Capítulo 35. Bromo - (Br)igadistas Internacionales
El Bromo (Br) ocupa el trigésimo quinto lugar en la tabla periódica.
Si fundimos la esencia del bromo con el concepto de los Brigadistas Internacionales, obtenemos el retrato de una pasión líquida que quema. El bromo es el único metaloide que es líquido a temperatura ambiente, un elemento denso, de color rojo sangre, que emana vapores irritantes y persistentes, recordándonos que el compromiso que viene de lejos no es gaseoso ni efímero, sino una materia pesada que se impregna en la tierra que defiende.
Los Brigadistas Internacionales según el Bromo: El Brillo de la Sangre Forastera
1. El Elemento que llega del Mar (Origen Marino)
El bromo no se encuentra libre en la naturaleza; se extrae principalmente de las salmueras y del agua de mar. Es un hijo del océano que se materializa en la costa. Los Brigadistas eran el bromo de la República. Vinieron de más allá de los mares, de cincuenta naciones distintas, destilados por la injusticia del mundo para concentrarse en los puertos españoles. No eran nativos de la tierra, pero al llegar, su presencia fue tan real y tangible como el agua salada de la que nace este elemento. Eran la ayuda líquida que el mundo enviaba para apagar un incendio que ya era de todos.
2. El Color de la Convicción (Rojo Oscuro)
El bromo es un líquido denso de un color rojo rojizo profundo, casi marrón, que recuerda inevitablemente a la sangre arterial o a la tierra mojada por el combate. El compromiso de la Brigada Lincoln o la Thälmann no era de un blanco puro e idealista, sino de un rojo bromo: denso, oscuro y cargado de sacrificio. Representa la sangre vertida por una tierra que no les vio nacer, pero que defendieron hasta el último átomo. Es el color de una bandera que no entiende de fronteras, sino de la química común de la libertad.
3. El Vapor que Todo lo Impregna (Persistencia)
El bromo emite vapores asfixiantes y de un olor penetrante (Bromos significa "hedor" o "fuerte aroma"). Una vez que el bromo toca una superficie, su rastro permanece durante mucho tiempo. Los brigadistas dejaron un rastro que el tiempo no ha podido borrar. Como el vapor del bromo, su idealismo se filtró en las trincheras del Jarama y en las calles de Madrid, dejando un aroma de épica y melancolía que aún se respira en la memoria histórica. No fueron una fuerza de paso; fueron una sustancia que se quedó suspendida en el aire de España, recordándonos que la solidaridad internacional es un gas que irrita la conciencia de los tiranos.
4. El Corrosivo del Fascismo (Reactividad)
El bromo es altamente reactivo y ataca ferozmente a los metales y a los tejidos orgánicos; es un agente de cambio químico violento. En el laboratorio de la Guerra Civil, los Brigadistas fueron el reactivo que frenó la oxidación del fascismo. Su llegada provocó una reacción en cadena de esperanza en el bando republicano. Eran el elemento "extraño" que, al entrar en contacto con la milicia popular, la endureció y la dotó de una capacidad de ataque que los enemigos no esperaban de un ejército de voluntarios y poetas.
5. La Sensibilidad a la Luz (Bromuro de Plata)
Históricamente, los compuestos de bromo (bromuros) han sido la base de la fotografía. Son las sales que reaccionan a la luz para fijar la imagen en el negativo. Sin el "bromo" de los voluntarios internacionales, la imagen de la lucha republicana no se habría fijado con tanta fuerza en la retina del siglo XX. Gracias a su sacrificio, la luz de la resistencia quedó grabada en la historia. Ellos fueron el material sensible que permitió que el mundo viera la verdad de la guerra, convirtiendo su propia existencia en el negativo fotográfico de una libertad que, aunque fue derrotada, quedó revelada para siempre.
Conclusión: Los Brigadistas Internacionales, vistos a través del bromo, son la geometría de la solidaridad inclemente. Es el reconocimiento de que la ayuda más profunda es aquella que, como un líquido rojo y denso, se funde con la tierra extraña para protegerla. Ser un voluntario bajo el símbolo del bromo significa entender que el compromiso no tiene patria, que la sangre es un reactivo universal y que la memoria de los que vinieron de lejos es el vapor eterno que sigue alimentando nuestros sueños de justicia.
- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -
Una brigada es un grupo organizado de personas capacitadas para realizar una labor específica, ya sea en el ámbito de seguridad (emergencias/desastres) o de trabajo conjunto. Se caracterizan por tener entrenamiento técnico, actuar de forma coordinada y, frecuentemente, contar con equipo especializado para salvaguardar vidas, bienes o cumplir misiones concretas.
Hay Brigadas por todas partes, en realidad…
Hay Brigadas de Emergencia: Grupos internos en empresas o instituciones capacitados para prevenir y reaccionar ante incendios, primeros auxilios, evacuaciones y rescates. Hay Brigadas Militares: Unidades orgánicas del ejército formadas por dos o más regimientos de infantería o blindados, con un mando único. Hay Brigadas de Trabajo y Servicio: Grupos formados para tareas concretas, como limpieza, labores comunitarias o, en el ámbito de la salud, equipos interdisciplinarios (médicos, trabajadores sociales) que se desplazan a zonas apartadas. Hay Brigadas Escolares: Grupos de estudiantes organizados para la colaboración en seguridad vial o convivencia escolar.
Una brigada es, en esencia, un grupo organizado para cumplir una misión. Personas entrenadas, coordinadas, con un propósito común. Puede ser apagar incendios, evacuar edificios, limpiar barrios, defender un país. Disciplina. Técnica. Orden. Pero para Gabi, la palabra tenía otro peso. Si alguien le hubiera preguntado qué es una brigada, no habría pensado en cascos blancos ni en manuales de evacuación. Habría pensado sin dudar en los Brigadistas Internacionales.
Las Brigadas Internacionales fueron unidades militares formadas por entre 35.000 y 59.000 voluntarios extranjeros que combatieron junto a la Segunda República durante la Guerra Civil Española. Hombres y mujeres de más de cincuenta países distintos que vinieron a pelear una guerra que no era suya. Organizados principalmente por la Komintern, se entrenaron en Albacete y fueron enviados a los frentes más duros: la defensa de Madrid, el Jarama, Brunete, y la batalla del Ebro.
Franceses, alemanes e italianos en su mayoría. Obreros, poetas, intelectuales, exiliados políticos. Idealistas con un fusil al hombro. Fuerzas de choque contra el fascismo, unidos bajo el lema del “NO PASARAN”, fervientes creyentes de la Solidaridad Internacional. Entre un treinta y un cuarenta por ciento no regresó jamás del conflicto y fueron retirados en octubre del 38, despedidos en Barcelona, aplaudidos como héroes y, al mismo tiempo, utilizados como piezas en un tablero político mucho mayor que ellos.
Lucharon y perdieron. Y, sin embargo, hay algo que nadie pudo arrebatarles: lo que representaron. La idea de que, cuando el enemigo es demasiado grande, cuando el poder se disfraza de ley y la ley de justicia, todavía existen personas dispuestas a cruzar fronteras - físicas o morales -, a unirse, a plantar cara al opresor. Eso, para Gabi, era una brigada. No un cuerpo oficial. No un uniforme reglamentario. Sino un puñado de locos convencidos de que rendirse nunca ha sido una opción.
Las Brigadas Internacionales no fueron una fábula romántica ni un delirio de café obrero. Fueron carne, hueso y barro. Fueron historia escrita con pólvora y convicción. Y también, sí, un recuerdo doloroso. Millares de jóvenes cruzaron fronteras con una idea clara: frenar al fascismo antes de que devorara Europa entera. No vinieron por salario ni por gloria. Vinieron porque entendieron que el terror no se negocia y que el miedo no se administra: se combate.
Fueron una esquirla de luz contra la noche que avanzaba.
Voluntad desnuda frente a balas y cañones.
Convicción contra uniformes planchados y botas marcando el paso.
De Teruel a Belchite. Del Jarama al frente de Aragón.
A orillas del Ebro, donde dejaron la piel y algo más que sangre: dejaron esperanza.
Checos y galeses. Australianos también. Chipriotas, egipcios, argelinos. Desde los yanquis de la Brigada Lincoln a los alemanes de la Thälmann, luchando - codo con codo- al lado de los alegres cubanos y los partisanos italianos, que sabían demasiado bien lo que significaba perder su propio país. Desde la fría Escandinavia hasta el caluroso México. Obreros, estudiantes, poetas, mineros. Gente común que entendió algo extraordinario: que la solidaridad no tiene pasaporte. Aprendieron a disparar mientras el mundo aprendía a callar. Se entrentaron en una guerra que anticipaba otra mucho más grande, la Segunda Guerra Mundial. Fueron laboratorio de resistencia frente a la maquinaria imparable del odio.
No ganaron la guerra. Eso es cierto. Pero desmintieron la mentira más peligrosa: que el fascismo avanza sin resistencia. Porque allí, en las trincheras españolas, quedó demostrado que cuando la oscuridad se organiza, la dignidad también puede hacerlo. Las Brigadas Internacionales no fueron un sueño. Fueron la prueba de que, incluso cuando todo parece perdido, siempre hay quienes se levantan. Y eso - por más que se intente borrar de la historia - no hay imperio que lo pueda erradicar del todo.
Y mientras el vial de “Azulita” brillaba entre sus dedos, mientras el mundo que conocían se desmoronaba a su alrededor, Gabi comprendió algo con una claridad incómoda: No eran científicos. No eran estudiantes. No eran chavales de barrio jugando a ser revolucionarios. Eran una brigada. Sin himno. Sin bandera. Sin permiso. Empujados a un frente que no habían elegido, pero del que ya no podían retirarse. Porque las brigadas no nacen del orden. Nacen cuando el fascista llama a la puerta y alguien decide abrir… y alguien decide enfrentarlo.
- Déjame hablar a mí, ¿de acuerdo? - insistió Nico mientras subían las escaleras, dos peldaños por zancada.
- Entendido… y relájate, colega. Me estás poniendo nervioso.
- Es mejor que lo estés. Mi padre es directo. No se anda con rodeos.
- Olvidas que ya lo conozco.
- No… no lo conoces. Te lo puedo asegurar.
Cuando estaban a punto de alcanzar la puerta del despacho, esta se abrió de pronto. Los dos se detuvieron de golpe cuando Valentina apareció al otro lado. El uniforme le quedaba demasiado ajustado, demasiado corto, como si la tela hubiera levantado las manos y decidido rendirse antes de tiempo. Sus curvas eran de infarto, su culo listo para ser colgado en una pared del Louvre. Se colocó el vestido con un gesto lento, casi mecánico, se recogió el pelo detrás de la oreja y cruzó entre los dos dejando una estela de perfume denso, dulce, cargado de electricidad. No era un aroma: era una declaración de intenciones. Olía a sexo, fuerte y reciente.
Ambos se giraron al unísono, arrastrados por una fuerza primitiva que nada tenía que ver con la lógica. El aire pareció subir varios grados. Gabi tragó saliva.
- Madre santa… - murmuró, con los ojos abiertos de par en par -. ¿Esta es…?
- Sí, es ella - respondió Nico, con la misma expresión de idiota embobado.
- Tío, me dijiste que estaba buena… pero, joder… esto es otra categoría. Debería ser ilegal.
- ¡Céntrate, joder! Hay que ponerse serios.
- No sé si podré, colega… - rió nervioso -. ¿Lo has notado, verdad? El olor…
- Claro que lo he notado. Y precisamente por eso, céntrate.
Valentina desapareció por el pasillo con una risa baja, casi burlona, que parecía saber exactamente el efecto que provocaba; es decir: nublar la mente de un hombre con su simple presencia. Nico se quedó quieto frente a la puerta, la mano en el pomo. De pronto lo entendió. La rapidez con la que su padre lo había despachado antes de su despacho - valga la redundancia -, el tono seco, las prisas, la impaciencia. No estaban solos mientras hablaban. Una imagen cruzó su mente como un relámpago: el despacho cerrado, movimientos furtivos bajo la mesa de caoba, respiraciones contenidas en mitad de una conversación, Valentina de rodillas… Sacudió la cabeza con brusquedad. No era momento para fantasías ni para sospechas. No era momento para pensar con la cabeza de un solo ojo. Estaban en guerra, así que inspiró hondo, endureció el gesto y giró el pomo.
- ¿Qué sucede ahora? - preguntó Rogelio.
Nico no dijo nada al verlo subirse la cremallera. Tan solo se acercó al escritorio y volvió a apoyar las manos, intentando mostrarse fuerte y decidido.
- ¡¿Crees que lo que te dije antes era un chiste, verdad?!
- No lo sé, hijo… - sonrió su padre mientras volvía a sentarse en la silla -. Sinceramente, tampoco te presté mucha atención.
- Bueno… pues ahora vas a hacerlo - hizo un gesto con la mano -. Gabi, trae la maceta.
El excomisario ladeó la cabeza, mirando a través del cuerpo de su hijo. Reconoció al muchacho que se acercó con la maceta en las manos, de aquel día que lo había rescatado de comisaría. Gabi se acercó y la dejó sobre el escritorio; un poco de tierra cayó sobre la madera pulcra.
- ¿A qué viene esto? - preguntó divertido Rogelio, viendo la planta marchita.
La maceta descansaba en el centro del escritorio. La tierra estaba reseca, agrietada, y de ella surgía una pequeña planta marchita: hojas encogidas, quebradizas, sin color ni fuerza, como si el tiempo y el abandono la hubieran consumido por completo. No había vida aparente, solo restos de algo que alguna vez fue verde y fresco.
- ¿Está muerta verdad? - preguntó Nico nervioso.
Su padre se inclinó un momento, examinando la maceta con curiosidad profesional, como quien observa una prueba del delito sobre su mesa de comisaria. Pasó la punta de los dedos sobre la tierra y rozó las hojas frágiles. Nada especial, solo una planta muerta. Ni magia, ni peligro: solo un objeto seco, sin sentido, un adorno inútil y descuidado en el escritorio de un adolescente ansioso. Al apartar la mano, la planta permaneció inerte, y Rogelio suspiró, encogiéndose de hombros: era simplemente eso, una planta que no había sobrevivido.
- Es evidente que está muerta… - dijo Rogelio, encogiéndose de hombros.
- ¿Y si te dijera que yo puedo devolverla a la vida…? - replicó Nico con calma, acercándose a la maceta.
Gabi a su lado se lo quedó mirando, sin entender de que estaba hablando. Él había visto por sus propios ojos los efectos de la “Azulita”, es más, los había sufrido y los sufría en la actualidad. ¿Pero devolver la vida a algo muerto? Eso era técnicamente imposible. Pero antes de que pudiera preguntarle que estaba tramando, cayó en la cuenta. Ya habían vencido a la muerte una vez, ya le habían devuelto la vida a alguien clínicamente muerto. “La madre de Laia”, pensó en silencio.
- Diría que estás loco, hijo - sonrió Rogelio -. Y que deberías volver al psicólogo.
- Está bien… observa.
Nico tomó el pequeño vial y, con sumo cuidado, abrió el tapón. La fragancia era imperceptible, pero parecía que el aire a su alrededor se volvía más denso, cargado de algo eléctrico y silencioso. Vertió unas gotas apenas visibles sobre la tierra seca de la maceta. Eran diminutas, casi translúcidas, pero de un azul imposible de ignorar. La tierra absorbió la sustancia como si supiera lo que debía hacer. Gabi se acercó, los ojos abiertos de par en par, conteniendo un silencio cargado de expectación. Rogelio inclinó la cabeza, curioso, aunque sin atisbar nada extraordinario.
- ¿Que tengo que esperar, hijo? Es solo una maceta… - comentó Rogelio con una sonrisa divertida.
- Espera… - dijo Nico, sin apartar la vista de la planta marchita.
Y entonces sucedió. Muy despacio, casi imperceptible al principio, las hojas marchitas comenzaron a temblar, un movimiento sutil, como el de un suspiro. La tierra misma pareció hincharse ligeramente, absorbiendo cada gota de “Azulita”. Un verde tenue surgió en los bordes más secos de las hojas. Primero apenas un destello, un brillo que parecía un reflejo en miniatura. Luego, las hojas encogidas comenzaron a estirarse, recuperando forma, deshaciendo el crujido seco que las había marcado como muertas. Cada nervio de la planta parecía despertarse, cada ramita quebradiza cobrando elasticidad y fuerza. La base del tallo se fortaleció en la tierra con un suave temblor, como si aspirara por primera vez el aire fresco. Y de repente, como por arte de magia, la planta entera respiraba de nuevo, su tallo enderezándose, los bordes curvándose hacia la luz del despacho. El azul del vial parecía haberse infiltrado en el propio color de la tierra, iluminando la maceta con un aura diminuta y mágica. Rogelio se inclinó un poco más, frunciendo el ceño y parpadeando.
- ¿Que clase de truco es este? - preguntó sin poder apartar la mirada
- No es un truco, papá - dijo Nico con un hilo de voz firme - Es ciencia.
Y mientras los tres observaban, la planta ya no solo se movía: vibraba con vida propia, sus hojas brillaban levemente con un verde profundo que parecía contener la luz de un mundo intacto. La maceta, antes insignificante, ahora parecía un pequeño corazón palpitante sobre el escritorio de caoba. Rogelio se quedó boquiabierto, sin apartar la mirada, mientras un silencio absoluto llenaba la habitación. Ni un sonido más allá de la respiración contenida, ni un gesto que rompiera el hechizo. Todo indicaba que lo imposible acababa de suceder ante sus ojos.
- Esto es… es imposible, Nico… ¿Cómo… cómo…?
- No hay tiempo para explicártelo ahora, papá. Dentro de nada van a venir unas personas a casa, no sé ni cuántos serán, ni cómo se llaman. Pero necesito que las protejas…
- ¿Qué estás diciendo? ¿Proteger a quién? ¿Y de quién…?
- De los malos, papá. Lo que acabas de ver no puede caer en sus manos; si eso sucediera… no quiero ni imaginar lo que pasaría.
- ¿De qué estás hablando? - Rogelio se puso en pie -. ¿En qué lío te has metido, hijo?
- En el tipo de líos que no se pueden solucionar - Nico lo miró de frente, firme, sin dudas, sin opción de retroceder -. Sé que todo esto parece… parece… una puta locura. Pero no tengo tiempo para sentarme a hablarlo.
Rogelio notó la ansiedad en él, la urgencia, el miedo, el vértigo, el abismo. No entendía nada, era imposible de comprender. Pero supo algo al instante: si su hijo estaba en peligro, si estaba en problemas, él lo iba a ayudar.
- Está bien… dime qué necesitas.
- Lo primero, que uses tus contactos para proteger a las personas que vendrán a casa.
- Eso es sencillo, cuenta con ello. ¿Qué más?
- Siete billetes para Cusco…
- ¿Perú? - preguntó confundido.
- Sí, Perú. Solo de ida y, si puede ser, que no queden reflejados en ningún sitio. ¿Es posible?
- Difícil, pero no imposible. Creo que con unas llamadas podré conseguirlo, hay gente en el Ministerio de Interior que me debe algún favor… ¿Para cuándo los necesitas?
- Lo ideal sería salir cuanto antes.
- Entiendo… - Rogelio se volvió a sentar, dándole vueltas a la cabeza -. Esta madrugada, o a más tardar mañana. Pero hijo… tendrás que contarme lo qué está pasando.
- Lo haré, papá, te lo prometo. Pero primero tengo que poner a salvo a mis amigos.
- Eso siempre es lo principal: proteger a la familia - dijo asintiendo con la cabeza - Déjame hacer unas llamadas. Y si van a venir invitados, ocupáos de prepararlo todo, que Valentina os ayude. ¡Vamos, no perdáis tiempo!
Los dos salieron del despacho a toda velocidad, casi tropezando con los muebles, como si cada segundo pesara toneladas. El pasillo parecía estirarse, las paredes estrecharse; así era ahora su vida: velocidad, urgencia, riesgo constante. Gabi seguía a Nico, respirando agitado, intentando asimilarlo todo. No podía dejar de pensar en lo que acababa de suceder: el ex comisario, Rogelio, un hombre de ley y de disciplina inquebrantable, dispuesto a mover contactos y favores sin pestañear, pero sobre todo, dispuesto a proteger a su hijo y a sus amigos sin cuestionar nada.
No hubo apenas preguntas, no hubo reproches, ni intención alguna de detener a Nico. Solo existió una acción inmediata, concreta, casi religiosa. Una voluntad que hablaba más que cualquier acción. Era un hombre de ley, sí, pero primero - y ante todo - era un hombre de familia. Ahora entendía porqué Nico le había dicho - antes de entrar al despacho -, que su padre era directo y no se andaba con rodeos.
- Tu padre es la hostia, colega - sonrió Gabi sin dejar de correr.
- Tiene sus cosas, nadie es perfecto - aseguró Nico - Pero es legal. Siempre puedes contar con él.
Era mucho más que legal. La forma en que protegía a los suyos lo demostraba. Lo hacía de un modo casi siciliano: la sangre, los lazos, la lealtad sobre todo lo demás. Gabi sintió un vértigo extraño al darse cuenta de que la misma severidad que aplicaba a la justicia podía volverse salvación, y que aquella familia, tal como Rogelio la entendía, era un ejército que se movía con precisión militar y corazón de acero.
Mientras corrían por el chalet, preparándolo todo para la llegada de los “refugiados”, seguía pensando que esa mezcla de disciplina y devoción, de firmeza y amor incondicional, era algo que jamás había visto en ningún padre. Y, aunque había muchos sentimientos apretándole el pecho, no pudo evitar sentir un extraño respeto, casi una admiración temblorosa, por aquel hombre que había sido capaz de transformar su casa en refugio y su autoridad en protección pura e inquebrantable. El mundo fuera de su núcleo podía seguir cayendo a pedazos. Allí dentro, en su fortaleza y mientras se mantuviera en pie, la familia seguía siendo la ley, y la lealtad, un arma más poderosa que cualquier bala.
No pasó mucho tiempo hasta que las puertas del chalet de la Moraleja se abrieran de nuevo, y cuando sucedió lo hicieron sin cautela. Lo que entró primero fue un soplo de alivio en medio del caos: Laia, con la mirada alerta y los labios apretados, seguida de su madre, la única familia que tenía, que aún no comprendía del todo qué demonios estaba pasando, pero confiaba en su hija y en su instinto. Tras ellas, Raquel y sus padres, con los ojos llenos de preguntas y miedo, el silencio pesado roto solo por sus pasos cautelosos. Cada rostro reflejaba la incredulidad y la tensión de saber que algo había cambiado, que la seguridad ya no era la misma. Unos instantes después, Lena apareció sola, con la familia lejos su miedo era más profundo, más concentrado. El hecho de no tener a los suyos cerca no la hacía más fuerte; lo intensificaba, la convertía en un haz de nervios y alerta constante. Sin embargo, su presencia fue un ancla para los demás, un recordatorio de que no estaban solos. Gustavo llegó poco después, con la expresión dura, caminando solo, como si cargara con la condena de enfrentarse al mundo por su cuenta. Y sin embargo, en aquella nueva etapa de su vida que acababa de empezar, la soledad se transformó en fuerza; su presencia añadía peso y seguridad al grupo, un muro bravucón listo para proteger.
Finalmente, Sofi apareció, escoltada por Lorena y Carol, su cara una mezcla de miedo y alivio. Gabi, que no podía contenerse, salió corriendo a recibirla. La abrazó con fuerza, como si todo el aire del mundo dependiera de ese contacto, como si sostenerla fuera suficiente para que nada malo la alcanzara. La tensión en el chalet se aligeró por un instante, el peligro parecía ceder ante la fuerza de aquel abrazo. Pero entonces, al girar la cabeza, Gabi vio entrar a Fani. El aire se volvió denso de golpe. Su presencia no era la de alguien perdido o asustado; era otra cosa, todos lo notaron al instante en la reacción de Gabi. Algo que no podía definirse, y que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de todos los presentes. La calma del refugio se quebró de inmediato, y los ojos de todos se fijaron en ella, interrogantes, tensos, conscientes de que la historia estaba a punto de complicarse aún más.
- ¿Qué hace ella aquí? - susurró Gabi, con la mandíbula tensa.
- No podía dejarla fuera, cariño.
- ¿Y Estefi, Marta, Jasmina?
- También les dije que vinieran, pero no quisieron.
- Ya…
Fani pasó frente a ellos sin bajar la mirada. No hubo palabras, solo ese cruce eléctrico de ojos que decía más que cualquier insulto. Una historia de enemistad comprimida en dos segundos. Y antes de que la chispa prendiera, Lorena dio un paso al frente. No rompió la tensión; la redistribuyó. Su sola presencia tenía en Gabi el mismo efecto que una carretera helada a ciento veinte por hora.
- ¿Alguien va a explicarnos qué está sucediendo?
- Sí - respondió Gabi, girándose hacia ella -. Primero entrad y dejad vuestras cosas. En breve os explicaremos todo.
- Gabi… - Carol avanzó un par de pasos, nerviosa -. ¿De verdad estamos en peligro?
- No lo sé. Si estamos haciendo esto es por precaución.
- Pero… ¿qué ha pasado?
- Ahora lo sabréis. Lo prometo. Entrad, por favor.
Cuando todos cruzaron el umbral, las puertas se cerraron con un golpe seco. El sonido retumbó como un sello oficial. Dentro, el murmullo crecía; fuera, el mundo seguía intacto, ajeno, insultantemente normal. Gabi se quedó en el patio delantero. Sacó un cigarro con manos que fingían no temblar y caminó hasta la verja. Miró a izquierda y derecha. La calle dormía en una calma sospechosa. Ni coches, ni pasos, ni sirenas. Demasiada paz para tanto desastre.
- Dame uno, chaval… - murmuró Gustavo a su espalda.
Gabi abrió la cajetilla sin decir nada. Gustavo tomó un pitillo y se lo colocó entre los labios. El mechero chisporroteó; la llama se inclinó por el viento y ambos la protegieron con la palma, como si defendieran algo más que tabaco.
- ¿Ya te has hecho a la idea? - preguntó Gabi, exhalando humo hacia el cielo gris.
- ¿A qué te refieres? - Gustavo aspiró profundo.
- Que nos vamos, compañero.
- ¿Irnos? ¿A dónde?
- El padre de Nico nos está buscando un vuelo a Perú.
- ¿Para cuándo?
- Esta madrugada. Como muy tarde, mañana.
Gustavo asintió despacio.
Se quedaron apoyados en la verja, hombro con hombro, expulsando humo con la parsimonia de dos vigilantes de turno nocturno. Parecían guardias de seguridad venidos a menos, custodiando un fuerte improvisado. El metal frío bajo los antebrazos, la noche tragándose las dudas.
- ¿Sabes qué es lo que más me jode? - sonrió Gustavo de pronto.
- ¿Qué?
- Que no puedas conocer a Sara Jay.
Gabi soltó una carcajada baja, casi ahogada.
- ¿En serio, colega? No te ofendas, pero creo que nadie se creyó esa historia…
- Ya… bueno. No importa.
Silencio otra vez. Un coche pasó al fondo de la calle, lento. Ambos lo siguieron con la mirada hasta que dobló la esquina.
- Ahora en serio… - dijo Gabi, apoyando la cabeza en el hierro -. ¿De verdad conoces a Sara Jay?
Gustavo dio una última calada y lanzó el cigarro al suelo, aplastándolo con la suela.
- ¿Qué importa eso ahora? Sea verdad o no… jamás lo vas a comprobar con tus propios ojos. Nada volverá a ser igual...
Gustavo empezó a andar, dirección al chalet, el humo se disipó en el aire frío. Gabi se quedó unos segundos más junto a la verja, aunque el cigarro ya era solo un filtro aplastado contra el suelo. Miraba la calle, pero no veía la calle. Veía una frontera invisible cruzándose bajo sus pies.
“Jamás nada volvería a ser igual”
No era una frase dramática. No sonaba a película. Era una certeza física, como cuando sabes que un hueso está roto aunque todavía no haya salido la radiografía. Algo se había desplazado por dentro. Un engranaje que ya no encajaba en su sitio. Pensó en su piso de Hortaleza: en los pósters medio despegados, en la consola, en las tardes sin plan. Pensó en las discusiones ideológicas acompañadas de cerveza barata en el bar. Pensó en el parque donde se sentaban a comer pipas y hablar de revolución como quien habla del clima. Palabras enormes, cómodas, inofensivas. Ahora no.
Ahora la palabra “enemigo” tenía dirección y rostro. Ahora había billetes de ida, nombres en listas negras, llamadas urgentes a deshoras. Ahora había madres metidas en un chalet que no era el suyo, abrazos furtivos que olían a despedida, como si fueran salvavidas. Ahora había un padre excomisario moviendo hilos en la sombra.
“Jamás nada volvería a ser igual”
Ni Sofi volvería a mirarlo igual. Ni él podría mirarse al espejo sin ver al tipo que decidió huir, o luchar, o ambas cosas. No sabía todavía cuál de las dos era la verdad. Sintió una punzada breve en la boca del estomago: el Búnker, los planes a medio construir, la ilusión de cambiar el mundo. Qué ingenuos habían sido. El sistema no se cambia. El sistema te detecta. Y si no te doblega, te persigue y acaba contigo. Esa era la puta verdad.
Miró la casa a su espalda. Ventanas iluminadas. Sombras moviéndose tras las cortinas. Gente asustada confiando en ellos. Y ahí estaba la verdadera grieta: ya no eran solo un puñado de chavales jugando a ser peligrosos. Ahora había terceros: Familia. Responsabilidad. Consecuencias.
El aire olía a césped húmedo y gasolina lejana. Madrid seguía funcionando con su indiferencia habitual. Taxis pasando, vecinos cenando, televisores encendidos. El mundo intacto. El suyo no. Gabi inspiró hondo. Sintió el peso de la decisión como una piedra en el estómago, pero también algo más oscuro, más eléctrico. Una claridad brutal.
“Jamás nada volvería a ser igual”
Y quizá, muy en el fondo de su ser…
Eso era exactamente lo que siempre había estado buscando.
Porque hay dos tipos de vida. La vida cómoda, la que cabe en un horario. La que firma nóminas, paga alquileres, discute de política en voz baja y se indigna sin consecuencias. Y luego está la otra. La que no se elige del todo, pero cuando te empuja ya no te suelta. La vida del fugitivo.
El fugitivo no es solo el que huye. Es el que ha entendido que hay verdades que no caben dentro de la ley. Que hay leyes que nacieron para proteger el orden impuesto, no la justicia. Que el auténtico peligro no es el criminal torpe que roba en la sombra, sino el hombre impecable que sonríe bajo fluorescentes y firma papeles con sangre invisible. Ser fugitivo no es correr. Es negarse.
Negarse a entregar lo que has descubierto. Negarse a arrodillarte. Negarse a fingir que no has visto el mecanismo podrido por dentro. El fugitivo pierde cosas: casa, rutina, incluso su nombre. Pero gana otra cosa más antigua. Gana claridad. Gana la certeza de estar situado en el lado correcto de la historia, aunque ese lado sea el más incómodo.
Y entonces, casi sin quererlo, el pensamiento de Gabi viajó décadas atrás. A aquellos que vinieron de lejos sin pasaporte moral, solo con convicción. A los que cruzaron fronteras para defender una idea. A los hombres y mujeres de las Brigadas Internacionales, que no eran héroes de mármol sino obreros, estudiantes, exiliados. Gente normal empujada por una época que no dejaba espacio a la neutralidad. Ellos también fueron fugitivos. Fugitivos del miedo. Fugitivos del silencio. Fugitivos de la obediencia. No lucharon porque fuera cómodo. Lucharon porque entendieron que quedarse quietos era colaborar. Que la neutralidad, cuando el monstruo avanza, es una forma elegante de rendición. Perdieron. Sí. Pero no fracasaron. Porque lo que defendían - la dignidad frente al terror, la solidaridad frente al cinismo - no podía ser fusilado. Podían caer los cuerpos, pero no la idea de que hay momentos en que uno debe ponerse en pie, aunque tiemblen las piernas.
Ser fugitivo, pensó Gabi, es aceptar que la historia no siempre la escriben los vencedores, pero sí la empujan los que se atreven a desafiar lo imposible. “No somos soldados”, se dijo. “No llevamos uniforme. No tenemos himnos ni banderas. Solo tenemos una certeza: lo que hemos visto no puede caer en manos equivocadas. Y si para protegerlo hay que huir, se huye. Si hay que luchar, se lucha. Si hay que perderlo todo, se pierde. Porque hay derrotas que dignifican más que mil victorias cómodas.” Levantó la vista hacia la noche tranquila del barrio rico, tan ajena a la tormenta que se estaba gestando dentro de aquella casa, dentro de aquella alma. Quizá eran pocos. Quizá estaban mal preparados. Quizá el enemigo era inmenso. Pero también lo fue siempre. Y aun así, siempre hubo quienes cruzaron la línea. Siempre hubo fugitivos. Siempre hubo resistencia. Siempre hubo mártires. Siempre habrá… una batalla que librar.
Apretó los puños. El abismo seguía ahí, enorme, oscuro, insondable… pero ya no le intimidaba. Era como si, al aceptar su existencia, hubiera dejado de temerle. No sabía si aquello era valentía o simple inconsciencia. Tal vez ambas cosas eran lo mismo cuando la vida te empujaba contra la cuerda. Y justo cuando, en silencio, selló su compromiso con esa causa sin nombre, dos brazos lo rodearon por la cintura.
No necesitó verla. Reconoció el calor antes que el contacto, el perfume antes que el aire, el latido antes que la voz. Sofi. Su forma de abrazar no era una caricia: era un ancla. Se giró despacio, como si temiera romper el instante, y la estrechó contra él con una fuerza que no era posesión, sino necesidad. Hundió el rostro en su pelo. Durante un segundo, todo el ruido del mundo desapareció.
- ¿Estás bien? - preguntó ella.
- Creo que sí, mi vida…
- Asusta, ¿verdad?
- Supongo que los cambios siempre lo hacen…
- Cierto… - Sofi lo sujetó con más fuerza -. Es… es extraño.
- Lo sé, amor. ¿Tú estás bien?
Sofi tardó unos segundos en responder.
- No lo sé… Tengo la sensación de estar viendo una película. Como si todo esto le estuviera pasando a otra persona que no soy yo.
- Puede que tu cerebro esté intentando protegerte…
- ¿Tú crees?
- Leí algo una vez. Los comecocos lo llaman despersonalización. Se activa ante un estrés extremo, ansiedad, pánico… Es como si la mente se desconectara un poco para no romperse por dentro.
- O sea… que me estoy volviendo loca.
- No, mi vida - sonrió Gabi, besándole la frente con una ternura casi reverencial -. Al contrario. Creo que sentir eso significa que estás muy cuerda.
Se quedaron en silencio, abrazados, escuchando el latido del otro. No era un silencio vacío, sino lleno de calor, de respiraciones compartidas, de esa intimidad que solo aparece cuando el mundo se tambalea.
- Cuando me llamaste esta mañana y me dijiste que nos habían descubierto, ¿sabes lo primero que pensé? - susurró Sofi.
- No… dime.
- Que mi vida iba a dar un vuelco definitivo. Que todo se había terminado. Que nada volvería a ser igual. Y sí… sentí un miedo terrible. Un miedo que me heló la sangre.
Gabi tragó saliva.
- Pero justo después pensé en otra cosa - continuó ella -. Pensé en ti. En nosotros. En que, pasara lo que pasara, lo afrontaríamos juntos.
Él se estremeció de arriba abajo, conteniendo las lágrimas como quien intenta contener una tormenta.
- Y cuando ese pensamiento cruzó mi cabeza, el miedo no desapareció - Sofi lo miró fijamente, con los ojos brillantes -, pero algo cambió dentro de mí. Lo supe con una certeza tan pura que me dolía el alma… Gabi, me da igual el camino que se abra ante nosotros, aunque sea el más oscuro o el más peligroso. Si tú estás a mi lado… me da igual todo lo demás.
- Yo… yo… - la voz de Gabi se quebró y las lágrimas cayeron sin permiso -. Siento haberte arrastrado a esto. No te lo mereces… Es culpa mía…
- ¡No! - Sofi apoyó un dedo en sus labios húmedos -. No es culpa tuya. No me has arrastrado a nada. Gabi, escúchame: yo decido. No tú, no las circunstancias. ¡Yo!…Y si he decidido seguirte es porque mi corazón me grita que así debe ser.
- ¿Y si tu madre tenía razón?
Sofi soltó una risa empañada por las lágrimas.
- ¿Te escuchas cuando hablas? ¿Desde cuándo mi madre ha tenido razón en algo? ¡Está loca, joder!
Rieron juntos, sin apartar la mirada. Dos locos conscientes del abismo, pero aferrados el uno al otro como si eso bastara para domesticarlo.
- ¿Te acuerdas de Braveheart? - preguntó ella de pronto -. La escena en la que William Wallace se planta ante el ejército y suelta ese discurso que te pone la piel de gallina.
- Más o menos… - respondió Gabi, secándose las lágrimas.
Sofi se separó con un movimiento decidido. Siempre había sido así: intensa, teatral, enamorada del cine hasta el punto de saberse escenas y diálogos enteros de memoria. Se colocó frente a él, erguida, con una determinación capaz de hacer temblar a cualquiera. Incluso al mismo rey de Inglaterra. Gabi la miró con los ojos muy abiertos. Hermosa. Salvaje. Invencible, incluso al borde del precipicio. Sofi se irguió con solemnidad, como si una bruma antigua cubriera el jardín y, en lugar de paredes y muebles, hubiese colinas húmedas y estandartes agitados por el viento.
- El todopoderoso me dice que será una gran batalla, ha concretado a los más distinguidos.
- ¿Y vuestro saludo?
- Por presentaros en el campo de batalla, os doy las gracias.
- ¡Este es nuestro ejército, para uniros rendid pleitesía!
- ¡Yo rindo pleitesía a Escocia! ¡Y si este es vuestro ejército! ¡¿Por qué está huyendo?!
- ¡No hemos venido aquí para luchar por ellos!
- ¡Vámonos, los ingleses son demasiados!
Sofi giró sobre sí misma como si realmente contemplara a un ejército enemigo desplegado a su espalda. Clavó la vista en un horizonte invisible, apretó la mandíbula, ensanchó el pecho. Gabi no pudo evitar reír. No eran solo los diálogos: ella recordaba los gestos exactos, las pausas, la forma en que la cámara temblaba antes del discurso, incluso el temblor previo a la carga. Su interpretación era tal, que incluso parecía que la música de la banda sonora se desplegara imponente sobre el jardín. De repente se volvió hacía Gabi y en sus ojos había la misma voluntad de aquellos hombres que lucharon por defender su tierra.
- ¡Hijos de Escocia! ¡Soy William Wallace!
- ¡William mide… - la interrumpió él divertido, siguiendo el diálogo - más de dos metros!
- Sí… eso dicen - sonrió Sofi asintiendo-, y mata hombres a cientos. Y si estuviese aquí, acabaría con los ingleses echando fuego por los ojos… y también rayos por el culo.
Las carcajadas estallaron al unísono, breves pero sinceras. Durante un segundo, todo el peso del mundo desapareció. Entonces Sofi cambió. Su voz se volvió más grave, vibrante, casi feroz. Endureció la mirada, se adelantó un paso. Gabi podría jurar que escuchaba tambores lejanos, que el aire se espesaba como antes de una tormenta.
- ¡Yo soy William Wallace! Y estoy viendo a todo un ejército de paisanos míos, aquí desafiando a la tiranía. Habéis venido a luchar como hombres libres y hombres libres sois… ¡¿Qué haríais sin libertad?! ¡¿Lucharéis?!
- No. Huiremos y viviremos.
- Luchad y puede que muráis… huid y viviréis… un tiempo al menos. Y al morir en vuestro lecho, dentro de muchos años, ¿no estaréis dispuestos a cambiar todos los días desde hoy hasta entonces… por una oportunidad? ¡SOLO UNA OPORTUNIDAD! ¡¿De volver aquí a matar a vuestros enemigos?!… Puede que nos quiten la vida… pero jamás nos quitarán ¡LA LIBERTAAAAAD!
Empezó a correr por el jardín con el puño en alto, como si cabalgara a lomos de un corcel negro atravesando una llanura escocesa.
- ¡ALBA GU BRÀTH! - gritó a pleno pulmón.
El alarido retumbó contra las paredes, desproporcionado para un espacio doméstico, casi ridículo… y, sin embargo, en ese instante Gabi dejó de sentirse atrapado en una casa sitiada por el miedo. Estaba al borde de una batalla, en los campos de Stirling. Y sí, estaba dispuesto a morir por Escocia, por ella, por todos sus paisanos. Estalló en carcajadas, aplaudiendo sin control. Sofi seguía galopando sobre su caballo imaginario, desbocada, teatral, gloriosamente absurda. Y Gabi comprendió que aquel era su verdadero superpoder: arrancarle la risa cuando el mundo se desmoronaba, devolverle la ligereza cuando todo pesaba toneladas.
- Ha sido espectacular, mi vida. Como siempre… no decepcionas jamás.
Ella frenó en seco y volvió hacia él, divertida, con esa energía de niña traviesa que juega a salvar reinos invisibles. Se lanzó a sus brazos y se abrazaron con fuerza, respirándose. Sofi apoyó la frente en la suya. Esta vez no había teatro en su voz.
- ¿Sabes qué quería decirte con todo esto?
Gabi negó despacio, aún sonriendo.
- Que el miedo es como ese puto ejército inglés - susurró ella -. Parece enorme, invencible. Pero si huyes, te persigue toda la vida. Pero si te plantas delante, puede que te mate, sí. Pero al menos eliges tú cómo vivir y como morir.
Lo miró a los ojos, firme, decidida.
- No quiero que luchemos por pánico, Gabi. Si lo hacemos, que sea porque lo decidimos. Porque aceptamos lo que siempre fuimos. No somos víctimas corriendo colina abajo, dando la espalda a la batalla… nosotros somos los que cargan, los que rugen, los que mueren al lado de los suyos.
Le apretó la camiseta con el puño, justo sobre el pecho.
- Y otra cosa. Wallace no gritaba porque supiera que iba a ganar. Gritaba porque sabía que la libertad merecía el riesgo… Y como él, yo no sigo por inercia ni por locura. Te sigo porque prefiero una vida peligrosa contigo que una segura sin ti.
Gabi tragó saliva. Ya no había risa. Solo verdad.
- Eso es lo que quería decirte - concluyó ella, más suave -. Que si hay que luchar, luchamos. Si hay que huir, huimos. Si hay que morir… moriremos. Pero lo hacemos de pie. Nunca de rodillas. Nunca solos… jamás.
El jardín volvió a ser solo un jardín. La casa, una casa. La noche, la noche.
Pero algo había cambiado. Ya no habían dudas… solo decisión.
- Nico ha reunido a todos en el salón - murmuró ella, con la cabeza apoyada en su pecho -. Vamos, cariño. Hay que dar explicaciones…
Gabi respiró hondo. El humo del cigarro ya no estaba; ahora solo quedaba el peso de la responsabilidad.
- No va a ser fácil - dijo mientras comenzaban a andar hacia la puerta.
Sofi entrelazó sus dedos con los suyos, firme, sin temblor.
Y en esa respuesta no había dramatismo. Solo verdad. Entraron en la casa como quien entra en una trinchera iluminada por lámparas de diseño. Las voces se oían al fondo, nerviosas, cruzadas, impacientes. Familias enteras esperando una explicación que sonara razonable, que cupiera dentro del mundo que conocían. Pero el mundo que conocían ya no existía. Gabi apretó la mano de Sofi una última vez antes de cruzar el umbral del salón. Lo que iban a contar no solo cambiaría sus vidas. Las confirmaría. No había vuelta atrás. No quedaban salidas laterales ni atajos cobardes.
Sofi asintió en silencio. En su mente el cielo estaba encapotado y el campo se extendía verde y húmedo hasta perderse en la bruma. Sentía el barro bajo las botas, el viento frío en la cara. No había miedo en sus pasos. Solo una determinación antigua, casi heredada. Lo comprendía con una claridad que dolía: aquel era su destino. Aquella, su batalla.
Su mente, aún confusa y agitada, regresó a esa escena final que tanto la había marcado. A la imagen de hombres exhaustos, hambrientos, superados en número… y, aun así, avanzando. A esa última chispa de rebeldía que no negocia, que no pide permiso, que no se arrodilla. Recordó la voz grave, la música elevándose como una plegaria guerrera:
«En el año de nuestro Señor 1314, patriotas de Escocia, hambrientos y en inferioridad, cargaron en los campos de Bannockburn. Lucharon como poetas guerreros. Lucharon como escoceses… y ganaron su libertad».
Sofi cerró los ojos un instante. No sabía si ganarían. No sabía si llegarían siquiera a vivir su propio Bannockburn. Pero entendía algo esencial: la victoria no siempre consiste en vencer. A veces consiste simplemente en cargar. Y cuando volvió a abrir los ojos, ya no era una espectadora de su propia vida.
Era parte del asalto.
Una poeta guerrera.
Una fugitiva.
Una mujer libre.
Como el Bromo, siendo el rojo denso de la herida abierta y el vapor de mar que guarda la imagen de la libertad en el negativo del tiempo. Esta historia continuará…