismal.
  • Creo que sí - respondió al fin, con una voz que, por primera vez, no buscaba comprender lo incomprensible, sino fluir con él.
Laia acarició el pelaje de Sami, sintiendo el fuelle de su respiración rítmica bajo la palma, una cadencia que se fundía con la suya propia hasta que el aire que llenaba sus pulmones parecía ser el mismo. El vacío dejado por la visión de su madre seguía allí, una espina de rosa clavada en el centro de su pecho; un recuerdo que venía del futuro, una verdad que su sangre de guerrera se negaba a aceptar como definitiva.
  • ¿Se puede luchar? - preguntó en un murmullo que apenas rasgó el silencio.
  • No es que puedas, muchacha - sonrió el anciano mientras encendía su pipa, haciendo que la brasa iluminara por un instante sus arrugas milenarias -. Debes hacerlo siempre.
  • No me refiero a eso… - Laia lo miró con una fijeza desesperada -. Pregunto si se puede cambiar lo que el espíritu me ha mostrado. Si se puede torcer lo que ya está escrito.
Don Javier expulsó el humo con una lentitud ceremonial, meditando cada partícula de su respuesta. Sus ojos se perdieron en la negrura del desfiladero, recordando historias que la historia oficial ha preferido olvidar. Historias que hablaban de hombres que, en su soberbia o en su dolor, osaron desafiar al destino, esa arquitectura invisible del universo. Seres de un poder inmenso que se rebelaron contra las leyes universales del ciclo eterno, negándose a aceptar el final que les correspondía. Muchos de ellos se quebraron en el intento, devorados por la locura o aplastados por el peso de su propia osadía. Pero hubo unos pocos, una estirpe maldita, que consiguieron lo imposible: cambiaron el rumbo de lo inevitable.

Sin embargo, el precio de esa victoria fue una mutilación del alma. Aquellos que torcieron el destino dejaron de pertenecer al orden natural; se convirtieron en seres demoníacos, sombras sin espíritu, corrompidos por un poder que no estaba destinado a manos humanas. Al ganar su batalla contra el tiempo, perdieron su luz, transformándose en parásitos de la existencia, errantes en una oscuridad que ellos mismos habían creado.
  • Puedes hacerlo… - contestó el anciano con una sinceridad que helaba la sangre -. Pero el precio a pagar es demasiado alto. Desafiar al destino es un camino de ceniza que solo te arrastra a lo más profundo de la oscuridad, donde ya no queda rastro de lo que fuiste.
Laia apretó los dientes, y en su garganta vibró un sonido que no era humano, sino el rugido sordo de un jaguar acorralado.
  • No creo en el destino - murmuró con una ferocidad gélida -. Y aunque existiera, jamás lo aceptaría. Uno debe luchar. Siempre. Hasta el último aliento, contra quien haga falta.
El anciano la observó en silencio, viendo cómo la furia empezaba a devorar la pena, y supo que Laia estaba preparada para enfrentar a su tercer enemigo… El poder.

El enemigo más feroz de los cuatro.

Porque una vez se vence al miedo y se controla a la claridad, lo que queda ya no es una sensación interna: es real. El aprendiz comienza a influir en su entorno, en las decisiones de otros, en el curso de los acontecimientos. Y el poder intoxica. Vuelve caprichoso al hombre, autoritario, incluso cruel. Le hace olvidar por qué había iniciado el camino. Le hace creer que la búsqueda es para dominar, no para comprender. Derrotarlo exige algo casi imposible: reconocer que el poder nunca es propio. Que es prestado. Que pertenece al mundo, no al individuo. Solo quien se mantiene humilde, quien ejerce control y equilibrio, puede atravesar esa etapa sin convertirse en aquello que había prometido no ser jamás.

Don Javier no añadió una sola palabra más. Se quedó a su lado en un silencio denso y protector, como el abuelo que vela el sueño de la nieta que acaba de despertar de una pesadilla, sabiendo con pesar que el horror ha cruzado la frontera de lo onírico para instalarse en la vigilia. Laia permaneció con la vista perdida en el firmamento, donde las estrellas parecían esquirlas de hielo clavadas en el terciopelo negro. Solo una palabra martilleaba su mente, un mantra de sangre y raíces: “¡Mamá te salvaré!”.

Era un juramento silencioso, una promesa de protección que la arrastraría a las tinieblas si fuera necesario, desafiando a los dioses y al propio destino. Mientras su mente volaba hacia Madrid, sus manos seguían hundidas en el pelaje de Sami. Bajó la mirada y lo observó fijamente. Los ojos del animal se encontraron con los suyos en la penumbra y Laia sintió un escalofrío que le recorrió la médula. No era la mirada dócil y vacía de una mascota; había una inteligencia eléctrica en ellos, una chispa de humanidad que la observaba con una comprensión abismal.
  • Don Javier… - dijo sin romper el contacto visual con el perro.
  • Dime, muchacha… - respondió él, con una sonrisa que ya conocía el final de la frase.
  • Le vi hablando con Sami…
  • Todos los hombres hablan con sus animales, hija. Los dos llevamos mucho tiempo solos en esta cumbre… mi vida es solitaria y él es mi único oído.
  • No - sentenció ella, negando con una firmeza de acero -. No me mienta. No era un monólogo. Los vi a los dos conversando.
  • Será la Dueña, joven… que todavía corre por tu sangre haciéndote ver espejismos.
  • Sé muy bien lo que he visto, anciano - insistió ella, con la mandíbula tensa -. Así que dígame la verdad.
Don Javier soltó una carcajada limpia, una risa que nació en el pecho y se expandió por la terraza como un bálsamo. En ese instante, sintió un aprecio infinito por aquella muchacha. Admiraba su ferocidad, ese carácter indomable y su mirada de Jaguar, precisa y atenta, capaz de saltar al cuello de la mentira cuando nadie lo esperaba. Se puso en pie con un crujido de huesos milenarios, la señaló con la pipa encendida y le regaló una última mirada de complicidad.
  • Todo a su tiempo, acechadora… - murmuró con un guiño místico -. Todo a su tiempo…
Y sin más, se esfumó entre las sombras de la cabaña, tan etéreo como el humo que exhalaba. Laia se quedó a solas con Sami sobre su regazo. Apoyó la cabeza contra la madera rugosa de la choza, intentando que su alma asimilara el vendaval de las últimas cuarenta y ocho horas. La ausencia de su madre seguía allí, una herida abierta que la atormentaba con la urgencia de volver a Madrid y la necesidad de luchar contra lo inevitable.

Sin embargo, bajo aquella inmensa noche estrellada, con el aire gélido del Ausangate lamiéndole el rostro y el calor sólido del animal contra su cuerpo, se sintió extrañamente en paz. El mundo, en su infinita y a veces cruel sabiduría, la empujó a la tregua. La obligó a sentarse, a respirar y a aceptar que, por mucho que el Jaguar quiera cazar, la noche exige descanso antes de que la guerra reclame su lugar con el nuevo día.

Todos acabaron volviendo lentamente de sus sueños, algunos en plena noche, otros al amanecer.

El despertar de Raquel no fue el de alguien que sale de un sueño, sino el de quien emerge de un campo de batalla. Cuando el sol del Ausangate terminó de bañar la cabaña, ella abrió los ojos y se encontró con la mirada de Gustavo, un muro de preocupación que se desmoronó en una sonrisa de alivio.
  • Por fin, rubia - murmuró él, con la voz ronca por las horas de vigilia -. Pensaba que te habías quedado a vivir con esas lagartijas. ¿Cómo te encuentras?
  • Bien - respondió ella, con una sequedad que cortaba el aire.
Raquel se puso en pie con determinación. Se acercó al cubo de agua y bebió del cucharón con una parsimonia que inquietó a Gustavo; había algo en su perfil, recortado contra la luz cruda de la mañana, que se sentía antiguo y peligroso. El grandullón se acercó, impulsado por una curiosidad que le latía en las sienes, y le susurró al oído la pregunta que quemaba en el aire.
  • ¿Qué viste, Raquel? ¿Qué le preguntaste a la lagartija?
Ella terminó de beber, dejó el cucharón y, sin buscar sus ojos, soltó la carga que traía del jardín de la Dueña.
  • Le pregunté algo acerca del pasado - dijo con una seguridad gélida -. Le pregunté por qué lo hizo… Por qué a mí.
Gustavo guardó silencio, comprendiendo al instante. Para Raquel, el futuro no importaba, era un horizonte borroso frente a la cicatriz purulenta que su tío había dejado - no solo en su cuerpo adolescente - sino en su alma eterna. No importaba cuánto caminara hacia el mañana; el dolor del ayer era una losa que le impedía correr en libertad, un lastre de sombra que la mantenía anclada al momento de la violación.
  • Y ahora que lo sé - continuó ella, posando una mano firme sobre el hombro de Gustavo, mientras su mirada se perdía en un punto infinito de odio puro -, ahora que sé que no he sido la única… ahora que sé donde ese maldito desgraciado se oculta… lo mataré.
La frase no fue una amenaza, fue una sentencia de muerte. Había una oscuridad absoluta en sus palabras, una sed de justicia que ya no entendía de leyes humanas, sino de equilibrio de sangre. La venganza se había convertido en su nueva columna vertebral; ya no buscaba sanar, buscaba amputar el cáncer de su historia. Gustavo sintió el frío de esa resolución, pero no retrocedió. Cubrió la mano de Raquel con la suya, apretando con esa fuerza de Toro que lo definía, y asintió con una solemnidad que sellaba un pacto de sangre.
  • Y no lo harás sola - le dijo, con la voz baja y firme como un trueno lejano -. Yo estaré allí cuando llegue el momento… Pues si hay que bajar al infierno para cobrar esa deuda, bajaremos juntos.
En la penumbra de la cabaña, sus palabras no se disiparon. Se quedaron allí, suspendidas, pesando en el aire como una promesa sellada con hierro. Algo cambió. El juramento de Raquel y la lealtad de Gustavo se entrelazaron en ese instante, forjando un vínculo que ya no tenía retorno. El Oso y el Toro acababan de señalar a su presa. Fuerza y embestida. Instinto y protección. Y en lo más profundo de ella, atravesando cada grieta, resonó aquella sensación irrefutable que había sentido al confesar su dolor, desnuda ante su manada.

No caminarás sola.
Nunca más.

El Ausangate, que hasta hacía un momento era un templo de silencios minerales, estalló en un mercado de voces ansiosas. Sofi, Nico y Gabi se vieron rodeados por el resto del grupo, una marea de rostros que oscilaban entre el escepticismo mordaz y una envidia mal disimulada. Las preguntas caían como granizo: "¿Qué se siente?", "¿Es verdad que cazasteis una cabra?", “¿Duele?”... Vincenzo y Antonio mantenían el ceño fruncido, intentando descifrar en las pupilas de los retornados el rastro de la locura o el de la divinidad, sin encontrar un asidero lógico al que agarrarse. Pero por encima de todo el murmullo, como un látigo de impaciencia, restallaba la voz de Fani.
  • ¡Venga ya! ¡Que yo también quiero! - gritaba, dando saltos de animal enjaulado -. ¡Que me habéis tenido aquí fuera contando estrellas mientras vosotros os ibais de safari espiritual! ¡Don Javi, suelte ya la pócima, que me muero de ganas de ver a mi bicho!
Don Javier, apoyado en su bastón, dejó escapar un suspiro largo, un aire cargado de la fatiga de los siglos. Se estaban saltando el ritual; estaban profanando el silencio sagrado que requiere la digestión del alma. Pero, al verlos así, desbordados y febriles, el anciano no pudo evitar que una sonrisa pequeña y melancólica le arrugara aún más el rostro. Porque, aunque su sangre fuera ya casi savia de árbol, seguía recordando perfectamente el incendio que significa ser joven.

Hay una belleza trágica y sublime en la juventud: ese deseo irrefrenable de conquistarlo todo antes de que el sol se ponga, esa soberbia hermosa que desprecia las leyes marcadas por los viejos. El joven no quiere el mapa, quiere el abismo. No busca la sabiduría que gotea con los años, sino el relámpago que lo parte todo en un segundo.

Ser joven es beberse el vino de la existencia a toda prisa, sin detenerse a saborear los matices de la uva o el poso del tiempo, deseando únicamente la embriaguez absoluta para poder rugir con la vida desatada. Es la negativa a caminar por el sendero trillado, prefiriendo romperse las piernas en la pendiente con tal de ser el primero en tocar el cielo. Es esa urgencia de sangre caliente que cree, con una fe suicida, que el mundo empieza y termina en sus propios pulmones.
  • Está bien, cachorra de ciudad - murmuró el chamán, alzando la mano para imponer un orden que ya sabía perdido -. Si tanto ansías quemarte en el fuego del Abuelo, sígueme. Pero no digas que este viejo no te advirtió que la embriaguez de la verdad deja una resaca que dura toda la vida.
Fani, Carol y Lena dieron un paso al frente con la mirada encendida. El turno de las guardianas había llegado, y el Ausangate se preparaba para recibir a tres nuevas almas en su vientre de piedra. Don Javier se movió hacia la entrada, allí donde el aire parecía más denso, y con un movimiento de cabeza les indicó que lo siguieran. Con tal solemnidad que detuvo en seco el alboroto de Fani.

Pero antes de irse de la terraza natural al infinito, se giró hacia Nico, Laia y los otros cuatro que aún procesaban el rastro amargo de las lagartijas en su memoria.
  • Descansad, caminantes - dijo con una voz que pesaba como el granito -. Habéis desenterrado el pasado con el Abuelo y habéis atisbado los hilos del mañana con La Dueña. Vuestras almas están exhaustas, estiradas entre lo que fue y lo que será... pero el círculo no se cierra en los extremos.
Se detuvo, sosteniendo un pequeño cántaro envuelto en fibras de selva, un objeto que parecía palpitar con un ritmo propio, oscuro y profundo.
  • Esta noche - continuó, y sus ojos se volvieron dos abismos de obsidiana -, recibiréis el beso de La Madre Tejedora.
Hizo una pausa para dejar que el nombre se asentara en el pecho de los jóvenes.
  • Si el Abuelo es la raíz del mundo y la Dueña es el viento que despeja la niebla del futuro, La Madre es el río que fluye ahora mismo por vuestras venas. Ella es el presente, la dueña del poder. No os llevará atrás ni os lanzará adelante; os obligará a estar aquí, en el centro exacto de vuestra propia existencia, donde el dolor y la gloria se funden en un solo grito. Ella no muestra visiones, ella es la visión. Teje vuestra carne con la de la montaña hasta que ya no sabes dónde terminas tú y dónde empieza la eternidad.
Don Javier volvió a encender su pipa, y el humo pareció danzar alrededor del espíritu de la Madre Tejedora. Que aunque nadie la podía ver, sentían su presencia en cada rincón de aquella inmensa montaña.
  • Dormid ahora, descansad… Necesitáis que vuestra sangre esté tranquila antes de que ella entre a reclamar su trono. Porque el beso de La Madre no se olvida... es el nudo que ata vuestro espíritu al "ahora" para siempre.
Mientras los veteranos se abandonaban a un descanso denso y necesario, como cuerpos que por fin se permiten caer tras haber resistido demasiado tiempo, Don Javier se llevó consigo a las tres mujeres y a los dos hermanos para iniciar su aprendizaje, alejándolos poco a poco de la cabaña y de ese breve refugio de paz.

Pero el jaguar no dormía. No podía.
No estaba en su naturaleza.

El jaguar permanece despierto cuando el mundo se apaga, observa cuando los demás cierran los ojos, respira en silencio mientras todo a su alrededor baja la guardia. Es vigilia, es instinto, es amenaza contenida. Y Laia, sin saberlo del todo, encarnaba exactamente eso: una tensión imposible de apagar, una conciencia que no encontraba descanso ni siquiera en el paraíso.

A unos metros, Gustavo y Raquel se habían arropado bajo la misma manta, buscando calor más que descanso, intentando engañar al cuerpo para que cediera. Muy cerca, Sofi ya empezaba a rendirse al sueño, recostada sobre el pecho de Gabi, cuya mirada seguía clavada en las páginas de aquel libro robado, el mismo que los había arrastrado hasta allí. Sus dedos pasaban las hojas sin prisa, como si buscara algo que ya no sabía nombrar. Una respuesta, quizás. O la confirmación de que todo aquello no era más que un eco repitiéndose, una historia que se reescribía con otros nombres, otros rostros… pero idéntico destino. Nico, a su lado, no leía. Pensaba. Con la mirada perdida en el horizonte, como si intentara ordenar el caos dentro de su cabeza, como si aún confiara en que todo aquello pudiera explicarse, reducirse, entenderse.

Solo Laia permanecía en pie. Inmóvil. Frente a ellos. Como una grieta en la calma.

Sus brazos caían a los lados del cuerpo, tensos, y su respiración no terminaba de acompasarse. Había algo en su mirada que no encajaba con el descanso del resto, una inquietud que no encontraba sitio en aquella montaña que parecía un santuario. Hasta que, de pronto, lo rompió.

Si ella no dormía… nadie debía hacerlo.
  • ¡Hay que volver a Madrid!
La frase cayó como una piedra en el agua quieta. Sofi abrió los ojos de golpe, incorporándose levemente sobre Gabi. Nico giró la cabeza al instante, frunciendo el ceño, arrancado de sus pensamientos. Gustavo, aún medio envuelto en la manta, levantó la mirada con pesadez, y Raquel hizo lo mismo, aunque sin moverse del todo, observándola en silencio.

Durante un segundo… nadie entendió nada. El tiempo pareció detenerse, suspendido en esa declaración absurda, fuera de lugar, como si Laia acabara de hablar en otro idioma. Y todas las miradas, una a una, se clavaron en ella.
  • ¿Qué dices, Laia…? - frunció el ceño Gabi, bajando lentamente el libro.
  • ¡Que debemos volver a casa!
  • ¿Ahora? - preguntó Sofi, incorporándose, aún atrapada entre el sueño y la confusión.
  • ¡Sí, joder! ¡Ahora!
Laia no podía estarse quieta. Sus pasos cortaban el espacio de un lado a otro, como si aquella terraza, que hacía apenas unos minutos parecía infinita, se hubiera encogido hasta asfixiarla. Había algo en su cuerpo que no encajaba, una urgencia que no pertenecía al descanso ni a la paz, sino a la huida. Cada músculo suyo gritaba lo mismo: peligro.
  • No podemos irnos… aún no hemos terminado… - intentó decir Gabi, incorporándose levemente.
  • ¡Ahora no importa eso, Gabi! - le cortó ella, acercándose de golpe -. ¡Tenemos que irnos, ya!
Se plantó frente a él y apoyó las manos sobre sus rodillas con una fuerza casi desesperada. Gabi sintió la presión, pero sobre todo vio sus ojos. Y ahí lo entendió. Miedo. No el miedo superficial, no el nerviosismo… sino algo más profundo, más antiguo. Algo que había nacido del sueño y se había colado con ella hasta el mundo terrenal.
  • Has visto algo malo… ¿verdad? - preguntó, sin apartar la mirada -. ¿Qué has visto, Laia? ¿Qué ha pasado en Madrid?
  • ¿Son nuestros padres? - añadió Nico, girándose hacia ella -. ¿Están bien?
El descanso murió en ese mismo instante. Se desvaneció sin dejar rastro, sustituido por una tensión distinta, más cruda, más conocida. Ya no eran exploradores oníricos buscando respuestas en la sabiduría ancestral del mundo espiritual. Volvían a ser lo que siempre habían sido: fugitivos oliendo la amenaza antes de verla. Laia no respondió de inmediato. Sus manos seguían clavadas en las rodillas de Gabi mientras levantaba la mirada, recorriéndolos uno a uno. Y entonces, como un eco inevitable, regresaron las palabras de Don Javier.
  • No puedo deciros lo que vi… - murmuró al fin -. El viejo me dijo que si lo decía en voz alta… lo ataría a mi destino.
  • ¡¿Qué coño significa eso?! - saltó Gustavo, incorporándose con brusquedad.
  • No lo sé… - negó ella, tensa -. Pero me advirtió que no se lo contara a nadie.
El silencio se volvió incómodo, denso… hasta que Sofi se levantó del todo y sin dudar, le agarró la mano con fuerza.
  • Si tú dices que debemos volver, lo haremos - dijo, firme -. Me da igual no saber por qué. Eres como una hermana para mí. Y si tú te vas… yo voy contigo.
Raquel no tardó en sumarse. Se puso en pie y apoyó su mano sobre la de Sofi, clavando los ojos en Laia.
  • Mi destino ya estaba atado al tuyo antes de llegar aquí - dijo con una calma pesada -. Cuenta conmigo, vecina.
Uno a uno, el gesto se repitió. Gustavo, luego Nico. Manos superpuestas, piel contra piel. Unión. Familia. Decisión. Todas acabaron apoyadas sobre la rodilla de Gabi. Pero él… no se movió. Seguía sosteniendo el libro entre las manos, inmóvil, como si pesara más que nunca. No era falta de lealtad. No era duda hacia ellos. Los amaba, sin condiciones. Eran su familia. Moriría por ellos si hiciera falta. Pero algo dentro de él seguía tirando en otra dirección.
  • Entiendo que queráis volver… - dijo al fin, en voz baja -. Es más… yo iría con vosotros. Pero no puedo.
  • ¿Qué dices, Gabi? - bufó Sofi, incrédula -. Somos un grupo. No nos separamos. Sea lo que sea lo que ha visto Laia, está claro que es urgente. Tenemos que volver.
Gabi negó levemente, apretando el libro entre los dedos.
  • No sin antes entender cómo funciona la “Azulita”…
  • ¡¿Qué más da eso, chaval?! - rugió Gustavo, dando un paso al frente -. ¡Está claro que algo malo está pasando en Madrid! ¡Hay que volver! ¡Piensa en tus padres!
No lo dijo con maldad. Ni siquiera llegó a pensar en el peso de sus propias palabras. Pero aquella última frase, lanzada con la brusquedad de quien actúa por instinto, hizo que Gabi bajara la cabeza. El silencio que siguió fue inmediato. Gustavo lo entendió al instante. La torpeza le golpeó como un puñetazo seco. Gabi era huérfano: madre muerta, padre ausente. No había nada a lo que volver… al menos no en el sentido en que él lo había dicho.

Retiró la mano de su rodilla y, casi con cuidado, la apoyó sobre su hombro.
  • Lo siento, chaval… no pretendía…
Pero Gabi no había agachado la cabeza por dolor. Aquella herida ya no sangraba como antes. No estaba cerrada, pero sí asumida. Formaba parte de él, como una cicatriz que ya no duele, pero nunca desaparece.
  • No es eso, compañero… - murmuró, mientras las manos de los demás seguían apoyadas sobre él.
  • De verdad que lo lamento…
Gabi alzó la cabeza entonces. Sus ojos recorrieron uno a uno los rostros que tenía delante. Los de los suyos, los de su manada. Y tomó la decisión.
  • Id… - dijo con calma -. Pero yo me quedo.
La reacción fue inmediata.
  • ¡Ni de coña! - soltó Sofi, apartando la mano de golpe y cruzándose de brazos.
  • No es tu decisión - respondió Gabi, sin alterar el tono -. Es la mía.
Nico retiró la mano, nervioso, pasándosela por el pelo, intentando ordenar pensamientos que no terminaban de encajar.
  • Colega… no vamos a dejarte aquí solo - dijo, serio -. No sabiendo que estamos rodeados de mercenarios. Sofi tiene razón. Si hacemos algo, lo hacemos juntos. Es la única forma de sobrevivir.
Raquel también apartó la mano, pero en su caso fue para acercarse un poco más a él, reduciendo la distancia, buscando que sus palabras no se perdieran.
  • Gabi… - dijo con suavidad -. Sé perfectamente que para ti entender la “Azulita” es lo más importante. Y lo entiendo. Sé que hay algo más para ti en todo esto… algo espiritual, algo que necesitas resolver.
Hizo una breve pausa, sosteniéndole la mirada.
  • Pero esto no se acaba aquí. Siempre podemos volver. Siempre podemos retomar lo que hemos empezado… - su voz se tensó ligeramente -. Pero si lo que todos estamos pensando… y lo que Laia no puede decir… es verdad…
Otra pausa. Más pesada.
  • Entonces debemos volver a casa.
El aire quedó suspendido entre ellos. No era solo silencio: era ese instante preciso en el que un grupo deja de ser uno y se convierte en una encrucijada. Dos caminos. Una decisión. El pulso invisible entre lo que se ama… y lo que se es. Solo una mano permanecía apoyada sobre su rodilla. La de Laia. Las garras del jaguar. No lo retenía. No lo empujaba. Simplemente estaba ahí, firme, como una verdad que no necesita palabras. Porque ella lo entendía. Donde los demás veían la unidad del clan - la fuerza de la manada, el calor terroso del hogar, ese círculo sagrado donde nadie cae solo -, Laia veía también la otra cara de la moneda. El propósito individual del guerrero. La llamada que no entiende de consensos, que no pide permiso, que no negocia. El fuego que no calienta… sino quema.

El jaguar no es el que corre en grupo. Es el que se detiene. El que observa desde la sombra. El que espera el instante exacto y, cuando llega… actúa sin dudar. Solo. Siempre solo. Aunque haya aprendido, con el tiempo, a caminar junto a otros. Aunque haya descubierto algo parecido a un hogar en aquella manada de lobos, osos y toros. Aunque ese hogar le importara más de lo que jamás admitiría. Porque Laia, habiendo sido un ejército de una sola mujer durante toda su vida, sabía algo que los demás aún no podían aceptar: Que hay decisiones que no se comparten. Que hay caminos que no se votan. Que hay fuegos que no se apagan con abrazos.

Ella no apartó la mano. No lo detuvo. No lo contradijo. Porque donde los demás veían un error, un riesgo o una locura… Laia vio una verdad desnuda, innegociable. Hay caminos que no se eligen. Caminos que te eligen a ti. Y cuando eso ocurre… no hay clan, ni amor, ni miedo que pueda retenerte. Porque en ese instante, cuando la decisión se toma de verdad, no desde la duda sino desde el alma… ya no hay vuelta atrás.
  • Gabi, mírame - dijo, alzando apenas la barbilla, como quien no pide, sino ordena desde un lugar más profundo que la voz.
Él levantó la vista. Y en los ojos de ella no encontró miedo. Ni duda. Ni esa tristeza que pesa cuando alguien está a punto de perder algo. No. Lo que vio fue otra cosa. Algo más antiguo. Más limpio… Orgullo. El mismo que ondea en un estandarte tras la batalla. El que no celebra la victoria… sino el valor de haber luchado. El reconocimiento silencioso de un igual frente a otro. De guerrero a guerrero.

Laia apretó levemente la mano sobre su rodilla. No para retenerlo. Para anclar ese instante.
  • Haz lo que tengas que hacer - murmuró, sin romper el hilo invisible que los unía -. Si ese es tu camino, síguelo. Sin mirar atrás. Sin pedir permiso.
Porque ella sabía - mejor que nadie - que hay decisiones que no admiten compañía. Que cuando el alma llama… se responde en soledad. Hizo una breve pausa. Apenas un latido.
  • Pero prométeme una cosa… - añadió, y en su voz ya no había desafío, sino una verdad desnuda -. Vuelve.
Sus dedos se tensaron lo justo. No como una súplica. Como un juramento compartido.
  • Herido, casi muerto, victorioso o derrotado… me importa una mierda.
Otra pausa. Más corta. Más honda.
  • Pero vuelve.
Gabi asintió, y las lágrimas brotaron sin permiso, como si llevasen tiempo esperando ese gesto para escapar. Aún no se habían ido, pero ya los sentía lejos. No en la distancia… en el destino. Nico bajó la cabeza, clavando la mirada en el suelo, comprendiendo en silencio que aquello ya no tenía marcha atrás. Raquel negó despacio, casi imperceptible, como quien ve un error desplegarse y no puede detenerlo. Gustavo se quedó quieto, inmóvil, tragando saliva, sosteniendo a Gabi con la mirada como si así pudiera retenerlo un segundo más. Y entonces Sofi estalló. Se puso en pie de golpe, como si el suelo la hubiera escupido.
  • ¡Me cago en tus muertos, Gabi! - gritó, la voz rota, temblando de rabia -. ¡¿Pero tú qué te crees, imbécil?! ¡¿Que esto es un puto juego?!
Dio un paso hacia él, señalándolo con el dedo, los ojos brillando, incendiados.
  • ¡Mira que eres gilipollas! ¡Te juro que eres el tío más cabezota del mundo! - escupió, pero no había veneno… solo miedo -. ¡Después de todo lo que hemos pasado vienes ahora con esta mierda?!
Se llevó las manos a la cabeza, desquiciada, girando sobre sí misma.
  • ¡Eres un puto egoísta! ¡Un inconsciente de mierda! ¡¿Lo sabes?! - volvió a encararlo -. ¡Nos estás dejando tirados, joder! ¡A mí, Gabi! ¡A miiiiiii! ¡A tu puta familia!
La voz se le quebró en esa última palabra. “Familia”. Y ahí estaba todo. No eran insultos de odio los que brotaban de su garganta. Era amor desbordado, incapaz de encontrar otra forma de salir. Laia, con la furia de la loba aullando a su espalda, no intervino. No la frenó de inmediato. Dejó que ese rugido existiera, que se quemara. Y entonces, en mitad de ese caos, sonrió. Una última vez. Una sonrisa breve, limpia. Solo para él.

Retiró la mano de su rodilla y, sin dudarlo, lo abrazó. Fuerte. Directa. Como se abrazan los que saben que no hay garantías.
  • Ya me ocupo yo… - murmuró contra su oído.
Le dejó un beso en la mejilla. Seco y preciso. A modo de despedida.
  • Cuídate… ¿de acuerdo? - añadió, separándose lo justo para mirarlo -. Y no hagas locuras.
Luego se levantó. Sin mirar atrás. Rodeó los hombros de Sofi con un brazo y empezó a apartarla de allí, tirando suavemente de ella mientras la otra seguía maldiciendo al hombre que amaba, todavía presa de esa furia salvaje que no sabía cómo rendirse.
  • Eh… ya está - le susurró Laia, firme, contenida -. Relájate, joder.
No era una orden. Era el inicio de una separación. No solo la de Sofi arrancándose, a la fuerza, de Gabi. No solo ese hilo invisible que se tensaba hasta el límite entre dos cuerpos que siempre habían caminado juntos. Era algo más profundo. Más antiguo. Más inevitable.

Era la grieta. La primera fisura real en la manada.

Hasta ese momento habían sido una sola cosa. Un organismo que respiraba al unísono, que avanzaba como una unidad salvaje, donde cada uno ocupaba su lugar sin cuestionarlo demasiado. Lobos, osos, toros… piezas distintas de una misma bestia. Si uno caía, los demás mordían. Si uno dudaba, los otros empujaban. Así habían sobrevivido.

Pero ahora no. Ahora el camino dejaba de ser uno. Ahora la montaña no era el enemigo. Ni los mercenarios. Ni el mundo que los perseguía. Ahora era esto: Elegir. Laia lo sabía. Por eso no insistió. Por eso no luchó contra lo inevitable. Porque hay batallas que no se ganan reteniendo, sino soltando. Porque hay vínculos que no se rompen cuando los cuerpos se separan… sino cuando se traiciona lo que uno es. Y Gabi, en ese instante, estaba siendo exactamente eso. Él mismo.

Sofi seguía forcejeando, maldiciendo entre dientes, resistiéndose a dar un solo paso más lejos de él. Pero cada centímetro que Laia la arrastraba no era solo distancia física. Era un desgarro. Un hilo que se estiraba entre el calor del hogar y la llama indomable de un alma que no podía quedarse. Detrás, el resto empezó a moverse también. Sin palabras. Sin órdenes. Como si entendieran que aquel momento no admitía discursos.

Nico dio un paso atrás. Raquel desvió la mirada. Gustavo apretó los dientes.
Y, sin darse cuenta, dejaron de estar en círculo.

Dejaron de ser refugio.

La manada, por primera vez, no avanzaba junta.

Se estaba partiendo.

Como el Disprosio, siendo la garra que resiste el calor de la paz y el imán que nos arrastra de vuelta a la pesadilla. Esta historia continuará…
 
Es normal que puedan pasar estás cosas, pero yo creo que si al final vuelven a Madrid, volverán a juntarse con Gabi en un futuro cercano.
La lástima y lo doloroso es que ya sabemos que algo malo pasa con sus familias y solo espero que lo paguen los culpables.
 
Capítulo 67. Holmio - Una paradoja c(Ho)cante: Lo eterno es efímero, lo efímero es eterno.

El Holmio (Ho) ocupa el sexagésimo séptimo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del holmio con la paradoja de lo eterno y lo efímero, nos adentramos en el elemento de la intensidad absoluta en el instante. El holmio es el lantanóido con el momento magnético más alto de la naturaleza; posee una fuerza invisible tan concentrada que es capaz de curvar la realidad a su paso, recordándonos que lo que parece eterno es solo un instante vivido con la fuerza suficiente. Es la química de lo efímero, lo eterno y la fragancia del ahora.

El Holmio y la Paradoja del Tiempo: La Química del Instante Eterno

1. El Momento Magnético Más Alto (La Intensidad del "Ahora")

El holmio tiene una capacidad inigualable para concentrar líneas de flujo magnético. No es el imán más grande, pero sí el que enfoca la energía con mayor densidad. Decir "siempre" o "nunca" es un intento del ego por domesticar el tiempo. El holmio representa el presente expandido. Cuando vivimos algo con la intensidad del holmio, ese segundo se vuelve "eterno" no porque dure mucho, sino porque su magnetismo es tan fuerte que detiene el reloj. Es el perfume de la flor: dura un suspiro, pero su huella en la memoria es inamovible. Lo efímero y lo eterno se besan en el punto de máxima concentración magnética.

2. El Colorista Camaleónico (La Mutabilidad de la Verdad)
El óxido de holmio tiene una propiedad fascinante: cambia de color según la luz. Bajo la luz del día es de un amarillo melocotón suave, pero bajo luz fluorescente se vuelve un rosa intenso y vibrante. La paradoja de “lo eterno y lo efímero" es una cuestión de iluminación. Lo que hoy juramos que será "para siempre", bajo la luz de la pérdida se convierte en un "nunca más". El holmio nos enseña que la verdad es cromática. No hay estados fijos, solo percepciones. El "siempre" es solo un "ahora" visto bajo una luz persistente, y el "nunca" es el mismo sentimiento cuando la luz cambia de ángulo.

3. El Láser Quirúrgico de Holmio (La Precisión del Cambio)
Se utiliza en cirugías láser (YAG-Ho) para vaporizar tejidos con una precisión milimétrica sin dañar lo que está alrededor. Es una energía que destruye para sanar, actuando en un pulso brevísimo. El destino se decide en milisegundos. Un "sí" o un "no" pueden alterar el curso de una vida. El holmio es ese pulso cortante. La paradoja nos dice que no digamos "siempre" porque la vida es un láser de holmio: un solo impacto de realidad puede vaporizar lo que creíamos sólido. Lo eterno es la cicatriz; lo efímero es el rayo de luz que la provocó.

4. El Filtro de Calibración (La Medida del Caos)
Debido a sus picos de absorción óptica tan definidos, el vidrio de holmio se usa para calibrar espectrofotómetros. Es el estándar para saber si una máquina está "viendo" los colores correctamente. "No digas siempre, no digas nunca" es nuestro filtro de calibración emocional. Necesitamos el holmio para no perdernos en las ilusiones de la mente. Nos recuerda que debemos medir nuestra existencia no por la duración, sino por la nitidez de nuestros picos de absorción: ¿cuánta vida estamos realmente absorbiendo en este momento? El holmio es el estándar de oro que separa la fantasía de la permanencia de la realidad del cambio constante.

5. El Espín Atómico (El Movimiento Perpetuo)
En la vanguardia de la computación cuántica, se han usado átomos individuales de holmio para almacenar bits de información, aprovechando su estabilidad magnética a escala atómica. En lo más pequeño, en el átomo, reside la memoria del todo. El holmio nos dice que un solo átomo (un instante) puede contener toda la información de una vida (lo eterno). "Siempre" es una palabra demasiado grande para nosotros, pero podemos ser eternamente fieles a un espín, a una dirección del alma, un milímetro a la vez.

Conclusión: El Holmio es el concentrador de la existencia. Nos enseña que la eternidad no es una línea infinita, sino un punto de luz extremadamente brillante. El holmio nos invita a abandonar las palabras "siempre" y “nunca”, “eterno” y “efímero” para abrazar la paradoja: somos el perfume de la flor, una fragancia que desaparece en el viento pero que, mientras existe, es lo único real en el universo.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • Debéis bajar la pendiente, sin mirarlo, presentaros al Abuelo con sumo respeto… Decidle vuestro nombre y que buscáis, pero sin alzar la vos. Pues…
El prado, que hacía un instante era el escenario de una liturgia ancestral, se transformó en un hervidero de caos humano. La voz de Don Javier, que explicaba a los nuevos iniciados cómo postrarse ante el Abuelo, se extinguió bajo el estallido de los gritos de Sofi. La paciencia mineral de la montaña fue violada por una urgencia que no entendía de tiempos sagrados.

Sofi emergió de la grieta de roca como una exhalación, cargando su mochila y una furia que le deformaba las facciones. Al instante, Carol, Fani y Lena corrieron hacia ella, interceptando ese torbellino de carne y rabia. Tras ellas, los Sorrentino avanzaron con la mano cerca del acero, escrutando el horizonte; conocían ese tipo de incendios, eran dinamita con la mecha corta y sabían que, cuando Sofi corría así, es porque el mundo ya estaba ardiendo.

En cambio, Don Javier no se movió. Permaneció apoyado en su bastón, observando la escena con la distancia de quien ve las estaciones cambiar. No era una mudanza del destino lo que presenciaba, sino un violento intento de corrección ante su final predicho.
  • ¡¿Qué sucede?! - clamó Carol, intentando frenar el paso frenético de su hermana.
  • ¡Sofi, joder! ¡¿Qué te pasa?! - gritó Fani, interponiéndose en su camino.
Sofi la apartó de un manotazo ciego, dispuesta a devorar la pendiente sin mirar atrás, hasta que Carol la inmovilizó por los hombros, gritándole a la cara para traerla de vuelta del abismo.
  • ¡Sofi, bastaaaa! - le gritó con todas sus fuerzas.
Ella se detuvo en seco. En sus ojos no había solo fuego; había furia, rabia… Y curiosamente todo provenía de un único sentimiento totalmente contrario. Era el desgarro que nace del amor más absoluto y desesperado.
  • ¡Gabi! ¡Eso es lo que pasa! - estalló ella, temblando bajo el peso de una decisión que no podía aceptar.
En ese momento, el resto del grupo apareció en el claro. Cargaban con todo el equipo, con el peso de una huida que se reanudaba antes de tiempo. Laia, Gustavo, Nico y Raquel avanzaban en silencio, con la gravedad de los que saben lo que los demás aún ignoran.
  • ¿Nos vamos? - preguntó Lena, ajustándose las gafas, sintiendo cómo el frío de la incertidumbre le trepaba por las piernas.
Laia le entregó su mochila y le puso una mano en el hombro, un gesto que pesaba más que cualquier explicación técnica. Los Sorrentino intercambiaron una mirada de acero al recibir sus petates de manos de Gustavo. La sospecha se apoderó del aire: ¿era el enemigo?, ¿los habían localizado?, ¿había mercenarios en la montaña?… El miedo, ese complemento vitamínico en la dieta diaria de los fugitivos, volvió a llenarles la boca con sabor a metal.
  • Laia, ¿che sta succedenn'? ¿Pecché ce n'ammo 'a gghì? - preguntó Antonio, acercándose con la desconfianza del perro viejo que huele la emboscada.
Ella repitió la consigna: "Volvemos a Madrid”. No mencionó el piso vacío, ni el disparo en la nuca, ni la ausencia de su madre. El susurro de la Dueña seguía siendo un secreto oculto en su alma. Pero sus ojos, dos pozos de determinación y luto, hablaron lo que su lengua callaba. Lo dijo con una autoridad tan terminal que nadie osó pedir pruebas. Todos comprendieron, por instinto, que algo horrible estaba a punto de ocurrir, algo que no se podía evitar desde una cabaña en los Andes.

Entonces Carol, que aún sostenía a Sofi, alzó la vista hacia la lejanía. Allí, recortado contra la inmensidad del granito, estaba Gabi. Sin mochila. Con las manos en los bolsillos. Inmóvil. Tenía la mirada del que se queda en el muelle viendo cómo el último barco zarpa hacia la tormenta.
  • Gabi… - susurró, y el nombre quedó suspendido en el aire frío como una sentencia.
Lo entendió en ese mismo instante, con una claridad que le dolió en el pecho: uno de ellos se quedaba atrás, una pieza del puzzle se desprendía voluntariamente para sostener el peso de la montaña y sus secretos. Carol estrechó a su hermana con una fuerza nueva; donde antes había necesitado contención para frenar su huida, ahora solo quedaba una compasión infinita.

Sofi, atrapada en ese abrazo, sintió cómo la hoguera de rabia que amenazaba con calcinar el prado se diluía de golpe. Fue la alquimia súbita y extraña del corazón: la llama, ante la evidencia de la pérdida, se transformó en agua vertida. El fuego se hizo llanto. Se derrumbó en los brazos de su hermana pequeña, ofreciendo una imagen tan triste como poderosa. Allí estaba la loba, la guerrera endurecida en mil batallas, la auténtica hija del punk de los noventa que siempre había escupido a la cara del destino, llorando por amor con la vulnerabilidad descarnada de una quinceañera atolondrada. Sus sollozos rompieron el último resto de silencio místico que quedaba en el Ausangate, recordándoles a todos que, por mucho que hubieran visto a sus tótems, por muy poderosos que pudieran llegar a sentirse, seguían siendo solamente humanos… frágiles y terriblemente solos.

Don Javier, desde la distancia, bajó la cabeza. Sabía que ese llanto era el peaje necesario para que la manada pudiera seguir adelante. Gabi, inmóvil en su atalaya de roca, no apartó la vista, sosteniendo el dolor de Sofi a lo lejos como si fuera su última misión antes de la soledad absoluta.

No hubo despedidas. No hubo abrazos interminables, ni más sollozos que los de la loba desgarrada sobre el hombro de su hermana. Nadie se despidió de Gabi y Gabi no se despidió de nadie. Era el código no escrito de los guerreros, pues quien pronuncia un adiós está aceptando la ruptura; está firmando, con el aliento, el acta de su propio distanciamiento. Así que no fue el miedo a no volverse a ver, ni el temor a perder el calor de la cercanía lo que les cosió la boca en aquel prado andino. Lo que les empujó a no despedirse fue un juramento sin palabras, una voluntad enfermiza y soberbia de negar la realidad de lo que estaba ocurriendo.

Se negaron a claudicar ante la evidencia de la partida. No era un final, ni un "hasta pronto", porque en su cosmovisión de sangre y barro, ni la distancia kilométrica ni la inseguridad del mañana tenían poder suficiente para desatar el nudo de la manada. Aceptaron el silencio como una armadura. Se dieron la vuelta y empezaron a descender, uno tras otro, sintiendo el peso de la mochila y el vacío a sus espaldas. Gabi permaneció allí, como un monolito de piedra, viendo cómo sus hermanos se convertían en puntos diminutos que se hundían en la ladera. No levantó la mano. No gritó un nombre. Se limitó a ser el faro de una fe ciega: la convicción de que lo que nace en la manada es indestructible, y que mientras uno de ellos permaneciera en la cumbre custodiando la luz, ninguno de los que bajaban al llano estaría realmente solo.

Eran almas en guerra, y los guerreros no dicen adiós; simplemente cambian de posición en el frente, aprietan los dientes y siguen luchando con fiereza. Pero de pronto, Sofi se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro de cristal invisible. El mundo seguía rodando ladera abajo, pero sus pies se habían clavado en la tierra antigua. Carol, que no le soltaba la mano, sintió el tirón y guardó un silencio reverencial, observando cómo el alma de su hermana se batía en duelo.
  • No puedo… - susurró Sofi, y el aire pareció romperse con ella -. No puedo, joder…
En su pecho libraban una guerra dos sangres distintas. Por un lado, el instinto animal que le gritaba que su familia en Madrid estaba en peligro, que el hogar ardía y que el deber la llamaba al frente. Por otro, el lazo carnal y sagrado que la unía a Gabi, un hilo de oro que la montaña había tensado hasta casi cortarla. No era solo amor; era la necesidad biológica de no dejar al compañero amado atrás. Se dio media vuelta, con el rostro desencajado, dispuesta a subir de nuevo, a arrodillarse suplicante o a arrastrarlo por los pelos si era necesario. Pero al dar el primer paso, su frente chocó contra un muro de carne y lana. Alzó la vista, rota, y se topó con el pecho inmenso de Gustavo. El grandullón la miraba desde su altura con esos ojos que siempre navegaban entre la pureza del niño y la blasfemia del condenado.
  • Tira pa’ lante, morena - le sonrió, y su voz fue un ancla en mitad de la tempestad -. Yo me quedo con él.
El grupo se detuvo como un solo cuerpo. La confusión barrió los rostros. Pero allí estaba él, revelando la lealtad de perro viejo que siempre había llevado oculta bajo su piel de toro. Gustavo podía ser bruto, podía hablar con la delicadeza de una apisonadora, pero su palabra era un contrato de sangre.
  • Tú debes volver a casa, alguien te espera allí. Todos debéis hacerlo - añadió, barriendo al resto con una mirada inusualmente seria -. Tenéis padres, hermanos, amigos… gente que os llorará si no aparecéis. A mí ya no me queda nada de eso… Mi mundo cabe en esta mochila.
Vincenzo dio un paso al frente, con el orgullo napolitano asomando por la boca, pero Gustavo le cortó el avance con un gesto de la mano.
  • Ni hablar, “napolitanas” - soltó con una mueca burlona que le devolvió por un segundo su esencia -. Tu hermano y tú tenéis una misión… asegurar que estos muchachos lleguen vivos al asfalto. Ese es vuestro contrato.
Volvió a mirar a Sofi, y por un instante, el gigante mostró su corazón desnudo.
  • Yo haré lo mismo con el cabezota de tu novio aquí arriba. ¡Vamos, no perdáis más tiempo! - rugió, dándoles la espalda para empezar a subir hacia la cumbre.
Sofi se quedó allí, suspendida entre el alivio y el dolor, viendo cómo el Toro subía a reunirse con el Lobo solitario. Ya no eran uno, ahora eran dos los guardianes del “Azul”. El sacrificio se había duplicado, pero la esperanza de regreso acababa de ganar un peso que ninguna montaña podría aplastar.

Y así fue como sucedió... un cisma de carne y espíritu que partió el mundo en dos. Los que se marcharon no se atrevieron a mirar atrás, temiendo que la simple visión de la cumbre los convirtiera en estatuas de sal. Sus pasos se volvieron rápidos, ligeros, casi febriles, impulsados por ese miedo eléctrico que habitaba en las pupilas de Laia; una urgencia que no nacía de la montaña, sino del asfalto que los reclamaba a miles de kilómetros. Huían hacia el conflicto, hacia el ruido y hacia el plomo, llevando consigo el peso de una familia que se desmoronaba en la distancia.

Los que se quedaron... los pocos que se quedaron... no tenían prisa. Su pulso era el de la piedra misma: firme, lento, acompasado con el magma que late bajo el Ausangate. Su resolución era inquebrantable, un ancla de granito clavada en el cielo. Gabi y Gustavo se miraron en silencio, reconociéndose como los últimos centinelas de una verdad que el mundo aún no estaba preparado para escuchar.

Unos partían para salvar a los seres amados, otros se quedaban para salvar al mundo. Nadie lo sabía aún - quizás Laia lo intuía en el rincón más oscuro de su instinto de jaguar, aunque se negaba a aceptarlo -, pero la balanza del destino era cruel y exacta: solo uno de los dos podría ser salvado. El universo, en su equilibrio sangriento, no permitía dos milagros al mismo tiempo. Y para ejecutar cualquiera de las dos misiones, en el valle o en la ciudad, habría que pagar el mismo tributo. Habría que derramar sangre.

La manada se fragmentó bajo el sol andino, dejando una estela de polvo en el descenso y un silencio absoluto en la cima. La guerra había comenzado en dos frentes, y en ambos, el precio de la victoria sería la propia sangre.
  • ¿Qué es eso? - preguntó Fani, sin romper el ritmo de la marcha.
Se había fijado en que Sofi apretaba contra su palma una pequeña flor de plata, cincelada con una delicadeza que contrastaba con la rudeza de sus manos. El descenso estaba resultando una paradoja absoluta con lo que supuso el ascenso: el sol brillaba con una ironía hiriente y, aunque la nieve parecía un manto eterno en aquellas cumbres, la montaña les concedía una tregua, una caminata segura y apacible. Era como si el propio Ausangate hubiera decidido que ya cargaban con demasiados fantasmas sobre sus espaldas y no necesitara golpearlos más.
  • Me lo regaló Gabi - sonrió Sofi con una amargura que le empañó la voz -. Por nuestro primer aniversario.
Fani, que no se separaba de ella ni un centímetro, alzó el brazo y examinó la joya con detenimiento, sintiendo el metal frío bajo el sol. Sofi alzó la vista al frente, reajustándose los arneses de la mochila, dejando que la memoria fluyera.
  • Lo recuerdo como si hubiera sido ayer… lo que me dijo.
  • ¿Qué te dijo? - preguntó Fani, soltando la joya para agarrarla firmemente del brazo.
  • "Mi amor… no hay nada eterno en esta vida… todo empieza y todo acaba. Por eso prométeme que jamás dirás siempre y jamás dirás nunca".
Fani escuchó aquellas palabras y las dejó reposar en el silencio del valle. Lo primero que pensó es que se trataba de un galimatías. “Nunca digas Nunca”, eso no tenía sentido. Pero pronto entendió que, en el pensamiento de Gabi, aquella flor no era un adorno, sino una metáfora del perfume y el amor. El olor de una flor es lo más real que existe y, sin embargo, es imposible de retener entre las manos; se escapa, se disuelve, pero quien lo huele queda sentenciado, convertido en presa del recuerdo. Es el regalo y la condena del curioso: la memoria de un perfume es tan eterna que quien lo exhala debe ser, por fuerza, fugaz para poder volver a la tierra. El amor no es el pétalo de plata, sino el rastro invisible que el perfume deja en el alma, algo que no se puede poseer, solo recordar.
  • Siempre has tenido debilidad por los "intensitos", tía - soltó Fani con una sonrisa burlona, buscando el escudo de la ironía.
  • ¿Pero qué dices? - Sofi la miró de repente, rescatada por un segundo de su propio abismo -. Eso es mentira…
  • No lo es - aseguró Carol desde el otro lado, sumándose al rescate -. Siempre te han podido los poetas suicidas y las almas atormentadas.
  • Tal cual - remató Fani -. Tienes un imán para los "zumbados", amiga. Es un don.
  • Iros a la mierda las dos…
Las tres rieron. No fue una carcajada explosiva, sino un sonido cálido y de corazón; el bálsamo necesario que su hermana y su mejor amiga le ofrecían para aligerar el plomo de su alma. Sofi volvió a cerrar el puño sobre la flor de plata, sintiendo el relieve de los pétalos contra su piel. Y repitió aquellas palabras en su interior como un mantra de supervivencia: "No digas siempre, no digas nunca". En un mundo que se caía a pedazos, ese perfume de lo que ya no estaba era lo único que le permitía seguir poniendo un pie delante del otro.

Nico unos pasos adelante, no pudo evitar escucharlas, y sin que nadie se lo pidiera, expuso su tesis científica sobre el amor.
  • Gabi no está loco - aseguró mirándolas de reojo - No digas siempre, no digas nunca… eso tiene todo el sentido del mundo.
  • ¿Ah sí? - rió Fani - Por favor doctor, ilumíname.
  • La voz del amor verdadero no se encadena a promesas absolutas, porque el corazón humano no pertenece a la rigidez del tiempo. Amar no es jurar que nada cambiará, sino sostener la certeza de que, incluso en la duda, elegirás volver a estar allí. “Siempre” encadena; “nunca” ahoga. El amor que vive en estas palabras comprende la fragilidad de los días, la volatilidad de los encuentros y las despedidas, y sin embargo se mantiene firme, como una llama que arde sin poseer, que se ofrece sin exigir.
Laia a su lado lo miraba como quien mira a un profeta. La fe ciega de una mujer que ama a un hombre, sin restricciones, sin dudas, sin límites.
  • Es el mismo amor - siguió Nico seguro de si mismo - que se despliega en el perfume de la flor. No importa cuánto exista, cuánto tiempo se aspire, cuánto tiempo pase hasta volver a su olor: su aroma no se consume. Es etéreo, inasible y eterno en su fugacidad. No pertenece a los que lo buscan, ni se limita a las manos que lo rozan; se instala en la memoria, en la piel, en el alma, dejando un rastro que perdura más allá del contacto. Amar es eso exactamente, es aprender a reconocer la esencia sin poseerla, a respirar la belleza sin querer retenerla, a aceptar que incluso lo más intenso puede ser sutil y, sin embargo, imborrable.
  • ¡Maldita seas, Nico! - exclamó Lena divertida pero con las lágrimas formándose ya en la comisura de sus ojos - Eso ha sido muy profundo…
Él sonrió complacido y alzó el dedo en el aire, sentenciando…
  • “No digas siempre, no digas nunca”, y aún así, cada gesto, cada recuerdo, cada aroma de la flor se convierte en un hilo invisible que une para siempre, porque amar no es prometer el tiempo: es dejar que el tiempo se impregne de ti.
Laia se abalanzó sobre él, llenándolo de besos. Al mismo tiempo que Fani se acercaba a la oreja de Sofi.
  • Me da a mí que esta noche… la jaguar se come al lobo.
  • Lo va a matar a polvos - replicó Carol entre risas.
En lo alto de la cumbre, en aquel prado inmenso que parecía el suspiro de un poeta divino enamorado de la tierra, Gabi y Gustavo permanecían anclados al suelo, uno al lado del otro. El aire, de una pureza que hería los pulmones, corría entre sus ropas como un río invisible. A pocos metros, la mística se volvía doméstica: Don Javier jugaba con Sami, lanzándole un palo que el can recogía y devolvía con un trote alegre y la cola agitando el aire, mendigando un nuevo lanzamiento en un bucle de felicidad ajeno a la tragedia del mundo.
  • ¿Por qué no te fuiste? - preguntó Gabi, sin apartar la vista de las nubes.
  • ¿Por qué te quedaste tú? - respondió Gustavo con su habitual rugido sordo.
Se miraron un instante y ambos sonrieron, negando con la cabeza ante la absurda simetría de sus destinos.
  • Necesito saber cómo funciona la “Azulita” - confesó Gabi, y su voz recuperó ese brillo de fe ciega -. No por mí, sino por todos. Joder Gustavo… podemos cambiarlo todo, podemos no solo salvar a la humanidad de sus enfermedades, sino a la tierra entera. Debemos saber cuál es su propósito, pues si desciframos el código de lo que late ahí abajo…
  • Podremos salvar al mundo - asintió Gustavo, completando la frase con una gravedad inusual, para luego recuperar su tono rudo -. Pero ese es un peso demasiado brutal para un chaval tan canijo como tú. Y por eso...
  • Te quedas a protegerme - concluyó Gabi -. Lo comprendo.
Gustavo se puso en pie con un crujido de articulaciones, sacudiéndose el polvo y la brizna de hierba del culo con desdén.
  • Nos quedaremos con el anciano y completaremos sus enseñanzas. Y cuando sepamos qué cojones está pasando realmente, volveremos con los demás.
  • Gracias - sonrió Gabi, levantándose a su lado con una ligereza que ya no recordaba -. Gracias por quedarte, de verdad.
  • Ooooh, no me des las gracias, chaval - sonrió el grandullón - No lo hago por ti, ni por tu misión divina, ni por salvar ballenas o tumores cerebrales.
  • ¿Ah, no? - rió Gabi, arqueando una ceja.
  • Pues claro que no. Sigo pensando que eres un puto tarado - le soltó Gustavo, propinándole un codazo en las costillas que casi lo deja sin aire -. Si me quedo es porque, si algo te pasa, tu novia está lo suficientemente loca como para destruir el mundo entero.
  • ¿Destruirlo?
  • Sí… Como el lagarto ese gigante, ya sabes… o el tipo ese lila. El que chasquea los dedos.
  • ¿Te refieras a Godzilla y a Thanos?
Gustavo se encogió de hombros, como si escuchara arameo.
  • Tú eres idiota, Gabi, no tienes la culpa de serlo, naciste así de serie. Pero Sofi, amigo... Menuda hembra te has buscado, chaval. Si te pasa algo, esa mujer incendia el continente solo para encontrar al culpable.
  • La amo - contestó Gabi, volviendo la mirada al horizonte, donde el rastro de la manada ya se había borrado -. Con locura.
  • Pues más vale que te mantengas con vida, chaval. Porque si te mueres, te juro que ella se las ingenia para resucitarte solo para poder matarte de nuevo por gilipollas.
Y entonces, las risas estallaron. Una risa limpia, masculina y franca que rebotó en las paredes del Ausangate, desafiando por un momento a la soledad de la cumbre. Allí, entre el loco que quería salvar el mundo y el bruto que solo quería salvar al loco, nació un pacto de sangre que ni el tiempo ni la distancia lograrían marchitar. Quizás la muerte sí… Pero aún no había llegado el momento. Aún no…

Don Javier se acercó a ellos, con la parsimonía del cauce que no teme a la sequía y la ingravidez del viento que peina las cumbres. Se detuvo en frente de los dos, mientras Sami, ajeno a la gravedad de lo que estaba por acontecer, trotaba en círculos, hipnotizado por el palo que el anciano sostenía. Con un movimiento seco, Don Javier lo lanzó a lo lejos, viendo cómo el perro desaparecía tras él en un estallido de energía.
  • Bien… parece que nos hemos quedado solos - sonrió, apoyándose en su bastón de madera nudosa.
  • Sí… eso parece, Don Javier - respondió Gabi, sintiendo el peso del silencio que la manada había dejado atrás.
  • Sigamos, pues… aún queda mucho camino por recorrer, muchachos.
Los tres se internaron de nuevo en el pasadizo de roca y sombras, ese útero de granito que los separaba del resto de los hombres. Había llegado el momento. El Abuelo les había recordado la raíz, la Dueña les había mostrado las ramas del destino, pero ahora aguardaba La Madre Tejedora: la Ayahuasca. Cuando alcanzaron aquella cabaña perdida, una reliquia de piedra olvidada en el confín de los mapas, Don Javier observó a Gabi de soslayo, con una mirada que parecía pesar más que la propia montaña.
  • Dime, Gabriel… ¿Cuál es el tercer enemigo que el buscador de conocimiento debe enfrentar en su ascenso?
  • El Poder, Don Javier - contestó Gabi de inmediato, sin que le temblara la voz -. El más difícil de vencer de los cuatro.
  • ¿Y por qué el más difícil? - inquirió el maestro, empujando la puerta de madera crujiente para que sus dos discípulos entraran en la penumbra sagrada.
Gabi se sentó en el suelo de tierra, justo al lado de Gustavo, sintiendo el frío mineral subiendo por sus muslos. Don Javier lo observaba, esperando que la definición brotara no de los libros, sino de las entrañas.
  • El miedo te detiene, y aunque no se pueda vencer, aprendes a convivir con él como con una vieja herida. La claridad es un veneno de serpiente: te emborracha, te hace creer que ya lo has descifrado todo… Pero el poder… el poder es un hijo de puta.
Don Javier soltó una carcajada ronca que retumbó en las vigas de la choza.
  • Hijo de puta… - repitió el anciano, paladeando la expresión -. Una forma extraña y mundana de nombrarlo.
  • Es la verdad - aseguró Gabi, y su mirada se volvió afilada, cargada de esa herencia anarquista y libertaria que era su verdadera brújula -. El poder es la estafa definitiva. Te susurra al oído que tienes el derecho de organizar la vida de los demás, de trazar fronteras en el espíritu y de ponerle nombre a la libertad ajena. No hay droga más adictiva que la de creerse el arquitecto del destino de otros.
Gabi apretó los puños sobre sus rodillas, sintiendo el peso de la "Azulita" en su mente.
  • El poder te convence de que tu visión es la única necesaria, de que el orden que tú impones es la salvación. Te vuelve un tirano con buenas intenciones, y esa es la peor clase de monstruo. Vencer al miedo fue un combate, la claridad casi me ciega, pero renunciar a la tentación de mandar, de controlar el flujo de la existencia… eso es pelear contra el ego más hambriento que llevamos dentro. El poder no te hace grande, Don Javier; te hace pequeño, porque te separa del resto del mundo con un muro de soberbia.
Don Javier asintió lentamente, dejando que el humo de su pipa envolviera la confesión de Gabi. El anarquista no buscaba un trono en la montaña; buscaba la demolición de todas las cadenas, empezando por las suyas propias. Se acomodó en su banco de madera gastada, escudriñando a Gabi con una mirada que parecía pelar las capas de su conciencia como si fuera fruta madura. El silencio en la cabaña se volvió denso, solo interrumpido por el siseo del caldero.
  • Nicolás me contó vuestro plan - soltó el anciano con una calma que erizaba la piel -. Me dijo que queréis usar la “Azulita” para salvar al mundo.
  • Así es - respondió Gabi, sosteniendo la mirada con la firmeza del que cree en una causa justa.
Don Javier dio una calada larga a su pipa, cerrando los ojos un instante. El humo denso escapó por su nariz en dos columnas grises que se arrastraron por su pecho.
  • ¿No crees que incurres en una contradicción, muchacho? - preguntó, ladeando la cabeza.
  • ¿A qué se refiere? - inquirió Gabi, frunciendo el ceño.
El maestro no tardó ni un segundo en disparar la respuesta.
  • Dices que el poder es un hijo de puta porque es un lastre, porque impone la voluntad individual sobre la colectiva… y, sin embargo, tú quieres imponer la “Azulita” sobre el mundo entero.
  • ¡Pero yo no busco nada a cambio! - lo cortó Gabi, encendiéndose -. No quiero tronos ni altares. Solo quiero salvarlo. Quiero que la gente deje de sufrir, que el sistema caiga, que la vida vuelva a brotar.
Don Javier lo cortó a su vez, alzando una mano huesuda que congeló el aire entre ambos.
  • Salvar a un mundo que no ha pedido ser salvado, Gabriel. Ahí reside la trampa del iluminado. ¿Quién eres tú para decidir qué medicina necesita el planeta? ¿Quién te ha nombrado guardián de una redención que no te pertenece? Quieres liberar a los hombres regalándoles una visión que no han trabajado, una claridad que no han buscado. Eso, joven anarquista, es el ejercicio de poder más absoluto y aterrador que existe… Estás imponiendo tu voluntad.
Gabi se quedó mudo, con la palabra "libertad" atragantada en la garganta. El anciano lo miraba con una sonrisa triste, mientras el aroma de la Madre Tejedora empezaba a llenar la estancia, recordándoles que el camino del conocimiento no es para los que quieren mandar, ni siquiera para los que quieren salvar, sino para los que se atreven a desaparecer. Pero Gabi era obstinado, creía en su causa. Se inclinó hacia delante, la luz del fuego bailando en sus pupilas con una intensidad febril. Su voz ya no era un susurro; era un manifiesto.
  • ¡Es que alguien tiene que hacer algo, Don Javier! - exclamó, golpeando el suelo con el puño -. El mundo no puede seguir así, desangrándose en manos de parásitos. Si nosotros no tomamos este poder, si no lo entregamos al pueblo para que todos sean sus propios dueños, los otros lo harán. Los que vienen detrás de nosotros no buscan justicia, buscan un látigo de oro. Ellos harán que este planeta sea un lugar donde no valga la pena ni respirar. Mi "poder" es solo una herramienta para destruir el suyo.
El chamán lo escuchó en un silencio absoluto, dejando que la vehemencia de Gabi se estrellara contra las paredes de piedra. No hubo juicio en su rostro, solo una observación clínica, o más bien botánica. Entonces, Don Javier dejó la pipa a un lado y le lanzó la última pregunta, una que cortó el aire como una guadaña.
  • ¿Qué estarías dispuesto a hacer para conseguir tu propósito, Gabriel?
Gabi no contestó. El silencio se estiró, pesado y viscoso.
  • Luchar, por supuesto - continuó el anciano, respondiendo por él -. Ya veo que en ti no solo habita un alma deseosa de verdad, sino la furia y la entrega de un guerrero que ya ha olido la pólvora.
Don Javier se inclinó más, reduciendo la distancia hasta que Gabi pudo oler el tabaco y la selva en su aliento.
  • Entonces… ¿estarías dispuesto a matar por esa libertad? ¿Estarías dispuesto a perder lo que más amas por tu lucha, a dejar que el sacrificio se cobre la piel de tus hermanos? ¿Hasta dónde llegaría el ansia de tu victoria?
Gabi tragó saliva, pero el maestro no le dio tregua.
  • ¿Cómo sabes, muchacho, que el poder no te destruirá a ti primero, convirtiéndote en el monstruo que juraste combatir, mucho antes de que logres acabar con tus enemigos? La historia está llena de salvadores que terminaron siendo verdugos porque olvidaron que el abismo siempre te devuelve la mirada.
Gabi sintió un escalofrío que no era de frío, sino de una duda existencial que le perforaba el pecho. La pregunta no era si el mundo necesitaba ser salvado, sino si él era capaz de sobrevivir al proceso de salvarlo. Don Javier se recostó en el banco, dejando que el silencio se ensanchara entre ellos, un silencio que pesaba más que la propia montaña. Sus ojos, entornados por el humo, escudriñaron la rigidez en los hombros de Gabi.
  • Siendo libertario, muchacho - murmuró con una ironía sutil, casi melancólica -, supongo que guardarás en algún rincón de tu altar personal la figura de Ernesto, "el Che”, Guevara. El santo revolucionario, el guerrero de la luz que lo dejó todo por una idea.
Gabi asintió con un gesto seco, apretando la mandíbula. Conocía la historia, la llevaba tatuada en su ética de combate.
  • Él también quería salvar al mundo - continuó el anciano, y su voz se volvió un susurro de advertencia -. Él también creía que su "poder" era solo una herramienta para limpiar la injusticia. Pero recuerda bien cómo acabó Ernesto tras la liberación de Cuba. La historia no solo guarda sus discursos, también guarda el eco de los fusilamientos en Bolivia. Aquel hombre, empujado inicialmente por el amor a los desposeídos, acabó devorado por la vehemencia del verdugo.
Don Javier se inclinó, señalando con la boquilla de la pipa el pecho de Gabi.
  • El Che se volvió sanguinario porque el ansia de victoria le hizo creer que cualquier sacrificio ajeno era justificable para alcanzar su paraíso. El poder de salvar se convirtió en el poder de juzgar, y el poder de juzgar, en el poder de ejecutar. Terminó solo, perseguido por sus propios fantasmas en una selva donde nadie lo seguía. Se convirtió en lo que combatía porque pensó que su odio era sagrado.
El chamán hizo una pausa, dejando que la sombra del guerrero caído llenara la estancia.
  • Dime, Gabriel... ¿Cómo vas a evitar que tu furia libertaria se convierta en el mismo garrote que hoy empuñan tus enemigos? ¿Cómo vas a salvar al mundo sin convertirte en el próximo Ernesto, dictando quién merece vivir en tu nueva utopía?
Gabi sintió que el suelo de tierra se volvía inestable. La “Azulita” ya no parecía una medicina, sino una granada sin seguro en sus manos. Don Javier dejó la pipa a un lado y el aire de la cabaña pareció enfriarse de golpe, adquiriendo una densidad eléctrica. Se inclinó hacia Gabi, atrapando su mirada con una intensidad que no admitía refugio en la ideología ni en la dialéctica.
  • Antes de dar un solo paso más, Gabriel, debes entender una cosa - susurró el anciano, y su voz sonó como el crujido de la tierra abriéndose -. El poder que sientes bullir en tu interior, ese deseo de justicia que llamas libertad, no es tu aliado. Es tu rival. Es una fiera hambrienta que finge dormir para saltarte al cuello en cuanto te creas su dueño. Si no lo vences aquí, en el silencio de tu propia sangre, él te usará a ti para construir el mismo infierno que juraste destruir.
Con una lentitud litúrgica, le acercó el cuenco de madera. El líquido oscuro, denso y brillante como obsidiana derretida, parecía palpitar al ritmo de un corazón invisible. Lo situó en el suelo, justo en el centro, frente a los dos hombres.
  • Un guerrero, antes de atreverse a apuntar con un fusil y disparar, debe comprender algo sagrado - continuó el chamán, rodeando el cuenco con sus manos marchitas -. Solo la Madre Tejedora tiene el derecho y el poder de arrebatar una vida, porque solo ella sabe cómo volver a tejerla. No existe más lucha real que la que libras contra ti mismo, ni más verdad que la que habita en este presente que respiras.
El aroma a selva profunda, a raíces húmedas y a misterio antiguo inundó los sentidos de Gabi, borrando por un instante el recuerdo de lo vivido, y las promesas de futuro.
  • Sumérgete en ella, muchacho. Deja que desmonte tus certezas y que teja tu alma de nuevo, hebra por hebra. Si eres digno, si tu entrega es total, volverás como un hombre nuevo. Y entonces el poder del presente, de la existencia, del puro ser... jamás volverá a traicionar tus pasos recorridos ni los caminos que aún te quedan por andar.
Gabi miró el cuenco. Ya no veía un brebaje, sino un espejo negro donde su destino aguardaba, desnudo de banderas y de odio. Lo tomó con ambas manos, sintiendo la madera rugosa y fría contra sus palmas. Al acercarlo a la cara, el aroma le golpeó como una exhalación profunda: olía a tierra fermentada, a raíces arrancadas después de una tormenta y a un dulzor metálico, denso, casi aceitoso. Dio el primer sorbo. El sabor era una agresión. Era una amargura primordial, viscosa, que se pegaba al paladar con la persistencia de la resina. Le supo a corteza de árbol milenario, a lodo sagrado y a un rastro de ceniza fría. El líquido bajó por su garganta como un cordón de fuego lento, marcando un camino de calor que se instaló en el centro de su pecho.

Al principio, no pasó nada. Gabi se quedó inmóvil, esperando el rayo, la explosión o el derrumbe. Reinaba un silencio absoluto, solo roto por el crepitar de las brasas. Miró a Don Javier, casi con un rastro de decepción, pensando que tal vez su voluntad era demasiado dura para ser quebrada por un brebaje. Se sintió extrañamente lúcido, dueño de sus músculos y de su razón. Pero entonces, el aire de la cabaña cambió de consistencia. Sin aviso, el suelo de tierra dejó de ser sólido bajo sus pies. No fue un movimiento, fue una licuación de la realidad. El peso de su propio cuerpo se volvió una idea abstracta, y el calor del pecho estalló en miles de filamentos luminosos que empezaron a tirar de él hacia todas las direcciones a la vez. El sonido de la pipa de Don Javier se expandió hasta convertirse en el rugido de un océano, y las paredes de la choza comenzaron a respirar, ondulándose como el diafragma de un gigante.

De repente, la gravedad lo traicionó. Todo lo que Gabi creía saber sobre arriba y abajo, sobre dentro y fuera, se desmoronó. Sintió que su mandíbula se desencajaba no por dolor, sino porque el espacio ya no cabía en su boca. La armadura de guerrero, sus ideas de justicia y su propio nombre fueron barridos por una marea de geometría fractal que inundó sus ojos. El presente se abrió como una herida de luz, y Gabi cayó de cabeza en el telar de la Madre, donde el "yo" no era más que un nudo a punto de desatarse.

Como el Holmio, siendo el imán que atrapa el infinito en la palma de un segundo. Esta historia continuará…
 
Como le has dado la vuelta al personaje de Gustavo, Gañan!!.
Ha cambiado radicalmente mi postura, y he de reconocer que es un tipo excepcional y me va a dar mucha pena su desenlace. Pero es una leyenda.
 
Como le has dado la vuelta al personaje de Gustavo, Gañan!!.
Ha cambiado radicalmente mi postura, y he de reconocer que es un tipo excepcional y me va a dar mucha pena su desenlace. Pero es una leyenda.
Eso es lo que pasa cuando me esfuerzo en algo, jajajajaja.

Cuando lo presenté al principio, Gustavo había sido diseñado para dar grima, repelús...
Como siempre, fiel a mi forma de escribir, no sabía hacia donde iría su arco de personaje, pero mi idea era convertirlo en un problema para el grupo...
¿Y que pasó? Que todos empezasteis a odiarlo... Y como soy un rebelde empedernido, me convertí en abogado del diablo... intentando transformar un monstruo lascivo en un ser de luz.

Así que, compañero, siento decirte que la culpa es tuya... no mía. :ROFLMAO:
Vosotros convertisteis a Gustavo en lo que es: un maldito héroe.

Abrazos!
 
Eso es lo que pasa cuando me esfuerzo en algo, jajajajaja.

Cuando lo presenté al principio, Gustavo había sido diseñado para dar grima, repelús...
Como siempre, fiel a mi forma de escribir, no sabía hacia donde iría su arco de personaje, pero mi idea era convertirlo en un problema para el grupo...
¿Y que pasó? Que todos empezasteis a odiarlo... Y como soy un rebelde empedernido, me convertí en abogado del diablo... intentando transformar un monstruo lascivo en un ser de luz.

Así que, compañero, siento decirte que la culpa es tuya... no mía. :ROFLMAO:
Vosotros convertisteis a Gustavo en lo que es: un maldito héroe.

Abrazos!
No puedes resucitarlo?
Se lo merece, home!!!
 
No puedes resucitarlo?
Se lo merece, home!!!
Me temo que eso es imposible. Laia pudo resucitar a su madre al borde de la muerte... pero Gustavo estalló en mil pedazos. Incluso la "Azulita" en su gran poder, no puede hacer nada ante eso.

Solo nos queda el consuelo de que el hombre muere, sí. Pero su legado perdurará mientras haya un hermano resguardando su memoria ante el implacable paso del tiempo, resistiendo con orgullo el olvido de los caídos en combate. ✊
 
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