CAPITULO 4 - SECRETOS A ORILLAS DEL MAR
La luz del amanecer se filtraba a través de las persianas de bambú del comedor del Hilton Resort Lanzarote, tiñendo de dorado los manteles de lino blanco y la cristalería de Bohemia. El aroma a café recién molido se mezclaba con el suave perfume de las buganvillas que trepaban por los arcos de la terraza, donde las mesas estaban dispuestas con un esmero que invitaba a la contemplación. Jordi ajustó el cuello de su camisa lino, color hueso, mientras observaba cómo Marta entraba al comedor con esa elegancia natural que siempre lo había fascinado. Llevaba un bañador entero de un azul profundo, casi negro, que se ceñía a su figura esbelta como una segunda piel, resaltando el bronceado incipiente de sus hombros. A su lado, Raquel irradió una energía distinta, más cálida y expansiva, con su bañador de una pieza en tonos coral que abrazaba sus curvas con una audacia que no pasaba desapercibida. El tejido brillante captaba los destellos del sol cada vez que se movía, como si llevara consigo fragmentos de luz.
Jorge, ya sentado a una mesa redonda cerca de la barandilla que daba al mar, se levantó al verlas acercarse. Su camisa deportiva, de una verde agua desvaído, contrastaba con el canoso de su barba, cuidadosamente recortada. Con un gesto, indicó a Jordi que tomara el asiento a su derecha, dejando los otros dos lugares frente a ellos para las mujeres. "Buenos días, señoras", dijo Jorge con una sonrisa que delataba esa mezcla de complicidad y respeto que siempre lograba poner a los demás a gusto. "Parece que el día nos ha regalado el escenario perfecto para empezar con buen pie". Marta respondió con un gesto afable, colocando sus gafas de sol sobre la mesa mientras se sentaba. "No hay mejor manera de despertar que con esta vista", comentó, señalando hacia el horizonte, donde el mar se fundía con el cielo en una línea difusa. Raquel, por su parte, no pudo evitar una risita al ver cómo Jordi fingía indignación cuando el camarero le sirvió un zumo de naranja en lugar del café que había pedido. "¡Pero si esto es un crimen a las nueve de la mañana!", exclamó Jordi, llevándose una mano al pecho en un gesto teatral que arrancó otra carcajada de Raquel.
La conversación fluyó con una naturalidad que sorprendió incluso a los propios hombres. Jorge contó una anécdota sobre su último viaje en bicicleta por los acantilados de la isla, exagerando, como era su costumbre, los detalles más peligrosos del recorrido. "¡Y entonces, justo cuando creía que iba a terminar en el fondo del barranco, aparece un rebaño de cabras como si fueran mi guardia de honor!", relató, moviendo las manos para ilustrar el momento. Marta, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas bajo la barbilla, lo escuchaba con una sonrisa que delataba tanto diversión como una pizca de escepticismo. "Jorge, cada vez que cuentas una de tus aventuras, termino preguntándome si no habrás inventado la mitad", bromeó, pero su tono era cariñoso. Raquel, mientras tanto, compartió cómo había descubierto un pequeño mercado en Teguise donde vendían unas almendras garrapiñadas que, según ella, eran "el único pecado que valía la pena cometer antes del mediodía". Jordi, siempre atento a los detalles, notó cómo la mirada de Marta se iluminaba al hablar de dulces, y cómo Raquel, al describir el sabor, humedecía ligeramente los labios, como si pudiera saborearlas en ese instante.
El desayuno transcurrió entre risas y confidencias ligeras, pero había algo más, una corriente subterránea que solo Jordi y Jorge parecían percibir. Cada vez que las mujeres reían juntas, intercambiando miradas cómplices o tocándose brevemente el brazo al compartir un comentario, los hombres cruzaban una mirada fugaz, cargada de expectativa. Fue Raquel quien, al terminar su segundo café, propuso dar un paseo por la playa privada antes de que el sol estuviera en su punto más alto. "Con este calor, dentro de un par de horas no vamos a querer movernos de la sombra", argumentó, mientras se ajustaba el pareo alrededor de las caderas con un gesto que no pasó desapercibido para Jorge. Marta asintió, recogiendo su toalla de playa con un movimiento fluido. "Mejor ahora, cuando la arena aún está fresca", añadió, y Jordi notó cómo sus dedos se demoraban un instante más de lo necesario al rozar el tejido suave de la toalla, como si anticipara algo más que el contacto con la arena.
La playa privada del resort era un remanso de paz, con su arena volcánica negra que contrastaba con el turquesa intenso del agua. Las tumbonas de madera blanca y lona beige estaban dispuestas en pequeños grupos, algunas bajo la sombra de grandes sombrillas de paja, otras al sol, como invitando a los bañistas a elegir su propia aventura. Marta y Raquel caminaron juntas hacia un par de tumbonas cercanas a la orilla, donde las olas llegaban lo suficiente como para humedecer los dedos de los pies sin llegar a molestar. Jordi y Jorge las siguieron a unos pasos, observando cómo las mujeres se acomodaban con una sincronía que delataba una complicidad creciente. Raquel se quitó las sandalias y enterró los pies en la arena con un suspiro de placer. "Esto es lo más cerca del paraíso que he estado en mucho tiempo", murmuró, cerrando los ojos un instante. Marta, en cambio, se sentó con las piernas cruzadas, la toalla extendida sobre el respaldo de la tumbona, y miró hacia el mar con una expresión que Jordi no logró descifrar del todo. ¿Era melancolía? ¿O quizá esa quietud que precedía a un pensamiento audaz?
Los hombres se sentaron en tumbonas cercanas, pero lo suficientemente lejos como para no interrumpir la intimidad que parecía estar tejiéndose entre las mujeres. Jorge sacó un cigarrillo electrónico de su bolsillo y aspiró lentamente, dejando que el vapor se mezclara con el aire salado. "Esto se está poniendo interesante", comentó en voz baja, sin apartar la vista de Raquel, cuya risa cristalina llegó hasta ellos arrastrada por la brisa. Jordi asintió, pero su atención estaba dividida entre la escena frente a él y el modo en que Marta, de pronto, inclinó el cuerpo hacia Raquel, como si estuviera a punto de compartir un secreto. Las voces de las mujeres se mezclaban ahora en un murmullo ininteligible, puntuado por risas suaves y algún que otro gesto enfático de Raquel. "No puedo creer que hayas hecho eso", escuchó Jordi que decía Marta, con un tono entre escandalizado y admirativo. Raquel respondió algo que hizo que Marta se llevara una mano a la boca, como para contener una exclamación.
El sol, ahora más alto, comenzaba a calentar la arena bajo sus pies, y el aire olía a sal y a esas flores exóticas que crecían entre las rocas volcánicas. Jordi sintió cómo el sudor perlaba su nuca, pero no era solo por el calor. Había algo en la forma en que Marta y Raquel se miraban, en cómo sus cuerpos parecían inclinarse el uno hacia el otro como imanes, que lo mantenía en un estado de alerta contenida. Jorge, por su parte, había dejado de fingir que no estaba pendiente de cada movimiento de su esposa. Cuando Raquel se levantó de pronto y tendió una mano a Marta, diciendo algo que terminó con "...vamos al chiringuito, necesito un mojito ya", Jordi sintió un nudo en el estómago. Las dos mujeres caminaron hacia el pequeño bar de madera y paja que se alzaba a unos metros, sus figuras recortadas contra el cielo mientras reían de algo que solo ellas entendían.
Jordi y Jorge se quedaron mirando sus espaldas, el balanceo de las caderas de Raquel, la elegancia serena de Marta al caminar. "Esto no estaba en el guion", murmuró Jorge, más para sí mismo que para su amigo. Jordi no respondió de inmediato. Observó cómo Marta se detenía un instante para ajustarse el tirante del bañador, un gesto que, en otra circunstancia, habría pasado desapercibido, pero que ahora parecía cargado de intención. "No", admitió al fin, "pero quizá sea mejor así". El sonido de las olas rompiendo en la orilla llenó el silencio que siguió, mientras el futuro de los cuatro quedaba suspendido en ese instante, como la arena que el viento levantaba y dejaba caer, una y otra vez, sin prisa por decidir adónde iría a parar.
El sol de mediodía caía a plomo sobre las hamacas de mimbre, donde Jordi y Jorge permanecían tendidos, fingiendo una relajación que distaba mucho de lo que realmente sentían. Los cuerpos de ambos, bronceados por años de veranos mediterráneos, brillaban bajo una fina capa de sudor y protector solar. Sus bañadores, ceñidos pero no lo suficiente como para ocultar el bulto evidente que se alzaba bajo la tela, delataban la excitación que los consumía. Marta y Raquel, ajenas a todo, se alejaban hacia el chiringuito de madera blanca con techumbre de paja, sus caderas balanceándose con un ritmo que hacía que los músculos de los hombres se tensaran aún más. Los bañadores enterizos, negros y ajustados como una segunda piel, marcaban cada curva de sus cuerpos: los pechos de Raquel, llenos y firmes a pesar de los años, se movían con cada paso, mientras que el trasero de Marta, redondo y turgente, se contraía al caminar sobre la arena caliente.
—Joder, mira ese culo —murmuró Jorge, ajustándose discretamente el bañador mientras sus ojos seguían el contoneo de Marta—. Cada vez que la veo así, me pregunto cómo coño hemos esperado tanto.
Jordi giró la cabeza hacia él, una sonrisa lasciva dibujándose en sus labios finos. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de lujuria y complicidad.
—Cinco años, Jorge. Cinco putos años compartiendo fotos, videos, fantasías… y ahora están ahí, a veinte metros, pidiendo a gritos que las follemos como se merecen —respondió, pasando la lengua por sus labios secos—. Pero esto no es como antes. Ya no son solo imágenes en una pantalla. Ahora son carne, sudor, gemidos reales.
Jorge asintió, sintiendo cómo su polla palpitaba contra la tela del bañador. El recuerdo de aquella noche en la que se había corrido sobre la foto de Marta, impresa en papel brillante, le hizo apretar los puños. Había sido un acto casi ritual: su semen caliente resbalando sobre el rostro sonriente de ella, mezclándose con la tinta, como si estuviera marcando territorio.
—¿Te acuerdas de la primera vez que subimos esas fotos a *****? —preguntó Jorge, bajando aún más la voz—. Raquel con la cara pixelada y con ese conjunto de encaje rojo, con las piernas abiertas sobre la cama, y tú diciendo: "Esto es solo el principio, amigo".
Jordi rio, un sonido gutural que surgió desde lo más profundo de su pecho.
—Claro que me acuerdo. Y luego vinieron los videos. Marta chupándome la polla en el sofá, con esas tetas colgando mientras me miraba como si fuera la puta más sumisa del mundo… —Hizo una pausa, cerrando los ojos por un segundo—. Pero esto es diferente. Ahora no son imágenes. Ahora pueden ser ellas, jadeando, gimiendo, sintiendo cómo las llenamos por primera vez con algo que no sea el mismo viejo rabo de siempre.
Jorge se removió en la hamaca, incómodo. El bañador ya no disimulaba nada; la cabeza de su polla asomaba por el dobladillo, húmeda de precum. El aire olía a sal y a coco, pero bajo eso, él solo podía percibir el aroma imaginario del sexo: el sudor, los fluidos de las dos mujeres maduras siendo usadas como nunca antes.
—Tenemos que hacerlo ya —dijo Jorge, con un tono que no admitía réplica—. Esta noche. En la suite. Las invitamos a tomar algo, les ponemos un poco de música, un par de copas de más… y cuando estén relajadas, sacamos el tema. "Oye, ¿y si probamos algo nuevo?".
Jordi lo miró con escepticismo, aunque sus ojos delataban que la idea lo excitaba tanto como a su amigo.
—No es tan sencillo. Marta no es como Raquel. Ella es… más recatada. Si la presionamos demasiado, se cerrará en banda —argumentó, aunque su mano, casi sin querer, se deslizó hacia su entrepierna, acariciando el contorno de su erección—. Pero tienes razón en una cosa: el momento es ahora. Si esperamos más, perderemos el impulso.
Un grupo de turistas pasó riendo cerca de ellos, arrastrando toallas y botellas de cerveza. Jordi y Jorge se quedaron en silencio hasta que el ruido se alejó, sus miradas clavadas en el chiringuito, donde Marta y Raquel reían mientras probaban sus mojitos, ajena a la tormenta que se avecinaba.
—¿Y si empezamos con algo más… sutil? —propuso Jorge, bajando la voz—. Algo que las ponga en situación sin que se den cuenta. Por ejemplo… ¿Qué tal si esta tarde, en la playa nudista, "accidentalmente" nos cruzamos con ellas? Ya sabes, como si nos hubiéramos perdido. Total, es un resort, puede pasar. Y si las vemos allí, les podemos proponer que estemos todos desnudos, y quizás estén más relajadas… quizá el ambiente las predisponga a ser más… abiertas.
Jordi arqueó una ceja, pero una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.
—No está mal. Pero tendríamos que asegurarnos de que vayan. Raquel es curiosa, pero Marta… —Hizo una pausa, recordando Jordi cómo su esposa había reaccionado la última vez que le propuso visitar un lugar así: con una mezcla de vergüenza y morbo—. Aunque si se lo proponemos como un "experimentito" entre parejas… quizá pique.
Jorge asintió, pero antes de que pudiera responder, una ola de calor los golpeó, recordándoles que llevaban demasiado tiempo al sol sin refrescarse. Y, más importante aún, que sus erecciones eran imposibles de ocultar por más tiempo.
—Vamos a meternos al agua —dijo Jordi de pronto, levantándose con un movimiento rápido—. Si seguimos aquí, alguien va a notar que no somos dos abuelitos tomando el sol.
Jorge no necesitó más incentivo. Se incorporó ajustándose el bañador en un último intento fútil por disimular su excitación. Juntos, caminaron hacia la orilla, donde las olas lamían la arena con un ritmo hipnótico. El mar estaba tranquilo, casi aceitoso bajo el sol, y el agua, aunque fresca, no era lo suficientemente fría como para apagar el fuego que llevaban dentro.
Al adentrarse, el líquido los envolvió hasta la cintura, y por un momento, el alivio fue casi instantáneo. Pero entonces, Jordi sintió cómo el tejido húmedo del bañador se pegaba a su piel, acentuando cada detalle de su polla, que seguía dura como el acero.
—Mierda —maldijo entre dientes, mirando hacia abajo—. Esto no se va a bajar ni con un bloque de hielo.
Jorge, a su lado, tenía el mismo problema. Sus ojos se encontraron, y sin necesidad de palabras, supieron que estaban pensando lo mismo: esto es solo el principio.
Desde el chiringuito, Marta y Raquel seguían riéndose, ajenas a todo. Marta había apoyado los codos en la barra, y el escote de su bañador se había abierto lo suficiente como para dejar ver el surco entre sus pechos aún firmes. Raquel, por su parte, había cruzado las piernas, y el movimiento hizo que el tejido del bañador se ajustara aún más a su entrepierna, delineando el contorno de sus labios mayores.
—Dios mío —susurró Jorge, siguiendo la dirección de la mirada de Jordi—. Si supieran lo que estamos planeando…
Jordi no respondió. En lugar de eso, se sumergió hasta el cuello, dejando que el agua le cubriera los hombros. Cuando emergió, su expresión era la de un hombre que ya había tomado una decisión.
—Esta noche —dijo, con una voz que no admitía discusión—. En nuestra suite. Las invitamos a cenar, les servimos vino, les ponemos música… y cuando estén lo suficientemente relajadas, sacamos el tema. Sin presión. Solo… insinuaciones. "¿Nunca habéis fantaseado con probar algo nuevo?". "¿Qué os parecería si, solo esta vez, nos cambiáramos?".
Jorge sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el agua.
—¿Y si dicen que no?
Jordi sonrió, y en ese gesto había algo casi peligroso.
—Entonces seguiremos intentándolo. Porque, al final, todas caen. Es solo cuestión de tiempo… y de saber cómo empujarlas.
El sol seguía brillando sobre el Hilton Resort Lanzarote, y en el aire flotaba la promesa de algo que, una vez comenzado, ya no tendría vuelta atrás. Las olas rompían suavemente contra la orilla, y en la distancia, Marta y Raquel brindaban con sus mojitos, sin sospechar que, antes de que acabara el día, sus vidas sexuales estarían a punto de dar un giro del que quizá nunca pudieran —ni quisieran— regresar.