Efectos Secundarios

No tengo muy claro hacía donde voy a ir, sinceramente.
Me gustó jugármela esta vez, empezando por el final e ir improvisando hacía ese destino.
La idea principal la tengo enfocada: Quiero que ellos - como ha quedado claro en este último capítulo - la quieran usar al margen de la ley, con la decisión de distribuirla gratuitamente a todo el mundo, salvando a la humanidad del mal uso que haría el capitalismo de la "Azulita" y asumiendo las consecuencias que pueda traer esa arriesgada decisión: quizás solo sean persecuciones como bien dices, quizás el caos mundial, una guerra, el fin del mundo... ya veremos.

Por ejemplo, ahora estoy acabando el capítulo 26. Hierro. Y se me acaba de ocurrir una cosa que le da un giro - no completo - pero si importante a la historia. Como ya sabes, voy surfeando el relato como si fuera una ola y me voy adaptando a medida que se me vienen las ideas. Por supuesto que mataré a algún personaje, es la marca de la casa, jajajaja... Por eso voy metiendo más integrantes al grupo, que luego se me mueren y me quedo más solo que la una... :ROFLMAO:

Sin ir más lejos, ayer pensaba en convertir a Gustavo en un traidor, pero hoy me he arrepentido, aunque quizás mañana lo vuelva a ver viable...
¿Quien sabe? El destino decidirá ;)

Me mola escribir así, porque me da la sensación que voy descubriendo la historia al mismo ritmo que vosotros.
Aunque por otro lado, tengo que vigilar, porque si se me va la olla, esto puedo ser un galimatías total.

Un abrazote!
A Gustavo te lo puedes cargar que seguro no me va a cabrear.
 
Capítulo 19. Potasio - Bun(K)ers y Bi(K)inis

El Potasio (K) ocupa el decimonoveno lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del potasio con el concepto del Búnker - entendiéndolo como un refugio clandestino, un laboratorio ilegal donde se trabaja en la sombra para proteger una chispa vital -, obtenemos el retrato de una energía explosiva contenida por pura necesidad de supervivencia. El potasio no es un elemento que busque el aislamiento por timidez, sino por seguridad: es tan reactivo y esencial que solo en el refugio adecuado puede evitar su propia destrucción.

El Búnker según el Potasio: La Reactividad Bajo Resguardo

1. El Metal del Aceite (El Aislamiento Necesario)

El potasio es tan extremadamente reactivo que, en contacto con el aire o la humedad, se oxida o arde al instante. Por eso, en los laboratorios se guarda sumergido en aceite o queroseno, en un búnker líquido que lo mantiene intacto. Pero no es una cárcel, es un escudo. Hay misiones y talentos tan "reactivos" que no pueden exponerse al aire viciado de la sociedad actual sin corromperse. Trabajar en la clandestinidad es sumergirse en ese "aceite protector" para que tu esencia no se gaste en reacciones inútiles con un mundo que aún no está preparado para tu energía.

2. La Bomba de Comunicación (Potencial de Membrana)
Junto al sodio, el potasio es el encargado de generar la electricidad en nuestras células. Mientras el sodio suele estar fuera, el potasio se concentra en el interior, creando el gradiente necesario para que el pensamiento "dispare". La verdadera clandestinidad es un búnker lleno de actividad. Al igual que el potasio se acumula dentro de la célula para generar el impulso nervioso, el trabajo en las sombras es una acumulación de potencial. Entrar en el búnker para concentrar tu fuerza, para que cuando llegue el momento de "disparar" tu idea o tu obra al exterior, la descarga eléctrica sea imparable.

3. El Fuego Violeta (La Firma del Genio)
Cuando el potasio finalmente sale de su búnker y encuentra el fuego, arde con una llama de un color violeta pálido, casi místico. Es una luz que no se parece a ninguna otra. Todo trabajo hecho en secreto tiene una firma visual única. La luz que emana de un búnker de potasio es ese violeta de la genialidad que solo se consigue en condiciones de pureza absoluta. Es la luz de quien ha trabajado a espaldas de todos y, al final, revela una verdad que brilla con un matiz que la sociedad, en su luz blanca y común, había olvidado.

4. El Fertilizante del Futuro (Crecimiento en la Oscuridad)
El potasio es uno de los tres nutrientes esenciales (NPK) para la vida vegetal. Sin él, las raíces no son fuertes y los frutos no tienen sabor. El trabajo clandestino es el abono del futuro. Lo que estás cultivando en tu búnker no es solo para ti; es el nutriente que la sociedad necesitará cuando su sistema actual colapse. Estás guardando la "sal de la vida" en un lugar seguro para que, cuando el mundo sea tierra quemada, tu trabajo pueda actuar como el fertilizante que devuelva el sabor y la fuerza a la existencia.

5. La Suavidad Peligrosa (Maleabilidad)
El potasio es tan blando que se puede cortar con un cuchillo, revelando un brillo plateado que se empaña en segundos si se expone. La vida en el búnker requiere una sensibilidad extrema. Eres blando y maleable en tu refugio, permitiéndote ser vulnerable y auténtico, pero sabes que esa "plata interior" solo puede brillar si no se expone a la mirada oxidante de la masa. La clandestinidad protege tu derecho a ser blando en un mundo que te exige ser de hierro.

Conclusión: El búnker, visto a través del potasio, es la geometría de la potencia contenida. Es el reconocimiento de que hay verdades y procesos que solo pueden alcanzar su máxima pureza si se mantienen alejados del oxígeno social. Vivir y trabajar bajo el símbolo del potasio significa entender que el aislamiento es la única forma de preservar una energía que, de otro modo, se perdería en una combustión prematura.

- Doctor Nicolás Quintana Villar- Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Era miércoles por la mañana cuando Nico se preparaba para ir al trabajo. Como cualquier otro día que cayera dentro de la jornada laboral, actuaba casi por impulsos. Apagó el despertador refunfuñando y se levantó de la cama. Cuando sus pies descalzos se posaron sobre el suelo, lo sintió al instante, como una bofetada de realidad. El frio del parqué, la mente embotada por las pocas horas de sueño, una leve resaca fruto de aquella nueva y pésima costumbre de beber entre semana, los ojos parpadeando con desgana mientras intentaban adaptarse a la luz del sol.

Se puso en pie y su cuerpo empezó a moverse por propia voluntad. Siguiendo aquella rutina repetida tantas veces hasta la saciedad, que ya no requería de pensamiento. Era simple y llanamente memoria muscular. Pasos rápidos hasta el baño, una ducha fugaz, jabón solo en las partes importantes - sobacos y genitales -, una paja sin filigranas para empezar bien la mañana, secarse y vestirse. Después, un desayuno de batalla: lo que hubiera preparado Valentina aquel día para comer, zumo de naranja recién exprimido y un café solo, amargo. Pero antes de salir de casa, desde hacía poco, había añadido un nuevo paso a su ritual matutino. Uno que ya no podía saltarse: Supervisar el cultivo de “Azulita”.

Cuando entró en el cuarto, se quedó inmóvil. Solo habían pasado tres días y la bandeja de metal apenas se distinguía ya bajo el crecimiento desbordado. El sustrato había desaparecido casi por completo, engullido por aquel azul imposible que parecía respirar en la penumbra. La Mycena Neonfaucis estaba creciendo a una velocidad que desafiaba cualquier lógica conocida. La doctora Baumgartner - Lena para los amigos - ya se lo había advertido. No era una seta común. Sin control, la “Azulita” no crecía: se expandía como una epidemia.

Pero Nico no se puso nervioso. Al contrario. Por primera vez en días a aquellas horas, pensó con una claridad quirúrgica. Si la misión era contagiar a la humanidad, si el objetivo era liberar al ser humano de todas las enfermedades conocidas, entonces no había nada que frenar. No debía contenerla ni ralentizar su desarrollo. Había que hacer justo lo contrario : Más bandejas. Más sustrato. Reproducirla. Multiplicarla. Iniciar un cultivo masivo. No parecía un problema técnico, pues la Mycena Neonfaucis se adaptaba a cualquier entorno, no necesitaba apenas cuidados, tan solo un suelo donde crecer y poco tiempo. Tampoco un problema de logística, ya que dinero había de sobra - al menos mientras vivieran sus padres - para montar algo grande. ¡Muy grande!. El único obstáculo real era otro.

Se puso los guantes y cogió un ejemplar con sumo cuidado, como si sostuviera algo frágil y, al mismo tiempo, peligrosamente contagioso. Aquel gesto ya formaba parte de su día a día: un ejemplar en la mochila para usarlo en los experimentos, que ocupaban ahora casi toda su jornada laboral. Lo guardó en un sobre plastificado y salió de casa.

Durante el trayecto en autobús no dejó de darle vueltas a la idea. Pensó en las cinco W. Una metodología básica, casi escolar, usada en periodismo, comunicación y gestión de proyectos. Cinco preguntas simples en apariencia - Who, What, When, Where, Why - que servían para ordenar el caos, para poner palabras y estructura a lo que aún no la tenía. Contexto. Protagonistas. Hechos. Motivos. Lugar.

Who (¿Quiénes?) - Identificar a los implicados.
«Laia, Gabi, Sofi, Gustavo, Lena, Raquel… y yo», pensó, mirando a través de la ventanilla, viendo cómo la ciudad pasaba sin verlo pasar a él.

What (¿Qué?) - Definir la naturaleza del acto.
«Contagiar al mundo y convertirnos en terroristas biológicos», sonrió con ironía, sin humor real. La frase sonaba absurda, excesiva… y, sin embargo, era precisa.

When (¿Cuándo?) - Ubicar el momento.
«En cualquier instante. Llueva o nieve. De día o de noche. No importa».

Why (¿Por qué?) - Las razones profundas, las que no se dicen en voz alta.
«Llevar a la humanidad a un nuevo paradigma. Evolución. Cambio. Resurgir. Justicia».

El autobús frenó en un semáforo. Nico frunció el ceño.
Where (¿Dónde?) - Ahí estaba el maldito problema.

Sacó el móvil y empezó a escribir en el grupo. No era idiota: no iba a dejar nada por escrito que pudiera incriminarlo. Ante todo, precaución. Era la primera regla del “Club de la Lucha”: Nadie habla del “Club de la Lucha”. Solamente se limitó a proponer un lugar para verse después del trabajo. Y subrayó una sola cosa: Que era importante.

Mientras tanto, dentro de aquel autobús que avanzaba a trompicones entre semáforos y bocinazos, Nico seguía encerrado en su propio laberinto. Cálculos, fórmulas, hipótesis que se abrían y se cerraban como puertas mal ajustadas. Ensayos mentales repetidos una y otra vez, afinando variables, anticipando errores. El mundo exterior apenas existía: solo el trayecto y la idea fija de llegar al laboratorio para comprobar si la realidad, por una vez, obedecía a los números.

Laia, en cambio, viajaba bajo tierra. De pie en el metro, con los cascos puestos y la mirada perdida en ningún sitio concreto, escuchaba una lista recomendada de Spotify: Mellow Beats. Ritmos suaves, instrumentales sin aristas, pensados para bajar pulsaciones y ordenar el caos. Low-key beats para respirar despacio, para no pensar demasiado. Lo intentaba de verdad. Recordaba las palabras de su compañero de laboratorio como un mantra: tranquila, nada de sobresaltos, evita el estrés. No darle motivos, no provocarla, mantener dormida a la loba en celo que llevaba atrapada dentro del cuerpo, tensando los músculos desde algún lugar profundo, esperando cualquier excusa para despertar.

“Inspirar…Espirar….”, meditó mientras cerraba los ojos. Pero el mundo parecía divertirse a su costa. Cada empujón, cada roce involuntario, cada mirada sostenida medio segundo de más se convertía en una provocación. Un examen continuo. Una trampa disfrazada de rutina. Como si la realidad misma le susurrara al oído, burlona, insistente: “No serás capaz”. Y lo hacía constantemente, una y otra vez.

El metro iba a reventar, como cada mañana. Un animal metálico tragándose cuerpos a la fuerza. Demasiada gente, demasiado cerca. El traqueteo constante hacía balancearse a todos al mismo tiempo, un vaivén incómodo de roces inevitables, hombros, espaldas, caderas que no pedían permiso. Laia notó el calor primero. Luego el aliento de alguien demasiado cerca. Un hombre con mirada ausente y maletín apretado contra el pecho, pegado a su espalda más de lo aceptable. No hizo nada malo, apenas parecía consciente. Eso lo hacía aún peor. Algo se removió dentro de ella. Un recuerdo la atravesó sin avisar: aquel cuartucho en Suiza. Sofi frente a ella. Gabi detrás. La sensación de estar atrapada, rodeada, encendida. El impulso subiéndole por la columna como una descarga. “No. No aquí”, pensó desesperada. Pidió paso casi sin voz. "Perdón, disculpa”. Se deslizó entre cuerpos indistintos, rozando sin querer - o sin querer evitarlo - pieles, cuerpos, telas. Hombres y mujeres, sin distinción. Todo demasiado cerca. Demasiado vivo. Demasiado caliente.

Consiguió llegar a un hueco junto a la puerta. Respiró. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Pero no sirvió de nada. Lo sentía igual. Aquella presencia interna, despierta otra vez. El hambre sin fin. La presión detrás de los ojos. El pensamiento único, insistente, que no dejaba espacio para nada más. El metro tomó una curva cerrada sin aviso. El suelo se le fue de debajo de los pies. Cayó hacia delante… y unos brazos la atraparon.
  • Perdona… - rió Laia por puro reflejo, todavía descolocada.
Iba a añadir algo más, cualquier cosa educada, automática. Pero al alzar la vista se le borraron las palabras. Era moreno. Ojos grandes. Una sonrisa limpia, abierta, fácil. Demasiado fácil. Las manos seguían sujetándola por los brazos, firmes, cálidas, como si el gesto se hubiera quedado suspendido en el aire. No las retiró. Ella tampoco se apartó de inmediato. Su mirada descendió sin permiso. Unos pectorales marcados bajo la camiseta ajustada, la curva de los hombros perfecta, los brazos fuertes y definidos. La seguridad tranquila de alguien que habita su cuerpo sin dudas. Laia tragó saliva.
  • Tranquila, no pasa nada - dijo él sonriendo -. Viajar en metro en hora punta, es lo que tiene…
  • Sí… supongo - respondió ella, demasiado rápido, separándose al fin.
El aire volvió a entrarle en los pulmones.
  • Por cierto, me llamo Kike - añadió, tendiéndole la mano -. Encantado.
  • Yo me… yo me llamo Laia.
Se dieron la mano e hicieron contacto. Durante un segundo - solo uno - el metro pareció quedarse completamente quieto. Demasiado tiempo para un saludo normal. Demasiado poco para todo lo que pasó por sus cabezas. Dos desconocidos mirándose como si acabaran de cruzar una línea invisible. Kike buscaba las palabras adecuadas, cualquier excusa para alargar aquella conversación. El destino le había puesto delante a una chica guapa en un lugar donde no podía irse con facilidad y no pensaba dejarla escapar, sin antes intentarlo. Sacar sus mejores cartas, jugar al juego, ir con todo, ganar la partida y conseguir su número. Lo que no sabía - el pobre de Kike - era que Laia no era solo eso. La belleza era el disfraz. Dentro de ella no había nervios ni timidez, sino algo más antiguo. Más afilado. Una loba con los colmillos ya húmedos. Un depredador que no sabía contenerse. Una tormenta azul, violenta, que no pensaba en conocer a nadie. Solo pensaba en arrasarlo todo.

Todos sus planes de cortejo se hicieron añicos antes incluso de tomar forma. La mano fue directa a su entrepierna, precisa, sin titubeos. No hubo torpeza ni accidente posible, no fue un error provocado por el vaivén del metro. Fue un gesto decidido, consciente. Kike se quedó inmóvil, con la boca entreabierta, mirándola como si acabara de reconocer algo que no sabía que temía. “Juraría que sus ojos no eran azules. Juraría que eran…”, sus pensamientos se apagaron de golpe, cuando ella acercó su boca a la suya y empezó a palpar su polla.

Las puertas del metro se abrieron con un bufido metálico. Gente entrando, gente saliendo, el mundo siguiendo su curso como si nada. Una mano cerrándose en torno a su muñeca. Firme. Segura. Incuestionable. Kike no opuso resistencia. No preguntó tan siquiera. Se dejó arrastrar entre cuerpos anónimos, se dejó guiar fuera del vagón, se dejó dominar. Otra polilla más atraída por una luz que no prometía calor, sino incendio.

El baño público era estrecho, impersonal, iluminado por un fluorescente cansado. La puerta se cerró con un golpe seco tras ella. El aire se volvió denso, cargado de urgencia, de algo que no pedía permiso. Kike apenas tuvo tiempo de entender dónde estaba antes de que el mundo se redujera a sensaciones intensas, a un vértigo dulce y absoluto. La lengua dentro de su boca, dos manos desabrochando su pantalón. No pensó que tan solo conocía su nombre. No pensó en las consecuencias de hacerlo sin protección. No pensó en mañana. Solamente la sujeto de sus nalgas y acercó su cuerpo semidesnudo al de él. Y mientras entraba dentro de ella, en algún rincón remoto de su mente, una última idea se abrió paso, ingenua y peligrosa: “Es el mejor día de mi vida”, sin saber - todavía - qué precio acababa de pagar.
  • ¡¿Otra vez?! - estalló Nico -. ¡Joder, Laia!
El laboratorio estaba en calma. El zumbido constante de los fluorescentes, los monitores respirando en silencio, las placas petri perfectamente alineadas. Un orden casi ofensivo frente al caos que tenían delante.
  • ¡¿Qué quieres que haga?! - le gritó ella, con la voz rota -. ¡No lo puedo controlar, hostias!
Desde el portátil abierto sobre la mesa, la cara de Lena apareció frunciendo el ceño.
  • ¿What’s going on, Nicolas?, ¿is everything all right?
  • No. Nothing’s right - respondió sin apartar los ojos de Laia -. She’s had another episode.
Laia avanzó de golpe y, sin pensarlo, barrió la mesa con el brazo. El portátil salió despedido y cayó al suelo con un golpe seco.
  • ¡¿Es que no podemos tener un puto segundo de intimidad?! - le gritó, con los ojos vidriosos.
  • ¡Estamos trabajando! - replicó Nico poniéndose en pie -. ¡Precisamente para evitar que te vuelva a pasar! Así que haz el favor de tranquilizarte…
  • ¡¿Que me tranquilice?! - rió, pero no había humor en ese sonido -. ¡Me cago en Dios, Nico! Acabo de follarme a un desconocido en un lavabo. ¡¿Cómo cojones quieres que me relaje?!
Lena se inclinó hacia la cámara, tensa.
  • You should stabilize her. If she becomes overly distressed…
  • ¡Shut up, bitch! - escupió Laia.
El pisotón al cerrar el portátil fue brutal. Un par de teclas saltaron y crujieron al caer. Nico no miró el ordenador. Miró sus ojos. El azul estaba ahí otra vez. No del todo. Naciendo.
  • Ni un puto segundo de descanso… - susurró, ya en movimiento.
Corrió hacia el armario, manos torpes, buscando el frasco. Ella respiraba con dificultad, los puños cerrados, el cuerpo vibrándole como si algo intentara romper desde dentro.
  • ¡Mírame! - le ordenó, acercándose -. ¡Traga!
Le metió las pastillas en la boca con firmeza, sin pedir permiso, sosteniéndole la mandíbula mientras le acercaba el vaso de agua. Ella quiso apartarse, pero no tuvo fuerzas. Bebió. Tosió. Tragó. Se dejó caer en el taburete, furiosa, humillada, exhausta. El temblor tardó en desaparecer. Poco a poco la benzodiazepina hizo efecto y el azul se fue apagando, como una marea que retrocede a regañadientes. Quedó solo Laia. Sudada. Con los ojos bajos. Vacía. Nico permaneció de pie frente a ella, sin tocarla esta vez, sabiendo que había ganado una batalla mínima, pero que estaba perdiendo la guerra.
  • Lo siento… - murmuró Laia, observándolo mientras recogía el portátil del suelo.
  • No pasa nada - respondió Nico sin mirarla -. No es culpa tuya en realidad.
Lo dejó sobre la mesa de trabajo con un cuidado casi absurdo, como si aquel gesto pudiera deshacer lo ocurrido. Al levantar la tapa, confirmó lo evidente. Lena seguía ahí, al otro lado, con los ojos abiertos de par en par, congelados en una mezcla de sorpresa y alarma. La pantalla estaba atravesada por una telaraña de grietas que fragmentaban su rostro hasta hacerlo irreconocible. El teclado había perdido varias teclas, y el chasis, doblado, delataba la violencia del impacto. Nico intentó restablecer la comunicación. Nada. Solo un chisporroteo eléctrico, un ruido extraño, antinatural, señal inequívoca de que algo dentro se había roto de verdad.

Laia seguía disculpándose, casi en automático. Se pasaba la mano por la cara una y otra vez, empapada en sudor, como si intentara borrarse. Sentía cómo la frontera se difuminaba: cada vez menos persona, cada vez más impulso. Más instinto. Más animal. Nico, en cambio, ya no pensaba en el ordenador. Ni siquiera en Lena. Pensaba en el patrón. Los ataques eran más frecuentes. Más intensos. Más difíciles de contener. Cada episodio dejaba menos margen de maniobra, menos tiempo para reaccionar. Y la violencia - la furia - iba en aumento.

Hoy había sido un portátil. Mañana…
Nico no quiso terminar ese pensamiento.
Había que actuar. Y rápido.

Antes de que lo que acabara destrozado no fuera una máquina.
Antes de que ya no hubiera vuelta atrás.

Se reunieron de nuevo al salir de sus trabajos, en el mismo parque donde, semanas atrás, habían decidido viajar a Suiza para robar la “Azulita”. El mismo banco de madera desconchada. El mismo lugar donde comían pipas y reían nerviosos, como si aquello no fuera a pasar de una fantasía irresponsable. Ahora no había risas. Ni pipas. Solo una tarde pesada y un cielo que parecía observarlos con juicio.

Nico caminaba de un lado a otro, incapaz de estarse quieto, levantando pequeñas nubes de polvo con cada paso. Tenía las manos en los bolsillos, la mandíbula tensa, la cabeza girando demasiado rápido.
  • A ver… - dijo al fin, deteniéndose en seco- . La situación se está descontrolando. Y ha llegado el momento de asumir riesgos.
  • ¿A qué te refieres con “descontrolando”? - preguntó Sofi, frunciendo el ceño.
  • Hoy he tenido otro ataque - respondió Laia, sin levantar demasiado la voz -. En el metro. Y casi otro en el laboratorio… gracias a Nico que pudo pararlo a tiempo.
  • ¡Hostia! - Sofi le agarró la mano al instante -. ¿Qué ha pasado?
Laia bajó la mirada.
  • Luego te lo cuento…
Nico dio dos palmadas secas, reclamando atención.
  • ¡Escuchadme! No es solo eso. Todo se está yendo a la mierda a pasos agigantados. Mi supervisor me exige resultados con la “nueva viagra”, pero no puedo avanzar porque la “Azulita” se lo está comiendo todo. Literalmente. Ya no sé que decirle para sacármelo de encima. Además el cultivo que he montado en el garaje crece a un ritmo absurdo; en nada mis padres se darán cuenta de la luz azul saliendo por debajo de la puerta. Y en el laboratorio… - resopló - hay cámaras, controles, vigilancia. No puedo trabajar como necesito. Antes o después alguien va a empezar a hacer preguntas.
  • Vale - intervino Gabi, con calma forzada -. Respiremos. ¿Qué hacemos para arreglarlo?
  • Eso - añadió Gustavo -. Dinos qué necesitas y lo hacemos.
Nico no respondió enseguida. Se rascó la barba, volvió a caminar, levantando aún más polvo, como si el suelo tuviera la culpa.
  • Necesitamos un centro de operaciones - dijo al fin -. Un lugar seguro. Discreto. Donde podamos trabajar sin interrupciones, entrar y salir sin dar explicaciones.
  • Podríamos… - empezó Gustavo - hacerlo en casa de alguien.
  • No - cortó Nico al instante -. Tiene que ser un sitio que no pueda relacionarse con ninguno de nosotros. Y amplio. Vamos a montar un laboratorio clandestino, no una timba de póker.
  • ¿Y si alquilamos un local? - propuso Gabi, encendiendo un cigarro.
  • No, hostias - replicó Nico nervioso -. Eso deja rastro. Contratos, pagos, registros.
Laia, aún sintiendo la mano de Sofi sobre la suya, levantó la vista.
  • Aunque tuvieras más espacio… ¿de qué serviría? Tú mismo has dicho que estás encallado. Que no entiendes cómo funciona la “Azulita”.
  • Espera - intervino Sofi -. Ayer dijiste que con la ayuda de Lena tendrías un prototipo pronto, ¿no?
  • No es tan sencillo - bufó Nico -. Trabajar a distancia nos frena. Pero… - se detuvo, y una sonrisa inesperada le cruzó la cara - eso ya no será un problema.
Todos lo miraron.
  • He conseguido convencer a Lena para que tome unes vacaciones y venga a Madrid. Y sí… ha aceptado sin dudarlo. En cuanto podamos trabajar juntos, codo con codo, avanzaremos mucho más rápido. De eso estoy seguro.
  • Así que… - Gabi expulsó el humo despacio, mirándolo fijamente - ¿se une al grupo?
Nico asintió.
  • ¿Podemos confiar en ella? - preguntó Gustavo levantando una ceja.
  • Dejad de desconfiar, por favor - respondió Nico, algo molesto -. Yo confío en Lena. Y si vosotros confiáis en mí…
  • Vale, vale - Gustavo levantó las manos -. Aceptamos doctora como parte del grupo.
  • Gracias - suspiró Nico -. Pero seguimos en el mismo punto.
Los miró a todos, uno por uno.
  • Necesitamos un lugar donde seguir trabajando. Y lo necesitamos ya.
El silencio cayó sobre el grupo como una manta pesada. No un silencio incómodo, sino uno denso, cargado de neuronas trabajando a toda velocidad. Nadie hablaba. Nadie se movía. Cada uno miraba al suelo, al cielo, a las manos, buscando una grieta por la que las ideas pudieran colarse. Raquel no dijo nada. Simplemente los observó.

A Nico, con el ceño fruncido y la mente enredada en diagramas invisibles.
A Laia, agotada, apoyándose en Sofi como si el mundo pesara demasiado.
A Gabi, fumando despacio, con esa calma peligrosa de quien ya ha aceptado el caos.
A Gustavo, inquieto, incapaz de estarse quieto ni siquiera cuando piensa.

Los miró uno a uno. Y en ese recorrido silencioso entendió algo: nadie más iba a decirlo. Abrió la boca pero no salió sonido alguno, ahogado por su miedo escénico. Tragó saliva. El corazón le golpeaba tan fuerte que estaba segura de que podían oírlo. Carraspeó, incómoda, y esta vez forzó la voz a salir un poco más firme.
  • Creo… creo que tengo la solución.
Todos se giraron hacia ella al instante. Demasiado rápido. Demasiadas miradas de golpe. Abiertas, expectantes, casi hambrientas. Raquel sintió el vértigo de quien se asoma a un precipicio sin haberlo planeado.
  • En el campus de mi universidad - continuó, atropellándose un poco - hay un montón de laboratorios. Muchos no se usan. Son grandes… y algunos ya están equipados con material de laboratorio.
El silencio se rompió en preguntas.
  • ¿Hay seguridad? - saltó Nico al instante.
  • No hay cámaras, pero sí… hay personal de seguridad - respondió ella, encogiéndose un poco -. De día y de noche en realidad. Pero no… no hacen… no hacen demasiadas preguntas. Siempre hay estudiantes entrando y saliendo. A todas horas. Es lo más normal del mundo.
  • ¿Pero habrá registros, no? - insistió Sofi - ¿O dan las salas así como así?
Raquel negó con la cabeza.
  • El control de quien las usa no es muy exhaustivo… Tengo unos amigos que llevan dos años haciendo partidas de D&D todos los fines de semana en una sala vacía y nadie los ha pillado aún.
Gabi alzó una ceja, interesado.
  • O sea que… ¿podemos entrar y salir cuando queramos? ¿A cualquier hora?
  • En teoría sí - asintió ella -. Todo el mundo lo hace sin demasiados problemas. Y no llamaríamos la atención. Podríamos hacernos pasar por estudiantes sin problema.
Raquel hizo una pequeña pausa. Notó una mirada clavada en ella. Demasiado fija.
  • ¿Por qué me miras así? - preguntó, señalando a Gustavo.
Él sonrió, ladeando la cabeza.
  • Bueno… - dijo con sorna - quizá tú pases por estudiante.
Raquel frunció el ceño. Gustavo se encogió de hombros, divertido.
  • Pero yo, desde luego, no.
Las miradas se desplazaron lentamente hacia él. Gustavo parpadeó varias veces.
  • ¡¿Qué, joder?! ¡Es la verdad! Ya me gustaría tener veinte años, maldita sea…
Raquel dudó un segundo y luego lo dijo, casi pidiendo perdón.
  • Quizá… tú podrías… bueno, podrías pasar por profesor.
  • O repetidor - añadió Gabi con tono burlón.
Hubo un segundo de suspensión. Y luego, de pronto, las risas. Risas nerviosas, liberadoras. De esas que no arreglan nada, pero hacen que el mundo pese un poco menos. Nico dejó de caminar de un lado a otro. Sofi levantó la cabeza mirando al cielo. Laia sonrió por primera vez en horas. Raquel también rió con ellos, cuando se percató que Nico la observaba profundamente con algo nuevo en los ojos. No solo atención. Respeto.
  • Un campus universitario… - murmuró -. Seguridad relajada. Gente entrando y saliendo a todas horas. Espacio de sobras. Material de laboratorio. Anonimato…
Alzó la vista, esta vez convencido.
  • Raquel… creo que acabas de salvarnos el culo.
Ella se encogió de hombros, roja hasta las orejas.
  • Solo… solo es una idea…
  • ¡Pues no se hable más! - dijo de repente Nico, visiblemente de mejor humor, como si alguien le hubiera quitado un peso del pecho -. ¿Podemos ir a dar una vuelta y reconocer el terreno?
Raquel asintió casi por inercia, aún sorprendida de que todos la miraran como si acabara de encender una luz en mitad de la noche.
  • Sí… claro. Cuando queráis.
  • ¡Genial! - sonrió Gabi, poniéndose en pie de un salto -. Pues mañana, a esta misma hora, quedamos en el campus de…
  • La Autónoma - respondió Raquel con rapidez, casi atropellándose -. En Cantoblanco.
Sofi se levantó también, estirándose como si acabara de tomar una decisión largamente aplazada.
  • ¿Ya os vais? - preguntó Laia al verlos empezar a despedirse, con una mezcla de sorpresa y abatimiento.
  • Sí, preciosa. Tarde de compras con el maromo - sonrió Sofi, dándole dos besos rápidos -. Luego hablamos, ¿de acuerdo?
  • ¿Pero no venís al campus? - preguntó Nico, desconcertado, mirando a ambos.
  • Lo siento, colega - dijo Gabi, dándole un abrazo contundente -. Tenemos que ir de compras.
Laia se levantó también. Necesitaba aire. Distancia. Un paréntesis. Algo que no fuera pensar constantemente en la “Azulita”, en los ataques repentinos, en el miedo constante a perderse a sí misma.
  • ¿Os importa si me acoplo? - preguntó, casi con timidez.
  • ¡Para nada! - respondió Sofi al instante, pasándole un brazo por encima de los hombros -. Así me ayudas a escoger la ropa para Gabi.
Él frunció el ceño, ofendido.
  • ¿Es que acaso mi opinión no…?
  • ¡No! - exclamaron las dos a la vez, sin piedad.
Las risas estallaron como un alivio colectivo. De esas que nacen del cansancio, del nervio y de la complicidad. Promesas lanzadas al aire, mensajes pendientes, un “mañana hablamos” que sonaba más a conjuro que a despedida. Se separaron en la esquina del parque.

Raquel, Nico y Gustavo emprendieron el camino hacia la universidad, hablando ya de accesos, horarios y posibilidades, con esa excitación contenida de quien siente que algo grande empieza a tomar forma. Laia, Sofi y Gabi caminaron en dirección contraria, rumbo al centro comercial, entre bromas, empujones suaves y acusaciones absurdas sobre camisas imposibles, zapatos ridículos y el mal gusto de ciertos hombres al vestirse. Dos caminos distintos. La misma tarde cayendo sobre ellos. Y la sensación compartida - aunque ninguno lo dijera en voz alta - de que nada volvería a ser exactamente igual.

El centro comercial los engulló como una bestia luminosa y ruidosa, hecha de escaparates brillantes, música genérica y olor dulzón y recalentado. Nada más llegar a la planta de hombres, Sofi ya había entrado en modo caza.
  • Vale mi vida, mírate… - dijo señalándolo como si fuera un maniquí defectuoso -. Necesitas un cambio urgente de armario.
  • Mi armario está perfectamente bien - gruñó él, dos pasos por detrás -. Cumple su función. Me tapa.
Laia soltó una carcajada y ya estaba descolgando camisetas a velocidad de vértigo.
  • Eso no es un argumento, es resignación - dijo, lanzándole una prenda a la cara -. ¡Pruébate esta manco!, creo que te quedará bien.
  • ¿Esta, de verdad? ¿Con tantos colores? - protestó Gabi, atrapando la camiseta al vuelo.
  • Eres adulto mi amor, no un funcionario triste - respondió Sofi sin mirarlo siquiera, ya metida entre las perchas.
Cinco minutos después, Gabi avanzaba por el pasillo de la planta con los brazos cargados de ropa hasta el cuello. Camisas, pantalones, sudaderas, algo que parecía una bufanda pero quizá no lo era. La pila era tan alta que apenas se le veía media cara, asomando por encima un ojo torcido que miraba con desconfianza.
  • No veo nada - murmuró -. Así que si tropiezo y me rompo el cuello, quiero que sepáis que fue asesinato.
  • ¡Menuda Drama Queen! - rió Laia, añadiendo otra prenda más encima -. Aguanta, campeón.
Sofi hablaba sin parar, saltando de un tema a otro con la misma rapidez con la que cambiaba de perchero.
  • Esto te marcaría hombro… no, espera, esto mejor para salir… uy, Laia, tócalo, es suave… ¿no crees que le iría bien algo más ajustado? No ajustado-ajustado, pero… ya sabes.
  • Si… - contestó ella sopesando la tela - Puede que le quede bien… Y coge también esos pantalones de allí, que le marquen un poco más de culo.
  • ¡Ay si! - rió Sofi - Son monísimos… que pena que le guste vestir ancho, con el buen culo que tiene.
  • Esto… Estoy aquí - refunfuño él intentando mantener el equilibrio - ¿Lo sabéis verdad?
Las dos lo ignoraron con una sincronía inquietante. Aumentando la pila sin descanso, que parecía ya no conocer el fin. Nada de lo que llegaba a sus brazos le gustaba, pero parecía que a ellas no les importaba lo más mínimo.
  • Gracias por pedir mi opinión - interrumpió él desde detrás de la muralla textil -. No veo. No opino. No consiento. Todo perfecto…
  • ¡Anda cari! Deja de quejarte y pruébatelo todo - ordenó Sofi señalando los probadores.
  • ¿Todo, en serio? - preguntó él, alarmado.
Laia lo empujó suavemente por la espalda.
  • Entra pesado… y no salgas hasta que te lo digamos.
Desde dentro del probador llegaron bufidos, el sonido de perchas cayendo y un: “Esto no combina con mi esencia, no es mi identidad”. Fuera, ellas se apoyaron en la pared, riéndose demasiado fuerte, demasiado rápido. Risas nerviosas, descargando tensión, celebrando ese pequeño oasis absurdo donde por un rato no existían virus, ni lobas, ni laboratorios clandestinos. Solo ropa, luz blanca y un pobre Gabi sufriendo en silencio.
  • ¡Oye! - dijo Sofi entre risas, bajando un poco la voz -. Gracias por venir. No sabes lo que me cuesta convencerlo para que pruebe otros estilos…
Laia asintió, todavía sonriendo.
  • No es nada, al contrario, gracias a ti… Lo necesitaba.
En ese momento, la cortina del probador se abrió de golpe.
  • ¡Me niego a ponerme esto en público! - protestó Gabi, señalando su reflejo.
Las dos lo miraron. Se quedaron en silencio un segundo.
  • Date la vuelta, ¿a ver?… - dijo Sofi mirándolo de arriba abajo - ¡Vale! Este mejor que no.
  • Pero el siguiente sí - añadió Laia divertida, empujándolo de nuevo dentro.
El centro comercial siguió rugiendo a su alrededor, ajeno a todo. Gabi, mosqueado al principio, pareció relajarse y sentirse cómodo al recibir la total atención de ellas dos. Cada vez que corría la cortina de nuevo, lo hacía con más soltura, alzando el mentón orgulloso, mostrando sus encantos con descaro y dejándose alagar, recibiendo los silbidos sin sonrojarse lo más mínimo. Sofi y Laia, por su lado, reían entre empujones y miradas cómplices, se sentían cada vez más unidas, empezando a afianzar una amistad que de algún modo sabían, sería para siempre. Y por una tarde, entre risas y bolsas de compra, el mundo pareció un poco menos amenazante.
  • Madre mía, vaya sangrada me acaban de meter - bufó Gabi al pasar por caja, estirando el ticket como si fuera una prueba judicial irrefutable -. Esto no es una compra, es un atraco a mano armada.
  • Joder, vida, no te quejes tanto - se burló Sofi, restándole importancia con una sonrisa satisfecha -. Has hecho muy buenas compras.
  • ¿He hecho… o habéis hecho? - replicó él, entrecerrando los ojos -. Porque, sinceramente, yo solo he pagado.
Laia, que andaba delante de él, se rió y le pasó un brazo por encima del hombro de Sofi. Se miraron mutuamente, unos segundos, sin perder la sonrisa y luego se giró hacía él.
  • Cuando vayas por la calle y todas las chavalas se te queden mirando - canturreó -, ya nos darás las gracias.
  • Sí, claro - murmuró Gabi -. Justo después de hipotecar un riñón, me importa mucho lo que me miren las “pibitas”.
Llegaron a las escaleras mecánicas. El plan era sencillo: tomar un helado, quizás un paseo corto y volver cada uno a su casa. Un final tranquilo para una tarde absurda y necesaria. Pero justo cuando iban a poner el primer pie en el primer escalón, Laia se quedó clavada en el sitio, como si algo invisible la hubiera sujetado del tobillo.
  • ¡Una cosa! - dijo de pronto -. Ahora que estamos aquí… ¿os importaría acompañarme a comprarme algo?
Sofi se giró de inmediato, con los ojos brillándole.
  • ¡Claro! - respondió sin pensarlo -. ¿Qué necesitas?
Gabi alzó ambas cejas y miró al techo, juntando - metafóricamente - las manos en una súplica muda a un Dios que, estaba seguro, llevaba años ignorándolo. Solo quería irse de aquel lugar, dejar de dar vueltas entre ropas, tallas y precios. “¿Que he hecho yo para merecer esto?”, pensó para sus adentros.
  • Quiero comprarme un par de bikinis - sonrió Laia, ladeando la cabeza -. El verano está al caer y me apetece lucir palmito.
  • ¡Genial! - exclamó Sofi, ya girándose sobre sí misma -. Yo también me probaré algunos. ¡Vamos!
Gabi parpadeó. Bajó la mirada de golpe. Luego sonrió despacio, con una satisfacción casi religiosa. “Gracias, Señor. Gracias por escuchar mis plegarias”, pensó, recuperando el buen humor de inmediato mientras las seguía escaleras arriba, decidido a devolverles el golpe.

Tan solo pisar la planta de mujer, Gabi desapareció. Sofi preguntó donde estaba un par de veces, pero rápidamente se perdió entre bikinis, tangas, y diseños atrevidos. Las dos se aconsejaban indicando que les quedaría bien y que no. Al cabo de un rato, no supieron cuanto en realidad, Gabi volvió con una sonrisa de oreja a oreja.
  • ¿Que significa esto? - `preguntó Sofi observándolo detenidamente.
  • Es lo justo, ¿no? - sonrió, levantando un par de bikinis como si fueran trofeos.
Las dos se miraron a la vez y negaron con la cabeza, Laia ya oliéndose la trampa.
  • ¿Cuál es el que me tengo que probar yo? - preguntó clavándole la mirada.
  • ¡Este! - respondió Gabi sin dudarlo, tendiéndole el diminuto bikini.
Laia observó la prenda unos segundos, alzando una ceja.
  • Cariño… Siento decirte - murmuró -, que esta no es mi talla. Me irá…
  • Ya lo sé - la interrumpió él -. Pequeño, ¿verdad?
Sofi lo miró sin entender nada. Laia, en cambio, estalló en carcajadas, apretando el bikini entre las manos.
  • ¡Anda, vamos! - dijo entre risas -. Y terminemos de una vez.
  • Pero… - Sofi seguía perdida.
  • Tía, nos la está devolviendo, ¿es que no lo ves? - le susurró Laia, aún riendo -. Llevamos más de una hora mareándolo y ahora nos quiere dar el repaso a nosotras.
  • ¡Equiliquá! - exclamó Gabi, triunfal -. Así que andando. A los probadores. A ver si me alegráis un poco la vista.
Las dos bufaron al unísono, pero ya caminaban hacia el fondo de la tienda, entre risas, miradas cómplices y la sensación clara de que aquella guerra absurda - y deliciosamente injusta - acababa de entrar en una nueva fase.

Cuando llegaron a los probadores, todos estaban ocupados menos uno. Gabi no dudó ni un instante y propuso compartirlo. Ellas se miraron; esta vez sin dudas. Las intenciones se le veían a leguas. “Hombres”, pensaron divertidas al mismo tiempo, pero aun así les pareció divertido. Incluso algo más: picante, arriesgado. Al verlas entrar juntas en aquel espacio tan reducido, Gabi se puso caliente de golpe. Más aún cuando, antes de correr la cortina, le regalaron una sonrisa cargada de intención. Una sonrisa que no albergaba dudas: invitaba. Con los ojos muy abiertos y el corazón golpeándole en el pecho, Gabi dio un par de pasos hacia adelante, pero la mano de Sofi se interpuso.
  • Se mira, pero no se toca -sonrió, guiñándole un ojo.
La cortina se cerró en su cara. Gabi respiró hondo. Se apoyó contra la pared sin apartar la mirada del probador y entonces lo entendió: por eso Sofi no lo había dejado pasar. Lo que se imaginaba al otro lado de la tela era infinitamente más excitante que verlo con sus propios ojos. Escuchaba sus risas, susurros cómplices, el roce de cuerpos en un espacio demasiado pequeño. El pulso se le aceleró. Entonces, una idea cruzó su mente calenturienta.

Metió la mano en el bolsillo y agarró algo. Alzó el puño hasta el rostro y abrió ligeramente los dedos. El pequeño vial le devolvió un brillo intenso, azul, casi hipnótico. Volvió a cerrar la mano al instante. Era arriesgado. Imprudente. Nico no sabía nada y, si se enteraba - o si algo salía mal -, las consecuencias podían ser catastróficas. No solo pondría en peligro su amistad, sino todo el plan que estaban construyendo. Había sido idea de Gustavo coger un poco de “Azulita” para hacer, con sus propias palabras, sus propios experimentos. Pero eso no lo eximía de culpa: era cómplice. “¿Qué hacer… qué hacer…?”,se preguntaba una y otra vez. Al otro lado de la cortina volvieron las risas de Sofi y Laia. Más cerca. Más claras. Más desnudas… quizás.

Y Gabi no pudo evitarlo.

Ellas no se dieron cuenta de lo que sucedía tras la cortina. Entre risas nerviosas y miradas fugaces se contemplaban a si mismas y una a la otra enfrente del espejo. Aquellos diminutos trajes de baño apenas ocultaban lo que habían sido diseñados para ocultar. Y el calor empezó a subir por sus cuerpos jovenes y casi desnudos. Laia intentando hacer un sobre esfuerzo por controlarse, se giró para revisar como le quedaba por atrás, y al moverse rozó sin querer el culo de Sofi.
  • Perdona… - murmuró con la respiración agitada.
Pero ya no había disculpas que valiesen, ni vuelta atrás posible. Sofi se mordió el labio y apoyando ambas manos contra la madera del probador empezó a rozar su trasero contra el de ella, mientras lo miraba todo a través del espejo.
  • Para tía no lo hagas… - gimió Laia imitando sus movimientos.
  • Calla y aprieta más, joder… Dame tu culo, sí, así… me encanta.
Empezaron a friccionarse, a restregarse, a golpearse los culos con las miradas lascivas clavadas en el espejo. De repente Sofi alargó una mano. La tela le estorbaba, quería sentirla al cien por cien, piel contra piel. Sin apartar la mirada del espejo, como quien mira una película erótica donde ella es la protagonista, empezó a desabrocharse los nudos que sujetaban su bikini. Laia como si fuera su propio reflejo hizo lo mismo al instante. Y al caer los pequeños trozos de tela, se volvieron locas, rindiéndose ante lo evidente: se atraían de un modo salvaje, casi irracional.

Gabi, apartando con una mano la cortina - lo justo para no ser descubierto-, lo observaba todo desde fuera como un auténtico y confeso vouyer. Sabía que estaban tan calientes, que si hubiera entrado en ese instante, hubiera sido más que bien recibido. Pero quería algo más. Lo deseaba desde la primera vez que supo que era posible: Tetas enormes como globos. Culos de infarto sedientos por ser empotrados, labios hinchados diseñados para chupar mejor. Las quería a las dos de ese modo, como muñecas tontas y serviciales. Y lo quería ya.

Abrió el dial y con un movimiento rápido tiró el extracto de “Azulita” sobre ellas. Un poco cayó en el muslo de Sofi, otro poco en la espalda de Laia. Pero antes de cerrarlo, una nueva idea cruzó por su cabeza pervertida. “¿Y si…?” Pensó bajando la mirada hasta el bulto de su entrepierna.

Sin pensarlo dos veces, se separó el pantalón y el calzoncillo con el pulgar. Su polla estaba erecta, palpitado por entrar en acción. Dudó un instante, un fragmento minúsculo de tiempo. “¡A tomar por culo!”, se dijo a si mismo. Y vertió un poco de extracto sobre su pene.

Como el Potasio, siendo el secreto plateado guardado bajo aceite y el pulso eléctrico que late en el interior de la célula, un metal blando esperando en su búnker el momento exacto para incendiar el mundo con una llama violeta y eterna. Esta historia continuará…
 
Era difícil, muy difícil, pero lo han conseguido.
El trio Laia, Sofí y Gabi me caen ya peor que Gustavo.
Así que cuando todo termine, espero que esté alejado de estos 3 imbéciles, que pensar piensan bastante poco.
Y el carajote neandertal de Gabi, que si reúne alguna neurona en el cerebro es porque la pobre ha quedado allí atrapada, acaba de cagarla a lo grande.
 
Mae mía mae mía, se puede ser más descerebrado???? Entre Laia descontrolada en el metro, las ideas de peon caminero de Gonzalo y Gabi, vamos derechos a la extinción. Ahora hay un frente incontrolado, Kike la víctima de Laia en el metro, va a ir contaminando como un espíritu libre. Directos al CAOS.
 
Capítulo 20. Calcio - (Ca)ballo de Troya

El Calcio (Ca) ocupa el vigésimo lugar de la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del calcio con el concepto del Caballo de Troya - entendido como la infiltración estratégica, el regalo que esconde una fuerza interior y la estructura que permite la entrada de un cambio irreversible -, obtenemos el retrato de una invasión necesaria. El calcio es el maestro del "caballo de madera": un elemento que parece una estructura estática y blanca, pero que en su interior transporta los comandos que cambiarán el destino de la fortaleza biológica.

El Caballo de Troya según el Calcio: La Infiltración Estructural

1. El Regalo Blanco (La Apariencia Inofensiva)

El calcio suele presentarse como algo inerte y pacífico: una tiza, una piedra caliza o un vaso de leche. Es el "caballo de madera" que dejamos entrar en nuestra ciudad sin sospechar que es, en realidad, un metal altamente reactivo. El Caballo de Troya no es un ataque directo, es una oferta de estructura. El calcio entra en el sistema bajo la apariencia de un nutriente dócil, pero una vez dentro, se revela como el mensajero más potente. La estrategia del calcio nos enseña que las transformaciones más profundas no ocurren por la fuerza, sino por la capacidad de ser aceptado como parte de la arquitectura del otro.

2. Los Guerreros en el Interior (El Segundo Mensajero)
En el interior de la célula, el calcio se almacena en compartimentos cerrados (como el retículo sarcoplásmico), esperando la señal para salir. Cuando se abren las compuertas, los iones de calcio "saltan" al citosol como los soldados aqueos saltando del vientre del caballo. El calcio es el vehículo de la sorpresa. Su verdadera misión no es ser el muro, sino liberar el ejército de señales que lleva dentro. Al entrar en el corazón del sistema, el calcio activa una cascada de reacciones que nadie puede detener. Es la idea de que la verdadera fuerza reside en lo que guardas bajo tu estructura exterior, esperando el momento exacto de la "apertura" para tomar el control.

3. La Toma de la Ciudad (La Activación Celular)
Una vez que el calcio se libera, la célula cambia por completo: los músculos se contraen, las neuronas disparan y los procesos de vida o muerte se activan. La ciudad celular ha sido conquistada por el comando químico. El éxito del Caballo de Troya es la eficacia de su despliegue. El calcio no pide permiso para reaccionar; una vez que está en el lugar adecuado, la contracción es inevitable. Representa ese cambio de paradigma que, una vez introducido en nuestra mente o en nuestra sociedad, reconfigura toda nuestra forma de actuar. Es la victoria de la señal interna sobre la defensa externa.

4. La Fortaleza de Cal (Paredes y Conchas)
El calcio construye los arrecifes de coral y las conchas de los moluscos. Es el material que crea la barrera física, pero que a su vez es poroso y permite el intercambio. Todo Caballo de Troya necesita una cáscara sólida pero creíble. El calcio es el experto en fabricar defensas que parecen definitivas pero que en realidad son la puerta de entrada para la vida. Nos enseña que para influir en el mundo, debemos construir una "concha" de competencia y solidez, una estructura que sea respetada para que nuestro mensaje interior pueda viajar seguro hasta el centro del poder.

5. El Relieve de la Historia (Fosilización)
El calcio es el que reemplaza la materia orgánica en los fósiles, permitiendo que la forma de algo que ya no existe se mantenga grabada en la piedra para siempre. El infiltrado del calcio tiene la misión de la eternidad. Al igual que el Caballo de Troya quedó grabado en la épica humana, el calcio graba nuestra historia en la roca. Es el elemento que decide qué se salva del olvido, infiltrándose en los restos del pasado para darles una estructura mineral que el tiempo no pueda borrar.

Conclusión: El Caballo de Troya, visto a través del calcio, es la geometría de la infiltración vital. Es el reconocimiento de que la estructura y la señal son dos caras de la misma moneda. Ser calcio significa entender que para cambiar un sistema desde dentro, primero debes volverte su piedra angular, su hueso y su apoyo, para que cuando liberes tu mensaje, la ciudad entera ya sea parte de ti.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • No me jodas… ¿lo dices en serio?
  • ¡Que sí, joder! Ya te lo he dicho cinco veces, pesado.
  • Pero… pero… - a Gustavo se le amontonaban las preguntas -. ¿Qué pasó? Cuenta, hostia.
Gabi lo miró un segundo, con una media sonrisa torcida, antes de agacharse para coger otra caja del maletero. Se la cargó al pecho sin esfuerzo. Gustavo hizo lo mismo y volvieron a echar a andar.
  • Pasó lo mismo que le pasó a Laia la primera vez…
  • ¿Se les pusieron enormes? - preguntó Gustavo con los ojos como platos.
  • Sí, compañero… las tetas, el culo, las caderas, todo.
  • ¡Qué cabrón!
El campus de la Autónoma de Madrid se abría ante ellos con esa calma extraña que solo aparece al caer la tarde. Era jueves, alrededor de las ocho. Farolas encendiéndose poco a poco, estudiantes dispersos sentados en el césped, grupos saliendo de bibliotecas con mochilas cargadas y la cabezas rebosantes de información. Nadie parecía tener prisa. Nadie parecía mirar demasiado. Edificios de hormigón y cristal, pasillos largos, laboratorios silenciosos tras paredes opacas. Un lugar diseñado para pasar desapercibido si sabías cómo hacerlo.

Para el resto era un día cualquiera.
Para ellos, el primero.

El primer paso real de lo que ya empezaban a llamar el “Búnker”: un centro de operaciones clandestino, un refugio donde por fin podrían trabajar en serio con la “Azulita”, lejos de miradas incómodas y cámaras indiscretas.
  • Pero eso no es todo… - sonrió Gabi de repente, deteniéndose en seco.
Gustavo frenó a su lado. Ofreciéndole toda su atención.
  • ¿A que te refieres?
  • Probé otra cosa… - murmuró, bajando la voz y la mirada a la vez -. Ya sabes…
Gustavo siguió la dirección de su mirada.
  • No me jodas… ¿Y qué? ¿Qué te pasó?
  • Mejor que lo veas con tus propios ojos - sonrió Gabi -. ¡Toma, sujétame la caja!
Apiló la suya sobre la de Gustavo, sacó el móvil del bolsillo y desbloqueó la pantalla. Al instante localizó lo que buscaba y le mostró una foto. A Gustavo se le desencajó la cara por completo.
  • ¡¿QUÉ COJONES?! - exclamó sin ningún tipo de contención.
  • Literalmente - rió Gabi, incapaz de contenerse.
  • ¡Dios santo! ¿Cuánto te mide? ¿Se te ha quedado así?
  • No, no… ni de coña - negó rápidamente -. Y menos mal. Imagínate andar con eso entre las piernas…
Las risas se perdieron entre los edificios, absorbidas por un campus que, ajeno a todo, empezaba a apagarse para dar paso a la noche y su alevosía.
  • Dios… menuda herramienta, chaval - exclamó sin apartar la mirada del móvil -. Si yo tuviera eso, lo llevas claro que estaría currando fregando suelos…
  • Bueno… - dijo Gabi mientras guardaba el móvil y recogía su caja -. En realidad, puedes tenerlo.
Echó a andar sin más. Gustavo se quedó mirándolo un segundo, procesando lo que acababa de oír, y luego lo alcanzó con un par de zancadas rápidas.
  • Espera, espera… - le dijo, frenándolo con el hombro -. Quiero probarlo.
  • Pues pruébalo, compañero. ¿Qué te lo impide?
  • Pero no solo… ya me entiendes.
Gabi frunció el ceño.
  • Ni se te ocurra acercarte a mi novia - dijo sonriendo, aunque el tono tenía filo -. Porque te mato.
  • No va por ahí, chaval - respondió Gustavo -. Me refiero a mis fiestas de los viernes…
  • ¿Cómo dices?
  • Lo que ya te estás imaginando - sonrió, lascivo -. ¿Te apuntas o qué?
Antes de que Gabi pudiera responder, Laia y Sofi aparecieron a lo lejos, regresando una vez más hacia el coche a por otra carga. Al verlos parados en mitad del campus, cuchicheando, no pudieron evitar comentarlo.
  • ¿Qué crees que estarán tramando esos dos? - preguntó Sofi, desconfiada.
  • Conociéndolos… - rió Laia - nada bueno, hermana.
  • ¡Eh! ¡Vosotros! - gritó Sofi.
Gabi y Gustavo se giraron de golpe, cortando la conversación en seco.
  • ¿Os vais a poner a currar o qué?
  • En eso… estamos - respondió Gabi sacudiendo la caja en sus brazos -. ¿No lo ves?
  • Ya… ¿y de qué estabais hablando?
  • Asuntos privados, morena - rió Gustavo mientras reanudaba la marcha.
Gabi se encogió de hombros y lo siguió. Ellas se quedaron mirándolos alejarse, intercambiando miradas cómplices, cuchicheando entre risas contenidas.
  • Hay que averiguar qué conspiran… - murmuró Sofi.
  • Estoy totalmente de acuerdo - asintió Laia.
Bajo el suelo, en una sala cualquiera entre cientos idénticas, Nico se movía por lo que cada vez más se parecía a un laboratorio. Y lo hacía como si dirigiera una sinfonía invisible. Un paso a la izquierda, giro seco, dedo en alto. Paraba, observaba, asentía para si mismo y volvía a avanzar. Cada mesa tenía su función, cada enchufe su razón de ser, cada frasco su lugar exacto. Si algo estaba dos centímetros fuera de sitio, lo corregía con un gesto preciso, casi ceremonioso.
  • No, no, no… - murmuró recolocando una bandeja -. Aquí va la zona de ensayos. Separada. Aislada. Nada de cruces raros. Esto no es una fiesta.
Raquel lo miraba con los ojos muy abiertos, cargando cajas, moviendo mesas, obedeciendo órdenes que llegaban sin pausa.
  • Esto va ahí - dijo Nico sin mirarla -. Justo ahí… Un poco más a la derecha. Ahí, perfecto. Eso será la zona de cultivo.
Raquel obedeció, dejando la caja en el suelo. Se secó el sudor de la frente con la manga. Estaba roja, respirando fuerte, como si hubiera decidido, de golpe, apuntarse al gimnasio después de años diciendo “el lunes empiezo”.
  • No sabía que montar un laboratorio clandestino quemara tantas calorías… - bufó.
  • Concéntrate - respondió Nico sin perder el ritmo -. El sudor es irrelevante. El orden no.
Pasó a la zona de cultivo. Revisó las luces, la distancia entre bandejas, la altura exacta de los soportes. Ajustó una lámpara milimétricamente, como si afinara un violín.
  • Aquí cultivaremos la “Azulita”. Nada de corrientes de aire. Nada de manos curiosas. Esto es territorio sagrado.
Dio media vuelta, chocando casi con Raquel.
  • Y tú no cruces esta línea sin guantes - añadió señalando el suelo - Imagina que es lava.
Raquel lo miró un segundo, agotada, y no pudo evitar reír.
  • Nico… de verdad… solo te falta el uniforme.
  • ¿Qué uniforme?
  • El de mein Führer - soltó, medio en broma, medio en serio -. Estás a dos órdenes de ponerte a gritar en alemán.
Nico se detuvo. La miró. Y por primera vez en toda la tarde, sonrió.
  • Disciplina, Raquel. No autoritarismo - corrigió -. Aunque reconozco que el paralelismo… tiene gracia.
Volvió a moverse, ahora más rápido. Repasó mentalmente el conjunto: zona de ensayos, zona de cultivo, mesa de análisis, almacenamiento, envasado. Todo empezaba a encajar. Por primera vez desde hacía días, el caos se plegaba a su voluntad. Raquel dejó la última caja y se apoyó un segundo en la pared, respirando hondo. Lo observó moverse entre cables y mesas con una mezcla de agotamiento y fascinación. Parecía cansado. Obsesivo. Un poco loco quizás. Pero también parecía alguien que, por fin, sabía exactamente lo que estaba haciendo. No pudo evitar sonreír, tenía algo, un “no se qué” que lo hacía encantador, incluso atractivo. Bajó la vista, sonrojada, y se dio cuenta que tenía el cordón desatado, así que se arrodilló para atárselo.
  • ¿Esas son las últimas? - preguntó Nico al verlos entrar.
  • No, colega - masculló Gabi dejando la caja en el suelo- . Ahora las chicas traen las últimas.
  • ¡Genial! - exclamó, abriéndolas con impaciencia.
  • Oye, chaval - preguntó Gustavo secándose el sudor de la frente -. ¿De dónde has sacado todo esto?
  • Parte es comprado, pero la gran mayoría lo he sacado de la empresa. ¿Por qué lo preguntas?
  • ¿Lo has robado? - rió Gustavo -. No te hacía de esos, la verdad…
  • ¡Eh, eh! - Nico alzó el dedo, ofendido -. Nada de eso. Lo he cogido prestado, ¿de acuerdo?
  • Sí, sí… lo que tú digas.
Nico siguió a lo suyo, acelerado, nervioso. A medida que la sala se parecía más a la imagen que tenía en la cabeza, su ansiedad crecía. Como un crío ilusionado, quisquilloso y mandón hasta el extremo. Gabi, rendido, decidió encenderse un cigarro. El filtro apenas rozó sus labios cuando Nico le soltó un manotazo seco en la mano, acusándolo como si acabara de cometer un crimen de guerra.
  • ¡Ni se te ocurra! - le espetó furioso -. ¡Aquí no!
Gustavo se acercó a la oreja de Gabi, bajando la voz.
  • ¿Se lo decimos o qué?
  • Ni de coña - respondió Gabi -. Como se entere de que estamos usando la “Azulita” a sus espaldas, nos mata.
  • No creo, chaval… Si hubiera un rey de los pajilleros, Nico sería el rey de reyes. El Alejandro Magno de la masturbación, el César Augusto del Onanismo, el Napoleón de la manuela, la “mano de Dios” de Maradona…
  • Vale, vale, ya lo he pillado - lo cortó Gabi -. ¿Estás seguro?
  • ¿Seguro? Para nada. Estoy totalmente convencido.
  • Pues venga… díselo tú.
Gustavo se acercó a la puerta del pasillo, asegurándose de que las chicas no volvían aún. Convencido de estar a solas, llamó a Nico.
  • ¿Dime? - respondió sin mirarlo siquiera.
  • ¿Este viernes lo tienes libre?
  • ¿Libre? ¿Estás de broma? - Nico ni se giró -. ¿Eres consciente de lo que tenemos entre manos?
  • Ya, chaval, pero un poco de descanso no te vendría mal… ya me entiendes.
Por primera vez en horas la expresión de Nico cambió.
  • ¡Ah!… eso dices - Nico se detuvo un segundo -. Bueno… supongo que siempre hay tiempo para unas buenas pajas entre colegas, ¿no?
Raquel se tensó al instante. Intentó levantarse con demasiada prisa y se golpeó la cabeza contra la mesa metálica. Se tapó la boca para no hacer ruido, el corazón disparado. “Pajas entre colegas”, se repitió mentalmente. “¿Era lenguaje en clave quizás o era literalmente lo que significaba?”. Lo que quedaba claro es que no debería estar escuchando aquella conersación.
  • ¿Entonces contamos contigo?
  • Por supuesto… - sonrió y luego añadió - ¿Tú vendrás, Gabi?
  • Claro.
  • Pero no te rajes esta vez, ¿eh?
  • Oye, la última vez no me rajé. Sofi estaba en problemas y…
  • Ya, ya… excusas baratas, pero da igual - soltó Nico con una sonrisa de oreja a oreja - Esta vez te quiero ahí, dándole a saco.
Las risas de los tres resonaron en el laboratorio al mismo tiempo que los comentarios lascivos subían unos grados la temperatura ambiente. Raquel, gateando en silencio, se escabulló poco a poco hacia la salida sin que nadie la viera. Pero justo cuando atravesó la puerta…
  • ¿Qué cojones haces? - preguntó Laia al verla reptando por el suelo.
Sofi dejó la caja de golpe y se agachó.
  • ¿Has perdido una lentilla? ¿Te ayudo a buscarla?
Buscó unos segundo, hasta que levantó la vista de nuevo mirándola un segundo más y entonces cayó en la cuenta.
  • Espera… - frunció el ceño -. Si llevas gafas…
  • Raquel… ¿Qué coño haces gateando? - preguntó de nuevo Laia, divertida.
Ella tragó saliva, dudando si contarles lo que acababa de pasar.
  • Yo… yo… es que… he escuchado… he escuchado algo que no debería haber escuchado.
Laia dejó la caja en el suelo - mejor dicho, la dejó caer - y se acercó a ellas.
  • ¿El qué? - preguntó con sincera curiosidad
Raquel las miró a ambas con los ojos muy abiertos, aún sin aliento.
  • No os lo vais a creer… pero…
Las dos escucharon con atención lo que tenía que contarles. Y aunque, en un primer momento, pudiera parecer una revelación capaz de provocar un terremoto, no expresaron nada más que sonrisas maquiavélicas. Se limitaron a escuchar. Luego se miraron. Y sonrieron. Raquel las observó, primero a una, luego a la otra, sin entender aquella reacción. Podía comprender que a su vecina le resultara gracioso; incluso ella misma era capaz de encontrarle un punto cómico a todo aquello. Lo que de verdad la desconcertó fue la actitud de Sofi. Porque Gabi no dejaba de ser su novio, y acababa de confesar un secreto oscuro, íntimo, turbio. Quizá la Sofia del pasado habría blasfemado, habría entrado en cólera al descubrir que su pareja se pajeaba con otros hombres. Pero la Sofia de ahora - más salvaje, más libre y sí, también contaminada por aquel virus azul neón - pensaba de otra manera.
  • ¿Estás pensando lo mismo que yo? - preguntó Laia, divertida.
  • ¿Desde cuándo tenemos esta puta conexión? - rió Sofi, alzando la mano.
Chocaron las palmas en mitad del pasillo, ante la mirada absolutamente incrédula de Raquel.
  • Me… me he perdido, chicas… - balbuceó -. ¿De qué estáis hablando?
Laia la ayudó a levantarse y le sacudió la ropa con un gesto casi maternal.
  • Vamos a meternos en esa fiesta.
  • ¡¿Cómo?! - exclamó Raquel, alzando la voz sin darse cuenta.
  • Shhh - Sofi le tapó la boca al instante -. Calla, o nos oirán.
  • Pe… pero… - Raquel bajó el tono, agitada -. ¿Estáis locas? Sofi… Gabi es tu…
  • Sé perfectamente quién es - la cortó.
  • Y… y… ¿no te…?
  • ¿Por qué iba a molestarme? - respondió con calma -. Está experimentando. Eso es natural.
  • Pe… pero…
  • Sí, ya lo sé… - volvió a interrumpirla -. Pero yo no lo veo así. No sé cómo entiendes tú el amor, pero a mí me basta con sentir que me ama. Creo fervientemente que el placer nunca debería ser un obstáculo para amar.
  • Madre mía… - sonrió Laia -. Eso ha sido profundo, hermana.
Raquel no podía dar crédito a lo que oía. Cada segundo junto a aquel grupo hacía saltar por los aires sus esquemas mentales. Su estructura clásica - forjada en la tradición, la educación, el costumbrismo - se disolvía como carne muerta en un tonel de ácido. Estar con ellos era asomarse al abismo a cada instante. Y, de una forma inquietante, ese vértigo la atraía. La deconstrucción de su moral, de su ética, de sus certezas, la hacía sentirse más libre, más viva que nunca. Era una sensación extraña. Peligrosa, incluso aterradora. Pero también hermosa y excitante. Como jugar a la ruleta rusa no para demostrar nada a nadie, sino para demostrarse a sí misma que podía apretar el gatillo y seguir respirando.
  • Entonces… - dijo al fin - ¿queréis ir a esa “fiesta”?
  • Por supuesto… - asintió Sofi, firme -. Pero antes tenemos que pensar cómo entrar.
  • ¿No basta con decir que vamos y ya está? - preguntó Laia.
  • No sé si eso los echaría atrás…
  • Con lo pervertidos que son, ¿en serio?
  • Vale sí, tienes razón. Pero no tendría gracia - sonrió Sofi -. Hay que entrar por la puerta grande.
  • Por sorpresa… Me gusta. ¿Pero cómo?
  • Con un Caballo de Troya.
  • ¿Un qué? - preguntó Raquel de pronto.
  • El Caballo de Troya, amiga - respondió Sofi -. Lo que usaron los griegos para…
  • Sí, conozco el mito - la interrumpió -. Pero no lo entiendo.
  • Es sencillo. Esperaremos a que alguien de dentro nos abra la puerta en el momento justo y entonces… ¡zas! - exclamó Sofi, haciendo que Raquel diera un bote -. Los pillamos con las manos en la masa.
  • Entonces… Necesitamos a alguien dentro - susurró Laia.
  • Exacto. Y para eso… - Sofi sonrió de oreja a oreja - tendrás que convencer al eslabón más débil para que nos ayude.
Laia le posó una mano en el hombro.
  • Está bien… déjame a Nico a mí. Yo lo convenceré.
Recogieron las cajas del pasillo y siguieron trabajando en equipo como si nada hubiera ocurrido. Cada cual atrapado en sus propios pensamientos. Ellos tres no podían dejar de imaginar lo que sucedería al día siguiente, construyendo expectativas que les recorrían el cuerpo como descargas eléctricas; especialmente a Gabi, para quien aquella sería una primera vez cargada de vértigo y experimentación.

Ellas, en cambio, compartían otro tipo de nerviosismo: ese que aparece cuando un plan se ha tramado en la penumbra y será ejecutado sin posibilidad de una vuelta atrás. Sofi y Laia, sobre todo, fingían una normalidad casi perfecta mientras sus mentes regresaban una y otra vez a lo ocurrido la tarde anterior en los probadores, como si aquel recuerdo tuviera vida propia. El extracto de “Azulita” que Gabi había utilizado los había transformado a los tres. Pero esta vez sin efectos secundarios. Algo extraño estaba ocurriendo, y de algún modo todos lo sabían, eran conscientes; pero lejos de sentir miedo, llegaron a la misma conclusión sin necesidad de verbalizarla: la experiencia había sido extraordinaria.

Sus cuerpos no se limitaron a convertirse en máquinas perfectas entregadas al impulso. Era algo más profundo. Bajo el influjo del azul, la mente se destensaba, se vaciaba de preguntas, de dudas, de estructuras complejas. Todo se volvía simple. Primario. Solo quedaba sentir. Y no sentir de cualquier manera. Las sensaciones se intensificaban hasta volverse casi irreales, se volvían trascendentales. Una leve caricia o un simple beso, bastaban para abrir un universo de placer tan intenso que hacía temblar hasta el último hueso del cuerpo. Piel erizada. Respiración entrecortada. Mariposas en el estómago. Una tormenta sensorial recorriendo un cuerpo hipersensibilizado. Era, sin duda, adictivo. Pero había algo más. Un punto que no encajaba.

Si aquella era la misma “Azulita" con la que Laia se había contaminado la primera vez - tal y como aseguraba Gabi -, ¿Por qué habían recuperado el control de sus mentes y de sus cuerpos tras la transformación? Laia necesitó ser pinchada - la primera vez - para volver a su estado original. Pero ahora… ¿No era necesario? No tenía sentido. Había algo que no cuadraba. Sofi y Laia llegaron a una conclusión sin darle demasiadas vueltas. Nico no estaba trabajando únicamente en una cura para todas las enfermedades. Estaba creando algo distinto. Un elixir de la pasión. Y estaban convencidas de que Gabi y Gustavo también estaban implicados. No sabían el motivo exacto de porqué lo habían mantenido en secreto. Pero eso estaba a punto de cambiar. Ellas pensaban desenmascararlos.

Cuando llegaron a casa, Sofi y Gabi compartieron una ducha caliente. No tanto por el agua golpeando con fuerza desde la alcachofa, sino por el amor salvaje que ninguno de los dos podía - ni quería - contener. Al salir del baño, él se puso a preparar la cena, algo ligero antes de irse a dormir. Sofi entró en la cocina para ayudarlo; la música sonaba de fondo, charlaban sin prisas, como una pareja normal con una vida normal. Incluso esos momentos eran necesarios. Un pequeño alto en el camino. Un respiro dentro de aquel trayecto hermoso y tormentoso que ahora recorrían juntos.
  • ¿Tienes planes para mañana? - preguntó ella de repente, cambiando de tema.
  • No, la verdad… - respondió Gabi fingiendo naturalidad -. ¿Quieres que hagamos algo?
Sofi lo miró de reojo, divertida.
  • He quedado con Fani y las chicas, por eso te lo decía.
  • Ah… bueno, no te preocupes - contestó él -. Ya me buscaré la vida.
  • Puedes venir con nosotras si quieres, creo que Jorge vendrá…
  • ¿Quién es Jorge?
  • El novio de Marta, cariño - rió ella negando con la cabeza -. Lo has visto como mil veces…
  • Ya… - Gabi se quedó pensativo unos segundos -. Si te soy sincero, mi vida, no me apetece mucho.
  • No pasa nada, solo te lo decía para que no estuvieras solo.
Gabi terminó de aliñar la ensalada y le dio un beso suave en la mejilla.
  • Ya sabes que no tengo problemas con eso. Me apaño bien solo.
“Demasiado bien”, pensó ella sonriendo, mientras se sentaban a la mesa, uno frente al otro.
  • Quizás me vaya con Nico y Gustavo al campus para echarles una mano…
  • ¿Una “mano”, no? - preguntó ella soltando una carcajada.
  • Si claro… - contestó Gabi confuso ante su diversión - Para acabar de montar el laboratorio. Recuerdas que Lena, la doctora de suiza llega este domingo, ¿no? y Nico quiere tenerlo todo preparado.
  • Es buena idea la verdad. Podrías decírselo a Laia y Raquel para que os echaran una “mano”.
  • ¿Por qué sonríes así? - preguntó Gabi sonriendo.
  • Por nada mi amor, simplemente estoy feliz.
  • Si ya… tú estas tramando algo.
  • ¿Yo? - preguntó Sofi señalándose a si misma - Para nada… ¿Por qué lo dices?
  • No lo sé… pero tramas algo, estoy seguro.
En el resto de pisos, la noche caía con una calma engañosa. Gustavo cenaba solo: pizza recalentada y cerveza barata, tirado en el sofá mientras la televisión le hacía compañía en su solitaria cueva. Ya lo tenía todo listo para la “fiesta” del día siguiente: el piso limpio, las toallas colocadas sobre sillas, sofá y sillón; la mesa de cristal en el centro del pequeño salón, la nevera llena de cervezas y la despensa a rebosar de snacks. Apoyó los pies sobre la mesita y no pudo evitar sonreír. Sabía que mañana sería un gran día. Uno de esos que se recuerdan para siempre.

Raquel, en cambio, cenaba con sus padres. Más callada de lo habitual, incluso para alguien tan reservada como ella. Sus padres, como siempre, se interesaban por sus estudios, por sus avances académicos y su vida personal. Raquel respondía con monosílabos, incapaz de apartar de su mente todo aquello que estaba poniendo su vida patas arriba. A pocos metros de allí, exactamente a tres puerta de distancia; en su piso, Laia terminaba de arropar a su madre. En cuanto se aseguró de que dormía, se dirigió a su habitación y encendió el ordenador. Se dejó caer en la silla con un suspiro cansado. Estaba agotada, eso era innegable. Si ser Laia ya era complicado antes de que la “Azulita” apareciera en su vida, ahora era un caos absoluto. Y, aun así, se sentía ilusionada. Todo estaba siendo tan intenso que no tenía tiempo ni para lamentarse.

Abrió Discord y vio que Nico estaba conectado. No perdió más tiempo. Laia no era de andarse con rodeos: iba directa y al grano, como si la vida fuera una contrarreloj y ella llegara siempre tarde a todo. Sus dedos volaron sobre el teclado, firmes, sin vacilar.

<LaLa> Buenas, Nico. ¿Puedes hablar?
<NicoNiii> Estoy en partida
<NicoNiii> Dame veinte minutos

Laia se dejó caer contra el respaldo de la silla y resopló, ladeando la cabeza hacia el techo. “¿Veinte minutos?”, pensó “¿Estás de coña?”.No disponía de ese tiempo. Tampoco tenía que armarse de valor; nunca lo había necesitado. Simplemente soltó la bomba, cruda, directa, sin anestesia, y se quedó esperando a que el mundo ardiera.

<LaLa> Gabi está usando la “Azulita” por su cuenta. Ayer la probó con Sofi y conmigo. Y este viernes lo más seguro es que la use en vuestra reunión de pajeros.

Dejó de teclear. Se quedó inmóvil, los ojos clavados en la pantalla, sin parpadear. Nico no respondió al instante, se tomó su tiempo. Y cuando lo hizo no escribió nada. La llamada entrante rompió el silencio. Cuando apareció su cara en la pantalla, Laia supo al instante que había dado en el centro de la diana. Nico tenía la mandíbula tensa, los ojos abiertos de más, una mezcla incómoda de furia y vergüenza mal disimulada.
  • ¿Qué cojones estás diciendo? - preguntó, con la voz demasiado alta, pasándose una mano por el pelo.
  • Buenas noches primero, ¿no? - respondió ella con una sonrisa ladeada, ajustando la cámara con calma, como si no hubiera prisa.
  • No me jodas, Laia - dijo él, moviéndose nervioso en la silla -. ¿Me quieres tomar el pelo o qué?
  • ¿Tomarte el pelo? ¿Por qué lo dices?
  • ¿Qué es eso de “grupo de pajeros”?
  • ¡Ah! - alzó las cejas, fingiendo sorpresa -. ¿Eso es lo que más te ha llamado la atención de mi mensaje?
  • ¡Es que no sé de qué estás hablando!
  • Ya…
  • ¿A qué viene esa sonrisa?
  • Pues… sonrió porqué lo sabemos, Nico.
  • ¿Sabéis el qué? - tragó saliva- . ¿Quiénes lo sabéis?
  • Sofi, Raquel y yo… - enumeró con los dedos -. Sabemos lo que hacéis los viernes en casa de Gustavo. Por error, Raquel os escuchó hablando en el laboratorio del campus.
  • No… no… - se puso rojo como un tomate, negando con la cabeza -. No sé qué escuchó, pero… pero… pero…
  • ¿Pero qué, Nico? - rió ella suavemente -. ¡Oye! Que no pasa absolutamente nada por experimentar con tu cuerpo.
  • Pero yo… yo no… no soy gay.
  • ¿Y qué más da eso?
  • ¡No lo soy! ¡¿De acuerdo?! - exclamó, levantándose de golpe.
  • Vale, vale… - Laia levantó las manos, divertida -. No te enfades conmigo.
Nico respiró hondo y volvió a sentarse, evitando mirarla directamente, como si la pantalla pesara demasiado.
  • Cuando estuvimos en Suiza - empezó a hablar, con la voz más baja -, Gabi y Gustavo me convencieron para crear un extracto modificado de la “Azulita”. Para usarla como…
  • ¿Un potenciador sexual?
  • Sí… más o menos - negó con la cabeza, visiblemente arrepentido -. Mientras trabajaba con Lena hacía mis experimentos paralelos. Pero no sabía que ya la estuviera usando. Ahora veo que fue una estupidez haber aceptado.
  • No sé si yo lo llamaría estupidez…
  • ¿Por qué lo dices?
Laia se inclinó hacia la cámara, apoyando los codos en la mesa.
  • Tienes que probarlo, Nico. Es alucinante… jamás en mi vida había sentido algo igual. La nueva fórmula que has conseguido… - cerró los ojos un segundo - uff, no sé cómo explicártelo para que lo entiendas.
  • ¡Ni hablar! - negó con firmeza -. He cometido un error. La “Azulita” es viral. Si empezamos a usarla así, generaremos un contagio global.
  • ¿No es eso precisamente lo que buscamos?
  • Sí, pero con la fórmula correcta. La que cura enfermedades. No con esta bazofia que vuelve a la gente un saco de carne lujuriosa y sin cerebro.
  • Sigo diciendo que no opinarías lo mismo si la probaras. Es como…
Mientras Laia hablaba, Nico sintió como se le ponía erecta. En esa postura en que estaba se le marcaba el escote. Hablaba de caricias, de sensaciones, de sexo sin ningún tipo de tapujo. Y por otro lado, el 98% de las veces que hacía videollamadas estaban relacionadas con la masturbación, por lo que su mente - irremediablemente - empezó a asociar una cosa con la otra.
  • No sé… - sonrió con cierta ironía cuando Laia terminó de hablar -. Puede que tengas razón. Tal y como me lo describes, suena bien la verdad. Es más… incluso la pruebe este viernes.
  • Así que pajas en grupo, ¿eh? Jamás lo hubiera pensado…
  • No te rías de mí…
  • No me río de ti, imbécil - respondió con una sonrisa lenta -. Es que me parece gracioso… y también morboso. Muy morboso en realidad.
Nico levantó la cabeza y la miró fijamente. El pulso acelerado, los labios entreabiertos.
  • ¿Lo… lo dices en serio?
  • Sí. Es más… me gustaría proponerte algo.
  • ¿El qué? - preguntó, casi temblando.
  • Que me metas en esa “fiesta”.
  • Eso no es posible - respondió de inmediato -. Es una reunión exclusivamente de hombres.
  • Sí, Nico. Una reunión de hombres que se masturban viendo porno. No creo que le hagan un feo a una mujer… y menos a un pibonazo de este calibre.
Nico sintió el calor subiéndole por la entrepierna, cuando ella se acarició sinuosamente, marcando las curvas de su cuerpo. Dudó si acceder o no, pues su cerebro humano - como el de todos los demás - estaba dividido en dos hemisferios, el derecho y el izquierdo, separados por la cisura interhemisférica. Ambos estaban conectados por el cuerpo calloso, una estructura de fibras nerviosas que permiten la comunicación continua entre ellos. Aunque colaboran, presentan especializaciones funcionales distintas: el izquierdo suele gestionar el lenguaje y la lógica, mientras que el derecho se asocia más a la creatividad y habilidades espaciales.

En el caso de Nico eso se resumía en dos decisiones opuestas. El hemisferio derecho diciéndole que la invitara, pues la quería ver desnuda, rodeada de pollas, cubierta de lefa, mamando y masturbando rabos como una perra en celo. El izquierdo en cambio, le decía lo contrario, quería que Laia fuera su esposa, su pareja de vida, la madre de sus hijos. Quería amarla y respetarla.
  • ¡Olvídate! - decidió al fin - No lo voy a hacer…
Al final, la parte más sensata de su cerebro se impuso. Aunque el destino - demasiado a menudo - le importa tres mierdas lo que tu decidas.
  • Bueno… - Laia se cruzó de brazos, divertida -. Si no quieres por las buenas, lo haremos por las malas.
  • ¿Me estás amenazando acaso? - sonrió él, entrando en el juego.
Laia rebuscó en su bolso con parsimonia y levantó un objeto hacia la cámara.
  • ¿Te acuerdas de esto, verdad?
Nico tragó saliva al reconocer el teléfono que le había entregado su padre.
  • Ya veo que sí - rió ella -. Solo tengo que hacer una llamada…
  • ¡Hazla, vamos! - la vaciló con un gesto de cabeza rápido -. No tienes pruebas de mi supuesto delito.
  • Puede que aún no - sacó su móvil personal y lo mostró junto al otro -, pero las conseguiré. Quizá tú no quieras ayudarme, pero… creo que podré convencer a Gustavo sin esforzarme demasiado.
  • Eres una perra - soltó Nico sonriendo de oreja a oreja -. ¿Lo sabes, verdad?
  • De las peores…
Los dos rieron a carcajadas, el sonido rebotando contra las paredes de sus habitaciones. Cuando la risa se apagó, se quedaron mirándose en silencio durante unos segundos largos, densos.
  • Está bien… - dijo al fin Nico -. Pero si quieres que te ayude, antes tendrás que hacer algo por mí.
  • Ok… - respondió ella sin dudar -. Me parece justo. ¿Qué tengo que hacer?
Nico se inclinó hacia la pantalla, los ojos clavados en ella, la voz más baja. La mano derecha dentro de sus calzoncillos.
  • Quítate la ropa…
Laia no se lo pensó dos veces.
  • Dame un segundo - respondió al instante.
Se levantó rápidamente de la silla, se acercó a la puerta de su habitación y la cerró con cuidado, evitando hacer ruido. Mientras lo hacía pensó que era una estupidez, pues la única persona que había en casa era su madre y por desgracia no podía levantarse de la cama. Se quedó un rato de espaldas, con las manos en el pomo. Era de noche, todo estaba en silencio y la luz del monitor iluminaba la habitación oscura. Se sentía observada y aquello la puso muy caliente. Podía imaginar los dos ojos de Nico clavados en su cuerpo, su polla erecta deseando verla desnuda. Era la primera vez que hacía algo así y estaba nerviosa.

Se giró lentamente y lo vio. Nico recostado en su silla, la mirada penetrante, sin apenas pestañear. Avanzó despacio, marcando los pasos, quitándose la ropa sensualmente. En ese mismo momento vio como el brazo de él se movía con un vaivén rítmico, casi hipnótico y mojó las braguitas al instante. Cuando llegó al escritorio estaba en ropa interior, posó las dos manos en la madera y se acercó a la pantalla.
  • ¿Te gusta lo que ves, cariño? - preguntó posando un dedo sobre sus labios, mientras se movía pausadamente.
  • ¡Oh si! - gimió Nico apretando el ritmo - ¡Quítatelo todo, vamos!
  • Yo también quiero verte - propuso ella mientras se desabrochaba el sostén.
Nico no se lo pensó dos veces. Se quitó la camiseta y se bajó el pantalón del pijama. Colocó la cámara para que le enfocara todo el cuerpo y se apartó unos centímetros del escritorio.
  • Joder… - exclamó Laia al verlo masturbarse como un mono - que cachonda me pones.
Se bajó las bragas de golpe y totalmente desnuda se sentó sobre la silla. Apoyó sus talones en la mesa y se abrió de piernas sin ningún tipo de vergüenza. Y mientras se masturbaba al mismo ritmo que Nico, diciéndose guarradas mutuamente que jamás se habían atrevido a decirse, se le pasaron por la cabeza miles de preguntas. ¿Por qué estaba haciéndolo?, ¿Era ella realmente quien lo había decidido o el virus que dormía en su interior?, ¿Por qué Sofi, tan celosa como había demostrado ser en un principio, ahora no le importaba compartir a su novio?, ¿Por qué Nico, tan vergonzoso y pudoroso, se mostraba ahora tan liberado?, ¿Por qué le atraía la idea de acostarse con Gustavo, si era la antítesis personificada de la sexualidad?…

Una multitud de preguntas se agolpó en su mente, encadenándose unas a otras con una lógica feroz, acercándose peligrosamente al infinito. Hipótesis, consecuencias, variables, miedos. Todo aquello que define al pensamiento humano cuando intenta entender lo que se le escapa. Y, de pronto, en un simple parpadeo, dejaron de tener importancia. No porque hubieran sido respondidas, sino porque habían sido desactivadas. Como si algo, desde dentro, hubiera impuesto una única consigna, firme e inapelable: “Relájate. Deja de pensar. Siente… solamente siente”. La claridad fue inmediata y perturbadora.

¿Se trataba de eso, entonces? ¿Era la “Azulita” un inhibidor mental? ¿Una sustancia capaz de silenciar la corteza que razona, que duda, que anticipa, y devolver al ser humano a un estado anterior al lenguaje, anterior a la culpa, anterior incluso al yo? No una transformación física, no colmillos ni garras, sino algo mucho más profundo y peligroso: la regresión mental a un estadio puramente instintivo.

No convertía a las personas en animales. Les recordaba que siempre lo habían sido.

Bajo su efecto, el mundo dejaba de ser una sucesión de conceptos y pasaba a convertirse en estímulos. Calor, ritmo, contacto, deseo, amenaza, placer. El tiempo perdía su estructura; no había mañana ni consecuencias, solo un presente continuo gobernado por impulsos primarios. Comer, huir, poseer, dominar, reproducirse. El cerebro racional seguía ahí, pero reducido a un espectador mudo, incapaz de intervenir. Y si eso era cierto, si ese era el verdadero poder de la “Azulita”, las consecuencias no eran simplemente médicas o legales. Eran existenciales.

A nivel personal, significaba la disolución de la identidad. Sin memoria emocional, sin freno moral, sin narrativa interna, ¿qué quedaba de una persona? ¿Seguía siendo responsable de sus actos alguien que ya no podía pensarlos? ¿Podía hablarse de consentimiento, de culpa, de voluntad, cuando la mente había sido empujada a un territorio anterior a todas esas ideas?

Y a nivel social, el panorama era aún más inquietante.

Una sustancia así no necesitaba violencia para imponerse. Bastaba con el alivio. Bastaba con ofrecer descanso. Un descanso absoluto de la ansiedad, de la presión, de la sobrecarga constante de decisiones y expectativas. Un mundo en el que pensar duele, en el que sentir sin pensar se vuelve tentador. Demasiado tentador.

La “Azulita” no destruiría la civilización de golpe. La erosionaría. Lentamente. Persona a persona. Decisión a decisión. Hasta que delegar la conciencia se volviera costumbre. Hasta que la animalidad dejara de ser un accidente químico y se convirtiera en una elección.

Porque el verdadero peligro no era perder la razón.
Era descubrir que, en el fondo, muchos estarían dispuestos a renunciar a ella.

Como el Calcio, siendo la estructura blanca que oculta el pulso de la acción, un gigante de madera esperando en el umbral de la célula para liberar los guerreros del cambio y transformar, en un destello, la quietud en historia. Esta historia continuará…
 
Es que no puedo, casa capitulo que pasa, me caen peor Laia y Sofía sobre todo.
Es una mala idea esa reunión de pajeros y estar cerca de Gustavo y esto va a terminar en una orgia si como parece van las 3 chicas.
Al menos espero que Nico no quede como el tonto del grupo y aproveche para tener sexo con alguna de las chicas en esa reunión del infierno.
 
Es que no puedo, casa capitulo que pasa, me caen peor Laia y Sofía sobre todo.
Es una mala idea esa reunión de pajeros y estar cerca de Gustavo y esto va a terminar en una orgia si como parece van las 3 chicas.
Al menos espero que Nico no quede como el tonto del grupo y aproveche para tener sexo con alguna de las chicas en esa reunión del infierno.
La pregunta es: ¿Son realmente Laia y Sofía culpables?
¿Son ellas las que están tomando sus decisiones?
O quizás....

Lo sabremos, muy muy pronto... jejejeje
 
La pregunta es: ¿Son realmente Laia y Sofía culpables?
¿Son ellas las que están tomando sus decisiones?
O quizás....

Lo sabremos, muy muy pronto... jejejeje

Por como están reaccionando todos, es la azulita la que ha modificado tanto su manera de pensar como su raciocinio.
Esa reunión en casa de Gustavo con las chicas presentes va a ser u despiporre.
 
Interludio - Como hemos cambiado

El barco mercante avanzaba con la obstinación muda de una bestia antigua, cortando el mar a un ritmo lento y constante. Entre los contenedores apilados como bloques de una ciudad sin ventanas, un grupo de rebeldes se ocultaba de la ley podrida y de los mentirosos que proclamaban defenderla.

No hablaban apenas, pues las palabras…
dejaron de tener sentido hacía demasiado tiempo.

Respiraban como luchaban, por inercia, por vehemencia, por rutina. Eso era todo lo que les quedaba: pura y radical supervivencia.
Sus ropas estaban manchadas de sal, sudor y óxido; algunos llevaban vendajes improvisados, telas ennegrecidas por la sangre seca.
Tenían la piel pálida, los ojos hundidos, la mirada de quienes llevan días sin dormir y demasiado tiempo sin confiar en nadie.

Sobre ellos, el cielo se abría en una bóveda inmensa, negra como el carbón, surcada por nubes bajas que parecían arrastrarse en la misma dirección que el barco. A ratos, la luna lograba filtrarse entre las grietas del cielo, dibujando reflejos metálicos sobre el agua.

El mar era un campo en movimiento: olas largas, profundas, que respiraban con una calma engañosa. No había costa a la vista, solo horizonte, una línea temblorosa donde el cielo y el océano parecían fundirse en una promesa incierta.

El viento silbaba entre las rendijas de los contenedores, llevando consigo el olor del combustible, de la sal, de la noche eterna. Cada crujido del casco resonaba como un recordatorio de su fragilidad; cada golpe del mar, como un latido de sus agotados corazones.

Allí, en ese espacio robado, suspendidos entre la persecución y la clandestinidad, los fugitivos no pensaban en el pasado ni en el futuro. Solo en el cielo que se cerraba lentamente sobre ellos y en el mar interminable que, por ahora, los mantenía a salvo.
  • Estamos a punto de llegar - dijo Sofi, apartando los prismáticos de sus ojos.
La frase cayó con una calma inquietante, como si no hablara de un destino sino de un trámite. Nico la observó en silencio, estudiando el perfil duro que ahora le devolvía la luz del anochecer. No quedaba rastro alguno de aquella chica divertida y rebelde que había conocido. Sofi, la vecina de Hortaleza que bajaba la basura en zapatillas, la administrativa atrapada en un mundo rutinario y aséptico, la madrileña de risas fáciles y comentarios afilados, había muerto mucho antes de subir a aquel barco. Había caído en combate, como todos ellos, sin ceremonia ni despedida, en algún punto impreciso entre la huida y la primera bala disparada.

La mujer que ahora tenía delante se sostenía con una rigidez casi militar. El fusil descansaba colgado de su hombro como una prolongación natural del cuerpo, familiar, necesario. Los dientes siempre apretados, la mandíbula tensa, y en los ojos una quietud inquietante: la mirada vacía de quien ha visto demasiada sangre, demasiados cuerpos caer, pero sigue convencida de que enfrentarse al mundo es la única opción que queda. No había rabia en ella, solo una determinación seca, pulida por el cansancio y la pérdida.

El viento agitó un mechón de su pelo sin que ella reaccionara. Seguía mirando al frente, hacia un horizonte invisible para los demás. Nico lo entendía: Sofi no esperaba redención ni regreso. Solo el siguiente paso. Solo llegar y seguir luchando.
  • Voy a hablar con el capitán - dijo Gabi poniéndose en pie -, y a pagarle lo acordado.
Su voz no admitía réplica. Se sacudió el polvo de la ropa y avanzó hasta Laia entre los contenedores con paso firme, como si aquel mercante fuera ya territorio conquistado. Gabi había sufrido una transformación similar a la de Sofi, aunque en él el cambio parecía aún más marcado. El chico tranquilo, casi invisible, el chaval atento que escuchaba más de lo que hablaba y reía con energía en los bares de barrio, había quedado sepultado bajo capas de violencia y resistencia.

Aquel joven había desaparecido sin dejar rastro, consumido por una realidad que no concedía segundas versiones de uno mismo. Ahora su cuerpo era un mapa de cicatrices: cortes mal cerrados, quemaduras antiguas, marcas que hablaban de enfrentamientos continuos y de batallas sin descanso. Sus ojos, fijos y penetrantes, ya no buscaban aprobación ni refugio; observaban el mundo como un enemigo permanente.

Iba armado, siempre, con el hierro bien sujeto al cinto y el gesto desafiante, como si cada paso fuera una declaración de intenciones. En su seguridad no había arrogancia, sino una convicción férrea: la certeza absoluta de que la lucha era el único camino posible, y que abandonarlo equivaldría a traicionarse a sí mismo.
  • ¿Cuánto necesitas? - preguntó Laia, abriendo uno de los maletines.
  • Doscientos por el viaje… y doscientos más para que tenga la boca cerrada.
No hubo comentarios. Los billetes pasaron de mano en mano con una rapidez mecánica, sin miradas, sin dudas. Era dinero manchado de sangre: robado a la fuerza, arrancado a punta de pistola, arrebatado por pura necesidad. No había orgullo en ello, solo la certeza de que la lucha se alimentaba de gestos así, de decisiones sucias tomadas a la desesperada, de la necesidad de seguir respirando un día más. Gabi contó el dinero con rapidez y desapareció entre las sombras metálicas sin mirar atrás. Aquello se había convertido en una ley no escrita: jamás volver la cabeza, jamás regresar. Solo avanzar. Siempre hacia adelante.

El barco surcaba aguas internacionales, ese limbo líquido donde ningún país reclamaba soberanía. El único lugar del mundo que todavía podían llamar, con ironía, seguro. Territorio de libre navegación, sin banderas que obedecer, sin fronteras visibles. Un último rincón libre que, en teoría, debía usarse con fines pacíficos. Y eso intentaban decirse a sí mismos. Pero la paz había quedado atrás hacía mucho tiempo.

Aunque allí no mandara ningún estado, las leyes seguían existiendo, invisibles y afiladas, listas para caer sobre cualquiera que se saliera del guion. A ellos ya no les importaba. Llevaban demasiado tiempo viviendo al margen de la ley como para fingir inocencia.
  • Centinela Azul, ¿me recibes? - preguntó Laia por el walkie al distinguir la silueta en la lejanía -. Centinela Azul, aquí la Patrona, ¿me recibes?
La plataforma emergía del mar como una estructura imposible, un esqueleto de acero clavado en el horizonte. Apenas un borrón oscuro contra el cielo.
  • Aún estamos demasiado lejos… - indicó Sofi sin apartar la vista del horizonte -. No te pongas nerviosa… En nada estaremos tomándonos unas birras.
  • Solo de pensar en una cerveza fresquita - rió ella - el coño se me pone a dar palmadas.
El “Centinela Azul”. El nombre circulaba entre ellos como una promesa y una amenaza al mismo tiempo. El único bastión de la resistencia. Una vieja plataforma petrolífera reconvertida en fortaleza, suspendida en mitad de la nada, lejos de radares y de miradas incómodas. Un centro de operaciones gigantesco donde se planificaba la lucha contra un mundo que ya no reconocían como propio. Desde allí se planificaban estrategias, se abastecían de munición, se curaban heridas, se cultivaba más “Azulita” y se decidía como seguir adelante.

Mientras el mercante se acercaba lentamente, el mar golpeaba la estructura de acero con una paciencia infinita. El cielo se cerraba sobre ellos, oscuro y pesado, como si supiera que aquel encuentro no traería descanso, solo el siguiente capítulo de una guerra que parecía no tener fin.

Ya no eran siete, como al principio, repartiendo “Azulita” con la torpeza y la ambición de un camello de barrio que cree tener el control de todo. Aquello había quedado atrás - muy atrás -, sepultado bajo capas de experiencia, sangre y disciplina. El grupo había crecido hasta deformarse, hasta dejar de ser un simple equipo y convertirse en algo más grande, más denso, más peligroso.

Un pequeño ejército.
Instruido. Preparado. Y, sobre todo…
Ferozmente creyente en la causa.

No se trataba solo del número, sino de lo que cada uno de los nuevos integrantes arrastraba consigo. Gente que había aprendido a sobrevivir en entornos hostiles, donde el error se paga caro y lo débiles no duran mucho. Montañas, selvas, desiertos. Personas capaces de orientarse sin mapas, de encontrar recursos donde parecía no haber nada, de moverse en silencio como si el terreno mismo los protegiera. Algunos habían operado en grupos pequeños de resistencia armada, golpeando rápido, desapareciendo después, adaptándose siempre a la desventaja, convirtiendo la inferioridad numérica en una herramienta.

Había gente con manos expertas en recomponer lo roto: reparar equipos, improvisar soluciones con chatarra, retorcer la tecnología existente hasta obligarla a servir a otros fines. Mecánica, electrónica básica, ingenio puro aplicado a la necesidad. Otros sabían moverse entre facciones enfrentadas, leer tensiones invisibles, extraer información, negociar cuando hacía falta y mentir cuando era inevitable. También estaban quienes mantenían al grupo con vida en el sentido más literal: conocimientos médicos suficientes para tratar heridas abiertas, infecciones, enfermedades, todo ello lejos de hospitales, sin suministros convencionales ni margen para el error. Y quienes pensaban a largo plazo: organizando rutas, asegurando suministros, planificando movimientos para que nada fallara cuando más importaba.

Algunos llegaron del Cáucaso: chechenos, daguestaníes. Hombres curtidos en ciudades en ruinas y en inviernos que quebraban la voluntad. Habían combatido bajo banderas opuestas, para Rusia y para Ucrania, y eso les había dado una visión cruda, pragmática, brutalmente honesta de la guerra moderna.

Otros vinieron de Oriente Medio: kurdos, sirios, iraquíes. Expertos en guerra de guerrillas contra fuerzas muy superiores, constructores de redes de resistencia comunitaria, con una ideología sólida sobre igualdad de género y autonomía local que encajaba de forma natural con la revolución que se estaba gestando.

Desde los Balcanes se unieron kosovares y serbios, gente criada en la fricción constante, maestros del contrabando, la logística del mercado negro y el uso de armamento pesado en terrenos difíciles.

De África subsahariana, veteranos del Sahel y de la RDC, endurecidos por décadas de inestabilidad: supervivencia extrema, combate en selva y desierto, movilidad rápida, adaptación perpetua a la escasez.

Y del Sudeste Asiático, rebeldes de Myanmar, expertos en una guerra tecnológica de bajo costo, en infiltrarse en infraestructuras críticas sin dejar rastro.

También había latinoamericanos ex-Farc: colombianos y mexicanos. Antiguos combatientes de selva, conocedores de explosivos improvisados y de una inteligencia sucia, paciente, tejida en zonas rurales donde todos observan y nadie habla.

No eran mercenarios ni idealistas ingenuos. Eran creyentes, hombres y mujeres que luchaban por una causa más importante que sus propias vidas. Personas que habían perdido demasiado como para dudar ahora. Y eso, más que las armas, más que la experiencia, era lo verdaderamente peligroso.

Mientras el mundo los señalaba con el dedo y los juzgaban como anarquistas, terroristas, mercenarios o simples adoradores del caos; ellos sabían que no eran nada de eso. Esas eran etiquetas fáciles de colgar, palabras lanzadas desde la comodidad del miedo o desde la ambición desmedida de sus enemigos. Muchos se las creían sin cuestionarlas. Pero no todos. En silencio, lejos de los focos y de los discursos oficiales, miles de voces hablaban de ellos de otra manera. No se decía en voz alta. El miedo era real, palpable. Nadie lo gritaba a los cuatro vientos porque hacerlo podía traer consecuencias. Era un murmullo… uno que viajaba de boca en boca, una idea compartida a media voz, una utopía empezando a tomar forma. Una revolución tejida en las sombras, donde la sangre derramada de unos pocos se entregaba sin pedir nada a cambio, con la intención de devolver al mundo una justicia que había sido arrebatada sin pedir permiso.

El E.A.L.M., lo llamaban algunos. “El Ejército Azul de Liberación Mundial”. Para muchos, una amenaza; para muchos otros, la última esperanza. Eran los que empujaban a este mundo podrido de vuelta al equilibrio perdido. Los que robaban a los poderosos para devolvérselo a los que no tenían nada. Los que intentaban sanar - literalmente - a un mundo enfermo. Los que no dejarían de luchar hasta que todo volviera a ser como era antes, o hasta que no quedara nadie para recordarlo.
  • Así que un libro - sonrió Laia, sentándose al lado de Nico.
  • Así es - él le devolvió la sonrisa, sin apartar la vista del horizonte.
  • ¿Por qué?
  • ¿Y por qué no?
  • Venga, Nico… no bromees. Hablo en serio.
Él tardó un segundo en responder, como si buscara las palabras en algún lugar más allá del mar.
  • “Sin los que recuerdan, el mundo se deshace.”
Laia soltó una carcajada breve, sorprendida.
  • ¡Joder, Nico! Eso es muy profundo… ¿es de alguien o es tuya?
  • No… no es mía - negó despacio -. La dijo hace mucho tiempo un sabio anciano, un saco de huesos borracho y de sonrisa fácil.
Nico sonrió. El viento le acarició el cabello como una mano cómplice, y por un instante pareció recordar a aquel viejo perdido en algún rincón de este mundo inmenso, disuelto en el tiempo como tantos otros.
  • Nosotros… los que luchamos, los que amamos y sangramos, los que reímos con la muerte en la garganta… todos desapareceremos algún día - continuó -. El mundo borrará nuestros nombres y el tiempo devorará nuestras voces. Pero un escritor… un escritor puede impedirlo. Cuando escribes lo que ves, cuando guardas en papel lo que el viento intenta arrebatarte, le robas una victoria al olvido.
Hizo una pausa. Solo quedó el rumor grave de los motores, el crujido del acero bajo sus pies y el mar respirando, eterno e indiferente.
  • La pluma es más afilada que un cuchillo, más justa que las leyes y más duradera que la piedra - dijo al fin -. Cuando ya nadie recuerde nuestros nombres, mis palabras seguirán navegando por el mundo. Cuando nuestros enemigos cuenten mentiras… mis palabras defenderán la verdad. Y eso… eso es lo más parecido a la inmortalidad que un hombre puede alcanzar.
Laia lo miró con los ojos humedecidos. Sin decir nada, apoyó la mano en su mentón y lo atrajo hacia ella. Aquella mirada fue eterna, cargada de todo lo que no necesitaba ser pronunciado. Lo besó cerrando los ojos, como se besa de verdad: sin prisa, sin miedo, un instante suspendiendo en la eternidad del tiempo. Habían atravesado demasiado juntos como para necesitar palabras. Se querían, se amaban, pero no como ama todo el mundo. Lo hacían desde la certeza de quien ha caído mil veces y siempre ha sido levantado por el otro. Desde la seguridad de no temer ya la caída, porque sabían que, pasara lo que pasara, el otro siempre estaría allí para recogerlos del suelo.
  • Sabes que te quiero, ¿verdad? - susurró ella, apoyando la frente en la de él.
  • Sí… - respondió Nico -, aunque me gustaría que me lo dijeras más a menudo.
  • Y a mí me gustaría que no fueras tan nenaza - Laia soltó una carcajada y le dio un codazo -. Pero bueno… supongo que nadie es perfecto.
  • Tú lo eres para mí - sonrió él, enamorado.
Sofi se giró despacio, con una media sonrisa ladeándole el rostro.
  • Vaya moñas estás hecho, Nico. Solo te falta vomitar arcoíris.
  • ¿Lo ves? - se unió Laia, divertida -. No soy la única que lo piensa…
  • Me da igual lo que penséis - replicó él encogiéndose de hombros -. Yo soy feliz siendo como soy.
  • ¿Siendo un poeta amanerado? - provocó Sofi.
  • No - corrigió Nico, con total seriedad -. Siendo el salvador de la humanidad.
Las dos estallaron en carcajadas, limpias, sinceras, de esas que alivian el peso del mundo aunque solo sea por un instante.
  • ¡Touché hermano! - dijo Sofi, volviendo a llevarse los prismáticos a los ojos.
  • Nico el salvador… - murmuró Laia, acercándose de nuevo a él, rozándole los labios -. Nico el poeta… Nico el padre de mi hijo.
El mar siguió rugiendo a su alrededor, indiferente y eterno, mientras aquel pequeño instante - hecho de amor, familia y amistad - quedaba suspendido en el tiempo, como si incluso el mundo, por una vez, hubiera decidido guardarlo en su memoria.

Nico se recostó contra el metal frío del contenedor y dejó que sus pensamientos se deslizaran como el viento sobre el mar. Quizás aquellos que alguna vez habían sido, los que creían haber desaparecido entre balas, huídas y pérdidas, no habían muerto del todo. Tal vez simplemente se habían adaptado a esta nueva vida, se habían metamorfoseado en algo más duro, más preciso, más consciente de cada respiración.

Laia apoyó la cabeza contra su pecho y él le acarició los cabellos con ternura. El momento que acababan de vivir era un claro ejemplo de ello: la risa que rompía la tensión, la ironía que suavizaba el filo de la guerra, el amor que se permitían aun cuando todo alrededor parecía destinado a desgarrarlos. El caos seguía golpeando, las heridas seguían doliendo, pero incluso en mitad de aquel mar turbulento, bajo un cielo oscuro y sin estrellas, había espacio para recordar lo que un día fueron.

Aun podían reír. Aun podían amar. Aun podían regalarse pequeños instantes donde fueran simplemente ellos mismos, sin máscaras ni armas, sin miedo ni obligación. Y en esos instantes, fugaces y preciosos, Nico comprendió que sobrevivir no era solo plantar cara al enemigo y escapar del mundo, sino sostenerlo dentro de uno mismo, y protegerlo con cada gesto, con cada palabra, con cada beso robado a la guerra y al tiempo.

“Padre… voy a ser padre”, pensó Nico, y al instante una sonrisa feroz se dibujó en su rostro.

No había miedo en él. Había bailado tanto con la muerte que ahora, el miedo, le parecía un compañero más, un paso más en un baile que conocía de memoria. Tampoco la duda tenía cabida; en lo más hondo de su corazón, seguía sabiendo que Laia era la mujer con quien quería envejecer, la única capaz de mantenerlo firme en un mundo que se deshacía a su alrededor.

Mientras el “Centinela Azul” se hacía cada vez más visible en el horizonte, una oleada de recuerdos lo atravesó como un relámpago. Recordó los inicios: cuando todo empezó, cuando eran jóvenes y alocados, cuando la vida parecía un juego sin reglas y la libertad era la única brújula que seguían. Salvajes sin armas, despreocupados y divertidos, dejando que cada día los encontrara desnudos y donde quisiera.

La nostalgia lo golpeó con fuerza. No había pasado tanto tiempo, pero todo aquello parecía un universo aparte. No era arrepentimiento; su vida actual estaba hecha de vínculos sólidos, de amigos que se habían convertido en familia. Seguía creyendo en la misión, en el futuro que juntos querían construir. Pero, en algún rincón escondido de su mente, una parte de él deseaba regresar a esa ligereza de antes: a la vida más fácil, más sencilla, más desenfadada, donde los riesgos se medían en risas y no en balas, y donde el mundo todavía parecía un lugar que podía sorprender sin quebrarlo.
  • Aquí Centinela Azul - dijo una voz grave por el walkie -. ¿Me recibes?
  • Sí… aquí la Patrona - respondió Laia con rapidez, firme, sin titubear.
Sofi miró su reloj y luego levantó la palma de la mano, abierta, marcando el tiempo que quedaba.
  • Solicitamos desembarcar en cinco minutos, cambio.
  • Entendido, Patrona - respondió la voz del otro lado, con un dejo de respeto -. Tenéis vía libre y… bienvenidos a casa.
El mar seguía respirando bajo un cielo todavía pesado, pero el horizonte comenzaba a abrirse. Por primera vez en semanas, el grupo pudo sentir que algo se parecía a la calma: no la paz, no la seguridad, pero sí el reconocimiento silencioso de que habían llegado a su refugio. El “Centinela Azul” los esperaba, y con él, la certeza de que, al menos por un instante, estaban en casa.

Los cuatro se pusieron en movimiento como un reloj bien engrasado. No hicieron falta órdenes, ni miradas, ni siquiera esa complicidad no verbal que antaño necesitaban para entenderse. Se desplazaban como un ballet silencioso sobre la cubierta oxidada, cada uno ocupando su lugar con precisión quirúrgica. El mercante redujo la marcha lo justo; la lancha a motor descendió por el costado con un chirrido metálico y desaparecieron en cuestión de segundos. Saltaron dentro con la naturalidad de quien repite un gesto aprendido mil veces. Y por supuesto, nadie miró atrás.

El mar estaba oscuro, denso, como una sábana de petróleo bajo la luna. La lancha avanzó cortando la superficie con una estela blanca y breve, y entonces apareció ante ellos en toda su magnitud. El Centinela Azul se alzaba en mitad de la nada como una catedral industrial, una estructura que en otro tiempo había extraído crudo del vientre del océano y que ahora, iluminada por focos fríos y líneas de neón, parecía una ciudad suspendida sobre el agua. Para cualquiera sería una reliquia abandonada; para ellos era otra cosa. Era refugio. Era promesa. Era origen y destino.

Nico levantó la vista cuando la plataforma ocupó todo el horizonte. Hubo un tiempo en que amar un lugar físico le había parecido una estupidez romántica. Las estructuras eran solo eso: estructuras. Hormigón, acero, cálculo e ingeniería. Pero aquella mole oxidada le arrancaba algo del pecho. Porque no había diseñado su forma, ni levantado sus pilares, ni había soldado sus vigas… pero sí había construido lo que latía dentro.

El Centinela Azul no era una petrolífera.
Ni la base armada de la resistencia.
No era el hogar de terroristas violentos.
Ni la guarida de infames ladrones.

Era… el corazón del mundo.

Allí, entre contenedores reacondicionados y laboratorios sellados con protocolos imposibles de rastrear, se procesaba y distribuía la “Azulita”. No como droga, no como capricho místico, no como juguete de lascivos y morbosos. Se distribuía como medicina, como herramienta, como un acto de pura fe científica.

Lena y él habían trabajado hasta el agotamiento, hasta la obsesión, hasta rozar la locura. Habían domesticado lo indomable. Habían aprendido a estabilizar el compuesto activo, a neutralizar su toxicidad, a encapsular su potencia en dosis seguras, replicables, medibles. Habían transformado un hongo salvaje - caprichoso, brutal, casi divino en su caos - en una sustancia capaz de regenerar tejidos, revertir enfermedades autoinmunes, estimular la neuroplasticidad, purificar suelos contaminados, acelerar la recuperación de arrecifes moribundos…

Pues sí, la “Azulita” ya no solo sanaba cuerpos.
Sanaba sistemas. Sanaba ecosistemas. Sanaba errores.

Al principio creyeron que se trataba de una segunda oportunidad para la humanidad. Una forma de equilibrar la balanza. De ofrecerle al mundo algo más que consumo y destrucción. Pero cuanto más profundizaban en su estructura molecular, más comprendían que aquello iba más allá de la medicina.

No habían sintetizado únicamente un compuesto.
Habían tocado algo anterior a la química.

La Mycena Neonfaucis parecía comportarse como si “recordara”. Como si reconociera patrones de deterioro y tendiera hacia el equilibrio. Restauraba suelos áridos devolviéndoles macrobiótica perdida. Aceleraba la fotosíntesis en cultivos agotados. Reducía la acidificación en el agua marina. Incluso en el aire, en entornos abiertos, sus derivados parecían neutralizar partículas contaminantes.

No era magia. Pero tampoco encajaba del todo en la ciencia convencional.

Sin proponérselo, Lena y Nico habían dado con una anomalía que rozaba lo sagrado. No una divinidad antropomórfica, no un dios con voluntad, sino una arquitectura profunda del mundo: una tendencia natural hacia la restauración que la “Azulita” amplificaba hasta extremos inimaginables.

A veces bromeaban con aquella idea…
La demente idea de que habían sintetizado la divinidad.

La lancha se acopló a la plataforma de embarque, la compuerta se abrió con un sonido hidráulico grave, casi ceremonial. Raquel, acompañada de dos hombres armados, los recibió con una sonrisa de oreja a oreja. Laia la abrazó sin mediar palabras. Gabi cerró la marcha, observando el horizonte por última vez.

Dentro, los sistemas ya estaban en funcionamiento. Pantallas, cámaras de cultivo, cámaras de secado, laboratorios presurizados, drones listos para transportar microcápsulas hacia rutas marítimas y aéreas imposibles de rastrear. Desde allí, la “Azulita” viajaba camuflada en cargamentos médicos, en ayudas humanitarias, en suministros agrícolas. No como un negocio ilegal de distribución silenciosa. Sino como lo que era: una cura clandestina. De la que muchos deseaban apoderarse, comercializarla y enriquecerse.

Nico apoyó la mano sobre la barandilla metálica y empezó a subir las escaleras. En mitad del océano, lejos de gobiernos, farmacéuticas y guerras, había construido algo que el mundo aún no estaba preparado para comprender. Y supo, con una claridad casi dolorosa, que si algún día todo ardía, si los atrapaban, si el Centinela Azul terminaba hundido en el fondo del mar… volvería a empezar.

Porque ya no se trataba de poder.
Ni de redención.
Ni siquiera de justicia.

Se trataba de compromiso.
Una promesa hecha al mundo.
Una lucha que debía sobrevivir, incluso a ellos.
  • ¿Ha habido suerte? - preguntó Raquel.
  • Depende de lo que entiendas por suerte…
Laia parecía cansada, más de lo habitual. No habían regresado del mar por nostalgia. Habían ido a cobrar. Su lucha no se sostenía solo con ideales. Los reactivos costaban dinero. Las rutas seguras costaban dinero. El silencio de ciertas personas - sobre todo de las más poderosas - costaba dinero. No existían subvenciones para quienes curaban al mundo desde la ilegalidad. Ningún fondo de inversión apostaba por una sustancia que desafiaba patentes. Ningún mecenas financiaba milagros por altruismo.

Este mundo podrido no permite que lo gratuito prospere.

Así que, cada cierto tiempo, lo decidían. Sin heroicidades. Sin discursos. Se sentaban alrededor de la mesa metálica de la sala de reuniones y hacían números. Cuando las cifras dejaban de cuadrar, cuando las reservas descendían por debajo de lo prudente, se formaba un equipo al azar. Y salían a buscar lo único capaz de mantener con vida su imperio clandestino: dinero.

No eran atracadores impulsivos. No eran psicópatas sedientos de violencia. Elegían objetivos quirúrgicamente: paraísos fiscales flotantes, almacenes de capital negro, intermediarios de armas, redes de blanqueo que jamás denunciarían un golpe porque hacerlo implicaría exponerse. Robaban a quienes jamás podrían acudir a la policía sin delatar sus propios crímenes. Y aunque eso no los convertía en héroes, al menos les permitía dormir.

Esta vez les había tocado a ellos cuatro y la misión había sido limpia sobre el papel. Un traslado de efectivo entre dos sociedades pantalla en un puerto del Adriático. Seguridad privada, rutas previsibles, comunicaciones encriptadas. Lo estudiaron durante semanas: entrar como sombras y salir como humo. Pero los planes perfectos solo existen hasta que alguien aprieta el gatillo antes de tiempo. La lancha que debía estar vacía no lo estaba. El hombre que debía huir decidió resistirse. Y el disparo que iba a ser disuasorio encontró carne. Ahora, de regreso en el Centinela Azul, el precio se hacía visible.

Nico llevaba el costado vendado bajo la camiseta, una bala que había entrado rozando pulmón y que Lena no tardaría en extraer con manos firmes y mandíbula tensa. Laia tenía el antebrazo atravesado, suturado con puntos negros que parecían una costura grotesca. Gabi caminaba con una leve cojera, fragmentos metálicos aún alojados en el muslo que no habían podido retirar sin arriesgar demasiado. Sofi… bueno, ella en realidad era la única sin herida visible. Pero era también quien más manchadas tenía las manos. Estaba claro que aquel mote que había elegido tiempo atrás - la Santa Muerte -, no había sido una coincidencia del destino.

Habían vuelto con el botín, sí. Maletines sellados, fajos empaquetados al vacío, cifras suficientes para mantener operativa la plataforma durante meses. Los drones de distribución no dejarían de volar. Las cápsulas de “Azulita" seguirían cruzando fronteras invisibles. La promesa al mundo seguía intacta. Y, sin embargo, cada uno de ellos sentía lo mismo. Que habían robado algo más que dinero. Habían robado tiempo.

Cada segundo respirado después del tiroteo era un instante arrancado a la Guadaña, como si el destino hubiera marcado una fecha en rojo y ellos, obstinados, hubieran decidido tacharla con tinta azul. Vivían con la conciencia punzante de que el equilibrio era frágil. Que la próxima vez la bala no rozaría. Que el siguiente error no sería corregible. En la cubierta superior, mientras el viento golpeaba las barandillas, Gabi se encendió un cigarro, observando a sus amigos en silencio. Riendo incluso. Bromeando sobre quién tenía la cicatriz más espectacular. Haciendo apuestas absurdas sobre cuál dolería más al cambiar el vendaje.

Eran criminales. Eran salvadores.
Eran una família. Y sobretodo, estaban vivos.

La vieja y abandonada plataforma petrolífera, vibraba bajo sus pies como un corazón metálico. Dentro, en cámaras iluminadas por un resplandor frío, la “Azulita” crecía ajena a las balas, ajena al dinero, ajena al miedo. Pura. Imperturbable. Ellos, en cambio, sabían que cada misión los acercaba un poco más al límite. Pero también sabían algo más profundo… Si el mundo no permitía que la cura fuera gratuita, entonces la pagarían con su propia piel. Y mientras quedara sangre en sus venas - aunque fuera a costa de perderla a chorros - el Centinela Azul seguiría en pie.

Rendirse no era una opción. Jamás lo había sido.

No lo hicieron cuando Lena terminó de coser el último punto y dejó las agujas sobre la bandeja de acero con un tintineo seco. No lo hicieron cuando Nico, en mitad de la noche, despertó empapado en sudor recordando el fogonazo del disparo. No lo hicieron cuando Gabi, con el vendaje recién cambiado, miró el horizonte y murmuró que algún día la suerte se acabaría.

Porque aquello ya no iba de dinero. Ni siquiera iba de la “Azulita”.
Iba del compromiso. El antiguo.

El que no se firma con tinta sino con sangre.
El que no se pronuncia ante testigos sino ante la propia conciencia.

Habían empezado como un puñado de inconscientes jugando a ser más listos que el mundo. Después fueron un grupo de amigos tratando de reparar un error. Ahora eran algo muy distinto. Una hermandad forjada en la culpa compartida, en secretos imposibles de confesar, en cicatrices que nadie más comprendería. La misma lógica que había llevado a Gabi a cortarse la palma frente a Nico, aquella mañana absurda y trascendental, era la que los sostenía ahora. No se trataba de heroicidad. Se trataba de no abandonar al otro cuando el precio empezaba a ser insoportable.

Nico lo entendía mejor que nadie. El hombre que una vez quiso olvidarlo todo ahora sabía que no podía hacerlo solo. Cada bala extraída, cada noche sin dormir, cada envío clandestino era una forma de decir: me quedo.

Me quedo aunque duela.
Me quedo aunque tiemble.
Me quedo aunque el mundo nos llame criminales.

Gabi también había cambiado. Su obsesión ya no era un tren desbocado sin frenos. Ahora era dirección. Voluntad. Una promesa consciente. Había aprendido que el poder - como decía el libro - era el enemigo más peligroso. Y por eso lo compartía. Porque el poder en solitario corrompe, pero el poder sostenido por varias manos firmes se convierte en responsabilidad.

Laia, con su ironía intacta incluso cuando sangraba, era el equilibrio. Les recordaba que seguían siendo humanos, que podían reír en medio del caos. Y Sofi, con su brutalidad honesta, era el ancla: si había que ensuciarse para que el engranaje siguiera funcionando, ella era la primera en dar un paso al frente.

No eran santos. No eran mártires.
Solo eran cuatro personas que habían decidido que, si el mundo se negaba a curarse por sí solo, ellos empujarían aunque les costara la vida.

Esa era su lucha.

No una guerra gloriosa, sino una resistencia silenciosa y constante. Cada misión, cada riesgo, cada noche en la que el Centinela Azul resistía las tormentas era una reafirmación de aquel pacto invisible.

No importaba cuántas veces el miedo intentara paralizarlos.
No importaba cuánta claridad los tentara a creerse invencibles.
No importaba cuánto poder acumularan entre sus manos.

Mientras se eligieran unos a otros.
Mientras ninguno soltara la mano del otro.
Mientras siguieran avanzando, aunque fuera cojeando.

La lucha continuaría. El antiguo compromiso seguiría vivo. Como una llama obstinada que se niega a apagarse incluso cuando el viento sopla en contra. Y si algún día la Parca venía a cobrar lo que creía suyo, no encontraría almas aisladas, sino a un bloque indivisible.

Porque su fuerza no era la “Azulita”.
Era el juramento.

Cuando terminaron la última revisión de los generadores y comprobaron que las luces del laboratorio parpadeaban con esa cadencia estable que ya reconocían como latido propio…

Cuando limpiaron la cubierta de restos de sal y sangre. Y habían asegurado el botín en el compartimento sellado…

Cuando calibraron las incubadoras donde la Mycena Neonfaucis respiraba en silencio, expandiéndose en filamentos azul eléctrico bajo el cristal estéril…

Cuando, luego, casi como un ritual pagano, descorcharon una botella de ron mediocre y brindaron sin discursos, por volver a casa sin estar sanos, pero sí a salvo…

Uno a uno fueron desapareciendo por el pasillo metálico que conducía a los camarotes. Las botas dejaron huellas húmedas sobre el suelo industrial. Laia fue la primera en caer rendida, todavía con la venda en el hombro. Sofi se dejó caer sobre la litera sin quitarse siquiera el anillo que siempre giraba cuando estaba nerviosa. Nico se detuvo un instante frente al panel de control central, observando las cifras verdes que indicaban estabilidad biológica. Sonrió apenas, como un padre que vigila la respiración de su hijo recién nacido. Gabi fue el último en acostarse, apagando la luz. Durante unos segundos, el Centinela Azul quedó envuelto en la penumbra del océano abierto. Una mole oxidada y silenciosa perdida en mitad de ninguna parte. Pero en su interior, tras puertas herméticas y filtros de aire que zumbaban con constancia, la Azulita seguía creciendo. Mientras los sanadores del mundo dormían, su lucha clandestina continuaba.

Como un fuego rebelde y azul imposible de apagar.

En algún piso de Lisboa, una mujer de cincuenta y tres años abrió los ojos después de años de dolor crónico. No fue un milagro instantáneo. Fue más sutil. Durante semanas, su artritis reumatoide había ido cediendo como una marea que se retira sin hacer ruido. Esa mañana dobló los dedos sin que crujieran. Cerró el puño. Lo abrió. Volvió a cerrarlo. Y empezó a llorar.

Su hija, que preparaba café en la cocina, pensó que algo iba mal. Corrió hacia el dormitorio. La encontró sentada en la cama, flexionando las manos como si estuviera redescubriendo el cuerpo.
  • Não me dói - susurró la mujer, incrédula - Pela primeira vez... não me dói.
Se abrazaron en silencio. Ninguna sabía que, meses atrás, alguien había alterado discretamente un lote de medicamentos biológicos en el mercado negro europeo. Nadie pronunció la palabra “Azulita”. No hacía falta.

En el norte de la India, un río que durante décadas había arrastrado espuma tóxica comenzó a aclararse. Al principio fueron pequeños cambios: menos peces muertos flotando en la orilla, menos olor ácido al amanecer. Después, una mañana, los niños volvieron a lanzarse piedras desde el embarcadero sin que sus padres los gritaran de inmediato.

Los análisis oficiales hablaban de “una mejora inesperada en la capacidad de autorregeneración microbiana del ecosistema”. No entendían por qué ciertos compuestos industriales estaban siendo descompuestos a una velocidad imposible. Pero en el fondo del cauce, invisibles y microscópicas redes azuladas metabolizaban metales pesados y los transformaban en sedimentos inertes. El río respiraba otra vez.

En un poblado del Sahel, donde el suelo llevaba generaciones agrietado como piel reseca, algo empezó a cambiar. Un cooperante dejó, sin demasiadas explicaciones, un preparado orgánico mezclado con semillas resistentes. Los ancianos desconfiaron. Los jóvenes, no tanto.

Semanas después, la tierra, acostumbrada a rendirse, comenzó a oscurecerse. Retenía humedad. Pequeños brotes verdes rompieron la superficie como si desafiaran al sol. Primero fueron hojas tímidas. Luego hileras. Luego campos. Una niña arrancó una zanahoria torcida y la sostuvo como si fuera oro. El viento levantó polvo, pero entre el polvo ya no solo había muerte. Había posibilidad.

En São Paulo, un barrio entero redujo sus niveles de contaminación atmosférica en cifras que desconcertaron a los laboratorios municipales.

En Alaska, una colonia de focas dejó de presentar lesiones cutáneas asociadas a vertidos petroleros.

En Corea del Sur, un paciente oncológico que no respondía a ningún tratamiento mostró una remisión espontánea que obligó a reescribir informes médicos.

El mundo cambiaba. No de golpe. No con fuegos artificiales.
Cambiaba como cambian las placas tectónicas: lento, imparable, silencioso.

Y sí… Muchos estaban en contra.

Las farmacéuticas hablaban de sabotaje. Los gobiernos sospechaban de bioterrorismo. Las corporaciones que trabajaban con residuos contaminantes invertían fortunas en encontrar el origen de aquella anomalía biológica que interfería en sus balances. Pero cada intento de rastrear la fuente terminaba en datos inconclusos, en laboratorios vacíos, en pistas que se evaporaban en el mar. Porque el Centinela Azul no figuraba en ningún mapa. Y mientras la marea golpeaba su estructura oxidada, en sus entrañas la Azulita continuaba multiplicándose. Filamentos lumínicos expandiéndose como constelaciones microscópicas.

Arriba, en los camarotes estrechos, los cuatro dormían por fin. Respiraciones acompasadas. Vendajes recién cambiados. Cicatrices que aún escocían. Ignoraban los rostros concretos que estaban cambiando gracias a ellos. No conocían los nombres de quienes celebraban, de quienes volvían a sembrar, de quienes se abrazaban incrédulos frente a una recuperación imposible. Pero no necesitaban saberlo.

Porque la lucha no era por reconocimiento.
Era por transformación.

Y mientras el mundo discutía, negaba o intentaba apagar la chispa, en algún lugar - en un cuerpo, en un río, en un campo agrietado - la “Azulita" seguía haciendo lo que había nacido para hacer: Curar.

Incluso cuando el propio mundo no estaba seguro de querer ser salvado.

Continuará…
 
Vaya salto en el tiempo.
Queda claro según este capítulo que Nico y Laia están juntos por fin .
N
Estuve pensando que si la tabla periódica tiene 118 elementos iba a escribir 118 capítulos.
Y para no hacerlo tan lineal, cada veinte poner un interludio.
Para ir dando pinceladas del futuro, ya que el libro empieza por el futuro digamos.

Así ahora todos sabemos como empieza y como acaba, pero no todo lo que sucede por el camino...
Que siempre es lo más importante. ❤️

"Caminante no hay camino, se hace camino al andar"

Un abrazo!
 
Estuve pensando que si la tabla periódica tiene 118 elementos iba a escribir 118 capítulos.
Y para no hacerlo tan lineal, cada veinte poner un interludio.
Para ir dando pinceladas del futuro, ya que el libro empieza por el futuro digamos.

Así ahora todos sabemos como empieza y como acaba, pero no todo lo que sucede por el camino...
Que siempre es lo más importante. ❤️

"Caminante no hay camino, se hace camino al andar"

Un abrazo!
Pues si este capítulo es un poco más avanzado que como comienza, ya sabemos que salen adelante, que Laia termina enamorándose de Nico y que hasta van a tener un hijo.
La verdad es que suena bien.
 
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