luis5acont
Miembro muy activo
- Desde
- 24 Jun 2023
- Mensajes
- 274
- Reputación
- 1,299
Una semana después de tener esa conversación comenzamos a salir oficialmente. El pistoletazo de salida fue una invitación mía al cine. Hubo poca película y mucho contacto, ahora ya eran las hormonas y las ganas las que mandaban. La sala oscura fue el escenario de los primeros besos, al inicio labio contra labio, pero poco a poco cada vez más salvajes, hasta que ya por fin sacamos a pasear las lenguas; las primeras caricias por encima de la ropa; los primeros abrazos; mi boca recorriendo su cuello mientras a ella se le salía el corazón del pecho; mi bragueta a punto de reventar. Más besos en el parque y en la parte tenebrosa del pub donde fuimos a escuchar música, y por fin, en su callejón. En un portal cuatro puertas por debajo de su casa, el que reunía los requisitos de oscuridad, poco tránsito y espacio para que, ahí sí, todo se fundiera en uno solo: los besos, los abrazos, el contacto entre los cuerpos…Todo muy superficial pero muy intenso y con la emoción de las primeras veces, porque yo era su primer chico y ella prácticamente para mí también era la primera chica. Algún beso me había dado con otra, algún pequeño magreo en alguna fiesta con varias copas de más, pero ni de lejos se parecía a lo que sentía con Paqui.
A partir de ahí todo transcurrió tras una rápida sucesión de encuentros, en una escalada rápida en la intensidad y en el atrevimiento. Yo quería más y mis ganas se encontraban con las suyas que también me pedía más. Repetíamos lo de antes, con caricias cada vez más atrevidas, incluso alguna por debajo de la ropa, levantándole la falda, recorriendo su muslo y agarrándole las nalgas por encima de las bragas. Ella oponía la mínima resistencia y colocaba algunos límites al principio, lo suficiente como para dejar claro que no se dejaba con cualquiera, que era una chica bien. Era su salvoconducto para cumplir con lo que le exigía a su madre y la moral que le habían inculcado, para luego (eso sí) hacer una bola con ese papel y tirarla a la basura, porque ella lo que quería era otra cosa: lo mismo que yo y no sé si decir que incluso lo deseaba más intensamente.
Recuerdo la segunda ocasión que nos metimos en el portal y me dejó subir la mano por debajo de la falda para acariciar su culo de melocotón. Lo agarré con fuerza y la pegué contra mí mientras le comía la boca. Nuestros pechos se juntaron a través de la fina tela de su jersey y mi camisa. No me pasó desapercibido que cuando quedábamos, ella siempre llevaba falda o vestido corto, sin duda pensando en aquellos minutos en el portal antes de dejarla en su casa. Se entregó con tantas ganas que me consideré autorizado a pasar a la parte de delante y en cuanto mis dedos rozaron su pubis por encima de las braguitas, ella me tomó la mano y la volvió a llevar atrás. Sin enfado, sin sobresaltarse, sin reproches, simplemente la colocó donde debía estar porque todavía no tocaba, era demasiado pronto para el premio gordo. De modo que una vez cumplido el trámite de pararme los pies dos o tres veces, dejando claro que ella era la que mandaba, luego vino el abandono al placer. En la cuarta o la quinta ocasión (no recuerdo muy bien cuál) fue ella misma la que me cogió de la muñeca, interrumpiendo el camino que recorrían mis dedos por la raja de su culo debajo de la tela y a pelo (eso sí lo había podido ganar), y la llevó a la parte de adelante. Pude tocar a través del fino lienzo sus labios, encontrar su clítoris, jugar a introducir el paño entre sus pliegues, delimitar sus labios mayores y menores… la braga estaba tan empapada que parecía que hubiese echado una taza de caldo encima y esta vez no hubo marcha atrás, no le acababa de satisfacer del todo la caricia con la tela de por medio, de modo que apartó la braga a un lado para facilitarme la labor y mis dedos por fin tocaron su sexo, carne contra carne, recorriéndolo primero por fuera y luego por dentro. Sólo introduciendo la punta de las falanges porque un pequeño quejido y una contracción de sus muslos me indicó (sin necesidad de que ella tuviera que decir nada) que no debía penetrar más, que ese era un regalo que había que desenvolver con más cuidado. De forma que guio mis dedos hasta su clítoris y comenzó a frotarse usándolos, como indicándome de qué manera le gustaba y qué es lo que tenía que hacer. Mis yemas estaban pringosas de su flujo y resbalaban contra su nódulo que quedó totalmente lubricado.
La besé en la boca, en el cuello, le mordí en el pecho sin que aparentemente le molestara que le dejara marca. No, no en ese momento. Estaba tan ida, tan encendida que aunque le hubiera arrancado un trozo de carne con mis dientes no hubiera puesto objeción. Sentí su aliento, sus jadeos se clavaban en mi celebro, la vi levantar la barbilla hacia el techo buscando aire que respirar. Sus suspiros se volvieron roncos, las rodillas le fallaron un par de veces dejándose caer mientras yo la agarraba con la mano izquierda por las nalgas. Pronto comenzó a mover el pubis y las caderas, como buscando su acompasar su propio ritmo al masaje que yo le daba, hasta que estalló. Un grito sofocado, unos jadeos intensos, cerrando las piernas y atrapando mis dedos entre ellas y su vulva. Sus brazos apretando mi cuello. Varios temblores la recurrieron de arriba abajo hasta que al final se fue relajando, fue aflojando la presión contra mi mano, pude sacar mis dedos y abrazarla fuerte mientras su respiración se iba serenando. Sus ojos todavía estaban cerrados y su boca aún continuaba abierta en una mueca de placer echándome su halito caliente en mi cuello. Luego más besos. Incluso por primera vez en la puerta de su casa, a riesgo de que su madre se asomara y nos viera por una de las ventanas, un último beso largo y profundo, una mirada de agradecimiento y complicidad que a la vez era una promesa de que en la próxima ocasión yo también recibiría mi premio.
Y la ocasión llegó. Estábamos cansados de sexo apresurado y nervioso de pie en aquel oscuro portal, que era muy morboso pero que empezaba a dejarnos insatisfechos por lo incómodo y porque ir a caricias más complejas requería de más desahogo y también de más intimidad. Fue Paqui la que dio con la solución con una arriesgada jugada que suponía cogerle a su madre las llaves del piso de su hermano. El tío de Paqui era policía nacional y había logrado un ascenso que había implicado su traslado a otra ciudad. El piso estaba completamente amueblado y ellas iban de vez en cuando a darle una vuelta, a comprobar que todo estaba bien y quitar un poco el polvo. Paqui fue hábil porque se hizo una copia de las llaves y a partir de entonces ya teníamos sitio donde ir. Claro que siempre existía posibilidad de que su madre se presentara por sorpresa, pero esto era mucho menos arriesgado que hacerlo en cualquier lugar en la calle.
Aquello fue un salto cualitativo importante. Disponíamos de espacio, comodidad y tiempo para recrearnos en las caricias. Guiado por Paqui, mis dedos adquirieron bastante destreza acariciando alrededor, jugando con su vulva, pellizcando pezones, frotando el clítoris, introduciéndose solo lo justo para evitar romper el himen y dejándola con ganas porque si bien al principio mostraba rechazo y enfado si la penetraba más de lo debido, al final sus jadeos se convertían en una protesta cuando retiraba mi dedo de su vagina. También aprendí a usar la boca y la lengua: los orgasmos que le proporcionaba succionándole el clítoris la volvían loca. Y ella también aprendió a acariciarme, al principio torpemente, pero como había tiempo y espacio, pronto sus caricias se volvieron más morbosas, más precisas y más voluptuosas. Comprendí con alegría que ella también disfrutaba dándome placer, no solo recibiéndolo. No se limitaba a darme un desaliñado premio por portarme bien en la cama, ella se recreaba también en el sexo cuando me lo hacía a mí.
Recuerdo aquella primera vez que pudimos disfrutar del piso de su tío y como en esta ocasión no había excusa para que ella no me acariciara a mí. Lo hizo de buen grado, con interés, disfrutando, encendida porque por fin podía ver desnudo y tocar a un chico. Mostró curiosidad por mi pene, por mis testículos, incluso con mi culo, todo lo acarició, lo palpó, con todo jugó y sin embargo su novatez la limitaba. Una vez satisfecha, ella intentó darme placer a mí, pero no atinaba ni con el ritmo ni con la presión adecuada. A poco que lo hubiera hecho me hubiera corrido sin remedio porque no podía estar más caliente. Sin embargo, quizá porque esperaba demasiado, no conseguía concentrarme ni adaptarme a lo que ella me hacía para que sus torpes caricias se transformaran en placer. Así que finalmente tuve que hacerlo yo, masturbándome para acabar, de rodillas, con mi miembro rozando su vientre de vez en cuando para sentir su contacto, su calor, su piel erizada…
Solo al final, cuando ya estuve a punto, llevé su mano a mi pene pidiéndole que apretase. Me bastaba con eso porque mi orgasmo ya no tenía vuelta atrás. Aquello funcionó y ella pudo ver con los ojos como platos, que varios regueros de semen se esparcían sobre su cuerpo y al final, algunos borbotones resbalaban desde la punta cayendo sobre su pubis. Habíamos tardado no sé cuánto tiempo, pero al final yo también conseguí mi placer y me quedé exhausto, viendo como ella observaba muy fijamente su cuerpo y también miraba con atención como mi verga se contraía todavía expulsando algo más de leche, que resbalaba cayendo y formando un grueso grumo en su muslo. Lanzó un gruñido de satisfacción que yo entendí que era por mí, lo cual agradecí. Padecía divertida pero pronto la mirada se le volvió algo turbia. Mordiéndose un labio, sus dedos recorrieron el cuerpo esquivando todos los arroyuelos de semen, acariciándose con mimo. Había recuperado de nuevo las ganas, estaba lista otra vez y aquello la excitaba mucho, según me contó cuando empezamos a hablar sin tapujos de estas cosas. Que un chico eyaculara encima y la llenara de leche la puso muy, pero que muy cachonda. Aquello era ya otro nivel, lo más cercano a follar que había hecho hasta entonces.
Yo me limité a mirarla, viendo cómo finalmente sus dedos cortaban en perpendicular uno de los rastros y se mojaba la yema con el esperma. Su mano izquierda fue hacia sus pechos y comenzó trazar círculos alrededor de uno de los pezones, mientras la derecha manchada con mi leche se escurría hasta su vulva, juntando humedad con humedad e iniciando una caricia en su clítoris, recorriéndolo y presionándolo. Pronto, el mimo se convirtió en un frote intenso. Los dedos dejaron de trazar círculos y de pasar por la punta del pezón para aprisionarlo en una pinza dolorosamente placentera. Intenté participar acariciando sus muslos y llevando la mano a su sexo, pero ella me apartó. Estaba poseída por la urgencia, quería aprovechar el subidón. La imagen de su cuerpo chorreando semen la perturbaba y la excitaba a partes iguales y deseaba llegar al clímax. La vi arquear su espalda, levantar el culo, su pecho se movía temblón y su boca se contrajo en una mueca de gusto. El orgasmo la embistió por segunda vez. Fuerte, intenso, con un solo golpe, dejándola desmadejada. Es un recuerdo que tengo grabado a fuego y nunca lo olvidaré. Incluso creo que se quedó durmiendo unos minutos mientras sus pulsaciones se bajaban, su pecho subía y bajaba con menos intensidad, los ojos cerrados y la boca abierta, con la lengua humedeciendo los resecos labios.
Poco a poco, encuentro a encuentro, fuimos yendo más lejos. Nuestra calentura y nuestro deseo nos empujaban a buscar un placer más intenso, no nos bastaba con el sexo manual ni oral. Pronto, mi pene empezó a recorrer por fuera su coño, jugueteando con sus labios mayores, acariciando con el glande los menores, empujando en dirección a la vagina cada vez un poquito más fuerte, cada vez un poquito más dentro, convenientemente lubricado por sus flujos y los míos. Siempre echándonos atrás en el último momento, frotando mi verga a todo lo largo contra su clítoris, unas veces yo sobre ella y otras ella montada en mí y tomando el control. Juego suficiente para llegar ambos al orgasmo, solo con el roce a veces, otras, ayudándonos con una rápida masturbación para alcanzar el final. Pero eso tampoco bastaba y los dos lo sabíamos. Paqui era una ascua encendida cuando llegaban esos momentos y yo era puro fuego también. Me volvía loco porque ella, tan correcta de puertas para afuera, que en las formas trataba de seguir las indicaciones de su madre, que cuidaba las apariencias, en esos momentos se olvidaba de todo y se mostraba como era en realidad: una jovencita recién terminada la adolescencia deseosa de que la hicieran rabiar de placer, que había encontrado en mí el amante que la complacía, con el que cumplir sus húmedas fantasías y mucho más, porque conectamos como hombre y mujer más allá del sexo. Cuando estábamos juntos en el piso de su tío no había límites para nosotros, ni nada existía fuera de la habitación donde nos entregábamos al sexo. Era como si nos hubiéramos quitado toda la ropa y hasta la piel y fuéramos transparentes, sin nada de lo que avergonzarnos, sin nada que ocultar, sin miedo al otro ni al mundo que nos esperaba ya como adultos. En ese momento éramos felices porque nada nos importaba, nada existía más allá de nosotros, no nos preocupaba el futuro ni el presente, ni nada que no fuera el contacto de nuestras pieles, el intercambio de fluidos, aspirar nuestro olor, el sonido del golpe de carne contra carne.
De manera que al final llegó lo que tenía que llegar. En una de las ocasiones, con ella subida encima y frotándose contra mi pene, situó la punta contra su vagina, abriéndose paso entre los labios y se dejó caer en peso. Noté como entraba casi dos centímetros hasta encontrar oposición. Ya lo habíamos hecho otras veces pero en esta ocasión ella continuó presionando. Su flujo y mi propio líquido preseminal habían lubricado tanto mi verga como su vagina. Esta se dilató, ella cerró los ojos y respiró fuerte por la boca emitiendo un suave ronquido que de repente se rompió en un grito. Yo me quedé muy quieto sin saber muy bien qué hacer. Si hubiera estado arriba la habría sacado inmediatamente, pero ella era la que tenía el control e insistió con un jadeo entrecortado, empujando hacia abajo y forzando a mi polla a penetrar. Finalmente se desgarró su himen y entró hasta casi la mitad. Con un gesto de dolor, aguantó unos instantes intentando estimular su clítoris y masturbarse, pero sus músculos vaginales se contraían y le hacían daño, así que finalmente la sacó y se echó a mi lado, la mano todavía sujetando su vulva con un gesto de dolor.
La rodeé y ella no me rechazó. Estuvimos abrazados un rato, intercambiando besos en la boca, despacito, respetando el brutal cóctel de sentimientos y reacciones que la desfloración le estaba provocando. Los besos de cariño y casi de consuelo que intercambiamos fueron ganando en intensidad y al final transmutaron en pura lujuria. De nuevo estaba lista, el dolor había pasado, los nervios también y ahora quería su orgasmo. Me entretuve con mi boca entre sus pechos y fui bajando por su vientre, por su estómago, por su monte de Venus hasta llegar a su coñito que empecé a lamer con cuidado, temeroso de que todavía lo tuviera resentido. Pero ahora la adrenalina estaba por las nubes, el clítoris hinchado de sangre palpitando y deseando placer, el dolor que todavía sentía quedó ocultado y totalmente sobrepasado por el deseo y el morbo. Continúe lamiendo y chupando. Paqui estaba chorreando. Mi saliva y su flujo empapaban toda la entrepierna y sus muslos. Ella movía la pelvis a punto de llegar al orgasmo y entonces me atrajo hacia sí y me dijo:
- ¡Métemela ahora!
Lo hice con cuidado, introduciéndola centímetro a centímetro, dando marcha atrás en cuanto notaba el más ligero temblor o dolor por su parte y volviendo a meterla de nuevo cuando se pasaba. Así estuvimos un rato hasta que al final estuve completamente dentro de ella, con toda mi verga ocupando su vagina dilatada y mis huevos dando en su perineo. Me dejé ir abrumado por el placer que cada vez me costaba más con tener, a punto de vaciarme. Las sacudidas se volvieron más fuertes. Ella se quejó, a pesar de la fiebre y de las ganas lo tenía muy sensible. Cerró sus muslos contra mis caderas, me empujó hacia adentro para sentirla toda y entonces me pidió que no me moviera. Introdujo la mano entre su vientre y el mío y reptando consiguió llegar a su coñito, tirando de él hacia arriba y presionando sobre el nódulo que frotó con fuerza.
Se corrió con una extraña mezcla de dolor, molestia y placer.
Aquello nos unió más. Yo tenía el temor que, como les había pasado a otras chicas que habían perdido la virginidad con mis amigos, se arrepintieran luego o por el contrario les exigieran un compromiso más firme. Con Paqui no pasó ni una cosa ni la otra. Ella se mostraba cariñosa conmigo, satisfecha y siempre con ese brillo y esa chispa de lujuria cómplice en los ojos que me decía que deseaba repetir, que quería más. Todo ello sin necesidad casi de palabras, sin necesidad de promesas ni de propuestas, dando por hecho que yo había llegado para quedarme en su vida. Cuando por fin hablamos del asunto y fui capaz de ponerle voz y palabras a lo que yo sentía, ella me corroboró que no me había dado su virginidad solo empujada por un calentón o como otras chicas en aquella época, porque deseaban quitarse de encima el engorroso trámite para tener sexo libremente con quien quisieran (eran los ochenta y llegar virgen al matrimonio no se llevaba). Lo había hecho porque entendió casi enseguida que entre nosotros había algo más que sexo. De alguna manera supo que la primera vez sería conmigo.
A partir de ahí nuestras relaciones (ya completas) se normalizaron. Nos buscábamos, jugábamos, nos acariciábamos, hablábamos de cualquier cosa, todo nos hacía gracia, como dos enamorados, no prestábamos atención a lo importante y luego cualquier tontería nos parecía un mundo que nos llenaba de ilusión y expectativas. Aún no estoy seguro de si aquello era verdadero amor o simplemente el deseo de amar que teníamos, como los dos corazones jóvenes que éramos, como dos cuerpos deseando y anhelando placer, como si en el fondo nos diera un poco igual con quién, porque nos costaba poco reflejarnos en el otro.
A partir de ahí todo transcurrió tras una rápida sucesión de encuentros, en una escalada rápida en la intensidad y en el atrevimiento. Yo quería más y mis ganas se encontraban con las suyas que también me pedía más. Repetíamos lo de antes, con caricias cada vez más atrevidas, incluso alguna por debajo de la ropa, levantándole la falda, recorriendo su muslo y agarrándole las nalgas por encima de las bragas. Ella oponía la mínima resistencia y colocaba algunos límites al principio, lo suficiente como para dejar claro que no se dejaba con cualquiera, que era una chica bien. Era su salvoconducto para cumplir con lo que le exigía a su madre y la moral que le habían inculcado, para luego (eso sí) hacer una bola con ese papel y tirarla a la basura, porque ella lo que quería era otra cosa: lo mismo que yo y no sé si decir que incluso lo deseaba más intensamente.
Recuerdo la segunda ocasión que nos metimos en el portal y me dejó subir la mano por debajo de la falda para acariciar su culo de melocotón. Lo agarré con fuerza y la pegué contra mí mientras le comía la boca. Nuestros pechos se juntaron a través de la fina tela de su jersey y mi camisa. No me pasó desapercibido que cuando quedábamos, ella siempre llevaba falda o vestido corto, sin duda pensando en aquellos minutos en el portal antes de dejarla en su casa. Se entregó con tantas ganas que me consideré autorizado a pasar a la parte de delante y en cuanto mis dedos rozaron su pubis por encima de las braguitas, ella me tomó la mano y la volvió a llevar atrás. Sin enfado, sin sobresaltarse, sin reproches, simplemente la colocó donde debía estar porque todavía no tocaba, era demasiado pronto para el premio gordo. De modo que una vez cumplido el trámite de pararme los pies dos o tres veces, dejando claro que ella era la que mandaba, luego vino el abandono al placer. En la cuarta o la quinta ocasión (no recuerdo muy bien cuál) fue ella misma la que me cogió de la muñeca, interrumpiendo el camino que recorrían mis dedos por la raja de su culo debajo de la tela y a pelo (eso sí lo había podido ganar), y la llevó a la parte de adelante. Pude tocar a través del fino lienzo sus labios, encontrar su clítoris, jugar a introducir el paño entre sus pliegues, delimitar sus labios mayores y menores… la braga estaba tan empapada que parecía que hubiese echado una taza de caldo encima y esta vez no hubo marcha atrás, no le acababa de satisfacer del todo la caricia con la tela de por medio, de modo que apartó la braga a un lado para facilitarme la labor y mis dedos por fin tocaron su sexo, carne contra carne, recorriéndolo primero por fuera y luego por dentro. Sólo introduciendo la punta de las falanges porque un pequeño quejido y una contracción de sus muslos me indicó (sin necesidad de que ella tuviera que decir nada) que no debía penetrar más, que ese era un regalo que había que desenvolver con más cuidado. De forma que guio mis dedos hasta su clítoris y comenzó a frotarse usándolos, como indicándome de qué manera le gustaba y qué es lo que tenía que hacer. Mis yemas estaban pringosas de su flujo y resbalaban contra su nódulo que quedó totalmente lubricado.
La besé en la boca, en el cuello, le mordí en el pecho sin que aparentemente le molestara que le dejara marca. No, no en ese momento. Estaba tan ida, tan encendida que aunque le hubiera arrancado un trozo de carne con mis dientes no hubiera puesto objeción. Sentí su aliento, sus jadeos se clavaban en mi celebro, la vi levantar la barbilla hacia el techo buscando aire que respirar. Sus suspiros se volvieron roncos, las rodillas le fallaron un par de veces dejándose caer mientras yo la agarraba con la mano izquierda por las nalgas. Pronto comenzó a mover el pubis y las caderas, como buscando su acompasar su propio ritmo al masaje que yo le daba, hasta que estalló. Un grito sofocado, unos jadeos intensos, cerrando las piernas y atrapando mis dedos entre ellas y su vulva. Sus brazos apretando mi cuello. Varios temblores la recurrieron de arriba abajo hasta que al final se fue relajando, fue aflojando la presión contra mi mano, pude sacar mis dedos y abrazarla fuerte mientras su respiración se iba serenando. Sus ojos todavía estaban cerrados y su boca aún continuaba abierta en una mueca de placer echándome su halito caliente en mi cuello. Luego más besos. Incluso por primera vez en la puerta de su casa, a riesgo de que su madre se asomara y nos viera por una de las ventanas, un último beso largo y profundo, una mirada de agradecimiento y complicidad que a la vez era una promesa de que en la próxima ocasión yo también recibiría mi premio.
Y la ocasión llegó. Estábamos cansados de sexo apresurado y nervioso de pie en aquel oscuro portal, que era muy morboso pero que empezaba a dejarnos insatisfechos por lo incómodo y porque ir a caricias más complejas requería de más desahogo y también de más intimidad. Fue Paqui la que dio con la solución con una arriesgada jugada que suponía cogerle a su madre las llaves del piso de su hermano. El tío de Paqui era policía nacional y había logrado un ascenso que había implicado su traslado a otra ciudad. El piso estaba completamente amueblado y ellas iban de vez en cuando a darle una vuelta, a comprobar que todo estaba bien y quitar un poco el polvo. Paqui fue hábil porque se hizo una copia de las llaves y a partir de entonces ya teníamos sitio donde ir. Claro que siempre existía posibilidad de que su madre se presentara por sorpresa, pero esto era mucho menos arriesgado que hacerlo en cualquier lugar en la calle.
Aquello fue un salto cualitativo importante. Disponíamos de espacio, comodidad y tiempo para recrearnos en las caricias. Guiado por Paqui, mis dedos adquirieron bastante destreza acariciando alrededor, jugando con su vulva, pellizcando pezones, frotando el clítoris, introduciéndose solo lo justo para evitar romper el himen y dejándola con ganas porque si bien al principio mostraba rechazo y enfado si la penetraba más de lo debido, al final sus jadeos se convertían en una protesta cuando retiraba mi dedo de su vagina. También aprendí a usar la boca y la lengua: los orgasmos que le proporcionaba succionándole el clítoris la volvían loca. Y ella también aprendió a acariciarme, al principio torpemente, pero como había tiempo y espacio, pronto sus caricias se volvieron más morbosas, más precisas y más voluptuosas. Comprendí con alegría que ella también disfrutaba dándome placer, no solo recibiéndolo. No se limitaba a darme un desaliñado premio por portarme bien en la cama, ella se recreaba también en el sexo cuando me lo hacía a mí.
Recuerdo aquella primera vez que pudimos disfrutar del piso de su tío y como en esta ocasión no había excusa para que ella no me acariciara a mí. Lo hizo de buen grado, con interés, disfrutando, encendida porque por fin podía ver desnudo y tocar a un chico. Mostró curiosidad por mi pene, por mis testículos, incluso con mi culo, todo lo acarició, lo palpó, con todo jugó y sin embargo su novatez la limitaba. Una vez satisfecha, ella intentó darme placer a mí, pero no atinaba ni con el ritmo ni con la presión adecuada. A poco que lo hubiera hecho me hubiera corrido sin remedio porque no podía estar más caliente. Sin embargo, quizá porque esperaba demasiado, no conseguía concentrarme ni adaptarme a lo que ella me hacía para que sus torpes caricias se transformaran en placer. Así que finalmente tuve que hacerlo yo, masturbándome para acabar, de rodillas, con mi miembro rozando su vientre de vez en cuando para sentir su contacto, su calor, su piel erizada…
Solo al final, cuando ya estuve a punto, llevé su mano a mi pene pidiéndole que apretase. Me bastaba con eso porque mi orgasmo ya no tenía vuelta atrás. Aquello funcionó y ella pudo ver con los ojos como platos, que varios regueros de semen se esparcían sobre su cuerpo y al final, algunos borbotones resbalaban desde la punta cayendo sobre su pubis. Habíamos tardado no sé cuánto tiempo, pero al final yo también conseguí mi placer y me quedé exhausto, viendo como ella observaba muy fijamente su cuerpo y también miraba con atención como mi verga se contraía todavía expulsando algo más de leche, que resbalaba cayendo y formando un grueso grumo en su muslo. Lanzó un gruñido de satisfacción que yo entendí que era por mí, lo cual agradecí. Padecía divertida pero pronto la mirada se le volvió algo turbia. Mordiéndose un labio, sus dedos recorrieron el cuerpo esquivando todos los arroyuelos de semen, acariciándose con mimo. Había recuperado de nuevo las ganas, estaba lista otra vez y aquello la excitaba mucho, según me contó cuando empezamos a hablar sin tapujos de estas cosas. Que un chico eyaculara encima y la llenara de leche la puso muy, pero que muy cachonda. Aquello era ya otro nivel, lo más cercano a follar que había hecho hasta entonces.
Yo me limité a mirarla, viendo cómo finalmente sus dedos cortaban en perpendicular uno de los rastros y se mojaba la yema con el esperma. Su mano izquierda fue hacia sus pechos y comenzó trazar círculos alrededor de uno de los pezones, mientras la derecha manchada con mi leche se escurría hasta su vulva, juntando humedad con humedad e iniciando una caricia en su clítoris, recorriéndolo y presionándolo. Pronto, el mimo se convirtió en un frote intenso. Los dedos dejaron de trazar círculos y de pasar por la punta del pezón para aprisionarlo en una pinza dolorosamente placentera. Intenté participar acariciando sus muslos y llevando la mano a su sexo, pero ella me apartó. Estaba poseída por la urgencia, quería aprovechar el subidón. La imagen de su cuerpo chorreando semen la perturbaba y la excitaba a partes iguales y deseaba llegar al clímax. La vi arquear su espalda, levantar el culo, su pecho se movía temblón y su boca se contrajo en una mueca de gusto. El orgasmo la embistió por segunda vez. Fuerte, intenso, con un solo golpe, dejándola desmadejada. Es un recuerdo que tengo grabado a fuego y nunca lo olvidaré. Incluso creo que se quedó durmiendo unos minutos mientras sus pulsaciones se bajaban, su pecho subía y bajaba con menos intensidad, los ojos cerrados y la boca abierta, con la lengua humedeciendo los resecos labios.
Poco a poco, encuentro a encuentro, fuimos yendo más lejos. Nuestra calentura y nuestro deseo nos empujaban a buscar un placer más intenso, no nos bastaba con el sexo manual ni oral. Pronto, mi pene empezó a recorrer por fuera su coño, jugueteando con sus labios mayores, acariciando con el glande los menores, empujando en dirección a la vagina cada vez un poquito más fuerte, cada vez un poquito más dentro, convenientemente lubricado por sus flujos y los míos. Siempre echándonos atrás en el último momento, frotando mi verga a todo lo largo contra su clítoris, unas veces yo sobre ella y otras ella montada en mí y tomando el control. Juego suficiente para llegar ambos al orgasmo, solo con el roce a veces, otras, ayudándonos con una rápida masturbación para alcanzar el final. Pero eso tampoco bastaba y los dos lo sabíamos. Paqui era una ascua encendida cuando llegaban esos momentos y yo era puro fuego también. Me volvía loco porque ella, tan correcta de puertas para afuera, que en las formas trataba de seguir las indicaciones de su madre, que cuidaba las apariencias, en esos momentos se olvidaba de todo y se mostraba como era en realidad: una jovencita recién terminada la adolescencia deseosa de que la hicieran rabiar de placer, que había encontrado en mí el amante que la complacía, con el que cumplir sus húmedas fantasías y mucho más, porque conectamos como hombre y mujer más allá del sexo. Cuando estábamos juntos en el piso de su tío no había límites para nosotros, ni nada existía fuera de la habitación donde nos entregábamos al sexo. Era como si nos hubiéramos quitado toda la ropa y hasta la piel y fuéramos transparentes, sin nada de lo que avergonzarnos, sin nada que ocultar, sin miedo al otro ni al mundo que nos esperaba ya como adultos. En ese momento éramos felices porque nada nos importaba, nada existía más allá de nosotros, no nos preocupaba el futuro ni el presente, ni nada que no fuera el contacto de nuestras pieles, el intercambio de fluidos, aspirar nuestro olor, el sonido del golpe de carne contra carne.
De manera que al final llegó lo que tenía que llegar. En una de las ocasiones, con ella subida encima y frotándose contra mi pene, situó la punta contra su vagina, abriéndose paso entre los labios y se dejó caer en peso. Noté como entraba casi dos centímetros hasta encontrar oposición. Ya lo habíamos hecho otras veces pero en esta ocasión ella continuó presionando. Su flujo y mi propio líquido preseminal habían lubricado tanto mi verga como su vagina. Esta se dilató, ella cerró los ojos y respiró fuerte por la boca emitiendo un suave ronquido que de repente se rompió en un grito. Yo me quedé muy quieto sin saber muy bien qué hacer. Si hubiera estado arriba la habría sacado inmediatamente, pero ella era la que tenía el control e insistió con un jadeo entrecortado, empujando hacia abajo y forzando a mi polla a penetrar. Finalmente se desgarró su himen y entró hasta casi la mitad. Con un gesto de dolor, aguantó unos instantes intentando estimular su clítoris y masturbarse, pero sus músculos vaginales se contraían y le hacían daño, así que finalmente la sacó y se echó a mi lado, la mano todavía sujetando su vulva con un gesto de dolor.
La rodeé y ella no me rechazó. Estuvimos abrazados un rato, intercambiando besos en la boca, despacito, respetando el brutal cóctel de sentimientos y reacciones que la desfloración le estaba provocando. Los besos de cariño y casi de consuelo que intercambiamos fueron ganando en intensidad y al final transmutaron en pura lujuria. De nuevo estaba lista, el dolor había pasado, los nervios también y ahora quería su orgasmo. Me entretuve con mi boca entre sus pechos y fui bajando por su vientre, por su estómago, por su monte de Venus hasta llegar a su coñito que empecé a lamer con cuidado, temeroso de que todavía lo tuviera resentido. Pero ahora la adrenalina estaba por las nubes, el clítoris hinchado de sangre palpitando y deseando placer, el dolor que todavía sentía quedó ocultado y totalmente sobrepasado por el deseo y el morbo. Continúe lamiendo y chupando. Paqui estaba chorreando. Mi saliva y su flujo empapaban toda la entrepierna y sus muslos. Ella movía la pelvis a punto de llegar al orgasmo y entonces me atrajo hacia sí y me dijo:
- ¡Métemela ahora!
Lo hice con cuidado, introduciéndola centímetro a centímetro, dando marcha atrás en cuanto notaba el más ligero temblor o dolor por su parte y volviendo a meterla de nuevo cuando se pasaba. Así estuvimos un rato hasta que al final estuve completamente dentro de ella, con toda mi verga ocupando su vagina dilatada y mis huevos dando en su perineo. Me dejé ir abrumado por el placer que cada vez me costaba más con tener, a punto de vaciarme. Las sacudidas se volvieron más fuertes. Ella se quejó, a pesar de la fiebre y de las ganas lo tenía muy sensible. Cerró sus muslos contra mis caderas, me empujó hacia adentro para sentirla toda y entonces me pidió que no me moviera. Introdujo la mano entre su vientre y el mío y reptando consiguió llegar a su coñito, tirando de él hacia arriba y presionando sobre el nódulo que frotó con fuerza.
Se corrió con una extraña mezcla de dolor, molestia y placer.
Aquello nos unió más. Yo tenía el temor que, como les había pasado a otras chicas que habían perdido la virginidad con mis amigos, se arrepintieran luego o por el contrario les exigieran un compromiso más firme. Con Paqui no pasó ni una cosa ni la otra. Ella se mostraba cariñosa conmigo, satisfecha y siempre con ese brillo y esa chispa de lujuria cómplice en los ojos que me decía que deseaba repetir, que quería más. Todo ello sin necesidad casi de palabras, sin necesidad de promesas ni de propuestas, dando por hecho que yo había llegado para quedarme en su vida. Cuando por fin hablamos del asunto y fui capaz de ponerle voz y palabras a lo que yo sentía, ella me corroboró que no me había dado su virginidad solo empujada por un calentón o como otras chicas en aquella época, porque deseaban quitarse de encima el engorroso trámite para tener sexo libremente con quien quisieran (eran los ochenta y llegar virgen al matrimonio no se llevaba). Lo había hecho porque entendió casi enseguida que entre nosotros había algo más que sexo. De alguna manera supo que la primera vez sería conmigo.
A partir de ahí nuestras relaciones (ya completas) se normalizaron. Nos buscábamos, jugábamos, nos acariciábamos, hablábamos de cualquier cosa, todo nos hacía gracia, como dos enamorados, no prestábamos atención a lo importante y luego cualquier tontería nos parecía un mundo que nos llenaba de ilusión y expectativas. Aún no estoy seguro de si aquello era verdadero amor o simplemente el deseo de amar que teníamos, como los dos corazones jóvenes que éramos, como dos cuerpos deseando y anhelando placer, como si en el fondo nos diera un poco igual con quién, porque nos costaba poco reflejarnos en el otro.