Fantasías sexuales de las españolas 2º parte

Laia y Miguel están en la puerta de Sweet Queen. Han decidido presentarse sin avisar y lo hacen a la hora de máxima afluencia. Son las 23:30 de la noche. A Miguel le hubiera gustado llegar antes, pero hay cosas que la inspectora no se salta a menos que sea cuestión de vida o muerte.


- Teníamos que haber venido a las ocho – comenta.


- A diferencia de ti, que decides malgastar tus vacaciones y tu tiempo libre viniendo a tocar los huevos a Barcelona, yo tengo una vida fuera del trabajo. Mis hijas no cenan sin su madre si puedo evitarlo.


- Si tan pesado me pongo puedo irme a Madrid en cuanto tú me digas que sobro aquí.


- No te pongas dramático, hombre. Como decía Gila, si no sabes aguantar una broma vete del pueblo.


- Y dale con que me vaya, vuelta a la burra al trigo…


Mientras, observan la entrada donde un tipo alto, musculado y calvo hace de guardia de puerta. Parece más un motero que portero, pero precisamente por eso le habrán puesto ahí. Han hablado con los policías que estuvieron en su día en el local. Entrevistaron al portero, la dueña y las camareras. Ninguno reconoció a Esther ni a la amiga que la acompañaba, no supieron tampoco dar detalles de nadie extraño que hubieran visto rondar por allí y menos un individuo de la edad del Chata. La visita se liquidó rápido, pero esta vez ellos en persona se ocuparán del interrogatorio. Se acercan al tipo y le muestran la placa.


- ¿Quién es el responsable del local?


- La responsable se llama Nieves y es la dueña.


- ¿Está dentro?


- Sí. A la derecha de la barra hay una puerta que da a un pequeño reservado. Suele encontrarse allí ocupándose de las cuentas. Si no, preguntad a las camareras y os indicarán quién es.


Antes de entrar, Calalberche saca tres fotos correspondientes a las tres víctimas de Barcelona, incluida la más reciente. Es la primera que le enseña.


- ¿Has visto por aquí alguna de estas personas?


El otro toma la fotografía y la mira un rato largo.


- No, no me suena. De todas formas, aquí entra mucha gente, no me fijo en todos.


Igual resultado para el resto de las fotografías. Laia y Miguel deciden entrar al local.


- Este tipo es muy despicado para ser portero - comenta él - podría haber pasado una bandera completa de la Legión por la puerta con la cabra incluida sin que se hubiera dado cuenta.


- O eso o miente muy bien.


- Yo creo que no, no ha dudado ni un solo instante y tiene pinta de despistado. Además, fíjate como tiene los ojos. Ese le pega a la coca seguro. A partir de una hora o dos de puerta ya no se entera de nada, simplemente está como un marmolillo en la entrada para impresionar o para emplear el músculo si hay algún problema. Creo que solo es un bulto y poco más así que probemos suerte con la gente de dentro.


Se paran un minuto a reconocer el pub, que en ese momento está bastante lleno. Se ven algunas pintas raras, pero en general lo que prima son mujeres con ganas de divertirse, varias jóvenes, la mayoría con una media de edad por encima de los 30 o 40. No parece en absoluto un local problemático. Hay ajetreo, la música está alta y las dos camareras bastante ocupadas. Así que se dirigen directamente al reservado que les ha indicado el portero, dan un par de toques en la puerta y luego abren sin esperar. Una mujer de unos cincuenta y tantos años, rubia, con unas gafas de ver de cerca con su cordelillo para que no se le caigan, está sentada tras una diminuta mesa en lo que parece un pequeño almacén donde se apilan cajas de bebidas, vajilla y un arcón grande con un logotipo de bolsas de hielo. La mujer levanta la vista de los papeles que está revisando y los mira, enfurruñada. Al parecer, no le agrada en absoluto que invadan su zona privada.


- Aquí no se puede entrar.


Laia opta por hacer de poli buena a ver si entre mujeres se entienden. Le muestra la placa y con tono amable le pregunta:


- ¿Es usted Nieves? inspectora Ferrer ¿puede atendernos un par de minutos?


La otra otea por encima de las gafas. La mirada no es amistosa y le sigue un “ustedes dirán” en el que las palabras se arrastran como si les costara salir de su boca. El inspector pone encima de la mesa las fotos.


- Quisiera preguntarle si ha visto alguna de estas personas por aquí.


Ella observa y niega con la cabeza. Señala a Esther.


- ¿Por esta no estuvieron ya preguntando hace un tiempo?


- Sí, efectivamente.


- Pues no, lo siento mucho pero no conozco a ninguno de los tres.


- Creemos que pudieron ser clientes de su local.


- Desde luego no son clientes habituales, los conocería. Por aquí pasa mucha gente ¿sabe? es un local de referencia para el colectivo LGTBI. También hay personas que vienen de fuera de Barcelona y entran a tomarse una copa. Imposible acordarse de todos.


- Claro. Bien ¿le importa que les enseñemos las fotos a sus camareras?


- Si me importa, tenemos el local lleno y lo último que me hace falta es a la policía ahuyentándome a la clientela.


- Podemos citarlas a declarar.


- Pues háganlo, pero aquí no quiero escándalos. No sé por qué buscan a esta gente, pero nosotros no tenemos nada que ver.


Laia y Miguel no necesitan mirarse entre ellos para saber que ahí se acaba la colaboración de la dueña del local. No parece muy contenta de ver a la policía.


La mujer tiene sus razones. La relación entre el colectivo y la policía nunca ha sido muy buena. Y no hablamos ya de los años en que la homosexualidad estaba perseguida, que esos apenas le tocaron vivirlos, sino de temas mucho más recientes. Muy cerca hay varios locales también y pubs, donde le consta que la Policía colabora con el personal de seguridad rápidamente en cuanto se produce cualquier altercado o incidente. En el Sweet Queen casi nunca hay complicaciones con la gente de dentro, sino más bien con gente problemática que trata de acceder y curiosamente, en su caso, a diferencia de los otros locales, la policía no los trata como agredidos sino como sospechosos. No sabe si es ese poso de homofobia que todavía puede quedar en la institución, pero nunca se han llevado demasiado bien. También hay que decir que a la gente del colectivo no le agrada demasiado ver a la policía por allí, prefieren pasar desapercibidos cuando salen a divertirse. La vez anterior, que vinieron a preguntar por la otra chica, no mostraron demasiado tacto.


- De acuerdo, hablaremos con su personal más tarde ¿A qué hora abren?


- A las cinco y media de la tarde.


- Bien, pues mañana estaremos aquí a esa hora.


- Les estaré esperando.


Cuando vuelven al local el barullo y la música envuelven de nuevo a los policías. Se fijan en las camareras. Una bajita y regordeta, con el pelo corto, parece ajena a todo, enfrascada en servir bebidas. La otra delgada, musculosa y con una coleta larga a la espalda. Esta última sí parece haber reparado en su presencia y les lanza una mirada inquisitoria. Es solo apenas un segundo, antes de volver la vista a la barra. Calalberche cree adivinar una pequeña sonrisa en sus labios. Piensa que es como si la conociera. Algo le llama la atención, pero no sabe que es. Quizás su seguridad. Salen fuera e intercambian un saludo con el portero.


- ¿Qué opinas?


- Pues que no parece muy contenta con nuestra presencia, pero es normal. A ningún negocio le gusta ver a la policía husmeando, eso espanta a la clientela y da mala fama. Y menos en un local de lesbianas.


- ¿Crees que sacaremos algo del interrogatorio a las camareras? Cuando lo de Esther, según el informe que presentaron, tampoco sabían nada. Me da la impresión de que estamos perdiendo el tiempo aquí.


- Eso solo hay una forma de comprobarlo y es hablando con ellas. Esta vez las interrogaremos nosotros.


Calalberche ve aproximarse por la acera a un grupo de mujeres. Se ve que es hora punta en el Sweet. Saca las fotos de su bolsillo y se dirige a ellas.


- ¿Qué haces?


- Pues aprovechar el viaje ya que estamos aquí. Total, no tenemos nada que perder. Dentro no podemos actuar, pero nada nos impide hacerlo en la calle.


- Hola, buenas noches - les entra tirando de placa - Por favor ¿podrían ayudarnos? ¿alguna de ustedes ha visto a una de estas personas?


Las chicas forman en círculo alrededor y se pasan las fotos. No parecen molestas, por el contrario, se fijan atentamente intentando hacer cabeza. La respuesta no obstante es negativa.


- ¡Eh! ¿qué hacen ustedes? - los interpela el portero.


Laia lo fulmina con la mirada. Sin que sea necesario decir nada más el otro da un paso atrás refugiándose en el marco de la entrada, consciente de que ahí acaban sus dominios. La pareja se queda media hora más en la puerta y muestra la fotografía a todos los que entran o salen, mayoritariamente mujeres. Nadie reconoce a ninguno de los asesinados. La inspectora mira la hora.


- Miguel, tengo que irme, es ya tarde.


- Claro - responde a pesar de que él hubiera estado dispuesto a quedarse toda la noche allí en la puerta.


Repentinamente cobra conciencia de que su compañera tiene vida más allá del trabajo y también responsabilidades. Cuando se levante temprano y esté desayunando para ir a la comisaría, ella ya llevará un buen rato en pie después de tocar diana en su casa, haberles puesto el desayuno a sus hijas y dejarlas en el colegio. Lo intentan por última vez con un grupo de tres mujeres que se acercan con igual resultado negativo. Es entonces cuando una mujer madura de unos cuarenta años abandona el local y curiosa, se les queda mirando sin entender muy bien lo que están haciendo allí. Laia se dirige a ella.


- Disculpe señora, somos policías ¿reconoce alguna de estas personas?


La mujer mira la fotografía de Patricia mientras mueve la cabeza, luego la del chico también asesinado y por último la de Esther, con la que se entretiene unos segundos.


- A esta chica la conozco ¿qué pasa? ¿ha hecho algo?


- No, más bien es a ella a quien le han hecho algo ¿de qué la conoce?


La mujer se muestra ahora un poco incómoda, como si lamentara haberse detenido. La curiosidad le ha podido y ahora se ve obligada a dar explicaciones.


- La vi por aquí en un par de ocasiones, pero de eso hace ya más de un año.


- ¿Es usted habitual del local?


- Suelo venir de vez en cuando.


- Esta chica, cuando usted la vio ¿estaba sola?


- La primera vez no, venía acompañada de otra joven.


- ¿Podría describirla?


La mujer lo hace. La descripción coincide con Montse, la compañera de Esther, la que afirmaba haber acudido al Sweet Queen con ella por primera vez.


- Y ¿en la segunda ocasión?


- Estuvo sola toda la noche. Bueno, yo me fui antes de que ella abandonara el local, pero el rato que permanecí allí sí, estuvo sola. Se quedó en la barra hablando con la camarera.


- ¿Está segura?


- Bastante, lo sé porque la estuve observando.


- ¿Y eso por qué?


La mujer pone cara de sorpresa, como si el tema no resultara evidente. Laia lo entiende al momento.


- ¿Habló usted con ella?


- Sí


- ¿Y?


- Me acerqué porque vi que no venía acompañada y me pareció que estaba un poco desubicada, se le notaba que era novata.


- ¿Estuvieron juntas mucho rato?


- No, qué va, tan solo intercambiamos unas cuantas palabras. Enseguida me di cuenta que era una chica tímida. Bueno, ya me entiende, ella no parecía estar preparada, es lo que nosotros llamamos una curiosa.


- ¿Una curiosa?


- Sí, son esas chicas un poco ambiguas que no tienen clara su sexualidad y que vienen aquí por curiosidad o porque esto les pone un poco, pero que no tienen claro si son lesbianas o no. Me dijo que solo había entrado a tomar una copa y a mirar. Y ahí se acabó la conversación. Me di cuenta que estaba un poco incómoda así que decidí no forzar la situación y la dejé sola.


- ¿Se fijó usted si interactuaba con más personas?


- No, sólo habló con Máxim. Me dio la impresión de que ella sí que le gustaba, pero eso no es extraño, Máxim nos gusta a todas…


- ¿Quién es Máxim?


- Es la camarera.


Calalberche y Laia intercambian una mirada intensa. La policía mete la mano en el bolsillo y saca una tarjeta que le entrega a la mujer.


- Le estamos muy agradecidos por su ayuda, si recuerda alguna cosa más o hay algún detalle que recuerde más tarde y que pueda sernos de utilidad, le agradecería que nos llamara, por favor.


- De acuerdo - dice ella guardándose furtivamente la tarjeta en el bolso.


Se aleja de allí deprisa. Se supone que ha hecho lo adecuado hablando con la policía, colaborar con las fuerzas de seguridad es lo correcto ¿no? Discurre, mientras se marcha sin poder dejar de sentirse inquieta y bajo la mirada del portero que adivina en su espalda.


- ¿Tenemos los datos de las camareras?


- Si son las mismas que estaban el año pasado, sí.


- ¿Lo comprobamos mañana en cuanto llegues a la comisaría y a las cinco y media estamos aquí para hacerles una visita?


- Sí.


- Pues vámonos, quizás hayamos tenido suerte.


El día acaba justo a medianoche y ambos vuelven, una a su casa y otro al hotel, cansados pero contentos. Quizás tengan un hilo del que tirar.
 
Laia y Miguel están en la puerta de Sweet Queen. Han decidido presentarse sin avisar y lo hacen a la hora de máxima afluencia. Son las 23:30 de la noche. A Miguel le hubiera gustado llegar antes, pero hay cosas que la inspectora no se salta a menos que sea cuestión de vida o muerte.


- Teníamos que haber venido a las ocho – comenta.


- A diferencia de ti, que decides malgastar tus vacaciones y tu tiempo libre viniendo a tocar los huevos a Barcelona, yo tengo una vida fuera del trabajo. Mis hijas no cenan sin su madre si puedo evitarlo.


- Si tan pesado me pongo puedo irme a Madrid en cuanto tú me digas que sobro aquí.


- No te pongas dramático, hombre. Como decía Gila, si no sabes aguantar una broma vete del pueblo.


- Y dale con que me vaya, vuelta a la burra al trigo…


Mientras, observan la entrada donde un tipo alto, musculado y calvo hace de guardia de puerta. Parece más un motero que portero, pero precisamente por eso le habrán puesto ahí. Han hablado con los policías que estuvieron en su día en el local. Entrevistaron al portero, la dueña y las camareras. Ninguno reconoció a Esther ni a la amiga que la acompañaba, no supieron tampoco dar detalles de nadie extraño que hubieran visto rondar por allí y menos un individuo de la edad del Chata. La visita se liquidó rápido, pero esta vez ellos en persona se ocuparán del interrogatorio. Se acercan al tipo y le muestran la placa.


- ¿Quién es el responsable del local?


- La responsable se llama Nieves y es la dueña.


- ¿Está dentro?


- Sí. A la derecha de la barra hay una puerta que da a un pequeño reservado. Suele encontrarse allí ocupándose de las cuentas. Si no, preguntad a las camareras y os indicarán quién es.


Antes de entrar, Calalberche saca tres fotos correspondientes a las tres víctimas de Barcelona, incluida la más reciente. Es la primera que le enseña.


- ¿Has visto por aquí alguna de estas personas?


El otro toma la fotografía y la mira un rato largo.


- No, no me suena. De todas formas, aquí entra mucha gente, no me fijo en todos.


Igual resultado para el resto de las fotografías. Laia y Miguel deciden entrar al local.


- Este tipo es muy despicado para ser portero - comenta él - podría haber pasado una bandera completa de la Legión por la puerta con la cabra incluida sin que se hubiera dado cuenta.


- O eso o miente muy bien.


- Yo creo que no, no ha dudado ni un solo instante y tiene pinta de despistado. Además, fíjate como tiene los ojos. Ese le pega a la coca seguro. A partir de una hora o dos de puerta ya no se entera de nada, simplemente está como un marmolillo en la entrada para impresionar o para emplear el músculo si hay algún problema. Creo que solo es un bulto y poco más así que probemos suerte con la gente de dentro.


Se paran un minuto a reconocer el pub, que en ese momento está bastante lleno. Se ven algunas pintas raras, pero en general lo que prima son mujeres con ganas de divertirse, varias jóvenes, la mayoría con una media de edad por encima de los 30 o 40. No parece en absoluto un local problemático. Hay ajetreo, la música está alta y las dos camareras bastante ocupadas. Así que se dirigen directamente al reservado que les ha indicado el portero, dan un par de toques en la puerta y luego abren sin esperar. Una mujer de unos cincuenta y tantos años, rubia, con unas gafas de ver de cerca con su cordelillo para que no se le caigan, está sentada tras una diminuta mesa en lo que parece un pequeño almacén donde se apilan cajas de bebidas, vajilla y un arcón grande con un logotipo de bolsas de hielo. La mujer levanta la vista de los papeles que está revisando y los mira, enfurruñada. Al parecer, no le agrada en absoluto que invadan su zona privada.


- Aquí no se puede entrar.


Laia opta por hacer de poli buena a ver si entre mujeres se entienden. Le muestra la placa y con tono amable le pregunta:


- ¿Es usted Nieves? inspectora Ferrer ¿puede atendernos un par de minutos?


La otra otea por encima de las gafas. La mirada no es amistosa y le sigue un “ustedes dirán” en el que las palabras se arrastran como si les costara salir de su boca. El inspector pone encima de la mesa las fotos.


- Quisiera preguntarle si ha visto alguna de estas personas por aquí.


Ella observa y niega con la cabeza. Señala a Esther.


- ¿Por esta no estuvieron ya preguntando hace un tiempo?


- Sí, efectivamente.


- Pues no, lo siento mucho pero no conozco a ninguno de los tres.


- Creemos que pudieron ser clientes de su local.


- Desde luego no son clientes habituales, los conocería. Por aquí pasa mucha gente ¿sabe? es un local de referencia para el colectivo LGTBI. También hay personas que vienen de fuera de Barcelona y entran a tomarse una copa. Imposible acordarse de todos.


- Claro. Bien ¿le importa que les enseñemos las fotos a sus camareras?


- Si me importa, tenemos el local lleno y lo último que me hace falta es a la policía ahuyentándome a la clientela.


- Podemos citarlas a declarar.


- Pues háganlo, pero aquí no quiero escándalos. No sé por qué buscan a esta gente, pero nosotros no tenemos nada que ver.


Laia y Miguel no necesitan mirarse entre ellos para saber que ahí se acaba la colaboración de la dueña del local. No parece muy contenta de ver a la policía.


La mujer tiene sus razones. La relación entre el colectivo y la policía nunca ha sido muy buena. Y no hablamos ya de los años en que la homosexualidad estaba perseguida, que esos apenas le tocaron vivirlos, sino de temas mucho más recientes. Muy cerca hay varios locales también y pubs, donde le consta que la Policía colabora con el personal de seguridad rápidamente en cuanto se produce cualquier altercado o incidente. En el Sweet Queen casi nunca hay complicaciones con la gente de dentro, sino más bien con gente problemática que trata de acceder y curiosamente, en su caso, a diferencia de los otros locales, la policía no los trata como agredidos sino como sospechosos. No sabe si es ese poso de homofobia que todavía puede quedar en la institución, pero nunca se han llevado demasiado bien. También hay que decir que a la gente del colectivo no le agrada demasiado ver a la policía por allí, prefieren pasar desapercibidos cuando salen a divertirse. La vez anterior, que vinieron a preguntar por la otra chica, no mostraron demasiado tacto.


- De acuerdo, hablaremos con su personal más tarde ¿A qué hora abren?


- A las cinco y media de la tarde.


- Bien, pues mañana estaremos aquí a esa hora.


- Les estaré esperando.


Cuando vuelven al local el barullo y la música envuelven de nuevo a los policías. Se fijan en las camareras. Una bajita y regordeta, con el pelo corto, parece ajena a todo, enfrascada en servir bebidas. La otra delgada, musculosa y con una coleta larga a la espalda. Esta última sí parece haber reparado en su presencia y les lanza una mirada inquisitoria. Es solo apenas un segundo, antes de volver la vista a la barra. Calalberche cree adivinar una pequeña sonrisa en sus labios. Piensa que es como si la conociera. Algo le llama la atención, pero no sabe que es. Quizás su seguridad. Salen fuera e intercambian un saludo con el portero.


- ¿Qué opinas?


- Pues que no parece muy contenta con nuestra presencia, pero es normal. A ningún negocio le gusta ver a la policía husmeando, eso espanta a la clientela y da mala fama. Y menos en un local de lesbianas.


- ¿Crees que sacaremos algo del interrogatorio a las camareras? Cuando lo de Esther, según el informe que presentaron, tampoco sabían nada. Me da la impresión de que estamos perdiendo el tiempo aquí.


- Eso solo hay una forma de comprobarlo y es hablando con ellas. Esta vez las interrogaremos nosotros.


Calalberche ve aproximarse por la acera a un grupo de mujeres. Se ve que es hora punta en el Sweet. Saca las fotos de su bolsillo y se dirige a ellas.


- ¿Qué haces?


- Pues aprovechar el viaje ya que estamos aquí. Total, no tenemos nada que perder. Dentro no podemos actuar, pero nada nos impide hacerlo en la calle.


- Hola, buenas noches - les entra tirando de placa - Por favor ¿podrían ayudarnos? ¿alguna de ustedes ha visto a una de estas personas?


Las chicas forman en círculo alrededor y se pasan las fotos. No parecen molestas, por el contrario, se fijan atentamente intentando hacer cabeza. La respuesta no obstante es negativa.


- ¡Eh! ¿qué hacen ustedes? - los interpela el portero.


Laia lo fulmina con la mirada. Sin que sea necesario decir nada más el otro da un paso atrás refugiándose en el marco de la entrada, consciente de que ahí acaban sus dominios. La pareja se queda media hora más en la puerta y muestra la fotografía a todos los que entran o salen, mayoritariamente mujeres. Nadie reconoce a ninguno de los asesinados. La inspectora mira la hora.


- Miguel, tengo que irme, es ya tarde.


- Claro - responde a pesar de que él hubiera estado dispuesto a quedarse toda la noche allí en la puerta.


Repentinamente cobra conciencia de que su compañera tiene vida más allá del trabajo y también responsabilidades. Cuando se levante temprano y esté desayunando para ir a la comisaría, ella ya llevará un buen rato en pie después de tocar diana en su casa, haberles puesto el desayuno a sus hijas y dejarlas en el colegio. Lo intentan por última vez con un grupo de tres mujeres que se acercan con igual resultado negativo. Es entonces cuando una mujer madura de unos cuarenta años abandona el local y curiosa, se les queda mirando sin entender muy bien lo que están haciendo allí. Laia se dirige a ella.


- Disculpe señora, somos policías ¿reconoce alguna de estas personas?


La mujer mira la fotografía de Patricia mientras mueve la cabeza, luego la del chico también asesinado y por último la de Esther, con la que se entretiene unos segundos.


- A esta chica la conozco ¿qué pasa? ¿ha hecho algo?


- No, más bien es a ella a quien le han hecho algo ¿de qué la conoce?


La mujer se muestra ahora un poco incómoda, como si lamentara haberse detenido. La curiosidad le ha podido y ahora se ve obligada a dar explicaciones.


- La vi por aquí en un par de ocasiones, pero de eso hace ya más de un año.


- ¿Es usted habitual del local?


- Suelo venir de vez en cuando.


- Esta chica, cuando usted la vio ¿estaba sola?


- La primera vez no, venía acompañada de otra joven.


- ¿Podría describirla?


La mujer lo hace. La descripción coincide con Montse, la compañera de Esther, la que afirmaba haber acudido al Sweet Queen con ella por primera vez.


- Y ¿en la segunda ocasión?


- Estuvo sola toda la noche. Bueno, yo me fui antes de que ella abandonara el local, pero el rato que permanecí allí sí, estuvo sola. Se quedó en la barra hablando con la camarera.


- ¿Está segura?


- Bastante, lo sé porque la estuve observando.


- ¿Y eso por qué?


La mujer pone cara de sorpresa, como si el tema no resultara evidente. Laia lo entiende al momento.


- ¿Habló usted con ella?


- Sí


- ¿Y?


- Me acerqué porque vi que no venía acompañada y me pareció que estaba un poco desubicada, se le notaba que era novata.


- ¿Estuvieron juntas mucho rato?


- No, qué va, tan solo intercambiamos unas cuantas palabras. Enseguida me di cuenta que era una chica tímida. Bueno, ya me entiende, ella no parecía estar preparada, es lo que nosotros llamamos una curiosa.


- ¿Una curiosa?


- Sí, son esas chicas un poco ambiguas que no tienen clara su sexualidad y que vienen aquí por curiosidad o porque esto les pone un poco, pero que no tienen claro si son lesbianas o no. Me dijo que solo había entrado a tomar una copa y a mirar. Y ahí se acabó la conversación. Me di cuenta que estaba un poco incómoda así que decidí no forzar la situación y la dejé sola.


- ¿Se fijó usted si interactuaba con más personas?


- No, sólo habló con Máxim. Me dio la impresión de que ella sí que le gustaba, pero eso no es extraño, Máxim nos gusta a todas…


- ¿Quién es Máxim?


- Es la camarera.


Calalberche y Laia intercambian una mirada intensa. La policía mete la mano en el bolsillo y saca una tarjeta que le entrega a la mujer.


- Le estamos muy agradecidos por su ayuda, si recuerda alguna cosa más o hay algún detalle que recuerde más tarde y que pueda sernos de utilidad, le agradecería que nos llamara, por favor.


- De acuerdo - dice ella guardándose furtivamente la tarjeta en el bolso.


Se aleja de allí deprisa. Se supone que ha hecho lo adecuado hablando con la policía, colaborar con las fuerzas de seguridad es lo correcto ¿no? Discurre, mientras se marcha sin poder dejar de sentirse inquieta y bajo la mirada del portero que adivina en su espalda.


- ¿Tenemos los datos de las camareras?


- Si son las mismas que estaban el año pasado, sí.


- ¿Lo comprobamos mañana en cuanto llegues a la comisaría y a las cinco y media estamos aquí para hacerles una visita?


- Sí.


- Pues vámonos, quizás hayamos tenido suerte.


El día acaba justo a medianoche y ambos vuelven, una a su casa y otro al hotel, cansados pero contentos. Quizás tengan un hilo del que tirar.
Espero el desenlace
 
Ana mira hipnotizada a la chica que se mueve con pasos cortos en el centro del cuadrilátero. Sus brazos musculados, la espalda fuerte, hombros levantados, los puños protegiendo la cara. Le fascina la combinación de potencia y gracilidad que transmite. Casi elegancia se diría. La chica es fuerte y además resulta guapa y hermosa. Ana se siente impresionada también por su agresividad. Se mueve con seguridad como si el terreno que pisa le perteneciera. También con precisión, como una pantera acercándose a su presa, aunque para cualquier observador incauto podría parecer que la presa es ella porque se enfrenta a una chica que le saca al menos dos palmos de altura y más de 20 kilos de peso. Un mazacote rubio que, en contradicción con Maxím, parece arrastrar los pies, aunque no le pierde la cara en ningún momento. Sabe lo que hace porque la fama de Maxím la precede. Nadie en su sano juicio en aquel club de boxeo y gimnasio, cometería el error de bajar la guardia delante de ella o de darle la espalda. La rubia considera que ya han bailado lo suficiente, se conocen demasiado bien como para andar perdiendo el tiempo tratando de adivinar las intenciones la una de la otra. Por mucho que ahora se haya puesto de moda el boxeo femenino, no abundan chicas dispuestas a subirse de verdad a un ring y darse de hostias, de manera que (al menos en ese club) llevan mucho tiempo peleando entre ellas.


Lanza el brazo una vez, dos veces, golpeando en el vacío. Es rápida, pero Maxím lo es más todavía. Consigue esquivarla hasta cuatro veces. A la quinta, el puño encuentra su cuerpo entre el hombro y el pecho. Un golpe que suena seco y que reverbera mientras la despide un par de metros hacia atrás. Ana ahoga un grito sin poder evitarlo. Si le hubiera dado a ella le habría desencajado la clavícula, pero Maxím vuelve a su posición frente a la rubia como si hubiera rebotado en una pared. Encorajinada, con la mirada reducida a dos peligrosas rayas que en su rostro enfilan a su oponente, planta los pies a menos de un metro y se yergue desafiante.


- Marga la ha cabreado y eso es lo peor que podía haber hecho.


Quién habla es Pau, un chico que prácticamente vive en el gimnasio. Pelopaja, le dicen allí porque es pelirrojo y tiene el pelo como electrizado. Delgado, estatura media, la cara llena de pecas y ojos claros. No es feo, más bien tirando a mono, le parece a Ana. El problema son las expresiones, una serie de muecas y tics, unas veces involuntarios y otras, hechos con toda la intención. Se ve que el chico tiene tendencia a poner caras extrañas que sin duda cree que le quedan bien y aumentan su expresividad, pero para Ana resulta evidente que no es Robert de Niro. A pesar de pasarse el día en el gimnasio no está mazado, es delgado y fibroso con músculos marcados, eso sí, pero no tochado. Allí todo el mundo lo conoce porque es el primero en llegar y a veces el último en irse después de haberse pasado casi todo el día dentro. Forma ya tan parte del paisaje del local como el ring o las bicicletas estáticas. Tanto es así que al final el dueño lo ha contratado para hacer pequeñas tareas de mantenimiento y ayudar en la limpieza. A pesar de que lo ve a todas horas por allí es la primera vez que Ana habla con el chico.


- Joder, pues a mí me pega un viaje como ese y nadie es capaz de encontrar las piezas para volver a armarme.


- Ya, pero no te dejes engañar: Maxím es de hierro, la jodía.


Maxím, consciente de que todos los ojos están puestos en ella, vuelve a retar a Marga. No da ni un paso atrás y espera la nueva embestida, animándola a soltar el puño. La rubia le lanza un golpe que ella bloquea, un segundo que esquiva inclinándose a la derecha y abajo y, ya que estamos, aprovecha para lanzarle un golpe a la cintura. Repite un segundo puñetazo ya que Marga le deja margen para repetir y engancha con un tercero desde abajo con la izquierda que conecta con la barbilla de la rubia. Esta da varios pasos tambaleantes hacia atrás, el golpe ha sido fuerte y directo. Maxím la deja que recupere el equilibrio pero ahí acaban las concesiones, luego ya no da tregua. Una lluvia de porrazos hace que la chica tenga que ponerse a la defensiva a pesar de su corpulencia y tamaño. Maxím consigue encadenar varios puñetazos en el estómago, cintura y en el mentón. Este último aturde aún más a su contrincante que intenta repeler como puede la agresión. Un golpe de fortuna lanzado a tontas y a locas en medio de la refriega impacta en el ojo de Maxím, lo cual la pone todavía más furiosa y hace que se lance a fondo. Un gancho desde abajo bien conectado casi le parte la ceja a la rubia haciendo que el entrenador intervenga.


- Suficiente, cada una a su lado...


Conoce bien a sus pupilas y mientras que la rubia corpulenta se va a su rincón cabreada pero obediente, él sujeta a Maxím interponiéndose entre ambas, consciente de que la otra puede seguir embistiendo cegada por la tensión del momento. Cuando se asegura de que es capaz de controlarse, las obliga a chocar los puños dando por finalizado el combate.


- ¿Ves? por eso el entrenador no la deja competir - dice Pau - No es capaz de echar el freno cuando huele la sangre, ya sea suya o la de los demás. Fíjate la que le ha liado a Marga y eso que se conocen y se respetan. Si pilla a una desconocida que encima le pueda tocar los ovarios es capaz de hacerla picadillo.


- Joder, como pelea - comenta Ana impresionada.


Ha sentido cada uno de los golpes como si ella misma los recibiera o los diera. Nunca había asistido a un combate real y aún no es capaz de sacudirse la tensión que la recorre. Le duele la mano de tener los puños cerrados y clavarse las uñas en la palma. Siente la mandíbula dormida de tanto apretar. Ha sido salvaje y excitante, tiene que reconocerlo, aunque trata de mantener la compostura frente al Pelopaja que la mira como si pudiera leerle la mente, el muy cabrón, que compone una sonrisa burlona, la sonrisa esa de "por ahí hemos pasado todos"...


- Si es así peleando me gustaría saber cómo es follando. Tiene que ser todo un espectáculo.


- ¿Por qué no se lo preguntas? - lo reta Ana - Pídele que salga contigo.


- Ya lo he hecho, como casi todos los que vienen por aquí. De hecho, se puede averiguar quiénes son los gays del gimnasio simplemente contando los que no han intentado arrimar la sardina con Maxím.


- Déjame adivinar: no has tenido éxito.


- Ninguno lo hemos tenido, pero había que intentarlo ¿o no? A lo mejor puede que tengas tú más suerte que nosotros


- ¿Y eso?


- ¿No es evidente? tiene toda la pinta de que a la guerrera le gustan más las chicas que los chicos.


- Y ¿qué te hace pensar que yo quiero rollo con una chica?


- Bueno tal vez con una chica no, pero con esa chica...


Pau suelta una risita antes de volver a sus quehaceres que hace enrojecer a Ana, tan evidente resulta que Maxím la ha impactado.


En fin, da por finalizada su tarde en el gimnasio y se dirige al vestuario. Allí está la boxeadora. El entrenador le ha dado un poco de crema analgésica para el pómulo y ahora está de pie frente al espejo, intentando cogerse en el párpado un punto de aproximación de esos que se pegan.


Ana se quita las mallas quedándose en tanga. Cuando va a hacer lo propio con la camiseta la ve forcejear con el punto. Se acerca, un impulso la lleva a atreverse a hablarle, cosa que hasta ahora no había hecho en todo el tiempo que lleva allí apuntada.


- ¿Me dejas que te ayude?


Maxím la taladra con la mirada pasándole el escáner de arriba a abajo. Tras unos segundos le tiende el punto sin decir nada. Ella lo toma y se lo fija con cuidado entre el párpado y la sien.


- Tienes un moratón en la espalda. Se ve que te has llevado ahí también un buen golpe - dice mientras pone los dedos junto a su costado.


Toma el bote de crema analgésica, se echa un poco en la mano y con una suave presión la va untando. Sus hábiles dedos acostumbrados al masaje presionan para que la piel absorba la crema y la extiende a la vez que descongestiona un poco la zona.


- Eres buena - ronronea Maxím con una sonrisa.


- Es que me dedico a esto, soy masajista en el spa Roma.


- Vaya, pues tendré que ir a hacerte una visita un día ¿cómo te llamas?


- Pregunta por Ana, no tengo pérdida, solo estamos dos y el otro es un chico.


- Pues no conozco al otro, pero yo te prefiero a ti.


Lo dice clavándole sus ojos claros con la misma precisión que un cirujano veterano abriendo la piel con un bisturí.


- Has peleado muy bien. Me gustaría pegar como tú.


- Mariano es buen profesor, podrías apuntarte a boxing.


- Entonces tendría que pelear contigo y eso me da miedo.


- Pues yo creo que te iba a gustar. Las cosas que más gustan son las que dan un poco de miedo.


- Quizás me lo piense.


-Dale una vuelta, por probar no se pierde nada.


- Claro.


Maxím se dirige a su taquilla, deja caer los pantalones cortos y también las bragas. El top y el sujetador deportivo quedan también encima del banco. Ana se siente extrañamente agitada. Nota su entrepierna húmeda y no está segura si es del sudor o de la excitación. También se desnuda quitándose la parte de arriba y el tanga. Están las dos solas y ve como Maxím la observa descarada, mientras que ella solo se atreve a mirar por el rabillo del ojo. Luego, se pone una toalla liada en torno al cuerpo, toma su bote de champú y se dirige hacia la zona de aseo. Maxím la sigue desnuda, puro músculo, piel tersa, pechos erguidos, glúteos firmes…


- Deberías esperar cinco minutos a que la piel absorba la crema antes de bañarte.


- Voy a tener que contratarte de asistente personal - le responde con un guiño.


- Cobro cara - responde Ana sonriendo mientras le da la espalda y se dirige a los baños.


- Eso seguro que podemos negociarlo.


Ana entra a la ducha, deshaciéndose de la toalla que cuelga de una pequeña percha que hay fuera de cada cubículo. El primer chorro de agua es frío y lo aguanta, consciente de que el cambio de temperatura le va a venir bien. Poco a poco, el agua se va volviendo tibia y antes de que esté caliente del todo cierra el grifo y se enjabona. Sus manos se recorren sus caderas y muslos, también su barriguita, y llegan al canal de sus pechos. Deformación profesional, le cuesta enjabonarse sin acariciarse, sin darse ese masaje que (dado su estado de ánimo en esta ocasión) resulta sensual. La piel se le eriza, el corazón empieza a latirle más fuerte y sus pechos responden al halago levantando los pezones que se vuelven hipersensibles.


¡Joder! ¡cómo le apetece hacerse un dedo ahora mismo!


Demasiadas emociones, demasiados estímulos. Se sobresalta porque oye la puerta de la cabina de al lado. Contiene un momento la respiración y detiene la caricia que se estaba dando entre las piernas. Debe ser Máxim. Lentamente, sus dedos vuelven a recorrer su vulva despacio bajo el chorro de agua, usando el gel como lubricante, temiendo delatarse pero a la vez excitada, pensando en la chica que boxea, con su ojo hinchado, con toda su mala leche y con todo ese atractivo salvaje. La fantasía la enciende solo de pensar que sale del cubículo y se atreve a entrar donde está ella. Se imagina que empuja la puerta suavemente y esta se abre (no tiene echado el pestillo) y entonces entra y se abrazan. Lo que conjetura que viene después le viene con ráfagas, en oleadas, sin orden ni concierto. Más que recrear lo que pasa es como si lo intuyera sin llegar a concretarlo, pero solo el deseo de que pase ya la pone al punto del orgasmo. Las rodillas le flaquean. Se deja caer un poco, flexionándolas con cada golpe de gusto mientras aumenta el roce de sus dedos contra su clítoris e incluso introduce uno en la vagina. Es así como se corre, con un dedo metido mientras con el pulgar presiona masajeándose su vulva. Ya no puede reprimir un gemido que brota de su garganta, ronco, profundo y animal, un rugido de satisfacción que ella reza para que se confunda entre el ruido del agua corriendo. Queda agotada, echada contra la pared. Aguanta todavía un minuto más hasta que recupera el aliento y el control de su cuerpo. De repente, una súbita prisa la invade: lleva demasiado tiempo en la ducha y va a resultar muy evidente (o al menos eso piensa ella) lo que está haciendo. Entonces se enjuaga bien el jabón y se envuelve en la toalla. Se detiene en un hueco al final del pasillo de duchas donde hay más espacio y allí aprovecha para secarse bien. Luego se dirige hacia el banco donde se viste. El roce de la ropa sobre su piel todavía sensible, conforme va añadiendo capas, le proporciona cierto placer entre culpable y satisfecha por la travesura. En ese momento ve a Maxím que está haciendo lo mismo que hizo ella, aprovechando el hueco fuera de las duchas para secarse. Sus miradas se encuentran. Se siente juzgada y aparta la vista aunque no puede evitar volver a buscarla. Su cuerpo duro, sus músculos marcados y a pesar de ello hermosa y femenina. Sus pechos al aire colgando mientras se agacha para secarse los muslos. No lo hace como ella con delicadeza, sino como lo haría una atleta que se prepara para dar un salto de longitud, como si estuviera estirando. Máxim termina y pasa junto a ella, no se tapa con la toalla, va desnuda, exhibiéndose, mostrando sus tatuajes más íntimos y el moratón en el ojo que la hace increíblemente atractiva. Ana no sabe por qué, pero todo esto la vuelve a poner muy cachonda. No es de las que goza de facilidad para encadenar orgasmos detrás de cada corrida, siempre tiene un periodo de refractario en el que el cuerpo le pide calma y recuperación, pero ahora nota que, si Maxím la abrazara y le tocara sus partes íntimas, ella volvería a correrse sin remedio.


La chica la mira con una sonrisa irónica mientras toma asiento cerca. Va cogiendo sus cosas de la taquilla, vistiéndose despacio sin perder esa sonrisa, como si pudiera leer exactamente lo que está pensando. Ana no puede quitarse la sensación de la cabeza: esa muchacha parece que te adivina el pensamiento, es una bruja. Confundida y un poco cortada, termina de vestirse y se marcha a casa. Esa tarde pensará mucho sobre lo sucedido en el gimnasio. Y esa noche, con dificultad para conciliar el sueño, sus dedos buscaran de nuevo su entrepierna.
 
Más le vale a Ana alejarse de ese monstruo que es Máxim, y sobre todo que se una vez Miguel y Laia descubran que Ella es la asesina en serie antes de que vaya a por su próxima víctima que puede ser Ana.
 
Miguel Calalberche recibe la llamada de Laia mientras se dirige a la comisaría.

- Las camareras son Victoria Segarra López y Dolors Espinosa Ceballos. Te paso los DNIs. La chica a la que se refería ayer la mujer debe ser Victoria Segarra, ella sí que coincide con una de las chicas entrevistadas hace un año. Lleva años de camarera en ese local. Dolors Espinosa solo algo más de seis meses, he consultado los registros de alta en la Seguridad Social.

- Me cuadra. Si Dolors es la bajita no tiene pinta de ser la chica que deslumbra a las clientas ¿Algún antecedente?

- No ninguno.

- Déjame que haga algunas averiguaciones con mi oficina de Madrid, ellos tienen acceso a datos centralizados y es posible que haya alguna cosa. Oye, por cierto ¿ya estás en la oficina?

- Sí, hoy le he pedido a mi marido que llevé las niñas al cole.

Calalberche sonríe, aunque ella no pueda verlo. La mujer tiene madera, una vez que ha olido sangre es de las que no paran hasta lograr cazar la presa. Pero eso supone un desgaste. Con cada captura, esta se lleva también algo de ti. Miguel no tenía mucho que perder porque aún no había iniciado nada serio, por eso no quiso quedarse con Claudia. Así que espera que Laia no pague demasiado caro este daño colateral. Al contrario que él, tiene una familia.

- En quince minutos estoy allí.

En realidad, son algo más de quince minutos andando, pero el inspector resiste la tentación de coger un taxi a la salida del metro, le viene bien caminar para acabar de espabilarse. El café que se ha tomado en el hotel no ha sido suficiente para sacudirle la modorra de una noche en la que ha dormido poco, dándole vueltas al último crimen cometido y a todos los posibles detalles del mismo. Demasiados cabos sueltos, demasiadas ramificaciones, es como una partida de ajedrez en su inicio: hay demasiadas posibilidades, imposibles calcularlas, pero quizás lo de anoche fue un golpe de suerte. A ver que da de sí el interrogatorio de la tal Victoria.

Toma el móvil. Le cuesta un par de minutos decidirse. Anda revoloteando, jugando con el dispositivo, metiéndolo en el bolsillo y volviendo a sacarlo, pero al final hace la llamada. Sabe que tiene que hacerla, aunque no le gusta. A algo más de seiscientos kilómetros de distancia, Claudia nota vibrar su móvil. Lo tiene en silencio como casi siempre que trabaja, odia los sobresaltos y le basta con sentirlo o verlo porque nunca se despega de él. Reconoce a Miguel, aún lo tiene guardado en sus contactos. En el último año apenas han hablado un par de veces y siempre por motivos profesionales y, a pesar de ello, nota como se le encoge el estómago como si fuera ayer mismo cuando le dio la noticia del crimen de Barcelona. Para entonces sabía que lo iba a perder, si es que alguna vez lo tuvo, pero por la cara que puso al ver el informe, la certeza se convirtió en un hecho. Miguel Calalberche huyendo de ella hacia el único sitio que podía huir, siguiendo el único camino que podía seguir, cambiándola por la única obcecación que podía arrebatarlo de su lado.

Sin saber por qué, le viene a la mente la última vez que se acostaron, poco después de una de sus primeras visitas a Barcelona.

- Nada ha cambiado ¿verdad? - le dijo ella, que hasta entonces aun mantenía la esperanza de que abandonara su fijación - Esto no va a volver a pasar, no puedo volver otra vez a lo de antes. No mientras sigas obsesionado.

- Lo entiendo - dijo absteniéndose de hacer promesas que sabía que no va a poder cumplir -Yo acabaré con esto o esto acabará conmigo – reflexionó con un suspiro.

Durante los primeros meses estuvo enfadada, se sintió muy rencorosa incluso, luego, el enfado se fue atemperando. Ahora reconoce que él tenía razón, no estaba preparado, si lo hubieran intentado hubiera sido un fracaso. Mejor así, se dice no del todo convencida. Le da coraje haber perdido esa oportunidad y en estos meses no ha llenado el vacío con ningún otro, lo cual acentúa el sentimiento de pérdida. Ahora no sabe realmente cómo se siente respecto a Miguel Calalberche, por eso duda antes de coger el teléfono. Al menos fue honesto y no se comprometió a algo que no podía darle, pero eso no evita que la herida duela. Claudia no sabe a dónde va su vida. Durante un tiempo, al menos tuvo un plan, pero ahora se limita a estar: a estar en su trabajo, a estar con sus hijos, a vivir… y no viviendo los días, sino dejándolos pasar.

- ¡Ya está bien coño! - se dice mientras descuelga - Dime.

Miguel recibe ese “dime” conciso, seco, como una pedrada en la cabeza. Llevan meses sin hablar y ese “dime” áspero presume el estado de lo que queda de su relación, si es que se puede decir que queda algo.

- Hola Claudia ¿Qué tal va todo por allí?

- Ya sabes cómo va todo por aquí, la misma mierda de siempre. Fichando a primera hora de la mañana y por la tarde a casa que llueve. Y entre medias intentando hacer mi trabajo y aguantando todo lo impertinentes que los inspectores de calle podéis llegar a poneros. Tampoco es que las cosas cambien muy rápido ¿Cuánto tiempo llevas en Barcelona esta vez?

- Un par de meses. Tenía previsto volver esta semana.

- Ya. Me imagino que te quedas otra vez un tiempo. Vi las noticias anoche.

- Sí. Ayer volvió a matar.

- ¿Estáis seguro de que es él?

- Yo lo estoy.

Se hace un silencio pesado. No hay mucho más que decir. Miguel está seguro y eso significa que sigue con su obsesión.

- ¿Qué quieres Miguel?

- Pedirte un favor.

- ¡Cómo no! Las dos últimas ocasiones que hemos hablado el último año han sido para hacerte favores.

El policía no puede ignorar el tono de reproche, pero continúa. Necesita la ayuda de Claudia.

- Oye, tenemos una pista. Puede ser importante y ...

- Ahórrate la monserga Miguel. Dime lo que necesitas y si puedo ya veremos. Igual hasta tienes suerte porque hoy el día solo está siendo un poco coñazo. La mañana que me levante con un día chungo de verdad igual te mando a tomar por culo.

Calalberche decide ir al grano, ya ha tentado demasiado la suerte.

- Tengo los nombres de dos chicas que trabajan en un bar de lesbianas. Te los envío. Según los Mossos están limpias, pero quiero que las metas en el ordenador central a ver qué sale. Sobre todo, a la primera, Victoria. Creemos que pudo haber tenido contacto con una de las víctimas y qué mintió cuando en su día la interrogaron. Ya sabes, a veces aquí solo tienen registro de lo que pasa en Cataluña.

- Sí, pero si tiene antecedentes les debe salir igual.

- Puede ser que haya algún informe de alguna movida fuera de la autonomía. El sistema a veces no vuelca bien los datos y si tienen alguna historia pendiente es posible que no les aparezca. Los informes de la central siempre son mucho más completos.

- De acuerdo ¿para cuándo lo necesitas?

- Cuanto antes mejor, vamos a interrogarlas esta tarde y si hay algo me gustaría saberlo. Te las acabo de enviar.

- Vale - dice ella y luego cuelga, lo cual supone un alivio para ambos.

Los últimos cinco minutos antes de llegar a la comisaría los emplea Miguel en enredarse en la añoranza de lo que Claudia le ofrecía y el remordimiento por no haberlo aceptado. Una batalla inútil que ya ha librado muchas veces a pesar de que sabe cuál es el resultado: volvería a irse a Barcelona. Si no encuentra a ese mal nacido todo habrá sido en vano y no solo habrá echado a perder su vida, sino que también habrá afectado la de otras personas como Claudia, porque eso sí que lo tiene claro: si no existiera el Chata se habría quedado con ella. Ahora lo sabe. A pesar del miedo que le daba una mujer casada y con hijos, a pesar del vértigo que le producía el pensar que iba a formar parte de un hogar, de un matrimonio. Entonces el recelo le pudo, pero ahora sí lo ve meridiano, solo hay algo que se interpone en su camino y en su decisión (si es que todavía es posible tomarla): José Marchena. La urgencia por detener al Chata ya se hace necesidad y piensa si esa necesidad no acabará con él antes de que pueda llegar a detenerlo. Muchas veces se ha planteado plazos (si este año no lo encontramos abandono), pero lo hace sin convicción, sabiendo que no los va a cumplir.

Entra en la comisaría (que ya conoce tan bien como la suya propia en Madrid) y sus pies lo dirigen automáticamente al despacho de Laia.

- Buenos días ¿así que has madrugado?

- Sí, esta noche la verdad es que he dormido poco.

Miguel asiente, no necesita decir que está igual, se le ve en la cara.

- Me voy a tomar un café ¿quedan cápsulas?

-Mira a ver. Aquí como no me ocupe yo de reponer...

- Veme diciendo como nos organizamos hoy.

- Bien, se supone que están con la autopsia y que para el mediodía tendremos resultados. El informe tardará un poco más, ya sabes, pero tengo allí a Marc que nos llamará para darnos un adelanto. He redactado también una petición al juez por si las chicas no quieren colaborar esta tarde. Voy poniéndolo sobre aviso por si hay que traerlas detenidas a comisaría para interrogarlas en calidad de testigos.

- Bien previsto. En ese local no nos quieren, igual hay que ponerse serios con ellas.

- Por lo demás podemos adelantar trabajo, hay papeleo que hacer y también tenemos que elaborar nuestros informes preliminares con todo lo que sabemos hasta ahora.

En ese momento le vibra el teléfono a Calalberche. Es de Madrid.

- Hola Claudia, dime.

- He revisado los dos nombres que me diste. Dolors no tiene ninguna entrada, está limpia.

- ¿Y Victoria?

- Victoria no es Victoria.

- ¿Qué quieres decir?

- También está limpia, lo único es que con ese DNI aparece como Victoria solo desde hace unos tres años. Decidió cambiarse el nombre y los apellidos. Se quedó solo con el apellido de la madre. Su verdadero nombre es Elena Barrientos López.

- ¿Me puedes repetir?

- Elena Barrientos…

Claudia es capaz de percibir el silencio que se forma al otro lado de la línea, un silencio espeso, profundo, que rompe la desconcertada voz de Miguel para preguntar de nuevo.

- ¿Estás segura?

- Sí, Elena Barrientos, nacida en Málaga en...

- En las Veredillas.... Gracias Claudia.

- ¿Qué pasa Miguel?

- Luego te cuento, tengo que hacer algunas comprobaciones.

Laia observa cómo se le cambia la cara a su compañero que mueve la cabeza, incrédulo. Parece que el teléfono le pesa en la mano y los ojos emiten un brillo extraño. La inspectora espera. Le deja respirar un poco antes de preguntar.

- ¿Qué sucede?

- No lo sé. Esto es muy raro. No puede ser.

- ¿Qué es lo que no puede ser?

- Victoria no es el nombre original de nuestra camarera. Se lo cambió posiblemente al llegar a Barcelona, su verdadero nombre es Elena, Elena Barrientos.

En ese momento Laia empieza a atar cabos, ha oído decir a Calalberche algo sobre las Veredillas.

- Si esa chica es quien yo creo fue una de las víctimas del Chata, una de las que sobrevivió, de las pocas que salieron con vida de un ataque suyo. Está muy cambiada, por eso no la reconocí, pero creo que es ella.

- ¿Me estás diciendo que esa camarera que ha podido tener contacto con dos de las víctimas fue en su día atacada por José Marchena? Pero esa casualidad...

La inspectora se calla mientras se intercambia una mirada de conocimiento con su compañero. Sí, efectivamente, ambos saben que las casualidades en este tipo de historias no existen.
 
Bien, bien, ya saben quién es el monstruo, aunque todavía no saben que es ella la asesina en serie.
Tengo muchas esperanzas en que cuando todo esto acabe y la cojan, el ya liberado de su demonio, de el paso con Claudia y sean felices.
 
A Ana le duelen las muñecas de golpear el saco. Tiene la sensación de que se ha hecho daño en una de ellas y los tobillos también se resienten de practicar el juego de pies.


- Ya vale, para ser el primer día está bien, no te me vayas a lesionar - le dice Mariano con cierto cachondeo que no le pasa desapercibido.


Maxím se acerca a ella. No le pregunta cómo le ha ido su primera clase, ni si le gusta o no le gusta la instrucción. Igual que el entrenador, se ha dado perfecta cuenta de que Ana no reúne condiciones para subirse a la lona. No está hecha para el boxeo. No obstante, la toma del brazo y la lleva a un rincón.


- Mira, levanta los puños así y no golpees en ángulo de 90 grados. Evita dar recto, por lo menos al principio. Con el tiempo se te harán las muñecas y podrás emplear más potencia, pero no des golpes fuertes contra el saco. Es muy duro y tú todavía no estás hecha a él, así que pega lateralmente y golpea despacio, no quieras hacerle daño al saco porque entonces te harás daño a ti misma. No puedes vencerle pero sí puedes aprender a pegar. Utiliza el saco invisible.


- ¿El saco invisible? ¿qué es eso?


- Si vas a pegar fuerte golpea el aire, no en el saco.


- Así que suave en el saco y fuerte en el aire ...


- Eso es. Mira, pon los codos así, que el golpe salga de detrás y que el brazo vuelva a su sitio. No vayas tú detrás del impulso, eso te desequilibra y te hace recibir un impacto fuerte a ti también. Venga, despacio, prueba dando en mi mano.


>> Derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha, derecha, izquierda...


>> Bien, ahora intenta golpear en mi costado.


Ana prueba ganchos laterales que Maxím bloquea sin ninguna dificultad.


- ¡No me acaricies coño! ¡dame como si quisieras partirme una costilla!


- Es que no me sale...


La camarera le da un guantazo con su mano derecha. Solo le toca la cara de refilón a una sorprendida Ana que abre los ojos como platos. Antes que se pueda recuperar le da otro guantazo con la izquierda.


- ¡Venga hostia! ¡defiéndete!


Ahora sí, Ana intenta llegar a su costado con decisión, más cabreada, con más furia. Es cierto que a tontas y a locas, sin saber muy bien lo que hace, pero mete el puño fuerte hasta que Maxím la abraza, como hacen los boxeadores cuando quieren parar la lluvia de golpes. Ana siente latir su corazón junto al pecho de la chica, un hormigueo electrizante recorre su piel provocándole pequeñas descargas cuando su sudor y el de Maxím se mezclan. Mantiene el abrazo, consciente de que su energía se va descargando y la furia que se va desactivando, deja paso a una relajación placentera.


- Bien, vas bien ¿ves? ya vas cogiendo ritmo. Cuando tengas más práctica pegando tendrás que aprender a mover los hombros y la cabeza para esquivar y luego, lo más complicado, cuando sepas hacer todo eso tendrás que entrenar el baile de pies.


- Quizás algún día pueda competir contigo.


- Mira Ana, no te pongas objetivos tan altos, no te veo yo compitiendo, ni conmigo ni con nadie.


- Joder, directa y clara.


- Para que nos vamos a andar con tonterías. Pero lo que sí puedas hacer es divertirte y aprender a pegar, que eso te puede resultar útil.


- ¿Tú te has pegado alguna vez con alguien? de verdad, quiero decir…


- Puede.


- Venga tía, cuéntamelo. Por aquí circulan muchos rumores… Se habla de una paliza que distes a unos tíos en el local donde trabajas…


- No te creas todo lo que se cuenta de mí.


- Oye, me gustaría visitarte un día en el Sweet Queen, tiene que estar chulo.


- Es un bar de ambiente, si vas debes estar preparada para que te tiren los tejos.


- Bueno, no es obligatorio liarse con ninguna clienta ¿no?


- No, no es obligatorio - ríe Máxim - lo que pasa es que a un pimpollo como tú, tan jovencito, se lo van a rifar. Prepárate para estar espantando mosconas toda la noche.


- Te tengo a ti que me puedes echar una mano, ya sabes, sacamos los guantes y nos ponemos a repartir - contesta subiendo los puños.


Maxím le pone la mano en la cabeza y le remueve la coleta.


- Vas tu muy ligera ¿no? echa el freno Macarena que todavía no tienes ni media hostia y además, yo en mi curro estoy a lo que estoy y no puedo estar pendiente de ti.


- Pues entonces podíamos salir alguna noche a tomar algo juntas.


- Vaya ¿me estás proponiendo salir contigo?


- Bueno, como amigas si quieres.


Maxím ríe.


- Vale, ya lo hablamos. Ahora me voy que me toca ya mismo entrar a currar.


Ana se despide animada: casi le saca una cita a Maxím. Está a punto de triunfar donde todos los tíos del gimnasio han fracasado. Solo por eso ya se siente orgullosa. Deja los guantes y se dirige hacia la cinta de correr. Todavía es temprano y le da tiempo a hacer algo de ejercicio aeróbico para quemar calorías. Sin embargo, no acaba de concentrarse. Se pone los auriculares y le da caña a una lista musical, pero los acordes entran por sus oídos y escapan por los poros de su piel sin causar ningún efecto en su interior. No puede prestar atención a lo que hace, se siente eufórica. No coordina bien y da un traspiés. Está a punto de caerse así que, tras recuperar el equilibrio, se baja de la cinta, se pone las manos en las caderas y mira hacia el vestuario. No sabe muy bien lo que le sucede, pero se encamina hacia allí antes que su mente procese por qué lo está haciendo. Entra justo cuando ve desaparecer a Maxím hacia la zona de duchas. Como siempre, camina desnuda, paseando su belleza felina por el vestuario, toalla en la mano y andar elástico. Pero en esta ocasión (a diferencia de aquella primera vez que se dirigieron la palabra), no están solas, hay al menos un par de chicas: una recién salida de la ducha y otra cambiándose para entrenar. Ana las ignora y se dirige a su taquilla. Rápidamente se desnuda, toma su propio gel, la toalla, se calza las chanclas y se dirige a las duchas. Solo hay una ocupada. Supone que es Máxim. Cuando se acerca el corazón se le acelera. La fantasía de meterse con ella en la cabina y tener su primera experiencia lésbica ha sido recurrente en los últimos días. Casi siempre ha acabado en masturbación. Se detiene junto a la puerta entornada. Puede ver un codo lleno de jabón, un muslo que acaba en un cachete prieto, una coleta que se mueve salpicando agua, partes de un tatuaje en el hombro… Piezas del puzle de su ilusión que se unen todas de golpe cuando se abre la puerta de la ducha y Maxím aparece junto a ella, mojada, con la piel brillante, la sonrisa lobuna en los labios, los ojos claros atravesándola…


Ana se queda paralizada, el estómago encogido, las mejillas encendidas, incapaz de articular palabra mientras su fantasía se desarrolla a cámara rápida en su cabeza imaginando que entra al cubículo y se abraza a Maxím, besándola. Quiere deshacer el hechizo, volver a la realidad, ser capaz de articular una disculpa, meterse en su ducha y aprovechar para volver a masturbarse como en la anterior ocasión, que todo quede simplemente en una anécdota, que Maxím no se enfade, que no la considere una tía rara. Pero ella sigue ahí de pie, goteando agua, bella, con su pecho erguido, con la marca con el moratón todavía en el ojo, una guerrera y con esa sonrisa de Diosa griega que está más allá del bien y del mal, que parece capaz de leerte la mente, de saber todo lo que estás rumiando, de penetrar hasta tus más sucios deseos…


- Piensas demasiado - le dice corroborando su impresión de que es capaz de adivinar sus pensamientos.


La toma de la mano, tira de ella hacia dentro y después cierra la puerta. Apenas hay sitio para las dos pero Ana no desea más espacio, todo lo contrario, quiere el contacto piel a piel, labio contra labio y aliento contra aliento. Maxím le aparta el pelo, la toma de la nuca y con suavidad, sin prisas, la acerca para darle un beso húmedo, preñado de morbo y de sucias intenciones. Los cuerpos se aprietan, se rozan los pezones de ambas chicas, la barriguita de Ana (que es un poco más baja) frota contra el pubis de su compañera de gimnasio. Está rasurada, al contrario que ella que tiene recortado su triángulo, pero con pelo. El cuerpo de la boxeadora es duro como una piedra. Ana nota sus curvas pegarse a ella y adaptarse al duro contacto como la espalda al piso cuando te acuestas en el suelo.


Ya no puede pensar en nada, en lo que está bien ni en lo que está mal, en lo que es adecuado o no, ya solo se deja llevar, solo se permite sentir, no puede hacer otra cosa. Apuran las lenguas hasta que casi les falta la respiración, la saliva les chorrea por la boca. Maxím baja por su cuello hasta llegar a sus pechos. Los aprieta con sus manos duras de boxeadora. Explora su volumen, pellizca con sus dedos finos los pezones poniéndolos en punta, alternando el dulce castigo con lametones. Luego los succiona cerrando los labios en torno a ellos y se los oprime casi hasta morderlos. Ana delira de placer porque la rodilla de Maxím se introduce entre sus muslos y frota su sexo. El masaje es basto, un poco bruto, pero efectivo y ella percibe que se le encharca la vagina a la vez que se le hincha el clítoris. Cuando su coñito recibe los dedos de Maxím ya está preparado totalmente para el placer. Es así como se corre, atrapada entre los azulejos empapados y el cuerpo húmedo y duro de su nueva amiga, que la besa prolongadamente mientras introduce un dedo en su vagina y la masturba hasta que alcanza el orgasmo.


Maxím prolonga la caricia entreteniéndose en su interior, moviendo el dedo con cuidado, sin presionar, acariciando desde dentro sin tocar la zona del clítoris que ahora está hipersensible, pero prolongando el mimo también con su cuerpo, con su boca, cualquier herramienta es buena para acunarla, protegerla se diría, mientras está en ese estado, totalmente desvalida, a su merced, en ese mundo que está a mitad de camino entre la fantasía y la realidad, entre el sueño y la vigilia, donde tiene todavía alteradas todas sus sensaciones. Un extraño contraste entre la chica dura y decidida que le provoca un placer casi animal, y la muchacha protectora que la preserva hasta que recobra su capacidad de reaccionar.


Hay gente que ve, pero hay otras personas que además de ver entienden, saben, interpretan. El último novio que tuvo Ana era de los que solo veía. Maxím, sin embargo, sabe traducir cada una de sus expresiones, cada movimiento de su cuerpo, cada respiración, todo lo interpreta y toma las decisiones correctas, hace los gestos necesarios, en menos de tres minutos le ha arrancado un orgasmo bestial.


- Bruja - es la palabra que sale de sus labios cuando recupera el aliento - Eres una bruja, creo que puedes leerme la mente.


- ¿Eso crees?


- A mi último chico tenía que darle instrucciones cada segundo de lo que tenía que hacer para satisfacerme y para hacerme sentir bien. Tú adivinas cada cosa que deseo y eso no es normal…


- Es normal si hay una buena conexión y entre nosotras la hay. Pronto tú también serás capaz de leerme como yo te leo a ti a ti.


Maxím la besa. Luego le toma la cabeza y la empuja hacia abajo hasta que se detiene en sus tetas y prácticamente le mete un pezón en la boca. Ana empieza a mamar como si fuera un bebé con hambre, con más instinto que técnica porque pese a sus fantasías apenas tiene experiencia en el mundo lésbico. Es su primer rollo bollo. A pesar de eso se aplica y ya no es necesario que Maxím la dirija más, ella sola se deja escurrir con la piel mojada hasta llegar a su vulva totalmente depilada, donde sus labios buscan el sexo. Se abre de piernas mientras ella se arrodilla para intentar llegar con su lengua al coño de su compañera. La postura y el lugar son incómodos, pero Ana se esmera. Le debe un orgasmo y está dispuesta a cumplir.


- Méteme los dedos - le ordena Maxím cuando ya lleva un rato y tiene toda la zona empapada de saliva.


Lo hace con cuidado a pesar de que ya tiene muy recortadas las uñas, es lo primero que le dijeron cuando empezó a boxear.


- Mételos.


La orden terminante y seca de Maxím reverbera en la cabina de ducha, mezclándose con el ruido del agua al caer y con el chapoteo de los cuerpos al moverse bajo la lluvia húmeda. Obedece Ana, primero con uno presionando hacia fuera desde dentro, como a ella misma le gusta, acariciándole el clítoris desde el interior y luego, un segundo dedo formando un pequeño falo que aumenta el roce de las paredes de la vagina intentando llegar hondo. Maxím le pone las manos en la cabeza y la acerca a su nódulo para que combine el masaje interior con su lengua por fuera, cosa que hace lamiendo a tontas y alocas, sin ritmo ni concierto, sin saber muy bien, esperando que sea Maxím la que la guíe, la que le marque la cadencia, pero ella se limita a presionarle la nuca contra su pubis.


Finalmente comprende que la calentura la posee, que no es necesaria una cadencia, ni un ritmo, ni un método, simplemente estar ahí y desear el placer con toda tu fuerza y entonces este llega (igual que le llegó a ella), de repente, como unas compuertas que se abren liberando todo el deseo y todas las ganas. La siente retorcerse y correrse en su boca. Al contrario que Ana, las piernas no le flaquean sino que se mantienen como dos columnas rígidas, elevándose hacia el cielo mientras Ana recibe en su boca el flujo y el placer de la chica, que emite un ronquido gutural, un ronroneo de gata en celo, lenguaje universal que se podía entender en todas las lenguas del mundo.


- ¿Ves? lo has hecho de puta madre - son las palabras que oye cuando Maxím es capaz de recuperar el habla - Estamos conectadas…
 
- Elena Barrientos fue raptada y violada por José Marchena en las veredillas. Fue la primera que intentó asesinar, al menos que sepamos. Hasta entonces, casos de abusos y alguna posible violación sin denunciar. Pero con ella cambió el patrón. La llevo a una chabola que tenía en un campo y tras violarla y maltratarla la dejó atada. Suponemos que tenía previsto volver y todo indica que estaba dispuesto a matar. Era una chica del barrio, le conocía perfectamente y esta vez completó la violación acompañándola de un duro maltrato. Sabía que si la joven hablaba iría a la cárcel y esta vez para una larga condena, eso si no lo apiolaban antes. La chica consiguió escapar y se salvó por los pelos. A partir de entonces José Marchena pasó a la clandestinidad y no se le ha vuelto a ver.


- ¿Qué hay de la chica?


- Tuve la oportunidad de hablar con ella una vez. Yo me incorporé al caso tras su primer asesinato confirmado, el de Ana Contreras. Cuando apareció la segunda (Pilar) y en rápida sucesión la tercera (Conchi), estábamos tan desquiciados que no sabíamos ni por dónde tirar. Aquello era una locura, se desató la demencia en el barrio. Empezaron a aparecer periodistas y televisiones que publicaban las chorradas que se le ocurría decir al primero que pasaba por allí. Había mucha información intoxicada y en aquellos tiempos no teníamos gente muy especializada en este tipo de crímenes.


- Eso ahora no ha cambiado mucho.


- Bueno, pero ahora al menos tenemos método y conocimientos. En aquella época íbamos a pecho descubierto y lo mismo se investigaba un asesino en serie que un atracador de bancos. El caso es que era todo confusión y el exceso de información despistaba más que ayudaba, de manera que decidimos centrarnos en lo que sí sabíamos y en los testimonios más veraces, por eso volvimos a entrevistar algunas de sus víctimas, entre ellas a Elena Barrientos. No se mostró muy comunicativa, estaba todavía muy reciente su violación y su estado psicológico no parecía el más adecuado para tratar el tema. Fue muy difícil conseguir que nos diera algún dato útil, todavía estaba muy bloqueada. Era una apenas una cría. Tiempo más tarde, cuando pararon los asesinatos en Málaga, volví a visitar el barrio pasando por algunos de los escenarios del crimen y hablando con la gente de allí supe que Elena se había marchado, lo cual era de esperar, no es el barrio ideal para vivir y cuando te pasa una cosa así tampoco quieres estar en el sitio donde te han violado. Lo cierto es que no me preocupé más de ella. Y aparece ahora en Barcelona, escenario de unos crímenes muy parecidos y donde aparentemente tuvo contacto con al menos una de las víctimas, posiblemente dos...


- No nos precipitemos, vamos a hablar de esta tarde con ella y a ver qué nos cuenta. Miguel, quizás sea mejor no decirle que sabemos quién es.


Calalberche mira a su compañera y lo piensa durante un momento antes de responder para acabar dándole la razón:


- Muy bien. Pero Quizás ella me reconozca. Hace ya muchos años, pero quizás se acuerde de mí.


- Vamos a ver qué pasa ¿vale? Si te recuerda observaremos su reacción, así sabremos si esconde algo.


- De acuerdo vamos a ver con qué nos encontramos esta tarde.
 
Ahora, al menos, empiezan ya a sospechar que es ella, así que tengo esperanzas en que lleguen a tiempo y salven a Ana, que creo que es su próxima víctima.
 
Los dos inspectores ocupan una mesa al fondo del local. La dueña no les dijo exactamente toda la verdad: es cierto que abren a las cinco y media pero no al público, al menos hasta una hora después. Durante ese tiempo se dedican a preparar el pub, limpiando, colocando y reponiendo bebida. Parece que Nieves se las sabe todas y quiere evitar tenerlos por allí cuando lleguen los clientes.


Han decidido hablar primero con Dolors a la que han despachado pronto. No recuerda haber visto a Patricia, ni ver nada extraño, dentro de lo inusual que para un no adepto pueda ser un local de ambiente lésbico. Casi se ha sentido decepcionada por lo corta que ha resultado la entrevista. Tenía ganas de hablar y ellos han aprovechado para que le explique algunos de los entresijos de ese tipo de locales, cosa que ha hecho bajando un poco la voz en determinados momentos, como si compartiera secretos solo reservados a iniciados. Miguel también ha aprovechado para sondearla un poco respecto a su compañera. Parece ser que la relación es buena, cree adivinar un punto de admiración de Dolors hacia ella. Es evidente que la tiene como referente. La chica afirma que, a pesar de trabajar en un local de lesbianas, es bisexual y que, aunque nunca se ha enrollado con su compañera no le importaría hacerlo. Victoria es reservada respecto a su vida privada. No aprovecha su tirón para ligar con mujeres en el local mientras trabaja, que ella sepa. Cuando le pregunta si solo le gustan las mujeres o también los hombres opina que su compañera no le hace ascos a nada, pero que esas son cosas que deben preguntarle mejor a ella.


Tanto Calalberche como Laia no han perdido de vista a Victoria mientras conversaban con Dolors. Parece moverse con total y absoluta fluidez por el local, como un pez que se conoce hasta el último milímetro de su acuario. Más aún que la propia dueña, se la ve segura, confiada, a lo suyo, preparando el lugar para la inminente apertura, reponiendo botelleros, llenando las cubiteras de hielo, organizando la barra, revisando las mesas y sillas para que todo esté bien colocado y asegurándose de que el local está limpio. Ignorándolos a ellos, como si fuera lo más natural del mundo tener a dos inspectores de policía en el local preguntando por una chica que ha sido asesinada. Tan solo en una ocasión Miguel ha cruzado la vista con ella, donde ambos se han sostenido la mirada. Ha sido tan fugaz que el policía no podría decir que había en aquellos ojos. Cuando terminan con su compañera y le hacen una seña, Victoria se demora un momento terminando de colocar unas copas sobre una bayeta y finalmente se seca las manos y se dirige con tranquilidad hacia la mesa. Calalberche no reconoce a aquella chiquilla seria y cerrada sobre sí misma que interrogó hace mucho tiempo en Málaga. Morena teñida, rostro anguloso, cuerpo espigado y atlético. Muy segura y aparentemente tranquila. Si ella lo ha reconocido a él no lo aparenta, se limita a mirarlos alternativamente a uno y a otro, esperando que sean ellos quienes den el primer paso.


- Hola Victoria. Queríamos preguntarte igual que hemos hecho a tu compañera si has visto alguna de estas personas por el local.


Ella no contesta se limita a observar las fotografías de Patricia y del chico asesinados. Antes de que pueda contestar, Miguel deposita otra foto más encima de la mesa, la de Esther. La cara de Máxim no experimenta ningún cambio ni ningún gesto, ningún brillo especial cruza por su mirada, sus ojos se fijan gélidos sobre la mesa hasta que levanta la barbilla y encara al policía.


- Lo siento, no me suenan de nada.


- ¿Estás segura? ¿Podrías volver a mirar? es muy importante.


- Claro, no me importa mirar todas las veces que ustedes quieran - contesta con un tono neutro, aunque Laia ha creído detectar un cierto deje de burla en sus palabras.


- No las recuerdo.


- Al menos dos de ellas sabemos que estuvieron en este local.


- Aquí entra mucha gente.


- Sí, eso nos dicen todos: la dueña, el portero y tu compañera, pero tú tienes pinta de ser una chica que no olvida una cara.


- Como usted diga, gracias por el cumplido, pero no soy infalible. Aquí cuando llevas ya dos horas poniendo copas y atendiendo gente, todos los rostros te parecen iguales. Lo que sí puedo asegurarle es que estas personas no eran habituales del local, a esas sí me las conozco todas.


- ¿Algún comportamiento extraño, algún hecho inusual, alguna persona que le llamara la atención a los últimos meses?


- ¿A qué se refiere cuando dice alguien que llamara la atención? esto es un bar nocturno, entenderá que todas las noches a pesar de ser un sitio tranquilo y poco conflictivo siempre hay alguien que de una forma u otra llama la atención. Si me dicen que es exactamente lo que están buscando quizás pueda recordar mejor o al menos seleccionar…


- Alguien que agobiara a alguna de las mujeres, que mostrara algún comportamiento bronco, alguna persona problemática…


- No sé qué le han contado sobre los pubs de lesbianas, pero este es un sitio donde la gente se suele comportar.


- ¿Y alguna persona que pareciera fuera de lugar? - insiste Laia más contemporizadora.


- A veces viene alguien despistado, generalmente algún hombre, pero si vemos que crean problemas, Pablo se ocupa.


- ¿Te refieres al portero?


- Claro, pregúntenle a él.


- Está bien, lo haremos. Victoria ¿sales habitualmente con clientas?


- No.


- ¿Nunca?


- No habitualmente. Eso es lo que me han preguntado ¿no?


- Entonces, en alguna ocasión sí que lo has hecho…


- Una no es de piedra y aquí a veces vienen mujeres muy guapas.


- ¿Con cuantas has salido?


Ella mira hacia el techo y pone cara al estar pensando mientras arruga un poco el labio, como dando a entender que está poniendo todo su empeño y al final contesta:


- Tres, tal vez cuatro si metemos en la categoría de clientes a alguna compañera.


- ¿Y ninguna se parece a las fotos que te hemos enseñado o alguien que las acompañara?


- Ni remotamente.


- Bueno, ya has dicho que entra mucha gente y que a veces es difícil acordarse…


- De la gente con la que me acuesto me acuerdo, se lo puedo asegurar.


- Llevas unos tres años aquí trabajando y eres una chica que llama la atención, no parece que tres o cuatro chicas sean muchas, supongo que has debido tener más éxito.


- Prefiero buscarme mis rollos fuera del trabajo, no es bueno mezclar.


- Y esos rollos ¿son siempre femeninos o hay algún chico?


- Lo hay ¿para qué limitarme?


Los policías se intercambian una mirada, sorprendidos ante el desparpajo de Máxim. Esperaban encontrarse ante una chica quizás rota por su pasado y lo que le sucedió, pero ahora se sobrecogen ante su soltura.


- Deberían ustedes probarlo.


- ¿El qué?


- Abrirse también a su propio sexo. Las posibilidades de pasárselo bien aumentan al doble.


- Estamos bien como estamos, gracias ¿Tienes ahora mismo pareja estable?


- No, todavía no he encontrado el amor verdadero.


- ¿La has tenido en alguna ocasión?


- No.


- ¿Podrías facilitarnos los nombres de las personas con las que has estado, especialmente en los últimos tres años?


- Claro, pero atentaría contra su intimidad así que preferiría que no nos metamos en esas profundidades.


- ¿Te molesta hablar con nosotros?


- No me molesta en absoluto pero este es un local de ambiente, llevo tres años trabajando aquí y me gustaría conservar mi empleo. No hablaré de nadie del colectivo LGTB, ni de ninguno de los clientes a menos que haya una petición oficial de un juez y sea con un abogado delante que pueda asesorarme.


- Está bien. Por favor Victoria, si recuerdas algo que pueda ayudarnos no dudes en avisarnos y por favor mantente disponible por si necesitamos volver a hablar contigo.


- Por supuesto ¿a dónde iba a ir?


Máxim se levanta tras lanzarles una última mirada y vuelve a sus quehaceres. No se muestra en absoluto alterada, es como si no hubiera hablado con ellos, como si hubiera interrumpido su actividad para ir al servicio y luego volviera sin más. Los dos policías se quedan unos minutos más haciendo como que están tomando notas cuando en realidad la están observando. Ella parece darse cuenta pero continua impertérrita. Nieves se acerca a la mesa.


- ¿Han terminado ya?


- Sí.


- Entonces les agradecería que se marcharan: vamos a abrir el local al público en unos minutos.


Ambos policías se levantan y se despiden.


- ¿Como lo ves? - pregunta Laia una vez en la calle.


- No me gusta.


- Parecía sincera.


- Eso es lo que no me gusta. Demasiado sencilla y demasiado segura, no le ha temblado la voz ni una vez. Ni tampoco ha apartado la mirada, ningún gesto que la delatara, todo demasiado perfecto para una chica que seguramente no haya tenido circunstancias favorables desde que tuvo que pasar por lo que pasó.


- Es posible que precisamente por eso se haya hecho fuerte. Quizás toda esa aparente seguridad sea la muralla que ha levantado para protegerse.


- No lo sé ¿has visto que no reaccionaba? mantenía la sangre fría, ni una sola pérdida de control, ni una sola mirada inquisitoria, ni siquiera ha mostrado atención por los casos teniendo en cuenta que ella misma fue víctima de un psicópata. No ha mostrado interés ni aparente empatía por saber que les ha pasado a esas chicas. Tampoco ha sentido miedo. Todo esto tendría que haberle provocado a una chica normal inquietud, algún tipo de reacción ¿no te parece?


- Miguel ¿qué estás insinuando?


- Me ha parecido advertir rasgos psicopáticos en ella. Piénsalo bien, si analizamos todo lo que te acabo de comentar...


- Para el carro que ni tú ni yo somos psiquiatras, no somos expertos.


- Solo digo que consideremos la posibilidad. Es posible que esta chica se haya quedado tocada, no sería extraño después de lo que le pasó


- Y ¿a dónde quieres llegar?


- No lo sé eso, lo sabemos cuándo andemos el camino.


- A lo mejor teníamos que haber puesto todas las cartas encima de la mesa, haberle dicho que tenemos una testigo que la ha visto hablar con una de las asesinadas y que sabemos que ella misma fue una víctima de José Marchena. Así hubiéramos podido comprobar su reacción


- Para eso tenemos que estar más preparados. Hemos hecho bien no adelantándonos.


- Si es tan fría y lista como tú piensas posiblemente haya adivinado que sabemos más de la cuenta.


- Sí, pero cuando levantemos las cartas tenemos que estar dispuestos para la jugada y todavía nos falta información. Si actuamos antes de tiempo solo conseguiremos espantarla. Hasta ahora no se ha mostrado muy colaborativa, de modo que tendremos que ir a las malas y eso implica ponerla antes sus propias contradicciones o las pruebas que podamos conseguir.


- Y esa información que nos falta ¿dónde la vamos a encontrar?


Calalberche hace una pausa mientras inspira tras observarse un momento la punta de los zapatos y volver la vista al frente, como si mirara lejos, muy lejos.


- En Málaga, en el lugar donde empezó todo.
 
Ana regresa a su casa. Es la 1:30 de la madrugada de un día entre semana y las calles están vacías. Vive en una zona residencial donde no hay apenas bares ni locales de ocio nocturnos. Alejada del centro es una zona tranquila, pero (precisamente por lo mismo), el último tramo hasta que llega a su portal se le antoja un poco inquietante cuando vuelve sola por la noche. Cinco minutos a paso rápido por la avenida, una vez que sale del metro, donde hay más movimiento. Pero luego, en su calle son unos doscientos metros hasta llegar a la plaza donde está su edificio, en los que hay zonas con más luz y otras con menos, y donde el suelo de adoquines antiguos reverbera devolviendo el eco de sus propios pasos. Son precisamente estos pasos los que la alertan porque cuando se para un momento a buscar las llaves en el bolso, siguen sonando un segundo o dos más. Demasiado eco piensa, volviendo la vista atrás sin ver a nadie. La alegría con la que volvía después de haber salido de copas con Maxím y de haber pasado un rato en su apartamento se desvanece, dejando paso a la inquietud de una joven que vuelve sola a altas horas de la mañana y que espera no tener un mal tropiezo.


Continúa andando. Ya ha vuelto otras veces a su casa tarde y de alguna manera su cerebro activa una alarma, como si el sonido no fuera el habitual, como si sus pasos sonaran distintos, o más que distintos, con resonancia. Hace una nueva prueba y se detiene unos metros más allá, fingiendo mirar el móvil. El resultado es el mismo: como si sus pasos continuaran apenas un par de segundos más. Ana ríe nerviosa, trata de tomarse el asunto con humor aunque por dentro está inquieta. Comienza a andar más deprisa, con el móvil en la mano y el número de casa listo para marcar. Gira la cabeza de repente hacia atrás, un vistazo rápido donde cree ver una especie de sombra que se fuga de la acera. Hay un local chino al otro lado de la vía que deja un luminoso encendido, al igual que una farmacia, donde una cruz verde también emite destellos intermitentes a pesar de estar cerrada. Estas luces emiten resplandores discontinuos que proyectan sombras que desaparecen con cada fogonazo. Ana no puede distinguir ¿será una de estas sombras lo que ha visto o realmente hay alguien tras ella?


En los últimos metros ya no acelera el paso, sino que directamente corre hasta que abre la puerta del portal y se mete dentro. Lista para dar un portazo y cerrar, asoma la cabeza sin que en esta ocasión puede ver nada. De nuevo los claroscuros de las farolas y los juegos de sombras producidos por los luminosos pintan sobre las paredes y las aceras oscuras manchas ¿Habrá sido su imaginación? Es todo muy extraño. Desde que está con Maxím parece que sus sentidos se han agudizado, su percepción está más afilada y ella cree que incluso también capaz de leer lo que piensan los demás a veces ¿será una capacidad que tenemos todos y que se puede entrenar concentrándonos y desarrollándola? ¿O simplemente serán imaginaciones suyas excitadas por las sensaciones y sentimientos que esa chica le hace sentir?


¡Qué cosas se le ocurren! piensa mientras llama al ascensor y espera haciendo girar nerviosa las llaves, manteniendo la vista clavada en la puerta de entrada.
 
Lo importante es que Miguel ya la ve como la posible asesina en serie, y solo espero que puedan impedir que mate a su próxima víctima que mucho me temo que es Ana.
 
Atrás
Top Abajo