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Miembro
Quedamos en que era un plan solo para probar, algo que llevábamos tiempo hablando. Así que cogimos la toalla, una falda ligera para ella y pocas preguntas. La playa de noche tiene otro sonido: las olas, el viento, y ese silencio roto por risas lejanas de otros que andaban en el mismo juego.
Llegamos sobre las once. Aparcamos lejos, para no llamar la atención. Ella se puso la falda —corta, muy corta, casi un cinturón— y una blusa de tirantes que se le transparentaba con la humedad. Nada de bragas debajo. Eso ya lo hablamos en casa. «Por si surge», dijo ella con esa sonrisa de lobo. Y había surgido.
Empezamos a caminar por la arena dura, cerca de las rocas. Ella iba agarrada de mi brazo, con esa sonrisilla que pone cuando sabe lo que viene. El mar sonaba de fondo, y a lo lejos se veían las luces de otro coche aparcado en la zona de los merenderos.
No tardaron en aparecer los primeros. Salieron de entre las sombras, como si llevaran tiempo esperando. Primero dos, luego tres, finalmente cuatro. Todos jóvenes, entre veintitantos y treinta y pocos. Vaqueros, camisetas oscuras, algunos con latas de cerveza en la mano.
El primero en hablar fue el más alto, moreno, acento del sur. Se quedó mirándola un par de segundos, de arriba abajo, como si la estuviera desnudando con los ojos, y luego me miró a mí.
—Buena noche para pasear, ¿eh? —dijo, con media sonrisa de las que no preguntan, avisan.
—Sí, está fresquita —contesté, devolviéndole la sonrisa.
El tío no apartaba la vista de ella. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio.
—¿Sois de la zona o solo de paso?
—De la zona —dijo ella, soltándome el brazo y cruzándose los brazos por debajo del pecho, lo que hacía que se le marcaran más las tetas—. Pero aquí venimos poco.
—Pues deberíais venir más —intervino otro, el más joven, pelo rizado y cara de bueno, pero con una mirada que no era tan buena—. Las noches tranquilas son las mejores para hacer cosas tranquilas. O no tan tranquilas.
El tercer chico, con gafas de pasta y aspecto de no pegarse un tiro, se quedó un poco más atrás, pero no dejaba de mirarla. Se mordía el labio y se cambiaba el peso de una pierna a otra, con una mano en el bolsillo moviendo algo. Ella lo notó y le guiñó un ojo. El chico se puso rojo hasta las orejas pero no apartó la mirada.
El cuarto era un tío grande, con barba cerrada y tatuajes en los antebrazos, un cuello grueso como un toro. No dijo nada al principio. Solo la miró, arqueó una ceja y luego me miró a mí. Asentí casi sin querer, y él esbozó una sonrisa de lobo que enseñaba los dientes.
—¿Vais a quedaros un rato o solo miráis el mar? —preguntó el alto, con la voz más grave ahora.
—Depende de lo que haya que mirar —respondió ella, provocando, moviendo la cadera.
El tatuado dio un paso al frente, casi pegándose a ella.
—Pues mira, guapa, nosotros venimos a lo mismo casi siempre. Unas risas, unos tragos… y si hay suerte, follarnos a alguna zorra que se ponga a tiro.
—¿Algo más como qué? —preguntó ella, haciéndose la tonta, pero con la respiración ya más rápida.
El alto se rió, un sonido seco.
—Como lo que se tercie. No somos de mucho hablar. Somos de hacer.
El rizado se acercó un poco más y rozó la falda de ella con los dedos, como por accidente, pero luego agarró el dobladillo y lo levantó un par de centímetros.
—Perdona —dijo, pero sin apartar la mano, subiéndolo un poco más.
Ella no se apartó.
—No pasa nada.
El tatuado se puso a su izquierda y el alto a su derecha, encerrándola. Ella seguía con los brazos cruzados, pero había abierto un poco las piernas, solo un par de centímetros. El de las gafas, desde atrás, suspiró en voz alta y se bajó un poco la cremallera para rascarse, pero todos vieron que no era para rascarse.
—Oye, que te he visto mirando —le dijo el alto a ella, bajando la voz a un susurro ronco—. Y a tu chico también. ¿Esto es cosa de los dos o solo fantasía tuya?
—Es cosa de los dos —dije yo, claro y firme—. Ella decide qué, cómo y cuándo. Yo solo miro y disfruto. Pero si alguien se pasa, se entera.
El tatuado asintió, como si eso le diera permiso pero también un límite.
—Me gusta que haya reglas claras —dijo—. Entonces, guapa, ¿tú qué quieres?
Ella se quedó callada un momento, mirándolos a todos. Luego sonrió, una sonrisa que no era bonita, era hambrienta.
—De momento, quiero que me toquéis. Pero no por encima de la ropa. Y quiero que me lo pidáis bien. Como los guarros que sois.
El alto no esperó ni un segundo. Metió la mano por debajo de la falda, directo a la entrepierna, sin caricias, directo a los labios.
—Hostia… —murmuró al notar que no había bragas—. Pero si vas sin nada, putita. ¿Tan zorra eres?
—¿Y qué? —respondió ella, abriendo un poco más las piernas—. ¿Te molesta, maricón?
—Al contrario, me pone como una moto de cross —dijo él, mientras le metía dos dedos de golpe, sin lubricación previa porque no la necesitaba—. Estás chorreando, zorra. Hueles a coño desde que has llegado.
El rizado se puso de rodillas detrás de ella y le levantó la falda por detrás, dejándole el culo al aire. Le dio una palmada seca que sonó en toda la playa.
—Madre mía, qué culo más bueno tiene esta perra. Parece de anuncio de pollas.
El de las gafas, al fin, se atrevió a acercarse por el otro lado. Metió la mano temblorosa por delante, rozó el coño de ella y ella agarró su muñeca y se la metió ella sola entre las piernas, hasta los nudillos.
—Así, no seas nenaza —le susurró al oído—. Que no muerdo. Bueno, sí, pero si me lo pides bien, te la chupo entera.
El tatuado se quedó mirando la escena, con los brazos cruzados, pero se notaba la polla marcándole el braguetazo.
—Está empapada ya —dijo el alto, sacando dos dedos mojados y chupándoselos con un ruido obsceno—. ¿Has visto esto, colega? Parece una fuente. Y huele a perra en celo.
El rizado, desde atrás, ya le había metido tres dedos por detrás, sin preguntar, y ella gimió fuerte, sin disimular.
—Qué bien aprieta el culo, joder… —susurró él—. Las paredes se le mueven solas. Esto va a ser un regalo.
El alto seguía acariciándole el coño por delante, pero ya no eran caricias, eran tirones de labios, pellizcos en el clítoris.
—Dime, puta, ¿quieres que te follemos aquí mismo como la zorra que eres? Porque si es que sí, dilo ya de una vez, que no vamos a estar toda la noche con los dedos. Queremos polla, y la queremos dentro de ti.
El tatuado se puso delante de ella, le agarró la barbilla con una mano y la obligó a mirarlo a los ojos. Tenía los dedos ásperos, callosos.
—Mírame. ¿Quieres polla o no? Porque yo no he venido a jugar a los médicos. Yo he venido a follar, y a follar como un animal. Te voy a dejar las piernas abiertas tres días.
Ella sonrió, con la mano del de las gafas aún metida dentro, los dedos del alto en su coño y los del rizado en el culo. Tenía la mirada vidriosa.
—Pues claro que quiero, pedazo de imbécil —respondió, con la voz rota pero desafiante—. Pero quiero que me llenéis bien. Dentro. Hasta que rebose. Y que no se os olvide quién manda aquí. Mando yo.
El alto silbó, impresionado.
—Con una orden así no se juega, cariño. Vas a acabar más llena que una gasolinera en hora punta. Vamos a hacerte una polla móvil.
El rizado se levantó de detrás y empezó a bajarse la cremallera de una patada. Ya tenía la polla fuera, tiesa, con una gota en la punta.
—Pues entonces, ¿empezamos o qué? Porque yo ya estoy que me salgo, y si no me la metes en algún sitio voy a reventar.
El tatuado soltó la barbilla de ella y empezó a desabrocharse el pantalón con una mano mientras con la otra la empujaba hacia la roca.
—Tú ponte en cuatro, perra, que yo voy primero. Y quiero que grites bien fuerte, que se entere el pescado y las putas de la otra playa.
Ella me miró un segundo. Asentí, con el pulso acelerado. Se quitó la blusa del tirón, dejó las tetas al aire, los pezones ya duros como canicas, y se agachó apoyando las manos en una roca lisa, en cuatro patas sobre la toalla que habíamos extendido sin darnos cuenta. Abrió bien las piernas, arqueó la espalda, ofreciéndose como un animal.
El de las gafas, aún con los dedos mojados, se los llevó a la nariz y luego a la boca, chupándolos como si fuera su última comida.
—Huele que alimenta, joder —dijo, y los demás se rieron como hienas.
—Voy a necesitar una foto de esto para el recuerdo —dijo el alto, sacando el móvil.
—Nada de fotos —corté yo, firme, con una piedra en la mano por si acaso.
—Tranqui, era broma —respondió, pero no sonrió—. Pero lo que me pide el cuerpo es grabar el audio y ponérmelo como despertador.
El tatuado se puso detrás de ella. No le dio tiempo ni a respirar. Agarró su cadera con una mano, con la otra se guió la polla —gruesa, venosa, con la cabeza morada— y se la metió entera de un empujón seco, sin miramientos, hasta los cojones. El cuerpo de ella se tensó entero y soltó un grito ronco que se mezcló con el ruido de las olas.
—¡Joder, así, así, así! —gritó—. Rompeme el coño, cabrón.
—¿Te gusta, guarra? —dijo él, dándole fuerte, sin compasión, con cada embestida haciendo que ella se moviese hacia adelante—. ¿Te gusta sentir una polla de verdad? Porque las de los novios son para los días de diario, las nuestras son para las noches como esta. Para partirte por la mitad.
—Me encanta, me encanta —gemía ella, con la boca abierta, babeando casi—. Más fuerte, más fuerte, que me voy a venir.
—No te vengas todavía, zorra —ordenó él, dándole una palmada en el culo que dejó la mano marcada en rojo—. Te vienes cuando yo diga, ¿entendido, puta? Si te vienes sin mi permiso, te parto las nalgas a hostias.
—Entendido —respondió ella, mordiéndose el labio hasta casi sangrar.
El tatuado la folló sin piedad durante varios minutos. Cada embestida era un martillazo. El sonido de las caderas chocando contra el culo de ella era seco, obsceno, acompañado de los gemidos ahogados de ella y los gruñidos de él. El rizado, que estaba delante, le metió la polla en la boca sin avisar.
—Chúpamela, perra —le dijo el rizado—. Chúpamela bien, como si te fuera la vida en ello. Y trágatela toda.
Ella obedeció, con la mirada perdida, con la polla del tatuado dentro del coño y la del rizado en la garganta. El alto se puso a un lado, se sacó la polla y empezó a masturbarse lentamente, mirándola a los ojos.
—Mira qué bien se lo monta la putita —dijo el alto—. Parece que haya nacido para esto.
El de las gafas se quedó detrás del tatuado, esperando su turno, tocándose sin parar y gimiendo bajito.
—Cuando termines tú… —empezó a decir.
—Cállate —le cortó el tatuado—. Ahora follo yo.
El tatuado, al fin, empezó a acelerar. La agarró del pelo, tirándole hacia atrás, y le susurró al oído con la voz rota:
—Me corro, perra. ¿Dónde lo quieres? ¿En la boca o en el coño?
—Dentro, dentro, he dicho dentro —respondió ella, casi sin aire, con la polla del rizado aún en la boca—. Llename el coño de leche, hijo de puta.
El tatuado se corrió con un gemido ronco, empujando hasta el fondo y quedándose dentro varios segundos, moviendo las caderas en círculos para que no se escapara nada.
—Toma, puta. Ahí llevas mi leche. Que te dure hasta que te la folle otro.
Se apartó de golpe, y ella se quedó temblando, con una gota blanca asomando entre los labios del coño, resbalando por el muslo.
—Qué bonito —dijo el alto—. Parece un cuadro de esos de museo, pero guarro. Un puto Goya versión porno.
El de las gafas, que estaba tan nervioso que casi no podía metérsela, se puso detrás de ella. Tenía la polla tiesa pero temblaba entero, las manos le sudaban.
—Tranquilo, nenaza —le dijo ella, sin dejar de estar en cuatro patas, con el coño abierto y chorreando—. Métemela despacio. O rápido. Pero métemela de una puta vez.
Él tragó saliva y empujó. Cuando entró, soltó un gemido agudo como si le hubieran quitado un peso de encima.
—Madre mía… qué caliente está por dentro, joder —murmuró—. Parece un horno. Y aprieta un montón. Es como una puta mano cerrada.
—Pues date prisa, que no te voy a esperar toda la noche —le soltó el alto desde atrás, todavía masturbándose—. Que luego quiero yo, y luego el rizado otra vez si le da la gana.
El de las gafas empezó a moverse, al principio con timidez, luego con más confianza, agarrándole las caderas con fuerza.
—¿Así está bien? —preguntó, casi suplicando.
—Así está perfecto, imbécil —respondió ella—. Pero si quieres, puedes darme un par de nalgadas. Me gusta que me den fuerte. Que me duela.
El chico obedeció. Le dio dos palmadas secas, fuertes, que hicieron que ella gimiera más fuerte y que el tatuado, desde la toalla, soltara una carcajada.
—Así me gusta —dijo ella—. Ya estás aprendiendo, nenaza. A ver si la próxima vez dejas las gafas en el coche y te creces.
Él duró poco. Menos de dos minutos. Se corrió dentro con un gemido agudo y se quedó quieto, apoyado en ella, con la polla dentro temblando.
—Perdona… no he podido aguantar más. Es que aprietas demasiado.
—No pasa nada, cariño —dijo ella, acariciándole la mano con desprecio—. La primera vez nunca se olvida. La tuya, quiero decir. Porque la mía ya no sé ni cuál fue.
El tatuado, que ya estaba vestido, se rió fuerte.
—La primera vez dice. Él ya ha tenido más de cien. Pero ninguna así, ¿verdad, colega? Ninguna zorra de cuatro tíos en una playa.
El de las gafas negó con la cabeza, sonrojado, y se apartó. La polla se le había quedado medio tiesa y chorreaba sobre la arena.
El alto no esperó a que el de las gafas se apartara del todo. Lo empujó con el hombro y ocupó su lugar, escupiendo en su propia mano para lubricarse aunque ella ya estaba empapada.
—Ahora vas a ver lo que es bueno, putita —dijo, agarrándole las caderas con fuerza, los dedos clavándose en la piel—. Vas a llorar, pero no vas a pedir que pare.
Se la metió sin miramientos, de golpe, y ella soltó un gemido largo y agudo.
—¡Joder, qué grande la tienes, cabrón! —gritó, con la cara contra la roca.
—Ya lo sabes —respondió él—. Por eso me llaman el toro. Pero no te preocupes, que si lloras no paramos. Si lloras más fuerte, mejor.
Él la follaba con ritmo, pero no era un ritmo amable. Era un ritmo de maquinaria: constante, duro, implacable. Alternaba embestidas largas con movimientos circulares, y de vez en cuando se paraba con la polla dentro hasta el fondo, moviendo las caderas para que sintiera cada centímetro.
—¿Te gusta, perra? —preguntaba cada poco—. ¿Te gusta cómo te folla un hombre de verdad?
—Sí —gemía ella—. Sí, sí, sí. No pares, no pares.
—Dime que eres mi puta —le ordenó él, dándole un tirón del pelo.
—Soy tu puta —respondió ella, sin dudar.
—¿La puta de quién?
—Tu puta. La puta de todos vosotros. La puta de la playa.
El alto se rió y le dio una palmada en el culo, luego otra, luego otra, hasta que se le enrojeció toda la nalga.
—Buena chica. Toma premio.
Y se corrió dentro sin avisar, con un gruñido bestial. Se quedó unos segundos, empujando despacio, y luego se apartó de golpe, viendo cómo su leche se mezclaba con la de los otros y empezaba a resbalar por los muslos de ella.
—Ahí tienes otro poco, princesa. Llevas más leche que una vaca en ordeño.
El rizado, que estaba esperando con la polla en la mano, le contestó:
—Déjala descansar un momento, coño. Que no es de goma. Aunque parece que aguanta como una campeona.
—Ya descansará cuando nos vayamos —dijo el alto, limpiándose la polla en la falda de ella—. Ahora le toca a ella seguir. O a ti, si te atreves.
El rizado fue el último, pero también el más insistente. Se puso detrás de ella, le acarició la espalda con violencia y le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo:
—Tranquila, perra, que ya casi terminamos. Un último esfuerzo. Aprieta bien, que quiero notar los cojones.
—No quiero que terminéis —respondió ella, con la voz rota, casi llorando de placer—. Quiero que me folléis toda la noche. Que me dejéis seca.
—Eso no puede ser, putita —dijo él riéndose, con una risa mala—. Pero te prometo que esto no se olvida. Te vamos a dejar marcada para siempre.
Se la metió despacio, con suavidad al principio, pero pronto empezó a acelerar. Ella cerró los ojos y se dejó llevar, la boca abierta, la lengua fuera.
—Así… así está bien —susurró.
Él empezó a moverse rápido, muy rápido, agarrándola del cuello por detrás sin apretar del todo, solo para que sintiera la mano.
—Estás increíblemente apretada, joder —dijo—. Parece que no hubieras follado en un mes. O que acabaras de follar con tres bestias.
—Las dos cosas —respondió ella, riéndose entre gemidos, con la cara apoyada en la roca.
El rizado se reía también, pero no paraba de follar. Cada vez más fuerte, más hondo.
—Oye, puta, ¿y si te corro dentro y luego te quedas así, caminando con todo eso dentro hasta el coche? ¿Te gusta esa idea, zorra?
—Me encanta, imbécil —respondió ella—. Quiero notarlo bajando por mis piernas mientras me voy. Quiero que se me escurra hasta los pies.
—Pues toma, puta —dijo él, acelerando como una máquina—. Toma, toma, toma, toma.
Y se corrió con un gemido contenido pero bestial, empujando hasta el fondo y quedándose dentro un buen rato, moviendo las caderas en círculos.
—Ahora sí —dijo al salir, viendo cómo un chorro blanco espeso caía de ella—. Ahora ya puedes irte, perra. Pero no te laves. Queremos que huelas a nosotros mañana.
Ella se quedó un momento de rodillas, con las piernas temblando como flanes y la mirada completamente perdida. Tenía el coño abierto, rojo, hinchado, chorreando un hilo blanco y espeso que caía sobre la toalla y la arena. La falda hecha un asco, las tetas marcadas con mordiscos y chupetones.
El tatuado le dio una palmada en el culo que sonó como un látigo.
—Eres una artista, perra. Apúntame para la secuela. Y la tercera. Y la cuarta.
El alto se despidió con un guiño, mientras se subía la cremallera.
—Cuando queráis, ya sabéis dónde encontrarnos. Y si no, ya sabéis dónde aparcar. Pero la próxima vez traed una nevera con bebidas, que follar da sed.
El rizado, mientras se limpiaba la polla con la camiseta de ella sin preguntar, soltó:
—Ojalá todas las noches fueran así, joder. Buen trabajo, equipo. Esta zorra se merece un monumento.
El de las gafas se acercó a ella antes de irse, tímido otra vez.
—Oye, que… ha sido increíble. De verdad. Nunca había hecho algo así. Gracias, de corazón.
Ella le sonrió, todavía con el coño goteando y las piernas abiertas.
—Pues ya sabes, nenaza. La primera vez nunca se olvida. Y si quieres repetir, ya sabes dónde encontrarnos. Pero la próxima vez intenta durar más de dos minutos, anda.
El tatuado, ya alejándose, gritó por encima del hombro:
—¡Cuida ese coño, que es patrimonio nacional! ¡Y no te lo laves en una semana!
Todos se rieron como animales. Ella también, con una risa rota, agotada. Y se fueron entre las sombras, dejándonos solos en la playa con el olor a sexo y a mar.
Llegamos al coche con ella chorreando, yo con una erección que no se me bajaba, y los dos sabiendo que esa noche no iba a ser la única.
Abrí la puerta del copiloto y se sentó despacio, con cuidado, como si cada movimiento pudiera hacer que se le derramara algo más. La falda estaba manchada por delante y por detrás, pegada a los muslos. Tenía arena en las rodillas y un mordisco en el hombro. Ella no se había molestado en arreglarse ni un poco.
—Joder, qué bien sienta el asiento del coche, joder —dijo, apoyando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos—. Estoy que no puedo ni andar. Tengo las piernas como flanes. Y el coño como si me hubieran pasado por encima con una apisonadora.
Yo me subí al conductor, pero no arranqué. Apoyé la mano en su muslo desnudo, justo donde terminaba la falda. La piel estaba caliente, húmeda, pegajosa.
—¿Estás bien? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Estoy de puta madre —respondió sin abrir los ojos—. Pero aún lo siento dentro. Cada vez que me muevo, noto cómo se escurre. Es una sensación… no sé, como si tuviera un horno ahí abajo. Y con gratinado incluido. Y cuatro pollas de recuerdo.
Sonreí y empecé a subirle la falda poco a poco. Ella no se opuso. Al contrario, levantó un poco la cadera para ayudarme, y gimió cuando la tela rozó su coño hinchado.
—Enséñame —le dije.
Abrió las piernas sin vergüenza, de par en par, apoyando un pie en el salpicadero. La luz de la farola entraba por el parabrisas apenas, pero se veía suficiente. Su coño estaba rojo, morado casi, hinchado como una fruta podrida, y entre los labios brillaba un hilo blanco que empezaba a resbalar hacia el asiento. Tenía marcas de dedos en las caderas.
—Mira qué desastre, mamá —dijo ella, riéndose bajito con una risa sucia—. Voy a tener que limpiar el coche mañana con lejía. O dejar que se seque y que huela a sexo para siempre. Me gusta más la segunda opción.
No contesté. Metí dos dedos despacio, con cuidado. Estaba caliente por dentro, resbaladiza como aceite, y se notaba perfectamente la mezcla: sus jugos y la leche de los cuatro tíos. Entraban y salían sin resistencia. Ella gimió cuando entraron, no por placer ya, sino por la sensación de ser tocada después de todo eso, cuando ya estaba sensible.
—¿Notas la diferencia? —preguntó ella, con la voz entrecortada—. Antes de venirme estaba más apretada. Ahora estoy toda blanda. Como si me hubieran molido a pollas. Como una masa de pan. O un puto colchón.
Saqué los dedos lentamente. Estaban cubiertos de un blanco grisáceo, casi líquido, con un olor fuerte que llenó el habitáculo en un segundo. Olor a coño, a leche, a sudor, a sexo puro. Ella lo olió también y sonrió con los dientes.
—Huele a gloria, joder —dijo—. Huele a ellos. A toro, a nervios, a timidez y a descaro. Cada uno tenía su olor. El tatuado olía a cuero y a cerveza. El alto olía a tabaco y a polla sucia. El rizado olía a gel de ducha barato. Y el de las gafas… el de las gafas olía a miedo, pero a miedo bueno.
Me llevé los dedos a la boca y los chupé despacio, saboreando cada gota. El sabor era intenso: ácido de ella, salado y amargo de ellos, todo mezclado en una pasta espesa. Ella me miró con los ojos entrecerrados, la lengua pasándose por los labios.
—¿Y qué tal? —preguntó, con la voz ronca.
—A puta madre —respondí—. Prueba tú, zorra.
Metí los mismos dos dedos en su boca sin preguntar. Ella los chupó con hambre, pasándose la lengua entre ellos, chupando cada rincón, cerrando los ojos mientras saboreaba. Hizo un ruido húmedo, obsceno.
—Mmm… —hizo, cuando los saqué, chupándose los labios—. A ellos. Huelen y saben a ellos. Sobre todo el tatuado, que tenía la polla más fuerte y un gusto como a puta callejera. El rizado estaba un poco dulce, como a caramelo. El alto picaba un poco, como a especias. Y el de las gafas… el de las gafas sabía a poco, a leche aguada, pero se notaban las ganas. Las ganas de un puto virgen.
—No me dio tiempo a catar tanto —bromeé—. Iba conduciendo.
Ella se rió y luego suspiró, apoyando la frente en la ventanilla. El vaho empañó el cristal.
—Lo mejor de todo —dijo en voz baja, casi un susurro— no fue cuando se corrieron. Fue después. Cuando me quedé ahí, de rodillas, con las piernas abiertas, sintiendo cómo se me escapaba y viéndolos a todos alrededor con las pollas aún tiesas, mirándome como si fuera un puto trofeo. El tatuado con los brazos cruzados y una sonrisa de asesino. El alto mordiéndose el labio y masturbándose despacio. El rizado tocándose él mismo otra vez mientras me miraba el culo. Y el de las gafas sin saber dónde mirar, con la polla goteando en la arena. Me sentí… no sé. Como una diosa, pero guarra. Una diosa guarra. La reina de las pollas. La puta ama.
Arranqué el coche por fin. Ella seguía con las piernas abiertas, sin molestarse en bajarse la falda, con un dedo metido entre las piernas de vez en cuando.
—Cuando lleguemos a casa —dijo, mientras salíamos del aparcamiento, con la voz ronca y los ojos brillantes—, quiero que me folles tú también. Pero no me limpies antes. Quiero que me folles así, con lo de ellos todavía dentro. Quiero que te corras dentro y que se mezcle todo. Quiero que me partas el coño otra vez. Y quiero que me digas guarradas mientras lo haces. De esas que te gustan a ti. Las más sucias que se te ocurran.
—Hecho —contesté, con la polla ya dolorosa.
Y conduje toda la carretera de vuelta con una mano en el volante y la otra en su muslo, sintiendo cómo se le escurría poco a poco y empapaba el asiento del coche. Dejó un charco en la tapicería.
Ella, mientras tanto, iba cantando bajito una canción de la radio, con los dedos metidos entre las piernas de vez en cuando, saboreándose a sí misma y a ellos, y sacándose los dedos para chuparlos con un ruido obsceno.
—Esta noche ha sido de las buenas —dijo, cuando ya casi llegábamos, con la cabeza apoyada en la ventanilla.
—¿La mejor? —pregunté, con la voz ronca.
—No sé todavía —respondió, sonriendo con los dientes manchados de blanco—. Pero va camino. Necesito repetir para comparar. Por la ciencia. Y la próxima vez, que sean cinco.
Aparcamos en casa. Antes de bajar, se bajó la falda, se limpió los muslos con la mano y se chupó los dedos otra vez, lentamente, con los ojos cerrados.
—Por si se me olvida el sabor —dijo—. Pero no creo. Me va a durar en la boca hasta mañana. Y en el coño hasta la semana que viene.
—¿Y en el coño? —pregunté, con una mano en su pierna.
—Eso ya es cosa tuya —respondió, abriendo la puerta—. Vamos, que tengo hambre. Pero no de comida.
Y subimos a casa ... esto ha sido retocado porque fue hace dos años y mi memoria no estan buena XD
Llegamos sobre las once. Aparcamos lejos, para no llamar la atención. Ella se puso la falda —corta, muy corta, casi un cinturón— y una blusa de tirantes que se le transparentaba con la humedad. Nada de bragas debajo. Eso ya lo hablamos en casa. «Por si surge», dijo ella con esa sonrisa de lobo. Y había surgido.
Empezamos a caminar por la arena dura, cerca de las rocas. Ella iba agarrada de mi brazo, con esa sonrisilla que pone cuando sabe lo que viene. El mar sonaba de fondo, y a lo lejos se veían las luces de otro coche aparcado en la zona de los merenderos.
No tardaron en aparecer los primeros. Salieron de entre las sombras, como si llevaran tiempo esperando. Primero dos, luego tres, finalmente cuatro. Todos jóvenes, entre veintitantos y treinta y pocos. Vaqueros, camisetas oscuras, algunos con latas de cerveza en la mano.
El primero en hablar fue el más alto, moreno, acento del sur. Se quedó mirándola un par de segundos, de arriba abajo, como si la estuviera desnudando con los ojos, y luego me miró a mí.
—Buena noche para pasear, ¿eh? —dijo, con media sonrisa de las que no preguntan, avisan.
—Sí, está fresquita —contesté, devolviéndole la sonrisa.
El tío no apartaba la vista de ella. Se acercó un paso más, invadiendo su espacio.
—¿Sois de la zona o solo de paso?
—De la zona —dijo ella, soltándome el brazo y cruzándose los brazos por debajo del pecho, lo que hacía que se le marcaran más las tetas—. Pero aquí venimos poco.
—Pues deberíais venir más —intervino otro, el más joven, pelo rizado y cara de bueno, pero con una mirada que no era tan buena—. Las noches tranquilas son las mejores para hacer cosas tranquilas. O no tan tranquilas.
El tercer chico, con gafas de pasta y aspecto de no pegarse un tiro, se quedó un poco más atrás, pero no dejaba de mirarla. Se mordía el labio y se cambiaba el peso de una pierna a otra, con una mano en el bolsillo moviendo algo. Ella lo notó y le guiñó un ojo. El chico se puso rojo hasta las orejas pero no apartó la mirada.
El cuarto era un tío grande, con barba cerrada y tatuajes en los antebrazos, un cuello grueso como un toro. No dijo nada al principio. Solo la miró, arqueó una ceja y luego me miró a mí. Asentí casi sin querer, y él esbozó una sonrisa de lobo que enseñaba los dientes.
—¿Vais a quedaros un rato o solo miráis el mar? —preguntó el alto, con la voz más grave ahora.
—Depende de lo que haya que mirar —respondió ella, provocando, moviendo la cadera.
El tatuado dio un paso al frente, casi pegándose a ella.
—Pues mira, guapa, nosotros venimos a lo mismo casi siempre. Unas risas, unos tragos… y si hay suerte, follarnos a alguna zorra que se ponga a tiro.
—¿Algo más como qué? —preguntó ella, haciéndose la tonta, pero con la respiración ya más rápida.
El alto se rió, un sonido seco.
—Como lo que se tercie. No somos de mucho hablar. Somos de hacer.
El rizado se acercó un poco más y rozó la falda de ella con los dedos, como por accidente, pero luego agarró el dobladillo y lo levantó un par de centímetros.
—Perdona —dijo, pero sin apartar la mano, subiéndolo un poco más.
Ella no se apartó.
—No pasa nada.
El tatuado se puso a su izquierda y el alto a su derecha, encerrándola. Ella seguía con los brazos cruzados, pero había abierto un poco las piernas, solo un par de centímetros. El de las gafas, desde atrás, suspiró en voz alta y se bajó un poco la cremallera para rascarse, pero todos vieron que no era para rascarse.
—Oye, que te he visto mirando —le dijo el alto a ella, bajando la voz a un susurro ronco—. Y a tu chico también. ¿Esto es cosa de los dos o solo fantasía tuya?
—Es cosa de los dos —dije yo, claro y firme—. Ella decide qué, cómo y cuándo. Yo solo miro y disfruto. Pero si alguien se pasa, se entera.
El tatuado asintió, como si eso le diera permiso pero también un límite.
—Me gusta que haya reglas claras —dijo—. Entonces, guapa, ¿tú qué quieres?
Ella se quedó callada un momento, mirándolos a todos. Luego sonrió, una sonrisa que no era bonita, era hambrienta.
—De momento, quiero que me toquéis. Pero no por encima de la ropa. Y quiero que me lo pidáis bien. Como los guarros que sois.
El alto no esperó ni un segundo. Metió la mano por debajo de la falda, directo a la entrepierna, sin caricias, directo a los labios.
—Hostia… —murmuró al notar que no había bragas—. Pero si vas sin nada, putita. ¿Tan zorra eres?
—¿Y qué? —respondió ella, abriendo un poco más las piernas—. ¿Te molesta, maricón?
—Al contrario, me pone como una moto de cross —dijo él, mientras le metía dos dedos de golpe, sin lubricación previa porque no la necesitaba—. Estás chorreando, zorra. Hueles a coño desde que has llegado.
El rizado se puso de rodillas detrás de ella y le levantó la falda por detrás, dejándole el culo al aire. Le dio una palmada seca que sonó en toda la playa.
—Madre mía, qué culo más bueno tiene esta perra. Parece de anuncio de pollas.
El de las gafas, al fin, se atrevió a acercarse por el otro lado. Metió la mano temblorosa por delante, rozó el coño de ella y ella agarró su muñeca y se la metió ella sola entre las piernas, hasta los nudillos.
—Así, no seas nenaza —le susurró al oído—. Que no muerdo. Bueno, sí, pero si me lo pides bien, te la chupo entera.
El tatuado se quedó mirando la escena, con los brazos cruzados, pero se notaba la polla marcándole el braguetazo.
—Está empapada ya —dijo el alto, sacando dos dedos mojados y chupándoselos con un ruido obsceno—. ¿Has visto esto, colega? Parece una fuente. Y huele a perra en celo.
El rizado, desde atrás, ya le había metido tres dedos por detrás, sin preguntar, y ella gimió fuerte, sin disimular.
—Qué bien aprieta el culo, joder… —susurró él—. Las paredes se le mueven solas. Esto va a ser un regalo.
El alto seguía acariciándole el coño por delante, pero ya no eran caricias, eran tirones de labios, pellizcos en el clítoris.
—Dime, puta, ¿quieres que te follemos aquí mismo como la zorra que eres? Porque si es que sí, dilo ya de una vez, que no vamos a estar toda la noche con los dedos. Queremos polla, y la queremos dentro de ti.
El tatuado se puso delante de ella, le agarró la barbilla con una mano y la obligó a mirarlo a los ojos. Tenía los dedos ásperos, callosos.
—Mírame. ¿Quieres polla o no? Porque yo no he venido a jugar a los médicos. Yo he venido a follar, y a follar como un animal. Te voy a dejar las piernas abiertas tres días.
Ella sonrió, con la mano del de las gafas aún metida dentro, los dedos del alto en su coño y los del rizado en el culo. Tenía la mirada vidriosa.
—Pues claro que quiero, pedazo de imbécil —respondió, con la voz rota pero desafiante—. Pero quiero que me llenéis bien. Dentro. Hasta que rebose. Y que no se os olvide quién manda aquí. Mando yo.
El alto silbó, impresionado.
—Con una orden así no se juega, cariño. Vas a acabar más llena que una gasolinera en hora punta. Vamos a hacerte una polla móvil.
El rizado se levantó de detrás y empezó a bajarse la cremallera de una patada. Ya tenía la polla fuera, tiesa, con una gota en la punta.
—Pues entonces, ¿empezamos o qué? Porque yo ya estoy que me salgo, y si no me la metes en algún sitio voy a reventar.
El tatuado soltó la barbilla de ella y empezó a desabrocharse el pantalón con una mano mientras con la otra la empujaba hacia la roca.
—Tú ponte en cuatro, perra, que yo voy primero. Y quiero que grites bien fuerte, que se entere el pescado y las putas de la otra playa.
Ella me miró un segundo. Asentí, con el pulso acelerado. Se quitó la blusa del tirón, dejó las tetas al aire, los pezones ya duros como canicas, y se agachó apoyando las manos en una roca lisa, en cuatro patas sobre la toalla que habíamos extendido sin darnos cuenta. Abrió bien las piernas, arqueó la espalda, ofreciéndose como un animal.
El de las gafas, aún con los dedos mojados, se los llevó a la nariz y luego a la boca, chupándolos como si fuera su última comida.
—Huele que alimenta, joder —dijo, y los demás se rieron como hienas.
—Voy a necesitar una foto de esto para el recuerdo —dijo el alto, sacando el móvil.
—Nada de fotos —corté yo, firme, con una piedra en la mano por si acaso.
—Tranqui, era broma —respondió, pero no sonrió—. Pero lo que me pide el cuerpo es grabar el audio y ponérmelo como despertador.
El tatuado se puso detrás de ella. No le dio tiempo ni a respirar. Agarró su cadera con una mano, con la otra se guió la polla —gruesa, venosa, con la cabeza morada— y se la metió entera de un empujón seco, sin miramientos, hasta los cojones. El cuerpo de ella se tensó entero y soltó un grito ronco que se mezcló con el ruido de las olas.
—¡Joder, así, así, así! —gritó—. Rompeme el coño, cabrón.
—¿Te gusta, guarra? —dijo él, dándole fuerte, sin compasión, con cada embestida haciendo que ella se moviese hacia adelante—. ¿Te gusta sentir una polla de verdad? Porque las de los novios son para los días de diario, las nuestras son para las noches como esta. Para partirte por la mitad.
—Me encanta, me encanta —gemía ella, con la boca abierta, babeando casi—. Más fuerte, más fuerte, que me voy a venir.
—No te vengas todavía, zorra —ordenó él, dándole una palmada en el culo que dejó la mano marcada en rojo—. Te vienes cuando yo diga, ¿entendido, puta? Si te vienes sin mi permiso, te parto las nalgas a hostias.
—Entendido —respondió ella, mordiéndose el labio hasta casi sangrar.
El tatuado la folló sin piedad durante varios minutos. Cada embestida era un martillazo. El sonido de las caderas chocando contra el culo de ella era seco, obsceno, acompañado de los gemidos ahogados de ella y los gruñidos de él. El rizado, que estaba delante, le metió la polla en la boca sin avisar.
—Chúpamela, perra —le dijo el rizado—. Chúpamela bien, como si te fuera la vida en ello. Y trágatela toda.
Ella obedeció, con la mirada perdida, con la polla del tatuado dentro del coño y la del rizado en la garganta. El alto se puso a un lado, se sacó la polla y empezó a masturbarse lentamente, mirándola a los ojos.
—Mira qué bien se lo monta la putita —dijo el alto—. Parece que haya nacido para esto.
El de las gafas se quedó detrás del tatuado, esperando su turno, tocándose sin parar y gimiendo bajito.
—Cuando termines tú… —empezó a decir.
—Cállate —le cortó el tatuado—. Ahora follo yo.
El tatuado, al fin, empezó a acelerar. La agarró del pelo, tirándole hacia atrás, y le susurró al oído con la voz rota:
—Me corro, perra. ¿Dónde lo quieres? ¿En la boca o en el coño?
—Dentro, dentro, he dicho dentro —respondió ella, casi sin aire, con la polla del rizado aún en la boca—. Llename el coño de leche, hijo de puta.
El tatuado se corrió con un gemido ronco, empujando hasta el fondo y quedándose dentro varios segundos, moviendo las caderas en círculos para que no se escapara nada.
—Toma, puta. Ahí llevas mi leche. Que te dure hasta que te la folle otro.
Se apartó de golpe, y ella se quedó temblando, con una gota blanca asomando entre los labios del coño, resbalando por el muslo.
—Qué bonito —dijo el alto—. Parece un cuadro de esos de museo, pero guarro. Un puto Goya versión porno.
El de las gafas, que estaba tan nervioso que casi no podía metérsela, se puso detrás de ella. Tenía la polla tiesa pero temblaba entero, las manos le sudaban.
—Tranquilo, nenaza —le dijo ella, sin dejar de estar en cuatro patas, con el coño abierto y chorreando—. Métemela despacio. O rápido. Pero métemela de una puta vez.
Él tragó saliva y empujó. Cuando entró, soltó un gemido agudo como si le hubieran quitado un peso de encima.
—Madre mía… qué caliente está por dentro, joder —murmuró—. Parece un horno. Y aprieta un montón. Es como una puta mano cerrada.
—Pues date prisa, que no te voy a esperar toda la noche —le soltó el alto desde atrás, todavía masturbándose—. Que luego quiero yo, y luego el rizado otra vez si le da la gana.
El de las gafas empezó a moverse, al principio con timidez, luego con más confianza, agarrándole las caderas con fuerza.
—¿Así está bien? —preguntó, casi suplicando.
—Así está perfecto, imbécil —respondió ella—. Pero si quieres, puedes darme un par de nalgadas. Me gusta que me den fuerte. Que me duela.
El chico obedeció. Le dio dos palmadas secas, fuertes, que hicieron que ella gimiera más fuerte y que el tatuado, desde la toalla, soltara una carcajada.
—Así me gusta —dijo ella—. Ya estás aprendiendo, nenaza. A ver si la próxima vez dejas las gafas en el coche y te creces.
Él duró poco. Menos de dos minutos. Se corrió dentro con un gemido agudo y se quedó quieto, apoyado en ella, con la polla dentro temblando.
—Perdona… no he podido aguantar más. Es que aprietas demasiado.
—No pasa nada, cariño —dijo ella, acariciándole la mano con desprecio—. La primera vez nunca se olvida. La tuya, quiero decir. Porque la mía ya no sé ni cuál fue.
El tatuado, que ya estaba vestido, se rió fuerte.
—La primera vez dice. Él ya ha tenido más de cien. Pero ninguna así, ¿verdad, colega? Ninguna zorra de cuatro tíos en una playa.
El de las gafas negó con la cabeza, sonrojado, y se apartó. La polla se le había quedado medio tiesa y chorreaba sobre la arena.
El alto no esperó a que el de las gafas se apartara del todo. Lo empujó con el hombro y ocupó su lugar, escupiendo en su propia mano para lubricarse aunque ella ya estaba empapada.
—Ahora vas a ver lo que es bueno, putita —dijo, agarrándole las caderas con fuerza, los dedos clavándose en la piel—. Vas a llorar, pero no vas a pedir que pare.
Se la metió sin miramientos, de golpe, y ella soltó un gemido largo y agudo.
—¡Joder, qué grande la tienes, cabrón! —gritó, con la cara contra la roca.
—Ya lo sabes —respondió él—. Por eso me llaman el toro. Pero no te preocupes, que si lloras no paramos. Si lloras más fuerte, mejor.
Él la follaba con ritmo, pero no era un ritmo amable. Era un ritmo de maquinaria: constante, duro, implacable. Alternaba embestidas largas con movimientos circulares, y de vez en cuando se paraba con la polla dentro hasta el fondo, moviendo las caderas para que sintiera cada centímetro.
—¿Te gusta, perra? —preguntaba cada poco—. ¿Te gusta cómo te folla un hombre de verdad?
—Sí —gemía ella—. Sí, sí, sí. No pares, no pares.
—Dime que eres mi puta —le ordenó él, dándole un tirón del pelo.
—Soy tu puta —respondió ella, sin dudar.
—¿La puta de quién?
—Tu puta. La puta de todos vosotros. La puta de la playa.
El alto se rió y le dio una palmada en el culo, luego otra, luego otra, hasta que se le enrojeció toda la nalga.
—Buena chica. Toma premio.
Y se corrió dentro sin avisar, con un gruñido bestial. Se quedó unos segundos, empujando despacio, y luego se apartó de golpe, viendo cómo su leche se mezclaba con la de los otros y empezaba a resbalar por los muslos de ella.
—Ahí tienes otro poco, princesa. Llevas más leche que una vaca en ordeño.
El rizado, que estaba esperando con la polla en la mano, le contestó:
—Déjala descansar un momento, coño. Que no es de goma. Aunque parece que aguanta como una campeona.
—Ya descansará cuando nos vayamos —dijo el alto, limpiándose la polla en la falda de ella—. Ahora le toca a ella seguir. O a ti, si te atreves.
El rizado fue el último, pero también el más insistente. Se puso detrás de ella, le acarició la espalda con violencia y le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo:
—Tranquila, perra, que ya casi terminamos. Un último esfuerzo. Aprieta bien, que quiero notar los cojones.
—No quiero que terminéis —respondió ella, con la voz rota, casi llorando de placer—. Quiero que me folléis toda la noche. Que me dejéis seca.
—Eso no puede ser, putita —dijo él riéndose, con una risa mala—. Pero te prometo que esto no se olvida. Te vamos a dejar marcada para siempre.
Se la metió despacio, con suavidad al principio, pero pronto empezó a acelerar. Ella cerró los ojos y se dejó llevar, la boca abierta, la lengua fuera.
—Así… así está bien —susurró.
Él empezó a moverse rápido, muy rápido, agarrándola del cuello por detrás sin apretar del todo, solo para que sintiera la mano.
—Estás increíblemente apretada, joder —dijo—. Parece que no hubieras follado en un mes. O que acabaras de follar con tres bestias.
—Las dos cosas —respondió ella, riéndose entre gemidos, con la cara apoyada en la roca.
El rizado se reía también, pero no paraba de follar. Cada vez más fuerte, más hondo.
—Oye, puta, ¿y si te corro dentro y luego te quedas así, caminando con todo eso dentro hasta el coche? ¿Te gusta esa idea, zorra?
—Me encanta, imbécil —respondió ella—. Quiero notarlo bajando por mis piernas mientras me voy. Quiero que se me escurra hasta los pies.
—Pues toma, puta —dijo él, acelerando como una máquina—. Toma, toma, toma, toma.
Y se corrió con un gemido contenido pero bestial, empujando hasta el fondo y quedándose dentro un buen rato, moviendo las caderas en círculos.
—Ahora sí —dijo al salir, viendo cómo un chorro blanco espeso caía de ella—. Ahora ya puedes irte, perra. Pero no te laves. Queremos que huelas a nosotros mañana.
Ella se quedó un momento de rodillas, con las piernas temblando como flanes y la mirada completamente perdida. Tenía el coño abierto, rojo, hinchado, chorreando un hilo blanco y espeso que caía sobre la toalla y la arena. La falda hecha un asco, las tetas marcadas con mordiscos y chupetones.
El tatuado le dio una palmada en el culo que sonó como un látigo.
—Eres una artista, perra. Apúntame para la secuela. Y la tercera. Y la cuarta.
El alto se despidió con un guiño, mientras se subía la cremallera.
—Cuando queráis, ya sabéis dónde encontrarnos. Y si no, ya sabéis dónde aparcar. Pero la próxima vez traed una nevera con bebidas, que follar da sed.
El rizado, mientras se limpiaba la polla con la camiseta de ella sin preguntar, soltó:
—Ojalá todas las noches fueran así, joder. Buen trabajo, equipo. Esta zorra se merece un monumento.
El de las gafas se acercó a ella antes de irse, tímido otra vez.
—Oye, que… ha sido increíble. De verdad. Nunca había hecho algo así. Gracias, de corazón.
Ella le sonrió, todavía con el coño goteando y las piernas abiertas.
—Pues ya sabes, nenaza. La primera vez nunca se olvida. Y si quieres repetir, ya sabes dónde encontrarnos. Pero la próxima vez intenta durar más de dos minutos, anda.
El tatuado, ya alejándose, gritó por encima del hombro:
—¡Cuida ese coño, que es patrimonio nacional! ¡Y no te lo laves en una semana!
Todos se rieron como animales. Ella también, con una risa rota, agotada. Y se fueron entre las sombras, dejándonos solos en la playa con el olor a sexo y a mar.
Llegamos al coche con ella chorreando, yo con una erección que no se me bajaba, y los dos sabiendo que esa noche no iba a ser la única.
Abrí la puerta del copiloto y se sentó despacio, con cuidado, como si cada movimiento pudiera hacer que se le derramara algo más. La falda estaba manchada por delante y por detrás, pegada a los muslos. Tenía arena en las rodillas y un mordisco en el hombro. Ella no se había molestado en arreglarse ni un poco.
—Joder, qué bien sienta el asiento del coche, joder —dijo, apoyando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos—. Estoy que no puedo ni andar. Tengo las piernas como flanes. Y el coño como si me hubieran pasado por encima con una apisonadora.
Yo me subí al conductor, pero no arranqué. Apoyé la mano en su muslo desnudo, justo donde terminaba la falda. La piel estaba caliente, húmeda, pegajosa.
—¿Estás bien? —le pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Estoy de puta madre —respondió sin abrir los ojos—. Pero aún lo siento dentro. Cada vez que me muevo, noto cómo se escurre. Es una sensación… no sé, como si tuviera un horno ahí abajo. Y con gratinado incluido. Y cuatro pollas de recuerdo.
Sonreí y empecé a subirle la falda poco a poco. Ella no se opuso. Al contrario, levantó un poco la cadera para ayudarme, y gimió cuando la tela rozó su coño hinchado.
—Enséñame —le dije.
Abrió las piernas sin vergüenza, de par en par, apoyando un pie en el salpicadero. La luz de la farola entraba por el parabrisas apenas, pero se veía suficiente. Su coño estaba rojo, morado casi, hinchado como una fruta podrida, y entre los labios brillaba un hilo blanco que empezaba a resbalar hacia el asiento. Tenía marcas de dedos en las caderas.
—Mira qué desastre, mamá —dijo ella, riéndose bajito con una risa sucia—. Voy a tener que limpiar el coche mañana con lejía. O dejar que se seque y que huela a sexo para siempre. Me gusta más la segunda opción.
No contesté. Metí dos dedos despacio, con cuidado. Estaba caliente por dentro, resbaladiza como aceite, y se notaba perfectamente la mezcla: sus jugos y la leche de los cuatro tíos. Entraban y salían sin resistencia. Ella gimió cuando entraron, no por placer ya, sino por la sensación de ser tocada después de todo eso, cuando ya estaba sensible.
—¿Notas la diferencia? —preguntó ella, con la voz entrecortada—. Antes de venirme estaba más apretada. Ahora estoy toda blanda. Como si me hubieran molido a pollas. Como una masa de pan. O un puto colchón.
Saqué los dedos lentamente. Estaban cubiertos de un blanco grisáceo, casi líquido, con un olor fuerte que llenó el habitáculo en un segundo. Olor a coño, a leche, a sudor, a sexo puro. Ella lo olió también y sonrió con los dientes.
—Huele a gloria, joder —dijo—. Huele a ellos. A toro, a nervios, a timidez y a descaro. Cada uno tenía su olor. El tatuado olía a cuero y a cerveza. El alto olía a tabaco y a polla sucia. El rizado olía a gel de ducha barato. Y el de las gafas… el de las gafas olía a miedo, pero a miedo bueno.
Me llevé los dedos a la boca y los chupé despacio, saboreando cada gota. El sabor era intenso: ácido de ella, salado y amargo de ellos, todo mezclado en una pasta espesa. Ella me miró con los ojos entrecerrados, la lengua pasándose por los labios.
—¿Y qué tal? —preguntó, con la voz ronca.
—A puta madre —respondí—. Prueba tú, zorra.
Metí los mismos dos dedos en su boca sin preguntar. Ella los chupó con hambre, pasándose la lengua entre ellos, chupando cada rincón, cerrando los ojos mientras saboreaba. Hizo un ruido húmedo, obsceno.
—Mmm… —hizo, cuando los saqué, chupándose los labios—. A ellos. Huelen y saben a ellos. Sobre todo el tatuado, que tenía la polla más fuerte y un gusto como a puta callejera. El rizado estaba un poco dulce, como a caramelo. El alto picaba un poco, como a especias. Y el de las gafas… el de las gafas sabía a poco, a leche aguada, pero se notaban las ganas. Las ganas de un puto virgen.
—No me dio tiempo a catar tanto —bromeé—. Iba conduciendo.
Ella se rió y luego suspiró, apoyando la frente en la ventanilla. El vaho empañó el cristal.
—Lo mejor de todo —dijo en voz baja, casi un susurro— no fue cuando se corrieron. Fue después. Cuando me quedé ahí, de rodillas, con las piernas abiertas, sintiendo cómo se me escapaba y viéndolos a todos alrededor con las pollas aún tiesas, mirándome como si fuera un puto trofeo. El tatuado con los brazos cruzados y una sonrisa de asesino. El alto mordiéndose el labio y masturbándose despacio. El rizado tocándose él mismo otra vez mientras me miraba el culo. Y el de las gafas sin saber dónde mirar, con la polla goteando en la arena. Me sentí… no sé. Como una diosa, pero guarra. Una diosa guarra. La reina de las pollas. La puta ama.
Arranqué el coche por fin. Ella seguía con las piernas abiertas, sin molestarse en bajarse la falda, con un dedo metido entre las piernas de vez en cuando.
—Cuando lleguemos a casa —dijo, mientras salíamos del aparcamiento, con la voz ronca y los ojos brillantes—, quiero que me folles tú también. Pero no me limpies antes. Quiero que me folles así, con lo de ellos todavía dentro. Quiero que te corras dentro y que se mezcle todo. Quiero que me partas el coño otra vez. Y quiero que me digas guarradas mientras lo haces. De esas que te gustan a ti. Las más sucias que se te ocurran.
—Hecho —contesté, con la polla ya dolorosa.
Y conduje toda la carretera de vuelta con una mano en el volante y la otra en su muslo, sintiendo cómo se le escurría poco a poco y empapaba el asiento del coche. Dejó un charco en la tapicería.
Ella, mientras tanto, iba cantando bajito una canción de la radio, con los dedos metidos entre las piernas de vez en cuando, saboreándose a sí misma y a ellos, y sacándose los dedos para chuparlos con un ruido obsceno.
—Esta noche ha sido de las buenas —dijo, cuando ya casi llegábamos, con la cabeza apoyada en la ventanilla.
—¿La mejor? —pregunté, con la voz ronca.
—No sé todavía —respondió, sonriendo con los dientes manchados de blanco—. Pero va camino. Necesito repetir para comparar. Por la ciencia. Y la próxima vez, que sean cinco.
Aparcamos en casa. Antes de bajar, se bajó la falda, se limpió los muslos con la mano y se chupó los dedos otra vez, lentamente, con los ojos cerrados.
—Por si se me olvida el sabor —dijo—. Pero no creo. Me va a durar en la boca hasta mañana. Y en el coño hasta la semana que viene.
—¿Y en el coño? —pregunté, con una mano en su pierna.
—Eso ya es cosa tuya —respondió, abriendo la puerta—. Vamos, que tengo hambre. Pero no de comida.
Y subimos a casa ... esto ha sido retocado porque fue hace dos años y mi memoria no estan buena XD