Mi padre me enseñó a ser un hombre [Historia de Incesto Real entre Padre e Hijo]

LECCIONES DE UN HOMBRE – Parte 2: El Club


El interior del local olía a perfume caro, cuero y cuerpos calientes. Luces rojas, paredes oscuras, música suave pero grave. Todo parecía diseñado para provocar. El ambiente vibraba con miradas intensas, susurros, copas servidas con calma. Las mujeres paseaban con ropa ajustada, vestidos cortos… muchas sin ropa interior. Todo rezumaba sexo. Sexo consentido, buscado, exhibido sin pudor.

Mi padre caminaba con paso firme. Sus botas resonaban en el suelo de madera, marcando el ritmo. Yo lo seguía de cerca, aún nervioso, pero con el pulso acelerado y la sangre caliente.

—No hables —me dijo al oído sin volverse—. Mira, escucha. Aprende.

Yo obedecí a sus órdenes.

Cruzamos una zona con sofás donde varias mujeres se sentaban con las piernas cruzadas, escotes generosos, bocas pintadas de rojo. Algunas miraban a mi padre con muchísimo descaro, una incluso se lamió los labios al ver a mi padre pasar.

—¿Ves esa? —susurró él, sin mirar atrás—. Lleva el pelo recogido, vestido corto, tacones de aguja. Una mujer que sabe lo que quiere. Y si me sigue mirando así, esta noche me la follo como a una perra.

Al escuchar eso tragué saliva, sin dejar de mirar.

—¿Quieres una así para ti? —me pregunto mi padre, girando por fin su cara, con una media sonrisa desafiante.

—Sí —dijo yo casi sin aire.

—Entonces muévete como un hombre. Míralas a los ojos. No te escondas. Demuestra que tienes polla. Que puedes hacerlas gritar.

Seguimos caminando hasta una barra, donde mi padre pidió dos copas de whisky. Mi padre se lo bebió de un trago como si fuera asiduo a ello (en casa prácticamente no bebía nunca). Yo le imité acto seguido (y hubiera preferido que no 🤣) pero quería que mi padre estuviera orgulloso en todos los sentidos.

—Entonces papá, ¿no es la primera vez que vienes aquí, verdad? —le pregunté directamente.

—No no hijo— me contestó mi padre riendo—Quiero a tu madre y eso no se pone en duda, pero llevo años catando distintos coños y ya es costumbre, al final el morbo siempre puede mucho más y eso es algo que quiero que entiendas, no te quedes solo con un coño en tu vida— me afirmo.

Al rato, de estar charlando una mujer se nos acercó. Una mujer de unos cuarenta, morena, de curvas generosas, labios gruesos y vestida de negro. Se movía como una reina, sin prisa, con los tacones marcando el ritmo. Al pasar junto a nosotros detuvo su mirada en mi, me devoró con los ojos, y sonrió como quien elige plato.

Yo me puse muy nervioso ya que era mi primera vez tanto en un lugar así, como ir con mi padre de putas.

—¿Nuevo? —me preguntó sin cortarse.

Yo asentí, tímido. Ella rió suave, con voz ronca.

—¿Y este es tu…? —miró a mi padre, que sonrió de lado.

—Su “tutor”—contestó el. Él está aprendiendo pero tiene madera —dijo, con ese tono de macho que hacía temblar paredes.

—Entonces que aprenda conmigo —dijo la mujer, tomándome la mano y llevándome con ella sin pedir permiso.

Yo miré a mi padre y acto seguido él también me miró con una mirada que decía “disfruta… pero observa”. Me guiñó un ojo, sonrió, y lo perdí de vista.

Aquella mujer me llevaba de la mano como si fuera un crío, caminando por un largo pasillo iluminado con una luz muy tenue y llegando con ella a una sala privada.

Cuando llegamos ella me ordenó que primero (por higiene) me aseara bien, y que después me esperaba en la cama. Así que eso hice. Me encerré en el baño y mientras me duchaba me venían mil cosas a la cabeza, la situación, el estar ahí con mi padre, si mi madre se llegara a enterar, incluso me preguntaba que qué coño hacía yo allí…cuando salí de la ducha me miré al espejo y entonces una ola de morbo y excitación desatada recorrían mi cuerpo, queriendo dejar el listón bien alto “tu polla es mi polla papá” pensé para mi, para acto seguido salir a la habitación a cumplir.

Allí estaba esa hembra esperándome con un cuerpo espectacular como pocas veces he vuelto a ver. Me acerqué a ella y empezó a acariciarme, a palparme, a tocarme a ir bastante directa al grano. La verdad que pensar en aquella situación me la estaba poniendo más dura que nunca, y saber que mi padre estaba a unos metros de mí aún me la ponía más a reventar.

Sus labios se acercaron a los míos en un beso profundo que ni la mejor tía de mi edad me había dado. Seguimos así un buen rato hasta que le dije que tenía el morbo de que fuera obediente en todo lo que yo le dijera. Me dijo que eso estaba asegurado, así que como ya la tenía a mis pies empecé a ordenarle:

—Chúpame la polla anda— le dije.

Como buena obediente ahí que fue y debo decir que, incluso hoy años después, puedo afirmar que esos labios tenían una maestría para la felación que era una locura. Sus labios bien húmedos bajando, sin mucha fuerza pero bien de roce, era como una paja lubricada bien suave pero con la boca. Yo no podía parar de gemir, sabía que si continuaba así bastante más tiempo iba a correrme como un loco, pero yo no quería acabar así.

Después de unos minutos le dije que se pusiera boca arriba que la iba a follar bien follada. Ella me obedeció y puso sus manos sobre su boca para acto seguido empezar a masturbarse y dejarse el coño bien lubricado. Podría haber comido coño, pero estaba tan cerdo que me apetecía clavársela ya, darle bien duro.

Procedí a ponerme el condón y junto a su mirada de deseo llevé mi polla a la entrada de su coño y la metí primero despacio, ella solo dio un respingo con un gemido leve para acto seguido meterla de golpe (su coño así lo permitía). Ella dio un gemido de la hostia, apretando con sus manos mis brazos de lo que acababa de sentir y empecé a empujar sin parar. Nuestros labios se fundían en morreos sin parar mientras mi ritmo seguía acrecentándose, mi polla entraba y salía sin descanso, con un ritmo frenético, haciendo que mis huevos sonaran al chocar con su coño (es algo que siempre me pone cerdisimo).

—Sigue, vamos sigue— me decía ella como una loca.

Sabía que le estaba dando lo suyo y ella no paraba de gemir, yo estaba a 100 y sabía que no duraría mucho más tiempo.

—¿Me puedo correr en tu boca?— le pregunté mientras seguía metiéndola.

—Con condón si— me contestó.

No estaba dispuesto a que mi lefa se desperdiciará en un puto condón.

—Pues entonces en tus tetas.

—Ahí sin problema— me contestó con su cara de zorra.

Seguía dándole y sabía que la corrida vendría pronto, empecé a dar empellones lentos pero firmes y fuertes donde el sonido de mis cojones era bastante perceptible por toda la habitación.

—Me corro, me corro joder.

Aquella tía se puso de rodillas frente a mí poniendo sus tetas bien juntas y esperando a que le diera toda mi leche de hombre.

Llevé al límite el correrme y al sacarme el condón ya empecé a soltar chorros de lefa, lo que provocó que esta cayera en sus tetas, pero también en el suelo y parte de su cuerpo.

Me quedé jadeando, extasiado después de aquello, queriendo dejar el listón bien alto para con mi padre. Aquella señora se levantó del suelo y mirándome guiñándome un ojo me soltó:

—Muy bien chaval muy bien, tu “tutor” estará muy orgulloso de ti.

Me volví a dar una ducha después de aquel polvazo y le di su “agradecimiento” por aquel buen rato que me hizo pasar, para acto seguido salir y volver para buscar a mi padre.

Aquel sitio era muy particular pues también había un rincón donde la gente podía dar rienda suelta a la imaginación y follar aunque hubiera gente, en aquel entonces igual me extrañaba pero hoy sé que también era bastante liberal el lugar.

Cuando volví no se me olvidará jamás la imagen de mi padre bombeándose a otra mujer que no era mi madre, debo decir que se me puso dura no, durísima.

Mi padre tenía entre sus piernas a una tía rubia, alta, con una risa grave, y unos pezones que no se me olvidarán en la vida, perfectos, rosados y que daban ganar de mamar de ahí a todas horas. La tenía tumbada en un diván, y él estaba encima, con el pantalón bajado y el torso desnudo, empujando con fuerza mientras le sujetaba el cuello con una mano.

Evidentemente me quede mirando,se me secó la boca y me ardía la entrepierna otra vez al ver aquel espectáculo.

Mi padre se giró a verme mientras seguía dentro de ella.

—¿Qué pasa, chaval? ¿Te has empalmado otra vez solo de mirar?

Solo pude asentir, casi sin poder hablar.

Mi padre gruñó, sacándosela lentamente de la mujer rubia, ella gimió, pero sonrió.

—¿Y tú, preciosa? ¿Tienes energía para dos?

Ella asintió, sin pestañear.

—Entonces ven aquí —me dijo mi padre—. Es hora de que entiendas lo que es compartir como machos.

No tarde en acercarme temblando de deseo una vez más. Aquella piba se tumbó de nuevo, ahora entre ambos. Mi padre tomó una de sus piernas, se la abrió con fuerza. Yo tomé la otra. Las manos de ambos se encontraron sobre la piel de ella, cálida, húmeda, dispuesta.

—Vas a entrar tú primero —me ordeno mi padre—. Quiero que la llenes. Quiero verte moverte como un macho de verdad. Yo estaré aquí, viéndote, tocándola, hablándole. Y cuando llegue el momento… me toca a mí.

Eso hice, me coloque entre las piernas de la mujer, ella me guiaba con una sonrisa provocadora, estaba durísimo y no me costó nada entrar en ella con un gemido contenido, mientras mi padre se arrodillaba junto a su cabeza, cogiéndola del pelo, susurrándole palabras sucias.

—¿Te gusta cómo te lo mete mi aprendiz, eh? —le decía, roncamente—. Está aprendiendo rápido, ¿verdad? Te gusta sentir cómo te llena ese cuerpo joven…

La tía jadeaba, se retorcía. Yo cada vez me movía con más fuerza, más ritmo. Sentía a mi padre cerca, respirando con él, dominando todo.

—Ahora aparta —dijo de pronto—. Es mi turno.

Me tocó apartarme aunque con dificultad, sudando, temblando. Mi padre se colocó entre sus piernas, tomándola sin más, duro, rápido. La mujer gritó de placer, y yo no podía apartar la vista.

—Tócate —me ordenó—. Mírame. Míranos. Aprende.

Aquella imagen me tenía obsesionado, así que obedecí. Empecé a tocarme, mirándolos, sintiendo cómo mi cuerpo volvía a arder. No había vuelta atrás, estaba dentro de ese mundo. Lo deseaba, lo necesitaba.

Mi padre bombeó como un bestia y después de un buen rato avisaba a aquella mujer de que le iba a preñar pero bueno, terminó, con un gruñido profundo y brutal. Yo me corrí también a la vez dejando todo aquel espacio bien pringado. Después mi padre se giró y mirándome me dijo:

—Así se folla. Así se vive. Así se enseña a ser un hombre.

Yo me quedé quieto, sudoroso, vibrando por dentro.

No dije nada, no hacía falta.

Solo sabía que quería volver.
Dios ayer me lei toda la historia, necesito mas jajsjs, justo ahora me he encontrado los boxers de mi padre con restos de precum y semen ahora mismo me voy a hacer un pajazo jajsjsj
 
LECCIONES DE UN HOMBRE – Parte 2: El Club


El interior del local olía a perfume caro, cuero y cuerpos calientes. Luces rojas, paredes oscuras, música suave pero grave. Todo parecía diseñado para provocar. El ambiente vibraba con miradas intensas, susurros, copas servidas con calma. Las mujeres paseaban con ropa ajustada, vestidos cortos… muchas sin ropa interior. Todo rezumaba sexo. Sexo consentido, buscado, exhibido sin pudor.

Mi padre caminaba con paso firme. Sus botas resonaban en el suelo de madera, marcando el ritmo. Yo lo seguía de cerca, aún nervioso, pero con el pulso acelerado y la sangre caliente.

—No hables —me dijo al oído sin volverse—. Mira, escucha. Aprende.

Yo obedecí a sus órdenes.

Cruzamos una zona con sofás donde varias mujeres se sentaban con las piernas cruzadas, escotes generosos, bocas pintadas de rojo. Algunas miraban a mi padre con muchísimo descaro, una incluso se lamió los labios al ver a mi padre pasar.

—¿Ves esa? —susurró él, sin mirar atrás—. Lleva el pelo recogido, vestido corto, tacones de aguja. Una mujer que sabe lo que quiere. Y si me sigue mirando así, esta noche me la follo como a una perra.

Al escuchar eso tragué saliva, sin dejar de mirar.

—¿Quieres una así para ti? —me pregunto mi padre, girando por fin su cara, con una media sonrisa desafiante.

—Sí —dijo yo casi sin aire.

—Entonces muévete como un hombre. Míralas a los ojos. No te escondas. Demuestra que tienes polla. Que puedes hacerlas gritar.

Seguimos caminando hasta una barra, donde mi padre pidió dos copas de whisky. Mi padre se lo bebió de un trago como si fuera asiduo a ello (en casa prácticamente no bebía nunca). Yo le imité acto seguido (y hubiera preferido que no 🤣) pero quería que mi padre estuviera orgulloso en todos los sentidos.

—Entonces papá, ¿no es la primera vez que vienes aquí, verdad? —le pregunté directamente.

—No no hijo— me contestó mi padre riendo—Quiero a tu madre y eso no se pone en duda, pero llevo años catando distintos coños y ya es costumbre, al final el morbo siempre puede mucho más y eso es algo que quiero que entiendas, no te quedes solo con un coño en tu vida— me afirmo.

Al rato, de estar charlando una mujer se nos acercó. Una mujer de unos cuarenta, morena, de curvas generosas, labios gruesos y vestida de negro. Se movía como una reina, sin prisa, con los tacones marcando el ritmo. Al pasar junto a nosotros detuvo su mirada en mi, me devoró con los ojos, y sonrió como quien elige plato.

Yo me puse muy nervioso ya que era mi primera vez tanto en un lugar así, como ir con mi padre de putas.

—¿Nuevo? —me preguntó sin cortarse.

Yo asentí, tímido. Ella rió suave, con voz ronca.

—¿Y este es tu…? —miró a mi padre, que sonrió de lado.

—Su “tutor”—contestó el. Él está aprendiendo pero tiene madera —dijo, con ese tono de macho que hacía temblar paredes.

—Entonces que aprenda conmigo —dijo la mujer, tomándome la mano y llevándome con ella sin pedir permiso.

Yo miré a mi padre y acto seguido él también me miró con una mirada que decía “disfruta… pero observa”. Me guiñó un ojo, sonrió, y lo perdí de vista.

Aquella mujer me llevaba de la mano como si fuera un crío, caminando por un largo pasillo iluminado con una luz muy tenue y llegando con ella a una sala privada.

Cuando llegamos ella me ordenó que primero (por higiene) me aseara bien, y que después me esperaba en la cama. Así que eso hice. Me encerré en el baño y mientras me duchaba me venían mil cosas a la cabeza, la situación, el estar ahí con mi padre, si mi madre se llegara a enterar, incluso me preguntaba que qué coño hacía yo allí…cuando salí de la ducha me miré al espejo y entonces una ola de morbo y excitación desatada recorrían mi cuerpo, queriendo dejar el listón bien alto “tu polla es mi polla papá” pensé para mi, para acto seguido salir a la habitación a cumplir.

Allí estaba esa hembra esperándome con un cuerpo espectacular como pocas veces he vuelto a ver. Me acerqué a ella y empezó a acariciarme, a palparme, a tocarme a ir bastante directa al grano. La verdad que pensar en aquella situación me la estaba poniendo más dura que nunca, y saber que mi padre estaba a unos metros de mí aún me la ponía más a reventar.

Sus labios se acercaron a los míos en un beso profundo que ni la mejor tía de mi edad me había dado. Seguimos así un buen rato hasta que le dije que tenía el morbo de que fuera obediente en todo lo que yo le dijera. Me dijo que eso estaba asegurado, así que como ya la tenía a mis pies empecé a ordenarle:

—Chúpame la polla anda— le dije.

Como buena obediente ahí que fue y debo decir que, incluso hoy años después, puedo afirmar que esos labios tenían una maestría para la felación que era una locura. Sus labios bien húmedos bajando, sin mucha fuerza pero bien de roce, era como una paja lubricada bien suave pero con la boca. Yo no podía parar de gemir, sabía que si continuaba así bastante más tiempo iba a correrme como un loco, pero yo no quería acabar así.

Después de unos minutos le dije que se pusiera boca arriba que la iba a follar bien follada. Ella me obedeció y puso sus manos sobre su boca para acto seguido empezar a masturbarse y dejarse el coño bien lubricado. Podría haber comido coño, pero estaba tan cerdo que me apetecía clavársela ya, darle bien duro.

Procedí a ponerme el condón y junto a su mirada de deseo llevé mi polla a la entrada de su coño y la metí primero despacio, ella solo dio un respingo con un gemido leve para acto seguido meterla de golpe (su coño así lo permitía). Ella dio un gemido de la hostia, apretando con sus manos mis brazos de lo que acababa de sentir y empecé a empujar sin parar. Nuestros labios se fundían en morreos sin parar mientras mi ritmo seguía acrecentándose, mi polla entraba y salía sin descanso, con un ritmo frenético, haciendo que mis huevos sonaran al chocar con su coño (es algo que siempre me pone cerdisimo).

—Sigue, vamos sigue— me decía ella como una loca.

Sabía que le estaba dando lo suyo y ella no paraba de gemir, yo estaba a 100 y sabía que no duraría mucho más tiempo.

—¿Me puedo correr en tu boca?— le pregunté mientras seguía metiéndola.

—Con condón si— me contestó.

No estaba dispuesto a que mi lefa se desperdiciará en un puto condón.

—Pues entonces en tus tetas.

—Ahí sin problema— me contestó con su cara de zorra.

Seguía dándole y sabía que la corrida vendría pronto, empecé a dar empellones lentos pero firmes y fuertes donde el sonido de mis cojones era bastante perceptible por toda la habitación.

—Me corro, me corro joder.

Aquella tía se puso de rodillas frente a mí poniendo sus tetas bien juntas y esperando a que le diera toda mi leche de hombre.

Llevé al límite el correrme y al sacarme el condón ya empecé a soltar chorros de lefa, lo que provocó que esta cayera en sus tetas, pero también en el suelo y parte de su cuerpo.

Me quedé jadeando, extasiado después de aquello, queriendo dejar el listón bien alto para con mi padre. Aquella señora se levantó del suelo y mirándome guiñándome un ojo me soltó:

—Muy bien chaval muy bien, tu “tutor” estará muy orgulloso de ti.

Me volví a dar una ducha después de aquel polvazo y le di su “agradecimiento” por aquel buen rato que me hizo pasar, para acto seguido salir y volver para buscar a mi padre.

Aquel sitio era muy particular pues también había un rincón donde la gente podía dar rienda suelta a la imaginación y follar aunque hubiera gente, en aquel entonces igual me extrañaba pero hoy sé que también era bastante liberal el lugar.

Cuando volví no se me olvidará jamás la imagen de mi padre bombeándose a otra mujer que no era mi madre, debo decir que se me puso dura no, durísima.

Mi padre tenía entre sus piernas a una tía rubia, alta, con una risa grave, y unos pezones que no se me olvidarán en la vida, perfectos, rosados y que daban ganar de mamar de ahí a todas horas. La tenía tumbada en un diván, y él estaba encima, con el pantalón bajado y el torso desnudo, empujando con fuerza mientras le sujetaba el cuello con una mano.

Evidentemente me quede mirando,se me secó la boca y me ardía la entrepierna otra vez al ver aquel espectáculo.

Mi padre se giró a verme mientras seguía dentro de ella.

—¿Qué pasa, chaval? ¿Te has empalmado otra vez solo de mirar?

Solo pude asentir, casi sin poder hablar.

Mi padre gruñó, sacándosela lentamente de la mujer rubia, ella gimió, pero sonrió.

—¿Y tú, preciosa? ¿Tienes energía para dos?

Ella asintió, sin pestañear.

—Entonces ven aquí —me dijo mi padre—. Es hora de que entiendas lo que es compartir como machos.

No tarde en acercarme temblando de deseo una vez más. Aquella piba se tumbó de nuevo, ahora entre ambos. Mi padre tomó una de sus piernas, se la abrió con fuerza. Yo tomé la otra. Las manos de ambos se encontraron sobre la piel de ella, cálida, húmeda, dispuesta.

—Vas a entrar tú primero —me ordeno mi padre—. Quiero que la llenes. Quiero verte moverte como un macho de verdad. Yo estaré aquí, viéndote, tocándola, hablándole. Y cuando llegue el momento… me toca a mí.

Eso hice, me coloque entre las piernas de la mujer, ella me guiaba con una sonrisa provocadora, estaba durísimo y no me costó nada entrar en ella con un gemido contenido, mientras mi padre se arrodillaba junto a su cabeza, cogiéndola del pelo, susurrándole palabras sucias.

—¿Te gusta cómo te lo mete mi aprendiz, eh? —le decía, roncamente—. Está aprendiendo rápido, ¿verdad? Te gusta sentir cómo te llena ese cuerpo joven…

La tía jadeaba, se retorcía. Yo cada vez me movía con más fuerza, más ritmo. Sentía a mi padre cerca, respirando con él, dominando todo.

—Ahora aparta —dijo de pronto—. Es mi turno.

Me tocó apartarme aunque con dificultad, sudando, temblando. Mi padre se colocó entre sus piernas, tomándola sin más, duro, rápido. La mujer gritó de placer, y yo no podía apartar la vista.

—Tócate —me ordenó—. Mírame. Míranos. Aprende.

Aquella imagen me tenía obsesionado, así que obedecí. Empecé a tocarme, mirándolos, sintiendo cómo mi cuerpo volvía a arder. No había vuelta atrás, estaba dentro de ese mundo. Lo deseaba, lo necesitaba.

Mi padre bombeó como un bestia y después de un buen rato avisaba a aquella mujer de que le iba a preñar pero bueno, terminó, con un gruñido profundo y brutal. Yo me corrí también a la vez dejando todo aquel espacio bien pringado. Después mi padre se giró y mirándome me dijo:

—Así se folla. Así se vive. Así se enseña a ser un hombre.

Yo me quedé quieto, sudoroso, vibrando por dentro.

No dije nada, no hacía falta.

Solo sabía que quería volver.
Queremos más jjjj
 
Wau, no sabía que seguías en otro hilo está historia, estaré pendiente a ella, pero de momento si no me equivoco está en el mismo punto donde lo dejasteis verdad?
 
Si mal no recuerdo se llamaba solo: mi padre me enseñó a ser un hombre, pero lo cerraron
 
PADRE E HIJO PARTE III

¡Joder, chaval…! —gruñó mi padre todavía enterrado hasta el fondo, con la polla palpitando dentro de mí mientras los últimos chorros de su leche caliente seguían saliendo a presión—. Te acabo de llenar como a una puta en celo y ya estás pidiendo más con esa cara de vicioso.

Se salió despacio, con un sonido húmedo y obsceno, y vi cómo un hilo espeso de su corrida se escapaba de mi culo abierto, resbalando por mis huevos. Me dio una palmada fuerte en la nalga izquierda, dejando la marca roja de sus dedos.

—Date la vuelta. Quiero verte la cara mientras te limpio.

Obedecí como un perro amaestrado. Mi padre se arrodilló entre mis piernas abiertas, me separó las nalgas con las dos manos y, sin pensárselo dos veces, hundió la lengua en mi agujero recién follado. Chupaba su propia lefa mezclada con mi sudor, tragándosela con gemidos graves y guarrísimos.

—Mmm… sabe a hijo de puta —murmuró contra mi piel, levantando la vista para mirarme con los labios brillantes—. Y tú vas a aprender a comértela también cuando yo te la meta.

Se incorporó, me cogió del pelo y me obligó a bajar la cabeza hasta su polla todavía semierecta, goteando restos de semen y mi propia saliva.

—Límpiala, anda. Con lengua. Toda.

La metí en la boca sin rechistar. Sabía a mí, a él, a sexo prohibido. Mi padre me follaba la cara con movimientos lentos pero profundos, usándome como un puto trapo.

—Buen chico… —susurró—. Mañana mismo te voy a despertar metiéndote la polla por el culo mientras duermes. Y ni se te ocurra quejarte, ¿eh? Estas vacaciones son mías.
Se corrió otra vez, pero esta vez poco, solo un par de chorros espesos que me dejó en la lengua para que me los tragara delante de él.

—Traga. Todo. Esa es la leche que te hizo, cabrón.

Me levanté temblando, con el culo palpitando y lleno. Mi padre me miró de arriba abajo, satisfecho, y soltó una risa baja.

—Ve a ducharte. Pero no te limpies por dentro. Quiero que te pases el día sintiendo cómo se me escurre mi corrida por las piernas mientras desayunamos.

Y así empezó la primera noche de muchas.
Al día siguiente, apenas había amanecido cuando sentí su peso encima de mí. Ni siquiera me había despertado del todo cuando ya notaba su polla dura presionando contra mi entrada, todavía sensible y resbaladiza de la noche anterior.

—Shhh… quieto —me susurró al oído mientras me clavaba la primera mitad de un empujón seco—. Papá necesita descargar las pelotas antes del café.

Me folló despacio pero profundo, sujetándome las muñecas contra la almohada, mordiéndome el cuello como un animal. Cada embestida hacía que su cuerpo peludo chocara contra mi espalda y sus huevos pesados golpearan los míos.

—Joder… estás más apretado por la mañana, hijo de la gran puta… —gruñía—. Vas a hacer que me corra en dos minutos.

Y lo hizo. Se vació dentro otra vez, gruñendo mi nombre entre dientes, y se quedó ahí dentro mientras se ablandaba, respirando pesado contra mi nuca.

—Hoy te voy a llevar al supermercado con el culo lleno de mí —me dijo saliéndose—. Y cuando volvamos… te voy a atar a la mesa de la cocina y te voy a follar hasta que llores pidiendo clemencia.

Y cumplió. Cada puto día de esas vacaciones fue peor (o mejor).
A los tres días ya me tenía entrenado: me despertaba con la boca llena de su polla, me follaba en la ducha hasta que me temblaban las piernas, me hacía chupársela mientras veía el fútbol, me corría encima de la cara mientras comíamos… y siempre, siempre, terminaba corriéndose dentro.

Una noche me pilló en la terraza reflexionando, sin más. Sin decir nada me bajó los pantalones, me dobló sobre la barandilla y me folló mirando las luces de la urbanización mientras me tapaba la boca con la mano para que los vecinos no me oyeran gritar.

—Grita por dentro, zorra —me susurraba—. Que todo el mundo piense que estás aquí con tu padre de vacaciones… y no que te estoy destrozando el culo como a una puta barata.

Al final de la segunda semana (ya que las vacaciones de mi madre se alargaron más de la cuenta) ya no era el hijo tímido del principio. Era su puto personal. Me arrodillaba nada más oír la llave en la puerta. Le pedía que me follara más fuerte. Le suplicaba que me dejara embarazado de su leche aunque los dos sabíamos que era imposible.

Y él… él solo sonreía con esa sonrisa de macho cabrón y me decía:

—Todavía quedan diez días, chaval.
Y pienso dejarte el culo tan abierto y tan lleno que cuando vuelva tu madre… vas a tener que fingir que no te duele sentarte delante de ella.
 
LÍOS DE FAMILIA

Las vacaciones terminaron como terminan todas las buenas: con mi culo destrozado, el sabor de la leche de mi padre todavía pegado en la garganta y la promesa de que aquello no iba a parar solo porque mi madre volviera a casa. El día que llegó, mi viejo y yo nos comportamos como dos santos delante de ella.

Besitos en la mejilla, “¿qué tal el viaje, cariño?”, abrazos familiares… pero por debajo de la mesa, mientras cenábamos, mi padre me rozaba la rodilla con la suya y me clavaba esa mirada de “te voy a follar igual, pero ahora con más riesgo”.

La primera noche fue la hostia. Mi madre se metió en la ducha canturreando, feliz de estar de vuelta. Mi padre esperó exactamente tres minutos, me miró y me señaló el pasillo con la cabeza.

—Al armario del pasillo. Ahora. Y ni se te ocurra hacer ruido.

Me escondí allí, con la puerta entreabierta, el corazón a mil. Desde mi posición tenía vista perfecta de la habitación. Mi madre salió envuelta en la toalla, mi padre la esperaba sentado en la cama, ya con la polla fuera, dura como una barra de hierro.

—Ven aquí, zorra —le gruñó, y ella soltó una risita tonta pensando que era juego romántico.
No lo era.
La cogió del pelo, le arrancó la toalla y la tiró boca abajo en la cama. Sin preliminares, sin besos, sin nada. Le escupió directo en el coño y se la clavó de un solo empujón hasta los huevos.

—¡Aaaah! ¡Joder, cariño, vas muy bruto hoy! —gimió mi madre.
—Cállate y abre las piernas —le soltó él mientras empezaba a embestirla como un animal—.

Yo estaba allí, escondido, con la mano dentro del pantalón pajéandome despacio mientras veía cómo mi padre destrozaba el coño de mi madre. Cada golpe hacía que la cama crujiera, los huevos le chocaban contra el clítoris y mi madre gemía como una perra en celo.

Pero lo mejor… lo mejor era que mi padre me miraba directamente al armario mientras la follaba. Me guiñaba el ojo y formaba con los labios las palabras “mira cómo me la follo, cabrón”.

—Dime que te gusta, puta —le gruñía a ella—. Dime que te encanta que te parta el coño.
—¡Sí! ¡Sí, joder! ¡Más fuerte!
Mi padre aceleró, la agarró del cuello y le metió dos dedos en el culo mientras seguía machacándola.
—Estás más floja que de costumbre… ¿o soy yo que vengo con la polla más gorda? —se rio bajito, y yo casi me corro ahí mismo.

Se corrió dentro de ella con un rugido animal, tanto que vi cómo la leche le rebosaba por los labios del coño y le caía por los muslos. Cuando terminó, sacó la polla todavía chorreando, se acercó al armario y, sin que mi madre lo viera, me metió los dedos llenos de su corrida y de los jugos de ella en la boca.

—Chupa —susurró solo para mí—. Prueba lo que le acabo de meter a tu madre.

Y yo chupé como un puto desesperado.
A partir de ahí la rutina se volvió una puta locura controlada. De día éramos la familia perfecta. De noche…mi padre me follaba en el garaje, en el baño de abajo, en mi habitación mientras mi madre dormía al lado.

A veces me hacía mirar desde el pasillo mientras se la follaba a ella, y luego venía a mi cuarto a metérmela todavía caliente y mojada del coño de mi madre, pero entonces llegó mi hermana.

Mi hermana hacía tiempo que ya no vivía con nosotros, pero volvió por temas con su marido que no comentaré ya que no afectan a la historia, digamos que problemas que cualquier matrimonio puede tener y ya está.

Apareció en casa hecha una mierda, con dos maletas y cara de “no quiero hablar del tema”. Mi madre la recibió con abrazos, mi padre con esa sonrisa de “bienvenida a casa, princesa”… y yo sin saber qué pasaría a partir de ahora.

Mi hermana siempre había sido la típica hermana que se paseaba por casa en bragas. Pero ahora, con el disgusto, se volvió aún más descuidada. Bajaba a desayunar con una camiseta vieja mía que le llegaba justo por debajo del culo, sin sujetador, las tetas marcándosele y las bragas blancas de algodón asomando cada vez que se agachaba a por el café.

Otras veces solo camisón transparente, esos que se le pegaban a los pezones cuando tenía frío. Y mi padre…joder, mi padre no perdía detalle.
La primera mañana que la vi así, mi viejo estaba sentado en la mesa de la cocina leyendo el periódico. Laura se inclinó para coger la leche de la nevera y la camiseta se le subió del todo. Se le veía el culo entero, las bragas metidas entre las nalgas, ese culito redondo y firme que tenía. Mi padre levantó la vista del periódico y se quedó clavado. Vi perfectamente cómo se le hinchaba la polla debajo del pantalón de chándal. Intentó disimular cruzando las piernas, pero era imposible. La tienda de campaña era evidente.

Me miró a mí, que estaba enfrente, y me guiñó el ojo con una sonrisa de hijo de puta total. Yo sentí un latigazo en la polla. Sabía exactamente lo que estaba pensando.
Esa misma noche, después de follarse a mi madre como siempre (esta vez desde atrás, con mi madre a cuatro patas y gritando “¡sí, cariño, rómpeme!”), mi padre vino a mi habitación. Todavía olía a sexo de mi madre.

—Cierra la puerta —me ordenó bajito—. Y bájate los pantalones.
Mientras me follaba lento y profundo, sujetándome la boca para que no gimiera, me susurró al oído:
—¿Has visto cómo se pasea tu hermana? Joder… esa putita no lleva casi nada puesto. Le he visto las bragas tres veces hoy. Y cada vez se me pone como una piedra.

Me embestía más fuerte con cada frase.

—Imagínate… yo follándome a tu madre en la habitación de al lado… y luego bajando a la cocina y pillando a tu hermana inclinada… metiéndole la polla hasta el fondo mientras tú miras desde la puerta.
Me corrí tan fuerte que casi me desmayo. Mi padre se rio bajito y me llenó el culo otra vez.

Al día siguiente subió el nivel. Mi hermana bajó con un camisón rosa clarito, tan fino que se le transparentaban los pezones oscuros y el triangulito del coño. Se sentó en el sofá con las piernas cruzadas, pero el camisón se le subió y se le veía todo.

Mi padre estaba en el sillón de enfrente y se le quedó mirando descaradamente mientras fingía ver la tele, la polla se le marcaba tanto que tuvo que poner un cojín encima.

Yo estaba a su lado en el sofá, me miró de reojo, sonrió y, sin que nadie más lo viera, se tocó la polla por encima del pantalón un par de veces, solo para mí.
Luego, cuando mi madre y mi hermana fueron a la cocina a preparar la cena, mi padre se levantó, se acercó a mí y me susurró:
—Esta noche, cuando tu madre se duerma… te voy a follar en el salón. Y vas a mirar cómo tu hermana duerme en el sofá cama de la habitación de invitados con la puerta abierta. Quiero que te corras imaginando que la próxima vez…la que está debajo de mí es ella.

Y lo hizo. A las dos de la mañana me tenía doblado sobre el respaldo del sofá, follándome como un salvaje mientras la puerta de la habitación de Laura estaba entreabierta. Se oía su respiración tranquila. Mi padre me tapaba la boca con una mano y con la otra me daba cachetadas en el culo.
—Mira…ahí está tu hermanita…durmiendo como una princesita…y yo aquí destrozándote el culo pensando en cómo le voy a reventar el suyo cualquier día de estos.
Se corrió tan fuerte que me llenó hasta que me chorreaba por las piernas.

No sé si era costumbre de estar en su casa con su marido o que con la edad se había vuelto más suelta, pero estaba desatada con su forma de vestir.

Al día siguiente se quedó en bragas y sujetador deportivo en el salón “porque hacía calor”. Mi padre casi se corre en los pantalones cuando ella se estiró para coger el mando y se le vieron los labios del coño marcándosele en la tela fina.

Y mi viejo ya no disimula tanto las erecciones, me guiña el ojo cada vez.

Y yo…yo ya no sé si quería que se follara a mi madre, a mi hermana…o que me follara a mí mientras mi hermana nos miraba.
 
LÍOS DE FAMILIA II

Aquella misma noche, después de dejarme el culo chorreando en el sofá, mi padre no había tenido suficiente. Se subió los pantalones, me dio una palmada en la cara y me susurró:

—Mañana por la mañana, cuando tu hermana se meta en la ducha…tú y yo vamos a estar ahí dentro con ella. Pero tú vas a estar de rodillas, comiéndome la polla mientras ella se enjabona las tetas al otro lado de la cortina. ¿Entendido?
No dormí en toda la puta noche. Solo pensaba en eso.

A las ocho de la mañana, como un reloj, se oyó el agua de la ducha. Laura siempre se duchaba la primera y mi padre me miró desde la mesa del desayuno, con esa sonrisa de depredador, y señaló el pasillo con la cabeza. Mi madre estaba todavía en la cama roncando.

Entramos al baño sin hacer ruido, el vapor ya lo llenaba todo, la cortina de la ducha estaba corrida, pero se veía la silueta perfecta de mi hermana: tetas grandes pero firmes, culo redondo, el pelo mojado pegado a la espalda.

Mi padre se bajó el pantalón de chándal sin decir nada y su polla saltó fuera, ya dura como el acero, gorda, venosa y con el capullo brillando de precum.
Me señaló el suelo y me arrodillé entre él y la cortina, con la cara a diez centímetros del culo de mi hermana. Mi viejo me cogió del pelo y me metió la polla hasta la garganta de un solo empujón, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no toser.

El sonido del agua amortiguaba todo, pero yo oía perfectamente cómo mi hermana tarareaba mientras se enjabonaba. Mi padre empezó a follarme la boca despacio pero profundo, sujetándome la nuca con una mano mientras con la otra apartaba un poco la cortina… solo un dedo, lo justo para ver.
—Mira… —me susurró casi sin voz—. Mira cómo se toca las tetas la putita de tu hermana…

Yo giré los ojos como pude y vi a mi hermana pasándose las manos llenas de jabón por los pezones, que se le habían puesto duros. Mi padre me follaba la boca más fuerte, los huevos le golpeaban la barbilla. Cada vez que sacaba la polla un segundo para que respirara, un hilo grueso de saliva me caía por la barbilla y llegaba hasta el suelo.

De repente mi hermana se giró, su coño depilado quedó a la altura de mi cara, separado solo por la cortina fina. Se estaba enjabonando entre las piernas, abriéndose los labios con los dedos. Mi padre casi se corre ahí mismo. Me sacó la polla de la boca, me levantó la cara y me escupió en la lengua.

—Chúpame los huevos mientras yo miro —ordenó en un hilo de voz.

Me puse a lamerle los huevos peludos, pesados, llenos de leche, mientras él tenía la cortina abierta un centímetro más. Laura estaba de espaldas otra vez, agachada para lavarse las piernas, y el culo se le abrió dejando ver el culito rosa y apretado.
Mi padre empezó a pajearse encima de mi cara, rápido y silencioso.
—Joder… mira ese culo… un día de estos te voy a hacer que me la sostengas mientras se la meto a tu hermana por detrás… y luego te voy a obligar a que te comas mi corrida de su coño…

Se corrió como un toro. Chorros espesos, calientes, me cayeron en la cara, en la lengua, en el pelo. Uno incluso salpicó la cortina. Mi padre se metió la polla todavía chorreando en la boca para que limpiara los restos y luego, con un dedo, recogió un poco de su propia leche de mi mejilla y la pasó por debajo de la cortina, untándola en el culo de mi hermana sin que ella se diera cuenta.

Ella dio un pequeño respingo.
—¿Qué coño…? —murmuró, pero pensó que era agua y siguió duchándose.

Mi padre me miró con ojos de loco, se subió el pantalón y salimos del baño como si nada.
El resto del día fue una puta tortura deliciosa.

Por la tarde mi madre y mi hermana se fueron al supermercado. Mi padre y yo nos quedamos solos en casa. Nada más cerrar la puerta me tenía ya contra la pared del pasillo, bajándome los pantalones.

—Te voy a follar tan fuerte que vas a oler a mi polla toda la puta tarde —me gruñó.

Me folló allí mismo, de pie, sujetándome contra la pared, embistiéndome como un animal mientras me decía al oído:
—Esta noche, cuando tu madre se duerma y tu hermana esté en el sofá cama… te voy a hacer que te pongas debajo de la manta con ella. Vas a meterle la mano dentro de las bragas mientras yo te follo el culo desde atrás. Quiero que sientas cómo se moja tu hermana mientras te destrozo.

Y esa noche…lo hicimos.
A las dos de la madrugada el salón estaba en penumbra. Mi hermana dormía boca abajo en el sofá cama, solo con una camiseta enorme y unas bragas negras de encaje que se le metían entre las nalgas. Mi padre me llevó de la mano hasta allí, me puso a cuatro patas justo al lado de ella y me bajó los calzoncillos.

Se escupió en la polla y me la metió entera de un empujón. Tuve que morderme el brazo para no gritar. Empezó a follarme lento pero profundo, haciendo que mi cuerpo se moviera hacia delante con cada embestida… acercándome más y más al culo de mi hermana.

—Ahora —susurró—. Mete la mano.

Mi hermana tenía el sueño muy profundo (vamos, que caería una bomba y ni se enteraría) así que metí la mano temblando debajo de la manta, toqué la tela de sus bragas…estaba caliente.

Deslicé un dedo por debajo y…joder…mi hermana estaba mojada. No mucho, pero lo suficiente para que mi dedo se deslizara entre sus labios sin esfuerzo.

Mi padre aceleró, follándome más fuerte, haciendo que mi dedo entrara y saliera del coño de mi hermana al ritmo de sus embestidas.
—Mira cómo se abre…la putita está soñando que la follan…—gruñó bajito.

Mi hermana soltó un pequeño gemido dormida y separó un poco las piernas. Mi dedo entró más adentro. Mi padre me tapó la boca con la mano y empezó a machacarme sin piedad, los huevos golpeándome los míos, el sofá cama crujiendo peligrosamente.

—Cuando se corra tu madre mañana…te voy a obligar a que te folles a tu hermana mientras yo os miro. Y luego te voy a follar a ti encima de ella. Los tres vamos a acabar llenos de mi leche.

Se corrió dentro de mí con tanta fuerza que sentí cómo me llenaba hasta rebosar. Sacó la polla, todavía dura, y me obligó a chuparla limpia mientras mi dedo seguía dentro del coño de mi hermana.

Cuando por fin la saqué, mi hermana suspiró en sueños y se dio la vuelta, quedándose con las piernas abiertas y las bragas mojadas y corridas por mi dedo.

Mi padre me miró, sonrió como el hijo de puta que es y me dijo:
—Mañana subimos el nivel, chaval.
Mañana voy a hacer que tu hermana nos pille… y vamos a ver si la zorrita se une o se asusta.
 
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