Fantasías sexuales de las españolas 2º parte (sección infidelidad)

Pues al final la verdad es que es un poco sorprendente quien era el Padre.
Por lo demás, una pena que las hermanas mal metieran y se divorciará, aunque eso estaba ya regular.
Y su historia con Miguel que da la sensación que pudo llegar más lejos, aunque mejor así porque el tiene mujer e hijos y no se debía romper esa relación.
 
La
Que pena que esos tiempos quedan ya lejos y ahora vivimos otra realidad, pero cuando tienes malos dirigentes pasa eso.
Ojalá suba pronto el Córdoba a Primera.
La epoca del Sevilla y Europa fue la leche. Parecía que el Sevilla estaba abonado a la Europa League.
Ahora hay 5 equipos andaluces en 2. Alguno sube seguro. Ájala el Córdoba 😀😀😀😀
 
Pues al final la verdad es que es un poco sorprendente quien era el Padre.
Por lo demás, una pena que las hermanas mal metieran y se divorciará, aunque eso estaba ya regular.
Y su historia con Miguel que da la sensación que pudo llegar más lejos, aunque mejor así porque el tiene mujer e hijos y no se debía romper esa relación.
Nadie se esperaba ese giro. Tantos problemas y logística para quedarse embarazada y mira tu por donde acaba todo.

Dentro de la historia y dando por válido (personalmente yo no lo haría 🤣🤣) la forma de quedarse embarazada, Rafael no tendría que haberla dejado.
Lo que está claro es que ella solo pretendía el embarazo y nada más que eso. No existe el típico emputecimiento, como en muchas historias, que ven una polla y el autor cambia en las heroínas LA CONFIGURACIÓN CEREBRAL, pasando el COÑO a hacerse cargo de todos los procesos cognitivos. 🤣🤣🤣🤣🤣
 
La

La epoca del Sevilla y Europa fue la leche. Parecía que el Sevilla estaba abonado a la Europa League.
Ahora hay 5 equipos andaluces en 2. Alguno sube seguro. Ájala el Córdoba 😀😀😀😀
Es muy difícil llegar a 7 finales y ganar las 7.
Pase lo que pase ya eso se me quedará grabado para siempre.
En cuanto a la Segunda división, esa si que es la mejor liga del mundo el nivel es altísimo.
 
Luis. No me digas que eres del Córdoba. Pues vaya casualidad. 😀😀😀

Vamos a por la siguiente Heroína
Es muy difícil llegar a 7 finales y ganar las 7.
Pase lo que pase ya eso se me quedará grabado para siempre.
En cuanto a la Segunda división, esa si que es la mejor liga del mundo el nivel es altísimo.
Sí, mi padre era socio antiguo antiguo....y me llevaba de pequeño al campo viejo del Arcangel.

Yo la verdad es que no he salido muy futbolero. Es mi hermana la que continuó la saga familiar, tanto de forofa como de jugadora. Pero si tengo que ser de algún equipo, pues soy del Córdoba.

Respecto a lo del Sevilla es alucinante como se vive allí el tema del Betis - Sevilla. Yo he vivido muchos años en Madrid, y ya conocía la rivalidad Real Madrid - Atletic. Pero allí era algo mas puntual, referido casi siempre a cuando había derby o estaban cerca en la liga. Cuando llegué a Sevilla era otro nivel. Lo primero que me preguntó mi jefe es si era Bético o Palangana. No me lo quería creer hasta que vi la cara del resto de encargados pendientes de mi respuesta. Tuve la misma salida que en Madrid, salir del apuro diciendo que era del Córdoba, que como hace muchos años que anda por segunda no molesta. Mis mejores amigos en Sevilla eran sevillistas, así que como coincidió también que ganaron en Glasgow y la racha que llevaban, no me quedó mas remedio que subirme a la ola, aunque yo no vivo esa rivalidad ni el interés por el futbol como ellos.

Recuerdo la primera copa que ganaron estando yo allí, que se fueron a celebrarlo a una fuente en frente de la peña bética, donde celebraban habitualmente para mas cachondeo. Los béticos habían echado lejía en la fuente y no veas la que se lió cuando empezaron las camisetas a desteñir...

Un saludo.
 
Sí, mi padre era socio antiguo antiguo....y me llevaba de pequeño al campo viejo del Arcangel.

Yo la verdad es que no he salido muy futbolero. Es mi hermana la que continuó la saga familiar, tanto de forofa como de jugadora. Pero si tengo que ser de algún equipo, pues soy del Córdoba.

Respecto a lo del Sevilla es alucinante como se vive allí el tema del Betis - Sevilla. Yo he vivido muchos años en Madrid, y ya conocía la rivalidad Real Madrid - Atletic. Pero allí era algo mas puntual, referido casi siempre a cuando había derby o estaban cerca en la liga. Cuando llegué a Sevilla era otro nivel. Lo primero que me preguntó mi jefe es si era Bético o Palangana. No me lo quería creer hasta que vi la cara del resto de encargados pendientes de mi respuesta. Tuve la misma salida que en Madrid, salir del apuro diciendo que era del Córdoba, que como hace muchos años que anda por segunda no molesta. Mis mejores amigos en Sevilla eran sevillistas, así que como coincidió también que ganaron en Glasgow y la racha que llevaban, no me quedó mas remedio que subirme a la ola, aunque yo no vivo esa rivalidad ni el interés por el futbol como ellos.

Recuerdo la primera copa que ganaron estando yo allí, que se fueron a celebrarlo a una fuente en frente de la peña bética, donde celebraban habitualmente para mas cachondeo. Los béticos habían echado lejía en la fuente y no veas la que se lió cuando empezaron las camisetas a desteñir...

Un saludo.
Si tú jefe te lo preguntó así, ya se dé que equipo era 😂😂.
Aunque soy muy futbolero, me gustan todos los deportes, entre ellos el baloncesto y el balonmano.
Soy seguidor del Caja87, que se creo el año pasado y anda por lo que sería 1 RFE en futbol y a ver si subimos este año.
Y en balonmano del BM Proin Triana, que lo cogió hace un par de años un ex jugador de la selección española muy sevillistas y este año vamos camino de hacer historia para la ciudad con el ascenso a la máxima categoría.
 
Si tú jefe te lo preguntó así, ya se dé que equipo era 😂😂.
Aunque soy muy futbolero, me gustan todos los deportes, entre ellos el baloncesto y el balonmano.
Soy seguidor del Caja87, que se creo el año pasado y anda por lo que sería 1 RFE en futbol y a ver si subimos este año.
Y en balonmano del BM Proin Triana, que lo cogió hace un par de años un ex jugador de la selección española muy sevillistas y este año vamos camino de hacer historia para la ciudad con el ascenso a la máxima categoría.
En mi curro había mayoría bética.

Me flipaba que lo primero todos los días antes siquiera de saludar, era darse un repaso entre béticos y sevillistas. Luego la verdad es que fluía el buen rollo, pero lo primero era meterse unos con otros.
 
En mi curro había mayoría bética.

Me flipaba que lo primero todos los días antes siquiera de saludar, era darse un repaso entre béticos y sevillistas. Luego la verdad es que fluía el buen rollo, pero lo primero era meterse unos con otros.
Dímelo a mí que por redes tengo a unos enganchones.
En cuanto les pongo la foto de las 7 Europa League, se cabrean. 😂😂
 
------------------------------------------------------ Cristina ---------------------------------------------------------------------------------
Insinuarme a un chico delante de mi novio mientras estamos tomando una copa en la terraza por ejemplo y cuando voy al baño se da cuenta me sigue y tenemos un rollo pasional mientras mi novio espera afuera.


Cristina se siente cada vez más confusa. Es una confusión muy extraña porque tiene un efecto secundario inesperado: cuanto más confundida está, más excitada se encuentra, como si existieran unos extraños vasos comunicantes que conectaran su desasosiego con su libido.


No es algo puntual ni anecdótico, le pasa desde hace un par de semanas. No sabe por qué ni de dónde surgieron esos pensamientos que la perturban, pero lo cierto es que, a pesar del buen momento que vive con su chico y de que aparentemente nada ha cambiado en sus vidas, ella siente cierta melancolía cuando está a su lado. Sí, podría definirse como melancolía y así fue como empezó. No es que se aburra con Raúl ni que haya dejado de quererlo, ni que no disfruten en la cama (sus veinte años dan para mucho cuando están sin ropa, ganas no les faltan), es más bien como que una cierta rutina se apodera de ella, como que todo es previsible. Maravilloso pero previsible. Lo que por un lado le da estabilidad y tranquilidad, por otro hace que ese subidón de adrenalina de los primeros besos, las primeras caricias y el sexo intenso se vaya apagando. No sabe por qué le pasa eso si realmente ella disfruta con Raúl en la cama, pero lo cierto es que así es como lo siente. Y desde hace unos días le vienen ráfagas, sí ráfagas, así es como ella las llama. Son pensamientos inadecuados porque de repente se imagina haciéndolo con otros chicos y esto consigue que recupere los niveles de libido que tenía antes. Las fantasías que no tienen a su novio como protagonista la transportan a otro nivel de excitación, muy a su pesar. Eso (por sí mismo) no es nada novedoso: antes de conocer a Raúl ya fantaseaba con otros chicos y después de conocerlo también. Pero se trataba de casos excepcionales por denominarlos de alguna manera. Soñaba con su cantante o actor favoritos, incluso algún deportista joven que le llamaba la atención al verlo por la tele. Desde adolescente habían ido variando, pero siempre había alguno que ocupaba su mente y como buena fans, había tenido pensamientos muy pecaminosos respecto a ellos.


En esa categoría entraba también de forma excepcional algún que otro chico conocido, el guaperas del instituto o el hijo del gerente de la cadena de supermercados donde trabajaba, que se paseaba siempre en traje, con una sonrisa y un pelazo que para sí quisieran muchas. Esto no le causaba ningún trastorno ni ningún problema en su relación con Raúl porque eran fantasías inalcanzables. Como ella muy bien sabía, no existía ni siquiera una remota posibilidad de que pudiera acabar en la cama de uno de estos chicos, y eso le daba vía libre para poner en marcha su imaginación y también sus dedos, acariciando su entrepierna.


Pero desde hace unos días todo eso cambió y además lo hizo sin más, sin causa aparente. Fue ella la que mudó la piel. Algo muy extraño brotó en su cabeza y en su interior, como si el cuerpo y la mente se hubieran puesto de acuerdo para darse la vuelta ella misma y sacar a la luz una nueva Cristina, que jamás había sospechado que pudiera existir.


Todavía no ha asimilado del todo lo sucedido días atrás en una reunión familiar en el chalet de sus tíos. Barbacoa, piscina, familia… la típica reunión veraniega con ella un poco contrariada porque había hecho planes con su novio y su madre había insistido en que tenía que ir. Cristina había disfrutado mucho siempre en casa de su tío y sin embargo esa tarde se encontraba un poco desplazada, demasiado mayor ya para juegos con sus primos más jóvenes, demasiado joven para las tertulias de sus tíos más mayores. Es entonces cuando decide entrar en la casa buscando un poco de intimidad. Quiere llamar a su novio. Especula qué debe estar haciendo en este momento. Es la hora de la siesta y lo supone echado en su habitación. Le gustaría estar con él amodorrándose en la cama, compartiendo alguna caricia bajo la atmósfera soporífera y espesa del mediodía veraniego. Se encuentra un poco pesada por la carne que ha ingerido pero tampoco le haría ascos a un buen revolcón antes de sumergirse en el sueño de la digestión.


Toma el móvil y se da cuenta con enfado de que ha olvidado cargarlo. Apenas una rayita indica que tiene menos de un 2% de batería y está a punto de apagarse. Busca el cargador que sus tíos tienen enchufado al lado de la tele y deja el teléfono ahí mientras hace tiempo cambiándose. Entra en el dormitorio y se quita las dos partes del bikini mojado quedando desnuda. En ese momento precisamente es cuando suena su móvil. Parece que su chico ha tenido la misma idea porque no se le ocurre otra persona que pueda llamarla a esa hora. Se pone tan contenta que no se para a vestirse, se limita a echarse una camiseta larga por encima que le tapa lo suficiente y va al salón donde se sienta en el sofá y manteniendo el móvil en carga, atiende la llamada: efectivamente es Raúl.


El ambiente es caluroso, aunque un poco húmedo por la cercanía de la piscina y la vegetación del chalet que está en medio del campo. Nota sus muslos pegajosos y mojados porque no le ha dado tiempo a secarse. Instintivamente los mueve y se frota mientras habla con Raúl. Un calor tibio la hace reaccionar. Cristina no recuerda ni de qué hablaron. Solo recuerda una vaga sensación de sopor, de duermevela mientras escucha la voz de su novio contarle su intrascendente fin de semana. Está en una dulce modorra, como cuando se despierta un festivo y todavía remolonea un poco en la cama antes de levantarse. Es el momento de los sueños acuosos, del deseo que se abre a la nueva mañana, de las ganas de caricias y de sexo. Es ella la que le tiene que pedir que le diga si la echa de menos, solo para escuchar su voz diciéndolo. Aumenta la humedad en su entrepierna, los muslos se separan un poco y se vuelven a juntar. Y es en ese momento cuando sucede, cuando entra su primo adolescente. Con maneras aún de crío pero hechuras ya de muchacho, alto, fuerte y rebosante de testosterona.


Él se dirige a ella, le habla, no recuerda exactamente de qué, algo intrascendente como que va a entrar al servicio o algo así. El chico se detiene, duda, la cara le cambia. Cristina asiente sin saber muy bien por qué, dijérase que está pidiendo permiso para moverse por su propia casa o incluso para existir, porque parece que ni respira. Entonces él recupera la movilidad y aunque sus ojos van con retardo porque aún continúan fijos en ella, su cuerpo se mueve hacia el aseo. De repente Cristina comprende y de piel para adentro todo se le remueve, los órganos se le sacuden, un sofoco le sube por la garganta y le pone un poco ronca la voz. De eso si se acuerda bien. En ese instante se da cuenta de que no lleva nada debajo de la camiseta, de que sus rodillas están muy arriba y separadas en una postura cómoda pero que deja a la vista todo su sexo. Sería incapaz de definir la mezcla de vergüenza pero a la vez de una extraña excitación mientras habla con su chico, consciente de que su joven primo le acaba de ver hasta el alma. Baja las rodillas, se cubre los muslos con la camiseta mientras trata de controlar su voz para que al otro lado su novio no sospeche nada, pero no puede evitar sentirse mojada, ahora también por dentro. Trata de luchar contra ese morbo que se apodera de ella pero lo único que consigue es que el corazón le lata más fuerte, que los pezones se le endurezcan y su clítoris palpite más intensamente.


Jamás antes se le había pasado algo así. No tiene voluntad, su cuerpo no le responde, tiene vida propia y cuando oye abrirse la puerta del aseo sus muslos vuelven a levantarse a la vez que se separan, la camiseta retrocede y se muestra todavía más abierta que antes, en una postura indolente a la vez que sucia y explícita. No recuerda si al salir su primo le dice algo, esta vez cree recordar que calla, pero todo es muy confuso, solo queda impresa en su mente esa mirada que le echa, a la vez avergonzado pero con el deseo brillándole en los ojos, y cómo parece que ralentiza el paso mientras la observa de reojo. Son cuatro o cinco metros hasta la puerta que parecen transcurrir a cámara lenta, como si el mundo se hubiera parado.


Conversa cinco minutos más con su novio y deja el móvil cargándose para meterse en el servicio. Toma asiento en la taza del váter con la tapa puesta, separa los muslos y se pasa los dedos por los labios mayores. Uno de ellos se introduce y lo retira lleno de flujo. Su cuerpo ya ha cogido inercia y la pendiente que lleva hasta el placer no puede controlarse. Necesita calmar sus ansias. Se masturba furiosamente y llega al orgasmo con rapidez, retorciéndose por los pinchazos de gusto mientras con la mano libre se pellizca un pezón. Es una corrida intensa, prolongada, que la agota consumiendo todos sus recursos, toda su energía, dejándola floja, echada hacia atrás apoyando la espalda en la cisterna, con las piernas abiertas, incapaz de moverse hasta que su cuerpo y su mente no asimile el chute de placer.


Cuando por fin se levanta ve los restos de flujo que ha dejado sobre la tapa del váter. Sigue estando muy mojada. Entonces se limpia, entra a la habitación y se pone ropa seca para decepción de su primo, que la busca con la mirada cuando sale de nuevo y tiende el bañador. Extrañamente no siente vergüenza por lo que ha hecho, todo lo contrario, cada vez que rememora lo sucedido un subidón de adrenalina la hace temblar. Ella lo provoca recordando una y otra vez la situación.


Tarda varios días en volver a ver a su novio y cuando por fin lo hace y tienen oportunidad de irse a la cama juntos, ella queda decepcionada. Esperaba un polvo bestial desde el inicio, deseando que de alguna forma Raúl hubiera sabido leerla, hubiera sido capaz de notar su estado de ánimo y lo que ella necesitaba, lo dispuesta que estaba a entregarse como no se había entregado nunca antes, con ganas casi desesperadas. Pero su novio apenas reacciona y todo transcurre por unos preliminares de lo más convencionales y tranquilos, acabando con una penetración estándar que apenas si la satisface. Solo cuando recuerda aquellos momentos en que se exhibía para su primo mientras hablaba con Raúl por teléfono, su cuerpo se transforma de nuevo. La distinta forma en que la mira su primo ahora cada vez que la ve, como se le hacen agua a los ojos, como conectan siendo conscientes de que ambos están pensando lo mismo… él, que la vio totalmente expuesta y ella que lo sabe, y él que sabe que lo sabe. Sólo entonces es cuando su cuerpo se desgarra en un orgasmo de nuevo brutal que otra vez la deja inerte, solo piel y músculos temblando, incapaz de hacer nada durante unos minutos mientras un sorprendido Raúl no se atreve a respirar, sin tener muy claro si aquello ha sido mérito suyo o qué leches ha pasado.


“Es que tenía muchas ganas”, se excusa más tarde ella dando por zanjado el tema sin que Raúl se moleste en indagar más. Detalles que ni a ella ni a ninguna otra chica le hubieran pasado desapercibidos pero es que los chavales son así de tontos y conformistas. A partir de ese momento, un rosario de masturbaciones le ha procurado alivio urgente cada vez que su mente recreaba la situación o imaginaba otras parecidas. Las veces que ha vuelto a hacer el amor con su novio han seguido el mismo patrón que la última. Sexo convencional hasta que Cristina ha introducido la fantasía o el recuerdo construido a partir de detalles que va cambiando, de tal forma que ni siquiera ella misma sabe ya cuál es la versión real de lo que pasó en el chalet de su tío. Así hasta el siguiente tropiezo, qué es como ella llama a estas situaciones que la ponen a mil.


En esta ocasión fue con Rubén, su primer y fugaz novio serio. Bueno, serio porque fue con el primero que folló y ella pensaba que aquello iba a durar, no porque el chaval estuviera realmente por ella, que él iba a lo que iba según pudo comprobar cuando apenas un mes después se enrolló con una chica de otro instituto.


Cristina lo aceptó con deportividad, consciente de que el chico no le había prometido nada y de que era demasiado bonito para ser cierto. El chaval era guapo, buen estudiante, de una familia bien y con un descaro y un encanto natural que le hacía llevarse a las chicas de calle. De hecho, todavía no sabe qué fue lo que hizo que se fijara en ella, porque si algo le sobraban eran mosconas alrededor y todas usando sus armas para intentar cobrarse la pieza, sin ser conscientes de que las cazadas eran ellas. Cristina no era la que estaba más buena, ni la más guapa, ni la más sexy aunque ella también tiene sus encantos, pero por algún motivo le hizo tilín a Rubén. Él se llevó su virgo en una confusa primera vez, entre sábanas usadas del piso de su hermano. Felicidad, escozor, sangre, dolor, más felicidad, orgullo, algo de melancolía… los sentimientos que la llevan sucediéndose sin orden aparente. Hasta la tercera vez que se acostaron no pudo disfrutar del sexo como tal y precisamente cuando empezaba a pasárselo bien, vino la ruptura. No le guarda rencor ni tampoco es que lo eche de menos, simplemente fue algo que sucedió y ya. Una forma como cualquier otra de dejar de ser virgen, si lo piensa, incluso mejor que la de la mayoría de sus amigas. Algunas todavía le recuerdan con envidia que se acostó con el tío más guapo del instituto. Y el otro día, casualidades del destino, coinciden en las fiestas del distrito. Carpas, un pequeño escenario donde toca un grupo amateur y unas barras de chapa donde se sirve bebida. Música de garrafón pasada por el tamiz de cubatas en vasos de plástico. Ligero mareo, euforia, todo parece estar bien entre ella y Raúl. La vida por delante para comérsela a bocados, la juventud es el motor, vapores de alcohol como combustible...Sí, es de esas noches que todo parece encajar. Y la última pieza es que ve a Rubén. Coinciden en la barra pidiendo una ronda. Primero sorpresa: ninguno de los dos se lo esperaba. Luego unos momentos de silencio incómodo que rompen para aclarar ante sus parejas que se conocen por ser antiguos compañeros de instituto. Ninguno considera que sea necesario explicar que estuvieron encamados. Raúl no parece percibir nada raro pero la rubia de ojos claros que cuelga del brazo de Rubén se remueve inquieta. Se huele que allí ha habido tema sin necesidad que nadie se lo explique. Rápidamente deshacen la reunión y cada pareja se va con su grupo de amigos.


Al principio Cristina siente alivio pero luego, con cada sorbo del combinado, esa sensación se va transformando en otra muy distinta. Otra vez la excitación extraña se apodera de ella. Conversaciones a su alrededor que no oye, la letra de la música que no entiende a pesar de ser la canción más pinchada del verano, luces que la confunden, todo parece girar alrededor de ella aunque no presta atención más que al morbo que le produce recordar el último polvo con Rubén, teniendo allí a su lado a su novio. Otra vez se moja y aún más cuando cruza miradas en la distancia con el chico que se llevó su virginidad. Hay una conexión, se da perfectamente cuenta. Una conexión oculta que serpentea entre la gente que baila y ríe, uniéndolos a los dos.


Pasado un rato se disculpa con sus amigos.


- Voy a mear, ahora vengo.


Se abre paso entre la gente y marcha por detrás de las casetas hasta que llega una fila de varios váteres portátiles donde hace cola detrás de otras chicas. Al fin, entra y se baja las mallas manteniendo un precario equilibrio. El váter está asqueroso y procura no rozarse con nada mientras orina. A pesar de lo sórdido del lugar y del olor a letrina no puede evitar volver a ponerse tontorrona acordándose de Rubén y de cómo follaron aquella última vez. Se imagina al chico entrando en el habitáculo y pillándola con el coñito al aire, apoyándola contra la pared y embistiéndola desde atrás mientras que su novio se toma su cubata a pocos metros de allí. Al salir observa con sorpresa que Rubén hace cola. Se para junto a él y le acompaña mientras espera. Ahora, ya solos, parecen menos cohibidos y sueltan la lengua.


- ¿Vais en serio? - le pregunta. Siente curiosidad, quiere saber si la rubia guapa es un proyecto definitivo o solo una más en el camino.


- Sí - le responde él y cree atisbar un destello de vergüenza en sus ojos, como se considerara una infidelidad estar hablando con ella de su novia. Pero a la vez mantiene ese desparpajo y esa pose de chulito inocentón que tanto le gustaba a Cristina.


- ¿Y vosotros?


La pregunta viene de vuelta como un boomerang pero no incomoda a Cristina, todo lo contrario, se siente mala, traviesa, un poco bruja.


- Claro - responde con sonrisa pícara.


Emprenden el camino de vuelta. Hay tanta gente que tienen que apretarse para intentar llegar a donde está el escenario. Se abren paso como pueden y ella recibe un empujón que la estampa contra Rubén. Siente como si le pincharan con agujas. La sangre batiendo en sus sienes al ritmo del del bajo que están tocando en el escenario. Notas graves que impulsan sus ganas y que se acompasan a los latidos de su corazón. Igual que el otro día cuando se abrió de piernas para su primo, su cuerpo no la obedece sino que actúa por iniciativa propia: lanza el brazo al cuello de Rubén y la estampa un beso en la boca. El otro trata de apartarse pero están tan rodeados de gente que no puede.


- Estás loca, nos van a ver.


No lo ha dicho con desagrado ni con enfado, el problema no es que le haya besado, el problema es que los van a ver según sus propias palabras. Eso enardece aún más a Cristina. La posibilidad de que su novio, o mejor aún, la rubia les vea a besarse provoca que se moje y vuelve a repetir el beso, esta vez acaba mordiéndole un labio.


- Venga, esto es por los viejos tiempos - le dice mientras ahora sí, se retira de él y empieza la vuelta hacia el lugar donde la esperan.


Hay un momento en que se separan cada uno para volver a su grupo. Cristina cree levitar, el corazón pareciera que se le quiere salir del pecho, el cosquilleo en su vientre y los pinchazos en su clítoris ponen patas arriba todo su cuerpo. Se siente muy bruja, muy zorra, por lo que acaba de hacer. La excitación es aún mayor porque sabe clavados los ojos de su antiguo novio sobre ella, aunque no necesita darse la vuelta para comprobarlo. Lo ha dejado de una pieza sembrando deseo y duda en él. Eso la hace sentirse especial, muy especial y muy excitada. Un poco de sangre en la herida (blood in the cut que dicen los yankees), sí, es algo que impresiona los sentidos, algo que potencia el sabor de una posible infidelidad, ese juego la vuelve a poner por las nubes.


Necesita más, mucho más para estar satisfecha, de modo que cuando llega donde Raúl se abraza a él y sin mediar palabra lo besa metiéndole la lengua. Todavía tiene el sabor de Rubén en su boca.


- ¡Vámonos! - le dice y tira de él que sorprendido hace el ademán de despedirse del resto de los amigos mientras Cristina lo arrastra hacia el aparcamiento donde tienen el coche.


Está apartado y aunque hay gente que circula por allí también para coger su vehículo, el sitio es lo suficientemente discreto y oscuro para que ella se levante el top y obligue a Raúl a enterrar la cara entre sus pechos. No pasan ni cinco minutos y ya están en el asiento de atrás con ella subida a horcajadas follándose a su novio, dando unos sentones que se oyen por todo alrededor. Algunos de los que pasan paran al percatarse de lo que ocurre dentro del vehículo, pero seguro que no es ni la primera ni la última vez que verán a una parejita montárselo en el aparcamiento de un concierto y a ella todo esto le importa bien poco. Mejor dicho, sí que le importa, por lo que hablábamos de potenciar el efecto.


Las rodillas duelen por la postura, se le está durmiendo un pie y la cabeza le zumba como si fuera a coger dolor, pero el placer es tan intenso que no ceja y sigue cabalgando a su novio hasta correrse con un aullido prolongado, frente a un Raúl que está tan sorprendido que ni siquiera llega al orgasmo. Se limita a quedarse quieto con la picha enterrada en su coñito preguntándose qué diablos le ha pasado a su novia.


Para no dejarlo pensar demasiado, Cristina, se recupera lo más rápido posible y apartándose se echa a un lado. Luego le hace una mamada profunda tan guarra, tan bien salivada y con tanta fuerza que el chico no puede evitar irse. Ahora sí se queda resoplando, con la mente en blanco.


Su último pensamiento es si no le habrán echado a su novia algo en la bebida.


Cuando la deja en casa Cristina todavía sigue caliente. Tan caliente que tocarse y meterse los dedos, le sabe a poco. Se va al cuarto de su hermana que está estudiando fuera y busca en un sitio escondido, entre su ropa íntima, donde ella sabe que guarda un consolador de tamaño mediano. Vuelve a su habitación casi de puntillas para no despertar a sus padres. Envuelta en las sábanas, que pronto se vuelven húmedas, se desata una batalla entre la carne el látex. Fantasías con Rubén apoyándola contra el capot de un coche y penetrándola desde atrás con fuerza, agarrándose a sus caderas, con el sonido de sus partes chocando acompañando a cada embestida. La sangre batiendo su cuerpo mientras piensa en su novio a la vez que copula con su ex. Luego aparece su primo joven, al que provoca abriéndose de nuevo de piernas y masturbándose mientras el chico hace lo propio. Después hay más variantes, con distintos conocidos y amigos, incluso algún desconocido, siempre mientras mantiene algún tipo de contacto con su novio, ya sea a través del teléfono o ya sea teniéndolo muy cerca. Todo esto la pone a mil. Con los dedos tira de su vulva hacia atrás y separa un poco sus labios. Coloca el dildo en la entrada a su vagina y luego empuja hacia adentro despacito, un par de empujones hacia dentro, otro hacia fuera y luego vuelva a empezar. En apenas un par de minutos lo tiene entero metido en el coño. Está tan mojada que no ha necesitado ni lubricarlo. El orgasmo es brutal. El polvo en el coche, aunque satisfactorio, no ha conseguido apagar sus ganas. Empieza a temblar, a mover la pelvis arriba y abajo como si la estuvieran penetrando y al final, se retuerce haciéndose un ovillo bajo las sábanas, con el consolador ocupando su vagina y los dedos pellizcando su clítoris para alargar el orgasmo.


Se queda así, en la cama, con las piernas cruzadas la boca seca y el pulso acelerado. Su sexo expulsa el dildo sin que ella tenga que usar las manos. No se molesta en racionalizar lo que ha pasado, simplemente sea amorra abrazándose a la almohada y se queda dormida muy profundamente. Hace calor, suda, pero tiene bonitos sueños aunque por la mañana no es capaz de recordar cuáles fueron.
 
Y bien, ahí está hoy Cristina repasando todos estos acontecimientos, experimentando un pequeño escalofrío de placer mientras recuerda cada uno de los momentos vividos o imaginados. Apenas presta atención a la charla intrascendente que tiene con su novio en la terraza donde se acaban de pedir dos combinados. Están en una peña motera. A Raúl le gusta salir en moto los fines de semana y ella le suele acompañar siempre y cuando no haya que madrugar mucho. El último regalo que le ha hecho el chico es un mono de cuero nuevo que la protege del viento y de las caídas cuando hacen sus excursiones. Pero hoy no lo lleva puesto, solo han salido a dar un paseo por la ciudad y a tomar algo en la peña motera del polígono, así que ella viste un vestido corto ajustado por arriba y un poco acampanado por abajo que le queda por encima de medio muslo, unas botas militares y una cazadora porque circulando a alta velocidad hace fresco.

Su mirada se cruza con la de un chico algo más mayor que ella que la observa. Su postura indolente sobre el sofá de la terraza donde está sentada ha llamado su atención. Echada hacia atrás, una rodilla levantada, los muslos separados y el vestido muy arriba, no lo suficiente para enseñar las bragas pero sí lo bastante alto para dejar sus piernas a la vista. Cristina es consciente de que es uno de sus puntos fuertes, tiene poco pecho pero unos muslos potentes y un buen culo, duro como una piedra. Le gusta el gimnasio y su trabajo de reponedora la hace también estar muy activa y muy en forma.

Parece que al chaval le ha gustado lo que ve aunque no está muy segura. Suficiente para que un retorcijón en el vientre indique que su cuerpo se prepara de nuevo para el celo. Es como una gata que no puede evitar sentir ese deseo, ese impulso casi animal ¡y para colmo está sentada junto a Raúl! atraer a un chico con buena pinta y el morbo de estar al lado de su novio es como acercar el fuego a la gasolina. Doble combinación que, como ya hemos visto, desde hace unos días la trae por la calle de la locura.

Como quien no quiere la cosa, levanta las rodillas propiciando que el vestido suba más. Lleva puestas unas bragas negras y calcula el efecto confuso, pero a la vez excitante, que puede tener ese triángulo negro que aparece bajo el vestido cuando ella fuerza un poco la postura. Es evidente que ha captado el interés del muchacho porque este se remueve inquieto en su silla, incapaz de corroborar si la sombra oscura que ha visto al final de esos poderosos muslos es lencería o pelo. La imaginación es el más fuerte afrodisíaco que existe, eso lo sabe bien Cristina que satisfecha sigue provocando, iniciando un diálogo mudo que pronto los conecta los dos y a ella le pone la libido por las nubes. La posibilidad de que Raúl se dé cuenta de algo aún la enardece más. De fondo suena el “You Shook Me All Night Long” de los AC/DC. Ella se pasa la mano por los pechos como si se estuviera acomodando el sujetador. Aprovecha para rozarse un pezón que rápidamente reacciona y se le pone de punta.

Raúl está con el móvil intercambiando WhatsApp con unos compañeros del trabajo, les está enviando las fotos de la moto y de la excursión. No parece prestarle mucha atención así que Cristina se envalentona.

El diálogo mudo entre ambos continúa, ella le ofrece poses aparentemente casuales pero que no tienen nada de improvisarlo. Él le regala miradas de deseo y de admiración, lo que viene a ser lo mismo porque quien desea, admira. Cristina le mira a los ojos mientras mete un momento la mano bajo su vestido, acaricia el sexo por encima de la braga y durante unos instantes vuelve a levantar la tela para luego bajarla, mientras fija su vista en la del chico. Luego la baja y se fija en su paquete y después lo vuelve a mirar. El otro se remueve, ha recibido el mensaje, no puede ser más explícito

“¿De verdad estoy haciendo eso?” se pregunta una voz dentro, muy profundo, en el interior de Cristina ruborizándose a la vez de deseo y de vergüenza. De repente, como en un súbito impulso, se levanta.

- Voy un momento al servicio, me duele un poco la barriga - dice a Raúl que le contesta con un gesto de la cabeza sin apartar la mirada del móvil. Sus bien torneadas piernas y su potente culo se mueven al ritmo decidido de sus caderas insinuantes.

Pasa cerca del chico, tanto que lo roza con el muslo. El contacto le electriza la piel. De nuevo las mariposas en el estómago y el aumento de la sensibilidad en su sexo como las otras dos ocasiones anteriores. Vuelve la vista atrás y un escalofrío la hace estremecerse al ver como el muchacho se levanta y la sigue. De nuevo su cuerpo parece tener vida propia y mientras su mente le repite y una y otra vez a la misma pregunta (“¿qué coño estás haciendo Cristina?”), sus caderas se mueven acentuando el movimiento de su culo y balanceando sus muslos al andar, en un claro reclamo que hace de faro para que el otro la siga.

La peña motera está en un en una nave del polígono. Ella atraviesa el local andando paralela a la barra, buscando los aseos que están en un patio trasero. Este se abre a distintos almacenes con la puerta cerrada. Cristina entra al baño, orina nerviosa y cuando sale, tal y como suponía, el muchacho la está esperando. Es joven, no mucho mayor que ella, tendrá unos veintitrés. Más alto y más fuerte que Raúl, aunque no más guapo. Un tatuaje en forma de dragón le corre por el brazo y seguramente le llega hasta el hombro, porque ve algo de tinte de color que le sube hasta el inicio del cuello. Por dentro está hecha un flan.

“¿En qué lio te has metido Cristina? ¡Que está tu novio ahí mismo!” piensa, pero por fuera se mantiene impávida. Levanta el busto marcando tetas y se pega al chico que le corta el paso, esperando comprobar si ella va de farol o está dispuesta a hacer lo que es evidente que propone.

- Échate a un lado - le dice con voz más sensual de lo que ella hubiera querido que sonara. Lo hace pegada a él, con los labios a pocos centímetros de su boca, arrojándole el aliento y mirándolo a los ojos.

Él cree entender el mensaje que aquella mirada le envía. Acerca la cara y le roba un beso. Cristina no se opone, más bien al contrario, mantiene la posición y lo recibe en su boca entremezclando las lenguas. El horno de su vientre se enciende y manda el calor en ordenadas sofocantes hacia su pecho. De nuevo lo que está bien y está mal se confunden, su mente analítica se desconecta y deja que los impulsos la guíen. La parte de su cerebro que sigue activa genera imágenes, fantasías, deseos, el cuerpo le pide placer. Sin poder creerse lo que está haciendo toma su mano y la lleva bajo el vestido, a su entrepierna. Mientras se vuelven a besar los dedos bucean entre la braga y la piel, llegando a su coñito que babea ansioso soltando flujo. Casi se corre de gusto cuando introduce uno de los dedos y se desliza por su vagina.

En un arranque de lucidez, quizás el último del día, ella mira por encima del hombro del muchacho temiendo que alguien más entre al patio y los pille. Él se da cuenta. La toma de la mano y tira de Cristina hacia un extremo del solar, donde se meten en el hueco entre el muro y la pared de uno de los almacenes. Ahora están a salvo de la vista, en un sitio donde no se suele transitar a tenor de la hierba alta que crece.

Como si el chico entendiera que disponen de muy poco tiempo antes que su novio sospeche, la apoya contra la pared y se pega a ella besándole el cuello y la oreja. Sus manos le levantan el vestido y le bajan las bragas hasta las rodillas. La vulva recibe de nuevo la visita de los dedos y ahora ya no se contiene, sus gemidos expresan el deseo y el placer que siente. No sabe que es lo que más le urge, si el poco tiempo o las ganas, pero decide desabrocharle la bragueta y apartándolo un poco, con ansia, toma el miembro, lo saca besándolo dos o tres veces en la punta y rápidamente lo ensaliva chupándolo con fruición. No malgasta mucho rato en eso y sus labios buscan los del chico otra vez, mientras los pubis se restriegan sexo contra sexo. Ella le mete la lengua en la boca consciente de que sus labios saben a pene. El miembro del chico resbala contra su monte de Venus intentando introducirse entre sus piernas, pero la estatura se lo pone difícil así que Cristina gira el cuerpo y se levanta el vestido, inclinándose y ofreciéndole sus nalgas, invitándolo a penetrarla desde atrás. En esa postura no hay dificultad y pronto tiene la verga dentro, golpeando fuerte con toques que se oyen quizá demasiado altos. Sus nalgas se mueven vibrando con cada empujón que se transmite a lo largo de su columna vertebral, junto con un chorro de placer que le llega al cerebro.

Cuando las manos del hombre sueltan su cintura y se agarran a sus tetas apretándoselas, ya no puede evitarlo más y empina el culo buscando el ángulo de máxima penetración. El placer va creciendo en ella, el orgasmo se acerca. Gira el cuello y le lanza una orden a su improvisado amante:

- ¡No te corras dentro!

Los gemidos se van acompasando y se complementan entre ellos, hasta que llega un momento en que todo se nubla y nada de lo que está alrededor importa. La última imagen que tiene Cristina antes de correrse como una loca, es la de su novio chateando con el móvil en la zona chill out.

El joven a duras penas aguanta y en el último momento, saca la verga y restregándola contra la raja de su culo empieza a eyacular, poniéndole perdidas las nalgas y los muslos con espesos goterones de semen blanco. Una vez que ha terminado, en un último impulso, se la vuelve a meter y la deja adentro, mientras le retuerce los pezones. Cristina gime de dolor y de gusto y se quedan así acoplados, como dos perros, todavía un minuto largo. Después, ella sostiene el vestido con una mano para impedir que se le baje y se manche, mientras que con la otra se quita las bragas y se limpia lo mejor que puede. Luego las tira en un rincón y deja allí al chico tras advertirle que no salga con ella, que espere un poco. Se siente de nuevo extrañamente excitada cuando vuelve contoneándose hacia su novio.

- Sí que has tardado ¿no?

- Me ha dado un apretón y en el aseo no había ni papel. Me he tenido que limpiar con las bragas y dejarlas allí tiradas.

- ¡No jodas que vas sin bragas!

De repente la sorpresa lo espabila y deja de prestar atención al móvil. Ella le toma la mano y con una sonrisa de malicia la lleva por debajo del vestido. Él parece vacilar y mira alrededor para constatar si hay alguien pendiente de ellos. No se apercibe del chico que está sentado justo enfrente y que tras las gafas de sol los observa de reojo. Su mano sube por el muslo de Cristina hasta llegar a su sexo. Comprueba que efectivamente está libre y al aire tocando el poco vello que ha crecido tras su última depilación hace ya días. La yema de los dedos se pringa de humedad pastosa que intuye que es flujo y cuando va a retirarlos, Cristina cierra los muslos aprisionando su mano con una sonrisa. Raúl se remueve inquieto, como un oso que hubiera metido la zarpa en un cepo y tiene que disimular hasta que ella finalmente lo libera con una pequeña risa. Se limpia la humedad de la mano en el propio vestido de la chica

- Pero ¿qué te pasa a ti? ¿Qué tienes ganas de marcha? Te veo hoy muy juguetona.

- No sabes cuantas ganas tengo ¡vámonos, llévame a alguna parte donde podamos follar! - le contesta mientras le planta un beso en los labios.

Cuando se marchan cogidos de la mano, ella sonríe al pasar junto al chico que la observa sentado, aunque no lo mira.


-------------- FIN ----------------------
 
Siguiente relato

Adela (enfermera, 29 años): “Una de las fantasías que me excita, pero que a su vez me da cierto respeto, es que estoy esperando el autobús y se para un coche con un caballero apuesto que se ofrece para llevarme donde quiera. Acepto, subo al auto y en mitad del camino, me propone sexo. Acabamos haciéndolo en la parte trasera del coche de una forma extraordinariamente delicada”.

en la sección de hetero:

https://foroporno.com/threads/fantasías-sexuales-de-las-españolas-2º-parte.17017/post-2592483
 

----------------------------- Vicky -------------------------------------​



Victoria llegó impaciente a su domicilio. Tiraba de la maleta con ruedas donde llevaba el equipaje que le había permitido sobrevivir unos días fuera de casa, en un curso del trabajo. Una novedad refrescante eso de estar una semana en otra ciudad, saliendo a celebrar con los compañeros por las noches, almorzando juntos y desayunando por las mañanas. Romper con la rutina era el lado bueno pero todo eso no evitaba que ya estuviera cansada: numerosas horas de formación, mucho tiempo con la misma gente, teniendo en cuenta que no con todos se llevaba bien, y muchas noches seguidas de copas le hacían extrañar ya una vuelta a la normalidad. Echaba de menos su cama y la comida de casa.

Pero no es ese único motivo por el que tiene prisa por regresar, ni siquiera es el más importante. En realidad, está impaciente porque hay algo que anhela conocer. Vicky tiene ya el borrador de su primera novela, por fin su primer trabajo serio y completo. Hasta ahora solo escribía relatos en una web de Internet. Relatos eróticos escritos por una chica joven, con alto contenido sexual. A Vicky se le da bien escribir, consigue siempre poner sobre el papel sentimientos y descripciones de forma que atraigan a la gente, que capturen su atención, que se vean reflejados en los hechos o en los deseos. Todo esto hizo que tuviera éxito en el foro y reuniera una gran cantidad de seguidores. Vicky encaja en el perfil que están buscando actualmente las editoriales: mujer (mejor si es joven) que escribe historias dirigidas a captar el sector más juvenil y femenino. El público español ya hace tiempo que dejó de estar por las novelas románticas, las chicas de hoy en día demandan otro tipo de producto y las mujeres adultas también. Muy alejado de los folletines, del romanticismo pastoso y del sexo light.

Vicky cumple esos requisitos y cuando la contactaron de la editorial no podía creer que le ofrecieran publicar un libro de prueba, un primer lanzamiento solo para ver cómo funcionaba, con edición reducida, promoción a través de la misma web del foro y redes sociales, ventas por internet, etcétera… una inversión de bajo coste para ver si la buena conexión que tiene con sus seguidores se traduce en ventas. Tampoco es que vaya a ganar mucho dinero, pero todo esto es mucho más de lo que podía imaginar cuando empezó a escribir. La ilusión de una autora (especialmente cuando es novel), de conseguir publicar y ver cómo se abre frente a ella todo un camino de posible éxito es grande, por eso no le importaron demasiado las condiciones, ni que ese primer libro apenas le reportara beneficios.

Cuando se lo comunicó a sus padres, su madre contuvo una mueca de escepticismo al saber que la historia era de temática sexual, y mucho más, al enterarse que posteaba en una página erótica. Ella había recibido una educación de sus padres que consistía básicamente en encontrar un buen marido y un buen partido. Era consciente que eran otros tiempos y que el deseo de su hija de ser independiente y de labrarse su propio futuro sin depender de un hombre no estaban para nada fuera de lugar, pero que ese porvenir fuera como autora de relatos eróticos o casi pornográficos, era algo muy distinto. La reputación seguía pesando mucho para ella. Su padre fue mucho más comprensivo. Vicky estaba muy en sintonía con él, siempre habían estado muy unidos y al contrario que su madre, él la alentó a que escribiera la historia y lo hiciera como ella creyera conveniente.

Decidió seguir ese impulso. Si no iba a divertirse, mejor no escribir. Y si no iba a ser algo de lo que se sintiera orgullosa, mejor no publicar. Y ahí está el problema. Le ha salido un texto demasiado explícito en lo referente al sexo y demasiado personal porque ha vertido muchas cosas de ella. Tantas que es fácilmente reconocible.

Surgen las dudas ¿debe publicarlo o no? Estuvo unos días considerándolo, teniendo además en cuenta que la novela está escrita alrededor de una fantasía propia. Una de las más recurrentes y que con más fuerza le ronda la cabeza. Le excita imaginar que entra al despacho de su anterior jefe, aterrorizada porque la ha llamado y cree que los informes que le ha pasado están mal o no son de su gusto. Entonces, una vez ahí, él cierra la puerta, le dice que se ponga cómoda, la mira con calma y sonríe. Se acerca, la acaricia y, sin preguntar, comienza a desabrocharse el cinturón lentamente. Está tan excitada y él es tan delicado en sus movimientos y en la forma de proponérselo, que Vicky continúa… Lo malo es que cada vez que la llamaba de verdad, en la realidad, entraba a su despacho temblando. Su jefe debía pensar que era una tipa muy rara. Ella ya no trabaja en esa oficina, pero es posible que alguien se vea reconocido ¿su anterior jefe quizás? ¿Le deben importar los comentarios que hagan sus ex compañeras? ¿Se verá obligada a explicar que sólo es una novela y que no tiene por qué coincidir con la realidad, que ella hace lo que todos los novelistas, que se basa muchas veces en personas reales para construir personajes de novela?

Tiene dudas. Efectivamente, su grupo de amigas más íntimas no se ponen de acuerdo sobre lo que resultaría conveniente hacer y ella ha tomado una determinación, que no es otra que dejarle el texto a una persona en la que realmente confía y con la que tiene una conexión especial: su padre. Desde que ha crecido es más independiente y ya no se cuentan todas las cosas, pero siguen teniendo una relación muy cercana. Cosas que su madre no parece entender, pero a veces les basta una simple mirada para que su padre sepa lo que pasa por su mente y al contrario. Así que ha decidido dejarle el libro durante esta semana y que le dé su opinión. Está ansiosa por conocerla y a la vez un poco preocupada por la temática y por las cosas que cuenta, muchas de las cuales hasta ahora pertenecían solo a su imaginario íntimo y sólo había compartido con alguna amiga. Le da cierto pudor que su padre lo lea, pero ¡qué mejor idea para ponerse a prueba sobre lo que pueden decir los demás si se llega a publicar!

Hoy no están, justamente el viernes que llega, ellos se van al apartamento que tienen en la playa, pero espera que su padre le haya dejado alguna nota sobre que le ha parecido el texto. Sabe que no le dejará un mensaje en el whatsapp ni tratará por teléfono este tema, no es su estilo.

Entra en la casa, deja la maleta el salón, se dirige a la cocina donde se hace un sándwich frío y se sirve un vaso de refresco. Viene con hambre del viaje. Coge también una bolsa de patatas fritas y se lo lleva todo al salón. Pero antes, pasa por su cuarto para ponerse cómoda y ve que sobre la mesa de su habitación está el manuscrito y sobre él un sobre grande, tamaño folio. Intrigada lo abre. Es un taco de páginas ordenadas y escritas en las puede identificar la letra de su padre.

¿Qué es aquello?

Hay una nota aparte.

>> Hola Vicky. Tenías razón: no es una historia que le vaya a gustar a tu madre, mejor que no la haya leído, pero es la novela que tú querías y debías hacer. Me he dado cuenta que hay muchas cosas de ti que no conozco, te has hecho mayor y me cuesta asumir que tienes tu propio mundo relacionado con el sexo, pero no debes sentir vergüenza por ello. Todos tenemos fantasías y todos hacemos cosas empujados por el deseo, el amor o las circunstancias, que a veces no salen bien o simplemente nos da pudor contarlas. Eso no debe frenarte ni asustarte, ni más ni menos que en eso consiste vivir.

>>Me ha gustado tu novela. Está bien escrita, es entretenida, fresca y muy excitante. Conectará bien con la gente de tu generación. Puedes sentirte orgullosa y créeme que no debe echarte atrás el peaje que puedas pagar por ser tú misma y hacer lo que quieras.

>>Ahora te toca a ti leer. Llevaba mucho tiempo escribiendo esto, no sé para quién exactamente, creo que solo porque necesitaba hacerlo. También a mí me da pudor poner por escrito mi historia que es también la de tu familia. Pero creo que tienes derecho a saber. En eso, tu madre y yo tampoco opinamos igual, aunque la entiendo a pesar de todo. Esto es un resumen muy íntimo de nuestra vida y no es para cualquiera, pero es que tú no eres cualquiera. Guárdalo para ti. Aquí encontrarás alguna de las respuestas que siempre buscaste. Tómalo como un regalo y ten en cuenta que empecé a escribirlo sin saber si tú ibas a ser una de sus destinatarios, por eso está narrado como se relataría a un extraño que no nos conociera.

>>Cuando volvamos el lunes buscaremos un momento de tranquilidad nosotros dos y podrás preguntarme todo lo que quieras.

>>Un beso muy grande hija.
 
Por fin me he decidido. El papel virgen llevaba demasiado tiempo retándome, muchas veces me he quedado ante la cuartilla en blanco con las frases bulléndome en la cabeza, pero con la mano agarrotada, incapaz de plasmar una sola palabra. Es normal, son trazos de mi vida y mi vida ha sido todo menos ordinaria, al menos en el aspecto afectivo y sexual. No es que a mí me importe demasiado a estas alturas, pero sí me importa la gente que me rodea. Los que están y los que se fueron. Aquellos a quienes puede incomodar y también a los que puede dañar. Mi esposa siempre se opuso, no quería que nada quedara por escrito.


- Piensa en tu hija - me decía.


- Precisamente por ella - le contestaba yo - Algún día puede enterarse por otros. Y entonces, si ya no estamos nosotros para explicarle ¿cómo será capaz de entendernos?


Prefiero que lo oiga todo de mi boca, o en este caso (porque no me atrevo o no sé muy bien como contarlo con toda la precisión y todos los matices dolorosamente ciertos que el caso requiere), de mi pluma. Sé que, si ella lo lee como cualquier otro libro, entrará poco a poco en la historia, que es como debe ser y, aunque hay cosas de las que no nos sentimos orgullosos, podrá ponerle contexto y con un poco de suerte nos seguirá queriendo como hasta ahora.


Pero si voy a contar la verdad, si voy a ser sincero, debo decir que también lo hago por mí. Siento la necesidad de contar las cosas tal y como yo las viví. De revisar y volver a todos aquellos momentos que me hicieron feliz, que me proporcionaron placer. También de expiar los que fueron dolorosamente oscuros, pero no por ello menos ciertos e intensos. No sé si sería capaz de volver a vivirlos igual si contara con la fuerza y la lozanía de entonces. La juventud, dulce anestesia que me permitió continuar adelante tras esa mezcla de cosas bien y mal hechas. Porque también están los errores. Aquellos por los que pasamos de puntillas fingiendo que no nos afectaban pero que están ahí agazapados, necesitando no solo haberlos deglutido sino también digerido. Muchos de ellos nos los comimos crudos, sin metabolizar y están haciéndose bola, causándome daño a pesar del tiempo transcurrido. Necesito asimilarlos y por eso lo mejor es enfrentarme a ellos. Ojalá estas hojas sean el agua donde se disuelvan mis faltas y malos recuerdos.


Espero hija mía, si eres tú la que lees algún día esto, que te sirva y te quedes con lo útil, con lo bonito, con lo intensa que fue nuestra aventura, con que construir una vida y una familia supone hacerlo sobre aciertos y desaciertos y no siempre está claro que es cada cosa. Eres una chica feliz, con toda la vida por delante. Pronto serás lo suficientemente madura como para entender algunas cosas. Como por ejemplo que son algunas de las cosas que leerás aquí (y que te harán sentir seguramente vergüenza), las que nos han traído hasta el momento presente y las que por extrañas u obscenas que parezcan, al final, de una forma u otra, han contribuido a crear esa realidad feliz en la que ahora vives. Así pues, te ruego que no te cargues con pecados que no son tuyos. Míralo todo como un relato, como una historia que te pertenece, pero en la que tú no has tenido participación. Más adelante tendrás que tomar tus propias decisiones y cargarás con las culpas propias, no necesitas cargar también con las nuestras. Y también te pido que seas generosa al juzgarnos: al fin y al cabo, solo somos personas que la corriente de la vida ha arrastrado hasta esta playa.


¿Por dónde empezar?


La respuesta obvia es por el principio, y sí, creo que una narración ordenada de los hechos contribuirá a que se entienda mejor. De modo que contaré cómo conocí a la madre de mi hija.


La primera vez que vi a Alba y a su hermana Paqui fue en una fiesta que el Mode organizaba en su casa. El Mode era el mote que le teníamos puesto nuestro amigo Modesto. Nadie lo llamaba por su nombre (cosa que él prefería) y de entre todos los apodos que le podían caer, ese era el que menos le disgustaba. De hecho, era un gran fan del grupo madrileño llamado igual. Se sabía la canción del Eterno Femenino entera y tuvo una época que no paraba de canturrearla. En sus fiestas era obligado que el tema abriera la improvisada pista de baile y que sonara como mínimo otra vez, antes de que el último mochuelo emigrara a su olivo.


Aquella noche se presentaba complicada porque era verano y la mayoría de las chicas que conocíamos estaban de vacaciones o en otros eventos. Podríamos decir que lo de que conocíamos era un eufemismo, porque allí el único que aportaba a chicas solía ser el Mode. Era un excelente relaciones públicas y sus fiestas tenían bastante éxito, con lo cual era habitual que las compañeras de instituto y las de carrera después, aceptaran sin pensárselo sus invitaciones. Era el niño bien del grupo. Las chicas más pijas se fiaban de él porque lo reconocían como un igual y su familia tenía posibles. Las madres lo veían como un chico formal y buen partido con lo cual era bien recibido en casi todas las casas. Esto fue lo que posibilitó que las hermanas acudieran por fin a una de sus fiestas.


Alba y Paqui eran vecinas del barrio y casi todos les teníamos echado el ojo. Desde muy jovencita, en Alba ya se adivinaba el pedazo de mujer que iba a ser: rubia, alta, delgada, muy bien proporcionada, ojos claros y busto pequeño pero muy turgente. Un culo perfecto que no dejaba de marcar con sus vaqueros ceñidos. El aire casi infantil todavía, acompañado de una mentalidad más adolescente que adulta a pesar de sus dieciocho años recién cumplidos. Normal, a la chica la habían tenido siempre entre algodones porque sus padres (especialmente su madre) no eran pijos, eran todavía algo peor de pijos: aspirantes a pijos. Nuestro barrio era curioso porque resultaba una amalgama de gente que en muchos casos no guardaban demasiada relación entre sí. Situado en la parte antigua, combinaba zonas y calles deprimidas con otras turísticas, en las que se alternaban viejas corralas, edificios de pisos y antiguos caserones pertenecientes a familias pudientes. Un barrio muy heterogéneo donde críos que apenas tenían nada se juntaban con otros a los que les sobraba de todo. Yo no era de los primeros, en mi casa nunca faltó lo básico aunque sin grandes dispendios, pero estaba todavía a años luz de los segundos, entre los que se incluía el Mode.


El que compartiéramos espacio y en algunos grupos como el mío hubiéramos roto las barreras sociales para formar piña, no significaba necesariamente que los adultos estuvieran muy dispuestos a mezclarse. Los padres de Modesto no veían con buenos ojos que su hijo se juntara con según qué personas, para ellos el chico debía aspirar a una muchacha de su clase social y no a cualquier chavala de barrio. El Mode no opinaba igual y no le hacía ascos a ninguna posible amiga, mucho menos si estaba dispuesta a meterse en su cama. De hecho, parecía adoptado, no pegaba para nada con su familia y era de los pocos que formaba pandilla con chicos que no eran de su clase social. Con nosotros se lo pasaba mejor, se podía quitar la careta, hacer el gamberro y eso para él no tenía precio. A pesar de sus exabruptos y de sus locuras era mejor que la mayoría de los pijos que conocíamos. Gamberro pero con buen corazón, era incapaz de causar daño a nadie, al menos conscientemente, en contra de muchos de los niños bien que también rondaban a su alrededor: compañeros del colegio privado, primos, chicos del club de campo, etcétera… que su madre insistía que frecuentara y que bajo un barniz de sonrisa y corrección, escondían a gente estirada y cruel que se sentían superiores a los demás solo por vivir en determinada casa, ir a determinado colegio, tener determinados apellidos o vestir de determinada marca. Así que las fiestas que organizaba, aunque siempre estábamos los de confianza, estaban abiertas a que viniera más gente y quizás eso fue lo que convenció a la madre de Alba para dejarlas por primera vez ir. Porque todos nuestros intentos de que las dejarán salir con nosotros habían resultado infructuosos, no por Alba o su hermana Paqui, que estaban deseando salir con chicos, se les veía en los ojos y en las ganas con las que se detenían con nosotros cada vez que tenían oportunidad y en la pena con que tenían que rechazar nuestras invitaciones a dar un paseo, a salir a tomar algo, a ir de discoteca o acudir a alguna fiesta. Era su madre quien las tenía en un puño intentando guardarlas, especialmente a Alba, que mezclaba dos cualidades que atraían irresistiblemente a cualquier chico: belleza e inocencia.


Una señora con aspiraciones y es que esperaba que sus hijas cumplieran lo que ella no pudo: subir de categoría y de posición merced a un buen matrimonio. Vecinas de calle pero no de rango social, veía con buenos ojos al Mode como novio para una de ellas. Un chico abierto que no miraba con los perjuicios de su familia, aparentemente simpático, agradable y bien encaminado. Quería estudiar una ingeniería ya que el listón familiar estaba alto: su hermana era médica y sus hermanos, uno arquitecto y el otro empresario de éxito. Sí, la madre se relamía pensando en que ¿con quién mejor para emparentar que aquella familia? Y de todos los que poníamos los ojos en sus hijas, solo mostraba alegría cuando era Mode el que las miraba. Por eso les permitió acudir aquella fiesta y allí fue donde comenzó todo.


No esperéis un relato especialmente morboso de lo que sucedió esa noche. No hubo sexo, caricias, ni siquiera ningún beso: ellas estaban todavía muy condicionadas por las instrucciones de su madre. Aparentemente, Paqui ejercía de vigilante de su hermana y no se separaba un segundo de ella. No se permitieron beber alcohol ni mucho menos fumar ninguno de los cigarritos de la risa que circularon. Pero esa noche pasaron dos cosas. La primera es que disfrutaron de lo lindo. Por fin pudieron alternar, juntarse con chicos de su edad, asistir encantadas a los intentos de acercamiento de todos y cada uno de los chavales que por allí rondaban, bailar y codearse con los amigos del Mode. La segunda es que a partir de ese momento, su madre ya les dio permiso para empezar a salir en pandilla con nosotros, entendiendo por nosotros el grupito más fiel y cercano a Modesto. La madre comprendió que no podía separar a la presa de sus amigos. Eso dio lugar a una época en que íbamos a buscarlas y salíamos con ellas, siempre dentro del perímetro de las calles cercanas. Nos dirigíamos al parque del barrio o al bar de la esquina a tomar algo. Siempre que fueran lugares públicos y a la vista no parecía importar a la madre, aunque cortaba de raíz cualquier invitación a acampadas, salidas nocturnas, discotecas y demás. Pero para nosotros era suficiente. Habíamos incorporado a dos chicas a la pandilla que formamos con Marina, Pepa y Manoli, otras tres muchachas del barrio que además eran de fiar porque dos de ellas habían sido compañeras de catequesis de Alba y conocidas de su madre. Esto remaba a nuestro favor aumentando su confianza.


Alba estaba muy satisfecha porque era la que más destacaba del grupo y la que recibía nuestras atenciones más constantes. Aquello parecía una competición a ver quién le hacía más la pelota. Aunque dos o tres años mayores que ella, éramos jóvenes, muy jóvenes y muy impulsivos. Apenas escondíamos nuestras intenciones. Los tíos somos tan transparentes como si tuviéramos la piel de cristal, se podía leer perfectamente dentro de nosotros y lo que las chicas leían era que todos estábamos locos por Alba, que no era precisamente una lumbrera ni la más lista del grupo, pero sí se daba perfecta cuenta del efecto que hacía en nosotros y le gustaba sentirse protagonista y dejarse querer.


La situación (como cabía esperar) provocó alguna tensión, tanto entre los chicos que competíamos por ella, como entre las chicas que consideraban una falta de respeto y un fastidio que todas fueran segundo plato muy por detrás de Alba. Todavía me parece increíble que yo fuera el único que se diera cuenta de ese malestar, quizás porque también fui el primero que arrojé la toalla, consciente de que mis posibilidades con Alba eran mínimas. Ella se dejaba querer por todos pero estaba claro que iba a por el Mode. No solo porque agradaba a su madre y era el mejor partido sino también porque físicamente era el que más le gustaba, o al menos eso creía ella en ese momento, que a veces los intereses y los sentimientos se confunden. Éramos muy jóvenes y todo nos entraba por la vista. Para nosotros, un buen físico era sinónimo de buen sexo. Con el tiempo yo descubriría lo que suponían los sentimientos de verdad, la buena conexión, el morbo, el estar en la misma onda y el efecto multiplicador que esto tenía sobre el sexo. Pero en aquel momento para mí solo era una derrota más que afianzaba mi inseguridad a la hora de relacionarme con chicas.


¡Qué curiosa es la vida! a veces te manda la casilla de salida y estás tan cabreado que no te das cuenta que en realidad estás ahorrando tiempo porque ibas por el camino equivocado. Mi renuncia a intentar nada con Alba hizo que me fijara más en las otras chicas. Tenía más detalles con ellas, les prestaba más atención, incluso les afeaba a mis colegas el exceso de solicitud con Alba en detrimento de las demás. Tengo que reconocer que en parte era por mostrarme caballeroso, pero también había otra parte de enfado con la situación y con mi propia inseguridad.


Y una tarde sucedió algo que lo cambió todo. Estábamos en el parque en pandilla. La cosa se había vuelto ya un poco monótona porque, aunque nos divertimos juntos y era agradable salir con las chicas, ahí la única pareja que parecía posible era la que ya todos sabíamos, así que todo sonaba un poco a repetición y aburrimiento, incluso ya nos estábamos planteando la opción de cerrar etapa y empezar a buscar otras compañías.


Fue Fran, siempre el más lanzado y el que iba directo al grano el que puso las cartas sobre la mesa. Tosco, con un discurso poco enhebrado y mostrando un ramalazo egoísta y ciertamente inapropiado pero certero, dijo que algo así como que ya estaba bien de hacer el tonto y que era hora de saber si había posibilidad de ligar en aquella pandilla. Las chicas no se lo tomaron mal, hubo risas y alguna que otra mirada entre ellas, como diciendo “¿dónde va este?” Pero lo cierto es que al final demostraron ser más listas que nosotros. Recogieron el guante y se lo llevaron a su terreno proponiendo el típico juego donde había que decir la verdad, pero esta vez sin fiarlo a la suerte, todos debíamos soportar la misma ronda de preguntas. Ellas se comprometían a hacer lo mismo, pero nosotros íbamos primero. Y la primera y prácticamente casi única pregunta que interesaba era ¿cuál de las chicas nos gustaba a cada uno?


Sé que todo esto puede parecer un poco ligero, ñoño y previsible, pero es que éramos jóvenes que acabamos casi de salir de la adolescencia, con poca experiencia al menos en mi caso y en el de la mayoría de las chicas del grupo. Realmente, allí el único que tenía en su haber una amplia experiencia era Fran y el mismo Mode. Cada uno en su estilo, tenían éxito a la hora de buscar ligues.


Me gustaría adornar un poco más la cosa con juegos más enrevesados, misteriosos e inteligentes, con una auténtica lucha para emparejarnos, un juego de tronos lleno de astucia e imprevisibles giros, pero todo fue tan sencillo como eso: una simple travesura en la que de forma clara y directa y donde prácticamente nadie mintió, todo el mundo expuso a las claras cuál eran sus preferencias.


La primera ronda de los chicos no deparó sorpresas como era de esperar, básicamente todos fueron señalando al ángel rubio como su favorita, ya fuera para jurarle amor eterno, ya fuera simplemente porque se habían matado a pajas con todo tipo de fantasías en la que Alba era la protagonista. Claro está, no hubo sorpresas hasta llegar a mí. Me tocó hablar el último y cuando la parroquia esperaba otro voto a favor de la chica del día, yo me negué en redondo a participar en aquello. No porque no tuviera claro que Alba sería la primera chica con quien yo me acostaría de todo grupo si pudiera, sino porque como ya he dicho, había renunciado a ella consciente de mis pocas posibilidades y eso me había hecho fijar la atención en el resto de chavalas del grupo. No había una sola de ellas que no hubiera sido objeto de mis fantasías, pero la que más me llamaba la atención era Paqui, su hermana. Y ese fue el nombre que pronuncié, todavía no sé exactamente por qué. Lo cierto es que no era la que más buena estaba, físicamente había otras chicas que me gustaban más, pero Paqui tenía algo que me atraía. Lo fácil sería decir que era su culo y que tenía más pecho que su hermana. En eso sí coincidíamos la panda masculina: el culo de Paqui era el mejor de todos lo del grupo. Respingón, alto, macizo y haciéndola un poco ancha de caderas, siendo una chica por lo demás delgada. Eso le hacía perder proporción y armonía pero ganaba en voluptuosidad. Todos estábamos de acuerdo en que era su punto fuerte. El pecho también destacaba, sin ser demasiado grande, pero tenía más tetas que su hermana y en el talle delgado llamaban la atención. Nunca la habíamos visto en bikini y por supuesto nadie le había visto los senos desnudos, pero todo suponíamos que debía tenerlos bonitos y erguidos, simplemente porque era eso lo que deseábamos.


Paqui no era una chica guapa. No es que fuera fea, simplemente era una chica normal. Con el gesto un poco más seco que su hermana daba la impresión de ser algo estirada, más parecida a su madre, menos espontánea… no le salía de forma natural agradar a los demás, ni tenía ese halo de inocencia a veces real y a veces impostado de Alba. A cambio parecía más madura, más mujer y también más segura e inteligente. Una verruga en la cara le afeaba un poco el rostro, no demasiado, incluso una vez que te acostumbrabas tenía su encanto. Era castaña aunque con el pelo claro y tenía unos ojos verdes que le daban un aspecto algo animal cuando se te quedaba mirando fijamente. Quitando que era más lista y decidida, en cuanto a educación no era muy diferente a su hermana y también seguía los pasos y las indicaciones de su madre respecto a con quién y cómo debía relacionarse. Ella aspiraba a un chico con buena posición y familia pudiente, la única pega es que todo parecía indicar que su hermana se iba a llevar al único que tenían ahora mismo a la vista.


En fin, lo cierto es que, incluso viéndolo ahora con distancia, todavía me cuesta identificar un motivo claro por el que la señalé a ella en vez de a otra. Quizás fuera por despecho, ya que no podía tener a Alba no le daría el gusto de elegirla como la chica que más me gustaba. Quizás elegir a su hermana le supusiera una pequeña contrariedad, una leve derrota. Quizás fuera porque realmente sentía algo por la chica aunque todavía no pudiera identificarlo. Quizás por aquellos ojos verdes, por su culo o por sus pechos que yo imaginaba mirarían hacia el cielo incluso sin sujetador. Tal vez era mi forma de revelarme contra los roles establecidos dentro de la pandilla y el lugar que me tocaba ocupar. Yo no haría lo que hacían los demás.


Quizás fuera una mezcla de todo esto, el caso es que fui el primer sorprendido cuando buscando un nombre para decir, pronuncié con aparente total convicción el de Paqui. Ella me lanzó una mirada entre sorprendida e incómoda, que yo no supe interpretar en un primer momento. Cuando les tocó el turno a las chicas tampoco hubo demasiadas sorpresas. El Mode ganaba por mayoría hasta que le tocó el turno a Paqui, que no sé si deliberadamente, se quedó la última para opinar y para soltar también la bomba.


- A mí me gustan Fran y Alex.


Ella también rompió la baraja para diversión y salseo del resto del grupo, que celebró la oportunidad de hacer comentarios jocosos y empezar a propagar todo tipo de chismes.


Que me hubiera llevado un premio compartido con Fran me supo a gloria, aunque no dejaba de extrañarme porque éramos quizás los dos candidatos más desgarbados del grupo. Mode era guapo, muy sociable y vestía como les gustaba las chicas: muy a la última, bastante pijo y siempre de marca, cosa que a esas edades se mira mucho. Los otros más o menos intentaban imitarlo dentro de sus posibilidades, conscientes de que a las chicas le gustaban ese tipo de look. Por eso mi sorpresa cuando Paqui eligió a los menos pijos del grupo. Uno de ellos el más descarado y lanzado (aunque ciertamente simple) y el otro era yo, que no me podía contar entre los más guapos del grupo, ni tampoco me preocupaba mucho mi aspecto físico, la verdad es que nunca he tenido mucha mano para combinarme. Y más expectante me quedé cuando me di cuenta que ella nos nombraba a los dos, pero me miraba a mí y no a Fran.


¿Había sido un simple rebote al ver que su hermana ocupaba el primer puesto? ¿Lo había dicho solo porque se sentía desplazada? ¿Había algún interés real tras aquella afirmación?


Durante unos momentos sus ojos verdes se fijaron en los míos y me sostuvo la mirada. Luego, nos regaló durante un brevísimo lapso de tiempo una de esas sonrisas que vendía tan caras y siguió a lo suyo, haciendo como que no había pasado lo que había pasado y como que ni ella ni yo nos habíamos cruzado piropos en forma de elección.


Podría describir paso a paso como se fue propiciando esa reacción química que se estableció con nosotros como excipientes y protagonistas, pero no quiero aburriros, así que iremos directos a la solución resultante: desde ese día Paqui y yo nos observábamos con otros ojos. No perdíamos su ocasión de enfrentar nuestra mirada. Casi sin querer buscábamos la cercanía situándonos uno al lado del otro, rozándonos, tocándonos de forma casual, sintiendo un leve estremecimiento cada vez que nuestras pieles se aproximaban hasta tentarse en un ligero roce, un empujón, o una mano sobre nuestro brazo para saludarnos. Nadie parecía darse cuenta excepto nosotros dos. Es curioso, pero Paqui (que solo me había llamado antes la atención por su trasero y por la sospecha de unos pechos más generosos que los de Alba) ahora se me aparecía en mente a todas horas. Hasta su rostro serio y casi agrio me parecía atractivo. La verruga, unos centímetros más allá de la comisura derecha de su labio, ya me aparecía un adorno morboso en vez de un feo complemento y esos ojazos verdes que brillaban cuando me miraba, me seguían cautivando.


Yo había fantaseado con ella anteriormente, pero ahora ya sabía que ella también me miraba distinto. Era la primera vez que una chica afirmaba que yo le gustaba y eso suponía todo un chute para mi baja autoestima y también para mi imaginación, que me hacía construir todo tipo de fantasías desbocadas en las que Paqui era la única protagonista en vez de su hermana. Este juego silencioso duró apenas dos o tres días hasta que surgió una oportunidad de quedarnos solos. Estábamos tomando unas birras en el parque, como tantas tardes, y yo me propuse para ir a comprar algún paquete de patatas fritas para acompañar y traer otro litro de cerveza. Fue Paqui la que tomó la iniciativa de acompañarme, con la excusa de comprar algo también en la bodeguilla para ella. No sé si tenía alguna intención más allá de caminar junto a mí y de disfrutar de ese momento, porque no dijo nada: fui yo quien en el camino de vuelta rompí el silencio. Había pensado mil veces lo que le iba a decir cuando nos quedáramos a solas y ahora, para mi fastidio, ninguno de los discursos que tenía hilvanados me salía. Con poco o ningún tacto fui directo al grano.


- Paqui ¿de verdad te gusto?


Ella me miró y no respondió nada, se limitó a sonreír. Eso me animó a continuar.


- Me refiero a lo del otro día cuando dijiste que Paco y yo te gustábamos.


- Sé a lo que te refieres ¿Y yo? ¿Te gusto de verdad a ti? - contraatacó tomando el control de la conversación para llevarlo al puerto al que a ella le interesaba llegar, sin darme la respuesta que yo le había pedido.


- Sí, me gustas mucho.


- ¿Más que mi hermana? te he visto observarla y la miras igual que los otros chicos.


- Eso era antes. Quiero decir que no es que ya no me guste Alba, pero ahora a quien miro es a ti.


Me costaba encontrar las palabras, no porque no fuera bueno usándolas, sino porque con los nervios estaba algo bloqueado. Pero Paqui me entendió sin necesidad de que yo tuviera que aclarar nada.


- Lo sé.


Ese “lo sé” me sonó a promesa, a que me daba permiso para ir un poco más allá. Como quien no quiere la cosa mi brazo se movió en vaivén cerca del suyo y las manos se rozaron una o dos veces. A la tercera la tomé y no hizo gesto de soltarse. Caminamos juntos unos cuantos metros hasta que al doblar la esquina quedamos a la vista de los amigos y entonces ella se soltó. Todavía quedaba un trecho hasta que también sus oídos estuvieran al alcance de nuestra conversación, así que insistí.


- ¿Por qué dijiste que te gustaba?


- Pues porque me gustas ¡mira que eres tonto!


- ¿También te gusta Paco?


- Sí, pero no es lo mismo.


- Eso me lo tienes que explicar mejor.


Su risa contenida flotó entre ambos. Me gustaba que se riera conmigo porque no era habitual verla sonreír. Algo le provocaba yo, y solo yo, que la hacía estar contenta. Eso me estimulaba mucho.


- ¿Y por qué te gusto yo?


Volvíamos al principio: ella siempre devolviendo la pelota a mi tejado y reconduciendo la conversación a su propio interés. Hasta ahora me había ido bien con la sinceridad de manera que abandoné cualquier artificio y los planes que había previsto para convencerla de que saliera conmigo si llegaba el caso.


- Pues oye, tengo que reconocer que cuando te miro el culo me vuelves loco. Tienes el culo más bonito de toda la pandilla y de todo el barrio - argumenté casi con ansiedad, indicándole con la mirada que eso solo era la introducción, temeroso de que me cortara y me mandara a freír espárragos. Pero no lo hizo, todo lo contrario, parecía complacida: en algo le ganaba a su hermana y a todas las chicas del grupo. Estuve tentado de continuar con sus pechos, pero creí que ya había acariciado demasiado la suerte, así que di un giro a la conversación. Ahora las palabras me salían de forma más fluida, era capaz de hilvanar mejor mis pensamientos y de expresar mejor lo que sentía.


- Pero no es solo eso Paqui, hay más. Lo que pasa es que no te lo puedo explicar porque ni yo mismo lo entiendo. Al principio era solo algo físico, bueno ya sabes cómo somos los tíos, me fijaba solo en lo buena que estás, pero es que después he empezado a sentir cosas.


- ¿Qué cosas? - me preguntó y creí detectar un cierto tono de anhelo en su voz.


- Pues no sé, ya te he dicho que es difícil de explicar. Por un lado, me da mucha alegría cuando estamos juntos, al tenerte cerca, pero por otro lado noto como una especie de mareo y me pongo muy alterado, aunque no lo demuestre. Creo que se me cogen los nervios al estómago y estoy en tensión. Trato de que no se me note, aunque es difícil porque a veces siento como escalofríos y se me ponen los pelos de punta. Es muy extraño porque cuando estoy contigo trato de no pensar en ti y cuando no te tengo al lado, no hago otra cosa.


Nada de esto era mentira, pero debo reconocer que supe adornarlo tan bien que Paqui se sintió halagada y feliz, y algo más que entonces no me contó, pero que me confesaría después cuando ya fuimos pareja. En ese momento sintió como un dolor de barriga, un retorcijón, pero placentero, la piel de gallina y los pezones (invisibles para mí tras un grueso sostén y un jersey que los ocultaban perfectamente) se le pusieron duros y empitonados.


Faltaba poco para llegar donde nuestros amigos así que me detuve un momento. No estaba dispuesto a dejarla ir esta vez, al menos no sin que me dijera porque había dicho que yo le gustaba. De modo que le plantee otra vez la cuestión.


- Me gusta verte cuando vienes de hacer deporte. Yo tampoco sé por qué, pero me gusta ver los músculos que se te marcan bajo la ropa deportiva, la camiseta sudada que se te pega al cuerpo. Te he visto un par de veces cuando venías de correr o de jugar al baloncesto y no me pidas tampoco que te lo explique porque yo tampoco sabría hacerlo. Y también me gusta que no te portas de forma imbécil como los demás, nos prestas atención al resto de chicas y no estás atontado solo con mi hermana, o al menos no tanto como los otros.


- ¿Y Paco? ¿Por qué te gusta?


- Es gracioso...


- Es gracioso, pero…


- No saldría con él. Es un aprovechado y creo que no tiene futuro. Me gustan los chicos chulos, pero no tanto.


En esos veinte metros que nos separaban de nuestros amigos nos habíamos dicho más cosas que en todo el mes que llevamos saliendo en pandilla. Los dos sabíamos lo suficiente como para estar a la vez tranquilos y entusiasmados. Tranquilos porque lo nuestro parecía que podía tener algún recorrido y entusiasmados porque las hormonas revoloteaban en nuestro interior provocándonos cosquillas. Inexpertos nuestros cuerpos, intuían que podía haber rollo.


A mí se me habían despejado algunas incógnitas. Yo le gustaba a Paqui, que no estaba en absoluto molesta por mi declaración del otro día sino más bien al contrario, la veía dispuesta y animada. Yo le gustaba porque no era como los demás, ni en el carácter, ni tampoco en el físico. De alguna forma le gustaban los tíos con pinta un poco chulesca, de ahí que me prefiriera a mí al arquetipo pijo del resto de la pandilla. Pero a la vez quería seguridad, quería alguien confiable y yo era el que mejores notas sacaba de toda la pandilla y también el único que a esas alturas tenía un trabajo más o menos estable. Así que una vez establecida la sintonía entre ambos y ver que nuestros intereses coincidían por una u otra cosa, lo demás vino rodado. Ya solo tuvimos que dejarnos llevar por nuestros impulsos que, una vez roto el dique de contención, se dispararon de una forma que ni en mis mejores fantasías había podido sospechar.
 
Estoy de acuerdo con un compañero que suele comentar en TR.
Da la sensación de que algo malo va a pasar entre Alex y Paqui, que teóricamente son los padres o eso parece de Vicky.
Y yo creo que es una infidelidad de Paqui con Fran y habrá que ver si Vicky no es realmente hija de Álex. En cualquier caso parece que el la perdono aunque no sé sí se lo merece.
 
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