Fantasías sexuales de las españolas 2º parte

Miguel entra en la habitación con un café en la mano para él y otro para Laia. Ha salido a comerse un sándwich porque esa mañana no ha tenido tiempo de desayunar.


- ¿Cómo está?


- Tranquila.


Calalberche asiente. Elena Barrientos no ha demostrado sorpresa ni inquietud a lo largo de toda la jornada, ni siquiera cuando llamaron a su piso y la detuvieron. Se limitó a echarles una mirada de hastío, la misma que les hubiera echado a unos testigos de Jehová impertinentes que le hubieran cortado el desayuno. También se mantuvo impertérrita mientras registraban su apartamento, limitando toda la conversación a un lacónico “no sé lo que buscan, pero si me lo dicen quizás pueda ayudarles” para el que no obtuvo respuesta.


Los delitos con los que podría estar relacionada no son aquellos en los que nadie colabora voluntariamente con la policía. Sin duda ella lo sabe y aquello constituía más una provocación que un ofrecimiento real. Eso era algo que ambos policías se sabían de sobra. A partir de ahí la mañana ha transcurrido entre viajes a la comisaría, papeleos, firma de documentación y recogida de material aún pendiente de evaluar de su vivienda. A ella la han dejado por protocolo una hora y media incomunicada, a ver si se pone nerviosa, cosa que no parece que haya sucedido.


- Pues vamos ¿no?


- Sí, venga.


Entran en la sala donde está Máxim que los sigue con la mirada sin inmutarse, aunque ellos evitan confrontar. Hacen como si no estuviera y se limitan a acercar dos sillas al lado opuesto de la mesa donde ella está sentada.


- Hola Victoria ¿te encuentras bien? ¿necesitas algo? – inquiere Laia cuando por fin ambos han tomado asiento y establecen contacto visual.


- Es curioso.


- ¿El qué es curioso?


- Después de ver tantas películas y series americanas esto no tiene pinta de sala de interrogatorios.


La verdad es que tiene razón, la sala es austera pero no está desprovista de toda decoración, hay un viejo almanaque y un póster de la policía. La mesa es una normal de oficina, igual que las sillas donde se sientan. No son las típicas desprovistas de cajones, lisas y ancladas al suelo. Tampoco Maxím está esposada ni hay una cadena que la mantenga unida a un elemento fijo sobre el tablero. Quizás la ausencia más evidente sea que falta el espejo tras el cual están el resto de los policías escuchando. Aquello tiene más pinta de un despacho reconvertido en sala de interrogatorios que otra cosa. Lo único cierto es que la puerta de acceso es pesada y, a menos que tengas las llaves, solo puedes abrir desde fuera.


- Bueno, no te creas todo lo que ves en la tele, aquí hacemos las cosas de forma un poco diferente.


- Pues estoy deseando de que empiecen a hacer lo que tengan que hacer, no puedo pasarme todo el día aquí.


La inspectora saca una grabadora pequeña y la pone encima de la mesa.


- Inspectora Laia Ferrer interrogatorio a Victoria Segarra López.


- ¿Pueden ustedes grabar esto? ¿no tendría yo que dar permiso?


- No necesitamos pedir permiso, pero te puedes negar a hablar con nosotros sí lo consideras oportuno, como te hemos dicho esta mañana cuando te hemos leído los derechos. Te recuerdo también que también tienes derecho a pedir un abogado. Si no dispones de ninguno te buscaremos uno de oficio.


- ¿Necesito un abogado? ¿De qué se me acusa?


- De momento de nada, estamos todavía investigando y de tu colaboración dependerá que formulemos acusación o no.


- ¿Puedo estar detenida sin que se me acuse de nada?


- Es una detención preventiva, solo para interrogarte.


- ¿Detención preventiva? ¿eso existe?


Ambos policías intercambian una mirada y permanecen unos momentos en silencio mientras Maxím se ríe.


- Mire, igual va a ser buena idea lo de llamar a mi abogado. Pascual Mirabelles, del bufete Legalium. Ya me ha atendido en alguna ocasión que he tenido alguna reyerta en el local donde trabajo. Con un abogado aquí, estoy segura que a menos que tengáis algo más importante que poner sobre la mesa, estaría en la calle enseguida.


- Eso no evitará que te interroguemos, tenemos una orden judicial.


- Sí, pero eso será otro día. Esta noche dormiré en mi casa, vosotros mismos me habéis leído mis derechos así que puedo cerrar el pico y pedir un abogado.


Miguel toma la grabadora y la detiene. Observa fijamente a la detenida que no parece inmutarse, está tranquila y calmada, sabe que ha dejado la pelota en su campo y espera con tranquilidad su respuesta.


- Mira Victoria, nada de esto se va a grabar, vamos a tener una charla informal si te parece bien y luego ya decides si llamas a tu abogado o no.


- Si hablas con nosotros todo será más fácil – interviene Laia - Se supone que no tienes nada que esconder ¿verdad?


- En absoluto. Pero pregunto yo primero ¿De qué se me acusa?


- Creemos que puedes tener información sobre al menos tres asesinatos cometidos en Barcelona y también creemos que no nos has contado todo lo que sabes.


- Se refiere a los de las tres fotos que me enseñaron ¿no es cierto?


- Exactamente.


- ¿Creen que estoy obstaculizando la justicia?


- Puede que también incluso encubriendo a alguien - deja caer Calalberche con toda la intención.


- Eso es absurdo.


- Afirmaste que no conocías a ninguna de las víctimas y tenemos una testigo que confirma lo contrario. Te vio hablar con Esther en el local ¿Qué explicación le das a esto?


- Ya se la di en su día.


- Refréscame la memoria por favor.


- Hay dos posibles explicaciones: una es que su testigo esté equivocada. Pudo ser alguien muy parecida a la tal Esther.


- La testigo está bastante segura: reconoció la foto.


- En todo caso ella afirma que me vio y yo afirmo que no recuerdo haber hablado con esa chica.


- Ahora ya no lo niegas…


- Esa es la segunda explicación posible. Todas las noches atiendo a decenas de mujeres. Si esa chica se dirigió a mí en algún momento y hablé con ella puede ser que lo haya olvidado o se me haya pasado. Si no sucede nada importante, no guardo registro de los cientos de conversaciones ni de los cientos de caras que puedo llegar a ver en una semana.


Los dos policías tienen la vista fija en Máxim y sus expresiones dejan poco lugar a dudas: está claro que no la creen.


- ¡Venga! en serio ¿solo por eso me han detenido?


- Ya te lo hemos dicho: pensamos que no estás colaborando con nosotros. No nos estás diciendo toda la verdad, Elena.


Calalberche ha dejado caer su nombre lentamente, exactamente igual que si hubiera sacado el arma homicida y la hubiera depositado encima de la mesa.


- Elena Barrientos ¿no es ese tu verdadero nombre?


- Así que era eso...


- Tú quizás no te acuerdes, pero ya te interrogue en Málaga hace...


- Me acuerdo perfectamente - le interrumpe ella endureciendo la mirada - yo era muy joven, me acababan de violar y habían estado a punto de asesinarme. Usted era uno de los policías que no consiguieron detener al Chata.


- Me hice cargo de la investigación después de que a ti te sucediera aquello.


- Y tampoco consiguió detenerlo ¿no es cierto? – insiste.


Laia percibe como su compañero se pone rígido y aguanta tenso el gesto de contrariedad. El interrogatorio no está yendo nada bien. No es la detenida la que se está poniendo nerviosa, ni la que parece a punto de perder los papeles.


- No es fácil - interviene la policía - hacemos lo que podemos, todavía hoy lo estamos intentando.


- Pues no parece que estén consiguiendo nada.


- Quizás si tú nos ayudas...


- Ya les he contado todo lo que sé ¿tienen alguna otra pregunta? por mi parte estoy dispuesta a escucharles.


- Hace tres años llegaste a Barcelona y te cambiaste el nombre por el de Victoria Segarra ¿Venías de Málaga?


- No, llegué de Madrid. Después de la violación me fui a vivir con mi tía.


- ¿Me puedes decir en qué fechas estuviste viviendo en Madrid?


- Me fui un par de meses después de que sucedieran los hechos y me vine a Barcelona hace tres años, pero eso ya lo saben ¿verdad?


- ¿Algún hecho digno de reseñar de tu estancia en Madrid?


- No, ninguno.


- ¿Por qué te fuiste de casa de tu tía?


- Quería independizarme. Mi tía me había ayudado ya bastante y no me gusta ser una carga, prefiero vivir mi propia vida.


- ¿Ella te pidió que te fueras?


- No, en absoluto, fue decisión mía.


- Durante tu estancia en Madrid ocurrieron algunas muertes…


- ¿Me está acusando de algo?


- No, solo señalo coincidencias…


- Seguro que durante el tiempo estuve en Madrid hubo muchas muertes, es una ciudad complicada.


- Algunas parecían muy similares a las de Málaga…


- No soy policía ni forense, pero si usted lo dice…


- Elena...


- Victoria, por favor.


- Victoria ¿sabes algo de José Marchena? ¿volvió a intentar acercarse a ti? ¿has tenido alguna noticia suya desde lo que sucedió en Málaga?


- No, ni quiero tenerla como comprenderá ¿Creen que pueda estar detrás de estos asesinatos?


La inspectora no contesta.


- Claro, resulta obvio, por eso estoy yo aquí ¿no? de alguna forma creen que puedo estar involucrada.


- No creemos nada, solo estamos investigando.


- También existe otra posibilidad - señala Miguel.


- Cuénteme su hipótesis…


- Es posible que el Chata siga vivo y que te esté siguiendo – Miguel omite las últimas noticias de Málaga, aun no tienen resultados de las pruebas de ADN y juega la baza a ver si consigue inquietar a la chica.


- ¿Por qué haría algo así?


- No lo sabemos pero no podemos descartarlo, quizás tú seas su fetiche.


- ¿Una fijación en mí que dura toda la vida y que lo obliga a desplazarse por toda España siguiéndome mientras vive en la clandestinidad y asesina?


- Pudiera ser. En ese caso tú estarías en peligro.


- Si quisiera matarme supongo que lo habría hecho ya.


- Quizás no quiera hacerlo o quizás simplemente te deje para el final - sentencia con tono grave Calalberche tratando de darle toda la fuerza posible a sus palabras, que sin embargo no consiguen alterar a Máxim.


- ¿Debería sentirme asustada?


- No lo pareces.


- Claro que no lo parezco - estalla ella elevando la voz y poniéndose de pie a la vez que apoya las dos manos sobre la mesa.


Pero incluso cabreada mantiene contenida su furia dentro de los límites y parece pensar muy bien lo que dice a continuación.


- Ya sentí todo el miedo que tenía que sentir en aquella asquerosa cabaña, no estoy dispuesta a vivir asustada.


Ahora se dirige a Leia.


- ¿Sabes lo que es que un tipo como el Chata te viole? ¿tienes idea de lo que significa estar indefensa y lejos de cualquiera que pueda prestarte ayuda? ¿tener la certeza de que te va a matar? ¿Sabes lo que es esquivar la muerte por los pelos? ¿Lo que es sentirse rechazada por tu propia gente y tener que irte de tu ciudad?


>> Me ha costado mucho encontrar una forma de vivir, un lugar donde estar, una manera de existir sin ser una mierda asustada. Y ustedes no me han ayudado ¿cuántos años han pasado de aquello? es la segunda vez que hablamos y estás todavía como al principio, perdido, sin saber qué hacer – esta vez tutea a Calalberche, detalle que no le pasa desapercibido.


- No puedo esperar nada de la policía – continúa fijando ahora su atención en Laia - Entonces era muy joven y no lo sabía, creía que podían protegerme, pero aquel tipo ya tenía denuncias, incluso había estado la cárcel y nadie hizo nada por pararlo. Y después de que me lo hiciera a mí, parece ser que las cosas no han ido a mejor ¿verdad? Así que permítanme que dude de lo que ustedes pueden conseguir.


- Si está en la calle continuará matando gente.


- Pues entonces deténganlo.


- Ayúdanos a hacerlo.


- Ya les he dicho que no sé nada, no entiendo cómo puedo ayudar. Ahora quisiera llamar a mi abogado, no veo el motivo de que yo deba continuar aquí.


- Estamos haciendo inventario del registro de tu casa. Hasta que no evaluemos y tengamos los informes continuarás detenida. Ahora puedes hacer esa llamada. Si quieres avisaré para que alguien te acompañe.


Los dos policías se reúnen en el pasillo, lo suficientemente lejos de la habitación. Es Laia la primera que enfrenta la mirada a su compañero y le plantea la pregunta del millón.


- ¿Qué opinas?


- Que miente, estoy seguro que miente. Ya lo ha hecho antes.


- Esto está muy cogido con pinzas, en cuanto intervenga un abogado la vamos a tener que soltar.


- Tendrás que emplearte a fondo con la fiscal y el juez. Estamos hablando del peor caso de asesino múltiple de los últimos años. Si les damos el más mínimo indicio no se arriesgarán.


- ¿Y dónde está ese indicio? No tenemos ninguna prueba material.


- Vamos a ver qué da de sí el registro


- Esperemos que haya algo - contesta Laia más con ganas que con convicción, ambos saben que no lo tienen fácil, pero es lo único que tienen.
 
Miguel espera impaciente que acabe la vista. Debería durar solo unos minutos, pero ya llevan casi media hora en el despacho del juez. Finalmente salen y puede comprobar que Maxím camina escoltada por la policía, aunque va sin esposar, exactamente igual que cuando entró. Pasa a su lado y le dirige una mirada indescifrable que remata con una media sonrisa antes de perderse en un recodo del pasillo, camino de las cocheras donde la aguarda un furgón policial. Laia sale seguida de la fiscal y el abogado, que se despiden con un seco “hasta luego, seguimos en contacto”. Luego, la fiscal se para con ella y Calalberche es testigo de la monumental bronca que le pega. Cuando acaban, la letrada le rebasa sin dirigirle la palabra.


- ¿Qué tal ha ido? - le pregunta a su compañera, aunque supone la respuesta.


- Bien porque el juez la va a mantener todavía un par de días más en prisión preventiva, pero me he tenido que comer una tonelada de mierda para conseguirlo.


- Ya me hago cargo - dice señalando con la mirada a la fiscal que también desaparece al final del pasillo.


- Miguel, me empieza a importar muy poco que te hagas cargo, esto no tiene ni pies ni cabeza. No basta con que sepamos que hay algo raro ¡coño! ¡que somos profesionales y que tenemos ya el culo pelado de investigar casos! La jueza tiene razón, necesitamos pruebas o se nos cae todo. Si ni siquiera somos capaces de apuntar un relato de los hechos coherente. El registro en su casa no ofreció ninguna pista, lo único que tenemos es una serie de coincidencias espacio temporales y con eso no podemos armar un caso. En un par de días va a estar en la calle así que más nos vale ir pensando que haremos entonces.


- Solo podemos seguir tirando del único hilo que tenemos Laia. Habrá que ponerle vigilancia.


- Eso está muy bien pero ahora que ya está sobre aviso no creo que dé un paso en falso. Si tiene algún contacto con José Marchena o algo que ver con los asesinatos no va a delatarse sabiendo que estamos encima.


Laia se dirige a su oficina dando por terminada la conversación. Miguel la conoce lo suficiente como para saber que esos andares rápidos con su cuerpo rígido moviendo el brazo como si estuviera desfilando, son un indicativo de su enfado.


- Joder, otra vez en un puto callejón sin salida - se dice así mismo.
 
Esto va a ser muy difícil de probar y de conseguir que este monstruo de un paso en falso que la pueda delatar. Me daría mucha rabia que está asesina quedará libre por no poder probar que es la asesina.
 
Miguel ya no sabe qué hacer. Revisa informes, repasa atestados, se devana los sesos intentando encontrar indicios...

Es como fregar sobre lo fregado, como echar agua sobre lo ya húmedo, siempre resbala y acaba en el mismo sitio: sentado de culo en el suelo preguntándose si no es hora ya de arrojar la toalla. Claudia tenía razón, son demasiados años, aquella obsesión suya va a acabar por arruinarle la vida. Terminará en cualquier comisaría de barrio, con un recorte de periódico del Chata colgado de un cuadro lleno de polvo y atendiendo casos menores, después de haber tirado su carrera a la basura y haber perdido buena parte de su vida en perseguir un fantasma.

- ¿Qué haces? - le pregunta Laia que acaba de llegar de almorzar.

Parece que ha recuperado el buen humor después de comer con sus hijas. Otro puyazo invisible de Claudia que si pudiera verle le diría:

- ¿Ves tú? también podrías tener un refugio al que volver, una vida más allá del trabajo, algo que evitara que se convirtieras en el tipo huraño en el que estás convirtiendo.

Calalberche trata de espantar los fantasmas presentes y antiguos volviendo a la realidad para contestar a su compañera.

- Ya que no hemos encontrado nada en el registro de la casa de Maxím estoy revisando los informes de las víctimas. Quizás allí encontremos algo que se nos haya pasado por alto.

- ¿Algo como qué?

- Puede que ninguna de las víctimas haya estado en su casa, pero quizás Elena sí estuvo en la de ellas.

- Muy bien, mejor eso que estar cruzados de brazos ¿Por dónde vas?

- Estoy con la casa de Esther. No hay ningún indicio de que Patricia fuera visitada en el hotel.

- Pues entonces me pongo yo con la del chico.

- De acuerdo.

En ese momento le suena el móvil a Laia. Miguel ve como su expresión se deconstruye pasando de cansada a sorprendida, para continuar acabando en algo muy parecido a la derrota.

- Pásame la dirección vamos para allá.

- ¿Que?...

- Ana Gabeiras. Ha aparecido muerta esta mañana.

Esta vez Calalberche no responde, no tiene nada que decir, solo mueve la cabeza y se pasa la mano por el pelo dejándola ahí mientras echa el cuerpo hacia atrás y resopla como un león marino.

- Mierda.

- Sí, mierda.

Ambos policías permanecen en silencio. No encuentran palabras adecuadas para definir la impotencia, la vergüenza y el asco que sienten como profesionales. Alguien les está meando en la cara, alguien se sigue cobrando vidas en sus mismas narices y no son capaces de llegar hasta él. En esta ocasión ya no ha sido una víctima al azar, sino que han ido directamente a por una testigo involucrada en el caso. Quien quiera que sea el monstruo se ríe de ellos.

- Vamos - reacciona Laia - Tenemos trabajo.

Media hora más tarde están en un callejón sin salida a una manzana de donde vivía Ana. La chica ha sido encontrada por la mañana temprano, pero en una primera inspección los forenses que todavía están levantando el cadáver, indican que seguramente murió por la noche. Marc les está informando.

- Los padres denunciaron su desaparición esta mañana casi a la vez que una vecina avisó que había un cuerpo tirado entre unos cartones. Pensó que era un vagabundo, pero al segundo vistazo que echó por la ventana vio que la postura era un poco extraña y decidió llamar. Estamos tomando declaración al resto de los vecinos, pero hasta ahora nadie parece haber visto ni escuchado nada. Este callejón por la noche no está transitado y es muy oscuro.

- ¿Los padres se esperaron hasta por la mañana para avisar?

- Sí, su hija ya era mayorcita y no es la primera vez que llegaba tarde, aunque fuera entre semana. A veces salía con sus amigas. Los padres son ancianos y se acuestan temprano. Esta mañana, cuando vieron que la cama estaba sin deshacer, se alarmaron.

- ¿Que señales presenta el cadáver?

- A primera vista y a la espera del informe forense parece ser que la muerte fue una cuchillada en el cuello que le seccionó la yugular. Se desangró rápidamente. No llegaron a quitarle la ropa. Le levantaron la camiseta y le cortaron el sujetador y luego le bajaron los pantalones y la ropa interior hasta media pierna. Como en otros casos, aparecen heridas en el vientre, en el pubis y en la cara interna de los muslos. Las nalgas han sido marcadas también y como novedad los pechos aparecen mordidos. Uno de los pezones está casi arrancado de lo que parece un bocado.

- ¿Están recogiendo muestras?

- Claro. Con un poco de suerte quizás tengamos el ADN del atacante.

- ¿Signos de forcejeo?

- Negativo. Parece ser que todo le pilló de sorpresa, no hay señales de que haya sido atada, ni empujada, ni forzada. La primera hipótesis es que llegó aquí por su propio pie acompañando a alguien a la altura de este callejón. Quién fuera le dio la puñalada mortal y luego la arrastró hacia el interior. Hemos podido comprobar que hay gotas de sangre desde la entrada del callejón hasta donde fue encontrada. Todas las mutilaciones se las hicieron una vez muerta.

- Esta vez el asesino tenía prisa.

- Es normal - responde Laia - estaba expuesto, no se encontraba en un lugar seguro y no pudo recrearse, por eso la mató primero.

- Es algo más que una nueva víctima - comenta Miguel - es un mensaje.

- ¿Para quién?

- Para nosotros.

Laia menea la cabeza negándose a aceptar lo que por otro lado es evidente.

- Me cago en mi puta vida, nos está retando. Se anticipa a nosotros y se aprovecha de nuestros errores el muy cabrón.

Una lágrima resbala por la mejilla de la inspectora. Es la primera vez que Calalberche la ve descomponerse y perder el control de sí misma.

-Tranquila Laia.

- ¡Y una mierda tranquila! con Maxím en la cárcel le retiramos dos turnos de vigilancia a esa chica. La hemos dejado expuesta y la han matado ¡hostia Miguel! es como si le hubiéramos pegado nosotros mismos la puñalada.

- Escúchame: no es culpa tuya. Tú tenías órdenes, los recursos no son infinitos.

- En mi puñetera vida he desobedecido una orden y a lo mejor ese es el problema, que esta tenía que habérmela pasado por el arco del triunfo.

El inspector esboza una triste sonrisa. Laia habla como hablaría cualquier veterano curtido. En el fondo, a pesar de toda la podredumbre y la responsabilidad inmensa que les rodea, se siente contento por tenerla a su lado de compañera.

- Esa boca inspectora, no hay quien te reconozca.

- ¿Tú también me vas a tocar el coño? no es el momento Miguel.

- Oye, sé que jode, pero las cosas son así. Alguien espera que nos demos por vencidos que tiremos la toalla, pero eso no va a suceder ¿cierto?

Ella rehuye la mirada de su compañero todavía unos instantes, tratando de aislarse, de buscar un momento, aunque solo sea un solo instante de paz antes de contestar, como si aún tuviera posibilidad de decidir si quiere apartarse de esa responsabilidad que amenaza con aplastarla. Pero como Miguel ha pensado unos momentos antes, es una policía hasta la médula de sus huesos.

- Tan cierto como que voy a pillar a ese malnacido, aunque sea lo único que haga en toda mi puta carrera.

- Bienvenida a mi mundo entonces- le contesta Calalberche.




 
A ese mal nacido no, Miguel.
Que parece que todavía no os dais cuenta que a la asesina y monstruo que se merece el peor de los finales la habéis tenido cara a cara y todavia no os enteráis.
Es increíble que todavía no os enteráis de la película.
 
- Señoría, solicito la puesta en libertad inmediata de mi defendida. Consideramos un abuso su detención y su mantenimiento en prisión, toda vez que la policía no ha podido aportar ninguna prueba concluyente de ninguno de los cargos que se le imputan. Queremos señalar que estando en prisión, quien quiera que sea el asesino, ha vuelto a actuar dejando claro que ella no tiene nada que ver con estas muertes. Así mismo, una vez efectuadas las pruebas de ADN y comprobado que el cadáver que ha aparecido en Málaga corresponde a José Marchena, entendemos que esa vía de investigación queda descartada y por tanto el único punto que podía relacionar a mi defendida con ella queda obsoleto.

- Turno de la fiscalía: por favor señora fiscal, proceda.

- A petición de la policía que investiga el caso, pedimos retrasar un poco más la puesta en libertad de Victoria Segarra. Seguimos creyendo que no colabora con la investigación y que esconde datos que pueden resultar fundamentales para avanzar en ella. Estamos ante un caso muy grave y consideramos justificado mantener la situación de prisión preventiva. Tenemos a un asesino suelto que continúa matando.

- Señora fiscal, lo que ustedes crean está empezando a dejar de ser relevante ante este tribunal, son relevantes las pruebas que puedan aportar ¿tiene alguna prueba nueva que poner encima de la mesa?

- No señoría.

- Los registros en casa de la detenida...

- No ofrecieron resultados.

- ¿Algún testigo nuevo?

- No señoría.

- Pues entonces lo siento mucho pero tengo que decretar la puesta en libertad.

- Señoría, el ministerio fiscal se opone.

- Miren, nadie mejor que yo entiende la gravedad de los hechos que investigan y por eso les he dado todo el margen que he podido, pero ustedes no han cumplido.

- Señoría, en ese caso quisiéramos proponer el ingreso en un centro de acogida de la detenida. Ella ya fue víctima en su día y en la calle corre peligro. Todas las personas relacionadas con estos asesinatos lo corren.

- Sabe tan bien como yo que para eso tiene que estar dispuesta a solicitarlo ella misma, no la podemos poner bajo tutela si no se acoge a programas de protección de testigos o a cualquier otro similar.

El juez se vuelve hacia Maxím:

- ¿Desea usted que le pongamos protección?

- No, no la necesito, muchas gracias señoría. Solo quiero poder continuar con mi vida.

- Entonces resolución de puesta en libertad inmediata. Tome nota secretario y curse la orden notificando copia a las partes.

A Calalberche no se le ha permitido asistir a la vista así que espera fuera. No necesita saber el resultado, basta con mirar la cara de Laia. Maxím camina al lado de su defensor y se detiene junto a ellos. El abogado la tira del brazo instándola a que no diga nada y efectivamente no lo hace, ninguna palabra sale de su boca, solo habla con los ojos.

- Ten cuidado Elena - le dice Calalberche cuando apenas ha dado dos pasos - hay un asesino ahí fuera.

Ella se detiene y se gira hacia él. Nunca unos ojos claros resultaron tan inquietantemente sombríos.

- Parece ser que tu asesino ya murió. Me ha dicho mi abogado que han encontrado el cadáver del Chata. No tuviste suerte con ese ¿verdad? no fuiste capaz de atraparlo, no fuiste capaz de protegerme a mí ni a ninguna de las chicas de Málaga. Tampoco a las de Madrid y ahora parece que tampoco vas a ser capaz de detener al asesino de Barcelona. Siempre llegas tarde Calalberche, igual deberías pensar en cambiar de oficio.

- La partida todavía no ha terminado.

- No, en eso tienes razón, la partida todavía no ha terminado. Aunque no lo creas te deseo suerte esta vez.

Los dos policías la observan alejarse con ese andar andrógino característico. A pesar de ser consciente de que tienen sus ojos clavados en su nuca, no se vuelve ni una sola vez más.

- Vamos a ir a por ella.

Laia no pregunta en esta ocasión, sino que afirma:

- Es lo único que tenemos Miguel, de momento no podemos ir a por nadie más. Le voy a poner seguimiento las 24 horas y también voy a solicitar que le pinchen el teléfono.

- La fiscal no está para pedirle muchos favores y el juez menos todavía.

- Voy a poner toda la carne en el asador y a empeñar todo lo que me queda de apellido policial.

- ¿Estás segura?

La pregunta no es vacía en absoluto, ni tampoco una pregunta de trámite o cortesía. Calalberche sabe lo que significa apostarlo todo a un caso, a una intuición, sabe lo que te cuesta en términos policiales, sobre todo si no tienes los resultados que prometes, sobre todo si no eres capaz de demostrar tus tesis, sobre todo si el caso no acaba con alguien entre rejas. Es perder todo tu crédito profesional, es que nunca más dispondrás de medios adecuados ni te darán buenas investigaciones, que un juez o un fiscal no te volverá a hacer caso, es enterrar tu carrera como él sabe muy bien.

- ¿Doble o nada?

- Doble o nada.

- Pues vamos a por ella.
 
No te preocupes, Luis.
En cuanto al relato, estoy se complica porque a esta chica lo ha matado otro al estar Maxim detenida, a no ser que se nos escape algo.
 
Laia intenta mediar en el conflicto: cereales de chocolate del perrito o galletas de dinosaurios. Sus dos hijas discuten en el supermercado y ella no está dispuesta a que la compra, un trámite que debería resolverse con rapidez y eficacia (llegar al súper, llenar el carrito con la lista de la compra y volver a casa), se convierta en un problema que le ocupe toda la tarde.

- Mamá, dile a Bego que me toca a mí elegir.

- No estoy dispuesta a desayunar esas estúpidas galletas de dinosaurios.

- Pues te aguantas que me toca a mí.

- Yo soy la mayor y no tengo por qué hacer caso a una mocosa como tú.

- Mamá dijo que elegiríamos una cada vez…

- ¡A ver vosotras dos! ¡que no puedo estar aquí toda la tarde! ya os he dicho cómo va esto, no se echan cosas al carro que no estén en la lista. Para eso lo hablamos antes de salir de casa. Poneos de acuerdo para el desayuno y si no, cada vez elige una.

- ¿Ves? me toca a mí, te lo dije.

- Pues yo no me como las galletas, prefiero estar toda la semana sin desayunar.

- Nadie va a estar toda la semana sin desayunar. Podéis elegir cada semana una y si no estáis de acuerdo con esto, elijo yo siempre y vais a tener que desayunar lo que yo diga.

Laia sube un par de puntos el tono y se descubre a sí misma gritando en el pasillo de los congelados. Está últimamente muy irascible y desenfocada. Todo es por culpa del caso del Chata. Aunque ya sepan que está muerto y que no es quien anda asesinando, aún siguen llamando así a la investigación por costumbre. Ella siempre ha tratado de no llevarse el trabajo a casa y de evitar en la medida de lo posible que este afecte a su familia, pero esa disciplina últimamente ha saltado por los aires y buena prueba de ello es que sus hijas la miran serias y por fin calladas. Es inusual ver a su madre chillarles en el super.

- Vale, comeremos dinosaurios - se rinde la mayor.

- Muy bien ¿Por qué no vais sacando número en la pescadería que enseguida voy?

Las niñas salen corriendo, no hay nada como darles una misión para que dejen de alborotar. Laia se permite la primera sonrisa del día porque piensa que con los policías que tiene su cargo a veces pasa lo mismo. No hay nada peor que un inspector desocupado.

Dónde estarán las malditas barritas de merluza. No entiende la dichosa manía de cambiar todo de sitio que tienen los supermercados. Cuando llevas ya un par de meses y te lo has aprendido, te vuelven a reubicar todos los productos. Estrategias de marketing piensa, para obligarte a pasar por todos sitios y a mirarlo todo, pero que a ella le toca bien el papo porque luego tarda una semana en volver a prenderse donde están las cosas. Finalmente localiza las barritas de merluza, también como conocidas como “la única forma de conseguir que tus hijas coman pescado”. No tiene mucha confianza en que consiga que cenen las doradas que va a comprar. Cuando llega a la sección de pescadería, ve allí a Begoña esperando con el número en la mano.

- ¿Y tu hermana?

- No sé.

- ¿Como que no sabes?

- Creía que se había ido contigo.

La inspectora tiene un mal presentimiento. Quizás sea sugestión por su trabajo donde siempre hay que ponerse en lo peor.

- ¡Marta! - exclama llamando a su hija pequeña

- ¡Marta! - repite ahora ya alzando la voz.

Nadie responde, solo consigue llamar la atención de un par de señoras que están esperando turno pero que no son capaces de ayudarla con ninguna indicación.

- Vamos a buscarla.

- Yo voy por aquí mamá, ve tú por el otro lado.

- No, no, tú conmigo y no te separes de mí.

Laia se dirige hacia la caja de salida. Ha dejado atrás el carro y su prioridad es constatar que la niña no ha abandonado el supermercado.

- ¿Han visto salir a esta niña? - le pregunta a la cajera enseñándole una foto en el móvil de su hija.

Sólo hay una línea de cajas abierta y la empleada niega con la cabeza.

- Lo siento, pero si ha salido no me he dado cuenta.

Laia tira de placa.

- Soy policía, por favor, si la ve salir reténgala hasta que yo llegue, especialmente si va acompañada de alguien.

Ahora la cajera espabila y deja de pasar productos por la por el escáner. Levanta el teléfono y llama a su encargada. No puede vigilar y trabajar a la vez, pero lo que no va a hacer, va a ser desobedecer a una policía y menos en un asunto donde hay niños por medio. Laia sale a la calle acompañada de Bego que no se despega de ella. Recorre con la mirada la acera donde se encuentra y también la opuesta. No ve nada ni distingue a Marta por ningún lado. Entonces vuelve a entrar. La encargada ya está junto a la caja y le pregunta qué sucede.

- Mi hija, no la encuentro.

- ¿Ha mirado bien dentro del supermercado? a veces los niños se esconden…

- Voy a ello, por favor, si la ven reténganla hasta que yo llegue.

- Claro.

Empieza por un lateral del supermercado aplicando el mismo método que cuando hace la compra: barre los pasillos de izquierda a derecha sin dejarse ninguno hasta que llega al último. En un recodo está la sección de perfumería y cremas. Lo dobla y se encuentra allí a Marta jugando con unos muñecos de Lilo y Stich que vienen con un pack de colonia infantil.

- Mamá ¿me lo compras?

- ¡Maldita sea Marta! ¿se puede saber dónde te habías metido? ¿por qué te has separado de tu hermana?

- He venido a ver las colonias, quería que me compraras una que la mía se ha acabado ya.

La coge del brazo y la zarandea. En realidad, le gustaría darle una buena torta, pero se contiene. Jamás ha pegado a ninguna de sus hijas.

- ¿Que te he dicho yo de andar sola?

- Pero mamá, estamos en el super.

- Ni en el super ni en ningún sitio ¡no te muevas de mi lado o de tu hermana y menos todavía sin avisar!

- Me haces daño.

- ¿Pero tú sabes la que acabamos de montar? ni se te ocurra volver a hacer algo así.

- Mamá - interviene Begoña en un arranque súbito de solidaridad con su hermana al ver que le va a caer la del pulpo - La gente nos está mirando.

Laia es súbitamente consciente de que efectivamente todo el mundo está pendiente de ellas. Entonces suelta a su hija y se dirige a por el carro. De repente se le han quitado ya las ganas de comprar pescado y considera que la excursión al súper se debe dar por finalizada. Se dirige a la caja con las niñas mientras encargada y cajera la observan con cara de “sí ya sabía yo que la niña estaba aquí” y “La que has liado” respectivamente.

- Lo siento – murmura.

- No es nada.

La inspectora sale del comercio con las bolsas y las niñas al parking cercano. Es consciente de que todo el súper, incluidas las dos empleadas, tienen puesta la vista en ellas. Ese “no es nada” no ha sonado a “no es nada, no te preocupes que todas somos madres trabajadoras y sabemos lo que es estar de los nervios y preocuparse por una hija”, sino más bien a “vaya la que ha montado esta loca del coño”.

- Estoy perdiendo la cabeza ¡maldita sea! - barrunta mientras conduce más despacio de lo habitual hacia su casa.

Lo último que necesita ahora es acelerarse y provocar un accidente de tráfico por una distracción. Sus hijas la miran calladas, sin alborotar, como suelen hacer cuando van juntas y solas en la parte trasera del vehículo. Especialmente Marta, que visto lo visto, ha llegado a la conclusión de que es mejor cerrar el pico y no contarle a su madre nada sobre esa persona tan amable, que en el súper le había indicado que había figuritas de juguete de Lilo y Stich en la parte más alejada del comercio. Cuando Laia se enfadó, pensó en explicarle que fue culpa de ella que tuviera la idea de alejarse, pero ahora tiene la sensación de haber hecho algo muy malo y no quiere que se enfade más.
 
Pep, el marido de Laia, recoge los platos. Las niñas son pequeñas y en esa casa se cena temprano.


- Voy a salir.


- ¿Ahora?


- Sí, necesito hacer un poco de ejercicio.


- Pues vale. Pero no te vayas muy lejos que no son horas.


- No te preocupes, solo serán veinte minutos o media hora. Estaré aquí antes de que se acuesten las niñas.


Laia sube el tramo de escaleras para llegar a su dormitorio. Allí se desviste quedando solo en bragas. Unas mallas cortas a medio muslo, deportivas, calcetines, un sujetador deportivo para fijar el pecho y una camiseta ajustada es el outfit habitual de salir a correr. Cierra la hoja del armario que dejaba a la vista la pequeña caja fuerte donde guarda su arma reglamentaria. Nunca la lleva fuera de servicio y menos aún la deja ver por casa. No con dos niñas pequeñas. Luego baja y se despide con un “ahora vuelvo” que ni Marta ni Begoña contestan, porque están absortas viendo un programa de televisión donde salen marionetas entrevistando a un cantante famoso. Sale a la calle y respira hondo: necesita que le dé el aire, necesita desfogar un poco y reordenar sus pensamientos. Se nota desenfocada en el trabajo y esto empieza a pasarle también factura en la vida privada. Siempre había tratado de mantener su actividad profesional al margen de su casa y había llegado a hacerse la ilusión de que eso era posible, pero ahora se da cuenta de que no, de que cuando no eres capaz de solucionar un enigma, cuando cometes errores, cuando no sabes qué hacer, el resultado no es un producto mal puesto en una estantería o un cliente perdido. En su caso el resultado se cuenta en víctimas tiradas sobre el suelo y cubiertas con un plástico.


Teme lo que le puede llegar a pasar porque ella no es de las que abandonan. Le gusta su trabajo y sabe que mantenerse en la brecha va a tener un coste personal y puede que familiar importante. Asume el coste personal, es el precio de su vocación, lo que la corroe por dentro es mirar a su marido y sobre todo a sus hijas y pensar si es justo que ellos también tengan que pagar parte de ese precio.


“En fin, tratemos de ser positivos”, se dice intentando dejar la mente en blanco, cosa que por supuesto no consigue. El caso de los asesinatos vuelve una y otra vez a su cabeza. No puede desconectar, valora posibilidades, líneas de investigación. Todo parece girar en torno a Elena Barrientos. Pase lo que pase está seguro que ella es la llave de todo. Con el Chata muerto se abren más incógnitas que respuestas. Antes, al menos tenían una hipótesis, ahora ya no sabe que pensar. Van a tener que trabajar en varias líneas y todas pasan por Elena. De alguna forma está convencida que ella es la clave de lo que sucede.


Antes de darse cuenta ya va corriendo. Inconscientemente ha seguido su rutina: cinco minutos a paso ligero para calentar, otros cinco al trote y luego en carrera una vez que llega al parque cercano a su casa. Ha oscurecido. La zona infantil está desierta y una solitaria pareja hace manitas en un banco en la entrada principal. Unos chicos conversan en la pista de skate sentados alrededor de un litro de cerveza. El resto del parque está desierto. A medida que se adentra por los caminos de tierra que suele recorrer se va haciendo el silencio, solo roto por el ruido de sus propias pisadas. Últimamente hace poco ejercicio, por lo cual a los quince minutos está ya ahogada y decide cambiar la carrera por un trote ligero, parándose cinco minutos a descansar. Recupera el aliento, aprovecha para beber agua de la fuente y es entonces cuando percibe apenas un rumor, como de alguien que arrastrara los pies por la arena, seguido de un ruido de pisadas sobre hojas secas. Su instinto la pone alerta. Pareciera como si alguien fuera por el camino y al verla hubiera decidido salirse de la pista y adentrarse en la maleza.


¿Otra vez imaginaciones suyas? ¿va a volver a hacer ridículo como esta tarde en el supermercado o es algo real? De nuevo retoma el trote, aguzando los oídos y volviendo de vez en cuando disimuladamente la vista atrás. Corriendo y ya en lo oscuro del parque es difícil distinguir. Cree ver sombras y escuchar ruidos, pero imposible saber si corresponden realmente a alguien que la sigue o si por el contrario los provoca ella misma al correr. Debe detenerse para estar segura y eso es algo que no está dispuesta a hacer. En medio de una recta en el camino ralentiza el paso. Si hay alguien que va detrás de ella, seguramente debe estar observando desde las sombras de la última curva. En ese momento decide abandonar la vía por un sendero lateral empinado y poco transitado, de hecho, está lleno de maleza y de hierbas. Una vez entra, se agacha rápidamente y dobla una pequeña rama cruzando el camino. Luego continúa cuesta arriba, llega a la cima de la pequeña colina, baja por el otro lado y vuelve a enfilar el mismo camino principal que llevaba antes de desviarse, esta vez de vuelta. Cuando pasa a la altura del punto por donde lo había abandonado antes, se detiene un momento tomando respiración con las manos en la cintura y haciendo como que estira un poco. En realidad, observa el camino por donde ha pasado y ve que la fina ramita que había dejado doblada ahora está partida. A la salida del camino, destaca sobre el centro arenoso de la senda una huella reciente que no corresponde a su número de pie.


- Joder.


Inspira un par de veces más, tratando de conservar la calma. Ponerse nerviosa no sirve de nada así que continúa corriendo al mismo ritmo, haciendo como que no se da cuenta de nada, pero con los sentidos alerta, elaborando un plan de acción si alguien se le acerca y tratando de ganar lo antes posible la entrada de parque. Cuando cruza por la puerta, la parejita ya no está, el grupito de skaters sigue en el mismo sitio y ella resopla aliviada al pisar la acera iluminada de la calle. Vuelve a su casa dando un pequeño rodeo porque busca el camino más concurrido. Duda al entrar. Si la persiguen está señalando el sitio donde vive, pero se da cuenta de que es una precaución inútil: quien quiera que sea el que la sigue, seguro que lo ha hecho desde que salió de su vivienda. Cuando llega aparenta normalidad, no habla con su marido, se limita a decirle a sus hijas:


- Niñas, voy a ducharme, cuando acabe subimos y nos acostamos.


- Sí mamá - le responden.


Entra a su dormitorio y antes de quitarse la ropa toma un móvil y llama a la comisaría.


- Soy la inspectora Laia Ferrer ¿quién está de guardia? Bien, pásame por favor.


Camina nerviosa alrededor de la cama. Se acerca a la ventana y mira al exterior. En la calle se ve el movimiento habitual en esas horas. Pocos peatones, es una zona residencial, la vecina sacando la basura, un coche entrando a un garaje.


- Alfaya, soy Ferrer. Escúchame, creo que me están siguiendo. Necesito que me mandes una patrulla a casa. Sí, aunque tarden un poco más prefiero que sea un coche camuflado. A ver a quién tienes con experiencia y que no la cague. Si hay alguien detrás mía tenemos que identificarlo. Podría estar relacionado con el caso de los crímenes que estoy investigando, puede ser algo grave. Gracias.


Lo de acostarse pronto esa noche queda descartado para la inspectora, pero no para sus hijas. Se salta el protocolo de leer el cuento a Bego y Marta y se lo cambia por diez minutos de Tablet, que como era de esperar, les tiene que quitar de las manos antes de apagar la luz. Ella se ha duchado y esta vestida con un chándal. Se ha vuelto a poner las zapatillas. Ha pasado casi una hora desde que volvió de correr y está en el sofá mirando la tele sin verla. El informativo ha dado paso a los anuncios y ella sigue absorta en la pantalla tragándose un comercial de compresas para perdidas de orina.


- ¿Así estamos ya? - le pregunta su marido que acaba de bajar de la ducha - ¿pensando en hacer un pedido de Tena Lady? ¿no eres muy joven aun para eso?


Ella vuelve a la realidad y cambia de canal.


- ¿Qué haces vestida?


- Espero a unos compañeros.


- ¿Cómo?


Su marido ve sobre el brazo del sofá la pequeña mochila por la que asoma la culata de la pistola de reglamento de Laia.


- Oye ¿qué está pasando aquí?


En ese momento vibra el móvil.


- Un segundo Pep, ahora hablamos. Salgo enseguida - contesta al teléfono.


Los guardias no han visto nada sospechoso. Van a quedarse toda la noche. Al volver ve en el césped un bulto tirado junto al camino de entrada. No lo ha visto antes porque iba con prisa. Es un trapo que envuelve algo. Laia toma con un par de dedos una de las esquinas y lo levanta. La tela se desenvuelve dejando caer un cuchillo ensangrentado.
 
- Tenemos resultados - exclama Marc justo al entrar a la sala de reuniones donde el equipo al completo de Laia está concentrado, tres inspectores y el propio Calalberche, además de media docena de Mossos que ahora miran todos al recién llegado esperando ansiosos las noticias que llegan de la policía científica.


- Es el mismo cuchillo con el que asesinaron a Ana Gabeiras. Es su sangre la que hay en la hoja y el arma es compatible con las heridas que la chica sufrió.


- Hay que joderse - dice uno de los inspectores moviendo la cabeza y poniendo voz a lo que todos piensan. Se acaban de difuminar las líneas que separan a los investigadores de lo que investigan. El asesino ya no solo reta, sino que amenaza directamente a la jefa de la unidad encargada de atraparlo.


- ¿Qué vamos a hacer? esto nos obliga a cambiar todo el operativo - interpela otro de los inspectores.


Todos miran a Laia que es sobre quien recae la decisión. No tarda demasiado en contestar, para ella no hay duda. Si fuera solo su persona lo vería de otro modo y quizás se hiciera un poco la valiente, cuestión de pundonor profesional, pero es su familia también la que está en riesgo. No se le olvida el incidente con sus hijas en el supermercado.


- Voy a solicitar protección para mi marido y mis hijas. No sabemos de lo que es capaz ese criminal. La amenaza ha sido clara y directa y yo se defenderme solita, pero no consentiré que se acerque a los míos.


- Tú también necesitas protección, la que más si acaso - comenta Enric Noguerol que acaba de entrar en la reunión. Es el comisario en jefe del que depende la unidad.


- Me puedo apañar con un escolta que me vigile las espaldas cuando esté fuera de servicio. En casa ya me organizo yo sola.


- De eso nada. Este tipo ya se ha cargado tres personas en Barcelona que sepamos y no estoy dispuesto a darle la más mínima oportunidad de llevarse por delante a la inspectora que lleva su caso. No solo eres tú Laia, es también que si cometemos cualquier error el descrédito y el escándalo sería mayúsculo. Pondrían en la picota a toda la policía autonómica.


No lo dice pero todos saben lo que supondría un revés de ese tipo a nivel político. Rodarían cabezas y posiblemente la primera la del comisario.


- Quiero protección para ti y para tu familia, tres turnos y por parejas.


- En ese caso será preciso un refuerzo de plantilla. Necesitamos mantener al personal que está trabajando en el caso y seguir haciendo seguimiento de Victoria Segarra.


- Lo de la Segarra no lo tengo nada claro, creo que ahí la estamos cagando. Estamos consumiendo recursos y no parece que nos lleve a ningún sitio. Es hora de pedir ayuda a la Guardia civil e iniciar nuevas líneas de investigación.


- Enric, hay que seguirla, hay algo en esa chica…. Tenemos que ver a donde nos lleva.


- Ella estaba en prisión cuando el ultimo asesinato. Tuvo que ser otra persona ¿Crees que puede ser un imitador?


- Es posible, pero están demasiado conectados, coinciden demasiados detalles porque los crímenes son muy similares. Mi teoría es que se conocen.


- Ahora mismo la prioridad es protegerte a ti y que continúes trabajando. No dispongo de más refuerzos, no puedo darte a nadie más de momento. Estamos al límite y si metemos a más gente intervendrán de la central y tomaran el control de la investigación, cosa que de todos modos va a pasar si no obtenemos resultados. Deja a alguien detrás de ella y que se concentre sobre todo en su tiempo libre. Es absurdo hacerle seguimiento cuando está trabajando o entrenando.


Es el comisario y no hay réplica. Espera un instante por si alguien quiere decir algo más y luego se despide y se vuelve a su despacho. Todos esperan a la inspectora que a su vez mira a Calalberche. A nadie se le escapa que, aunque no tenga rango allí y solo sea un colaborador, su opinión tiene peso. Es el que más sabe sobre los asesinatos y ha demostrado tener olfato y experiencia. Él no duda tampoco.


- Tú eres lo primero. No nos podemos permitir el lujo de que te hagan daño a ti o a los tuyos. Si te sacan del caso tendríamos que empezar desde cero. Por Victoria no os preocupéis, yo tengo todo el tiempo libre del mundo. Haré los tres turnos si hace falta.


- Bien. Pues establezcamos entonces el operativo. Quizás sea una oportunidad si alguien intenta acercarse a mí y podemos echarle el guante.
 
Calalberche espera en el coche camuflado que le han cedido los Mossos. Un viejo Lancia con más kilómetros que el caballo de Gengis Khan. Al menos pasa desapercibido en aquel barrio donde no abundan los coches de alta gama. Suena su móvil: es Laia.


- ¿Qué haces despierta a estas horas?


- ¿Tú qué crees? no es fácil conciliar el sueño ¿cómo vas?


- Aquí esperando en la puerta de mi novia a ver qué pasa.


- Es muy tarde ¿crees que saldrá?


- Casi todas las noches lo hace.


- Esta chica o es una completa inconsciente o está de mierda hasta el cuello. Sabiendo lo que hay suelto salir a correr a las doce de la noche no se le ocurre a nadie que tenga dos dedos de frente.


- Nuestra amiga es muy especial.


- ¿Alguna novedad en el seguimiento?


- No, ninguna. No ha vuelto a ir a trabajar al bar y por las tardes acude a clases de cocina. Me da la impresión de que va a cambiar la barra por los fogones.


- ¿Sigue yendo? Vaya, es una chica constante.


Maxím acude a un centro concertado donde se ofrecen módulos de formación profesional para exconvictos. Aunque ella técnicamente no sea una convicta porque estuvo en prisión preventiva y nunca llegó a ser juzgada, aprovechó los cursos y ahora se forma como cocinera.


- Sí, parece que le ha dado fuerte eso de la cocina. Ha ido a una tienda de ropa laboral y se ha comprado mandiles y uniformes de trabajo. Durante la mañana no asoma la gaita. Sospecho que se la pasa durmiendo. Por la tarde algunas compras y por la noche sale a correr cuando las calles están desiertas. Luego vuelve a casa y ya no pisa el asfalto hasta el día siguiente. Esa es la rutina. Y tú ¿qué tal?


- Por aquí sin novedad. No hemos vuelto a tener tropiezos. Hay algunos datos nuevos sobre la autopsia de Ana: el asesino era diestro. Tenemos dos asesinatos en Barcelona cometidos por un asesino diestro y otros dos por uno zurdo. He estado también en el gimnasio donde entrenaba. Coincide con lo que tú dices, desde que ha salido no ha vuelto por allí. Por cierto, su entrenador me confirma que Maxím es zurda.


Laia lo deja caer como si nada. Simplemente como uno entre tantos otros detalles, aunque sabe que Miguel recibe la información con avidez, registrándola y procesándola.


- Eso no implica necesariamente más de un asesino. Podemos estar ante alguien muy hábil y muy inteligente. También se puede dar el caso de una persona ambidiestra, aunque es más raro.


- Tenemos demasiadas posibilidades y casi ninguna certeza, Miguel. Tengo la impresión de que solo un patinazo del asesino nos puede colocar en la pista correcta. Esto es una puñetera maraña, no sabemos de qué hilo tirar.


- Tarde o temprano conseguiremos atar cabos, no te preocupes. Pero tenemos que estar ahí. La inspiración existe, pero te tiene que pillar trabajando cuando llegue.


Laia reconoce la cita atribuida al paisano de Calalberche, Pablo Picasso, y sonríe cansada al otro lado del teléfono.


- Esto se me está haciendo ya muy largo.


- Pues imagínate a mí que llevo seis días de seguimiento. Oye, tengo que dejarte, nuestra chica sale a correr. Te dije que lo haría.


- Vale, me voy a la cama a ver si consigo dormir algo. Ponme un mensaje cuando vuelva a casa, ya lo veré mañana cuando me levante.


- Ok.


Calalberche persigue con la mirada a Maxím que ha salido con unas mallas largas, camiseta oscura y sudadera. Camina rápida en la dirección habitual, que es hacia un parque que está a unas tres manzanas de su casa. El inspector le deja margen y hasta que no ha llegado al primer cruce no arranca el coche, tomando en su misma dirección con las luces apagadas en los primeros metros. A partir del segundo cruce la chica ya va en carrera y así sigue hasta que entra al parque. Se detiene en un pequeño albero junto a la entrada donde hay algunos aparatos de gimnasia fijos, de los que habitualmente usan los abuelos. Maxím aprovecha las barras para hacer flexiones verticales, también algo de abdominales y algún que otro estiramiento. Calalberche la mira a través del teleobjetivo de la cámara con la que la ha estado fotografiando durante esta semana. Gracias a ella puede mantener la distancia y comprobar que la chica sigue la rutina de todos los días. Si sabe que la están siguiendo es muy lista porque disimula muy bien. Ni una sola mirada atrás, ni una sola permutación de itinerario, ni un cambio de rutina. Pareciere que quisiera facilitarles el trabajo a ellos o a cualquier posible asesino que la acechara. Calalberche cada vez está más convencido de que es demasiado lista y para nada una inconsciente. Si no tiene miedo al asesino es porque sabe que no va a ir a por ella. Eso no la convierte necesariamente en cómplice, pero resulta evidente que la chica sabe más de lo que cuenta.


Ahora, termina de hacer sus ejercicios y se pone de nuevo en carrera desapareciendo en el interior del parque. Si todo es correcto, en unos quince minutos aparecerá por la entrada contraria al camino que ha usado para llegar. Luego bordeará el parque y volverá por la misma avenida a su casa. Miguel arranca el coche y va hacia el otro lado. Necesitaría otra persona allí para apoyarle en el seguimiento, pero como no puede ser, decide confiar en su instinto y en que la chica no altere su rutina. Ya tiene un sitio estupendo para vigilarla en la otra salida. Es un aparcamiento para minusválidos que a esas horas siempre está vacío. Desde allí la verá salir y la podrá seguir.


Una vez estacionado se dispone a esperar, no debe tardar más de diez minutos. Un bostezo le hace cerrar los ojos un momento. En los últimos días apenas ha podido dormir.
 
Laia se despierta sobresaltada.


El sueño que tenía era tan profundo que piensa que se ha quedado dormida, pero un vistazo al despertador confirma que todavía faltan unos minutos para que suene. Está cansada, ha tardado en coger el sueño, como casi todas las noches desde que alguien le dejó el “recado” en el jardín de su casa. Debería recurrir a los tranquilizantes y tomarse un descanso, pero no puede hacer ni una cosa ni la otra. Esta vez, de su trabajo puede depender su seguridad y la de su familia y necesita la cabeza despejada, así que todas las noches libra un combate entre la preocupación y el sueño que este acaba ganando solo a altas horas de la madrugada.


Se levanta porque sabe que si no lo hace volverá a cerrar los ojos y se quedará dormida. La actividad intensa de poner en marcha la casa solo se detiene un momento, cuando su marido sale con las niñas rumbo al colegio escoltado por un vehículo de la Policía. Ella lo despide en la puerta mientras observa por el rabillo del ojo que hay otro coche, también de los Mossos, aparcado a poca distancia. Solo entonces se permite el lujo de darse una ducha y tomarse un café. Mientras desayuna consulta su móvil. Es extraño porque le llegan los informes de los escoltas, pero no el de Calalberche que estaba haciendo el seguimiento de Maxím esa noche. Siempre le pone un Whatsapp cuando acaba y esta vez no le ha llegado.


"No news, god news" barrunta tratando de pensar en positivo. Seguramente no habrá ninguna novedad y por eso no le ha escrito. Eso es lo que trata de trasladar a su mente, pero lo que ella le responde (como buen cerebro de policía), es que una ruptura de la rutina no es buena señal, de manera que decide hacer una llamada.


- Pep ¿qué tal el relevo?


- Aquí estoy en casa de la sospechosa. Pero no he visto a Calalberche. Te iba a llamar, pero le estaba dando unos minutos por si había ido a tomar un café o algo.


- ¿No te ha dejado ningún mensaje?


- No.


- De acuerdo, gracias.


La inspectora duda un momento. Después de toda la noche vigilando es posible que Miguel esté ya durmiendo pero prefiere arriesgarse a despertarlo. No puede quedarse con la duda porque no es habitual que, ni haya mandado recado, ni haya estado en el relevo de su compañero. El móvil da tono de apagado o fuera de cobertura. Ese tono que tanta rabia y ansiedad provoca en los padres que llaman a sus hijos porque no llegan a casa o en su defecto, el compañero que está de misión y que debería estar comunicado en todo momento.


Una vez que se viste y coge el coche se dirige de forma automática a la comisaría, la inercia la lleva en esa dirección, pero a mitad de camino toma una decisión y se desvía hacia el hotel donde pernocta Miguel. Una cansada recepcionista que se ve que ha hecho un turno de noche que aún no ha terminado se dirige con una sonrisa impostada a ella. La misma sonrisa con la que una camarera agotada por un turno de doce horas cobrando el salario mínimo se dirigiría a sus clientes.


- Hola en qué puedo ayudarla.


- Buenos días, policía. Estoy buscando a mi compañero Miguel Calalberche que se aloja aquí en el hotel.


- Un momento - dice ella mientras teclea en el ordenador – Sí, Planta segunda habitación 202.


- ¿Sabe usted si está aquí?


- Yo no le he visto llegar, he estado toda la noche, pero si quiere llamo a la habitación.


- Por favor.


Laia puede sentir que se le acelera el pulso con cada tono de llamada que queda sin contestar. La chica le hace un gesto negativo.


- ¿Puedo subir un momento a su habitación?


La empleada parece dudar.


- No sé si puedo autorizarla...


- Es mi compañero y no ha acudido hoy a trabajar. Es posible que haya tenido un percance debido a una investigación que estamos realizando. Solo le pido que me abra un momento para ver si ha dejado alguna nota o algo en la habitación, no tocaré nada y usted puede acompañarme.


La recepcionista se muestra un poco reacia aún. Conoce a Calalberche porque siempre se aloja allí y también es policía. No sabe si es buena idea dejar entrar a nadie, aunque también se identifique como agente de la ley.


- Mire, puedo pedir una orden judicial y para el mediodía estaríamos aquí de vuelta. Creo que lo mejor es ahorrarnos el trámite porque no disponemos de mucho tiempo. Soy amiga de Miguel y temo que le haya pasado algo malo.


- De acuerdo - se rinde por fin.


Toma un walkie talkie y llama a la limpiadora.


- María ¿puedes bajar un momento a recepción?


Cuando llega le pide que acompañe un momento a la inspectora a la habitación 202. La Kelly le abre la puerta y se queda esperando fuera, aparentemente entretenida en consultar su móvil, dejando que Laia pueda husmear a voluntad. Hay unas servilletas tiradas en la papelera con un envoltorio de algo que parece bollería. También una botella de plástico de agua. El armario está ordenado, con su ropa colocada y la cama está hecha. Ni rastro del móvil ni del portátil de Miguel, cosa nada extraña porque siempre los lleva encima cuando sale. En la ducha artículos de aseo personal, la toalla del lavabo arrugada y dejada caer asimétricamente en su percha. La de la ducha doblada e impecable sobre un pequeño estante. Ninguna nota y ninguna señal de haber salido precipitadamente.


- ¿Ha hecho usted la habitación esta mañana?


- No, esta planta es la última que hago.


Laia asiente. Parece claro que Calalberche no ha pasado allí la noche. La cama bien hecha y la toalla del baño sin usar indican que ayer salió (seguramente sobre el mediodía) y no ha vuelto. Contrariada a la vez que preocupada, Laia le deja una tarjeta a la recepcionista.


- Si vuelve el inspector o llama al hotel, haga el favor de avisarme.


- Sí señora.


- Muchas gracias.


Cuando llega a su despacho ya van por cinco las llamadas que ha hecho sin respuesta. Tampoco ha leído su compañero los WhatsApp que aparecen con la señal de no entregados. Entonces decide efectuar una última llamada antes de hacer saltar las alarmas. Dispone de un número de teléfono en Madrid que sabe que es importante para Miguel. La persona se llama Claudia, es la mujer con la que habló el otro día. Calalberche le dijo cuando le pasó el teléfono:


- Está en información y puede echarte una mano en caso de necesidad. Tiene acceso a todos los sistemas. Si tienes una urgencia y no puedes contactar conmigo, llámala a ella. Tiene muy mal genio, ya te aviso que cuando le digas que vas de mi parte te pondrá muy mala cara, pero si puede te ayudará.


- Y eso de la mala cara ¿qué le has hecho Miguel?


- Digamos que ya no somos muy amigos.


- Explícame eso de amigos - pidió Laia divertida al ver el embarazo que tenía Calalberche con la cuestión.


- Salimos juntos un tiempo...


- Vaya ¿y no funcionó?


- No.


- Lo siento de veras ¿Sería muy cotilla si te pregunto qué pasó...?


- Eso no viene al caso - responde Miguel, aunque sabe que precisamente sí que viene al caso, tiene todo que ver con el caso.


- Venga hombre, cuéntame algo.


- ¿Y por qué tendría que contarte nada de mi vida?


- Cullons tío, porque llevamos un montón de tiempo trabajando juntos y no sé nada de ti.


- Ni yo de ti.


- Sabes todo lo que hay que saber, mi vida es muy aburrida: estoy casada, tengo dos hijas, nos va bien en casa y antes de mi marido tuve dos novios que no cuajaron ¿qué más quieres que te cuente?


- Yo no te he pedido que me cuentes nada así que déjame en paz.


- Venga, dime algo ¿qué fue lo que no funcionó?


- Solo hay algo más coñazo que un policía y es una mujer policía ¿me quieres dejar tranquilo?


- Cuando me cuentes alguna cosa.


Laia está animada, no es habitual que pueda intercambiar historias personales con su compañero, de modo que no está dispuesta a soltar la presa.


- Es que no hay mucha historia, ya te lo he dicho, salimos un tiempo juntos y lo dejamos porque ella quería abandonar a su marido y que nos fuéramos a vivir juntos.


Ahora Laia abre los ojos como platos.


- ¡Estaba casada! Salías con una mujer casada.


- Sí.


- Y no fastidies que quiso dejar a su marido por ti...


El otro mueve la cabeza, un poco mosqueado, se está metiendo ya en demasiadas profundidades su compañera y no le hace ni pizca de gracia.


- Y tú le dijiste que no.


- Mira, vamos a dejarlo – cortó dando portazo a la cuestión.


Y ahora Laia está ahí, marcando el número de esa tal Claudia. A parte de ella misma no se le ocurre a nadie más a quien Calalberche haya podido llamar si ha tenido un percance.


Al segundo tono cogen el teléfono.


- Dígame.


- Claudia…


- Sí ¿Quién llama?


- Soy Laia Ferrer, posiblemente usted no me conoce, pero Miguel Calalberche colabora conmigo en unos casos de asesinato en Barcelona.


- Sé quién eres. Miguel me habló de ti.


Seca y enfadada, tal y como su compañero le había pronosticado.


- ¿Qué quieres?


- No consigo contactar con Miguel. Quería saber si desde anoche a esta mañana ha hablado contigo o tienes algún mensaje suyo.


Casi puede calibrar las malas pulgas que se cuecen al otro lado de la línea.


- No sé qué te habrá contado Miguel, pero a mí no suele llamarme por las noches. De hecho, ya no suele llamarme si no es para pedir un favor.


- De acuerdo, gracias. Lamento haberte molestado, es que no sabía a quién preguntar. No es que tenga un círculo de amigos muy amplio...


Claudia parece recapacitar. Que lo llame la nueva compañera de Miguel preguntando por él es algo que no parece haberle hecho mucha gracia, pero ahora se da cuenta de que si Laia se ha decidido a llamarla es que seguramente está pasando algo grave.


- ¿Que has querido decir con eso de que no consigues localizarlo? - pregunta y ahora el tono de su voz no puede evitar traslucir cierta preocupación.


- Anoche estaba siguiendo una sospechosa a la tenemos puesta vigilancia. No envió el informe ni contactó con el relevo. No ha pasado la noche en su hotel y no consigo que atienda mis llamadas.


Al otro lado del teléfono se hace un silencio espeso. La inspectora catalana intuye, más por mujer que por policía, que Claudia a pesar de su hosquedad tiene todavía sentimientos hacia Miguel. Cuando por fin habla es para hacer una petición.


- Laia, encuentra a ese imbécil antes de que lo maten, hazme el favor.


- Lo haré, no te preocupes.


Maldita sea, piensa cuando cuelga. Se avecina tormenta y nos va a pillar sin paraguas. Todo lo que puede salir mal está saliendo mal. Cualquier fallo que se permite se vuelve inmediatamente en contra de ellos. La inspectora levanta el teléfono y hace una nueva llamada.


- Buenos días, inspectora Ferrer. Orden de busca para uno de nuestros coches camuflados, el Lancia matrícula TDR-2783. Es urgente. Ya me encargo yo de comunicarlo también a mi equipo, pero por favor, pongan sobre aviso a todas las unidades.


La siguiente llamada es para el compañero que le tendría que haber dado relevo a Calalberche.


- Oye Pep ¿estás en la puerta de la sospechosa?


- Sí claro, aquí no se ve ningún movimiento.


- Date una vuelta por el parque cercano a ver si ves el coche camuflado, el Lancia, no consigo contactar con Calalberche.


- De acuerdo.


Y por último la llamada que más le cuesta hacer. Marca el número del comisario.


- Enric, tengo malas noticias: hemos perdido a Miguel Calalberche.
 
Buen relato, me hace conectarme todos los dias para ver si se ha publicado la continuacion
Voy publicando aquí y en la otra web, mi intención es terminar de colgar todo el relato entre este fin de semana y la semana que viene.

Un saludo.
 
Atrás
Top Abajo