Interludio - Como hemos cambiado
El barco mercante avanzaba con la obstinación muda de una bestia antigua, cortando el mar a un ritmo lento y constante. Entre los contenedores apilados como bloques de una ciudad sin ventanas, un grupo de rebeldes se ocultaba de la ley podrida y de los mentirosos que proclamaban defenderla.
No hablaban apenas, pues las palabras…
dejaron de tener sentido hacía demasiado tiempo.
Respiraban como luchaban, por inercia, por vehemencia, por rutina. Eso era todo lo que les quedaba: pura y radical supervivencia.
Sus ropas estaban manchadas de sal, sudor y óxido; algunos llevaban vendajes improvisados, telas ennegrecidas por la sangre seca.
Tenían la piel pálida, los ojos hundidos, la mirada de quienes llevan días sin dormir y demasiado tiempo sin confiar en nadie.
Sobre ellos, el cielo se abría en una bóveda inmensa, negra como el carbón, surcada por nubes bajas que parecían arrastrarse en la misma dirección que el barco. A ratos, la luna lograba filtrarse entre las grietas del cielo, dibujando reflejos metálicos sobre el agua.
El mar era un campo en movimiento: olas largas, profundas, que respiraban con una calma engañosa. No había costa a la vista, solo horizonte, una línea temblorosa donde el cielo y el océano parecían fundirse en una promesa incierta.
El viento silbaba entre las rendijas de los contenedores, llevando consigo el olor del combustible, de la sal, de la noche eterna. Cada crujido del casco resonaba como un recordatorio de su fragilidad; cada golpe del mar, como un latido de sus agotados corazones.
Allí, en ese espacio robado, suspendidos entre la persecución y la clandestinidad, los fugitivos no pensaban en el pasado ni en el futuro. Solo en el cielo que se cerraba lentamente sobre ellos y en el mar interminable que, por ahora, los mantenía a salvo.
- Estamos a punto de llegar - dijo Sofi, apartando los prismáticos de sus ojos.
La frase cayó con una calma inquietante, como si no hablara de un destino sino de un trámite. Nico la observó en silencio, estudiando el perfil duro que ahora le devolvía la luz del anochecer. No quedaba rastro alguno de aquella chica divertida y rebelde que había conocido. Sofi, la vecina de Hortaleza que bajaba la basura en zapatillas, la administrativa atrapada en un mundo rutinario y aséptico, la madrileña de risas fáciles y comentarios afilados, había muerto mucho antes de subir a aquel barco. Había caído en combate, como todos ellos, sin ceremonia ni despedida, en algún punto impreciso entre la huida y la primera bala disparada.
La mujer que ahora tenía delante se sostenía con una rigidez casi militar. El fusil descansaba colgado de su hombro como una prolongación natural del cuerpo, familiar, necesario. Los dientes siempre apretados, la mandíbula tensa, y en los ojos una quietud inquietante: la mirada vacía de quien ha visto demasiada sangre, demasiados cuerpos caer, pero sigue convencida de que enfrentarse al mundo es la única opción que queda. No había rabia en ella, solo una determinación seca, pulida por el cansancio y la pérdida.
El viento agitó un mechón de su pelo sin que ella reaccionara. Seguía mirando al frente, hacia un horizonte invisible para los demás. Nico lo entendía: Sofi no esperaba redención ni regreso. Solo el siguiente paso. Solo llegar y seguir luchando.
- Voy a hablar con el capitán - dijo Gabi poniéndose en pie -, y a pagarle lo acordado.
Su voz no admitía réplica. Se sacudió el polvo de la ropa y avanzó hasta Laia entre los contenedores con paso firme, como si aquel mercante fuera ya territorio conquistado. Gabi había sufrido una transformación similar a la de Sofi, aunque en él el cambio parecía aún más marcado. El chico tranquilo, casi invisible, el chaval atento que escuchaba más de lo que hablaba y reía con energía en los bares de barrio, había quedado sepultado bajo capas de violencia y resistencia.
Aquel joven había desaparecido sin dejar rastro, consumido por una realidad que no concedía segundas versiones de uno mismo. Ahora su cuerpo era un mapa de cicatrices: cortes mal cerrados, quemaduras antiguas, marcas que hablaban de enfrentamientos continuos y de batallas sin descanso. Sus ojos, fijos y penetrantes, ya no buscaban aprobación ni refugio; observaban el mundo como un enemigo permanente.
Iba armado, siempre, con el hierro bien sujeto al cinto y el gesto desafiante, como si cada paso fuera una declaración de intenciones. En su seguridad no había arrogancia, sino una convicción férrea: la certeza absoluta de que la lucha era el único camino posible, y que abandonarlo equivaldría a traicionarse a sí mismo.
- ¿Cuánto necesitas? - preguntó Laia, abriendo uno de los maletines.
- Doscientos por el viaje… y doscientos más para que tenga la boca cerrada.
No hubo comentarios. Los billetes pasaron de mano en mano con una rapidez mecánica, sin miradas, sin dudas. Era dinero manchado de sangre: robado a la fuerza, arrancado a punta de pistola, arrebatado por pura necesidad. No había orgullo en ello, solo la certeza de que la lucha se alimentaba de gestos así, de decisiones sucias tomadas a la desesperada, de la necesidad de seguir respirando un día más. Gabi contó el dinero con rapidez y desapareció entre las sombras metálicas sin mirar atrás. Aquello se había convertido en una ley no escrita: jamás volver la cabeza, jamás regresar. Solo avanzar. Siempre hacia adelante.
El barco surcaba aguas internacionales, ese limbo líquido donde ningún país reclamaba soberanía. El único lugar del mundo que todavía podían llamar, con ironía, seguro. Territorio de libre navegación, sin banderas que obedecer, sin fronteras visibles. Un último rincón libre que, en teoría, debía usarse con fines pacíficos. Y eso intentaban decirse a sí mismos. Pero la paz había quedado atrás hacía mucho tiempo.
Aunque allí no mandara ningún estado, las leyes seguían existiendo, invisibles y afiladas, listas para caer sobre cualquiera que se saliera del guion. A ellos ya no les importaba. Llevaban demasiado tiempo viviendo al margen de la ley como para fingir inocencia.
- Centinela Azul, ¿me recibes? - preguntó Laia por el walkie al distinguir la silueta en la lejanía -. Centinela Azul, aquí la Patrona, ¿me recibes?
La plataforma emergía del mar como una estructura imposible, un esqueleto de acero clavado en el horizonte. Apenas un borrón oscuro contra el cielo.
- Aún estamos demasiado lejos… - indicó Sofi sin apartar la vista del horizonte -. No te pongas nerviosa… En nada estaremos tomándonos unas birras.
- Solo de pensar en una cerveza fresquita - rió ella - el coño se me pone a dar palmadas.
El “Centinela Azul”. El nombre circulaba entre ellos como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. El único bastión de la resistencia. Una vieja plataforma petrolífera reconvertida en fortaleza, suspendida en mitad de la nada, lejos de radares y de miradas incómodas. Un centro de operaciones gigantesco donde se planificaba la lucha contra un mundo que ya no reconocían como propio. Desde allí se planificaban estrategias, se abastecían de munición, se curaban heridas, se cultivaba más “Azulita” y se decidía como seguir adelante.
Mientras el mercante se acercaba lentamente, el mar golpeaba la estructura de acero con una paciencia infinita. El cielo se cerraba sobre ellos, oscuro y pesado, como si supiera que aquel encuentro no traería descanso, solo el siguiente capítulo de una guerra que parecía no tener fin.
Ya no eran siete, como al principio, repartiendo “Azulita” con la torpeza y la ambición de un camello de barrio que cree tener el control de todo. Aquello había quedado atrás - muy atrás -, sepultado bajo capas de experiencia, sangre y disciplina. El grupo había crecido hasta deformarse, hasta dejar de ser un simple equipo y convertirse en algo más grande, más denso, más peligroso.
Un pequeño ejército.
Instruido. Preparado. Y, sobre todo…
Ferozmente creyente en la causa.
No se trataba solo del número, sino de lo que cada uno de los nuevos integrantes arrastraba consigo. Gente que había aprendido a sobrevivir en entornos hostiles, donde el error se paga caro y lo débiles no duran mucho. Montañas, selvas, desiertos. Personas capaces de orientarse sin mapas, de encontrar recursos donde parecía no haber nada, de moverse en silencio como si el terreno mismo los protegiera. Algunos habían operado en grupos pequeños de resistencia armada, golpeando rápido, desapareciendo después, adaptándose siempre a la desventaja, convirtiendo la inferioridad numérica en una herramienta.
Había gente con manos expertas en recomponer lo roto: reparar equipos, improvisar soluciones con chatarra, retorcer la tecnología existente hasta obligarla a servir a otros fines. Mecánica, electrónica básica, ingenio puro aplicado a la necesidad. Otros sabían moverse entre facciones enfrentadas, leer tensiones invisibles, extraer información, negociar cuando hacía falta y mentir cuando era inevitable. También estaban quienes mantenían al grupo con vida en el sentido más literal: conocimientos médicos suficientes para tratar heridas abiertas, infecciones, enfermedades, todo ello lejos de hospitales, sin suministros convencionales ni margen para el error. Y quienes pensaban a largo plazo: organizando rutas, asegurando suministros, planificando movimientos para que nada fallara cuando más importaba.
Algunos llegaron del Cáucaso: chechenos, daguestaníes. Hombres curtidos en ciudades en ruinas y en inviernos que quebraban la voluntad. Habían combatido bajo banderas opuestas, para Rusia y para Ucrania, y eso les había dado una visión cruda, pragmática, brutalmente honesta de la guerra moderna.
Otros vinieron de Oriente Medio: kurdos, sirios, iraquíes. Expertos en guerra de guerrillas contra fuerzas muy superiores, constructores de redes de resistencia comunitaria, con una ideología sólida sobre igualdad de género y autonomía local que encajaba de forma natural con la revolución que se estaba gestando.
Desde los Balcanes se unieron kosovares y serbios, gente criada en la fricción constante, maestros del contrabando, la logística del mercado negro y el uso de armamento pesado en terrenos difíciles.
De África subsahariana, veteranos del Sahel y de la RDC, endurecidos por décadas de inestabilidad: supervivencia extrema, combate en selva y desierto, movilidad rápida, adaptación perpetua a la escasez.
Y del Sudeste Asiático, rebeldes de Myanmar, expertos en una guerra tecnológica de bajo costo, en infiltrarse en infraestructuras críticas sin dejar rastro.
También había latinoamericanos ex-Farc: colombianos y mexicanos. Antiguos combatientes de selva, conocedores de explosivos improvisados y de una inteligencia sucia, paciente, tejida en zonas rurales donde todos observan y nadie habla.
No eran mercenarios ni idealistas ingenuos. Eran creyentes, hombres y mujeres que luchaban por una causa más importante que sus propias vidas. Personas que habían perdido demasiado como para dudar ahora. Y eso, más que las armas, más que la experiencia, era lo verdaderamente peligroso.
Mientras el mundo los señalaba con el dedo y los juzgaban como anarquistas, terroristas, mercenarios o simples adoradores del caos; ellos sabían que no eran nada de eso. Esas eran etiquetas fáciles de colgar, palabras lanzadas desde la comodidad del miedo o desde la ambición desmedida de sus enemigos. Muchos se las creían sin cuestionarlas. Pero no todos. En silencio, lejos de los focos y de los discursos oficiales, miles de voces hablaban de ellos de otra manera. No se decía en voz alta. El miedo era real, palpable. Nadie lo gritaba a los cuatro vientos porque hacerlo podía traer consecuencias. Era un murmullo… uno que viajaba de boca en boca, una idea compartida a media voz, una utopía empezando a tomar forma. Una revolución tejida en las sombras, donde la sangre derramada de unos pocos se entregaba sin pedir nada a cambio, con la intención de devolver al mundo una justicia que había sido arrebatada sin pedir permiso.
El E.A.L.M., lo llamaban algunos. “El Ejército Azul de Liberación Mundial”. Para muchos, una amenaza; para muchos otros, la última esperanza. Eran los que empujaban a este mundo podrido de vuelta al equilibrio perdido. Los que robaban a los poderosos para devolvérselo a los que no tenían nada. Los que intentaban sanar - literalmente - a un mundo enfermo. Los que no dejarían de luchar hasta que todo volviera a ser como era antes, o hasta que no quedara nadie para recordarlo.
- Así que un libro - sonrió Laia, sentándose al lado de Nico.
- Así es - él le devolvió la sonrisa, sin apartar la vista del horizonte.
- ¿Por qué?
- ¿Y por qué no?
- Venga, Nico… no bromees. Hablo en serio.
Él tardó un segundo en responder, como si buscara las palabras en algún lugar más allá del mar.
- “Sin los que recuerdan, el mundo se deshace.”
Laia soltó una carcajada breve, sorprendida.
- ¡Joder, Nico! Eso es muy profundo… ¿es de alguien o es tuya?
- No… no es mía - negó despacio -. La dijo hace mucho tiempo un sabio anciano, un saco de huesos borracho y de sonrisa fácil.
Nico sonrió. El viento le acarició el cabello como una mano cómplice, y por un instante pareció recordar a aquel viejo perdido en algún rincón de este mundo inmenso, disuelto en el tiempo como tantos otros.
- Nosotros… los que luchamos, los que amamos y sangramos, los que reímos con la muerte en la garganta… todos desapareceremos algún día - continuó -. El mundo borrará nuestros nombres y el tiempo devorará nuestras voces. Pero un escritor… un escritor puede impedirlo. Cuando escribes lo que ves, cuando guardas en papel lo que el viento intenta arrebatarte, le robas una victoria al olvido.
Hizo una pausa. Solo quedó el rumor grave de los motores, el crujido del acero bajo sus pies y el mar respirando, eterno e indiferente.
- La pluma es más afilada que un cuchillo, más justa que las leyes y más duradera que la piedra - dijo al fin -. Cuando ya nadie recuerde nuestros nombres, mis palabras seguirán navegando por el mundo. Cuando nuestros enemigos cuenten mentiras… mis palabras defenderán la verdad. Y eso… eso es lo más parecido a la inmortalidad que un hombre puede alcanzar.
Laia lo miró con los ojos humedecidos. Sin decir nada, apoyó la mano en su mentón y lo atrajo hacia ella. Aquella mirada fue eterna, cargada de todo lo que no necesitaba ser pronunciado. Lo besó cerrando los ojos, como se besa de verdad: sin prisa, sin miedo, un instante suspendiendo en la eternidad del tiempo. Habían atravesado demasiado juntos como para necesitar palabras. Se querían, se amaban, pero no como ama todo el mundo. Lo hacían desde la certeza de quien ha caído mil veces y siempre ha sido levantado por el otro. Desde la seguridad de no temer ya la caída, porque sabían que, pasara lo que pasara, el otro siempre estaría allí para recogerlos del suelo.
- Sabes que te quiero, ¿verdad? - susurró ella, apoyando la frente en la de él.
- Sí… - respondió Nico -, aunque me gustaría que me lo dijeras más a menudo.
- Y a mí me gustaría que no fueras tan nenaza - Laia soltó una carcajada y le dio un codazo -. Pero bueno… supongo que nadie es perfecto.
- Tú lo eres para mí - sonrió él, enamorado.
Sofi se giró despacio, con una media sonrisa ladeándole el rostro.
- Vaya moñas estás hecho, Nico. Solo te falta vomitar arcoíris.
- ¿Lo ves? - se unió Laia, divertida -. No soy la única que lo piensa…
- Me da igual lo que penséis - replicó él encogiéndose de hombros -. Yo soy feliz siendo como soy.
- ¿Siendo un poeta amanerado? - provocó Sofi.
- No - corrigió Nico, con total seriedad -. Siendo el salvador de la humanidad.
Las dos estallaron en carcajadas, limpias, sinceras, de esas que alivian el peso del mundo aunque solo sea por un instante.
- ¡Touché hermano! - dijo Sofi, volviendo a llevarse los prismáticos a los ojos.
- Nico el salvador… - murmuró Laia, acercándose de nuevo a él, rozándole los labios -. Nico el poeta… Nico el padre de mi hijo.
El mar siguió rugiendo a su alrededor, indiferente y eterno, mientras aquel pequeño instante - hecho de amor, familia y amistad - quedaba suspendido en el tiempo, como si incluso el mundo, por una vez, hubiera decidido guardarlo en su memoria.
Nico se recostó contra el metal frío del contenedor y dejó que sus pensamientos se deslizaran como el viento sobre el mar. Quizás aquellos que alguna vez habían sido, los que creían haber desaparecido entre balas, huídas y pérdidas, no habían muerto del todo. Tal vez simplemente se habían adaptado a esta nueva vida, se habían metamorfoseado en algo más duro, más preciso, más consciente de cada respiración.
Laia apoyó la cabeza contra su pecho y él le acarició los cabellos con ternura. El momento que acababan de vivir era un claro ejemplo de ello: la risa que rompía la tensión, la ironía que suavizaba el filo de la guerra, el amor que se permitían aun cuando todo alrededor parecía destinado a desgarrarlos. El caos seguía golpeando, las heridas seguían doliendo, pero incluso en mitad de aquel mar turbulento, bajo un cielo oscuro y sin estrellas, había espacio para recordar lo que un día fueron.
Aun podían reír. Aun podían amar. Aun podían regalarse pequeños instantes donde fueran simplemente ellos mismos, sin máscaras ni armas, sin miedo ni obligación. Y en esos instantes, fugaces y preciosos, Nico comprendió que sobrevivir no era solo plantar cara al enemigo y escapar del mundo, sino sostenerlo dentro de uno mismo, y protegerlo con cada gesto, con cada palabra, con cada beso robado a la guerra y al tiempo.
“Padre… voy a ser padre”, pensó Nico, y al instante una sonrisa feroz se dibujó en su rostro.
No había miedo en él. Había bailado tanto con la muerte que ahora, el miedo, le parecía un compañero más, un paso más en un baile que conocía de memoria. Tampoco la duda tenía cabida; en lo más hondo de su corazón, seguía sabiendo que Laia era la mujer con quien quería envejecer, la única capaz de mantenerlo firme en un mundo que se deshacía a su alrededor.
Mientras el “Centinela Azul” se hacía cada vez más visible en el horizonte, una oleada de recuerdos lo atravesó como un relámpago. Recordó los inicios: cuando todo empezó, cuando eran jóvenes y alocados, cuando la vida parecía un juego sin reglas y la libertad era la única brújula que seguían. Salvajes sin armas, despreocupados y divertidos, dejando que cada día los encontrara desnudos y donde quisiera.
La nostalgia lo golpeó con fuerza. No había pasado tanto tiempo, pero todo aquello parecía un universo aparte. No era arrepentimiento; su vida actual estaba hecha de vínculos sólidos, de amigos que se habían convertido en familia. Seguía creyendo en la misión, en el futuro que juntos querían construir. Pero, en algún rincón escondido de su mente, una parte de él deseaba regresar a esa ligereza de antes: a la vida más fácil, más sencilla, más desenfadada, donde los riesgos se medían en risas y no en balas, y donde el mundo todavía parecía un lugar que podía sorprender sin quebrarlo.
- Aquí Centinela Azul - dijo una voz grave por el walkie -. ¿Me recibes?
- Sí… aquí la Patrona - respondió Laia con rapidez, firme, sin titubear.
Sofi miró su reloj y luego levantó la palma de la mano, abierta, marcando el tiempo que quedaba.
- Solicitamos desembarcar en cinco minutos, cambio.
- Entendido, Patrona - respondió la voz del otro lado, con un dejo de respeto -. Tenéis vía libre y… bienvenidos a casa.
El mar seguía respirando bajo un cielo todavía pesado, pero el horizonte comenzaba a abrirse. Por primera vez en semanas, el grupo pudo sentir que algo se parecía a la calma: no la paz, no la seguridad, pero sí el reconocimiento silencioso de que habían llegado a su refugio. El “Centinela Azul” los esperaba, y con él, la certeza de que, al menos por un instante, estaban en casa.
Los cuatro se pusieron en movimiento como un reloj bien engrasado. No hicieron falta órdenes, ni miradas, ni siquiera esa complicidad no verbal que antaño necesitaban para entenderse. Se desplazaban como un ballet silencioso sobre la cubierta oxidada, cada uno ocupando su lugar con precisión quirúrgica. El mercante redujo la marcha lo justo; la lancha a motor descendió por el costado con un chirrido metálico y desaparecieron en cuestión de segundos. Saltaron dentro con la naturalidad de quien repite un gesto aprendido mil veces. Y por supuesto, nadie miró atrás.
El mar estaba oscuro, denso, como una sábana de petróleo bajo la luna. La lancha avanzó cortando la superficie con una estela blanca y breve, y entonces apareció ante ellos en toda su magnitud. El Centinela Azul se alzaba en mitad de la nada como una catedral industrial, una estructura que en otro tiempo había extraído crudo del vientre del océano y que ahora, iluminada por focos fríos y líneas de neón, parecía una ciudad suspendida sobre el agua. Para cualquiera sería una reliquia abandonada; para ellos era otra cosa. Era refugio. Era promesa. Era origen y destino.
Nico levantó la vista cuando la plataforma ocupó todo el horizonte. Hubo un tiempo en que amar un lugar físico le había parecido una estupidez romántica. Las estructuras eran solo eso: estructuras. Hormigón, acero, cálculo e ingeniería. Pero aquella mole oxidada le arrancaba algo del pecho. Porque no había diseñado su forma, ni levantado sus pilares, ni había soldado sus vigas… pero sí había construido lo que latía dentro.
El Centinela Azul no era una petrolífera.
Ni la base armada de la resistencia.
No era el hogar de terroristas violentos.
Ni la guarida de infames ladrones.
Era… el corazón del mundo.
Allí, entre contenedores reacondicionados y laboratorios sellados con protocolos imposibles de rastrear, se procesaba y distribuía la “Azulita”. No como droga, no como capricho místico, no como juguete de lascivos y morbosos. Se distribuía como medicina, como herramienta, como un acto de pura fe científica.
Lena y él habían trabajado hasta el agotamiento, hasta la obsesión, hasta rozar la locura. Habían domesticado lo indomable. Habían aprendido a estabilizar el compuesto activo, a neutralizar su toxicidad, a encapsular su potencia en dosis seguras, replicables, medibles. Habían transformado un hongo salvaje - caprichoso, brutal, casi divino en su caos - en una sustancia capaz de regenerar tejidos, revertir enfermedades autoinmunes, estimular la neuroplasticidad, purificar suelos contaminados, acelerar la recuperación de arrecifes moribundos…
Pues sí, la “Azulita” ya no solo sanaba cuerpos.
Sanaba sistemas. Sanaba ecosistemas. Sanaba errores.
Al principio creyeron que se trataba de una segunda oportunidad para la humanidad. Una forma de equilibrar la balanza. De ofrecerle al mundo algo más que consumo y destrucción. Pero cuanto más profundizaban en su estructura molecular, más comprendían que aquello iba más allá de la medicina.
No habían sintetizado únicamente un compuesto.
Habían tocado algo anterior a la química.
La Mycena Neonfaucis parecía comportarse como si “recordara”. Como si reconociera patrones de deterioro y tendiera hacia el equilibrio. Restauraba suelos áridos devolviéndoles macrobiótica perdida. Aceleraba la fotosíntesis en cultivos agotados. Reducía la acidificación en el agua marina. Incluso en el aire, en entornos abiertos, sus derivados parecían neutralizar partículas contaminantes.
No era magia. Pero tampoco encajaba del todo en la ciencia convencional.
Sin proponérselo, Lena y Nico habían dado con una anomalía que rozaba lo sagrado. No una divinidad antropomórfica, no un dios con voluntad, sino una arquitectura profunda del mundo: una tendencia natural hacia la restauración que la “Azulita” amplificaba hasta extremos inimaginables.
A veces bromeaban con aquella idea…
La demente idea de que habían sintetizado la divinidad.
La lancha se acopló a la plataforma de embarque, la compuerta se abrió con un sonido hidráulico grave, casi ceremonial. Raquel, acompañada de dos hombres armados, los recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Laia la abrazó sin mediar palabras. Gabi cerró la marcha, observando el horizonte por última vez.
Dentro, los sistemas ya estaban en funcionamiento. Pantallas, cámaras de cultivo, cámaras de secado, laboratorios presurizados, drones listos para transportar microcápsulas hacia rutas marítimas y aéreas imposibles de rastrear. Desde allí, la “Azulita” viajaba camuflada en cargamentos médicos, en ayudas humanitarias, en suministros agrícolas. No como un negocio ilegal de distribución silenciosa. Sino como lo que era: una cura clandestina. De la que muchos deseaban apoderarse, comercializarla y enriquecerse.
Nico apoyó la mano sobre la barandilla metálica y empezó a subir las escaleras. En mitad del océano, lejos de gobiernos, farmacéuticas y guerras, había construido algo que el mundo aún no estaba preparado para comprender. Y supo, con una claridad casi dolorosa, que si algún día todo ardía, si los atrapaban, si el Centinela Azul terminaba hundido en el fondo del mar… volvería a empezar.
Porque ya no se trataba de poder.
Ni de redención.
Ni siquiera de justicia.
Se trataba de compromiso.
Una promesa hecha al mundo.
Una lucha que debía sobrevivir, incluso a ellos.
- ¿Ha habido suerte? - preguntó Raquel.
- Depende de lo que entiendas por suerte…
Laia parecía cansada, más de lo habitual. No habían regresado del mar por nostalgia. Habían ido a cobrar. Su lucha no se sostenía solo con ideales. Los reactivos costaban dinero. Las rutas seguras costaban dinero. El silencio de ciertas personas - sobre todo de las más poderosas - costaba dinero. No existían subvenciones para quienes curaban al mundo desde la ilegalidad. Ningún fondo de inversión apostaba por una sustancia que desafiaba patentes. Ningún mecenas financiaba milagros por altruismo.
Este mundo podrido no permite que lo gratuito prospere.
Así que, cada cierto tiempo, lo decidían. Sin heroicidades. Sin discursos. Se sentaban alrededor de la mesa metálica de la sala de reuniones y hacían números. Cuando las cifras dejaban de cuadrar, cuando las reservas descendían por debajo de lo prudente, se formaba un equipo al azar. Y salían a buscar lo único capaz de mantener con vida su imperio clandestino: dinero.
No eran atracadores impulsivos. No eran psicópatas sedientos de violencia. Elegían objetivos quirúrgicamente: paraísos fiscales flotantes, almacenes de capital negro, intermediarios de armas, redes de blanqueo que jamás denunciarían un golpe porque hacerlo implicaría exponerse. Robaban a quienes jamás podrían acudir a la policía sin delatar sus propios crímenes. Y aunque eso no los convertía en héroes, al menos les permitía dormir.
Esta vez les había tocado a ellos cuatro y la misión había sido limpia sobre el papel. Un traslado de efectivo entre dos sociedades pantalla en un puerto del Adriático. Seguridad privada, rutas previsibles, comunicaciones encriptadas. Lo estudiaron durante semanas: entrar como sombras y salir como humo. Pero los planes perfectos solo existen hasta que alguien aprieta el gatillo antes de tiempo. La lancha que debía estar vacía no lo estaba. El hombre que debía huir decidió resistirse. Y el disparo que iba a ser disuasorio encontró carne. Ahora, de regreso en el Centinela Azul, el precio se hacía visible.
Nico llevaba el costado vendado bajo la camiseta, una bala que había entrado rozando pulmón y que Lena no tardaría en extraer con manos firmes y mandíbula tensa. Laia tenía el antebrazo atravesado, suturado con puntos negros que parecían una costura grotesca. Gabi caminaba con una leve cojera, fragmentos metálicos aún alojados en el muslo que no habían podido retirar sin arriesgar demasiado. Sofi… bueno, ella en realidad era la única sin herida visible. Pero era también quien más manchadas tenía las manos. Estaba claro que aquel mote que había elegido tiempo atrás - la Santa Muerte -, no había sido una coincidencia del destino.
Habían vuelto con el botín, sí. Maletines sellados, fajos empaquetados al vacío, cifras suficientes para mantener operativa la plataforma durante meses. Los drones de distribución no dejarían de volar. Las cápsulas de “Azulita" seguirían cruzando fronteras invisibles. La promesa al mundo seguía intacta. Y, sin embargo, cada uno de ellos sentía lo mismo. Que habían robado algo más que dinero. Habían robado tiempo.
Cada segundo respirado después del tiroteo era un instante arrancado a la Guadaña, como si el destino hubiera marcado una fecha en rojo y ellos, obstinados, hubieran decidido tacharla con tinta azul. Vivían con la conciencia punzante de que el equilibrio era frágil. Que la próxima vez la bala no rozaría. Que el siguiente error no sería corregible. En la cubierta superior, mientras el viento golpeaba las barandillas, Gabi se encendió un cigarro, observando a sus amigos en silencio. Riendo incluso. Bromeando sobre quién tenía la cicatriz más espectacular. Haciendo apuestas absurdas sobre cuál dolería más al cambiar el vendaje.
Eran criminales. Eran salvadores.
Eran una família. Y sobretodo, estaban vivos.
La vieja y abandonada plataforma petrolífera, vibraba bajo sus pies como un corazón metálico. Dentro, en cámaras iluminadas por un resplandor frío, la “Azulita” crecía ajena a las balas, ajena al dinero, ajena al miedo. Pura. Imperturbable. Ellos, en cambio, sabían que cada misión los acercaba un poco más al límite. Pero también sabían algo más profundo… Si el mundo no permitía que la cura fuera gratuita, entonces la pagarían con su propia piel. Y mientras quedara sangre en sus venas - aunque fuera a costa de perderla a chorros - el Centinela Azul seguiría en pie.
Rendirse no era una opción. Jamás lo había sido.
No lo hicieron cuando Lena terminó de coser el último punto y dejó las agujas sobre la bandeja de acero con un tintineo seco. No lo hicieron cuando Nico, en mitad de la noche, despertó empapado en sudor recordando el fogonazo del disparo. No lo hicieron cuando Gabi, con el vendaje recién cambiado, miró el horizonte y murmuró que algún día la suerte se acabaría.
Porque aquello ya no iba de dinero. Ni siquiera iba de la “Azulita”.
Iba del compromiso. El antiguo.
El que no se firma con tinta sino con sangre.
El que no se pronuncia ante testigos sino ante la propia conciencia.
Habían empezado como un puñado de inconscientes jugando a ser más listos que el mundo. Después fueron un grupo de amigos tratando de reparar un error. Ahora eran algo muy distinto. Una hermandad forjada en la culpa compartida, en secretos imposibles de confesar, en cicatrices que nadie más comprendería. La misma lógica que había llevado a Gabi a cortarse la palma frente a Nico, aquella mañana absurda y trascendental, era la que los sostenía ahora. No se trataba de heroicidad. Se trataba de no abandonar al otro cuando el precio empezaba a ser insoportable.
Nico lo entendía mejor que nadie. El hombre que una vez quiso olvidarlo todo ahora sabía que no podía hacerlo solo. Cada bala extraída, cada noche sin dormir, cada envío clandestino era una forma de decir: me quedo.
Me quedo aunque duela.
Me quedo aunque tiemble.
Me quedo aunque el mundo nos llame criminales.
Gabi también había cambiado. Su obsesión ya no era un tren desbocado sin frenos. Ahora era dirección. Voluntad. Una promesa consciente. Había aprendido que el poder - como decía el libro - era el enemigo más peligroso. Y por eso lo compartía. Porque el poder en solitario corrompe, pero el poder sostenido por varias manos firmes se convierte en responsabilidad.
Laia, con su ironía intacta incluso cuando sangraba, era el equilibrio. Les recordaba que seguían siendo humanos, que podían reír en medio del caos. Y Sofi, con su brutalidad honesta, era el ancla: si había que ensuciarse para que el engranaje siguiera funcionando, ella era la primera en dar un paso al frente.
No eran santos. No eran mártires.
Solo eran cuatro personas que habían decidido que, si el mundo se negaba a curarse por sí solo, ellos empujarían aunque les costara la vida.
Esa era su lucha.
No una guerra gloriosa, sino una resistencia silenciosa y constante. Cada misión, cada riesgo, cada noche en la que el Centinela Azul resistía las tormentas era una reafirmación de aquel pacto invisible.
No importaba cuántas veces el miedo intentara paralizarlos.
No importaba cuánta claridad los tentara a creerse invencibles.
No importaba cuánto poder acumularan entre sus manos.
Mientras se eligieran unos a otros.
Mientras ninguno soltara la mano del otro.
Mientras siguieran avanzando, aunque fuera cojeando.
La lucha continuaría. El antiguo compromiso seguiría vivo. Como una llama obstinada que se niega a apagarse incluso cuando el viento sopla en contra. Y si algún día la Parca venía a cobrar lo que creía suyo, no encontraría almas aisladas, sino a un bloque indivisible.
Porque su fuerza no era la “Azulita”.
Era el juramento.
Cuando terminaron la última revisión de los generadores y comprobaron que las luces del laboratorio parpadeaban con esa cadencia estable que ya reconocían como latido propio…
Cuando limpiaron la cubierta de restos de sal y sangre. Y habían asegurado el botín en el compartimento sellado…
Cuando calibraron las incubadoras donde la Mycena Neonfaucis respiraba en silencio, expandiéndose en filamentos azul eléctrico bajo el cristal estéril…
Cuando, luego, casi como un ritual pagano, descorcharon una botella de ron mediocre y brindaron sin discursos, por volver a casa sin estar sanos, pero sí a salvo…
Uno a uno fueron desapareciendo por el pasillo metálico que conducía a los camarotes. Las botas dejaron huellas húmedas sobre el suelo industrial. Laia fue la primera en caer rendida, todavía con la venda en el hombro. Sofi se dejó caer sobre la litera sin quitarse siquiera el anillo que siempre giraba cuando estaba nerviosa. Nico se detuvo un instante frente al panel de control central, observando las cifras verdes que indicaban estabilidad biológica. Sonrió apenas, como un padre que vigila la respiración de su hijo recién nacido. Gabi fue el último en acostarse, apagando la luz. Durante unos segundos, el Centinela Azul quedó envuelto en la penumbra del océano abierto. Una mole oxidada y silenciosa perdida en mitad de ninguna parte. Pero en su interior, tras puertas herméticas y filtros de aire que zumbaban con constancia, la Azulita seguía creciendo. Mientras los sanadores del mundo dormían, su lucha clandestina continuaba.
Como un fuego rebelde y azul imposible de apagar.
En algún piso de Lisboa, una mujer de cincuenta y tres años abrió los ojos después de años de dolor crónico. No fue un milagro instantáneo. Fue más sutil. Durante semanas, su artritis reumatoide había ido cediendo como una marea que se retira sin hacer ruido. Esa mañana dobló los dedos sin que crujieran. Cerró el puño. Lo abrió. Volvió a cerrarlo. Y empezó a llorar.
Su hija, que preparaba café en la cocina, pensó que algo iba mal. Corrió hacia el dormitorio. La encontró sentada en la cama, flexionando las manos como si estuviera redescubriendo el cuerpo.
- Não me dói - susurró la mujer, incrédula - Pela primeira vez... não me dói.
Se abrazaron en silencio. Ninguna sabía que, meses atrás, alguien había alterado discretamente un lote de medicamentos biológicos en el mercado negro europeo. Nadie pronunció la palabra “Azulita”. No hacía falta.
En el norte de la India, un río que durante décadas había arrastrado espuma tóxica comenzó a aclararse. Al principio fueron pequeños cambios: menos peces muertos flotando en la orilla, menos olor ácido al amanecer. Después, una mañana, los niños volvieron a lanzarse piedras desde el embarcadero sin que sus padres los gritaran de inmediato.
Los análisis oficiales hablaban de “una mejora inesperada en la capacidad de autorregeneración microbiana del ecosistema”. No entendían por qué ciertos compuestos industriales estaban siendo descompuestos a una velocidad imposible. Pero en el fondo del cauce, invisibles y microscópicas redes azuladas metabolizaban metales pesados y los transformaban en sedimentos inertes. El río respiraba otra vez.
En un poblado del Sahel, donde el suelo llevaba generaciones agrietado como piel reseca, algo empezó a cambiar. Un cooperante dejó, sin demasiadas explicaciones, un preparado orgánico mezclado con semillas resistentes. Los ancianos desconfiaron. Los jóvenes, no tanto.
Semanas después, la tierra, acostumbrada a rendirse, comenzó a oscurecerse. Retenía humedad. Pequeños brotes verdes rompieron la superficie como si desafiaran al sol. Primero fueron hojas tímidas. Luego hileras. Luego campos. Una niña arrancó una zanahoria torcida y la sostuvo como si fuera oro. El viento levantó polvo, pero entre el polvo ya no solo había muerte. Había posibilidad.
En São Paulo, un barrio entero redujo sus niveles de contaminación atmosférica en cifras que desconcertaron a los laboratorios municipales.
En Alaska, una colonia de focas dejó de presentar lesiones cutáneas asociadas a vertidos petroleros.
En Corea del Sur, un paciente oncológico que no respondía a ningún tratamiento mostró una remisión espontánea que obligó a reescribir informes médicos.
El mundo cambiaba. No de golpe. No con fuegos artificiales.
Cambiaba como cambian las placas tectónicas: lento, imparable, silencioso.
Y sí… Muchos estaban en contra.
Las farmacéuticas hablaban de sabotaje. Los gobiernos sospechaban de bioterrorismo. Las corporaciones que trabajaban con residuos contaminantes invertían fortunas en encontrar el origen de aquella anomalía biológica que interfería en sus balances. Pero cada intento de rastrear la fuente terminaba en datos inconclusos, en laboratorios vacíos, en pistas que se evaporaban en el mar. Porque el Centinela Azul no figuraba en ningún mapa. Y mientras la marea golpeaba su estructura oxidada, en sus entrañas la Azulita continuaba multiplicándose. Filamentos lumínicos expandiéndose como constelaciones microscópicas.
Arriba, en los camarotes estrechos, los cuatro dormían por fin. Respiraciones acompasadas. Vendajes recién cambiados. Cicatrices que aún escocían. Ignoraban los rostros concretos que estaban cambiando gracias a ellos. No conocían los nombres de quienes celebraban, de quienes volvían a sembrar, de quienes se abrazaban incrédulos frente a una recuperación imposible. Pero no necesitaban saberlo.
Porque la lucha no era por reconocimiento.
Era por transformación.
Y mientras el mundo discutía, negaba o intentaba apagar la chispa, en algún lugar - en un cuerpo, en un río, en un campo agrietado - la “Azulita" seguía haciendo lo que había nacido para hacer: Curar.
Incluso cuando el propio mundo no estaba seguro de querer ser salvado.
Continuará…