El Inicio de un Incesto

9
Durmió tan a gusto, que hasta las 11 de la mañana no se levantó. Bajó a la sala mientras unos ruidos en el sótano llamaron su atención. Se imaginaba de sobra quien emitía esos sonidos, por lo que descendió las escaleras velozmente, con ganas de ver a su tía y allí la encontró.

La primera imagen ya le sorprendió, seguramente algo tendría que ver todo los sentimientos que su cuerpo albergaba. La mujer vestía con ropa de deporte, un sujetador deportivo que apretaba sus senos y una camiseta corta que dejaba ver un vientre plano. Tenía el pelo recogido en una coleta, algo poco usual de ver, y las mallas le apretaban tanto piernas como el trasero.

El muchacho tuvo que contener sus pensamientos y a su amigo más fiel, que también quería ejercitarse. Estaba observando a su tía, lejos de sus ropas de marca, más al “natural”. Apretada en unas mallas que la moldeaban como una escultura y un sudor que por extraño que pareciera a Sergio le encantó.

—O sea que este es el gimnasio, está muy chulo —dijo el joven mirando alrededor para evitar los ojos de su tía.

—Para estar sola es muy grande, ¿me acompañas? —le respondió Carmen secándose el sudor.

—Bueno… ¿Por qué no? —cada uno se montó en una bici estática y casi a la vez comenzaron a pedalear.

—Tengo que contarte algo, cariño, he hablado con tu madre —tenía la respiración acelerada— y… casi me grita por meterle el “paquete”, palabra de ella, de traerme el coche, pero va a venir. Me han dicho los del taller, que han arreglado el coche antes de lo previsto y que mañana estará. Por lo que mañana a la tarde la tendremos aquí —hizo un alto para respirar— He cogido cita para la peluquería y para el salón de belleza. Eso de primero, luego de segundo nos iremos de compras y quizá de postre a tomar algo, tengo el plan montado, ¿tú tienes algo pensado? Espero que entiendas que me la lleve sola.

—No molestar, eso haré. Cuando acabéis estoy con vosotras no te preocupes.

—Como quieras, cariño, eres tan bueno… pienso que le vendrá bien estar un rato a solas conmigo.

—Entonces, tía —añadió Sergio poniendo cara de tristeza irónica— ¿ya no estarás conmigo?, ¿Me abandonas?

—Es por una causa mayor. Además que hoy estamos los dos juntos, ¿te apetece hacer algo?

—Aun ni he desayunado, no tengo el cerebro para pensar.

—Bueno, los hombres eso de pensar… —jadeó debido al esfuerzo— ni a la mañana, ni a la tarde, ni…

—Creo que lo he entendido —cortó a Carmen.

—¿Seguro? Te lo puedo explicar. Sé que tardáis en pillar las…

—Tía, ¡Por dios!

Carmen se bajó de la bici resoplando y se secó el sudor tranquilamente con la toalla. Con paso pausado se acercó a Sergio que había dejado de pedalear aunque sin bajarse de la bicicleta. Desde su beneficiosa altura, el canalla pudo otear algo del escote que la camisa holgada le dejaba ver mientras escuchaba a la hermana de su madre.

—Quiero pedirte algo, sé que lo vas a hacer, pero no sé si merece la pena perder la tarde en eso, quiero que me contestes tú.

La parte más oscura de la mente de Sergio, rezaba por que le pidiera que pasasen la tarde de la forma más íntima que conocía “sin parar de…” retumbó en su mente. Sin embargo una cosa era la imaginación casi paranoica de un adolescente con las hormonas disparadas y otra, la realidad.

—Es lo que me comentaste ayer, me gustaría hablar contigo, ya sabes… de cómo estoy, no quiero hablarlo de momento con tu madre, quiero que disfrute. Mis problemas ya los debatiremos más tarde, ¿Qué te parece?

—Me parece perfecto —se bajó de la bici, más que nada para no tentarse a mirar de nuevo esa parte de su tía y propuso— ¿en la piscina, con una copa, sol y hamaca?

—Me has leído la mente.

—No tengo ese poder, pero sí que te voy conociendo más a fondo —“¡¿pero qué digo?!” pensó nada más terminar la frase, rezaba porque su tía no pensara de forma indebida.

—Me alegro, cariño —Carmen le miró a los ojos, “si esa frase tuviera doble sentido…”— bueno, voy a subir que creo que ya bajé el sándwich de ayer. Tan pequeño… y como cuesta de quemar, —se dio la vuelta dirigiéndose a las escaleras a la par que aún le daba vueltas a la frase del chico, “más a fondo…”. Se rio por dentro, pensando lo niñata de instituto que parecía, con ilusiones tan irreales, pero cuando su cabeza se lo gritó de nuevo, un cosquilleo nació en su entrepierna y este, era muy real.

—Tía, no mientas —escuchó la voz de Sergio que le sacaba de sus pensamientos eróticos— ese pequeño sándwich no te hace mala figura… eres una privilegia, seguro que muchas de mi edad no te harían sombra.

—Uy gracias, cielo —“¡cambia de tema o lárgate!” se exigió Carmen.

Ambos se sonrieron, Carmen sin poder evitarlo se sonrojó, saliendo del sótano y resoplando cuando supo que Sergio no estaba cerca. Pasar tiempo al lado de su sobrino había pasado el límite de la comodidad, su cercanía le provocaba una satisfacción incalculable. Además… esas conversaciones… ¿Por qué exageraba la normalidad? Si no había nada de doble sentido en ellas. No obstante, su mente las hacía de lo más inapropiadas, desde la noche anterior su cuerpo había cambiado y seguramente más la estaban por suceder.


10
Comieron tranquilos en la mesa de la cocina, en silencio y disfrutando de cada bocado. Seguramente tanta calma se debió a que Sol, la mujer que rondaba la cuarentena y que según Sergio era muy poco agraciada, les acompañó por insistencia de Carmen. El muchacho la observó por un momento, sus kilos de más la hacían que no entrase en su clasificación y su maligna mente se rio de sí mismo diciéndole, “superficial”.

Mientras estuvo Sol en la casa apenas tuvieron contacto, como si la presencia de la mujer fuera suficiente para alejarlos. Aunque no le daban forma a la idea, los dos se sentían dos amantes que trataban de eludirse para no despertar sospechas en terceras personas. Sin embargo, no lo eran… ¿Por qué sentían aquello?

Sol marchó sobre las cuatro de la tarde, momento que aprovechó Carmen para subir a su habitación y volver vestida para la piscina. Sergio que ya se había puesto el bañador después de darse la ducha mañanera y lo usaba para estar en casa, la acompañó.

Se encontraron los dos en el jardín, liberados por esa sensación que les producía estar en contacto con un tercero. Cada uno salió con una copa en la mano, dispuestos a disfrutar de una tarde tranquila, o así pensaban que sería.

—Se me hace raro beber sin salir de fiesta —dijo Sergio sentándose en la hamaca junto a su tía.

—Cuando llegas a una edad no tienes que tener escusas para beber, aunque no soy una borracha ¡eh! —matizó.

—¿Quieres remolonear un poco sobre el tema o vamos directos al grano?

—Joder, cariño, como seas así de directo para todo… —dio un sorbo de su copa, “otra vez, para ya, Carmen, por favor”— bueno creo que es mejor así, rápido y sin dolor, ¿no?

—Quizá haya dolor tía, eso todavía no lo sabemos. Antes de nada, debería decirte que puede ser que te equivoques, igual no hay nada y solo son suposiciones.

—Puede ser, cariño, pero ¿y si no? ¿Y si en verdad está pasando? —miró a lejanía buscando unas respuestas que no existían— Me gustaría que hiciéramos una cosa.

—Tú me dirás.

—¿Podríamos hablar como amigos? No como si fuera tu tía y sobre todo, no como si Pedro fuera tu tío. Me gustaría que fuera una conversación que tendrías con tu mejor amiga, quiero que seas lo más objetivo posible.

—Como quieras, mi nueva mejor amiga —repasó por un momento a sus amigas y la confianza que tenía con su tía. Era irónico porque la confianza que tenía con ella sí que era de una gran amiga y no dudo en decírselo— en verdad, esto te va a sorprender, pero puede que seas mi mejor amiga.

—Eres un poco bobo, pero me encanta —no sabía si creerse sus palabras. Bebió otro sorbo de su copa, se acomodó las gafas de sol y dijo— ¿cómo empezar? Quizá por el principio. No sé cuánto llevaremos así, no recuerdo el día exacto ni pienso esforzarme en hacerlo, aunque supongo que esto no es de un día, sino que va surgiendo hasta que se hace evidente. Un síntoma seguro de que algo no va bien creo que es observa el tema sexual… bueno igual estoy liándome.

—No pienses, Carmen, solo habla. —la mujer tragó saliva dispuesta a hablar sin creerse que su mejor confidente iba a ser su sobrino.

—Últimamente le he estado dando muchas vueltas al tema, sí que estoy a las puertas de los 50. Te he dicho que no me lo llamas, sin embargo… ¡Qué vieja soy por favor! —se rio ella sola sin mirar a su sobrino que la escuchaba con atención— ¿Sabes? Es una edad curiosa para las mujeres. Creo que de aquí en adelante vamos en caída libre, pero bueno, con el ejercicio y todavía manteniéndome sin arrugas, tengo que admitirlo estoy de buen ver. Por lo que el tema físico no creo que sea, pienso que Pedro me verá atractiva, al menos “apetecible”.

Una cálida brisa surcó el jardín haciendo que la piel del joven se erizara. Se pasó la mano instintivamente por el brazo sin perder de vista a su tía que seguía hablando y mientras la escuchaba aprovechó a dar un sorbo a su copa deslizando el alcohol por la garganta.

—Y si no es eso, está claro lo que es. Simplemente… mi marido se ha cansado de mí, no veo otra posibilidad. Te voy a ser sincera, Sergio, cuando era joven no creía en eso del amor eterno. He descubierto que puedes amar alguien toda la vida, eso es verdad, aunque no es el amor de los primeros años, es de otro tipo. Hay diferentes amores, el que surge de la pasión y el que nace con el apego, no dudo del segundo, pero el primero… está muerto. —Otro sorbo apenas mojándose los labios cortó la conversación— Con esto quería hilar el tema de la cama. Pensaba que siempre estaría bien en ese aspecto, pero me engañaba a mí misma, ahora simplemente me he quitado el velo que me autoimpuse.

El joven la observaba con unos ojos fijos. El cuerpo de Carmen lucia al sol, casi brillaba como un diamante y Sergio no podía obviar que su tía era preciosa… hermosa. Su sola voz le evocaba erotismo, una calidez que le hacía imposible no escucharla, sobre todo si hablaba de algo relacionado con el sexo. El muchacho tuvo que hacer de tripas corazón para no dejar su mente volar y seguir el hilo de lo que le contaba.

—En pocos años cumplirá 60, y si lo veo desde fuera, desde un punto racional por completo, casi animal… igual en unos años eso ni le funciona, ya estamos usando de vez en cuando pastillas. La cosa es, ¿Qué más da que goce estos años con quien sea?, luego tendremos ¿Qué? ¿Veinte años más de matrimonio? Eso es así. Aunque por otro lado, también pienso en qué lugar quedo yo, en la cornuda que le quiere por su dinero. ¡Dios! Estoy divagando, guíame un poco, Sergio, que mientras más hablo más me lío.

—No si vas bien, tía, no sabes ni qué hacer, ni que pensar, ni nada, estás hecha un lío, es normal que estés así, apenas acabamos de empezar a hablar ¿tú le quieres?

—Por supuesto, hemos recorrido una vida de la mano y tenemos dos hijas. —Otro sorbo de su copa, esta vez una cantidad moderada atravesó su garganta— Aunque, es cierto que no le quiero como antes. A ver, las cartas sobre la mesa, es el padre de mis hijas, pero después de esto mi amor por él ha descendido de forma abismal. Sé que la Carmen joven me diría “¿Qué haces?, abandónale y disfruta de los últimos años buenos que te quedan”, pero tengo que ser sensata. No soy una muchacha, tengo una edad y no tengo nada aparte de mi marido, hace mucho que no trabajo…

—A ver, dejarle no creo que sea una opción, pero aparte, ¿estás segura de que tus suposiciones son al 100% ciertas?

—Mis suposiciones son claras. La primera vez, fue después de una fiesta que celebró en el trabajo. Llegó tardísimo y apestando a alcohol. A la mañana fui a lavar su ropa, tenía una mancha de carmín, ¿esto te la he contado? —Sergio negó. Carmen únicamente lo había rememorado en su cabeza— Pues cuando cogí la ropa tenía esa mancha y vamos, era en una zona que estaba claro que eso no se lo había hecho sin querer. Nadie te da un beso en el cuello de la chaqueta así de casualidad, está claro que esos besos recorrían un camino.

—Vaya… —no sabía qué decir.

—Vaya, eso es, vaya… lo tomé como algo extraño, un error, un desliz. Fui la buena mujer ama de casa, calladita y sin mancillar el buen nombre de mi esposo. Sin embargo, ¿tú crees, Sergio, que lo pude olvidar? —el joven no respondió— No. Imposible. Eso queda grabado a fuego. —Tomó aire y otro sorbo de su copa que estaba consumida a la mitad— Después de un viaje hace unos 5 años creo… no estoy segura, vi unos cargos extraños en la tarjeta y eran bares en Brasil. Sé que no es una prueba terrible que quieres que te diga, pero no me fio. Sobre todo, que las horas… pues no cuadraban, 100 euros a las 5 de la mañana me hacen sospechar, puede que sea una discoteca, pero joder… —una lágrima comenzó a aflorar tras las gafas de sol.

—Tía, si quieres podemos seguir en un rato.

—No, tranquilo, esto es lo que necesito. Lo necesitaba años atrás…

Sergio sintió que aquello la había destrozado por dentro. Por alegrarla o calmarla o simplemente por interactuar en esa situación, alargó su mano y aferró la de su tía con fuerza, algo que hizo que Carmen sollozara.

—Cuando se va de viaje, dejo de mirar la tarjeta, lo he visto otras veces, bares a altas horas —su rabia se estaba concentrando— me mata mirar. Sé que está allí, follándose a una puta con más ganas que acierto. ¿Y qué hago yo aquí?, mientras él se salta nuestro matrimonio por los mismísimos…

—No te puedo aconsejar nada, no soy quien. Solo te puedo dar apoyo, ¿has pensado en hablarlo?

—Sí, tenía pensado hasta que decirle, incluso le pregunte qué hacía cuando iba de viaje, si iba a bares o discotecas, todo muy casual. Simplemente me contestó “si”, sin dejar de mirar el periódico, como que le daba igual. Me quedé mirándole a ver si mis ojos hacían que su conciencia se quebrara, pero no movió ni una pestaña, no ganaba nada con decírselo, no tenía pruebas contundentes. Podría decirme que eran bares, que estoy loca por pensar así… que ya es mayor para esas cosas… que no estuviera paranoica…

—Entiendo… pero tampoco puedes estar así, te está comiendo por dentro, ¿tienes miedo de perder esto?

—¡No!, ¡Para nada! —con el vaso aún en la mano, agitó los brazos— ¡Que le den a esta casa, que le den a la piscina! A todo. ¡Joder! ¡Que les den a mis hijas si no me apoyasen en esto! —aunque el volumen no era alto se la notaba excesivamente cabreada— si el plan es ese, me divorcio y vivo de las rentas. Pero no es eso, ¿Qué tengo que hacer, devolverle la moneda?, sacar a tu madre de fiesta cuando esté aquí y… como decís ahora… ¡Ah! Zorrear eso, ¿zorrear con todos?

Se quitó las gafas y su rostro estaba totalmente compungido, tenía los ojos llorosos de los que comenzaban a caer pequeñas lágrimas que parecían imparables.

—Tía…

—Tranquilo, Sergio, esto es lo que necesito, me sienta mejor desahogarme. Sé que no merece la pena separarme a mi edad, son más problemas que soluciones —observó a su sobrino mientras sostenía en una mano la copa y en otra las gafas de sol— mira, cariño. ¿Me has visto? Hago deporte para sentirme bien conmigo misma, aunque también es para que me vea atractiva y aun así, nada. A veces siento que he sacrificado mi vida, he criado dos hijas maravillosas, la mejor enseñanza, las mejores universidades, eso es verdad y a mi marido le fue fenomenal, pero ¿y yo?

—No digas eso por dios, es un escarceo nada más, simplemente un hombre maduro que aún se quiere sentir joven. Tu misma lo has dicho, quiere usar su cosa… —decir pene al miembro de su tío no entraba en sus planes— antes de que muera. Que no le exculpo ¡eh!, obviamente está mal lo que hace, no te digo que le perdones. Pero si te va a hacer más mal hablarlo y separarte, entonces quizá lo mejor sea reconsiderar tu posición en la casa y pasar.

—Puede ser cariño, puede ser… pero es muy desesperante. Te voy a decir una cosa muy cierta —Carmen no se veía con su sobrino, sino más bien con su psicólogo o realmente como habían dicho… un amigo…— y tan real como la vida misma. Mientras él paga por sexo, ¿sabes hace cuanto no tengo un orgasmo? —Sergio negó. La conversación tomaba tintes extraños, quizá por el alcohol que Carmen no paraba de tragar y le hacía soltar su lengua más de lo que le gustaría. Aunque, ¿Sergio quería saber cuántas veces su tía se había corrido? Su subconsciente le dijo que… sí— ni yo lo recuerdo. Tampoco el sexo nunca fue satisfactorio del todo, no es un dios en la cama, ni detallista, vamos ni nada, ¡Qué mierda, una puta joya! —pasó su mano limpiándose las lágrimas. Aspiró bien hondo el aire caliente que corría por el jardín y añadió— lo siento cariño, eso no viene al caso. Pero es frustrante y ¡Vaya! Esta copa se ha acabado y creo que me ha agitado el cerebro. ¡Dios! Qué bien y que mal me siento.

Carmen se levantó y se quedó mirando al infinito. Se colocó las gafas en la cabeza sujetando su pelo rubio, dejando su rostro libre, sin ocultar como las lágrimas fluían por él. El sobrino se levantó sin dudar, su tía no se merecía estar así, nadie lo merecía. Se sintió algo identificado, su relación parecía que había sido igual de mierda, una pérdida de tiempo según las palabras que la mujer había usado. Lentamente, por su espalda, se acercó a ella y pasando sus brazos alrededor de esta la abrazó con fuerza. Carmen dejó caer la cabeza hacia atrás, donde el hombro del joven la esperaba y lloró con ganas mirando al cielo.

—No te preocupes, todo acabará solucionándose y seguramente cuando te note distante se dará cuenta y cambiará.

—Por un lado no quiero que vuelva, y por otro, quiero que todo sea como antes, aunque el amor se haya terminado —aún abrazados sostuvo una de las manos que su sobrino anudo en su vientre.

—Ha sido tu compañero de viaje tantos años…

—Sí, pero estos últimos… no sé, 10 años, ha sido una rutina continua. La distancia entre nosotros es terrible. Cariño, hasta contigo en 2 días me lo he pasado mejor.

Sergio sin intenciones dobles, ni pensamientos sacados de la realidad, se adentró entre el cabello de su tía. Buscó la mejilla húmeda de esta y mientras ella seguía observando el cielo tan limpio que reinaba esa tarde de agosto, le dio el beso más dulce que pudo.

—Estos días —dijo el joven— estoy contigo, y dentro de poco mi madre. Solo olvídalo y piensa en ti misma, te queda aún mucha guerra por dar. —Carmen intentó limpiar todas las lágrimas que le caían. Girándose después y viendo el rostro de su sobrino que muy cerca le sonreía… tan cerca…

—Te quiero, Sergio, ojalá hubiera tenido un hijo como tú.

—No te creas, creo que soy mejor sobrino que hijo. Mi madre seguro que opina igual que yo.

—Cambiaremos eso, lo verás. Solo tienes que ser así, natural.

—¿Quieres que hagamos algo o seguimos hablando? —le comentó Sergio una vez separados de camino a sentarse de nuevo en las hamacas.

—Hablemos Sergio, hablemos, quiero olvidarme de mi vida, cuéntame la tuya.

—¿Qué quieres que te cuente, tía? Pregúntame lo que quieras, hoy tengo la información en oferta —le comentó riéndose.

—Pues prepárate, menudo interrogatorio te espera —Carmen sonriendo, de nuevo con las gafas de sol y sin rastro de lágrimas en sus ojos— a ver empecemos, ¿qué tal estos meses sin novia?

—Tengo dos respuestas, y las dos dicen lo mismo, ¿quieres la respuesta a una amiga o a mi tía?

—Olvídate de tu tía, somos amigos, ya te lo he dicho antes. Ahora, llámame Carmen, anda.

—De pena, Carmen, de puta pena.

—Cuéntame por qué —se recostó en la tumbona con las gafas en los ojos al tiempo que sorbía con delicadeza una nueva copa. Cada vez la relajación era mayor, con aquel arrebato de tristeza se notaba mucho más ligera, mucho más que la botella que tenía al lado y pensaba vaciar.

—Aparte de esa sensación malísima que llevo dentro, al final es perder a alguien de manera abrupta, es como si hubiera muerto. Una cosa es cierta —por un momento dudo, pero no había vergüenza entre ellos— teníamos una gran actividad… ya sabes. Incluso decía que después de mí, lo demás le sabría poco… palabras vacías, Carmen, todo postureo como decimos ahora. En fin, terminarlo de pronto es muy duro de asimilar.

—Eso de morir, es muy exagerado. O sea que te tenía malacostumbrado, al igual que a mí, ¿verdad? —saltó con ironía a la par que negaba con la cabeza sumándole una risa sarcástica. A Sergio le dio la sensación que su tía comenzaba a estar borracha.

—Algo mejor sí que estaba, sí. Pero por el efecto rebote, ahora estoy peor que tú.

—Como decíamos de jóvenes, ¿Estás sediento de carne?

—Sí, claro. Al final, por mucho que quieras, estar con uno mismo… no es lo mismo —dijo Sergio olvidándose ya por completo que estaba hablado con su familiar.

—Sergio… —le dijo ella dándole en la pierna— ¿así es como hablas a una amiga?

—Carmen, yo apenas tengo amigas y eso es mi culpa, he perdido la práctica de hablar con ellas. Al final, siempre intento algo más, me es inevitable. Si fueras mi amiga acabaría queriendo hacer otra cosa, siempre me pasa igual. —dio un sorbo de su copa y le supo mucho mejor que al principio— Pienso que es por eso que me hago su amigo, porque al final quiero algo con ellas, incluso antes de saberlo.

—¿Cómo qué? —Carmen estaba más que interesada en oírlo, aunque se hizo la inocente.

—¿Tú qué crees?

La mujer dio un trago largo a su copa, la pena había abandonado su cuerpo para dejar entrar ese calor que ya le comenzaba a resultar muy familiar. No venía de sol, sino que emanaba desde lo más profundo de su cuerpo.

—Estás salido, hijo mío —dejó su segunda copa en el suelo casi terminaba mientras se secaba sus labios carnosos con la lengua— Bueno, como todos. Jamás hablé de sexo abiertamente, solamente con tu madre, mis hijas nunca me contaban nada y no era por falta de ganas, me encantan estos temas.

—¡Qué sorpresa! Con mamá no hablé nunca de esto…

—Pues deberías —le cortó—, estos temas a tu madre le encantan.

—Suelo tirar de mis amigos, pero siempre acabamos bromeando y sin tomarlo en serio. Como te imaginarás… ahora mismo… amigas no tengo y bueno, mi hermana, ni me habla casi o sea que…

—O sea que… —siguió ella— soy una privilegiada entonces ¿Me vas a contar más cosas?

—Bueno… —el tono de la conversación se estaba yendo a una tensión que volvía a ser palpable. Solo la presencia de Sol les había calmado y ahora, hacía tiempo que se había marchado— puede que sí, o puede que te mienta y me lo invente…

—Sé que no me puedes mentir, además ¿Qué ganas con mentirme, cariño? —Sergio rio y bebió un trago, le costó tragar, la garganta se le había secado. Su tía le preguntó antes de que pudiera contestar— vamos a ver, ¿con cuántas chicas has estado?

—Me imagino a que te refieres… pues con 2, otras solo besos, o roces, algo más, solo dos. —la respuesta de su sobrino le causó un picor interno que se intensificó al escuchar lo siguiente— ¿Puedo preguntártelo a ti?

—No, soy una dama —“¡Descarado!” gritó su mente junto con una risa interminable que explotaba en su interior. Por el momento, no se lo iba a decir, por lo menos no el número exacto. Se recolocó las gafas de sol— Pero, más que tú.

—¿Todos antes del tío?

—Sí, aunque visto lo visto… podría haber metido alguno por medio —aquella broma ayudó a deshacer la tensión entre ellos aunque eso sí, Sergio no sabía si Carmen pensaba así de verdad.

—Me encantas, tía, te lo digo en serio —“¿en qué sentido?” se preguntó y un gritó de su conciencia le contestó “¡En todos!”— eres la mejor. Tan espontánea… tan real… siempre me ha gustado tenerte cerca.

—Tú te has apropiado de algunos genes míos, y eso también me gusta… por nosotros —alzaron ambos vasos brindando. Unas pocas gotas salieron disparadas al golpear el frágil cristal.

—Tía, dime, ¿Qué te queda por hacer o probar en la vida?

—No lo sé —resopló al aire— dicen que hay que plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro. Yo jamás planté un árbol, mira —señalando una esquina— ¿allí quedaría bien? Algún día quizá ponga uno. Aunque bueno, he plantado flores, ¿eso cuenta? Seguro que sí —se contestaba a sí misma— he tenido dos hijas, o sea que me falta escribir un libro. Quizá lo haga, tengo tiempo de sobra, ¿Qué te parece tu tía la escritora?

—Nada mal ¿Sobre qué escribirías?

—Ni idea, ¿de mi mierda de vida? No está mal. De cómo un marido cabrón y sin picha se tira a niñas por Brasil y ahora, ¿en Suecia? ¿Mientras su mujer llora en los hombros de su sobrino? No veo una mala historia. Creo que el alcohol me ha subido a la cabeza y me hace decir bobadas. —era cierto.

—Como trama no está mal, ahora necesitamos el giro de guion. ¿Qué se te ocurre?

—No sé, ¿lo matamos y lo escondemos en el jardín cuando vuelva? Y de paso plantamos un árbol encima, dos en uno. Noooo es broma… ¿O no?

Los dos se rieron ante aquella broma, una risa tan pura, tan real y tan estridente que solo podía venir de una broma de mal gusto. Estaban en perfecta sintonía.

Acalladas las risas después de un largo minuto, pensó en verdad en una trama de ese libro ficticio que ideaba con Sergio y le dijo con seriedad.

—O mejor, me voy a viajar con mi sobrino por el mundo que es el único que me comprende.

—Te acompañaría sin dudar, que lo sepas. ¿Pagas tú?

—Lo sé y sí, pago yo o mejor… tu tío… —le guiñó un ojo por encima de las gafas— pero nos acabaríamos aburriendo. Hijo, hasta el viajar se haría monótono cuando se convierte en rutina.

—Pienso que no —Sergio dio un buen trago a la copa mientras meditaba “¿lo has dicho en alto? Sí…” observó, como los ojos azules de Carmen le miraban por encima de las gafas. Más que una mirada cómplice parecía más… ¿Más erótica? “Imposible”. Lo intentó arreglar añadiendo— contigo nadie se puede aburrir.

—Vamos al agua —no fue una pregunta, era una orden— me he calentado demasiado al sol… —Carmen escuchó su comentario como si fuera sacada de una película porno y… le gustó.

—Luego seguimos hablando de ese libro tuyo, podríamos sacar un best seller —le contestó su sobrino intentando escapar de lo que su mente le obligaba a pensar.

Se introdujeron en el agua y la tensión se fue disipando, era una maravilla la piscina con aquel tiempo, lo bueno que el contraste de temperatura les hizo a los dos sosegarse un poco. Tanto el calor de sus cuerpos, como el alcohol que estaba abotargando sus cerebros decreció hasta un punto normal donde se encontraban más cómodos. Ambos pensaron que aquello era lo mejor que les podía pasar, tranquilizarse.

Se salpicaron y jugaron un rato, Carmen no pudo evitar el roce en ocasiones y notar los músculos juveniles de Sergio, eran duros y fibrosos, no grandes, pero si perfectos para su gusto. Sergio en cambio, en el intercambio de salpicaduras, logró contactar y sujetar en par de ocasiones el cuerpo de su tía, aun siendo algo grande era duro, “como decían en la universidad, tiene cuerpo reloj de arena”. Todo era un juego, roces inocentes en una tarde de verano entre una tía y su sobrino, unos toqueteos sin ninguna consecuencia para cualquier mirada ajena a ellos, todo era normal, menos para ellos.


CONTINUARÁ...
 
¡No puede ser! ¿Una semana más de espera?
No sé si puedo esperar tanto.
 
11

Después de salir de la piscina y tumbarse un largo rato sin conversar, el astro rey comenzó a esconderse en el horizonte. Entraron cuando un viento frío se comenzó a levantar. Aprovecharon para refrescarse en la ducha y ponerse ropa de estar por casa logrando así mayor comodidad. Coincidieron al mismo tiempo en la cocina, sin decirse nada, como si sus mentes les hubieran mandado una señal para acudir. Se sentó cada uno en una silla y comenzaron a devorar la cena que Sol con tanto mimo les había dejado preparada. Tanto sol por la tarde les había dejado exhaustos.

Sergio bajó con un pantalón corto y una camiseta de deporte, algo ligero la verdad, aunque Carmen conocedora de su casa, se había anticipado al clima y puso la calefacción para calentar la casa. Ya no había ninguna ventana abierta que ventilase las habitaciones, todas estaban cerradas, aislando a ambos, dentro de aquellos metros cuadrados.

En la cena, el joven al ver que su tía bajaba con una vestimenta muy similar al día anterior, trató de contener sus impulsos primarios. No quería volver a observar el pequeño escote que tanto le gritaba para captar su atención o mejor dicho, no quería mirar por si era cazado. Ignoraba el motivo, pero veía a su tía más guapa a cada minuto, incluso más sexi… “Con cualquier ropa se ve espléndida. Si fuera con mi pijama como muchas veces hace mi madre… también lo estaría”.

Al terminar, Carmen se acercó a la mesa del salón y con un mando encendió la televisión y con otro, prendió la chimenea que se encontraba a la izquierda de estos. No hubo ningún comentario, la noche estaba tornándose fría, bastante fría para ser verano. Más que por el calor, el fuego de la chimenea les servía como “lámpara” apagando todas las demás luces y quedándose solamente con el frío resplandor del televisor y el ardiente del fuego.

A Sergio aquel sofá… aquel fuego… la poca luz… todo le evocaba escenas de películas para adultos. Toda la suma de aquellos factores le equivalía a una única cosa sexo… o eso se imaginaba el joven. “Tranquilízate, eso no va a pasar, tienes que masturbarte y punto, estás demasiado alterado” repetía casi como un mantra sentándose al lado de la mujer.

—Mañana viene tu madre, ¿En serio no te importa quedarte un tiempo aquí solo? —dijo Carmen comenzado la charla.

—Claro, no hay problema. Tía, tengo algo que pedirte. Me da vergüenza e igual te suena raro. —Carmen atendía a las palabras del joven esperando que esa petición fuera “extremadamente rara”— mientras este mi madre aquí y si ella se quiere ir antes… si sigues tu sola… —Sergio divagaba. No comprendía por qué le era tan difícil que sus palabras fluyeran era una petición normal. Sin embargo, en el fondo, sabía muy bien que era lo que le pasaba— me gustaría quedarme aquí pasando las vacaciones. Si no es mucha molestia, ya sabes, hasta que llegue el tío, luego me iría a la casa de la abuela.

—Ya tardabas en elegir lo obvio —su voz no sonaba más fuerte que un susurro, similar a una confidencia— me vas a hacer muchísima compañía, mi vida. Bueno, —cogió un cojín lo colocó en las piernas de Sergio y reposó allí su cabeza con total tranquilidad. Tiró las zapatillas y se tumbó completamente en el sofá— he estado pensando, y quizá sea buena idea escribir, ¿de qué puede ir mi libro?, ¿De mi vida?

—Puede ser, toda vida es única e interesante. —la cabeza de su tía apoyada en sus muslos le parecía irreal, era una postura inadecuada del todo.

—No, me refiero solo a esta última parte… incluso quizá desde que nos montamos en el coche. Allí te cuento mi vida, luego nos divertimos, yo cambio de parecer y tú pasas días conmigo, haciéndome ver la realidad. Sería algo casi autobiográfico. En verdad, he dado un cambio sustancial en tan pocos días…

—¿Y a partir de ahí? —preguntó el joven con ganas de saber.

—Oye, no puedo ser la única que piensa aquí.

—Pero si es tu libro, yo solo soy un lector, si te ayudo, tienes que ponerle mi nombre también.

—¡Serás caradura! —Sergio no pudo evitar sonreír. El tono que usaba Carmen le encantaba, suave y pausado, acorde con el fuego que crepitaba en la chimenea— pues, veamos… podemos hacer que yo, pille a mi marido una conversación o algo. Que ojalá fuera verdad… y ¿tengo un romance con el jardinero?

—Para nada, eso suena a tópico.

—¿Un antiguo amigo? —movió las manos con rapidez— Quita, hasta a mí me suena mal… ¿El antiguo amor que encuentro en el pueblo?

—Podría ser, pero no me encaja, es difícil.

—Eres muy exigente chico, no te gusta lo “normal” ¿qué quieres algo visceral? ¿Un extraterrestre? ¿Metemos a E.T.? Nadie se lo esperaría es totalmente inesperado. Aunque no me veo besándole, parece una caca con patas.

Al joven el comentario en cualquier momento le hubiera producido una severa carcajada que su tía hubiera copiado. Sin embargo no sucedió así, porque con la pregunta con la que se quedaron fue con la primera. Por un segundo, ambos se miraron fijamente sin parpadear, los ojos azules de la mujer centellearon por lo que había dicho, lo normal, algo visceral. ¿Qué podría ser lo anormal, lo inesperado? Y si… ¿El protagonista de esa futura novela fuera…? ¿Sergio?

En menos de un segundo, Carmen elaboraba los puntos de una historia que la atrapaba en su mente. “Viene… me ayuda… me enamora y me… me… fo…”. No pudo terminar la frase, su mente no lo procesaba, es inconcebible… ¿O no?

Sin embargo, ambos podrían decirlo al unísono, podrían gritar que el joven era el indicado para ese papel. Sergio deseaba que su tía simplemente moviera los labios, pues parece que en sus ojos leía lo que sus labios no permitían decir, rezando a todos los dioses que conoce espera escuchar algo. Pero no sucede.

La sangre de ambos comenzó a bombear, el corazón latía con una fuerza desmedida haciendo que la sien de Carmen pareciera que fuera a reventar, lo bueno que puede disimularlo. En cambio para Sergio es más complicado, toda la sangre que tiene a disposición su cuerpo, estaba dirigiéndose a un único lugar. Toda su sangre corría tan rápido que sus venas parecían una carrera de fórmula uno, tratando de llegar primero a ese lugar tan sagrado que ahora reposa debajo de la cabeza de su tía.

Lo inevitable sucedió y el miembro del muchacho se comenzó a desperezar. El exceso de sangre producido por una imaginación voraz, logro comenzar a hacerlo crecer y en un involuntario movimiento este se retorció buscando aumentar de tamaño. Carmen que giró su cabeza para ver la tele y no sentirse tentada de pensar nada malo… lo notó. Era algo imperceptible, un movimiento que de no estar tan centrada en el calor que la comenzaba a invadir, no se hubiera dado cuenta.

Pensó que podía ser normal y que además… era su culpa. No lo había hecho con aquella intención, solo se colocó con la cabeza en los muslos de Sergio, porque lo solía hacer con su marido. Sin embargo, ahora ¿cómo levantarse?, ¿Y con qué escusa? Si además… ella está muy cómoda.

No aguantaba lo caliente que estaba su cuerpo, su cara la notaba ardiendo y sentía que sus pómulos le podrían quemar las manos de tocarlos “¿Verá mi rostro con esta poca luz?”. Pero lo peor, no era la vergüenza. Lo peor para Carmen se encontraba debajo de la tela del pijama, justo en las braguitas nuevas que compró hace una semana. Un calor muy olvidado renació, recordando que no es más que el aviso de que algo mayor se avecina. Su entrepierna olvidada desde hace tiempo, la avisaba y la recordaba que estaba muy viva… comenzando a humedecerse.

—Tenemos que pensarlo muy bien —dijo, aunque en su mente, lo que realmente estaba pensando en voz alta es la moralidad de lo que su sexo estaba tramando. Del libro, prácticamente se olvidó.

—Me da que tú tienes más imaginación que yo, tienes más experiencia y eres la creadora del libro, darás con esa persona, estoy… seguro.

Los dos se mantuvieron callados mirando la película que había comenzado sin que se dieran cuenta. Carmen con un calor que solo en su época de juventud recordaba estaba demasiado atorada como para atender a la televisión. Notaba a cada poco que el cojín se mecía muy lentamente, parecido a que alguien con un dedo lo moviera desde abajo, pero para nada era un dedo. No lo soportó, su cabeza iba a explotar. Se contuvo durante diez minutos con “aquello” martilleándole la cabeza, para al final comentar.

—Creo que voy a ir a cama, el sol me ha matado. —lo más sensato.

—También voy a subir, aunque me da pena ir a cama. Es el último día en el que estaremos solos, mañana me tendrás que compartir. —Sergio no sabía ni como se atrevió a decir aquello e incluso con la voz medio rota consiguió soltarlo sin trabarse.

Una risa nerviosa salió de sus bocas. Los dos se levantaron del sofá y como pudo el joven evito que su erección fuera visible, aunque Carmen no trató de mirar, si hubiera querido la habría visto. Subieron por las escaleras y Sergio, como un caballero dejó pasar primero a su tía, aunque nada más lejos de la realidad. Mientras la mujer avanzaba no cesó ni un momento de admirar su cuerpo sin que ella le viera. Las dos nalgas de su tía que subían con un movimiento rítmico casi le hicieron perder el paso.

Carmen fue la primera que se detuvo en la puerta de Sergio, dándose la vuelta y justo cuando su sobrino se paró a su lado. Esta le propinó un rápido beso en la mejilla para despedirle con un seco hasta mañana. Se sentía un adolescente con el chico de instituto acompañándola a casa.

Su sobrino que todavía no había atravesó el umbral de la puerta, la seguía con mirada. Pensaba en hacerla una señal, decirla algo o simplemente gritarle que entre al cuarto y rompan esa tensión que les rodea. Pero su cabeza por una vez fue sensata (increíblemente) “eso no está bien” se dijo decepcionado por no tener el valor suficiente.

Al final del pasillo, Carmen giró la cabeza al llegar a su destino, viendo a su sobrino al fondo. Se detuvo un momento pensando en que al final sucedería, que romperían el velo de la moralidad. Sergio vendría corriendo por el corto pasillo y desataría su fuego allí mismo. Era lo que ambos deseaban, o por lo menos lo que su intuición femenina le decía y esa, no fallaba nunca.

Sin embargo, antes de darse cuenta su muñeca giraba el pomo y sus pies entraban en su habitación como si el fuego la persiguiera. Su cuerpo había ganado contra su mente, evitando posibles desvaríos.

Cerró la puerta con tanta rapidez como había entrado y colocó el pestillo, para después apoyar su espalda en la puerta con el corazón y la respiración agitada. No recordaba jamás haber estado así de caliente por nada, ni nadie, “¿las copas, el sol…? Sí, no hay duda, ha sido eso. Tiene que ser eso”.

Al tiempo que seguía pensando, percibió que su mano había descendido hasta la goma del pijama, “¿Cuándo ha pasado esto?” ni lo supo, ni lo sabrá. Esta fluyó con vida propia sorteando la ropa a su paso, primero haciendo contacto con el vello corto que solía tener bien cuidado y más tarde, con una vulva hinchada y ardiente que… estaba “mojada”.

Esa fue la palabra que le salió de su mente, pero no era la correcta. La adecuada para tal caso era calada, realmente calada… empapada en flujos. “Me tengo que cambiar las bragas” se dijo mientras sus dedos empezaban unos movimientos circulares, sorprendiéndose de que a pesar de la falta de práctica no habían perdido su toque.

“Debería parar”, pero su mano no la obedeció y seguía aún más rápido. En menos de treinta segundos había traspasado la barrera de no retorno. Aceleró sus ágiles dedos y con la otra mano, sabedora de lo que se avecina, se cubrió la boca tanto como pudo. La noche era cerrada y con la casa en silencio cualquier sonido es audible, no podía gritar.

Sus ojos se tornaron blancos y su cabeza repentinamente tirada hacia atrás por un latigazo, chocó contra la pared haciendo un ruido seco. Su mano acalló cada uno de los gemidos que trataban huir de su boca, mientras la otra los generaba debido a un frenético movimiento en su clítoris.

Sintió su calor, sus líquidos, el fuego ardiente de sus adentros sofocándose, al menos por el momento… el orgasmo fue terrible. Las piernas temblaron movidas por como en un terremoto. Le fallaron y su espalda se deslizó por la puerta de madera hasta que su trasero topó con el suelo. Tenía las piernas tan entumecidas que por dos minutos no se pudo levantar. “¿Qué ha sido esto?” Se dijo casi sin recordar lo que era el verdadero placer.

Alzándose con mucha dificultad, tuvo que parar un momento en el vestidor a cambiarse sin mucho acierto. El pantalón había quedado mojado y la braga mejor ni comentarlo. Cayó rendida en la cama con tal cansancio que no pudo hacer otra cosa que dormir. Aunque antes de que el sueño la atrapase, supo con absoluta certeza que el personaje de su libro, el exótico hombre que debía seducirla… era Sergio.

CONTINUARÁ...
 
Aquí tenéis la portada de este primer librito, creo que quedó bastante bien:love:

Mañana subo otro cacho de esta historia que ya veo que os está gustando jejeje:p
 

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12

Al día siguiente, pareció volver una cierta normalidad. Los dos se encontraron en el gimnasio y Sergio acompañó a su tía en la bicicleta estática de la misma forma que hizo el día anterior. Carmen no había olvidado como el miembro de su sobrino, se movía debajo de su cabeza desperezándose con ganas de fiesta. Sin embargo trató de pasar por alto aquel sucedo, al menos… por el momento. El joven en cambio, mientras veía a su tía dando pedaladas, no podía olvidar las ganas que reprimió de tocarse después de la tensión acumulada de todo el día.

Trataron que la mañana siguiera siendo “normal”, aunque lo anormal era lo que hacían. Si tendríamos que pensar en que era normal para esos dos, seguramente nos imaginaríamos algo más íntimo y… más mullido.

Se ducharon y desayunaron mientras hablaban del único tema que monopolizaba el día, Mari. La madre de Sergio iba a llegar y si todo salía según tenían pensado, se quedaría con ellos al menos un par de días.

Sobre la una del mediodía salieron a esperar en la puerta de la entrada. Habían conseguido pasar una mañana en calma sin ningún tipo de tensión, también en parte por saber que Mari vendría y que Sol rondaba por la casa haciendo las labores del hogar.

El joven fue el primero que vio el “barco” en el que venía su madre y avisó a su tía de que ya estaba, para que esta activara el mando y de ese modo abrir la puerta. Su madre atravesó la verja de la casa y con mucho cuidado de no rayar ninguna parte de la carrocería, lo estaciono.

Del interior salió la versión consumida de Carmen. Su cabello moreno lo llevaba desatendido y arremolinado en una coleta sudada. Igual que el pantalón y la camiseta blanca sin mangas que llevaba, ambas prendas caladas de su propio sudor. Por un momento Sergio comparo a ambas mujeres en un lapso de segundo, le parecieron tan iguales y a la vez tan diferentes, como la noche y el día.

—¿Qué tal el viaje, mamá? —se acercó a ella con rapidez, hasta llegar a su lado donde su madre le recibió con un frío saludo.

—Mal… hace un calor inhumano, menos mal que no pille caravana.

—Nosotros sí, de eso que te libras, no se podía pasar más calor —saltó su hermana propinándola dos besos y un abrazo. La diferencia de las muestras de afectos era tan evidente—. Gracias por lo del coche, Mari, de verdad.

—¿Tú qué tal, hijo?

—Muy bien, no puedo estar más a gusto, la tía me ha tratado de lujo.

—¿Has quedado con los amigos? —comentó Mari entrando en casa.

—Que va, de momento me he decidido por otro plan, ya les he avisado.

—¿Qué vas a hacer si se puede saber? —Sergio miró a su tía la cual le devolvió un gesto cómplice.

—Pues me gustaría que pasáramos los tres unos días juntos y después ya volveremos.

—¿Cómo que unos días? ¿Juntos? —Mari estaba perdida y buscaba una respuesta tanto en su hijo como en su hermana.

—Los días que queráis mejor dicho, no presiones a tu hijo para iros ya ¡eh! —miró a Sergio— ¿Le has dado un beso a tu madre?

Nunca habían tenido por costumbre mostrar afecto mediante besos, unos simples “holas”, sumados a movimientos de cabeza eran suficientes. Sin embargo los ojos azules de Carmen insistían.

Por una fuerza que parecía proveniente de su tía, el joven se comenzó a acercar a su madre la cual, con los mismos ojos azules brillantes, le miraba con duda. Estando a su lado, a escasos centímetros, bajó su rostro, comprobando que su madre no huele a perfume, sino a simple sudor. No obstante, eso no es algo que le vaya a echar para atrás y sintiendo como su tía le empujaba mentalmente, colocando los labios en posición, acabo por besar a su madre en la mejilla.

—Menudo saludo… —dijo la tía irónicamente— vamos, Mari, deja al niño, tú a descansar y luego me acompañas que tengo que ir a unos sitios.

Sin poder decir nada más, Carmen se llevó a su hermana. Subiendo ambas las escaleras con intención de que Mari se acomodase en su “nueva” habitación.

Sergio se quedó viendo la tele mientras le llegaban murmullos de arriba. Al de un rato, bajaron ambas listas para salir a dar una vuelta. Su tía le dijo que pasarían la tarde fuera, que la casa era suya y que hiciera lo que quiera. Dicho y hecho, Sergio pasó todo el día disfrutando de la piscina y del sol, que le acabó por picar de tanto calor.

Entre chapuzón y chapuzón, su cabeza siguió dándole vueltas al mar de sentimientos que le corría por dentro. Con su madre allí, estaba claro que no volvería a suceder nada “extraño”, aunque si lo pensaba bien no sabía si en verdad había sido como él pensaba. Quizá todo había sido producto de su imaginación, de una mente calenturienta dispuesto a todo por “mojar el churro”. Sin embargo, esas suposiciones se hacían a un lado cuando recordaba la mirada de su tía, tan penetrante, tan preciosa. Aquellos ojos que se le clavaban de forma tan intensa, había que sumarle un tono de voz que a veces no iba acorde con una conversación “normal”. Carmen estaba tensionada, notaba como su garganta no le dejaba fluir las palabras como de costumbre… si, Sergio apostaba que era así.

La noche anterior, su corazón le gritaba que corriera, que su tía aceptaría que entrase a su habitación en plena noche, pero su mente racional le dijo que era una locura. Tan buena relación tenían que no quería estropearla por una calentura infantil, esperaba que todo pasara y disfrutara de Carmen como un sobrino al uso.

Salió de la piscina y pensó que sería un gran momento para darse una alegría al cuerpo. Le seguía sin gustar “mancillar” aquella casa con sus fluidos, pero ya llevaba dos días durmiendo con una erección de caballo. ¿Por qué no?, nadie se iba a enterar y si algún tipo de culpa afloraba en su cuerpo, pronto pasaría, al fin y al cabo, solo era una “paja”.

Lástima que lo decidiera tan tarde, justo cuando su pene se comenzaba a hinchar y ponerse “morcillona” escuchó como el coche atravesaba la valla, y su madre y su tía volvían a casa. Entre la piscina y sus pensamientos, el tiempo se le había escapado de las manos y ahora no había vuelta atrás porque las dos mujeres entraban por la puerta.

—¿Mamá? ¿Qué te has hecho? —dijo sin contenerse al ver como pasaba por la puerta después de su tía.

—¿Tan fea estoy? —pregunto avergonzada mientras se pasaba la mano por el pelo y la cara. Al ver su mano tocar su rostro, Sergio se dio cuenta de que incluso se había hecho las uñas, no recordaba haberla visto así antes.

—No, no, no. ¡Por favor! Todo lo contrario, estás guapa… realmente guapa. —alguna vez la había visto preparada, pero nunca de esa manera, parecía lista para un gran evento.

—Tu tía —Carmen ya en casa dejó sus cosas en el recibidor de la entrada— que me ha llevado a un salón de belleza. Me han hecho de todo, y además me ha comprado ropa, al parecer se ha vuelto loca.

—Muy loca, loquísima. Esta noche salimos a tomar algo… solo chicas… lo siento, cariño —se acercó hasta donde su sobrino y le dio un beso en la frente a modo de saludo aunque al joven le supo a más—. No nos esperes despierto, o sí, no sé… haz lo que quieras, estás en tu casa.

Sergio las admiró mientras se marchaban sin parar de reír. Primero lo hizo con su tía, que estaba igual de bella que siempre, una belleza casi perfecta que había empezado a conocer perfectamente. Sin embargo, cuando posó los ojos en su madre, lo que vio le fascinó, parecía otra mujer con una única tarde al lado de Carmen. Eran casi idénticas, al menos en aspecto, mismo rostro, mismos ojos, incluso el cabello tenía la misma textura aunque diferente tamaño y color.

No se cortó, el joven echó un vistazo a ambos cuerpos. Los comparo con rapidez, sorprendiéndose de lo bien que se conservaban ambas, la única diferencia era que su madre era más delgada, nada más. Sus ojos no le engañan en una tarde, su madre había rejuvenecido e incluso se veía más… feliz. Lo sintió como irreal casi mágico aquella sonrisa y ese brillo en sus ojos no podían ser reales. No obstante, no era magia, ni se equivoca lo que estaba viendo era a su madre rebosante de felicidad.

Esperó en la sala a que se cambiaran mientras veía la tele pudiendo evadirse de todo pensamiento extraño alrededor de su tía. Solo se desconcentraba al escuchar risas y murmullos de ambas mujeres provenientes de arriba “¿Cuándo se ha reído mamá tanto?”.

No tardaron mucho más en descender por las escaleras. Los tacones que las dos mujeres llevaban resonaron en la casa, llamando la atención del joven que se incorporó en el sofá para verlas. ¡Menuda sorpresa! Las dos bajaban las escaleras con vestidos similares, si es que no eran iguales, su sentido de la moda era nulo. La única diferencia eran los colores, el de su tía era rojo y el de su madre azul. La parte de arriba era ceñida y las dos mostraban un poco de escote, “¿Escote? ¡¿Mi madre?!” Sergio no daba crédito a lo que sus ojos veían. La vestimenta superior habitual de su madre eran camisetas sin nada de escote y en su efecto camisetas viejas que habían pertenecido al chico años atrás. Cierto es que Mari no tenía reparos en estar delante de sus hijos con el sujetador, pero su moda fuera de casa, solía ser siempre más recata y… simple.

A Carmen no le hacía falta ni que la mirase, estaba explosiva. Había dejado a un lado su atuendo formal y caro, por un vestido más apretado donde mucha de su piel era visible. Su escote era una delicia y bajo su vestido se veían unas piernas grandes y torneadas. Sin embargo lo que más le seguía impactando a Sergio era que aunque su tía estuviera espectacular, su madre no iba para nada desencaminaba. Su vestido aunque muy idéntico carecía de ese toque “picante” que tenía el de Carmen. Le llegaba hasta los tacones dejando una abertura por donde se podía ver una pierna estilizada. “¿Vestido, tacones, escote? ¿Esta es mi madre?”.

—Bueno, Sergio, nos vamos de marcha. —Siguió mirando atónito desde el sofá— ¿No nos vas a decir nada? —insistió su tía mientras se ponía un chal y su madre una chaqueta.

Sergio no podía dejar de mirarlas, estaba hipnotizado. Todos los pensamientos de su tía comenzaban a aparecer como una cascada, un rostro bello, un cuerpo perfecto… pero lo que no le dejó hablar fue ver a la mujer de al lado. Alguien a quien conocía muy bien, pero que no podía reconocer. La había visto de todas las formas, incluso en ropa interior, con ropa fea y desgastada y en ningún momento hubiera pensado lo mismo que ahora, su madre estaba igual de bella.

—Estáis… —por su mente viajaron varias palabras, buenísimas, macizas… todas soeces que ellas no se merecían— preciosas. Vais a llamar la atención… os parecéis más de lo que pensaba.

—Siempre nos lo han dicho, bueno por algo somos hermanas —apuntilló su madre, respondiendo a algo más que obvio.

—Cuando quiere, tu hijo sabe que decir, tiene un pico de oro, te lo aseguro Mari. —dedicó una mirada cómplice a su sobrino, alentando a que le siguiera el juego— ¿Te gusta cómo está tu madre? Ha salido a relucir toda la belleza que sin parar trata de esconder.

—Sí, sí, mamá, estás muy guapa —sintiendo que era buen momento, soltó una broma con tintes de realidad— cuidado con los hombres que se te van a acercar.

—¡Hijo, por Dios! —Mari no pudo evitar la coloración de su rostro, ¿ligar ella? ¿A su edad? Estaba fuera de toda lógica. Aunque con una sonrisa algo boba recibió el cumplido con agrado.

—¿Vienes a darnos dos besos para despedirnos o te vas a quedar ahí tirado? —comentó Carmen ante la pasividad de su sobrino.

Como azuzado por un látigo, se acercó a ambas mujeres y con una calma, con la cual parecía que disfrutase, les propinó a cada una par de besos.

Su madre se adelantó para mirar si el taxi ya había llegado. Cuando lo vio, desde fuera hizo gestos para decir que ya salían, de mientras Carmen miró fijamente a su sobrino. Aprovechando aquellos segundos de soledad e intimidad le dijo en voz baja como si de un secreto se tratase.

—Tienes en la cocina lo que quieras por si tienes hambre. Esperemos no despertarte, vendremos algo… bebidas —evitó reírse— y tranquilo que no me olvido de ti, mañana no te dejaremos solo.

Escuchó desde el sofá como el taxi arrancaba y las mujeres se marchaban de fiesta dejándole solo en aquella casa tan grande. Las palabras de su tía siempre le removían el alma, era ya algo innato, cada palabra que le iba dirigida a él, era como una fecha llena de lujuria que se le clavaba en la entrepierna. “No se olvida de mí” su imaginación voló, pensando que esas palabras querían decir más de lo que parecía.

Pasó otra hora en el sofá viendo terminar la película que le hacía al menos no pensar en Carmen. Aunque los ojos se le cerraban aguantó de forma estoica hasta que por fin terminó, levantándose para llegar con paso agotado hasta la cama.

Antes de conciliar el sueño, su mente repasó todo el día, viendo que había sido de lo más calmado, salvo por esa visión de su madre. En verdad estaba guapa, guapísima podría decir, no parecía la Mari que él conocía. Intentó pensar en su tía, quizá para alegrar un poco la noche, pero el sueño podía con él. Trató en un inocuo intento mantener arriba sus parpados, pero pesaban como losas, acabando por dormirse con una última imagen en su mente… la de su progenitora bajando las escaleras con el vestido azul.

CONTINUARÁ...
 
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