Efectos Secundarios

Por una parte estaba muy claro que Laia está enamoradísima de Nico y hasta Gabi se ha dado cuenta.
Y por otra parte estoy se va a complicar mucho porque por desgracia van a ir a por sus familias y tienen que estar preparados.
 
Capítulo 35. Bromo - (Br)igadistas Internacionales

El Bromo (Br) ocupa el trigésimo quinto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del bromo con el concepto de los Brigadistas Internacionales, obtenemos el retrato de una pasión líquida que quema. El bromo es el único metaloide que es líquido a temperatura ambiente, un elemento denso, de color rojo sangre, que emana vapores irritantes y persistentes, recordándonos que el compromiso que viene de lejos no es gaseoso ni efímero, sino una materia pesada que se impregna en la tierra que defiende.

Los Brigadistas Internacionales según el Bromo: El Brillo de la Sangre Forastera

1. El Elemento que llega del Mar (Origen Marino)

El bromo no se encuentra libre en la naturaleza; se extrae principalmente de las salmueras y del agua de mar. Es un hijo del océano que se materializa en la costa. Los Brigadistas eran el bromo de la República. Vinieron de más allá de los mares, de cincuenta naciones distintas, destilados por la injusticia del mundo para concentrarse en los puertos españoles. No eran nativos de la tierra, pero al llegar, su presencia fue tan real y tangible como el agua salada de la que nace este elemento. Eran la ayuda líquida que el mundo enviaba para apagar un incendio que ya era de todos.

2. El Color de la Convicción (Rojo Oscuro)
El bromo es un líquido denso de un color rojo rojizo profundo, casi marrón, que recuerda inevitablemente a la sangre arterial o a la tierra mojada por el combate. El compromiso de la Brigada Lincoln o la Thälmann no era de un blanco puro e idealista, sino de un rojo bromo: denso, oscuro y cargado de sacrificio. Representa la sangre vertida por una tierra que no les vio nacer, pero que defendieron hasta el último átomo. Es el color de una bandera que no entiende de fronteras, sino de la química común de la libertad.

3. El Vapor que Todo lo Impregna (Persistencia)
El bromo emite vapores asfixiantes y de un olor penetrante (Bromos significa "hedor" o "fuerte aroma"). Una vez que el bromo toca una superficie, su rastro permanece durante mucho tiempo. Los brigadistas dejaron un rastro que el tiempo no ha podido borrar. Como el vapor del bromo, su idealismo se filtró en las trincheras del Jarama y en las calles de Madrid, dejando un aroma de épica y melancolía que aún se respira en la memoria histórica. No fueron una fuerza de paso; fueron una sustancia que se quedó suspendida en el aire de España, recordándonos que la solidaridad internacional es un gas que irrita la conciencia de los tiranos.

4. El Corrosivo del Fascismo (Reactividad)
El bromo es altamente reactivo y ataca ferozmente a los metales y a los tejidos orgánicos; es un agente de cambio químico violento. En el laboratorio de la Guerra Civil, los Brigadistas fueron el reactivo que frenó la oxidación del fascismo. Su llegada provocó una reacción en cadena de esperanza en el bando republicano. Eran el elemento "extraño" que, al entrar en contacto con la milicia popular, la endureció y la dotó de una capacidad de ataque que los enemigos no esperaban de un ejército de voluntarios y poetas.

5. La Sensibilidad a la Luz (Bromuro de Plata)
Históricamente, los compuestos de bromo (bromuros) han sido la base de la fotografía. Son las sales que reaccionan a la luz para fijar la imagen en el negativo. Sin el "bromo" de los voluntarios internacionales, la imagen de la lucha republicana no se habría fijado con tanta fuerza en la retina del siglo XX. Gracias a su sacrificio, la luz de la resistencia quedó grabada en la historia. Ellos fueron el material sensible que permitió que el mundo viera la verdad de la guerra, convirtiendo su propia existencia en el negativo fotográfico de una libertad que, aunque fue derrotada, quedó revelada para siempre.

Conclusión: Los Brigadistas Internacionales, vistos a través del bromo, son la geometría de la solidaridad inclemente. Es el reconocimiento de que la ayuda más profunda es aquella que, como un líquido rojo y denso, se funde con la tierra extraña para protegerla. Ser un voluntario bajo el símbolo del bromo significa entender que el compromiso no tiene patria, que la sangre es un reactivo universal y que la memoria de los que vinieron de lejos es el vapor eterno que sigue alimentando nuestros sueños de justicia.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Una brigada es un grupo organizado de personas capacitadas para realizar una labor específica, ya sea en el ámbito de seguridad (emergencias/desastres) o de trabajo conjunto. Se caracterizan por tener entrenamiento técnico, actuar de forma coordinada y, frecuentemente, contar con equipo especializado para salvaguardar vidas, bienes o cumplir misiones concretas.

Hay Brigadas por todas partes, en realidad…

Hay Brigadas de Emergencia: Grupos internos en empresas o instituciones capacitados para prevenir y reaccionar ante incendios, primeros auxilios, evacuaciones y rescates. Hay Brigadas Militares: Unidades orgánicas del ejército formadas por dos o más regimientos de infantería o blindados, con un mando único. Hay Brigadas de Trabajo y Servicio: Grupos formados para tareas concretas, como limpieza, labores comunitarias o, en el ámbito de la salud, equipos interdisciplinarios (médicos, trabajadores sociales) que se desplazan a zonas apartadas. Hay Brigadas Escolares: Grupos de estudiantes organizados para la colaboración en seguridad vial o convivencia escolar.

Una brigada es, en esencia, un grupo organizado para cumplir una misión. Personas entrenadas, coordinadas, con un propósito común. Puede ser apagar incendios, evacuar edificios, limpiar barrios, defender un país. Disciplina. Técnica. Orden. Pero para Gabi, la palabra tenía otro peso. Si alguien le hubiera preguntado qué es una brigada, no habría pensado en cascos blancos ni en manuales de evacuación. Habría pensado sin dudar en los Brigadistas Internacionales.

Las Brigadas Internacionales fueron unidades militares formadas por entre 35.000 y 59.000 voluntarios extranjeros que combatieron junto a la Segunda República durante la Guerra Civil Española. Hombres y mujeres de más de cincuenta países distintos que vinieron a pelear una guerra que no era suya. Organizados principalmente por la Komintern, se entrenaron en Albacete y fueron enviados a los frentes más duros: la defensa de Madrid, el Jarama, Brunete, y la batalla del Ebro.

Franceses, alemanes e italianos en su mayoría. Obreros, poetas, intelectuales, exiliados políticos. Idealistas con un fusil al hombro. Fuerzas de choque contra el fascismo, unidos bajo el lema del “NO PASARAN”, fervientes creyentes de la Solidaridad Internacional. Entre un treinta y un cuarenta por ciento no regresó jamás del conflicto y fueron retirados en octubre del 38, despedidos en Barcelona, aplaudidos como héroes y, al mismo tiempo, utilizados como piezas en un tablero político mucho mayor que ellos.

Lucharon y perdieron. Y, sin embargo, hay algo que nadie pudo arrebatarles: lo que representaron. La idea de que, cuando el enemigo es demasiado grande, cuando el poder se disfraza de ley y la ley de justicia, todavía existen personas dispuestas a cruzar fronteras - físicas o morales -, a unirse, a plantar cara al opresor. Eso, para Gabi, era una brigada. No un cuerpo oficial. No un uniforme reglamentario. Sino un puñado de locos convencidos de que rendirse nunca ha sido una opción.

Las Brigadas Internacionales no fueron una fábula romántica ni un delirio de café obrero. Fueron carne, hueso y barro. Fueron historia escrita con pólvora y convicción. Y también, sí, un recuerdo doloroso. Millares de jóvenes cruzaron fronteras con una idea clara: frenar al fascismo antes de que devorara Europa entera. No vinieron por salario ni por gloria. Vinieron porque entendieron que el terror no se negocia y que el miedo no se administra: se combate.

Fueron una esquirla de luz contra la noche que avanzaba.
Voluntad desnuda frente a balas y cañones.
Convicción contra uniformes planchados y botas marcando el paso.

De Teruel a Belchite. Del Jarama al frente de Aragón.
A orillas del Ebro, donde dejaron la piel y algo más que sangre: dejaron esperanza.

Checos y galeses. Australianos también. Chipriotas, egipcios, argelinos. Desde los yanquis de la Brigada Lincoln a los alemanes de la Thälmann, luchando - codo con codo- al lado de los alegres cubanos y los partisanos italianos, que sabían demasiado bien lo que significaba perder su propio país. Desde la fría Escandinavia hasta el caluroso México. Obreros, estudiantes, poetas, mineros. Gente común que entendió algo extraordinario: que la solidaridad no tiene pasaporte. Aprendieron a disparar mientras el mundo aprendía a callar. Se entrentaron en una guerra que anticipaba otra mucho más grande, la Segunda Guerra Mundial. Fueron laboratorio de resistencia frente a la maquinaria imparable del odio.

No ganaron la guerra. Eso es cierto. Pero desmintieron la mentira más peligrosa: que el fascismo avanza sin resistencia. Porque allí, en las trincheras españolas, quedó demostrado que cuando la oscuridad se organiza, la dignidad también puede hacerlo. Las Brigadas Internacionales no fueron un sueño. Fueron la prueba de que, incluso cuando todo parece perdido, siempre hay quienes se levantan. Y eso - por más que se intente borrar de la historia - no hay imperio que lo pueda erradicar del todo.

Y mientras el vial de “Azulita” brillaba entre sus dedos, mientras el mundo que conocían se desmoronaba a su alrededor, Gabi comprendió algo con una claridad incómoda: No eran científicos. No eran estudiantes. No eran chavales de barrio jugando a ser revolucionarios. Eran una brigada. Sin himno. Sin bandera. Sin permiso. Empujados a un frente que no habían elegido, pero del que ya no podían retirarse. Porque las brigadas no nacen del orden. Nacen cuando el fascista llama a la puerta y alguien decide abrir… y alguien decide enfrentarlo.
  • Déjame hablar a mí, ¿de acuerdo? - insistió Nico mientras subían las escaleras, dos peldaños por zancada.
  • Entendido… y relájate, colega. Me estás poniendo nervioso.
  • Es mejor que lo estés. Mi padre es directo. No se anda con rodeos.
  • Olvidas que ya lo conozco.
  • No… no lo conoces. Te lo puedo asegurar.
Cuando estaban a punto de alcanzar la puerta del despacho, esta se abrió de pronto. Los dos se detuvieron de golpe cuando Valentina apareció al otro lado. El uniforme le quedaba demasiado ajustado, demasiado corto, como si la tela hubiera levantado las manos y decidido rendirse antes de tiempo. Sus curvas eran de infarto, su culo listo para ser colgado en una pared del Louvre. Se colocó el vestido con un gesto lento, casi mecánico, se recogió el pelo detrás de la oreja y cruzó entre los dos dejando una estela de perfume denso, dulce, cargado de electricidad. No era un aroma: era una declaración de intenciones. Olía a sexo, fuerte y reciente.

Ambos se giraron al unísono, arrastrados por una fuerza primitiva que nada tenía que ver con la lógica. El aire pareció subir varios grados. Gabi tragó saliva.
  • Madre santa… - murmuró, con los ojos abiertos de par en par -. ¿Esta es…?
  • Sí, es ella - respondió Nico, con la misma expresión de idiota embobado.
  • Tío, me dijiste que estaba buena… pero, joder… esto es otra categoría. Debería ser ilegal.
  • ¡Céntrate, joder! Hay que ponerse serios.
  • No sé si podré, colega… - rió nervioso -. ¿Lo has notado, verdad? El olor…
  • Claro que lo he notado. Y precisamente por eso, céntrate.
Valentina desapareció por el pasillo con una risa baja, casi burlona, que parecía saber exactamente el efecto que provocaba; es decir: nublar la mente de un hombre con su simple presencia. Nico se quedó quieto frente a la puerta, la mano en el pomo. De pronto lo entendió. La rapidez con la que su padre lo había despachado antes de su despacho - valga la redundancia -, el tono seco, las prisas, la impaciencia. No estaban solos mientras hablaban. Una imagen cruzó su mente como un relámpago: el despacho cerrado, movimientos furtivos bajo la mesa de caoba, respiraciones contenidas en mitad de una conversación, Valentina de rodillas… Sacudió la cabeza con brusquedad. No era momento para fantasías ni para sospechas. No era momento para pensar con la cabeza de un solo ojo. Estaban en guerra, así que inspiró hondo, endureció el gesto y giró el pomo.
  • ¿Qué sucede ahora? - preguntó Rogelio.
Nico no dijo nada al verlo subirse la cremallera. Tan solo se acercó al escritorio y volvió a apoyar las manos, intentando mostrarse fuerte y decidido.
  • ¡¿Crees que lo que te dije antes era un chiste, verdad?!
  • No lo sé, hijo… - sonrió su padre mientras volvía a sentarse en la silla -. Sinceramente, tampoco te presté mucha atención.
  • Bueno… pues ahora vas a hacerlo - hizo un gesto con la mano -. Gabi, trae la maceta.
El excomisario ladeó la cabeza, mirando a través del cuerpo de su hijo. Reconoció al muchacho que se acercó con la maceta en las manos, de aquel día que lo había rescatado de comisaría. Gabi se acercó y la dejó sobre el escritorio; un poco de tierra cayó sobre la madera pulcra.
  • ¿A qué viene esto? - preguntó divertido Rogelio, viendo la planta marchita.
La maceta descansaba en el centro del escritorio. La tierra estaba reseca, agrietada, y de ella surgía una pequeña planta marchita: hojas encogidas, quebradizas, sin color ni fuerza, como si el tiempo y el abandono la hubieran consumido por completo. No había vida aparente, solo restos de algo que alguna vez fue verde y fresco.
  • ¿Está muerta verdad? - preguntó Nico nervioso.
Su padre se inclinó un momento, examinando la maceta con curiosidad profesional, como quien observa una prueba del delito sobre su mesa de comisaria. Pasó la punta de los dedos sobre la tierra y rozó las hojas frágiles. Nada especial, solo una planta muerta. Ni magia, ni peligro: solo un objeto seco, sin sentido, un adorno inútil y descuidado en el escritorio de un adolescente ansioso. Al apartar la mano, la planta permaneció inerte, y Rogelio suspiró, encogiéndose de hombros: era simplemente eso, una planta que no había sobrevivido.
  • Es evidente que está muerta… - dijo Rogelio, encogiéndose de hombros.
  • ¿Y si te dijera que yo puedo devolverla a la vida…? - replicó Nico con calma, acercándose a la maceta.
Gabi a su lado se lo quedó mirando, sin entender de que estaba hablando. Él había visto por sus propios ojos los efectos de la “Azulita”, es más, los había sufrido y los sufría en la actualidad. ¿Pero devolver la vida a algo muerto? Eso era técnicamente imposible. Pero antes de que pudiera preguntarle que estaba tramando, cayó en la cuenta. Ya habían vencido a la muerte una vez, ya le habían devuelto la vida a alguien clínicamente muerto. “La madre de Laia”, pensó en silencio.
  • Diría que estás loco, hijo - sonrió Rogelio -. Y que deberías volver al psicólogo.
  • Está bien… observa.
Nico tomó el pequeño vial y, con sumo cuidado, abrió el tapón. La fragancia era imperceptible, pero parecía que el aire a su alrededor se volvía más denso, cargado de algo eléctrico y silencioso. Vertió unas gotas apenas visibles sobre la tierra seca de la maceta. Eran diminutas, casi translúcidas, pero de un azul imposible de ignorar. La tierra absorbió la sustancia como si supiera lo que debía hacer. Gabi se acercó, los ojos abiertos de par en par, conteniendo un silencio cargado de expectación. Rogelio inclinó la cabeza, curioso, aunque sin atisbar nada extraordinario.
  • ¿Que tengo que esperar, hijo? Es solo una maceta… - comentó Rogelio con una sonrisa divertida.
  • Espera… - dijo Nico, sin apartar la vista de la planta marchita.
Y entonces sucedió. Muy despacio, casi imperceptible al principio, las hojas marchitas comenzaron a temblar, un movimiento sutil, como el de un suspiro. La tierra misma pareció hincharse ligeramente, absorbiendo cada gota de “Azulita”. Un verde tenue surgió en los bordes más secos de las hojas. Primero apenas un destello, un brillo que parecía un reflejo en miniatura. Luego, las hojas encogidas comenzaron a estirarse, recuperando forma, deshaciendo el crujido seco que las había marcado como muertas. Cada nervio de la planta parecía despertarse, cada ramita quebradiza cobrando elasticidad y fuerza. La base del tallo se fortaleció en la tierra con un suave temblor, como si aspirara por primera vez el aire fresco. Y de repente, como por arte de magia, la planta entera respiraba de nuevo, su tallo enderezándose, los bordes curvándose hacia la luz del despacho. El azul del vial parecía haberse infiltrado en el propio color de la tierra, iluminando la maceta con un aura diminuta y mágica. Rogelio se inclinó un poco más, frunciendo el ceño y parpadeando.
  • ¿Que clase de truco es este? - preguntó sin poder apartar la mirada
  • No es un truco, papá - dijo Nico con un hilo de voz firme - Es ciencia.
Y mientras los tres observaban, la planta ya no solo se movía: vibraba con vida propia, sus hojas brillaban levemente con un verde profundo que parecía contener la luz de un mundo intacto. La maceta, antes insignificante, ahora parecía un pequeño corazón palpitante sobre el escritorio de caoba. Rogelio se quedó boquiabierto, sin apartar la mirada, mientras un silencio absoluto llenaba la habitación. Ni un sonido más allá de la respiración contenida, ni un gesto que rompiera el hechizo. Todo indicaba que lo imposible acababa de suceder ante sus ojos.
  • Esto es… es imposible, Nico… ¿Cómo… cómo…?
  • No hay tiempo para explicártelo ahora, papá. Dentro de nada van a venir unas personas a casa, no sé ni cuántos serán, ni cómo se llaman. Pero necesito que las protejas…
  • ¿Qué estás diciendo? ¿Proteger a quién? ¿Y de quién…?
  • De los malos, papá. Lo que acabas de ver no puede caer en sus manos; si eso sucediera… no quiero ni imaginar lo que pasaría.
  • ¿De qué estás hablando? - Rogelio se puso en pie -. ¿En qué lío te has metido, hijo?
  • En el tipo de líos que no se pueden solucionar - Nico lo miró de frente, firme, sin dudas, sin opción de retroceder -. Sé que todo esto parece… parece… una puta locura. Pero no tengo tiempo para sentarme a hablarlo.
Rogelio notó la ansiedad en él, la urgencia, el miedo, el vértigo, el abismo. No entendía nada, era imposible de comprender. Pero supo algo al instante: si su hijo estaba en peligro, si estaba en problemas, él lo iba a ayudar.
  • Está bien… dime qué necesitas.
  • Lo primero, que uses tus contactos para proteger a las personas que vendrán a casa.
  • Eso es sencillo, cuenta con ello. ¿Qué más?
  • Siete billetes para Cusco…
  • ¿Perú? - preguntó confundido.
  • Sí, Perú. Solo de ida y, si puede ser, que no queden reflejados en ningún sitio. ¿Es posible?
  • Difícil, pero no imposible. Creo que con unas llamadas podré conseguirlo, hay gente en el Ministerio de Interior que me debe algún favor… ¿Para cuándo los necesitas?
  • Lo ideal sería salir cuanto antes.
  • Entiendo… - Rogelio se volvió a sentar, dándole vueltas a la cabeza -. Esta madrugada, o a más tardar mañana. Pero hijo… tendrás que contarme lo qué está pasando.
  • Lo haré, papá, te lo prometo. Pero primero tengo que poner a salvo a mis amigos.
  • Eso siempre es lo principal: proteger a la familia - dijo asintiendo con la cabeza - Déjame hacer unas llamadas. Y si van a venir invitados, ocupáos de prepararlo todo, que Valentina os ayude. ¡Vamos, no perdáis tiempo!
Los dos salieron del despacho a toda velocidad, casi tropezando con los muebles, como si cada segundo pesara toneladas. El pasillo parecía estirarse, las paredes estrecharse; así era ahora su vida: velocidad, urgencia, riesgo constante. Gabi seguía a Nico, respirando agitado, intentando asimilarlo todo. No podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder: el ex comisario, Rogelio, un hombre de ley y de disciplina inquebrantable, dispuesto a mover contactos y favores sin pestañear, pero sobre todo, dispuesto a proteger a su hijo y a sus amigos sin cuestionar nada.

No hubo apenas preguntas, no hubo reproches, ni intención alguna de detener a Nico. Solo existió una acción inmediata, concreta, casi religiosa. Una voluntad que hablaba más que cualquier acción. Era un hombre de ley, sí, pero primero - y ante todo - era un hombre de familia. Ahora entendía porqué Nico le había dicho - antes de entrar al despacho -, que su padre era directo y no se andaba con rodeos.
  • Tu padre es la hostia, colega - sonrió Gabi sin dejar de correr.
  • Tiene sus cosas, nadie es perfecto - aseguró Nico - Pero es legal. Siempre puedes contar con él.
Era mucho más que legal. La forma en que protegía a los suyos lo demostraba. Lo hacía de un modo casi siciliano: la sangre, los lazos, la lealtad sobre todo lo demás. Gabi sintió un vértigo extraño al darse cuenta de que la misma severidad que aplicaba a la justicia podía volverse salvación, y que aquella familia, tal como Rogelio la entendía, era un ejército que se movía con precisión militar y corazón de acero.

Mientras corrían por el chalet, preparándolo todo para la llegada de los “refugiados”, seguía pensando que esa mezcla de disciplina y devoción, de firmeza y amor incondicional, era algo que jamás había visto en ningún padre. Y, aunque había muchos sentimientos apretándole el pecho, no pudo evitar sentir un extraño respeto, casi una admiración temblorosa, por aquel hombre que había sido capaz de transformar su casa en refugio y su autoridad en protección pura e inquebrantable. El mundo fuera de su núcleo podía seguir cayendo a pedazos. Allí dentro, en su fortaleza y mientras se mantuviera en pie, la familia seguía siendo la ley, y la lealtad, un arma más poderosa que cualquier bala.

No pasó mucho tiempo hasta que las puertas del chalet de la Moraleja se abrieran de nuevo, y cuando sucedió lo hicieron sin cautela. Lo que entró primero fue un soplo de alivio en medio del caos: Laia, con la mirada alerta y los labios apretados, seguida de su madre, la única familia que tenía, que aún no comprendía del todo qué demonios estaba pasando, pero confiaba en su hija y en su instinto. Tras ellas, Raquel y sus padres, con los ojos llenos de preguntas y miedo, el silencio pesado roto solo por sus pasos cautelosos. Cada rostro reflejaba la incredulidad y la tensión de saber que algo había cambiado, que la seguridad ya no era la misma. Unos instantes después, Lena apareció sola, con la familia lejos su miedo era más profundo, más concentrado. El hecho de no tener a los suyos cerca no la hacía más fuerte; lo intensificaba, la convertía en un haz de nervios y alerta constante. Sin embargo, su presencia fue un ancla para los demás, un recordatorio de que no estaban solos. Gustavo llegó poco después, con la expresión dura, caminando solo, como si cargara con la condena de enfrentarse al mundo por su cuenta. Y sin embargo, en aquella nueva etapa de su vida que acababa de empezar, la soledad se transformó en fuerza; su presencia añadía peso y seguridad al grupo, un muro bravucón listo para proteger.

Finalmente, Sofi apareció, escoltada por Lorena y Carol, su cara una mezcla de miedo y alivio. Gabi, que no podía contenerse, salió corriendo a recibirla. La abrazó con fuerza, como si todo el aire del mundo dependiera de ese contacto, como si sostenerla fuera suficiente para que nada malo la alcanzara. La tensión en el chalet se aligeró por un instante, el peligro parecía ceder ante la fuerza de aquel abrazo. Pero entonces, al girar la cabeza, Gabi vio entrar a Fani. El aire se volvió denso de golpe. Su presencia no era la de alguien perdido o asustado; era otra cosa, todos lo notaron al instante en la reacción de Gabi. Algo que no podía definirse, y que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de todos los presentes. La calma del refugio se quebró de inmediato, y los ojos de todos se fijaron en ella, interrogantes, tensos, conscientes de que la historia estaba a punto de complicarse aún más.
  • ¿Qué hace ella aquí? - susurró Gabi, con la mandíbula tensa.
  • No podía dejarla fuera, cariño.
  • ¿Y Estefi, Marta, Jasmina?
  • También les dije que vinieran, pero no quisieron.
  • Ya…
Fani pasó frente a ellos sin bajar la mirada. No hubo palabras, solo ese cruce eléctrico de ojos que decía más que cualquier insulto. Una historia de enemistad comprimida en dos segundos. Y antes de que la chispa prendiera, Lorena dio un paso al frente. No rompió la tensión; la redistribuyó. Su sola presencia tenía en Gabi el mismo efecto que una carretera helada a ciento veinte por hora.
  • ¿Alguien va a explicarnos qué está sucediendo?
  • Sí - respondió Gabi, girándose hacia ella -. Primero entrad y dejad vuestras cosas. En breve os explicaremos todo.
  • Gabi… - Carol avanzó un par de pasos, nerviosa -. ¿De verdad estamos en peligro?
  • No lo sé. Si estamos haciendo esto es por precaución.
  • Pero… ¿qué ha pasado?
  • Ahora lo sabréis. Lo prometo. Entrad, por favor.
Cuando todos cruzaron el umbral, las puertas se cerraron con un golpe seco. El sonido retumbó como un sello oficial. Dentro, el murmullo crecía; fuera, el mundo seguía intacto, ajeno, insultantemente normal. Gabi se quedó en el patio delantero. Sacó un cigarro con manos que fingían no temblar y caminó hasta la verja. Miró a izquierda y derecha. La calle dormía en una calma sospechosa. Ni coches, ni pasos, ni sirenas. Demasiada paz para tanto desastre.
  • Dame uno, chaval… - murmuró Gustavo a su espalda.
Gabi abrió la cajetilla sin decir nada. Gustavo tomó un pitillo y se lo colocó entre los labios. El mechero chisporroteó; la llama se inclinó por el viento y ambos la protegieron con la palma, como si defendieran algo más que tabaco.
  • ¿Ya te has hecho a la idea? - preguntó Gabi, exhalando humo hacia el cielo gris.
  • ¿A qué te refieres? - Gustavo aspiró profundo.
  • Que nos vamos, compañero.
  • ¿Irnos? ¿A dónde?
  • El padre de Nico nos está buscando un vuelo a Perú.
  • ¿Para cuándo?
  • Esta madrugada. Como muy tarde, mañana.
Gustavo asintió despacio.
  • Está bien…
Se quedaron apoyados en la verja, hombro con hombro, expulsando humo con la parsimonia de dos vigilantes de turno nocturno. Parecían guardias de seguridad venidos a menos, custodiando un fuerte improvisado. El metal frío bajo los antebrazos, la noche tragándose las dudas.
  • ¿Sabes qué es lo que más me jode? - sonrió Gustavo de pronto.
  • ¿Qué?
  • Que no puedas conocer a Sara Jay.
Gabi soltó una carcajada baja, casi ahogada.
  • ¿En serio, colega? No te ofendas, pero creo que nadie se creyó esa historia…
  • Ya… bueno. No importa.
Silencio otra vez. Un coche pasó al fondo de la calle, lento. Ambos lo siguieron con la mirada hasta que dobló la esquina.
  • Ahora en serio… - dijo Gabi, apoyando la cabeza en el hierro -. ¿De verdad conoces a Sara Jay?
Gustavo dio una última calada y lanzó el cigarro al suelo, aplastándolo con la suela.
  • ¿Qué importa eso ahora? Sea verdad o no… jamás lo vas a comprobar con tus propios ojos. Nada volverá a ser igual...
Gustavo empezó a andar, dirección al chalet, el humo se disipó en el aire frío. Gabi se quedó unos segundos más junto a la verja, aunque el cigarro ya era solo un filtro aplastado contra el suelo. Miraba la calle, pero no veía la calle. Veía una frontera invisible cruzándose bajo sus pies.

“Jamás nada volvería a ser igual”

No era una frase dramática. No sonaba a película. Era una certeza física, como cuando sabes que un hueso está roto aunque todavía no haya salido la radiografía. Algo se había desplazado por dentro. Un engranaje que ya no encajaba en su sitio. Pensó en su piso de Hortaleza: en los pósters medio despegados, en la consola, en las tardes sin plan. Pensó en las discusiones ideológicas acompañadas de cerveza barata en el bar. Pensó en el parque donde se sentaban a comer pipas y hablar de revolución como quien habla del clima. Palabras enormes, cómodas, inofensivas. Ahora no.

Ahora la palabra “enemigo” tenía dirección y rostro. Ahora había billetes de ida, nombres en listas negras, llamadas urgentes a deshoras. Ahora había madres metidas en un chalet que no era el suyo, abrazos furtivos que olían a despedida, como si fueran salvavidas. Ahora había un padre excomisario moviendo hilos en la sombra.

“Jamás nada volvería a ser igual”

Ni Sofi volvería a mirarlo igual. Ni él podría mirarse al espejo sin ver al tipo que decidió huir, o luchar, o ambas cosas. No sabía todavía cuál de las dos era la verdad. Sintió una punzada breve en la boca del estomago: el Búnker, los planes a medio construir, la ilusión de cambiar el mundo. Qué ingenuos habían sido. El sistema no se cambia. El sistema te detecta. Y si no te doblega, te persigue y acaba contigo. Esa era la puta verdad.

Miró la casa a su espalda. Ventanas iluminadas. Sombras moviéndose tras las cortinas. Gente asustada confiando en ellos. Y ahí estaba la verdadera grieta: ya no eran solo un puñado de chavales jugando a ser peligrosos. Ahora había terceros: Familia. Responsabilidad. Consecuencias.

El aire olía a césped húmedo y gasolina lejana. Madrid seguía funcionando con su indiferencia habitual. Taxis pasando, vecinos cenando, televisores encendidos. El mundo intacto. El suyo no. Gabi inspiró hondo. Sintió el peso de la decisión como una piedra en el estómago, pero también algo más oscuro, más eléctrico. Una claridad brutal.

“Jamás nada volvería a ser igual”

Y quizá, muy en el fondo de su ser…
Eso era exactamente lo que siempre había estado buscando.

Porque hay dos tipos de vida. La vida cómoda, la que cabe en un horario. La que firma nóminas, paga alquileres, discute de política en voz baja y se indigna sin consecuencias. Y luego está la otra. La que no se elige del todo, pero cuando te empuja ya no te suelta. La vida del fugitivo.

El fugitivo no es solo el que huye. Es el que ha entendido que hay verdades que no caben dentro de la ley. Que hay leyes que nacieron para proteger el orden impuesto, no la justicia. Que el auténtico peligro no es el criminal torpe que roba en la sombra, sino el hombre impecable que sonríe bajo fluorescentes y firma papeles con sangre invisible. Ser fugitivo no es correr. Es negarse.

Negarse a entregar lo que has descubierto. Negarse a arrodillarte. Negarse a fingir que no has visto el mecanismo podrido por dentro. El fugitivo pierde cosas: casa, rutina, incluso su nombre. Pero gana otra cosa más antigua. Gana claridad. Gana la certeza de estar situado en el lado correcto de la historia, aunque ese lado sea el más incómodo.

Y entonces, casi sin quererlo, el pensamiento de Gabi viajó décadas atrás. A aquellos que vinieron de lejos sin pasaporte moral, solo con convicción. A los que cruzaron fronteras para defender una idea. A los hombres y mujeres de las Brigadas Internacionales, que no eran héroes de mármol sino obreros, estudiantes, exiliados. Gente normal empujada por una época que no dejaba espacio a la neutralidad. Ellos también fueron fugitivos. Fugitivos del miedo. Fugitivos del silencio. Fugitivos de la obediencia. No lucharon porque fuera cómodo. Lucharon porque entendieron que quedarse quietos era colaborar. Que la neutralidad, cuando el monstruo avanza, es una forma elegante de rendición. Perdieron. Sí. Pero no fracasaron. Porque lo que defendían - la dignidad frente al terror, la solidaridad frente al cinismo - no podía ser fusilado. Podían caer los cuerpos, pero no la idea de que hay momentos en que uno debe ponerse en pie, aunque tiemblen las piernas.

Ser fugitivo, pensó Gabi, es aceptar que la historia no siempre la escriben los vencedores, pero sí la empujan los que se atreven a desafiar lo imposible. “No somos soldados”, se dijo. “No llevamos uniforme. No tenemos himnos ni banderas. Solo tenemos una certeza: lo que hemos visto no puede caer en manos equivocadas. Y si para protegerlo hay que huir, se huye. Si hay que luchar, se lucha. Si hay que perderlo todo, se pierde. Porque hay derrotas que dignifican más que mil victorias cómodas.” Levantó la vista hacia la noche tranquila del barrio rico, tan ajena a la tormenta que se estaba gestando dentro de aquella casa, dentro de aquella alma. Quizá eran pocos. Quizá estaban mal preparados. Quizá el enemigo era inmenso. Pero también lo fue siempre. Y aun así, siempre hubo quienes cruzaron la línea. Siempre hubo fugitivos. Siempre hubo resistencia. Siempre hubo mártires. Siempre habrá… una batalla que librar.

Apretó los puños. El abismo seguía ahí, enorme, oscuro, insondable… pero ya no le intimidaba. Era como si, al aceptar su existencia, hubiera dejado de temerle. No sabía si aquello era valentía o simple inconsciencia. Tal vez ambas cosas eran lo mismo cuando la vida te empujaba contra la cuerda. Y justo cuando, en silencio, selló su compromiso con esa causa sin nombre, dos brazos lo rodearon por la cintura.

No necesitó verla. Reconoció el calor antes que el contacto, el perfume antes que el aire, el latido antes que la voz. Sofi. Su forma de abrazar no era una caricia: era un ancla. Se giró despacio, como si temiera romper el instante, y la estrechó contra él con una fuerza que no era posesión, sino necesidad. Hundió el rostro en su pelo. Durante un segundo, todo el ruido del mundo desapareció.
  • ¿Estás bien? - preguntó ella.
  • Creo que sí, mi vida…
  • Asusta, ¿verdad?
  • Supongo que los cambios siempre lo hacen…
  • Cierto… - Sofi lo sujetó con más fuerza -. Es… es extraño.
  • Lo sé, amor. ¿Tú estás bien?
Sofi tardó unos segundos en responder.
  • No lo sé… Tengo la sensación de estar viendo una película. Como si todo esto le estuviera pasando a otra persona que no soy yo.
  • Puede que tu cerebro esté intentando protegerte…
  • ¿Tú crees?
  • Leí algo una vez. Los comecocos lo llaman despersonalización. Se activa ante un estrés extremo, ansiedad, pánico… Es como si la mente se desconectara un poco para no romperse por dentro.
  • O sea… que me estoy volviendo loca.
  • No, mi vida - sonrió Gabi, besándole la frente con una ternura casi reverencial -. Al contrario. Creo que sentir eso significa que estás muy cuerda.
Se quedaron en silencio, abrazados, escuchando el latido del otro. No era un silencio vacío, sino lleno de calor, de respiraciones compartidas, de esa intimidad que solo aparece cuando el mundo se tambalea.
  • Cuando me llamaste esta mañana y me dijiste que nos habían descubierto, ¿sabes lo primero que pensé? - susurró Sofi.
  • No… dime.
  • Que mi vida iba a dar un vuelco definitivo. Que todo se había terminado. Que nada volvería a ser igual. Y sí… sentí un miedo terrible. Un miedo que me heló la sangre.
Gabi tragó saliva.
  • Pero justo después pensé en otra cosa - continuó ella -. Pensé en ti. En nosotros. En que, pasara lo que pasara, lo afrontaríamos juntos.
Él se estremeció de arriba abajo, conteniendo las lágrimas como quien intenta contener una tormenta.
  • Y cuando ese pensamiento cruzó mi cabeza, el miedo no desapareció - Sofi lo miró fijamente, con los ojos brillantes -, pero algo cambió dentro de mí. Lo supe con una certeza tan pura que me dolía el alma… Gabi, me da igual el camino que se abra ante nosotros, aunque sea el más oscuro o el más peligroso. Si tú estás a mi lado… me da igual todo lo demás.
  • Yo… yo… - la voz de Gabi se quebró y las lágrimas cayeron sin permiso -. Siento haberte arrastrado a esto. No te lo mereces… Es culpa mía…
  • ¡No! - Sofi apoyó un dedo en sus labios húmedos -. No es culpa tuya. No me has arrastrado a nada. Gabi, escúchame: yo decido. No tú, no las circunstancias. ¡Yo!…Y si he decidido seguirte es porque mi corazón me grita que así debe ser.
  • ¿Y si tu madre tenía razón?
Sofi soltó una risa empañada por las lágrimas.
  • ¿Te escuchas cuando hablas? ¿Desde cuándo mi madre ha tenido razón en algo? ¡Está loca, joder!
Rieron juntos, sin apartar la mirada. Dos locos conscientes del abismo, pero aferrados el uno al otro como si eso bastara para domesticarlo.
  • ¿Te acuerdas de Braveheart? - preguntó ella de pronto -. La escena en la que William Wallace se planta ante el ejército y suelta ese discurso que te pone la piel de gallina.
  • Más o menos… - respondió Gabi, secándose las lágrimas.
Sofi se separó con un movimiento decidido. Siempre había sido así: intensa, teatral, enamorada del cine hasta el punto de saberse escenas y diálogos enteros de memoria. Se colocó frente a él, erguida, con una determinación capaz de hacer temblar a cualquiera. Incluso al mismo rey de Inglaterra. Gabi la miró con los ojos muy abiertos. Hermosa. Salvaje. Invencible, incluso al borde del precipicio. Sofi se irguió con solemnidad, como si una bruma antigua cubriera el jardín y, en lugar de paredes y muebles, hubiese colinas húmedas y estandartes agitados por el viento.
  • El todopoderoso me dice que será una gran batalla, ha concretado a los más distinguidos.
  • ¿Y vuestro saludo?
  • Por presentaros en el campo de batalla, os doy las gracias.
  • ¡Este es nuestro ejército, para uniros rendid pleitesía!
  • ¡Yo rindo pleitesía a Escocia! ¡Y si este es vuestro ejército! ¡¿Por qué está huyendo?!
  • ¡No hemos venido aquí para luchar por ellos!
  • ¡Vámonos, los ingleses son demasiados!
Sofi giró sobre sí misma como si realmente contemplara a un ejército enemigo desplegado a su espalda. Clavó la vista en un horizonte invisible, apretó la mandíbula, ensanchó el pecho. Gabi no pudo evitar reír. No eran solo los diálogos: ella recordaba los gestos exactos, las pausas, la forma en que la cámara temblaba antes del discurso, incluso el temblor previo a la carga. Su interpretación era tal, que incluso parecía que la música de la banda sonora se desplegara imponente sobre el jardín. De repente se volvió hacía Gabi y en sus ojos había la misma voluntad de aquellos hombres que lucharon por defender su tierra.
  • ¡Hijos de Escocia! ¡Soy William Wallace!
  • ¡William mide… - la interrumpió él divertido, siguiendo el diálogo - más de dos metros!
  • Sí… eso dicen - sonrió Sofi asintiendo-, y mata hombres a cientos. Y si estuviese aquí, acabaría con los ingleses echando fuego por los ojos… y también rayos por el culo.
Las carcajadas estallaron al unísono, breves pero sinceras. Durante un segundo, todo el peso del mundo desapareció. Entonces Sofi cambió. Su voz se volvió más grave, vibrante, casi feroz. Endureció la mirada, se adelantó un paso. Gabi podría jurar que escuchaba tambores lejanos, que el aire se espesaba como antes de una tormenta.
  • ¡Yo soy William Wallace! Y estoy viendo a todo un ejército de paisanos míos, aquí desafiando a la tiranía. Habéis venido a luchar como hombres libres y hombres libres sois… ¡¿Qué haríais sin libertad?! ¡¿Lucharéis?!
  • No. Huiremos y viviremos.
  • Luchad y puede que muráis… huid y viviréis… un tiempo al menos. Y al morir en vuestro lecho, dentro de muchos años, ¿no estaréis dispuestos a cambiar todos los días desde hoy hasta entonces… por una oportunidad? ¡SOLO UNA OPORTUNIDAD! ¡¿De volver aquí a matar a vuestros enemigos?!… Puede que nos quiten la vida… pero jamás nos quitarán ¡LA LIBERTAAAAAD!
Empezó a correr por el jardín con el puño en alto, como si cabalgara a lomos de un corcel negro atravesando una llanura escocesa.
  • ¡ALBA GU BRÀTH! - gritó a pleno pulmón.
El alarido retumbó contra las paredes, desproporcionado para un espacio doméstico, casi ridículo… y, sin embargo, en ese instante Gabi dejó de sentirse atrapado en una casa sitiada por el miedo. Estaba al borde de una batalla, en los campos de Stirling. Y sí, estaba dispuesto a morir por Escocia, por ella, por todos sus paisanos. Estalló en carcajadas, aplaudiendo sin control. Sofi seguía galopando sobre su caballo imaginario, desbocada, teatral, gloriosamente absurda. Y Gabi comprendió que aquel era su verdadero superpoder: arrancarle la risa cuando el mundo se desmoronaba, devolverle la ligereza cuando todo pesaba toneladas.
  • Ha sido espectacular, mi vida. Como siempre… no decepcionas jamás.
Ella frenó en seco y volvió hacia él, divertida, con esa energía de niña traviesa que juega a salvar reinos invisibles. Se lanzó a sus brazos y se abrazaron con fuerza, respirándose. Sofi apoyó la frente en la suya. Esta vez no había teatro en su voz.
  • ¿Sabes qué quería decirte con todo esto?
Gabi negó despacio, aún sonriendo.
  • Que el miedo es como ese puto ejército inglés - susurró ella -. Parece enorme, invencible. Pero si huyes, te persigue toda la vida. Pero si te plantas delante, puede que te mate, sí. Pero al menos eliges tú cómo vivir y como morir.
Lo miró a los ojos, firme, decidida.
  • No quiero que luchemos por pánico, Gabi. Si lo hacemos, que sea porque lo decidimos. Porque aceptamos lo que siempre fuimos. No somos víctimas corriendo colina abajo, dando la espalda a la batalla… nosotros somos los que cargan, los que rugen, los que mueren al lado de los suyos.
Le apretó la camiseta con el puño, justo sobre el pecho.
  • Y otra cosa. Wallace no gritaba porque supiera que iba a ganar. Gritaba porque sabía que la libertad merecía el riesgo… Y como él, yo no sigo por inercia ni por locura. Te sigo porque prefiero una vida peligrosa contigo que una segura sin ti.
Gabi tragó saliva. Ya no había risa. Solo verdad.
  • Eso es lo que quería decirte - concluyó ella, más suave -. Que si hay que luchar, luchamos. Si hay que huir, huimos. Si hay que morir… moriremos. Pero lo hacemos de pie. Nunca de rodillas. Nunca solos… jamás.
El jardín volvió a ser solo un jardín. La casa, una casa. La noche, la noche.
Pero algo había cambiado. Ya no habían dudas… solo decisión.
  • Nico ha reunido a todos en el salón - murmuró ella, con la cabeza apoyada en su pecho -. Vamos, cariño. Hay que dar explicaciones…
Gabi respiró hondo. El humo del cigarro ya no estaba; ahora solo quedaba el peso de la responsabilidad.
  • No va a ser fácil - dijo mientras comenzaban a andar hacia la puerta.
Sofi entrelazó sus dedos con los suyos, firme, sin temblor.
  • Nunca lo ha sido…
Y en esa respuesta no había dramatismo. Solo verdad. Entraron en la casa como quien entra en una trinchera iluminada por lámparas de diseño. Las voces se oían al fondo, nerviosas, cruzadas, impacientes. Familias enteras esperando una explicación que sonara razonable, que cupiera dentro del mundo que conocían. Pero el mundo que conocían ya no existía. Gabi apretó la mano de Sofi una última vez antes de cruzar el umbral del salón. Lo que iban a contar no solo cambiaría sus vidas. Las confirmaría. No había vuelta atrás. No quedaban salidas laterales ni atajos cobardes.

Sofi asintió en silencio. En su mente el cielo estaba encapotado y el campo se extendía verde y húmedo hasta perderse en la bruma. Sentía el barro bajo las botas, el viento frío en la cara. No había miedo en sus pasos. Solo una determinación antigua, casi heredada. Lo comprendía con una claridad que dolía: aquel era su destino. Aquella, su batalla.

Su mente, aún confusa y agitada, regresó a esa escena final que tanto la había marcado. A la imagen de hombres exhaustos, hambrientos, superados en número… y, aun así, avanzando. A esa última chispa de rebeldía que no negocia, que no pide permiso, que no se arrodilla. Recordó la voz grave, la música elevándose como una plegaria guerrera:

«En el año de nuestro Señor 1314, patriotas de Escocia, hambrientos y en inferioridad, cargaron en los campos de Bannockburn. Lucharon como poetas guerreros. Lucharon como escoceses… y ganaron su libertad».

Sofi cerró los ojos un instante. No sabía si ganarían. No sabía si llegarían siquiera a vivir su propio Bannockburn. Pero entendía algo esencial: la victoria no siempre consiste en vencer. A veces consiste simplemente en cargar. Y cuando volvió a abrir los ojos, ya no era una espectadora de su propia vida.

Era parte del asalto.
Una poeta guerrera.
Una fugitiva.

Una mujer libre.

Como el Bromo, siendo el rojo denso de la herida abierta y el vapor de mar que guarda la imagen de la libertad en el negativo del tiempo. Esta historia continuará…
 
Pues tenías razón cuando me dijistes al principio que Rogelio no era tan bueno como me creía, pero peor es lo de Valentina, porque lo que está haciendo es de ser una auténtica zorra y no merece mi respeto.
Por otra parte llega la hora de la verdad y se van a tener que ir a Perú y supongo que allí es donde empezó el relato.
Me tranquiliza saber por el capítulo que pusisteis de los 4 y Raquel cuando ya pasó todo que sobreviven e incluso Nico y Laia van a ser Padres, pero espero que los demás sobrevivan también.
 
Pues tenías razón cuando me dijistes al principio que Rogelio no era tan bueno como me creía, pero peor es lo de Valentina, porque lo que está haciendo es de ser una auténtica zorra y no merece mi respeto.
Por otra parte llega la hora de la verdad y se van a tener que ir a Perú y supongo que allí es donde empezó el relato.
Me tranquiliza saber por el capítulo que pusisteis de los 4 y Raquel cuando ya pasó todo que sobreviven e incluso Nico y Laia van a ser Padres, pero espero que los demás sobrevivan también.
Estoy pensando aún, a ver que hago. Justo ahora acabo de acabar el capitulo donde narro la muerte de Gustavo. En el segundo interludio en el futuro, después del capítulo 40. Y casi lloro, jajajaja.
 
Capítulo 36. Kriptón - (Kr)ypton se muere, nuestro hijo merece un futuro

El Kriptón (Kr) ocupa el trigésimo sexto lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del kriptón con la salvación de Superman - ese sacrificio supremo de los padres que, ante el colapso inminente de su mundo, lanzan a su hijo al vacío en una cápsula para salvar la estirpe -, obtenemos el retrato de la supervivencia noble. El kriptón es el gas de la preservación criogénica: un elemento que no reacciona, que protege lo que envuelve y que sirve como el último testigo brillante de una civilización que ya solo existe en el espectro de la luz.

Kriptón: La Cápsula de la Herencia Eterna

1. El Escudo del Vacío (Gas de Aislamiento)

El kriptón se utiliza en el interior de los cristales dobles y en sistemas de iluminación de alta tecnología porque es un aislante térmico excepcional. No deja que el calor escape ni que el frío penetre. La cápsula que transporta al niño es una atmósfera de kriptón. Representa el último acto de amor de unos padres: crear un entorno donde el tiempo y la destrucción exterior no puedan tocar el interior. El kriptón es el silencio protector que envuelve la cuna estelar, asegurando que la fragilidad de la vida atraviese el abismo del espacio sin perder su calor original.

2. La Luz de la Despedida (Espectro de Emisión)
Cuando el kriptón se excita eléctricamente, emite una luz blanca purísima con líneas verdes y amarillas que parecen de otro mundo. Es una de las luces más brillantes y nítidas que la química puede producir. Los padres de Superman no ven su mundo morir en la oscuridad, sino en un destello de energía espectral. El gas kriptón es el rastro luminoso del cohete que se aleja; es la firma de una cultura que, al desaparecer, entrega su luz más pura al universo. El hijo no hereda tierras, hereda el espectro de un sol rojo y el brillo de un gas noble que le recuerda que proviene de una estirpe de luz, no de cenizas.

3. El Peso de la Nobleza (Densidad tres veces superior al aire)
A diferencia del helio, que escapa hacia arriba, el kriptón es un gas pesado que tiende a depositarse y ocupar el espacio con autoridad. El sacrificio de los padres no es una huida ligera, es una decisión de un peso inmenso. Meter al hijo en la cápsula es depositar toda la "densidad" de una historia, un lenguaje y una genética en un solo punto. El kriptón representa esa carga noble: el peso de la responsabilidad de ser el último de una especie, una herencia que se hunde en el corazón del niño para que nunca olvide su gravedad de origen.

4. El Estándar del Metro (La Medida de la Verdad)
Durante décadas, la longitud del "metro" se definió por la radiación del isótopo Kriptón-86. Era la medida universal de todas las cosas. El hijo enviado al espacio es el "Kriptón-86" de sus padres: su nueva medida del mundo. Al lanzarlo, ellos establecen que el valor de su existencia ya no se mide por la supervivencia de su planeta, sino por la distancia que recorra esa cápsula. El niño se convierte en la unidad de medida de la esperanza; él es el metro patrón sobre el cual se construirá un nuevo universo.

5. La Inercia de la Memoria (Gases Nobles)
Como gas noble, el kriptón es incapaz de corromperse o mezclarse con elementos vulgares. Permanece igual a sí mismo durante eones. La cápsula es una promesa de identidad inalterable. Los padres saben que su hijo crecerá en un mundo extraño, rodeado de elementos diferentes, pero confían en que su "naturaleza de kriptón" lo mantendrá puro. La inercia del gas es la metáfora de la memoria del hogar: un núcleo de nobleza que no reacciona ante la hostilidad ajena y que mantiene al huérfano conectado a su raíz, sin importar cuántos años luz lo separen de su cuna.

Conclusión: El mito de Krypton, visto a través del elemento homónimo, es la geometría del aislamiento sagrado. Es el reconocimiento de que la única forma de salvar el futuro es encapsularlo en una atmósfera de nobleza que no se deje tocar por la muerte. Ser un padre bajo el símbolo del kriptón, significa entender que nuestro mayor legado no es lo que construimos aquí, sino la cápsula de valores que lanzamos hacia el mañana, confiando en que nuestra luz blanca guiará a los que vendrán después de que nuestro mundo se haya apagado.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


La noche caía a plomo sobre Madrid.

No era una noche suave ni luminosa. Era densa, casi metálica, como si el cielo hubiera decidido inclinarse sobre la ciudad para escuchar lo que estaba a punto de decirse dentro de aquella casa. En la Moraleja, las farolas dibujaban sombras largas sobre los jardines perfectamente podados, y el silencio del vecindario resultaba insultantemente sereno.

En el amplio salón de los Quintana Villar-Mir, la luz cálida de las lámparas no lograba disipar la tensión que se había instalado en el aire. Estaban todos reunidos. Algunos sentados en los sofás de líneas impecables, otros de pie, apoyados en columnas, en respaldos, en cualquier superficie que ofreciera un mínimo sostén. Las tres madres con las manos entrelazadas. Los dos padres con el ceño fruncido, rígidos, intentando sostener la compostura. Los jóvenes dispersos entre ellos, demasiado conscientes de que, por primera vez, la ficción de la invulnerabilidad había terminado.

Nico permanecía en el centro, no por protagonismo, sino porque todos lo miraban a él. El silencio no era incómodo. Era expectante. Era el tipo de silencio que precede a una sentencia, a una confesión, a algo que cambiará la geometría de la vida tal y como se conocía hasta ese instante.
Gabi, a un lado, cruzaba los brazos intentando parecer firme. Sofi mantenía la barbilla alta, aunque sus dedos buscaban contacto, cualquier contacto. Laia no apartaba la vista de Nico, como si cada palabra fuera a definir el resto de su existencia.

Fuera, Madrid seguía respirando con normalidad.
Dentro, el mundo estaba a punto de quebrarse en dos.

Nico realizó por segunda vez aquella tarde su milagroso truco de magia: devolverle la vida a una planta muerta. Cuando los familiares fueron testigos de aquel prodigio con sus propios ojos, toda aquella historia que acababan de escuchar de setas azul neón y curas imposibles, dejó de ser una fantasía febril para convertirse en algo tangible. Brutalmente tangible. Las hojas secas habían vuelto a erguirse. El tallo, antes quebradizo, respiraba savia. No había truco visible, ni cables, ni mecanismos. Solo tierra… y un milagro.
  • Si este descubrimiento cayera en las manos equivocadas…
  • Sería el fin - interrumpió el padre de Raquel.
  • ¿Por qué sería el fin? - preguntó Lorena, exaltada.
  • Piénsalo, mujer…
El padre de Raquel no era científico. No era político. No llevaba traje caro ni hablaba con palabras técnicas. Era un hombre de barrio, de los que fichan a las ocho, comen de tupper y llegan a fin de mes haciendo malabares invisibles. Tenía las manos ásperas y la voz de quien ha discutido más veces sobre facturas que de fútbol. Se pasó la mano por la nuca, incómodo, y habló despacio.
  • Imagina que esto lo descubre una empresa privada. No un gobierno, no un hospital público… una empresa. De esas que cotizan en bolsa - Miró la planta. Miró a su hija. Luego a los demás - ¿Tú crees que lo regalarían? ¿Tú crees que lo pondrían en la Seguridad Social y ya está?
Lorena frunció el ceño, pero guardó silencio.
  • No, mujer. Lo patentarían. Lo registrarían. Lo blindarían con abogados. Y luego le pondrían precio. Y no un precio simbólico. Un precio de esos que solo pueden pagar los que ya lo tienen todo - Su voz empezó a endurecerse, no por rabia teatral, sino por una rabia cotidiana, conocida - Imagínate: cura el cáncer, la ELA, lo que sea… Pero cuesta, qué sé yo, quinientos mil euros el tratamiento. ¿Quién vive? El que puede pagarlo. ¿Quién se muere? El que no.
Un silencio pesado cayó sobre el salón.
  • Y no solo eso - continuó -. Los países pobres quedarían fuera. África, Latinoamérica, media Asia… ¿Qué hacemos? ¿Les decimos que lo sentimos mucho, que no entran en el plan premium de la humanidad? - Se encogió de hombros - Eso generaría algo peor que una guerra. Porque cuando sabes que la cura existe y te la niegan por dinero… eso no es resignación. Eso es rabia. Y la rabia mueve masas.
Rogelio lo observaba en silencio desde la otra punta del salón. Aquel hombre de barrio estaba describiendo, sin tecnicismos, una bomba geopolítica.
  • Los gobiernos intentarían apropiárselo. Las farmacéuticas se pelearían. Los mercados enloquecerían. Las acciones subirían y bajarían como si el mundo estuviera en llamas. Habría espionaje, secuestros, chantajes… Lo que haga falta para controlar eso - Señaló la maceta, todavía viva, como si señalara un arma - Porque no estaríamos hablando de vender y especular. Estaríamos hablando de decidir quién vive y quién muere. Y eso, cuando lo controla una organización privada… no es progreso. Es poder absoluto.
Lorena tragó saliva. El padre de Raquel bajó la voz.
  • Y el poder absoluto, cuando se reparte mal… siempre termina en sangre.
Nadie respondió. La planta seguía verde, silenciosa, hermosa. Y, de pronto, parecía lo más peligroso que había en aquella casa. El salón quedó en silencio cuando terminó de hablar. Un silencio espeso, casi físico. Como si las palabras aún flotaran en el aire, suspendidas, negándose a caer al suelo. No lo había contado solo Nico. Ni solo Gabi. Ni solo Sofi. Fue algo coral, casi orgánico. Cuando a uno se le quebraba la voz, otro continuaba. Cuando las manos empezaban a temblar, alguien más recogía el hilo. Se miraban apenas un segundo - una señal muda - y el testigo cambiaba de dueño sin necesidad de explicaciones.

Así lo relataron todo. Desde el laboratorio hasta la persecución. Desde el descubrimiento hasta el miedo. Sin adornos innecesarios. Sin dramatizaciones. Pero sin mentiras. O casi sin mentiras. Porque, aunque no lo pactaron antes, todos entendieron al mismo tiempo que había detalles que no debían salir de aquella primera exposición. No todavía. No frente a madres con las manos entrelazadas sobre el regazo. No frente a padres que aún intentaban decidir si aquello era una locura juvenil o una amenaza real. No frente a miradas que empezaban a comprender que aquello no era un juego.

Blanquearon ciertas aristas. Suavizaron algunos bordes. Omitieron nombres. Callaron episodios demasiado oscuros. En ningún momento se mencionó a Javi y a las treinta puñaladas que Nico le propinó, no se hablaron de las transformaciones corporales, ni de los furtivos encuentros sexuales en los probadores de un centro comercial, no se habló de como habían devuelto de la muerte a la madre de Laia, ni de la vivencia mística que habían vivido en aquella habitación de hospital. No era cobardía: era estrategia emocional. Lo que ya estaban contando resultaba lo bastante brutal como para digerirlo de una sola vez.

Cuando terminaron, nadie habló durante varios segundos. La madre de Laia fue la primera en llevarse la mano a la boca. No lloraba, pero su respiración era irregular, como si el oxígeno hubiera cambiado de densidad. El padre de Raquel negaba lentamente con la cabeza, intentando recomponer la lógica del mundo que conocía. La madre de Raquel apretaba el bolso contra el pecho como si dentro guardara algo más que llaves y documentos: como si pudiera protegerse con cuero y cremalleras. Fani permanecía erguida, demasiado erguida. Sin familia allí, sin nadie a quien agarrarse, y quizá por eso mismo más firme que nadie. Carol miraba al suelo, los codos sobre las rodillas, procesándolo todo con una quietud inquietante. Sofi sostenía la mano de su madre, que había dejado de hacer preguntas.

Nadie gritó. Nadie dijo “esto es una locura”. Eso fue, quizá, lo más desconcertante. Porque, en el fondo, todos habían visto algo en los ojos de aquellos chicos. No exaltación. No fantasía. Había miedo, sí. Pero también convicción. Una convicción que no se fabrica en una tarde. Y fue entonces cuando comprendieron la otra verdad, la más dolorosa de todas: iban a perderlos.

Los padres de Raquel miraron a su hija con una serenidad forzada, como si intentaran retener cada rasgo de su rostro en la memoria. Habían sacrificado todo por ella, absolutamente todo, por darle una oportunidad, por tenderle un futuro mejor. La madre de Laia, acarició la mejilla de su hija, con un cariño que le partió el alma en dos. Carol observó a su hermana en silencio, fijándose en detalles mínimos - el modo en que respiraba, la forma en que se mordía el labio cuando estaba nerviosa - como quien teme que pronto solo le queden recuerdos. Fani evitó durante unos segundos cruzar la mirada con su amiga; hacerlo habría significado aceptar que aquella podía ser una despedida sin fecha de regreso. No eran ingenuos. Sabían lo que implicaba marcharse así. Sin billete de vuelta. Sin garantías. Sin red.

Había miedo, por supuesto que lo había. Un miedo antiguo, visceral, el que empuja a abrazar con fuerza y decir: “No vas a ir a ningún lado”. El amor tiene ese instinto feroz de protección, esa necesidad casi salvaje de encerrar a los tuyos lejos del peligro. Y durante unos segundos ese impulso estuvo allí, latiendo en cada corazón encogido bajo la luz tenue de aquel salón. Pero también entendieron algo más grande que el miedo. Comprendieron que lo que aquellos chicos estaban dispuestos a hacer era demasiado importante como para frenarlo por puro pánico. Que no se trataba de una aventura irresponsable ni de una fantasía juvenil. Que no era un arrebato. Era una decisión. Y ya estaba tomada.

Lo vieron en sus posturas, en la manera en que se sostenían unos a otros. En esa firmeza silenciosa que no necesita discursos. Eso dolía… y, al mismo tiempo, les llenaba de orgullo. Porque eran sangre de su sangre. Vínculos sagrados que no se rompen con la distancia ni con el riesgo. Hijos y hermanos que no huían por cobardía, sino que avanzaban por convicción. Luchando por una causa que los superaba, por algo más grande que sus propias existencias, más grande incluso que el propio miedo. Habían sido bien educados. Eran honorables. Eran valientes. Eran justos. Y aunque el precio pudiera ser no volver a abrazarlos jamás, los adultos entendieron - con el corazón hecho trizas pero la cabeza alta - que no podían pedirles que fueran menos de lo que eran.

La madre de Raquel, al borde del colapso, carraspeó.
  • Entonces… ¿de verdad creéis que corremos peligro?
La pregunta no era un reproche. Era una súplica. Nico respondió sin dramatismo.
  • Creemos que sí.
Esa honestidad, desnuda y sin épica, terminó de hundir la habitación en la realidad. Las miradas comenzaron a cruzarse entre los adultos. Pequeños cálculos silenciosos. Riesgos. Consecuencias. ¿Quedarse? ¿Irse? ¿Confiar? ¿Denunciar? ¿Proteger? Pero había un elemento que inclinaba la balanza: estaban allí. Todos. En una casa ajena, en mitad de la Moraleja, bajo la protección improvisada de un excomisario. Nadie se habría movido hasta ese lugar por una simple broma. El miedo empezó a transformarse en algo distinto. No en valentía. Aún no. Pero sí en cohesión. La madre de Laia respiró hondo.
  • ¿Qué tenemos que hacer?
No fue un acto heroico. Fue un gesto práctico. Y, sin embargo, cambió algo. Porque en ese momento dejaron de ser espectadores arrastrados por una decisión ajena. Se convirtieron en parte del problema. Y, por tanto, en parte de la solución. Aún estaban asustados. Claro que sí. Algunos temblaban. Otros miraban la puerta cada pocos segundos. Pero algo había cambiado: la incredulidad había dado paso a la responsabilidad. Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, todos entendieron que, una vez escuchada la verdad - aunque fuera una verdad incompleta -, tampoco ellos tenían ya vuelta atrás.
  • Eso corre por mi cuenta - aseguró con calma el padre de Nico -. No voy a encerraros en mi casa de por vida, no porque no quiera; sois, sin duda, bienvenidos. Pero comprendo que tenéis vidas que atender, trabajos, rutinas… es inviable. No obstante mis puertas estarán siempre abiertas. Pus para mí, desde este momento, sois parte de mi familia.
  • Te lo agradezco Rogelio, de corazón - asintió la madre de Laia - Pero la pregunta sigue siendo la misma… ¿Que debemos hacer?
  • Ya he realizado algunas llamadas. Os pondré vigilancia las veinticuatro horas, siete días a la semana, a cada uno de vosotros. Además os daré mi número personal por si sucede algo grave. Eso sí… necesito de vosotros que estéis atentos, que prestéis atención y que, a la mínima que detectéis algo extraño, me aviséis. No sabemos a quién nos enfrentamos, pero por experiencia os digo que es mejor ser precavido que lamentarlo después.
Sus palabras no fueron grandilocuentes ni buscaron aplausos. Cayeron en el salón con la solidez de algo bien pensado, medido, inevitable. No era una promesa impulsiva; era un plan. El aire, que hasta entonces había estado cargado de incertidumbre, pareció encontrar un cauce. Nadie sonrió, pero algunas espaldas se relajaron apenas un centímetro. Las manos dejaron de entrelazarse con tanta fuerza. No era tranquilidad - eso ya no existía -, pero sí algo parecido a una estructura. Un cierto orden dentro del caos. Todos entendieron que aquello ya no era una conversación abstracta sobre peligros invisibles. Era logística. Era vigilancia. Era asumir que el enemigo existía y que, aunque no tuviera rostro, obligaba a reorganizar la vida cotidiana.

Se cruzaron miradas breves, asentimientos casi imperceptibles. No hubo objeciones airadas ni dramatismos. Solo adultos recalculando mentalmente horarios, rutas al trabajo, llamadas pendientes, vecinos en quienes confiar. Cada uno, en silencio, comenzaba a adaptar su mundo a una nueva realidad. El padre de Nico no había ofrecido un refugio eterno; había ofrecido algo más valioso: solidaridad. Y eso, para personas acostumbradas a ganarse el sueldo y a resolver problemas con los pies en la tierra, lo significaba todo. El miedo seguía allí, sí, pero ya no era un animal desbocado. Ahora tenía perímetro, turnos, números de teléfono. Y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos supieron que, desde ese instante, sus vidas quedaban ligadas a algo más grande que sus rutinas. Ya no eran meros espectadores. Eran parte de la defensa.
  • Hay una cosa que no me cuadra - murmuró de repente Carol.
Sofi, a su lado, se giró hacia ella sin dejar de apretarle la mano con fuerza.
  • Habéis dicho… que vosotros descubristeis los poderes de esa seta, ¿verdad?
  • Sí, así es - respondió Sofi, intentando esbozar una sonrisa amable -. Fue Nico quien lo descubrió, por error, pero sí, cariño… lo descubrimos.
  • Pero Sofi, ¿no lo ves? Si esa empresa os está persiguiendo, está claro que ellos también lo saben. Y si es así, ¿de qué sirve que huyáis? Lo acabarán descubriendo de todos modos.
En la lógica de Carol había más miedo que racionalidad. Su mente no buscaba comprender el fenómeno, sino encontrar una grieta por la que impedir la pérdida. Sofi sintió cómo se le cerraba la garganta. No tenía argumentos, solo intuiciones. Lena, en cambio, avanzó unos pasos. Se puso en cuclillas frente a ella y le tomó la otra mano con suavidad.
  • ¿Te llamas Carol, verdad? - le preguntó con una sonrisa de oreja a oreja.
  • Sí… - contestó ella temblando.
  • Yo me llamo Lena… y lo que dices es lógico - dijo con una calma casi quirúrgica -. Yo también lo he pensado. Es más, estoy convencida de que intuyen que detrás de la “Azulita” se esconde un poder inmenso. Pero solo es eso… solo lo intuyen.
  • ¿A que te refieres? - preguntó Carol con los ojos vidriosos.
  • Lo que Nicolás encontró no fue el resultado de una línea de investigación dirigida. No estaba buscando regeneración celular, ni procesos de reversión metabólica en tejidos necrosados. Fue una anomalía experimental.
Se detuvo un segundo, ordenando las palabras en su cerebro, traduciendo del inglés al español a una velocidad imposible para cualquier otro ser humano.
  • En ciencia, la probabilidad de hallar algo depende de tres variables principales: intención, marco teórico y método. Nicolás no tenía ninguna de las tres alineadas cuando realizó el descubrimiento. Fue un cruce accidental de condiciones: una cepa concreta, un sustrato alterado, una contaminación cruzada que, en circunstancias normales, habría descartado como error de procedimiento.
Algunos fruncieron el ceño, perdiéndose en el lenguaje técnico de la joven doctora suiza. Nico, en cambio la observaba casi con devoción, como si por primera vez, alguien en aquella sala, hablara su mismo idioma.
  • Lo que quiero decir, Carol, es que… Para que otra persona descubra exactamente lo mismo que descubrió Nicolás, tendría que reproducir esa misma secuencia exacta de variables altamente improbables. No hablo de encontrar una molécula en una biblioteca química gigantesca. Hablo de identificar una propiedad emergente que no se manifiesta bajo condiciones estándar…
  • No… no te sigo - dijo Carol con total sinceridad.
  • A ver… - sonrió Lena sin condescendencia - Es como si tiraras millones de dados y solo una combinación específica, en un orden preciso, activara el fenómeno.
Miró a Carol a los ojos, esperando una respuesta.
  • Vale… ahora sí… creo que ya lo empiezo a entender…
  • Piensa que lo que hemos estado estudiando estos días, no es simplemente: “la seta cura cosas”. Es mucho más ambiguo, es un mecanismo biológico extremadamente complejo de activación bioquímica que depende del estado del organismo receptor. Sin comprender el desencadenante exacto, que ni siquiera yo entiendo del todo - dijo haciendo una mueca exagerada que provocó la sonrisa inmediata de Carol - ellos podrían tener la solución delante y no saber que la están viendo.
Se incorporó lentamente, acariciando su mejilla.
  • En términos estadísticos, la probabilidad de que alguien lo descubra por pura exploración aleatoria es extremadamente baja, por no decir imposible. Y si lo buscan sin saber qué buscan, aún más. La ciencia no avanza solo por recursos; avanza por hipótesis. Y ellos no tienen la hipótesis correcta.
Hizo una breve pausa.
  • Lo que nos da ventaja no es solo haberlo visto. Es saber que existe… y saber cómo provocarlo. Eso no se deduce fácilmente. No es evidente. No es replicable sin contexto. Huir no es rendirse, Carol. Es ganar tiempo. Tiempo para que no lo encuentren antes de que entendamos exactamente qué tenemos entre manos.
El salón quedó en silencio. No era un silencio de duda, sino de asimilación. Lena no había hablado desde la épica, sino desde la estadística. Desde el rigor. Y, por primera vez en toda la noche, la posibilidad de que el mundo no estuviera condenado dejó de parecer una fantasía desesperada.
  • Bueno… - dijo el excomisario Quintana, dando un paso al frente -. Es tarde y supongo que estaréis hambrientos.
Su voz era la de un anfitrión, obscenamente amable para un momento como aquel. Hizo un leve gesto con la mano y Valentina entró rápidamente en el salón, atrayendo automáticamente la mirada de todos los hombres presentes.
  • Si sois tan amables de acompañar a Valentina a la cocina… Os dará de comer algo caliente.
El movimiento fue casi reflejo. Las sillas rasgaron el suelo, las piernas entumecidas se estiraron, los cuerpos comenzaron a desplazarse como si el simple acto de caminar hacia otra estancia pudiera aliviar el peso de lo escuchado. Y entonces ocurrió. No fue una señal explícita. No hubo palabras grandilocuentes ni miradas cargadas de dramatismo. Pero entre los siete - Nico, Gabi, Sofi, Raquel, Lena, Gustavo y Laia - se cruzó algo invisible y definitivo. Había llegado el momento. No el de seguir explicando algo imposible. No el de convencer a sus allegados, ni despedirse simbólicamente de ellos. Había llegado el momento de trazar un plan.

Mientras los familiares comenzaban a seguir a Valentina hacia la cocina, buscando refugio en la promesa de un plato caliente, los siete se quedaron apenas un segundo más en el salón. El padre de Nico no miró atrás; simplemente giró el cuerpo con naturalidad y caminó hacia el pasillo que conducía al despacho. Rogelio no era solo un anfitrión, en ese instante era el estratega. Y había despejado el camino de obstáculos para que los jovenes pudiera seguir el suyo. Los brigadistas - como Gabi empezaba a llamarlos en su cabeza - lo siguieron sin que nadie tuviera que pedírselo. Pero antes de cruzar el umbral, Gabi se detuvo y se giró. Carol y Fani no se habían levantado del sofá. Permanecían inmóviles, casi rígidas, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. No miraban a nadie más. No miraban la puerta. No miraban la cocina, ni al suelo. Miraban a Sofi. Hablaban en susurros, tan bajos que el murmullo de la casa los devoraba, pero en sus ojos no había reproche ni rabia. Solo una intensidad contenida, como si estuvieran intentando convencerla de algo.
  • ¿Qué sucede? - preguntó Gustavo al darse cuenta.
  • Id subiendo… ahora vengo.
  • Está bien, pero no tardes, chaval.
Gabi cruzó el salón entero de dos zancadas.
  • ¿Va todo bien? - preguntó mirándolas a todas.
Las tres callaron al instante; Sofi y Carol bajaron la mirada. Pero Fani la mantuvo clavada en él, desafiante y canina como siempre.
  • ¡Nos venimos con vosotros! - dijo sin medias tintas.
  • ¡¿Cómo dices?!
  • Lo que has oído, Gabi - replicó ella, firme y segura -. Carol y yo venimos con vosotros.
  • ¡Ni hablar! - contestó Gabi negando con la cabeza, sonriendo de incredulidad -. Olvídate de eso ahora mismo, no vais a venir. Ni de coña.
  • ¿Eres tú el que decide?
  • No, no soy yo el que decide… pero tú tampoco.
  • ¿Entonces quién?
  • ¡Nadie, Fani! - exclamó fuera de sí - Tú… tú… ¿Tú estás loca o qué te pasa? ¿No acabas de escuchar todo lo que hemos dicho? ¡No nos vamos de viaje, joder. No nos vamos a Perú a escalar los Andes, imbécil!
  • ¡Soy perfectamente consciente de ello, gilipollas!
  • ¡¿Ah, sí?! ¿Eres consciente de que estamos a punto de dejarlo todo atrás? ¿De que quizá jamás volvamos? ¿De que nos persigue una empresa multimillonaria que no duda en mancharse las manos? ¿Quieres acabar como el desgraciado de Sorrentino? ¿Tirada muerta en medio de un puto callejón?
Fani se puso en pie de golpe, encarándolo.
  • ¡Me importa una mierda todo eso! ¡¿Me oyes?! ¡Si Sofi va, yo también voy!
  • ¡Y yo! - exclamó Carol poniéndose de pie, con el mismo valor.
Gabi se agarró del pelo con ambas manos, totalmente fuera de sí. Empezó a dar vueltas por el salón como un animal atrapado, como un desquiciado.
  • ¡Joder, Sofi, di algo, me cago en Dios!… hazlas entrar en razón.
  • ¿Y qué quieres que les diga?
Él se acercó hacia ella rápidamente, los ojos desorbitados, el pulso acelerado; poniendo una mano sobre su hombro, señalando a Carol.
  • ¡Es tu hermana pequeña, hostias! ¡¿De verdad vas a dejar que se meta en todo esto?!
  • ¡Gabi, ya está metida en todo esto!… Y además es adulta, ¡joder!. ¿Quién soy yo para decirle lo que tiene que hacer?
  • ¡¿Y tu madre?!
  • ¿Qué pasa con ella?
  • Pues que alguien deberá cuidar de ella, digo yo. ¿O se va a quedar sola en la Sierra, sabiendo quién nos está persiguiendo y de lo qué son capaces?
El aire se tensó. Sofi lo miró fijamente. Ya no estaba jugando a ser valiente; lo era.
  • Mi madre lleva años cuidándose sola. Y no está indefensa, aunque tú la veas así. Además, no estamos hablando de abandonarla, estamos hablando de que todos estamos en peligro. Precisamente por eso no quiero que Carol se quede aquí creyendo que estará más segura.
Carol dio un paso al frente. Le temblaban las manos, pero no la voz.
  • No soy un paquete, Gabi. No necesito que me protejáis como si fuera de cristal. Si vienen a por vosotros, vendrán a por todos. Prefiero elegir dónde estar cuando eso pase.
Fani asintió, seca y cortante.
  • Y yo no pienso quedarme mirando cómo os convertís en mártires desde un sofá. Si esto es una guerra, yo voy a cargar junto a mi hermana. ¡Punto y final!
Gabi las miró a las tres. Vio el miedo en sus rostros, puro, sin adornos. Pero también vio algo más fuerte que el miedo: decisión. La misma que corría por sus venas, igual de roja, igual de caliente, igual de testaruda. Y de golpe, la rabia que lo consumía se desinfló.
  • No entendéis lo que significa cruzar esa puerta - murmuró, dejándose caer sobre el sofá.
  • Sí lo entendemos - respondió Sofi, más suave -. Significa no volver a ser quienes éramos. Pero eso ya pasó esta mañana, cariño. Ya no somos los de antes.
  • Mira, pichafloja - masculló Fani, sentándose a su lado y pasándole un brazo por el hombro -. Sé que me odias, y tú sabes perfectamente que yo te odio. Pero no vas a poder cambiarme de opinión. Entiendo que no me quieras a tu lado, pero no te queda otra.
Gabi levantó la vista y la miró fijamente. Dos enemigos naturales que jamás podrían reconciliarse. Y en ese instante supo que no se la quitaría de encima jamás.
  • Me das un asco terrible, ¿lo sabes, verdad? - sonrió él.
  • Es mutuo, subnormal - respondió ella con otra sonrisa -. Pero lucharé a tu lado, aunque tenga que hacer un esfuerzo feroz por no apuñalarte por la espalda en cada batalla que libremos.
Los dos estallaron en risas e, incomprensiblemente, se abrazaron. Arriba, en el despacho, una puerta se cerró con suavidad. El plan estaba a punto de empezar a dibujarse. Abajo, en aquel salón impregnado de determinación y miedo, cuatro voluntades chocaban con la violencia de lo inevitable. Y por primera vez, Gabi comprendió que tal vez el sacrificio no consistía solo en marcharse. También podía consistir en aceptar - aunque no quisieras - que otros eligieran ir contigo.

Desde la cocina, el murmullo del salón llegaba entre el tintineo de platos y el aroma a café recién hecho. Lorena, apoyada contra el marco de la puerta, escuchó cada palabra, cada grito contenido, cada susurro que cruzaba la sala. Había tensión, miedo, rabia, pero también decisión: la absoluta certeza de que aquellos jóvenes habían tomado las riendas de un destino que ni siquiera comprendían del todo. Y mientras se hacía a la dura y desoladora idea, de que no solo iba a perder a una hija, sino a ambas; la madre de Laia apareció a su lado, apoyando una mano en su hombro.
  • ¿Qué sucede? - le preguntó con suavidad, preocupada por su expresión.
Lorena giró apenas la cabeza, esbozando una sonrisa hueca, cargada de resignación y extraña admiración.
  • Que el futuro siempre ha sido de los jóvenes - dijo con voz tranquila -. Vamos, anda… comamos algo.
Se permitió un instante de silencio mientras los pasos y las voces seguían resonando desde el salón.
  • ¿Te llamabas África, verdad?
  • Sí…
  • ¿Y vives sola, verdad? - le preguntó.
  • Sí… - contestó la madre de Laia - bueno con mi hija, pero ahora…
  • Lo sé, es duro - contestó acariciando su espalda - Y dime… ¿Te gusta la Sierra?
  • Sí claro, ¿a quien no le gusta la Sierra?
  • Ya… - sonrió Lorena - Creo que tu y yo, vamos a ser buenas amigas.
Mientras Valentina regalaba sonrisas y platos calientes. Su mirada se perdió en la luz amarillenta de los farolillos que entraba por la ventana, y sus pensamientos tomaron un tono casi poético. “El futuro”, pensó Lorena, “es un río que corre más allá de nosotros, que no espera a los que temen mojarse los pies. Es un lienzo que los jóvenes pintan con fuego y convicción, y aunque sus trazos nos incomoden, nos asusten, nos hagan temblar, es en esos trazos donde late la vida. Ellos llevan en sus manos lo que los mayores un día soñamos: la valentía de romper cadenas invisibles, la fuerza de desafiar lo que parecía inmutable. Y mientras nosotros comemos, mientras tomamos café, ellos ya escriben la historia que nosotros jamás tuvimos el coraje de narrar”. Lorena suspiró, dejando que aquel pensamiento la atravesara como un golpe cálido. Y mientras se sentaba a la mesa al lado de África, supo que la juventud no es solo una edad, sino un acto de audacia que arrastra a todos los que aún respiran, incluso a los que miran con el corazón en un puño desde la lejanía.
  • Saldréis mañana a primera hora - dijo Rogelio con seriedad -. He conseguido meteros en un vuelo de repatriación hacia Lima.
  • ¿Es seguro, señor Quintana? - preguntó Laia.
  • Sí, no habrá problemas… y, por favor, llámame Rogelio.
Gabi y Sofi entraron en el despacho, pidiendo disculpas por la interrupción. Cuando detrás de ellos aparecieron también Fani y Carol, todos alzaron la vista, confundidos, sin comprender qué estaba sucediendo.
  • ¿Y esto? - preguntó Gustavo, con un gesto de cabeza.
  • A mí no me mires - respondió Gabi encogiéndose de hombros.
Gracias a sus contactos en el Ministerio del Interior, Rogelio había conseguido acceder a vuelos oficiales y transporte de material que no pasaban por los mostradores de facturación normales. Nico y sus compañeros pasarían por una zona de carga militar/logística como “personal técnico”. Estos vuelos no emiten billetes electrónicos que Müller & Suter Biotech podría rastrear mediante hackeo o sobornos en agencias de viajes.
  • Siento haberte metido en este problema, papá - dijo Nico, mirando a las nuevas integrantes del grupo.
  • No pasa nada, hijo. Créeme, no ha sido tan complicado y, además, lo primero es que estés a salvo. Tú y los tuyos…
Rogelio no mentía. Tirando un poco de tráfico de influencias y aprovechando vacíos legales, no le había costado demasiado encontrar una salida para la situación tan peculiar en la que se encontraba su hijo. En España, los vuelos que salen desde la Terminal Ejecutiva o el Pabellón de Estado de Barajas - donde operan autoridades y vuelos militares - no se rigen por las mismas normas de visibilidad que los comerciales. Para que funcionara, el excomisario solo necesitaba un “favor”, y después de tantos años ejerciendo, favores acumulados no le faltaban.

Llamó a un antiguo compañero que ahora estaba en el Ejército del Aire, en la Base Aérea de Torrejón. Por supuesto, no registró a Nico ni a los otros seis - aunque ahora fueran ocho - como pasajeros, sino como personal técnico de enlace. En los vuelos de carga militar o de transporte de material diplomático hacia embajadas, los manifiestos no son públicos ni aparecen en sistemas como Amadeus. La misión era absurdamente sencilla, en realidad. Al menos para un hombre como Quintana. Él se encargaría de llevarlos en su propio coche, con el distintivo de la Guardia Civil y su antigua placa en el salpicadero, directamente hasta la zona de seguridad de la base, evitando los controles habituales de AENA. Un oficial de guardia, amigo de Rogelio, recibiría a Nico y los demás; no tendrían que pasar el pasaporte por el escáner digital, solo cotejaría la foto con una lista impresa a mano.
  • Se lo agradecemos de corazón, señor Quintana - sonrió Raquel.
  • Nada de dar las gracias, guapa - respondió él con una sonrisa -. No hago esto por altruismo, ni mucho menos.
  • ¿A qué se refiere? - preguntó Gabi, intrigado.
  • Lo que digo es que no voy a ayudaros si no firmáis ahora mismo un juramento conmigo.
  • ¿Qué tipo de juramento? - preguntó Sofi, cruzándose de brazos.
El padre de Nico la miró profundamente, asintiendo con la cabeza. Había algo en aquella chica que le agradaba: la confianza en sus ojos, la seguridad desafiante.
  • Me caes bien… - dijo, intentando recordar su nombre.
  • Sofía, me llamo Sofía.
  • Pues Sofía, solo os voy a pedir una cosa bien sencilla… Que cuidéis de mi hijo.
  • ¿Cuidarlo? - preguntó ella, sorprendida -. Pues claro que lo cuidaremos, somos amigos, siempre nos cuidamos entre nosotros.
  • Me refiero a que lo mantengas con vida, a que me prometas… que me jures… que algún día podré reunirme de nuevo con él.
El tono de Rogelio cambió de repente; era la voz de un hombre que sabía que estaba cruzando una línea roja, mezclando autoridad profesional con protección paternal. Con esas simples palabras, les recordó a todos que no estaban tomando un vuelo normal, ni de turismo. Estaban jugando con fuego, adentrándose en un mundo peligroso, donde la muerte podía acechar en cada esquina.
  • Te damos nuestra palabra, Rogelio - dijo Laia con seguridad -. Puedes confiar en nosotros.
  • Lo sé, Laia, lo sé… - respondió él - Sé que sois gente de palabra. Lo supe al instante, el mismo día en que os conocí a todos.
De repente se levantó de la silla, dando una palmada al aire, reclamando al atención de todos.
  • Escuchadme bien: a partir de este momento, dejáis de existir. Los cabrones que os buscan seguro tienen ojos en los servidores de Iberia y Air Europa, pero no tienen ojos en el Ministerio de Defensa.
  • ¿Cómo vamos a salir exactamente? - preguntó Nico, preocupado.
  • Por supuesto que no vais a ir en un avión con azafatas y civiles, hijo - dijo su padre, bajando la voz -. Hay un vuelo logístico del Ejército del Aire que sale hacia Lima, en… - miró el reloj en su muñeca - siete horas aproximadamente. Transporta repuestos y material diplomático a la embajada de Perú. He hablado con “El Cojo” Valdés; un antiguo compañero, estuvimos juntos en Intxaurrondo. Él firmará la hoja de carga. Subiréis como personal técnico de seguridad.
Nico intentó interrumpir, pero su padre se acercó, le puso una mano firme sobre el hombro y apretó con fuerza.
  • Es seguro, hijo. No habrá billete digital, ni código QR. Vuestros nombres estarán en una hoja de papel que quedará guardada en un cajón de la base. Si alguien pregunta, seréis un “enlace civil” bajo mi responsabilidad. En cuanto el avión aterrice en la zona militar del aeropuerto Jorge Chávez en Perú, saldréis por la puerta de atrás antes de que registren la carga. A efectos del mundo, os habréis esfumado de Madrid y nunca habréis pisado un aeropuerto.
Rogelio rodeó el escritorio, abrió un cajón y les entregó a cada uno una acreditación laminada falsificada, con una inscripción genérica: “Personal de Apoyo Logístico – Ministerio del Interior”. Les indicó que se la colgaran al cuello cuando llegaran al aeropuerto y que no hablaran con nadie más de lo necesario. Luego les advirtió sobre el uso del móvil; aquello era vital. Les obligó, uno a uno, a dejar sus teléfonos en España, incluso propuso en destruirlos directamente.
  • Vuestros perseguidores no necesitan el manifiesto de vuelo si vuestro GPS le dice a Google que estáis a diez mil metros sobre el Atlántico - advirtió Rogelio.
  • ¿Y cuando lleguemos allí? - preguntó Gabi -. ¿Cómo pasaremos la aduana?
  • Lógicamente, no pasaréis por la cola de inmigración de turistas. El avión aterrizará en el Grupo Aéreo N.º 8, la zona militar del aeropuerto de Lima. Allí, mi contacto os sacará en un vehículo oficial directamente a la calle, saltándose el sellado del pasaporte… lo que crea un nuevo problema: seréis “ilegales” en Perú. Así que deberéis andar con cuidado.
  • ¿Y si nos detienen? - preguntó Gustavo, frunciendo el ceño -. ¿O si alguien descubre que estamos ilegalmente en Perú?
Rogelio lo miró fijamente, serio, midiendo sus palabras como un hombre que conoce cada sombra del sistema.
  • Eso no debe pasar bajo ninguna circunstancia - dijo, bajando un poco más la voz y acercándose -. La ley peruana es como cualquier otra: si os descubren con papeles falsos o sin documentación, os pueden detener. Pero os voy a dar unos consejos. No vais a ir caminando como turistas ingenuos. Seréis “invisibles” porque actuaréis como lo que sois: técnicos de enlace.
Se detuvo un instante, asegurándose de que cada uno de ellos lo estuviera escuchando.
  • Primero, no llaméis la atención, eso es esencial. Nada de reyertas, ni meteros en problemas. Ninguna foto, ningún vídeo. Y por supuesto nada de GPS - dijo apagando el último teléfono y guardándolo en un cajón. Lo que no se registra, no existe.
  • ¿Y si alguien nos para en la calle? - interrumpió Sofi, nerviosa.
  • Actuad con normalidad. Vosotros tenéis credenciales, aunque sean falsas; aprended a mostrarlas con naturalidad. El cuerpo de seguridad no va a profundizar demasiado si parece que sabéis lo que hacéis. Confianza y calma. La inseguridad atrae la atención.
  • ¿Y si se dan cuenta que son documentos falsos? - preguntó Laia.
  • Os vais a mover solo con lo imprescindible. Si alguien os pide papeles, los mostraréis tal como os he dicho: sois “personal técnico de apoyo”. Punto. Nadie va a investigar demasiado si habláis con seguridad. Nadie se mete a fondo si no hay una razón clara para hacerlo.
Rogelio respiró hondo y prosiguió.
  • Evitaréis lugares turísticos y grandes aglomeraciones. Estudiad las rutas seguras. Si algo falla, tened siempre un plan de escape: taxis de confianza, rutas secundarias, salidas discretas. Nadie os verá si no llamáis la atención, y si alguien pregunta, solo mostráis la identificación. No hay más historias. Si nada de eso funciona… bueno, piernas y a correr.
Gustavo tragó saliva, comprendiendo la magnitud de la situación. La tensión en la habitación era palpable, pero también había un hilo de seguridad: estaban siendo guiados por alguien que había hecho esto antes y conocía cada fallo posible del sistema.
  • Recordad - añadió Rogelio, mientras les entregaba un mapa con rutas y contactos locales -, la ley está para los que no saben cómo moverse. Vosotros vais a usarla a vuestro favor. Con cabeza, con calma y siguiendo los consejos que os doy, nadie sabrá que estáis allí. Nadie.
  • Y si todo falla… - sonrió Laia, levantando el teléfono que él le había entregado semanas atrás.
  • Si todo falla, llamad - asintió él -. Pero no os hará falta. Estoy seguro. Veo algo más que voluntad y determinación en vosotros, chicos. Veo a una familia unida. Y sé que pelearéis y lucharéis hasta el final.
Gabi no pudo evitar soltar una carcajada.
  • No se ofenda, Rogelio… Pero es usted el policía más anti-policía que he conocido en mi vida.
  • El hábito no hace al monje, muchacho - respondió él -. Antes de madero, yo no era tan distinto a ti.
  • También es un padre un tanto extraño - añadió Lena, uniéndose a la risa.
  • Lo sé - sonrió rascándose la nuca -. Sé que un padre normal no estaría haciendo todo esto; seguramente le estaría metiendo la bronca de su vida a su hijo. Pero entiendo por qué hacéis lo que estáis haciendo, y me siento profundamente orgulloso de ello.
Miró a Nico a los ojos. Él se sonrojó y bajó la mirada.
  • Soy de barrio, aunque ahora me veáis viviendo como un Maharajá, nací entre bloques y trapicheos - dijo sin perder la sonrisa - Para mí, antes que la ley, antes que la justicia, siempre ha existido algo mucho más importante: la solidaridad del pueblo. Ya no es solo la determinación con la que afrontáis la misión que tenéis entre manos lo que me hincha el pecho; es veros juntos, decididos, apoyándoos y sosteniéndoos, incluso en los peores momentos. Ese es el espíritu, chicos… ese es el camino que todos deberíamos seguir. Vosotros sois jóvenes, vosotros heredaréis la tierra, y nosotros… nosotros os hemos dejado una mierda de mundo. Por eso entiendo vuestra rabia, y por eso hago lo que hago. Los viejos como yo, solo podemos hacer una cosa: ayudaros en lo que podamos para que voléis alto y cambiéis este mundo de mierda.
  • ¡Amén, hermano! - soltó Gustavo con orgullo.
Mientras los agradecimientos brotaban espontáneos, los apretones de manos se encadenaban y los abrazos circulaban por el salón como si quisieran proteger a cada uno de ellos, Nico no podía dejar de mirar a su padre. No era la mirada rutinaria de cada día, no era orgullo, no era simple gratitud… era algo más profundo, casi primitivo. Sus palabras se ralentizaron dentro de su cabeza. El murmullo del salón se volvió un zumbido distante. Los rostros, los gestos, las voces… todo pareció desdibujarse. Y entonces, en su mente, el presente se transformó en mito.

Su padre - el hombre de chaleco, de placa, de voz firme y gesto humilde - se volvió otra figura. Una figura envuelta en luz tenue, erguida en medio del polvo de un mundo que se desmoronaba. La camisa impecable se tornó en una armadura silenciosa; las manos cansadas, en manos que no dudaron en tomar el volante y trazar rutas imposibles; la mirada protectora se volvió la de alguien que sabía que lo que estaba a punto de ocurrir no tenía retorno.

Y en esa visión interior, Nico lo vio como Jor‑El, el padre de Superman.
Los padres del Hombre de Acero, sabían que Krypton iba a morir. No tenían forma de detener la catástrofe, así que, en lugar de rendirse, decidieron salvar al único ser que podía tener futuro. Construyeron una cápsula, pusieron a su hijo dentro y lo enviaron lejos, con la fe de que sobreviviría fuera de aquel mundo condenado. Fue un acto de amor desesperado para preservar una vida más allá del fin.

Su padre no estaba construyendo un arca de kryptonita. Pero estaba haciendo lo mismo, de algún modo. Estaba metiéndolos en una cápsula - en forma de avión - y los estaba enviando lejos de un mundo que se estaba consumiendo. Confiando en que, si tenían fe en sí mismos, si se apoyaban unos a otros, si mantenían viva la idea de luchar por algo más grande que cada uno… podrían sobrevivir. Dejar atrás el desastre, salir del colapso, quizá renacer en otro lado. Y como en aquella historia ancestral de un planeta muerto y una esperanza diminuta, la figura de Rogelio brilló en la mente de Nico con una claridad dolorosa.

No era solo un padre más.
No era solo un excomisario con contactos.
No era solo el hombre que había abierto puertas en el momento en que todo lo demás se cerraba.

Era el que había colocado a su hijo, a sus amigos, a todos ellos, dentro de esa cápsula de posibilidad. Los estaba salvando no de un planeta condenado, sino de lo peor que podía hacerles la vida: perderse a sí mismos antes siquiera de empezar. Y mientras su padre sonreía tranquilo, rodeado de agradecimientos y brazos que lo sujetaban con afecto, Nico sintió cómo algo se encogía dentro de su pecho - no de miedo, ni de duda -, sino de amor profundo, puro, inevitable.

Porque había comprendido algo que hasta ese momento solo había sentido. Su padre no los estaba salvando de la muerte. Los estaba salvando de rendirse. Y en esa cápsula hecha de decisiones imposibles, de lealtad tozuda y de fe ciega, iban a cruzar el océano.

No como fugitivos desarmados.
Sino como supervivientes del mundo que se desmoronaba.

La kryptonita no era la fuerza. La fuerza era la determinación de quienes no se quiebran cuando todo se viene abajo. Y en esa idea, Nico vio a su padre no con ojos de hijo… Sino con ojos de alguien que, por primera vez en su vida, entendía el tamaño del sacrificio que significa salvar un futuro.

Como el Kriptón, siendo el aislante del vacío y la medida exacta de la esperanza en la cápsula del tiempo. Esta historia continuará…
 
Por favor te voy a pedir una cosa, ya con mi Sevilla he cubierto el cupo de sufrimiento, así que no " mates " a ninguna de estas personas porque sería muy doloroso.
Rogelio me ha vuelto a ganar en este capítulo.
 
Por favor te voy a pedir una cosa, ya con mi Sevilla he cubierto el cupo de sufrimiento, así que no " mates " a ninguna de estas personas porque sería muy doloroso.
Rogelio me ha vuelto a ganar en este capítulo.
Jajajajaja que grande! No puedo prometer nada, solo te diré que de momento no tengo a nadie en el punto de mira.
Un abrazo compañero!
 
Atrás
Top Abajo