La habitación de al lado (Compartir piso con mi hermana universitaria)

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El lunes apenas tuve noticias de Paula. Casi no salió de la habitación y solo coincidimos para comer y cenar. Estaba claro que mi hermana me evitaba por lo que había pasado el sábado y yo todavía no había encontrado el momento oportuno para hablar con ella de ese asunto.

Y el martes, mientras comíamos, me sorprendió que Paula me preguntara lo que iba a hacer por la tarde.

―¿Y eso?

―Es que hoy quería quedar con Fernando…

―Ah, vale, sin problemas, no tenía pensado salir, pero si me lo pides, yo os dejo la casa para vosotros solos…

―Gracias ―me dijo en un tono bastante seco, sin dejar de mirar el plato de comida.

―Oye, Paula, no me quiero meter en tus asuntos, pero, ¿y este cambio a qué ha venido? ¿No decías que hasta el verano no ibas a hacer nada con él?

―Lo que yo haga o deje de hacer con mi novio no es cosa tuya, no tengo que estar dándote explicaciones. Además, tú te traes a Sofía cuando quieres y yo no te digo nada.

―¿No tendrá algo que ver con lo que pasó entre nosotros?, ya sabes… Lo del sábado…

―Mira, David, no quiero hablar de eso, ¡nunca!, como si no hubiera ocurrido y ya te dije que no se iba a repetir, así que no vuelvas a mencionarlo.

―Como quieras, pero tampoco voy a actuar como si no pasara nada, claro que pasó y a mí me encantó, y creo que a ti también… Luego te escuché en tu habitación…

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que te escuché, te masturbaste pensando en mí, ¿o me vas a decir que también te corriste pensando en tu novio?

―Ya eres mayorcito para andar espiándome, respeta mi privacidad, por favor…

―¿Tu privacidad? ¡Joder, Paula!, si… si no hice nada, solo te escuché, sin más, ¡menudos gemidos pegaste!

―¡Te estás pasando! ―dijo apartando el plato y poniéndose de pie―. No voy a seguir hablando contigo de esto…

―No he dicho ninguna mentira, ¿no?, te estás comportando como una… niñata, ¡no me esperaba esto de ti, Paula!

―¿Una niñata? ¡Ya lo que me faltaba! ―y se quedó de pie de brazos cruzados junto a la encimera.

―Pensé que ibas a llevar esto con más… no sé, con más naturalidad, de una manera más adulta, tampoco es para tanto, me viste haciéndome una paja, ya está…

―Lo hice para que me dejaras tranquila de una vez…

―Sí, ya, por eso luego te fuiste a tu habitación, tenías que estar bastante excitada. No lo niegues, no todos los días tu hermano pequeño se te corre encima… y después te masturbaste, ¡te tocaste pensando en mí!, ¡¡reconócelo al menos!!

―No, yo no… ―suspiró Paula agachando su mirada.

Nunca se le había dado demasiado bien mentir. Y en ese momento, aún sin decirlo, acababa de admitir que se había corrido fantaseando con su hermanito.

―Puedes quedar con Fernando o con quien quieras, pero te aseguro que lo que sentiste el sábado por la noche mientras te corrías, eso no lo vas a volver a experimentar con ningún otro chico. ¡Es el morbo del incesto, Paula!, y sé muy bien de lo que te hablo…

―¡No digas tonterías!

―Con Sofía tengo un sexo increíble, inmejorable, le pondría un 9,75, pero esa adrenalina, esos nervios, ese temblor de lo prohibido que sentí el sábado mientras me tocaba delante de ti, joder, eso sé que nunca lo voy a tener con otra chica, ¡solo contigo!, y a ti te va a pasar igual, recuerda estas palabras…

―Vale, que sí, lo que tú digas, ¿entonces esta tarde puede venir Fernando a casa?

―Sí, claro, pero por follar con él no se te va a ir de la cabeza lo que pasó entre nosotros…

―¡Vete a la mierda! ―y Paula salió de la cocina con un buen cabreo.

Así que ese era su plan. Retomar su relación con Fernando y volver a acostarse con él. Quizás Paula pensaba que podía haber evitado muchas cosas si hubiera seguido acostándose con su novio, pero lo que ella todavía no sabía era que, una vez que se mete en la sangre esa droga del incesto, no hay nada que se le pueda igualar.

Y ella lo iba a comprobar por sí misma unas horas más tarde.

Como le prometí, les dejé la casa para ellos solos, quedé con Sofía y los colegas para estudiar en la biblioteca de la universidad y regresé a las nueve de la noche. Fernando ya no estaba y, al entrar, me encontré a Paula, preparándome la cena con su pijama blanco primaveral.

Esta vez sí llevaba el sujetador, uno negro que se le marcaba bien por debajo de la tela y, al verme, sonrió. Paula parecía contenta y risueña. Estaba claro que ya se había reconciliado con Fernando.

―Hola, David…

―Ey, hola ―dije sin atreverme a seguir hablando con ella.

―Oye, muchas gracias por lo de esta tarde, te debo una…

―De nada, Paula, ya sabes que me lo puedes pedir cuando te apetezca. Si quieres quedar con él más tardes, yo os dejo. ¿Qué tal?

―Muy bien. Muy, muy bien… ―dijo metiendo el dedo en una especie de salsa de tomate que estaba preparando y luego chupándose el dedo―. ¡Estupendo!

―Me alegro por ti, Paula… te lo mereces, es muy buen tío…

―Oye, David, y perdona por lo de antes, creo que me he pasado un poco contigo…

―No pasa nada ―dije haciéndome el compungido y después salí de la cocina y me fui a cambiar.

Me senté en la cama derrotado. Paula estaba feliz con su novio y eso me rompió un poco los esquemas. Y yo que pensaba que iba a echar de menos estar conmigo. Iluso de mí.

Durante la cena seguimos igual, Paula con una sonrisa de oreja a oreja y yo cabizbajo, saboreando la pizza casera que me había preparado.

―Te veo muy contenta…

―Pues sí, la verdad…

―Entonces, ¿bien con Fernando?, ¿ya le has perdonado?

―Síííí, ya le he perdonado, me daba un poco de pena estar así hasta el verano… bueno, total, solo quedaban un par de meses…

―¿Y qué tal la reconciliación?, ¿ha sido como esperabas?

Supuse que Paula cortaría la conversación de manera tajante, pero al verla tan habladora me quise arriesgar a ver si soltaba prenda y me contaba alguna intimidad.

―Mejor de lo que esperaba… ―me soltó con una sonrisilla traviesa y luego le dio un mordisco a la pizza, mirándome a los ojos―. Al final, creo que tenías razón y te voy a tener que pedir que nos dejes la casa más veces…

―Claro, lo que necesites.

―El sábado le he pedido que se quede a dormir, si no te importa.

―No, saldré de fiesta con Sofía y estos… supongo que llegaré tarde.

―Vale, genial.

―Recuperando el tiempo perdido, ¿eh?

―Sí, supongo ―dijo encogiéndose de hombros.

―Joder, está buenísima la pizza, Paula…

―Muchas gracias.

―¿Empezamos a ver alguna serie o algo?

―Sí, vale… hoy no me apetece estudiar después de cenar.

―Pues recojo esto y te espero en el salón, en lo que te preparas…

―¿Recoges tú?

―Sí, qué menos, tú has preparado toda la cena…

Y dejé que Paula fuera a lavarse los dientes, la cara, echarse la crema hidratante y se pusiera cómoda antes de dormir. Me dio tiempo a fregar, dejar impoluta la cocina y fui al salón y encendí la tele.

Estuve buscando alguna serie sin complicaciones para ver en Netflix y Paula apareció unos minutos más tarde. La muy cabrona se había quitado el sujetador y sus tetas se bambolearon descontroladas bajo la tela mientras se acercaba a mí.

Hizo el amago de tumbarse en su sofá cuando yo abrí la manta y le ofrecí que se sentara conmigo.

―¿Quieres venir aquí?

Ella dudó unos segundos y después sonrió.

―Claro.

Y se sentó a mi lado, agarrándome del brazo y apoyando la cabeza en mi hombro.

―A ver lo que pones, eh… qué vaya peliculita el otro día, ¡menudo bicho estás hecho!

―Hay segunda parte, si quieres, la pongo…

―No, no, ja, ja, ja…

Enseguida sentí las tetas de Paula presionando mi cuerpo, y sin poder remediarlo me volví a excitar. Ella sabía lo que provocaba en mí, pero, en cierta manera, era como si le gustara jugar con su hermanito pequeño, calentarme, y yo la rodeé con mi brazo y dejé mi mano en un lateral de su espalda. Muy cerca de sus pechos. Me encanta hacer eso y acariciar con mis dedos en esa zona.

Yo también sabía provocarla.

Terminó el capítulo, apenas cuarenta minutos de tortura para mí y ella se despidió con un beso en la mejilla, aplastándome todavía más sus pechos contra mi hombro. Aquella noche pensé que sería tranquilita, Paula se había desfogado ya con su novio y no esperaba escuchar nada desde su cuarto, pero yo necesitaba hacerme una de mis pajas.

Encendí el ordenador y, de repente, me llegó un gemido ahogado, silencioso, discreto. ¡Otra vez!, Paula se estaba corriendo en su habitación. Y yo me masturbé de manera furiosa delante del portátil, salpicándolo todo un par de minutos más tarde y bramando bien alto para que ella también supiera que me acababa de correr.

Durante la semana ocurrió todos los días lo mismo. Cena, sofá, serie, mantita en el sofá, Paula acurrucada en mi hombro y después cada uno a su habitación, para terminar con una paja conjunta, pero por separado.

No es que fuera un gran avance, pero ya había conseguido que Paula y yo nos corriéramos cada día casi a la vez, escuchando nuestros gemidos.

Así hasta que llegó el sábado…​
 

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El lunes apenas tuve noticias de Paula. Casi no salió de la habitación y solo coincidimos para comer y cenar. Estaba claro que mi hermana me evitaba por lo que había pasado el sábado y yo todavía no había encontrado el momento oportuno para hablar con ella de ese asunto.

Y el martes, mientras comíamos, me sorprendió que Paula me preguntara lo que iba a hacer por la tarde.

―¿Y eso?

―Es que hoy quería quedar con Fernando…

―Ah, vale, sin problemas, no tenía pensado salir, pero si me lo pides, yo os dejo la casa para vosotros solos…

―Gracias ―me dijo en un tono bastante seco, sin dejar de mirar el plato de comida.

―Oye, Paula, no me quiero meter en tus asuntos, pero, ¿y este cambio a qué ha venido? ¿No decías que hasta el verano no ibas a hacer nada con él?

―Lo que yo haga o deje de hacer con mi novio no es cosa tuya, no tengo que estar dándote explicaciones. Además, tú te traes a Sofía cuando quieres y yo no te digo nada.

―¿No tendrá algo que ver con lo que pasó entre nosotros?, ya sabes… Lo del sábado…

―Mira, David, no quiero hablar de eso, ¡nunca!, como si no hubiera ocurrido y ya te dije que no se iba a repetir, así que no vuelvas a mencionarlo.

―Como quieras, pero tampoco voy a actuar como si no pasara nada, claro que pasó y a mí me encantó, y creo que a ti también… Luego te escuché en tu habitación…

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que te escuché, te masturbaste pensando en mí, ¿o me vas a decir que también te corriste pensando en tu novio?

―Ya eres mayorcito para andar espiándome, respeta mi privacidad, por favor…

―¿Tu privacidad? ¡Joder, Paula!, si… si no hice nada, solo te escuché, sin más, ¡menudos gemidos pegaste!

―¡Te estás pasando! ―dijo apartando el plato y poniéndose de pie―. No voy a seguir hablando contigo de esto…

―No he dicho ninguna mentira, ¿no?, te estás comportando como una… niñata, ¡no me esperaba esto de ti, Paula!

―¿Una niñata? ¡Ya lo que me faltaba! ―y se quedó de pie de brazos cruzados junto a la encimera.

―Pensé que ibas a llevar esto con más… no sé, con más naturalidad, de una manera más adulta, tampoco es para tanto, me viste haciéndome una paja, ya está…

―Lo hice para que me dejaras tranquila de una vez…

―Sí, ya, por eso luego te fuiste a tu habitación, tenías que estar bastante excitada. No lo niegues, no todos los días tu hermano pequeño se te corre encima… y después te masturbaste, ¡te tocaste pensando en mí!, ¡¡reconócelo al menos!!

―No, yo no… ―suspiró Paula agachando su mirada.

Nunca se le había dado demasiado bien mentir. Y en ese momento, aún sin decirlo, acababa de admitir que se había corrido fantaseando con su hermanito.

―Puedes quedar con Fernando o con quien quieras, pero te aseguro que lo que sentiste el sábado por la noche mientras te corrías, eso no lo vas a volver a experimentar con ningún otro chico. ¡Es el morbo del incesto, Paula!, y sé muy bien de lo que te hablo…

―¡No digas tonterías!

―Con Sofía tengo un sexo increíble, inmejorable, le pondría un 9,75, pero esa adrenalina, esos nervios, ese temblor de lo prohibido que sentí el sábado mientras me tocaba delante de ti, joder, eso sé que nunca lo voy a tener con otra chica, ¡solo contigo!, y a ti te va a pasar igual, recuerda estas palabras…

―Vale, que sí, lo que tú digas, ¿entonces esta tarde puede venir Fernando a casa?

―Sí, claro, pero por follar con él no se te va a ir de la cabeza lo que pasó entre nosotros…

―¡Vete a la mierda! ―y Paula salió de la cocina con un buen cabreo.

Así que ese era su plan. Retomar su relación con Fernando y volver a acostarse con él. Quizás Paula pensaba que podía haber evitado muchas cosas si hubiera seguido acostándose con su novio, pero lo que ella todavía no sabía era que, una vez que se mete en la sangre esa droga del incesto, no hay nada que se le pueda igualar.

Y ella lo iba a comprobar por sí misma unas horas más tarde.

Como le prometí, les dejé la casa para ellos solos, quedé con Sofía y los colegas para estudiar en la biblioteca de la universidad y regresé a las nueve de la noche. Fernando ya no estaba y, al entrar, me encontré a Paula, preparándome la cena con su pijama blanco primaveral.

Esta vez sí llevaba el sujetador, uno negro que se le marcaba bien por debajo de la tela y, al verme, sonrió. Paula parecía contenta y risueña. Estaba claro que ya se había reconciliado con Fernando.

―Hola, David…

―Ey, hola ―dije sin atreverme a seguir hablando con ella.

―Oye, muchas gracias por lo de esta tarde, te debo una…

―De nada, Paula, ya sabes que me lo puedes pedir cuando te apetezca. Si quieres quedar con él más tardes, yo os dejo. ¿Qué tal?

―Muy bien. Muy, muy bien… ―dijo metiendo el dedo en una especie de salsa de tomate que estaba preparando y luego chupándose el dedo―. ¡Estupendo!

―Me alegro por ti, Paula… te lo mereces, es muy buen tío…

―Oye, David, y perdona por lo de antes, creo que me he pasado un poco contigo…

―No pasa nada ―dije haciéndome el compungido y después salí de la cocina y me fui a cambiar.

Me senté en la cama derrotado. Paula estaba feliz con su novio y eso me rompió un poco los esquemas. Y yo que pensaba que iba a echar de menos estar conmigo. Iluso de mí.

Durante la cena seguimos igual, Paula con una sonrisa de oreja a oreja y yo cabizbajo, saboreando la pizza casera que me había preparado.

―Te veo muy contenta…

―Pues sí, la verdad…

―Entonces, ¿bien con Fernando?, ¿ya le has perdonado?

―Síííí, ya le he perdonado, me daba un poco de pena estar así hasta el verano… bueno, total, solo quedaban un par de meses…

―¿Y qué tal la reconciliación?, ¿ha sido como esperabas?

Supuse que Paula cortaría la conversación de manera tajante, pero al verla tan habladora me quise arriesgar a ver si soltaba prenda y me contaba alguna intimidad.

―Mejor de lo que esperaba… ―me soltó con una sonrisilla traviesa y luego le dio un mordisco a la pizza, mirándome a los ojos―. Al final, creo que tenías razón y te voy a tener que pedir que nos dejes la casa más veces…

―Claro, lo que necesites.

―El sábado le he pedido que se quede a dormir, si no te importa.

―No, saldré de fiesta con Sofía y estos… supongo que llegaré tarde.

―Vale, genial.

―Recuperando el tiempo perdido, ¿eh?

―Sí, supongo ―dijo encogiéndose de hombros.

―Joder, está buenísima la pizza, Paula…

―Muchas gracias.

―¿Empezamos a ver alguna serie o algo?

―Sí, vale… hoy no me apetece estudiar después de cenar.

―Pues recojo esto y te espero en el salón, en lo que te preparas…

―¿Recoges tú?

―Sí, qué menos, tú has preparado toda la cena…

Y dejé que Paula fuera a lavarse los dientes, la cara, echarse la crema hidratante y se pusiera cómoda antes de dormir. Me dio tiempo a fregar, dejar impoluta la cocina y fui al salón y encendí la tele.

Estuve buscando alguna serie sin complicaciones para ver en Netflix y Paula apareció unos minutos más tarde. La muy cabrona se había quitado el sujetador y sus tetas se bambolearon descontroladas bajo la tela mientras se acercaba a mí.

Hizo el amago de tumbarse en su sofá cuando yo abrí la manta y le ofrecí que se sentara conmigo.

―¿Quieres venir aquí?

Ella dudó unos segundos y después sonrió.

―Claro.

Y se sentó a mi lado, agarrándome del brazo y apoyando la cabeza en mi hombro.

―A ver lo que pones, eh… qué vaya peliculita el otro día, ¡menudo bicho estás hecho!

―Hay segunda parte, si quieres, la pongo…

―No, no, ja, ja, ja…

Enseguida sentí las tetas de Paula presionando mi cuerpo, y sin poder remediarlo me volví a excitar. Ella sabía lo que provocaba en mí, pero, en cierta manera, era como si le gustara jugar con su hermanito pequeño, calentarme, y yo la rodeé con mi brazo y dejé mi mano en un lateral de su espalda. Muy cerca de sus pechos. Me encanta hacer eso y acariciar con mis dedos en esa zona.

Yo también sabía provocarla.

Terminó el capítulo, apenas cuarenta minutos de tortura para mí y ella se despidió con un beso en la mejilla, aplastándome todavía más sus pechos contra mi hombro. Aquella noche pensé que sería tranquilita, Paula se había desfogado ya con su novio y no esperaba escuchar nada desde su cuarto, pero yo necesitaba hacerme una de mis pajas.

Encendí el ordenador y, de repente, me llegó un gemido ahogado, silencioso, discreto. ¡Otra vez!, Paula se estaba corriendo en su habitación. Y yo me masturbé de manera furiosa delante del portátil, salpicándolo todo un par de minutos más tarde y bramando bien alto para que ella también supiera que me acababa de correr.

Durante la semana ocurrió todos los días lo mismo. Cena, sofá, serie, mantita en el sofá, Paula acurrucada en mi hombro y después cada uno a su habitación, para terminar con una paja conjunta, pero por separado.

No es que fuera un gran avance, pero ya había conseguido que Paula y yo nos corriéramos cada día casi a la vez, escuchando nuestros gemidos.

Así hasta que llegó el sábado…​
Dios está al caer
 

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El lunes apenas tuve noticias de Paula. Casi no salió de la habitación y solo coincidimos para comer y cenar. Estaba claro que mi hermana me evitaba por lo que había pasado el sábado y yo todavía no había encontrado el momento oportuno para hablar con ella de ese asunto.

Y el martes, mientras comíamos, me sorprendió que Paula me preguntara lo que iba a hacer por la tarde.

―¿Y eso?

―Es que hoy quería quedar con Fernando…

―Ah, vale, sin problemas, no tenía pensado salir, pero si me lo pides, yo os dejo la casa para vosotros solos…

―Gracias ―me dijo en un tono bastante seco, sin dejar de mirar el plato de comida.

―Oye, Paula, no me quiero meter en tus asuntos, pero, ¿y este cambio a qué ha venido? ¿No decías que hasta el verano no ibas a hacer nada con él?

―Lo que yo haga o deje de hacer con mi novio no es cosa tuya, no tengo que estar dándote explicaciones. Además, tú te traes a Sofía cuando quieres y yo no te digo nada.

―¿No tendrá algo que ver con lo que pasó entre nosotros?, ya sabes… Lo del sábado…

―Mira, David, no quiero hablar de eso, ¡nunca!, como si no hubiera ocurrido y ya te dije que no se iba a repetir, así que no vuelvas a mencionarlo.

―Como quieras, pero tampoco voy a actuar como si no pasara nada, claro que pasó y a mí me encantó, y creo que a ti también… Luego te escuché en tu habitación…

―¿¿¡¡Qué…!!??

―Que te escuché, te masturbaste pensando en mí, ¿o me vas a decir que también te corriste pensando en tu novio?

―Ya eres mayorcito para andar espiándome, respeta mi privacidad, por favor…

―¿Tu privacidad? ¡Joder, Paula!, si… si no hice nada, solo te escuché, sin más, ¡menudos gemidos pegaste!

―¡Te estás pasando! ―dijo apartando el plato y poniéndose de pie―. No voy a seguir hablando contigo de esto…

―No he dicho ninguna mentira, ¿no?, te estás comportando como una… niñata, ¡no me esperaba esto de ti, Paula!

―¿Una niñata? ¡Ya lo que me faltaba! ―y se quedó de pie de brazos cruzados junto a la encimera.

―Pensé que ibas a llevar esto con más… no sé, con más naturalidad, de una manera más adulta, tampoco es para tanto, me viste haciéndome una paja, ya está…

―Lo hice para que me dejaras tranquila de una vez…

―Sí, ya, por eso luego te fuiste a tu habitación, tenías que estar bastante excitada. No lo niegues, no todos los días tu hermano pequeño se te corre encima… y después te masturbaste, ¡te tocaste pensando en mí!, ¡¡reconócelo al menos!!

―No, yo no… ―suspiró Paula agachando su mirada.

Nunca se le había dado demasiado bien mentir. Y en ese momento, aún sin decirlo, acababa de admitir que se había corrido fantaseando con su hermanito.

―Puedes quedar con Fernando o con quien quieras, pero te aseguro que lo que sentiste el sábado por la noche mientras te corrías, eso no lo vas a volver a experimentar con ningún otro chico. ¡Es el morbo del incesto, Paula!, y sé muy bien de lo que te hablo…

―¡No digas tonterías!

―Con Sofía tengo un sexo increíble, inmejorable, le pondría un 9,75, pero esa adrenalina, esos nervios, ese temblor de lo prohibido que sentí el sábado mientras me tocaba delante de ti, joder, eso sé que nunca lo voy a tener con otra chica, ¡solo contigo!, y a ti te va a pasar igual, recuerda estas palabras…

―Vale, que sí, lo que tú digas, ¿entonces esta tarde puede venir Fernando a casa?

―Sí, claro, pero por follar con él no se te va a ir de la cabeza lo que pasó entre nosotros…

―¡Vete a la mierda! ―y Paula salió de la cocina con un buen cabreo.

Así que ese era su plan. Retomar su relación con Fernando y volver a acostarse con él. Quizás Paula pensaba que podía haber evitado muchas cosas si hubiera seguido acostándose con su novio, pero lo que ella todavía no sabía era que, una vez que se mete en la sangre esa droga del incesto, no hay nada que se le pueda igualar.

Y ella lo iba a comprobar por sí misma unas horas más tarde.

Como le prometí, les dejé la casa para ellos solos, quedé con Sofía y los colegas para estudiar en la biblioteca de la universidad y regresé a las nueve de la noche. Fernando ya no estaba y, al entrar, me encontré a Paula, preparándome la cena con su pijama blanco primaveral.

Esta vez sí llevaba el sujetador, uno negro que se le marcaba bien por debajo de la tela y, al verme, sonrió. Paula parecía contenta y risueña. Estaba claro que ya se había reconciliado con Fernando.

―Hola, David…

―Ey, hola ―dije sin atreverme a seguir hablando con ella.

―Oye, muchas gracias por lo de esta tarde, te debo una…

―De nada, Paula, ya sabes que me lo puedes pedir cuando te apetezca. Si quieres quedar con él más tardes, yo os dejo. ¿Qué tal?

―Muy bien. Muy, muy bien… ―dijo metiendo el dedo en una especie de salsa de tomate que estaba preparando y luego chupándose el dedo―. ¡Estupendo!

―Me alegro por ti, Paula… te lo mereces, es muy buen tío…

―Oye, David, y perdona por lo de antes, creo que me he pasado un poco contigo…

―No pasa nada ―dije haciéndome el compungido y después salí de la cocina y me fui a cambiar.

Me senté en la cama derrotado. Paula estaba feliz con su novio y eso me rompió un poco los esquemas. Y yo que pensaba que iba a echar de menos estar conmigo. Iluso de mí.

Durante la cena seguimos igual, Paula con una sonrisa de oreja a oreja y yo cabizbajo, saboreando la pizza casera que me había preparado.

―Te veo muy contenta…

―Pues sí, la verdad…

―Entonces, ¿bien con Fernando?, ¿ya le has perdonado?

―Síííí, ya le he perdonado, me daba un poco de pena estar así hasta el verano… bueno, total, solo quedaban un par de meses…

―¿Y qué tal la reconciliación?, ¿ha sido como esperabas?

Supuse que Paula cortaría la conversación de manera tajante, pero al verla tan habladora me quise arriesgar a ver si soltaba prenda y me contaba alguna intimidad.

―Mejor de lo que esperaba… ―me soltó con una sonrisilla traviesa y luego le dio un mordisco a la pizza, mirándome a los ojos―. Al final, creo que tenías razón y te voy a tener que pedir que nos dejes la casa más veces…

―Claro, lo que necesites.

―El sábado le he pedido que se quede a dormir, si no te importa.

―No, saldré de fiesta con Sofía y estos… supongo que llegaré tarde.

―Vale, genial.

―Recuperando el tiempo perdido, ¿eh?

―Sí, supongo ―dijo encogiéndose de hombros.

―Joder, está buenísima la pizza, Paula…

―Muchas gracias.

―¿Empezamos a ver alguna serie o algo?

―Sí, vale… hoy no me apetece estudiar después de cenar.

―Pues recojo esto y te espero en el salón, en lo que te preparas…

―¿Recoges tú?

―Sí, qué menos, tú has preparado toda la cena…

Y dejé que Paula fuera a lavarse los dientes, la cara, echarse la crema hidratante y se pusiera cómoda antes de dormir. Me dio tiempo a fregar, dejar impoluta la cocina y fui al salón y encendí la tele.

Estuve buscando alguna serie sin complicaciones para ver en Netflix y Paula apareció unos minutos más tarde. La muy cabrona se había quitado el sujetador y sus tetas se bambolearon descontroladas bajo la tela mientras se acercaba a mí.

Hizo el amago de tumbarse en su sofá cuando yo abrí la manta y le ofrecí que se sentara conmigo.

―¿Quieres venir aquí?

Ella dudó unos segundos y después sonrió.

―Claro.

Y se sentó a mi lado, agarrándome del brazo y apoyando la cabeza en mi hombro.

―A ver lo que pones, eh… qué vaya peliculita el otro día, ¡menudo bicho estás hecho!

―Hay segunda parte, si quieres, la pongo…

―No, no, ja, ja, ja…

Enseguida sentí las tetas de Paula presionando mi cuerpo, y sin poder remediarlo me volví a excitar. Ella sabía lo que provocaba en mí, pero, en cierta manera, era como si le gustara jugar con su hermanito pequeño, calentarme, y yo la rodeé con mi brazo y dejé mi mano en un lateral de su espalda. Muy cerca de sus pechos. Me encanta hacer eso y acariciar con mis dedos en esa zona.

Yo también sabía provocarla.

Terminó el capítulo, apenas cuarenta minutos de tortura para mí y ella se despidió con un beso en la mejilla, aplastándome todavía más sus pechos contra mi hombro. Aquella noche pensé que sería tranquilita, Paula se había desfogado ya con su novio y no esperaba escuchar nada desde su cuarto, pero yo necesitaba hacerme una de mis pajas.

Encendí el ordenador y, de repente, me llegó un gemido ahogado, silencioso, discreto. ¡Otra vez!, Paula se estaba corriendo en su habitación. Y yo me masturbé de manera furiosa delante del portátil, salpicándolo todo un par de minutos más tarde y bramando bien alto para que ella también supiera que me acababa de correr.

Durante la semana ocurrió todos los días lo mismo. Cena, sofá, serie, mantita en el sofá, Paula acurrucada en mi hombro y después cada uno a su habitación, para terminar con una paja conjunta, pero por separado.

No es que fuera un gran avance, pero ya había conseguido que Paula y yo nos corriéramos cada día casi a la vez, escuchando nuestros gemidos.

Así hasta que llegó el sábado…​

Al menos enseñar una tetilla aunque sea... 🥹
 
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