Relatos de mi vida

Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:


Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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El relato me tiene enganchado jajaj y el vestido es puro morbo
 
La historia es entera real, o tiene algo de ficción??

es que me parecen bastante cabrones, si no llegan a excitarte las situaciones te hubieran marcado para mal. Me alegro que fueran para bien!

Por cierto, con esas fotos, estas tremenda, me cuesta pensar que ese Javi no estuviera deseando hacerte de todo.
 
Hola,

Llevo un año leyendo vuestros relatos en los ratos libres de la carrera y me he decidido a registrarme para empezar a subir los míos. Me voy a poner Sara por aquí, tengo 21 años y estudio ADE en la privada de Murcia.

Seguramente si me vierais por la calle o en la uni pensaríais que soy una estirada. Voy siempre impecable, con mis gafas de ver, mi ropa de marca y mi pulsera de V-o-x que no me quito nunca (la llevo mas por hacer rabiar que otra cosa). Me gusta esa imagen de niña bien que proyecto, y de hecho en mi vida normal soy yo la que manda; mi novio hace lo que yo digo y mis amigas me tienen respeto.

Pero cuando estoy en un sitio donde nadie sabe quién soy... la cosa cambia. Hay una parte de mí que solo sale cuando sé que mi imagen y mis apellidos no importan nada. He decidido escribir aquí porque necesito soltar cosas que me han pasado de verdad y que, obviamente, se quedarían conmigo si no fuera por este anonimato.

Quiero empezar contando todo desde el principio, desde aquella primera vez que me di cuenta de que, por mucho que me guste mandar en mi vida normal, lo que de verdad me pide el cuerpo es que alguien me quite el control de golpe y me ponga en mi sitio sin preguntar. Necesito recordar cómo es que te traten de una forma que mi novio ni se imagina. No sé si sabré explicarlo muy bien, pero me sirve para sacarlo de mi cabeza.

No se contar relatos como se debe así que estaré abierta a preguntas para contestar dudas.

Creo que lo más real es contar cómo empezó todo de verdad, sin inventos. Tenía 16 años, estaba en 4º de la ESO y, como ya sabéis, era la típica niña bien que no rompía un plato. Iba siempre con mis gafas, mis brackets y cero pecho. Me sentía una pringada total al lado de la gente "guay".

En mi instituto había un grupo de 2º de Bachiller que eran los típicos que pasaban de todo. Se fugaban de clase casi todos los días para irse a fumar o a casa de alguno. Yo los veía desde lejos como si fueran de otro planeta.

Un martes llegué tarde a primera hora porque me había quedado dormida y me encontré la puerta del instituto cerrada. Me puse súper nerviosa porque pensaba que me iban a poner un parte o que llamarían a mis padres. De repente, vi a tres de esos de Bachiller que estaban fuera, al lado de las motos, preparándose para irse. Uno de ellos, que era el que conocía de vista, porque era guapisimo, mis amigas y yo siempre andabamos detras de el, me miró y se rió: "¿Dónde vas con esas prisas? ¿Te han cerrado la puerta?".

Yo no sabía dónde meterme. Me puse roja y balbuceé un triste "Si". Él me miró de arriba abajo, se fijó en mis gafas y en mi cara de asustada, y me soltó: "Vente con nosotros, no seas tonta. Vamos a casa a mi casa que no están mis padre".

Al final decidí acompañarles con mi uniforme y mi mochila al hombro. Me moría de ganas de que el chico que me había invitado se fijara en mí. Me sacaba dos años y para mí era como si fuera un hombre de verdad; me hacía sentir súper mayor solo por dejar que fuese a su casa. En mi cabeza de 16 años, yo no era una pringada que se estaba fugando, era una tía interesante que se iba con los repetidores a su casa.

Llegamos al piso de Javi. Estuvimos un rato en el salón con la música a tope, ellos fumaban y jugaban a la consola. Yo no sabía ni dónde poner las manos, pero me esforzaba por no parecer asustada y fuera de lugar. Cuando él me hizo el gesto desde el pasillo para ir a su cuarto, mi corazón iba a mil. No es que tuviera ganas de hacer nada, es que sentía que si le decía que sí, podría romper la imagen que llevaba años creando.

Entramos en el cuarto de Javi y el ambiente era lo peor. Olía a una mezcla de tabaco, ropa sucia y ese desodorante fuerte que usaban los tíos entonces. La cama estaba sin hacer y había ropa tirada por todas partes. Yo estaba allí plantada, con mi mochila todavía al hombro, sintiéndome engañada... Le había idealizado tanto que la realidad estaba mas cerca de Torrente que de Zac efron.

Él ni me miró a los ojos. Se sentó en el borde de la cama, se sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en la mesita. "Cierra la puerta", me soltó sin más. Yo obedecí, claro. Me sentía súper importante porque pensaba que me iba a liarme con el chico mas importante del insti, pero lo que vino después no tuvo nada que ver.

Me agarró del brazo y me hizo un gesto hacia el suelo. "Venga, que estas deseando". Me quedé helada. Me di cuenta de que para él yo no era una tía que le gustara, era un entretenimiento. Hinqué las rodillas en la alfombra, que estaba asquerosa, llena de pelusas y de migas de vete a saber qué. Me raspaba la piel, pero estaba tan fuera de lugar y tan desesperada por encajar y que no me echara de allí que no dije nada.

Se bajó el chándal y me la puso delante. Unos 17cm gordita sin depilar, Yo no había visto nada así en mi vida, al menos tan de cerca. Me quedé mirándola con mis gafas de ver resbalándoseme por la nariz por el sudor de los nervios. Él soltó un bufido de impaciencia, me agarró del pelo —pero de verdad, tirando con ganas hacia atrás para que levantara la cara— y me dijo: "Abre, demuestra las ganas que tienes".

Cuando empecé, fue un desastre. No tenía ni idea de qué hacer. Se me saltaban las lágrimas porque me daba la arcada cada dos por tres, ya que no sabía ni cómo respirar, aquello era un cuadro. Él no me ayudaba nada; al revés, se dedicaba a empujarme la cabeza con la mano, metiéndome los dedos entre el pelo y apretando fuerte.

"Usa la lengua, babea más", me decía. Yo intentaba hacerlo lo mejor posible, babeando un montón porque no daba abasto a tragar y sentía cómo me caía un hilo de saliva por la barbilla hasta la camisa del uniforme. Me daba bastante asco imaginarme como el me veia, siento tan patética, pero a la vez me ponía muchísimo que él me mirara desde arriba con esa cara de "Eres lo que necesitaba".

Me obligó a seguir, me dolía la mandíbula. Me atragantaba, se me empañaban las gafas y tenía la cara hecha un cristo, llena de babas y de rímel corrido, pero él seguía a lo suyo. Disfrutaba de ver lo ridícula que era yo allí abajo, esforzándome por complacerle mientras él pasaba de mí totalmente.

Cuando terminó, ni me avisó. Me agarró del pelo hacia el y yo tuve que aguantar la respiración todo lo que pude, no te chorros con mucha presión, estaban super calientes y salados, Mi única alternativa que tuve era tragarlos para no ahogarme. Me quedé allí de rodillas, intentando recuperar el aliento y limpiándome la boca con la manga mientras él se subía el pantalón como si acabara de terminar un examen. Me miró un segundo y se rió: "Vaya carita que se te ha quedado".

Abrió la puerta sin esperar a que yo me arreglara un poco. Tuve que salir de la habitación con el pelo de cualquier manera, la cara roja y los labios hinchados. Al llegar al salón, los otros dos estaban allí sentados, esperándonos.

Se hizo un silencio de dos segundos y de repente se empezaron a reír. Se reían de mí, de la niña buena con gafas que acababa de salir del cuarto de su colega después de hincar las rodillas. Me miraban de arriba abajo con un desprecio que me hacía sentir ridícula. Uno de ellos soltó una burrada que ni recuerdo bien sobre si le había dado las gracias al terminar.

Me sentí pequeñísima. Me di cuenta de que para ellos yo no era "la chica nueva del grupo", era simplemente la tonta de cuarto que se habían llevado a casa para echarse unas risas a mi costa. Javi ni me miró, no hizo por defenderme; se sentó con ellos y se puso a jugar a la Play como si yo fuera un mueble más de la habitación.

Despues de estar en el sofá durante 20 minutos intentando arreglarme, entre risas y miradas, tuve que irme sola de allí. Bajé las escaleras del bloque, sintiendo que todo el mundo me miraba y que se me notaba en la cara lo que acababa de hacer. Me sentía patética, usada y súper humillada por cómo se habían reído de mí. Pero, y esto es lo que no le puedo decir a nadie, mientras caminaba hacia el instituto intentando que no se me saltaran las lágrimas, sentía una electricidad por el cuerpo que no era normal.

Esa humillación, el sentir que no era la mimada, la intocable y que esos tíos se habían reído de mí después de usarme... me puso muchísimo. Ahí entendí que mi parte de "niña bien" odiaba lo que había pasado, pero que había otra parte de mí que necesitaba esa sensación de ser tratada como una basura para sentirse viva.
Vivencias tuyas y de muchas chicas.

Si yo te contara.
 
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