Efectos Secundarios

En todos los relatos uno tiene sus personajes favoritos, y aunque la historia entre Sofía y Gabi está muy bien, echo de menos un poco más de protagonismo y profundizar más en la bonita historia que creo que se va a desarrollar entre Nico y Laia, que últimamente han quedado muy en segundo plano.
En cualquier caso no quiero que suene mal, pero es que últimamente parecen demasiado protagonistas, aunque no digo que esté mal
Soy consciente y profundizaré eh! Lo que pasa que ahora estamos en el "arco" de Gabi y Sofi jajaja.
Tengo pendiente el de Laia y Nico, el de Lena y Carol y también el de Gustavo, que deberemos buscarle una pareja al pobre hombre, jajaja
 
Soy consciente y profundizaré eh! Lo que pasa que ahora estamos en el "arco" de Gabi y Sofi jajaja.
Tengo pendiente el de Laia y Nico, el de Lena y Carol y también el de Gustavo, que deberemos buscarle una pareja al pobre hombre, jajaja
Cuando has dicho lo de arco, me ha recordado a algún anime japones romántico que he visto y me gustó mucho.
 
Capítulo 53. Yodo - Toda buena historia neces(I)ta su villano

El Yodo (I) ocupar el quincuagésimo tercer lugar en la tabla periódica.

Si fundimos el yodo con la figura del Villano, descubrimos que el antagonista no es una mancha de oscuridad, sino un elemento de una intensidad violeta necesaria para que la luz del héroe tenga sentido. El yodo es el villano perfecto: sutil, corrosivo, tóxico pero curativo, es decir necesario. Y siempre capaz de sublimarse ante nuestros ojos.

El Yodo y el Villano: La Química de la Oposición Necesaria


1. La Sublimación (El Villano que se Desvanece)
El yodo es famoso por pasar directamente de sólido a un gas violeta sin pasar por el estado líquido. Un buen villano nunca es predecible ni "pegajoso" como un drama común. Es un maestro de la sublimación. Cuando crees que lo tienes atrapado en su guarida (sólido), se convierte en un vapor etéreo y venenoso que llena toda la habitación. El villano, como el yodo, escapa de las fases normales de la moralidad; no fluye, simplemente trasciende y desaparece, dejando tras de sí un rastro de color púrpura real.

2. El Color de la Tiranía (Vapor Violeta)
Su nombre proviene del griego ioeides, que significa violeta. Históricamente, el púrpura ha sido el color del poder absoluto y de los emperadores. El villano no es gris. El villano tiene un estilo aristocrático. El yodo aporta esa estética del antagonista refinado que sabe que la oscuridad es aburrida, pero la elegancia púrpura es eterna. Es la belleza del peligro: un gas que es hermoso de ver pero que quema los pulmones si te acercas demasiado.

3. El Antiséptico (El Villano que "Cura")
El yodo se usa para desinfectar heridas (la famosa povidona yodada). Quema, mancha la piel de un naranja sucio, pero mata las bacterias. El gran villano siempre cree que es el héroe de su propia historia. Él es el "antiséptico" de un mundo que considera infectado. El villano yódico no destruye por placer, sino para "limpiar" la sociedad de lo que él considera debilidad o suciedad. Su método es doloroso y deja cicatrices, pero en su lógica retorcida, el mundo será más fuerte después de su paso.

4. La Glándula Tiroides (El Control Metabólico)
Sin yodo, la tiroides falla y el cuerpo entero colapsa. Regula el ritmo de la vida. El villano es el metabolismo de la trama. Sin él, el héroe no crece, el mundo se estanca y la historia muere de bocio. El villano es el elemento traza que obliga a la civilización a acelerar, a reaccionar, a estar alerta. Es la "hormona" del conflicto que mantiene el organismo del mundo funcionando a máxima potencia.

5. El Halógeno Reactivo (La Atracción por el Opuesto)
Como halógeno, al yodo le falta un electrón para ser feliz y lo busca desesperadamente en los demás. El villano está incompleto. Su maldad nace de un vacío electromagnético. Busca al héroe no para matarlo, sino para "reaccionar" con él. Batman necesita al Joker tanto como el sodio necesita al yodo para formar una sal estable. El villano es la mitad de una ecuación química que busca desesperadamente un vínculo, aunque ese vínculo signifique la destrucción de ambos.

Conclusión: El Yodo es el antagonista esencial. Es el elemento que mancha, que quema y que se evapora cuando intentas atraparlo. Nos enseña que el mal no es la ausencia de luz, sino una luz de un espectro diferente (violeta intenso) que nos obliga a desinfectar nuestras propias debilidades. El yodo nos recuerda que toda buena historia necesita un veneno que, en la dosis justa, sea la única medicina capaz de despertar al mundo.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


En cualquier empresa, sea cual sea su cometido y su campo empresarial, siempre hay un suceso que indica que algo no va bien. Ese momento cuando el jefe deja su despacho en la cúspide y baja al terreno de juego, al lugar donde el resto de los mortales trabajan. Da igual si se trata de un almacén, unas oficinas relucientes o un solar en construcción; cuando el jefe aparece, todo el mundo lo sabe: van a rodar cabezas. Es un silencio pesado, un aire frío que recorre los pasillos y los rincones, como si el mundo hubiera decidido contener la respiración.

Y esa misma sensación tensa, helada, fue la que recorrió la columna de curtidos e inexpresivos mercenarios cuando Jürgen apareció en el aeropuerto de Lima. No era el jefe supremo, no era el “Boss”. Pero Jürgen era hijo, heredero de la autoridad y del peso del apellido Müller. Su sola presencia allí dejaba claro que los problemas no se toleraban más. Que a partir de ese momento no habría más excusas, ni retrasos, ni dudas.

Los mercenarios lo observaron bajar del avión privado con esa mezcla de arrogancia calculada y disciplina heredada. Cada gesto medido, cada mirada afilada, cada paso resonando sobre el pavimento reflejaba la advertencia silenciosa: quien fallara, pagaría el precio. Nadie hablaba, pero todos lo sintieron. La tensión se apretó como una cuerda al cuello. No estaban todavía en la línea roja de desastre absoluto, pero sí en la antesala. Y eso bastaba. Porque en el mundo de los Müller, el miedo no se concede. Se impone. Y Jürgen lo sabía mejor que nadie. El hijo del “Boss” tenía la habilidad de mirar a los ojos y ver la verdad, y solo necesitaba una fracción de segundo para decidir quién sobreviviría en esa empresa y quién caería víctima de su propia incompetencia. Los mercenarios, curtidos en mil conflictos, sintieron el escalofrío. Y aunque se mantuvieran firmes, preparados, listos para cualquier cosa, ninguno pudo evitar que la certeza se instalara: la calma antes de la tormenta había llegado. Y esa tormenta la traía Jürgen.

Muchos os preguntaréis: ¿hasta dónde sabía realmente la empresa acerca de los poderes de la Mycena Neonfaucis? ¿Por qué semejante despliegue de recursos y tanta sangre fría para cazarnos? ¿De verdad era para recuperar unos simples estudios robados? La respuesta, sorprendentemente, era tan sencilla como cruel: la empresa no sabía nada del poder curativo del hongo, ni de sus posibles aplicaciones comerciales. No tenían ni idea de que aquello podría cambiar la industria farmacéutica, ni de que convertir la “Azulita” en cápsulas comestibles podía hacerlos, no millonarios, sino multimillonarios.

Para ellos, todo se reducía a un solo concepto: Propiedad. Un joven - y permitidme añadir - enamorado científico de Madrid había robado algo que les pertenecía, punto. No importaba si era un hongo milagroso o un simple frasco de pastillas para la tos. Lo único que importaba era que la afrenta existía. Alguien se había atrevido a tocar lo que ellos consideraban suyo, y eso era intolerable. Puede parecer una locura desde fuera: enviar mercenarios bien entrenados, dispuestos a matar por un simple robo. Pero no lo era. Desde su perspectiva corporativa, era racional. Cada segundo que Lena y yo permanecíamos libres era un riesgo: la información podía difundirse, podía llegar a otros laboratorios, podía alterar la línea de investigación de la empresa. Para Müller & Suter, eso equivalía a pérdidas millonarias y, sobre todo, significaba una amenaza a su autoridad.

Además, no habíamos robado cualquier cosa: habíamos sustraído un experimento, un conocimiento en el cual la empresa había invertido mucho dinero, para desarrollar y protegerlo con sumo celo. Y en el mundo de la ciencia corporativa - el de las grandes multinacionales farmacéuticas - un experimento robado no era un error, era un desafío directo. Y los desafíos se respondían con eficiencia absoluta. Sin preguntas, sin dudas. Así que sí: la violencia, la intimidación, los mercenarios desplegados en Lima, todo tenía sentido bajo la lógica despiadada de Müller & Suter. Para ellos, no se trataba de la “Azulita”, ni de salvar vidas, ni siquiera de ciencia. Se trataba de control. De demostrar que nadie, absolutamente nadie, podía atreverse a desafiar su poder.

Y para eso, estaban dispuestos a todo.

Bien, pues esa era una parte de la verdad. Ya que había otra. Porque siempre hay otra. Una más oscura. Una que no se deja ver a simple vista. Una que permanece agazapada en las sombras, allí donde unas manos frías e inhumanas, mueven los hilos de los demás sin que nadie llegue a verlas del todo.

Y creo que ha llegado el momento de hablaros de él; de presentaros al verdadero villano de esta historia. El hombre al que todos conocían, simplemente, como “Boss”. El señor Friedrich Müller.

El malnacido bastardo que puso precio a nuestras cabezas. El miserable que, con un mínimo gesto de su mano, nos empujó a convertirnos en fugitivos, en parias de un mundo que hasta entonces nos daba cobijo.

Pero para entender a hombres como Müller… hay que retroceder un poco en el tiempo. Porque al final, en muchas ocasiones, no es tan importante el nombre de un hombre como el apellido que arrastra. El linaje del que proviene. El árbol genealógico que crece detrás de él, con raíces hundidas en otras épocas y otras luchas.

¿Recordáis aquella canción de Víctor Jara? ¿La de Juan Sin Tierra? Yo sí porqué Gabi la cantaba constantemente. La letra decía algo así como…

“Mi padre fue peón de hacienda,
y yo un revolucionario,
mis hijos pusieron tiendas,
y mi nieto es funcionario.”

El significado de esos versos describe, de forma sublime, la evolución social y la pérdida del impulso revolucionario a través de cuatro generaciones. El abuelo representa el origen humilde y la explotación en el campo bajo un sistema casi feudal. El padre, revolucionario, simboliza la ruptura con ese sistema, la lucha armada y el deseo del cambio social radical. Los hijos, en cambio, pusieron tiendas, reflejando una transición hacia la clase media comercial. Y el nieto funcionario es la culminación del proceso de aburguesamiento. El descendiente del revolucionario ahora es parte del aparato del Estado - un burócrata -, lo que indica que el fuego rebelde se ha extinguido en favor de la comodidad y el orden establecido.

Es la idea de que las familias, como los árboles, también evolucionan. Cada generación es una rama nueva que crece a partir de la anterior, pero rara vez lo hace en la misma dirección. Lo que una vez fue miseria puede convertirse en rebeldía; la rebeldía, con los años, puede transformarse en negocio; y el negocio, con el paso del tiempo, termina muchas veces sentado cómodamente dentro del mismo sistema contra el que alguien de tu propia sangre, tiempo atrás, luchó.

Os cuento todo esto para que entendáis el proceso que puede sufrir un apellido, una familia, una estirpe. Cómo las generaciones cambian, se ablandan, olvidan las luchas que las precedieron o las transforman en algo completamente distinto.

Pero los Müller… los Müller no siguieron ese camino.
No se ablandaron, ni olvidaron, ni se transformaron…

Los Müller se perfeccionaron.

Si en la canción de Víctor Jara el fuego revolucionario se iba apagando con cada generación, en esta familia de bastardos ocurrió algo mucho más inquietante: no cambió absolutamente nada. El árbol genealógico de los Müller creció como crecen algunas plantas venenosas: recto, sombrío, alimentándose siempre del mismo suelo pútrido y oscuro.

El abuelo, Wilhelm Müller, fue un orgulloso oficial de las SS alemanas. Uno de esos hombres de uniforme negro y mirada altanera, que caminaron por Europa con la arrogancia de quien cree que la historia le pertenece. No fue uno de esos fanáticos que gritaron consignas con espuma en la boca y odio en el corazón. No… fue peor, mucho peor. Wilhelm era metódico, ordenado, un burócrata de la crueldad. Era de los que hablaban bajo, firmaban documentos con pulso firme y organizaban la muerte con una precisión casi administrativa. No necesitaba levantar la voz para mandar a cientos de inocentes a las cámaras de gas. Para él no eran personas, claro. Eran bestias, traidores, basura inmunda… Y cuando la guerra terminó y el Tercer Reich se derrumbó como un castillo de ceniza, Wilhelm no murió como un mártir, ni tan siquiera fue juzgado. Huyó como un cobarde y simplemente se evaporó. Quemó documentos, cambió de identidad, cruzó fronteras con maletines llenos de oro robado y la conciencia tan limpia como el filo de un cuchillo recién afilado. Se refugió en las sombras de la nueva Europa que estaba renaciendo de sus escombros.

Wilhelm Müller fue una hiena. No por torpeza, como suele pensarse, sino por su naturaleza oportunista y brutal. La hiena no lucha por ideales ni por territorio con nobleza: espera, observa y ataca cuando la presa ya está debilitada. Vive de la muerte de otros, se alimenta del caos de la guerra y no siente remordimiento alguno al hacerlo. Wilhelm fue exactamente eso: un carroñero del horror histórico, un hombre que prosperó en medio de la maquinaria de destrucción del nazismo.

Su hijo, Klaus Müller, nació en ese silencio espeso de las dinastías que han sobrevivido a un mundo que se hundió. Creció escuchando aquellas historias a medias, esas que nunca se cuentan del todo pero que los hijos terminan comprendiendo igual. Klaus aprendió pronto que el mundo había cambiado: las botas y los uniformes negros ya no eran la forma más eficiente de dominar a la gente. El dinero, en cambio, sí lo era. Klaus no dirigió campos de concentración, ni levantó esvásticas con orgullo feroz. Hizo algo mucho más eficaz: compró empresas en ruina, arruinó a competidores, quebró sindicatos, sobornó ministros y construyó una red de poder silenciosa que se extendía como una telaraña por media Europa. Donde su padre había usado el miedo, él utilizó algo más sofisticado: dependencia económica. Cuando Klaus Müller arruinaba una familia, lo hacía con contratos y fusiones empresariales. Cuando destruía una vida, lo hacía con una firma y un sello.

Klaus Müller fue una araña. Silenciosa. Paciente. Invisible para la mayoría hasta que ya es demasiado tarde. No atacaba de frente; tejía redes. Redes de empresas, de dinero, de favores y de deudas. Cuando alguien se daba cuenta de que estaba atrapado, la telaraña ya estaba cerrada. Y entonces la araña solo tenía que acercarse despacio y terminar el trabajo.

Luego llegó Friedrich Müller, el “Boss”. El hijo que llevó la herencia familiar a su forma más pura. El villano de esta historia. Friedrich creció entre despachos de madera oscura y conversaciones en voz baja donde se decidían destinos ajenos con la misma frialdad con la que otros eligen un vino para la cena. Friedrich ya no necesitó esconder nada. Había nacido dentro de un sistema que premiaba a los hombres como él. Frío, calculador, brillante para los negocios y completamente desprovisto de escrúpulos. Al terminar la universidad, Friedrich se juntó con un compañero suizo, de familia adinerada, y juntos fundaron Müller & Suter Biotech. Pero Suter, con otra compresión - bien distinta - de la ética y la moral empresarial, abandonó pronto el negocio, dejando en manos del alemán todo el poder. Bajo el mando de Friedrich, la empresa dejó de ser sumamente poderosa para convertirse en algo mucho más peligroso: una entidad que operaba en la frontera entre lo legal y lo intocable. Laboratorios que experimentaban en países donde nadie supervisaba, contratos de seguridad privada en estados donde la ley era una sugerencia, acuerdos con gobiernos que preferían no hacer demasiadas preguntas. Farmacéuticas, laboratorios, fondos de inversión, seguridad privada… Donde había dinero o poder, allí aparecía una filial, una participación, un contrato firmado con tinta ensangrentada. Friedrich no gritaba, no amenazaba. Simplemente ordenaba y las cosas ocurrían. Por eso todos lo llamaban “Boss”. No era un apodo cariñoso. Era una constatación.

Friedrich Müller es un tiburón blanco. El depredador perfecto. No necesita esconderse ni justificar su presencia. Se mueve con calma, con autoridad, sabiendo que todo a su alrededor es potencial presa. El tiburón no odia a sus víctimas ni se enfurece con ellas; simplemente hace lo que está diseñado para hacer. Matar con eficiencia absoluta. Friedrich funciona igual: frío, preciso, incapaz de sentir culpa porque, en su cabeza, solo está siguiendo la lógica del poder.

Y después estaba Jürgen Müller. El nieto. El heredero. La cuarta rama de aquel árbol podrido.

Jürgen es lo que ocurre cuando cuatro generaciones de poder sin escrúpulos se concentran en una sola persona. No tiene el peso histórico del abuelo ni la cautela paranoica del padre. Para él el mundo es un tablero de juego y las personas son piezas prescindibles. Creció viendo cómo se compraban políticos, cómo se destruían competidores, cómo desaparecían problemas. Y aprendió la lección más importante de todas: Que la moral es un lujo que solo pueden permitirse los débiles.

Jürgen Müller es una serpiente. Una serpiente joven, elegante, venenosa. No necesita la fuerza bruta del tiburón ni la paciencia infinita de la araña. Su arma es otra: el veneno. El veneno de la manipulación, del encanto calculado, de la traición que llega cuando nadie la espera. La serpiente no siempre ataca; a veces solo espera el momento exacto para clavar los colmillos.

Esos eran los Müller…
Cuatro generaciones de auténticos hijos de puta.

Wilhelm, el ingeniero de la muerte.
Klaus, el depredador financiero.
Friedrich, el emperador corporativo.
Y Jürgen, el legítimo sucesor al trono.

La hiena, que se alimentó del horror de la guerra.
La araña, que tejió redes de poder y dinero.
El tiburón, que gobierna el océano empresarial sin rival.
Y la serpiente, que heredará todo ese veneno.

Cuatro ramas de un mismo árbol que nunca se torció. Porque mientras otras familias cambian con los años… los Müller simplemente se volvieron más eficientes en su maldad. Cuatro animales distintos. Pero todos compartiendo la misma característica esencial: sobrevivieron y siguen haciéndolo, porque no sienten absolutamente nada por sus presas.

Así que, si me permitís adaptar la canción de Victor Jara a la versión familiar de los Müller…Vendría a sonar algo así:

“Mi padre fue un puto nazi,
y yo me hice millonario,
mi hijo levantó un imperio,
y mi nieto es un sicario.”

Ahora que conocéis el macabro fondo que rodeaba aquel maldito apellido, volvamos al presente. Volvamos a la pregunta que nos importa: ¿Hasta dónde sabía el “Boss”? Porque estaba claro que Friedrich Müller sabía algo que los demás no. Algo que ni siquiera sus propios ejecutivos de mayor confianza alcanzaban a comprender. Pues incluso para un hombre como él - un depredador corporativo sin rastro de ética ni escrúpulos - enviar a su propio hijo a Perú no era una decisión menor. No era una simple visita de supervisión. Era un movimiento serio y calculado. De esos que solo se hacen cuando lo que está en juego es demasiado importante para confiarlo a nadie más. Porque sí, Friedrich podía mandar mercenarios, podía comprar gobiernos. podía hacer desaparecer “problemas”. Pero mandar a Jürgen significaba algo distinto…

Significaba que allí, en algún punto perdido entre la selva, el aeropuerto de Lima y las montañas donde nosotros corríamos por nuestras vidas, estaba ocurriendo algo más grave que un simple robo empresarial. Algo que preocupaba incluso al “Boss”. Y creedme cuando os digo que muy pocas cosas en este mundo eran capaces de preocupar a un hombre como Friedrich Müller.

Pero, siento deciros que, para responder a esa pregunta, tendremos que hacer lo que toda buena historia termina haciendo tarde o temprano: volver al pasado. Pero no os preocupéis. Esta vez no tendremos que retroceder hasta la Alemania nazi ni a los fantasmas que dejaron las SS en la historia de Europa. No. Esta vez bastará con viajar trece años atrás. Justo allí… en Perú. Donde empezó realmente todo.

Friedrich Müller descubrió la “Azulita” por pura casualidad. O quizá no fue casualidad. Quizá fue simplemente una de esas ironías perversas del destino: que un hombre que dedicaba su vida a empeorar el mundo terminara tropezando con algo que podía hacerlo todavía peor.

Trece años atrás, Friedrich no estaba de viaje de negocios. Eso era lo que decía en casa, claro. Un congreso, una reunión con inversores, alguna negociación importante que requería su presencia al otro lado del mundo. Mentiras bien empaquetadas, dichas con la naturalidad de quien lleva décadas practicándolas. La realidad era bastante más vulgar. El “Boss” era un hombre con demasiadas cosas en la cabeza. Demasiadas empresas que controlar, demasiados políticos que comprar, demasiados enemigos que aplastar. Y debéis entender que incluso los villanos necesitan un descanso; y cuando Friedrich necesitaba desconectar de todo aquello, no buscaba tranquilidad ni paisajes. Buscaba compañía.

Pero no le servía cualquier compañía. Buscaba mujeres caras, discretas. De esas que sabían exactamente cuánto costaba cada sonrisa, cada gesto, cada hora. A Friedrich le gustaba eso: pagar por adelantado, sin compromisos, sin emociones, sin consecuencias. Era, en sus propias palabras, “turismo”. Un turismo de hoteles de lujo, condones usados y noches que no dejaban ningún recuerdo que valiera la pena conservar.

Aquella vez tocó Perú. ¿Y por qué Perú? Por ninguna razón en particular. Ese es el privilegio de los hombres obscenamente ricos: no necesitan justificar sus decisiones. Mientras otros comparamos precios de vuelos, pedimos días libres en el trabajo y calculamos durante meses si podemos permitirnos una semana lejos de casa, Friedrich simplemente “lo hacía”. Un día desayunaba en Zúrich. Al día siguiente estaba en Lima. Así funcionaba su mundo. No pensaba “¿a dónde quiero ir?” Ni siquiera “¿a dónde puedo permitirme ir?” Pensaba algo mucho más simple: “Hoy me apetece ir allí.” Y el mundo, obediente, se abría delante de él.

De modo que Friedrich Müller aterrizó en Lima acompañado por dos mujeres espectaculares, y localmente enamoradas de sus cuentas bancarias. Con un maletín de cuero italiano bajo la axila y la tranquilidad absoluta de quien cree que nada puede sorprenderle ya, llegó al aeropuerto. Pero Perú sí tenía una sorpresa esperándole. Una luz azul. Una pequeña anomalía de la naturaleza perdida en algún punto remoto de la cordillera, enterrada durante siglos sin que nadie supiera realmente lo que era. Y cuando Friedrich Müller la vio por primera vez, no pensó en ciencia. No pensó en belleza. No pensó en el misterio. Pensó en una sola cosa: Poder.

Pero vayamos paso a paso… Una de las mujeres que lo acompañaban se llamaba Valeria Kovács - quedaros con ese nombre, pues será importante en lo que os voy a contar -. No era su nombre real, por supuesto. Las mujeres de su oficio raramente utilizaban el que aparecía en sus documentos. Valeria era un nombre elegido con cuidado: fácil de pronunciar en cualquier idioma, elegante, ligeramente exótico. Húngara, según decía su ficha en la agencia. Alta, inteligente, con ese tipo de belleza que parecía diseñada para salones de hotel de cinco estrellas y restaurantes donde nadie pregunta por el precio de una botella de vino.

Pues se dio la casualidad que Valeria tenía una obsesión, y por supuesto, se lo hizo saber al hombre que había pagado por sus servicios. En realidad lo hizo durante todo el viaje, repitiendo lo mismo una y otra vez.
  • ¡Quiero ver Machu Picchu!
Lo dijo en el avión. Lo dijo durante la cena en Lima. Lo dijo mientras se recogió el pelo, se agachó de rodillas y le hizo una mamada al “Boss”. Incluso lo volvió a decir después mientras bebía champagne en la terraza del hotel con la naturalidad de quien sabe que, tarde o temprano, obtendrá lo que quiere.

Friedrich Müller la ignoró durante dos días enteros. No estaba allí para hacer turismo cultural. Estaba allí para follarse a ambas prostitutas cuando y donde le apeteciera. Pero Valeria era persistente, y él - en su infinita y cínica versión de la misericordia - terminó concediéndoselo. Total, ¿qué importaba?

Un helicóptero, un guía local bien pagado, algunos permisos comprados con discreción… y listo. Para hombres como él, incluso las maravillas del mundo eran solo otro servicio que contratar. Y fue precisamente ese día, en aquel desvío innecesario de los acontecimientos, cuando todo ocurrió. Ni mucho menos la encontró paseando por Machu Picchu, Friedrich no era como Gabi, tenía infinidad de poder, pero no ese poder - digamos - místico que Gabi poseía. Además, como ya os conté en capítulos anteriores, la “Azulita” vive lejos de los caminos.

Y debo aclarar algo importante aquí: la Mycena Neonfauncis no era un misterio para la humanidad. No era una criatura legendaria ni un micelio desconocido que nadie hubiera visto jamás. Existían fotografías, incluso artículos académicos. Existían algunos estudios incompletos realizados por universidades con presupuestos modestos.

Los micólogos sabían de su existencia desde hacía décadas. Una seta luminosa. Una anomalía fascinante para algunos investigadores por su extraño mecanismo de nutrición, diferente al de todos los hongos conocidos. Pero seguía siendo solo una seta. Y además, una seta condenadamente difícil de alcanzar. La “Azulita” crecía en lugares ocultos: profundas cuevas enterradas en regiones remotas, cavidades naturales a las que ni siquiera los espeleólogos más experimentados accedían con facilidad. Llegar hasta ella requería expediciones complejas, equipo especializado, semanas de trabajo, dinero invertido. Mucho dinero. Y ahí estaba el problema. Porque para el mundo científico, el coste nunca justificaba el beneficio. Y menos aún si no curaba enfermedades. Si no prometía nuevas tecnologías. Si no producía sustancias farmacológicas revolucionarias. Por esos motivos, lo que se sabía acerca de la inalcanzable Mycena Neonfaucis era poco o nada. Era simplemente un hongo curioso. Hermoso, incluso. Pero irrelevante. Así que nadie invertía demasiado tiempo ni demasiados recursos en perseguirlo. Hasta que, por una de esas casualidades absurdas que cambian la historia, un multimillonario degenerado decidió concederle a una prostituta de lujo su capricho turístico. Y en ese desvío absurdo del itinerario… Friedrich Müller encontró la “Azulita”.

Si hubiera que buscar un culpable en toda esta historia sería, sin duda, Wilfredo Mamani Corimanya. Pues él fue quien acercó el “poder azul” al “tiburón blanco”. Wilfredo era el guía que contrató Friedrich. Era un hombre de mediana edad, con la piel curtida por el sol y la sonrisa tranquila de quien conoce cada piedra de aquellos caminos, y justo en ese momento empezó a hablar, mientras caminaban por los senderos de Machu Picchu.
  • Este lugar - dijo señalando las terrazas que se extendían como escalones sobre la ladera - fue construido por los incas hace siglos, durante el reinado de Pachacútec. Se dice que Manco Cápac mismo habría enviado a sus descendientes a fundar estas ciudades como templos y centros de poder espiritual. Cada piedra, cada muro, está alineado con el sol y las estrellas. Aquí los antiguos entendían la naturaleza de un modo que nosotros apenas alcanzamos a comprender - se detuvo un instante, dejando que la brisa de altura le rozara el rostro -. La leyenda cuenta que Machu Picchu nunca fue completamente descubierta por los enemigos de los incas, que permaneció oculta hasta que Hiram Bingham la encontró en 1911. Pero para los locales, este lugar siempre fue sagrado… un puente entre la tierra y los dioses.
Friedrich apenas escuchaba. Sus ojos estaban fijos en Valeria y la otra mujer de la que no recordaba el nombre. Tomadas de la mano, paseaban con curiosidad por los senderos. Sus risas se mezclaban con el viento. El “tiburón” solo pensaba en volver al hotel y ponerlas a ambas a cuatro patas. El guía seguía hablando, ajeno al desinterés de su cliente.
  • Algunos dicen que los chamanes de la región todavía guardan sus secretos, rituales que conectan con Pachacútec y con los dioses de los Andes. Que en ciertas noches se puede percibir la energía de la montaña, sentir los espíritus de los ancestros…
Se detuvo de repente. Observó a Friedrich con una sonrisa medida, apenas perceptible.
  • No parece que le interese demasiado la historia. - dijo, educadamente, pero con un dejo de ironía.
Friedrich se encogió los hombros y sonrió con desdén.
  • El pasado no me interesa, Will. Lo que me importa, de verdad, es el futuro.
El guía suspiró con calma y, manteniendo la cortesía, replicó.
  • Se puede aprender mucho del pasado, señor.
  • Se aprende más mirando hacia el futuro, créeme… - respondió Friedrich con arrogancia -. Si pudiera aprender de él… sería aún más rico de lo que soy.
El guía rió, pero no con ligereza. Fue una risa medida, educada, que contenía respeto y un punto de frialdad.
  • Entonces debería conocer a alguno de los chamanes de la zona, señor - dijo, y su mirada se hizo más intensa bajo el sol abrasador -. Algunos aseguran que ellos sí pueden ver el futuro…
Friedrich ladeó la cabeza, divertido, con aquella sonrisa que nunca alcanzaba a sus ojos.
  • Si esos chamanes tuyos pudieran ver el futuro… de seguro no estarían viviendo en un lugar como este.
Hubo desprecio en su voz, no lo ocultó. Wilfredo, no obstante, ni se inmutó. Ya había tratado demasiadas veces para ese tipo de gente, y en el fondo los detestaba. No por capricho, ni por resentimiento fácil, sino porque sabía exactamente cómo pensaban.

Para hombres como Friedrich Müller, el mundo era una fábrica. Un lugar donde todo debía producir algo útil, algo rentable, algo que pudiera medirse en números. Los bosques eran madera futura, las montañas eran minas sin explotar, los ríos eran energía desperdiciada si no se canalizaban. Incluso la historia - aquellas piedras milenarias sobre las que caminaban - no era más que un decorado para turistas que pagaban entrada. Y las personas… las personas eran engranajes. Piezas intercambiables dentro de una maquinaria mayor. Si una se rompía, se sustituía por otra. Si alguien estorbaba, se apartaba. Si una familia había levantado su hogar en una parcela que contenía algo valioso, se expropiaba, se destruía y explotaba hasta dejarlo seco. Así funcionaba el mundo para hombres como él: una enorme línea de montaje donde la única pregunta importante era cuánto dinero saldría al final del proceso.

Wilfredo, en cambio, había crecido viendo el mundo de otra forma. Para él aquellas montañas no eran recursos: eran apus, espíritus antiguos que vigilaban los valles desde antes de que existieran los países y las fronteras. Las piedras que Friedrich contemplaba con indiferencia no eran ruinas; eran la memoria de un pueblo, el eco de generaciones que habían levantado aquellas terrazas con las manos, sin máquinas, sin cálculos de rentabilidad. Wilfredo no caminaba entre restos del pasado. Caminaba entre presencias. Cada historia que contaba a los turistas no era un simple dato histórico: era algo heredado de sus abuelos, y de los abuelos de sus abuelos. Una cadena invisible que unía a los vivos con los muertos, al presente con un tiempo más antiguo. Por eso no se ofendió cuando Friedrich habló con desprecio. Porque aquel hombre - con su traje caro, su reloj brillante y su arrogancia comprada - podía tener dinero suficiente para comprar hoteles, empresas o voluntades. Pero había algo que jamás podría comprar: Memoria.

Y si bien, podría haberse callado en ese momento, asentir y dejarlo pasar. No lo hizo. Porque esa mañana, mientras caminaba entre ruinas milenarias y hablaba de ancestros y lugares sagrados, el orgullo de sus abuelos le hirvió en la sangre. Porque Wilfredo conocía otras historias. Historias que no estaban en los libros de texto. Relatos que los ancianos contaban en las noches frías de montaña, alrededor del fuego. Historias de chamanes incas capaces de lo que hoy la ciencia negaría sin pestañear.

Había relatos de brujos que invocaban la lluvia o calmaban tormentas con solo danzar y cantar ante los espíritus de las montañas sagradas. Se hablaba de otros que atravesaban las montañas sin cuerpo para comunicarse con los guardianes invisibles, y regresaban de su interior con mensajes que luego guiaban a los pueblos en tiempos de hambrunas o tiempos de guerra.  Las leyendas contaban incluso que estos hombres podían transformarse en animales en estado de trance, luchando en el mundo invisible antes de volver a su cuerpo físico, una idea que hoy cualquiera tacharía de locura, pero que entre su gente era parte de una cosmovisión profunda y respetada que daba sentido a la vida.

Así que Wilfredo respiró hondo y, sin levantar la voz, respondió.
  • No se trata de magia barata ni de cuentos de niños, señor - Sus ojos se clavaron en los de Friedrich -. Los chamanes de estas tierras han sido guías espirituales, sanadores del cuerpo y del alma, guardianes de un conocimiento que no entiende de estadísticas ni de balances financieros.
Friedrich frunció el ceño, incómodo. No estaba acostumbrado a que alguien le hablara de “conocimiento ancestral” sin un hilo de burla en los labios.
  • ¿Quieres decir que esos… curanderos - replicó con desdén - pueden saber más que la ciencia?
Wilfredo negó lentamente con la cabeza.
  • No más o menos que la ciencia… Sino diferente. Porque la ciencia estudia lo visible… lo que puede medirse, cuantificarse. Pero aquí - se tocó el pecho - hay otra forma de saber. El conocimiento de la tierra, de los elementos, de los ancestros. Uno que no se aprende en laboratorios ni en libros, sino en cantos, sueños y trance.
Friedrich lo miró con expectación y algo parecido a irritación. Para él, nada tenía sentido si no podía comprarse, venderse o poseerse como propiedad.
  • Eso es superstición - dijo con tono cortante - Nada más…
Wilfredo lo observó con calma, sin perder la compostura que lo definía. Su voz, suave pero firme, habló como si hubiera repetido esas palabras durante décadas frente a hombres como Friedrich.
  • La ciencia puede explicar muchas cosas, señor… pero hay misterios que solo se revelan a quienes escuchan a la tierra, a quienes respetan lo que existe desde antes que llegaran la tecnología y el dinero. Aquí, en mi tierra, incluso las rocas tienen memoria. Y los que saben escuchar… encuentran puertas que ni las máquinas podrían abrir.
Se hizo un silencio lapidario. Friedrich lo contempló fijamente a los ojos. Aquel guía se mantenía firme ante él, orgulloso, la barbilla alzada, la verdad brillando en sus pupilas oscuras. No había sumisión en su postura, ni temor en su voz. Por un momento, un simple y precioso momento, la verdad había ganado a la mediocridad. Hasta que, de repente, el “Boss” empezó a reír.

No fue una risa discreta. Fue una carcajada abierta, poderosa, que estalló en mitad de las ruinas y rebotó contra las montañas como un eco burlón. Se inclinó hacia atrás, llevándose una mano al estómago, riendo a pleno pulmón. Tan fuerte fue que incluso las dos mujeres de pago, ya lejos, perdidas entre las terrazas de Machu Picchu, se giraron para mirarlo con curiosidad.
  • Está bien… - dijo el alemán cuando por fin logró contener las últimas sacudidas de risa, que aún se escapaban entre sus dientes -. Vamos a hacer una cosa…
Metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó la cartera. La abrió con parsimonia y extrajo un grueso fajo de billetes, perfectamente ordenado.
  • ¿Cuánto cobras al mes?
Wilfredo bajó la mirada hacia el dinero. El fajo era obsceno, casi irreal. Con aquello podría alimentar a su familia durante un año entero.
  • Unos dos mil cien soles, señor… - respondió con cautela -. Depende de la temporada.
Friedrich frunció el ceño mientras hacía el cálculo mental.
  • Eso son… déjame pensar… unos quinientos euros, más o menos.
  • Sí, señor… más o menos. Pero… ¿a dónde quiere llegar?
La sonrisa del alemán se volvió más afilada.
  • Vamos a jugar un juego, tú y yo…
Levantó el fajo de billetes y lo agitó ligeramente en el aire, como si fuera un trofeo.
  • Aquí tengo un año entero de tu salario - el papel crujió entre sus dedos - Si consigues que uno de esos estúpidos chamanes tuyos consiga sorprenderme… son tuyos.
Wilfredo abrió la boca.
  • Señor, yo…
Estuvo a punto de decirle que no podía aceptar aquel dinero. Aunque lo necesitara. Aunque su familia lo necesitara. Algo en aquel hombre olía mal. Muy mal. Y, sobre todo, temía saber qué pasaría si perdía la apuesta.
  • Si pierdes, me los quedo yo - añadió rápidamente Friedrich, divertido, como si estuviera aclarando las reglas de un juego infantil -. Es más…
Se quedó pensativo un segundo, disfrutando del momento.
  • Hoy me siento generoso…
Sacó otro fajo de la cartera y lo colocó junto al primero.
  • Así que doblo la apuesta.
El dinero ahora parecía una pequeña montaña en su mano. Friedrich sonrió, mostrando los dientes.
  • ¿Qué me dices, Will?… ¿Hay trato?
No nos engañemos. Friedrich Müller no hizo aquella apuesta por curiosidad. Ni por interés en los chamanes. Ni siquiera por diversión, aunque así lo pareciera. Los chamanes no le importaban lo más mínimo. Aquellas historias de espíritus, montañas sagradas y conocimientos antiguos le resultaban poco más que folclore exótico, el tipo de relato que se le cuenta a los turistas mientras hacen fotos y compran recuerdos en las tiendas del camino. Tampoco buscaba un desafío intelectual. No estaba intentando demostrar que el futuro era más importante que el pasado, ni que la ciencia debía imponerse a la tradición. Ese tipo de debates le resultaban infantiles.

Para Friedrich el mundo era mucho más simple. No había grandes preguntas filosóficas. No había misterios espirituales. No había verdades profundas que desenterrar. Solo había precios. Porque si algo había aprendido el “Boss” a lo largo de su vida - algo que su familia llevaba generaciones perfeccionando - era una verdad que para él era casi una ley natural: “Todo hombre tiene un precio.” Algunos lo ocultaban bajo discursos morales. Otros lo disfrazaban de principios. Otros hablaban de dignidad, de fe, de honor o de tradición. Pero al final, siempre aparecía un número. Uno pequeño para unos. Uno más grande para otros. Y tarde o temprano, todos cedían.

Por eso había sacado la cartera. No para jugar. No para discutir. Sino para romper algo dentro de Wilfredo. Aquel guía había alzado la barbilla, había defendido sus tradiciones con orgullo, había hablado del pasado como si tuviera un valor que el dinero no podía comprar. Y Friedrich detestaba ese tipo de cosas. Detestaba cuando alguien fingía que había algo en este mundo que no podía comprarse. Así que agitó aquel fajo de billetes frente a él, primero con un año de salario, luego con dos, observando en silencio el brillo del papel, esperando el momento exacto en que la duda apareciera en sus ojos. Porque no quería ganar una discusión. Quería demostrar algo mucho más cruel. Que aquel hombre que hablaba de espíritus, de montañas sagradas y de respeto por los antepasados… no era distinto del resto. Que, llegado el momento adecuado, con la cifra correcta delante de sus narices… también se vendería.

Aquel momento - una risa arrogante entre las ruinas sagradas, un fajo de billetes agitándose en el aire y el orgullo de un hombre humilde empujándolo a aceptar una apuesta - fue el primer paso. El primer paso hacia algo que ninguno de los dos comprendía todavía. Ni siquiera Friedrich Müller. Porque aquel día, en lo alto de Machu Picchu, el “Boss” no estaba buscando nada. Ni conocimiento, ni secretos, ni hongos milagrosos. Solo buscaba entretenimiento. Algo que rompiera el aburrimiento de un millonario acostumbrado a comprar todo lo que deseaba. Pero a veces el destino - o la mala suerte del mundo - funciona de formas extrañas. Aquel juego absurdo, nacido de la arrogancia de un hombre y la necesidad de otro, acabaría llevándolo hasta la “Azulita”. Hasta su existencia. Hasta sus propiedades. Hasta el poder que escondía.

Hasta ese descubrimiento que se convertiría en tragedia. Porque hay hallazgos que cambian el mundo y hay otros que pueden destruirlo. La “Azulita" era una de esas cosas que nunca deberían caer en manos equivocadas. Una criatura extraña de la naturaleza, escondida durante siglos en lugares donde casi nadie podía llegar. Un milagro silencioso que había permanecido protegido por la dificultad misma de alcanzarlo. Cuevas profundas. Túneles imposibles. Expediciones peligrosas. Costes absurdos… Hasta que apareció Friedrich Müller.

Y sí… si somos justos, todo empezó por culpa de Wilfredo. Pero tampoco os precipitéis a juzgarlo. Porque Wilfredo no era un científico. Ni un empresario. Ni un hombre poderoso. Era solo un guía. Un hombre que caminaba cada día entre ruinas milenarias contando historias antiguas a turistas que escuchaban a medias. Un hombre con una casa humilde en las afueras de Cusco. Con una madre enferma. Con hijos que alimentar. Con cuentas que pagar y meses malos en temporada baja. Dos mil cien soles al mes… cuando había suerte. Y de pronto, delante de él, un extranjero arrogante agitaba dos años enteros de salario en su mano. Dinero suficiente para cambiar muchas cosas. Para comprar medicinas. Para arreglar el tejado. Para dormir tranquilo durante un tiempo.

Friedrich Müller - como había hecho toda su vida - consiguió lo que quería sin saber todavía qué era exactamente lo que buscaba. Lo consiguió como siempre lo hacía. No con inteligencia. No con sabiduría. No con respeto. Sino con la herramienta más vieja de su mundo: dinero.

Y así, con un simple gesto de su mano, con unos cuantos billetes arrugados y una sonrisa cruel, el hombre más ambicioso y despiadado del planeta llamó a la puerta de un secreto que la naturaleza llevaba siglos intentando esconder. Y Wilfredo, aunque todavía no lo sabía al aceptar aquella apuesta… abrió la puerta, cometiendo un error terrible.

La historia que sucedió después os la podríais imaginar si quisierais… pero entonces, ¿para qué demonios estoy yo aquí? Así que intentaré resumirla, lo mejor que pueda.

Wilfredo cumplió su parte del trato. Lo llevó ante un chamán, tal y como habían acordado. Un hombre anciano que vivía en lo profundo del bosque, lejos de los caminos turísticos y de los hoteles donde los extranjeros bebían pisco sours mientras hablaban de espiritualidad entre risas.
Y, por supuesto, el “Boss” no se sorprendió lo más mínimo. Donde Wilfredo mostró respeto, Friedrich mostró desprecio. Para él no había nada sagrado en aquel encuentro. Ante sus ojos no había un sabio guardián de conocimientos antiguos, sino un viejo sucio y demacrado, vestido con ropas gastadas, viviendo como un vagabundo en mitad de la selva. Aquello no era sabiduría milenaria. Era pobreza.

Wilfredo insistía con paciencia. Intentaba explicarle que aquello no era un espectáculo para turistas. Que los verdaderos sabios no actuaban como artistas de feria. Que aquel hombre no mostraría nada a alguien que no se presentara con humildad. Pero Friedrich no entendía ese lenguaje. Él quería pruebas. Pruebas tangibles. Demostraciones empíricas. Algo que pudiera ver, tocar, medir. Quería que lo sorprendieran.

El viejo chamán lo observó durante un largo momento. Sus ojos, oscurecidos por los años y los alucinógenos, se detuvieron en el traje caro, en el reloj brillante, en la sonrisa arrogante que no desaparecía del rostro del alemán. Luego negó lentamente con la cabeza. Y habló en su lengua. Una frase breve, cargada de una calma pesada.
  • Kay runa mana allin. Hucha llapanta Pachamama apamun, mana rimasaq.
Wilfredo entendió cada palabra: “Este hombre está sucio de codicia. Jamás revelaré las verdades de la tierra a semejante necio.” Pero no lo tradujo. No por cobardía, sino por prudencia. Se limitó a girarse hacia Friedrich y decir con educación que el chamán no aceptaba visitantes aquel día. Que debían marcharse.

El alemán resopló con fastidio. No discutió demasiado. Aquello le parecía una pérdida de tiempo.

Wilfredo, en cambio, caminó en silencio, con un nudo en el estómago. Porque mientras se alejaban entre los árboles, no podía dejar de pensar en el dinero. En aquellos dos años de salario que se evaporaban en el aire. En la cara de su mujer cuando le dijera que la oportunidad se había esfumado. En los medicamentos que no podrían comprar. En el techo que seguiría goteando cuando llegara la temporada de lluvias. Sentía el peso de esos billetes alejándose paso a paso, como si cada árbol del camino fuera cerrando la puerta a una vida un poco menos difícil.

Y entonces… sucedió otro giro del destino. Uno de esos pequeños accidentes que cambian la historia del mundo sin que nadie lo note en ese instante. ¿Recordáis el nombre de Valeria Kovacs? Espero que sí. Porque no deberíais olvidarlo. Ya que fue ella - al igual que Laia trece años después - quien, por error, por pura casualidad, tuvo contacto con la “Azulita”.

Antes de salir de la cabaña del viejo chamán, algo llamó la atención de Valeria. Fue un destello. Una pequeña luz azul que respiraba en la penumbra del interior como si tuviera vida propia. Al principio pensó que era un reflejo extraño del sol colándose entre las grietas de la madera, pero no. Aquella luz nacía de un pequeño frasco de vidrio apoyado sobre una desvencijada estantería, rodeado de hierbas secas, huesos de animales y pequeños amuletos tallados en piedra. El frasco brillaba. No de forma débil o tenue, sino con una intensidad casi irreal, como si contuviera dentro una diminuta llama azul. Valeria se detuvo. Los demás ya estaban saliendo. Las voces de Friedrich y Wilfredo se escuchaban fuera, amortiguadas por las paredes de madera y barro. Pero ella no los siguió. Algo en aquella luz la había atrapado.

Se acercó despacio. Paso a paso. Como una polilla atraída por una llama. Cuando llegó hasta la estantería, se quedó allí inmóvil, a escasos centímetros del frasco. Sus ojos se abrieron como platos mientras el resplandor azul bañaba su rostro. La luz parecía deslizarse por su piel, dibujando sombras extrañas en sus mejillas. Dentro del frasco, apretadas unas contra otras, había varias pequeñas setas. Delgadas. Frágiles. Sus sombreros emitían aquella luminiscencia imposible… La “Azulita”. Pero claro… Valeria no lo sabía. Para ella no era más que algo curioso. Algo bonito. Algo extraño que jamás había visto antes. Y de pronto sintió una necesidad absurda. La necesidad de llevarse una. Quizás un recuerdo. Quizás un souvenir extraño de aquella tierra sagrada que siempre había soñado visitar. Un pequeño trozo del Machu Picchu que podría enseñar después entre risas, cuando contara el viaje en alguna fiesta de Budapest o Viena. En realidad, no sabremos nunca exactamente por qué lo hizo. Tal vez fue la belleza. Tal vez la curiosidad. Tal vez uno de esos impulsos inexplicables que nacen sin permiso en la mente humana. Pero lo hizo.

Miró hacia atrás un instante. Las voces seguían lejos. Nadie estaba mirando. Entonces abrió el frasco con rapidez. Introdujo la mano desnuda dentro y tomó una de las pequeñas setas brillantes. La notó fría y húmeda entre los dedos. La sacó y la observó apenas un segundo. Y luego se la guardó en el bolsillo del pantalón. Cerró el frasco, y lo dejó exactamente donde estaba. Luego salió a toda prisa de la cabaña, intentando que su respiración volviera a la normalidad antes de reunirse de nuevo con Friedrich. Nadie dijo nada. Nadie vio nada. Pero en aquel pequeño gesto - ese hurto insignificante, casi infantil - el mundo acababa de inclinarse ligeramente hacia el desastre.

Volvieron al todoterreno sin decir demasiado. Wilfredo condujo por los caminos de tierra que serpenteaban entre las montañas hasta la pequeña pista donde descansaba el helicóptero alquilado por Friedrich. El motor del vehículo rugía entre los barrancos mientras el guía pensaba, con una mezcla de resignación y tristeza, en el dinero que se desvanecía igual que el polvo que levantaban las ruedas. No había habido milagro. No había habido demostración. Y el viejo chamán no había revelado nada.

Cuando llegaron a la pista, el helicóptero ya esperaba con las aspas girando, brillando bajo el sol de la tarde. El piloto saludó con un gesto seco. Friedrich subió primero, seguido por las dos mujeres. Wilfredo se quedó abajo. Durante un instante pensó en decir algo. En disculparse, quizás. Pero no lo hizo. Solo inclinó la cabeza. Seguía siendo igual de pobre que aquella mañana. Y el helicóptero se elevó. Las aspas comenzaron a girar con un rugido ensordecedor, levantando polvo, hojas secas y pequeñas piedras. En pocos segundos la aeronave se separó del suelo y empezó a ascender entre los pliegues verdes de la cordillera. Dentro, el ambiente era tranquilo. La otra mujer - la que ni siquiera merecía un nombre en la memoria de Friedrich - se servía una copa del pequeño minibar. Valeria estaba sentada junto a la ventanilla, mirando las montañas que se alejaban. Friedrich revisaba mensajes en su teléfono móvil.

Entonces fue cuando ocurrió. Al principio fue un pequeño temblor. Un espasmo en la mano de Valeria. Luego otro. Y de pronto su cuerpo entero se sacudió violentamente.
  • ¿Valeria? - dijo su compañera, confundida.
La mujer empezó a convulsionar en el asiento. Su espalda se arqueó de forma antinatural. Sus dedos se crisparon como garras. Un jadeo profundo escapó de su garganta.
  • ¡Joder! - gritó - ¡Está teniendo un ataque!
Pensó que era epilepsia. El piloto giró la cabeza un segundo, alarmado. Pero aquello no era epilepsia. “La Azulita” ya había comenzado su trabajo. Las esporas microscópicas que habían tocado la piel de Valeria en la cabaña del chamán se habían infiltrado por los poros, invisibles, silenciosas. Habían penetrado en su sangre como diminutos invasores luminosos. Ahora viajaban por su torrente sanguíneo. Multiplicándose. Colonizando. Las esporas se adherían a las paredes celulares, penetraban los tejidos, se extendían por los nervios como raíces microscópicas. Sus músculos se tensaron. Sus venas comenzaron a marcarse bajo la piel. Un leve brillo azulado empezó a dibujarse bajo la superficie de su carne, como si algo luminoso estuviera creciendo dentro de ella.
  • ¡¿Qué demonios le pasa?! - preguntó el piloto.
Valeria dejó escapar un alarido. No era un grito humano. Era algo más profundo. Algo primitivo. Su cuerpo se convulsionó otra vez, pero esta vez de forma distinta. Los espasmos se transformaron en algo… más lento. Más orgánico. Su respiración se volvió pesada. Sus pupilas se dilataron. Las esporas habían llegado al cerebro. Y entonces empezó la transformación. Su piel pareció tensarse. No como si se estuviera enfermando. Sino como si algo la estuviera reconstruyendo desde dentro. Los músculos se definieron con una precisión casi escultórica. Su cintura se estrechó mientras sus caderas adquirían una curva imposible. Sus pechos se elevaron, redondeándose con una perfección antinatural, como si cada célula estuviera obedeciendo un diseño oculto. Su rostro también cambió. Los pómulos se alzaron. La mandíbula se afinó. Sus labios se volvieron más llenos, más carnosos. Incluso su piel parecía ahora más lisa, más luminosa, como si una luz tenue viviera bajo ella.

La otra mujer retrocedió en el asiento, horrorizada.
  • ¡¿Qué… qué le está pasando…?!
Friedrich levantó lentamente la mirada de su teléfono. Sus ojos se fijaron en Valeria. Durante unos segundos no dijo nada. Solo observó. Las convulsiones cesaron. Valeria inhaló profundamente. Su cuerpo cayó hacia atrás en el asiento como si hubiera muerto… o terminado de nacer. Luego abrió los ojos. Y durante un instante muy breve, casi imperceptible, sus pupilas brillaron con un destello azul.

El helicóptero vibraba con violencia en el aire.
  • ¡Torre, torre, aquí Lima-charter siete! - gritaba el piloto por la radio, con la voz quebrada por la tensión -. ¡Tenemos una emergencia médica a bordo! ¡Repito, emergencia médica! ¡Solicito permiso inmediato para aterrizaje prioritario!
El rotor golpeaba el aire con un estruendo metálico mientras la aeronave descendía ligeramente entre las montañas. Dentro, el caos absoluto. La otra prostituta se había pegado contra la pared del helicóptero, encogida, temblando como un animal asustado. Sus ojos no podían apartarse del cuerpo de Valeria, pero al mismo tiempo parecía incapaz de mirarlo demasiado tiempo seguido.
  • ¿Qué… qué le ha pasado? - susurraba con voz rota -. ¿Qué demonios le ha pasado…?
Porque lo que yacía en el asiento ya no parecía del todo la misma mujer. Valeria respiraba con lentitud. Su pecho subía y bajaba con una cadencia profunda mientras su cuerpo, ahora inmóvil, parecía esculpido por una mano obscena. Las curvas que antes eran atractivas ahora rozaban lo irreal: caderas más amplias, cintura estrecha, una armonía física exagerada, casi hipnótica. Era como si cada proporción hubiera sido ajustada milimétricamente para maximizar la belleza. Para maximizar el deseo. Su piel tenía una tersura imposible, como porcelana viva, y el tenue resplandor azulado bajo la superficie parecía latir con cada respiración.

La otra mujer no pudo soportarlo más y apartó la mirada. Pero hubo alguien que no lo hizo.
Friedrich Müller observaba. En silencio. Sin miedo. Sin compasión. Sin sorpresa real.

Sus ojos recorrían lentamente el cuerpo de Valeria, analizándolo con una frialdad casi clínica. Desde la curva de sus pechos hasta las líneas perfectas de sus muslos. Durante un segundo su mente reaccionó como reaccionaría cualquier hombre: instinto, deseo. Su respiración se volvió más pesada. Aquella mujer - si aún podía llamarse así - irradiaba una sensualidad casi insoportable. Una feminidad amplificada hasta un extremo antinatural, como si su propio cuerpo hubiera sido diseñado para provocar deseo.

Pero entonces ocurrió algo más. Algo mucho más importante para un hombre como él. Otra luz se encendió en su cerebro. No era la luz del deseo. Era la luz del negocio. Sus ojos se estrecharon ligeramente. Porque Friedrich Müller no veía personas. Veía oportunidades. Y lo que estaba contemplando en aquel asiento no era un milagro ni una maldición. Era un producto.

Su mente empezó a trabajar a toda velocidad: Belleza, juventud, perfección física, industria cosmética, cirugía estética, tratamientos antiedad. Su cerebro repasó cifras con la misma naturalidad con la que otros hombres respiran. “Billones” La obsesión humana más antigua después del sexo y el poder: la eterna juventud. Las personas gastaban fortunas intentando parecer más jóvenes, más bellas, más deseables. Cremas, tratamientos, bisturís, inyecciones, suplementos milagrosos. Y allí, frente a él, en el asiento de un helicóptero temblando sobre los Andes… Había ocurrido algo que ninguna de esas industrias había conseguido jamás. Una transformación real. Orgánica. Celular. Perfecta. Friedrich no sabía aún cómo había sucedido. Ni qué sustancia lo había provocado. Ni de dónde venía. Pero una cosa estaba completamente clara para él. Si aquello podía reproducirse… Si podía controlarse… El mundo entero estaría dispuesto a pagar por ello.

La otra mujer seguía temblando en silencio. El piloto seguía gritando a la torre de control. El helicóptero seguía descendiendo hacia Cusco. Y en medio de todo aquel caos, Friedrich Müller sonrió. No era una sonrisa de alivio. Ni de preocupación. Era la sonrisa de un depredador que acaba de descubrir una mina de oro enterrada bajo sus pies.

Así fue como empezó todo. Así nació el monstruo que más tarde pondría precio a nuestras cabezas. Y ahora seguramente os estaréis preguntando algo. Una pregunta bastante razonable, de hecho. “Nico… - diréis - ¿y tú cómo demonios sabes todo esto?”

Bueno… Esa respuesta la dejaremos para otro capítulo.
Después de todo… ¿no es así como se cuentan las buenas historias?

Como el Yodo, siendo el vapor violeta que asfixia la calma y la cicatriz necesaria para que el alma no olvide su fuerza. Esta historia continuará…
 
Por fortuna, lo que sabemos es que Nico, Raquel, Gabi, Sofía y Lena, al menos estos, siguen bien actualmente y yo confío que salvo Gustavo los demás también.
 
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