SEGUNDA ETAPA
1
La vuelta a casa fue más desastrosa de lo que se esperaban. La felicidad les duró un día, nada más. Cuando se metieron en cama, en las que habían usado gran parte de sus vidas, la cruda realidad les golpeó sin piedad. Sergio, envuelto en sus habituales sabanas y Mari, al lado de su marido, que apenas tardó en dormirse sin ni siquiera preguntarla qué tal, “estaba muy cansado…”. El olor del hogar, tan común, tan rutinario… la misma casa, la misma gente… todo era un martillazo de realidad.
A la mañana siguiente, todo seguía con la misma cotidianidad, todo parecía ser un sueño lejano, algo maravilloso que poco a poco se iba olvidando con el pasar de los minutos. Pedro y Carmen en su casa practicaban un sexo paupérrimo para la mujer, aunque satisfactorio para el hombre después de su viaje. En casa de Mari y Sergio ambos desayunaban en soledad con un silencio depresivo. Todo parecía evaporarse, había sido un maravilloso pensamiento surgido en un momento de relajación, pero hasta ahí.
Los días transcurrían lentos, normales y aburridos. Mari veía más lejana la felicidad con la que se había encontrado en la casa de su hermana. El joven, aunque ocasionalmente seguía hablando sobre situaciones calientes con su tía, comprendía que esa no era la realidad.
A los dos meses de volver, no había señales de aquella Mari que tan bien se lo había pasado. Sergio seguía metiéndose en su habitación y viviendo en ella por completo, unos días atrás Carmen le comentó, que lo mejor era parar de hablar de cosas ardientes, al menos tan de seguido. Al parecer su tío sospechaba que algo le pasaba a su esposa, decía que estaba “rara”… si él supiera…
La relación de madre e hijo tan profunda que habían adquirido en tan breves días se había enfriado, volviendo al punto de partida, como si nunca hubieran estado en casa de Carmen. De forma natural el distanciamiento fue paulatino, una muerte lenta, pero casi pactada por ambos. Las conversaciones disminuyeron, la complicidad se ahogó en la monotonía y la unión especial que podían tener… se quebró con los otros miembros de la casa.
Uno de esos días, tan normales, tan… “Como otro día más” llegó comienzos de noviembre, Sergio volvía a casa después de la universidad. Saludó con un movimiento de cabeza a su madre y pasó de largo sin hacer ningún caso a su hermana. Dani ya había marchado, desde hacía dos semanas los turnos se habían incrementado, ya que los despidos habían empezado a sucederse. Por ello los demás empleados tenían que doblar turnos, era algo agotador, sin embargo mejor eso que estar en la calle.
Se tumbó en la cama boca abajo, cansado de un aburrido día de clases y sin nada interesante que hacer. Miró el móvil, pensando que estaría haciendo Carmen. No la había olvidado, tal cosa era imposible, aunque sí que se le habían disipado las ganas salvajes que tenía de estar con ella en todo momento. No había ningún mensaje suyo desde hacía cinco días y la última conversación trataba sobre qué tal estaba su madre, nada más.
Sin embargo ocurrió algo con lo que para nada contaba. Su cuerpo se erizó de pronto como un gato asustado y el corazón le saltó del pecho haciendo que se sentase de forma correcta en la cama. Se sintió un animal alerta al sentir a un depredador en medio de la noche, todos sus sentidos se habían activado de una forma acelerada. Abrió los ojos de par en par sin creer lo que aparecía en su móvil, había llegado un nuevo mensaje, no se lo podía creer… era de Marta… su exnovia.
Lo miraba desconcertado y casi con el dedo tembloroso pinchó en su conversación para abrirla. Obviamente estaba vacía, desde principios de año que no hablaban y ya no la tenía en ningún lado, solo en el WhatsApp. Bien se había encargado su tía de borrarla de las redes sociales durante el viaje.
—Hola, Sergio. ¿Podemos hablar?
Únicamente ponía eso. Al joven le pasaron miles de cosas por la cabeza, un mensaje tan simple y llano, como si entre ambos no hubiera nada. La ira le embargó, comenzó escribiendo una tira de insultos que después borró de forma sensata, incluso con un poco de temor de que el dedo le traicionase y acabar mandando las barbaridades por error.
Se tumbó en la cama meditando que hacer, el tic azul había saltado y Marta ya sabría que lo habría leído, no podía escapar, no era su estilo dejar a alguien “a medias”. La voz de su madre le anunció que era hora de la cena. Se levantó en dirección a la cocina, pero antes de dejar el móvil en su habitación e ir junto a las dos mujeres de la casa lo miró fijamente.
Las dos líneas azules seguirían allí y eso le comía por dentro. Alzó un poco los ojos, su bella exnovia estaba mirándole desde la foto de perfil, diciéndole “¿me vas a dejar así? Tú no eres de esos”. Cerró los ojos un momento, estiró el cuello hacia atrás buscando un tipo de relajación que no conseguía y suspiró con estruendo. Movió rápido los dedos sin dejar de mirar que al lado de la foto ponía “en línea”. Acto seguido lanzó el móvil a la cama para dejarlo allí y marchar a la cocina, como si de una bomba de relojería se tratase y fuera a explotar. Huía por el pasillo después de haber puesto un escueto.
—Dime.
2
La cena fue de lo más tensa, no en el grupo, sino por el muchacho. En silencio meditaba que querría su ex, a que venía aquella conversación. Recordó si tenía algo suyo que quisiera recuperar, pero no daba con ninguna cosa. De fondo su madre y su hermana hablaban de algo referente a los estudios, o eso creyó. Su atención en ellas era nula hasta que terminó y sin casi decir nada, las dejó hablando sin ni siquiera despedirse.
Volvió a paso rápido a la habitación. Sus manos temblorosas delataban su estado de ánimo, estaba nervioso como pocas veces. Lo que no sabía bien era a que se debía, el detonante era Marta, eso estaba claro, pero ¿qué le ponía nervioso? ¿La ira? ¿Lo que quería la chica? Ni siquiera lo pensaba.
La luz del móvil parpadeaba encima de la cama, la contestación había llegado. Se abalanzó hacia el aparato, sintiendo un dolor en el vientre debido al nerviosismo que le estaba inundando. “Solo será una conversación normal, nada más” pensaba, aunque no lo tenía tan claro. Era la primera vez que hablaban desde que lo dejaron y en todo este tiempo solo se cultivó el resentimiento. Pero con el móvil en la mano, otro sentimiento afloraba, uno que iba de la mano de su abstinencia sexual.
—Quiero ir al grano. Sé que igual es tarde, hace mucho que no hablamos, pero no puedo quitarme de la cabeza lo mal que acabamos, me gustaría poder hablarlo contigo.
—Si tienes algo que decirme, dímelo. —a Sergio los dedos le temblaban, no entendía por qué no la mandaba al infierno. Era una mujer que le había hecho un daño terrible, sin embargo, la daba pie a hablar.
—Por aquí no. Quiero que hablemos cara a cara, esto es muy frío.
“Será desgraciada, ¡Si cortaste conmigo por aquí!” pensó hecho una furia, para al segundo siguiente, respirar bien hondo y tratar de serenarse a duras penas. Cuando el volcán en el que se había convertido bajo de intensidad, volvió a escribir.
—Mañana, después de las clases de la tarde, voy a ir a la biblioteca que tengo que terminar un trabajo. —en verdad, lo tenía que empezar.
—¿Te importa si te acompaño y lo hablamos? Yo también tengo que estudiar.
—Puedes hacer lo que quieras, no tengo problema.
Sus intentos por parecer indiferente parecían dar sus frutos o eso se creía el joven en su ingenua cabeza.
Dejó el móvil y se tumbó pensativo en la cama, no conseguía averiguar qué era lo que quería Marta. Recordó sus buenos tiempos, porque sí, los malos habían opacado todo, pero al principio hubo momentos de risas, de complicidad… con el tiempo todo aquello había cambiado. ¿Qué Marta se encontraría?
Sacudió su cabeza para dejar de pensar en ello, puesto que sabía que lo siguiente sería fantasear con que Marta quisiera ser su pareja de nueva. Una idea del todo negada para el Sergio de agosto, pero que el Sergio de ahora, daba una pequeñísima oportunidad. Sin embargo, la mayor parte de su cuerpo pensaba que sería una aberración, algo inimaginable, no volvería con ella jamás, se lo había prometido a sí mismo, cumpliría esa promesa.
Pasando por un rato del móvil, se acercó hasta el baño para ducharse. La cabeza le daba vueltas, la idea de ver al día siguiente a Marta le había descolocado. Tenía mil dudas, sobre todo ¿cómo debería reaccionar? ¿Debería insultarla por todo el daño que le había hecho? No. Se prometió mantener la calma y una vez escuchase lo que tendría que decirla, contestarla, estudiar y punto. Además siempre le quedaba la opción más valiente de recoger, levantarse e irse con paso rápido.
El agua caliente le comenzó a recorrer la espalda. El chorro golpeaba en su nuca con fuerza propinándole un grato masaje. En su mente solo cabía una persona, que incluso había desbancado a su tía, algo imposible por aquel entonces. Se masajeó la cabeza mientras el champú se convertía en una masa de espuma que le bajaba por el cuerpo. Se encontraba tan a gusto.
Los malos pensamientos desaparecían. El dolor de la “traición” se había disipado y los paseos de la mano, las visitas al cine, incluso los primeros viajes en coche eran los que se habían apoderado de él. Pero aún más otra cosa.
Su vientre estaba vibrante, puesto que unos momentos muy especiales vinieron a su mente… sus primeros coitos. Los primeros meses de fogosidad absoluta. Las primeras veces que desataron el amor juvenil hasta límites casi de muerte por agotamiento, esos… sí que fueron grandes momentos.
La imagen de Marta le saltó delante de él. Su cabello rubio con sus ojos de color verde brillando en frente de su rostro. Un cuerpo menudo, siempre delgado y alejado de las curvas de su tía. ¿Cuánto tiempo habían pasado bajo sabanas, gimiendo y gozando de placer? No lo recordaba. El sexo casi siempre había sido satisfactorio, hasta la fase final donde se volvió rutinario y aburrido, ya que la gran mayoría de veces, desempeñaba todo el trabajo.
Sin darse cuenta, la sangre había ido a acumularse en una parte de su cuerpo que hacía tiempo solo su mano conocía. Como no podía ser de otra manera, cuando vio que su miembro le saludaba, lo rodeó con los dedos. Apretando con fuerza, su piel se estiró hacia abajo, floreciendo un capullo rojizo que hacía mucho que no le daban el uso que se merecía. Daba la sensación de que hoy le tocaría entrenar.
La imagen vivida de su exnovia no se iba de sus ojos. Agarraba sus menudos pechos mientras ella le tocaba en su entrepierna. La mano del joven movía arriba y abajo su miembro sin parar al tiempo que su imaginación volaba. La recordó con piel morena, de vuelta de sus primeras vacaciones donde se había quedado totalmente dorada. Justo aquel día al llegar, tuvieron un gran coito, ya que sus padres no estaban en casa. Lo recordó a la perfección mientras el placer bajaba por su espalda.
Acabaron en la ducha, una semana de acumulación mientras ella le hacía un sexo oral apoteósico “¿fue el mejor día?” Se decía mientras la velocidad de su mano se volvía agresiva. Era como si viajase al pasado, se veía allí mismo, donde estaba ahora, pero tiempo atrás. Marta sujetaba con una mano su sexo y con la otra agarraba el mando de la ducha apuntándole a sus genitales. Fue magnífico, el semen salió disparado haciendo que la chica se riera y sorprendiera a la vez, eso sí, la manchó solo ligeramente, haciendo que la muchacha rápidamente se limpiara, jamás le gustó. Si la llega a dar todo lo que salió de los genitales de Sergio… tuviera que haberse duchado mucho más a fondo.
Fue entonces que las piernas le temblaron, se tuvo que apoyar en la mampara para no perder el equilibrio, mientras sus fluidos salían disparados hacia el plato de la ducha. No fueron tan abundantes como aquella vez, pero había una buena cantidad. Su corazón se pausaba al tiempo que sus pulmones recogían todo el aire que podían. El placer que todavía le cosquilleaba la entrepierna, fue tal que la comparación con los coitos con su tía, eran inevitables. Con Carmen la sensación fue abrumadora, pero por muy extraño que le pareciera, esta vez y con Marta en su pensamiento, había sido fabuloso.
3
Entró en la biblioteca con las manos sudadas y un ligero tic en el parpado, se notaba como en su primera cita. El corazón le latía frenético notando como tamborileaba dentro de su pecho y la sangre le retumbaba en las sienes. Subió los dos pisos que le separaban de su destino, desde que descubrió que en el tercer siempre había sitio para estudiar y la tranquilidad era completa, nunca iba a otro.
Llegó arriba sin aliento, podría haber subido en ascensor, pero se veía con fuerzas, error, estaba agotado y pensaba que en cualquier momento se pondría a sudar. Se dirigió a su mesa con el paso más firme que pudo, pero sorpresa… Marta aún no había llegado.
Miró la hora por mera curiosidad, como si no le importase que no estuviera, pero claro que le importaba. No recordaba lo impuntual que era y lo irritado que eso le ponía “si quedas a una hora es para llegar a esa hora, si no queda más tarde”. Solía repetirlo como un mantra mientras la esperaba, aunque luego cuando llegaba, no se lo decía, solo dejaba caer algunos comentarios a modo de broma.
Quince minutos después de la hora, ya sentado y con los libros abiertos, escuchó unos pasos. Se dio la vuelta con rapidez como las tres veces anteriores, pero esta vez sí, Marta estaba allí. Su melena rubia se movía en el aire a cada paso, se acercaba con una sonrisa de lo más dulce que Sergio recordó al instante. Al verla, no sintió otra cosa que buenos recuerdos y felicidad, seguía tan guapa como siempre. Su precioso pelo, sus ojos brillando por la luz de las lámparas y un cuerpo perfecto moldeado por la juventud.
Intentó no sonreírla, estar lo más serio posible y mostrar cierta indiferencia, esa era su baza. Pero le fue imposible, cuando ella dejó su mochila al lado de este y se apartó el pelo del rostro, un perfume muy reconocible llegó hasta las fosas nasales del joven, drogándolo al instante. Sergio la sonrió.
—Lo siento mucho, de verdad. —parecía que las costumbres no cambiaban. Siempre que llegaba tarde pedía disculpas, al menos era algo…— El profesor estaba dando los últimos apuntes y se pasó de la hora.
—No te preocupes, acabo de llegar hace uno o dos minutos. —no le quedaba otra que mentir, no le hacía gracia admitir que llevaba quince minutos esperándola.
Le volvió a sonreír mientras se quitaba el abrigo. Sergio se fijó en la camisa algo holgada de color rosa que vestía, era la primera vez que le veía con una prenda así y pensó “no le queda mal”.
—¿Qué tienes que hacer? —su voz de lo más calmada y agradable le hacían sentir al joven muy bien y… no debía sentirse de ese modo o al menos, eso se había prometido.
—Estadística, tengo que llevar para mañana cinco ejercicios…
—O sea que todavía estadística, se te ha atragantado… —le cortó al hablar, nunca le gustó que le hiciera eso.
—Bueno… creo que hemos quedado para otra cosa, no para hablar de la universidad —por una vez Sergio logró controlar sus nervios.
—Qué corte… —su rostro cambió y viró sus ojos verdes hacia los libros que comenzaba a sacar— No tengo mucho que decir, solo quería dar la cara y…
—Vas un poco tarde, Marta, tendrías que haber dado la cara hace bastante tiempo —Sergio por una vez habló serio y con autoridad.
—No tengo perdón, lo que hice no estuvo bien…
—Marta, no sé qué quieres en verdad. Mira, me dejaste —Sergio comenzó a alzar la voz debido al enfado. Se había olvidado de que estaban en la biblioteca— por tu ex… sinceramente, me da igual si tuviste algo con él mientras éramos pareja, pero que menos que ir de cara, en teoría me querías.
—Te quería muchísimo, Sergio… pero las cosas cambiaron, fue una época mala, me equivoqué. No puedo decir más que eso, soy humana y cometo errores, uno muy grande fue aquel…
Al escuchar unas palabras tan sinceras, el joven la miró con intriga, no comprendía a que venía todo aquello, pero ¿podría ser cierto que estaba arrepentida?
—No creo que te excuse que tuvieras una mala época… y si me querías de verdad, eso te hace ser una mala persona.
El último comentario sonó duro y en tono alto, logrando que dos compañeros a cinco mesas de distancia se girasen para mirar. Rápido volvieron la vista mientras Marta y Sergio no dejaban de mirarse.
—Sergio… no me digas eso…
Ante la incredulidad del joven, unas gotas se derramaron por el rostro de la joven. Sergio no podía dar crédito a lo que sus ojos veían, fue la primera vez que vio a Marta llorar, en toda su relación, por mucho que discutieran, jamás la había visto así. “¡¡¿¿De verdad la ha dolido??!!”.
Unos pequeños sollozos se comenzaron a escuchar más alto y una de las lágrimas llegó hasta el libro que la joven tenía abierto. Alguien carraspeó desde el otro lado, eran los mismos de antes, haciéndoles ver que el sonido era ya más que elevado, al haber tan poca gente en ese piso, se escuchaba casi todo.
—A ver, Marta, lo… lo siento —Sergio al verla llorar no podía sentirse peor. Con aquella frase se había pasado. Su mano por pura inercia se movió por la espalda de su ex, dudando si debería hacerlo. Aunque antes de que concretara el siguiente movimiento, su mano rodeaba la cintura de la chica atrayéndola hacia su cuerpo, Marta se dejaba hacer— cálmate, por favor. Siento si te ha dolido lo que he dicho.
Se levantó sin poder parar el llanto desconsolado que comenzaba a aflorar en ella y con paso rápido dejando todas las cosas allí, anduvo hasta el baño de ese mismo piso. Sergio la siguió sin saber muy bien por qué, lo más sensato hubiera sido quedarse en su sitio y esperar a que la mujer se calmara. Aquella situación, de ir tras de ella, le evocó recuerdos… memorias sobre enfados y ella yéndose hacia casa mientras el joven la acompañaba para tratar de ir en paz.
La puerta del baño de las chicas, la encontró cerrada al llegar, desde fuera el sonido a llanto se escuchaba de forma tenue y apagado, menos mal que allí no había casi nunca nadie. Con voz baja y mirando primero en el baño de los chicos que había al lado por si hubiera alguien, Sergio le comentó a su exnovia.
—Marta, sal que no pasa nada de verdad. Estudiamos y luego hablamos, no te preocupes, pero ahora estate tranquila.
—Sergio… —escuchó unos pasos que se acercaban a él, de pronto se detuvieron y la puerta se abrió unos centímetros por donde asomó Marta— Pasa, por favor. —viendo la cara del muchacho agregó— No hay nadie… es que no se me pasa, perdona.
Entró en territorio prohibido, jamás había estado en un baño para chicas, era curioso lo raro que se sentía en un lugar que era prácticamente idéntico a donde solía ir a mear. Marta se había apoyado en el lavabo, veía su rostro lloroso en el espejo y en un acto de bondad o simplemente por pena, Sergio la puso una mano en el hombro.
—Ya vale… mira, no quiero llevarme mal contigo. Te he querido mucho y has sido importante para mí. Vamos a fuera, estudiamos como dos personas normales y hablamos luego.
—No… no puedo… necesito sacarlo —pasó una de sus manos por sus ojos para limpiarse— soy una mierda de persona. Fue un golpe muy bajo… no te puedo decir por qué lo hice, solo pedirte perdón.
—Nunca te he tenido rencor, —no podía ser más mentiroso, pero la situación lo requería— eso ya está olvidado. Somos amigos normales y ya, no hay problema de verdad.
—Pero yo… —Marta le miró con unos ojos que brillaban debido a las lágrimas y a las luces que titilaban sobre sus cabezas— no… no quiero ser tu amiga.
El corazón del joven se paró y todo su cuerpo sufrió un incendio, era lo que en el fondo se había temido, no estaba allí únicamente para pedirle perdón. Por unos segundos, la miró con la boca abierta sin poder decir nada mientras la joven esperaba una contestación que no llegaba.
Visto que no pasaba nada, Marta decidió dar un paso. Se acercó a Sergio que intentaba dar unos pasos atrás tratando de evitarla. Cuando lo consiguió, después de dos cortos movimientos, chocó con una de las puertas que daba a un retrete individual.
—Quiero que me perdones la tremenda cagada que hice. Haré cualquier cosa… Te lo prometo, pero Sergio, me sigues gustando, nunca has dejado de gustarme. He estado pensando en ti cada día desde que lo dejamos.
—No, no, no… —soltó por su boca que temblaba, aunque esas palabras no iban dirigidas a la chica rubia, sino a él mismo. Sabía que era débil… tenía que aguantar— Esto está fuera de lugar, te fuiste con tu ex, Marta, no quiero oír esas cosas ahora.
—Perdóname, fue un fallo. Estaba mal, muy mal, él apareció, fue algo fugaz y de lo que me arrepiento cada día, tú eras mi hombre.
Las manos de la joven, pequeñas y frágiles se posaron en el pecho de Sergio que respiraba con dificultad. Todo el odio acumulado, toda la bilis soltada con su tía y su madre ahora quedaba como una pesadilla lejana. El ardor de su vientre se había convertido en deseo, ante sus ojos volvía ver a Marta, la del principio, no la que le había engañado.
Se acercó a sus labios. Sergio seguía inmóvil sin separar los ojos de aquellos globos oculares verdes que le atraían “me gusta mucho…” se decía succionado por una fuerza de la cual no podía resistirse.
—Para… para… —suplicó Sergio colocando las manos en los hombros de la chica. Realmente la veía preciosa, ¿siempre había sido así o era cosa de ese momento? Lo ignoraba— No es así de fácil… no puedes pretender besarme como si nada, lo he pasado muy mal.
—Dame una oportunidad, seré la mejor novia posible. Solo imagino un futuro contigo.
Las palabras de la chica le punzaban en los oídos. Había llegado con la certeza de que Marta le podía proponer volver, una idea muy loca que rondaba su cabeza, pero que se había vuelto realidad. En casa le había sido muy fácil rechazarla, se decía una y otra vez frente al espejo “No, Marta” y antes de salir se había visto con tantas fuerzas que era imposible que cambiara de opinión.
Sin embargo, con la chica delante y sus preciosos ojos mirándole con aquel brillo tan especial que se incrementaba por su acuosidad, sumado a la fragancia que desprendía… iba a caer. Lo único que pensaba el joven era en besarla. Ella alzó la mano hasta encontrar su rostro, lo acarició y él se dejó hacer. Sentía el calor de su mano, quizá podría creer sus palabras, darla otra oportunidad, ¿Qué diría su tía? ¿Y su madre?
No llegó a pensarlo, los labios de Marta se habían abalanzado sobre los suyos y sin poder evitarlo… o sin querer apartarse, se juntaron en un beso que le dejó con los ojos abiertos. La pequeña barrera de negación que le quedaba sobre su exnovia se había derribado con un fuerte estruendo. Había caído con tanta violencia que el primero en abrir la boca e introducir la lengua en busca de la opuesta fue Sergio.
La rodeó con sus brazos por la cintura, apretándola con fuerza mientras ella hacia lo mismo en su cuello. Sintió el calor, la pasión, las ganas… la falta del uno del otro por casi un año les hacía sentir un ardor irrefrenable. La boca se abría dando paso a una virulenta lucha de lenguas en la que la humedad lo era todo. Ninguno cedió, ambos siguieron por par de minutos sin parar de besarse, agarrándose con fuerza hasta que Marta soltó una de sus manos.
Sin abrir los ojos, encontró el pomo de la puerta que tenía el chico a su espalda, ambos sabían que conducía a un retrete individual vacío. Antes de que el joven se diera cuenta, estaban dentro. Por un instante los dos labios se separaron solo para que Marta lograra poner el pestillo con cierto nerviosismo, pero instantes después ya estaba en los brazos de su exnovio brindándole los mejores besos que sabía.
Sergio por inercia se sentó en la taza que permanecía bajada, para al momento siguiente, notar como Marta hacia lo mismo pero encima de su sexo y sin parar de besarlo. Tras el vaquero ceñido, podía notar como una parte antaño muy conocida para él, hacía de nuevo contacto con su miembro.
La erección era inevitable y también su desenfreno. Bajó ambas manos al unísono desde la cintura a las posaderas de la chica que aspiró con fuerza al notar la dureza con la que le apretaba. Sus pómulos estaban rojos y la pasión se había adentrado en su cuerpo, las lágrimas ya se le habían secado y ahora sus ojos solamente brillaban por el amor, la pasión y el deseo que desprendía.
Una de sus ágiles manos serpenteó hasta llegar al botón del pantalón de muchacho, que seguía palpando cada nalga pensando en si era posible que hubieran crecido. En un instante fugaz, Marta había conseguido abrir el pantalón e introducir una mano que agarró con fuerza el miembro erecto del joven. Sergio saltó al notar el agarre y como salido de un sueño le dijo.
—Marta… —los labios de su exnovia trataron de acallarle— aquí no… que nos pueden… pillar.
—Me da lo mismo… te he echado tanto de menos. —miró hacia la entrepierna del joven y acabó por añadir con una sonrisa que mostraba su perfecta dentadura—A ti también.
Con eso, el muchacho se dejó llevar. Marta se puso de pie y con un temblor visible debido la ansiedad y los nervios que le provocaban el éxtasis sexual se bajó los pantalones junto con la ropa interior. Solamente una pequeña capa de vello cubría aquel órgano reproductor que a Sergio tantas buenas noches de placer le dio. Sentado en la taza del baño, esperaba rememorar esos días.
Sin perder más tiempo, el muchacho copió a la chica que tenía en frente. Bajándose tanto los pantalones como el calzoncillo, provocó que su miembro diera dos botes la mar de graciosos contra sus piernas. Estaba tan erecto… tan duro, que no se lo podía creer, en unos segundos había adquirido el tamaño óptimo.
Aunque a Marta no le hizo gracia los curiosos botes que daba el pene del joven. Si no ver de nuevo el mástil que tenía su exnovio y que no recordaba tanto como deseaba. Verla después de casi un año hizo que su cuerpo comenzara a hervir.
Sentándose sobre Sergio, se introdujo lo mejor que pudo el pene. No estaba lubricada del todo, fue todo tan rápido que apenas le dio tiempo. Pero sí que estaba lo suficiente como para que de la primera sacudida, el pene del muchacho entrase casi al cien por cien.
—Te necesitaba… —dijo al notar como aquel cacho de carne duro como el acero la atravesaba su sexo y le abría todas las paredes. Si Sergio lo hubiera meditado, no podría asegurar si se lo decía a él o a su gran amigo…
—No hagas ruido, que puede entrar cualquiera.
—No creo… no hay apenas gente…
Dobló sus piernas haciendo que por fin todo lo que Sergio la ofrecía entrase tan dentro de ella como bien recordaba. Gimió sin control, algo que el joven jamás había visto y después, comenzó un coito lento, pero profundo, con un ímpetu sin igual.
Su cadera se movía con fogosidad, pero poco a poco. Aunque cada vez que llegaba al final, imprimía una fuerza mayor para introducir todo lo que ponía del poderoso pene. Sergio colaboró a su manera, con ambas manos en el trasero de la joven ayudaba en el movimiento dejando marcados sus dedos en ambas nalgas.
—Me voy a correr —trató de decirle Marta con los ojos a medio cerrar y la voz que se perdía en el gozo.
Apenas habían pasado unos dos minutos. Escuchando esas palabras, Sergio entró en un estado de frenesí. Desde agosto que no tenía relaciones, cierto que las últimas que había tenido con su tía habían sido extremadamente satisfactorias. Sin embargo, todo el sexo del año se podía concentrar en esa semana, lo demás días… cada uno de esos largos días, había estado a “pan y agua”.
Sujetó con fuerza la cintura de la mujer, no pretendía que siguiera moviéndose adelante y atrás. La elevó con cierta fuerza, la mujer lo entendió e hizo el mismo movimiento proactivamente botando en las piernas de su exnovio.
—Es… estoy ya… —soltó Marta lo más bajo que pudo sin poder contenerse.
El orgasmo se acercaba, estaba a punto. La espalda se le encorvó y los preciosos ojos verdes se le cerraron para abrir la boca y que el cuello se le tensase hasta casi la rotura. Sergio la miraba extasiado, sin saber cómo podía haber pensado siquiera en resistirse a semejante placer. Sintió como en el interior su pene era apretado por todas las paredes para después notar la relajación de la mujer y… la humedad.
Marta se mordió el labio para sofocar el grito que luchaba por escapar, un grito que se guardó en su interior mientras disfrutaba del clímax perfecto, salvo porque algo la interrumpió. Alguien había abierto la puerta del baño y unos tacones resonaron contra la fría baldosa del suelo.
4
Unas botas o quizá unos zapatos resonaban en el baño. Los dos se quedaron paralizados. Aunque Marta no podía sostener lo que dentro le explotaba y mientras los pasos se acercaban al lavamanos y lo accionaban, ella seguía corriéndose sobre el pene de su exnovio.
La mano rápida de Sergio, fue hasta la boca de la mujer, tapándola por completo y haciendo que esta le mordiera presa de una lujuria y placer que de algún modo tenía que evacuar. Se sintió mejor con aquel mordisco, pasándole después la lengua por la marca, como un perro limpiando una herida. Al momento vio como el joven que tenía su pene dentro de ella soltaba sus labios y se llevaba el dedo índice a la boca para que no hablara.
El grifo había parado y la chica que debería estar allí, recorrió la distancia hasta el baño individual adyacente. Los dos lo escucharon y en sumo silencio, Sergio la sacó del interior de Marta por pura coherencia… aunque la sensatez del joven cuando se trataba de sexo, brillaba por su ausencia.
Haciendo el menor ruido posible, todavía con unas ganas terribles de seguir con el coito, el chico se puso enfrente de ella dándole unos generosos besos, que terminaron cuando Marta tuvo que resoplar.
La asió por la delgada cintura girando todo su cuerpo para que la chica le diera la espalda. Después la llevó paso a paso hasta el retrete en un lento caminar a la par que silencioso. Los pantalones de ambos estaban por los tobillos y la maniobrabilidad era nula, aun así, lograron que ningún ruido llegara a los oídos de la intrusa.
Un chorro se comenzó a oír, algo nauseabundo para ambos, pero que ahora les daba lo mismo. Sergio con las riendas tomadas, hizo que la chica colocara las rodillas en la taza y con un leve empujón en su espalda, la encorvó para que su trasero se alzara justo a la medida perfecta. Exactamente para que su pene se volviera a introducir en ella.
No dudo al ver el húmedo sexo de su ex amante. Agarró con todos los dedos de la mano derecha su poderoso miembro y lo introdujo sin piedad. La espalda de la joven rubia se arqueó por completo mientras sus piernas pegadas vibraban por el placer. Apretó sus dientes con fuerza, el generoso miembro del joven lo conocía, pero tenía olvidado todo lo que la llenaba.
Se dio la vuelta para mirar al chico que la sujetaba por la cintura, se veía titánico a su espalda y moviendo los labios sin hacer ruido le dijo “¡Qué grande…!”. Sergio no lo aguantó y mientras en el cubículo de al lado, la mujer terminaba de hacer sus necesidades, él comenzaba con otras.
Marta se tuvo que llevar la mano a la boca para no gemir en voz alta. Entre sus dedos solo dejaba pasar el aire que de manera apresurada entraba y salía por los pequeños resquicios que asomaban. Sergio sin llegar a meter todo, no paraba de practicar el sexo sin llegar a hacer ruido, solamente se escuchaba un sonido acuoso inaudible para oídos que no quisieran escuchar.
El lavamanos volvió a accionarse y después el secador. El fuerte ruido permitió al joven introducir del todo su pene de forma ruda, haciendo que Marta no pudiera evitar gemir lo más bajo que su alma la permitía. Era imposible no sentir placer al notar todos los centímetros de su exnovio en el interior, era algo que iba contra las leyes de la naturaleza. Sergio agachó un poco su cuerpo mientras la chica se alzaba para escucharle. El aliento caliente golpeaba la oreja de la muchacha cuando Sergio abrió su boca y le dijo.
—He pensado tanto en esto…
Sin dejar de mirarle la mujer aspiró tanto aire como pudo, estaba ardiendo igual que un horno industrial. Volver a notar el pene de Sergio en el interior era una cosa que había olvidado y necesitaba recordar. Habían sido varios meses con el otro chico, pero no se podía engañar, había echado de menos a Sergio. Esa era la realidad.
Por fin escucharon la puerta, ambos estaban de lo más calientes, jamás lo habían hecho en un baño y menos con alguien que les pudiera pillar. El muchacho que no paraba estaba a punto de terminar y no perdía de vista el trasero de su exnovia, que ahora tenía la certeza de que había crecido. Todo el cuerpo de la joven comenzó a mecerse de adelante a atrás mientras se apoyaba en el retrete. La imagen del sexo a Sergio le volvía loco, volver a saborear la dulce mil del coito le parecía delicioso.
—Voy a terminar —soltó en un sonido animal el joven poseído por el amor.
—Hazlo fuera, ahora no estoy con la píldora. —el volumen de su voz se alzaba demasiado.
—Joder, menos mal que me lo has dicho. —pensó que igual la calentura del momento le daba una oportunidad y probó— ¿Me corro en algún lado?
—¿Cómo? —Marta jadeaba de placer.
—Si me corro sobre ti, ¿en tu culo? —no quería tentar más a la suerte, pero hacerle lo mismo que le hizo a su tía en los senos, le hubiera encantado.
—No, no, échalo en el baño. No me des a mí.
Algo decepcionado, pero igualmente caliente, sacó su miembro del interior de Marta. El sonido semejante a una botella de champán descorchándose trajo consigo primero un gemido de la mujer y después un “ruido vaginal” que solía hacerle bastante gracia. Salvo que ese momento al joven no le importaba lo más mínimo. Agarró sus dieciocho centímetros lubricados por el líquido interno de la chica y se masturbó al tiempo que Marta recuperaba el aliento. El semen salió como loco disparado y su mano izquierda lo paró mientras la diestra no se detenía en el empeño de dar placer. Se estremeció de un modo que solo recordaba con Carmen y se tambaleó hacia atrás topando con la puerta mientras trataba de recobrar el aliento y sus ojos se perdían en la fluorescente del techo.
Limpió su mano cuando se vio preparado para moverse, Marta con un rostro enrojecido le sonreía con coquetería como si no hubieran hecho nada. La joven tenía el rostro como si solo se hubiera dado unos besos de adolescentes después del instituto.
Salieron de uno en uno, primero Sergio y en segundo lugar la chica, que se tuvo que humedecerse la nuca y después, lavarse el rostro para quitar la coloración que demostraba lo que había pasado. Mientras el joven trataba de disimular mirando sus apuntes a la espera de que su compañera de estudios regresase, vio al final como Marta atravesaba la zona de estanterías de vuelta a la mesa. Una sonrisa tonta salió en su rostro cuando se dio cuenta del extraño caminar que portaba su exnovia… de lo cual, se sintió orgulloso.
5
La vuelta a casa, aunque extraña porque apenas hablaron, estuvo llena de felicidad. Ambos terminaron con una sonrisa en los labios y la promesa de que al siguiente hablarían para ver qué rumbo tomaba la relación.
En una única tarde, los temores, la ira y el rencor que Sergio adquirió durante todos esos meses, se habían esfumado. ¿Tan fácil podía ser olvidar el pasado? Solo contempló la visión de un futuro que parecía ser esperanzador, quizá una relación diferente, alejada de la monotonía que destruyó la anterior. Lo pudo corroborar en el propio sexo, había sido más pasional, mucho más aguerrido que los que solían tener. Marta había gozado mucho más que en el pasado y si no llega a ser porque estaban en un lugar público, sabía que hubieran expresado su amor de forma mucho más obscena.
Sergio llegó a casa con una sonrisa exagerada, en verdad se sentía feliz. Se notaba liberado, sobre todo en la parte inferior de su cuerpo, pero también de la carga mental. Había aparcado por fin el estúpido rencor que cultivó hacia su exnovia y que no le había dejado de pasar por la mente. Aunque ahora ya no era su exnovia ¿Qué eran? No encontraba ni nombre, ni título para clasificarla. Solo tenía una cosa clara, la tensión vivida esa tarde, sumado a felicidad que ambos derrochaban, era un síntoma claro de que la pregunta ya estaba en la mesa, “¿podría volver con ella?”.
Pasada buena parte de la tarde y más cercana la noche, su padre salió para la fábrica después de cenar. En casa estaba solo con las chicas y su hermana ya se había metido en su cuarto a disfrutar de la soledad que tanto le gustaba. El entrechocar de platos que salía de la cocina delataba la ubicación de su madre. Sintiéndose feliz, quizá cercano al sentimiento que desarrolló en casa de Carmen, se acordó de Mari, la mujer a la que había prometido que intentaría ayudar y la había dejado de lado a las primeras de cambio.
Había pasado ya un tiempo y su relación volvió a ser tan lejana como era antes del viaje al pueblo. Sin embargo aquel día su positivismo ante la vida era tal, que con decisión caminó hacia la cocina sentándose en la mesa y mientras su madre miraba sorprendida le dijo.
—¿Qué tal estas, mamá?
Mari torció el rostro mostrando un gesto de extrañeza, era muy poco habitual que a esas horas del día su hijo apareciera por allí y menos para hablar con ella. La mujer apagó el grifo de agua caliente con calma y dejó los guates en el cajón que quedaba debajo del fregadero con la misma pasividad, estaba cansada. El tiempo de complicidad con Sergio había quedado en el olvido, un sueño lejano al que acudía a veces mientras miraba por la ventana evocando buenos momentos, similares a los que vivió un su época de juventud. Sin embargo, en ambos casos, cada día los veía más borrosos.
—Bien, algo cansada —contestó con voz apagada.
—Ahora que no hay “nadie” en casa, —entrecomilló aquello sabiendo que Laura estando en su habitación no hacía caso a nadie— quería hablar contigo.
—¿Conmigo? —la propuesta le pareció incluso descabellada— ¿Ha pasado algo?
—No, mamá. —sonrió Sergio viendo la preocupación de su madre al sentarse a su lado— Te quería hablar de algo que me ha pasado hoy, es algo bueno… eso creo.
—Vale, vale, Sergio… me había preocupado. —cogiendo una pera del frutero comenzó a moverla en sus dedos antes de morderla.
—Es solo que… bueno… ayer estuve hablando con Marta, ¿sabes de quién te hablo?
—Sí, claro, ¿Cómo no voy a saber quién es Marta? —A Mari aquella chica no le caía en gracia. Sabía de buena mano el dolor que le había hecho a su pequeño y eso no le gustaba ¿a qué madre le podría gustar?
—Pues nada, básicamente me dijo ayer que quería hablar conmigo, que todo había sido muy precipitado y necesitaba dar la cara.
—A buenas horas… —dijo sin contenerse dando el primer bocado a la pera.
—Eso mismo dije yo… Pero el tema es que le di una oportunidad para explicarse. Al final creo que todo el mundo la merece. —días atrás ni se le hubiera ocurrido mencionar tal cosa sobre Marta.
Mari sabía lo que venía después. Ese pero no le había gustado. “Un pero anula todo lo dicho anteriormente” decía siempre su padre y tenía más razón que un santo. Tenía la sensación de que su hijo le vendría con la cantinela de que la chica había cambiado y que podría pasar algo, lo leía en sus ojos. Sin embargo, también veía como estos estaban brillando, como su sonrisa no se apagaba y que su cuerpo emanaba una energía que no veía desde agosto.
—El caso es que hoy hemos quedado para estudiar después de clase y hemos hablado del tema. Ha estado muy maja, me ha pedido perdón, me ha explicado los motivos de porque lo hizo y bueno… al final nos lo hemos pasado muy bien.
—Hijo, —Mari pensó en decirle la verdad o seguir su juego. Estaba tan feliz… aunque quizá a la larga el golpe fuera mayor— ¿te ha hecho feliz volver a verla?
—Tenía mucha rabia acumulada en mi interior antes de verla. Sin embargo desapareció cuando comenzamos a hablar, como por arte de magia, no sé cómo explicártelo. Su voz, su rostro, su colonia, todo me gustaba, era como si en verdad la hubiera echado de menos todo este tiempo.
Mari lo entendió. Su hijo estaba enamorado de esa chica y por mucho que aquella vez se desahogase de una manera tan efusiva, pese a que no lo admitiera, en el fondo la seguía queriendo.
—Me alegro, de verdad. Lo que si te quiero decir es que tengas cuidado, solo has estado un día con ella, ir despacio, limando las asperezas y sobre todo olvidando el pasado.
—Sí… no quiero correr. Creo que ella se ha equivocado con el chico que estuvo y que ahora quiere volver, aunque no es definitivo.
—Haz lo que te diga tu corazón. —Mari quería que la rechazase. Cabía la posibilidad de que Marta hubiera tenido un desencuentro amoroso con el otro novio, no lo sabía, sin embargo querer volver atrás… algo tenía que haber pasado. O quizá… solo eran suposiciones suyas y en verdad lo que quería era que su hijo no estuviera con ella y punto— Yo te voy a apoyar con lo que sea.
Estar cerca de su pequeño, volver a hablar de cosas íntimas y tener la conversación más larga en dos meses hizo que Mari corriera el velo que tenía delante de los ojos. Volvía a estar frente al chico alegre que vio en casa de Carmen, no era su hijo, sino Sergio, el niño que había cambiado para ser un hombre. El muchacho con el que se contó confidencias en el río y con el que sintió una comodidad que había olvidado, llegando a opacar incluso a… su marido.
Estiró la mano que no sujetaba la pera y que se encontraba más cerca de donde el joven reposaba las suyas. Por un acto reflejo sintió la necesidad de contacto, de tocar la piel de su chico y sin pensárselo dos veces palpó una de ellas. Rozó primero los dedos de su hijo que acto seguido entrelazó y acabó por girar para cogerle la mano entera.
—Solo te recomiendo que esperes un tiempo, cariño. —“cariño” qué raro le sonó decírselo en casa, apenas lo hacía— Vuelve con ella si es lo que el cuerpo te pide. —su voz sonaba tenue como una nana de cuna— Sin embargo, creo que es mejor esperar un poco, si sale bien y estáis toda la vida, no creo que recordéis los días de más que esperasteis.
—Puede que tengas razón, mamá… —contempló los ojos de su madre, de ese color azul precioso que se veía más apagado junto a unas ojeras inacabables. Aun así, parecía que la Mari del río estaba por ahí… cerca… tratando de escapar de donde la tenían recluida— Lo de hoy ha sido todo. Intentaré ir despacio, aunque no lo sé, no tengo ni idea de lo que haré mañana, como para saber lo de pasado. Eso sí, muchas gracias, necesitaba contárselo a alguien.
Una pequeña sonrisa salió de su boca que llegó hasta la de su madre donde se pegó. Ambos sonreían bajo la luz de la lámpara de la cocina, mientras en silencio, con los ojos fijos el uno en el otro, sus manos seguían entrelazadas. El silencio pareció total, el mismo que en la cumbre más alta de la tierra. Mari no quería romperlo, parecía un momento mágico, de esos que solo recordaba en su memoria, un pasado lejano que apenas había sido unos meses atrás.
Sin saber que la impulsaba, apretó con más fuerza la mano de su hijo, como si le quisiera pedir que le devolviera la vitalidad, que llamase a aquella Mari que en casa se había perdido. Sergio en cambio, lo que vio fue a su madre, a esa madre que reía al lado del río, junto con un bikini de lo más sugerente. A la madre que se emborrachaba con su hermana, a la madre que vestía con ropas que estilizaban su ideal cuerpo, a esa madre… tan bella.
Su boca se movió, pero no emitió ningún sonido. Su madre le observó expectante esperando que su lengua acompasase el movimiento de los labios. Sergio lo volvió a intentar, esta vez con más ganas, una barrera creada por el mismo parecía impedirle lo que la mujer se merecía escuchar.
Emuló el apretón de su madre. En ambas manos los dedos rojos iban acorde con la zona blanquecina que dejaban al estrujar. Haciendo algo más de fuerza, al punto de no querer soltarla nunca y tirando de valor, le soltó algo que para Sergio era mucho más que dos palabras.
—Te quiero.
En casa de su tía no le hubiera costado, en cambio en la cocina del que había sido su hogar toda la vida y sin nadie alrededor, fue tan duro como subir a un volcán en erupción.
Mari abrió los ojos, queriendo complacer a su hijo que parecía querer escuchar una respuesta. Se propuso corresponderle, decirle que le quería… no… no le quería, ¿qué era lo que sentía por él? Era más. En el viaje lo sabía muy bien, pero ahora parecía haberlo olvidado, no le quería… lo amaba.
¿Por qué tan difícil? Su hermana le gritaría que era su hijo que le diera el amor que le correspondía. “A Carmen le sale tan natural…” pensó mirando a los ojos de su primogénito que comenzaba a levantarse. Los sentimientos olvidados en dos meses salieron poco a poco a la luz, su vientre comenzó a irradiar un leve calor que apenas recordaba, pero allí estaba, de nuevo removiéndola el alma.
Sergio se levantó sonriendo a su madre, pero seguía esperando… esperando que le dijera que ella también le quería. Mari no podía disimular la tristeza de su rostro, porque se lo quería decir, se lo quería gritar, lo gritaría por la calle si era necesario, sin embargo su garganta no articulaba palabra. Una estúpida vergüenza la retenía, una timidez que no dejaba expresar lo que sentía.
El joven alzó la mano y la movió para despedirse de forma juvenil, como haría un niño de tres años, desapareciendo tras las paredes de la casa. Mari se quedó allí, inerte durante varios minutos, maldiciéndose a sí misma y acabando por tirar con fuerza a la basura la pera que le sabía a decepción. No supo que hacer, solo se le ocurrió que con la cabeza gacha podría terminar de lavar los platos. Así lo hizo.
En cambio, Sergio con el cuerpo vibrante de felicidad se tumbó en su cama y salido del subconsciente una idea surgió de su mente. Algo había cambiado al hablar con su madre, todavía notaba el calor de su mano en la palma, esos ojos cansados, pero bellos, mirando a través de su piel. Todo aquello le recordó a alguien… a Carmen.
—¿Qué tal, tía?
—¡Vaya! —contestó la mujer con rapidez al leer el mensaje— Mi sobrino favorito.
—No tienes otro…
—Lo sé, aun así, lo serías. ¿Qué cuentas, cielo?
—Una novedad, quizá hasta te suene raro, pero hoy he quedado a estudiar con Marta.
—Raro no, rarísimo. Pero dime más, cariño.
—Me quería pedir perdón por todo y… se la veía afectada. Me la he creído, parecía sincera.
—Ya estoy viendo por donde vas. Ten cuidado, ¿vale, cielo? Despacio y comprobando que todo vaya bien. Ahora no puedo hablar mucho, pero si quieres en otro rato lo comentamos.
—Lo haré. —se dio cuenta de lo curioso que era que las dos hermanas le dijeran lo mismo— En otro momento te llamo y si quieres te doy detalles…
—Viniendo de ti, espero detalles algo marranos…
—Acertaste.
—Me encanta… eso sí, espero que no te olvides de tu tía favorita.
—Eso jamás.
Acabó por mandarle un corazón y dándose cuenta de que su tía le volvía a activar como siempre, no era solo cuando la tenía cerca, simplemente el mero hecho de hablar con ella le hacía calentarse. Comprobó con cierta sorpresa que su miembro saludaba, no se había olvidado de Carmen y el joven con picaresca adolescente, cogió el móvil, activó la cámara y le mandó una foto de lo más explícita.
—Para que veas que no me olvido de ti. —rezaba el texto que acompañaba la foto.
—Sergio… ahora voy a tener que buscar una excusa para un momento de soledad y… llevar el móvil conmigo.
—Te quiero, tía.
—Y yo, mi rey.
Apagó el móvil metiéndose en cama con una felicidad extrema y sin poder borrar la sonrisa de su rostro. Veía un día perfecto, con un futuro prometedor, iba a volver con Marta, estaba seguro y además, para redondear el día había hablado con Carmen con cierto picante sexual.
Su mente le disparó la imagen con su madre, como habían tenido cierta conexión que no sucedía en casa y mientras cerraba los ojos, reflexionó antes de dormir. “Debo prestarla más atención, pero… ¿Por qué no me dijo que me quería? Yo en verdad… no la quiero… la amo”.
CONTINUARÁ...