Los cuernos más duros se cocinan a fuego lento

LuisIgnacio13

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Isla de las fantasías
de nuevo por el foro, con cuenta nueva (tuve que fantasmear un rato...) y los mismos vicios. Acá una historia larga que escribí en este tiempo

Capítulo 1: La hija en penitencia

El gimnasio estaba casi a oscuras, solo las luces de emergencia pintaban sombras largas sobre el parquet. Las chicas ya se habían ido, sus voces se perdieron por el pasillo hasta desaparecer. Agustina se quedó parada en el centro de la cancha, con las manos pegadas a los costados, el short reglamentario sudado pegado a las nalgas chiquitas y la remera blanca marcándole las tetitas pequeñas, los pezones apenas apuntando por el frío.

Laura cerró la puerta del vestuario con llave. Se dio vuelta despacio, cruzada de brazos, y la miró de arriba abajo como si estuviera midiendo algo que solo ella veía.

—Hoy estuviste distraída otra vez, Agustina. Piernas cerradas, recepción floja. No es lo que espero de mi capitana.

Agustina bajó la mirada al piso. Sentía la cara ardiendo.

—Perdón, profesora… no sé qué me pasó.

—No me interesan las excusas. Me interesa que lo corrijas.

Laura se acercó sin apuro. Las zapatillas chirriaron apenas. Se paró atrás de la chica, tan cerca que Agustina sintió el calor del cuerpo grande y entrenado de la mujer.

—Abrí las piernas. Postura básica de recepción.

Agustina separó los pies obediente, hasta que los muslos le temblaron un poquito. Laura puso las manos en sus caderas, dedos fuertes apretando apenas la piel por encima del elástico del short.

—Más abierta. Acá estamos solas, no hay nadie que te vea.

Los pulgares rozaron apenas la piel sensible justo donde empezaba la nalga. Agustina tragó saliva, sintió un cosquilleo raro y caliente entre las piernas que no entendía del todo.

—Bajá el culo… así… arqueá la espalda.

Laura empujó suave las caderas hacia abajo. El short se subió un centímetro y dejó al descubierto la curva baja de las nalgas. Agustina sintió el aire fresco y se puso colorada hasta las orejas.

Laura se agachó con ella, el aliento cálido en la nuca.

—Quedate así. Diez minutos. Sin moverte ni un centímetro. Es tu penitencia.

Se apartó dos pasos y se quedó mirando, brazos cruzados, los ojos grises fijos en el cuerpo tenso de la chica. Agustina sentía la mirada como si fueran manos: recorría las piernas abiertas, el culo apenas cubierto, la espalda arqueada, la respiración agitada que hacía subir y bajar las tetitas bajo la remera.

Los minutos pasaron lentos, pesados. Cada tanto Laura hablaba bajito, voz grave y firme.

—Más bajo el culo… abrí más las rodillas… no te muevas, nena.

Agustina obedecía al instante, temblando, con un calor húmedo creciendo entre las piernas que la avergonzaba y la confundía a la vez.

Cuando el reloj marcó los diez minutos, Laura se acercó otra vez. Puso una mano en la cintura de la chica para “ayudarla” a incorporarse. Los dedos se quedaron un segundo de más, rozando la piel caliente.

—Bien. Por hoy es suficiente. Vestite y andá a casa.

Agustina asintió sin hablar, las piernas flojas. Se cambió rápido en el vestuario, evitando mirar a Laura que ordenaba pelotas con calma.

Al día siguiente, última hora, Laura la llamó al escritorio del gimnasio después de clase.

—Agustina, sentate.

La chica obedeció, manos sobre las rodillas, mirada baja.

—Hablé con tu madre por teléfono hace un rato.

Agustina levantó la vista asustada.

—¿P-por qué, profesora?

—Le conté que estás distraída, que cometés errores básicos que no te corresponden. Le dije que sos la mejor alumna del colegio en todo… menos en mi clase últimamente. Que me preocupa.

Agustina se puso pálida.

—Le propuse una solución: clases particulares conmigo, dos veces por semana, fuera de horario. Aquí en el colegio, después de las seis, cuando está todo vacío. Para trabajar tu técnica en privado, sin distracciones.

Hizo una pausa, mirando fijo a los ojos claros de la chica.

—Tu mamá estuvo de acuerdo enseguida. Dijo que confía plenamente en mí y que no quiere que bajes el nivel. Ya está todo arreglado.

Agustina sintió que el corazón le latía en la garganta.

—¿E-en serio?

Laura sonrió por primera vez, una sonrisa lenta, casi tierna… pero con algo oscuro detrás.

—En serio, nena. A partir del lunes, vos y yo solas. Dos horas seguidas. Vas a mejorar… te lo prometo.

Se levantó, rodeó el escritorio y puso una mano en el hombro de Agustina, apretando apenas.

—Andá tranquila a casa. Decile a tu mamá que ya empezamos la semana que viene.

Agustina salió del gimnasio con las piernas temblando otra vez, un calor extraño entre las piernas y un nudo de nervios en el estómago.

No sabía por qué, pero algo le decía que esas “clases particulares” iban a ser muy distintas a todo lo que había vivido hasta ahora.
 
Capítulo 2: El reproche en casa

Agustina llegó a casa justo cuando caía la tarde. La puerta se abrió con el ruido habitual y su madre, Claudia, estaba en la cocina preparando la cena, delantal puesto, el pelo recogido, cara de pocos amigos.

—Llegás tarde otra vez —dijo sin girarse, removiendo algo en la olla—. La profesora Laura me llamó hoy.

Agustina dejó la mochila en el piso, el corazón le dio un vuelco.

—¿Sí…? ¿Q-qué te dijo?

Claudia se dio vuelta, secándose las manos en el delantal, y la miró fijo.

—Que estás distraída, que cometés errores tontos, que no ponés atención. Que sos la mejor alumna en todo menos en gimnasia. ¿Qué te pasa, Agustina? ¿En qué andás pensando todo el día?

Agustina se encogió de hombros, mirando el piso.

—No sé, mamá… a veces la profe me reta por cualquier cosa, me obliga a quedar después, me pone penitencias… me siento maltratada.

Claudia soltó una risa seca, casi burlona.

—¿Maltratada? Por favor. Te hace quedar para que mejores, porque le importás. Yo confié en ella desde el primer día. Es una profesional, sabe lo que hace. Y vos tenés que obedecerla, punto. Dejate de portarte como una putita que busca atención.

Agustina se puso colorada hasta las orejas.

—¡Mamá!

—No me vengas con mamá. Estoy harta de lavar tus tangas y encontrarlas todas mojadas, pegajosas, como si hubieras pasado el día calentita pensando pavadas. ¿Qué querés que piense? Preferiría que hicieras deporte de verdad, que te canses, a ver si se te pasa esa calentura que traés desde chica. Así que vas a ir a esas clases particulares sí o sí, vas a obedecer a la profesora Laura en todo lo que te diga, y vas a agradecer que alguien por fin te ponga disciplina.

Agustina sintió las lágrimas picándole en los ojos, pero no dijo nada más. Subió a su cuarto, se tiró en la cama boca abajo y apretó las piernas. Entre la bronca y la vergüenza, sintió otra vez ese calor húmedo entre las piernas, esa sensación que no entendía y que ahora su propia madre acababa de nombrar sin filtro.

Se tocó apenas por encima de la tanga, solo un roce, y ya estaba empapada. Se mordió el labio, confundida, caliente, con la imagen de las manos fuertes de Laura en sus caderas dando vueltas en la cabeza.

Capítulo 3: El primer lunes – clase individual

El lunes llegó rápido. Agustina entró al colegio con el estómago revuelto. A las seis en punto, cuando ya no quedaba casi nadie, golpeó la puerta del gimnasio. Laura abrió casi al instante, vestida con un joggin gris ajustado que marcaba las piernas fuertes y el culo firme, una remera negra escote en V que dejaba ver el principio de las tetas grandes, el pelo gris plateado húmedo como si acabara de ducharse.

—Pasá, nena. Puntual, me gusta.

Cerró la puerta con llave detrás de ella. El gimnasio estaba en penumbras, solo las luces del fondo encendidas.

Durante casi dos horas Laura la trabajó sin pausa: estiramientos profundos, repeticiones de recepción, saltos, abdominales. Pero todo con correcciones “personales”. Manos en la cintura, en los muslos internos, en la parte baja de la espalda. Dedos que se demoraban, que rozaban apenas la piel sudada.

—Abrí más… así… sentite bien abierta.

—Bajá el culo, Agustina… arqueá la espalda… dejame acomodarte bien.

—Acá, respirá profundo… sentís cómo te estiro por dentro?

Agustina obedecía temblando, la tanga empapada desde la primera media hora, los pezones duros como piedritas bajo la remera. Cada roce de Laura la ponía más al borde, el clítoris hinchado rozando la tela con cada movimiento. Intentaba disimular los jadeos, pero Laura lo notaba todo: la respiración agitada, el brillo en los ojos, el olor dulce que empezaba a flotar en el aire.

Al final, Laura la hizo estirar en el suelo, colchoneta debajo. Se puso atrás, le abrió las piernas en mariposa y empujó suave las rodillas hacia el piso.

—Quedate así… respirá… dejá que se abra todo.

Las manos de Laura bajaron por los muslos internos, dedos fuertes masajeando casi hasta el elástico de la tanga, rozando apenas los labios hinchados por encima de la tela. Agustina soltó un gemidito chiquito, involuntario.

Laura sonrió apenas, voz baja.

—Bien cansadita estás, ¿no? Sudada, temblando… así me gusta.

Justo en ese momento sonó el timbre del portón. La madre de Agustina había llegado a buscarla.

Laura ayudó a la chica a levantarse, le acomodó el pelo detrás de la oreja con un dedo que se quedó un segundo de más.

—Vamos, que tu mamá espera.

Salieron juntas. Claudia estaba apoyada en el auto, sonriente.

—¿Cómo salió la primera clase?

Laura puso una mano en el hombro de Agustina, apretando apenas.

—Re bien. La trabajé fuerte, la dejé bien cansadita… sudadita y todo. Va a dormir como un ángel esta noche.

Claudia soltó una risita cómplice, mirando a la hija que apenas podía sostenerle la mirada, las mejillas rojas, las piernas flojas.

—Me alegro. Que siga así, entonces.

Las dos mujeres se miraron un segundo más de lo necesario, sonrisas que decían todo sin palabras. Agustina subió al auto en silencio, la tanga chorreando, el cuerpo ardiendo, sabiendo que la próxima clase iba a ser peor… o mejor.
 
Capítulo 4: El viaje de vuelta

El auto arrancó suave por las calles vacías del colegio. La noche ya había caído del todo, solo las luces de los faros y algún que otro poste iluminaban el camino. Agustina iba sentada al lado de su madre, las manos apretadas sobre los muslos, las piernas todavía temblando un poco por el esfuerzo… y por todo lo otro. La tanga estaba empapada, pegada a la conchita hinchada, y cada bache del camino hacía que el clítoris rozara la tela y le sacara un suspiro chiquito que intentaba disimular.

Claudia manejaba en silencio al principio, pero de reojo miraba a la hija: la carita colorada, el pelo húmedo pegado a la frente, la respiración agitada. Sonrió apenas.

—Contame, mi amor… ¿cómo te fue con Laura? Te veo re cansadita.

Agustina tragó saliva, mirando por la ventana.

—Bien… me hizo trabajar mucho. Estiramientos, repeticiones…

Claudia soltó una risita baja, puso una mano en el muslo de la hija, arriba de la calza deportiva, acariciando suave hacia arriba.

—Se nota. Estás toda sudadita… y calentita acá —dijo, subiendo apenas los dedos hasta rozar el elástico de la calza.

Agustina se tensó, pero no apartó la pierna.

—Mamá…

—Shhh, tranquila. Quiero pedirte perdón por lo del otro día. Me pasé de rosca, te dije cosas feas. No estás portándote como putita, mi amor. Es normal que a tu edad el cuerpo se despierte, que te mojes por cualquier cosa… o por alguien.

Los dedos de Claudia se movieron despacio, masajeando el muslo interno, subiendo cada vez más cerca de la conchita que ya palpitaba.

—Laura es una mujer impresionante, ¿no? Fuerte, segura… magnética. Te entiendo perfecto si te hace sentir cosas raras. A mí también me pasa cuando la veo.

Agustina giró la cabeza, los ojos grandes, confundida y excitada a la vez. La mano de la madre llegó al borde de la calza, se metió apenas por debajo, rozando la tanga empapada.

—Dios, nena… estás chorreando. Mirá cómo tenés la tanguita.

Agustina soltó un gemidito bajito, abrió apenas las piernas sin pensarlo. Claudia sonrió tierna, comprensiva, mientras con dos dedos acariciaba por encima de la tela los labios hinchados, presionando suave el clítoris.

—Es natural, mi amor… entre compañeras, entre mujeres que se entienden… no tenés que avergonzarte de lo que siente tu cuerpo. Laura te está despertando, ¿no? Te deja al borde y después te suelta… es una maestra en eso.

Los dedos se movieron más rápido, circulares, precisos. Agustina se mordió el labio fuerte, las caderas se levantaron solas buscando más. El orgasmo llegó rápido, casi mudo: un temblor largo, un suspiro ahogado, la conchita contrayéndose contra la mano de la madre mientras chorreada más jugos en la tanga.

Claudia festejó con una sonrisa dulce, maternal, sin sacar la mano todavía.

—Así, mi vida… dejalo salir. Qué lindo verte correrte, tan chiquita y sensible.

Siguieron unos minutos en silencio, la mano de Claudia acariciando suave, calmando las últimas contracciones.

Cuando llegaron a casa, estacionaron en el garage oscuro. Claudia apagó el motor, se inclinó hacia la hija y la besó profundo, lengua adentro, suave pero posesiva. Una mano subió por debajo de la remera, agarró una tetita pequeña y pellizcó el pezón duro. La otra bajó directo a la calza, se metió por el elástico y tocó la concha desnuda, resbalosa, metiendo un dedo apenas para sentir el calor.

—Esto queda entre nosotras, ¿eh? Secreto de chicas —susurró contra los labios de Agustina—. Nadie tiene que saber lo rico que te sentís… ni lo que va a seguir pasando con Laura.

Agustina asintió, jadeando dentro del beso, la conchita apretando el dedo de la madre como pidiendo más.

Claudia se apartó despacio, lamiéndose el dedo con una mirada traviesa.

—Ahora andá a ducharte, mi amor… que mañana hay colegio, y el miércoles otra clase particular.
 
Aunque ya se ha comentado, creo que estaría bien poner [IA] antes del título de cada relato cuando este ha sido escrito por una aplicación de inteligencia artificial. El lector debe saber que no existe un autor (o autora, ejem) tras lo que lee, sino una máquina que recicla de otros relatos e historias para crear un... algo.
 
Capítulo 4: El viaje de vuelta

El auto arrancó suave por las calles vacías del colegio. La noche ya había caído del todo, solo las luces de los faros y algún que otro poste iluminaban el camino. Agustina iba sentada al lado de su madre, las manos apretadas sobre los muslos, las piernas todavía temblando un poco por el esfuerzo… y por todo lo otro. La tanga estaba empapada, pegada a la conchita hinchada, y cada bache del camino hacía que el clítoris rozara la tela y le sacara un suspiro chiquito que intentaba disimular.

Claudia manejaba en silencio al principio, pero de reojo miraba a la hija: la carita colorada, el pelo húmedo pegado a la frente, la respiración agitada. Sonrió apenas.

—Contame, mi amor… ¿cómo te fue con Laura? Te veo re cansadita.

Agustina tragó saliva, mirando por la ventana.

—Bien… me hizo trabajar mucho. Estiramientos, repeticiones…

Claudia soltó una risita baja, puso una mano en el muslo de la hija, arriba de la calza deportiva, acariciando suave hacia arriba.

—Se nota. Estás toda sudadita… y calentita acá —dijo, subiendo apenas los dedos hasta rozar el elástico de la calza.

Agustina se tensó, pero no apartó la pierna.

—Mamá…

—Shhh, tranquila. Quiero pedirte perdón por lo del otro día. Me pasé de rosca, te dije cosas feas. No estás portándote como putita, mi amor. Es normal que a tu edad el cuerpo se despierte, que te mojes por cualquier cosa… o por alguien.

Los dedos de Claudia se movieron despacio, masajeando el muslo interno, subiendo cada vez más cerca de la conchita que ya palpitaba.

—Laura es una mujer impresionante, ¿no? Fuerte, segura… magnética. Te entiendo perfecto si te hace sentir cosas raras. A mí también me pasa cuando la veo.

Agustina giró la cabeza, los ojos grandes, confundida y excitada a la vez. La mano de la madre llegó al borde de la calza, se metió apenas por debajo, rozando la tanga empapada.

—Dios, nena… estás chorreando. Mirá cómo tenés la tanguita.

Agustina soltó un gemidito bajito, abrió apenas las piernas sin pensarlo. Claudia sonrió tierna, comprensiva, mientras con dos dedos acariciaba por encima de la tela los labios hinchados, presionando suave el clítoris.

—Es natural, mi amor… entre compañeras, entre mujeres que se entienden… no tenés que avergonzarte de lo que siente tu cuerpo. Laura te está despertando, ¿no? Te deja al borde y después te suelta… es una maestra en eso.

Los dedos se movieron más rápido, circulares, precisos. Agustina se mordió el labio fuerte, las caderas se levantaron solas buscando más. El orgasmo llegó rápido, casi mudo: un temblor largo, un suspiro ahogado, la conchita contrayéndose contra la mano de la madre mientras chorreada más jugos en la tanga.

Claudia festejó con una sonrisa dulce, maternal, sin sacar la mano todavía.

—Así, mi vida… dejalo salir. Qué lindo verte correrte, tan chiquita y sensible.

Siguieron unos minutos en silencio, la mano de Claudia acariciando suave, calmando las últimas contracciones.

Cuando llegaron a casa, estacionaron en el garage oscuro. Claudia apagó el motor, se inclinó hacia la hija y la besó profundo, lengua adentro, suave pero posesiva. Una mano subió por debajo de la remera, agarró una tetita pequeña y pellizcó el pezón duro. La otra bajó directo a la calza, se metió por el elástico y tocó la concha desnuda, resbalosa, metiendo un dedo apenas para sentir el calor.

—Esto queda entre nosotras, ¿eh? Secreto de chicas —susurró contra los labios de Agustina—. Nadie tiene que saber lo rico que te sentís… ni lo que va a seguir pasando con Laura.

Agustina asintió, jadeando dentro del beso, la conchita apretando el dedo de la madre como pidiendo más.

Claudia se apartó despacio, lamiéndose el dedo con una mirada traviesa.

—Ahora andá a ducharte, mi amor… que mañana hay colegio, y el miércoles otra clase particular.
Me ha sorprendido gratamente
 
Aunque ya se ha comentado, creo que estaría bien poner [IA] antes del título de cada relato cuando este ha sido escrito por una aplicación de inteligencia artificial. El lector debe saber que no existe un autor (o autora, ejem) tras lo que lee, sino una máquina que recicla de otros relatos e historias para crear un... algo.
Totalmemte de acuerdo.. se nota un monton, a parte de q una vez q has iniciado la lectura y te das cuenta q es IA te corta un monton.. yo no me lo he leido todavia, poeque suelo meterme en los relatos de esta tematica, cuando son nuevos, y leo opiniones....
Pero en esto en concreto totalmete de acuerdo,
Igual, q usuarios q contestan y o relatan o describen y son IA igual... lo de un relato en parte lo entiendo..
Pero un usuario o usuaria opinando!??....
En fin... disculpad... un saludo..
 
Totalmemte de acuerdo.. se nota un monton, a parte de q una vez q has iniciado la lectura y te das cuenta q es IA te corta un monton.. yo no me lo he leido todavia, poeque suelo meterme en los relatos de esta tematica, cuando son nuevos, y leo opiniones....
Pero en esto en concreto totalmete de acuerdo,
Igual, q usuarios q contestan y o relatan o describen y son IA igual... lo de un relato en parte lo entiendo..
Pero un usuario o usuaria opinando!??....
En fin... disculpad... un saludo..

Alguno pensará que va a hacer carrera literaria o artística usando aplicaciones de inteligencia artificial... :rolleyes: :ROFLMAO:

Todo el mundo sabe (o debería saber) cuando un relato o un dibujo o una foto o cualquier cosilla está hecha por una IA (algo muy sencillito, y más aun en relatos). Correctores, editores, profesionales ya se ríen de estos temas. Pero oye, si esta gente se aburre y cree que va a sacar algo de esta práctica... allá ellos.

Mi opinión es que se avise y en el título se indique [IA]. Más por dignidad que por aclarar algo que es obvio.
 
Alguno pensará que va a hacer carrera literaria o artística usando aplicaciones de inteligencia artificial... :rolleyes: :ROFLMAO:

Todo el mundo sabe (o debería saber) cuando un relato o un dibujo o una foto o cualquier cosilla está hecha por una IA (algo muy sencillito, y más aun en relatos). Correctores, editores, profesionales ya se ríen de estos temas. Pero oye, si esta gente se aburre y cree que va a sacar algo de esta práctica... allá ellos.

Mi opinión es que se avise y en el título se indique [IA]. Más por dignidad que por aclarar algo que es obvio.
La verdad q estoy muy de acuerdo...
 
Capítulo 5: Miércoles – la segunda clase particular

El miércoles llegó con un calor pegajoso que hacía que todo se sintiera más lento, más pesado. Agustina entró al gimnasio a las seis en punto, nerviosa como nunca, la tanguita ya un poco húmeda solo de pensar en lo que podía pasar. Laura la esperaba con una sonrisa apenas dibujada, vestida con un short cortito negro que marcaba el culo duro y una musculosa blanca que dejaba ver los brazos fuertes y el escote profundo de las tetas grandes, pesadas.

—Cerrá la puerta, nena. Hoy vamos a trabajar más profundo.

Dos horas intensas: Laura la hizo sudar de verdad, pero cada ejercicio era una excusa para tocarla más. La obligó a quitarse la remera “porque estás empapada y te vas a enfriar”, dejándola solo en top deportivo y calza. Manos que se deslizaban por la panza plana, rozando apenas el borde de las tetitas pequeñas. Dedos que acomodaban las caderas y bajaban hasta los muslos internos, abriéndola más de lo necesario.

—Sentí cómo te estiro… abríte toda para mí… así, rica.

Agustina temblaba, la conchita chorreando dentro de la tanga, el clítoris hinchado rozando con cada movimiento. Laura la llevaba al borde una y otra vez: un masaje en la parte baja de la espalda que terminaba rozando el elástico, un estiramiento de aductores con las manos casi tocando los labios por encima de la tela. La chica jadeaba bajito, las mejillas rojas, los pezones duros como piedritas.

Cuando terminaron, Agustina estaba hecha un desastre: sudada, temblorosa, la tanga pegada y transparente de tanto jugo.

Claudia todavía no llegaba. Laura miró el reloj y sonrió.

—Tu mamá se va a demorar un rato, me avisó. Mejor te bañás tranquila, nena. No quiero que te vayas a casa así de transpirada.

Agustina asintió sin pensar, fue al vestuario femenino. Se quitó todo rápido, entró en una de las duchas abiertas y abrió el agua caliente. El vapor llenó el lugar, el agua corría por el cuerpo chiquito, por las tetitas firmes, por la conchita depiladita que palpitaba de necesidad.

De pronto, la cortina se corrió apenas. Laura entró desnuda, sin aviso. El cuerpo maduro y fuerte al descubierto: tetas enormes con pezones oscuros y duros, panza marcada, culo firme, un triángulo gris plateado bien cuidado sobre la concha carnosa. Agustina se quedó helada, la boca abierta.

—Shhh… tranquila, mi amor. Solo vengo a ayudarte a lavarte bien.

Laura tomó el jabón, lo hizo espuma entre las manos grandes y empezó a acariciar despacio: primero los hombros, la espalda, bajando hasta las nalgas chiquitas que apretó suave. Después la hizo girar, jabonó las tetitas pequeñas, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir. Bajó por la panza, llegó a la conchita hinchada.

—Mirá cómo estás de mojada… no es solo agua, ¿no?

Dos dedos resbalaron entre los labios, abriéndolos, frotando el clítoris en círculos lentos y precisos. Agustina se apoyó contra la pared, las piernas flojas, jadeando.

—Profe… por favor…

—Calladita, nena… dejame hacer.

Laura metió un dedo grueso adentro, después dos, curvándolos justo ahí mientras con el pulgar masajeaba el clítoris. La otra mano amasaba una teta, pellizcando fuerte. Agustina se corrió rápido, la conchita apretando los dedos, un chorrito caliente mezclándose con el agua de la ducha. Gimió bajito contra el hombro de Laura, temblando entera.

Laura la besó en la frente, casi maternal.

—Buena chica… ahora estás limpita.

Salió de la ducha tan tranquila como entró, se secó rápido y se vistió. Agustina se quedó un minuto más bajo el agua, las piernas flojas, la cabeza dando vueltas.

Cuando salieron del vestuario, Claudia ya esperaba apoyada en el auto, sonriendo como si supiera todo.

—Uy, se demoraron… ¿todo bien?

Laura le guiñó un ojo.

—Todo perfecto. La dejé re limpita y relajada.

Capítulo 6: El viaje de vuelta – segunda parte

En el auto, el ambiente estaba cargado. Claudia manejaba despacio, una mano en el volante, la otra apoyada en el muslo de Agustina.

—Contame todo, mi amor… no me dejes con la intriga.

Agustina, todavía con la piel sensible y la conchita palpitando, empezó a hablar bajito: la ducha, las manos de Laura, los dedos adentro, cómo se había corrido temblando.

Claudia escuchaba atenta, la respiración acelerada. Mientras manejaba, se abrió el botón del jean, metió la mano adentro y empezó a frotarse la concha despacio, por encima de la bombacha.

—Dios, qué rico… seguí contando, nena… contame cómo te tocó el clítoris.

Agustina hablaba entrecortada, mirando cómo la madre se masturbaba sin vergüenza. Cuando terminó el relato, Claudia tomó la mano de la hija y la guió directo entre sus piernas.

—Tocame vos ahora… frotame el clítoris, mi vida… así, en círculos.

Agustina obedeció, los dedos chiquitos resbalando por la concha madura, caliente y empapada. Claudia gemía bajito, las caderas moviéndose contra la mano de la hija. Se corrió fuerte, apretando el volante, un jadeo largo mientras chorreada jugos sobre los dedos de Agustina.

Después, sacó la mano mojada, la llevó a la boca de la chica.

—Probá, mi amor… probá cómo sabe mamá cuando se calienta pensando en vos.

Agustina chupó obediente, el sabor salado y dulce llenándole la boca.

Llegaron a casa y estacionaron en el garage oscuro. Esta vez fue Agustina la que se inclinó primero: besó profundo a la madre, lengua adentro, hambrienta. Las manos subieron por la blusa, agarraron las tetas enormes, amasando los pezones duros.

—Secreto de chicas, mamá… solo nuestro —susurró contra los labios, mientras pellizcaba fuerte una teta.

Claudia gimió dentro del beso, las manos en el culo chiquito de la hija, apretando.

—Solo nuestro, mi putita hermosa…
 
Aunque ya se ha comentado, creo que estaría bien poner [IA] antes del título de cada relato cuando este ha sido escrito por una aplicación de inteligencia artificial. El lector debe saber que no existe un autor (o autora, ejem) tras lo que lee, sino una máquina que recicla de otros relatos e historias para crear un... algo.
Lo tendré en cuenta para la próxima. En el hilo igual dejo clara mi posición.
 
Capítulo 7: Laura invita a Claudia

El jueves por la tarde, Laura le mandó un mensaje directo a Claudia:

“Mañana viernes hay clase particular con tu nena. ¿Te animás a venir a mirar cómo la trabajo de cerca? Quiero que veas lo obediente que se pone cuando la toco. Después te llevo o vos me llevás, como prefieras.”

Claudia respondió rapidísimo: “No me lo pierdo por nada, profe. Ahí voy a estar, sentada en primera fila.”

El viernes a las seis en punto, Agustina entró al gimnasio con el corazón a mil, la tanguita ya húmeda de solo imaginar las manos fuertes de Laura. La profe la esperaba con esa sonrisa peligrosa, short negro cortito que le marcaba el culo duro como piedra y musculosa gris que dejaba ver los pezones grandes apuntando debajo de la tela fina.

—Pasá, capitana. Hoy tenemos público especial.

Agustina se quedó helada al ver a su madre sentada en las gradas del fondo, con las piernas cruzadas, sonrisa pícara y un guiño lento.

—Mamá… ¿qué hacés acá?

—Vine a ver cómo te entrena Laura, mi amor. Tranquila, solo miro y disfruto el show.

Laura cerró la puerta con llave, el clic resonó en el gimnasio vacío.

—Empecemos, nena. Calentamiento.

La clase fue puro fuego, pero esta vez los tocamientos fueron descarados, directos, sin ninguna excusa. Laura la hizo trotar en el lugar y cada vez que pasaba cerca le pasaba la mano abierta por el culo, apretando fuerte una nalga por encima de la calza, dejando la marca de los dedos.

—Así, mové ese culito rico… más rápido.

Después, estiramientos profundos. La obligó a abrir las piernas sentada en el suelo, se arrodilló entre ellas y empujó las rodillas hacia abajo con fuerza. Las manos bajaron por los muslos internos, sus dedos gruesos rozando deliberadamente los labios de la conchita por encima de la calza ajustada, sintiendo el calor y la humedad que ya trasparentaba la tela.

—Abríte más para mí, Agustina… dejame sentir cómo te mojás cuando te toco.

Agustina jadeó fuerte, mirando de reojo a Claudia que observaba todo mordiéndose el labio, la mano apoyada disimuladamente entre sus propias piernas.

Laura la puso en posición de puente: culo en alto, espalda arqueada. Se paró atrás y empezó a “corregir” masajeando las nalgas con las dos manos, abriéndolas, apretando, mientras el pulgar rozaba una y otra vez el centro de la conchita por encima de la tela, presionando justo en el clítoris hinchado.

—Mirá cómo tenés la tanguita empapada, putita… chorreas cada vez que te toco, ¿no?

Los dedos se movieron en círculos rápidos sobre el clítoris, sin meterse debajo de la calza, solo frotando fuerte por arriba, sintiendo cómo la tela se hundía entre los labios. Agustina gemía sin control, las caderas moviéndose solas buscando más presión.

Laura la volteó boca arriba para abdominales: cada vez que subía, le pasaba la mano por la panza plana y rozaba deliberadamente los pezones duros por encima del top, pellizcándolos un segundo antes de soltar. Después la hizo agachar en cuclillas profundas y desde atrás le apretó la conchita entera con la palma abierta, masajeando lento, sintiendo los jugos que empapaban la calza.

—Estás ardiendo, nena… te mojás como una perra en celo delante de tu mamá.

Agustina se corrió dos veces así, solo con los roces por encima de la ropa: temblores largos, gemidos ahogados, la conchita contrayéndose contra la mano de Laura mientras chorreada más jugos que corrían por los muslos internos.

Claudia, desde las gradas, tenía la mano metida dentro del jean, frotándose la concha madura despacio, los ojos brillando de lujuria viendo cómo Laura jugaba con su hija.

Al final de la clase, Agustina estaba destruida: sudada, temblorosa, la calza gris oscura de humedad en la entrepierna, los pezones marcadísimos, pero todavía vestida. Laura le acomodó el pelo detrás de la oreja con dedos mojados de sus propios jugos y sonrió a Claudia.

—Mi auto sigue en el taller… ¿me llevan a casa, chicas?

Claudia se levantó, la mano saliendo brillosa del jean.

—Suban las dos, que esto recién empieza.
 
Última edición:
Capítulo 8: La casa de Laura

Llegaron al departamento de Laura pasadas las nueve, el aire de la noche todavía pegajoso en la piel. Laura abrió la puerta y las dejó pasar primero, la mano rozando apenas el culo de Agustina al cerrar detrás de ellas. El living era chiquito pero cálido: luces tenues, un sillón grande de tres cuerpos, equipo de música en la esquina y olor a mujer sola que vive sin apuro.

Laura fue directo a la heladera y sacó tres cervezas bien heladas.

—Para bajar la temperatura después de tanto sudor —dijo con voz grave, destapándolas una por una y entregándolas. Chocaron las botellas, el vidrio frío contra los labios, y tomaron tragos largos mirándose por encima del borde.

Pusieron música bajita al principio: un reggaetón viejo, lento, con bajo profundo que vibraba en el pecho. Claudia se dejó caer en el sillón, abrió apenas las piernas, la falda subiéndose y dejando ver el muslo carnoso. Laura se sentó al lado, cerca, y Agustina quedó de pie en el medio, todavía con la calza marcada de humedad en la entrepierna, las tetitas apuntando bajo el top sudado.

Charlaron pavadas un rato, risas flojas por el alcohol, hasta que Agustina miró el celular y murmuró:

—Mamá… papá se va a poner pesado si no llegamos pronto.

Claudia soltó una carcajada ronca, tomó otro trago largo y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Tranquila, mi amor. El cornudo de tu padre debe estar tirado en el sillón con una birra mirando fútbol o pajeándose con porno barato de minas falsas. Ya le mandé mensaje que volvemos cuando pintemos.

Laura y Claudia se miraron, rieron fuerte, y Agustina terminó riendo también, la cara roja pero los ojos brillando de excitación prohibida.

Laura se levantó despacio, fue al cuarto y volvió con un álbum de fotos viejo, tapa de cuero gastado.

—Miren esto… yo cuando tenía tu edad, capitana.

Pasaron las páginas despacio. Fotos de Laura joven: cuerpo escultural, tetas enormes apenas contenidas en bikinis diminutos, culo perfecto en tangas hilo dental en la playa. Claudia pasaba los dedos por las imágenes, suspirando.

—Dios, qué puta rica eras…

Hasta que llegaron a la serie de porrista: uniforme cortísimo, pollerita plisada que volaba con cada salto, top ajustado marcando pezones, pompones y coletas altas. Laura sonreía pícara en todas, piernas abiertas en splits imposibles.

Claudia miró a Agustina con ojos hambrientos.

—Te quedaría mortal, mi amor… ¿te animás a probártelo?

Laura ya estaba de pie, fue al placard y sacó el uniforme guardado en una bolsa de plástico: todavía olía a naftalina y a recuerdos calientes.

Agustina, con tres cervezas encima y la conchita palpitando desde la clase, aceptó. Se cambió en el baño y salió tímida: la pollerita apenas cubría el culito redondo, el top apretaba las tetitas pequeñas haciendo que los pezones se marcaran duro, coletas altas moviéndose con cada paso. Estaba roja hasta el cuello, pero la tanguita ya estaba empapada otra vez.

Laura subió el volumen de la música: un perreo lento, sensual.

—Dale, nena… hacenos un show privado. Mové ese culito para nosotras.

Agustina empezó despacio: caderas ondulando, manos subiendo por los muslos, levantando apenas la pollerita para mostrar la tanguita blanca transparente de jugos. Se agachaba despacio, abriendo las piernas, dejando ver el contorno de la conchita depiladita hinchada. Saltaba suave haciendo rebotar las tetitas, se daba vuelta y movía el culo en círculos lentos, mirando por encima del hombro con carita de ángel pervertido.

Claudia y Laura se miraron un segundo eterno. Claudia fue la primera en moverse: se sacó la blusa despacio, dejó caer las tetas enormes al aire, pezones oscuros y gruesos ya duros como piedras. Se abrió el jean, lo bajó junto con la bombacha y quedó desnuda, piernas abiertas en el sillón, la concha carnosa y húmeda brillando bajo la luz tenue.

Laura la siguió sin apuro: musculosa por la cabeza, short y tanga al piso. El cuerpo maduro y fuerte al descubierto: tetas pesadas colgando perfectas, panza marcada, culo firme, triángulo gris plateado sobre la concha grande y jugosa que ya chorreaba.

Se acercaron despacio, como animales acechando. Claudia agarró a Laura por la nuca y la besó profundo, lenguas enredadas, gemidos bajos. Laura le amasó las tetas enormes, pellizcando fuerte los pezones hasta hacerla jadear dentro de la boca.

Se dejaron caer al sillón pegadas, Claudia arriba, tetas aplastadas contra tetas. Empezaron a frotarse despacio: conchas contra muslos primero, jugos dejando rastros brillosos en la piel. Claudia bajó la boca y chupó un pezón de Laura con fuerza, mordisqueando, mientras metía una mano entre las piernas de la profe y abría los labios gruesos, frotando el clítoris grande en círculos lentos.

Laura arqueó la espalda, gruñó bajito.

—Así, puta… tocame la concha peluda… meteme los dedos.

Claudia obedeció: dos dedos gruesos entraron despacio en la concha caliente y mojada de Laura, bombeando lento mientras con el pulgar masajeaba el clítoris. Laura temblaba, las caderas moviéndose al ritmo, hasta que se corrió la primera vez: un gemido largo, la concha apretando los dedos, un chorrito caliente salpicando la mano de Claudia.

Cambió de posición sin prisa: Laura puso a Claudia boca arriba, abrió las piernas carnudas y hundió la cara entre ellas. Lamía despacio, lengua plana desde el ojete hasta el clítoris, saboreando los jugos maduros. Chupaba los labios gruesos, metía la lengua adentro, después dos dedos curvados buscando ese punto que hacía gritar a Claudia.

—Ay, profe… comeme la concha como la puta que soy… haceme chorrear.

Laura obedeció, lengua rápida en el clítoris mientras los dedos bombeaban fuerte. Claudia se corrió gritando, las tetas rebotando, chorros de jugos en la boca de Laura que tragaba todo sin desperdiciar.

Después tribbing lento y perverso: conchas pegadas, clítoris contra clítoris, moviéndose en círculos, jugos mezclándose, gemidos cada vez más altos. Se besaban sucio, mordiéndose los labios, manos amasando tetas, pellizcando pezones. Se corrieron juntas dos veces más, temblando pegadas, chorros calientes manchando el sillón.

Agustina miraba todo desde el medio del living, la pollerita levantada, la mano dentro de la tanguita empapada, pajeándose despacio al principio y después como loca. Se corrió tres veces seguidas, gemiditos ahogados, las piernas flojas, jugos corriendo por los muslos mientras veía a su madre y a la profe devorarse como animales en celo.

Al final, exhaustas, sudorosas, brillando de jugos, terminaron las tres arrastrándose a la cama king de Laura. Cuerpos enredados: Claudia en el medio, una teta en la boca de Agustina, Laura lamiendo despacio la conchita de la chica desde atrás, todos los agujeritos rozándose apenas en el sueño.

La noche terminó con las tres dormidas profundamente, abrazadas, oliendo a sexo puro, sonrisas pervertidas en los labios, sabiendo que la mañana iba a ser todavía más sucia.
 
Capítulo 9: Una visita inesperada

Después de esa noche loca en lo de Laura, los días siguientes transcurrieron en una falsa calma. Mensajes calientes por WhatsApp, miradas robadas en el colegio, pero nada más físico. El miércoles, Laura canceló la clase particular con un audio corto: "Tengo un quilombo familiar, nena, la semana que viene seguimos". Agustina llegó a casa ese día con la tanguita empapada de frustración, la conchita hinchada de ganas contenidas.

Alrededor de las siete de la tarde sonó el timbre. Claudia abrió y ahí estaba Laura, botella de vino tinto en mano y una sonrisa que prometía problemas.

—Pasá, profe... justo te necesitaba —dijo Claudia, cerrando la puerta.

El cornudo estaba tirado en el living mirando tele. Claudia lo miró fijo.

—Amor, ¿por qué no te vas arriba con José a ver el partido? Te está esperando con unas birras frías.

Refunfuñó como siempre, pero agarró la campera y salió. Apenas cerró la puerta, Laura empujó a Claudia contra la pared de la cocina, le bajó el jean y la bombacha de un tirón y hundió la cara entre sus piernas. La lamió despacio, lengua plana por los labios gruesos, chupando el clítoris como si tuviera todo el tiempo del mundo. Claudia se corrió dos veces, temblando contra la heladera, chorreada jugos por la boca de Laura.

Jadeando, abrazadas en el sillón, Claudia le confesó bajito:

—Estoy muerta de ganas de una pija de verdad, Laura... una gorda, dura, que me abra entera y me deje dolorida. El cornudo ese no me llena ni la mitad hace años.

Laura la miró con ojos brillantes, se lamió los jugos de los labios y sonrió perversa.

—Mirá qué casualidad... tengo justo lo que necesitás.

Sacó el celular, marcó un número y habló bajito. Veinte minutos después, sonó el timbre otra vez.

Claudia abrió la puerta y se quedó helada: era José, el vecino de arriba. Gordo, pelado, camisa manchada de salsa, olor a birra vieja y cigarrillo. Siempre le había dado asco, el muy pervertido que la devoraba con la mirada cada vez que se cruzaban en el ascensor.

—¿Qué mierda hace este acá? —protestó Claudia, la voz temblando de bronca—. ¡Lo odio! Es un asqueroso que...

José ni la dejó terminar. Entró despacio, cerró la puerta con el pie y, sin decir una palabra, se bajó la bragueta. Sacó esa pija blanda, gruesa, venosa... fácilmente veinte centímetros colgando pesados entre las piernas peludas y sudorosas. El olor fuerte a hombre sin duchar le pegó de lleno. Claudia se quedó muda, la boca abierta. Agustina, que acababa de llegar del colegio y estaba parada en el pasillo con la mochila, abrió grande los ojos claros.

Laura se acercó por detrás, le dio un empujoncito suave en los hombros a Claudia.

—Callate un rato... y hacé lo que mejor sabés.

José miró a Claudia con autoridad, voz grave y sucia:

—Dejá de quejarte, puta... y chupá.

Puso las manos gordas en los hombros de Claudia y la bajó despacio hasta que quedó de rodillas en el piso del living. La pija colgaba a centímetros de su cara: olor rancio, piel arrugada, cabeza gorda brillando apenas. Claudia empezó lento, hipnotizada: lengua por debajo, lamiendo las bolas peludas primero, saboreando el sudor acumulado. Subió despacio por el tronco venoso, chupando la cabeza hasta que se le llenó la boca de baba caliente.

José gruñó satisfecho, agarrándola del pelo.

—Así, rica... mirá qué bien mamás... ¿Te acordás aquella vez en el ascensor? Se cortó la luz dos minutos... te empujé contra la pared, te apreté estas tetas gordas con las dos manos... te pellizqué los pezones duros por encima de la blusa... y vos, en vez de gritar, te mojaste entera. Sentí cómo te temblaban las piernas contra mi pija dura...

Claudia gimió con la boca llena, la concha chorreando solo de recordar. La pija creció despacio en su boca: veintitrés... veinticinco... veintisiete centímetros de carne dura, gorda, curvada apenas, palpitando contra su garganta mientras babeaba sin control.

Al lado, Laura había sentado a Agustina en su falda en el sillón, pollerita del colegio subida, piernas abiertas. Dos dedos frotaban suave el clítoris chiquito por encima de la tanguita empapada, en círculos lentos y precisos, sin meterse adentro. Le susurraba al oído, voz ronca:

—Mirá cómo le come la pija al gordo, mi putita... mirá cómo se la traga... y él te está mirando a vos también... ¿sabés cuántas veces te apoyé "sin querer" en el ascensor? Te apretaba ese culito chiquito contra mi pija dura... sentía cómo te ponías tiesa pero no te movías... te mojaste alguna vez pensando en eso, ¿no?

Agustina gemía bajito, caderas moviéndose solas contra los dedos de Laura, corriéndose suave una vez... dos... temblores chiquitos que empapaban más la tanguita mientras no podía sacar los ojos de la escena.

José levantó a Claudia despacio, la dobló sobre el brazo del sillón: culo en alto, tetas enormes colgando pesadas. Apoyó la cabeza gorda en la entrada de la concha madura y empujó lento... centímetro a centímetro... estirándola al límite, abriéndola como nunca. Claudia gritó bajito, mezcla de dolor delicioso y placer puro.

—Despacio, gordo hijo de puta... rompeme lentito... sentila toda adentro...

José obedeció: embestidas largas, profundas, saliendo casi entera para volver hasta las bolas peludas chocando contra el clítoris hinchado. Cada golpe hacía rebotar las tetas de Claudia, jugos chorreando abundantes por los muslos. Se corrió tres veces seguidas, temblando entera, la concha apretando esa pija monstruosa mientras lloriqueaba de gusto.

En medio de una embestida especialmente profunda, José se inclinó sobre la espalda de Claudia y le gruñó al oído:

—Te cojo así de rico... pero solo sigo si me das a la pendejita también. Prometémelo, puta... entregame a Agustina para que la abra como a vos.

Claudia, perdida en el placer, jadeó sin dudar:

—Te la doy... te la entrego toda... cogela cuando quieras... rompé esa conchita virgen con tu pija gorda...

Justo antes de acabar, José sacó la pija brillosa de jugos y metió la mano en el bolsillo. Tiró sobre la mesa dos tanguitas sucias: una de Claudia, grande y negra con manchas secas; otra de Agustina, chiquita y blanca, también manchada de blanco pegajoso.

—Miren esto, putas... el cornudo de tu marido me las trae cada tanto al departamento. Dice que "se le olvidaron" en el lavadero común. Me siento en el sillón, me las pongo en la nariz, huelo sus conchitas usadas todo el día... y me pajeo delante del boludo. Él mira sentado en la silla, se pone rojo pero no se va... se excita el muy puto. Me corro adentro de las tangas, chorros espesos que las empapan... y se las devuelvo así, llenitas de mi leche caliente, para que las usen de nuevo oliendo a mí todo el día.

Agustina, con los ojos vidriosos de excitación, estiró la mano y agarró su propia tanguita manchada. Se la llevó despacio a la cara, frotándosela por la nariz y la boca, inhalando profundo el olor rancio a leche seca de José mientras Laura seguía pajeándola suave por arriba de la tanguita limpia.

—Mirá esto, gordo... huelo tu leche vieja en mi tanguita... ¿te gusta verme así de puta? —susurró Agustina, provocándolo con voz temblorosa, corriéndose otra vez contra los dedos de Laura.

Claudia se arrodilló rápido, cara levantada, lengua afuera.

—Por favor... llename la cara de leche... te doy lo que quieras, cualquier cosa... ya te prometí a mi hija...

José rió bajo, pajeándose despacio esa pija monstruosa sobre el rostro de Claudia. Eyaculó chorros gruesos, calientes, espesos: primero en la boca abierta, después cara, ojos, tetas enormes, pelo... Claudia tragó lo que pudo, el resto chorreaba por el cuello y el cuerpo mientras se untaba feliz, gimiendo como una perra en celo.

Después de la última gota, José agarró la tanga sucia de Claudia —la grande y negra que él mismo había traído— y la pasó despacio por la cara de ella, empapándola bien con parte de su semen fresco mezclado con la baba. La arrugó, la guardó en el bolsillo y sonrió baboso:

—Esta va para el cornudo... que la huela bien cuando se la devuelva.

Agustina, todavía caliente perdida, se acercó gateando, agarró su tanguita manchada y se la ofreció a José con manos temblorosas.

—Limpiate la pija con la mía, gordo... por favor...

José rió, tomó la tanguita chiquita y se limpió despacio la pija brillosa de jugos y leche, untando todo en la tela. Se la devolvió a Agustina empapada y pegajosa.

—Guardala bien, putita... para que juegues con ella hasta que pueda disfrutar tu conchita virgen como te prometí.

Agustina la acercó a la cara, inhaló profundo el olor fuerte a pija, jugos y leche fresca, gimiendo morbosa mientras se tocaba apenas.

José se subió la bragueta, se vistió y salió con una palmada en el culo de Claudia.

—Nos vemos pronto, putas.

Laura agarró a Agustina de la mano y la llevó al cuarto de la chica.

—Vení, mi amor... te saco toda esa calentura con la boca hasta que chorrees en mi lengua.

Cerraron la puerta y se perdieron en gemidos suaves.

Claudia se quedó en bolas en el sillón del living, la cara y las tetas brillando de semen seco, la concha roja e hinchada chorreando todavía.

Minutos después entró el cornudo, oliendo a birra, cara de sueño. Vio a su mujer así y abrió la boca para reclamar.

Claudia lo cortó con una risa sucia, se levantó despacio y se acercó.

—¿Qué pasa, putito? Estoy como a vos te gusta, ¿no? Pajero y cornudo... cubierta de leche de hombre de verdad.

Metió la mano en el bolsillo de la campera que él todavía tenía puesta y sacó su vieja tanga negra, ahora empapada fresca de semen de José.

—Mirá lo que te trajo tu amigo... oliendo a pija rica, como a vos te calienta en secreto.

El cornudo se quedó rojo, mudo, la pija parada traicionándolo en el pantalón. Claudia le dio la espalda, se fue al cuarto matrimonial y cerró la puerta de un portazo seco, dejándolo solo en el living con la tanga mojada en la mano y la humillación quemándole la cara.
 
Capítulo 10: Humillación nocturna

Carlos, el cornudo, terminó durmiendo en el sillón del living, tirado como un perro abandonado, con la tanga negra empapada de leche de José apretada en la mano. El olor fuerte a pija y semen lo tenía caliente y confundido, la pija parada contra el pantalón pero sin animarse a tocarse. Al final se durmió así, incómodo, la cabeza llena de imágenes que lo avergonzaban y excitaban a la vez.

En la madrugada, gemidos suaves pero intensos lo despertaron. Venían del cuarto de Agustina, al fondo del pasillo. Al principio pensó que era un sueño, pero no: eran gemidos reales, jadeos roncos de placer femenino mezclados con suspiros húmedos y sonidos de lenguas y dedos trabajando. Se levantó despacio, la pija todavía medio dura del sueño, y se acercó sigiloso a la puerta entreabierta, el corazón latiéndole fuerte en el pecho.

Lo que vio lo dejó helado y ardiendo a la vez, el morbo taboo golpeándolo como un puñetazo en el estómago.

Laura tenía a Agustina desnuda en la cama, boca arriba, piernas abiertas en V forzada con las manos fuertes de la profe sujetando los tobillos delgados. Agustina era un juguete perfecto: cuerpo chiquito y tembloroso, tetitas pequeñas con pezones duros apuntando al techo, conchita depiladita hinchada y brillando de jugos. Pero Laura no la estaba complaciendo a ella... la estaba usando para su propio placer, egoísta y perverso.

Laura estaba desnuda de cintura para abajo, el culo firme y musculoso moviéndose despacio mientras frotaba su concha madura y peluda contra la boca de Agustina. La tenía sentada en la cara de la chica, caderas ondulando lento, adelante y atrás, untando jugos abundantes por la nariz y los labios de la pendejita.

—Lameme bien la concha, mi juguete... meté la lengua adentro profundo... así, putita... haceme chorrear en tu carita de ángel —gruñía Laura con voz ronca, los ojos cerrados de placer al principio, amasando sus propias tetas grandes y pellizcando los pezones oscuros.

Agustina obedecía como una muñeca rota: lengua afuera, lamiendo despacio los labios gruesos y carnosos de Laura, chupando el clítoris grande que se hinchaba más con cada pasada. Gemía bajito contra la concha que la ahogaba, pero no por su propio placer... sino porque Laura la usaba sin piedad, moviéndose más rápido ahora, frotando la concha entera contra la boca abierta, los jugos chorreando por el mentón y el cuello de Agustina.

Laura bajaba de vez en cuando, cambiaba de posición lenta: se ponía en 69 invertido, hundía la cara en la conchita virgen de Agustina solo lo justo para mantenerla caliente y mojada, dedos rozando apenas el clítoris chiquito... pero siempre volviendo a sentarse en su cara para correrse ella. Dos dedos gruesos de Laura entraban despacio en la concha apretada de la chica, bombeando suave pero sin prisa por hacerla acabar... solo para sentir cómo se contraía alrededor, como un juguete vivo que palpitaba para su deleite.

—Sos mía esta noche, putita... tu conchita virgen es para que yo juegue... lameme más fuerte, haceme acabar otra vez... —susurraba Laura, las caderas moviéndose en círculos lentos, la concha madura chorreando jugos calientes directo en la boca de Agustina.

Agustina no se daba cuenta de nada más: ojos cerrados, perdida en el olor y el sabor de la concha de Laura, lengua trabajando obediente, el cuerpo temblando de excitación contenida pero sin llegar al orgasmo... solo usada, como un objeto delicioso para el placer de la profe.

Carlos miraba desde la puerta, la pija dura como piedra contra el pantalón, latiendo con un morbo taboo que lo quemaba por dentro. Ver a su propia hija, su nena chiquita y tímida, reducida a un juguete sexual... la boca llena de la concha peluda de esa mujer madura y dominante... la carita angelical untada de jugos maduros... lo destrozaba y lo excitaba como nunca. Sentía la vergüenza ardiendo en la cara, pero la pija palpitaba más fuerte con cada gemido de Laura, con cada movimiento lento que hacía chorrear más en la boca de Agustina. Era perverso, prohibido... su hija usada como una puta personal delante de él, y él no podía apartar la vista.

Laura abrió los ojos de pronto y lo vio. En vez de parar o cubrirse, sonrió perversa, los labios brillando de jugos. Sus ojos grises se clavaron en los de Carlos, y en lugar de bajar el ritmo, lo aumentó: caderas moviéndose más fuerte contra la boca de Agustina, gruñendo bajito para que él oyera claro.

—Mirá quién vino a espiar, putita... tu papá cornudo viendo cómo te uso de juguete... cómo te unto la cara con mis jugos... esto me calienta más, boludo... mirá cómo me corro sabiendo que estás ahí parado como un pajero...

Apretó más la concha contra la boca de Agustina, lengua de la chica adentro profundo, y se corrió fuerte: temblor largo, chorros calientes inundando la cara de la pendejita, gemido ronco que llenó el cuarto. Agustina tragaba lo que podía, gimiendo ahogada, sin saber que su padre miraba todo.

Carlos no aguantó más: el morbo taboo lo atravesó como un rayo, la imagen de su hija como juguete sexual de Laura grabada en la retina. Sintió el orgasmo seco venirle de golpe, la pija palpitando fuerte en el pantalón, chorros calientes y espesos manchando la tela por dentro sin tocarse ni una vez. Jadeó bajito, las piernas flojas, la cara roja de vergüenza absoluta mientras la mancha caliente se enfriaba pegajosa contra la piel.

Justo en ese momento, Claudia salió de su cuarto, desnuda todavía, la cara y tetas con rastros secos de semen de José. Vio a Carlos parado ahí, pantalón manchado oscuro en la entrepierna, cara de pervertido pillado.

Soltó una carcajada fuerte, cruel.

—Mirá al cornudo... espiando cómo la profe usa a su hijita de juguete sexual y corriéndose en los pantalones como un pendejo virgen. Qué putito pajero sos, Carlos...

Se acercó, le dio una palmada en la mejilla suave pero humillante, y pasó por al lado entrando al cuarto de Agustina.

—Vení, profe... dejame ayudar con mi putita... vamos a usarla juntas delante del boludo este, que se muere de ganas de mirar.

Cerró la puerta de un golpe seco, dejando a Carlos afuera.

Desde adentro empezaron risas femeninas, gemidos más fuertes, susurros sucios: "Mirá cómo la tenemos de juguete... el cornudo debe estar pajeándose otra vez afuera..."

Carlos se quedó parado un minuto, la mancha caliente enfriándose en el pantalón, la humillación quemándole la cara. Volvió al sillón del living, agarró papel y lapicera de la mesa y escribió una nota rápida, letra temblorosa:

"Ustedes son unas putas perversas. Me voy a lo de José a dormir como un hombre de verdad. No me busquen."

Dejó la nota en la mesa de la cocina, agarró la campera y salió sigiloso a la noche, directo al departamento de arriba, donde José seguramente lo esperaba con una birra... y quién sabe qué más.

Adentro del cuarto de Agustina, las risas y gemidos seguían subiendo, las tres mujeres perdidas en su propio placer prohibido, usando a la pendejita como juguete compartido sin importarle nada el cornudo que huía humillado.
 
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