Efectos Secundarios

Capítulo 66. Disprosio - “Uno, dos… Fred(Dy) viene a por ti…”

El Disprosio (Dy) ocupa el sexagésimo sexto lugar en la tabla periódica.
“El número de la bestia”

Si fundimos la esencia del disprosio con la figura de Freddy Krueger, nos adentramos en el elemento de la pesadilla materializada. El disprosio es el lantanóido de la "dificultad de acceso" - su nombre significa difícil de obtener -; es un metal que posee una fuerza magnética tan devastadora que es capaz de mantener su estructura incluso bajo el asalto de temperaturas que derretirían la voluntad de cualquier otro. Es el puente entre el miedo que soñamos y la cicatriz que aparece en nuestra piel al despertar. Simboliza la intrusión onírica y la dureza del terror real.

El Disprosio y Freddy Krueger: La Química de la Infiltración y la Resistencia al Horror

1. El Imán que no se Rinde (La Persistencia del Trauma)

El disprosio se añade a los imanes de neodimio para que no pierdan su magnetismo a altas temperaturas. Sin él, los motores eléctricos fallarían al calentarse. Freddy no es un miedo pasajero; es una pesadilla térmica. Representa ese terror que, cuanto más se calienta la situación - el pánico, el sudor, la fiebre del sueño -, más fuerte se vuelve. El disprosio simboliza la capacidad de Krueger para mantener su fuerza magnética sobre nuestra psique incluso cuando estamos en el "punto de ebullición" del terror. Es el miedo que no se desmagnetiza al despertar; es la pesadilla que conserva su fuerza de atracción en el mundo real.

2. La Alta Sección de Absorción (El Consumidor de Luz)
Este elemento tiene una capacidad extraordinaria para absorber neutrones, actuando como una "esponja" que detiene la energía en los reactores. Cuando Freddy cruza el plano onírico, actúa como el disprosio: absorbe toda esperanza. Se traga la luz de la razón y la lógica del durmiente. Krueger no solo te asusta, consume la energía que necesitas para despertar. Es la barrera que absorbe tus "neutrones" de defensa, dejándote vacío y vulnerable en un jardín oscuro donde él es el único motor de la realidad.

3. El Brillo Amarillo-Verdoso (La Estética del Acecho)
En las lámparas de descarga de halogenuros metálicos, el disprosio emite una luz amarilla verdosa intensa, muy similar a la atmósfera densa y sucia de las calderas de los sueños. Es la luz de la sospecha. Esa iluminación que no termina de ser día pero que revela sombras que no deberían estar ahí. El disprosio es el tono cromático del encuentro con Freddy: una claridad enferma que nos advierte que lo que estamos viendo - las cuchillas, el jersey raído - tiene ahora un índice de refracción real. Ya no es una alucinación; el disprosio ha dado cuerpo y color a la amenaza.

4. La Magnetostricción al Límite (El Dolor Físico)
Al igual que el terbio, el disprosio cambia de forma bajo campos magnéticos, pero lo hace con una resistencia estructural mayor. Freddy es el maestro de la deformación de la realidad. Cuando la pesadilla se materializa, el plano físico se retuerce como el disprosio bajo un imán gigante. Las paredes sangran, el acero se dobla, y el cuerpo del soñador siente el impacto mecánico de lo que ocurre en la mente. El disprosio es el metal que permite que el daño del sueño se convierta en una contracción física real, en un tajo que sangra al abrir los ojos.

5. El Guardián del Almacenamiento (La Memoria del Miedo)
El disprosio se usa en discos duros para mejorar la estabilidad de los datos ante campos externos. Krueger vive en el almacenamiento profundo de la infancia y los pecados de los padres. El disprosio representa esa estabilidad de la memoria traumática que sobrevive a los años. No puedes borrarlo porque está grabado en un sustrato de alta resistencia. Él es el "dato corrupto" que nunca se pierde, el residuo que vuelve una y otra vez porque su naturaleza es permanecer, difícil de extraer, difícil de olvidar.

Conclusión: El Disprosio es el ancla del horror. Nos enseña que el límite entre lo que imaginamos y lo que nos hiere es tan delgado como una capa de átomos. Nos recuerda que Freddy Krueger no es solo un cuento: es la representación química de que el miedo, cuando es lo suficientemente denso, adquiere propiedades metálicas y puede cortarnos incluso en la seguridad de nuestra cama.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

“One, two, Freddy's coming for you,
Three, four, better lock your door,
Five, six, grab your crucifix,
Seven, eight, gonna stay up late,
Nine, ten, never sleep again.”


La pesadilla no es un estallido, ni un grito que desgarra la noche; la verdadera pesadilla es el silencio que se expande cuando la esperanza deja de respirar. Es ese vacío perfecto, una arquitectura de horror que se levanta donde antes hubo una promesa.

Laia esperaba una respuesta. En la penumbra de su alma, aguardaba una voz, un susurro, una caricia de lagartija que le dijera que el mundo seguía en su sitio, que su madre estaba a salvo en algún rincón de aquel Madrid que ahora le parecía otra galaxia. Pero lo que obtuvo cuando el hilo negro vibró y el mensajero regresó de las sombras, fue el peso muerto de la realidad.

No hubo voz. No hubo el alivio de la buena nueva…

Lo que Ñawi trajo de vuelta en sus ojos mudos fue una visión desolada. Laia vio el portal entreabierto de su piso, una boca oscura que ya no prometía refugio; en su interior, la luz se había extinguido para siempre. Vio la silla volcada, la comida enfriándose sobre la mesa como una ofrenda a la nada, y el eco mudo de una lucha que no pudo ser ganada. Era la ausencia absoluta de un nombre que el mundo empezaba a olvidar.

La visión recorrió cada estancia con la frialdad de un fantasma. No sabía si habitaba el plano del presente o la certeza de un futuro inevitable, pero sentía que era verdad. La ausencia de su madre no era un rapto, era una extinción; no es que se la hubieran llevado, es que ya no existía. África Crespi había muerto. Ya no importaba si había sucedido o iba a suceder. A Laia ya no le importaba nada…

La imagen se difuminó en un parpadeo de sombras, y lo último que emergió del abismo fueron los ojos de su madre, abiertos de par en par, observándola desde la eternidad. Aquella sonrisa orgullosa, que siempre fue su estandarte, permanecía intacta en un cuerpo arrodillado ante la mano de su verdugo. Entonces, el sonido: un disparo que desgarró el tiempo. Laia observó el horror de la muerte, vio a su madre ser ejecutada frente a ella, y después… solo quedó el vacío. Un silencio sepulcral que se instaló en su pecho para no marcharse jamás.

La pesadilla fue el punto final. El guerrero que vuelve de la batalla espera encontrar el hogar intacto para justificar su sacrificio, pero el destino no hace tratos con la justicia de los hombres. Sintió el frío mineral de la lagartija alejándose de su hombro, y en ese instante, el hilo que las unía se sintió como una soga. Laia comprendió que la verdad no siempre sana; a veces, la verdad es el último tajo que termina de separar al soldado de su mundo anterior. Su madre no estaba a salvo porque el concepto mismo de "salvación" se había evaporado en el jardín oscuro de la Dueña. Se quedó allí, desnuda de esperanza, sintiendo cómo el plomo del destino se fundía con el silencio del presente. El viaje no le había devuelto a su madre; le había entregado su propia soledad, absoluta e irrevocable.

Laia abrió los ojos de golpe y la oscuridad de la cabaña le pareció una extensión idéntica de las tinieblas de su viaje. Su mano, entrelazada con la de Nico, se sentía pesada, cargada de una electricidad residual; él seguía perdido en el jardín de la Dueña, con el rostro sereno y ajeno al derrumbe interior de ella. Se soltó con un movimiento brusco, buscando desesperadamente la figura de Don Javier, pero el banco del chamán estaba vacío. Solo el fuego, agonizante y espectral, confirmaba que aquel refugio era ahora el escenario de un naufragio espiritual.

Salió al exterior y el frío la golpeó como un recordatorio de su propia finitud. El tiempo había sufrido una distorsión aterradora: los veinte minutos de su agonía mental habían sido, en la tierra, la rotación completa del mundo. Era de noche otra vez. Vio al resto del grupo, los "no iniciados", ovillados bajo mantas como larvas humanas bajo el manto de un cielo tan cuajado de estrellas que resultaba violento.

Entonces, un susurro quebró la paz gélida del Ausangate. Provenía de la parte trasera de la cabaña. Laia avanzó con la cautela de una sombra, arrastrada por esa voz inconfundible que parecía vibrar en la misma frecuencia que la piedra. Al asomarse tras la esquina de madera y musgo, se detuvo en seco. Lo que vio no era una alucinación del Chamico, sino una quiebra de las leyes naturales.

Don Javier estaba en cuclillas frente a Sami. La imagen de un hombre hablando con su perro era cotidiana, casi entrañable, pero lo que le heló la sangre fue la respuesta del animal. Sami no era un perro; era un interlocutor. El can no emitía palabras humanas, pero sus gestos, sus gruñidos modulados y la fijeza de su mirada respondían a las frases en quechua del anciano con una coherencia absoluta. Era una conversación imposible entre dos especies, un puente tendido sobre el abismo de la evolución donde la barrera del lenguaje había sido demolida.

Laia retrocedió, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. El impacto de su tótem, la visión del piso en Madrid, de la ejecución de su madre… y ahora aquel diálogo prohibido eran piezas de un puzzle que su cordura ya no podía sostener. Quiso huir hacia la oscuridad, pero su pie izquierdo traicionó su instinto de jaguar e hizo crujir una rama seca bajo la bota. Don Javier no se inmutó, pero Sami sí. El perro giró la cabeza con una rapidez mecánica, clavando sus ojos brillantes en el rincón donde Laia se ocultaba. La conversación se detuvo. El silencio que siguió fue un aviso: en esa montaña, nada permanecía oculto, ni siquiera el dolor de una hija que acaba de descubrir que ya no tiene hogar a donde volver.
  • ¿Quién anda ahí? - preguntó Don Javier, poniéndose en pie con una lentitud que no restaba autoridad a su figura.
Laia se pegó contra los troncos rugosos de la cabaña, conteniendo el aliento, con el corazón martilleando contra las costillas. En la confusión de sus sentidos, ya no sabía si la voz procedía de la garganta del hombre o de la voluntad del animal. Cuando el chamán asomó la cabeza y la descubrió allí, encogida y temblorosa, su mirada no fue de reproche, sino de un reconocimiento profundo. Estaba vestida con sus ropas de montaña, pero ante los ojos de él, estaba desnuda, desollada por la verdad que traía del otro lado.
  • ¡Ah! Eres tú… - sonrió con una calidez que desarmaba cualquier defensa -. ¿De qué te ocultas, joven? - le preguntó, situándose a su lado con la naturalidad de quien se sienta a esperar el amanecer.
Laia siempre había sido un incendio, un caos de lucha y huidas, pero lo que traía de la Dueña era un territorio demasiado salvaje incluso para ella. La presión interna cedió de golpe; las emociones, contenidas por años de dureza forjada en el asfalto y el combate diario, se desbordaron como un río que rompe una presa. Se derrumbó. Se dejó caer de espaldas contra la pared de la choza, resbalando hasta golpear el suelo, y rompió a llorar con un desconsuelo animal.

Don Javier la observó unos segundos, dejando que el llanto limpiara lo que la palabra no podía explicar, y se sentó junto a ella en la tierra. Sami no esperó órdenes; llegó al instante y, con la delicadeza de un hermano, hundió su hocico entre los brazos cerrados de Laia. Se acomodó sobre sus muslos, ofreciéndole el calor sólido de su cuerpo, bajó las orejas en señal de luto compartido y clavó sus ojos tristes en el anciano.
  • ¿Qué sucede, Laia? - preguntó Don Javier con una suavidad que parecía nacer del musgo de las rocas -. ¿Por qué llora el jaguar cuando la noche le pertenece?
Su mano huesuda, áspera y sabia, le apartó los mechones oscuros que se le pegaban al rostro por las lágrimas. No había en él la curiosidad del extraño, ni el amor familiar de un abuelo, sino el cariño de quien ya ha recorrido ese mismo desierto. Era la mirada del veterano que recibe al soldado mutilado en la última frontera del espíritu, entendiendo que el precio de la claridad es, a menudo, un vacío que ninguna victoria puede llenar.
  • Todo esto… es… es una locura…
  • ¿Por qué dices eso?
  • No tiene sentido, Don Javier…
  • ¿El qué no tiene sentido?
Laia alzó la cabeza. Sus ojos, enrojecidos y duros, se clavaron en los del anciano con una crudeza que no admitía filtros. Dos almas se reconocieron a través de las pupilas en el frío de la noche andina. El maestro lo supo antes de que ella abriera los labios: el miedo seguía ahí, pero ya no la encadenaba; la claridad brillaba en sus lágrimas, pero ya no la emborrachaba de soberbia.

Estaba lista. Estaba en el umbral del tercer enemigo.
  • ¿Qué es lo que acabo de ver? - preguntó Laia, con la voz quebrada por el espanto.
  • No lo sé, joven… yo no puedo habitar tu alma.
  • Pero usted ha pasado por esto, ¿verdad?
  • Sí… más veces de las que desearía reconocer - Don Javier la contempló con una gravedad infinita, secando sus lagrimas con un dedo -. ¿Qué es lo que realmente te hace llorar?
Laia evocó la sensación, no solo la imagen de la muerte, sino la vacuidad absoluta de la ausencia de su madre. Era una certeza física, una verdad que había ocurrido - o iba a ocurrir - a miles de kilómetros y, al mismo tiempo, justo delante de sus ojos.
  • Yo… le pregunté a la lagartija…
  • ¡Alto! - la detuvo Don Javier en seco, con una autoridad que hizo que Sami irguiera las orejas -. No quiero saberlo. Es más, no debo… Lo que ella te mostró es un secreto entre la Dueña y tú. Si me lo confiesas, quedaré atrapado por tu destino, y mi hilo se enredará con el tuyo.
  • Pero…
  • No hay peros, joven. Así debe ser y así se debe obedecer.
  • ¡¿Pero es real o no?! - alzó la voz.
La pregunta de Laia cayó como una piedra en un pozo sin fondo, dejando al anciano enmudecido por un instante que pareció eterno. Don Javier no sabía qué horror le había susurrado Rimay al oído, ni qué visión había traído Ñawi de las sombras, pero en los ojos de la muchacha ardía ahora una furia gélida, una vibración de tragedia que antes no estaba allí. El chamán sintió un escalofrío que no era producto del viento del Ausangate. Supo, con la intuición de quien ha tratado con espíritus toda su vida, que la Dueña le había entregado a Laia una revelación espantosa, un tajo en el tiempo que la dejaba huérfana de esperanza. Por un segundo, la curiosidad humana tentó al viejo, pero la sabiduría del sabio se impuso: saber el contenido de esa visión era caminar hacia una trampa de la que él tampoco podría escapar.

Don Javier apretó los labios y sostuvo la mirada de Laia. Sus ojos, usualmente bondadosos, se volvieron tan impenetrables como el granito de la montaña.
  • Lo que la Dueña muestra jamás son mentiras, Laia - susurró al fin, con una pesadumbre que le agrietó la voz -. Pero tampoco son verdades absolutas, pues la verdad tiene muchas caras… Lo que has visto es una realidad, pero ahora debes decidir qué vas a hacer con ese peso.
  • Pero… Pero… ¿cómo pueden saberlo? No lo entiendo.
Don Javier dejó escapar un suspiro que parecía cargar con el peso de los siglos y se volvió hacia ella. En su mirada no había reproche, sino la paciencia del que intenta explicar el océano a quien solo conoce un baso de agua.
  • Porque el mundo no empieza con el primer llanto ni se apaga con el último suspiro… - murmuró con una voz que parecía brotar de las raíces de la montaña -. Tu cuerpo, ese que ahora tocas y sientes tan real, no es más que una vasija temporal, un cántaro de barro que el tiempo terminará por reclamar. Nos han enseñado a creer que la muerte es un final, pero la sabiduría de las plantas solo nos muestra la verdad que se oculta tras esa mentira.
El anciano señaló hacia las cumbres, donde las estrellas parecían latir con un ritmo propio.
  • Tú no eres solamente Laia… Eres nieta de la que se fue, hija de la que te vio llegar, amante de quien ve en tu alma una hoguera, y quizás mañana serás madre, volviendo a empezar de nuevo el eterno círculo… Porque no todo acaba cuando te conviertas en alimento generoso para los gusanos, al contrario, sigue sin detenerse… Eres el jaguar que acecha, eres la piedra del río y la luz de esos astros. Tu carne morirá y tu nombre se perderá en el olvido, pero lo que late en tu interior, esa chispa que no sabe de tiempos, seguirá presente en el ciclo eterno.
Se inclinó hacia ella, y sus ojos brillaron con una claridad insoportable.
  • Los espíritus no "saben", Laia. Ellos recuerdan… Recuerdan porque ellos son nosotros y nosotros somos ellos. Somos tan solo eslabones de una cadena que nunca se rompe, aunque el hierro se oxide. El Chamico solo te ha permitido mirar a través de una grieta en el muro de tu propia razón.
Don Javier guardó silencio un instante, dejando que el frío del Ausangate subrayara sus palabras.
  • ¿Lo comprendes ahora?
Laia clavó la vista en el horizonte, allí donde la oscuridad de la montaña se fundía con el abismo del cielo, hasta no saber donde empezaba uno y donde terminaba el otro. Sintió un escalofrío que no era de frío, sino de una aceptación abismal.
  • Creo que sí - respondió al fin, con una voz que, por primera vez, no buscaba comprender lo incomprensible, sino fluir con él.
Laia acarició el pelaje de Sami, sintiendo el fuelle de su respiración rítmica bajo la palma, una cadencia que se fundía con la suya propia hasta que el aire que llenaba sus pulmones parecía ser el mismo. El vacío dejado por la visión de su madre seguía allí, una espina de rosa clavada en el centro de su pecho; un recuerdo que venía del futuro, una verdad que su sangre de guerrera se negaba a aceptar como definitiva.
  • ¿Se puede luchar? - preguntó en un murmullo que apenas rasgó el silencio.
  • No es que puedas, muchacha - sonrió el anciano mientras encendía su pipa, haciendo que la brasa iluminara por un instante sus arrugas milenarias -. Debes hacerlo siempre.
  • No me refiero a eso… - Laia lo miró con una fijeza desesperada -. Pregunto si se puede cambiar lo que el espíritu me ha mostrado. Si se puede torcer lo que ya está escrito.
Don Javier expulsó el humo con una lentitud ceremonial, meditando cada partícula de su respuesta. Sus ojos se perdieron en la negrura del desfiladero, recordando historias que la historia oficial ha preferido olvidar. Historias que hablaban de hombres que, en su soberbia o en su dolor, osaron desafiar al destino, esa arquitectura invisible del universo. Seres de un poder inmenso que se rebelaron contra las leyes universales del ciclo eterno, negándose a aceptar el final que les correspondía. Muchos de ellos se quebraron en el intento, devorados por la locura o aplastados por el peso de su propia osadía. Pero hubo unos pocos, una estirpe maldita, que consiguieron lo imposible: cambiaron el rumbo de lo inevitable.

Sin embargo, el precio de esa victoria fue una mutilación del alma. Aquellos que torcieron el destino dejaron de pertenecer al orden natural; se convirtieron en seres demoníacos, sombras sin espíritu, corrompidos por un poder que no estaba destinado a manos humanas. Al ganar su batalla contra el tiempo, perdieron su luz, transformándose en parásitos de la existencia, errantes en una oscuridad que ellos mismos habían creado.
  • Puedes hacerlo… - contestó el anciano con una sinceridad que helaba la sangre -. Pero el precio a pagar es demasiado alto. Desafiar al destino es un camino de ceniza que solo te arrastra a lo más profundo de la oscuridad, donde ya no queda rastro de lo que fuiste.
Laia apretó los dientes, y en su garganta vibró un sonido que no era humano, sino el rugido sordo de un jaguar acorralado.
  • No creo en el destino - murmuró con una ferocidad gélida -. Y aunque existiera, jamás lo aceptaría. Uno debe luchar. Siempre. Hasta el último aliento, contra quien haga falta.
El anciano la observó en silencio, viendo cómo la furia empezaba a devorar la pena, y supo que Laia estaba preparada para enfrentar a su tercer enemigo… El poder.

El enemigo más feroz de los cuatro.

Porque una vez se vence al miedo y se controla a la claridad, lo que queda ya no es una sensación interna: es real. El aprendiz comienza a influir en su entorno, en las decisiones de otros, en el curso de los acontecimientos. Y el poder intoxica. Vuelve caprichoso al hombre, autoritario, incluso cruel. Le hace olvidar por qué había iniciado el camino. Le hace creer que la búsqueda es para dominar, no para comprender. Derrotarlo exige algo casi imposible: reconocer que el poder nunca es propio. Que es prestado. Que pertenece al mundo, no al individuo. Solo quien se mantiene humilde, quien ejerce control y equilibrio, puede atravesar esa etapa sin convertirse en aquello que había prometido no ser jamás.

Don Javier no añadió una sola palabra más. Se quedó a su lado en un silencio denso y protector, como el abuelo que vela el sueño de la nieta que acaba de despertar de una pesadilla, sabiendo con pesar que el horror ha cruzado la frontera de lo onírico para instalarse en la vigilia. Laia permaneció con la vista perdida en el firmamento, donde las estrellas parecían esquirlas de hielo clavadas en el terciopelo negro. Solo una palabra martilleaba su mente, un mantra de sangre y raíces: “¡Mamá te salvaré!”.

Era un juramento silencioso, una promesa de protección que la arrastraría a las tinieblas si fuera necesario, desafiando a los dioses y al propio destino. Mientras su mente volaba hacia Madrid, sus manos seguían hundidas en el pelaje de Sami. Bajó la mirada y lo observó fijamente. Los ojos del animal se encontraron con los suyos en la penumbra y Laia sintió un escalofrío que le recorrió la médula. No era la mirada dócil y vacía de una mascota; había una inteligencia eléctrica en ellos, una chispa de humanidad que la observaba con una comprensión abismal.
  • Don Javier… - dijo sin romper el contacto visual con el perro.
  • Dime, muchacha… - respondió él, con una sonrisa que ya conocía el final de la frase.
  • Le vi hablando con Sami…
  • Todos los hombres hablan con sus animales, hija. Los dos llevamos mucho tiempo solos en esta cumbre… mi vida es solitaria y él es mi único oído.
  • No - sentenció ella, negando con una firmeza de acero -. No me mienta. No era un monólogo. Los vi a los dos conversando.
  • Será la Dueña, joven… que todavía corre por tu sangre haciéndote ver espejismos.
  • Sé muy bien lo que he visto, anciano - insistió ella, con la mandíbula tensa -. Así que dígame la verdad.
Don Javier soltó una carcajada limpia, una risa que nació en el pecho y se expandió por la terraza como un bálsamo. En ese instante, sintió un aprecio infinito por aquella muchacha. Admiraba su ferocidad, ese carácter indomable y su mirada de Jaguar, precisa y atenta, capaz de saltar al cuello de la mentira cuando nadie lo esperaba. Se puso en pie con un crujido de huesos milenarios, la señaló con la pipa encendida y le regaló una última mirada de complicidad.
  • Todo a su tiempo, acechadora… - murmuró con un guiño místico -. Todo a su tiempo…
Y sin más, se esfumó entre las sombras de la cabaña, tan etéreo como el humo que exhalaba. Laia se quedó a solas con Sami sobre su regazo. Apoyó la cabeza contra la madera rugosa de la choza, intentando que su alma asimilara el vendaval de las últimas cuarenta y ocho horas. La ausencia de su madre seguía allí, una herida abierta que la atormentaba con la urgencia de volver a Madrid y la necesidad de luchar contra lo inevitable.

Sin embargo, bajo aquella inmensa noche estrellada, con el aire gélido del Ausangate lamiéndole el rostro y el calor sólido del animal contra su cuerpo, se sintió extrañamente en paz. El mundo, en su infinita y a veces cruel sabiduría, la empujó a la tregua. La obligó a sentarse, a respirar y a aceptar que, por mucho que el Jaguar quiera cazar, la noche exige descanso antes de que la guerra reclame su lugar con el nuevo día.

Todos acabaron volviendo lentamente de sus sueños, algunos en plena noche, otros al amanecer.

El despertar de Raquel no fue el de alguien que sale de un sueño, sino el de quien emerge de un campo de batalla. Cuando el sol del Ausangate terminó de bañar la cabaña, ella abrió los ojos y se encontró con la mirada de Gustavo, un muro de preocupación que se desmoronó en una sonrisa de alivio.
  • Por fin, rubia - murmuró él, con la voz ronca por las horas de vigilia -. Pensaba que te habías quedado a vivir con esas lagartijas. ¿Cómo te encuentras?
  • Bien - respondió ella, con una sequedad que cortaba el aire.
Raquel se puso en pie con determinación. Se acercó al cubo de agua y bebió del cucharón con una parsimonia que inquietó a Gustavo; había algo en su perfil, recortado contra la luz cruda de la mañana, que se sentía antiguo y peligroso. El grandullón se acercó, impulsado por una curiosidad que le latía en las sienes, y le susurró al oído la pregunta que quemaba en el aire.
  • ¿Qué viste, Raquel? ¿Qué le preguntaste a la lagartija?
Ella terminó de beber, dejó el cucharón y, sin buscar sus ojos, soltó la carga que traía del jardín de la Dueña.
  • Le pregunté algo acerca del pasado - dijo con una seguridad gélida -. Le pregunté por qué lo hizo… Por qué a mí.
Gustavo guardó silencio, comprendiendo al instante. Para Raquel, el futuro no importaba, era un horizonte borroso frente a la cicatriz purulenta que su tío había dejado - no solo en su cuerpo adolescente - sino en su alma eterna. No importaba cuánto caminara hacia el mañana; el dolor del ayer era una losa que le impedía correr en libertad, un lastre de sombra que la mantenía anclada al momento de la violación.
  • Y ahora que lo sé - continuó ella, posando una mano firme sobre el hombro de Gustavo, mientras su mirada se perdía en un punto infinito de odio puro -, ahora que sé que no he sido la única… ahora que sé donde ese maldito desgraciado se oculta… lo mataré.
La frase no fue una amenaza, fue una sentencia de muerte. Había una oscuridad absoluta en sus palabras, una sed de justicia que ya no entendía de leyes humanas, sino de equilibrio de sangre. La venganza se había convertido en su nueva columna vertebral; ya no buscaba sanar, buscaba amputar el cáncer de su historia. Gustavo sintió el frío de esa resolución, pero no retrocedió. Cubrió la mano de Raquel con la suya, apretando con esa fuerza de Toro que lo definía, y asintió con una solemnidad que sellaba un pacto de sangre.
  • Y no lo harás sola - le dijo, con la voz baja y firme como un trueno lejano -. Yo estaré allí cuando llegue el momento… Pues si hay que bajar al infierno para cobrar esa deuda, bajaremos juntos.
En la penumbra de la cabaña, sus palabras no se disiparon. Se quedaron allí, suspendidas, pesando en el aire como una promesa sellada con hierro. Algo cambió. El juramento de Raquel y la lealtad de Gustavo se entrelazaron en ese instante, forjando un vínculo que ya no tenía retorno. El Oso y el Toro acababan de señalar a su presa. Fuerza y embestida. Instinto y protección. Y en lo más profundo de ella, atravesando cada grieta, resonó aquella sensación irrefutable que había sentido al confesar su dolor, desnuda ante su manada.

No caminarás sola.
Nunca más.

El Ausangate, que hasta hacía un momento era un templo de silencios minerales, estalló en un mercado de voces ansiosas. Sofi, Nico y Gabi se vieron rodeados por el resto del grupo, una marea de rostros que oscilaban entre el escepticismo mordaz y una envidia mal disimulada. Las preguntas caían como granizo: "¿Qué se siente?", "¿Es verdad que cazasteis una cabra?", “¿Duele?”... Vincenzo y Antonio mantenían el ceño fruncido, intentando descifrar en las pupilas de los retornados el rastro de la locura o el de la divinidad, sin encontrar un asidero lógico al que agarrarse. Pero por encima de todo el murmullo, como un látigo de impaciencia, restallaba la voz de Fani.
  • ¡Venga ya! ¡Que yo también quiero! - gritaba, dando saltos de animal enjaulado -. ¡Que me habéis tenido aquí fuera contando estrellas mientras vosotros os ibais de safari espiritual! ¡Don Javi, suelte ya la pócima, que me muero de ganas de ver a mi bicho!
Don Javier, apoyado en su bastón, dejó escapar un suspiro largo, un aire cargado de la fatiga de los siglos. Se estaban saltando el ritual; estaban profanando el silencio sagrado que requiere la digestión del alma. Pero, al verlos así, desbordados y febriles, el anciano no pudo evitar que una sonrisa pequeña y melancólica le arrugara aún más el rostro. Porque, aunque su sangre fuera ya casi savia de árbol, seguía recordando perfectamente el incendio que significa ser joven.

Hay una belleza trágica y sublime en la juventud: ese deseo irrefrenable de conquistarlo todo antes de que el sol se ponga, esa soberbia hermosa que desprecia las leyes marcadas por los viejos. El joven no quiere el mapa, quiere el abismo. No busca la sabiduría que gotea con los años, sino el relámpago que lo parte todo en un segundo.

Ser joven es beberse el vino de la existencia a toda prisa, sin detenerse a saborear los matices de la uva o el poso del tiempo, deseando únicamente la embriaguez absoluta para poder rugir con la vida desatada. Es la negativa a caminar por el sendero trillado, prefiriendo romperse las piernas en la pendiente con tal de ser el primero en tocar el cielo. Es esa urgencia de sangre caliente que cree, con una fe suicida, que el mundo empieza y termina en sus propios pulmones.
  • Está bien, cachorra de ciudad - murmuró el chamán, alzando la mano para imponer un orden que ya sabía perdido -. Si tanto ansías quemarte en el fuego del Abuelo, sígueme. Pero no digas que este viejo no te advirtió que la embriaguez de la verdad deja una resaca que dura toda la vida.
Fani, Carol y Lena dieron un paso al frente con la mirada encendida. El turno de las guardianas había llegado, y el Ausangate se preparaba para recibir a tres nuevas almas en su vientre de piedra. Don Javier se movió hacia la entrada, allí donde el aire parecía más denso, y con un movimiento de cabeza les indicó que lo siguieran. Con tal solemnidad que detuvo en seco el alboroto de Fani.

Pero antes de irse de la terraza natural al infinito, se giró hacia Nico, Laia y los otros cuatro que aún procesaban el rastro amargo de las lagartijas en su memoria.
  • Descansad, caminantes - dijo con una voz que pesaba como el granito -. Habéis desenterrado el pasado con el Abuelo y habéis atisbado los hilos del mañana con La Dueña. Vuestras almas están exhaustas, estiradas entre lo que fue y lo que será... pero el círculo no se cierra en los extremos.
Se detuvo, sosteniendo un pequeño cántaro envuelto en fibras de selva, un objeto que parecía palpitar con un ritmo propio, oscuro y profundo.
  • Esta noche - continuó, y sus ojos se volvieron dos abismos de obsidiana -, recibiréis el beso de La Madre Tejedora.
Hizo una pausa para dejar que el nombre se asentara en el pecho de los jóvenes.
  • Si el Abuelo es la raíz del mundo y la Dueña es el viento que despeja la niebla del futuro, La Madre es el río que fluye ahora mismo por vuestras venas. Ella es el presente, la dueña del poder. No os llevará atrás ni os lanzará adelante; os obligará a estar aquí, en el centro exacto de vuestra propia existencia, donde el dolor y la gloria se funden en un solo grito. Ella no muestra visiones, ella es la visión. Teje vuestra carne con la de la montaña hasta que ya no sabes dónde terminas tú y dónde empieza la eternidad.
Don Javier volvió a encender su pipa, y el humo pareció danzar alrededor del espíritu de la Madre Tejedora. Que aunque nadie la podía ver, sentían su presencia en cada rincón de aquella inmensa montaña.
  • Dormid ahora, descansad… Necesitáis que vuestra sangre esté tranquila antes de que ella entre a reclamar su trono. Porque el beso de La Madre no se olvida... es el nudo que ata vuestro espíritu al "ahora" para siempre.
Mientras los veteranos se abandonaban a un descanso denso y necesario, como cuerpos que por fin se permiten caer tras haber resistido demasiado tiempo, Don Javier se llevó consigo a las tres mujeres y a los dos hermanos para iniciar su aprendizaje, alejándolos poco a poco de la cabaña y de ese breve refugio de paz.

Pero el jaguar no dormía. No podía.
No estaba en su naturaleza.

El jaguar permanece despierto cuando el mundo se apaga, observa cuando los demás cierran los ojos, respira en silencio mientras todo a su alrededor baja la guardia. Es vigilia, es instinto, es amenaza contenida. Y Laia, sin saberlo del todo, encarnaba exactamente eso: una tensión imposible de apagar, una conciencia que no encontraba descanso ni siquiera en el paraíso.

A unos metros, Gustavo y Raquel se habían arropado bajo la misma manta, buscando calor más que descanso, intentando engañar al cuerpo para que cediera. Muy cerca, Sofi ya empezaba a rendirse al sueño, recostada sobre el pecho de Gabi, cuya mirada seguía clavada en las páginas de aquel libro robado, el mismo que los había arrastrado hasta allí. Sus dedos pasaban las hojas sin prisa, como si buscara algo que ya no sabía nombrar. Una respuesta, quizás. O la confirmación de que todo aquello no era más que un eco repitiéndose, una historia que se reescribía con otros nombres, otros rostros… pero idéntico destino. Nico, a su lado, no leía. Pensaba. Con la mirada perdida en el horizonte, como si intentara ordenar el caos dentro de su cabeza, como si aún confiara en que todo aquello pudiera explicarse, reducirse, entenderse.

Solo Laia permanecía en pie. Inmóvil. Frente a ellos. Como una grieta en la calma.

Sus brazos caían a los lados del cuerpo, tensos, y su respiración no terminaba de acompasarse. Había algo en su mirada que no encajaba con el descanso del resto, una inquietud que no encontraba sitio en aquella montaña que parecía un santuario. Hasta que, de pronto, lo rompió.

Si ella no dormía… nadie debía hacerlo.
  • ¡Hay que volver a Madrid!
La frase cayó como una piedra en el agua quieta. Sofi abrió los ojos de golpe, incorporándose levemente sobre Gabi. Nico giró la cabeza al instante, frunciendo el ceño, arrancado de sus pensamientos. Gustavo, aún medio envuelto en la manta, levantó la mirada con pesadez, y Raquel hizo lo mismo, aunque sin moverse del todo, observándola en silencio.

Durante un segundo… nadie entendió nada. El tiempo pareció detenerse, suspendido en esa declaración absurda, fuera de lugar, como si Laia acabara de hablar en otro idioma. Y todas las miradas, una a una, se clavaron en ella.
  • ¿Qué dices, Laia…? - frunció el ceño Gabi, bajando lentamente el libro.
  • ¡Que debemos volver a casa!
  • ¿Ahora? - preguntó Sofi, incorporándose, aún atrapada entre el sueño y la confusión.
  • ¡Sí, joder! ¡Ahora!
Laia no podía estarse quieta. Sus pasos cortaban el espacio de un lado a otro, como si aquella terraza, que hacía apenas unos minutos parecía infinita, se hubiera encogido hasta asfixiarla. Había algo en su cuerpo que no encajaba, una urgencia que no pertenecía al descanso ni a la paz, sino a la huida. Cada músculo suyo gritaba lo mismo: peligro.
  • No podemos irnos… aún no hemos terminado… - intentó decir Gabi, incorporándose levemente.
  • ¡Ahora no importa eso, Gabi! - le cortó ella, acercándose de golpe -. ¡Tenemos que irnos, ya!
Se plantó frente a él y apoyó las manos sobre sus rodillas con una fuerza casi desesperada. Gabi sintió la presión, pero sobre todo vio sus ojos. Y ahí lo entendió. Miedo. No el miedo superficial, no el nerviosismo… sino algo más profundo, más antiguo. Algo que había nacido del sueño y se había colado con ella hasta el mundo terrenal.
  • Has visto algo malo… ¿verdad? - preguntó, sin apartar la mirada -. ¿Qué has visto, Laia? ¿Qué ha pasado en Madrid?
  • ¿Son nuestros padres? - añadió Nico, girándose hacia ella -. ¿Están bien?
El descanso murió en ese mismo instante. Se desvaneció sin dejar rastro, sustituido por una tensión distinta, más cruda, más conocida. Ya no eran exploradores oníricos buscando respuestas en la sabiduría ancestral del mundo espiritual. Volvían a ser lo que siempre habían sido: fugitivos oliendo la amenaza antes de verla. Laia no respondió de inmediato. Sus manos seguían clavadas en las rodillas de Gabi mientras levantaba la mirada, recorriéndolos uno a uno. Y entonces, como un eco inevitable, regresaron las palabras de Don Javier.
  • No puedo deciros lo que vi… - murmuró al fin -. El viejo me dijo que si lo decía en voz alta… lo ataría a mi destino.
  • ¡¿Qué coño significa eso?! - saltó Gustavo, incorporándose con brusquedad.
  • No lo sé… - negó ella, tensa -. Pero me advirtió que no se lo contara a nadie.
El silencio se volvió incómodo, denso… hasta que Sofi se levantó del todo y sin dudar, le agarró la mano con fuerza.
  • Si tú dices que debemos volver, lo haremos - dijo, firme -. Me da igual no saber por qué. Eres como una hermana para mí. Y si tú te vas… yo voy contigo.
Raquel no tardó en sumarse. Se puso en pie y apoyó su mano sobre la de Sofi, clavando los ojos en Laia.
  • Mi destino ya estaba atado al tuyo antes de llegar aquí - dijo con una calma pesada -. Cuenta conmigo, vecina.
Uno a uno, el gesto se repitió. Gustavo, luego Nico. Manos superpuestas, piel contra piel. Unión. Familia. Decisión. Todas acabaron apoyadas sobre la rodilla de Gabi. Pero él… no se movió. Seguía sosteniendo el libro entre las manos, inmóvil, como si pesara más que nunca. No era falta de lealtad. No era duda hacia ellos. Los amaba, sin condiciones. Eran su familia. Moriría por ellos si hiciera falta. Pero algo dentro de él seguía tirando en otra dirección.
  • Entiendo que queráis volver… - dijo al fin, en voz baja -. Es más… yo iría con vosotros. Pero no puedo.
  • ¿Qué dices, Gabi? - bufó Sofi, incrédula -. Somos un grupo. No nos separamos. Sea lo que sea lo que ha visto Laia, está claro que es urgente. Tenemos que volver.
Gabi negó levemente, apretando el libro entre los dedos.
  • No sin antes entender cómo funciona la “Azulita”…
  • ¡¿Qué más da eso, chaval?! - rugió Gustavo, dando un paso al frente -. ¡Está claro que algo malo está pasando en Madrid! ¡Hay que volver! ¡Piensa en tus padres!
No lo dijo con maldad. Ni siquiera llegó a pensar en el peso de sus propias palabras. Pero aquella última frase, lanzada con la brusquedad de quien actúa por instinto, hizo que Gabi bajara la cabeza. El silencio que siguió fue inmediato. Gustavo lo entendió al instante. La torpeza le golpeó como un puñetazo seco. Gabi era huérfano: madre muerta, padre ausente. No había nada a lo que volver… al menos no en el sentido en que él lo había dicho.

Retiró la mano de su rodilla y, casi con cuidado, la apoyó sobre su hombro.
  • Lo siento, chaval… no pretendía…
Pero Gabi no había agachado la cabeza por dolor. Aquella herida ya no sangraba como antes. No estaba cerrada, pero sí asumida. Formaba parte de él, como una cicatriz que ya no duele, pero nunca desaparece.
  • No es eso, compañero… - murmuró, mientras las manos de los demás seguían apoyadas sobre él.
  • De verdad que lo lamento…
Gabi alzó la cabeza entonces. Sus ojos recorrieron uno a uno los rostros que tenía delante. Los de los suyos, los de su manada. Y tomó la decisión.
  • Id… - dijo con calma -. Pero yo me quedo.
La reacción fue inmediata.
  • ¡Ni de coña! - soltó Sofi, apartando la mano de golpe y cruzándose de brazos.
  • No es tu decisión - respondió Gabi, sin alterar el tono -. Es la mía.
Nico retiró la mano, nervioso, pasándosela por el pelo, intentando ordenar pensamientos que no terminaban de encajar.
  • Colega… no vamos a dejarte aquí solo - dijo, serio -. No sabiendo que estamos rodeados de mercenarios. Sofi tiene razón. Si hacemos algo, lo hacemos juntos. Es la única forma de sobrevivir.
Raquel también apartó la mano, pero en su caso fue para acercarse un poco más a él, reduciendo la distancia, buscando que sus palabras no se perdieran.
  • Gabi… - dijo con suavidad -. Sé perfectamente que para ti entender la “Azulita” es lo más importante. Y lo entiendo. Sé que hay algo más para ti en todo esto… algo espiritual, algo que necesitas resolver.
Hizo una breve pausa, sosteniéndole la mirada.
  • Pero esto no se acaba aquí. Siempre podemos volver. Siempre podemos retomar lo que hemos empezado… - su voz se tensó ligeramente -. Pero si lo que todos estamos pensando… y lo que Laia no puede decir… es verdad…
Otra pausa. Más pesada.
  • Entonces debemos volver a casa.
El aire quedó suspendido entre ellos. No era solo silencio: era ese instante preciso en el que un grupo deja de ser uno y se convierte en una encrucijada. Dos caminos. Una decisión. El pulso invisible entre lo que se ama… y lo que se es. Solo una mano permanecía apoyada sobre su rodilla. La de Laia. Las garras del jaguar. No lo retenía. No lo empujaba. Simplemente estaba ahí, firme, como una verdad que no necesita palabras. Porque ella lo entendía. Donde los demás veían la unidad del clan - la fuerza de la manada, el calor terroso del hogar, ese círculo sagrado donde nadie cae solo -, Laia veía también la otra cara de la moneda. El propósito individual del guerrero. La llamada que no entiende de consensos, que no pide permiso, que no negocia. El fuego que no calienta… sino quema.

El jaguar no es el que corre en grupo. Es el que se detiene. El que observa desde la sombra. El que espera el instante exacto y, cuando llega… actúa sin dudar. Solo. Siempre solo. Aunque haya aprendido, con el tiempo, a caminar junto a otros. Aunque haya descubierto algo parecido a un hogar en aquella manada de lobos, osos y toros. Aunque ese hogar le importara más de lo que jamás admitiría. Porque Laia, habiendo sido un ejército de una sola mujer durante toda su vida, sabía algo que los demás aún no podían aceptar: Que hay decisiones que no se comparten. Que hay caminos que no se votan. Que hay fuegos que no se apagan con abrazos.

Ella no apartó la mano. No lo detuvo. No lo contradijo. Porque donde los demás veían un error, un riesgo o una locura… Laia vio una verdad desnuda, innegociable. Hay caminos que no se eligen. Caminos que te eligen a ti. Y cuando eso ocurre… no hay clan, ni amor, ni miedo que pueda retenerte. Porque en ese instante, cuando la decisión se toma de verdad, no desde la duda sino desde el alma… ya no hay vuelta atrás.
  • Gabi, mírame - dijo, alzando apenas la barbilla, como quien no pide, sino ordena desde un lugar más profundo que la voz.
Él levantó la vista. Y en los ojos de ella no encontró miedo. Ni duda. Ni esa tristeza que pesa cuando alguien está a punto de perder algo. No. Lo que vio fue otra cosa. Algo más antiguo. Más limpio… Orgullo. El mismo que ondea en un estandarte tras la batalla. El que no celebra la victoria… sino el valor de haber luchado. El reconocimiento silencioso de un igual frente a otro. De guerrero a guerrero.

Laia apretó levemente la mano sobre su rodilla. No para retenerlo. Para anclar ese instante.
  • Haz lo que tengas que hacer - murmuró, sin romper el hilo invisible que los unía -. Si ese es tu camino, síguelo. Sin mirar atrás. Sin pedir permiso.
Porque ella sabía - mejor que nadie - que hay decisiones que no admiten compañía. Que cuando el alma llama… se responde en soledad. Hizo una breve pausa. Apenas un latido.
  • Pero prométeme una cosa… - añadió, y en su voz ya no había desafío, sino una verdad desnuda -. Vuelve.
Sus dedos se tensaron lo justo. No como una súplica. Como un juramento compartido.
  • Herido, casi muerto, victorioso o derrotado… me importa una mierda.
Otra pausa. Más corta. Más honda.
  • Pero vuelve.
Gabi asintió, y las lágrimas brotaron sin permiso, como si llevasen tiempo esperando ese gesto para escapar. Aún no se habían ido, pero ya los sentía lejos. No en la distancia… en el destino. Nico bajó la cabeza, clavando la mirada en el suelo, comprendiendo en silencio que aquello ya no tenía marcha atrás. Raquel negó despacio, casi imperceptible, como quien ve un error desplegarse y no puede detenerlo. Gustavo se quedó quieto, inmóvil, tragando saliva, sosteniendo a Gabi con la mirada como si así pudiera retenerlo un segundo más. Y entonces Sofi estalló. Se puso en pie de golpe, como si el suelo la hubiera escupido.
  • ¡Me cago en tus muertos, Gabi! - gritó, la voz rota, temblando de rabia -. ¡¿Pero tú qué te crees, imbécil?! ¡¿Que esto es un puto juego?!
Dio un paso hacia él, señalándolo con el dedo, los ojos brillando, incendiados.
  • ¡Mira que eres gilipollas! ¡Te juro que eres el tío más cabezota del mundo! - escupió, pero no había veneno… solo miedo -. ¡Después de todo lo que hemos pasado vienes ahora con esta mierda?!
Se llevó las manos a la cabeza, desquiciada, girando sobre sí misma.
  • ¡Eres un puto egoísta! ¡Un inconsciente de mierda! ¡¿Lo sabes?! - volvió a encararlo -. ¡Nos estás dejando tirados, joder! ¡A mí, Gabi! ¡A miiiiiii! ¡A tu puta familia!
La voz se le quebró en esa última palabra. “Familia”. Y ahí estaba todo. No eran insultos de odio los que brotaban de su garganta. Era amor desbordado, incapaz de encontrar otra forma de salir. Laia, con la furia de la loba aullando a su espalda, no intervino. No la frenó de inmediato. Dejó que ese rugido existiera, que se quemara. Y entonces, en mitad de ese caos, sonrió. Una última vez. Una sonrisa breve, limpia. Solo para él.

Retiró la mano de su rodilla y, sin dudarlo, lo abrazó. Fuerte. Directa. Como se abrazan los que saben que no hay garantías.
  • Ya me ocupo yo… - murmuró contra su oído.
Le dejó un beso en la mejilla. Seco y preciso. A modo de despedida.
  • Cuídate… ¿de acuerdo? - añadió, separándose lo justo para mirarlo -. Y no hagas locuras.
Luego se levantó. Sin mirar atrás. Rodeó los hombros de Sofi con un brazo y empezó a apartarla de allí, tirando suavemente de ella mientras la otra seguía maldiciendo al hombre que amaba, todavía presa de esa furia salvaje que no sabía cómo rendirse.
  • Eh… ya está - le susurró Laia, firme, contenida -. Relájate, joder.
No era una orden. Era el inicio de una separación. No solo la de Sofi arrancándose, a la fuerza, de Gabi. No solo ese hilo invisible que se tensaba hasta el límite entre dos cuerpos que siempre habían caminado juntos. Era algo más profundo. Más antiguo. Más inevitable.

Era la grieta. La primera fisura real en la manada.

Hasta ese momento habían sido una sola cosa. Un organismo que respiraba al unísono, que avanzaba como una unidad salvaje, donde cada uno ocupaba su lugar sin cuestionarlo demasiado. Lobos, osos, toros… piezas distintas de una misma bestia. Si uno caía, los demás mordían. Si uno dudaba, los otros empujaban. Así habían sobrevivido.

Pero ahora no. Ahora el camino dejaba de ser uno. Ahora la montaña no era el enemigo. Ni los mercenarios. Ni el mundo que los perseguía. Ahora era esto: Elegir. Laia lo sabía. Por eso no insistió. Por eso no luchó contra lo inevitable. Porque hay batallas que no se ganan reteniendo, sino soltando. Porque hay vínculos que no se rompen cuando los cuerpos se separan… sino cuando se traiciona lo que uno es. Y Gabi, en ese instante, estaba siendo exactamente eso. Él mismo.

Sofi seguía forcejeando, maldiciendo entre dientes, resistiéndose a dar un solo paso más lejos de él. Pero cada centímetro que Laia la arrastraba no era solo distancia física. Era un desgarro. Un hilo que se estiraba entre el calor del hogar y la llama indomable de un alma que no podía quedarse. Detrás, el resto empezó a moverse también. Sin palabras. Sin órdenes. Como si entendieran que aquel momento no admitía discursos.

Nico dio un paso atrás. Raquel desvió la mirada. Gustavo apretó los dientes.
Y, sin darse cuenta, dejaron de estar en círculo.

Dejaron de ser refugio.

La manada, por primera vez, no avanzaba junta.

Se estaba partiendo.

Como el Disprosio, siendo la garra que resiste el calor de la paz y el imán que nos arrastra de vuelta a la pesadilla. Esta historia continuará…
 
Es normal que puedan pasar estás cosas, pero yo creo que si al final vuelven a Madrid, volverán a juntarse con Gabi en un futuro cercano.
La lástima y lo doloroso es que ya sabemos que algo malo pasa con sus familias y solo espero que lo paguen los culpables.
 
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