El Inicio de un Incesto

13

Se despertó sobresaltado debido a un golpe. Miró el móvil dándose cuenta de que eran las ¡Cuatro de la mañana! No había otra alternativa, las dos mujeres estaban de regreso. No trató de volver a dormir, habían puesto la música al máximo y conciliar el sueño era una quimera. Habían entrado en casa bebidas y cantando como dos estrellas de rock.

Con su pijama, o más bien ropa de deporte, descendió las escaleras para ver que ocurría. Su madre bailaba encima del sofá ante su hermana que la imitaba delante del televisor. Habían puesto una lista de reproducción en el móvil y sonaba similar a un concierto, al joven le dio la impresión de estar contemplando a dos amigas suyas de la universidad y no dos mujeres de mediana edad. Aunque bueno… pensándolo mejor, quizá dos chicas de su edad se comportasen algo menos alocadas.

—Vaya, Sergio, te hemos despertado… y eso que hemos puesto la música bajita —dijo su tía muy ebria, el muchacho no pudo discernir si lo decía en broma o en serio. Aunque más tiraba por lo segundo.

—Me parece que está al máximo —apuntilló.

—¿Hijo, no vendrás a quejarte? Aguafiestas, aguafiestas… —Mari miró a su hermana y esta la siguió a coro, haciendo que Sergio levantase los brazos para acallarlas sintiéndose el padre de ambas.

—Para nada, solo quería comprobar que estáis bien, vuelvo a la cama.

—Estamos mejor que bien… —contestó su tía con la mirada fija en el muchacho— ¿Por qué no te quedas?

—¡Venga! —añadió su madre. Dudó, pero al momento pensó “¿Por qué no?”— lo siento hijo, creo que nunca me has visto así.

—¿Lo dices por lo guapa que vas? —las palabras le fluyeron con sinceridad, puesto que era lo que realmente sentía. Su madre se bajó del sofá con el rostro enrojecido por tal halago.

—¡Toma! —retomó la conversación Carmen con un tono que mostraba embriaguez— es un amor de hijo, de esto es lo que te he hablado.

Las mujeres vieron como Sergio se acercaba a ellas y estando los tres a la misma altura, se sentaron en el sofá, apagando la música por fin.

—¿Os lo habéis pasado bien? —preguntó Sergio mirando a las dos.

—De maravilla, como dos chiquillas —los ojos de Carmen brillaban, por la felicidad y el alcohol— por un momento hemos vuelto a la adolescencia. Incluso hemos espantado a unos moscones, podríamos haber ligado y todo, estamos hechas unas mozas Mari.

Su madre dio un sorbo a la copa que tenía en la mesa y no pudo evitar taparse los labios para no reírse y derramar todo el líquido. Sergio pudo ver que los ojos de Mari, por un momento contemplaban el infinito evocando recuerdos muy vividos de su adolescencia.

—Por cierto —cortó Mari volviendo de su viaje al pasado—, me ha contado tu tía que quiere escribir un libro ¿Qué te parece?

—Fantástico, aunque todavía está en proceso, lo tiene bien construido. Pero, le tiene que dar el giro final.

—Tu madre ha pensado que tiene que ser algo guarro, bueno aunque al principio lo llamaba “guarrete”, la palabra ha variado con la suma de copas.

—¿Sí? —al joven no le cabía en la cabeza que su madre pensara eso, la tenía por una mujer demasiado escueta en cuanto al sexo.

—Es lo que se lleva ahora, tienes que meter amor y algo más, si no ¿para qué…?

Sergio sonrió sin pudor al escuchar ese “pare que”, haciendo contacto con los preciosos ojos azules de su madre la cual le mostraba una media sonrisa como nunca antes lo había hecho “¿Está feliz?”. Los ojos algo vidriosos por el alcohol, brillaban con la tenue luz de la sala y hacían que Sergio se extrañase por ver a esa mujer… porque no parecía su madre.

—Jamás te había visto así, estás menos… tensa… Me encanta, mamá, es como si fueras otra persona… me gusta la Mari que veo.

—¡Hijo! Calla ya, que me van a subir los colores.

—Dale un abrazo a tu hijo, que es el único que tienes. Yo no tengo, pobre de mí —saltó Carmen de pronto, haciéndose pasar por la reina del drama.

Aunque a Mari en cualquier momento le hubiera avergonzado, con el alcohol parecía haber olvidado ese poco apego por lo cariñoso. Sentada como estaba al lado de su hijo, abrió los brazos rodeándole con relativa fuerza.

Escuchó a su hermana aplaudir a su espalda y le salió una pequeña sonrisa pensando en lo boba que era, pero de pronto, algo cambio. En el instante previo a la separación, su hijo giró su cabeza, Mari sintió como los labios del muchacho se posaban en su cuello dándola un beso de amor fraternal.

Cada uno se sentó como antes y la mujer no dio muestras de nada en particular, salvo que dentro de ella un cosquilleo muy sentido le había recorrido el cuerpo. Se miró con disimulo mientras se frotaba el brazo derecho, tenía toda la piel erizada.

Sintiéndose mucho más mareada que antes, pidió disculpas como si estuviera en una reunión de negocios, encaminándose a la cocina a por un vaso de agua. Con aquel beso todo el cuerpo se le había revuelto, seguramente debido al alcohol. De mientras en la sala, Carmen y Sergio se quedaron solos.

—¿Ha venido tu madre y ahora va a acaparar todos los abrazos? —abrió los brazos a su sobrino.

Los dos se abrazaron mientras Mari seguía en la cocina consiguiendo que su cuerpo y mente volvieran a estabilizarse. Después de un apretón aún más fuerte por parte de su tía, ambos se separaron sin dejar de mirarse.

Trató de evitarlo, pero le era imposible, su tía estaba tan guapa que pasaba los ojos de forma fugaz por su cuerpo. Analizaba cada curva, cada centímetro de piel expuesto, sintiendo que estaba no delante de una mujer, sino de una diosa. Y lo más curioso, es que cuanto más la miraba, más bella la sentía.

Su exhaustivo análisis se detuvo en los ojos de Carmen, los preciosos ojos iguales a los de su madre. Pero ¡Qué sorpresa! Carmen con cierto descaro o poco cuidado debido a su embriaguez, tenía la mirada clavada en la entrepierna del chico.

Sergio se atoró al momento, sintiendo un nerviosismo inigualable. La observó con detenimiento, son dos o tres segundos en los que la descubrió mirando su miembro viril. La mujer se sentía agitada, su respiración era acelerada y su pecho y subía y bajaba abruptamente. No se lo podía creer, ¡su tía le estaba mirando el pene!

Intentó aparentar que no la había pillado, pero daba igual, porque lo peor era otra cosa. Debido al arrumaco reciente con Carmen, su pene comenzaba a atisbarse como un pequeño bulto y ahí era donde su tía tenía fijada la mirada.

Carmen pensaba que solo había sido un vistazo fugaz y que en el abrigo del hogar nadie se había enterado de cómo le miraba la entrepierna a Sergio, pero no es así. Lo que la descolocó fue el bulto que comenzaba a emerger saludándola, viéndose a la perfección con la luz de las lámparas.

Querría contenerse, pero eso ya le es imposible. Algo apareció en su vientre, una bola que le subía por la garganta deshaciendo nudos y al final, le obliga a abrir la boca para expulsar lo siguiente.

—Qué curioso…

—No, no, esto… —habló rápido Sergio tratando de cortar a Carmen que ahora se tapaba la boca evitando que la sonrisa le cubriera todo el rostro— No, a ver…

—¿Qué reís sin mí? —escucharon como Mari venía desde la cocina.

—No nada, tu hijo, que le encanta estar con nosotras. —el joven sintió sin ningún tipo de dudas que esa mirada ya no era normal.

—No estás nada mal aquí ¿eh, cariño? —Mari había llegado hasta donde ellos.

Su corazón se le salía del pecho, su empalme había sido visto por su tía y además durante varios segundos. Pensó qué pasaría si estuvieran solos, si no estuviera su madre, si Sol no cortase la tensión… lo sabía con certeza, se lanzaría a por ella pasara lo que pasara… “A tomar por culo la moralidad”.

Sin embargo, no era el momento, le quedaban varios días, tenía todavía otra vida para gastar, lo sentía. Aun así, la mirada de Carmen era demasiado intensa y no le dejaba respirar. Su rostro bello como siempre, aunaba una mezcla de embriaguez y lujuria de la cual no podía escapar, era un momento soñado, pero con su madre allí… ni hablar.

—Creo que es hora de ir a cama —comentó su madre al ver que nadie hablaba— además, Sergio, no son horas que estés levantado.

Esa broma hizo que la tensión del joven se desvaneciera, logrando que cierta parte de la sangre de su cuerpo dejara de fluir a los bajos. Sonrió de manera lamentable, incluso sintiendo como el labio le temblaba, a su tía en cambio no le temblaba nada.

—¿Te ayudo, mamá? Esas escaleras no las conoces y no te veo del todo bien.

—No, mejor… bueno, mejor sí —acabó diciendo Mari sabiendo que no estaba para muchos paseos— estoy un poco… bastante borracha.

El alcohol había hecho mella en ella y su mirada, estaba un poco perdida. Por lo que Sergio actuando como un caballero, la sujetó de la cintura andando junto a ella mientras su madre le rodeaba el cuello con su brazo.

Los tacones de ambas retumbaron con fuerza en la madera al tiempo que subían. Era evidente que Mari no podía subir sola, aquel último abrazo con ese… beso, le había hecho que todo su cuerpo se derrumbara. No estaba acostumbrada a beber, eso era verdad, pero una cosa pasó por su cerebro lleno de alcohol, “menos acostumbrada estoy a los besos en el cuello”.

A Sergio no le costó subirla, aunque lo peor sucedería en el momento que el vestido de su madre se estiraba demasiado junto a su cuerpo y algo del sujetador empezó salir a la luz. Trató de no mirar, pero la calentura que dominaba su cuerpo esos días le obligó a hacerlo. “¿Por qué lo hago? Es que este día no se acaba…” se maldijo una y otra vez en un lapso de tiempo muy corto.

El sujetador de su madre dejaba muy bien los senos que contenía, apretados… tocándose el uno al otro… esponjosos como había visto los de su tía, parecían sendas nubes de algodón. Giró bruscamente la cabeza para no caer de nuevo en la tentación de esos grandes pechos, a su miembro viril ya le daba igual de quien eran, solo pensaba que al fin y al cabo eran grandes mamas.

“Mierda que es mi madre, estoy enfermo” se dijo notando un calor que retornaba a la entrepierna. En su cabeza solo cabía una excusa, “son similares a los de Carmen, quizá mi subconsciente me haya hecho ponerme…”. Aquello no valía y Sergio lo sabía muy bien. La única diferencia entre un busto y el otro era que la delgadez de Mari hacia una ilusión óptica de que fueran más grandes, por lo demás, eran idénticos. “Deja de pensar eso imbécil” se gritó en un momento.

Antes de darse cuenta resopló aliviado llegando a la habitación de Mari y entrando en ella todavía con la mano en la cintura de su madre, “menos mal”.

—De aquí en adelante…

—Mejor acompáñame —le dijo su madre con la boca pastosa y un ojo medio cerrado.

Llegaron al centro de la habitación, muy similar a la que el mismo habitaba. Mari le señaló la maleta, Sergio entendió que quería el pijama. Rebuscó con rapidez, encontrando el primero y dándoselo a su madre la cual parecía más dormida que despierta. La mujer se dio la vuelta, dando la espalda a su hijo y abriendo la boca para decir algo.

—Quítame la cremallera, por favor.

Estaba nervioso. Los dedos de Sergio bajaron la cremallera con torpeza, topándose con el final cerca del comienzo del trasero de su madre. Sin que nadie se lo pidiera, por un gesto natural… o eso creía, posó ambas manos en los hombros de su progenitora. Desde allí, le fue bajando el vestido hasta que comenzó a resbalar con independencia por toda su piel. De forma silenciosa, acabó por caer alrededor de sus pies.

Mari con su poca conciencia, se dio la vuelta teniendo de frente a su hijo. Su cuerpo estaba en ropa interior, esa ropa interior tan bonita y tan cara que su hermana le había comprado y que ella, al principio cortésmente había rechazado.

Su hijo la miraba a los ojos y ella hacía lo propio, dándose cuenta de las pocas veces que le miraba por tanto tiempo y con tanta atención. Su hijo había crecido y muy bien además, convirtiéndose en un pequeño hombrecito que dentro de poco volaría de su nido con la mujer perfecta. Abrió sus brazos y sin notar la incertidumbre de Sergio por lo que ocurría, abrazó de nuevo a su hijo esta vez sin que nadie se lo pidiera.

Como si fuera una muñeca de porcelana, el chico la rodeó tocándola con suavidad. Se le hizo de lo más extraño tocar la piel desnuda de su madre, aunque… no le desagradó.

—Muchas gracias, te quiero —ninguno de los dos recordaba tanto amor en tan poco tiempo. Su madre se envalentonó, movida por su embriaguez, dándole un beso en la mejilla al tiempo que acariciaba la contraria. Sergio no entendía a que venía todo aquello, aunque la culpa estaba clara que era del alcohol, sin embargo su cuerpo… lo agradeció.

—Yo también te quiero, hermana —habló Carmen desde la puerta observando todo este tiempo como un guardián silencioso.

El joven salió de la estancia mientras su madre en vez de meterse en la cama, casi se lanzaba sin ponerse el pijama ni quitarse los zapatos. La vio por última vez, tumbada, inerte, seguramente ya dormida y aun sorprendido por como la había visto, “tan libre, cariñosa, efusiva… guapa…”

La mujer ya en el pasillo, observaba como su sobrino cerraba la puerta con la mente ausente del mundo terrenal. El alcohol aunque todavía muy presente le ha dejado ver esa rara situación con Mari y no puede dejar de mirarle.

—Es hora de dormir, cariño.

—Si… —Sergio se fijó en su tía, su figura apoyada en la barandilla parece que hubiera crecido diez metros y se lo fuera a engullir. Algo le atenazaba de pronto dejándole paralizado.

—Por cierto, solo una duda. —la boca se le secó al joven, su tía se acercó y no pudo evitar pensar, en las múltiples cosas que sentía por ella— Eso de ahí abajo. —estiró uno de sus dedos con una larga uña pintada y con tono serio señaló la entrepierna abultada del joven— ¿Ha pasado por Mari o… por otra?

Al muchacho le encantaría responderla, pero no pudo. Su lengua se trabó y su boca no permitía movimiento alguno. Quería decirle de todo, sin embargo… no le salió. Sus labios no se movían, su garganta estaba paralizada y la tripa le daba vueltas. Por mucho que imaginase, por mucho que lo deseara, seguía siendo su tía y esas palabras no concordaban hacia ella.

—Por… por… por… —le salió decir en un susurro mientras creía que su corazón había parado de latir.

—¿Por…? —miró con duda al muchacho que era un conejo asustado y terminó por preguntarle— ¿las dos? —mantuvo una media sonrisa pícara. Para después darse la vuelta y añadir— bueno, vete a cama, Sergio, que mañana tendremos que cuidar a tu madre.

Carmen desapareció contoneando su trasero hasta su habitación dejando a Sergio solo, en medio del pasillo con la erección más dura que jamás había sentido en su vida. Dándose la vuelta, al ver como su tía entraba en la habitación, hizo lo propio. Ni siquiera quería tocársela, demasiadas emociones en menos de media hora. Se tumbó en la cama, pero el corazón le estaba inquieto y algo que rondaba por abajo, quería escapar de su pantalón, si era necesario, desgarrando la tela.

No lo soportaba, no podía aguantarse más. Levantándose de la cama como si tuviera un muelle en la espalda y haciendo caso a su “cerebro de abajo”, siguió el camino que su dura entrepierna le marcaba.

Recorrió el pasillo totalmente a oscuras, solo una única luz salía por la rendija de la última puerta, la de Carmen. Pasó al lado de la puerta de su madre, apenas se escuchaba nada, su madre o estaba muerta o dormida como un oso en plena hibernación, no le prestó demasiada atención, tenía un objetivo.

Respiraba con excesiva rapidez y la boca estaba tan seca que ni con la piscina entera la conseguiría humedecer. Su garganta era un amasijo de músculos agarrotados que apenas podían sacar un pequeño sonido gutural. Sin darse cuenta, llegó a su destino, una puerta de madera de color negro, con un picaporte plateado. La puerta de su tía Carmen.

CONTINUARÁ...
 
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Se despertó sobresaltado debido a un golpe. Miró el móvil dándose cuenta de que eran las ¡Cuatro de la mañana! No había otra alternativa, las dos mujeres estaban de regreso. No trató de volver a dormir, habían puesto la música al máximo y conciliar el sueño era una quimera. Habían entrado en casa bebidas y cantando como dos estrellas de rock.

Con su pijama, o más bien ropa de deporte, descendió las escaleras para ver que ocurría. Su madre bailaba encima del sofá ante su hermana que la imitaba delante del televisor. Habían puesto una lista de reproducción en el móvil y sonaba similar a un concierto, al joven le dio la impresión de estar contemplando a dos amigas suyas de la universidad y no dos mujeres de mediana edad. Aunque bueno… pensándolo mejor, quizá dos chicas de su edad se comportasen algo menos alocadas.

—Vaya, Sergio, te hemos despertado… y eso que hemos puesto la música bajita —dijo su tía muy ebria, el muchacho no pudo discernir si lo decía en broma o en serio. Aunque más tiraba por lo segundo.

—Me parece que está al máximo —apuntilló.

—¿Hijo, no vendrás a quejarte? Aguafiestas, aguafiestas… —Mari miró a su hermana y esta la siguió a coro, haciendo que Sergio levantase los brazos para acallarlas sintiéndose el padre de ambas.

—Para nada, solo quería comprobar que estáis bien, vuelvo a la cama.

—Estamos mejor que bien… —contestó su tía con la mirada fija en el muchacho— ¿Por qué no te quedas?

—¡Venga! —añadió su madre. Dudó, pero al momento pensó “¿Por qué no?”— lo siento hijo, creo que nunca me has visto así.

—¿Lo dices por lo guapa que vas? —las palabras le fluyeron con sinceridad, puesto que era lo que realmente sentía. Su madre se bajó del sofá con el rostro enrojecido por tal halago.

—¡Toma! —retomó la conversación Carmen con un tono que mostraba embriaguez— es un amor de hijo, de esto es lo que te he hablado.

Las mujeres vieron como Sergio se acercaba a ellas y estando los tres a la misma altura, se sentaron en el sofá, apagando la música por fin.

—¿Os lo habéis pasado bien? —preguntó Sergio mirando a las dos.

—De maravilla, como dos chiquillas —los ojos de Carmen brillaban, por la felicidad y el alcohol— por un momento hemos vuelto a la adolescencia. Incluso hemos espantado a unos moscones, podríamos haber ligado y todo, estamos hechas unas mozas Mari.

Su madre dio un sorbo a la copa que tenía en la mesa y no pudo evitar taparse los labios para no reírse y derramar todo el líquido. Sergio pudo ver que los ojos de Mari, por un momento contemplaban el infinito evocando recuerdos muy vividos de su adolescencia.

—Por cierto —cortó Mari volviendo de su viaje al pasado—, me ha contado tu tía que quiere escribir un libro ¿Qué te parece?

—Fantástico, aunque todavía está en proceso, lo tiene bien construido. Pero, le tiene que dar el giro final.

—Tu madre ha pensado que tiene que ser algo guarro, bueno aunque al principio lo llamaba “guarrete”, la palabra ha variado con la suma de copas.

—¿Sí? —al joven no le cabía en la cabeza que su madre pensara eso, la tenía por una mujer demasiado escueta en cuanto al sexo.

—Es lo que se lleva ahora, tienes que meter amor y algo más, si no ¿para qué…?

Sergio sonrió sin pudor al escuchar ese “pare que”, haciendo contacto con los preciosos ojos azules de su madre la cual le mostraba una media sonrisa como nunca antes lo había hecho “¿Está feliz?”. Los ojos algo vidriosos por el alcohol, brillaban con la tenue luz de la sala y hacían que Sergio se extrañase por ver a esa mujer… porque no parecía su madre.

—Jamás te había visto así, estás menos… tensa… Me encanta, mamá, es como si fueras otra persona… me gusta la Mari que veo.

—¡Hijo! Calla ya, que me van a subir los colores.

—Dale un abrazo a tu hijo, que es el único que tienes. Yo no tengo, pobre de mí —saltó Carmen de pronto, haciéndose pasar por la reina del drama.

Aunque a Mari en cualquier momento le hubiera avergonzado, con el alcohol parecía haber olvidado ese poco apego por lo cariñoso. Sentada como estaba al lado de su hijo, abrió los brazos rodeándole con relativa fuerza.

Escuchó a su hermana aplaudir a su espalda y le salió una pequeña sonrisa pensando en lo boba que era, pero de pronto, algo cambio. En el instante previo a la separación, su hijo giró su cabeza, Mari sintió como los labios del muchacho se posaban en su cuello dándola un beso de amor fraternal.

Cada uno se sentó como antes y la mujer no dio muestras de nada en particular, salvo que dentro de ella un cosquilleo muy sentido le había recorrido el cuerpo. Se miró con disimulo mientras se frotaba el brazo derecho, tenía toda la piel erizada.

Sintiéndose mucho más mareada que antes, pidió disculpas como si estuviera en una reunión de negocios, encaminándose a la cocina a por un vaso de agua. Con aquel beso todo el cuerpo se le había revuelto, seguramente debido al alcohol. De mientras en la sala, Carmen y Sergio se quedaron solos.

—¿Ha venido tu madre y ahora va a acaparar todos los abrazos? —abrió los brazos a su sobrino.

Los dos se abrazaron mientras Mari seguía en la cocina consiguiendo que su cuerpo y mente volvieran a estabilizarse. Después de un apretón aún más fuerte por parte de su tía, ambos se separaron sin dejar de mirarse.

Trató de evitarlo, pero le era imposible, su tía estaba tan guapa que pasaba los ojos de forma fugaz por su cuerpo. Analizaba cada curva, cada centímetro de piel expuesto, sintiendo que estaba no delante de una mujer, sino de una diosa. Y lo más curioso, es que cuanto más la miraba, más bella la sentía.

Su exhaustivo análisis se detuvo en los ojos de Carmen, los preciosos ojos iguales a los de su madre. Pero ¡Qué sorpresa! Carmen con cierto descaro o poco cuidado debido a su embriaguez, tenía la mirada clavada en la entrepierna del chico.

Sergio se atoró al momento, sintiendo un nerviosismo inigualable. La observó con detenimiento, son dos o tres segundos en los que la descubrió mirando su miembro viril. La mujer se sentía agitada, su respiración era acelerada y su pecho y subía y bajaba abruptamente. No se lo podía creer, ¡su tía le estaba mirando el pene!

Intentó aparentar que no la había pillado, pero daba igual, porque lo peor era otra cosa. Debido al arrumaco reciente con Carmen, su pene comenzaba a atisbarse como un pequeño bulto y ahí era donde su tía tenía fijada la mirada.

Carmen pensaba que solo había sido un vistazo fugaz y que en el abrigo del hogar nadie se había enterado de cómo le miraba la entrepierna a Sergio, pero no es así. Lo que la descolocó fue el bulto que comenzaba a emerger saludándola, viéndose a la perfección con la luz de las lámparas.

Querría contenerse, pero eso ya le es imposible. Algo apareció en su vientre, una bola que le subía por la garganta deshaciendo nudos y al final, le obliga a abrir la boca para expulsar lo siguiente.

—Qué curioso…

—No, no, esto… —habló rápido Sergio tratando de cortar a Carmen que ahora se tapaba la boca evitando que la sonrisa le cubriera todo el rostro— No, a ver…

—¿Qué reís sin mí? —escucharon como Mari venía desde la cocina.

—No nada, tu hijo, que le encanta estar con nosotras. —el joven sintió sin ningún tipo de dudas que esa mirada ya no era normal.

—No estás nada mal aquí ¿eh, cariño? —Mari había llegado hasta donde ellos.

Su corazón se le salía del pecho, su empalme había sido visto por su tía y además durante varios segundos. Pensó qué pasaría si estuvieran solos, si no estuviera su madre, si Sol no cortase la tensión… lo sabía con certeza, se lanzaría a por ella pasara lo que pasara… “A tomar por culo la moralidad”.

Sin embargo, no era el momento, le quedaban varios días, tenía todavía otra vida para gastar, lo sentía. Aun así, la mirada de Carmen era demasiado intensa y no le dejaba respirar. Su rostro bello como siempre, aunaba una mezcla de embriaguez y lujuria de la cual no podía escapar, era un momento soñado, pero con su madre allí… ni hablar.

—Creo que es hora de ir a cama —comentó su madre al ver que nadie hablaba— además, Sergio, no son horas que estés levantado.

Esa broma hizo que la tensión del joven se desvaneciera, logrando que cierta parte de la sangre de su cuerpo dejara de fluir a los bajos. Sonrió de manera lamentable, incluso sintiendo como el labio le temblaba, a su tía en cambio no le temblaba nada.

—¿Te ayudo, mamá? Esas escaleras no las conoces y no te veo del todo bien.

—No, mejor… bueno, mejor sí —acabó diciendo Mari sabiendo que no estaba para muchos paseos— estoy un poco… bastante borracha.

El alcohol había hecho mella en ella y su mirada, estaba un poco perdida. Por lo que Sergio actuando como un caballero, la sujetó de la cintura andando junto a ella mientras su madre le rodeaba el cuello con su brazo.

Los tacones de ambas retumbaron con fuerza en la madera al tiempo que subían. Era evidente que Mari no podía subir sola, aquel último abrazo con ese… beso, le había hecho que todo su cuerpo se derrumbara. No estaba acostumbrada a beber, eso era verdad, pero una cosa pasó por su cerebro lleno de alcohol, “menos acostumbrada estoy a los besos en el cuello”.

A Sergio no le costó subirla, aunque lo peor sucedería en el momento que el vestido de su madre se estiraba demasiado junto a su cuerpo y algo del sujetador empezó salir a la luz. Trató de no mirar, pero la calentura que dominaba su cuerpo esos días le obligó a hacerlo. “¿Por qué lo hago? Es que este día no se acaba…” se maldijo una y otra vez en un lapso de tiempo muy corto.

El sujetador de su madre dejaba muy bien los senos que contenía, apretados… tocándose el uno al otro… esponjosos como había visto los de su tía, parecían sendas nubes de algodón. Giró bruscamente la cabeza para no caer de nuevo en la tentación de esos grandes pechos, a su miembro viril ya le daba igual de quien eran, solo pensaba que al fin y al cabo eran grandes mamas.

“Mierda que es mi madre, estoy enfermo” se dijo notando un calor que retornaba a la entrepierna. En su cabeza solo cabía una excusa, “son similares a los de Carmen, quizá mi subconsciente me haya hecho ponerme…”. Aquello no valía y Sergio lo sabía muy bien. La única diferencia entre un busto y el otro era que la delgadez de Mari hacia una ilusión óptica de que fueran más grandes, por lo demás, eran idénticos. “Deja de pensar eso imbécil” se gritó en un momento.

Antes de darse cuenta resopló aliviado llegando a la habitación de Mari y entrando en ella todavía con la mano en la cintura de su madre, “menos mal”.

—De aquí en adelante…

—Mejor acompáñame —le dijo su madre con la boca pastosa y un ojo medio cerrado.

Llegaron al centro de la habitación, muy similar a la que el mismo habitaba. Mari le señaló la maleta, Sergio entendió que quería el pijama. Rebuscó con rapidez, encontrando el primero y dándoselo a su madre la cual parecía más dormida que despierta. La mujer se dio la vuelta, dando la espalda a su hijo y abriendo la boca para decir algo.

—Quítame la cremallera, por favor.

Estaba nervioso. Los dedos de Sergio bajaron la cremallera con torpeza, topándose con el final cerca del comienzo del trasero de su madre. Sin que nadie se lo pidiera, por un gesto natural… o eso creía, posó ambas manos en los hombros de su progenitora. Desde allí, le fue bajando el vestido hasta que comenzó a resbalar con independencia por toda su piel. De forma silenciosa, acabó por caer alrededor de sus pies.

Mari con su poca conciencia, se dio la vuelta teniendo de frente a su hijo. Su cuerpo estaba en ropa interior, esa ropa interior tan bonita y tan cara que su hermana le había comprado y que ella, al principio cortésmente había rechazado.

Su hijo la miraba a los ojos y ella hacía lo propio, dándose cuenta de las pocas veces que le miraba por tanto tiempo y con tanta atención. Su hijo había crecido y muy bien además, convirtiéndose en un pequeño hombrecito que dentro de poco volaría de su nido con la mujer perfecta. Abrió sus brazos y sin notar la incertidumbre de Sergio por lo que ocurría, abrazó de nuevo a su hijo esta vez sin que nadie se lo pidiera.

Como si fuera una muñeca de porcelana, el chico la rodeó tocándola con suavidad. Se le hizo de lo más extraño tocar la piel desnuda de su madre, aunque… no le desagradó.

—Muchas gracias, te quiero —ninguno de los dos recordaba tanto amor en tan poco tiempo. Su madre se envalentonó, movida por su embriaguez, dándole un beso en la mejilla al tiempo que acariciaba la contraria. Sergio no entendía a que venía todo aquello, aunque la culpa estaba clara que era del alcohol, sin embargo su cuerpo… lo agradeció.

—Yo también te quiero, hermana —habló Carmen desde la puerta observando todo este tiempo como un guardián silencioso.

El joven salió de la estancia mientras su madre en vez de meterse en la cama, casi se lanzaba sin ponerse el pijama ni quitarse los zapatos. La vio por última vez, tumbada, inerte, seguramente ya dormida y aun sorprendido por como la había visto, “tan libre, cariñosa, efusiva… guapa…”

La mujer ya en el pasillo, observaba como su sobrino cerraba la puerta con la mente ausente del mundo terrenal. El alcohol aunque todavía muy presente le ha dejado ver esa rara situación con Mari y no puede dejar de mirarle.

—Es hora de dormir, cariño.

—Si… —Sergio se fijó en su tía, su figura apoyada en la barandilla parece que hubiera crecido diez metros y se lo fuera a engullir. Algo le atenazaba de pronto dejándole paralizado.

—Por cierto, solo una duda. —la boca se le secó al joven, su tía se acercó y no pudo evitar pensar, en las múltiples cosas que sentía por ella— Eso de ahí abajo. —estiró uno de sus dedos con una larga uña pintada y con tono serio señaló la entrepierna abultada del joven— ¿Ha pasado por Mari o… por otra?

Al muchacho le encantaría responderla, pero no pudo. Su lengua se trabó y su boca no permitía movimiento alguno. Quería decirle de todo, sin embargo… no le salió. Sus labios no se movían, su garganta estaba paralizada y la tripa le daba vueltas. Por mucho que imaginase, por mucho que lo deseara, seguía siendo su tía y esas palabras no concordaban hacia ella.

—Por… por… por… —le salió decir en un susurro mientras creía que su corazón había parado de latir.

—¿Por…? —miró con duda al muchacho que era un conejo asustado y terminó por preguntarle— ¿las dos? —mantuvo una media sonrisa pícara. Para después darse la vuelta y añadir— bueno, vete a cama, Sergio, que mañana tendremos que cuidar a tu madre.

Carmen desapareció contoneando su trasero hasta su habitación dejando a Sergio solo, en medio del pasillo con la erección más dura que jamás había sentido en su vida. Dándose la vuelta, al ver como su tía entraba en la habitación, hizo lo propio. Ni siquiera quería tocársela, demasiadas emociones en menos de media hora. Se tumbó en la cama, pero el corazón le estaba inquieto y algo que rondaba por abajo, quería escapar de su pantalón, si era necesario, desgarrando la tela.

No lo soportaba, no podía aguantarse más. Levantándose de la cama como si tuviera un muelle en la espalda y haciendo caso a su “cerebro de abajo”, siguió el camino que su dura entrepierna le marcaba.

Recorrió el pasillo totalmente a oscuras, solo una única luz salía por la rendija de la última puerta, la de Carmen. Pasó al lado de la puerta de su madre, apenas se escuchaba nada, su madre o estaba muerta o dormida como un oso en plena hibernación, no le prestó demasiada atención, tenía un objetivo.

Respiraba con excesiva rapidez y la boca estaba tan seca que ni con la piscina entera la conseguiría humedecer. Su garganta era un amasijo de músculos agarrotados que apenas podían sacar un pequeño sonido gutural. Sin darse cuenta, llegó a su destino, una puerta de madera de color negro, con un picaporte plateado. La puerta de su tía Carmen.

CONTINUARÁ...
Joder, menudo morbazo.
 
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Se despertó sobresaltado debido a un golpe. Miró el móvil dándose cuenta de que eran las ¡Cuatro de la mañana! No había otra alternativa, las dos mujeres estaban de regreso. No trató de volver a dormir, habían puesto la música al máximo y conciliar el sueño era una quimera. Habían entrado en casa bebidas y cantando como dos estrellas de rock.

Con su pijama, o más bien ropa de deporte, descendió las escaleras para ver que ocurría. Su madre bailaba encima del sofá ante su hermana que la imitaba delante del televisor. Habían puesto una lista de reproducción en el móvil y sonaba similar a un concierto, al joven le dio la impresión de estar contemplando a dos amigas suyas de la universidad y no dos mujeres de mediana edad. Aunque bueno… pensándolo mejor, quizá dos chicas de su edad se comportasen algo menos alocadas.

—Vaya, Sergio, te hemos despertado… y eso que hemos puesto la música bajita —dijo su tía muy ebria, el muchacho no pudo discernir si lo decía en broma o en serio. Aunque más tiraba por lo segundo.

—Me parece que está al máximo —apuntilló.

—¿Hijo, no vendrás a quejarte? Aguafiestas, aguafiestas… —Mari miró a su hermana y esta la siguió a coro, haciendo que Sergio levantase los brazos para acallarlas sintiéndose el padre de ambas.

—Para nada, solo quería comprobar que estáis bien, vuelvo a la cama.

—Estamos mejor que bien… —contestó su tía con la mirada fija en el muchacho— ¿Por qué no te quedas?

—¡Venga! —añadió su madre. Dudó, pero al momento pensó “¿Por qué no?”— lo siento hijo, creo que nunca me has visto así.

—¿Lo dices por lo guapa que vas? —las palabras le fluyeron con sinceridad, puesto que era lo que realmente sentía. Su madre se bajó del sofá con el rostro enrojecido por tal halago.

—¡Toma! —retomó la conversación Carmen con un tono que mostraba embriaguez— es un amor de hijo, de esto es lo que te he hablado.

Las mujeres vieron como Sergio se acercaba a ellas y estando los tres a la misma altura, se sentaron en el sofá, apagando la música por fin.

—¿Os lo habéis pasado bien? —preguntó Sergio mirando a las dos.

—De maravilla, como dos chiquillas —los ojos de Carmen brillaban, por la felicidad y el alcohol— por un momento hemos vuelto a la adolescencia. Incluso hemos espantado a unos moscones, podríamos haber ligado y todo, estamos hechas unas mozas Mari.

Su madre dio un sorbo a la copa que tenía en la mesa y no pudo evitar taparse los labios para no reírse y derramar todo el líquido. Sergio pudo ver que los ojos de Mari, por un momento contemplaban el infinito evocando recuerdos muy vividos de su adolescencia.

—Por cierto —cortó Mari volviendo de su viaje al pasado—, me ha contado tu tía que quiere escribir un libro ¿Qué te parece?

—Fantástico, aunque todavía está en proceso, lo tiene bien construido. Pero, le tiene que dar el giro final.

—Tu madre ha pensado que tiene que ser algo guarro, bueno aunque al principio lo llamaba “guarrete”, la palabra ha variado con la suma de copas.

—¿Sí? —al joven no le cabía en la cabeza que su madre pensara eso, la tenía por una mujer demasiado escueta en cuanto al sexo.

—Es lo que se lleva ahora, tienes que meter amor y algo más, si no ¿para qué…?

Sergio sonrió sin pudor al escuchar ese “pare que”, haciendo contacto con los preciosos ojos azules de su madre la cual le mostraba una media sonrisa como nunca antes lo había hecho “¿Está feliz?”. Los ojos algo vidriosos por el alcohol, brillaban con la tenue luz de la sala y hacían que Sergio se extrañase por ver a esa mujer… porque no parecía su madre.

—Jamás te había visto así, estás menos… tensa… Me encanta, mamá, es como si fueras otra persona… me gusta la Mari que veo.

—¡Hijo! Calla ya, que me van a subir los colores.

—Dale un abrazo a tu hijo, que es el único que tienes. Yo no tengo, pobre de mí —saltó Carmen de pronto, haciéndose pasar por la reina del drama.

Aunque a Mari en cualquier momento le hubiera avergonzado, con el alcohol parecía haber olvidado ese poco apego por lo cariñoso. Sentada como estaba al lado de su hijo, abrió los brazos rodeándole con relativa fuerza.

Escuchó a su hermana aplaudir a su espalda y le salió una pequeña sonrisa pensando en lo boba que era, pero de pronto, algo cambio. En el instante previo a la separación, su hijo giró su cabeza, Mari sintió como los labios del muchacho se posaban en su cuello dándola un beso de amor fraternal.

Cada uno se sentó como antes y la mujer no dio muestras de nada en particular, salvo que dentro de ella un cosquilleo muy sentido le había recorrido el cuerpo. Se miró con disimulo mientras se frotaba el brazo derecho, tenía toda la piel erizada.

Sintiéndose mucho más mareada que antes, pidió disculpas como si estuviera en una reunión de negocios, encaminándose a la cocina a por un vaso de agua. Con aquel beso todo el cuerpo se le había revuelto, seguramente debido al alcohol. De mientras en la sala, Carmen y Sergio se quedaron solos.

—¿Ha venido tu madre y ahora va a acaparar todos los abrazos? —abrió los brazos a su sobrino.

Los dos se abrazaron mientras Mari seguía en la cocina consiguiendo que su cuerpo y mente volvieran a estabilizarse. Después de un apretón aún más fuerte por parte de su tía, ambos se separaron sin dejar de mirarse.

Trató de evitarlo, pero le era imposible, su tía estaba tan guapa que pasaba los ojos de forma fugaz por su cuerpo. Analizaba cada curva, cada centímetro de piel expuesto, sintiendo que estaba no delante de una mujer, sino de una diosa. Y lo más curioso, es que cuanto más la miraba, más bella la sentía.

Su exhaustivo análisis se detuvo en los ojos de Carmen, los preciosos ojos iguales a los de su madre. Pero ¡Qué sorpresa! Carmen con cierto descaro o poco cuidado debido a su embriaguez, tenía la mirada clavada en la entrepierna del chico.

Sergio se atoró al momento, sintiendo un nerviosismo inigualable. La observó con detenimiento, son dos o tres segundos en los que la descubrió mirando su miembro viril. La mujer se sentía agitada, su respiración era acelerada y su pecho y subía y bajaba abruptamente. No se lo podía creer, ¡su tía le estaba mirando el pene!

Intentó aparentar que no la había pillado, pero daba igual, porque lo peor era otra cosa. Debido al arrumaco reciente con Carmen, su pene comenzaba a atisbarse como un pequeño bulto y ahí era donde su tía tenía fijada la mirada.

Carmen pensaba que solo había sido un vistazo fugaz y que en el abrigo del hogar nadie se había enterado de cómo le miraba la entrepierna a Sergio, pero no es así. Lo que la descolocó fue el bulto que comenzaba a emerger saludándola, viéndose a la perfección con la luz de las lámparas.

Querría contenerse, pero eso ya le es imposible. Algo apareció en su vientre, una bola que le subía por la garganta deshaciendo nudos y al final, le obliga a abrir la boca para expulsar lo siguiente.

—Qué curioso…

—No, no, esto… —habló rápido Sergio tratando de cortar a Carmen que ahora se tapaba la boca evitando que la sonrisa le cubriera todo el rostro— No, a ver…

—¿Qué reís sin mí? —escucharon como Mari venía desde la cocina.

—No nada, tu hijo, que le encanta estar con nosotras. —el joven sintió sin ningún tipo de dudas que esa mirada ya no era normal.

—No estás nada mal aquí ¿eh, cariño? —Mari había llegado hasta donde ellos.

Su corazón se le salía del pecho, su empalme había sido visto por su tía y además durante varios segundos. Pensó qué pasaría si estuvieran solos, si no estuviera su madre, si Sol no cortase la tensión… lo sabía con certeza, se lanzaría a por ella pasara lo que pasara… “A tomar por culo la moralidad”.

Sin embargo, no era el momento, le quedaban varios días, tenía todavía otra vida para gastar, lo sentía. Aun así, la mirada de Carmen era demasiado intensa y no le dejaba respirar. Su rostro bello como siempre, aunaba una mezcla de embriaguez y lujuria de la cual no podía escapar, era un momento soñado, pero con su madre allí… ni hablar.

—Creo que es hora de ir a cama —comentó su madre al ver que nadie hablaba— además, Sergio, no son horas que estés levantado.

Esa broma hizo que la tensión del joven se desvaneciera, logrando que cierta parte de la sangre de su cuerpo dejara de fluir a los bajos. Sonrió de manera lamentable, incluso sintiendo como el labio le temblaba, a su tía en cambio no le temblaba nada.

—¿Te ayudo, mamá? Esas escaleras no las conoces y no te veo del todo bien.

—No, mejor… bueno, mejor sí —acabó diciendo Mari sabiendo que no estaba para muchos paseos— estoy un poco… bastante borracha.

El alcohol había hecho mella en ella y su mirada, estaba un poco perdida. Por lo que Sergio actuando como un caballero, la sujetó de la cintura andando junto a ella mientras su madre le rodeaba el cuello con su brazo.

Los tacones de ambas retumbaron con fuerza en la madera al tiempo que subían. Era evidente que Mari no podía subir sola, aquel último abrazo con ese… beso, le había hecho que todo su cuerpo se derrumbara. No estaba acostumbrada a beber, eso era verdad, pero una cosa pasó por su cerebro lleno de alcohol, “menos acostumbrada estoy a los besos en el cuello”.

A Sergio no le costó subirla, aunque lo peor sucedería en el momento que el vestido de su madre se estiraba demasiado junto a su cuerpo y algo del sujetador empezó salir a la luz. Trató de no mirar, pero la calentura que dominaba su cuerpo esos días le obligó a hacerlo. “¿Por qué lo hago? Es que este día no se acaba…” se maldijo una y otra vez en un lapso de tiempo muy corto.

El sujetador de su madre dejaba muy bien los senos que contenía, apretados… tocándose el uno al otro… esponjosos como había visto los de su tía, parecían sendas nubes de algodón. Giró bruscamente la cabeza para no caer de nuevo en la tentación de esos grandes pechos, a su miembro viril ya le daba igual de quien eran, solo pensaba que al fin y al cabo eran grandes mamas.

“Mierda que es mi madre, estoy enfermo” se dijo notando un calor que retornaba a la entrepierna. En su cabeza solo cabía una excusa, “son similares a los de Carmen, quizá mi subconsciente me haya hecho ponerme…”. Aquello no valía y Sergio lo sabía muy bien. La única diferencia entre un busto y el otro era que la delgadez de Mari hacia una ilusión óptica de que fueran más grandes, por lo demás, eran idénticos. “Deja de pensar eso imbécil” se gritó en un momento.

Antes de darse cuenta resopló aliviado llegando a la habitación de Mari y entrando en ella todavía con la mano en la cintura de su madre, “menos mal”.

—De aquí en adelante…

—Mejor acompáñame —le dijo su madre con la boca pastosa y un ojo medio cerrado.

Llegaron al centro de la habitación, muy similar a la que el mismo habitaba. Mari le señaló la maleta, Sergio entendió que quería el pijama. Rebuscó con rapidez, encontrando el primero y dándoselo a su madre la cual parecía más dormida que despierta. La mujer se dio la vuelta, dando la espalda a su hijo y abriendo la boca para decir algo.

—Quítame la cremallera, por favor.

Estaba nervioso. Los dedos de Sergio bajaron la cremallera con torpeza, topándose con el final cerca del comienzo del trasero de su madre. Sin que nadie se lo pidiera, por un gesto natural… o eso creía, posó ambas manos en los hombros de su progenitora. Desde allí, le fue bajando el vestido hasta que comenzó a resbalar con independencia por toda su piel. De forma silenciosa, acabó por caer alrededor de sus pies.

Mari con su poca conciencia, se dio la vuelta teniendo de frente a su hijo. Su cuerpo estaba en ropa interior, esa ropa interior tan bonita y tan cara que su hermana le había comprado y que ella, al principio cortésmente había rechazado.

Su hijo la miraba a los ojos y ella hacía lo propio, dándose cuenta de las pocas veces que le miraba por tanto tiempo y con tanta atención. Su hijo había crecido y muy bien además, convirtiéndose en un pequeño hombrecito que dentro de poco volaría de su nido con la mujer perfecta. Abrió sus brazos y sin notar la incertidumbre de Sergio por lo que ocurría, abrazó de nuevo a su hijo esta vez sin que nadie se lo pidiera.

Como si fuera una muñeca de porcelana, el chico la rodeó tocándola con suavidad. Se le hizo de lo más extraño tocar la piel desnuda de su madre, aunque… no le desagradó.

—Muchas gracias, te quiero —ninguno de los dos recordaba tanto amor en tan poco tiempo. Su madre se envalentonó, movida por su embriaguez, dándole un beso en la mejilla al tiempo que acariciaba la contraria. Sergio no entendía a que venía todo aquello, aunque la culpa estaba clara que era del alcohol, sin embargo su cuerpo… lo agradeció.

—Yo también te quiero, hermana —habló Carmen desde la puerta observando todo este tiempo como un guardián silencioso.

El joven salió de la estancia mientras su madre en vez de meterse en la cama, casi se lanzaba sin ponerse el pijama ni quitarse los zapatos. La vio por última vez, tumbada, inerte, seguramente ya dormida y aun sorprendido por como la había visto, “tan libre, cariñosa, efusiva… guapa…”

La mujer ya en el pasillo, observaba como su sobrino cerraba la puerta con la mente ausente del mundo terrenal. El alcohol aunque todavía muy presente le ha dejado ver esa rara situación con Mari y no puede dejar de mirarle.

—Es hora de dormir, cariño.

—Si… —Sergio se fijó en su tía, su figura apoyada en la barandilla parece que hubiera crecido diez metros y se lo fuera a engullir. Algo le atenazaba de pronto dejándole paralizado.

—Por cierto, solo una duda. —la boca se le secó al joven, su tía se acercó y no pudo evitar pensar, en las múltiples cosas que sentía por ella— Eso de ahí abajo. —estiró uno de sus dedos con una larga uña pintada y con tono serio señaló la entrepierna abultada del joven— ¿Ha pasado por Mari o… por otra?

Al muchacho le encantaría responderla, pero no pudo. Su lengua se trabó y su boca no permitía movimiento alguno. Quería decirle de todo, sin embargo… no le salió. Sus labios no se movían, su garganta estaba paralizada y la tripa le daba vueltas. Por mucho que imaginase, por mucho que lo deseara, seguía siendo su tía y esas palabras no concordaban hacia ella.

—Por… por… por… —le salió decir en un susurro mientras creía que su corazón había parado de latir.

—¿Por…? —miró con duda al muchacho que era un conejo asustado y terminó por preguntarle— ¿las dos? —mantuvo una media sonrisa pícara. Para después darse la vuelta y añadir— bueno, vete a cama, Sergio, que mañana tendremos que cuidar a tu madre.

Carmen desapareció contoneando su trasero hasta su habitación dejando a Sergio solo, en medio del pasillo con la erección más dura que jamás había sentido en su vida. Dándose la vuelta, al ver como su tía entraba en la habitación, hizo lo propio. Ni siquiera quería tocársela, demasiadas emociones en menos de media hora. Se tumbó en la cama, pero el corazón le estaba inquieto y algo que rondaba por abajo, quería escapar de su pantalón, si era necesario, desgarrando la tela.

No lo soportaba, no podía aguantarse más. Levantándose de la cama como si tuviera un muelle en la espalda y haciendo caso a su “cerebro de abajo”, siguió el camino que su dura entrepierna le marcaba.

Recorrió el pasillo totalmente a oscuras, solo una única luz salía por la rendija de la última puerta, la de Carmen. Pasó al lado de la puerta de su madre, apenas se escuchaba nada, su madre o estaba muerta o dormida como un oso en plena hibernación, no le prestó demasiada atención, tenía un objetivo.

Respiraba con excesiva rapidez y la boca estaba tan seca que ni con la piscina entera la conseguiría humedecer. Su garganta era un amasijo de músculos agarrotados que apenas podían sacar un pequeño sonido gutural. Sin darse cuenta, llegó a su destino, una puerta de madera de color negro, con un picaporte plateado. La puerta de su tía Carmen.

CONTINUARÁ...

Será esa noche o no será?? 😚
 
9
Durmió tan a gusto, que hasta las 11 de la mañana no se levantó. Bajó a la sala mientras unos ruidos en el sótano llamaron su atención. Se imaginaba de sobra quien emitía esos sonidos, por lo que descendió las escaleras velozmente, con ganas de ver a su tía y allí la encontró.

La primera imagen ya le sorprendió, seguramente algo tendría que ver todo los sentimientos que su cuerpo albergaba. La mujer vestía con ropa de deporte, un sujetador deportivo que apretaba sus senos y una camiseta corta que dejaba ver un vientre plano. Tenía el pelo recogido en una coleta, algo poco usual de ver, y las mallas le apretaban tanto piernas como el trasero.

El muchacho tuvo que contener sus pensamientos y a su amigo más fiel, que también quería ejercitarse. Estaba observando a su tía, lejos de sus ropas de marca, más al “natural”. Apretada en unas mallas que la moldeaban como una escultura y un sudor que por extraño que pareciera a Sergio le encantó.

—O sea que este es el gimnasio, está muy chulo —dijo el joven mirando alrededor para evitar los ojos de su tía.

—Para estar sola es muy grande, ¿me acompañas? —le respondió Carmen secándose el sudor.

—Bueno… ¿Por qué no? —cada uno se montó en una bici estática y casi a la vez comenzaron a pedalear.

—Tengo que contarte algo, cariño, he hablado con tu madre —tenía la respiración acelerada— y… casi me grita por meterle el “paquete”, palabra de ella, de traerme el coche, pero va a venir. Me han dicho los del taller, que han arreglado el coche antes de lo previsto y que mañana estará. Por lo que mañana a la tarde la tendremos aquí —hizo un alto para respirar— He cogido cita para la peluquería y para el salón de belleza. Eso de primero, luego de segundo nos iremos de compras y quizá de postre a tomar algo, tengo el plan montado, ¿tú tienes algo pensado? Espero que entiendas que me la lleve sola.

—No molestar, eso haré. Cuando acabéis estoy con vosotras no te preocupes.

—Como quieras, cariño, eres tan bueno… pienso que le vendrá bien estar un rato a solas conmigo.

—Entonces, tía —añadió Sergio poniendo cara de tristeza irónica— ¿ya no estarás conmigo?, ¿Me abandonas?

—Es por una causa mayor. Además que hoy estamos los dos juntos, ¿te apetece hacer algo?

—Aun ni he desayunado, no tengo el cerebro para pensar.

—Bueno, los hombres eso de pensar… —jadeó debido al esfuerzo— ni a la mañana, ni a la tarde, ni…

—Creo que lo he entendido —cortó a Carmen.

—¿Seguro? Te lo puedo explicar. Sé que tardáis en pillar las…

—Tía, ¡Por dios!

Carmen se bajó de la bici resoplando y se secó el sudor tranquilamente con la toalla. Con paso pausado se acercó a Sergio que había dejado de pedalear aunque sin bajarse de la bicicleta. Desde su beneficiosa altura, el canalla pudo otear algo del escote que la camisa holgada le dejaba ver mientras escuchaba a la hermana de su madre.

—Quiero pedirte algo, sé que lo vas a hacer, pero no sé si merece la pena perder la tarde en eso, quiero que me contestes tú.

La parte más oscura de la mente de Sergio, rezaba por que le pidiera que pasasen la tarde de la forma más íntima que conocía “sin parar de…” retumbó en su mente. Sin embargo una cosa era la imaginación casi paranoica de un adolescente con las hormonas disparadas y otra, la realidad.

—Es lo que me comentaste ayer, me gustaría hablar contigo, ya sabes… de cómo estoy, no quiero hablarlo de momento con tu madre, quiero que disfrute. Mis problemas ya los debatiremos más tarde, ¿Qué te parece?

—Me parece perfecto —se bajó de la bici, más que nada para no tentarse a mirar de nuevo esa parte de su tía y propuso— ¿en la piscina, con una copa, sol y hamaca?

—Me has leído la mente.

—No tengo ese poder, pero sí que te voy conociendo más a fondo —“¡¿pero qué digo?!” pensó nada más terminar la frase, rezaba porque su tía no pensara de forma indebida.

—Me alegro, cariño —Carmen le miró a los ojos, “si esa frase tuviera doble sentido…”— bueno, voy a subir que creo que ya bajé el sándwich de ayer. Tan pequeño… y como cuesta de quemar, —se dio la vuelta dirigiéndose a las escaleras a la par que aún le daba vueltas a la frase del chico, “más a fondo…”. Se rio por dentro, pensando lo niñata de instituto que parecía, con ilusiones tan irreales, pero cuando su cabeza se lo gritó de nuevo, un cosquilleo nació en su entrepierna y este, era muy real.

—Tía, no mientas —escuchó la voz de Sergio que le sacaba de sus pensamientos eróticos— ese pequeño sándwich no te hace mala figura… eres una privilegia, seguro que muchas de mi edad no te harían sombra.

—Uy gracias, cielo —“¡cambia de tema o lárgate!” se exigió Carmen.

Ambos se sonrieron, Carmen sin poder evitarlo se sonrojó, saliendo del sótano y resoplando cuando supo que Sergio no estaba cerca. Pasar tiempo al lado de su sobrino había pasado el límite de la comodidad, su cercanía le provocaba una satisfacción incalculable. Además… esas conversaciones… ¿Por qué exageraba la normalidad? Si no había nada de doble sentido en ellas. No obstante, su mente las hacía de lo más inapropiadas, desde la noche anterior su cuerpo había cambiado y seguramente más la estaban por suceder.


10
Comieron tranquilos en la mesa de la cocina, en silencio y disfrutando de cada bocado. Seguramente tanta calma se debió a que Sol, la mujer que rondaba la cuarentena y que según Sergio era muy poco agraciada, les acompañó por insistencia de Carmen. El muchacho la observó por un momento, sus kilos de más la hacían que no entrase en su clasificación y su maligna mente se rio de sí mismo diciéndole, “superficial”.

Mientras estuvo Sol en la casa apenas tuvieron contacto, como si la presencia de la mujer fuera suficiente para alejarlos. Aunque no le daban forma a la idea, los dos se sentían dos amantes que trataban de eludirse para no despertar sospechas en terceras personas. Sin embargo, no lo eran… ¿Por qué sentían aquello?

Sol marchó sobre las cuatro de la tarde, momento que aprovechó Carmen para subir a su habitación y volver vestida para la piscina. Sergio que ya se había puesto el bañador después de darse la ducha mañanera y lo usaba para estar en casa, la acompañó.

Se encontraron los dos en el jardín, liberados por esa sensación que les producía estar en contacto con un tercero. Cada uno salió con una copa en la mano, dispuestos a disfrutar de una tarde tranquila, o así pensaban que sería.

—Se me hace raro beber sin salir de fiesta —dijo Sergio sentándose en la hamaca junto a su tía.

—Cuando llegas a una edad no tienes que tener escusas para beber, aunque no soy una borracha ¡eh! —matizó.

—¿Quieres remolonear un poco sobre el tema o vamos directos al grano?

—Joder, cariño, como seas así de directo para todo… —dio un sorbo de su copa, “otra vez, para ya, Carmen, por favor”— bueno creo que es mejor así, rápido y sin dolor, ¿no?

—Quizá haya dolor tía, eso todavía no lo sabemos. Antes de nada, debería decirte que puede ser que te equivoques, igual no hay nada y solo son suposiciones.

—Puede ser, cariño, pero ¿y si no? ¿Y si en verdad está pasando? —miró a lejanía buscando unas respuestas que no existían— Me gustaría que hiciéramos una cosa.

—Tú me dirás.

—¿Podríamos hablar como amigos? No como si fuera tu tía y sobre todo, no como si Pedro fuera tu tío. Me gustaría que fuera una conversación que tendrías con tu mejor amiga, quiero que seas lo más objetivo posible.

—Como quieras, mi nueva mejor amiga —repasó por un momento a sus amigas y la confianza que tenía con su tía. Era irónico porque la confianza que tenía con ella sí que era de una gran amiga y no dudo en decírselo— en verdad, esto te va a sorprender, pero puede que seas mi mejor amiga.

—Eres un poco bobo, pero me encanta —no sabía si creerse sus palabras. Bebió otro sorbo de su copa, se acomodó las gafas de sol y dijo— ¿cómo empezar? Quizá por el principio. No sé cuánto llevaremos así, no recuerdo el día exacto ni pienso esforzarme en hacerlo, aunque supongo que esto no es de un día, sino que va surgiendo hasta que se hace evidente. Un síntoma seguro de que algo no va bien creo que es observa el tema sexual… bueno igual estoy liándome.

—No pienses, Carmen, solo habla. —la mujer tragó saliva dispuesta a hablar sin creerse que su mejor confidente iba a ser su sobrino.

—Últimamente le he estado dando muchas vueltas al tema, sí que estoy a las puertas de los 50. Te he dicho que no me lo llamas, sin embargo… ¡Qué vieja soy por favor! —se rio ella sola sin mirar a su sobrino que la escuchaba con atención— ¿Sabes? Es una edad curiosa para las mujeres. Creo que de aquí en adelante vamos en caída libre, pero bueno, con el ejercicio y todavía manteniéndome sin arrugas, tengo que admitirlo estoy de buen ver. Por lo que el tema físico no creo que sea, pienso que Pedro me verá atractiva, al menos “apetecible”.

Una cálida brisa surcó el jardín haciendo que la piel del joven se erizara. Se pasó la mano instintivamente por el brazo sin perder de vista a su tía que seguía hablando y mientras la escuchaba aprovechó a dar un sorbo a su copa deslizando el alcohol por la garganta.

—Y si no es eso, está claro lo que es. Simplemente… mi marido se ha cansado de mí, no veo otra posibilidad. Te voy a ser sincera, Sergio, cuando era joven no creía en eso del amor eterno. He descubierto que puedes amar alguien toda la vida, eso es verdad, aunque no es el amor de los primeros años, es de otro tipo. Hay diferentes amores, el que surge de la pasión y el que nace con el apego, no dudo del segundo, pero el primero… está muerto. —Otro sorbo apenas mojándose los labios cortó la conversación— Con esto quería hilar el tema de la cama. Pensaba que siempre estaría bien en ese aspecto, pero me engañaba a mí misma, ahora simplemente me he quitado el velo que me autoimpuse.

El joven la observaba con unos ojos fijos. El cuerpo de Carmen lucia al sol, casi brillaba como un diamante y Sergio no podía obviar que su tía era preciosa… hermosa. Su sola voz le evocaba erotismo, una calidez que le hacía imposible no escucharla, sobre todo si hablaba de algo relacionado con el sexo. El muchacho tuvo que hacer de tripas corazón para no dejar su mente volar y seguir el hilo de lo que le contaba.

—En pocos años cumplirá 60, y si lo veo desde fuera, desde un punto racional por completo, casi animal… igual en unos años eso ni le funciona, ya estamos usando de vez en cuando pastillas. La cosa es, ¿Qué más da que goce estos años con quien sea?, luego tendremos ¿Qué? ¿Veinte años más de matrimonio? Eso es así. Aunque por otro lado, también pienso en qué lugar quedo yo, en la cornuda que le quiere por su dinero. ¡Dios! Estoy divagando, guíame un poco, Sergio, que mientras más hablo más me lío.

—No si vas bien, tía, no sabes ni qué hacer, ni que pensar, ni nada, estás hecha un lío, es normal que estés así, apenas acabamos de empezar a hablar ¿tú le quieres?

—Por supuesto, hemos recorrido una vida de la mano y tenemos dos hijas. —Otro sorbo de su copa, esta vez una cantidad moderada atravesó su garganta— Aunque, es cierto que no le quiero como antes. A ver, las cartas sobre la mesa, es el padre de mis hijas, pero después de esto mi amor por él ha descendido de forma abismal. Sé que la Carmen joven me diría “¿Qué haces?, abandónale y disfruta de los últimos años buenos que te quedan”, pero tengo que ser sensata. No soy una muchacha, tengo una edad y no tengo nada aparte de mi marido, hace mucho que no trabajo…

—A ver, dejarle no creo que sea una opción, pero aparte, ¿estás segura de que tus suposiciones son al 100% ciertas?

—Mis suposiciones son claras. La primera vez, fue después de una fiesta que celebró en el trabajo. Llegó tardísimo y apestando a alcohol. A la mañana fui a lavar su ropa, tenía una mancha de carmín, ¿esto te la he contado? —Sergio negó. Carmen únicamente lo había rememorado en su cabeza— Pues cuando cogí la ropa tenía esa mancha y vamos, era en una zona que estaba claro que eso no se lo había hecho sin querer. Nadie te da un beso en el cuello de la chaqueta así de casualidad, está claro que esos besos recorrían un camino.

—Vaya… —no sabía qué decir.

—Vaya, eso es, vaya… lo tomé como algo extraño, un error, un desliz. Fui la buena mujer ama de casa, calladita y sin mancillar el buen nombre de mi esposo. Sin embargo, ¿tú crees, Sergio, que lo pude olvidar? —el joven no respondió— No. Imposible. Eso queda grabado a fuego. —Tomó aire y otro sorbo de su copa que estaba consumida a la mitad— Después de un viaje hace unos 5 años creo… no estoy segura, vi unos cargos extraños en la tarjeta y eran bares en Brasil. Sé que no es una prueba terrible que quieres que te diga, pero no me fio. Sobre todo, que las horas… pues no cuadraban, 100 euros a las 5 de la mañana me hacen sospechar, puede que sea una discoteca, pero joder… —una lágrima comenzó a aflorar tras las gafas de sol.

—Tía, si quieres podemos seguir en un rato.

—No, tranquilo, esto es lo que necesito. Lo necesitaba años atrás…

Sergio sintió que aquello la había destrozado por dentro. Por alegrarla o calmarla o simplemente por interactuar en esa situación, alargó su mano y aferró la de su tía con fuerza, algo que hizo que Carmen sollozara.

—Cuando se va de viaje, dejo de mirar la tarjeta, lo he visto otras veces, bares a altas horas —su rabia se estaba concentrando— me mata mirar. Sé que está allí, follándose a una puta con más ganas que acierto. ¿Y qué hago yo aquí?, mientras él se salta nuestro matrimonio por los mismísimos…

—No te puedo aconsejar nada, no soy quien. Solo te puedo dar apoyo, ¿has pensado en hablarlo?

—Sí, tenía pensado hasta que decirle, incluso le pregunte qué hacía cuando iba de viaje, si iba a bares o discotecas, todo muy casual. Simplemente me contestó “si”, sin dejar de mirar el periódico, como que le daba igual. Me quedé mirándole a ver si mis ojos hacían que su conciencia se quebrara, pero no movió ni una pestaña, no ganaba nada con decírselo, no tenía pruebas contundentes. Podría decirme que eran bares, que estoy loca por pensar así… que ya es mayor para esas cosas… que no estuviera paranoica…

—Entiendo… pero tampoco puedes estar así, te está comiendo por dentro, ¿tienes miedo de perder esto?

—¡No!, ¡Para nada! —con el vaso aún en la mano, agitó los brazos— ¡Que le den a esta casa, que le den a la piscina! A todo. ¡Joder! ¡Que les den a mis hijas si no me apoyasen en esto! —aunque el volumen no era alto se la notaba excesivamente cabreada— si el plan es ese, me divorcio y vivo de las rentas. Pero no es eso, ¿Qué tengo que hacer, devolverle la moneda?, sacar a tu madre de fiesta cuando esté aquí y… como decís ahora… ¡Ah! Zorrear eso, ¿zorrear con todos?

Se quitó las gafas y su rostro estaba totalmente compungido, tenía los ojos llorosos de los que comenzaban a caer pequeñas lágrimas que parecían imparables.

—Tía…

—Tranquilo, Sergio, esto es lo que necesito, me sienta mejor desahogarme. Sé que no merece la pena separarme a mi edad, son más problemas que soluciones —observó a su sobrino mientras sostenía en una mano la copa y en otra las gafas de sol— mira, cariño. ¿Me has visto? Hago deporte para sentirme bien conmigo misma, aunque también es para que me vea atractiva y aun así, nada. A veces siento que he sacrificado mi vida, he criado dos hijas maravillosas, la mejor enseñanza, las mejores universidades, eso es verdad y a mi marido le fue fenomenal, pero ¿y yo?

—No digas eso por dios, es un escarceo nada más, simplemente un hombre maduro que aún se quiere sentir joven. Tu misma lo has dicho, quiere usar su cosa… —decir pene al miembro de su tío no entraba en sus planes— antes de que muera. Que no le exculpo ¡eh!, obviamente está mal lo que hace, no te digo que le perdones. Pero si te va a hacer más mal hablarlo y separarte, entonces quizá lo mejor sea reconsiderar tu posición en la casa y pasar.

—Puede ser cariño, puede ser… pero es muy desesperante. Te voy a decir una cosa muy cierta —Carmen no se veía con su sobrino, sino más bien con su psicólogo o realmente como habían dicho… un amigo…— y tan real como la vida misma. Mientras él paga por sexo, ¿sabes hace cuanto no tengo un orgasmo? —Sergio negó. La conversación tomaba tintes extraños, quizá por el alcohol que Carmen no paraba de tragar y le hacía soltar su lengua más de lo que le gustaría. Aunque, ¿Sergio quería saber cuántas veces su tía se había corrido? Su subconsciente le dijo que… sí— ni yo lo recuerdo. Tampoco el sexo nunca fue satisfactorio del todo, no es un dios en la cama, ni detallista, vamos ni nada, ¡Qué mierda, una puta joya! —pasó su mano limpiándose las lágrimas. Aspiró bien hondo el aire caliente que corría por el jardín y añadió— lo siento cariño, eso no viene al caso. Pero es frustrante y ¡Vaya! Esta copa se ha acabado y creo que me ha agitado el cerebro. ¡Dios! Qué bien y que mal me siento.

Carmen se levantó y se quedó mirando al infinito. Se colocó las gafas en la cabeza sujetando su pelo rubio, dejando su rostro libre, sin ocultar como las lágrimas fluían por él. El sobrino se levantó sin dudar, su tía no se merecía estar así, nadie lo merecía. Se sintió algo identificado, su relación parecía que había sido igual de mierda, una pérdida de tiempo según las palabras que la mujer había usado. Lentamente, por su espalda, se acercó a ella y pasando sus brazos alrededor de esta la abrazó con fuerza. Carmen dejó caer la cabeza hacia atrás, donde el hombro del joven la esperaba y lloró con ganas mirando al cielo.

—No te preocupes, todo acabará solucionándose y seguramente cuando te note distante se dará cuenta y cambiará.

—Por un lado no quiero que vuelva, y por otro, quiero que todo sea como antes, aunque el amor se haya terminado —aún abrazados sostuvo una de las manos que su sobrino anudo en su vientre.

—Ha sido tu compañero de viaje tantos años…

—Sí, pero estos últimos… no sé, 10 años, ha sido una rutina continua. La distancia entre nosotros es terrible. Cariño, hasta contigo en 2 días me lo he pasado mejor.

Sergio sin intenciones dobles, ni pensamientos sacados de la realidad, se adentró entre el cabello de su tía. Buscó la mejilla húmeda de esta y mientras ella seguía observando el cielo tan limpio que reinaba esa tarde de agosto, le dio el beso más dulce que pudo.

—Estos días —dijo el joven— estoy contigo, y dentro de poco mi madre. Solo olvídalo y piensa en ti misma, te queda aún mucha guerra por dar. —Carmen intentó limpiar todas las lágrimas que le caían. Girándose después y viendo el rostro de su sobrino que muy cerca le sonreía… tan cerca…

—Te quiero, Sergio, ojalá hubiera tenido un hijo como tú.

—No te creas, creo que soy mejor sobrino que hijo. Mi madre seguro que opina igual que yo.

—Cambiaremos eso, lo verás. Solo tienes que ser así, natural.

—¿Quieres que hagamos algo o seguimos hablando? —le comentó Sergio una vez separados de camino a sentarse de nuevo en las hamacas.

—Hablemos Sergio, hablemos, quiero olvidarme de mi vida, cuéntame la tuya.

—¿Qué quieres que te cuente, tía? Pregúntame lo que quieras, hoy tengo la información en oferta —le comentó riéndose.

—Pues prepárate, menudo interrogatorio te espera —Carmen sonriendo, de nuevo con las gafas de sol y sin rastro de lágrimas en sus ojos— a ver empecemos, ¿qué tal estos meses sin novia?

—Tengo dos respuestas, y las dos dicen lo mismo, ¿quieres la respuesta a una amiga o a mi tía?

—Olvídate de tu tía, somos amigos, ya te lo he dicho antes. Ahora, llámame Carmen, anda.

—De pena, Carmen, de puta pena.

—Cuéntame por qué —se recostó en la tumbona con las gafas en los ojos al tiempo que sorbía con delicadeza una nueva copa. Cada vez la relajación era mayor, con aquel arrebato de tristeza se notaba mucho más ligera, mucho más que la botella que tenía al lado y pensaba vaciar.

—Aparte de esa sensación malísima que llevo dentro, al final es perder a alguien de manera abrupta, es como si hubiera muerto. Una cosa es cierta —por un momento dudo, pero no había vergüenza entre ellos— teníamos una gran actividad… ya sabes. Incluso decía que después de mí, lo demás le sabría poco… palabras vacías, Carmen, todo postureo como decimos ahora. En fin, terminarlo de pronto es muy duro de asimilar.

—Eso de morir, es muy exagerado. O sea que te tenía malacostumbrado, al igual que a mí, ¿verdad? —saltó con ironía a la par que negaba con la cabeza sumándole una risa sarcástica. A Sergio le dio la sensación que su tía comenzaba a estar borracha.

—Algo mejor sí que estaba, sí. Pero por el efecto rebote, ahora estoy peor que tú.

—Como decíamos de jóvenes, ¿Estás sediento de carne?

—Sí, claro. Al final, por mucho que quieras, estar con uno mismo… no es lo mismo —dijo Sergio olvidándose ya por completo que estaba hablado con su familiar.

—Sergio… —le dijo ella dándole en la pierna— ¿así es como hablas a una amiga?

—Carmen, yo apenas tengo amigas y eso es mi culpa, he perdido la práctica de hablar con ellas. Al final, siempre intento algo más, me es inevitable. Si fueras mi amiga acabaría queriendo hacer otra cosa, siempre me pasa igual. —dio un sorbo de su copa y le supo mucho mejor que al principio— Pienso que es por eso que me hago su amigo, porque al final quiero algo con ellas, incluso antes de saberlo.

—¿Cómo qué? —Carmen estaba más que interesada en oírlo, aunque se hizo la inocente.

—¿Tú qué crees?

La mujer dio un trago largo a su copa, la pena había abandonado su cuerpo para dejar entrar ese calor que ya le comenzaba a resultar muy familiar. No venía de sol, sino que emanaba desde lo más profundo de su cuerpo.

—Estás salido, hijo mío —dejó su segunda copa en el suelo casi terminaba mientras se secaba sus labios carnosos con la lengua— Bueno, como todos. Jamás hablé de sexo abiertamente, solamente con tu madre, mis hijas nunca me contaban nada y no era por falta de ganas, me encantan estos temas.

—¡Qué sorpresa! Con mamá no hablé nunca de esto…

—Pues deberías —le cortó—, estos temas a tu madre le encantan.

—Suelo tirar de mis amigos, pero siempre acabamos bromeando y sin tomarlo en serio. Como te imaginarás… ahora mismo… amigas no tengo y bueno, mi hermana, ni me habla casi o sea que…

—O sea que… —siguió ella— soy una privilegiada entonces ¿Me vas a contar más cosas?

—Bueno… —el tono de la conversación se estaba yendo a una tensión que volvía a ser palpable. Solo la presencia de Sol les había calmado y ahora, hacía tiempo que se había marchado— puede que sí, o puede que te mienta y me lo invente…

—Sé que no me puedes mentir, además ¿Qué ganas con mentirme, cariño? —Sergio rio y bebió un trago, le costó tragar, la garganta se le había secado. Su tía le preguntó antes de que pudiera contestar— vamos a ver, ¿con cuántas chicas has estado?

—Me imagino a que te refieres… pues con 2, otras solo besos, o roces, algo más, solo dos. —la respuesta de su sobrino le causó un picor interno que se intensificó al escuchar lo siguiente— ¿Puedo preguntártelo a ti?

—No, soy una dama —“¡Descarado!” gritó su mente junto con una risa interminable que explotaba en su interior. Por el momento, no se lo iba a decir, por lo menos no el número exacto. Se recolocó las gafas de sol— Pero, más que tú.

—¿Todos antes del tío?

—Sí, aunque visto lo visto… podría haber metido alguno por medio —aquella broma ayudó a deshacer la tensión entre ellos aunque eso sí, Sergio no sabía si Carmen pensaba así de verdad.

—Me encantas, tía, te lo digo en serio —“¿en qué sentido?” se preguntó y un gritó de su conciencia le contestó “¡En todos!”— eres la mejor. Tan espontánea… tan real… siempre me ha gustado tenerte cerca.

—Tú te has apropiado de algunos genes míos, y eso también me gusta… por nosotros —alzaron ambos vasos brindando. Unas pocas gotas salieron disparadas al golpear el frágil cristal.

—Tía, dime, ¿Qué te queda por hacer o probar en la vida?

—No lo sé —resopló al aire— dicen que hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Yo jamás planté un árbol, mira —señalando una esquina— ¿allí quedaría bien? Algún día quizá ponga uno. Aunque bueno, he plantado flores, ¿eso cuenta? Seguro que sí —se contestaba a sí misma— he tenido dos hijas, o sea que me falta escribir un libro. Quizá lo haga, tengo tiempo de sobra, ¿Qué te parece tu tía la escritora?

—Nada mal ¿Sobre qué escribirías?

—Ni idea, ¿de mi mierda de vida? No está mal. De cómo un marido cabrón y sin picha se tira a niñas por Brasil y ahora, ¿en Suecia? ¿Mientras su mujer llora en los hombros de su sobrino? No veo una mala historia. Creo que el alcohol me ha subido a la cabeza y me hace decir bobadas. —era cierto.

—Como trama no está mal, ahora necesitamos el giro de guion. ¿Qué se te ocurre?

—No sé, ¿lo matamos y lo escondemos en el jardín cuando vuelva? Y de paso plantamos un árbol encima, dos en uno. Noooo es broma… ¿O no?

Los dos se rieron ante aquella broma, una risa tan pura, tan real y tan estridente que solo podía venir de una broma de mal gusto. Estaban en perfecta sintonía.

Acalladas las risas después de un largo minuto, pensó en verdad en una trama de ese libro ficticio que ideaba con Sergio y le dijo con seriedad.

—O mejor, me voy a viajar con mi sobrino por el mundo que es el único que me comprende.

—Te acompañaría sin dudar, que lo sepas. ¿Pagas tú?

—Lo sé y sí, pago yo o mejor… tu tío… —le guiñó un ojo por encima de las gafas— pero nos acabaríamos aburriendo. Hijo, hasta el viajar se haría monótono cuando se convierte en rutina.

—Pienso que no —Sergio dio un buen trago a la copa mientras meditaba “¿lo has dicho en alto? Sí…” observó, como los ojos azules de Carmen le miraban por encima de las gafas. Más que una mirada cómplice parecía más… ¿Más erótica? “Imposible”. Lo intentó arreglar añadiendo— contigo nadie se puede aburrir.

—Vamos al agua —no fue una pregunta, era una orden— me he calentado demasiado al sol… —Carmen escuchó su comentario como si fuera sacada de una película porno y… le gustó.

—Luego seguimos hablando de ese libro tuyo, podríamos sacar un best seller —le contestó su sobrino intentando escapar de lo que su mente le obligaba a pensar.

Se introdujeron en el agua y la tensión se fue disipando, era una maravilla la piscina con aquel tiempo, lo bueno que el contraste de temperatura les hizo a los dos sosegarse un poco. Tanto el calor de sus cuerpos, como el alcohol que estaba abotargando sus cerebros decreció hasta un punto normal donde se encontraban más cómodos. Ambos pensaron que aquello era lo mejor que les podía pasar, tranquilizarse.

Se salpicaron y jugaron un rato, Carmen no pudo evitar el roce en ocasiones y notar los músculos juveniles de Sergio, eran duros y fibrosos, no grandes, pero si perfectos para su gusto. Sergio en cambio, en el intercambio de salpicaduras, logró contactar y sujetar en par de ocasiones el cuerpo de su tía, aun siendo algo grande era duro, “como decían en la universidad, tiene cuerpo reloj de arena”. Todo era un juego, roces inocentes en una tarde de verano entre una tía y su sobrino, unos toqueteos sin ninguna consecuencia para cualquier mirada ajena a ellos, todo era normal, menos para ellos.


CONTINUARÁ...
Fabuloso voy por el4
 
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