Vacaciones en la oficina

xhinin

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25 Jun 2023
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Desde que el año pasado acepté un puesto de responsabilidad en la empresa en la que trabajaba mis periodos vacacionales habían cambiado considerablemente: un día a la semana, según el contrato, debía pasar por el despacho, al menos para comprobar la correspondencia y contestar a la más urgente. El caso es que, a priori, no me molestó la idea, pero en la práctica era un auténtico coñazo.
Que terminaran las vacaciones de los demás, pensando con envidia que tenían unas vacaciones estupendas y sin desear que fueran más cortas, para mí era un auténtico alivio, sobre todo por ver de nuevo caras distintas.
Pedro, que me había precedido en el puesto y con el que, gracias a la ayuda que me prestó el primer año, había conseguido una gran amistad, siempre pasaba por mi despacho aquel primer día para charlar.
Fue cuando charlaba con él cuando entró en la oficina mi secretaria. Ella era joven, muy trabajadora y de trato agradable, pero con menos atractivo que una cabra (según mi punto de vista, que ya sabemos que algunos…).
Tenía muy poco pelo, intentando disimular su alopecia con una melenita cardada que, ni se llevaba, ni le quedaba bien. Sus ojos eran grandes y estaban colocados muy juntos en la cara y como torcidos hacia arriba, sin que destacaran ni su nariz ni su boca, bastante normalitas. En cuanto al cuerpo, no tenía grandes pechos (de hecho casi no tenía, a veces se notaban bajo sus blusas anticuadas, pero no era lo habitual) y su trasero, con forma de pera y bastante voluminoso, daba paso a unas piernas cortas que se juntaban en las rodillas al caminar.
Pedro, que sabía que los jefes habían obligado a Pino (la secretaria) a estar conmigo una mañana, no pudo evitar hacer el comentario que siempre veníamos haciendo cuando ella salió de la oficina:
-Para esta, hay que ser muy hombre.
Un “si tu supieras” escapó de mi mente hasta mis labios sin darme cuenta hasta ver la cara sorprendida de Pedro y su pequeña sonrisa pícara. La afirmación de que algo había pasado no se hizo esperar, acompañada de su insistencia para que se lo contara, pero mis negaciones, mis intentos de hacerle creer lo contrario, no tuvieron éxito y tuve que pedirle que cerrara la puerta del despacho con llave.
Comencé a explicarle que el día que ella vino, uno de los primeros de agosto, intenté poner el aire acondicionado, pero estaba roto, así que, sin poder trasladar el ordenador a otro despacho por las conexiones (que están bajo la tarima), tuvimos que trabajar en mi despacho a temperatura ambiente.
Ya sabía que yo lo paso muy mal con el calor y que pronto comienzo a sudar como un cerdo. Fue tal la sudada, a pesar de tener las ventanas y puertas abiertas completamente, que empapé la camisa que llevaba puesta y me sentía totalmente asqueado de mi mismo. Eché varios viajes al baño para refrescar mi cuerpo, pero, sin aguantar más, y puesto que ella se estaba dando cuenta de todo, le pregunté si le importaba que abriera mi camisa, pensando que así, me sentiría algo más fresco.
Pensé en aquel momento que no debía ser nada incómodo para ella, puesto que era verano, la gente en la playa va con bañador y yo, realmente, evitaba que la camisa se me abriera totalmente.
El caso es que seguimos punteando las cuentas, pero me di cuenta de que ella no estaba concentrada. Levanté mi mirada por encima de las gafas que llevo para leer y vi que estaba embelesada mirándome y no precisamente a la cara. Yo dejé de hablarle y ella tardó unos cinco minutos en subir su mirada a mi cara y bajarla avergonzada.
Volví a preguntar si le molestaba, ya que no tenía más que decirlo para que abotonara la camisa, y ella, como disculpa, sin dejar de sentirse azorada, me comentó que llevaba mucho tiempo sin estar tan cerca de un hombre “semidesnudo”. Pensé que el que me mirara era algo natural, mientras me pedía que siguiéramos trabajando, que ya intentaría concentrarse, cuando una idea, en realidad muy inocente, me vino a la cabeza.
-¿Inocente? –dijo Pedro asombrado por mi tranquilidad-. A mí no se me ocurre nada inocente, la verdad.
Seguí hablando, intentando no hacer caso al comentario de Pedro. El caso es que, al ser la muchacha algo beatilla, intenté darle a todo un aire de normalidad para que no se sintiera incómoda, pero poco después, dándome cuenta de que con su edad no era algo tan normal, no pude evitar hacerle algunas preguntas.
Me comentó que siempre se había sentido muy nerviosa teniendo un hombre semidesnudo cerca, ya que era incapaz de mirar a otro lado e incluso se excitaba a veces sólo con la mirada. Por eso, dijo, evitaba ir a las piscinas públicas y demás, aparte de porque pensaba que todo el mundo se reía al verla, haciéndome ver que era consciente de su poco atractivo.
Aquellas últimas palabras hicieron que comenzara a sentir pena por ella, siendo mi primera reacción preguntarle si alguna vez había visto a un hombre desnudo.
“Una vez –dijo totalmente colorada, bajando la mirada, intentando evitar pensar que estaba allí contándome aquello-. Un tío mío pasó una mala racha y vino a vivir a casa. Yo tendría unos 18 años. Un día, entré al baño y le vi secándose tras haberse dado una ducha. Recuerdo que pasé unas dos semanas con su imagen en la cabeza, aunque él no le dio importancia ninguna. Incluso a veces, por la noche, entre sueños o al despertar, volvía a recordar su imagen desnuda y… me tocaba.
Cuando fui a confesarme a la iglesia el sacerdote hizo que me sintiera tan mal que, desde entonces, he evitado la ocasión de ver hombres y, sobre todo, de tocarme, aunque debo reconocer que a veces sigo pensando en mi tío, o imaginándome a otros hombres.”
Aquel comentario lo hizo con muy poca voz, haciéndome pensar que yo era uno de los hombres que imaginaba en su soledad, cosa que me extrañaba por un lado, ya que con 50 tacos, no tenía yo un cuerpo muy excitante (o al menos eso pensaba).
Ante todo aquello no se me ocurrió otra cosa que utilizar mis conocimientos psicológicos y le expliqué que era todo normal y que tenía en la cabeza una forma en la que podría superar sus traumas y podría verlo todo con más tranquilidad.
 
Ella esperó que siguiera con mi explicación, pero yo no iba a seguir si ella no me daba pie explícito, ya que lo que iba a proponerle se podría malinterpretar y quería estar seguro de que ella estaba segura de preguntarme. Tardó unos minutos en hacerlo.
Intenté dejar claro que mi propuesta no era nada indecente y que, en realidad, sólo pensaba en ayudarla, así como que podía aceptarla o negarla y que allí, entre nosotros dos, quedaría.
Cuando afirmó, intrigada por mi oferta, fue cuando se lo expliqué.
Si quería podía desnudarme delante de ella, para que ella pudiera mirarme sin sentirse tan incómoda, siendo posible incluso, si quería, que me tocara, con el fin de que fuera superando su problema. Fue entonces cuando me preguntó por mi mujer y le dije que no se preocupara por ella.
-Vamos, que le explicaste que fue tu mujer la que te curtió en este tipo de acciones, ¿no? –interrumpió Pedro conocedor de que, en nuestra juventud, mi mujer me hacía desnudarme delante de sus amigas para que conocieran la anatomía de un hombre, ya que en aquella época y en nuestro entorno, todo lo relacionado con el sexo (y parecía ser que observar a un hombre o una mujer desnudos era ya algo sexual) estaba algo mal visto, mientras nosotros lo veíamos como algo natural-.
Confirmé a Pedro que le había contado algo y, sobre todo, que le había dejado claro que todo aquello no tenía para mí más connotaciones que las de una mirada, con menos ropa de lo normal, sin morbo para mi, debido a las veces que ya lo había hecho, antes de seguir con la explicación.
“El caso es que ella no paraba de mirar al suelo evitando mi mirada, pensando en la proposición que yo le había hecho, mientras yo esperaba callado, con la intención de que no se sintiera presionada.
Tardó algo en contestarme que no, que no veía que aquello pudiera solucionar el problema y que sería mejor que siguiéramos trabajando, ante lo cual le pregunté si quería que me abrochara la camisa de nuevo para evitar la tentación, y tras su negativa, seguimos trabajando.
Yo enseguida cogí el ritmo sin problemas, pero ella, que siempre había sido muy seria trabajando, seguía sin concentrarse. Yo, tras la propuesta hecha, intentaba no darle importancia a los fallos y la corregía paternalmente, intentando que no se sintiera observada, ya que estaba muy azorada y nerviosa, sin poder evitar mirarme, con las mejillas totalmente encendidas y sus pechos erectos (cosa que notaba bajo su camiseta, ya que no llevaba sujetador).
Había pasado algo así como una hora cuando de sus labios, casi inaudible, surgió la pregunta que lo desencadenó todo:
-¿De verdad me dejarías…?
Alcé mi mirada con las gafas en la punta de la nariz (mi mujer reía cuando me veía así, pues decía que me parecía a Gepetto, el padre de Pinocho) hasta encontrar sus ojos que, ahora, no me evitaban, aunque ella parecía bastante nerviosa. La verdad es que no me lo esperaba, así que tardé en reaccionar.
-A mi me da lo mismo –le dije intentando dejar claras mis intenciones-. Simplemente sería un favor, una clase de anatomía práctica, sin más. Tú decides.
Ella asintió con la cabeza levemente, por lo que le pedí que comprobara que todas las puertas estaban bien cerradas mientras yo salía para comprobar que nadie podría entrar a la oficina, al menos sin llave. Después, me aseguré bien de que las persianas del despacho quedaran bien cerradas, de modo que nadie pudiera vernos desde fuera, pues estábamos en una planta baja. Ella aprovechó para ir al baño, maliciosamente pensé incluso en su sexo, pensando que, si aquella frasecita de mi tio de “ninguna mujer es fea por donde mea” sería realidad también con aquella señorita tan poco agraciada. No obstante, mis pensamientos no lograron que me excitara, pues todo lo que la adornaba me echaba bastante hacia atrás.
Cuando ella regresó yo ya estaba dispuesto, situado justo en medio del despacho, frente a su silla. Sus manos temblaban y su cabeza parecía no querer mirar hacia el frente, tuve incluso que pedirle varias veces que se sentara en su silla antes de que lo hiciera.
Volví a dejarle claro, antes de comenzar, que si en algún momento se sentía incómoda lo dejaría y que no tenía en mi cabeza ninguna intención maliciosa (con otras palabras, lógicamente) esperando que se echara para atrás, ya que, justo en ese momento, la idea no me pareció tan buena, pero, aunque yo creía que realmente no quería que lo hiciera, ella seguía afirmando con la cabeza. Fue entonces cuando los nervios surgieron en mi cabeza, algo débiles, sinceramente, pensando que, siendo yo el jefe, la situación se podría malinterpretar y podrían surgir problemas, pero mi sentido del deber (del deber cumplir el acuerdo que yo mismo había propuesto, claro) se hizo más fuerte y, a pesar de mis dudas, comencé a desnudarme.
Me quité el cinturón para darme después la vuelta, pensando que se sentiría más cómoda si yo me giraba, así que desabroché el pantalón y bajé la bragueta de mis pantalones de espaldas a ella, para después quitármelos totalmente. Sin ninguna prisa los doblé cuidadosamente y los puse sobre el respaldo de mi silla, dándome cuenta de que, al haberme llevado toda la ropa a la casa del campo donde estaban mi mujer y mis hijos, y habiendo olvidado algo de ropa interior “decente”, aquel día había tenido que ponerme unos slips viejos que tenía, a pesar de que yo considerara que eran los más cómodos de mi colección.
Eran uno de esos calzoncillos blancos de mercadillo, de esos de algodón con dibujitos redonditos, pequeños, de color granate, que, por efecto del tiempo, tenían las gomas elásticas algo dadas de si, sobre todo aquellas que se recogían en las ingles, lo que hacía que mi entrepierna campara a sus anchas. De hecho, cuando estábamos solos en casa, mi mujer siempre hacía que me los pusiera, pues, según mi mujer, era con los que mejor se me veía el paquete, tanto es así que, a veces, incluso el pene o alguno de mis testículos salía por los lados. La idea de que aquello estuviera pasando me excitó, al pensar que, aún a tiempo de que ella se echara para atrás, tendría que ver parte de mi anatomía sin quererlo, fue por eso por lo que decidí girarme, preguntando otra vez si estaba segura de aquello.
Ella lo miró absorta, como hipnotizada, mientras los colores iban y venían de sus mejillas. Yo, que me había colocado tras la mesa para dejar los pantalones, me acerqué de nuevo al centro del despacho (a un metro o algo así de ella) más que nada para que viera cómo se me movía al andar y nervioso ante la idea de que se me pudiera salir algo. Quizá pienses que la situación o su mirada me empezaron a poner cachondo, pero la verdad es que quizá la costumbre de haberlo hecho tantas veces, quizá el verdadero hecho de que ella no me atrajera nada, hacía que todo aquello reposara ajeno a las miradas.
No quise seguir hasta que ella reaccionara, y lo hizo con un imperativo, aunque débil “sigue”.
 
Ella esperó que siguiera con mi explicación, pero yo no iba a seguir si ella no me daba pie explícito, ya que lo que iba a proponerle se podría malinterpretar y quería estar seguro de que ella estaba segura de preguntarme. Tardó unos minutos en hacerlo.
Intenté dejar claro que mi propuesta no era nada indecente y que, en realidad, sólo pensaba en ayudarla, así como que podía aceptarla o negarla y que allí, entre nosotros dos, quedaría.
Cuando afirmó, intrigada por mi oferta, fue cuando se lo expliqué.
Si quería podía desnudarme delante de ella, para que ella pudiera mirarme sin sentirse tan incómoda, siendo posible incluso, si quería, que me tocara, con el fin de que fuera superando su problema. Fue entonces cuando me preguntó por mi mujer y le dije que no se preocupara por ella.
-Vamos, que le explicaste que fue tu mujer la que te curtió en este tipo de acciones, ¿no? –interrumpió Pedro conocedor de que, en nuestra juventud, mi mujer me hacía desnudarme delante de sus amigas para que conocieran la anatomía de un hombre, ya que en aquella época y en nuestro entorno, todo lo relacionado con el sexo (y parecía ser que observar a un hombre o una mujer desnudos era ya algo sexual) estaba algo mal visto, mientras nosotros lo veíamos como algo natural-.
Confirmé a Pedro que le había contado algo y, sobre todo, que le había dejado claro que todo aquello no tenía para mí más connotaciones que las de una mirada, con menos ropa de lo normal, sin morbo para mi, debido a las veces que ya lo había hecho, antes de seguir con la explicación.
“El caso es que ella no paraba de mirar al suelo evitando mi mirada, pensando en la proposición que yo le había hecho, mientras yo esperaba callado, con la intención de que no se sintiera presionada.
Tardó algo en contestarme que no, que no veía que aquello pudiera solucionar el problema y que sería mejor que siguiéramos trabajando, ante lo cual le pregunté si quería que me abrochara la camisa de nuevo para evitar la tentación, y tras su negativa, seguimos trabajando.
Yo enseguida cogí el ritmo sin problemas, pero ella, que siempre había sido muy seria trabajando, seguía sin concentrarse. Yo, tras la propuesta hecha, intentaba no darle importancia a los fallos y la corregía paternalmente, intentando que no se sintiera observada, ya que estaba muy azorada y nerviosa, sin poder evitar mirarme, con las mejillas totalmente encendidas y sus pechos erectos (cosa que notaba bajo su camiseta, ya que no llevaba sujetador).
Había pasado algo así como una hora cuando de sus labios, casi inaudible, surgió la pregunta que lo desencadenó todo:
-¿De verdad me dejarías…?
Alcé mi mirada con las gafas en la punta de la nariz (mi mujer reía cuando me veía así, pues decía que me parecía a Gepetto, el padre de Pinocho) hasta encontrar sus ojos que, ahora, no me evitaban, aunque ella parecía bastante nerviosa. La verdad es que no me lo esperaba, así que tardé en reaccionar.
-A mi me da lo mismo –le dije intentando dejar claras mis intenciones-. Simplemente sería un favor, una clase de anatomía práctica, sin más. Tú decides.
Ella asintió con la cabeza levemente, por lo que le pedí que comprobara que todas las puertas estaban bien cerradas mientras yo salía para comprobar que nadie podría entrar a la oficina, al menos sin llave. Después, me aseguré bien de que las persianas del despacho quedaran bien cerradas, de modo que nadie pudiera vernos desde fuera, pues estábamos en una planta baja. Ella aprovechó para ir al baño, maliciosamente pensé incluso en su sexo, pensando que, si aquella frasecita de mi tio de “ninguna mujer es fea por donde mea” sería realidad también con aquella señorita tan poco agraciada. No obstante, mis pensamientos no lograron que me excitara, pues todo lo que la adornaba me echaba bastante hacia atrás.
Cuando ella regresó yo ya estaba dispuesto, situado justo en medio del despacho, frente a su silla. Sus manos temblaban y su cabeza parecía no querer mirar hacia el frente, tuve incluso que pedirle varias veces que se sentara en su silla antes de que lo hiciera.
Volví a dejarle claro, antes de comenzar, que si en algún momento se sentía incómoda lo dejaría y que no tenía en mi cabeza ninguna intención maliciosa (con otras palabras, lógicamente) esperando que se echara para atrás, ya que, justo en ese momento, la idea no me pareció tan buena, pero, aunque yo creía que realmente no quería que lo hiciera, ella seguía afirmando con la cabeza. Fue entonces cuando los nervios surgieron en mi cabeza, algo débiles, sinceramente, pensando que, siendo yo el jefe, la situación se podría malinterpretar y podrían surgir problemas, pero mi sentido del deber (del deber cumplir el acuerdo que yo mismo había propuesto, claro) se hizo más fuerte y, a pesar de mis dudas, comencé a desnudarme.
Me quité el cinturón para darme después la vuelta, pensando que se sentiría más cómoda si yo me giraba, así que desabroché el pantalón y bajé la bragueta de mis pantalones de espaldas a ella, para después quitármelos totalmente. Sin ninguna prisa los doblé cuidadosamente y los puse sobre el respaldo de mi silla, dándome cuenta de que, al haberme llevado toda la ropa a la casa del campo donde estaban mi mujer y mis hijos, y habiendo olvidado algo de ropa interior “decente”, aquel día había tenido que ponerme unos slips viejos que tenía, a pesar de que yo considerara que eran los más cómodos de mi colección.
Eran uno de esos calzoncillos blancos de mercadillo, de esos de algodón con dibujitos redonditos, pequeños, de color granate, que, por efecto del tiempo, tenían las gomas elásticas algo dadas de si, sobre todo aquellas que se recogían en las ingles, lo que hacía que mi entrepierna campara a sus anchas. De hecho, cuando estábamos solos en casa, mi mujer siempre hacía que me los pusiera, pues, según mi mujer, era con los que mejor se me veía el paquete, tanto es así que, a veces, incluso el pene o alguno de mis testículos salía por los lados. La idea de que aquello estuviera pasando me excitó, al pensar que, aún a tiempo de que ella se echara para atrás, tendría que ver parte de mi anatomía sin quererlo, fue por eso por lo que decidí girarme, preguntando otra vez si estaba segura de aquello.
Ella lo miró absorta, como hipnotizada, mientras los colores iban y venían de sus mejillas. Yo, que me había colocado tras la mesa para dejar los pantalones, me acerqué de nuevo al centro del despacho (a un metro o algo así de ella) más que nada para que viera cómo se me movía al andar y nervioso ante la idea de que se me pudiera salir algo. Quizá pienses que la situación o su mirada me empezaron a poner cachondo, pero la verdad es que quizá la costumbre de haberlo hecho tantas veces, quizá el verdadero hecho de que ella no me atrajera nada, hacía que todo aquello reposara ajeno a las miradas.
No quise seguir hasta que ella reaccionara, y lo hizo con un imperativo, aunque débil “sigue”.
Y yo ahora te pido con un fuerte "SIGUE", no nos dejes así....😉
 
Esta vez no me giré y, bastante despacito, fui bajando los calzoncillos, primero dejando que se viera el pubis, totalmente cubierto de vello, para más tarde mostrar mi sexo colgando. No me paré ahí, para que ella se recreara, y seguí bajando hasta la mitad del muslo, hasta las rodillas, hasta dejarlos caer totalmente, quedando en los tobillos.”
-Yo a esas alturas estaría ya empalmao -dijo Pedro algo boquiabierto-. Mi polla se pone muy orgullosa cuando la miran.
“Normalmente la mía también, no te creas, pero en ese momento yo la tenía relajada, totalmente relajada, colgando tranquilamente, mientras ella la miraba con cierta expectación.
-Creía que eran más grandes –dijo de repente, sin dejar claro si se refería a los testículos o, en general, a los penes, aunque solo tuviera delante uno-.
Me miré, esperando que estuviera como siempre la recordaba, y fue así. Estaba gruesa, totalmente cubierta por su propio pellejo, que siempre me había parecido suave, pero flácida. Yo sabía que era un buen pene, de hecho, en los partidos de fútbol los compañeros solían sorprenderse de que la tuviera tan larga y gruesa en reposo y solían preguntar si tenía problemas para levantarla, cosa que, gracias al cielo, no era así, ya que conocía a algunos tipos que, teniendo un pene poco más largo y/o grueso, no podían empalmarlo más que cuando estaban excesivamente excitados. Le contesté que no era de las más pequeñas, seguramente buscando mantener mi hombría en buen lugar, y que crecía cuando me excitaba. Pensé que, quizá, quisiera saber cómo se excitaba, aunque estaba absorta admirándola, así que seguí con mi explicación:
-Una mirada, un pensamiento, una caricia,… a veces no puede uno controlarlo y se dan unas situaciones bastante comprometidas.
Tras unos minutos en silencio y pensando que con aquello podría dar por terminada mi exposición, me agaché para vestirme.
-Quiero ver como se mueve –dijo-.
Yo al principio no lo entendí, primero porque lo dijo casi susurrando, avergonzada, después, porque no sabía exactamente a lo que se refería. Pensé que querría ver cómo se movía mientras yo andaba, así que dejé los slips en el suelo, lanzándolos con mi pie justo al lado de ella, mientras mi sexo se balanceaba por el rápido movimiento realizado, y me retiré hacia el fondo del despacho, para andar solo hasta la mitad del mismo. La verdad es que la sensación del roce de los testículos con el interior de mis muslos, el balanceo de la minga de un lado a otro al andar, me hacía sentir totalmente liberado. Incluso el roce de la camisa, que aún llevaba puesta, abierta, sobre mis pectorales, sobre mis pezones, me era agradable.
Esperé unos minutos nuevas órdenes, y justo cuando le iba a pedir, con toda la malicia del mundo, que me lanzara la ropa interior para empezar a vestirme, se levantó de su silla y se acercó a mi. Aquello me sorprendió, pero la dejé hacer con toda la tranquilidad del mundo. Se colocó detrás para quitarme despacio la camisa. Me noté totalmente empapado, seguramente toda mi piel estaba colorada por el calor, sintiendo cierta frescura al notarse despojada de ropa.
Dejó la camisa con cuidado sobre el respaldo de su silla y volvió a colocarse a mi espalda. Comenzó acariciándome el cuello, los hombros, la espalda, bajando por mis glúteos para después pasar con sus manos a mis pectorales, donde se entretuvo jugando con mis pezones, cada vez más erectos por el efecto de sus caricias, que hacían que desconfiara de que aquella fuera la primera vez que tocaba a un hombre.
Acercó su boca, todo lo que pudo, hasta mi oreja, supongo que empinando ligeramente los pies, ya que mi altura era superior a la suya.
-Quiero tocártela.
Lo dijo como en un suspiro, tras lo cual yo me giré hacia ella, sorprendido, mirándola interrogante, justo a los ojos, mientras ella volvía la mirada al suelo, temblando como si estuviera cometiendo un pecado, descubriendo de nuevo ahora una cierta inocencia, una cierta súplica, un interés ante el que no pude negarme.”
Pedro me miró, sabiendo que mi aceptación se debía más a la lástima que su físico me producía que a cualquier tipo de excitación que pudiera estar provocándome aquella situación.
“Le indiqué que se sentara y, tras coger cierto valor, intentando evitar el pensamiento de que aquello me podría salir caro si ella finalmente decidía denunciarme, puesto que sería su palabra contra la mía, me acerqué a ella, parando mis genitales frente a su cara prácticamente. Ella miró mi sexo durante minutos, como si fuera incapaz de creerse lo que había dicho, de creer que yo había aceptado con toda naturalidad (ya que con las amigas de mi esposa este tipo de jueguecitos también había sido normal).
Una de sus manos se acercó a mis huevos, despacio, casi temblando, hasta llegar a palparlos algo más fuerte de lo que yo esperaba. Le pedí que los tratara con delicadeza, ante lo cual las yemas de sus dedos se pasearon por ellos, logrando que mi escroto fuera encogiéndose ligeramente, mientras mi picha se iba poniendo morcillona, alzándose poco a poco.
A mi mujer, le expliqué, le encantaba palparme los huevos porque decía que los tenía muy gordos y redonditos. Ella asintió con la cabeza, sin dejar de mover sus dedos por allí, absorta sin dejar de mirarlos. Después pasó a acariciar el pene, cada vez más endurecido, pero aún con la cabeza tapada por la piel. Fue ella quien lo descapulló para verlo bien. Paseó sus yemas por mi glande, rozando el agujero y produciendo en mí una sensación que hizo que me apartara. Aquello hizo que se preocupara, pidiendo disculpas, pero yo le dije que era algo normal, que no pasaba nada, que simplemente me había excitado. De hecho, toda mi piel se había erizado por el placer.
Tardé algo en convencerla de que no había sido nada, y ella tardó en seguir con su exploración. Mi polla se mantenía totalmente descapullada, aunque no estuviera totalmente erecta aún, manteniéndose bastante firme frente a ella, mientras mi trasero reposaba en el borde de la mesa. Yo la miraba paternalmente, sin apenas morbo, mientras ella seguía acariciándome, aunque mi polla cada vez se endureciera más.
Me di cuenta de que sus manos parecían ir cogiendo experiencia por momentos, en las caricias en mi escroto, en cómo me iba cogiendo la polla. Se hizo evidente cuando noté como rodeaba la base de mi miembro para, con más fuerza de la que esperaba, empezar a meneármela, ayudándose de la piel de mi propia minga.
 
Acercó sus finos labios a la punta de la minga y la besó con dulzura, mientras yo notaba su aliento caliente, cosa que, sinceramente, me produjo hasta cierto respeto, aunque quise entender el sorprendente gesto como un agradecimiento, por lo que no me aparté ni le dije nada. Noté entonces que, con la mano, levantaba el pene para bajar con su boca hasta mi escroto. Lamió la piel que guardaba mis testículos con dulzura, de abajo a arriba, sin encontrar vello, ya que ese mismo fin de semana mi mujer se había ocupado de rasurármela con delicadeza, dejando sus babas en ella, llegando a producirme una ligera repugnancia. Fue entonces cuando me di cuenta de que la cosa se estaba saliendo de lo que debía ser, pero me daba lástima, así que no hice realmente nada por evitarlo.
Noté como una de sus manos acariciaba la parte interna de mis muslos, subiendo poco a poco, hasta tocar la parte entre mi escroto y mi ojete, apretándolo en busca de mi ano, donde introdujo ligeramente la punta de uno de sus dedos, mientras succionaba uno de mis testículos que, casi sin darme cuenta, había metido en su boca. Lo hizo como si quisiera arrancarme el huevo, así que no tuve más que pedirle que dejara de hacerlo, pero me dio miedo intentar cogerle la cabeza por si me hacía más daño del que ya sentía.”
Pedro tuvo que abrir sus piernas para poder colocarse el pene, que se le había puesto duro como una piedra imaginando la escena como si fuese él mismo el objeto de aquella felación.
“De repente –seguí comentando-, rodeó mis huevos con una de sus manos. Había unido el índice y el pulgar cerrándolos por encima de los testículos, que dejó colgar mientras cerraba los dedos y su cara se apartaba de mi. Fue entonces cuando tiró de ellos hacia abajo y tirando ligeramente hacia ella, tuve que apartarme de la mesa, hasta que mi pene llegó a su boca.
Me metía y sacaba la polla de la boca con ansiedad, mordiendo incluso, lamiendo la cabeza de mi polla mientras su mano dirigía los movimientos de mi pene y de mi cuerpo.
Mis jadeos, mientras agarraba su cabeza intentando apartar mi sexo de ella, hubieran despertado al más sordo, incluso creo que llegué a insultarla en varias ocasiones, esperando que reaccionara y me soltara, pero parecía una loba, comiéndomela como si fuera la única esperanza de sobrevivir.
No sé cómo logré sacarla de allí un segundo, momento que aprovechó para golpear mi cuerpo, incluso mi pene, que se movió de un lado a otro mientras yo me retorcía de dolor, lo que aprovechó para enganchar de nuevo mis huevos, esta vez apretándolos directamente, y meterse la polla otra vez en la boca.”
Pedro, que solía ser muy hablador, asistía en silencio al relato, que contaba con aparente tranquilidad, bajando la mirada a veces, como si estuvieramos en un confesionario.
“Una vez que mi pene estaba otra vez dentro de su boca me di cuenta de que era inútil intentar que me dejara, así que me dejé hacer. Ella seguía ansiosa, apretando su mandíbula en mi pene, tocando mis huevos, apretándome la base del pene, rozando con su lengua la cabeza de mi pene, mientras mi cuerpo se erizaba. Yo no conseguía cerrar mi boca, jadeante, mientras mi cara se retorcía entre el dolor y el placer. Incluso a veces notaba el roce de sus manos en mis glúteos, que se contraían continuamente con cada uno de sus roces.
Sabía que aquella ansiedad no iba a durar demasiado, así que esperé, esperé que su mamada se volviera más dulce, más tranquila y pausada. Poco a poco iba acercándome a ella, separándome de la mesa del despacho, no sin antes haber cogido los pantalones, para, en uno de sus descuidos, poder salir pitando de allí, poniéndomelos donde o como pudiera.
Ella, cada vez, chupaba con más delicadeza, se notaba que disfrutaba con cada metida de mi pene en su boca, con cada roce de su lengua en mi frenillo, mientras me miraba con deseo. La verdad es que su imagen venerando mi pene, admirándome de rodillas, me producía asco, a pesar de que la polla no se me bajara.
Le dije que era una auténtica puta, lo que hizo que parara para mirarme con una sensualidad poco habitual en ella, orgullosa, dejando mi polla al aire un segundo, totalmente erecta, brillando por todas las babas que en ella habían quedado, mientras notaba en mi cuerpo, y sobre todo en la cabeza de la minga, una brisa paseando por el despacho.
La oportunidad estaba más que clara. Supe que estaba cansada de chupar y fue entonces cuando decidí salir corriendo de allí: mi pene se movía recordándome una plancha de las que se utilizan en los saltos a las piscinas. Pegando ligeros saltos para levantar las piernas intentaba meterme los pantalones, pero tuve que parar unos segundos para poder subírmelos al meterlos en cada una de las piernas, eso sí, me puse el botón, pero no pude cerrar la bragueta, saliendo mi pene por ella, dados los movimientos, incluso teniendo que sacar los huevos, que tan sensibles estaban que ante cualquier roce parecían querer hacer que me corriera.
Salí hacia la puerta de salida, comprobando que estaban bien cerradas y que nadie pasaba por ahí, busqué en mis bolsillos las llaves, pero no estaban, entonces las oí tras de mi.
-No podrás salir hasta que termine contigo –dijo ella moviéndolas entre sus manos-.
Caí con las rodillas en el suelo, vencido, suplicante, pero ella no se rindió. Me pidió que volviéramos al despacho y allí me castigó de nuevo, golpeándome, por no haber sido un chico bueno. Se ensañó especialmente con mi pene, de nuevo, haciéndome menos daño que antes, pues con la movida, a pesar de seguir morcillón, se había bajado algo.
Me empujó hasta uno de los rincones, y, sin casi darme cuenta, me quitó los pantalones de nuevo para volver a meterse la polla en su boca. Ahora estaba más furiosa que antes, mordía con más fuerza, apretaba mis huevos con más fuerza, incluso levantaba las manos para apretar mis pezones, recreándose en mi piel húmeda. Yo, mientras tanto, dejé mis manos en alto, retorciéndome continuamente, pero totalmente entregado a ella, sabiendo que ahora era ella quien tenía la sartén por el mango, pensando que, si me resistía, la cosa iba a ser muchísimo peor.
Fue cuando noté que iba a correrme cuando intenté controlar la explosión, cuando volví a pedirle que me dejara, que me soltara. Llegué a insultarla, cogiendo su cabeza, pero ella se asía a mi polla. Mis intentos por sacársela, a pesar de todo, fueron vanos, pues, aunque trataba de echar mi cuerpo hacia atrás, me tenía totalmente aprisionado en aquella esquina. Le expliqué, como en aquel momento pude, que me estaba conteniendo, que mi semen entraría en su boca mientras jadeaba como un loco. No sé por qué me empeñaba en seguir enseñándole, como un antiguo maestro, cuando estaba demostrando que no sólo sabía de sexo, sino que le encantaba.
En aquel momento su mano volvió a acariciar mis cojones que estaban totalmente prietos, pegados a mi pene. Llegó con sus manos a rodear la base de mi pene y apretar, mientras la punta de su lengua acariciaba mi frenillo con una rapidez insólita. Seguí aguantando la corrida todo lo que pude, no sé si fueron uno, diez o veinte segundos, pero me pareció una eternidad, hasta que como preveía, comencé a correrme. Corté la corrida varias veces, intentando darle la oportunidad de soltarme, pero pareció gustarle aquello, por la mirada que lanzó hacia arriba, a mi cara.
Me dejé llevar por la excitación, mi cuerpo se convulsionaba como nunca lo había hecho mientras yo me dejaba caer en el suelo con las piernas, cada vez más flojas, totalmente abiertas, mientras le ofrecía mi sexo ya sin contemplaciones. La corrida fue larga y densa, incluso llegó a ayudar a que la caricia de la lengua de Pino tuviera un tacto distinto sobre mi glande. Fue tanto lo que salió de mi pene, que incluso noté cómo parte de mi semen se le escapaba de la boca y corría caliente por mis testículos.
No tardó en soltarme después de parar. Yo, exhausto, intentaba reponerme: las piernas me temblaban, el pene parecía seguir sintiendo caricias que ya no existían, mis manos apretaban mi frente mientras mi cabeza se movía de un lado a otro sin llegar a creer lo que había pasado, mis pulmones respiraban ansiosamente para recuperar la normalidad…
 
Me incorporé poco después, sintiendo como el sudor había pegado algunos papeles de los que había quitado de la mesa al principio en mi trasero, pero sin ganas de quitarlos siquiera. Ella acercó su cara a la mía, para mostrar que aún llevaba mi semen en la boca. Lo tragó frente a mi, para después limpiar las comisuras de su boca, como una auténtica buscona de película.
-Ahora ve a lavarte –dijo tras su hazaña-, yo creo que ya he hecho bastante esta mañana y me voy.
Aquello me dejó alucinado, ni siquiera podía hablar, mientras ella recogía su bolso y comenzaba a salir del despacho. Se detuvo en la puerta y me miró antes de marcharme:
-Nunca te fíes de una sonsa, aunque te prometo que, si tu no lo cuentas, nadie lo sabrá jamás.
La miré confundido, con la boca abierta, incrédulo, mientras ella sonreía.
-Algún día repetiremos, pero no te la voy a soltar hasta que te corras más veces.
Aquello me dio miedo y me excitó a la vez, de hecho, mi picha volvió a crecer. Hacía mucho que tras correrme no se me ponía tan tiesa. Ella la miró, orgullosa, pero pese a que temí que volviera a por ella, sonrió y se marchó.
Tras oír la puerta, tras comprobar que había dejado las llaves sobre la mesa, me tendí en el suelo. Mi cuerpo casi no me respondía, y cinco minutos de descanso no vendrían mal. Acaricié mis pelotas y mi picha con la mano, sin saber realmente si seguían ahí después de tal hazaña. Creo incluso que, con el roce de mi mano, algo más de lefa logré echar, y después creo haber perdido incluso la conciencia durante unos minutos.
Salí del despacho desnudo, exhausto pues los minutos en el suelo no habían servido para recuperarme más que un poquillo, en dirección al baño. A esas alturas ya me importaba poco que alguien me pudiera pescar en aquellos menesteres. Supongo que alguna gota de semen todavía saldría de mi pene o caería de mis testículos al menearse todo mi sexo al andar. Al llegar apoyé la minga sobre el lavabo, pero al intentar lavarme noté que aún tenía la piel sensible. Miré mi pene con angustia, rezando porque no tuviera ninguna marca de sus mordiscos, pues aunque aquella noche podía evitar que me viera desnudo mi mujer, no sería muy normal y ella sospecharía.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo hábil que era, pues a pesar de lo sensible que estaba no se veía ningún tipo de marca.
Comencé a echar agua fría sobre mi pene, lo cual realmente me aliviaba, y al rato intenté lavarlo con jabón, incluso lavé mi escroto y tras refrescarme volví al despacho para terminar de vestirme, teniéndome que quedar unas dos horas más de lo previsto para terminar el trabajo, cosa que hice mezclando el temor porque dijera nada con la responsabilidad del cargo.”
El silencio se hizo en el despacho durante unos minutos, el relato había sorprendido demasiado, tanto como excitado.
-Tenía que ser muy zorra –dijo Pedro, entonces, con una sonrisa maliciosa, alegrándose por no haber sido él el centro de aquella pasión, pero siendo consciente de que el peligro le acecharía, al menos en su mente-.
El caso es que, después de contarlo todo, pensé que no había hecho bien en hablar, aunque tuviera la certeza de que Pedro no lo soltaría. Ella, ni siquiera lo había recordado en esos primeros días tras las vacaciones, aunque yo no paraba de bajar la cabeza cada vez que me la cruzaba o la llamaba a mi despacho, cuidando mucho no cerrar la puerta.
-Bueno, -dijo levantándose mi amigo- me voy a trabajar un poco, aunque no creo que pueda hacer mucho con esa historia en mi cabeza.
-No deberías salir así -le dije haciéndole ver que la erección que todo aquello le había producido -, siéntate.
Fue en ese momento cuando Pino entró en el despacho, sin que a Pedro le hubiera dado tiempo a hacerme caso, mientras yo, divertido, miraba cómo Pedro tapaba su excitación frente a ella. El caso es que, en el rato en que ella estuvo allí organizando un poco el trabajo y explicando ciertos problemas que se habían dado no logró que se le bajara, mientras la observaba con cierto morbo.
Cuando ella se volvió a él, notó su secreto y bajó su mirada, mientras él se sonrojaba. En un primer momento, por la reacción casi puritana de ella, sé que él pensó que la historia era falsa, lo cual hizo que, además, se sintiera algo defraudado.
Después, entendiendo lo que acababa de pasar, levantó su cara para mirarme en silencio, con un reproche callado, mientras una lágrima parecía salir de sus ojos. Pedro, por su parte, se había palpado el paquete colocándose el nabo mientras miraba el trasero de la chica.
Pino cogió aire, y, tras relajarse, limpió su cara ligeramente y salió del despacho, sin hacer más caso a Pedro, al que hubiera gustado un capítulo más de la historia en que se le involucrara.
Pasamos la mañana trabajando, con la incomodidad de no haber resuelto la situación.
Pedro, cada vez que se cruzaba con ella, la miraba con una mezcla de deseo e incredulidad, mientras ella, tanto con él como conmigo, agachaba la cabeza avergonzada.
Como era habitual, los compañeros fueron marchando conforme llegaba la hora de salida, mientras nosotros tres solíamos ser los últimos en marchar. Pese a que mi indiscreción había tintado la jornada de una sensación extraña, Pino actuó como siempre, saliendo tras darle yo permiso, mientras Pedro y yo tuvimos que resolver, a final de la jornada, una situación laboral que nos obligaría a quedarnos algo más de tiempo.
Tardamos casi una hora en definir las acciones a llevar a cabo nada más entrar al día siguiente, y, tras darlo todo por cerrado, fue cuando comentamos la situación.
-Escucha, Pedro, la próxima vez que te cuente algo intenta ser más discreto -dije con seriedad mirándole a los ojos-.
-La próxima vez, piénsalo antes de contarme nada -contestó-: me conoces bien y sabes que hay cosas que no puedo evitar. Incluso si no termino de creer tus historias.
Era cierto que, pese a estar casado, las mujeres le atraían de una forma poderosa, fantaseando habitualmente con encuentros que, si bien nunca se hacían realidad, le distraían en el día a día. Envidiaba que mi mujer y yo hubiésemos pasado ciertas situaciones juntos y, pese a que nunca lo confirmaría, le encantaría que con su mujer pudiera llegar a tal complicidad.
-Pino trabaja bien y, el otro día, fui yo quien se ofreció. No creo que se deba tratar el asunto como lo has hecho.
Seguramente un reproche hubiera salido de su boca, indicando que no había hecho nada. Yo, tras haber marcado la línea de acción, pese a que debía haber sido algo que no tendríamos que haber tratado, siendo él, como era, superior mío, esperaba para comentarle que sus miradas, sus sonrisas, y, sobre todo, las erecciones que había tenido durante la jornada, no eran “no haber hecho nada”, pero la voz de la secretaria nos sorprendió desde la puerta.
-Gracias… -dijo mirándonos fijamente-.
Levanté la cabeza para comprobar, tras la sorpresa inicial, que estaba allí. Nos miraba sin disimular su enfado.
-Quisiera disculparme -dije intentando aclarar la situación-, tanto por mi parte como por la de él: yo no debía haber hablado del tema y él, aunque no puede evitarlo, tratará de ser discreto a partir de ahora.
Pedro, avergonzado, ni siquiera fue capaz de mirarnos.
-Es que tengo pocas oportunidades, y cuando se dan, me pongo muy puta, señor.
Aquellas palabras hicieron que mis ojos aumentaran por la sorpresa, mientras que Pedro, desde su sitio, dejó escapar una sonrisilla pícara.
-Bueno, somos mayorcitos: no hay nada más que hablar.
Ella se acercó a mi compañero, con decisión, para colocarse tras su asiento y comenzar a abrir su camisa.
-Quizá no haya más que hablar -dijo-, pero tengo que asegurarme de que, habiendo más de lo que hablar, nadie me ponga otra vez en entredicho.
Pedro, sorprendido, intentó zafarse de la chica, pero sus manos, apretando y buscando sus pezones dentro de la camisa, consiguieron que se detuviera, mientras ella, aprovechando la ocasión, colocó su camisa en el respaldo de su silla de tal forma que no pudiera mover las manos, atrapadas en la parte trasera de la misma.
Poniéndose a su lado, se quitó los vaqueros y, tras tocarse insinuante la entrepierna, hizo lo mismo con sus bragas, nada atractivas, para ponerlas en la boca de mi compañero, tras lo cual, de rodillas, entre sus piernas, quitó su cinturón y, bajando ligeramente su pantalón, comenzó a acariciar el paquete en el que la polla ya parecía querer salirse.
Con el cinturón en la mano, se acercó a mí, y, firmemente, pidió que me desnudara, mientras golpeaba lo golpeaba en su mano. Lo hice despacio, frente a ella, esperando una lección que, por bocas, me merecía. Primero quité mi camisa, que dejé sobre la silla, después el pantalón y, para terminar, bajé mi slip, esta vez algo más nuevo que el anterior, frente a ella, dado que ya había disfrutado mi sexo la vez anterior.
 
Me incorporé poco después, sintiendo como el sudor había pegado algunos papeles de los que había quitado de la mesa al principio en mi trasero, pero sin ganas de quitarlos siquiera. Ella acercó su cara a la mía, para mostrar que aún llevaba mi semen en la boca. Lo tragó frente a mi, para después limpiar las comisuras de su boca, como una auténtica buscona de película.
-Ahora ve a lavarte –dijo tras su hazaña-, yo creo que ya he hecho bastante esta mañana y me voy.
Aquello me dejó alucinado, ni siquiera podía hablar, mientras ella recogía su bolso y comenzaba a salir del despacho. Se detuvo en la puerta y me miró antes de marcharme:
-Nunca te fíes de una sonsa, aunque te prometo que, si tu no lo cuentas, nadie lo sabrá jamás.
La miré confundido, con la boca abierta, incrédulo, mientras ella sonreía.
-Algún día repetiremos, pero no te la voy a soltar hasta que te corras más veces.
Aquello me dio miedo y me excitó a la vez, de hecho, mi picha volvió a crecer. Hacía mucho que tras correrme no se me ponía tan tiesa. Ella la miró, orgullosa, pero pese a que temí que volviera a por ella, sonrió y se marchó.
Tras oír la puerta, tras comprobar que había dejado las llaves sobre la mesa, me tendí en el suelo. Mi cuerpo casi no me respondía, y cinco minutos de descanso no vendrían mal. Acaricié mis pelotas y mi picha con la mano, sin saber realmente si seguían ahí después de tal hazaña. Creo incluso que, con el roce de mi mano, algo más de lefa logré echar, y después creo haber perdido incluso la conciencia durante unos minutos.
Salí del despacho desnudo, exhausto pues los minutos en el suelo no habían servido para recuperarme más que un poquillo, en dirección al baño. A esas alturas ya me importaba poco que alguien me pudiera pescar en aquellos menesteres. Supongo que alguna gota de semen todavía saldría de mi pene o caería de mis testículos al menearse todo mi sexo al andar. Al llegar apoyé la minga sobre el lavabo, pero al intentar lavarme noté que aún tenía la piel sensible. Miré mi pene con angustia, rezando porque no tuviera ninguna marca de sus mordiscos, pues aunque aquella noche podía evitar que me viera desnudo mi mujer, no sería muy normal y ella sospecharía.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo hábil que era, pues a pesar de lo sensible que estaba no se veía ningún tipo de marca.
Comencé a echar agua fría sobre mi pene, lo cual realmente me aliviaba, y al rato intenté lavarlo con jabón, incluso lavé mi escroto y tras refrescarme volví al despacho para terminar de vestirme, teniéndome que quedar unas dos horas más de lo previsto para terminar el trabajo, cosa que hice mezclando el temor porque dijera nada con la responsabilidad del cargo.”
El silencio se hizo en el despacho durante unos minutos, el relato había sorprendido demasiado, tanto como excitado.
-Tenía que ser muy zorra –dijo Pedro, entonces, con una sonrisa maliciosa, alegrándose por no haber sido él el centro de aquella pasión, pero siendo consciente de que el peligro le acecharía, al menos en su mente-.
El caso es que, después de contarlo todo, pensé que no había hecho bien en hablar, aunque tuviera la certeza de que Pedro no lo soltaría. Ella, ni siquiera lo había recordado en esos primeros días tras las vacaciones, aunque yo no paraba de bajar la cabeza cada vez que me la cruzaba o la llamaba a mi despacho, cuidando mucho no cerrar la puerta.
-Bueno, -dijo levantándose mi amigo- me voy a trabajar un poco, aunque no creo que pueda hacer mucho con esa historia en mi cabeza.
-No deberías salir así -le dije haciéndole ver que la erección que todo aquello le había producido -, siéntate.
Fue en ese momento cuando Pino entró en el despacho, sin que a Pedro le hubiera dado tiempo a hacerme caso, mientras yo, divertido, miraba cómo Pedro tapaba su excitación frente a ella. El caso es que, en el rato en que ella estuvo allí organizando un poco el trabajo y explicando ciertos problemas que se habían dado no logró que se le bajara, mientras la observaba con cierto morbo.
Cuando ella se volvió a él, notó su secreto y bajó su mirada, mientras él se sonrojaba. En un primer momento, por la reacción casi puritana de ella, sé que él pensó que la historia era falsa, lo cual hizo que, además, se sintiera algo defraudado.
Después, entendiendo lo que acababa de pasar, levantó su cara para mirarme en silencio, con un reproche callado, mientras una lágrima parecía salir de sus ojos. Pedro, por su parte, se había palpado el paquete colocándose el nabo mientras miraba el trasero de la chica.
Pino cogió aire, y, tras relajarse, limpió su cara ligeramente y salió del despacho, sin hacer más caso a Pedro, al que hubiera gustado un capítulo más de la historia en que se le involucrara.
Pasamos la mañana trabajando, con la incomodidad de no haber resuelto la situación.
Pedro, cada vez que se cruzaba con ella, la miraba con una mezcla de deseo e incredulidad, mientras ella, tanto con él como conmigo, agachaba la cabeza avergonzada.
Como era habitual, los compañeros fueron marchando conforme llegaba la hora de salida, mientras nosotros tres solíamos ser los últimos en marchar. Pese a que mi indiscreción había tintado la jornada de una sensación extraña, Pino actuó como siempre, saliendo tras darle yo permiso, mientras Pedro y yo tuvimos que resolver, a final de la jornada, una situación laboral que nos obligaría a quedarnos algo más de tiempo.
Tardamos casi una hora en definir las acciones a llevar a cabo nada más entrar al día siguiente, y, tras darlo todo por cerrado, fue cuando comentamos la situación.
-Escucha, Pedro, la próxima vez que te cuente algo intenta ser más discreto -dije con seriedad mirándole a los ojos-.
-La próxima vez, piénsalo antes de contarme nada -contestó-: me conoces bien y sabes que hay cosas que no puedo evitar. Incluso si no termino de creer tus historias.
Era cierto que, pese a estar casado, las mujeres le atraían de una forma poderosa, fantaseando habitualmente con encuentros que, si bien nunca se hacían realidad, le distraían en el día a día. Envidiaba que mi mujer y yo hubiésemos pasado ciertas situaciones juntos y, pese a que nunca lo confirmaría, le encantaría que con su mujer pudiera llegar a tal complicidad.
-Pino trabaja bien y, el otro día, fui yo quien se ofreció. No creo que se deba tratar el asunto como lo has hecho.
Seguramente un reproche hubiera salido de su boca, indicando que no había hecho nada. Yo, tras haber marcado la línea de acción, pese a que debía haber sido algo que no tendríamos que haber tratado, siendo él, como era, superior mío, esperaba para comentarle que sus miradas, sus sonrisas, y, sobre todo, las erecciones que había tenido durante la jornada, no eran “no haber hecho nada”, pero la voz de la secretaria nos sorprendió desde la puerta.
-Gracias… -dijo mirándonos fijamente-.
Levanté la cabeza para comprobar, tras la sorpresa inicial, que estaba allí. Nos miraba sin disimular su enfado.
-Quisiera disculparme -dije intentando aclarar la situación-, tanto por mi parte como por la de él: yo no debía haber hablado del tema y él, aunque no puede evitarlo, tratará de ser discreto a partir de ahora.
Pedro, avergonzado, ni siquiera fue capaz de mirarnos.
-Es que tengo pocas oportunidades, y cuando se dan, me pongo muy puta, señor.
Aquellas palabras hicieron que mis ojos aumentaran por la sorpresa, mientras que Pedro, desde su sitio, dejó escapar una sonrisilla pícara.
-Bueno, somos mayorcitos: no hay nada más que hablar.
Ella se acercó a mi compañero, con decisión, para colocarse tras su asiento y comenzar a abrir su camisa.
-Quizá no haya más que hablar -dijo-, pero tengo que asegurarme de que, habiendo más de lo que hablar, nadie me ponga otra vez en entredicho.
Pedro, sorprendido, intentó zafarse de la chica, pero sus manos, apretando y buscando sus pezones dentro de la camisa, consiguieron que se detuviera, mientras ella, aprovechando la ocasión, colocó su camisa en el respaldo de su silla de tal forma que no pudiera mover las manos, atrapadas en la parte trasera de la misma.
Poniéndose a su lado, se quitó los vaqueros y, tras tocarse insinuante la entrepierna, hizo lo mismo con sus bragas, nada atractivas, para ponerlas en la boca de mi compañero, tras lo cual, de rodillas, entre sus piernas, quitó su cinturón y, bajando ligeramente su pantalón, comenzó a acariciar el paquete en el que la polla ya parecía querer salirse.
Con el cinturón en la mano, se acercó a mí, y, firmemente, pidió que me desnudara, mientras golpeaba lo golpeaba en su mano. Lo hice despacio, frente a ella, esperando una lección que, por bocas, me merecía. Primero quité mi camisa, que dejé sobre la silla, después el pantalón y, para terminar, bajé mi slip, esta vez algo más nuevo que el anterior, frente a ella, dado que ya había disfrutado mi sexo la vez anterior.
Buenísimo, espero la continuación para ver cómo se desarrolla todo
 
Con el cinturón en la mano, se acercó a mí, y, firmemente, pidió que me desnudara, mientras lo golpeaba en su mano. Lo hice despacio, frente a ella, esperando una lección que, por bocas, me merecía. Primero quité mi camisa, que dejé sobre la silla, después el pantalón y, para terminar, bajé mi slip, esta vez algo más nuevo que el anterior, frente a ella, dado que ya había disfrutado mi sexo la vez anterior.
Desde mi posición apreciaba totalmente su entrepierna, sonrosada, mullida y abierta, mientras se acariciaba con los dedos, con delicadeza, abriendo sus labios cada vez más húmedos, más dispuestos, mientras Pedro, desde el asiento, inmovilizado, movía sus caderas como si estuviera follándola por detrás, haciendo que el mismo roce de la ropa que aún tapaba su deseo, cada vez más henchido, le excitara más y más.
Yo, totalmente expuesto frente a ella, procuré no mostrar ningún tipo de atracción, haciendo que mi nabo, flácido, descansara sobre mis pelotas, siendo tanto mi rabo como mis testículos el objetivo de su mirada picante, apreciando que sus esfuerzos no estaban dando resultado en mí, a pesar de sus jadeos.
Fue entonces cuando decidió pasar a la acción: con el cinturón de mi compañero en la mano, se acercó para agarrarme los huevos, formando con sus manos un anillo bajo mi pene, y tirando de ellos, haciendo que me agachara y dejando claro que me quería tumbado en el suelo.
Una vez me tuvo bocarriba, junto al escritorio, terminó de desnudarse, quitándose la blusa y, posteriormente, el sujetador monjil que tapaba unos senos pequeños pero firmes, con pezones sonrosados y amplios que, desde mi posición, no podía apreciar con deleite.
Colocándose sobre mi cabeza, con el cinturón de mi compañero, ató mis manos, sujetándolas a una de las patas del escritorio, dejando una cierta libertad de movimiento para mis brazos, dada la intención que tenía, tras lo cual, se puso de nuevo de pie, frente a mi compañero, acariciando sus tetas con deseo, haciendo que mi verga se comenzara a poner morcillona, aunque yo no pudiera apreciar más que su perfecto trasero y su raja que, con las piernas abiertas, se me ofrecía tentadora.
Pedro no dejaba descanso a su excitación, moviéndose con deseo en la silla que rechinaba ligeramente acompañando sus empujes, sin dejar de mirarla, imaginando, quizá, qué podría pasar después.
Con cuidado, puso sus pies a los lados de mi cabeza y, agachándose, colocó su entrepierna en mi cara.
-Ahora, machote, cuando hables de mí, tendrás el sabor de mi coño en tu boca.
Me lo dijo susurrando, plantándome su sexo en la cara, mientras se sujetaba en la mesa. Yo, entendiendo el castigo, comencé a sacar mi lengua para recorrerla en su abertura, ya mojada, mientras respiraba el dulce aroma del sexo femenino que, sinceramente, empezó a hacer que mi picha se endureciera, olvidándome del resto del mundo.
Sus gemidos guiaban la comida de su vulva sin vello, mientras sus bajadas y subidas lograban que, en ocasiones, necesitara descanso en la tarea, pese a que no desfallecí los minutos que estuvimos en aquella sesión. No tardó, acariciando su propio clítoris, en correrse sobre mí, momento en que decidió levantarse, con el cuerpo sudado y sonrosado, volviéndose a mi compañero, para volver a plantarme su entrepierna en la cara.
Mientras yo volvía a la tarea que me había puesto, noté cómo enganchaba mi polla, y, con las manos, comenzó a masturbarme, al principio subiendo y bajando el pellejo, para, una vez totalmente empinada, comenzar a meneármela con ayuda de su propia saliva, haciendo que, en alguna que otra ocasión, tuviera que concentrarme para no correrme, mientras la imaginaba mirando con deseo a Pedro.
Apoyándose con la espalda ligeramente en la mesa del despacho separó su sexo de mi cara y, sin dejar de meterse los dedos, volvió a correrse, empapando mi cuerpo, para, al terminar, tumbarse ligeramente sobre mi torso, haciendo que su trasero, que se mostraba perfectamente hecho, al contrario de otras partes de su anatomía, se exhibiera para mí cuando levantaba ligeramente la cabeza, intentando ver en qué estado estaba mi compañero.
Fue entonces cuando se levantó, saliendo del despacho, desnuda tal como había llegado al mundo, haciendo que pudiera, por unos instantes, mirar a mi amigo, que, con la picha dura dentro del slip, había mojado ligeramente su ropa interior.
Volvió poco después, provista de varios condones que lanzó sobre mi cuerpo y que, seguramente, había sacado de una máquina que en los baños de la empresa habían instalado unas semanas antes y que, sinceramente, parecía no ser usada con regularidad.
Tras tirarme los preservativos, se acercó a mi compañero y, sin decir una palabra, le quitó los pantalones, acariciando después su paquete, en el que pudo enganchar su rabo para masturbarlo, logrando que más gotas de líquido preseminal mancharan la tela, para liberar su erección después y lamer ligeramente la punta de su rabo, dejándole con ganas de más antes de volver a mí de nuevo.
Volvió a mamarme el pito, ya endurecido, y, tras enfundarlo en un condón, se colocó sobre él, apuntando directamente en su vagina, para que se la rellenara. El calor, surgido del calentón que ella misma llevaba, acogió mi pene lentamente, hasta que mi cabeza notó una ligera resistencia. Decidí ayudar con un pequeño movimiento de cadera, sintiendo que la resistencia se vencía, intuyendo que ella era… pero no, no podía ser, tal como se estaba comportando…
Descarté la idea cuando comenzó su cabalgada: mi polla entraba y salía de su chocho mientras ella se movía con ansiedad, gimiendo como si no hubiera nada más en el mundo, mientras yo, cada vez más excitado, ayudaba ligeramente, deseando que mis manos pudieran estar libres para cogerla de las caderas y ayudar en aquel frenético coito.
Sentí cómo la piel que cubría mis testículos se iba contrayendo, haciendo que el final se fuera acercando, pero sin saber si, una vez me hubiera corrido, me dejaría libre, mientras sentía cómo ella me acariciaba a veces los pectorales, o se ayudaba con las manos excitando su clítoris, que podía ver cuando se retiraba ligeramente hacia atrás.
Sintiendo que no podía aguantar más, decidí coger algo de aire y esperar, ante lo cual, ella dejó la cabalgada y, sin miramientos, apretó su vagina para no dejar que mi nabo se le saliera, moviendo de forma circular sus caderas, lo que hizo que, finalmente, lanzara mi leche, haciéndome temblar y gemir como un colegial.
Ella, dejando mi nabo libre, pese a que esperaba una nueva cabalgada, se acercó a mi y, con delicia, me besó en la boca, agradeciendo la coyunda, para bajar lentamente, lamiendo mi cuerpo, hasta llegar a la polla, quitándome el preservativo y lamiendo mi nabo con delicadeza, haciéndome sentir de nuevo un ligero placer que, tras la experiencia, no hubiera podido resistir, mientras mi compañero, desde su silla, habiéndonos contemplado, exhibía una erección nada desdeñable.
 
Que bueno, me ha puesto el rabo a mil, al Pedro le van a reventar las pelotas
Con el cinturón en la mano, se acercó a mí, y, firmemente, pidió que me desnudara, mientras lo golpeaba en su mano. Lo hice despacio, frente a ella, esperando una lección que, por bocas, me merecía. Primero quité mi camisa, que dejé sobre la silla, después el pantalón y, para terminar, bajé mi slip, esta vez algo más nuevo que el anterior, frente a ella, dado que ya había disfrutado mi sexo la vez anterior.
Desde mi posición apreciaba totalmente su entrepierna, sonrosada, mullida y abierta, mientras se acariciaba con los dedos, con delicadeza, abriendo sus labios cada vez más húmedos, más dispuestos, mientras Pedro, desde el asiento, inmovilizado, movía sus caderas como si estuviera follándola por detrás, haciendo que el mismo roce de la ropa que aún tapaba su deseo, cada vez más henchido, le excitara más y más.
Yo, totalmente expuesto frente a ella, procuré no mostrar ningún tipo de atracción, haciendo que mi nabo, flácido, descansara sobre mis pelotas, siendo tanto mi rabo como mis testículos el objetivo de su mirada picante, apreciando que sus esfuerzos no estaban dando resultado en mí, a pesar de sus jadeos.
Fue entonces cuando decidió pasar a la acción: con el cinturón de mi compañero en la mano, se acercó para agarrarme los huevos, formando con sus manos un anillo bajo mi pene, y tirando de ellos, haciendo que me agachara y dejando claro que me quería tumbado en el suelo.
Una vez me tuvo bocarriba, junto al escritorio, terminó de desnudarse, quitándose la blusa y, posteriormente, el sujetador monjil que tapaba unos senos pequeños pero firmes, con pezones sonrosados y amplios que, desde mi posición, no podía apreciar con deleite.
Colocándose sobre mi cabeza, con el cinturón de mi compañero, ató mis manos, sujetándolas a una de las patas del escritorio, dejando una cierta libertad de movimiento para mis brazos, dada la intención que tenía, tras lo cual, se puso de nuevo de pie, frente a mi compañero, acariciando sus tetas con deseo, haciendo que mi verga se comenzara a poner morcillona, aunque yo no pudiera apreciar más que su perfecto trasero y su raja que, con las piernas abiertas, se me ofrecía tentadora.
Pedro no dejaba descanso a su excitación, moviéndose con deseo en la silla que rechinaba ligeramente acompañando sus empujes, sin dejar de mirarla, imaginando, quizá, qué podría pasar después.
Con cuidado, puso sus pies a los lados de mi cabeza y, agachándose, colocó su entrepierna en mi cara.
-Ahora, machote, cuando hables de mí, tendrás el sabor de mi coño en tu boca.
Me lo dijo susurrando, plantándome su sexo en la cara, mientras se sujetaba en la mesa. Yo, entendiendo el castigo, comencé a sacar mi lengua para recorrerla en su abertura, ya mojada, mientras respiraba el dulce aroma del sexo femenino que, sinceramente, empezó a hacer que mi picha se endureciera, olvidándome del resto del mundo.
Sus gemidos guiaban la comida de su vulva sin vello, mientras sus bajadas y subidas lograban que, en ocasiones, necesitara descanso en la tarea, pese a que no desfallecí los minutos que estuvimos en aquella sesión. No tardó, acariciando su propio clítoris, en correrse sobre mí, momento en que decidió levantarse, con el cuerpo sudado y sonrosado, volviéndose a mi compañero, para volver a plantarme su entrepierna en la cara.
Mientras yo volvía a la tarea que me había puesto, noté cómo enganchaba mi polla, y, con las manos, comenzó a masturbarme, al principio subiendo y bajando el pellejo, para, una vez totalmente empinada, comenzar a meneármela con ayuda de su propia saliva, haciendo que, en alguna que otra ocasión, tuviera que concentrarme para no correrme, mientras la imaginaba mirando con deseo a Pedro.
Apoyándose con la espalda ligeramente en la mesa del despacho separó su sexo de mi cara y, sin dejar de meterse los dedos, volvió a correrse, empapando mi cuerpo, para, al terminar, tumbarse ligeramente sobre mi torso, haciendo que su trasero, que se mostraba perfectamente hecho, al contrario de otras partes de su anatomía, se exhibiera para mí cuando levantaba ligeramente la cabeza, intentando ver en qué estado estaba mi compañero.
Fue entonces cuando se levantó, saliendo del despacho, desnuda tal como había llegado al mundo, haciendo que pudiera, por unos instantes, mirar a mi amigo, que, con la picha dura dentro del slip, había mojado ligeramente su ropa interior.
Volvió poco después, provista de varios condones que lanzó sobre mi cuerpo y que, seguramente, había sacado de una máquina que en los baños de la empresa habían instalado unas semanas antes y que, sinceramente, parecía no ser usada con regularidad.
Tras tirarme los preservativos, se acercó a mi compañero y, sin decir una palabra, le quitó los pantalones, acariciando después su paquete, en el que pudo enganchar su rabo para masturbarlo, logrando que más gotas de líquido preseminal mancharan la tela, para liberar su erección después y lamer ligeramente la punta de su rabo, dejándole con ganas de más antes de volver a mí de nuevo.
Volvió a mamarme el pito, ya endurecido, y, tras enfundarlo en un condón, se colocó sobre él, apuntando directamente en su vagina, para que se la rellenara. El calor, surgido del calentón que ella misma llevaba, acogió mi pene lentamente, hasta que mi cabeza notó una ligera resistencia. Decidí ayudar con un pequeño movimiento de cadera, sintiendo que la resistencia se vencía, intuyendo que ella era… pero no, no podía ser, tal como se estaba comportando…
Descarté la idea cuando comenzó su cabalgada: mi polla entraba y salía de su chocho mientras ella se movía con ansiedad, gimiendo como si no hubiera nada más en el mundo, mientras yo, cada vez más excitado, ayudaba ligeramente, deseando que mis manos pudieran estar libres para cogerla de las caderas y ayudar en aquel frenético coito.
Sentí cómo la piel que cubría mis testículos se iba contrayendo, haciendo que el final se fuera acercando, pero sin saber si, una vez me hubiera corrido, me dejaría libre, mientras sentía cómo ella me acariciaba a veces los pectorales, o se ayudaba con las manos excitando su clítoris, que podía ver cuando se retiraba ligeramente hacia atrás.
Sintiendo que no podía aguantar más, decidí coger algo de aire y esperar, ante lo cual, ella dejó la cabalgada y, sin miramientos, apretó su vagina para no dejar que mi nabo se le saliera, moviendo de forma circular sus caderas, lo que hizo que, finalmente, lanzara mi leche, haciéndome temblar y gemir como un colegial.
Ella, dejando mi nabo libre, pese a que esperaba una nueva cabalgada, se acercó a mi y, con delicia, me besó en la boca, agradeciendo la coyunda, para bajar lentamente, lamiendo mi cuerpo, hasta llegar a la polla, quitándome el preservativo y lamiendo mi nabo con delicadeza, haciéndome sentir de nuevo un ligero placer que, tras la experiencia, no hubiera podido resistir, mientras mi compañero, desde su silla, habiéndonos contemplado, exhibía una erección nada desdeñable
 
Supe, en cuanto se levantó, que ella se amorraría a él y, sin darse tregua, fue lo que hizo, poniéndose de rodillas entre sus piernas, mientras se acariciaba la vulva que, abierta como yo la había dejado, debía seguir bien sensible.
Mi compañero, con sus bragas aún en la boca, gemía, luchando entre dejarse llevar por la situación o tratar de serle fiel a su esposa, con la que llevaba toda la vida, una vida puritana y respetuosa que, tal como podía apreciar por sus movimientos y por cómo su cuerpo se estaba moviendo, tendría aquella experiencia en su expediente como mancha negra, sin que se la confesara a su mujer, desde luego.
Yo, desde el suelo, sintiendo el peso de mi rabo, algo ya más relajado, sobre mis huevos, me había convertido ahora en el espectador, sin ver más que la cabeza de la chica comiendo polla y las caras de mi compañero que contraía y relajaba según sentía la mamada en la que, seguramente, los dientes estuvieran presionando en algún que otro momento.
Con la piel sudada y enrojecida, y los pezones bien erectos, mucho más de lo que era habitual, observé que los ojos se le iban poniendo en blanco, signo de que, en la boca de la muchacha, se estaba derramando su semen, a la vez que su cuerpo, con las manos aún sujetadas por la camisa tras la silla, y ligeramente encogido hacia delante, se convulsionaba.
Ella, tras parar y tragar el alimento que le había exprimido, cogió con la mano su polla y, sin darle descanso, comenzó a meneársela ayudada por las babas y la lefa que hubiera en ella, mientras él, con los ojos como platos, se retorcía entre el malestar y el placer, hasta que volvió a correrse, ahora en la mano de ella, quedando exhausto tras el esfuerzo que ella le había obligado a hacer.
La chica se incorporó y, relamiendo su mano, cubierta en parte por el semen de mi compañero, me miró con lo que parecía dulzura, antes de sacar sus bragas de la boca de mi amigo y ponérselas, para vestirse y, tras recoger los condones sin usar y el que había enfundado mi chorra, marchar, dejándonos, a mi atado, aún, y tumbado en el suelo, y a mi amigo sin prácticamente respiración, envuelto en un ligero sueño reparador.
Pude, no sin esfuerzo, sacar una de las manos del cinturón con que me había sujetado a la pata de la mesa y, una vez hecho eso, me liberé, incorporándome para desentumecer mis hombros que, tras haber mantenido la posición durante tantos minutos, se encontraban algo acartonados. Mi picha, sin embargo, seguía morcillona, balanceándose con cada uno de mis movimientos.
Sabiendo que ella se había esmerado en limpiarme, me la palpé ligeramente y, sin más, me vestí, antes de ayudar a Pedro, al que, tras liberar sus brazos, traje un vaso de agua para que se recompusiera. Se levantó con lentitud y, tras buscar con la mirada su ropa interior, me pidió que se la acercara, notando que de su nabo aún caía algo de semen, por lo que antes de vestirse, le acompañé a que se limpiara un poco, pues las piernas le temblaban de cansancio aún.
Tras recomponerse, tuvimos que esperar un buen rato hasta que se sintió con fuerzas para volver a casa, habiéndome yo ofrecido a acompañarle, dado el estado en que se encontraba.
No paró, en ese rato, de nombrar a su mujer, de lamentarse de lo que había pasado, ante lo cual no pude más que dejarle claro que nos habían violado y que, si se lo contaba a su mujer, debía de estar fuerte emocionalmente y tenerlo claro.
Yo, por mi parte, pasé el resto del día dándole vueltas a cómo había sentido la resistencia al penetrar a mi compañera, pues, por la experiencia que tenía, no era habitual que algo así diera rienda suelta de tal manera a que ella se moviera como lo hizo.
A la mañana siguiente ella no se presentó en la empresa, algo que hizo que Pedro se comiera la cabeza pensando en que nos iba a denunciar, anticipando la movida con su mujer y demás. Yo, por mi parte, no quise darle más importancia al asunto del necesario, pero, contagiado de la inquietud de mi compañero, confieso que estaba nervioso.
Pasaron dos o tres días, antes de que la empresa llamara a Pedro, confirmando que nuestra compañera había cursado baja voluntaria del trabajo y que ya se estaba realizando un proceso de selección para cubrir el puesto de trabajo. Aquello puso más nervioso a mi compañero, que, sin conocer la situación, no paraba de darle vueltas a una posible demanda por su parte.
Intenté que se calmara, que pensara que no debíamos anticiparnos hasta que no se diera, si se daba, alguna señal, pero también andaba nervioso, máxime pensando que, tras la confianza que teníamos, antes incluso de los últimos episodios que habíamos vivido, no era lógica esa marcha.
Fue cuando comencé a comprobar los asuntos que habían quedado sin cerrar por ella, cuando encontré el sobre. Un “Querido”, de su puño y letra, en él, me anunciaba la explicación a la situación.
“Esta mañana he venido a recoger las pocas cosas personales que tenía en la oficina: en casa las cosas no están bien (la salud) y debo marchar a cuidar de mis padres.
Hubiera querido comentártelo ayer, pero ya viste cómo acabamos.
Tu caballerosidad y buen hacer en el trabajo, me ha sido de gran ayuda en estos años.
Gracias por todo. Sobre todo, por cómo te mostraste el otro día ante mí (has sido deseado mucho tiempo) y por desflorarme: ya ves que he tardado tiempo en ofrecer mi virginidad a alguien, pero, tras haber probado tu espléndida picha el otro día, era algo que te iba a pedir.
He descubierto en estos últimos días que, tras mi personalidad sumisa, dominar es lo que más cachonda me pone, y haber perdido mi virginidad con público, ha sido un plus.
Allá ya tengo previsto incorporarme a una empresa, en la que me facilitan ocuparme de los míos.
Si se entera de algo, dile a tu mujer que te he disfrutado y, si visitas la otra mita de España, no dudéis en contactar conmigo: te aprecio y te deseo a partes iguales.”
Pedro entró al despacho justo cuando yo intentaba mandarle un whatsapp a la chica. Otra carta, más escueta, le daba las gracias por la experiencia, dejando claro por escrito que había sido un momento de excitación en el que no se le había dado opción a retirarse, y le comentaba ligeramente la situación familiar. Su expresión, tranquila, daba por zanjada la situación.
Yo no comenté la parte que me tocaba, y, tras marcharse, me dirigí a la destructora de papel, para introducir en ella el mensaje de la compañera, guardándolo en mi bolsillo tras pensarlo mejor: la compartiría con mi esposa y, sabiendo que ansiaba verme follar con otra, era seguro que se añadiría un nuevo capítulo a la historia.
 
Supe, en cuanto se levantó, que ella se amorraría a él y, sin darse tregua, fue lo que hizo, poniéndose de rodillas entre sus piernas, mientras se acariciaba la vulva que, abierta como yo la había dejado, debía seguir bien sensible.
Mi compañero, con sus bragas aún en la boca, gemía, luchando entre dejarse llevar por la situación o tratar de serle fiel a su esposa, con la que llevaba toda la vida, una vida puritana y respetuosa que, tal como podía apreciar por sus movimientos y por cómo su cuerpo se estaba moviendo, tendría aquella experiencia en su expediente como mancha negra, sin que se la confesara a su mujer, desde luego.
Yo, desde el suelo, sintiendo el peso de mi rabo, algo ya más relajado, sobre mis huevos, me había convertido ahora en el espectador, sin ver más que la cabeza de la chica comiendo polla y las caras de mi compañero que contraía y relajaba según sentía la mamada en la que, seguramente, los dientes estuvieran presionando en algún que otro momento.
Con la piel sudada y enrojecida, y los pezones bien erectos, mucho más de lo que era habitual, observé que los ojos se le iban poniendo en blanco, signo de que, en la boca de la muchacha, se estaba derramando su semen, a la vez que su cuerpo, con las manos aún sujetadas por la camisa tras la silla, y ligeramente encogido hacia delante, se convulsionaba.
Ella, tras parar y tragar el alimento que le había exprimido, cogió con la mano su polla y, sin darle descanso, comenzó a meneársela ayudada por las babas y la lefa que hubiera en ella, mientras él, con los ojos como platos, se retorcía entre el malestar y el placer, hasta que volvió a correrse, ahora en la mano de ella, quedando exhausto tras el esfuerzo que ella le había obligado a hacer.
La chica se incorporó y, relamiendo su mano, cubierta en parte por el semen de mi compañero, me miró con lo que parecía dulzura, antes de sacar sus bragas de la boca de mi amigo y ponérselas, para vestirse y, tras recoger los condones sin usar y el que había enfundado mi chorra, marchar, dejándonos, a mi atado, aún, y tumbado en el suelo, y a mi amigo sin prácticamente respiración, envuelto en un ligero sueño reparador.
Pude, no sin esfuerzo, sacar una de las manos del cinturón con que me había sujetado a la pata de la mesa y, una vez hecho eso, me liberé, incorporándome para desentumecer mis hombros que, tras haber mantenido la posición durante tantos minutos, se encontraban algo acartonados. Mi picha, sin embargo, seguía morcillona, balanceándose con cada uno de mis movimientos.
Sabiendo que ella se había esmerado en limpiarme, me la palpé ligeramente y, sin más, me vestí, antes de ayudar a Pedro, al que, tras liberar sus brazos, traje un vaso de agua para que se recompusiera. Se levantó con lentitud y, tras buscar con la mirada su ropa interior, me pidió que se la acercara, notando que de su nabo aún caía algo de semen, por lo que antes de vestirse, le acompañé a que se limpiara un poco, pues las piernas le temblaban de cansancio aún.
Tras recomponerse, tuvimos que esperar un buen rato hasta que se sintió con fuerzas para volver a casa, habiéndome yo ofrecido a acompañarle, dado el estado en que se encontraba.
No paró, en ese rato, de nombrar a su mujer, de lamentarse de lo que había pasado, ante lo cual no pude más que dejarle claro que nos habían violado y que, si se lo contaba a su mujer, debía de estar fuerte emocionalmente y tenerlo claro.
Yo, por mi parte, pasé el resto del día dándole vueltas a cómo había sentido la resistencia al penetrar a mi compañera, pues, por la experiencia que tenía, no era habitual que algo así diera rienda suelta de tal manera a que ella se moviera como lo hizo.
A la mañana siguiente ella no se presentó en la empresa, algo que hizo que Pedro se comiera la cabeza pensando en que nos iba a denunciar, anticipando la movida con su mujer y demás. Yo, por mi parte, no quise darle más importancia al asunto del necesario, pero, contagiado de la inquietud de mi compañero, confieso que estaba nervioso.
Pasaron dos o tres días, antes de que la empresa llamara a Pedro, confirmando que nuestra compañera había cursado baja voluntaria del trabajo y que ya se estaba realizando un proceso de selección para cubrir el puesto de trabajo. Aquello puso más nervioso a mi compañero, que, sin conocer la situación, no paraba de darle vueltas a una posible demanda por su parte.
Intenté que se calmara, que pensara que no debíamos anticiparnos hasta que no se diera, si se daba, alguna señal, pero también andaba nervioso, máxime pensando que, tras la confianza que teníamos, antes incluso de los últimos episodios que habíamos vivido, no era lógica esa marcha.
Fue cuando comencé a comprobar los asuntos que habían quedado sin cerrar por ella, cuando encontré el sobre. Un “Querido”, de su puño y letra, en él, me anunciaba la explicación a la situación.
“Esta mañana he venido a recoger las pocas cosas personales que tenía en la oficina: en casa las cosas no están bien (la salud) y debo marchar a cuidar de mis padres.
Hubiera querido comentártelo ayer, pero ya viste cómo acabamos.
Tu caballerosidad y buen hacer en el trabajo, me ha sido de gran ayuda en estos años.
Gracias por todo. Sobre todo, por cómo te mostraste el otro día ante mí (has sido deseado mucho tiempo) y por desflorarme: ya ves que he tardado tiempo en ofrecer mi virginidad a alguien, pero, tras haber probado tu espléndida picha el otro día, era algo que te iba a pedir.
He descubierto en estos últimos días que, tras mi personalidad sumisa, dominar es lo que más cachonda me pone, y haber perdido mi virginidad con público, ha sido un plus.
Allá ya tengo previsto incorporarme a una empresa, en la que me facilitan ocuparme de los míos.
Si se entera de algo, dile a tu mujer que te he disfrutado y, si visitas la otra mita de España, no dudéis en contactar conmigo: te aprecio y te deseo a partes iguales.”
Pedro entró al despacho justo cuando yo intentaba mandarle un whatsapp a la chica. Otra carta, más escueta, le daba las gracias por la experiencia, dejando claro por escrito que había sido un momento de excitación en el que no se le había dado opción a retirarse, y le comentaba ligeramente la situación familiar. Su expresión, tranquila, daba por zanjada la situación.
Yo no comenté la parte que me tocaba, y, tras marcharse, me dirigí a la destructora de papel, para introducir en ella el mensaje de la compañera, guardándolo en mi bolsillo tras pensarlo mejor: la compartiría con mi esposa y, sabiendo que ansiaba verme follar con otra, era seguro que se añadiría un nuevo capítulo a la historia.
Han acabado los dos bien exprimidos..
Una pena que no continúe la fiesta de empresa, porque seguiría subiendo el nivel
 
Estaría bien que se cogiera unas vacaciones él y su esposa y fueran a la ciudad donde vive ella ahora, a ver que ocurre... :sneaky:
 
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