Fantasías sexuales de las españolas 2º parte

De todos tus relatos, Amigo Luis, este es el más me está costando leer.
Tengo sentimientos diferentes: Rabia, pena y ganas de que la pillen de una vez.
Es una pena que no haya sabido ser fuerte y no recurrir a lo que ha recurrido al sentirse soja y rechazada.
Puedo entender que su familia se ha portado fatal con ella y Jaime ha dejado mucho que desear, pero no es nadie para hacer lo que está haciendo.
En fin, que va a terminar muy mal y no me va a dar pena.
Intuyo que viene una conexión entre todos los personajes pronto y confío en que la coja Miguel antes de que se cargue a alguien en Madrid.
 
De todos tus relatos, Amigo Luis, este es el más me está costando leer.
Tengo sentimientos diferentes: Rabia, pena y ganas de que la pillen de una vez.
Es una pena que no haya sabido ser fuerte y no recurrir a lo que ha recurrido al sentirse soja y rechazada.
Puedo entender que su familia se ha portado fatal con ella y Jaime ha dejado mucho que desear, pero no es nadie para hacer lo que está haciendo.
En fin, que va a terminar muy mal y no me va a dar pena.
Intuyo que viene una conexión entre todos los personajes pronto y confío en que la coja Miguel antes de que se cargue a alguien en Madrid.

Siento mucho el disgusto que te estoy dando pero es que este relato era un poco especial.

Amigo Carlos, tómatelo solo como una historia de ficción igual que si estuvieras viendo una peli de psicópatas. Nada más lejos de mi intención que alterarte negativamente el ánimo. A la novela no se va solo a reír, a excitarse o a soñar en positivo, también forma parte de la diversión pasar un poco de miedo, soltar alguna lágrima o para variar ponernos en la piel de un asesino. Al menos así lo veo yo. Solo deseo que disfrutéis de mis relatos y que no os dejen indiferentes y para eso a veces es necesario cambiar de registro, que uno ya está muy visto jajajaa.

La verdad es que me apetecía hacer algo de relato negro, no es casualidad que las dos historias más largas y yo creo que más completas de las dos series sean la de Esther y la de Paloma.

Tuve muchas dudas acerca de hasta donde debía narrar y qué tono debería darle a los personajes especialmente al de Elena Barrientos. Decidí que tenía que ser veraz y creíble y eso implica hacer el relato más duro entrando en detalles. El tono crudo y descarnado debía ser la guía para el personaje.

No sé si al final habré acertado o no, vosotros/as sois los que tenéis que opinar si os ha gustado.

Un abrazo y para la semana que viene, una vez finalice Esther, pongo su continuación y cierro ya por fin la serie de fantasías sexuales de las mujeres.
 
Siento mucho el disgusto que te estoy dando pero es que este relato era un poco especial.

Amigo Carlos, tómatelo solo como una historia de ficción igual que si estuvieras viendo una peli de psicópatas. Nada más lejos de mi intención que alterarte negativamente el ánimo. A la novela no se va solo a reír, a excitarse o a soñar en positivo, también forma parte de la diversión pasar un poco de miedo, soltar alguna lágrima o para variar ponernos en la piel de un asesino. Al menos así lo veo yo. Solo deseo que disfrutéis de mis relatos y que no os dejen indiferentes y para eso a veces es necesario cambiar de registro, que uno ya está muy visto jajajaa.

La verdad es que me apetecía hacer algo de relato negro, no es casualidad que las dos historias más largas y yo creo que más completas de las dos series sean la de Esther y la de Paloma.

Tuve muchas dudas acerca de hasta donde debía narrar y qué tono debería darle a los personajes especialmente al de Elena Barrientos. Decidí que tenía que ser veraz y creíble y eso implica hacer el relato más duro entrando en detalles. El tono crudo y descarnado debía ser la guía para el personaje.

No sé si al final habré acertado o no, vosotros/as sois los que tenéis que opinar si os ha gustado.

Un abrazo y para la semana que viene, una vez finalice Esther, pongo su continuación y cierro ya por fin la serie de fantasías sexuales de las mujeres.
Que va, para nada estoy disgustado.
Lo que pasa es que es una historia dura y difícil, distinta a lo habitual.
Lo que pasa es que me pongo en el punto de vista de ella y creo que ha escogido un camino muy equivocado y me da pena, porque para nada era una mala chica.
Pero no ha tenido a nadie que le apoye y le lleve por el buen camino y por eso creo que está haciendo cosas atroces.
Además yo veo las series de Series sobre asesinatos y eso como Crimen en el Paraíso o Crimen en el Trópico es algo que no me disgusta para nada.
Pero es lo que digo, me da mucha pena el camino que ha cogido la protagonista porque no es una mala chica, pero el poco cariño recibido le ha afectado y llevar a hacer cosas que con cariño y protección familiar, no hubiera hecho seguro.
 
De todos tus relatos, Amigo Luis, este es el más me está costando leer.
Tengo sentimientos diferentes: Rabia, pena y ganas de que la pillen de una vez.
Es una pena que no haya sabido ser fuerte y no recurrir a lo que ha recurrido al sentirse soja y rechazada.
Puedo entender que su familia se ha portado fatal con ella y Jaime ha dejado mucho que desear, pero no es nadie para hacer lo que está haciendo.
En fin, que va a terminar muy mal y no me va a dar pena.
Intuyo que viene una conexión entre todos los personajes pronto y confío en que la coja Miguel antes de que se cargue a alguien en Madrid.
No se pueden tener sentimientos por un/a psicópata, pero al conocer lo mal que lo pasó, la violacion y todo lo demás, empiezas a generar sentimientos hacia esa persona. Y se te cruzan los cables 😤😤😤😤.
Luis “juega” muy bien con el personaje. No te deja que lo odies del todo (como puedes odiarlo a muerte sabiendo por lo que ha pasado). Eso es lo que genera esa angustia.

Carlos te queda mucho relato todavía, terminar la primera parte y toda la segunda.
“Distánciate” un poco y disfruta de la escritura de Luis.

Y el que sea más largo de lo “normal’ me gusta mucho. Mas para disfrutar 😀😀😀😀😀

Como dije en una ocasión PURA NOVELA NEGRA.
 

Claudia​


- Miguel: voy a divorciarme.


Calalberche vuelve la cabeza hacia ella. Sus caras quedan muy cerca, están juntos en la cama, tumbados boca arriba y hasta ahora cada uno parecía pensar en sus cosas tras haber hecho el amor.


- ¿Cómo?


- Voy a divorciarme - dice ella convencida, asintiendo con la cabeza mientras pronuncia cada una de las palabras. Quiere transmitir seguridad, inevitabilidad y convencimiento a su amante.


- Pero ¿estás segura? vas a poner tu vida y la de tu hija patas arriba.


- Esto ya está hecho Miguel, no hay que darle más vueltas, ahora toca pensar en el próximo paso.


- ¿El próximo paso?


- Mañana se lo diré a mi marido, ya lo tengo hablado con la abogada. Me quedo con la niña y si no pone muchas pegas aceptaré la custodia compartida. Quiero irme de la casa así que o acepta venderla, o me busco un alquiler y tendrá que pagar parte. Quiero un piso cerca del trabajo. Si vendemos la casa puedo comprar un piso de tres o cuatro habitaciones, suficiente para nosotros.


- ¿A qué te refieres diciendo para nosotros? - pregunta un cada vez más inquieto Calalberche.


- Miguel ¿no te gustaría que viviéramos juntos?


Hasta la misma Claudia puede notar que se estremece la cama


- ¿Te refieres juntos como…?


- Sí, como marido y mujer.


- ¡No me jodas Claudia, a estas alturas! ¿Pero te estás oyendo?


- Pues claro que me estoy oyendo, eres tú el que no te escuchas. Miguel, necesitas estabilidad, un hogar, alguien que te quiera ¿no te gustaría que dejáramos de escondernos, que pudiéramos dormir juntos todas las noches? Y mírate, si estás siempre hecho una facha. Yo podría cuidar de ti: no te vistes bien, ni te alimentas bien, estás siempre desquiciado… podría darte estabilidad y tranquilidad.


- Claudia ¿y qué es lo que te daría yo a ti? no puedo darte nada.


- No seas tonto, claro que sí, ya me lo estás dando: me das cariño, me das placer, mi marido no me toca como me tocas tú, ni me hace el amor como tú, ni me siento tan viva salvo cuando estoy contigo en la cama… eso es lo que pido, nada más ¿te parece mucho?


Miguel se revuelve en la cama. Está inquieto y malhumorado, no le gusta ser el protagonista de una ruptura, la causa, el efecto. Lo de Claudia siempre ha sido un aparte, aunque tiene razón: le da estabilidad, le hace sentirse bien, pero nunca pensó que eso podía degenerar en la quiebra de su matrimonio.


- No quiero cargar con esa culpa ni con esa responsabilidad.


- Si dudas es que no me quieres.


- Claudia no me vengas con esas…


- Prométeme que lo pensarás Miguel, seguro que si lo piensas tranquilamente te darás cuenta que es lo mejor.


- Mira, no me hagas responsable de tus movidas con tu marido.


- No es eso, cariño...


De repente se instala un silencio incómodo entre los dos que finalmente acaba rompiendo Claudia.


- ¿Ves? te acabo de llamar cariño, me ha salido sin más, a ti es a quien quiero y estoy segura que tú me amas a mí ¿Qué hay de malo en todo esto Miguel? tenemos ya una edad ¿vamos a dejar que parta este tren sin subirnos? nos arrepentiremos toda la vida de haber dejado pasar esta oportunidad.


Él se incorpora y se sienta en la cama.


- ¿Dónde vas?


- A que me dé el aire y luego a mi casa.


- Miguel, necesito una respuesta.


- Tú ya has tomado tu decisión.


- Pero necesito saber si estás conmigo.


- No te puedo prometer nada.


- ¡Por Dios Miguel! simplemente prueba a dejarte querer…


Calalberche se levanta, se viste y se marcha apresurado, no le gusta el cariz que ha tomado la conversación. Es de los que nunca toma las decisiones en caliente y esa es una decisión muy importante.


Algo se remueve en su interior, algo que le recuerda el sexo bueno, intenso y rodeado de cariño que le profesa Claudia. Lo de antes le ha sonado a ultimátum ¿será capaz de vivir sin ella, sin estos momentos? El cuerpo le pide estabilidad, le pide un proyecto de futuro, le pide un regazo acogedor al que volver cada día, pero su mente está en otros parámetros. Él tiene una misión que da sentido a su vida, un orden que tiene que seguir y romper con todo eso le deja colgado del vacío. Sea lo que sea lo que decida, le va a suponer una movida.


Llega a casa y se sirve un vaso de leche fría. Miguel apenas bebe si exceptuamos la copa de coñac de los fines de semana. Tiene una botella de tinto abierta en el frigo (que ya se le habrá picado seguramente) y dos latas de cerveza que sobreviven de un pack de seis que compró hace una semana. Pasea la vista por su destartalado apartamento. Cocina con cacharros de por medio, paquetes de sopas rápidas y comida precocinada en la despensa, el salón lleno de polvo, las cortinas mugrosas...quizás Claudia tenga razón. Su vida es un desorden obsesivo. Lleva años persiguiendo un fantasma y se olvidado de vivir su vida. Bien es cierto que no tenía otras necesidades hasta ahora. Estaba a gusto con su trabajo y tan bien tratando de seguir la pista de José Marchena, que no ha echado de menos otras cosas hasta que Claudia entró en su vida. Una ventana abierta que aireó la estancia cerrada de sus sentimientos. Una aventura al principio. Sexo tranquilo pero intenso. Y luego sentimientos que a Miguel le cuesta identificar y clasificar, en eso está bastante oxidado, pero se deja guiar por ella, mucho más experta. Y ahora se siente un poco agobiado ¿ha sido todo una encerrona? ¿Lo está usando Claudia para cambiar su propia vida?


Hubiera preferido que todo siguiera igual, dos mundos distintos que solo se unen un par de horas para darse placer y para equilibrarse emocionalmente, y luego, vuelta a la rutina, bendita rutina. Miguel no acaba de verse compartiendo su vida las veinticuatro horas con Claudia, no por ella, sino por él: duda de que esté a la altura, de que pueda hacerla feliz, darle lo que necesita. Y además con una adolescente de por medio ¡Vaya repeluco! piensa mientras sacude la cabeza. No se imagina a una chica joven andando por casa, alterando sus rutinas, reclamando atención, quizás pidiéndole que adopte el rol de padre. Vamos, todo el pack completo.


Demasiadas cosas de golpe para un desconcertado Miguel, que ha hecho un arte de simplificar su existencia. Sacude su cabeza y se va al dormitorio donde se desviste y se pone cómodo con un chándal. Por un momento contempla la posibilidad de refugiarse en la habitación donde bucea entre archivos, analizando y revisando todo aquello que tiene del Chata, pero finalmente decide salir un rato a correr a ver si se despeja y consigue aclararse los pensamientos.
 
Miguel no puede ser tan egoísta y por una vez debe intentar formar una pareja.
Me ha parecido muy fea su reacción y espero que sepa a estar a la altura y acepte, porque Claudia ha sido muy valiente y se merece que él de el paso. Espero que no me decepcione.
 

Esther​


- Gracias por traerme - dice Esther.


- No hay problema - responde Maxim - Siempre que te esperes a que acabe te puedo acercar a casa. Oye ¿seguro que estás bien?


- Sí, sí, ya te he dicho que posiblemente solo sea una tontería. Últimamente estoy algo sensible y me da por pensar que alguien me sigue o que puedo tener un cuento mal encuentro. No sé por qué estoy así, antes nunca había tenido miedo de andar sola.


- Pero ¿hay alguien que te haya molestado en el bar o fuera?


- No, que va…


- Oye - murmura Maxim pegándose a ella quizá un poquito más de lo debido - ¿no será qué quieres invitarme a subir y no sabes cómo decírmelo?


- Para eso no tengo que montar tanto teatro, jajajajaa…


- Bueno no sé ¿tan segura estás de que voy a aceptar?


- Pues vamos a ver ¿quieres subir a tomar una copa?


- ¿A ti te gustaría que subiera?


- Quizás.


- A mí no me puedes comprar con un quizás, nena. Ya te dije en una ocasión que no subiría hasta que no estuvieras segura.


Esther arruga un poco la nariz, haciendo un mohín que no se sabe muy bien si quiere indicar enfado o desconcierto.


- Maxim, últimamente no estoy segura de nada. Pero me siento bien a tu lado. Me atraes, de verdad que me atraes, pero no sé cómo va a responder mi cuerpo. Tengo fantasías ¿sabes? pero luego, a la hora de la verdad temo rechazarte. Ya me pasó con Montse.


- ¿Con Montse? ¡Vaya, eso sí que no lo sabía!


- No se lo hemos contado a nadie, es nuestro secreto, pero un día volviendo del pub nos enrollamos en el coche.


- ¿Y qué pasó? - pregunta Maxim divertida.


- No te rías de mí, boba.


- Venga, va: cuéntamelo.


- Bueno, digamos que fue excitante en mi mente pero hubo un momento en que empecé a sentir rechazo a lo que estábamos haciendo. Dejé de sentir placer. Sus dedos… los tenía… en fin, los tenía dentro y comencé a sentir molestias. Tuvimos que parar.


- Quizás no fue delicada…


- Te puedo asegurar que sí, que tuvo un cuidado exquisito conmigo: Montse me quiere mucho ¿sabes? Fue mi cuerpo el que se rebeló, quizás es que todavía no estoy preparada para esto. Lo curioso es que luego me masturbo como una loca pensando en lo que sucedió y tengo unos orgasmos brutales.


- ¿Conmigo también?


- ¿Cómo dices?


Maxim se pega a ella, ahora ya hay contacto, no corre el aire entre las dos.


- Te pregunto si conmigo también te masturbas.


- Desde la primera noche que te conocí – responde impulsivamente.


Maxim la toma de la cintura y la aprieta contra sí. Acerca los labios a los suyos y en el último momento deja el beso colgado en el aire. Gira la cabeza y le roza el cuello con la boca, dándole un pequeño mordisco. Esther se deja. Nota que se humedece con la caricia, el cuello es su punto débil, y también con el contacto con el cuerpo duro y musculado de la camarera.


Esther se remueve un poco inquieta, están en la puerta del bloque dónde vive y aunque es tarde y no se ve a nadie por la calle, teme que algún vecino pueda verla.


- ¿Qué pasa? ¿Te da vergüenza?


- Bueno, es que la calle no me parece el mejor sitio para salir del armario - Contesta bromeando, aunque en el fondo le pone estar allí, en la puerta de su casa con Maxim metiéndole mano.


Ahora sí llega el beso con lengua, junto con dos manos que se meten entre la tela del pantalón y le agarran las nalgas, tirando de ellas hacia arriba mientras las chicas restriegan los pubis.


Esther nota como se moja. Una pegajosa humedad empapa sus bragas. Tira de Maxim hasta el portal, abre la puerta y entran, quedándose junto a ella. Se vuelven a besar y reparten caricias. La mano de la camarera se abre paso desabrochándole el pantalón y busca el sexo. Es una caricia dura, directa. El cuerpo rudo de la chica tampoco parece de mujer, es como si fuera un hombre el que le está metiendo mano. Esther va venciendo sus reparos, en esta ocasión su cuerpo sí que reacciona y su clítoris se hincha casi hasta dolerle ¡Vaya locura! Cuando la luz se apaga y el portal queda en la oscuridad, Maxim tira de ella a un rincón y le baja los pantalones hasta medio muslo tirando también de las bragas. La besa a la vez que le introduce un dedo y la masturba furiosamente. Ella empieza a gemir y a moverse buscando el contacto. Un segundo dedo en su vagina no le molesta, al contrario, se siente más llena y el roce aumenta el placer que siente. “Me está pajeando una tía”, piensa echando más leña al morbo.


Es demasiado para ella y el orgasmo le llega de súbito, casi sin avisar. Se corre de pie, hecha un sándwich entre la pared y Maxim mientras ella la besa en la boca. Es como una explosión en su sexo; el cerebro recibe una descarga brutal de endorfinas y adrenalina; las piernas le tiemblan y cree perder por un instante la conciencia. Maxim la sujeta contra ella, abrazándola e impidiendo que se tambalee.


Intenta recuperar el resuello, la cabeza contra el cuello de la chica, la boca casi en su pecho. Puede sentir el latir tranquilo de su corazón en contraste con lo acelerado del propio, que tarda todavía un rato en recuperar su ritmo normal.


- Uffffff… ¡Madre mía! - Exclama sonriendo pero todavía un poco ida, sin saber muy bien cómo continuar la conversación.


- Bueno pues parece que te has estrenado - dice Maxím mientras retira los dedos de su entrepierna y los observa de cerca, viendo como están chorreando de flujo.


Ella retira la mirada un poco avergonzada. Se separa de Maxim y trata de componerse ajustándose las bragas y subiéndose los pantalones.


- ¿Quieres que continuamos arriba?


- No sé si he tenido bastante por hoy, creo que tengo que digerirlo.


- Le das muchas vueltas a las cosas, Esther. Es solo sexo, no pasa nada. No te agobies ni pienses que a partir de ahora ya no te van a gustar los chicos.


- Es que contigo ha sido… no sé, ha sido diferente a Montse, tú pareces más...- duda si continuar la frase pero Maxim la anima.


- ¿Más…?


- Pareces más un hombre que una mujer, quizás por eso me ha gustado. No te comportas como una chica...


- Y eso te pone.


- Sí, me pone mucho – reconoce.


- ¿Entonces? ¿Continuamos en un sitio más cómodo?


- Bueno, si quieres subir...


Maxim cree detectar de nuevo la duda. Demasiado rápido todo para ella, de modo que le da un beso en los labios, suave, esta vez sin lengua.


- Hasta otro día, guapa.


- ¿Te vas?


- Te dije que no subiría hasta que no estuvieras segura del todo. No te preocupes, no tengo prisa. Merece la pena esperar… no lo hago por cualquiera ¿sabes?


Esther la ve abrir el portal y marcharse mientras le dedica una última sonrisa ¡Puff! resopla llevándose la mano al corazón. Vaya nochecita. Decide subir por las escaleras. Lo hace despacio, escalón a escalón, pensando en todo lo que acaba de suceder. Está un poco confusa pero contenta. Le ha gustado, ha sido un subidón. Y desde luego está dispuesta a repetir.


De repente se acuerda de Montse: ¿Debe decirle algo a su amiga o mejor callarse? ¿Se enfadará si se entera que ha preferido a Maxim? ¿Cómo explicarle que ella sí la hace disfrutar? Esther ha dado un primer paso de la fantasía a la realidad, pero ha tenido que ser de la mano de una chica un poco andrógina, jugando entre dos aguas. Las caricias dedicadas y sensibles de su amiga no acababan de hacerla entrar en situación. Quizás ahora que ha dado el paso, sea diferente. En cualquier caso mejor no hacer experimentos: si le está yendo bien con Maxim seguirá con ella a ver qué pasa, a ver dónde desemboca todo esto. Decide que de momento no le va a comentar nada a Montse y le pedirá a la camarera que sea discreta. Más adelante quizás… no quiere a Montse como amante sino como amiga.


Se quita la ropa y se mete en la ducha. Está sudada y con la entrepierna llena de restos de flujo. Justo antes de abrir el grifo oye el timbre de la puerta. Se pone un albornoz y sale rápido ¿quién será a esas horas? debe ser algún vecino pero ¿cuál? Con las prisas se olvida de mirar o de preguntar quién es, abre directamente.
 

Madrid​


Cuando llegué a Madrid estaba pletórica, pensaba que dejaba atrás todo y que tenía una oportunidad de renacer, limpia, nueva y fresca.


Mi tía me acogió bien y compartí habitación con una prima. Madrid era distinto, nadie se fijaba en ti, a nadie parecía importarle lo que fueras, solo lo que hicieras. Todo era un nuevo empezar, cada día conocías a gente diferente, con solo cambiarte de barrio era suficiente para que nadie te conociera y que pudieras hacer nuevas amistades sin el lastre de tu pasado, incluso del más reciente. Esa ciudad supuso todo un chute de energía para mí, tanto, que durante mucho tiempo mi condición de demonio dejo de exigir su tributo de sangre.


Encontré trabajo en una peluquería donde comencé a aprender el oficio. Además ayudaba en casa de mi tía y (en lo personal), mi prima me integró en su pandilla de amigos. Éramos de la misma edad y sin llegar a hacernos íntimas (tengo cierta dificultad como habrás podido comprobar para establecer relaciones profundas), nos llevamos bastante bien.


Tuve un novio. Estuvimos un tiempo, lo deje y me eché otro, volví a cortar… todo me parecía bastante divertido y bastante intenso, lejos del dramatismo que tuvo mi primer enamoramiento.


El ritmo de la capital era acelerado, banal y simple. El amor y el sexo se consumían cómo quién consume un cubata en una fiesta de estudiantes: a tragos rápidos. Fue una época buena. Descubrí que podía disfrutar de mi cuerpo y de las relaciones con otros a pesar de lo que me había sucedido, si bien es cierto que nada podía ser tan intenso como esos orgasmos que tenía justo después de haberme cobrado mis piezas, con la sangre aún caliente. Hubo una temporada que prácticamente cambiaba de chico cada fin de semana. Me fascinaba cómo aprendía el arte de manejarlos, de manipularlos para hacer lo que a mí me venía bien. Claro que yo podía leer sus mentes, así que todo era mucho más sencillo.


Hasta que un día volvió el demonio, o más bien resucitó, porque nunca se había ido del todo. Yo lo seguía teniendo presente, notaba que había anidado y que simplemente estaba hibernando en mí, esperando el momento propicio para volver a manifestarse. No era algo que me preocupara especialmente: si tenía que volver a matar lo haría, simplemente es que en ese momento me parecía inoportuno. Por primera vez en la vida todo me iba bien.

Hasta que conocí a la vieja y su asistente. Paquita venía a la peluquería una vez al mes. Una señora mayor, cascarrabias, mal encarada y avara. En la peluquería siempre me la dejaban a mí porque era la única que sabía manejarla. La acompañada una chica sudamericana que hacía las veces de acompañante y criada. Ella ya no podía salir sola a la calle y no le quedó más remedio que contratar a alguien. El resentimiento por depender de otra persona para algunas cosas y el mar carácter eran patentes, no hacía falta tener mi don de leer las almas para darse cuenta que aquellas dos se odiaban la una a la otra de la peor forma que puede hacerse, de una manera solapada, sorda, sin decírselo, larvando su inquina día a día, hora a hora y minuto a minuto que tenían que pasar juntas, necesitándose pero odiándose.


Y un buen día pude percibir algo más. Una pulsación maligna, otro diablo queriendo nacer, yo bien conocía los síntomas.


Paquita tenía obsesión con el dinero y no se hablaba con la familia, era una vieja solterona que no tenía trato con el hermano que le quedaba ni con sus sobrinos. Después de las noticias de las estafas con preferentes a gente mayor, había llegado a la conclusión de que los bancos le iban a robar su dinero de una forma u otra, así que decidió sacar sus ahorros y los guardaba en una caja oculta en un armario. Siempre se la veía preocupada, en su mente constantemente podía leer una cierta inquietud porque Flor, la chica sudamericana, la encontrara y acabara robándole, o porque cualquiera pudiera entrar en la casa y llevarse el dinero, eso le quitaba el sueño. Estaba decidida a hacerse una caja fuerte bien disimulada, solo esperaba que Flor cogiera vacaciones. Un sitio seguro dónde guardar el dinero y que pasara totalmente desapercibido, pero claro, tenía que encargárselo a un albañil o a una empresa especializada. No sabía que le dolía más, el dinero que le iban a cobrar o el que tuviera que ponerse en manos de extraños para ocultar su pequeña fortuna.


Tarea inútil porque yo había podido ver los pensamientos de Flor y ella ya sabía perfectamente de la existencia de lo que ocultaba.


Hubo una pulsión, una perturbación en la sala que yo solo pude notar. Entre ruidos de secadores, la charla de las clientas y el clic - clac de las tijeras lo percibí nítido: un deseo de matar, de acabar con una vida. Mientras Flor esperaba hacía planes para matar a la vieja. No es que deseara su muerte o simplemente que fantaseara con la posibilidad de acabar con su vida, lo analizaba totalmente en serio, valorando pros y contras.


Paquita no le había dicho nadie lo del dinero, no se fiaba ni de su familia ni de los bancos. Si ella moría, nadie sabría nunca que tenía el dinero en casa guardado desde hace más de un año, ni qué habría sucedido con él. El problema para Flor es cómo debía morir. Cualquier muerte repentina y no justificada la pondría en el punto de mira a ella.


No, era mejor esperar. Aquello se le hacía insoportable pero era lo mejor. Los achaques la asediaban, entre ellos el marcapasos que estaba ya para cambiarlo y ella se negaba a ingresar al hospital. Algún día se la encontraría frita, de muerte natural, y entonces sería su momento para hacer desaparecer la caja antes de dar aviso. Tendría que sufrirla un tiempo más pero era la mejor opción. Quizás pudiera ayudar dándole algo que la desequilibrara. Tendría que mirarlo. Quizás en Internet consiguiera encontrar ayuda. No sabía si podría aguantar otro año más con ella, pero no estaba dispuesta a irse con las manos vacías después de haber soportado a la vieja impertinente durante tantos meses. En cada visita que hacían parecían repetirse las mismas ideas, el mismo asco insoportable. Aquella vieja que no soportaba verse hecha una anciana y el deseo de su interna de acabar con aquella relación insufrible y hacerse con el botín. Seguía valorando opciones sobre distintas formas de provocarle un ataque cardíaco o de envenenarla sin que quedara rastro en una posible autopsia.


Demasiado para que no renaciera en mí el deseo de lo que ya te puedes imaginar. Ahora me sentía menos vengadora: el impulso de eliminar el mal ya cada vez me preocupaba en menor medida, era la brutal excitación que me embargaba al llevar a cabo el acto en sí de eliminar una vida. Deseaba sentirme otra vez poderosa, llegar al éxtasis. Era como un zumbido todo el día en mi cabeza, no podía ignorar el impulso. Pensé que todo había cambiado, que podría controlarlo, que no se volvería a repetir, pero estaba equivocada porque yo quería que sucediera y tarde o temprano iba a pasar. Y de hecho pasó.


Esta vez me permití el lujo de planear con detalle todo el asunto. En realidad no estaba del todo decidida. No quería complicarme la vida pero una vez que se despierta el instinto ya es imposible ignorarlo. Y yo había olido sangre. Así que empecé a seguirlas, conseguí averiguar dónde vivían y las horas en que entraban y salían. Me recreé en los detalles, quizás solo con imaginarlo fuera suficiente, me decía, pero no, no bastaba con soñarlo, no después de haber matado antes.


Pronto averigüé a que portero había que llamar para que con un simple “cartero comercial” me abrieran la puerta. También investigué el edificio, descubriendo que me podía ocultar arriba del todo, en el último piso, en un hueco que había junto a la caja del ascensor donde no subía nadie porque la azotea no era registrable, a excepción de aquellos vecinos que tenían trastero arriba. Revisé bien todo y me di cuenta que a la pequeña habitación guardamuebles solo subía Flor. Manías de la Paquita que no quería tender en el balcón y la mandaba con la colada arriba, para airear en esa habitación la ropa mojada.


Sabía cómo entrar y cómo ocultarme, faltaba decidir a quién matar y como. Dispuse que mi víctima sería Flor. Había una pulsión asesina en ella que me atraía. Me preguntaba cómo sería matar a una mujer parecida, aunque solo fuera en algo, a mí misma. Solo si las circunstancias eran muy favorables me permitiría ir a por Paquita, que sin embargo no me atraía mucho. Para mí no resulta excitante matar a gente tan mayor. Así que solo lo haría si se cruzaba en mi camino.


Una vez más y con una buena dosis de suerte todo resultó sorprendentemente fácil. Solo tuve que ocultarme arriba y esperar que Flor llegara cargada con la colada. Ya una vez la había dejado pasar, días antes, porque justo cuando subía oí ruido en la escalera. Algún vecino entrando o saliendo, de modo que me oculté en el hueco tras el ascensor y la dejé entrar y salir sin hacerle ningún daño.


A la segunda resultó bien. Era un día festivo y la mayoría de la gente se había ido de puente. Yo libraba en la peluquería. Era jueves y amaneció un día soleado. Normalmente Paquita hacia la colada una vez a la semana, jueves o viernes. Supuse que esa mañana aprovecharía para abrir la ventana del trastero y poner la ropa al sol. Hubo suerte: tuve que esperar un buen rato pero Flor apareció con la colada. Con las manos ocupadas y totalmente desprevenida porque nunca supuso que allí pudiera haber nadie esperándola. Le di un golpe por detrás, fuerte y contundente con una barra de hierro. No llegó ni a verme, un solo golpe fue suficiente para dejarla semiinconsciente. Por un momento tuve la tentación de recrearme practicándole algún ritual similar a los que había practicado en Málaga, pero no me gustaba nada el sitio. Estaba al final de la escalera y aunque era discreto, si ella llegaba a gritar o alguien nos descubría yo no tendría escapatoria, solo había una salida. Por ello actúe rápido. De nuevo, usé el cordel y la estrangulé, pasando un lazo por el cuello y tirando con todas mis fuerzas tras pasarlo por el barrote del barandal. Fue rápido, ella estaba casi inconsciente y no pudo ofrecer resistencia.


En esta ocasión no me detuve a masturbarme. Estaba demasiado nerviosa y alterada, cuando le desgarré el vientre me puse a temblar. No era miedo, claro, sino simple y brutal excitación. Tan trastornada me encontraba que no podía darme placer en ese instante. Decidí centrarme, no quería cometer errores, de forma que procedí a revisar el hueco, viendo que todo seguía tranquilo en el edificio. Sustituí el cordel por una cuerda más gruesa y no sin cierta dificultad, conseguí lanzar el cuerpo por el vano de la escalera. Quedó colgando del último tramo, aunque la bajé más antes de anudar el cabo y fijarla. Era el momento más delicado para mí, de forma que salí disparada. Solo me detuve un instante para verla desde abajo. Era una composición brutal que todavía llevo fija en la retina. Podría decir que mi obra maestra hasta entonces: atrevida, rompedora, cruel. Aun no la he superado. Pasé meses masturbándome solo con esa escena. Quede saciada hasta tal punto que transcurrió un año entero antes de decidirme a matar de nuevo.


Aquello fue el acabose. Seguro que lo recuerdas, salió en todas las noticias. Yo evitaba verlo en casa de mi tía porque se me ponía una sonrisa de oreja a oreja y no quería que me consideraran rara. Pero fue un boom que puso todo patas arriba.


Había preparado una coartada llamando a un chico con el que había salido un par de semanas atrás. Pasamos el mediodía y la tarde juntos. Salimos a almorzar y luego follamos un par de veces. Pero no tuve que utilizarla, la policía no vino a la peluquería a preguntar. O no se les ocurrió o debieron pensar que no era relevante, ya que Paquita y Flor solamente venían una vez al mes. Tampoco a nadie se le ocurrió relacionarlo con los asesinatos de Málaga. En este caso no la violé y, a pesar del estrangulamiento y los cortes en el abdomen, entendieron que era un asesino diferente. O quisieron entenderlo, porque estoy segura que durante unos meses debieron estar acojonados pensando que tenían un asesino en serie, pero como vieron que pasaba un año sin más víctimas, debieron acabar concluyendo que había sido un asesinato aislado. Con una macabra parafernalia pero único al fin y al cabo, posiblemente producto de una venganza.


Lo cierto es que durante ese tiempo me calmé un poco y me volví más reflexiva. Me decía que tenía que seleccionar mejor mis futuras víctimas. A todas, hasta ahora, las conocía y eso implicaba que tarde o temprano alguien podría atar cabos y encontrar el hilo conductor. Por el momento he tenido buena estrella, pero la suerte algún día se acaba y basta con que te venga una mano mal dada de cartas para que se acabe el juego. Al menos en mi caso no me podía permitir ni un fallo. La próxima víctima (decidí), no sería de mi entorno. Pero entonces ¿cómo lo haría? No lo sabía pero en ese momento la sed de sangre no me apremiaba, con lo cual decidí esperar y observar. La ocasión se presentará y la candidata también, pensaba, y de nuevo acerté.


Nosotras vivíamos en Aluche, junto a la carretera de Extremadura. Tras el trabajo muchas tardes y noches, salía a correr. Me gustaba correr sola. Tantas horas en la peluquería exigían tener buenas piernas para permanecer de pie, pero por otro lado, el estar allí de plantón cortando el pelo, cogiendo rulos o haciendo mechas, hacía que te quedaras un poco anquilosada. En ese momento el único deporte que hacía era el footing. Ahora todos se lo llaman running pero para mí era lo mismo, salir a desconectar con mi música mientras corría, no pensando en nada, simplemente sudaba todos los malos rollos presentes y pasados, me sentía libre, me sentía bien. Muchas veces mi destino era la Casa de Campo, solo tenía que cruzar la avenida.


No era un lugar muy recomendable cuando caía la noche, sobre todo por ciertas zonas, pero yo no era la única que corría y además, simplemente no sentía miedo. Me sentía poderosa, capaz de enfrentarme a lo que fuera. Siempre llevaba una navaja y lo que era aún más importante: la determinación de usarla, de defenderme contra todo aquel que intentara hacerme daño. Hacía mucho que yo ya no contaba en el bando de las víctimas.


A veces llegaba hasta el lago donde al anochecer se juntaban un grupo de prostitutas. Esa zona era de chicas del este. No, no me daba miedo. Yo he crecido en las Veredillas y estoy acostumbrada a manejarme en ambientes complicados (ya conoces mi historia), y había decidido no sentir temor nunca más. Los proxenetas estaban casi siempre cerca pero habitualmente evitaban dejarse ver. No se metió ninguno contigo porque sabían cuáles eran sus límites y no querían líos con la policía. Un escándalo podía chafarles el negocio en un sitio tan emblemático como la Casa de Campo. Lo que me llamó la atención no fueron ellos, sino una de las chicas, rubia, menuda y vivaracha. Muy descarada. La mayoría languidecían apáticas, esperando un cliente para montárselo en el coche. Desengañadas unas, tristes otras, sumisas con su destino la mayoría.


Esta sin embargo era muy activa. Trataba de atraer a los clientes haciéndole señas, gritándoles o poniéndose en medio de la carretera. Pero no solo con ellos interactuaba. Interpelaba a cualquiera que le llamara la atención. Y yo, por algún motivo le caí en gracia.


- ¿Qué pasa rubita? Vienes mucho por aquí ¿Buscas trabajo? Te dejamos un árbol para que te pongas con nosotras.


Otras veces cambiaba el registro y se ponía en plan mujer fatal.


- Oye, esta quiere rollo. Nos mira mucho. Ven que te voy a hacer un precio especial ¿No has estado nunca con una mujer?


Nunca le dirigí la palabra. La mayoría de las veces le regalaba una sonrisa irónica y continuaba mi camino, cosa que no le hacía mucha gracia. Debía pensar que me burlaba de ella y me lanzaba un par de frases en su idioma, seguramente improperios, por el tono destemplado. Pero lo cierto es que había llamado mi atención. Ya sabes en qué sentido.


Durante un mes rondé por allí con la sola intención de saber sus costumbres y movimientos. En esas ocasiones cambiaba mi vestuario y me recogía la coleta bajo una gorra, no quería que me pudieran reconocer a posteriori y asociarme con esa zona de la Casa de Campo, sobre todo fuera de hora habitual de hacer deporte. Me di cuenta que raramente las chicas se encontraban solas en algún momento. Venían juntas y se iban juntas, generalmente en una furgoneta que proveían los proxenetas. Estos solían estar pendientes, casi siempre había uno de guardia por si había problemas con los clientes o la Pasma y también para poner orden si discutían entre ellas.


Estuve a punto de desistir, aquello era muy arriesgado, pero que quieres que te diga, me pone lo difícil. Me gusta superarme y además, por algún motivo esa chica me atraía. Era mi víctima, lo supe desde el primer instante en que la vi, de modo que decidí continuar buscando mi oportunidad. La paciencia es la primera virtud del cazador y en mi caso volvió a dar sus frutos. Observé que en ocasiones las chicas se desplazaban fuera del parque, a comprar algo de comida, agua, toallitas, etc… iban a un chino cercano o al kiosco que había en el lago si aún estaba abierto.


Fue en ese camino donde me aposté. Ropa deportiva ancha, gorra y pelo cubierto, mi mochila a la espalda con todo lo necesario. Desde lejos era difícil determinar si era chica o chico. Una noche la vi venir sola. Siempre lo hacían, no las dejaban abandonar el trabajo por parejas, pero a veces las acompañaba uno de los chulos. Examiné rápidamente el entorno. Había un breve espacio en que el camino discurría por un sendero, que la gente usaba para no andar por la carretera que ahí tenía varias curvas que podían resultar peligrosas por la falta de visión. Era el único sitio apartado de la vista donde podía actuar, ya lo tenía controlado. Le salí al encuentro y ella reaccionó con un poco de aprehensión hasta que me reconoció. Entonces me lanzó una sonrisa descarada y con una mueca en la cara me preguntó:


- ¿Te has perdido rubita? Hace mucho tiempo que no te vemos por el lago.


- Ahora corro por otro sitio. Pero hoy venía a verte, mira por dónde.


Saqué unos billetes de la mochila y se los enseñé. Bastante más de lo que valía un completo, según me había podido informar.


- Me gustaría que pasáramos unos minutos juntas ¿puedes?


- Claro – dijo ella cogiéndolos antes de que pudiera arrepentirme.


- ¿Vamos aquí mismo? No quiero nada complicado.


Nos apartamos a un rincón rodeado de matorrales altos, junto a una valla.


Miré alrededor pero nadie parecía habernos seguido. No obstante, no podía descuidarme mucho, incluso a aquellas horas y en aquel rincón apartado podía parecer alguien de improviso.


- ¿Sabes? algo me decía que tú querías tema conmigo. Tanto pasar corriendo por nuestra zona... Me he dado cuenta que te fijabas en mí - Me dijo con su acento eslavo aunque en perfecto castellano.


Yo asentí con una sonrisa. Claro que quería tema con ella. Pero no es la forma en que esperaba. Se acercó y me puso una mano en un pecho.


- Dime qué quieres que te haga.


- No quiero que me hagas nada, solo me gusta mirar. Quizás otro día me anime. En realidad me gustaría que jugaras un poquito con esto - Dije sacando un consolador de mi mochila. Ella se rio y lo tomo con la mano, limpiándolo con una toallita que sacó de su bolso.


- No es que desconfíe, se te ve una chica limpia, pero por si acaso.


Después se lo llevó a la boca y lo chupó lentamente mirándome con cara de vicio. Yo la observaba intensamente aparentando fascinación por lo que hacía.


No muy lejos se oyó el último metro pasar. Después, el lugar recobró el silencio oyéndose solo algún grillo aislado. Ella se sentó en el suelo, apoyada contra un pilar de hormigón de los que sostenían la valla y se quitó las bragas, mostrándome un sexo totalmente depilado. A la vez que se sacaba los pechos, me miraba burlona mientras sostenía el dildo.


- No es de lo más grandes que me he metido ¿También follas con tíos o solo te gusta mirar a las chicas?


- Follo mucho, no te creas - le respondí - y sí, siempre con chicos, pero estoy probando nuevas cosas.


- Muy bien guapa, hay que probar de todo, que algunas tenemos que comer.


Saqué entonces una pequeña petaca y me mojé los labios:


- ¿Quieres? - le ofrecí.


- ¿Qué es?


- Un poco de crema de Baileys, muy suave, sirve para calentar y dar ánimos.


Ella tomo la petaca y dio un trago corto, lo degustó y luego, satisfecha, otro más largo. Después continuó abriéndose de piernas y jugando con el consolador en su sexo. Se lo frotaba y lo pasaba por sus labios.


- Métetelo - le ordené.


Ella obedeció. Lo hizo sin ninguna dificultad, bien abierta para que yo la viera. Entonces simuló unos gemidos que sonaban a falsos y comenzó a follarse a sí misma. Era mala actriz, no sé si eso le servía con sus clientes pero esa impostura, esa falsa excitación, a mí me resultaba hasta molesta. Ignoro si por un solo instante, había pensado que podía engañarme y hacerme suponer que estaba disfrutando. De repente la cabeza se le fue a un lado mientras llevaba una mano a ella. Se estaba mareando. No había bebido mucho, de forma que supuse que la droga no la dormiría del todo pero me bastaba con debilitarla y confundirla. La empujé de lado y cayó apoyando las manos en el suelo.


-¿Qué pasa? ¿Qué pasa? - murmuraba desconcertada.


- No te preocupes, todo está bien - le decía yo mientras sacaba unas esposas y la engrilletaba con las manos atrás. Ella se revolvió furiosa, dispuesta a no ponerme las cosas fáciles.


- ¿Qué haces? ¿Eres policía? ¡Suéltame cabrona! - me gritó mientras intentaba ponerse en pie sin conseguirlo.


Un par de golpes en la cabeza bastaron para complementar el efecto del narcótico. La chica era dura pero conseguí dejarla seminconsciente. La amordacé y luego la incorporé apoyándole la espalda contra el pie de hormigón de la valla. Uno de los listones quedaba a la altura de sus hombros. La incliné lo suficiente para que el cuello tocara con él y luego saqué un alambre que lie alrededor. Cruzando un palo empecé a girar a modo de garrote vil, apretando lo suficiente para que su tráquea se cerrara y no dejara pasar el aire. A pesar de todo, se resistió hasta el último momento y me resultó muy dificultoso, pero también es cierto que la satisfacción fue mayor. Me encantó luchar contra ella hasta el final viendo que poco a poco se iba debilitando.


Cuando acabé me levanté y observé a mi alrededor: todo estaba tranquilo nadie parecía haber oído nada, solo algún coche por la carretera cercana, a esas horas casi con seguridad, clientes en busca de prostitutas. Pero allí estábamos quitadas de la vista.


La abrí de piernas y vi el consolador que había expulsado de su interior durante el forcejeo. Lo tomé y me lo puse en la nariz: todavía olía a su coñito. De nuevo el impulso homicida generó en mí una excitación incontenible, un pulso sexual que tenía que satisfacer de manera inmediata. Me bajé los pantalones del chándal y me masturbé introduciéndomelo hasta el fondo. Aún estaba mojado del lubricante que usaba y de sus flujos. Como ves, suelo introducir variantes sobre la marcha. Cada sacrificio me inspira algún motivo nuevo de placer.


El orgasmo me sobrevino pronto o al menos eso me pareció, me vine enseguida. Antes de marcharme jugué todavía un poco con ella, ya sabes, dejando las marcas de la casa. Y luego me borré en la noche.


La semana siguiente la pasé esperando otro estallido informativo parecido al del año anterior, cuando asesiné a Flor. Pero nada de eso sucedió. No solo no relacionaron ambos crímenes, sino que además, éste paso casi desapercibido en las noticias. Era una prostituta de la Casa de Campo así que pusieron el foco en las mafias de trata de blancas, y tampoco dieron detalles de cómo había sido asesinada. Alguien decidió que no valía la pena poner nerviosa a la ciudadanía por una simple meretriz, por muy joven que fuera. No sé qué hizo exactamente la policía, pero se ve que el caso molestaba y decidieron darle carpetazo con la menor publicidad posible. En cierto modo me sentí un poco ninguneada. Los otros asesinatos habían tenido tanto foco mediático que me parecía increíble que no se publicaran los detalles y que esto pasara con una noticia de treinta segundos en el telediario. Pero para mí resultó mejor: seguía estando a salvo.


Todavía estuve un año más en Madrid hasta que una amiga me convenció de probar suerte en Barcelona. A mí me apetecía un cambio de aires, necesitaba independencia, estaba ya un poco harta de compartir habitación con mi prima aunque me llevaba bien con ella. Lo cierto es que le estoy muy agradecida a mi tía: sin su generosidad las cosas para mí hubieran sido muy distintas. Pero era hora de volar sola. Así que cuando me propusieron venirme aquí a trabajar no lo pensé. Echaba de menos el mar, la brisa que viene cargada de humedad, el olor a sal y el bullicio de una ciudad a orillas del Mediterráneo. No estaba dispuesta a volver a Málaga pero Barcelona me pareció una elección demasiado tentadora para rechazarla. Y no me equivoqué. La Ciudad Condal me acogió, cosmopolita y llena de oportunidades. No es fácil salir adelante aquí, es una ciudad cara, pero tampoco falta el trabajo.


¿Tú lo sabes bien verdad Esther? Tú también eres una refugiada, en cierta manera.


No tengo necesidad de ocultarme pero aquí ya nadie me llama Elena, todos me conocen por mi nuevo nombre: Maxim. Ya sabes de dónde viene el mote, es lo primero que le cuentan a todas las clientas del Sweet Queen. La camarera boxeadora, la chica dura y todo eso. A mí me gusta. Ahora ya no soy rubia, me teñí de morena y tengo bastante éxito entre las lesbianas. Mi cuerpo también ha cambiado, a golpe de entrenamiento he desarrollado musculatura y el boxeo me ha aportado agresividad y capacidad de sufrimiento. Aguanto bien los golpes y no dejo uno sin devolver.


¿Estás asustada después de todo lo que te he contado? Vaya pregunta tonta ¿verdad? Claro que lo estás. Te has orinado encima y veo como tiemblas. Tratas de averiguar ahora mismo si tú eres la próxima. Puedo leerte la mente, recuerda, y ahora mismo te estás preguntando si no haré contigo una excepción, si no me gustas lo suficiente como para que te deje viva. Pero piensa, cariño, después de haberte contado todo esto ¿crees que puedo dejarte ir?


No, el día que es entraste en el pub mirándolo todo con ojos como platos, pensando que estabas allí de incógnito, que nadie se iba a percatar de tu juego, ya te eché la vista encima. Fue como si llevaras una sirena en la cabeza: como para no darse cuenta. Demasiado pipiola, demasiado inocente como para que no se estableciera una conexión entre tú y yo. Es ese mismo lazo es el que me ha unido a ti. El que me ha hecho fantasear muchas noches con verte así como estás ahora, atada a la cama y amordazada, esperándome. Por eso no he podido dilatarlo más y he vuelto sobre mis pasos. Esta vez entrando con mucha más discreción, segura de que nadie me observaba y también segura de que tú me dejarías entrar sin dudarlo ni un segundo.


Durante todo este tiempo te he conocido en profundidad y sé que no eres mala, sé que no te mereces esto, pero recuerda que no estamos en Disneylandia ni tampoco en el juicio final donde los justos serán absueltos y los pecadores castigados: estamos en la puta jungla y no te puedes hacer amiga de una pantera. El instinto no perdona.


Lo siento pero me gusta variar, introducir novedades: esta es la primera vez que mato a un ángel. No te preocupes: será rápido. Luego me divertiré un poco contigo, tengo mucho tiempo, pero tú ya no sentirás nada.


¿Lloras? Bien, desahógate, es normal. Yo beberé tus lágrimas saladas. Quiero que sepas que eres especial, ya te lo he dicho, es la primera vez que mato a un ángel.
 
Calalberche

Claudia observa a Miguel que absorto, revisa expedientes y denuncias antiguas. Ha cerrado el caparazón como las tortugas, escondiéndose en su fijación por encontrar al tipo ese. En el fondo es un inmaduro a pesar de sus años. Un tío que le tiene miedo a la vida y al compromiso y que se aferra a lo único que le hace sentirse seguro: la misión obsesiva por atrapar al monstruo como lo llama ¿Qué pasará si lo encuentra, si se queda sin su leitmotiv? Se lo imagina con la misión cumplida, condecorado y ascendido, pero perdido sin ese asidero. Vacío y desorientado.


Maldita sea, no puede competir. Miguel es en el fondo sensible, cariñoso y apasionado (ella lo sabe bien), pero mientras no se saque eso de la cabeza no será libre. Ella lo he intentado, sabe Dios que lo ha intentado. No será una investigadora como él, ni una experta en criminología, pero sabe lo suficiente de la vida para entender que lo que ella propone es una solución buena para todos. Podrían ser felices. Pero está visto que no hay manera, lleva un rato largo contemplándolo y sabe que él no se decidirá. Ahora está convencida.


En fin, puta vida. Ella no dará marcha atrás ahora que es libre. No le guarda rencor a su marido por los últimos años de matrimonio fallido, pero está mucho mejor sin él. En cuanto a Miguel, ha hecho lo que ha podido, la única posibilidad que le queda es dejarlo marchar con la esperanza de que encuentre lo que busca y luego, más adelante, vuelva.


Abre el cajón de su mesa y saca un sobre. Camina hacía Miguel y se sitúa a su lado. Él levanta los ojos del teclado y la mira con expresión de ¿qué pasa ahora?


- Miguel ¿has tomado alguna decisión de lo que hablamos ayer?


- Claudia, no creo que sea buena idea, ya te he dicho que yo no quiero ser responsable de...


- Tú no eres responsable de nada, es mi decisión y la voy a tomar tanto si te vienes con nosotras como si no ¡Por Dios, madura un poco y sal del cascarón que hay que explicártelo todo! ¿No te das cuenta? Es mi oportunidad pero es también tu oportunidad.


- ¿Mi oportunidad de qué?


- De vivir la vida. Lo que estás haciendo ahora no es eso. Puedes tener una familia, puedes tenerme a mí, yo te quiero. Solo te pido que pruebes: si te sientes agobiado, si no estás a gusto solo tienes que coger la puerta y salir por ella.


Calalberche la mira con ojos tristes, casi pidiéndole perdón.


- Claudia, yo no sé si puedo haceros felices, yo soy como soy y temo que te pueda decepcionar. No estoy preparado para hacer de marido ni de padre.


- ¿Y no estás dispuesto a probar? ¿Qué tienes que perder?


Miguel baja de nuevo la cabeza y vuelve a fijar la vista en el teclado. Sin darse cuenta está negando, moviéndola a un lado y otro suavemente.


- No creo que sea buena idea - vuelve a repetir como un niño que se niega a probar la verdura, obstinado y cabezón. De nuevo la tortuga escondiéndose en el caparazón, piensa Claudia.


El sobre grueso y pesado cae sobre el teclado casi pillándole los dedos a Miguel, que se echa atrás sobresaltado.


- Ahí lo tienes, llegó hace una semana. Buen viaje a Barcelona.


Luego se vuelve y sale de la oficina. Necesita un cigarro, hace mucho que lo ha dejado pero hoy lo necesita.


Miguel abre el sobre. Es un expediente abierto recientemente, hace apenas unos días. Una chica encontrada muerta en su apartamento en Barcelona. Restos de barbitúricos, mutilada en sus órganos sexuales y en su vientre, muerte por asfixia con un cordel. Esther, treinta y dos años, trabajaba en unos laboratorios y era originaria de Zaragoza. El caso sigue abierto y sin conclusiones.


¡Dios! piensa Miguel. Es él. Ha reaparecido. Estaba en Barcelona. Revisa las fotos y en diez minutos ya no se acuerda de Claudia, ni de sus deseos de ascender a comisario, ni de volver a Málaga. Le basta ver unas pocas fotos y leer la primera parte de la autopsia para estar seguro de que es el monstruo. Toma el expediente y sale disparado a la oficina del comisario. Para empezar, se va a pedir su mes de vacaciones y luego el traslado a Barcelona. Su mente trabaja a toda velocidad pensando en tomar contacto con los investigadores del asesinato, preparar billetes y qué documentación debe llevar para convencerlos que los asesinatos están relacionados. Sí, se ha vuelto a activar y tiene mucho trabajo por delante. Está nervioso y excitado y por primera vez en muchos meses se siente vivo y motivado.


- Espérate en Barcelona cabrón, no te muevas de allí, voy a buscarte - masculla mientras recorre los pasillos de la jefatura.


FIN
 
La verdad es que es un final con muchas incógnitas.
Para empezar la mala tipa y monstrua sigue libre y Miguel no se entera.
Luego no se si la ultima frase es de Claudia o de no se quién.
Ahora mismo me quedo con muchas incógnitas con este final.
 
Bueno, leyéndolo otra vez, la última frase se la dice a su mismo, cuando esté todavía no se entera de que al asesino en serie que busca está muerto a manos de otro monstruo que es esa mala mujer y que sigue libre y sin que nadie sepa que es ella.
El final, para mí, deja todavía la injusticia de que esté monstruo sigue libre y Miguel no se entera de la pelu, y luego está lo estúpido que es de no ver qué tiene al amor de su vida esperándola.
 
Bueno, posteo la ultima historia que es la continuación de Esther. Con esto cerramos la colección de relatos de fantasías eróticas de las mujeres españolas.

Espero que os guste como cierre de la serie.

15. Ana (masajista, 27 años): “Me gustaría, en algún momento, saber qué pasa y qué se siente cuando entras en la ducha del vestuario del gimnasio con otra mujer. De pronto imagino que la sorprendo, entro sin avisar, comienzo a besarla, ella se extraña pero se deja, mientras el agua corre por nuestras cabezas, seguimos besándonos y vamos a más”.

No sé si seguiré con algún proyecto mas, tengo un par de ellos pero en fase muy inicial y apenas tengo tiempo de desarrollarlos, ya os iré contando, pero quizás haga un paréntesis (no se si definitivo). Me gustaría escribir otros géneros pero ahora me falta tiempo y la situación no es todo lo estable que necesito para afrontar proyectos digamos que mas serios.

Un saludo y vamos a por el capitulo 15.
 
Bueno, posteo la ultima historia que es la continuación de Esther. Con esto cerramos la colección de relatos de fantasías eróticas de las mujeres españolas.

Espero que os guste como cierre de la serie.

15. Ana (masajista, 27 años): “Me gustaría, en algún momento, saber qué pasa y qué se siente cuando entras en la ducha del vestuario del gimnasio con otra mujer. De pronto imagino que la sorprendo, entro sin avisar, comienzo a besarla, ella se extraña pero se deja, mientras el agua corre por nuestras cabezas, seguimos besándonos y vamos a más”.

No sé si seguiré con algún proyecto mas, tengo un par de ellos pero en fase muy inicial y apenas tengo tiempo de desarrollarlos, ya os iré contando, pero quizás haga un paréntesis (no se si definitivo). Me gustaría escribir otros géneros pero ahora me falta tiempo y la situación no es todo lo estable que necesito para afrontar proyectos digamos que mas serios.

Un saludo y vamos a por el capitulo 15.
Si tienes inspiración suficiente para escribir una historia de amor alejado de las infidelidades a mí me va a gustar seguro, porque soy un romántico sin remedio.
Pero tomate tu tiempo.
 

----------------------------------------- ANA ----------------------------------------------​





El infierno está vacío: todos los demonios están aquí.

William Shakespeare.






Calalberche pisa la calle aspirando una profunda bocanada de aire. Cualquiera diría que se ahoga como un pez fuera del agua, pero en realidad lo que trata es de limpiar sus pulmones y también su nariz del olor dulzón de la muerte. Tantos años y no se acostumbra. Se queda en la tierra de nadie que hay entre el portal y las primeras vallas de contención de la Policía donde varios Mossos d'Esquadra impiden el paso a la gente, y también a los medios de prensa que han acudido como las moscas a la miel. Una vez en el exterior, se separa un poco siguiendo la acera hasta la esquina donde intenta tener un momento imposible de intimidad. El edificio del que acaba de salir es un inmueble viejo, antiguo, donde hay varias viviendas ocupadas y el resto vecinos de renta antigua, que malviven como pueden en unos apartamentos que los dueños se niegan a mantener en mínimas condiciones, con la esperanza de que los propios inquilinos opten por rescindir contratos y largarse de ahí. Es el típico edificio de zona antigua de Barcelona que data de principios de siglo. De los que tienen su fantasma y sus leyendas. De ambas cosas sabe mucho Calalberche. De hecho, ha dedicado su vida a perseguir a uno de ellos y él mismo se ha convertido en leyenda entre sus compañeros. Es anecdótico teniendo en cuenta que no cree en espíritus. Cuando piensa en fantasmas no se los imagina rodeados de un haz de luz, ni tras un velo blanco, ni como una sombra oscura y tenebrosa, sino más bien como una suma de detalles compuesta de sensaciones, estados de ánimo, de certezas y también de dudas. Todas ellas cosas muy reales. Sin embargo, su fantasma que es cierto, tanto como lo puede ser un asesino psicópata al que ha perseguido buena parte de su vida, se le antoja difuso, borroso, intangible, casi imaginario si no fuera por los restos de sus víctimas que golpean en su conciencia de policía serio y competente, pero hasta ahora incapaz de dar con él. Sí, los fantasmas son ese ectoplasma pegajoso que se adhiere a las casas, a las habitaciones, a los lugares y que está compuesto de restos de historias. En algunos casos son más evidentes, como en el apartamento abandonado donde acaban de encontrar a la última chica martirizada. Muebles viejos y polvorientos que conocieron mejor vida. Retrato tirado en el suelo de un matrimonio el día de su boda, con el cristal rajado, posiblemente olvidado tras un desalojo o una mudanza precipitada. Quizás no fue considerado tan importante como para llevárselo o quizás la persona que lo dejó allí no pudo volver a por él. Tal vez era una historia a olvidar, en la absurda pretensión de que dejando atrás la foto también dejas atrás tu pasado. Una pared quemada que indica visitantes de oportunidad en busca de un refugio provisional donde calentarse una noche fría. Restos de suciedad y comida de los que no consideraban aquello un hogar sino solo un sitio de paso. Papel pintado pegado en el salón meticulosamente para que los bordes coincidieran, como él había visto hacer a sus padres hace muchísimos años en su infancia. Ecos de otra época y de modas que vuelven según un incomprensible algoritmo. Personas que hicieron de esas habitaciones un hogar, mezcladas con historias de otras que compartieron el mismo espacio, pero con una vida totalmente distinta, de pobreza, de necesidad, de dependencia. Y finalmente el rastro de un asesino de la peor especie. De todo eso sabe el fantasma del apartamento que acaba de visitar, donde aún hacen su trabajo los forenses. Es un fantasma con muchos detalles, muchas aristas y muchos vértices pero que, sin embargo, conforman una sola personalidad igual que la multitud de genes de una persona conforma una identidad única.

Calalberche recuerda la pensión donde estuvo en Madrid antes de encontrar el apartamento donde ahora vive. Un picadero donde iban parejas que buscaban intimidad por horas. Se oía todo y sus gemidos, sus discusiones, sus conversaciones, sus promesas aún resuenan en su memoria… Recuerda claramente una voz de mujer jadeando, afirmar justo inmediatamente después de su orgasmo: “si mi marido nos viera ahora mismo nos mataría a los dos”. Quizás algún día pasará, igual le toca a él mismo el caso. De hecho, le ha tocado en alguna ocasión investigar muertes por adulterio. Distintos personajes, pero la misma historia. También le viene a la cabeza su apartamento, donde a veces se ha sentido extraño y también se ha preguntado por sus anteriores inquilinos. Incluso el hotel moderno donde suele parar cuando viene ahora a Barcelona. En su anterior visita también le tocó escuchar a unos amantes (o eso creía él), hasta que, tras un silencio prolongado al acabar de fornicar, oyó preguntar a la mujer: “entonces ¿me darás el trabajo?” El tono era de necesidad, de agobio con un punto de miedo que quedó suspendido a la espera de la respuesta que no llegó, o que Calalberche no pudo oír. Todas historias, todas sensaciones que no se alcanza a explicar. Intuiciones, certezas, dudas...Todo fantasmas porque esos son los fantasmas para él. Y, sin embargo, el único que es de carne y hueso, que es una persona, se le representa incorpóreo, invisible, incapaz de definirlo o de localizarlo. Y ahora suma otro horror a su larga lista. El que ha dejado en el tercer piso, apartamento dos, de ese viejo inmueble y del que ahora sale Laia Ferrer, inspectora de los Mossos d'Esquadra a cargo de la investigación. Busca con la mirada hasta que lo encuentra y se dirige con paso cansino hasta él, poniéndose a su lado y mirando también hacia más allá de la barrera policial, o lo que es igual: mirando al infinito. Permanece en un silencio que no pesa unos minutos. Digiriendo lo que acaba de ver arriba igual que hace él mismo.

- ¿Alguna vez te acostumbras?

- No.

- En las pelis los policías duros son capaces de comerse una pizza mientras ven trabajar a los forenses.

- Eso es en las pelis. En el mundo real nadie quiere ver levantar un cadáver ni a un forense haciendo su trabajo ¿Estás bien?

- Todo lo bien que puedo estar después de haber visto en persona lo que ese desgraciado hijo de puta es capaz de hacer.

Calalberche sabe a qué se refiere. La inspectora Ferrer ha sustituido a Javier Monteagudo, el anterior inspector que llevaba el caso y que pidió ser relevado. Pensando en la jubilación y en tratar de vivir el resto de su vida sin tener que contemplar escenas de cadáveres mutilados, tuvo la sensata idea de pedir el traslado a un sitio más tranquilo para aguantar los dos años que le quedaban. Cuando la consellera de Interior y Seguridad Pública de la Generalitat se encontró con su renuncia y vio sus últimos informes, supo que se encontraba con un marrón encima de la mesa. De tratarse del Chata, sería un caso difícil, que arrastraba muchos muertos y que nadie había conseguido resolver hasta ahora. Una patata caliente con un asesino serial, para el que no tenían demasiada experiencia ni recursos especializados. El cabrón de Monteagudo sabía muy bien lo que hacía renunciando. No quería acabar su carrera con un fracaso, mejor que otro se coma el marrón. Y ese otro ha resultado ser la inspectora Laia Ferrer. Relativamente joven, carrera impecable y mujer. Una jugada de marketing que si sale bien supondrá un impacto en las noticias y por tanto también en la valoración de la consellera, que ganará muchos enteros y podrá dar el salto a la primera línea política de su partido. Y si sale mal, bueno, entonces Laia pagará los platos rotos. La inspectora es consciente de que los focos están sobre ella, y maldita la gracia que le hace formar parte del circo mediático y político, pero eso no la distrae de su prioridad, que es detener al criminal. A su favor juega que no le importan las consecuencias políticas de un fracaso, no es ambiciosa y antepone el desafío profesional a los ascensos. Por eso ha conjugado tan bien con Calalberche, que la valora por ello y la respeta.

Laia ha demostrado tener oficio y capacidad, no es su primer caso de asesinato, pero sí de un asesinato de estas características. Es la primera vez que se ve en una escena del crimen como esta y aunque se ha estudiado todos los detalles y visionado todas las fotografías de los asesinatos anteriores, es muy diferente a verse cara a cara con un cuerpo destrozado y aún caliente.

Miguel se recuerda a sí mismo cuando lo asignaron al caso del Chata. Entonces ya se había cobrado su primera víctima mortal, una chica de las Veredillas llamada María, La Mari para los del barrio. También él había estudiado los informes y había visto las fotografías, pero cuando unos días después apareció muerta otra chica, Pilar, y se encontró frente a frente con una joven que apenas empezaba a madurar, tirada en un descampado junto a una acequia, molida a golpes con una barra de hierro, violada con la misma y estrangulada, tuvo que tragar saliva y ponerse en cuclillas para simular que observaba de cerca, cuando en realidad tenía los ojos cerrados y trataba de que el mareo y el asco no lo hicieran dar con su cuerpo en tierra. Y no, no te acostumbras, pero aprendes a controlarlo. Es a lo más que puedes aspirar y es lo que le gustaría decirle a su compañera, pero no se atreve.

- ¿Qué opinas?

Miguel vuelve de Málaga a aquella calle de Barcelona al oír la voz de Laia.

- Habrá que ver el informe, pero estoy casi seguro de que ha sido el mismo asesino.

- Ya. Eso me parece a mí.

- Entonces ¿podemos decir que ha vuelto a las mujeres?

- O eso o quizás haya que revisar el anterior... - deja caer Laia.

- El anterior también era suyo, estoy convencido.

- Entonces ¿por qué un solo hombre y todas las demás mujeres?

- No lo sé, pero es él. Mismo modus operandi, mismo ritual, mismas heridas... Lo conozco bien - sentencia Calalberche tirando más de instinto que de pruebas.

Laia no contesta, no es lugar ni momento para volver a discutir hipótesis o líneas de investigación. Respeta al inspector andaluz. Nadie como él conoce los crímenes del Chata, nadie ha dedicado tantas horas a investigarlo, nadie es tan capaz de ver todas y cada una de las aristas cortantes de aquel galimatías sangriento que se prolonga ya desde hace años y que ella acaba de heredar. Pero no deja de resultar extraño: una sola víctima masculina.

- Tengo que subir. Los de la científica ya deben estar acabando ¿quieres echar un último vistazo?

Miguel respira una bocanada de aire fresco. Es como si quisiera preparar sus pulmones para volver de nuevo a ese lugar escaleras arriba, oscuro, mal ventilado, donde huele a muerte y a sufrimiento. Distintas personas, distintas habitaciones, distintos lugares, pero los mismos fantasmas. No va a dejar pasar ni una oportunidad de analizar cualquier indicio que lo ayude a descubrir a ese asesino, pero cada vez cuesta más aceptar según qué invitaciones.

- Vamos - masculla mientras camina hacia el portal.
 
Bien, me alegra ver que continua la historia, así que supongo que aunque de momento están perdidisimos y no lo van a ver venir, sten cabos y se den cuenta de que es una mujer y a partir de ahí, la cojan.
 
Patricia Arraz, diseñadora gráfica de treintaiún años. Vivía en Madrid pero visitaba Barcelona con cierta frecuencia por motivos laborales. Hemos hablado con su empresa y en esta ocasión viajaba sola. Era la única empleada de Madrid a la que habían hecho venir para una reunión sobre un proyecto en el que participaba, debía estar aquí tres días y dos noches. El segundo día ya no apareció y no fue posible contactar con ella. Nadie sabe lo que hizo esa noche ni si se vio con alguien de fuera de la empresa.


- O de dentro.


- O de dentro claro, no podemos descartar que tuviera algún rollo. El caso es que no se la volvió a ver hasta que la encontraron en la casa de la calle de la Riera Alta. Creo que debemos descartar el secuestro – concluye Laia.


- Opino igual, no hay indicios de que fuera maniatada o arrastrada, ella llegó allí por su propio pie.


-Pero si fue el Chata ¿cómo es posible que una chica joven que posiblemente ha salido a divertirse esa noche, acabe con un individuo así y acepte acompañarle a un sitio como aquel sin sospechar nada?


- Tendremos que esperar el informe de toxicología, pero posiblemente anuló su voluntad con alguna sustancia.


- Eso es muy factible. En varias de las víctimas anteriores usó barbitúricos o sedantes. Y en cuanto a las heridas, son por arma blanca. Puñalada en el cuello, esa posiblemente mortal a falta de la autopsia, cortes en el abdomen, glúteos, cara interna de los muslos y pubis. Aparentemente las mutilaciones fueron causadas después de que le cortaran el cuello, es decir, post mortem.


Miguel se echa para atrás en el asiento. Trata de recapacitar. Laia conecta enseguida con él y con su línea de pensamiento.


- ¿Por qué en unos casos las tortura vivas y en otros las mata antes?


- Sí, eso es, he pensado mucho en ello.


- ¿Tienes una teoría?


- Si estudiamos la personalidad de las víctimas es posible que sí, no podría asegurarlo, pero creo que con aquellas a las que les ahorra sufrimientos tiene algún tipo de vínculo no personal. Simplemente es que es posible que le cayeran bien.


- ¡Cullons, pues menos mal que le caían bien!


- Es un psicópata, Laia, podría matar a su propia madre sin sentir ningún remordimiento, pero de alguna forma tiene su estructura mental. Se hace su mapa de víctimas y según como reaccionen las premia o las castiga. Esta, por algún motivo debió considerar que merecía su compasión… No, no es esa la palabra, seguimos hablando de un psicópata. No es capaz de sentir compasión, ni duelo, ni empatía. Digamos mejor que de alguna forma se ganó su respeto.


- ¿De qué manera?


- Quién lo sabe. Quizás por que afrontó con valentía o lucidez su muerte; quizás porque hizo algo que le gustó; quizás porque le recordaba a alguien; es muy difícil saberlo.


- Bueno, entonces tenemos a una chica que no es de Barcelona pero que visita la ciudad habitualmente por temas de trabajo y según sus compañeros hay veces que sale con ellos. Sin embargo, anoche salió sola, quizás buscando diversión o placer. No podemos descartar que tuviera una cita programada. Pudiera ser que hubiera contactado a través de algunas de las webs de citas. Podríamos revisar perfiles que cuadraran de hombres en Barcelona.


- Buena idea ¿puedes poner a alguien con ello?


- Sí, pero llevará algún tiempo.


- Estupendo, entonces sigamos: nuestra chica se encuentra con alguien, ya sea en un encuentro programado o fortuito. Ese alguien posiblemente le suministra algún somnífero o narcótico y la lleva hasta el edificio donde previamente tenía localizados algunos pisos vacíos ¿Cómo lo sabía? ¿cómo sabía que aquel inmueble había sido comprado por un fondo de inversión y sólo quedaban unos cuantos inquilinos de renta antigua a los que trataban de expulsar?


- Eso no debe ser un problema, todo el mundo en el barrio y fuera de él sabe de alguna de esas casas, ahí veo complicado que podamos tirar del hilo.


- Pero lo que sí es cierto es que tuvo que reconocer el terreno antes de meterse allí, así que habrá que seguir presionando a los vecinos.


- Tengo a gente con ello.


Laia se toma un momento para dar un sorbo de la infusión que tiene encima de la mesa. A esas horas lo que le apetece es un buen café con algo de bollería dulce, pero después de la tarde que han tenido solo le entra una manzanilla.


- No sé Miguel, tenemos todo esto muy cogido con pinzas. El relato tiene demasiados cabos sueltos.


- Con el Chata siempre hay demasiados cabos sueltos y siempre es todo demasiado inverosímil. Está detrás de todo esto, te lo aseguro.


- Sí, pero ¿cómo armamos el caso? Es la tercera víctima en Barcelona. En Málaga mató y salió impune, en Madrid también y ahora aquí... Esto no puede continuar, tenemos que parar a este tipo.


Miguel le lanza una mirada. “Me lo dices o me lo cuentas”, parece querer señalarle. “Yo ya he pasado por esto guapa y sé de la frustración que produce que maten a la gente en tus propias narices, cada muerto es un insulto a tu profesionalidad y en mi caso, casi incluso a mi razón de vivir”.


- No entraremos en ese juego, Laia. No conduce a nada, créeme. Hay que mantener la mente despierta y trabajar con lo que tenemos. Es una mierda de relato, ya lo sé, todas nuestras teorías podrían ser correctas o estar completamente equivocadas, pero lo más verosímil suele ser lo acertado. Sigamos haciendo lo que sabemos hacer, algún día cometerá un fallo, dejará un indicio, nadie es tan bueno y cuando eso suceda, tenemos que estar ahí para pillarle.


- De acuerdo – concede la inspectora respirando hondo - ya están todos los procedimientos habituales activados ¿qué más podemos hacer? ¿nos dejamos algo?


En ese momento llaman a la puerta de la oficina. Es Marc, uno de los agentes del grupo que dirige Laia. Trae un troller con ruedas y un bolso de viaje.


- ¿Estas son las pertenencias de Patricia?


- Sí. Ya ha terminado la científica en el hotel. No había mucho que mirar. Una habitación normal, sin ningún signo de que hubiera estado nadie más que ella. Hemos revisado cámaras en recepción y entró y salió sola. Hay algo de ropa, artículos de aseo, cosas de higiene íntima, cosmética, lo típico que lleva una chica cuando viaja. Traemos su portátil. Se lo pasaremos a la gente de informática para que le eche un vistazo a ver que encontramos.


- Buscad en el correo y también posibles aplicaciones para citas o accesos en el historial de Internet a paginas tipo Badoo o Tinder.


- De acuerdo. También hemos encontrado esto. Estaba en la papelera junto con algunos clínex y un folleto de propaganda del propio hotel.


Marc tiende un pequeño cartoncillo, semejante a una tarjeta de presentación. Es propaganda del Sweet Queen, un bar de ambiente donde indican que de seis a ocho las bebidas están a mitad de precio.


- ¿Una hora feliz de un bar?


- Es un pub de lesbianas.


- ¿Lo conoces?


- Sí, está cerca del Paralelo. Lo recuerdo de cuando era patrullero y hacíamos la ronda por esa zona. Han ido cambiando los dueños pero lleva ahí toda la vida. Primero fue cabaret, luego un pub de copas y finalmente un lugar de ambiente para la comunidad LGTB.


Miguel Calalberche se queda repentinamente serio. Se toca el mentón con los dos dedos en un acto reflejo que Laia conoce ya bien. Está pensando en algo, intentando conectar los extremos de una idea, algo que nace en un punto y la intuición le dice que llega hasta otro.


- Esther, la primera chica asesinada en Barcelona… ¿en la declaración su amiga no afirmaba que visitaron un local de lesbianas?


- Marc, trae el expediente, vamos a comprobarlo.


Esperan en silencio, aunque Laia va adelantando trabajo. Tienen buena parte del expediente informatizado y busca la declaración de Monserrat, la chica que era compañera de Esther y a la que habían tomado declaración antes de que la inspectora se hiciera con el caso. Se ha leído todos los expedientes y cree que Calalberche tiene razón: la chica mencionó una visita a un local de ambiente.


- Aquí está – exclama.


Se toma un tiempo para leerlo mientras Marc regresa con el expediente y pone una caja con varios gruesos legajos encima de la mesa, donde está toda la parte no informatizada y los originales firmados de las declaraciones.


- Monserrat Puig Macis, compañera de trabajo de Esther. Salieron juntas varias veces por Barcelona. La chica es lesbiana. La investigamos por si trataba de un crimen pasional pero quedó descartada. Ella afirmaba que la víctima no era lesbiana, que solo habían tenido algún roce pero que no habían llegado a nada. Eran simplemente compañeras y amigas. Una noche la llevó al Sweet Queen y por lo que parece repitieron.


- ¿No se investigó?


- Sí, según pone aquí mi antecesor envió allí a unos agentes ¿Conoces a Mateo y a Juaresti? - le pregunta a Marc.


- Claro, están en el grupo de narcóticos.


- ¿Narcóticos? ¿Porque les enviarían a ellos?


- Porque son los que mejor conocen el ambiente nocturno.


- ¿Averiguaron algo?


- Según esto, nada. Enseñaron fotos de Esther a los trabajadores y a la dueña del local pero nadie la recuerda.


- Bien, avísales, quiero hablar con ellos en cuanto estén disponibles.


- De acuerdo.


- Vamos a revisar todo el expediente completo. Sería conveniente ir preparando una visita, tenemos que volver allí, pero esta vez vamos nosotros - interviene Miguel.


- Vale - dice Laia que ya está acostumbrada a que, a pesar de ser un colaborador, Miguel tome iniciativas.
 
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