Los relatos de Xim

XimIkrad

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1 Ago 2025
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Barcelona
Buenas,

Me he registrado aquí ya que un chico me contactó hace tiempo para decirme que este era un buen sitio donde subir relatos y recibir feedback. No sé muy bien cómo funciona el foro, así que pido perdón de antemano por los fallos que pueda cometer o si esto ni siquiera va aquí.

Antes de continuar, me presento: soy una escritora aficionada a quien le encanta todo lo oscuro y el morbo de las infidelidades y voyerismo. Me gustaría saber qué es lo que pensáis de los relatos que voy creando, para mejorarlos y poder hacerlos cada vez mejor.

Actualmente estoy trabajando en uno muy largo, pero me está llevando tanto (y tengo tan poco tiempo libre), que hasta dentro de un par de meses no estará terminado.

Los relatos están en la otra orilla, pero si hace falta los iré subiendo aquí. No busco visitas; solo mejorar la calidad de mis escritos.

Intento siempre hablar sobre experiencias que he vivido "similares" y, sobre todo, experiencias que les ha pasado a amigas. Todo eso regado por una imaginación incontrolable que tengo.

Muchísimas gracias por todo!
 
Buenas,

Me he registrado aquí ya que un chico me contactó hace tiempo para decirme que este era un buen sitio donde subir relatos y recibir feedback. No sé muy bien cómo funciona el foro, así que pido perdón de antemano por los fallos que pueda cometer o si esto ni siquiera va aquí.

Antes de continuar, me presento: soy una escritora aficionada a quien le encanta todo lo oscuro y el morbo de las infidelidades y voyerismo. Me gustaría saber qué es lo que pensáis de los relatos que voy creando, para mejorarlos y poder hacerlos cada vez mejor.

Actualmente estoy trabajando en uno muy largo, pero me está llevando tanto (y tengo tan poco tiempo libre), que hasta dentro de un par de meses no estará terminado.

Los relatos están en la otra orilla, pero si hace falta los iré subiendo aquí. No busco visitas; solo mejorar la calidad de mis escritos.

Intento siempre hablar sobre experiencias que he vivido "similares" y, sobre todo, experiencias que les ha pasado a amigas. Todo eso regado por una imaginación incontrolable que tengo.

Muchísimas gracias por todo!
Pues será un placer leerte.. y comentarte mis impresiones..
 
aquí un lector intrigado y deseando leer tus relatos.
 
Yo un empedernido lector de relatos eróticos, asi que a la espera de tus publicaciones.
 
Deseando leerte, comentarios, criticas y observaciones seguro que aquí encontrarás un monton
 
Este es el último que he publicado, a ver qué os parece. Está dividido en 4 partes e iré subiendo una por una, para ver qué es lo que os funciona o llama más la atención. O lo que no os gusta nada. Sed libres de comentarlo:

Zorras de despedida de soltera - parte 1

El taxi ya está esperando en la puerta, el motor encendido, el tiempo corriendo.

Me ajusto la correa de la maleta y miro a Mateo, que está ahí de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Se pasa la mano por la cabeza, recorriendo el escaso cabello que le queda. Lo hace siempre que está nervioso o inseguro.

Lo sé. Lo conozco. Demasiados años juntos.

—¿Estás segura de que es buena idea? —pregunta finalmente.

Ahí está. Sabía que lo diría.

—Cariño… —suspiro—. Es un fin de semana con mis amigas. Nada más.

Él me sostiene la mirada, no muy convencido.

—Ya, pero con Clara organizándolo… —hace un gesto con la mano—. Sabes cómo es.

Sus celos vuelven otra vez. Su fijación con mi mejor amiga es casi enfermiza. Vale que es un poco cabeza loca, y ligera de cascos también, pero debería de confiar más en su mujer.

Levanto la comisura de los labios y niego con la cabeza.

—Mira que eres malo. Nunca me ha fallado desde que la conocí en la universidad.

—No he dicho lo contrario —murmura, con ese tono de fastidio que le sale cuando algo le molesta pero no quiere discutir—. Pero no me digas que no es una mala influencia.

Lo dice con tanta seguridad, con tanta convicción, que me hace sonreír aún más.

—No te pases con ella. Clara es mucha mujer para la mayoría de los hombres, eso es todo.

Él bufa, arruga los morros y mira hacia la calle, donde el taxi sigue esperando.

—Solo… no os descontroléis mucho. En una semana es la boda de Paula, y no querrás que se cancele.

—Lo sé, es solo un fin de semana. El domingo por la tarde estaré de vuelta.

Mi marido levanta los ojos al cielo, en busca de paciencia donde solo hay un par de nubes distraídas.

—No entiendo por qué a todo el mundo le ha dado por organizar despedidas en el mismo maldito sitio —murmura para sí, negando con la cabeza. Después da un largo suspiro, resignado, y se acerca para abrazarme.

Su calor me envuelve, su olor a colonia y suavizante se mezcla con el aire de la tarde. Es familiar. Es seguro.

Llevamos juntos desde que acabamos la universidad, hace más de diez años.

—Te quiero, no lo olvides ¿vale? —dice en un fino hilo de voz contra mi cabello.

—Y yo a ti —respondo sin pensarlo demasiado.

Nos besamos. Un beso breve, tibio y rutinario. Me separo y me giro hacia el taxi.

—¡Vamos, mujerzuela, que el pecado nos espera! —grita Clara desde dentro.

Levanto un dedo hacia mis labios, en dirección a mi amiga, pidiéndole silencio con una sonrisa traviesa. Luego pongo los ojos en blanco mientras me río.

—Ya sabes cómo es. No le hagas ni caso —le digo a mi marido, como si eso bastara para explicar lo inexplicable.

Me doy la vuelta y me subo al coche. Paula me sonríe desde el asiento de al lado, tímida, como si también sintiera que estamos escapando de algo.

Cuando el taxi arranca, no puedo evitar mirar por el retrovisor.

Mateo sigue ahí, parado en la entrada, con los brazos cruzados y los ojos clavados en el suelo.

No sé por qué siempre se preocupa tanto... si sabe que puede confiar en mí.





—¡Nos lo vamos a pasar de puta madre! —exclama Clara, alzando los brazos en el taxi como si estuviera en una montaña rusa.

Paula suelta una risita, aunque su expresión sigue siendo la de alguien que no está del todo convencida de a qué se ha metido.

Yo solo niego con la cabeza mientras me acomodo en el asiento del coche. Bueno, intento acomodarme.

El cinturón de seguridad parece haberse encogido desde la última vez que monté en un taxi. Me cuesta pasarlo por mis caderas anchas, y cuando finalmente lo abrocho, la tira queda ajustada entre mis pechos generosos, haciéndolo sentir aún más ajustado.

No es que esté gorda, pero mi cuerpo ha cambiado. Mis curvas son más pronunciadas, mis caderas más amplias, mi pecho más pesado. Definitivamente ya no tengo el cuerpo de cuando íbamos a la universidad… pero tampoco estoy segura de que eso sea algo malo.

Clara, en cambio, se abrocha el suyo con facilidad. Claro, su barriga hace de tope natural. Con su cuerpo rechoncho y esas gafas moradas enormes y estrafalarias, siempre ha sido un personaje en sí misma.

Y lo peor es que le encanta.

Y quizás eso es lo que más admiro de ella.

Porque Clara nunca ha intentado encajar en los estándares de nadie. Siempre ha sido así: descarada, exagerada e irreverente. La quiero con locura.

—¿Seguro que Mateo no ha llorado antes de dejarte ir? —pregunta simulando unos pucheros con los puños.

—Muy graciosa —respondo con rintintín.

—Si es que eres una mujer casada y responsable… —pone voz exagerada—. Te estamos llevando por el mal camino.

Paula, a su lado, suspira y se acomoda el pelo rizado detrás de la oreja. Siempre tan callada, tan modosita. Es un milagro que sea nuestra amiga, y más aún que lo sea de Clara.

—No será para tanto, ¿no? —dice la futura casada, como intentando convencerse a sí misma.

Clara la mira fijamente, afila los ojos y esboza una sonrisa pérfida, digna de una villana de Disney.

—Cariño, cuando nos bajemos del avión, dejarás de ser Paula y serás "la novia". —Le guiña un ojo, saboreando el momento—. Y vamos a hacer que te recuerden en toda la isla.

Paula arruga los labios, preocupada. Yo solo miro por la ventana, intentando aguantar las ganas de reír. Conociéndola, y habiéndolo organizado todo Clara, seguro que ha montado algo que no olvidaremos.

Cuando llegamos, el resto del grupo ya está esperando. Un caos de abrazos, grititos de emoción y el clásico repaso a quién ha engordado o envejecido más.

Hay un poco de todo: antiguas compañeras de universidad, excompañeras de piso, amigas del trabajo. Algunas apenas se conocen entre sí, pero eso no importa. En unas horas, todas estarán compartiendo chupitos y secretos inconfesables.

—¡Foto de grupo! —grita una de ellas, sacando el móvil.

Por supuesto. No se puede ir a ninguna parte sin documentarlo en redes.

El vuelo es rápido, apenas un suspiro entre la agitación del aeropuerto y la emoción del destino.

Clara insiste en que brindemos en el avión con los botellines en miniatura. Yo acepto uno, solo para que deje de insistir.

Paula, en cambio, lo rechaza. Qué sorpresa.

—Venga, mujer, si te casas en una semana. —Clara le da un codazo—. Tienes que practicar el trago, que en la boda no vas a poder decir que no.

Paula se ríe, pero sigue aferrada a su botellita de agua como si fuera su amuleto protector.

Yo miro por la ventanilla y dejo que las nubes pasen rápido bajo el ala del avión. Un fin de semana de escapada… No suena tan mal.

Aunque el cansancio del trabajo pesa sobre mí, trato de poner mi mejor cara.





—¡Dios, qué bochorno! —se queja una de las chicas nada más salir del avión.

El aire caliente de Mallorca nos envuelve en cuanto salimos del aeropuerto, dejando en una suave brisa de verano el de la ciudad condal. El sol, abrasador incluso a última hora de la tarde, nos golpea sin piedad.

—¿Pero qué clase de infierno es este? —vuelve a quejarse la misma chica, abanicándose con la mano.

—Bienvenidas al paraíso, perras —declara Clara, extendiendo los brazos como si estuviera presentando un espectáculo.

Dos furgonetas negras esperan en la entrada, con los conductores apoyados en las puertas, mirándonos con la paciencia de quien está acostumbrado a lidiar con grupos de despedidas de soltera.

Nos subimos rápidamente, agradeciendo el aire acondicionado, y el trayecto se nos pasa entre risas y comentarios sobre quién ronca más fuerte y quién será la primera en acabar borracha esta noche.

—Paula, espero que hayas traído bien preparado el hígado, porque no te vamos a dejar respirar —bromea una de las chicas.

Paula se encoge de hombros y sonríe, con esa expresión que oscila entre la resignación y la emoción.

Cuando llegamos, el murmullo de conversaciones se apaga de golpe.

—Madre mía, esto es impresionante… —empieza a decir alguien.

La casa es enorme y preciosa. Una construcción de dos plantas, con paredes blancas y tejado de tejas rústicas, rodeada por un patio amplio de suelo de piedra. Y en el centro, una piscina azul cristalina que refleja el sol de la tarde como un espejo.

—Joder… —murmuro, bajando las gafas de sol para mirarla mejor—. Ahora entiendo por qué salió tan cara.

—Todo sea por nuestra querida Paula —dice Clara, palmeando a la novia en la espalda con una sonrisa traviesa—. Y esto no es la única sorpresa, chatas.

—¿Qué has hecho? —pregunto, entrecerrando los ojos.

—Nada, nada… ya lo veréis —tararea Clara, agarrando su maleta y entrando como si fuera la dueña de la casa.

Nos repartimos por las habitaciones. Hay suficientes para todas, aunque algunas deciden compartir. Yo me quedo con Clara y Paula, porque sé que si la dejo sola, Clara le hará alguna jugarreta durante la noche.

Después de dejar las maletas y cambiarnos de ropa, bajamos al pueblo para cenar algo y tomar unas primeras copas. Aún queda toda la noche por delante… y nuestra organizadora no ha dejado de sonreír desde que llegamos.

Algo trama.

Y lo peor es que, por primera vez en mucho tiempo, no me molesta no saber qué es.





El bar está abarrotado. La música rebota contra las paredes de piedra y el aire es una mezcla pegajosa de perfume caro, ron sudado y cuerpos demasiado cerca. Un lugar turístico, lleno de gente que ríe demasiado alto y se bebe las copas como si fueran agua. Huele a verano sucio. A peligro.

Nos instalamos en una mesa grande, cerca de la barra, con buena vista del local. El primer brindis llega rápido.

—¡Por Paula, la última en caer! —grita Clara, alzando su vaso con teatralidad.

Brindamos entre risas. El tequila me arde bajando por la garganta, pero también me despierta un poco. El día ha sido largo. El viaje, eterno. Y sin embargo, ahora empiezo a sentirme más presente.

Mientras las chicas se pelean por pedir otra ronda, dejo que mi mirada vague por el bar, sin mucha intención. Y entonces, lo veo.

Está a solo unos metros. Sentado con una chica rubia despampanante encima. De esas que parecen haber nacido para posar. Pelo oxigenado hasta la raíz, pestañas imposibles, tetas como balones de silicona rebotando con cada risa exagerada. Se le cuelga al cuello con descaro, como si fuera su juguete personal.

Pero no es ella lo que me llama la atención. Es él.

Rubio platino, el pelo revuelto como si acabara de salir de la playa con resaca. Camisa abierta, bronceado perfecto, y un torso que apenas se insinúa… lo suficiente para que parezca que no le importa. Collarcito dorado. Postura de no tener prisa por nada. El típico malote.

Y me suena. No de conocerlo, o sí, parece… de otro tiempo. De otra vida.

De cuando tenía veinte años y me encantaban los imbéciles como él.

De los que sabes que te van a hacer daño, pero igual te dejas. Porque brillan fuerte. Porque queman. Porque son gasolina.

Pero ya no soy esa. He madurado. Estoy casada. Estoy bien. O eso me repito.

Entorno los ojos sin querer. Él tiene la mano sobre el muslo de la chica… y luego, sin el menor disimulo, le mete la mano por debajo de la falda. Ella suelta una risita aguda y se inclina hacia él, pero es evidente lo que está haciendo. La mano se mueve. El brazo, tenso. Ella abre las piernas un poco más. Nadie alrededor parece inmutarse.

Y es entonces cuando él levanta la vista.

Me mira. Directo. Como si ya supiera que lo estoy mirando. Como si supiera que soy una voyeur.

No aparta la mirada. Ni un segundo.

Me sostiene los ojos con descaro, como si me reconociera también. No como persona. Como tipo de mujer.

Sus pupilas, verdes, profundas, tienen algo depredador. No una invitación: una afirmación. Una provocación abierta. Como si su dedo dentro de esa chica fuera un mensaje para mí.

Como si dijera: “Esta también podrías ser tú.”

Y lo peor es que… mi cuerpo responde. Me arde la piel, de golpe. La incomodidad me atraviesa, caliente. No es deseo, quiero pensar. Es rabia. Desprecio. Asco.

Pero no aparto la vista. No todavía. Sonríe. Lento. Una de esas sonrisas que no se aprenden, se nacen con ellas. Y luego me guiña un ojo. Como si cerrara el círculo.

Ahí sí, giro la cara. Me escudo en la copa, avergonzada de mí misma. De mi cuerpo. De lo que me ha hecho sentir un completo desconocido que claramente no tiene escrúpulos.

—¿Rebe? —me dice Paula, frunciendo el ceño—. Te has quedado colgada.

—¿Qué? No, qué va… solo estaba mirando —miento, llevándome el vaso a los labios.

No es nada.

No es nada.

Pero sé que no es verdad.





De vuelta en la casa, el silencio lo inunda todo, solo interrumpido por los pasos lentos de las chicas, alguna risa suelta y las puertas cerrándose una a una. Estoy agotada, con las piernas entumecidas del alcohol, pero algo en mí sigue despierto. No logro apagar el fuego que me recorre por dentro. Me tumbo en la cama, pero mi cuerpo no coopera: el calor me sube desde el vientre hasta los pezones, duros, sensibles bajo el pijama. La entrepierna palpita con una humedad incómoda.

No quiero admitirlo, pero me siento caliente.

Jodidamente caliente.

¿Será el alcohol? ¿Será la copa de más? Me digo que sí, aunque en el fondo sé que no es verdad. Cierro los ojos y la imagen del tipo del bar se cuela de nuevo. Ese chulo de mierda. Su sonrisa ladina. Su mano hundiéndose bajo la falda de la rubia como si el mundo entero le perteneciera. Me revuelvo, inquieta, con el pulso acelerado. No debería estar pensando en eso. Así que busco una distracción.

Marco a Mateo por videollamada.

—Hola, amor —responde al instante. Tiene la cara hundida en la almohada, despeinado, la voz pegajosa de sueño, y esa sonrisa blanda de siempre.

—¿Ya en la cama?

Asiente. Me cuenta algo del trabajo, de lo cansado que está, de lo mucho que me echa de menos. Yo lo escucho... pero no. Porque mientras habla, me desabrocho la parte de arriba del pijama. Bajo la tela con calma, dejando que uno de los tirantes caiga por el hombro.

Y cuando sus ojos bajan por la pantalla, lo sé. Su atención es mía.

—He bebido un poco… y me siento… como… acalorada —digo, en voz baja, como si fuera un secreto.

Sus pupilas se oscurecen al instante. Cambia el ritmo de su respiración. Ya no sonríe.

—¿Ah, sí?

—Sí… ya sabes cómo me pongo.

Deslizo los dedos por el escote. Me abro la camisa despacio, dejando ver uno de los pechos. La areola se marca, la piel se me eriza. Llevo la mano hasta la cinturilla del pantalón, meto los dedos apenas por debajo. Me rozo el clítoris con la yema.

—Rebeca…

—¿Te gustaría estar aquí?

—Joder, claro que sí…

Él ya jadea. Baja la cámara.

Su polla aparece en la pantalla. Está dura. Ansiosa. No es gran cosa, pero siempre me ha bastado. Como siempre que juego con él.

—Mira cómo estoy —susurro, apartando las braguitas con un dedo—. ¿Ves eso? Mojadita. Pero esta vez solo miras. Por desconfiado.

Me acaricio con dos dedos, lento, marcando cada movimiento. Paso por los labios, húmedos, resbaladizos, me toco el clítoris sintiendo el cosquilleo sobre el vello recién recortado, aún suave al tacto, lo aprieto. Luego me llevo los dedos a la boca. Chupo. Lo hago despacio, sin apartar la mirada de la cámara.

La frase le excita aún más. Gime. Se mueve con fuerza. Pero no dura mucho.

—¡Joder…! —jadea, y de pronto se le tensan las venas del cuello—. No puedo más…

Se corre. Se corre rápido. Mancha las sábanas y gime como un crío. La cámara se tambalea. Su cara no se ve. Me quedo quieta, la mano entre las piernas, a medio camino del placer.

Fuerzo una sonrisa vacía.

—No pasa nada, amor. Descansa.

—Perdón… estoy medio dormido.

—Tranquilo, sigue durmiendo.

Cuelgo. Y en cuanto la pantalla se apaga, me cae el alma al suelo. El calor sigue ahí. La humedad entre las piernas se ha vuelto insoportable. Me arden los muslos, me palpita la pepitilla.

Abro las piernas. Meto la mano dentro de las braguitas, viscosas como si me hubiera meado encima. Me froto el clítoris con movimientos circulares, con rabia, con desesperación. Cierro los ojos. Y no pienso en Mateo.

Pienso en el bar.

En él.

En esa sonrisa torcida. En su dedo colándose entre las piernas de la otra. En cómo me miraba mientras lo hacía. En cómo no apartaba los ojos de mí mientras la follaba con la mano.

Y de pronto, ya no soy yo.

Soy ella.

Estoy en esa silla.

Su mano sube por mi muslo, y entra sin preguntar. Dos dedos, tal vez tres, me abren sin esfuerzo, con ese gesto sucio y directo que no busca permiso, solo respuesta. Y la tiene. Siento cómo me hurga por dentro, cómo explora con movimientos decididos, profundos, como si supiera exactamente dónde tocar.

El ruido del chapoteo lo llena todo, húmedo, obsceno, amplificado por el silencio de la habitación. Mis caderas empiezan a moverse solas, se arquean buscando más, queriendo clavarse sus dedos aún más adentro. Me lo doy. Me empujo contra ellos, con hambre, con desesperación. Su mirada me perfora, y sé que le gusta verme así: abierta, empapada, temblando. Estoy segura.

Gimo. Fuerte. Un sonido roto, sin filtro. Me estremezco. El nudo en mi vientre se aprieta, cargado de electricidad. Está a punto de romperse. De arrastrarme con él.

Estoy a punto. Lo siento en la garganta, en las piernas, en el puto temblor de dlos dedos. Me rompo. Me rompo.

Pero…

¡La puerta se abre de golpe!

—¡Rebe! —Clara entra como un huracán, sin llamar, sin respeto, como si la intimidad fuera un mito inventado.

Doy un salto. Me aparto la mano como si me quemara. El cuerpo me tiembla, la respiración entrecortada, la humedad sigue pegada a mis dedos y a mi ropa interior como pegamento.

—¡Joder, tía! ¡¿Quieres llamar antes de entrar?! —le grito con el corazón atascado en la boca, tratando de recuperar el control, de taparme aunque ya da igual.

—Uy, perdona… —dice ella, con esa sonrisilla asquerosa que no es nada inocente—. ¿Estabas en modo “dedito mágico”?

—Clara, vete a la mierda —le espeto, roja, con la voz hecha trizas mientras intento recolocarme, aunque nada va a disimular lo que estaba haciendo.

Ella ni se inmuta. Se tira sobre la cama con el desparpajo de quien no ve nada raro en encontrar a su amiga a punto de correrse sola.

Agarra una almohada.

—Tranquila, reina. Solo digo que si vas a poner así la habitación… avisa. Para traer toallitas.

Le lanzo un cojín directo a la cara. Le da de lleno. Ella se ríe sin culpa, con los ojos brillando.

Yo me tumbo otra vez, de espaldas, deseando desaparecer en las sábanas. El clímax que no llegó me sigue punzando. Me duele. Como si me lo hubieran arrancado en seco.

Clara me mira de reojo mientras se levanta y suelta, con esa voz suya de canto afilado:

—Es bonito, ¿sabes? Ver a la Rebe de la uni otra vez.

—Lárgate ya —murmuro sin abrir los ojos, deseando que lo diga en broma, pero sabiendo que no.

Ella se ríe. Apaga la luz. Y se va como vino, sin disculpas.

Yo cierro los ojos. Pero dormir no es opción. No así. No con el cuerpo encendido, el pulso roto, el coño latiendo por un orgasmo robado.

Yo cierro los ojos.

Y todo por culpa de un cabrón sin nombre que todavía me arde entre las piernas.





El sol ya golpea con fuerza cuando bajo a la cocina. El calor es sofocante, incluso dentro de la casa, donde las paredes gruesas apenas logran frenar el aire denso que se pega a la piel.

Las chicas están desperdigadas, medio dormidas, despeinadas, con camisetas holgadas y ojos hinchados. El ambiente huele a café, sudor y resaca.

Menos nuestra organizadora, claro.

—¡Buenos días, golfas! —canta con una alegría criminal.

Algunas gruñen, otras se ocultan bajo sus tazas. Paula directamente se arrastra hasta la mesa y apoya la cara sobre los brazos.

—Dios… —susurro, bebiendo un sorbo de café negro—. Esta mujer no tiene alma.

Clara desaparece por unos segundos y vuelve cargando un montón de camisetas blancas, enrolladas como panecillos.

—Atención, preciosas. Hora del uniforme.

Nos lanza una a cada una. Son diminutas. Blancas, ceñidas, con letras rosas en el pecho:

“Despedida de soltera”

Y justo en el centro, una caricatura de Paula con una corona y cara de borracha. Debajo, en una tipografía cursi, el mote de cada una bordado con vinilo brillante.

—Y aviso desde ya —añade Clara, levantando un dedo como si dictara sentencia—: está prohibido llevar sujetador. La tela es fina por algo. Que se note que estamos vivas, coño.

Las chicas sueltan risas, algunas más escandalizadas que otras. Yo me quedo mirando la camiseta con una ceja en alto.

—Estás enferma —murmura Paula, horrorizada.

—Y feliz —responde Clara, sacando de una bolsa unas orejitas de conejo, una banda con brillo y una varita con forma de polla—. Todo para la novia.

—¿Y los pantalones? —pregunta alguien.

Clara saca otro puñado de ropa y la lanza como si repartiera caramelos.

—Shorts vaqueros. Cortos. Apretados. Criminales.

Cuando me los pruebo en la habitación, casi me da un puto infarto.

La camiseta es blanca, fina como papel mojado. Me abraza el cuerpo como si quisiera tragárselo. Los pezones se marcan duros, descarados, tan tensos que parece que piden salir. El escote no enseña mucho, pero la tela lo compensa dejando a la vista todo lo demás: la forma de los pechos, la hendidura entre las costillas, la piel caliente pegándose al algodón.

Y los shorts… joder, los shorts.

Suben como si me los metiera con calzador. El vaquero me muerde la carne. No la cubre, la marca. Cada paso que doy me sube la tela más, hasta que siento el roce en el pliegue exacto, ese donde empieza la humedad cuando te calientas. El culo me rebota dentro como si tuviera vida propia, prieto, redondo, empujando contra la costura como si quisiera escapar.

Me miro en el espejo. El dibujo estampado en la camiseta me saca una mueca. Abajo pone: “Rebe”.

Genial. Como si no bastara con ir disfrazada de puta del infierno, ahora también llevo el nombre de pila en la teta.

Parezco una versión de mí misma después de cruzar tres fronteras y un club de striptease. Como si alguien hubiera cogido a la Rebeca de siempre y le hubiera puesto ganas de pecar.

Y lo peor es que… me miro. Y me gusto.

Bajo al salón con las piernas al aire y la espalda empapada de sudor. Clara me silba.

—¡Estás de muerte! Hoy sí que vas a romper cuellos.

—Eres idiota.

—Y tú estás buenísima. Vive con ello.

Salimos. El calor fuera es insoportable. El sol cae como plomo líquido. Cada paso es un castigo. La ropa se me pega al cuerpo como si me hubieran envuelto en papel film mojado. Caminamos por el puerto, nos sacamos fotos con sonrisas más grandes de lo normal, reímos demasiado alto. Pero cuando vemos un bar con aire acondicionado, casi corremos.

Nada más cruzar la puerta, una ráfaga de aire helado me corta el aliento. Me azota los muslos sudados, el cuello mojado, las ingles húmedas. Pero lo peor es el efecto en los pezones.

El frío me atraviesa el pecho como un cuchillo. Siento cómo se me endurecen al instante, rígidos y expuestos. La camiseta no oculta nada. Se marcan. Se notan. Se ofrecen.

Trago saliva. Nadie debería estar mirando. Nadie debería tener permiso. Pero cruzo los brazos. Instinto estúpido. No sirve de nada.

Me acerco a la barra sin pensar. Me hace falta una copa, un muro, algo que me salve del calor… y de mí. Pido lo primero que se me ocurre.

Y entonces…

—Ah, no… —dice Clara, mirando al fondo del local.

La sigo con la mirada.

Un grupo de chicos. Voces altas. Camisetas con frases absurdas de despedida de soltero. Sonrientes. Borrachos. El aire huele a ginebra, desodorante barato y testosterona flotando como gas venenoso.

—Clara, no. —Paula ya lo ve venir.

—Clara, sí.

Se sube a una silla, levanta su copa y golpea con una cuchara.

—¡Atención! ¡Colisión de despedidas!

El bar sube diez niveles de volumen. Las chicas chillan. Los chicos silban. Un jaleo delicioso.

—Nueva regla: cada una tiene que conseguir el número de uno de ellos. Si no… —saca una diadema con una polla gigante—. Esta es su corona. Por el resto del día.

Yo niego con la cabeza de inmediato.

—Ni loca.

—Entonces ya puedes coronarte, cariño.

Mierda.

Barro la sala con los ojos. Solo necesito un número. Cualquiera.

Uno de ellos. Apoyado contra la pared, copa en mano. Camisa negra abierta hasta el esternón. Piel dorada, sonrisa perezosa. Lo reconozco de inmediato.

El rubio platino.

El que ayer me miró como si supiera cómo huelo entre las piernas.

Y como si me hubiera olido de nuevo, levanta la vista.

Me ve, y se ríe. Empieza a caminar hacia mí. Con esa seguridad tatuada en sus facciones.

Yo me adelanto. Cuanto antes termine esto, mejor.

—Dame tu número.

Se planta frente a mí. Alto. Insolente. La piel del cuello brilla de sudor. Huele a calor y a algo que no sé cómo nombrar.

—¿Ya pidiéndome el número sin presentarnos? Me encantas.

—No estoy aquí para encantarte. Solo para cumplir la regla.

Su mirada recorre mi cuerpo como si me estuviera lamiendo con los ojos. Baja por mi escote, se desliza por la cintura, se clava en los muslos.

—Llevas esa camiseta como si te la hubieran cosido sobre la piel. ¿Sabes lo que pensé cuando te vi entrar?

—No quiero saberlo.

—Que si fueras mía, no saldrías vestida así de casa. O saldrías… pero volverías con las piernas temblando y las bragas en el bolso.

—¿Siempre eres así de idiota o solo cuando la sangre se te va al rabo?

—Solo cuando me apetece —sonríe, tranquilo, como si ya supiera que me está desarmando—. Y contigo me apetece.

—Mira, como te llames…

—Leo —me corta, dando un paso más. Me invade. Su voz baja justo cuando su aliento roza mi oreja—. Pero si te da el punto… esta noche puedes gritarme como quieras.

Mi estómago se encoge. El tono, el calor, la cercanía. Todo en su puta voz me provoca un escalofrío que me recorre la espalda.

Me aparto. Fría. O al menos lo intento.

—Perfecto. Pues mira, Leo —repito su nombre con veneno, como si al pronunciarlo pudiera expulsarlo de mi cuerpo—, esto es un juego. No quiero nada. No me interesas.

—No lo digo por mal. No quiero meterte en líos. Solo creo que podrías pasártelo de puta madre si dejaras de fingir.

—¿Fingir qué?

—Que no te gusto. —Su voz baja, más grave, más densa—. Que no te dan ganas de probar qué tan compatibles somos: tú con esas piernas interminables y ese culo que pide manos, y yo con esto —se agarra el paquete con descaro, apretando con los dedos sobre el pantalón. La forma se marca. Grande. Prometedora. Y sí, mis ojos se van un segundo antes de que pueda evitarlo—, ideal para volverte adicta.

Abro la boca, lista para soltarle algo. Pero no sale nada. Porque mi cuerpo no me acompaña. Porque él lo sabe. Y eso me jode más que todo.

No entiendo cómo este cabrón, este sinvergüenza absoluto, puede hablarme así y que yo no le cruce la cara de un guantazo.

No lo entiendo.

Pero tampoco me muevo.

—Te apunto el móvil —dice, estirando la mano como si tuviera todo el derecho.

Se lo paso. De mala gana. Pero se lo paso.

Y en menos de un segundo ya está marcando. La llamada suena. Sonríe mientras guarda el contacto.

—¿Qué haces? —le espeto, intentando arrebatárselo.

—Ya está —dice, devolviéndomelo—. Ahora también te tengo yo. Para cuando digas que no me recuerdas.

—¿Y quién coño te dio permiso para eso?

—No necesito pedirlo —responde sin inmutarse—. Tú me tienes. Yo te tengo. Y si de verdad te molesta, bórrame. Aunque sé que no lo vas a hacer.

Aprieto los labios. La ira me sube en oleadas, junto con algo que no debería estar ahí: calor entre las piernas.

No. No le voy a dar el gusto.

—No hace falta. Adiós —le escupo, girándome.

—Hasta luego, Rebe —pronuncia, alargando la “r” como si la saboreara. No intenta detenerme. Pero su voz me acaricia la espalda—. Me encanta cuando te haces la enfadada… se te marcan más los pómulos.

Camino con paso decidido, negándome a girarme, como si me resbalara todo. Pero siento su mirada clavada, abrasándome la espalda, bajando lento… deteniéndose justo donde la tela deja de tapar y empieza a insinuar.

Y yo… yo meneo las caderas con más descaro del que debería. Al principio sin querer. Luego… no tanto. Cada paso hace que el culo me rebote con fuerza, redondo y marcado, como si supiera que él lo está siguiendo con los ojos. La tela se tensa, se mete entre las nalgas, y me convierte en un espectáculo andante.

Una provocación sin palabras.

Antes de que llegue a mi mesa, lo oigo. Bajito. Soterrado bajo el ruido del bar. Como una promesa sucia e inevitable:

—Sigue caminando así… y verás.

No me detengo. No me giro. Ni siquiera le contesto.

Pero la frase me atraviesa como una descarga. Me eriza la espalda, me tensa el vientre, me pone duros los pezones bajo la tela fina. Y sin pensar, me ajusto los shorts, subiéndolos apenas con los pulgares, marcando aún más los glúteos con cada paso. Una respuesta muda. Una invitación negada en voz alta. Más quisieras tocarme tú.

Porque, aunque me fastidie, hay algo en sus palabras que me hace sonreír cuando ya estoy fuera de su vista.

Y lo peor es que me gusta demasiado esa maldita sensación.
 
Un texto provocador, bien escrito, con personajes reconocibles pero con potencial para más profundidad. Has conseguido que el lector esté dentro del cuerpo de Rebeca, sienta su incomodidad, su deseo y su culpa. Si consigues evitar que caiga en arquetipos previsibles (el marido aburrido, la amiga loca, el fuckboy irresistible), tienes entre manos una historia poderosa sobre el deseo femenino, la represión emocional y las elecciones que dejamos a medias.
 
Te presentas como alguien a quien le gusta escribir y nos presentas textos que ha escrito una IA y en los que no has puesto ni una sola palabra...

Vaya pandilla de aburridOs con la leche de la IA...
 
Gracias por los comentarios, a ambos. Ahora pondré las siguiente parte. Pero antes de nada me gustaría explicarme, Elena.

Los textos los corrijo con la IA, es algo que ya dije en TR. No dispongo de tanto tiempo como para hacerlo yo. Lo que sí te puedo asegurar, es que todo es idea mía (básicamente escribo de mi puño y letra casi todo), y la inteligencia artificial la uso a modo de corrector y cuando quiero pulir mejor una idea que tengo en la cabeza. En todas las historias que escribo invierto muchíiiiisimo tiempo (y cualquiera que escriba se puede hacer una idea de todo lo que conlleva).

Quitando todas las novelas/libros que leo (mayoritariamente de estos cuatro géneros: ciencia ficción, terror, fantasía y dark romance), también sigo los consejos de gente como Diana (https://dianapmorales.com/blog/) e intento seguir mejorando leyendo libros como "Escribir novela" de Escuela de escritores (https://www.amazon.es/Escribir-novela-Escuela-Escritores/dp/8483932970).

Agradecería no desprestigiar el trabajo de los demás; ya he dicho que quiero mejorar. Y si no estás de acuerdo con mis palabras, puedes usar un detector de IA para comprobarlo por ti misma. No puedo negar que me molesta este tipo de acusaciones. ¿De verdad alguien ha probado chatGPT para escritura y no sabe las chorradas que te suelta?



Zorras de despedida de soltera - parte 2

El calor empieza a irse, pero el aire sigue denso. Apesta a alcohol barato, sudor y ganas de no volver a casa. Cada bar es un zumbido, un puto nido de risas, música que golpea como un martillo percutor, y cuerpos que no paran de chocar.

Las copas se mezclan. No sé cuántas llevo. No importa. Las piernas pesan, los pies duelen, y la cabeza va flotando como si no fuese mía.

Paula, la santa de siempre, la que dijo que no quería acabar tirada por los suelos, ahora se ríe con las mejillas encendidas, la banda de “Novia del Año” hecha un nudo sobre las tetas, y las orejitas de conejo dobladas, como si ya se rindieran ellas también.

Clara la mira como si fuera un logro personal.

—Así me gusta, reina —le dice, dándole una palmada en la espalda—. Ya ves que no se muere nadie por una copa más. O cinco.

—No sé cómo podéis beber tanto… —se queja Paula, riéndose, con la copa temblándole en los dedos.

—Entrenamiento, cariño. Como los marines —responde Clara, poniéndose seria por un segundo, y luego se descojona.

Nos metemos en un restaurante de comida rápida para devorar hamburguesas y patatas fritas como si no hubiera un mañana.

El hambre es brutal. La dieta no existe esta noche.

Yo apenas hablo. Mastico y trago como si con eso pudiera callar la voz de ese imbécil rubio que no para de meterse en mi cabeza.

Cuando terminamos la última ración, Clara se levanta de golpe. Las palmas chocan fuerte, como una bofetada. Todas se giran.

—¡Atención, chochos!

Algunas pegan un bote en el asiento. Otras la miran con cara de “qué coño le pasa ahora”.

—Nos vamos.

—¿Cómo que nos vamos? —pregunta una, con la boca llena de patatas.

—Escuchad. —Clara se ríe, esa risa suya de cabrona con plan—. Nos queda la parte buena. La jodida guinda.

Paula frunce el ceño, medio borracha, pero todavía con las alarmas encendidas.

—Clara… ¿qué hiciste?

—Nada. Bueno, un detallito. Un algo especial. Una sorpresita. Vais a flipar.

La mesa queda hecha un asco. Vasos, salsas, servilletas pegadas a la bandeja como piel quemada. Salimos entre risas torcidas y murmullos que huelen a vodka y sospecha.

—Esto va a acabar fatal —dice Paula, mirándola de reojo como quien ve venir una tormenta.

—Lo que acaba mal es tu fe en mí.

—Por eso mismo.

El coche de vuelta es una cueva llena de voces bajas, risas que se cortan a la mitad, suposiciones absurdas. Clara no dice nada. Solo sonríe. Como si supiera que estamos todas bailando sobre la trampa sin darnos cuenta.

Entramos en casa. Clara se planta en la entrada como una puta anfitriona de ritual.

—Bolsos fuera. Móviles también. A la mierda el mundo.

Lo dice en tono de orden, pero con una sonrisa de niña mala. De esas que esconden cerillas en los bolsillos.

—¡Venga, coño! Bebed algo, poned música. —Su voz retumba en el salón—. La noche no ha hecho más que empezar.

Yo me dejo caer en el sofá. Me duele todo. Sirvo más vodka con limón. Me quema en la garganta, pero no tanto como lo que llevo encima desde hace días.

La cabeza no me deja en paz. Ni el cuerpo. Siento esa mezcla rara de calor y vacío. Como si me hubieran mordido por dentro y la carne tardara en cerrarse.

El cuerpo me arde. No sé si es el alcohol o la mierda que arrastro desde antes de salir de casa. Lo de Leo. Lo que me dijo. Lo que no dijo. Cómo me miraba. Basta.

No pienso en él. No pienso en su boca, ni en su lengua, ni en lo que habría pasado si me hubiera quedado un poco más.

Entonces suena el timbre, y todas giramos la cabeza.

—Ahora sí empieza la fiesta —anuncia Clara mientras cruza el comedor con esa sonrisa de zorra que solo saca cuando va a reventar la noche.

El timbre todavía está vibrando en las paredes cuando abre la puerta. Y de pronto, el aire cambia. Se espesa. Se vuelve eléctrico.

Él entra.

Alto. De piel morena, como aceite sobre músculo. Botas negras, pantalón que le abraza las piernas como una segunda piel. Camisa azul de policía, abierta hasta media altura. El pecho reluce. Una placa cuelga, brillante. Y las gafas oscuras le tapan los ojos como si eso pudiera contener el fuego que lleva dentro.

Un puto stripper.

Las chicas estallan. Chillidos, carcajadas, alguna salta del sofá. Ya están cuchicheando entre ellas como si estuvieran a punto de ver el espectáculo del siglo.

Él no dice una palabra. Solo camina. Lento. Con paso de depredador. Se lame los labios sin prisa, como si ya hubiera probado el sabor del ambiente y le pareciera justo lo que esperaba.

La música arranca.

Un ritmo lento, cargado de sensualidad.

Él se planta en el centro del salón, piernas separadas, postura firme. Se lleva las manos al cinturón y lo afloja con un gesto que parece un roce, pero tiene filo. Como si cada hebilla desabrochada fuera una amenaza.

El griterío sube. Yo no me muevo. Siento la vibración de la música en los pies, en el vientre.

Empieza a bailar. Despacio. Como si el tiempo le obedeciera solo a él. Cada músculo hace exactamente lo que quiere. Cada giro de cadera corta el aire. Cada ondulación de su cuerpo parece estudiada para rozarte por dentro, aunque estés sentada a dos metros.

Y entonces, se abre la camisa.

No de golpe. La deja caer. Como si le pesara. Como si supiera lo que tiene y lo entregara por puro capricho.

Su torso es un crimen. Oscuro, tallado, brillante. Los abdominales parecen marcados a fuego. La línea que baja desde su ombligo hasta el pantalón es como una invitación escrita en la piel.

El salón entero tiembla. Las chicas se retuercen, chillan, le sueltan piropos como si estuvieran poseídas.

Pasa entre nosotras, se inclina. Susurra cosas al oído que las hacen estallar de risa. No sé qué dice, pero sus voces se vuelven más agudas, más desesperadas.

Entonces pasa a mi lado. Y lo veo.

El bulto. En su tanga fucsia. Inmenso. Elástico. Imposible. Trago saliva sin querer. Aparto la mirada como si eso fuera a servirme de algo, pero ya lo he visto. Y ya no puedo dejar de verlo.

Cuando levanto la vista, está delante de mí. Balanceando las caderas y moviendo esa cosa a pocos centímetros de mi. Tanto que puedo notar su olor, su respiración caliente.

Sus caderas se mueven lento. Un vaivén hipnótico. La forma de su cuerpo bajo la tela brilla con el movimiento. Se lo nota duro. Presente. Como si lo hiciera a propósito. Como si supiera que me está poniendo al límite.

—Madre mía, Rebe, vas a reventar la camiseta —se parte Clara, sin dejar de mirar también. Señala mis pezones, duros y marcados bajo la tela empapada de calor y vodka.

Intento cruzarme de brazos, pero no me muevo. Estoy congelada. En llamas por dentro.

Él se ajusta las gafas como si le divirtiera todo esto. Como si supiera lo que me está haciendo sin tocarme.

Y sin decir nada, se gira y se va. Se desliza hacia la cocina como si supiera que ha dejado el fuego encendido y no piensa apagarlo.

—¿Pero qué coño has montado? —suelta Paula, con los ojos como platos, medio atragantada de vodka o puro pánico.

—Una despedida de soltera. —Clara se sirve otra copa sin inmutarse, como si esto fuera lo más normal del mundo—. Una que no vas a olvidar nunca. Ni tú, ni tus bragas.

—Estás loca, tía.

—No, reina. Soy tu mejor amiga. Y si todo va bien… será tu última noche como soltera. O no. Así que, hazme el favor: cierra la boca y disfruta.

Paula se la queda mirando, con la mandíbula medio colgando. Va a protestar, lo sé. Pero entonces el moreno vuelve a entrar.

Esta vez solo lleva una toalla blanca atada a la cintura. Y en la mano, un bote de nata.

El salón estalla.

—Hostia puta… —murmura alguien, mientras las risas se mezclan con grititos nerviosos.

Yo trago saliva. Siento el pulso en el cuello. El ambiente es denso, pegajoso, como si el aire llevara perfume, sudor y algo más. Algo que no se dice, pero se siente en la piel.

Él camina hacia Paula. Ella no se mueve. Se ha quedado como estatua, con las manos apretadas en el regazo y los ojos fijos en la toalla como si eso pudiera detener lo que viene.

—No, no, no… —farfulla, sin fuerza.

—Sí, sí, sí… —responde él, sonriendo de manera perversa.

La música sube. Algo con bajos marcados y lentos, como un latido sucio.

Él destapa el bote con una sola mano, lo agita, y lo inclina sobre su abdomen.

La nata sale espesa, blanca, caliente por el cuerpo moreno. Se desliza despacio por sus abdominales, resbalando por la línea que baja directo al infierno. La gota se pierde justo donde empieza la toalla. Justo ahí.

—Límpialo —dice, sin vergüenza, sin pestañear.

—¿Qué?

—Lo que has oído, bombón. —Y se baja las gafas para soltarle un guiño de esos que huelen a sexo.

Paula se ríe, tensa. Una risa que no es risa, es puro bloqueo disfrazado. Pero ya es tarde. Nosotras ya hemos olido la sangre en el agua.

—¡Vamos, Paula!

—¡Chúpale la nata!

—¡Eso no se derrite solo!

Ella se revuelve, se tapa la cara, se ríe sin aire, se muerde los labios. Pero sus ojos están clavados en el surco de nata, brillando con algo que no es solo vergüenza.

Es deseo. Es curiosidad. Es ese momento donde el cuerpo empieza a responder aunque la cabeza grite que no.

Clara le da un empujoncito con el pie.

—Vamos, que si no lo haces tú… lo hago yo.

Me muerdo el labio. Siento cómo se me revuelve algo por dentro. No es solo morbo. Es ese calor pegajoso que empieza entre las piernas y se extiende como fuego lento por el vientre, por el pecho, por la garganta.

Estoy hirviendo. En todos los sentidos.

Paula traga saliva. Se inclina.

Saca la lengua.

Y lo lame.

El grito que suelta el grupo es casi histérico. Voces agudas, carcajadas desatadas, una copa que se vuelca sobre la alfombra. Pero yo no río. Yo no pestañeo. Solo miro. Como si no pudiera parpadear.

Pero el stripper no ha terminado.

Sus manos se deslizan hacia la cintura. Agarra la tela fucsia de su tanga. La baja. La tela fucsia cae al suelo sin prisa, sin vergüenza, y de repente todo el aire de la habitación parece desaparecer.

Silencio. Un segundo. Dos. Tres. Y después, el estruendo.

Gritos, chillidos, exclamaciones. Algunas se tapan la cara, otras se agarran entre ellas, como si necesitaran algo firme a lo que aferrarse. Como si se les hubiera salido el mundo del sitio.

Yo no hago nada. Porque no puedo mirar a otra parte.

Lo que tiene entre las piernas es… inhumano. Negro. Pesado. Lento. Se mueve como si tuviera vida. Las venas sobresalen como raíces gruesas. La piel, lisa, brillante. El glande, expuesto, color vino oscuro. Late. Lo juro. Lo veo latir.

Él sonríe. Se lo nota el gusto que le da vernos así, atrapadas.

Y entonces, el bote de nata vuelve a inclinarse.

Esta vez, directo sobre su polla.

El líquido blanco cae en espiral, se derrama por el tronco grueso, se escurre entre las venas, marcando cada curva, cada relieve. Resbala hasta la base y sigue bajando, regodeándose.

Las chicas se descontrolan. Gritos, risas, exclamaciones ahogadas, algunas se cubren la boca, otras se agarran unas a otras como si no pudieran creer lo que están viendo. La tensión es asfixiante.

Siento el calor concentrado entre los muslos, un picor húmedo, incómodo, como si mi ropa interior se hubiera vuelto un estorbo de golpe.

Paula levanta la cabeza. Tiene la cara roja, los ojos brillantes. Le tiembla el pecho. Está atrapada. Como yo. Como todas.

—No… —susurra.

—Sí —responde él, acercándose aún más, con las caderas en tensión.

No la deja pensar.

Se inclina. Le sube la toalla con una mano. Con la otra le acaricia la mejilla. Algo le dice al oído. No lo oigo. No hace falta.

Veo su cabello moverse.

Vaivén.

Adelante. Atrás.

Despacito al principio. Casi tímido.

Las chicas rugen. El jaleo sube. Gritos, aplausos, frases sin sentido. Como si animaran un gol en cámara lenta.

Él gime. No de verdad. Es de show. Pero no importa. La imagen ya está tatuada en el aire.

Y entonces la toalla cae.

El moreno no se cubre. No lo necesita. Porque ya está medio dentro de la boca de mi amiga. Ya no queda rastro de nata. Ni rastro de pudor.

Paula se aparta, solo un segundo. Respira con fuerza. Tiene la saliva en los labios, los ojos húmedos, la mirada nublada. El cuerpo le tiembla.

Y yo…

Yo aprieto las piernas.

Porque siento algo goteando.

La todavía soltera traga saliva. Titubea un segundo. La tensión en su cuerpo se nota hasta en las pestañas. Pero su mirada ya no es la de hace diez minutos.

Algo se ha roto. O mejor dicho, algo se ha soltado. Tal vez ha sido el alcohol, tal vez el calor denso del salón, los gritos, la nata derritiéndose sobre esa polla imposible. O quizá era solo cuestión de tiempo.

Se humedece los labios, inspira profundo… y lo hace.

Se la mete de nuevo en la boca.

Al principio es tímida. Solo un roce, la lengua acariciando la punta, lamiendo restos dulzones que todavía brillan en la piel tensa. Apenas un contacto. Un gesto de tanteo.

Pero él gruñe. Un gruñido bajo, ronco, nacido en el fondo del pecho. Ese sonido lo cambia todo.

Las chicas gritan. Aplauden. Chillan con histeria. Como si acabaran de ver a alguien saltar al vacío. Y Paula, al escucharlo, se suelta. Como si eso fuera lo único que necesitaba para entregarse.

Rodea la punta con los labios y empieza a succionar. Despacito. Con cuidado.

Sus manos intentan abarcar el tronco, pero se le quedan cortas. Los dedos no logran cerrarse. Es demasiado grueso. Demasiado para todo.

Su mandíbula se tensa. Se esfuerza. Sus mejillas se hunden. Lo intenta con ambas manos, buscando ayudar, pero ni siquiera eso sirve. Acaba agarrándose a los muslos del stripper, aferrada como si el suelo se moviera.

Lo chupa. Lo trabaja.

Pero no entra entero. Ni de lejos.

La imagen es surrealista. Casi ridícula.

Parece un animalito intentando tragarse algo que no está hecho para su boca. Y sin embargo… no hay nada ridículo en cómo se me enciende el vientre al verla.

Las risas se mezclan con jadeos que ya no son solo risa. No son fingidos. No son de broma.

Están cachondas.

Perdón.

Estamos cachondas.

Sigo mirando cómo Paula se recoloca, se acomoda mejor, empuja con los labios mientras jadea contra esa piel caliente. Como si no pudiera parar. Como si estuviera probando algo que va a perder para siempre.

Sigo mirando cómo él le agarra el cabello con fuerza. Cómo le guía la cabeza con un ritmo lento, pero firme. El vaivén se vuelve más intenso. Más animal.

Y entonces ella se ahoga un poco. Gime con la boca llena. Se aparta solo un segundo. La baba le cae por la barbilla. El calor le ha dejado las mejillas al rojo vivo. Está perdida.

Ella no ve a nadie. No oye a nadie. Solo a él.

Él gime. Detiene la mamada y se agarra el rabo con la manaza.

Empieza a pajearse frente a ella.

Los dedos bajan por el tronco mojado, lo cubren de su propia saliva y nata derretida. Paula sigue sentada, con la boca abierta, las manos apoyadas en el sofá, mirando como si esperara que la castigaran.

—Abre bien la boquita —le ordena él, ronco, con la voz cargada de fuego.

Ella abre la boca y saca la lengua. Y entonces, él se corre. Empieza a disparar como un maldito surtidor, con chorros gruesos que no parecen tener fin. Le estalla en la lengua, en los labios, en la barbilla. Le resbala por la cara, la mancha como si estuviera pintándola de blanco.

Él no gime. Ruge, como si hubiera estado aguantando todo eso solo para soltarlo ahora, en su cara, en su boca.

Y cuando termina, cuando el cuerpo deja de estremecerse, le alza la barbilla con la palma abierta, con firmeza. La obliga a levantar la vista. y la observa desde arriba con una sonrisa oscura, de macho satisfecho.

Paula jadea, con los labios hinchados, brillantes, todavía entreabiertos y sucios, el semen deslizándose por la comisura como nata derretida; se pasa la lengua despacio, relamiéndose sin pudor, como si saboreara un postre prohibido, tragando el último hilo con un suspiro ahogado mientras su mirada, aún nublada, se alza sin rastro de culpa, solo entrega.

No me he movido. No he tocado a nadie. No he participado.

Pero estoy ardiendo.

Entre las piernas, me escuece. Me resbalo contra la tela mojada de mi ropa interior. Siento ese calor sucio, esa punzada dulce que viene justo antes del desastre.





El griterío sube al nivel de las carcajadas, sacudiendo la casa como una detonación. Es un estruendo de lujuria desatada, de euforia animal, de adrenalina liberada tras lo que acaban de ver. Algunas aplauden como si acabara de aterrizar un avión en el salón. Otras lloran de risa, dobladas sobre sí mismas, sin poder respirar. Varias se abanican con las manos, los rostros encendidos, sudados, como si el aire se hubiera vuelto espeso, sofocante y denso. Absurdamente denso.

Paula, con las mejillas aún encendidas y los labios brillantes, se cubre la cara entre risas. Se esconde, como si pudiera borrar lo que ha hecho. Pero su risa suena suelta. Culpable, sí. Y también satisfecha.

—Dios mío… —murmura, sin levantar la vista.

Clara, con los ojos ardiendo de pura malicia, se agacha a su lado, le da una palmadita y le susurra al oído con voz ronca, carajillera.

—Eso… eso es una despedida de soltera como Dios manda.

El stripper se estira despacio, aún completamente desnudo. No muestra ni una sombra de pudor. Agarra la toalla, se limpia los restos de nata de la piel y se la anuda con calma, como si no tuviera a una docena de mujeres devorándolo con la mirada.

Nos lanza una última sonrisa lobuna. Sabe lo que ha hecho. Y le ha encantado.

—Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo.

—¡Mucho más! —grita alguien entre carcajadas.

—¡Yo quiero también! —exclama otra.

Él suelta una risa grave, se pone la camisa sin abrocharla, se recoloca las gafas oscuras —que nunca se quitó— y sale por la puerta como si acabara de entregar una pizza, no una mamada de infarto.

Las chicas estallan en un último grito de histeria, como un aullido en manada,antes de que todas empiecen a desparramarse por el salón. Sofás, alfombra, cojines. agarrándose unas a otras para no caerse de la risa. El alcohol y la excitación aún lo impregnan todo. En el aire flota el olor agrio del sudor, del sexo, del semen recién derramado. Se siente en la garganta seca, se pega a la piel empapada en sudor.

Yo no me río. No puedo.

Mi corazón sigue golpeando fuerte contra mis costillas. Las piernas me tiemblan. Siento un calor sucio atrapado entre los muslos, húmedo e insistente. Me aprieta desde dentro.

Agarro una copa de la mesa. Bebo. Un trago largo. Quema, pero necesito apagarme un poco. Bajar la temperatura. Fingir que no estoy como estoy. Como si no fuera evidente.

Pero antes de que pueda recomponerme del todo, veo a Paula marcharse. La veo desaparecer escaleras arriba con pasos apresurados. Está huyendo. No sé si de nosotras, de sí misma o del sabor que todavía lleva en la lengua.

Nadie parece notarlo. Todas siguen reviviendo la escena, repitiendo los gemidos exagerados del stripper, brindando por la novia que, en este momento, parece querer desaparecer de la faz de la Tierra.

Dudo un segundo. Podría hacer como que no he visto nada. Bajar la cabeza, quedarme abajo, seguir bebiendo y fingir que no pasó.

Pero eso no es lo que hacen las amigas. O eso quiero pensar.

Respiro hondo, dejo la copa sobre la mesa y subo tras ella. La encuentro en una de las habitaciones, de espaldas a la puerta. Tiene los hombros encogidos, el rostro hundido entre las manos. Un tembleque recorre todo su cuerpo.

—Paula… —cierro la puerta con cuidado, sin hacer ruido.

Ella se sobresalta, gira un poco la cabeza, me ve… y se esconde de nuevo entre los dedos.

—Rebeca… ¿qué he hecho?

Su voz sale rota. Está desbordada. Angustiosa. Se frota la cara con fuerza, como si pudiera arrancarse lo que acaba de pasar.

—Yo no quería… —jadea—. No quería, pero… no me he podido controlar. Mi novio no se merece esto…

Doy un par de pasos. No la toco todavía. La dejo respirar.

—Paula, cálmate. No tienes por qué torturarte. Nadie va a decir nada.

—No lo entiendes… —niega con la cabeza, desesperada—. Me ha encantado.

Eso me deja helada. No lo dice como una excusa. Lo dice como una condena.

—El olor… el sabor… —Se tapa la boca con una mano, como si le diera asco escucharse—. ¿Qué clase de persona hace esto? Así no se comporta una futura esposa.

La última palabra se le rompe en la garganta. Y entonces, llora. Llora de verdad.

Y yo no tengo nada que decir. Porque yo también estoy cruzando líneas esta noche. Y sé lo que es sentir esa mezcla de placer y culpa retorcida. Lo sé demasiado bien.

Así que hago lo único que me sale.

La abrazo.

Paula se deja caer sobre mí, llorando a lo bestia, deshecha, con los mocos empapándome el hombro. La rodeo con los brazos y empiezo a acariciarle la espalda con movimientos lentos, casi automáticos, sintiendo su respiración descompuesta, su cuerpo tembloroso, sus dedos aferrándose a mí como si se fuera a romper en cualquier momento.

—No pasa nada —murmuro cerca de su oído—. Nadie va a contarlo. Él no va a saberlo nunca.

—Pero…

—Te lo pasaste bien. Solo eso. Todas hacemos locuras alguna vez.

Ella sigue llorando en silencio. Sacude la cabeza, pero no responde. Respira. Profundo. Lento. Con la mirada perdida en el suelo.

Poco a poco, sus temblores se calman.

—¿Mejor?

Asiente con los ojos cerrados.

—Baja cuando estés lista, ¿vale?

Le doy un último apretón en el brazo. No la miro más.

Y salgo de la habitación. Con el pecho ardiendo. Y la conciencia cosquilleando en la nuca.





Nada más poner un pie en el pasillo, el móvil vibra en mi mano.

Mateo. Mi encantador marido.

Cierro los ojos. Suspiro largo y profundo, como si pudiera calmar mi estado con eso. Pero no funciona. Contesto igual.

—Hola, amor…

Charlamos un poco, lo típico. Palabras vacías, actualizaciones que no importan. Pero no tardo en notar el cambio. Él también lo nota. Mi lengua se enreda. Me cuesta mantener el tono neutro.

—Rebeca —su voz es seca, tensa—. ¿Dónde estás?

—En la casa —contesto con la boca pastosa.

—¿Y qué estáis haciendo? Te noto fatal. No puedes ni hablar bien.

Salgo al porche. Busco aire, pero no hay. Ni una brisa. Solo calor balear pegado al cuerpo. Miro por el ventanal: el salón sigue encendido. Risas, música, copas en alto. Ninguna tiene idea de la mierda emocional que acaba de explotar arriba.

—Las chicas… se están pasando un poco —balbuceo—. Ya sabes cómo son estas cosas.

Silencio. De ese del que duele.

—Sabía que esto era una mala idea —masculla. Está conteniéndose, pero no del todo—. Ese viaje absurdo, ese “finde de despedida” de mierda… y sobre todo, Clara.

—Mat, por favor…

—No. No empieces. Esa gorda asquerosa seguro que ha montado alguna guarrada para la pobre Paula. Siempre contigo, arrastrándote a sus mierdas, como si no tuvieras cabeza propia.

Siento cómo la mandíbula se me tensa sola. Ya conozco esa voz. Ese tono que escupe veneno bajo la excusa del cuidado. Me la sé de memoria.

—Te lo he dicho mil veces, Rebeca, no te conviene, ¿por qué nunca me escuchas?. Es una cerda sin moral que arrastra a todo el mundo con ella.

—Te lo he dicho mil veces, Rebeca. No te conviene. Esa tía no tiene límites. Es una cerda sin moral que os arrastra a todas.

Me aprieto el puente de la nariz con dos dedos. La rabia empieza a subir, espesa y ardiente, como magma empujando para salir por mi garganta. Podría colgarle ahora mismo. Podría mandarlo a la mierda y quedarme tan ancha.

—No quiero discutir. Te lo he dicho: es mi amiga. Mi A-MI-GA. —Cambio mi peso corporal de talón y levanto el dedo como si me viera, como si pudiera sentirlo clavado—. Y no quiero volver a oírte hablar así de ella.

—Y yo no quiero que hagas lo que no debes.

—¿Tan poco confías en mí? —le disparo sin filtro—. ¿De verdad? Nunca te he dado motivos. Jamás.

Y lo peor es que suena firme. Segura. Convincente.

Casi me lo creo hasta yo.

—Más te vale —murmura él, como si me estuviera haciendo un favor.

Cierro los ojos. Cuento hasta cinco. Estoy demasiado bebida para esta conversación. Y muy cerca de soltarle todo lo que pienso.

Pero no tengo ganas de lo que viene después. Ni de sus sermones. Ni de su tono de mártir. Ni de su cara de decepción cuando le llevas la contraria.

Así que hago lo fácil.

—Mañana hablamos, ¿vale? Estoy cansada.

Suspira. No insiste.

—Te echo de menos.

Fuerzo una sonrisa que no siente ni mi boca.

—Yo también.

Cuelgo. Y cuando la pantalla se apaga, lo sé. Le acabo de mentir. No lo he echado de menos. Ni un segundo. Desde que salí por la mañana, ni una puñetera vez he pensado en él.

Él, que dejó el equipo de toda la vida para "dedicarme más tiempo", como si eso fuera romántico. Como si dejar de perseguir un balón —que ni se le daba bien— fuera un sacrificio noble. Si os soy sincera, cuando iba a verle, se pasaba más tiempo en el banquillo que en el campo. Y aun así, ahí estaba yo, aplaudiendo como una idiota.

No se merece que le mienta así. No se merece que le borre de mi cabeza con tanta facilidad. Pero…

No me siento mal por ello.

Ni un poco.

Nada.





Entro en el salón con la conversación aún golpeándome en la cabeza. Me dejo caer en el sofá, intentando respirar, pero ni siquiera toco el cojín y ya me doy cuenta de que esto no ha terminado.

Clara está en medio del pasillo, copa en alto, los brazos estirados como si fuera a bendecirnos.

—¡Atención, guarras! —grita—. La noche no puede acabar así.

Las chicas se giran. Algunas la miran con media sonrisa desde sus vasos, otras se enderezan en el sitio, alertas.

—¿Qué has hecho ahora? —pregunto sin entusiasmo, con la voz seca.

Clara responde con esa sonrisa torcida que siempre anuncia problemas.

—He llamado a los chicos del bar.

El griterío no tarda ni un segundo en volver a estallar.

—¡¿En serio?!

—¡Sí, joder! Y traen más alcohol. Así que espabilad, que esto va pa’ largo.

Gritos, aplausos, vasos levantados. Otra ola de histeria colectiva. Pero a mí solo me dan ganas de cerrar los ojos y desaparecer entre los cojines. El cansancio me pesa en los párpados.

Y sobre todo, la certeza de que entre todos esos idiotas con camisetas negras y tatuajes mal hechos…

Él también vendrá: Leo.

Ese descarado y asqueroso chulito de playa.

Resoplo y me hundo más en el sofá, como si pudiera tragarme el respaldo. No tengo fuerzas para aguantar otra de sus miradas sobradas ni su lengua afilada soltando gilipolleces. Siempre igual. Jugando a ver quién muerde primero.

Pero esta vez…

Esta vez le voy a dejar las cosas claras. Y si se pasa de listo, le voy a dar un escarmiento.

Uno que no va a olvidar ni con media botella encima.
 
Te presentas como alguien a quien le gusta escribir y nos presentas textos que ha escrito una IA y en los que no has puesto ni una sola palabra...

Vaya pandilla de aburridOs con la leche de la IA...

He visto que publicaste un relato. Qué consejos podrías darme sobre cómo hacerlo?

Me gustaría enviarte un privado para preguntártelo, pero como no sé cómo funciona el foro, te lo pongo por aquí.

En todo lo que escribo intento que la narración sea ágil y que el inicio tenga la suficiente fuerza como para invitar al lector a querer saber más, despertar su curiosidad. Por lo tanto siempre intento que sea el castellano más sencillo posible; creo que queda muy pedante si hago cosas del estilo: "El chico con aspecto de maleante hizo una floritura con la mano, despachándome cuál mosquito en una tarde de verano. Que la acompañase con una sonrisa que rezumaba desdén no ayudó; al contrario, acrecentó mi rabia, la cual bullía bajo mi piel y amenazaba con estallar en cualquier momento" => "El malote hizo un gesto con la mano, deshaciéndome de mí. La expresión en su rostro me hizo apretar los puños hasta que me hice sangre en las palmas. Menudo imbécil."

Sé que son dos formas de escribir, pero a mi modo de ver es mucho más clara la segunda. Además, intento pensar en cosas que me gustaría leer como lectora, no como escritora. El target (o público objetivo) de este tipo de relatos es muy claro. Si quisieran algo más rebuscado, se leerían otro tipo de novelas/relatos. Así que opto por ofrecer ese inmediatez.

De hecho, ayer empecé un libro muy chulo "Guía del club de lectura para matar vampiros", y me gustó tanto el primer capítulo, que quiero usarlo como inspiración para reescribir el inicio del relato largo que estoy haciendo.

Tu ayuda (y la de todos) es super bienvenida.
 
Mira, tu protagonista no es ninguna pobrecita ni una víctima de nadie. Si está jodida, es por sus propias mierdas mentales, por todo lo que se traga, por el miedo que tiene a mandarlo todo a la mierda. Y eso la hace jodidamente interesante. Porque en una novela erótica que se tome en serio, eso es oro: que el conflicto no venga de un marido cabrón o de una sociedad opresiva, sino de dentro, de ella misma.

Su matrimonio no es una celda con barrotes, ni un infierno. Es un acuerdo emocional que hace tiempo dejó de emocionarla. Algo cómodo, tranquilo… y completamente estéril. Pero tampoco tiene ovarios para romperlo. Se siente vacía, sí, pero lo aguanta, se lo traga, porque romperlo sería asumir que quiere otra cosa. Y esa otra cosa da vértigo.

Y cuando metes el deseo ahí en medio, con esa culpa que no le han impuesto, sino que le nace de dentro -de su educación, de sus propios fantasmas-, entonces el erotismo no es solo calentón. Es conflicto. Es identidad. Es carne, sudor y pensamiento.

Y te digo algo más: a mí me da igual que uses IA o no, lo que me importa es que el resultado me guste. Que me revuelva. Que me haga sentir. Que no me dé lo de siempre, con escenas recicladas y personajes de cartón piedra.

Haz que esa mujer arda desde dentro, no porque alguien la empuje, sino porque ya no puede seguir apagando lo que lleva años intentando esconder.
 
Lo que busco es transmitir esa imagen: mostrar a una mujer fuerte que sucumbe al deseo. Que es un pozo de contradicciones. Porque los seres humanos somos complejos, y nada es sencillo.

Para mi el morbo reside en el acto, en cómo se van rompiendo esas barreras hasta que una cae. En cómo se forma hasta llegar el momento donde todo estalla. En esas deliciosas contradicciones, en las que dices A, y todo tu cuerpo grita Z. En ese camino que todas disfrutamos hasta la última instancia.

Para plasmar mis ideas y experiencias lo que trato es aprender a transmitir mejor, a plasmar todas las cosas morbosas que me rondan la cabeza, y para ello tengo que escribir. Equivocarme. Mejorar. Y volver a escribir.

Y si subo esta historia, y no otras que me han funcionado mejor en TR, es porque estoy orgullosa de las cosas que he aplicado. La siguiente parte transmite todo este viaje que cuento. Y en la última, le doy un buen cierre (los finales es lo que peor llevo con diferencia, cuestan muchísimo).
 
Dejo la penúltima parte, a ver qué os parece:

Zorras de despedida de soltera - parte 3
En la casa, las copas se siguen llenando y vaciando como si nadie recordara que el hígado existe. La euforia no ha bajado ni medio escalón. Si acaso, sube. Como el volumen, como el calor. Y, sorprendentemente, Paula ya no parece la misma que hace nada lloraba en la planta de arriba, convencida de ser la peor novia de Europa.

Ahora ríe. Radiante. Las mejillas encendidas. El escote más bajo que antes. Otra copa en la mano, y el rastro de lo que hizo aún flotando entre nosotras.

—En serio… —murmura, agitando el vaso, con los ojos brillando de alcohol—. No sé cómo me dejé llevar tanto…

Le doy un trago al mío y arqueo una ceja.

—Cariño, ¿has visto cómo te miran todas? —Me acerco, bajando la voz—. Te han aplaudido como si hubieras inventado el orgasmo.

Paula se tapa la cara entre risas. Le tiembla el vaso.

—Me da tanta vergüenza…

—¿Vergüenza? Te has tragado medio mito erótico y lo has hecho sonriendo. Te lo has pasado de puta madre. Punto.

Ella muerde el borde del vaso y sonríe. No dice nada. Pero lo piensa.

—Sí… —suelta por fin—, pero sigo sin creerme que lo haya hecho.

—Créetelo. Y créete que ahora eres la jodida reina del grupo. Todas quieren ser tú. Aunque sea por una noche.

Ella ríe más fuerte, levanta su copa y brinda conmigo. Y mientras choca el cristal, sus ojos brillan con esa chispa que solo tienen las que han cruzado una línea... y se han quedado al otro lado.

Todo parece volver a su cauce. O al menos hasta que el móvil vibra en mi mano.

El cosquilleo en la nuca me dice que es mi marido. Dejo la copa sobre la mesa y desbloqueo la pantalla, ya mentalizándome para otro interrogatorio.

Pero no es él. Es un número desconocido. Un mensaje. Entrecierro los ojos al abrirlo. Leo."Hemos empezado con mal pie. Cuando llegue, nos tomamos algo y hablamos como personas."

Mentiroso.

Aprieto los puños. Me tenso como un arco, con esa mirada suya clavada en la nuca.

Esa forma de hablarme como si ya supiera lo que hay entre mis piernas. Como si mi cuerpo fuera suyo antes incluso de tocarlo.

Mi pecho sube y baja más rápido. El recuerdo del stripper todavía se pasea por mi entrepierna. Y este mensaje solo aviva la quemazón.

Aun así, le respondo, aunque no debería.

"¿Viniendo de ti? Lo dudo mucho…"

Doble check azul. Sonrío. Maldita sea. Sonrío sin querer.

Sé que le estoy dando juego. Sé que debería dejarlo ahí, hacerle ghosting y pasar de su cara.

Pero ha dicho que se va a portar bien. Y algo en mí quiere comprobar si sabe mentir.

El siguiente mensaje aparece rápido.

"Una copa. No te pido más."

Lo miro un rato. La pantalla brilla. Mi reflejo me devuelve una mueca entre el fastidio y las ganas. Una gota de sudor resbala lento por mi escote, aunque seguro que es por el calor infernal.

Es solo una copa. Solo una. Me repito eso mientras mis dedos lanzan mi respuesta.

"Solo una. Y si intentas algo raro, te reviento la botella en la cabeza."

Dejo el teléfono boca abajo sobre la mesa. El estómago me hace un nudo, de esos que no avisan si son ganas… o advertencia.

Un delicioso escalofrío me sube por los muslos. Y entonces me lo pregunto, sin convicción:

¿Qué es lo peor que puede pasar?





El ambiente está descontrolado. El alcohol fluye sin tregua, la música revienta las paredes, y la piscina se ha convertido en un hervidero de cuerpos mojados y risas afiladas.

Algunos chicos se han metido en calzoncillos, salpicándose como críos ebrios. Varias chicas chillan desde el borde, con los pies en el agua y la ropa empapada pegada al cuerpo. Unas pocas, ya sin camiseta, se exhiben sin problema. Ninguna lleva sujetador. Los pezones duros y marcados no parecen molestar a nadie.

Yo me mantengo al margen.

Desde el porche, recostada en una butaca y con la copa en la mano, observo el caos con una mezcla de cansancio y… otra cosa. El aire es húmedo, espeso, con olor a cloro, perfume y algo más. Algo corporal. Todo vibra. Todo está demasiado vivo.

Y entonces, alguien me habla.

—Así que huyendo de la fiesta. ¿No teníamos una conversación pendiente tú y yo?

La voz grave me saca del trance. No necesito girarme. Lo noto. Lo siento en la piel. Lo huelo.

Leo se deja caer a mi lado con esa expresión de “me la suda todo”, dejando su copa sobre la mesa con un tintineo suave. Lleva la camisa abierta, los músculos tensos, el pelo mojado y revuelto.

—No estoy huyendo —respondo, bebiendo del mojito que Clara me acaba de dejar—. Estoy tomando aire.

—Claro. —Se inclina, bajando la voz—. Las chicas buenas no huyen. Solo se escapan cuando nadie las mira.

Me río, sin quererlo.

—Y los gilipollas como tú… ¿descansáis alguna vez?

Él también se ríe. Es un sonido bajo, grave y sucio. Me atraviesa las entrañas.

—Solo cuando me lo piden muy bien.

Dejo que la frase flote entre nosotros, como si no importara. Pero claro que importa.

—¿Y qué? —pregunto, cambiando de tema como si de verdad me interesara—. ¿Tú también eres de Barcelona?

—Molins de Rei. Pero me paso el día en el centro. Curro por ahí. Apenas paro en casa.

—Mira tú qué importante.

Leo sonríe. Esa sonrisa que da rabia y ganas. Seguimos hablando. Del trabajo. De lo asqueroso que es el verano en la ciudad. De viajes. De fiestas que no debieron acabar bien… pero lo hicieron.

Y entonces me sorprendo, porque me estoy riendo de verdad. No es forzado, no es cortesía. Es auténtico. Y lo peor: por un momento, parece que este capullo hasta es majo.

—¿Haces mucho ejercicio? —pregunto sin pensarlo, o porque el cuerpo me traiciona antes que la boca.

—¿Por qué lo dices?

—Salta a la vista —respondo, bajando la mirada por su torso. La camisa abierta no oculta nada.

Se ríe con ese gesto chulo que dan ganas de arañar. Se mira el cuerpo como si fuera un premio y se sacude los hombros de manera teatral, como quitándose polvo invisible.

—Bueno… hay que estar fuerte. Ágil. Un poco de gym, algo de fútbol…

La música sube. Tanto que el suelo parece vibrar. Si tuviéramos vecinos, ya estaríamos fichadas por la policía.

—¿Qué? —No le oigo bien. Me inclino para acercarme. El pecho se me roza contra su brazo sin querer.

O queriendo.

Me acerco de manera involuntaria, restregando mi pecho contra su brazo.

—Que me gusta mantenerme en forma —repite, y sin aviso me agarra la mano y la pone en su pecho—. Toca.

El calor me trepa por la palma. Su piel arde. El músculo, duro como una piedra. Aprieto un poco. No sé por qué. O sí. No sé qué me está pasando.

Cuando intento apartarme, ya es tarde. Nuestros ojos se cruzan. Saltan chispas. Tantas que podríamos incendiar la casa.

—¿Ves? —dice con un susurro grave—. Esto no se consigue viendo series.—Ya… pero no hacía falta que me tocaras.

—¿Y perder la excusa perfecta para tocar semejante mujer? Ni loco. Además, tú te has pegado primero.

Leo es sorprendentemente fácil de tratar cuando no va con el ego por delante. Y para qué engañarme… está funcionando. Me lo estoy pasando bien. Así que dejo pasar lo del roce, lo de la mano, lo de todo. No le doy importancia. Seguimos hablando como si nada. Solo que más cerca. Más juntos. Más peligrosamente cómodos.

—Así que viniste un día antes que tus amigos para preparar algunas cosas —comento, fingiendo desinterés mientras bebo otro sorbo.

—Digamos que… me gusta dejar todo listo antes de la acción.

—¿La acción? —alzo una ceja, ya oliéndome algo.

—Bueno, tú estabas allí, ¿no? —responde con esa cara de no haber roto un plato—. Me viste “preparando cosas”.

—¿Preparando cosas… o metiéndole mano a una rubia con tetas de plástico?

El muy descarado suelta una carcajada, sin vergüenza alguna.

—Qué va. Eso fue solo el calentamiento.

—Qué romántico —respondo, poniendo los ojos en blanco.

—No soy de corazones —dice, inclinándose todavía más, lento, hasta que su boca roza mi oreja. Y entonces musita unas palabras, cargadas de algo caliente que no es solo el aliento—. Pero sí de intensidad.

Me aparto un poco. Me cruzo de brazos y finjo que no me afecta. Que no me estoy dejando llevar. Aunque mis pezones amenacen con atravesar la camiseta como balas.

—Lo que hiciste estuvo fatal —murmuro, mirando su copa para no mirarlo a él—. Hacer algo así en medio de un bar… ¿tú te crees que eso es normal?

Él ni parpadea. Ni se disculpa. Me mira con esa expresión suya que mezcla desafío con diversión.

—A mí me pareció que no perdías detalle —dice, tranquilo—. De hecho, juraría que lo estabas disfrutando. Te quedaste mirándome mientras le metía los dedos hasta el fondo.

No contesto. Aparto la vista. Porque no sé qué responder. Porque le miré, sí. Porque aún lo tengo grabado en la cabeza, aunque me dé asco admitirlo.

Entonces, sin aviso, estira el brazo y me pellizca la punta de la nariz.

—Me encanta cómo se te arruga cuando te pones roja… —sonríe, ladeando la cabeza—. Se te marcan los hoyuelos. Te cabreas y te vuelves aún más sexy.

Buff. Encima lo dice como si fuera adorable. Como si tuviera gracia. Como si no acabara de darme en la boca con su arrogancia… y encima con una sonrisa. Y lo peor es que funciona. Sin darme cuenta, empiezo a olvidarme de por qué se suponía que me caía mal.

Tiene esa forma natural de hablar, desvergonzada, como si no le importara nada. Y aunque lo odio un poco por eso… también lo disfruto. Me gusta esta conversación con veneno y chispa. Este picante que no sentía desde hace años.

El problema es que él lo sabe. Sabe que me gusta. Y lo aprovecha.

No soy idiota. Solo que… empiezo a no querer resistirme.

Un grupo de chicos y chicas nos arrastra a empujones hacia el centro del porche, donde han improvisado una pista de baile frente a la piscina. Las luces se reflejan sobre el agua, y el aire cálido parece cargado de electricidad.

Leo se mueve cerca. Demasiado.

Cada roce suyo parece inocente… pero no lo es. Lo noto en la lentitud de su brazo al rozarme. En cómo su pierna se desliza junto a la mía, invadiendo mi espacio como quien tantea sin pedir permiso. En su cadera, que al girarse, choca con la mía. Una fricción mínima. Precisa. Justo donde quema.

Y yo… no me aparto. No me inmuto.

Será el alcohol. O el aire cargado. O que, sencillamente, me apetece divertirme y me importa una mierda todo lo demás.

Y justo entonces, suena esa canción. La canción. Una de las últimas de Bad Bunny. Ritmo lento, pegajoso, puro veneno en las caderas.

Latino. Sucio. De los que no se bailan: se sudan. Se jadean. Se follan con ropa.

Y me dejo llevar. Como una puta poseída por el beat. El cuerpo me responde solo. Piernas, cintura, culo. Todo se mueve como si lo hubiera estado esperando.

—¿Esta te gusta? —pregunta él, justo cuando suena “Sigue bailando mami, que ya te estoy midiendo el ritmo, no parece Leo ni escorpio…”

—Me encanta —respondo con los ojos cerrados. Y ya quiero tragarme la lengua. Porque lo ha oído todo. Y lo ha entendido mejor que yo.

Al abrir los ojos, sus pupilas esmeraldas chispean bajo la luz del porche. No me mira. Me desviste. Como si pudiera ver el sudor, la tela pegada y lo que hay detrás de mis ganas.

—Entonces déjate llevar —dice, y empieza a moverse. Pegado. Muy pegado.

Se restriega contra mí con ese ritmo obsceno. El mismo de la canción. El mismo que me hace cerrar los ojos y apoyar la frente en su hombro un segundo, solo para respirar sin gemir.

—¿Así, sin más? —pregunto, pero mi entrepierna ya se roza contra su pierna. Cachonda y descarada. Me muevo contra él como si fuera un rascador. Y yo, un animal buscando alivio.

Estoy flotando. En una nube espesa y caliente. Su cuerpo pegado al mío, nuestras caras demasiado cerca. Su aliento me roza la boca.

—¿Necesitas una nota firmada de tu marido para mover las caderas con otro?

Su voz me muerde. Sus manos ya están en mi cintura. La frase me atraviesa. Justo donde ya estoy abierta.

—Estás fatal —digo. Pero ya me he dado la vuelta.

Y le bailo. Le perreo. Le muevo el culo como no lo hacía desde hace años. Lo noto duro detrás, bien colocado, respondiendo sin palabras.

Y yo no paro.

Porque no quiero. Porque hace mucho que nadie me mira así… y mucho más que nadie me baila así.





Desde el primer contacto, se nota. Su cuerpo. Su calor. Su dureza.

Se me pega contra mí de forma descarada. Caderas firmes, guiando el ritmo como si supiera de memoria qué movimientos desarman a una mujer. Y joder… lo consigue.

Al principio parece un juego. Una mano en la cintura. Un roce aquí, otro allá. Pero la música le da permiso. Para más. Para empujar con la pelvis justo donde no debe. Justo donde me estremezco. Y poco a poco nos vamos retirando a un lateral.

Su aliento roza mi cuello. Está ardiendo. Y yo… también. Como una imbécil.

Quiero apartarme. Debería.

No lo hago.

Doy un paso adelante, para separarme, y él lo convierte en un giro que me deja de nuevo frente a él, pegada y atrapada. Con su mirada ardiente clavada en la mía.

—Bailas bien —dice, sintiendo que ya ha ganado medio juego.

—Tú tampoco lo haces mal —respondo, entre dientes, tragándome el calor que me sube por todo el cuerpo.

Alguien tropieza con nosotros y él se aprovecha. Se arrima más. Me agarra una nalga con fuerza, sin rodeos. El apretón es descarado y directo. Me saca un respingo. Y un jadeo.

—Puedo moverme mucho mejor…

Y entonces toma mi mano con una seguridad que roza lo asqueroso… y me la baja.

Me la planta sobre su polla.

Mis dedos lo sienten: macizo, largo, palpitando como si tuviera vida propia. El pantalón fino casi respira, se mueve con él, como si no pudiera contenerlo del todo. Le miro directa a los ojos. Sin mover la mano de su bragueta.

—Vamos, guapa —musita, mordisqueándome el oído, y yo me estremezo—. No me digas que ahora te asustas.

Podría soltarlo. Podría hacerme la digna. Podría.

—Eres demasiado chulito… Te piensas que soy una cría. Pero conmigo no tienes ni para empezar, chaval.

Pero no hago ninguna de ellas. Al contrario. Lo manoseo.

Primero con delicadeza. Explorando. Midiéndolo. Luego más firme. Palmo a palmo. De arriba abajo, presionando donde sé que se le va a escapar el aire. Y se le escapa. Siento cómo se le endurece bajo mi tacto. Cómo le cambia la respiración. Cómo la tela ya no disimula nada.

Porque esa cosa enorme que se le marca me hace tragar saliva.

Y entonces, él responde.

Su mano baja. Me presiona por encima del pantaloncito y se posa sobre mi coño. Comienza una fricción deliciosa, subiendo y bajando. Fuerte. Retomando ese ritmo sucio de antes. Como si me estuviera devolviendo el favor. Como si fuera lo lógico. Lo justo.

—Eh —le suelto, entre jadeo y reproche fingido—. ¿Qué coño haces?

Se ríe. Y eso solo le anima más. Sus dedos se mueven con más intención, más presión, más ritmo. El aire empieza a escaparse de mis pulmones. La cabeza me zumba. La mirada se me nubla.

—¿Tú puedes tocarme y yo no? Qué injusta eres, Rebe…

Aprovecha su enorme cuerpo para taparme y desliza la mano por dentro de los shorts. Su dedo se hunde contra mi pepitilla. Me estremezco. Mucho. Tanto que me agarro con la mano que tengo libre a su brazo.

Doy gracias a su corpulencia. Nadie ve. Nadie oye. Y entonces desliza la mano dentro de mis shorts. Encuentra mi clítoris sin buscar demasiado.

Y me deshago en placer. En serio. Se me doblan las piernas y me agarro a su brazo con la otra mano, porque si no, me caigo. No es justo. No es razonable. Pero no le aparto la mano.

—Eres un cerdo —susurro, con la voz ahogada y caliente.

—Y tú estás mojada.

No sé si se refiere a mis bragas o a mis labios. Tal vez a los dos.

Seguimos bailando. Si a esto se le puede llamar bailar. Su polla, dura como una barra de acero, sigue bajo mi palma. Su mano, frotándome el coño de manera ruda y descarnada, cerca de un montón de personas. La música nos esconde. La oscuridad nos tapa.

Yo sigo. Lo acaricio. Le marco el contorno. Lo noto tensarse, crecer más, endurecerse hasta que noto toda la forma dibujada en el tejano. Su pecho sube y baja. Como si ya se contuviera.

—Esto no cambia nada —susurro, clavándole la mirada.

—Lo sé —responde, sin parpadear—. Pero no dirás lo mismo cuando te esté follando esta noche… y supliques que no pare.

Aprieto con más fuerza. Le pajeo por encima del vaquero con rabia. Leo gruñe sin poder controlarse.

—Como sigas así… me voy a correr en estos putos pantalones.

Mi clítoris late. Duele. Estoy empapada. El roce me calienta más que cualquier polvo reciente. Solo por el morbo. Por el descaro de este cabrón que ni siquiera se ha ganado el derecho a tocarme así.

Y, sin embargo…

Me aparto. De golpe. Como si me arrancara de él a la fuerza.

—Eso no va a pasar —le dedico una sonrisa torcida y me doy media vuelta.

Pero justo antes de entrar en casa, lo escucho a mi espalda, frustrado:

—Calientapollas…

Me detengo.

Giro la cabeza, relamiéndome los labios. La mirada que le lanzo podría congelar el infierno. Pero él solo sonríe. Chulo y empalmado. El bulto en su entrepierna es brutal. A punto de reventar.

Lo recorro con los ojos. De arriba abajo. Me detengo ahí. Donde lo he tenido. Donde lo he tocado. En ese rabo duro que le he pajeado sin ningún apuro. Y le devuelvo la sonrisa cínica, cruel y deliciosa.

—Te lo tienes merecido, por creído.

Y cierro la puerta.

Dentro el aire está más frío. Pero ya da igual. El fuego está en mí. Y no hay cómo apagarlo.





Dentro de la casa todo me da vueltas. El ambiente se ha vuelto más espeso, más peligroso. Pero no pienso en nada de lo que acabo de hacer. Me obligo a caminar hacia la cocina.

Clara está dentro, inclinada sobre la encimera con uno de los chicos. Se ríen mientras pegan papelitos bajo los vasos. Parece que intenta coquetear con él, aunque, por la cara del muchacho, no creo que vaya a sacar mucho.

—¿Qué estáis haciendo? —pregunto, medio divertida al darme cuenta de que no es lo que pensaba.

Clara gira con su sonrisa más pérfida.

—Nada que una niña buena como tú deba ver.

—Venga, va. Cuéntame.

Alargo la mano para coger un vaso, pero ella me lo arrebata justo antes de que lo toque. El golpe en los nudillos me recuerda a los que me soltaba el profesor de matemáticas en primaria, cuando no me sabía las tablas.

—Ni hablar. Fuera de aquí.

Me da la vuelta, me suelta un manotazo en el culo y me empuja de nuevo hacia el salón, riéndose como una bruja. Mala señal. Cuando Clara se pone misteriosa, es que se viene algo gordo.

Resoplo y me dejo caer al lado de Paula, que ya se ha rendido a la noche y al alcohol.

—¿Qué traman ahí dentro?

—Ni idea —le digo, robándole un sorbo de su bebida—, pero conociéndola... nada bueno.

No pasan ni cinco minutos cuando nuestra estimada amiga aparece otra vez, triunfante, con varias bandejas de chupitos como si presentara trofeos sagrados. A su lado, el mismo chico, con cara de esbirro fiel.

—¡Atención, golfas y golfos! —grita por toda la casa, hasta plantarse en medio del porche—. ¡Ruleta rusa de chupitos con sorpresa! Vamos a asegurarnos de que esta noche nadie se atreva a casarse tranquilo.

Los gritos estallan al instante. Aplausos, silbidos. La gente aúlla de emoción y la tensión se dispara. Clara coloca las bandejas en la mesa con cuidado de maestra de ceremonias.

—Debajo de algunos hay retos. Otros están vacíos. Suerte... o castigo.

El juego arranca. Chupito tras chupito. Algunos se salvan. Otros no tienen tanta suerte. Stripteases inversos, besos en el cuello, imitaciones de orgasmos, bailes sobre la mesa. Las chicas se desmadran. Los chicos se envalentonan. Todo se vuelve más ridículo… y más caliente.

Hasta que llega a uno y lo alza con especial rintintín, como si acabara de pescar un tesoro. O un bocadillo de mortadela siendo ella.

—Este… este tiene algo especial —dice, paseando la mirada por todas nosotras—. ¿Quién será la afortunada?

Hace una pausa. Dramática. Sonríe como si fuera a anunciar el nombre del ganador de Supervivientes.

—¡Rebeca! —grita de golpe, señalándome como si acabara de elegirme para un sacrificio azteca.

Mierda. Mierda. Mierda.

Camino despacio hasta la mesa. No sirve de nada pensarlo demasiado. Agarro el vaso, me lo bebo de un trago... y entonces descubro el reto que se esconde debajo.

—"Baila para alguien como si quisieras llevártelo a la cama."

Los cuchicheos son inmediatos, seguidos de piropos. Y, por supuesto, la frase de fondo:

—¡Ya sabemos para quién va a ser!

Justo entonces, alguien pone música. El bajo retumba por toda la casa. Bad Gyal empieza a sonar con esa voz sucia y empapada de ganas. Perreo sucio, sucio de verdad. Más que antes. La atmósfera cambia al instante. Como si alguien hubiera destapado una botella de feromonas.

Antes de decidir qué hacer, me echo otro chupito. Sin pensar. Sin mirar lo que hay debajo. Sin hacer caso a Clara, que ya me echa la bronca desde el otro lado de la mesa. El alcohol me abrasa la garganta como fuego líquido. Parpadeo un par de veces. Bien. Mejor. Lo necesito.

Busco su mirada.

Leo está apoyado contra una de las columnas del porche, copa en mano, con esa sonrisa de lobo estampada en la cara. Me observa como si supiera exactamente lo que voy a hacer.

¿Quieres show? Pues lo vas a tener, cabrón.

Empiezo a caminar hacia él. Lenta. Cadera suelta. Hombros relajados. Como si no me pesara el mundo. Como si no me importara que todos me estén mirando. Como si no me importara parecer una golfa.

Pero no es a él a quien voy, sino a uno de sus amigos. El primero que tengo a tiro: rubito, joven, nervioso. Le dedico una sonrisa que hace que se le dibuje cara de bobalicón pero para mi no significa nada. Porque en realidad, cada paso, cada gesto, cada movimiento... es para provocar a otro.

Me acerco al chico. Le cojo las manos y las coloco sobre mis muslos. No digo nada. Solo empiezo a moverme. Las caderas hacen el resto. Él se queda quieto, sin saber muy bien qué hacer con tanto. Pero me da igual. Sonríe como un idiota, seguro de que le ha tocado la lotería.

Mis manos recorren mi cuerpo. Suben por los muslos y arrastran las suyas conmigo, guiándolas mientras le digo que se deje llevar. Le aprieto los dedos contra mi piel, los enredo en mi cintura, los llevo hasta mis pechos marcados bajo la camiseta, empapada de sudor. Los pezones, duros como piedras, piden guerra. Me doy la vuelta. Bajo despacio. El trasero encaja justo contra su entrepierna. Me muevo sin pausa. Lo provoco. Lo exprimo. Y él... solo puede seguir el ritmo.

Le tomo las manos al chico y se las llevo a mi culo. Las coloco donde deben estar. Donde sé que los ojos de Leo no han dejado de mirar desde que empecé. No lo miro aún, pero lo siento. Sé que está ahí. Muriéndose de la envidia.

—No te asustes —le susurro al oído al chico de forma melosa, mientras mis caderas siguen marcando el ritmo—. Solo juega. Tócame como si supieras lo que haces. Como si yo fuera tuya.

Él traga saliva y me obedece. Me agarra. Aprieta. Se deja arrastrar por el juego sin entender que él no importa. Que no es a él a quien provoco. Yo me restriego con ganas, me muevo como si el mundo se acabara ahí mismo, como si me lo fuera a tirar delante de todos. Pero en realidad, solo hay una polla que me importa. La que me observa desde lejos. La que no toco, pero ya lo he hecho.

Él me suelta un azote. Rápido. Tímido. Como con miedo. Pero me da igual.

Él me suelta un azote. El golpe se escucha por encima de la música, y me arde la nalga. Borracho como va, ya no se corta. Me agarra con más descaro, como si se creyera con derecho. No me lo espero. Doy un respingo, pero no me importa, porque yo gimo. Gimo como si me hubiera provocado un orgasmo. Un gemido que podría levantar a un muerto... y empalmarlo en el acto.

Me agacho. Muy despacio. Siento las miradas clavadas en mi piel, el calor apretando por todos lados, la música ahogándome como una ola densa. Subo rozando su torso con el mío, serpenteando, pegándome hasta que no queda aire entre nosotros. Juego con el borde del short. Lo bajo lo justo. Dejo que se asomen las braguitas. Brillantes. Mojadas. Muy mojadas. Y no es por él.

Me acerco al oído del chico. Y suelto la frase con voz clara, alta, bien calculada, para que todos —y sobre todo uno— la escuchen:

—¿Te gusta ver cómo lo hago? Pues no quieras saber cómo es sin nadie delante.

Cuando me alejo, el chico está rojo como un tomate… y con una visible erección. Yo me recoloco el short y regreso al grupo, mientras las ovaciones me envuelven.

Clara alza los brazos como si fuera la presentadora de un circo barato, continuando con su ridículo teatrillo. Da una vuelta sobre sí misma, alargando el suspense más de la cuenta, y canta el nombre con dramatismo exacerbado:

—¡Leooo!

Por supuesto. Qué cliché. Tengo la mejor amiga del mundo, gracias.

Él se separa de la columna, el vaso aún en la mano. Se acerca a la bandeja, elige un chupito sin mirar, como si ya supiera lo que viene.

Bebe. Se relame los labios, y saca un papel. Clara lo coge y lo lee con dramatismo:

—"Susurra al oído de alguien del grupo lo más sucio que le harías si nadie estuviera mirando. Pero en voz alta"

No vacila. Se planta frente a mí. Me agarra por la cintura, con esa fuerza que avisa sin apretar. Como si ya me tuviera. Como si todo esto fuera una simple cuenta regresiva. Su boca se acerca a mi oído y entonces lo suelta. Crudo y sin pausa. Sin dejar hueco para respirar.

—Si crees que el espectáculo de mierda que has hecho me ha provocado… —su voz se clava en mi oído—, tienes razón. Lo has conseguido.

Hace una pausa. Corta y letal. Y bajo la mirada de todo el mundo siente que es sincero conmigo.

Lo dice alto y claro. Lo bastante fuerte para que todos lo escuchen.

—Te pienso poner a cuatro patas con las bragas puestas, solo corridas a un lado. Te la voy a meter tan hondo que no vas a saber si te estás corriendo o te estás desmayando. Y no voy a parar. No hasta que me pidas que lo haga. Hasta que me supliques que no pare. Hasta que ruegues que te siga rellenando.

Su palabras son corrosivas. Me roza el cuello. Me lo quema.

—Porque tú no quieres ternura, Rebe… tú quieres que te follen como la perra caliente y guarra que eres.

Cada palabra me raspa la piel. Me la deja en carne viva. Como la hendidura entre mis piernas. Como todo mi cuerpo ahora mismo.

—Te agarraré del pelo mientras te empotro contra la pared. Te voy a usar hasta que no puedas mantenerte en pie. Y vas a correrte gritando mi nombre, no porque quieras… sino porque no vas a poder evitarlo.

Se calla. Un segundo. Tal vez dos. Pero me parecen años.

Y entonces me remata. Sin cambiar la cadencia. Sin suavizar nada de lo que sale por su sucia boca.

—Voy a follarte de una forma tan cerda que ni siquiera con tu maridito te has atrevido.

No hay broma en su tono. Ni una sola. Es una promesa. Un anticipo de algo que ya está decidido.

Se aparta apenas. Lo justo para mirarme. Me clava los ojos con esa calma suya que quema más que el fuego. Con una expresión segura. Como si el siguiente paso ya estuviera escrito en piedra.

Yo no me muevo. Me tiembla todo. El corazón va a reventarme. Las piernas flojean. Y el coño… el coño está completamente inundado y desesperado. Porque ese cabrón habla como si ya supiera cómo voy a gritar.

Todo el mundo se ha quedado en silencio tras lo que ha dicho. La risa, los comentarios, incluso la música parece quedar en segundo plano. Todos expectantes. Esperando mi reacción como si esto fuera un duelo.

Pero no le pienso dar la última palabra.

Me acerco. No me echo atrás. Lo miro como si ya supiera el final del juego. Me inclino, rozando su oreja con los labios, dejando que mi voz —alta, clara, cargada de veneno— le atraviese el orgullo justo donde más duele:

—Mucho ladrar, Leo… pero no creo que sepas morder.

Nos quedamos así. Pegados. Conteniéndonos. Dos animales al borde. Sudados y empapados. Jugando con fuego. Con la ropa aún puesta y las ganas a punto de romperlo todo.





Los retos siguen. Cada vez más subidos de tono. Pero a mí ya me da igual. La noche ha cruzado ese punto sin retorno en el que todo se descontrola y ya no importa.

Me río por inercia, aunque ya no escucho lo que dicen. Me arde la garganta de tanto alcohol. La vejiga me va a estallar.

Necesito ir al baño. Solo eso. Entonces, noto una mirada por el rabillo del ojo.

Entro en la casa, cruzo el salón con paso rápido. Siento unos ojos clavados en mi espalda, y no quiero comprobar si me sigue. No quiero… pero lo deseo.

Subo las escaleras. Las luces están tenues. La planta de arriba en penumbra. Las voces quedan atrás, como si la casa entera exhalara otro aire aquí arriba. Más denso. Más caliente. Más peligroso.

Llego al baño, empujo la puerta. Está vacía. Entro, pero no la cierro del todo. Me bajo la ropa interior y suelto un chorro capaz de llenar una piscina. La cordura me vuelve a cuentagotas, y aun así, no puedo dejar de mirar hacia abajo: las bragas empapadas, pegadas, calientes. He jugado demasiado. Es hora de parar.

Tiro de la cadena y me arreglo la cara como puedo, echándome agua para despertarme. Cuando me estoy aclarando, el crujido del escalón lo delata.

Tiro de la cadena. Me acerco al lavabo. Me echo agua a la cara, como si eso pudiera borrarme el temblor. Y entonces, el escalón cruje.

No hace falta girarme. Lo veo en el espejo. Su reflejo aparece detrás del mío. Apoyado en el marco. La media sonrisa clavada en la cara. No dice nada. No entra. No necesita hacerlo.

—¿Te has perdido? —pregunto, sin girarme del todo. Mi voz suena más ronca de lo que esperaba.

—No. Buscaba las habitaciones —responde, de esa forma grave que me recorre la espalda como una caricia sucia—. Tengo una cosa pendiente contigo.

Me acerco, tambaleándome, hasta quedar a su altura.

—No hay nada pendiente —le clavo un dedo en el pecho. Firme, o eso intento, pero ni yo me lo creo.

—Mientes —dice, y me agarra de la muñeca. Me empotra de manera suave contra la pared.

Sus ojos verdes arden bajo la luz del baño. No parpadea. No vacila. Me mira como si ya supiera el final de este capítulo. Como si no necesitara convencerme de nada, porque eso ya está hecho.

—¿De verdad te tragas tu propio personaje? ¿El de macho alfa de baratillo, ese al que ninguna se le resiste? —le escupo, sin apartar la mirada de su boca. Me cuesta respirar. Su mano me rodea la cintura. Me pega más a la pared—. Patético.

Él no contesta, se inclina frente a mí, tan cerca que su aliento me acaricia los labios.

Yo no me muevo. Estoy paralizada. No de miedo. De deseo.

Estoy vestida, pero me siento desnuda. No me mira el cuerpo. No aún. Sus ojos no se mueven de los míos.

Y entonces, estallo. Lo beso. Soy yo. Yo la que rompe todo. Yo la que se lanza, la que no aguanta más.

Mis labios buscan los suyos como si llevaran horas gritando por ese contacto. El primer beso no quema, no todavía. Es lento. Preciso. Como una cerilla que apenas roza la caja antes de incendiarse. Un roce suave y templado. Pero yo ya estoy en llamas. Por dentro todo es fuego.

Mis labios se mueven sin esperar permiso. Sin pensar. Me hundo en su boca. Siento su lengua entrar. Sin pedir, sin dudar. Se abre paso como si le perteneciera. Y ahí… ahí es donde algo dentro de mí se raja. Se rompe. Se rinde.

Me aparto un poco. Solo un par de centímetros. La respiración se me desarma en la garganta.

—No... —susurro, con la voz hecha pedazos—. No debería... Estoy casada.

Él solo me mira. Esa puta cara suya. Esa cara de “¿y a mí qué?”, tan segura, tan cínica, tan él. Y a mí se me derrumban hasta las piernas.

—Estás empapada —dice. Su voz es baja, rasposa. Y me toca. Solo la punta de los dedos, rozando el muslo, justo debajo del short.

Nos besamos otra vez, y ya no hay control. Nada suave, nada lento. Su boca me devora como si necesitara arrancarme el aire. Me muerde, me chupa, me empuja contra la pared con las manos hundidas en mi cintura. Me agarra el culo con fuerza. Me alza como si no pesara nada, y yo me abro, me enredo en él, las piernas alrededor, la conciencia lejos. Todo es cuerpo. Todo es él.

Le arranco la camiseta entre jadeos, con rabia. Mis uñas le arañan la piel caliente y bronceada, con ese olor a deseo y sudor que me revienta por dentro. Está duro, tenso, como si el torso le ardiera bajo mis dedos. Él hace lo mismo: me sube la camiseta, lenta, muy lenta, hasta que mis pechos quedan fuera. Me tiemblan los pezones. Salimos del baño sin hablar. Ni lo miro. Ni cierro la puerta. Vamos directos a mi habitación.

Nada más entrar, la ropa va cayendo a nuestro paso. Un reguero de tela hasta la cama. Me tumba. Y sin avisar, me lame un pecho. Lento. Luego el otro. Su lengua es húmeda, caliente, precisa. Me sujeta fuerte de las caderas mientras lo hace, como si necesitara dejar su marca. Como si mi cuerpo fuera suyo.

Echo la cabeza hacia atrás. Gimo. No me reconozco. Me oigo y no soy yo.

—Mira lo que provocas —susurra, con la lengua aún en mi piel mientras lanza los pantalones a los pies de la cama—. Esta noche vas a gritar mi nombre. Lo vas a rogar.

Lo miro con los ojos entrecerrados. Me muerdo el labio. Me late todo por dentro. Lo quiero dentro. Ya.

Bajo la mirada y lo veo. Su rabo duro, esperándome.

—Te voy a follar como una puta —me susurra, pegado a mi oído—. Te voy a romper de tanto hacerte gozar. Y tus amigas lo van a escuchar todo. Cada puto gemido.

Tiro de mis braguitas hacia abajo. Estoy abierta, mojada y suplicante.

Nos quedamos así un instante. Jadeando. Mirándonos. La habitación huele a sexo y urgencia. Esto ya no tiene freno.

Me recorre el cuello con la lengua, lento, marcando caminos hasta mi clavícula. Yo respiro por la boca, con los labios temblando. Cada caricia es electricidad pura.

Mis manos bajan por su abdomen, hasta llegar a su miembro. Lo tomo con una mano, lo rodeo. Es grueso, caliente, palpitante. Siento cómo se endurece más al tenerme cerca. Lo acaricio, lo pajeo con ritmo lento, explorando su forma, su tamaño, cada vena. Él suelta un gruñido grave, contenido, que me enciende aún más.

Entonces le empujo el pecho con ambas manos. Lo obligo a recostarse.

—A mi no me hables así —le digo, mirándolo desde arriba, con la respiración desbocada—. Vas a saber lo que es suplicar.

Sus ojos se afilan, y su cara forma una mueca macabra. Como si le encantara que yo le quite el mando.

Me subo a horcajadas sobre él, las rodillas abiertas y los tobillos apoyados en sus muslos. Su piel arde bajo mi cuerpo. Y su rabo erecto se acomoda justo ahí, en la línea exacta de mi deseo. Lo siento palpitar entre mis labios hinchados y resbaladizos, preparados para tragárselo entero. Con la punta encajada en mi raja.

Desciendo. Muy despacio. El glande se abre paso por mi coño, como una tuneladora atravesándome. Me abre. Me parte. Me llena. Cada centímetro que entra arranca un temblor en mis muslos. Un suspiro entrecortado en mi boca.

Y no puedo parar.

Subo y bajo, una y otra vez, sintiéndolo entrar y salir, chorreante, perfecto. Me lleno de él. Me pierdo. Cada cabalgada me arranca un gemido sordo, más bajo y más sucio.

Él tiene la boca ocupada. Me chupa un pezón con ansia, dando pequeños mordisquitos, mientras que con la otra me pellizca el otro. El contraste me sacude por dentro. Calor y punzada. Placer y picor.

Le agarro la nuca y lo empujo más contra mi pecho.

—Sigue… —le digo con la voz rota—. No pares.

Mis caderas no se detienen. Lo cabalgo con hambre, con furia, como si me estuviera vengando de algo que ni siquiera sé poner en palabras. La cama cruje debajo de nosotros. El cabecero golpea la pared con cada movimiento.

Pero nada importa.

Solo quiero sentir esa polla adentrándose más, explorándome por dentro, tocándome donde nadie ha tocado.

Cada vez me froto más contra él, mi culo moviéndose solo, como si mi cuerpo supiera el camino mejor que yo. Siento mi pepitilla al rojo vivo, rozando con cada vaivén, ardiendo.

Se me nubla la vista. El orgasmo se acerca como un tsunami, hinchándose en mi vientre. Estoy a punto. Lo tengo ahí. Casi.

Pero justo cuando empieza a burbujear en mi estómago… Leo me agarra. Se aparta. Me quita de encima como si no fuera más que una vulgar ramera, que una zorra de carretera.

—¿Qué…? —me sale entre jadeos, sin entender nada.

Me niega ese último roce, ese maldito instante. Me deja vacía. A medio caer. Como si me hubieran cerrado una puerta en la cara justo cuando ya sentía el fuego dentro. Como si me negara un placer prohibido solo para dejarme rogando por él.

—¡Joder, Leo! —me quejo, sin aliento—. Estaba a punto...

Pero no le importa. Claro que no le importa.

Me agarra por la cintura y me gira como un saco de patatas. Me lanza de bruces contra el colchón, con la cabeza hundida entre las sábanas y el culo bien alto. Quedo a cuatro patas. Justo como dijo. Justo como me prometió delante de todos.

—Así, Rebe… —murmura detrás de mí, con desprecio, con esa frialdad suya que me hiela la nuca mientras el resto del cuerpo me arde—. Voy a reventarte a cuatro patas… como te mereces.

Siento cómo me separa un poco más las piernas con una mano. Me alza las caderas con la otra, como si necesitara la inclinación perfecta para empotrarme. Y sin más aviso... me la mete de golpe.

Entera.

Hasta el fondo.

Un solo movimiento. Brutal. Bestial.

Se me corta el aire en seco. Me arqueo. Se me salen los ojos. Grito, pero no salen palabras. Es un jadeo roto. El impacto me atraviesa el vientre como un golpe eléctrico.

Siento cómo me estira por dentro, cómo me inunda, cómo me empuja el alma contra el pecho.

—¿Así que estabas a punto? —me dice, jadeando sobre mí, sin dejar de penetrarme, con la voz sucia y cruel—. Pues ahora vas a rogar por correrte. Como la perra que eres.

Y entonces acelera.

Un ritmo endiablado y criminal. Me clava la estaca como si se le fuera la vida en ello. Grito. No puedo evitarlo. Cada vez más alto, más roto, más desgarrado. Me pierdo. La noción del tiempo se deshace entre los golpes de cadera, entre el sonido del colchón y el grito ahogado que se rompe en mi garganta.

Después de un rato, el placer me revienta por dentro. No sé si me he corrido o si me he meado encima. No me importa. Estamos sobre un charco caliente de sudor y fluidos, pegados al colchón como si el cuerpo se nos hubiera fundido ahí. El sonido de la cabecera golpeando la pared todavía retumba por toda la habitación.

Pero entonces... se acaba el aire.

Algo me llena la boca de golpe. Me atraganto un segundo. Solo puedo gemir. Jadeos húmedos y desesperados que se filtran entre los dientes. El sabor es áspero, ácido. Tela empapada. Un olor salvaje a sexo, a flujo, a sudor antiguo.

Y lo sé. Sé lo que es. Mis bragas. Pero no me da tiempo ni a pensar.

—Estás mejor así —me escupe él por detrás, asfixiado, sin parar ni un instante sus embestidas—. Con las bragas en la boca y mi polla enterrada en tu coño.

Su voz me atraviesa. Me humilla. Me arrastra. Y me excita.

—Joder, qué buen culo tienes —suelta mientras un azote corta el aire.

El ardor en la nalga es inmediato. Quema. Como si me hubiera rozado con fuego. La calor se vuelve insoportable. Sudamos como bestias, resbalando el uno contra el otro, jadeando, gimiendo, gruñendo. Los cuerpos se buscan, se chocan, se agarran. Y los golpes siguen. Uno tras otro. Sin pausa. Sin descanso. Hasta que para y se concentra en seguir bombeando.

No sé cuánto tiempo llevo así. Solo sé que no se detiene. Ni baja el ritmo. Ni me da tregua.

Sus embestidas ya no siguen un ritmo perfecto. Se vuelven irregulares. Más rabiosas. Más urgentes.

Siento cómo sus dedos se clavan con ansia en mis caderas, como si intentara aferrarse a algo que se le escapa. Me marca. Me sujeta del pelo con una mano, amenazando con arrancarme hebras de cabello a cada golpe.

Su pelvis golpea contra mi culo con más fuerza, con desesperación. Y cada golpe resuena con más contundencia.

—Mírate, joder… —murmura, ronco, con la voz hecha polvo—. Con el coño chorreando y esa cara de puta feliz… Justo como querías.

No puedo ni contestar. Solo gimo, con la boca abierta, atrapada entre las sábanas y las bragas húmedas que aún me impiden respirar del todo.

Mis manos se aferran con fuerza al colchón. Las uñas se hunden en la tela como si pudiera agarrarme al mundo con ellas. Me tiembla todo. El placer me atraviesa por dentro como un cuchillo caliente.

Entonces él estira un poco más el brazo, me toma del mentón, y me arranca las bragas de la boca. El hilo de saliva que se arrastra desde mi lengua hasta el cojín del cabecero.

Apenas puedo tomar aire. Respiro como si llevara horas conteniéndolo. Los pulmones me queman.

—Eso es… respira —susurra contra mi espalda, jadeando—. Que vas a necesitar el aire para gritar en cuanto me corra dentro de ti.

Y lo hago. Inhalo con fuerza, con la cara aún pegada al colchón, el pecho agitado, la boca empapada de saliva y sudor.

Entonces, levanto más el culo. Deliberadamente. Ofreciéndome. Separándome las nalgas con ambas manos, con los dedos abiertos, temblorosos, dejando todo expuesto para él. Para que vea. Para que entre. Para que acabe.

—Qué guarra eres —gruñe detrás de mí—. Abre bien… que te lo voy a dejar dentro.

Y lo hace.

Se corre como un maldito jabalí. Suelta un alarido primitivo, más de bestia que de hombre. Un rugido gutural que me retumba en la espalda. Yo no me quedo atrás. Me desgarra por dentro. Me atraviesa. Me arranca un gemido que no tiene forma humana, que nace desde algún rincón oscuro de mi cuerpo y sale como un grito de algo que ha sido poseído. Noto cómo se le hincha el rabo, cómo late mientras descarga esa lefa caliente dentro de mí, directo al fondo, sin obstáculos. No se detiene. No se guarda nada. Y cuando se retira, lo noto… sigue eyaculando sobre mí. Me cae por las nalgas, por el ano, espeso, caliente, pringoso. Me marca. Me ensucia. Me termina. Apenas me sostengo, arqueada y abierta. El cuerpo temblando, goteando, incapaz de cerrar las piernas. Todavía me sujeto las nalgas, sin saber si por inercia o porque ya no sé cómo soltarme.

Él se limpia con las sábanas. Ni me mira, mientras yo no aguanto más y caigo contra el colchón, vencida, con el cuerpo hecho trizas.

Ese hijo de puta se agacha, recoge sus cosas sin decir una palabra. Pero antes de que se marche… mis ojos, medio desenfocados, alcanzan a ver la puerta entreabierta.

Mis amigas: Clara y Paula, asomadas e intentando mimetizarse con el marco de la puerta. Como si llevaran un buen rato mirando.

Paula tiene la mano en la boca, los ojos muy abiertos, brillantes, temblorosos. Su expresión no es de escándalo... es de excitación mal disimulada.

Clara, en cambio, sonríe y asiente con la cabeza. Una expresión torcida, macabra, y orgullosa se dibuja en su rostro. Como si todo esto fuera parte de su plan. Como si supiera exactamente cómo iba a terminar la noche desde el principio.

Las repruebo con la mirada. O al menos eso intento entre jadeos, sintiendo como me cuesta llevar el oxígeno a mis pulmones. Y justo cuando mis ojos se clavan en ellas, se esconden. Como si no hubieran estado ahí. Como si estuvieran avergonzadas de espiarme. Como si no hubieran visto cada centímetro de mi cuerpo siendo usado y rellenado.

Los ojos se me apagan lentamente, la visión se vuelve borrosa, como si todo se derritiera. La cabeza me da vueltas y el mundo da tumbos dentro de mí. Siento el pulso aún latiendo entre mis piernas, el coño ardiendo y vibrando, tan abierto que duele, tan sensible que quema. Y es entonces, justo antes de perder el conocimiento, cuando noto su semen caliente escurriéndome entre los muslos, lento, denso y sucio.
 
Lo que estás escribiendo ya no es solo porno bonito ni calentón disfrazado: esto va mucho más allá. Estás metiéndote hasta el fondo en lo jodido del deseo, en ese agujero negro que todos llevamos dentro y que, cuando lo tapas, acaba tragándoselo todo.

Tu historia no va de follar por follar, va de lo que callamos, de lo que nos carcome por dentro, de esa mierda que no decimos pero que nos quema. Y la prota que te has montado no está buscando redención ni perdón ni mierdas así. No, ella lo que quiere es entender por qué coño se siente vacía aunque lo tenga todo.
 
Me despierto con la boca seca y la cabeza palpitando, peor que si tuviera a alguien practicando la batería en mis tímpanos. Me cuesta abrir los ojos. El sol se cuela entre las cortinas, y con él, el recuerdo difuso —y vergonzosamente nítido a la vez— de lo que ocurrió anoche.

El cuerpo me duele. No de la resaca, que también. Sino de la tremenda follada y todos los excesos.

Me ducho de nuevo, en silencio, aún con la piel sensible, un recordatorio de mis pecados, y me pongo lo primero que encuentro: una falda suelta y una camiseta básica. Nada que apriete. Nada que me recuerde más de lo necesario lo que hice.

Luego bajo a la cocina. Las chicas ya están allí, devorando tostadas, frutas, café… Actúan con normalidad, olvidando que ayer se nos fue un poquito de las manos. Me uno con un suspiro y un café con leche entre las manos. Solo quiero que el mundo se detenga.

Clara se tapa las fauces escandalosamente abiertas con una mano, con la otra se rasca la barriga por debajo del pijama, y después remueve su café con desgana.

—Madre mía… —comenta entre bostezos, somnolienta y sarcástica a la vez—. Qué noche. No sé qué me gustó más… si ver a Paula en modo santa corrompida o a ti, Rebe, con la boca ocupada y el culo en pompa recibiendo. Fue arte.

Casi se me cae la taza. La bebida se me atraganta y tengo que apartarla rápido para no escupirla sobre la mesa. La miro de reojo, maldiciendo por dentro. La vergüenza. El temblor en los dedos. Bajo la cabeza, totalmente descompuesta.

—Por favor… no hables de eso. Ni lo menciones de nuevo.

Mi voz es un susurro roto. Ni yo misma me reconozco.

Paula tiene la vista clavada en su taza. Ni siquiera toca el té. Parece que no ha dormido nada. El pelo hecho un desastre y los ojos hinchados, con unas ojeras profundas que delatan las horas en velo. Habla tan bajito que apenas se le escucha.

—Ha sido un error… esta despedida ha sido un maldito error… Yo no quería esto… —dice, y un hilillo de lágrimas se escapa por su mejilla—. Si alguien se entera… si alguien dice algo… mi boda se va a ir al garete antes de empezar.

Clara se ríe, fuerte, sin importarle lo más mínimo lo que hemos dicho y cómo nos sentimos. La papada le rebota mientras lo hace, feliz y sin preocupaciones.

—Tranqui, chiqui—responde, sin perder la sonrisa y nos echa una mirada a todas las presentes—. Aquí todo el mundo es una tumba, ¿o miento?. Palabra de solterona.

Se limpia una miga de las galletas del pecho y gira hacia mí.

—Y tú, Rebe, no pongas esa cara de viuda. Está bien desahogarse de vez en cuando. Si tu marido siempre ha sido un poco parado… pillar a un tío que te meta un buen meneo no es ninguna tragedia.

Hace un gesto con la mano, golpeando con el puño cerrado la palma de la otra varias veces, como si imitara cómo Leo me empotraba. Chasquea la lengua y se muerde el labio inferior antes de continuar.

—Y no veas cómo estaba el tío, ¿eh? —resopla, exagerando el gesto como si aún lo tuviera delante—. Eso no era una polla, era un puto arma blanca.

—Ni siquiera intentasteis detenerme —me quejo, dándole vueltas a la taza que tengo entre las manos—. Me dejasteis hacerlo… Menudas amigas…

—Tampoco es que estuvieras muy por la labor —replica Clara, simulando un gemido con teatralidad.

Yo me encojo más sobre mi café. Siento cómo me arde la cara y me trago la respuesta. Porque no tengo nada que decir. Porque, joder, tiene razón.

Disfruté. Como nunca.

Y no maté a nadie, ¿vale?

Paula se hunde aún más en su silla, como si quisiera desaparecer. Y Clara… Clara sigue igual, como si no existieran líneas que no se puedan cruzar, como si nada de lo que pasó realmente importara.





Recogemos como podemos, aunque sin esmerarnos demasiado. El sitio ha quedado hecho un desastre, pero seguro que tienen un equipo de limpieza para encargarse después de cada estancia.

Mientras rebusco por la habitación, sin rastro de mis bragas sucias, un zumbido me sacude de golpe. Es el móvil. Lo cojo. Y al ver quién llama, trago saliva.

Saco fuerzas de donde no quedan… y respondo:

—¿Sí? —mi voz suena apagada, apenas un susurro. Me duele hasta hablar.

—Ey… —la de Mateo llega más suave de lo habitual, casi apaciguadora—. ¿Estás bien? ¿Dormiste algo?

—Un poco —musito, rascándome la nuca—. La cabeza me va a estallar… pero sí, estoy bien.

—Vale… —hace una pausa. Se lo piensa—. Quería pedirte perdón por lo de ayer. Sé que estuve raro. Un poco intenso. Pero me puse nervioso. Estás en una isla, de fiesta, con Clara… y ya sabes cómo es ella.

Fuerzo una sonrisa. Por dentro. Mis labios ni se mueven.

—Te entiendo —contesto despacio, pensando sobre la marcha mis palabras, con una naturalidad que asusta—. Pero no tenías de qué preocuparte, Mat. De verdad. Bebimos, sí, bastante. Llevábamos penes en la cabeza por la calle —suelto una risa floja, muerta—, y luego en casa hicimos una sesión de tuppersex. Nada más.

Cada palabra me desgarra un poco más. Me siento sucia. Vacía. Culpable.

Pero no hay otra forma de sostener esta mentira.

Mi corazón cuenta los segundos de silencio hasta que acaba respoplando.

—Ya… bueno. Me alegro de que lo estéis pasando bien. ¿A qué hora vuelves?

—Antes de las seis. Te escribo cuando estemos en el avión.

—Vale… te espero. Te echo de menos, Rebe.

—Y yo a ti —susurro. Y sé que tampoco es verdad.

Cuelga antes de que pueda decir algo más. Me quedo con el móvil en la mano, temblando. La garganta me duele. No por la llamada, sino por todo lo que no he dicho.

¿Qué he hecho?

¿No pude controlarme… o simplemente no quise?

Pero lo que me recorre ahora no es culpa. No es arrepentimiento.

Es miedo.

Miedo real. De ese que te hace revisar el móvil cada cinco minutos esperando no ver nada raro. Miedo de que una palabra, un gesto, una mirada lo revele todo.

Porque lo que pasó no me pesa.

Ni su lengua, ni sus manos, ni su polla enterrada en mí.

No me arrepiento del deseo. De cómo me miró. De cómo me agarró. De cómo me hizo sentir otra vez viva. Deseada. Poderosa.

De ese juego sucio y perverso que encendió cada rincón de mi cuerpo. De haberme desnudado, de no haber puesto ningún freno.

Lo que me pesa… es la posibilidad de que Mateo lo descubra. De que me mire a los ojos y lo sepa todo. Sin necesidad de que yo diga una sola palabra.

Pero todo estará bien… mientras no lo sepa.

Si no pregunta.

Si no mira demasiado.

Si no ata cabos.

Puedo con esto.

Puedo volver a casa, sonreir, abrazarlo con el cuerpo aún marcado por otro. Mientras no lo sepa...., podré seguir como hasta ahora.





El hall del aeropuerto parece un cementerio de gente arrastrando maletas y resacas. Nosotras vamos por un lado, cargando más que equipaje; ellos por otro, riendo, haciendo ruido, como si nada. No sabíamos que volvían en el mismo vuelo. Pero tiene sentido… mañana hay que trabajar, y el siguiente no sale hasta las once de la noche.

Leo camina con su grupo, bromeando con el chico al que calenté con el baile. Va tan seguro, tan jodidamente tranquilo… hasta que nuestras miradas se cruzan. Entonces se desvía un poco. Se acerca. Yo doy un paso al frente, firme. Le planto la mano en el pecho y lo aparto a un lateral antes de que abra la boca. No quiero que nadie escuche nuestra conversación. Bastante con los gemidos de ayer.

—No deberías venir a saludar —le espeto en voz baja, labios apretados—. Lo que hicimos estuvo mal. Muy mal.

Él ni se inmuta. Tampoco se disculpa. No actúa como si hubiera hecho nada malo. ¿Por qué lo haría? Que yo sepa, está soltero. Libre como el viento. Los grilletes los tengo yo en casa.

Solo baja un poco la cabeza, queda a la altura justa, se muerde el labio con descaro… y me barre con la mirada, de arriba abajo. Lento. Saboreándome con los ojos. Como si me desnudara otra vez. Aquí. Delante de todos.

—Estuvo increíble —dice, sin apartar los ojos de los míos—. Nadie me había dejado así de seco antes—. Se inclina hasta que su boca me roza el oído—. Nunca había sentido un cuerpo encajar tan bien con el mío. Nunca.

Un escalofrío recorre mi espina dorsal. Me tiemblan las piernas. Solo de tenerlo tan cerca.

Solo de recordar la sensación húmeda y pegajosa dentro de mí.

—Aunque… aunque nos lo pasáramos bien —balbuceo, la voz me tiembla más que las manos—, yo estaba borracha. No pensaba en las consecuencias.

Trago saliva. Lo tengo tan cerca que el olor de su piel me asalta. Ese aroma suyo, a sudor y sexo sin filtro, me enciende algo que no quiero volver a tocar.

—Espero que tengas un buen recuerdo —intento sonar firme, aunque mi pulso me delata—. Porque va a ser la última vez que pase algo entre nosotros. En cuanto volvamos, esto será historia.

—El recuerdo no será lo único en lo que piense —susurra, y muestra los dientes. Blanquísimos. Perfectos. Una sonrisa que odio… porque me encanta.

—¿Cómo? —pregunto, aunque una parte de mí ya se imagina a qué se refiere.

Se aparta unos centímetros. Lo suficiente para recrearse en mi rostro lleno de dudas. Con esa asquerosa seguridad suya. Y justo cuando creo que se va a girar sin más, vuelve a inclinarse. Esta vez su aliento me roza el cuello.

—Tengo tus bragas, Rebe… las guardé bien, dobladitas. Cada vez que me la casque, voy a enterrarme la cara en ellas. Quiero oler cómo te corrías mientras te follaba. Quiero acabar con tu sabor, seco y sucio, en la nariz.

Un latigazo me quema la nuca, baja por la espalda y se instala en los muslos. Me arde la cara. Todo en mí grita: asco, vergüenza, y el asco debería hacer vomitar. Pero lo único que siento es cómo se me tensa el bajo vientre. Late el coño con esa imagen. Con esa idea asquerosa. Que ese tío necesite mi olor para masturbarse… y que lo diga, mirándome, sabiendo que me falta el aire.

—Eres un puto cerdo —le confronto, sin atreverme a alzar la mirada.

Él sonríe y se incorpora de nuevo, disfrutando de mi estado. Sabe lo que provoca. Y yo lo sé. Me siento una idiota. Incapaz de sostenerle la mirada. ¿Por qué siempre acabo deseando a los peores tíos?

—Haz lo que quieras —le digo, mordiéndome el interior del labio como si pudiera tragarme esas ganas, las imágenes, todo—, pero cuando volvamos a Barcelona, esto se termina. Para siempre.

Las palabras salen, pero ni yo me las creo. Lo agarro del brazo, lo suficiente como para marcar el límite. Y entonces mis dedos se aferran a él un segundo más... él lo nota.

—Vuelve con los tuyos. Sé bueno —le ordeno, sin mirarlo.

Él ladea la cabeza, con esa maldita sonrisa curvada, impecable:

—Me vuelves loco, ¿sabes? Una pena que esto acabe tan pronto…

Y se va. Caminando lento. Dejándome con el pulso desbocado, las piernas flojas y esa semilla sucia germinando entre las piernas.

Cuando vuelvo al grupo, Paula me lanza una mirada de reojo, curiosa. Se me acerca, bajando la voz casi al susurro.

—¿De qué hablabas con ese? ¿Estás loca?

Hace como que revisa el billete, pero su atención está clavada en mí.

Le hago un gesto rápido con la mano, fingiendo desinterés.

—Bah… nada. Tonterías. Ese tío todo lo que tiene de guapo lo tiene de pervertido.

Clara suelta una carcajada nasal sin apartar la vista de su móvil.

—Pues esos son los mejores, nena. Los que te follan con la mirada… y con la lengua, si les dejas.

La ignoro. No tengo fuerzas para seguirle el juego. Ni ganas de alimentar lo que mi cuerpo ya está recordando demasiado bien.

El embarque es rápido. Nos han asignado los últimos asientos, al fondo del avión. Ellos están más adelante, en la zona media. Demasiado cerca para mi gusto.

Me acomodo junto al pasillo, con el pulso aún alterado. Escribo a Mateo: “Ya embarcando, cariño.”

Su respuesta llega enseguida: “Tengo una sorpresa para ti cuando llegues.”

Me quedo mirando esas palabras. El cursor parpadea, como si aún estuviera escribiendo algo más. Pero antes de que vea el siguiente mensaje, tengo que apagar el móvil. El avión comienza a moverse. Lo pongo en modo avión. Me hundo en el asiento.

En un extremo, Paula cae rendida contra la ventanilla, con el rostro pálido y el cuerpo encogido.

Clara se sienta entre nosotras. Se coloca un antifaz, respira hondo y cierra los ojos, como si el fin de semana le hubiera pasado por encima con una apisonadora.

A mitad del vuelo, lo veo moverse.

Leo se levanta del asiento, estira el cuello con parsimonia y, al girarse para avanzar por el pasillo, busca con la mirada. Me busca. Y me encuentra.

Nuestros ojos se enganchan como imanes. No dura más de tres o cuatro segundos, pero se sienten eternos. Tiene esa forma suya de mirarme… como si supiera, como si saboreara, que sigo abierta para él. Ojalá estuviera equivocado.

Hace un gesto leve con los labios. Apenas una comisura levantada. Y al pasar a mi lado rumbo al lavabo, me roza el hombro con los dedos. Ni caricia, ni empujón. Solo eso: contacto. Piel contra piel. Sutil. Preciso. Tan leve que podría creer que lo imaginé… si no ardiera justo ahí donde me ha tocado.

Aprieto la mandíbula hasta hacer rechinar los dientes.

¿Quién se cree que es? ¿Quién coño se cree?

Después de todo lo que le dije. Después de dejar claro que no iba a pasar nada más. ¿Y ahora esto? Esa soberbia suya, ese aire de macho cabrío...

Pero mientras mi cabeza grita que aguante, que no caiga, que no vuelva a cruzar esa maldita línea… mi cuerpo conspira en mi contra. Un huracán que me arrastra, que traiciona.

Me susurra que si vuelve a tocarme, no lo apartaré. Que esta vez no será la última, sino la primera de muchas. Que una vez roto el dique, ya no hay marcha atrás.

Y lo peor es que lo creo. Lo siento en la piel, en la sangre que me late desbocada, en el zumbido que me invade los oídos.

Entonces, en ese instante de debilidad y deseo, me pregunto: ¿Hasta cuándo puedo aguantar? ¿Y si no quiero resistirme?

Lo veo desaparecer por la puerta del aseo. Me obligo a mirar al frente. La cabeza a mil.

Se supone que esto ya está cerrado. Fin de capítulo. Se acabó. ¿O no?

Un hormigueo me recorre. El calor sube desde el pubis hasta la nuca. Me pongo de pie sin darme cuenta. No soy yo, juro que no. Parece que otro ente —la parte más oscura, salvaje, deseosa— ha tomado el mando sin pedir permiso.

Intento negarlo: “No soy yo, esto es mi cuerpo traicionándome.” Pero esa parte quiere lujuria como si fuera aire. Y no está dispuesta a dejarlo pasar. No hoy. No ahora.

Me incorporo con cuidado para no despertar a mis amigas: Paula, frita en la ventanilla, y Clara, con el antifaz torcido y la boca entreabierta. Ni se inmutan.

Camino despacio por el pasillo, esquivando a las azafatas que avanzan con sus carritos cargados de comida empaquetada que huele a plástico caro. Les regalo una sonrisa neutra, mientras mis manos se tiñen de sudor frío.

Llego al fondo, frente a la puerta del lavabo. Mi corazón retumba en las sienes. Esto es una locura. Una auténtica locura.

“Sé fuerte, Rebe. Sé fuerte”, me recuerdo. Pero mi cuerpo me anula.

Con la poca fuerza de voluntad que me queda, doy un paso atrás. Estoy a punto de girarme.

Pero entonces, la puerta se entreabre… y una mano firme me agarra de la muñeca. No me hiere, pero arruina todas mis defensas.

Y sin darme tiempo a reaccionar, me arrastra adentro.

En ese momento, sé que no hay marcha atrás.





La puerta se cierra de golpe. El pestillo cae con un clic que me retumba en los huesos. Aquí dentro no hay aire, no hay espacio, no hay escapatoria. El zumbido del avión lo cubre todo. Hasta el sentido común.

No decimos nada.

Ni falta que hace.

Me empuja contra la pared, encajando su cuerpo contra el mío como si fuéramos piezas de Lego. Su boca cae sobre la mía sin dudar. Me devora. Y yo… no lo detengo. Sigo temblando, aunque ya no sé si de dudas, de temor, o de deseo.

Sus manos. Dios, sus manos. No esperan. Me agarran, me estrujan, me recorren el torso entero, golpeando los puntos exactos que me vuelven loca. Yo intento aguantar, no gemir, no perder el control. Pero ya lo he perdido. El espacio es tan reducido que su aliento me rebota en la cara.

—¿Qué… qué estás haciendo? —jadeo, casi sin voz, con la frente pegada a su cuello. Mis manos se aferran a su culo.

—Yo nada —responde, y sus dedos ya reptan por mi vientre—. Has sido tú la que ha venido. Y todavía no estamos en casa.

Me separo un instante. El espejo me refleja; el lavabo metálico está a un lado, la puerta al otro. Todo el baño parece comprimido, hinchado por la tensión. Respiro a lo bestia.

—No hay tiempo… —mascullo mientras me empotra contra la puerta.

Con un tirón seco, me baja la falda. Yo arqueo el culo hacia adelante, ayudándole. Su palma me masturba el clítoris por encima de las bragas, y me muero. Esa fricción sucia y directa, me envuelve en llamas.

—Sabía que no tenías bastante —gruñe, deslizando la mano bajo la tela, haciendo círculos lentos y deliciosos—. Joder, Rebeca… estás empapada. ¿Desde cuándo querías esto?

La fricción sobre mi clítoris me abrasa. Me muero, ardo, reviento.

—Desde antes de subir al avión. Desde que me dijiste todo eso. Desde que supe que te habías robado mis braguitas para hacerte pajas como el cerdo que eres —le suelto, y hasta yo me sorprendo de cómo suena—. Porque no eres más que un… mmm...

Me muerdo el labio para no gritar. El sonido quiere salirme por la garganta, pero lo entierro. Me contorsiono como puedo, buscando sentirle más adentro. Él me agarra por la nuca y nos volvemos a besar.

Me folla con los dedos de forma rápida y cruel. Cada embestida es más contundente que la anterior. El chapoteo empieza a llenar el baño. Ese sonido asquerosamente obsceno del líquido saliendo de mí, empapando todo, gritando por mí.

Y entonces mete un tercero.

Más hondo. Más violento. Más todo.

Me rompo de verdad. Los ruidos se vuelven vulgares, lascivos. Estoy completamente encharcada y solo llevamos unos minutos.

Estoy a punto. Lo sé. Lo siento en mi interior. Su mano me trabaja por dentro como si conociera cada rincón, cada ritmo, cada detonador. Siento cómo se forma en mi estómago otro orgasmo, seguido de unas ganas terribles de mear. Y yo intento aguantar, retener todo eso.

Pero entonces, alguien aporrea la puerta.

—¿Está todo bien ahí dentro? —es la voz de una azafata preguntando con tono profesional—. He escuchado unos… sollozos.

Me congelo. El corazón me salta al cuello. Pero Leo no para. No se detiene. Sigue masturbándome con maestría mientras mis caderas se clavan más en sus dedos, buscando ese puto clímax aunque estén a punto de pillarnos.

—Cállate y disfruta. Córrete como la perra que eres. Suéltalo todo —me musita al oído.

Me tapa la boca con su otra mano justo cuando el gemido me explota. Aprieto los dientes contra su palma, se los clavo con rabia, con fuego. Gimo contra su carne, jadeo con los ojos entrecerrados, cegada por el placer.

—Sí… —responde Leo con voz algo forzada, ronca, casi convincente—. Todo bien. Estoy un poco descompuesto… en unos minutos salgo.

—De acuerdo, caballero —responde la azafata, con cierto tono de sospecha—. Pero en menos de quince minutos debemos tomar asiento.

Y entonces exploto.

Se acaba la presa. Siento un tsunami saliendo de mi coño, una ola descomunal que lo arrasa todo.

Chorros calientes disparan sin control: su mano, mis muslos, la falda, el suelo del baño… todo queda inundado. Me corro con violencia, infectando el espacio con mi éxtasis. Como si me vaciara de alma, de carne, de todo.

El placer me atraviesa. Brutal. Devastador. Tan intenso que no recuerdo nada parecido. Ni siquiera cuándo fue la última vez que me corrí así.

—Mira qué guarra eres —su voz retumba sobre el desorden—. Me has manchado el pantalón. Ahora me lo vas a compensar, ¿verdad?

Mis piernas tiemblan de puro temblor. Me sostengo como puedo, con la ropa revuelta y el pulso a puñetazos. Las mejillas me arden, el sabor de mis gemidos todavía se pega en la garganta.

Leo se deja caer en el váter sin decir nada más, se baja los pantalones como si no hiciera falta explicar nada. Me mira, y yo ya sé qué es lo que quiere.

Me arrodillo frente a él. El suelo del baño está mojado, pegajoso, pero no me importa una mierda. No pienso en el pasillo. Ni en las azafatas. Ni en cómo casi nos pillan. Pienso en lo que tengo delante. En lo que quiero tener entre los labios.

Le bajo los calzoncillos hasta los tobillos, y su polla salta libre, como si llevara siglos queriendo escapar. Está dura, palpitante, grotescamente hinchada. Una vena le recorre todo el tronco, gorda, marcada, como si la sangre le latiera en espiral por dentro. Parpadeo.

Es más gruesa de lo que recordaba.

—Tendrá que ser rápido —susurro, con la voz aún rota—. Ya has oído a la azafata.

—Eso depende de lo bien que lo hagas —dice, relamiéndose, como si me saboreara antes de probarme.

La rodeo con una mano… pero no basta. Necesito las dos. La agarro con fuerza, los dedos apretando, bajando y subiendo, aplastándole las venas hasta que parecen a punto de estallar. Cada movimiento arranca un gemido, ronco y salvaje, como un animal herido que no sabe si duele o excita.

—Joder… es enorme —digo en un fino hilo de voz, sin dejar de pajearle. Le miro desde abajo, con esa sonrisa torcida que sé que los desarma. A todos. A él más.

Lo observo un segundo, fascinada. Como si no me entrara en la cabeza cómo coño todo eso estuvo dentro de mí el día anterior.

—¿Cuánto te mide? —le pregunto, acercando el rostro, hasta tenerla a pocos centímetros, aspirando su olor. Es denso, áspero, agrio, puro macho. Una mezcla de sudor, piel caliente y deseo acumulado. Me llena la nariz, me atonta. Me pone más aún.

Él suelta una risa rota, con los dientes apretados, jadeando.

—No lo sé… nunca la he medido. Pero todas acaban quejándose de lo gran…

No termina. Porque me trago media polla de golpe. Sin aviso. Y su risa se convierte en un gruñido bruto, nacido de las tripas.

Su cuerpo se tensa como un arco. Se agarra a los bordes del váter con las dos manos, apretando los nudillos hasta que se vuelven blancos, como si aferrarse ahí fuera lo único que le impide correrse ya. Y todo por mi boca. Por lo que le estoy haciendo.

Y me encanta. Me encanta verlo así. Al borde. Temblando. Doblado sobre sí mismo, completamente dominado por mi lengua.

Chupo con ruido. Lo hago a propósito. Lento, muy lento, saboreándolo como si tuviera todo el tiempo del mundo… y luego rápido, brutal, casi cruel. Lo dejo al límite y vuelvo a frenarlo. Le castigo. Le premio. Le cubro la polla con mi saliva hasta que brilla, húmeda y sucia, como un puto caramelo depravado.

Y lo miro mientras lo hago. Para que sepa que es mío.

—Quiero inmortalizar esto… —jadea con la voz embarrada de placer y urgencia.

Me saco la polla de la boca con un plop húmedo. No paro de pajearle con la mano empapada. Me inclino y le chupo los huevos, uno por uno, con la lengua caliente y babosa, llenándome la boca con ellos como si también fueran míos.

Mi mano sigue trabajando. Él gime. Maldice. Se retuerce sobre el váter como si el cuerpo le ardiera por dentro.

—¿Para tus guarradas? —le pregunto, levantando la mirada mientras subo la lengua por todo el tronco, lamiendo lento, dejándole la piel brillante de saliva—. ¿De verdad quieres eso?

Sé lo que me está pidiendo. Lo sé. Es sucio, degradante, una imagen que no debería existir. Una prueba. Un riesgo. Algo que podría destruirme si sale de aquí. Pero ahora… ahora mismo, el morbo pesa más que la lógica. Mucho más.

—Solo una… —musita, casi suplicando—. Una sola. Será nuestro secreto.

Me quedo quieta. Un segundo. Solo uno.

El corazón me martillea en las orejas. Dos latidos. Él me mira desde arriba. Esos ojos verdes me atraviesan. Me empujan al borde. Me dicen lo que ya sabe. Que voy a ceder. Y que le voy a dar exactamente lo que quiere.

—¿Una foto? —repito, con la voz cargada de veneno dulce—. Te la dejo hacer… pero solo si es para cuando te estés pajeando con mis bragas en la cara. Así al menos tendrás algo bonito que mirar mientras haces esa mierda tan patética.

Él se ríe. Pero no es una risa limpia. Es nerviosa. Está cargada de electricidad. Se le nota en el temblor de las manos, en cómo aprieta los muslos, en cómo la polla se le pone aún más dura, más violenta. Le tiembla hasta el aliento cuando busca el teléfono.

Lo saca con los dedos torpes, desde los pantalones bajados, como si fuera a disparar algo más que una foto.

—Abre más la boca —me dice, con un hilo de voz ronco y sucio—. Quiero verte bien guarra… con mi rabo en la boca.

Yo dudo un otro segundo. Pero algo dentro de mí se revuelve… y lo hago.

Me tapo los ojos con una mano, aunque sé perfectamente que me está viendo entera. Abro la boca más de lo necesario, exagerando el gesto, dejando que el glande entre hasta hacerme gemir. Con la otra mano le echo toda la carne hacia atrás, apretando, marcándole cada vena, con la piel estirada al máximo, vibrando entre mis dedos.

Su respiración se acelera. Lo oigo.

Click.

Click.

Click.

No para.

No deja de hacerme fotos. Su polla, reluciente por las babas, encajada entre mis labios. Sujetándola desde la base para que se vea en todo su esplendor. Y la otra mano sobre mis ojos… como si taparme pudiera hacer todo esto menos obsceno.

Pero el sonido cesa.

—¿Ya? —pregunto, sin dejar de pajearle, con la saliva aún resbalando por su tronco—. ¿O estás…?

No. No puede ser. No será tan cabrón.

Pero cuando veo una luz azul en su teléfono… lo entiendo. Ya no está sacando fotos.

Está grabando.

El muy hijo de puta está grabando un vídeo.

—Esto es mejor que una foto… mmm… sigue… —gime, casi llorando placer, soltando el aire como si le doliera de tanto que le gusta.

—Ya veo que no se puede confiar en ti —murmuro, pero no paro. Ni pienso hacerlo. Al contrario. Lo hago con más hambre. Con más descaro.

Debería levantarme. Debería arrancarle el móvil de las manos, estrellarlo contra el suelo del baño y salir de aquí. Pero no lo hago. No puedo.

Estoy demasiado cachonda. Demasiado rendida. El cuerpo me pide seguir, suplicando, ardiendo.

—Quiero un recuerdo donde se vea lo preciosa que eres —susurra, y su voz se torna en una caricia.

Me aparta la mano de los ojos con la suya, con una delicadeza que me asombra.

Y yo… me dejo.

Ya no me importa que se me vea. Lo miro directo, retándole. Y le agarro la polla con las dos manos, con fuerza, marcándole las venas hasta que parecen macarrones. Él suelta un gemido seco y ronco, que se pierde entre el rugido del motor del avión y el temblor de su cuerpo.

En mi cabeza lo veo todo con una claridad brutal: ese vídeo lo va a ver en bucle. Cada vez que se la casque con mis bragas en la cara. Va a volver a este momento una y otra vez. Y joder… eso me excita más de lo que quiero admitir. Más de lo que debería.

—¿Esto te gusta? —le escupo directo en la polla, con asco y lujuria mezclados, viendo cómo le chorrea hasta la base.

Y después me la trago entera.

Hasta el fondo.

Hasta hacerme arcadas. Hasta que me toca la campanilla y los ojos se me nublan. Lo repito. Una, dos, tres veces. Y cada vez que subo, le clavo la mirada a la cámara. Le doy el puto show de su vida. Lágrimas corriendo por mis mejillas, saliva chorreando por la comisura, la boca hecha un desastre. Una puta diosa pervertida.

—Sí… uff… me encanta… —jadea él, con las facciones desencajadas, como si el placer lo estuviera desangrando desde dentro.

—Eres un cerdo. Un puto cerdo que no se merece esta boca —gruño, lamiéndolo como si le escupiera fuego. Levanto la cabeza de golpe, dejo un hilo de baba colgando entre mi lengua y su rabo, y entonces le escupo con fuerza justo en el capullo. La saliva le chorrea de manera obscena mientras empiezo a pajearlo rápido, con rabia, con asco y deseo mezclados como veneno caliente.

Él se retuerce de placer en la taza del váter. El calor del baño es asfixiante, como si me oprimiera. Nunca. Jamás hubiera pensado que acabaría regalándole un vídeo porno a este desgraciado. En la vida. Pero algo dentro de mi, esa excitación cruda y descarnada, solo busca complacerle.

Él se retuerce en la taza del váter, hecho un trapo, ahogado de placer. El calor del baño es asfixiante, como si me apretara el pecho, como si el aire se pegara a la piel y no me dejara escapar. Nunca —jamás— habría imaginado acabar regalándole un puto vídeo porno a este desgraciado. En mi vida.

Pero aquí estoy. De rodillas y con la mandíbula medio dormida. Porque hay algo dentro de mí, algo oscuro, descarnado, que solo quiere verle disfrutar. Que solo quiere complacerle.

—Dime, Leo… ¿alguien te ha hecho esto mejor que yo?

—Nadie. Joder, nadie me la ha chupado como tú —responde, con los ojos perdidos y la mano temblando de puro placer.

Y lo siento como una victoria. Me echo el pelo a un lado, me limpio la boca con el dorso de la mano sin dejar de mirarlo, y vuelvo a engullirla. Con hambre y orgullo. Con esa certeza sucia y gloriosa: ninguna lo ha hecho así. Ninguna ha sido tan buena como yo.

Ojalá tuviéramos más tiempo. Porque si lo tuviéramos, saldría de aquí con las ingles ardiendo y la lengua muerta. Pero no puede ser.

—Dímelo —jadeo, sin dejar de pajearlo, con la mano empapada—. ¿Qué es lo que te vuelve loco?

Le chupo el capullo con una lentitud perversa, con la lengua acariciando cada pliegue, cada punto caliente, mientras lo miro como si fuera mi última comida. Como si pudiera devorarlo vivo.

—Me gusta todo, joder… Ah… —farfulla entre dientes, con gotas de sudor resbalándole por la sien—. Me gusta cómo te ahogas, cómo babeas como una perra. Me gusta cómo me miras mientras te tragas la polla entera. Me gusta que se te salten las lágrimas y no pares. Me gusta cómo usas la lengua como si quisieras dejarme seco. Me gusta que seas una guarra…

Eso me enciende hasta límites insospechados. Algo de mi se rompe por dentro. Así que lo doy todo. Todo. Todo lo que fui en esos años de juventud desatada, donde el cuerpo pedía guerra y la boca no conocía el miedo. Todo lo que alguna vez imaginé, pero jamás me atreví a hacer.

Después de unos segundos más, lo siento tensarse. Los muslos duros como piedra. Su respiración se rompe, se descompone, como si el cuerpo ya no pudiera sostener la descarga que se le viene. Y entonces su mano se enreda en mi pelo con virulencia, sin importarle que me haga daño. Porque lo hace. Me agarra de verdad. No es una caricia, es un acto de posesión. Como si necesitara marcar el ritmo, como si su cuerpo le exigiera controlar el momento.

A mi me da igual, porque sé que es la última vez. Que después de esto, todo se entierra. Así que le cedo ese gesto. Le dejo que me agarre como un desesperado, como un cabrón que sabe que no volverá a tener a esta pedazo de mujer comiéndole la verga.

—Seguro que a tu maridito no le haces esto —suelta él, disfrutando de la limpieza de sable mientras graba sin pestañear—. Seguro que no te folla como yo ayer.

Lo miro de reojo mientras sigo con la boca llena. Lo saboreo entero. Y él no puede con su cuerpo. Le tiemblan los dedos. Se hunde más en el asiento, deshaciéndose poco a poco.

—No… a él nunca se la chupo así —le confieso, con la boca llena de rabo—. Y ni soñando me deja tan llena como tú.

—Normal… —gruñe, con la cabeza echada hacia atrás y la mandíbula caída—. Ese calzonazos debe tener una polla triste, flácida, de las que ni notas dentro. Tú necesitas algo de verdad, ¿no? Algo que te abra bien, que te destroce. Algo que te haga olvidar cómo te llamas. Te follaría todos los días, en todos los putos rincones de tu casa. Incluso en vuestra cama. Que huela a mí.

Pierdo el control. Gimo con el rabo enterrado hasta la garganta al oírlo. Me arde el coño, me vibra el estómago, y esa mezcla de vergüenza y deseo me enciende como si tuviera magma en las venas. Me mojo solo de imaginar a mi marido en casa, tranquilo, sin tener puta idea de que estoy aquí, arrodillada, dejándome grabar mientras otro me dice lo poco hombre que es.

Le pajeo el rabo, mientras la lengua repasa el glande con lujuria. Tan sucio como me es posible. La manera en que su vientre se contrae al verme. Cómo su espalda se arquea. El calor que desprende todo su cuerpo en ese instante. La mirada nublada que cruza con la mía al bajar la cabeza. Él no avisa, pero lo grita todo con el cuerpo.

—Agh… joder, Rebeca… —se le escapa de forma lastimera—. Sigue, sigue… no pares, ah…

Estalla. Se muerde el labio, pero no aguanta. Se le escapa un gruñido salvaje, de animal herido. Su corrida me revienta el paladar como un puto latigazo. Tiros espesos, calientes y que me llenan la boca hasta los límites. Trago lo justo para no atragantarme, pero hay tanto que siento cómo se me desborda. La saliva mezclada con semen me chorrea por el labio, me resbala por la barbilla, me mancha el cuello.

—Ni se te ocurra escupirlo —me exige, jadeando, mientras clava la cámara en mi cara—. Trágatelo todo, guarra. Que se vea.

Y lo hago. Porque me da la gana. Porque me pone. Trago despacio, exagerando el gesto, mirando directo al dispositivo móvil. Sabe a él. A polla, a sudor, a rabia, a despedida caliente. Cuando termino, abro la boca y saco la lengua. Ni una gota.

Sigo mirando a cámara sin soltar palabra. Solo bajo la vista a su polla, ahora morcillona, aún reluciente. Me acerco y la lamo una vez más, arrastrada, como si lo dejara limpio con devoción.

Nuestra mirada se cruza de nuevo, y me encanta lo que veo en sus ojos: derrota, obsesión, hambre. Sé que va a pensar en esto durante semanas, meses… toda su puta vida. Porque esto no se lo borra nadie. Porque ninguna va a dejarle la polla así de marcada.

Me limpio la comisura con el dorso de la mano, pero lo que chorrea por la barbilla lo restriego sin pudor contra sus pantalones. Me da igual. Lo uso como servilleta. Y aún con restos en los dedos, cojo una de esas servilletas del baño, ásperas, mal dobladas, y me seco los restos del cuello.

—Y ahora… —anuncio mientras me subo las bragas y él se guarda el teléfono en el bolsillo—, vuelve con los tuyos y finge que aquí dentro solo has echado una meada rápida. Salgo yo primero. Luego tú.

Abro la puerta, pero justo antes de salir, me detengo. Me giro despacio, con la maneta en la mano y le lanzo una última mirada:

—Y escúchame bien, Leo… —susurro—. Si ese vídeo aparece donde no debe, si una sola imagen sale de tu móvil... te juro que te arrepentirás el resto de tu vida. Me voy a encargar personalmente de que se te hunda hasta el apellido.

Sus ojos se abren, traga saliva, y se queda callado. Yo desaparezco, pasándome la lengua por los labios y saboreando el rastro salado que todavía llevo en la boca, con el sabor de Leo aún pegado a las encías.





Llego a mi asiento con las piernas más flojas de lo que me gustaría admitir. Me recoloco la ropa con movimientos automáticos, intentando que no se note nada, que nada huela, que todo parezca intacto. Pero yo no estoy intacta.

Paula sigue con la cabeza apoyada en la ventanilla, completamente ida. Clara, entre nosotras, se remueve como un gato perezoso y se levanta el antifaz por un lado. Su voz sale medio dormida, pero parece que su sexto sentido de arpía está intacto:

—Esa es la golfa que había echado de menos…

No le contesto. Solo niego con la cabeza, disimulando una sonrisa. De esas que esconden lo que tu cuerpo grita por dentro, y mi rostro no puede negar. Porque no quiero hablar. No quiero mirar atrás. Solo quiero... sentarme. Respirar. Fingir que esto no ha pasado. Que yo no he hecho nada. Que no he disfrutado como una perra en celo.

Que puedo volver a mi vida como si nada. A mi marido. A mi rutina. Al trabajo los lunes, a los tuppers en la oficina, a las cenas de viernes viendo series. Que esto fue solo eso: un desahogo. Una descarga puntual a todo ese estrés de la relación. Una locura controlada en una isla que no existe cuando cierras los ojos.

¿Qué tiene de malo querer soltarse un poco antes de volver a ser la de siempre?

Nada. Nada que él tenga por qué saber.

Me hundo en el asiento, intentando recuperar el aliento. Un respiro. Uno solo. Pero no dura nada.

La calma se va a la mierda en cuanto las luces del techo se encienden: estamos aterrizando. Toca abrocharse el cinturón. Toca volver al mundo real.

Justo en ese instante, el móvil vibra en mi bolsillo.

Lo saco. La pantalla recupera la cobertura y enseguida aparece el nombre de la persona que me está escribiendo: Mateo.

“Te estoy esperando en la terminal ❤️Tengo ganas de verte.”

El mensaje me atraviesa. Me deja clavada al asiento como una lanza. La garganta se me seca de golpe, como si en vez de tragarme la corrida de Leo me hubiera tragado cemento.

No me esperaba esto. No tan pronto. No así. No con su cariño aún tan limpio, tan intacto, con esa fé ciega en mí que no se merece. Ni aunque refunfuñe. Ni aunque discutamos.

Dios…, ¿qué coño he hecho?

Cierro la pantalla del móvil sin responder, pero nada basta borrar lo que ha pasado. Otra vez. Para detener la culpa que empieza a apretarme el pecho como una garra lenta. Respiro hondo, muy hondo, pero el aire no entra. Es como hundirse. Caigo por un pozo sin fondo, y la culpabilidad aflora descontrolada.

No miro a Clara. Tampoco a Paula. Sigo callada mientras me abrocho el cinturón, con los dedos temblando y las ganas de vomitar aumentando.

Desembarcamos rápido, una salida ordenada y mecánica. Los chicos se van primero, y nosotras minutos después, pero al llegar a la salida, enfrente de la zona de recogida de maletas, el camino vuelve a cruzarnos. Vale. No del todo, pero sí lo suficiente.

Ellos andan tranquilos, arrastrando maletas y mochilas como si fueran simples turistas de vuelta a casa. Pero todos saben lo que ha pasado, estoy segura.

El corazón me da un vuelco, amenazando con salir por la garganta pero solo son más arcadas. Así que me detengo, y trago aire, intentando estabilizarme, pero no sirve de nada. A estas alturas solo me baja el miedo.

—Voy al baño —suelto de golpe, buscando escapar de ahí, buscando ganar tiempo en lugar de hacer pis.

Clara me mira, arqueando una ceja.

—¿Ahora? ¿Te estás meando de nervios o qué? Pero si hace nada que has ido…

La ignoro. Me acerco a Paula, inclinándome solo lo justo para susurrarle sin que nadie más escuche:

—Está Mateo afuera. Me ha dicho que nos está esperando… No quiero que me vea salir con ellos. No quiero que sospeche nada.

Ella asiente, pero no puede evitar mirar a todas partes, moviendo el peso de un talón al otro.

—No me digas eso, Rebe. Me estoy poniendo muy nerviosa. ¿Qué vas a hacer si se entera? Seguro que se lo contará a mi novio… Seguro que la boda se va a la mierda, y todo por esa gilipollez que hice —sus ojos se tornan acuosos, empieza a sacudir las manos y a patalear. La agarro de los brazos para tranquilizarla, aunque por dentro estoy igual de jodida.

—Solo tenemos que esperar a que se vayan. Después saldremos nosotras y continuaremos con nuestra vida. Serán solo unos minutos.

Nos miramos y no hace falta decir más. Nos entendemos.

—Ve tranquila —dice Paula, casi en automático—. Te esperamos aquí.

—Venga, tías, que no tengo todo el día —se queja Clara, rascándose el culo y haciendo un gesto de desdén.Le explicamos rápido lo que hemos hablado, y nos despedimos del resto de amigas con abrazos flojos y palabras vacías.

La luz del lavabo es blanca, demasiado blanca. Cruel. Me quedo frente al espejo. Me resalta cada sombra, cada grieta, cada rastro de lo que no debería haber pasado. Me acerco. Me veo. Y no me reconozco del todo.

Cojo una toallita y me limpio la cara con movimientos rápidos. Precisa, como si pudiera borrar lo que me arde por dentro. Borro el sudor del labio superior. Las ojeras. El temblor de la mandíbula. Me repaso el cuello, por si quedó algo… algo.

Después me maquillo. Solo un poquito. Un toque de corrector, un poco de rubor en las mejillas. Me pongo brillo en los labios, aunque estén mordidos. Aunque duelan. Me echo perfume, aunque sé que no tapa todo.

Mi cabeza no para de repetirme las mismas palabras:

Puedes con esto.

Todo va a salir bien.

Solo tienes que aguantar un poco más.

Sonreír. Caminar. Saludar. Fingir.

Respiro hondo. Y salgo.

El aire de la terminal me da en la cara como una bofetada. Camino entre mis amigas, fingiendo que todo está bien. Que todo sigue su curso.

Solo Clara habla, pero no la escucho.

Después de pasar las puertas, lo veo. Mateo. A lo lejos, de espaldas.

Y junto a él… Leo.

Están hablando y riendo. El miedo que siento va en aumento. Ese capullo tiene el brazo apoyado sobre el hombro de mi marido, como si fueran colegas de toda la vida. Mateo inclina la cabeza hacia él, sonriendo. Esa sonrisa de confianza ciega que solo le he visto usar con la gente que considera intocable.

Mis piernas se detienen.

Me congelo. La sangre se me hiela en un segundo.

—¿Qué te pasa ahora? —pregunta Clara, molesta. Paula me mira a la cara sin esconder que está cagada también.

No puede ser. No. Los observo. El lenguaje corporal lo grita todo: complicidad, relajación, ese tono íntimo que solo tienes con tus amigos. Leo asiente a algo que Mateo dice y le da una palmadita en la espalda. Se ríen otra vez.

El murmullo de la terminal se convierte en un zumbido lejano. Todo lo demás se difumina.

Lo recuerdo. Ahora lo recuerdo.

Un partido.

Uno de esos sábados en los que, más por compromiso que por ganas, fui a ver a Mateo jugar con su equipo. Me aburría. Fingía interés mientras tomaba cerveza barata y revisaba el móvil. Apenas presté atención a lo que ocurría en el campo.

Las pocas veces que levanté la mirada, vi a Mateo en el banquillo, así que volví a lo mío hasta que el partido terminó. Al salir, me explicó que habían subido a un chico de las categorías inferiores y que por eso le tocaba estar de suplente.

Me lo señaló.

Era joven, sin barba, con el pelo moreno rapado al cero. Más delgado que ahora, pero con los mismos gestos, esa forma de moverse, ese puto brillo en los ojos.

Leo.

Era Leo.

Y yo no lo supe. Joder. No entonces.

No hasta ahora. No hasta verlo ahí, hablando con mi marido como si nada.

Bajo mis pies se forma un abismo por el que caigo. El pecho me late con violencia. La cabeza me zumba, furiosa, mientras cada pieza encaja a la fuerza.

Estoy jodida.

Muy jodida.





Me acerco con pasos lentos, arrastrando el cuerpo, obligándome a respirar, pero antes de que pueda decir nada, lo escucho.

—…una tía que conocí allí. Coincidimos en el avión y me dejó seco en el lavabo —suelta Leo, con ese tono suyo de chulo sobrado, medio riéndose, disfrutando del cuento.

Mateo suelta una carcajada y le da una palmada en el hombro. No sé qué más le ha contado, pero puede que no haya mencionado nada más, ningún detalle.

—Venga ya. No puede haber tías tan guarras como las que tú cuentas.

Ríen juntos. Como si todo fuera una anécdota graciosa. Una historia para contar en el bar o con los amigos.

Pero entonces Leo saca el móvil.

Juro que siento como el alma sube por la garganta y se escapa por la boca.

Lo veo desbloquearlo. Buscar algo. Lo sé. Sé lo que va a hacer. Mis piernas se anclan al suelo, el cuerpo no me responde.

—¿Seguro? Mira esto —le dice, y la sonrisa le brilla en la cara—. Para que veas que existen.

Quiero correr. Gritar. Quitarle el teléfono de un manotazo. Pero cuando logro dar un paso, ya es tarde.

Mi marido está viendo el vídeo. Al principio se ríe, como si fuera una broma y le costara creer lo que está viendo.

La sonrisa se le va borrando a medida que avanza. Su mirada cambia. La mandíbula se le tensa. Frunce el ceño. El gesto se transforma. Pasa del asombro al reconocimiento. De la incredulidad a la furia contenida.

Se queda quieto. Muy quieto. Y yo veo como le palpita la vena del cuello como si tuviera vida propia.

La vergüenza que siento me empequeñece, me aplasta y asfixia.

Leo sigue disfrutando, totalmente ajeno a lo que está provocando sin darse cuenta. Pero Mateo ya no se ríe. Su rostro da miedo.

El sonido seco del puñetazo corta el aire.

Leo se dobla sobre sí mismo, un gruñido ahogado escapándole de la garganta. El móvil cae al suelo. La carcajada se le borra de la cara de un plumazo.

—¿Pero qué cojones…? —balbucea, sin aliento, llevándose las manos al estómago.

Mateo tiembla. Todo su cuerpo vibra de rabia.

—¡Es mi mujer! —grita de manera desgarradora, un alarido que retumba por la terminal y que atrae las miradas de todo el mundo.

Leo levanta la cara, confundido. Y entonces Mateo se le lanza encima con los puños por delante.

—¿Qué…? ¿Qué coño te pasa? —alcanza a soltar, cubriéndose con los brazos cuando ve a mi marido venir como una bestia desatada.

—¡Hijo de puta! ¡Te la estabas follando sabiendo quién era! —escupe con los ojos desorbitados.

—¡No tenía ni idea, te lo juro! —se defiende Leo, encogido, cubriéndose el rostro mientras los golpes le llueven—. ¡No sabía que era tu mujer, joder!

Intento intervenir. Quiero parar esto antes de que sea peor.

—¡No es lo que parece! —digo con la voz quebrada—. ¡Mateo, por favor, te lo puedo explicar!

Le toco el brazo, intento sujetarle el hombro, pero él se gira como si lo hubiera tocado con ácido.

—No me toques —me aparta la mano con asco. Me mira como si no me conociera, como si le diera náuseas.

—Cariño, yo…

—¡Cállate! —me corta de golpe, gritando cada vez más fuerte, montando un espectáculo—. ¡Y no me llames así!

Más personas se giran a mirar. La terminal se convierte en una pecera. Yo, en el centro.

—¿Esto era lo que habías planeado? ¿Eh? ¿Irte a Mallorca con tus amigas para follarte a todo lo que se mueva?

—No es así, por favor, Mateo… escúchame…

—¿No es así? —se ríe, una carcajada rota—. Pues según tu nuevo amiguito Leo, lo es. Me ha contado todo, ¿sabes?

—Yo no… no sabía que él…

—¡No sabías nada! ¡Pero bien que te abriste de piernas! —grita, y me tiemblan las rodillas—. Me ha contado lo de la fiesta en esa casa de mierda, cómo te bailabas encima de ese chaval como una fulana. ¡Y luego lo de la cama! ¡Que acabó dentro de ti, Rebeca! ¡¡Dentro!!

Siento cómo la sangre me abandona el rostro. Me ahogo. No hay aire suficiente en todo el aeropuerto para tragarme esto.

—Y por si fuera poco… —sigue él, cada vez más alto, más enloquecido—. ¡¡Me enseña un vídeo tuyo mamándosela en el puto baño de un avión!! ¿¡Pero tú estás enferma!?

Las miradas ya no se disimulan. Todos nos miran. Un círculo de ojos abiertos y bocas cerradas. Una tormenta de vergüenza me cae encima… y me doy cuenta de que, entre el gentío, Leo se está escabullendo, agachando la cabeza como un cobarde.

—Mateo, por favor… déjame explicarte…

—¿Explicarme qué? ¿¡Qué te dio mucho morbo!? ¿¡Que no lo pudiste evitar!? ¿¡Que estabas muy caliente!? ¡¡No tienes perdón!!

—¡Ya basta! —interviene Clara, dando un paso al frente—. No le hables así a tu mujer, pedazo de cerdo. ¡Te estás luciendo, macho!

Mateo se gira hacia ella con dos ascuas en lugar de ojos.

—¿Tú me vas a decir algo, vacaburra? —la insulta, sin contenerse, con una sonrisa amarga—. Siempre metida en lo que no te importa, viviendo como si aún tuvieras dieciocho. Tóxica, sola, vieja y amargada. Vas a morir sin nadie, ¿lo sabías? Solo con tus gatos y una caja de antidepresivos en la mesita de noche.

Clara palidece, pero no se mueve.

Paula se queda helada. Sin saber a dónde mirar. Como si quisiera desaparecer.

—Sabía que eras un puto machista —murmura Clara, sin fuerza, acercándose a mí—. Rebe, tía… yo lo sabía.

Intento hablar. Decir algo. Explicar. Salvarme. Pero lo único que sale es un sollozo roto y torpe, sin forma.

Las palabras se me atragantan.

Y cuando me quiero dar cuenta, ya estoy llorando. De esa forma en que no puedes parar, y mientras más te esfuerzas en detenerlo, peor es.

El alboroto ya ha llamado demasiado la atención. Dos agentes de seguridad del aeropuerto se acercan corriendo.

—¿Está todo bien aquí? —pregunta uno de ellos, mirando a Mateo con expresión tensa mientras el otro ya le agarra del brazo para apartarlo de nosotras.

—Tranquilo, señor —dice el otro, mientras nos dirige la mirada—. ¿Les ha hecho daño?

Yo sacudo la cabeza, aún llorando, con la voz hecha jirones:

—No… no nos ha tocado.

Pero Mateo no se calla. Ni siquiera intenta defenderse. Le da igual que lo estén agarrando.

—Ella me ha destrozado la vida —me acusa, ya sin gritar, como si las palabras salieran directo del tajo en el pecho que le acabo de hacer—. Lo sabía. Siempre lo supe. Nunca confié en Clara. Se lo dije una y mil veces. Que era un error. Que era veneno, pura ponzoña.

Mira a Clara con desprecio. Luego vuelve a mí.

—Pero la culpa no es solo de ella… Es tuya, Rebeca. Toda tuya. Le dejaste grabarte… a ese tío, a ese cerdo —su voz tiembla de rabia—. ¡¡Un antiguo compañero mío de equipo!!

Da un paso, pero el guardia lo retiene con firmeza.

—Dejaste que te grabara un vídeo porno. Das asco.

No tengo respuesta para sus palabras. No hay defensa posible. No hay excusa.

Solo dolor.

Un dolor sordo y brutal que se abre camino desde dentro, como si me arrancaran los órganos con las manos. Todo lo que dice es verdad. Todo. Pero eso no lo hace menos insoportable.

Mateo se zafa del agarre del guardia con un gesto seco.

—Me largo de aquí.

Da unos pasos. Pero se detiene,da media vuelta y me mira.

—No quiero volver a verte jamás, Rebeca.

Su voz ya no tiembla. Ya no grita. Es fría y plana. Sin rastro de emoción, como un disparo.

—Para mí estás muerta. Quiero el divorcio.

Y se va. Así. Sin más.

Clara me rodea con los brazos, murmurando algo que apenas escucho:

—Estoy aquí, ¿vale? No pienso dejarte sola…

Paula no ha dicho una palabra desde que todo empezó. No se ha movido un solo milímetro. Sus ojos siguen clavados en el suelo, como si pasar inadvertida fuera su mecanismo de defensa.

Caigo de rodillas. El golpe contra el pavimento me sacude entera. No me duele el cuerpo. Me duele el alma. Estoy rota, vacía, sorbiendo los mocos que me caen sin control, mientras intento respirar como si eso sirviera de algo.

La despedida me ha cambiado la vida. La ha volcado. La ha puesto patas arriba.

Y no sé si alguna vez podré volver a levantarme.





El tiempo pasó.

Todo pasó.

La boda de Paula siguió adelante, se casaron a los pocos días como si nada. Pero el peso de lo ocurrido acabó cayéndole encima. No pudo más y se vino abajo. Una semana después de prometerse amor eterno, le confesó todo a su recién estrenado marido.

Sorprendentemente… él la perdonó.

Pero con una condición: cortar todo contacto con nosotras.

Nunca más la volví a ver.

Mateo tampoco volvió a buscarme. Ni un intento. Ni un reproche. Nada. Yo lo intenté arreglar, pero tan solo conseguí una notificación de separación.

En él, relataba las condiciones y cómo me cedía su parte del piso a cambio de que se la comprara. Como si le diera igual. Como si quisiera borrar cualquier rastro de mí en su vida.

Pude comprarlo con la ayuda de mi familia. Mis padres, que no preguntaron demasiado. Solo me abrazaron. Mi hermana, que me pasó todos sus ahorros sin decir palabra. Me mantuve ocupada. Justifiqué mi aspecto, mis retrasos, mi torpeza emocional con una excusa fácil: el estrés.

Pero con los meses…

Algo empezó a crecer dentro de mí. Y esta vez no era solo culpa.

Estaba embarazada.

Tuve miedo. Dudas. No sabía qué hacer, ni qué sentir. Pero en el fondo… supe que tenía que decírselo.

Una tarde, me armé de valor. Fui a buscar a Mateo. Le confesé mi estado, y por una fracción de segundo, vi algo en sus ojos. Una chispa. La sombra de una esperanza. Como si, por un instante, creyera que todavía podíamos reconstruir algo.

Pero tan rápido como vino… se apagó.

Negó con la cabeza antes siquiera de dejarme continuar.

—Las fechas no cuadran —dijo, seco—. Es imposible que sea mío. Ve y díselo a tu amiguito. Que lo disfrute.

Con el alma hecha trizas, fui en busca de Leo. Necesitaba que lo supiera. Que no huyera también de eso, pero tampoco quiso saber nada.

Se desentendió con la misma facilidad con la que un día me deseó. Ni una pregunta. Ni una duda. Solo indiferencia. Ignorando que era el padre de mi futuro hijo. Le daba igual.

Y aun así, no me rendí.

Clara también me dejó atrás. Persiguió un amor por internet, cruzó medio mundo para encontrarse en Buenos Aires con una mentira. Una estafa emocional y económica que la dejó más sola que nunca.

Pero yo seguí.

Con la ayuda de mi familia, y de esos pocos amigos que no soltaron mi mano, salí adelante. Crié sola a mi hijo. Apenas una pensión alimenticia y poco más. Pero fue suficiente.

Él lo fue todo. Era quien me daba fuerzas para levantarme cada mañana. Era quien me obligaba a darlo todo de mi. Era mi vida entera.

Un niño precioso. Unos ojos verdes y brillantes como dos esmeraldas. Un recordatorio constante de todo lo que viví, de lo que perdí… y de lo que, sin esperarlo, gané.

Porque por muy jodido que acabara todo…

A ese niño lo quiero con cada fibra de mi ser. Con todo mi corazón.

Hasta el último aliento.

Incluso las peores decisiones pueden llevarte, sin querer, al verdadero amor de tu vida.
 
El capítulo final pega duro y cierra la historia con toda la fuerza y emoción que se merece, mostrando sin pelos en la lengua las consecuencias de lo que hicieron los personajes. Nada de endulzar la cosa, todo crudo y real. Se siente bien la mierda que está pasando Rebeca: la ruptura, el dolor, la soledad, pero también cómo se levanta y crece de tanta mierda.

Me gusta cómo la historia pasa de ese bajón brutal —la separación, el rechazo, estar sola— a una lucecita de esperanza con el hijo, que es como un renacer y un amor limpio. Que Rebeca deje de ser la víctima y se convierta en una madre fuerte le da más chicha emocional y cierra bien su historia.

Pero ojo, que no todo es perfecto. Mateo y Leo salen muy de malos malísimos, sin matices ni conflictos internos, como si fueran los putos villanos de manual para justificar todo el drama de Rebeca. Meterles un poco más de rollo complicado o dudas les habría dado más profundidad y la historia no habría quedado tan plana.

Y lo de Clara que se pira de repente también queda muy raro, se podría haber explotado más esa amistad, que al principio pintaba importante. En general, la historia cierra con honestidad y sentimiento, pero algunas relaciones y reacciones necesitan un poco más de curro para que suenen más reales y menos de cajón.
 
Los personajes masculinos me cuesta crearlos sin que parezcan muy ñoños o sean estereotipos. Pero me las apunto, sobre todo el final que le di a Clara, sé que fue abrupto pero como ese personaje no me caía bien, no quise darle mucha más bola.
 

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