megamorbo
Miembro
- Desde
- 29 Jun 2023
- Mensajes
- 17
- Reputación
- 33
Esa mañana el despertador sonó a las 6:45, como de costumbre. Para Luis era uno más de esos grises días de oficina en su empresa de reparto. Acudía puntualmente a su despacho en uno de los edificios más pequeños del gran complejo empresarial y atendía los asuntos rutinarios sin demasiado entusiasmo, igual que le ocurría con su vida personal. Su matrimonio era perfecto, su puesto de trabajo era el ideal, ni muy arriba ni muy abajo, con un buen sueldo. La relación con sus compañeros era muy cordial. En definitiva , llevaba una vida asquerosamente correcta. Sí, en su mediana edad y a pesar de tener un aspecto impecable, con esas canas de madurito interesante y su traje bien combinado, no podía evitar esa sensación de haberse perdido muchas cosas, de no haber sacado ese lado oscuro que todos en mayor o menor medida tenemos y que nos hace salpicar nuestra rutina con un poco de salsa. Aún recordaba cuando era muy joven y acababa de incorporarse a la empresa como repartidor, fueron muchas las oportunidades que perdió para aderezar su juventud y que ahora sólo le servían para lamentar lo panoli que siempre había sido. En el ecuador de su vida sentía que ser asquerosamente correcto le había hecho ser un panoli. Por eso su forma de vida, su trabajo, sus aficiones…, deberían ser más interesantes. Y por supuesto su aburrida vida sexual, cuyo mayor exceso fue cambiar en alguna ocasión la cama por un lavabo de hotel… Le consuela recrearse eb algunos recuerdos de su no tan lejana juventud.
En la playa
Luis tiene grabadas en su cabeza mil historias que pudieron ser y no fueron. Como aquella novia que le permitió ir un poco más allá, nada menos que con 18 años. Fue en la playa, solía llevar un bañador turbo blanco de esos ajustados que marcaban todo, un paquetón que ni los de Correos. Y aunque no presume de un gran tamaño tampoco se puede quejar, por lo que llamaba la atención con aquel cuerpo entonces muy delgado pero bien definido. A pesar de su gran timidez (o quizá por eso) hizo amistad con una chica rubia espectacular de su edad, con un cuerpazo de escándalo. Llevaba un biquini que dejaba ver un culo perfecto que temblaba a cada paso y unos grandes pechos que rebosaban la escasa tela. Era inglesa y debían entenderse en el poco francés que sabían, ya que ninguno hablaba el idioma del otro. Desde el principio sobraban las palabras, ya que el lenguaje se centró en miradas intensas, muy profundas, esas que sabes que te devoran. Le cogía del brazo y disimuladamente lo frotaba contra su pecho, se colocaba el bikini dejándole ver brevemente sus erectos pezones, le hablaba con una voz muy sensual cosas que apenas entendía… Y él, como buen panoli, disimulaba como podía las continuas erecciones que tenía estando con ella. En cuanto este monumento se acercaba a la sombrilla familiar para saludarle la reacción era inmediata y no había forma de bajar aquello. Su madre le decía: “Luis, hijo, levántate a saludar a esta chica tan maja”. Y él pensaba: “Tengo el rabo que si me levanto reviento el bañador y me explotan los huevos”, pero contestaba: “No mamá, me duele la rodilla, que se siente ella”. Y así podía pasar un buen rato buscando en qué pensar para poder moverse: el profe de Química, la bruja de la panadería, las judías verdes… y levantarse por fin. Al llegar a casa cada tarde tenía que masturbarse para aliviar el dolor que le hinchaba los testículos. Nunca había experimentado tal grado de excitación y dolor, incluso se veía el miembro más grande, seguramente hinchado de tanto meneo. Cada orgasmo era un alivio, además de muy placentero. No le hacían falta ni dos movimientos para explotar de gusto.
En un trayecto de ascensor, cuando subían de la piscina, al ver que el panoli no reaccionaba la chica le atrajo hacia sí y le besó como nadie lo había hecho, jugando con la lengua por todos los rincones de su boca. Apretó su cadera con fuerza sintiendo la dureza del miembro y frotándolo con movimientos de su cintura de un lado a otro. Luis no podía más, no se podía creer lo que le estaba pasando. Tímidamente llevó la mano a su pecho, lo apretó y sintió cómo ella le ayudaba a frotarlo con fuerza. Bajó la tela del bikini y acarició el duro pezón, que provocó un gemido intenso. Ella bajó la mano y le acarició por encima del bañador con intención de masturbarle. Estaba duro y palpitante como nunca. Luis se dejaba hacer y suspiraba, en cualquier momento podía correrse. Pensaba que en cuanto tuviera oportunidad iba a ir más lejos, necesitaba follar, probar la sensación de meter su miembro, iba a explotar. Bajó su mano a la braguita del bikini buscando el sexo de su amiga…. pero ella se la retiró amablemente, la mala suerte hizo que estuviera con la menstruación y su sueño se alejara…… Clinc, las puertas se abrieron en la quinta planta dejándole con un bulto enorme en el bañador y una cara que era un poema.
Al día siguiente la chica cogía un avión para volver a casa. Se intercambiaron cartas de amor durante un tiempo, muy románticas, pero Luis sólo se acordaba de su mala suerte. La siguiente oportunidad tardaría en llegar y tendría que seguir con sus pajas diarias en las que ya era todo un experto.
En la playa
Luis tiene grabadas en su cabeza mil historias que pudieron ser y no fueron. Como aquella novia que le permitió ir un poco más allá, nada menos que con 18 años. Fue en la playa, solía llevar un bañador turbo blanco de esos ajustados que marcaban todo, un paquetón que ni los de Correos. Y aunque no presume de un gran tamaño tampoco se puede quejar, por lo que llamaba la atención con aquel cuerpo entonces muy delgado pero bien definido. A pesar de su gran timidez (o quizá por eso) hizo amistad con una chica rubia espectacular de su edad, con un cuerpazo de escándalo. Llevaba un biquini que dejaba ver un culo perfecto que temblaba a cada paso y unos grandes pechos que rebosaban la escasa tela. Era inglesa y debían entenderse en el poco francés que sabían, ya que ninguno hablaba el idioma del otro. Desde el principio sobraban las palabras, ya que el lenguaje se centró en miradas intensas, muy profundas, esas que sabes que te devoran. Le cogía del brazo y disimuladamente lo frotaba contra su pecho, se colocaba el bikini dejándole ver brevemente sus erectos pezones, le hablaba con una voz muy sensual cosas que apenas entendía… Y él, como buen panoli, disimulaba como podía las continuas erecciones que tenía estando con ella. En cuanto este monumento se acercaba a la sombrilla familiar para saludarle la reacción era inmediata y no había forma de bajar aquello. Su madre le decía: “Luis, hijo, levántate a saludar a esta chica tan maja”. Y él pensaba: “Tengo el rabo que si me levanto reviento el bañador y me explotan los huevos”, pero contestaba: “No mamá, me duele la rodilla, que se siente ella”. Y así podía pasar un buen rato buscando en qué pensar para poder moverse: el profe de Química, la bruja de la panadería, las judías verdes… y levantarse por fin. Al llegar a casa cada tarde tenía que masturbarse para aliviar el dolor que le hinchaba los testículos. Nunca había experimentado tal grado de excitación y dolor, incluso se veía el miembro más grande, seguramente hinchado de tanto meneo. Cada orgasmo era un alivio, además de muy placentero. No le hacían falta ni dos movimientos para explotar de gusto.
En un trayecto de ascensor, cuando subían de la piscina, al ver que el panoli no reaccionaba la chica le atrajo hacia sí y le besó como nadie lo había hecho, jugando con la lengua por todos los rincones de su boca. Apretó su cadera con fuerza sintiendo la dureza del miembro y frotándolo con movimientos de su cintura de un lado a otro. Luis no podía más, no se podía creer lo que le estaba pasando. Tímidamente llevó la mano a su pecho, lo apretó y sintió cómo ella le ayudaba a frotarlo con fuerza. Bajó la tela del bikini y acarició el duro pezón, que provocó un gemido intenso. Ella bajó la mano y le acarició por encima del bañador con intención de masturbarle. Estaba duro y palpitante como nunca. Luis se dejaba hacer y suspiraba, en cualquier momento podía correrse. Pensaba que en cuanto tuviera oportunidad iba a ir más lejos, necesitaba follar, probar la sensación de meter su miembro, iba a explotar. Bajó su mano a la braguita del bikini buscando el sexo de su amiga…. pero ella se la retiró amablemente, la mala suerte hizo que estuviera con la menstruación y su sueño se alejara…… Clinc, las puertas se abrieron en la quinta planta dejándole con un bulto enorme en el bañador y una cara que era un poema.
Al día siguiente la chica cogía un avión para volver a casa. Se intercambiaron cartas de amor durante un tiempo, muy románticas, pero Luis sólo se acordaba de su mala suerte. La siguiente oportunidad tardaría en llegar y tendría que seguir con sus pajas diarias en las que ya era todo un experto.