Me despierto con la boca seca y la cabeza palpitando, peor que si tuviera a alguien practicando la batería en mis tímpanos. Me cuesta abrir los ojos. El sol se cuela entre las cortinas, y con él, el recuerdo difuso —y vergonzosamente nítido a la vez— de lo que ocurrió anoche.
El cuerpo me duele. No de la resaca, que también. Sino de la tremenda follada y todos los excesos.
Me ducho de nuevo, en silencio, aún con la piel sensible, un recordatorio de mis pecados, y me pongo lo primero que encuentro: una falda suelta y una camiseta básica. Nada que apriete. Nada que me recuerde más de lo necesario lo que hice.
Luego bajo a la cocina. Las chicas ya están allí, devorando tostadas, frutas, café… Actúan con normalidad, olvidando que ayer se nos fue un poquito de las manos. Me uno con un suspiro y un café con leche entre las manos. Solo quiero que el mundo se detenga.
Clara se tapa las fauces escandalosamente abiertas con una mano, con la otra se rasca la barriga por debajo del pijama, y después remueve su café con desgana.
—Madre mía… —comenta entre bostezos, somnolienta y sarcástica a la vez—. Qué noche. No sé qué me gustó más… si ver a Paula en modo santa corrompida o a ti, Rebe, con la boca ocupada y el culo en pompa recibiendo. Fue arte.
Casi se me cae la taza. La bebida se me atraganta y tengo que apartarla rápido para no escupirla sobre la mesa. La miro de reojo, maldiciendo por dentro. La vergüenza. El temblor en los dedos. Bajo la cabeza, totalmente descompuesta.
—Por favor… no hables de eso. Ni lo menciones de nuevo.
Mi voz es un susurro roto. Ni yo misma me reconozco.
Paula tiene la vista clavada en su taza. Ni siquiera toca el té. Parece que no ha dormido nada. El pelo hecho un desastre y los ojos hinchados, con unas ojeras profundas que delatan las horas en velo. Habla tan bajito que apenas se le escucha.
—Ha sido un error… esta despedida ha sido un maldito error… Yo no quería esto… —dice, y un hilillo de lágrimas se escapa por su mejilla—. Si alguien se entera… si alguien dice algo… mi boda se va a ir al garete antes de empezar.
Clara se ríe, fuerte, sin importarle lo más mínimo lo que hemos dicho y cómo nos sentimos. La papada le rebota mientras lo hace, feliz y sin preocupaciones.
—Tranqui, chiqui—responde, sin perder la sonrisa y nos echa una mirada a todas las presentes—. Aquí todo el mundo es una tumba, ¿o miento?. Palabra de solterona.
Se limpia una miga de las galletas del pecho y gira hacia mí.
—Y tú, Rebe, no pongas esa cara de viuda. Está bien desahogarse de vez en cuando. Si tu marido siempre ha sido un poco parado… pillar a un tío que te meta un buen meneo no es ninguna tragedia.
Hace un gesto con la mano, golpeando con el puño cerrado la palma de la otra varias veces, como si imitara cómo Leo me empotraba. Chasquea la lengua y se muerde el labio inferior antes de continuar.
—Y no veas cómo estaba el tío, ¿eh? —resopla, exagerando el gesto como si aún lo tuviera delante—. Eso no era una polla, era un puto arma blanca.
—Ni siquiera intentasteis detenerme —me quejo, dándole vueltas a la taza que tengo entre las manos—. Me dejasteis hacerlo… Menudas amigas…
—Tampoco es que estuvieras muy por la labor —replica Clara, simulando un gemido con teatralidad.
Yo me encojo más sobre mi café. Siento cómo me arde la cara y me trago la respuesta. Porque no tengo nada que decir. Porque, joder, tiene razón.
Disfruté. Como nunca.
Y no maté a nadie, ¿vale?
Paula se hunde aún más en su silla, como si quisiera desaparecer. Y Clara… Clara sigue igual, como si no existieran líneas que no se puedan cruzar, como si nada de lo que pasó realmente importara.
Recogemos como podemos, aunque sin esmerarnos demasiado. El sitio ha quedado hecho un desastre, pero seguro que tienen un equipo de limpieza para encargarse después de cada estancia.
Mientras rebusco por la habitación, sin rastro de mis bragas sucias, un zumbido me sacude de golpe. Es el móvil. Lo cojo. Y al ver quién llama, trago saliva.
Saco fuerzas de donde no quedan… y respondo:
—¿Sí? —mi voz suena apagada, apenas un susurro. Me duele hasta hablar.
—Ey… —la de Mateo llega más suave de lo habitual, casi apaciguadora—. ¿Estás bien? ¿Dormiste algo?
—Un poco —musito, rascándome la nuca—. La cabeza me va a estallar… pero sí, estoy bien.
—Vale… —hace una pausa. Se lo piensa—. Quería pedirte perdón por lo de ayer. Sé que estuve raro. Un poco intenso. Pero me puse nervioso. Estás en una isla, de fiesta, con Clara… y ya sabes cómo es ella.
Fuerzo una sonrisa. Por dentro. Mis labios ni se mueven.
—Te entiendo —contesto despacio, pensando sobre la marcha mis palabras, con una naturalidad que asusta—. Pero no tenías de qué preocuparte, Mat. De verdad. Bebimos, sí, bastante. Llevábamos penes en la cabeza por la calle —suelto una risa floja, muerta—, y luego en casa hicimos una sesión de tuppersex. Nada más.
Cada palabra me desgarra un poco más. Me siento sucia. Vacía. Culpable.
Pero no hay otra forma de sostener esta mentira.
Mi corazón cuenta los segundos de silencio hasta que acaba respoplando.
—Ya… bueno. Me alegro de que lo estéis pasando bien. ¿A qué hora vuelves?
—Antes de las seis. Te escribo cuando estemos en el avión.
—Vale… te espero. Te echo de menos, Rebe.
—Y yo a ti —susurro. Y sé que tampoco es verdad.
Cuelga antes de que pueda decir algo más. Me quedo con el móvil en la mano, temblando. La garganta me duele. No por la llamada, sino por todo lo que no he dicho.
¿Qué he hecho?
¿No pude controlarme… o simplemente no quise?
Pero lo que me recorre ahora no es culpa. No es arrepentimiento.
Es miedo.
Miedo real. De ese que te hace revisar el móvil cada cinco minutos esperando no ver nada raro. Miedo de que una palabra, un gesto, una mirada lo revele todo.
Porque lo que pasó no me pesa.
Ni su lengua, ni sus manos, ni su polla enterrada en mí.
No me arrepiento del deseo. De cómo me miró. De cómo me agarró. De cómo me hizo sentir otra vez viva. Deseada. Poderosa.
De ese juego sucio y perverso que encendió cada rincón de mi cuerpo. De haberme desnudado, de no haber puesto ningún freno.
Lo que me pesa… es la posibilidad de que Mateo lo descubra. De que me mire a los ojos y lo sepa todo. Sin necesidad de que yo diga una sola palabra.
Pero todo estará bien… mientras no lo sepa.
Si no pregunta.
Si no mira demasiado.
Si no ata cabos.
Puedo con esto.
Puedo volver a casa, sonreir, abrazarlo con el cuerpo aún marcado por otro. Mientras no lo sepa...., podré seguir como hasta ahora.
El hall del aeropuerto parece un cementerio de gente arrastrando maletas y resacas. Nosotras vamos por un lado, cargando más que equipaje; ellos por otro, riendo, haciendo ruido, como si nada. No sabíamos que volvían en el mismo vuelo. Pero tiene sentido… mañana hay que trabajar, y el siguiente no sale hasta las once de la noche.
Leo camina con su grupo, bromeando con el chico al que calenté con el baile. Va tan seguro, tan jodidamente tranquilo… hasta que nuestras miradas se cruzan. Entonces se desvía un poco. Se acerca. Yo doy un paso al frente, firme. Le planto la mano en el pecho y lo aparto a un lateral antes de que abra la boca. No quiero que nadie escuche nuestra conversación. Bastante con los gemidos de ayer.
—No deberías venir a saludar —le espeto en voz baja, labios apretados—. Lo que hicimos estuvo mal. Muy mal.
Él ni se inmuta. Tampoco se disculpa. No actúa como si hubiera hecho nada malo. ¿Por qué lo haría? Que yo sepa, está soltero. Libre como el viento. Los grilletes los tengo yo en casa.
Solo baja un poco la cabeza, queda a la altura justa, se muerde el labio con descaro… y me barre con la mirada, de arriba abajo. Lento. Saboreándome con los ojos. Como si me desnudara otra vez. Aquí. Delante de todos.
—Estuvo increíble —dice, sin apartar los ojos de los míos—. Nadie me había dejado así de seco antes—. Se inclina hasta que su boca me roza el oído—. Nunca había sentido un cuerpo encajar tan bien con el mío. Nunca.
Un escalofrío recorre mi espina dorsal. Me tiemblan las piernas. Solo de tenerlo tan cerca.
Solo de recordar la sensación húmeda y pegajosa dentro de mí.
—Aunque… aunque nos lo pasáramos bien —balbuceo, la voz me tiembla más que las manos—, yo estaba borracha. No pensaba en las consecuencias.
Trago saliva. Lo tengo tan cerca que el olor de su piel me asalta. Ese aroma suyo, a sudor y sexo sin filtro, me enciende algo que no quiero volver a tocar.
—Espero que tengas un buen recuerdo —intento sonar firme, aunque mi pulso me delata—. Porque va a ser la última vez que pase algo entre nosotros. En cuanto volvamos, esto será historia.
—El recuerdo no será lo único en lo que piense —susurra, y muestra los dientes. Blanquísimos. Perfectos. Una sonrisa que odio… porque me encanta.
—¿Cómo? —pregunto, aunque una parte de mí ya se imagina a qué se refiere.
Se aparta unos centímetros. Lo suficiente para recrearse en mi rostro lleno de dudas. Con esa asquerosa seguridad suya. Y justo cuando creo que se va a girar sin más, vuelve a inclinarse. Esta vez su aliento me roza el cuello.
—Tengo tus bragas, Rebe… las guardé bien, dobladitas. Cada vez que me la casque, voy a enterrarme la cara en ellas. Quiero oler cómo te corrías mientras te follaba. Quiero acabar con tu sabor, seco y sucio, en la nariz.
Un latigazo me quema la nuca, baja por la espalda y se instala en los muslos. Me arde la cara. Todo en mí grita: asco, vergüenza, y el asco debería hacer vomitar. Pero lo único que siento es cómo se me tensa el bajo vientre. Late el coño con esa imagen. Con esa idea asquerosa. Que ese tío necesite mi olor para masturbarse… y que lo diga, mirándome, sabiendo que me falta el aire.
—Eres un puto cerdo —le confronto, sin atreverme a alzar la mirada.
Él sonríe y se incorpora de nuevo, disfrutando de mi estado. Sabe lo que provoca. Y yo lo sé. Me siento una idiota. Incapaz de sostenerle la mirada. ¿Por qué siempre acabo deseando a los peores tíos?
—Haz lo que quieras —le digo, mordiéndome el interior del labio como si pudiera tragarme esas ganas, las imágenes, todo—, pero cuando volvamos a Barcelona, esto se termina. Para siempre.
Las palabras salen, pero ni yo me las creo. Lo agarro del brazo, lo suficiente como para marcar el límite. Y entonces mis dedos se aferran a él un segundo más... él lo nota.
—Vuelve con los tuyos. Sé bueno —le ordeno, sin mirarlo.
Él ladea la cabeza, con esa maldita sonrisa curvada, impecable:
—Me vuelves loco, ¿sabes? Una pena que esto acabe tan pronto…
Y se va. Caminando lento. Dejándome con el pulso desbocado, las piernas flojas y esa semilla sucia germinando entre las piernas.
Cuando vuelvo al grupo, Paula me lanza una mirada de reojo, curiosa. Se me acerca, bajando la voz casi al susurro.
—¿De qué hablabas con ese? ¿Estás loca?
Hace como que revisa el billete, pero su atención está clavada en mí.
Le hago un gesto rápido con la mano, fingiendo desinterés.
—Bah… nada. Tonterías. Ese tío todo lo que tiene de guapo lo tiene de pervertido.
Clara suelta una carcajada nasal sin apartar la vista de su móvil.
—Pues esos son los mejores, nena. Los que te follan con la mirada… y con la lengua, si les dejas.
La ignoro. No tengo fuerzas para seguirle el juego. Ni ganas de alimentar lo que mi cuerpo ya está recordando demasiado bien.
El embarque es rápido. Nos han asignado los últimos asientos, al fondo del avión. Ellos están más adelante, en la zona media. Demasiado cerca para mi gusto.
Me acomodo junto al pasillo, con el pulso aún alterado. Escribo a Mateo: “Ya embarcando, cariño.”
Su respuesta llega enseguida: “Tengo una sorpresa para ti cuando llegues.”
Me quedo mirando esas palabras. El cursor parpadea, como si aún estuviera escribiendo algo más. Pero antes de que vea el siguiente mensaje, tengo que apagar el móvil. El avión comienza a moverse. Lo pongo en modo avión. Me hundo en el asiento.
En un extremo, Paula cae rendida contra la ventanilla, con el rostro pálido y el cuerpo encogido.
Clara se sienta entre nosotras. Se coloca un antifaz, respira hondo y cierra los ojos, como si el fin de semana le hubiera pasado por encima con una apisonadora.
A mitad del vuelo, lo veo moverse.
Leo se levanta del asiento, estira el cuello con parsimonia y, al girarse para avanzar por el pasillo, busca con la mirada. Me busca. Y me encuentra.
Nuestros ojos se enganchan como imanes. No dura más de tres o cuatro segundos, pero se sienten eternos. Tiene esa forma suya de mirarme… como si supiera, como si saboreara, que sigo abierta para él. Ojalá estuviera equivocado.
Hace un gesto leve con los labios. Apenas una comisura levantada. Y al pasar a mi lado rumbo al lavabo, me roza el hombro con los dedos. Ni caricia, ni empujón. Solo eso: contacto. Piel contra piel. Sutil. Preciso. Tan leve que podría creer que lo imaginé… si no ardiera justo ahí donde me ha tocado.
Aprieto la mandíbula hasta hacer rechinar los dientes.
¿Quién se cree que es? ¿Quién coño se cree?
Después de todo lo que le dije. Después de dejar claro que no iba a pasar nada más. ¿Y ahora esto? Esa soberbia suya, ese aire de macho cabrío...
Pero mientras mi cabeza grita que aguante, que no caiga, que no vuelva a cruzar esa maldita línea… mi cuerpo conspira en mi contra. Un huracán que me arrastra, que traiciona.
Me susurra que si vuelve a tocarme, no lo apartaré. Que esta vez no será la última, sino la primera de muchas. Que una vez roto el dique, ya no hay marcha atrás.
Y lo peor es que lo creo. Lo siento en la piel, en la sangre que me late desbocada, en el zumbido que me invade los oídos.
Entonces, en ese instante de debilidad y deseo, me pregunto: ¿Hasta cuándo puedo aguantar? ¿Y si no quiero resistirme?
Lo veo desaparecer por la puerta del aseo. Me obligo a mirar al frente. La cabeza a mil.
Se supone que esto ya está cerrado. Fin de capítulo. Se acabó. ¿O no?
Un hormigueo me recorre. El calor sube desde el pubis hasta la nuca. Me pongo de pie sin darme cuenta. No soy yo, juro que no. Parece que otro ente —la parte más oscura, salvaje, deseosa— ha tomado el mando sin pedir permiso.
Intento negarlo: “No soy yo, esto es mi cuerpo traicionándome.” Pero esa parte quiere lujuria como si fuera aire. Y no está dispuesta a dejarlo pasar. No hoy. No ahora.
Me incorporo con cuidado para no despertar a mis amigas: Paula, frita en la ventanilla, y Clara, con el antifaz torcido y la boca entreabierta. Ni se inmutan.
Camino despacio por el pasillo, esquivando a las azafatas que avanzan con sus carritos cargados de comida empaquetada que huele a plástico caro. Les regalo una sonrisa neutra, mientras mis manos se tiñen de sudor frío.
Llego al fondo, frente a la puerta del lavabo. Mi corazón retumba en las sienes. Esto es una locura. Una auténtica locura.
“Sé fuerte, Rebe. Sé fuerte”, me recuerdo. Pero mi cuerpo me anula.
Con la poca fuerza de voluntad que me queda, doy un paso atrás. Estoy a punto de girarme.
Pero entonces, la puerta se entreabre… y una mano firme me agarra de la muñeca. No me hiere, pero arruina todas mis defensas.
Y sin darme tiempo a reaccionar, me arrastra adentro.
En ese momento, sé que no hay marcha atrás.
La puerta se cierra de golpe. El pestillo cae con un clic que me retumba en los huesos. Aquí dentro no hay aire, no hay espacio, no hay escapatoria. El zumbido del avión lo cubre todo. Hasta el sentido común.
No decimos nada.
Ni falta que hace.
Me empuja contra la pared, encajando su cuerpo contra el mío como si fuéramos piezas de Lego. Su boca cae sobre la mía sin dudar. Me devora. Y yo… no lo detengo. Sigo temblando, aunque ya no sé si de dudas, de temor, o de deseo.
Sus manos. Dios, sus manos. No esperan. Me agarran, me estrujan, me recorren el torso entero, golpeando los puntos exactos que me vuelven loca. Yo intento aguantar, no gemir, no perder el control. Pero ya lo he perdido. El espacio es tan reducido que su aliento me rebota en la cara.
—¿Qué… qué estás haciendo? —jadeo, casi sin voz, con la frente pegada a su cuello. Mis manos se aferran a su culo.
—Yo nada —responde, y sus dedos ya reptan por mi vientre—. Has sido tú la que ha venido. Y todavía no estamos en casa.
Me separo un instante. El espejo me refleja; el lavabo metálico está a un lado, la puerta al otro. Todo el baño parece comprimido, hinchado por la tensión. Respiro a lo bestia.
—No hay tiempo… —mascullo mientras me empotra contra la puerta.
Con un tirón seco, me baja la falda. Yo arqueo el culo hacia adelante, ayudándole. Su palma me masturba el clítoris por encima de las bragas, y me muero. Esa fricción sucia y directa, me envuelve en llamas.
—Sabía que no tenías bastante —gruñe, deslizando la mano bajo la tela, haciendo círculos lentos y deliciosos—. Joder, Rebeca… estás empapada. ¿Desde cuándo querías esto?
La fricción sobre mi clítoris me abrasa. Me muero, ardo, reviento.
—Desde antes de subir al avión. Desde que me dijiste todo eso. Desde que supe que te habías robado mis braguitas para hacerte pajas como el cerdo que eres —le suelto, y hasta yo me sorprendo de cómo suena—. Porque no eres más que un… mmm...
Me muerdo el labio para no gritar. El sonido quiere salirme por la garganta, pero lo entierro. Me contorsiono como puedo, buscando sentirle más adentro. Él me agarra por la nuca y nos volvemos a besar.
Me folla con los dedos de forma rápida y cruel. Cada embestida es más contundente que la anterior. El chapoteo empieza a llenar el baño. Ese sonido asquerosamente obsceno del líquido saliendo de mí, empapando todo, gritando por mí.
Y entonces mete un tercero.
Más hondo. Más violento. Más todo.
Me rompo de verdad. Los ruidos se vuelven vulgares, lascivos. Estoy completamente encharcada y solo llevamos unos minutos.
Estoy a punto. Lo sé. Lo siento en mi interior. Su mano me trabaja por dentro como si conociera cada rincón, cada ritmo, cada detonador. Siento cómo se forma en mi estómago otro orgasmo, seguido de unas ganas terribles de mear. Y yo intento aguantar, retener todo eso.
Pero entonces, alguien aporrea la puerta.
—¿Está todo bien ahí dentro? —es la voz de una azafata preguntando con tono profesional—. He escuchado unos… sollozos.
Me congelo. El corazón me salta al cuello. Pero Leo no para. No se detiene. Sigue masturbándome con maestría mientras mis caderas se clavan más en sus dedos, buscando ese puto clímax aunque estén a punto de pillarnos.
—Cállate y disfruta. Córrete como la perra que eres. Suéltalo todo —me musita al oído.
Me tapa la boca con su otra mano justo cuando el gemido me explota. Aprieto los dientes contra su palma, se los clavo con rabia, con fuego. Gimo contra su carne, jadeo con los ojos entrecerrados, cegada por el placer.
—Sí… —responde Leo con voz algo forzada, ronca, casi convincente—. Todo bien. Estoy un poco descompuesto… en unos minutos salgo.
—De acuerdo, caballero —responde la azafata, con cierto tono de sospecha—. Pero en menos de quince minutos debemos tomar asiento.
Y entonces exploto.
Se acaba la presa. Siento un tsunami saliendo de mi coño, una ola descomunal que lo arrasa todo.
Chorros calientes disparan sin control: su mano, mis muslos, la falda, el suelo del baño… todo queda inundado. Me corro con violencia, infectando el espacio con mi éxtasis. Como si me vaciara de alma, de carne, de todo.
El placer me atraviesa. Brutal. Devastador. Tan intenso que no recuerdo nada parecido. Ni siquiera cuándo fue la última vez que me corrí así.
—Mira qué guarra eres —su voz retumba sobre el desorden—. Me has manchado el pantalón. Ahora me lo vas a compensar, ¿verdad?
Mis piernas tiemblan de puro temblor. Me sostengo como puedo, con la ropa revuelta y el pulso a puñetazos. Las mejillas me arden, el sabor de mis gemidos todavía se pega en la garganta.
Leo se deja caer en el váter sin decir nada más, se baja los pantalones como si no hiciera falta explicar nada. Me mira, y yo ya sé qué es lo que quiere.
Me arrodillo frente a él. El suelo del baño está mojado, pegajoso, pero no me importa una mierda. No pienso en el pasillo. Ni en las azafatas. Ni en cómo casi nos pillan. Pienso en lo que tengo delante. En lo que quiero tener entre los labios.
Le bajo los calzoncillos hasta los tobillos, y su polla salta libre, como si llevara siglos queriendo escapar. Está dura, palpitante, grotescamente hinchada. Una vena le recorre todo el tronco, gorda, marcada, como si la sangre le latiera en espiral por dentro. Parpadeo.
Es más gruesa de lo que recordaba.
—Tendrá que ser rápido —susurro, con la voz aún rota—. Ya has oído a la azafata.
—Eso depende de lo bien que lo hagas —dice, relamiéndose, como si me saboreara antes de probarme.
La rodeo con una mano… pero no basta. Necesito las dos. La agarro con fuerza, los dedos apretando, bajando y subiendo, aplastándole las venas hasta que parecen a punto de estallar. Cada movimiento arranca un gemido, ronco y salvaje, como un animal herido que no sabe si duele o excita.
—Joder… es enorme —digo en un fino hilo de voz, sin dejar de pajearle. Le miro desde abajo, con esa sonrisa torcida que sé que los desarma. A todos. A él más.
Lo observo un segundo, fascinada. Como si no me entrara en la cabeza cómo coño todo eso estuvo dentro de mí el día anterior.
—¿Cuánto te mide? —le pregunto, acercando el rostro, hasta tenerla a pocos centímetros, aspirando su olor. Es denso, áspero, agrio, puro macho. Una mezcla de sudor, piel caliente y deseo acumulado. Me llena la nariz, me atonta. Me pone más aún.
Él suelta una risa rota, con los dientes apretados, jadeando.
—No lo sé… nunca la he medido. Pero todas acaban quejándose de lo gran…
No termina. Porque me trago media polla de golpe. Sin aviso. Y su risa se convierte en un gruñido bruto, nacido de las tripas.
Su cuerpo se tensa como un arco. Se agarra a los bordes del váter con las dos manos, apretando los nudillos hasta que se vuelven blancos, como si aferrarse ahí fuera lo único que le impide correrse ya. Y todo por mi boca. Por lo que le estoy haciendo.
Y me encanta. Me encanta verlo así. Al borde. Temblando. Doblado sobre sí mismo, completamente dominado por mi lengua.
Chupo con ruido. Lo hago a propósito. Lento, muy lento, saboreándolo como si tuviera todo el tiempo del mundo… y luego rápido, brutal, casi cruel. Lo dejo al límite y vuelvo a frenarlo. Le castigo. Le premio. Le cubro la polla con mi saliva hasta que brilla, húmeda y sucia, como un puto caramelo depravado.
Y lo miro mientras lo hago. Para que sepa que es mío.
—Quiero inmortalizar esto… —jadea con la voz embarrada de placer y urgencia.
Me saco la polla de la boca con un plop húmedo. No paro de pajearle con la mano empapada. Me inclino y le chupo los huevos, uno por uno, con la lengua caliente y babosa, llenándome la boca con ellos como si también fueran míos.
Mi mano sigue trabajando. Él gime. Maldice. Se retuerce sobre el váter como si el cuerpo le ardiera por dentro.
—¿Para tus guarradas? —le pregunto, levantando la mirada mientras subo la lengua por todo el tronco, lamiendo lento, dejándole la piel brillante de saliva—. ¿De verdad quieres eso?
Sé lo que me está pidiendo. Lo sé. Es sucio, degradante, una imagen que no debería existir. Una prueba. Un riesgo. Algo que podría destruirme si sale de aquí. Pero ahora… ahora mismo, el morbo pesa más que la lógica. Mucho más.
—Solo una… —musita, casi suplicando—. Una sola. Será nuestro secreto.
Me quedo quieta. Un segundo. Solo uno.
El corazón me martillea en las orejas. Dos latidos. Él me mira desde arriba. Esos ojos verdes me atraviesan. Me empujan al borde. Me dicen lo que ya sabe. Que voy a ceder. Y que le voy a dar exactamente lo que quiere.
—¿Una foto? —repito, con la voz cargada de veneno dulce—. Te la dejo hacer… pero solo si es para cuando te estés pajeando con mis bragas en la cara. Así al menos tendrás algo bonito que mirar mientras haces esa mierda tan patética.
Él se ríe. Pero no es una risa limpia. Es nerviosa. Está cargada de electricidad. Se le nota en el temblor de las manos, en cómo aprieta los muslos, en cómo la polla se le pone aún más dura, más violenta. Le tiembla hasta el aliento cuando busca el teléfono.
Lo saca con los dedos torpes, desde los pantalones bajados, como si fuera a disparar algo más que una foto.
—Abre más la boca —me dice, con un hilo de voz ronco y sucio—. Quiero verte bien guarra… con mi rabo en la boca.
Yo dudo un otro segundo. Pero algo dentro de mí se revuelve… y lo hago.
Me tapo los ojos con una mano, aunque sé perfectamente que me está viendo entera. Abro la boca más de lo necesario, exagerando el gesto, dejando que el glande entre hasta hacerme gemir. Con la otra mano le echo toda la carne hacia atrás, apretando, marcándole cada vena, con la piel estirada al máximo, vibrando entre mis dedos.
Su respiración se acelera. Lo oigo.
Click.
Click.
Click.
No para.
No deja de hacerme fotos. Su polla, reluciente por las babas, encajada entre mis labios. Sujetándola desde la base para que se vea en todo su esplendor. Y la otra mano sobre mis ojos… como si taparme pudiera hacer todo esto menos obsceno.
Pero el sonido cesa.
—¿Ya? —pregunto, sin dejar de pajearle, con la saliva aún resbalando por su tronco—. ¿O estás…?
No. No puede ser. No será tan cabrón.
Pero cuando veo una luz azul en su teléfono… lo entiendo. Ya no está sacando fotos.
Está grabando.
El muy hijo de puta está grabando un vídeo.
—Esto es mejor que una foto… mmm… sigue… —gime, casi llorando placer, soltando el aire como si le doliera de tanto que le gusta.
—Ya veo que no se puede confiar en ti —murmuro, pero no paro. Ni pienso hacerlo. Al contrario. Lo hago con más hambre. Con más descaro.
Debería levantarme. Debería arrancarle el móvil de las manos, estrellarlo contra el suelo del baño y salir de aquí. Pero no lo hago. No puedo.
Estoy demasiado cachonda. Demasiado rendida. El cuerpo me pide seguir, suplicando, ardiendo.
—Quiero un recuerdo donde se vea lo preciosa que eres —susurra, y su voz se torna en una caricia.
Me aparta la mano de los ojos con la suya, con una delicadeza que me asombra.
Y yo… me dejo.
Ya no me importa que se me vea. Lo miro directo, retándole. Y le agarro la polla con las dos manos, con fuerza, marcándole las venas hasta que parecen macarrones. Él suelta un gemido seco y ronco, que se pierde entre el rugido del motor del avión y el temblor de su cuerpo.
En mi cabeza lo veo todo con una claridad brutal: ese vídeo lo va a ver en bucle. Cada vez que se la casque con mis bragas en la cara. Va a volver a este momento una y otra vez. Y joder… eso me excita más de lo que quiero admitir. Más de lo que debería.
—¿Esto te gusta? —le escupo directo en la polla, con asco y lujuria mezclados, viendo cómo le chorrea hasta la base.
Y después me la trago entera.
Hasta el fondo.
Hasta hacerme arcadas. Hasta que me toca la campanilla y los ojos se me nublan. Lo repito. Una, dos, tres veces. Y cada vez que subo, le clavo la mirada a la cámara. Le doy el puto show de su vida. Lágrimas corriendo por mis mejillas, saliva chorreando por la comisura, la boca hecha un desastre. Una puta diosa pervertida.
—Sí… uff… me encanta… —jadea él, con las facciones desencajadas, como si el placer lo estuviera desangrando desde dentro.
—Eres un cerdo. Un puto cerdo que no se merece esta boca —gruño, lamiéndolo como si le escupiera fuego. Levanto la cabeza de golpe, dejo un hilo de baba colgando entre mi lengua y su rabo, y entonces le escupo con fuerza justo en el capullo. La saliva le chorrea de manera obscena mientras empiezo a pajearlo rápido, con rabia, con asco y deseo mezclados como veneno caliente.
Él se retuerce de placer en la taza del váter. El calor del baño es asfixiante, como si me oprimiera. Nunca. Jamás hubiera pensado que acabaría regalándole un vídeo porno a este desgraciado. En la vida. Pero algo dentro de mi, esa excitación cruda y descarnada, solo busca complacerle.
Él se retuerce en la taza del váter, hecho un trapo, ahogado de placer. El calor del baño es asfixiante, como si me apretara el pecho, como si el aire se pegara a la piel y no me dejara escapar. Nunca —jamás— habría imaginado acabar regalándole un puto vídeo porno a este desgraciado. En mi vida.
Pero aquí estoy. De rodillas y con la mandíbula medio dormida. Porque hay algo dentro de mí, algo oscuro, descarnado, que solo quiere verle disfrutar. Que solo quiere complacerle.
—Dime, Leo… ¿alguien te ha hecho esto mejor que yo?
—Nadie. Joder, nadie me la ha chupado como tú —responde, con los ojos perdidos y la mano temblando de puro placer.
Y lo siento como una victoria. Me echo el pelo a un lado, me limpio la boca con el dorso de la mano sin dejar de mirarlo, y vuelvo a engullirla. Con hambre y orgullo. Con esa certeza sucia y gloriosa: ninguna lo ha hecho así. Ninguna ha sido tan buena como yo.
Ojalá tuviéramos más tiempo. Porque si lo tuviéramos, saldría de aquí con las ingles ardiendo y la lengua muerta. Pero no puede ser.
—Dímelo —jadeo, sin dejar de pajearlo, con la mano empapada—. ¿Qué es lo que te vuelve loco?
Le chupo el capullo con una lentitud perversa, con la lengua acariciando cada pliegue, cada punto caliente, mientras lo miro como si fuera mi última comida. Como si pudiera devorarlo vivo.
—Me gusta todo, joder… Ah… —farfulla entre dientes, con gotas de sudor resbalándole por la sien—. Me gusta cómo te ahogas, cómo babeas como una perra. Me gusta cómo me miras mientras te tragas la polla entera. Me gusta que se te salten las lágrimas y no pares. Me gusta cómo usas la lengua como si quisieras dejarme seco. Me gusta que seas una guarra…
Eso me enciende hasta límites insospechados. Algo de mi se rompe por dentro. Así que lo doy todo. Todo. Todo lo que fui en esos años de juventud desatada, donde el cuerpo pedía guerra y la boca no conocía el miedo. Todo lo que alguna vez imaginé, pero jamás me atreví a hacer.
Después de unos segundos más, lo siento tensarse. Los muslos duros como piedra. Su respiración se rompe, se descompone, como si el cuerpo ya no pudiera sostener la descarga que se le viene. Y entonces su mano se enreda en mi pelo con virulencia, sin importarle que me haga daño. Porque lo hace. Me agarra de verdad. No es una caricia, es un acto de posesión. Como si necesitara marcar el ritmo, como si su cuerpo le exigiera controlar el momento.
A mi me da igual, porque sé que es la última vez. Que después de esto, todo se entierra. Así que le cedo ese gesto. Le dejo que me agarre como un desesperado, como un cabrón que sabe que no volverá a tener a esta pedazo de mujer comiéndole la verga.
—Seguro que a tu maridito no le haces esto —suelta él, disfrutando de la limpieza de sable mientras graba sin pestañear—. Seguro que no te folla como yo ayer.
Lo miro de reojo mientras sigo con la boca llena. Lo saboreo entero. Y él no puede con su cuerpo. Le tiemblan los dedos. Se hunde más en el asiento, deshaciéndose poco a poco.
—No… a él nunca se la chupo así —le confieso, con la boca llena de rabo—. Y ni soñando me deja tan llena como tú.
—Normal… —gruñe, con la cabeza echada hacia atrás y la mandíbula caída—. Ese calzonazos debe tener una polla triste, flácida, de las que ni notas dentro. Tú necesitas algo de verdad, ¿no? Algo que te abra bien, que te destroce. Algo que te haga olvidar cómo te llamas. Te follaría todos los días, en todos los putos rincones de tu casa. Incluso en vuestra cama. Que huela a mí.
Pierdo el control. Gimo con el rabo enterrado hasta la garganta al oírlo. Me arde el coño, me vibra el estómago, y esa mezcla de vergüenza y deseo me enciende como si tuviera magma en las venas. Me mojo solo de imaginar a mi marido en casa, tranquilo, sin tener puta idea de que estoy aquí, arrodillada, dejándome grabar mientras otro me dice lo poco hombre que es.
Le pajeo el rabo, mientras la lengua repasa el glande con lujuria. Tan sucio como me es posible. La manera en que su vientre se contrae al verme. Cómo su espalda se arquea. El calor que desprende todo su cuerpo en ese instante. La mirada nublada que cruza con la mía al bajar la cabeza. Él no avisa, pero lo grita todo con el cuerpo.
—Agh… joder, Rebeca… —se le escapa de forma lastimera—. Sigue, sigue… no pares, ah…
Estalla. Se muerde el labio, pero no aguanta. Se le escapa un gruñido salvaje, de animal herido. Su corrida me revienta el paladar como un puto latigazo. Tiros espesos, calientes y que me llenan la boca hasta los límites. Trago lo justo para no atragantarme, pero hay tanto que siento cómo se me desborda. La saliva mezclada con semen me chorrea por el labio, me resbala por la barbilla, me mancha el cuello.
—Ni se te ocurra escupirlo —me exige, jadeando, mientras clava la cámara en mi cara—. Trágatelo todo, guarra. Que se vea.
Y lo hago. Porque me da la gana. Porque me pone. Trago despacio, exagerando el gesto, mirando directo al dispositivo móvil. Sabe a él. A polla, a sudor, a rabia, a despedida caliente. Cuando termino, abro la boca y saco la lengua. Ni una gota.
Sigo mirando a cámara sin soltar palabra. Solo bajo la vista a su polla, ahora morcillona, aún reluciente. Me acerco y la lamo una vez más, arrastrada, como si lo dejara limpio con devoción.
Nuestra mirada se cruza de nuevo, y me encanta lo que veo en sus ojos: derrota, obsesión, hambre. Sé que va a pensar en esto durante semanas, meses… toda su puta vida. Porque esto no se lo borra nadie. Porque ninguna va a dejarle la polla así de marcada.
Me limpio la comisura con el dorso de la mano, pero lo que chorrea por la barbilla lo restriego sin pudor contra sus pantalones. Me da igual. Lo uso como servilleta. Y aún con restos en los dedos, cojo una de esas servilletas del baño, ásperas, mal dobladas, y me seco los restos del cuello.
—Y ahora… —anuncio mientras me subo las bragas y él se guarda el teléfono en el bolsillo—, vuelve con los tuyos y finge que aquí dentro solo has echado una meada rápida. Salgo yo primero. Luego tú.
Abro la puerta, pero justo antes de salir, me detengo. Me giro despacio, con la maneta en la mano y le lanzo una última mirada:
—Y escúchame bien, Leo… —susurro—. Si ese vídeo aparece donde no debe, si una sola imagen sale de tu móvil... te juro que te arrepentirás el resto de tu vida. Me voy a encargar personalmente de que se te hunda hasta el apellido.
Sus ojos se abren, traga saliva, y se queda callado. Yo desaparezco, pasándome la lengua por los labios y saboreando el rastro salado que todavía llevo en la boca, con el sabor de Leo aún pegado a las encías.
Llego a mi asiento con las piernas más flojas de lo que me gustaría admitir. Me recoloco la ropa con movimientos automáticos, intentando que no se note nada, que nada huela, que todo parezca intacto. Pero yo no estoy intacta.
Paula sigue con la cabeza apoyada en la ventanilla, completamente ida. Clara, entre nosotras, se remueve como un gato perezoso y se levanta el antifaz por un lado. Su voz sale medio dormida, pero parece que su sexto sentido de arpía está intacto:
—Esa es la golfa que había echado de menos…
No le contesto. Solo niego con la cabeza, disimulando una sonrisa. De esas que esconden lo que tu cuerpo grita por dentro, y mi rostro no puede negar. Porque no quiero hablar. No quiero mirar atrás. Solo quiero... sentarme. Respirar. Fingir que esto no ha pasado. Que yo no he hecho nada. Que no he disfrutado como una perra en celo.
Que puedo volver a mi vida como si nada. A mi marido. A mi rutina. Al trabajo los lunes, a los tuppers en la oficina, a las cenas de viernes viendo series. Que esto fue solo eso: un desahogo. Una descarga puntual a todo ese estrés de la relación. Una locura controlada en una isla que no existe cuando cierras los ojos.
¿Qué tiene de malo querer soltarse un poco antes de volver a ser la de siempre?
Nada. Nada que él tenga por qué saber.
Me hundo en el asiento, intentando recuperar el aliento. Un respiro. Uno solo. Pero no dura nada.
La calma se va a la mierda en cuanto las luces del techo se encienden: estamos aterrizando. Toca abrocharse el cinturón. Toca volver al mundo real.
Justo en ese instante, el móvil vibra en mi bolsillo.
Lo saco. La pantalla recupera la cobertura y enseguida aparece el nombre de la persona que me está escribiendo: Mateo.
“Te estoy esperando en la terminal

Tengo ganas de verte.”
El mensaje me atraviesa. Me deja clavada al asiento como una lanza. La garganta se me seca de golpe, como si en vez de tragarme la corrida de Leo me hubiera tragado cemento.
No me esperaba esto. No tan pronto. No así. No con su cariño aún tan limpio, tan intacto, con esa fé ciega en mí que no se merece. Ni aunque refunfuñe. Ni aunque discutamos.
Dios…, ¿qué coño he hecho?
Cierro la pantalla del móvil sin responder, pero nada basta borrar lo que ha pasado. Otra vez. Para detener la culpa que empieza a apretarme el pecho como una garra lenta. Respiro hondo, muy hondo, pero el aire no entra. Es como hundirse. Caigo por un pozo sin fondo, y la culpabilidad aflora descontrolada.
No miro a Clara. Tampoco a Paula. Sigo callada mientras me abrocho el cinturón, con los dedos temblando y las ganas de vomitar aumentando.
Desembarcamos rápido, una salida ordenada y mecánica. Los chicos se van primero, y nosotras minutos después, pero al llegar a la salida, enfrente de la zona de recogida de maletas, el camino vuelve a cruzarnos. Vale. No del todo, pero sí lo suficiente.
Ellos andan tranquilos, arrastrando maletas y mochilas como si fueran simples turistas de vuelta a casa. Pero todos saben lo que ha pasado, estoy segura.
El corazón me da un vuelco, amenazando con salir por la garganta pero solo son más arcadas. Así que me detengo, y trago aire, intentando estabilizarme, pero no sirve de nada. A estas alturas solo me baja el miedo.
—Voy al baño —suelto de golpe, buscando escapar de ahí, buscando ganar tiempo en lugar de hacer pis.
Clara me mira, arqueando una ceja.
—¿Ahora? ¿Te estás meando de nervios o qué? Pero si hace nada que has ido…
La ignoro. Me acerco a Paula, inclinándome solo lo justo para susurrarle sin que nadie más escuche:
—Está Mateo afuera. Me ha dicho que nos está esperando… No quiero que me vea salir con ellos. No quiero que sospeche nada.
Ella asiente, pero no puede evitar mirar a todas partes, moviendo el peso de un talón al otro.
—No me digas eso, Rebe. Me estoy poniendo muy nerviosa. ¿Qué vas a hacer si se entera? Seguro que se lo contará a mi novio… Seguro que la boda se va a la mierda, y todo por esa gilipollez que hice —sus ojos se tornan acuosos, empieza a sacudir las manos y a patalear. La agarro de los brazos para tranquilizarla, aunque por dentro estoy igual de jodida.
—Solo tenemos que esperar a que se vayan. Después saldremos nosotras y continuaremos con nuestra vida. Serán solo unos minutos.
Nos miramos y no hace falta decir más. Nos entendemos.
—Ve tranquila —dice Paula, casi en automático—. Te esperamos aquí.
—Venga, tías, que no tengo todo el día —se queja Clara, rascándose el culo y haciendo un gesto de desdén.Le explicamos rápido lo que hemos hablado, y nos despedimos del resto de amigas con abrazos flojos y palabras vacías.
La luz del lavabo es blanca, demasiado blanca. Cruel. Me quedo frente al espejo. Me resalta cada sombra, cada grieta, cada rastro de lo que no debería haber pasado. Me acerco. Me veo. Y no me reconozco del todo.
Cojo una toallita y me limpio la cara con movimientos rápidos. Precisa, como si pudiera borrar lo que me arde por dentro. Borro el sudor del labio superior. Las ojeras. El temblor de la mandíbula. Me repaso el cuello, por si quedó algo… algo.
Después me maquillo. Solo un poquito. Un toque de corrector, un poco de rubor en las mejillas. Me pongo brillo en los labios, aunque estén mordidos. Aunque duelan. Me echo perfume, aunque sé que no tapa todo.
Mi cabeza no para de repetirme las mismas palabras:
Puedes con esto.
Todo va a salir bien.
Solo tienes que aguantar un poco más.
Sonreír. Caminar. Saludar. Fingir.
Respiro hondo. Y salgo.
El aire de la terminal me da en la cara como una bofetada. Camino entre mis amigas, fingiendo que todo está bien. Que todo sigue su curso.
Solo Clara habla, pero no la escucho.
Después de pasar las puertas, lo veo. Mateo. A lo lejos, de espaldas.
Y junto a él… Leo.
Están hablando y riendo. El miedo que siento va en aumento. Ese capullo tiene el brazo apoyado sobre el hombro de mi marido, como si fueran colegas de toda la vida. Mateo inclina la cabeza hacia él, sonriendo. Esa sonrisa de confianza ciega que solo le he visto usar con la gente que considera intocable.
Mis piernas se detienen.
Me congelo. La sangre se me hiela en un segundo.
—¿Qué te pasa ahora? —pregunta Clara, molesta. Paula me mira a la cara sin esconder que está cagada también.
No puede ser. No. Los observo. El lenguaje corporal lo grita todo: complicidad, relajación, ese tono íntimo que solo tienes con tus amigos. Leo asiente a algo que Mateo dice y le da una palmadita en la espalda. Se ríen otra vez.
El murmullo de la terminal se convierte en un zumbido lejano. Todo lo demás se difumina.
Lo recuerdo. Ahora lo recuerdo.
Un partido.
Uno de esos sábados en los que, más por compromiso que por ganas, fui a ver a Mateo jugar con su equipo. Me aburría. Fingía interés mientras tomaba cerveza barata y revisaba el móvil. Apenas presté atención a lo que ocurría en el campo.
Las pocas veces que levanté la mirada, vi a Mateo en el banquillo, así que volví a lo mío hasta que el partido terminó. Al salir, me explicó que habían subido a un chico de las categorías inferiores y que por eso le tocaba estar de suplente.
Me lo señaló.
Era joven, sin barba, con el pelo moreno rapado al cero. Más delgado que ahora, pero con los mismos gestos, esa forma de moverse, ese puto brillo en los ojos.
Leo.
Era Leo.
Y yo no lo supe. Joder. No entonces.
No hasta ahora. No hasta verlo ahí, hablando con mi marido como si nada.
Bajo mis pies se forma un abismo por el que caigo. El pecho me late con violencia. La cabeza me zumba, furiosa, mientras cada pieza encaja a la fuerza.
Estoy jodida.
Muy jodida.
Me acerco con pasos lentos, arrastrando el cuerpo, obligándome a respirar, pero antes de que pueda decir nada, lo escucho.
—…una tía que conocí allí. Coincidimos en el avión y me dejó seco en el lavabo —suelta Leo, con ese tono suyo de chulo sobrado, medio riéndose, disfrutando del cuento.
Mateo suelta una carcajada y le da una palmada en el hombro. No sé qué más le ha contado, pero puede que no haya mencionado nada más, ningún detalle.
—Venga ya. No puede haber tías tan guarras como las que tú cuentas.
Ríen juntos. Como si todo fuera una anécdota graciosa. Una historia para contar en el bar o con los amigos.
Pero entonces Leo saca el móvil.
Juro que siento como el alma sube por la garganta y se escapa por la boca.
Lo veo desbloquearlo. Buscar algo. Lo sé. Sé lo que va a hacer. Mis piernas se anclan al suelo, el cuerpo no me responde.
—¿Seguro? Mira esto —le dice, y la sonrisa le brilla en la cara—. Para que veas que existen.
Quiero correr. Gritar. Quitarle el teléfono de un manotazo. Pero cuando logro dar un paso, ya es tarde.
Mi marido está viendo el vídeo. Al principio se ríe, como si fuera una broma y le costara creer lo que está viendo.
La sonrisa se le va borrando a medida que avanza. Su mirada cambia. La mandíbula se le tensa. Frunce el ceño. El gesto se transforma. Pasa del asombro al reconocimiento. De la incredulidad a la furia contenida.
Se queda quieto. Muy quieto. Y yo veo como le palpita la vena del cuello como si tuviera vida propia.
La vergüenza que siento me empequeñece, me aplasta y asfixia.
Leo sigue disfrutando, totalmente ajeno a lo que está provocando sin darse cuenta. Pero Mateo ya no se ríe. Su rostro da miedo.
El sonido seco del puñetazo corta el aire.
Leo se dobla sobre sí mismo, un gruñido ahogado escapándole de la garganta. El móvil cae al suelo. La carcajada se le borra de la cara de un plumazo.
—¿Pero qué cojones…? —balbucea, sin aliento, llevándose las manos al estómago.
Mateo tiembla. Todo su cuerpo vibra de rabia.
—¡Es mi mujer! —grita de manera desgarradora, un alarido que retumba por la terminal y que atrae las miradas de todo el mundo.
Leo levanta la cara, confundido. Y entonces Mateo se le lanza encima con los puños por delante.
—¿Qué…? ¿Qué coño te pasa? —alcanza a soltar, cubriéndose con los brazos cuando ve a mi marido venir como una bestia desatada.
—¡Hijo de puta! ¡Te la estabas follando sabiendo quién era! —escupe con los ojos desorbitados.
—¡No tenía ni idea, te lo juro! —se defiende Leo, encogido, cubriéndose el rostro mientras los golpes le llueven—. ¡No sabía que era tu mujer, joder!
Intento intervenir. Quiero parar esto antes de que sea peor.
—¡No es lo que parece! —digo con la voz quebrada—. ¡Mateo, por favor, te lo puedo explicar!
Le toco el brazo, intento sujetarle el hombro, pero él se gira como si lo hubiera tocado con ácido.
—No me toques —me aparta la mano con asco. Me mira como si no me conociera, como si le diera náuseas.
—Cariño, yo…
—¡Cállate! —me corta de golpe, gritando cada vez más fuerte, montando un espectáculo—. ¡Y no me llames así!
Más personas se giran a mirar. La terminal se convierte en una pecera. Yo, en el centro.
—¿Esto era lo que habías planeado? ¿Eh? ¿Irte a Mallorca con tus amigas para follarte a todo lo que se mueva?
—No es así, por favor, Mateo… escúchame…
—¿No es así? —se ríe, una carcajada rota—. Pues según tu nuevo amiguito Leo, lo es. Me ha contado todo, ¿sabes?
—Yo no… no sabía que él…
—¡No sabías nada! ¡Pero bien que te abriste de piernas! —grita, y me tiemblan las rodillas—. Me ha contado lo de la fiesta en esa casa de mierda, cómo te bailabas encima de ese chaval como una fulana. ¡Y luego lo de la cama! ¡Que acabó dentro de ti, Rebeca! ¡¡Dentro!!
Siento cómo la sangre me abandona el rostro. Me ahogo. No hay aire suficiente en todo el aeropuerto para tragarme esto.
—Y por si fuera poco… —sigue él, cada vez más alto, más enloquecido—. ¡¡Me enseña un vídeo tuyo mamándosela en el puto baño de un avión!! ¿¡Pero tú estás enferma!?
Las miradas ya no se disimulan. Todos nos miran. Un círculo de ojos abiertos y bocas cerradas. Una tormenta de vergüenza me cae encima… y me doy cuenta de que, entre el gentío, Leo se está escabullendo, agachando la cabeza como un cobarde.
—Mateo, por favor… déjame explicarte…
—¿Explicarme qué? ¿¡Qué te dio mucho morbo!? ¿¡Que no lo pudiste evitar!? ¿¡Que estabas muy caliente!? ¡¡No tienes perdón!!
—¡Ya basta! —interviene Clara, dando un paso al frente—. No le hables así a tu mujer, pedazo de cerdo. ¡Te estás luciendo, macho!
Mateo se gira hacia ella con dos ascuas en lugar de ojos.
—¿Tú me vas a decir algo, vacaburra? —la insulta, sin contenerse, con una sonrisa amarga—. Siempre metida en lo que no te importa, viviendo como si aún tuvieras dieciocho. Tóxica, sola, vieja y amargada. Vas a morir sin nadie, ¿lo sabías? Solo con tus gatos y una caja de antidepresivos en la mesita de noche.
Clara palidece, pero no se mueve.
Paula se queda helada. Sin saber a dónde mirar. Como si quisiera desaparecer.
—Sabía que eras un puto machista —murmura Clara, sin fuerza, acercándose a mí—. Rebe, tía… yo lo sabía.
Intento hablar. Decir algo. Explicar. Salvarme. Pero lo único que sale es un sollozo roto y torpe, sin forma.
Las palabras se me atragantan.
Y cuando me quiero dar cuenta, ya estoy llorando. De esa forma en que no puedes parar, y mientras más te esfuerzas en detenerlo, peor es.
El alboroto ya ha llamado demasiado la atención. Dos agentes de seguridad del aeropuerto se acercan corriendo.
—¿Está todo bien aquí? —pregunta uno de ellos, mirando a Mateo con expresión tensa mientras el otro ya le agarra del brazo para apartarlo de nosotras.
—Tranquilo, señor —dice el otro, mientras nos dirige la mirada—. ¿Les ha hecho daño?
Yo sacudo la cabeza, aún llorando, con la voz hecha jirones:
—No… no nos ha tocado.
Pero Mateo no se calla. Ni siquiera intenta defenderse. Le da igual que lo estén agarrando.
—Ella me ha destrozado la vida —me acusa, ya sin gritar, como si las palabras salieran directo del tajo en el pecho que le acabo de hacer—. Lo sabía. Siempre lo supe. Nunca confié en Clara. Se lo dije una y mil veces. Que era un error. Que era veneno, pura ponzoña.
Mira a Clara con desprecio. Luego vuelve a mí.
—Pero la culpa no es solo de ella… Es tuya, Rebeca. Toda tuya. Le dejaste grabarte… a ese tío, a ese cerdo —su voz tiembla de rabia—. ¡¡Un antiguo compañero mío de equipo!!
Da un paso, pero el guardia lo retiene con firmeza.
—Dejaste que te grabara un vídeo porno. Das asco.
No tengo respuesta para sus palabras. No hay defensa posible. No hay excusa.
Solo dolor.
Un dolor sordo y brutal que se abre camino desde dentro, como si me arrancaran los órganos con las manos. Todo lo que dice es verdad. Todo. Pero eso no lo hace menos insoportable.
Mateo se zafa del agarre del guardia con un gesto seco.
—Me largo de aquí.
Da unos pasos. Pero se detiene,da media vuelta y me mira.
—No quiero volver a verte jamás, Rebeca.
Su voz ya no tiembla. Ya no grita. Es fría y plana. Sin rastro de emoción, como un disparo.
—Para mí estás muerta. Quiero el divorcio.
Y se va. Así. Sin más.
Clara me rodea con los brazos, murmurando algo que apenas escucho:
—Estoy aquí, ¿vale? No pienso dejarte sola…
Paula no ha dicho una palabra desde que todo empezó. No se ha movido un solo milímetro. Sus ojos siguen clavados en el suelo, como si pasar inadvertida fuera su mecanismo de defensa.
Caigo de rodillas. El golpe contra el pavimento me sacude entera. No me duele el cuerpo. Me duele el alma. Estoy rota, vacía, sorbiendo los mocos que me caen sin control, mientras intento respirar como si eso sirviera de algo.
La despedida me ha cambiado la vida. La ha volcado. La ha puesto patas arriba.
Y no sé si alguna vez podré volver a levantarme.
El tiempo pasó.
Todo pasó.
La boda de Paula siguió adelante, se casaron a los pocos días como si nada. Pero el peso de lo ocurrido acabó cayéndole encima. No pudo más y se vino abajo. Una semana después de prometerse amor eterno, le confesó todo a su recién estrenado marido.
Sorprendentemente… él la perdonó.
Pero con una condición: cortar todo contacto con nosotras.
Nunca más la volví a ver.
Mateo tampoco volvió a buscarme. Ni un intento. Ni un reproche. Nada. Yo lo intenté arreglar, pero tan solo conseguí una notificación de separación.
En él, relataba las condiciones y cómo me cedía su parte del piso a cambio de que se la comprara. Como si le diera igual. Como si quisiera borrar cualquier rastro de mí en su vida.
Pude comprarlo con la ayuda de mi familia. Mis padres, que no preguntaron demasiado. Solo me abrazaron. Mi hermana, que me pasó todos sus ahorros sin decir palabra. Me mantuve ocupada. Justifiqué mi aspecto, mis retrasos, mi torpeza emocional con una excusa fácil: el estrés.
Pero con los meses…
Algo empezó a crecer dentro de mí. Y esta vez no era solo culpa.
Estaba embarazada.
Tuve miedo. Dudas. No sabía qué hacer, ni qué sentir. Pero en el fondo… supe que tenía que decírselo.
Una tarde, me armé de valor. Fui a buscar a Mateo. Le confesé mi estado, y por una fracción de segundo, vi algo en sus ojos. Una chispa. La sombra de una esperanza. Como si, por un instante, creyera que todavía podíamos reconstruir algo.
Pero tan rápido como vino… se apagó.
Negó con la cabeza antes siquiera de dejarme continuar.
—Las fechas no cuadran —dijo, seco—. Es imposible que sea mío. Ve y díselo a tu amiguito. Que lo disfrute.
Con el alma hecha trizas, fui en busca de Leo. Necesitaba que lo supiera. Que no huyera también de eso, pero tampoco quiso saber nada.
Se desentendió con la misma facilidad con la que un día me deseó. Ni una pregunta. Ni una duda. Solo indiferencia. Ignorando que era el padre de mi futuro hijo. Le daba igual.
Y aun así, no me rendí.
Clara también me dejó atrás. Persiguió un amor por internet, cruzó medio mundo para encontrarse en Buenos Aires con una mentira. Una estafa emocional y económica que la dejó más sola que nunca.
Pero yo seguí.
Con la ayuda de mi familia, y de esos pocos amigos que no soltaron mi mano, salí adelante. Crié sola a mi hijo. Apenas una pensión alimenticia y poco más. Pero fue suficiente.
Él lo fue todo. Era quien me daba fuerzas para levantarme cada mañana. Era quien me obligaba a darlo todo de mi. Era mi vida entera.
Un niño precioso. Unos ojos verdes y brillantes como dos esmeraldas. Un recordatorio constante de todo lo que viví, de lo que perdí… y de lo que, sin esperarlo, gané.
Porque por muy jodido que acabara todo…
A ese niño lo quiero con cada fibra de mi ser. Con todo mi corazón.
Hasta el último aliento.
Incluso las peores decisiones pueden llevarte, sin querer, al verdadero amor de tu vida.