Efectos Secundarios

Uf! Duelo al sol en el desierto de Nazca entre Raquel y Laia.
Miedo me da lo que nos has adelantado.
No no... no es eso. :ROFLMAO: Aunque no descarto que Raquel contraataque. Me gustaría ver a Nico mientras dos lobas se lo disputan, jajaja.
Lo que veremos en el próximo capítulo, que subiré en nada, no tiene que ver con el amor.
Digamos que es algo mas... ABOMINABLE! jajajaja
 
Capítulo 48. Cadmio - La E(Cd)isis de Raquel

El Cadmino (Cd) ocupa el cuadragésimo octavo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del cadmio con el concepto de la ecdisis - entendida no como la transformación de una oruga en el vuelo grácil de una mariposa, sino como el desgarro violento de la piel vieja para que emerja un caparazón de guerra -, obtenemos el retrato de una protección tóxica. El cadmio es el elemento de la barrera implacable: un metal que se sacrifica para detener la corrosión, pero que envenena todo lo que toca con tal de que el núcleo que protege permanezca inviolable.

La Ecdisis según el Cadmio: El Blindaje del Sacrificio Venenoso

1. El Revestimiento de Supervivencia (Galvanoplastia Extrema)

El cadmio se utiliza para recubrir piezas de aviones y submarinos que operan en los ambientes más hostiles. Es un escudo que no se agrieta ni se despega, incluso bajo la presión de un océano de ácido o sal. Quien protege a los suyos a cualquier precio pasa por una ecdisis de cadmio. Deja atrás la piel blanda de la empatía para "bañarse" en una capa metálica y fría. No es una transformación hermosa; es una decisión técnica. Te conviertes en el blindaje de tu familia, aceptando que tu nueva superficie sea dura, gris y extraña, con tal de que la tempestad del mundo resbale sobre ti.

2. El Veneno que se Acumula (Bioacumulación Prolongada)
A diferencia de otros elementos, el cadmio entra en el organismo y se queda allí durante décadas, acumulándose silenciosamente en los órganos vitales. Es casi imposible de expulsar una vez que ha entrado. Proteger a los tuyos "a cualquier precio" tiene un coste biológico: el veneno de las acciones que debes realizar se acumula en tu alma. Cada mentira, cada acto de violencia o cada sombra que aceptas para salvar a los tuyos es un átomo de cadmio que se queda en tu sistema. La ecdisis te da un caparazón más fuerte, pero te condena a cargar con la toxicidad de lo que has hecho para mantener el refugio a salvo.

3. El Control de la Reacción (Barras de Control Nuclear)
El cadmio tiene una capacidad asombrosa para absorber neutrones. Se usa en los reactores nucleares para detener la reacción en cadena y evitar que el núcleo explote. El protector es el "moderador" del caos. En mitad de la crisis, tu ecdisis te convierte en una barra de cadmio: absorbes toda la energía destructiva, todo el odio y toda la presión para que tu hogar no salte por los aires. Te interpones entre el peligro y los tuyos, dejando que el flujo letal te golpee a ti, deteniendo el desastre con tu propio cuerpo transformado.

4. La Fragilidad Oculta (Enfermedad de Itai-Itai)
El cadmio sustituye al calcio en los huesos, volviéndolos increíblemente quebradizos al mismo tiempo que endurece la superficie. El cuerpo grita de dolor ante la rigidez impuesta. Esta metamorfosis es dolorosa. Al dejar de ser humano para ser un guardia, tus "huesos" morales se vuelven rígidos. La ecdisis de cadmio te da la fuerza para golpear, pero te quita la flexibilidad para sentir. Es el dolor de quien ha sustituido su ternura por una estructura de supervivencia; eres indestructible por fuera, pero por dentro cada movimiento de afecto te fractura.

5. El Amarillo que Advierte (Amarillo de Cadmio)
El pigmento de cadmio es de un amarillo vibrante y eterno, usado para señales de advertencia y peligro por su altísima visibilidad. Tu nueva piel es una advertencia. Tras la ecdisis, ya no te escondes; brillas con un color que dice "no te acerques". Tu protección no es discreta, es una señal de peligro para el mundo. El amarillo de tu voluntad advierte a cualquiera que intente dañar a los tuyos que bajo esa superficie hay un metal tóxico dispuesto a todo para prevalecer.

Conclusión: La ecdisis, vista a través del cadmio, es la geometría del blindaje terminal. Es el reconocimiento de que para salvar lo que amamos, a veces debemos dejar de ser orgánicos para volvernos minerales y peligrosos. Ser un protector bajo el símbolo del cadmio significa aceptar que tu nueva piel de guerrero te mantendrá a salvo del exterior, pero te envenenará por dentro, recordándote que el precio de la invulnerabilidad de los tuyos es tu propia e irreversible transformación.


- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Aunque después de lo ocurrido, ninguno lo admitiera en voz alta, lo hicieron: bajaron la guardia. Y sí, fue un error. No uno de aquellos que se pueden solucionar después. Aquí no había remiendo alguno… Fue un error del que no hay vuelta atrás.

Lo comprendieron más tarde, cuando las consecuencias dejaron de ser una posibilidad abstracta y se plantaron ante ellos con rostro y nombre. Pero en aquel instante nadie señaló a nadie. Nadie fue tan mezquino como para buscar un culpable. Porque no fue uno quien se permitió descansar. No fue una distracción aislada ni una imprudencia individual. Fue el grupo entero el que se dejó arrullar por la ilusión.

Incluso los hermanos Sorrentino, acostumbrados a existir en los márgenes, a vivir como sombras deslizándose entre hombres de carne y hueso. A no dormir jamás con ambos ojos cerrados. A comer rápido, hablar poco y marcharse antes de que el viento cambiara de dirección. Ellos, que habían hecho del recelo una segunda piel, también se permitieron creer.

Creer que aquella noche no pasaría nada.
Creer que estaban… seguros.

Seguros… ¡Ja! Qué palabra tan limpia. Tan fácil de pronunciar. Tan peligrosa…
Se desliza por la lengua con suavidad, como si no escondiera filo alguno. Promete calor. Promete reposo. Promete que el mundo, por unas horas, dejará de intentar morderte.

Seguros… como una manta sobre los hombros, como una taza de té humeante entre las manos frías. Como un fuego crepitando mientras afuera el viento azota sin poder entrar. Como una cama mullida en la que, por fin, uno puede permitirse soñar sin sobresaltos.

Se lo repitieron sin decirlo. Cada cual en silencio. Se dejaron convencer por la calma del albergue, por el olor a madera vieja y sopa casera, por el murmullo lejano de conversaciones triviales en el porche. Por la risa forzada que acabó volviéndose real. Pero entendieron demasiado tarde que la seguridad no era un estado, ya no. Ahora era una tregua frágil. Un espejismo.

No fue el destino quien les arrebató esa ilusión. No fue un giro caprichoso del azar. Fue la realidad, paciente, recordándoles que su mundo ya no funcionaba como el de antes. Aquella noche comprendieron algo que ninguno se atrevió a formular en voz alta: la seguridad ya no era un derecho ni una promesa cálida al caer el sol. Era un lujo. Y uno que, desde ese momento, supieron que no podían permitirse.

Nadie culpó a nadie, pero sí… se relajaron.
Y el enemigo, por supuesto, aprovechó la oportunidad.

Quien te quiere muerto, quien desea verte caer de rodillas y escupir sobre tu frio cadáver, jamás te atacará de frente.
Eso, desgraciadamente, quedó atrás.

El honor murió hace demasiado tiempo. Nadie recuerda ya dónde lo enterraron. Las guerras dejaron de librarse con dos ejércitos mirándose a los ojos al amanecer. No hay estandartes ondeando bajo el sol con orgullo, ni discursos inflamados que hagan temblar el aire antes de la carga. No hay botas golpeando la tierra al unísono, ni acero chocando contra acero en un estruendo glorioso. Eso, lastimosamente, era antes.

Ahora, la guerra no huele a sudor ni a hierro caliente. Huele a plástico quemado y a circuitos sobrecalentados. Se ejecuta desde una habitación silenciosa, a miles de kilómetros. Un dedo apoyado en un botón. Un “clic" casi inaudible. Y después, en otro punto del mundo, el cielo se abre y escupe fuego. Una bomba cae. Una ciudad deja de existir.

Sin advertencia. Sin rostro. Sin posibilidad de mirar a los ojos al verdugo.
Y por supuesto, sus enemigos no iban a ser distintos.

No llamarían a la puerta para retar a un duelo bajo la luna. No ofrecerían una negociación tensa antes de desenvainar. No concederían la cortesía de una última palabra. Atacarían cuando el pulso estuviera lento y la respiración profunda. Cuando el cuerpo, agotado, se rindiera al sueño creyéndose a salvo. Se moverían sin ruido, fundidos con la noche, respirando despacio. Un paso, luego otro. La madera que no cruje. La sombra que no delata. Y luego, el frío. El filo deslizándose por la piel con la delicadeza de una caricia. Un cuchillo rozando el cuello mientras la mente aún flota entre sueños. Un susurro oscuro antes de que llegue el dolor.

Eran Profesionales. Eran Mercenarios.

No buscaban gloria. No ansiaban un canto épico que pronunciara sus nombres ni un banquete eterno en el Valhalla. No querían estatuas ni poemas. Querían transferencias bancarias. Querían contratos cumplidos. Querían dinero manchado de sangre.

Hombres sin bandera, sin causa, sin más dios que la cifra acordada.

Sucios. Traicioneros… ¡Cobardes!
Y lo peor de todo era eso: que no necesitaban ser valientes para matar.

El albergue “Los Capdevila” respiraba paz. Una paz limpia, de esas que no necesitan imponerse porque nacen solas, como la luz suave que se cuela por una ventana al amanecer. Saray canturreaba en la cocina una vieja canción que aprendió de niña, moviéndose entre fogones con la naturalidad de quien ha repetido esos gestos millones de veces. Dejaba preparado el pan, revisaba la cafetera, alineaba las tazas con esmero. Quería que, al despertar, aquellos chicos encontraran algo más que desayuno: quería ofrecerles cuidado.

Trabajaba con dedicación, sin ruido, sin alardes. Así se lo enseñaron sus padres. “Manos callosas, manos honrosas.” Y las suyas lo eran. Aquella era su vida. Aquel era su hogar. Las paredes encaladas, el olor a madera vieja, el suelo que crujía en invierno. No era un negocio próspero; la cuenta bancaria temblaba cada fin de mes como una hoja expuesta al viento. Pero su felicidad no dependía de cifras. Dependía de algo más sencillo y más profundo.

Le gustaban los viajeros. Hablar con ellos. Escuchar acentos distintos, historias que venían de lejos. Preguntar por caminos, por ciudades, por amores y despedidas. Sabía que casi nunca los volvería a ver. Que serían rostros fugaces en la memoria. Pero durante una noche compartían techo, y eso, para Saray, tenía un peso sagrado.

Compartir. Dar cobijo. Ser amable sin esperar nada a cambio. Creía con una convicción casi obstinada que el mundo debería funcionar así. Que la hospitalidad no era una cortesía, sino una forma de resistencia. Que abrir la puerta a otro ser humano, ofrecerle comida caliente y una cama limpia, era un acto pequeño y, al mismo tiempo, inmenso. Para ella, ahí estaba lo esencial. Porque pensaba - con esa fe tranquila que solo poseen los que han sufrido lo suficiente como para valorar lo simple - que si algo nos hacía verdaderamente humanos no era la fuerza ni la ambición. Era la capacidad de cuidar. Y esa noche, mientras todos dormían confiados, el albergue seguía respirando paz al ritmo suave de su esfuerzo.

Cuando lo tuvo todo preparado, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y se limpió las palmas en el delantal, dejando en la tela la huella honrada del trabajo. Luego sonrió, orgullosa, apoyando los brazos en las caderas y asintiendo para sí, satisfecha por la armonía sencilla de las cosas bien hechas. Miró su reloj, “Hora de plegar”, se dijo a sí misma. Y como le había dicho a Sofi, la máxima seguridad de aquel albergue era cerrar la puerta por la noche; nada más y nada menos. Una llave girando en la cerradura y la certeza humilde de haber cumplido.

Salió de la cocina, apagó la luz y el murmullo cálido de los fogones quedó atrás como un recuerdo reciente. Rodeó el mostrador y, antes de echar la llave, lanzó un último vistazo al exterior. Era su pequeño ritual, hubiera o no huéspedes, verano o invierno. No miraba por desconfianza, ni para asegurarse de que no acechara ningún peligro. Jamás lo había, no allí, perdida en mitad de la nada, donde el silencio era limpio y la noche respiraba despacio.

Cuando miraba afuera, lo hacía para contemplar el cielo abierto. Le gustaba el firmamento cuajado de estrellas, la luna poderosa suspendida en la oscuridad como un farol antiguo, el aire frío acariciándole el rostro y despejándole el alma. En aquella inmensidad encontraba algo parecido a la compañía.
  • Buenas noches, mi amor… - susurró con una sonrisa suave.
Le dio las buenas noches a su difunto marido como quien deja una vela encendida en la memoria, y con delicadeza cerró la puerta. El leve chasquido de la cerradura sonó definitivo y doméstico. Guardó las llaves en el bolsillo derecho del delantal, notando su peso familiar contra la cadera, y se giró.
  • ¡Ay, Dios mío! - gritó, dando un pequeño salto y llevándose la mano al corazón -. ¡Que susto me has dado! ¡No te había visto!
La luz era apenas un suspiro, una claridad moribunda que no alcanzaba a dibujar contornos precisos. Aun así, distinguió la figura de un hombre de pie frente a ella, a escasos metros. Inmóvil. Esperando. Saray, confiada por naturaleza, dio unos pasos hacia él sin perder del todo su sonrisa eterna, aunque esta vez le temblara apenas en las comisuras por el sobresalto.
  • ¿Necesitas algo, hijo? - preguntó con dulzura -. Iba a acostarme ya, pero si tienes hambre o sed puedo prepararte algo…
Por la altura y la complexión pensó que sería uno de los italianos. Quizá desvelado, quizá incómodo con el colchón. Pero cuando habló, Saray se detuvo en seco. No fue la voz lo que la inquietó, sino el tono: plano, sin aristas humanas, sin cortesía ni disculpa.
  • ¿Están aquí?
  • ¿Cómo dices, cariño?
No podía verle el rostro. Él permanecía escondido en la penumbra, como si la oscuridad lo protegiera… o le perteneciera.
  • Nicolás Quintana y Lena Baumgartner, los científicos… ¿Están aquí?
  • ¿No has venido con el grupo? - Saray frunció el ceño, confundida -. ¿Quién eres?
Se hizo un silencio incómodo y denso, un silencio que parecía pesar en el aire. Saray alzó el brazo con intención de encender la luz de la recepción, de arrancarle un rostro a aquella sombra.
  • Yo no haría eso.
La frase fue suave. Casi educada. Entonces lo vio… Vio el arma. Vio la mano firme que la sostenía. Vio el leve destello metálico apuntándole al pecho. Y alzó las manos de inmediato, como si el gesto pudiera devolver el tiempo atrás.
  • Por favor… - empezó a temblar -. No… no lo hagas.
  • Entonces contesta, mujer… ¿Están aquí?
  • Hoy… hoy ha llegado un grupo… pero… pero no sé… no sé cómo se llaman…
  • Quiero ver el registro.
El arma no descendía. El cañón, inmóvil, la señalaba con una precisión clínica. Saray negó con la cabeza, nerviosa, con los ojos abiertos de par en par.
  • No… no hay registro, señor… Pero… pero si me dice… si me dice a quién busca…
  • Ya se lo he dicho: Nicolás Quintana y Lena Baumgartner.
  • ¿Co… cómo son? No sé… no sé los nombres de todos…
No hubo suspiros ni impaciencia. No hubo gritos ni amenazas grandilocuentes. Solo una evaluación fría. Un cálculo. El asesino comprendió que aquella mujer no le servía. Y la despachó.

El disparo fue breve, seco, ahogado por el silenciador. Un sonido casi discreto, indigno de la magnitud de lo que acababa de ocurrir. La bala le atravesó el corazón con precisión implacable. La vida de una mujer honorable y trabajadora se apagó en un instante, como una vela soplada sin ceremonia. El cuerpo de Saray cayó al suelo sin elegancia, sin épica, con la torpeza dolorosa de lo irreversible. La sangre - que jamás debió ser derramada - comenzó a expandirse por las baldosas, profanando aquel santuario de paz y descanso que ella había cuidado con manos callosas y honradas. El albergue, que horas antes respiraba hogar, quedó frío, demasiado frío.

Tras la ejecución, el único que seguía en pie en aquel oscuro recibidor bajó el arma con calma mecánica. No hubo remordimientos. No hubo culpa. No hubo siquiera satisfacción. Para él, solo era un trámite.

Una segunda sombra emergió a su lado, silenciosa como un suspiro.
  • Todas las puertas están cerradas con llave - susurró, sin levantar la voz.
Sí, se habían relajado, pero no eran tontos. Cada precaución contaba. El asesino de Saray avanzó hacia el tablón de madera donde colgaban las llaves, sus dedos repasando los ganchos con precisión. La otra sombra se acercó, y en un gesto casi telepático memorizaron los números ausentes. Sin pronunciar palabra, continuaron por el pasillo oscuro, movimientos fluidos, armas firmes, ojos abiertos, oídos atentos a cualquier crujido. Antes de que pudieran demostrar sus habilidades para forzar una cerradura, una puerta se abrió: la del baño.

Gustavo apareció en mitad del pasillo como si estuviera en su piso de Madrid: en calzoncillos, rascándose la entrepierna con la mano derecha mientras la izquierda sostenía una llave. Emitió un largo bostezo, extendiéndose por el albergue como un gruñido animal. Y entonces sucedió. Como si el tiempo se doblara sobre sí mismo, y el destino insistiera en su “eterno retorno” al puro estilo de Nietzsche. El cañón helado de una pistola se posó sobre su sien, mientras un brazo fuerte y firme le estrujaba el cuello. El bostezo se cortó en seco, y el silencio que siguió tuvo un peso mortal.

Una vez tuvieron un rehén, todo lo demás se volvió relativamente sencillo para ellos. Patadas sobre puertas cerradas, cerrojos reventados, gritos que rasgaban la noche, nervios al límite y amenazas lanzadas con precisión. Sueños interrumpidos de golpe, intentos de resistir y plantar cara que se apagaron en el instante en que comprendieron los riesgos. Una vez desarmados, todos fueron empujados al exterior, algunos en ropa interior, otros incluso desnudos, con la crudeza del frío erizando la piel y el miedo tensando cada músculo.

Al pasar frente al cuerpo inerte de Saray, Fani y Carol no pudieron contener las lágrimas, sollozos ahogados que contrastaban con el silencio rígido de los demás, incapaces de apartar la mirada del horror. Fueron obligados a arrodillarse sobre la grava, en fila, bajo la luz cortante de los faros de dos todoterrenos. Sofi, siempre desafiante, intentó gritar algo, pero recibió de inmediato una bofetada que la dejó tambaleante. Gabi se levantó, con la intención de matarlo, pero un rodillazo directo al estómago lo devolvió al suelo, recordándole con dolor que no había margen para heroísmos.
  • ¡Al siguiente que intente algo, le meto un tiro! - gritó el hombre que sujetaba a Gustavo, su voz firme y aterradora.
Laia sintió un impulso irrefrenable de levantarse, pero Antonio la sujetó del antebrazo, negando con la cabeza y susurrándole al oído palabras que contenían la razón de su prudencia. No era momento de luchar, no con un compañero tomado como rehén. A regañadientes, aceptó la situación. No podía actuar, pero tampoco podía quedarse sin hacer nada. Decidió observar, analizar la situación: ¿Cuántos eran? ¿Iban todos armados? ¿Habían pedido refuerzos? Cada detalle era un dato para su mente estratégica. Su cerebro trabajaba a mil, equilibrando fuerzas, anticipando movimientos, calculando cómo escapar de allí… y, sobre todo, cómo hacerlo sin que ninguno de sus amigos resultara herido o peor… muerto.

Eran cinco, todos armados, y sí, estaban pidiendo refuerzos.
  • Los hemos encontrado… - habló uno de ellos por teléfono -. Sí, señor. Los dos… Son los científicos, estamos seguros…
Nico y Lena se miraron, ambos temblando, compartiendo un miedo que no necesitaba palabras para ser comprendido.
  • De acuerdo, vamos para allá… - siguió diciendo el mercenario - ¿Qué hacemos con los demás? - hizo una breve pausa, escuchando las órdenes -. De acuerdo, señor. Como usted mande.
Carol, sin dejar de llorar, se acercó a su hermana. Sofi, con la boca sangrando, no apartaba la mirada del hombre que hablaba, firme y fría como el acero.
  • Que… que nos van a… a… - sus palabras se ahogaban entre sollozos.
  • Nos van a matar - respondió Sofi con una frialdad que helaba la sangre -. Se llevarán a Nico y Lena… y a los demás nos meterán un tiro en la nuca.
Quizás podría haber sido más suave, más cariñosa, suavizar el golpe con palabras amables o incluso decirle una mentira piadosa, asegurándole que todo saldría bien. Pero ¿para qué? La situación era clara y brutal. Si ese era el final, si realmente era el último día de su vida, ella lo tenía decidido: no agacharía la cabeza, no pediría clemencia, no suplicaría piedad. Miraría a su ejecutor a los ojos, y mientras apretase el gatillo, enfrentaría la muerte con orgullo.
  • No les des jamás el placer de rendirte - escupió rabiosa - Ni en la vida, ni en la muerte…
Carol la miró, temblando, asustada, insegura. Pero en la mirada de su hermana vio algo que la empujó a superarlo todo: resolución, coraje, fuerza. Recuperó un poco de valor, respiró hondo, y agarró la mano de Sofi con firmeza. Alzó el mentón, decidida: si ese era su final, lo enfrentaría a su lado, fiera y orgullosa, con el corazón ardiendo hasta el último suspiro.

La llamada se colgó. El hombre que había recibido las instrucciones las transmitió a sus secuaces con un gesto seco. Gustavo fue empujado junto a los demás, de rodillas, un animal salvaje forzado a obedecer. En un funesto silencio, los asesinos se colocaron detrás de sus espaldas. Y todos se prepararon para el final: ojos cerrados, manos entrelazadas, corazones latiendo a un ritmo frenético. Algunos con rabia contenida, otros despidiéndose en silencio de sus seres queridos a kilómetros de distancia; pero todos enfrentando la misma incertidumbre mortal.

Y entonces, cuando el silencio era absoluto y el esperado sonido apagado de los disparos parecía inminente, una voz surgió a sus espaldas, fría y cargada de incredulidad.
  • ¿No eran once? - preguntó, cada palabra como un filo cortante. - Falta uno.
Nico abrió los ojos de golpe, el corazón dando un vuelco. Recorrió rápidamente con la mirada a sus compañeros en fila, de izquierda a derecha, buscando cada rostro, cada nombre. ¿Dónde estaba Raquel? No estaba de rodillas junto a ellos, no se veía entre los cuerpos alineados. Y en ese instante, una chispa irracional se encendió en su pecho. Una idea sin fundamento, casi absurda, pero lo suficientemente poderosa como para desafiar el miedo que lo paralizaba: Esperanza. Una llama rebelde que se negaba a apagarse, recordándole que quizá, solo quizá, no todo estaba perdido.

Y es que, minutos atrás, mientras todos dormían, solo una de ellos - Raquel - permanecía despierta. El sueño se le había esfumado y, con un impulso silencioso, bajó de su litera y se calzó la chaqueta. Antes de salir de la habitación, sus ojos se posaron en la cama donde Nico y Laia dormían abrazados, ajenos al mundo exterior. Un dolor punzante le atravesó el pecho, y empujada por esa mezcla de melancolía y necesidad de aire, se internó en la fría noche. Arropada por el silencio absoluto, la brisa helada y la omnipresente luna, empezó a andar con paso firme pero contenido. No se alejó demasiado; simplemente buscaba espacio suficiente para pensar con claridad.

El destino, caprichoso como siempre, hizo que su idea cruzara su mente justo antes de que la muerte decidiera llamar a la puerta del albergue. Caminaba lentamente por el sendero de tierra que conectaba el motel con la carretera, planeando dar la vuelta al poco tiempo, el trayecto justo para ordenar sus pensamientos. Se interrogaba como cualquiera en su situación: ¿Qué cojones hago aquí? ¿Por qué me he involucrado en todo esto? ¿Y si simplemente me marcho? ¿Qué sentido tiene seguir? ¿Alguien notaría mi ausencia si me fuera?

Antes de que pudiera encontrar respuestas, el destino se adelantó por ella. El rugido de motores y las luces en la distancia la hicieron reaccionar al instante: se agazapó en un margen del camino. Dos todoterrenos se aproximaban, implacables. En la penumbra distinguió las siluetas de los ocupantes: hombres de negro. “Cuervos”, pensó, recordando la palabra que Vicenzo había usado. Cuando los vehículos pasaron y la tensión disminuyó, Raquel no pensó en salir corriendo, no intentó huir. Consciente del peligro, volvió con pasos rápidos y silenciosos hacia el albergue, el corazón latiendo a mil por hora, temiendo lo peor, imaginando horrores aún no ocurridos… pero con la certeza absoluta de que su lugar estaba allí, con los demás, en medio del caos que ya se avecinaba.
  • ¡Buscad al que falta! - ordenó el hombre del teléfono -. ¡Vosotros dos, rápido, vamos!
Dos “cuervos” salieron al instante: uno peinando los exteriores, el otro desapareciendo dentro del albergue.

Cuando Raquel estaba a punto de llegar, escuchó los gritos y se detuvo en seco, ocultándose tras un tronco. Vio como sacaban del albergue a Gustavo - tomado como rehén - y detrás a todos sus compañeros, obligados a ponerse de rodillas. Y aunque las piernas le temblaban, reaccionó de inmediato. Entró por la puerta trasera sin ser vista y lo primero que buscó fue el teléfono de recepción, con la intención de llamar a la policía. Sabía que no era la mejor opción; pues aunque lograra salvarles la vida, no dejaba de ser peligroso. Recordó al instante las palabras de Rogelio: “nada de policías, no llaméis la atención”. Pero la situación era desesperada. Así que alzó el teléfono fijo y se lo acercó a la oreja.
  • Joder, mierda… - masculló entre dientes.
No había señal. Lo probó varias veces, golpeando en gatillo con insistencia, pero seguía sin funcionar. “Las armas”, pensó con rapidez y un nudo en la garganta. Sabía que tenían tres y sin perder tiempo, salió disparada hacia las habitaciones. Desde fuera resonó la voz de un hombre: “¡Buscad al que falta!”. Aquella orden le atravesó el alma, tensando sus nervios hasta el límite. Escuchó los pasos apresurados dentro del albergue y, antes de que pudieran percibir su presencia, se agazapó rápidamente debajo de una litera, conteniendo la respiración.

Los pasos, al principio lejanos, se acercaron con rapidez. Con desesperación, Raquel buscó en la oscuridad. “Un arma, un arma, un arma”, se repetía, eso era todo lo que necesitaba. Nunca había disparado, ni siquiera había apuntado con una. Pero algo en su interior, empujada por la desesperación, le decía que sabría cómo usarla. Miraba a izquierda y derecha, cerca y lejos. Nada, ni rastro. Solo mochilas, zapatillas sucias y polvo acumulado. Los pasos resonaron de nuevo, demasiado cerca. Miró hacia la puerta y lo vio entrar. “¿Qué hago, joder? ¿Qué cojones hago?”, pensó mientras la presión la desbordaba. Tanto que se meó encima, incapaz de contener la vejiga. Nerviosa, golpeó una mochila con el codo y algo tintineó dentro.
  • ¡Sé que estás aquí! ¡Sal ahora mismo!
Raquel contuvo la respiración, tapándose la boca con ambas manos. Estaba justo encima de ella, agachándose junto a la litera de enfrente. Entonces, de la mochila que había golpeado salió una luz azulada. Un breve destello, un haz de luz neón que iluminó sus ojos abiertos como platos. Al ver los calzoncillos de Spiderman, supo perfectamente de quién era esa mochila, sabía lo que significaba esa luz. Sabía perfectamente que Nico se había convertido en un monstruo al consumirla. Y, sin tiempo para dudar, una idea extrema cruzó su mente. Quizás lo que sus amigos necesitaban en aquel momento no era a Raquel… sino el animal que habitaba dentro de su interior.

Abrió la mochila con decisión, haciendo ruido esta vez. Dentro, una pequeña bolsa de plástico contenía tres ejemplares de Mycena Neonfaucis, jóvenes y vivas. Agarró una y la contempló un instante. El asesino, al escuchar el ruido, empujó la litera de una patada brutal.
  • ¡En pie, ahora! - gritó, apuntándola con el arma.
Raquel obedeció al instante, ambas manos tras la nuca, la boca cerrada. El azul desconcertó al mercenario, que sin dejar de apuntarla, se agachó sonriendo para recoger la bolsa.
  • Así que esto es, ¿verdad? - dijo, alzando la bolsa -. Todo este tiempo detrás vuestro por unas simples setas de mierda… qué tontería.
Raquel no dijo nada.
  • ¡Vamos, gordita! - ordenó con un movimiento de cabeza -. ¡Para fuera!
Le apoyó el cañón en los riñones mientras contemplaba la bolsa de nuevo, negando con la cabeza, sonriendo incrédulo. La luz azul que emanaba era intensa, un faro que iluminaba la oscuridad. Dos pequeñas setas como reactores nucleares diminutos. Y sí, habéis leído bien, no es ningún error del escritor. Dos setas, pues la tercera… estaba dentro de la boca de Raquel, masticándose lentamente, extendiéndose por su sangre, sus músculos, sus huesos, inundando todo su ser, cada célula, cada neurona. La “Azulita” apoderándose de todo.

¿Verdad que una mariposa es hermosa? No hay duda ante tal pregunta. Es cierto, lo es. Los colores vistosos, el vuelo perfecto suspendido en el aire. Una de las innumerables maravillas que ofrece la naturaleza. Pero para convertirse en mariposa, para alcanzar esa belleza, antes debe sufrir, pasar por un proceso. Y la ecdicis - así se llama ese proceso - no es limpio. No es elegante. No es bello mientras sucede.

La oruga, hinchada y torpe, siente primero una presión insoportable bajo la piel. Su viejo traje ya no le sirve. Se ha quedado pequeño, rígido, asfixiante. Y entonces comienza la ruptura. La piel se abre por la espalda, se resquebraja como una costra seca, y el cuerpo blando comienza a empujarse hacia fuera. No hay belleza, no hay alas todavía. Solo fricción, desgarro, lucha silenciosa contra su propia envoltura.

Después viene el encierro: la crisálida. Un ataúd suspendido del mundo. Desde fuera parece quietud; por dentro es demolición. El cuerpo de la oruga se licúa casi por completo. Se deshace. Las células se reorganizan, reconstruyen, inventan algo nuevo sobre la ruina de lo anterior. No es magia. Es violencia biológica. Es morir sin dejar de estar vivo.

Y cuando finalmente la crisálida se agrieta, la criatura que emerge no se parece en nada a lo que fue. Las alas, arrugadas y húmedas, tiemblan mientras la sangre las infla. La mariposa debe forzar la salida, luchar por cada milímetro, porque si alguien la ayudara a romper la envoltura, nunca volaría.

El sufrimiento fortalece sus alas.
El dolor le da forma.

Así funciona la ecdicis: abandonar la piel, destruir lo que eras, permitir que nazca algo distinto. Algo, a veces, hermoso. A Raquel le estaba ocurriendo lo mismo. Solo que esta vez no iba a nacer nada hermoso. Iba a nacer el demonio: el horror hecho carne, en su forma más pura, despiadada y aterradora.
  • ¡¿Te he dicho que te pares?! - gruñó el “Cuervo”, hundiendo el cañón en sus riñones - ¡Sigue andando puta gorda!
Raquel no obedeció. No se giró. No hizo nada.
No por obstinación, ni rebeldía.

Sino porqué ya no estaba allí.

Su espalda quedó frente a él, inmóvil en mitad del pasillo oscuro. Durante un segundo no ocurrió nada. Luego llegó el primer espasmo. Fue sutil. Un temblor bajo la piel. Después, un crujido. La columna empezó a arquearse hacia arriba, vértebra por vértebra, empujando desde dentro como si algo intentara abrirse paso a martillazos. El sonido fue húmedo, espeso, un chasquido orgánico que rebotó entre las paredes. Sus hombros se ensancharon de golpe, desgarrando la ropa. La carne se hinchaba, se inflaba, se multiplicaba bajo la tela como una masa viva que no cabía en su propio cuerpo.

El “Cuervo” dio un paso atrás.
  • ¿Qué… cojones?
Los huesos de Raquel se alargaron con un estallido seco. Las piernas se doblaron al revés durante un instante imposible antes de recolocarse con un chasquido brutal. La piel se tensó… y se rasgó. No como su camiseta, sino como carne abierta. Bajo ella emergía algo más denso, más oscuro. Un pelaje grueso comenzó a brotar a mechones, atravesando poros, rompiendo costuras, cubriéndola como una infección negra que avanzaba sin freno.

Ella seguía de espaldas.
Pero ya no era humana.

El torso se expandió hasta duplicar su anchura. La espalda se elevó, creciendo hacia arriba, elevándose por encima de la cabeza del hombre. Cada respiración era ahora un bramido cavernoso que vibraba en el aire. El pasillo, estrecho, empezó a quedarse pequeño. El “Cuervo” disparó. La primera bala impactó entre los omóplatos. No atravesó nada, pues la carne se hundió… y la engulló. El proyectil desapareció bajo el pelaje como si hubiese sido absorbido por barro espeso. La criatura ni siquiera reaccionó. Disparó otra vez. Y otra. Y otra. Cada detonación iluminaba por milésimas su silueta monstruosa, que no dejaba de crecer. Las balas se incrustaban y eran tragadas, absorbidas, asimiladas como si su cuerpo fuese una masa viva que digería metal.

El cargador se vaciaba.
Ella seguía creciendo.

Ya doblaba su altura original. Y su anchura. Una especie de oso imposible, hipertrofiado, con músculos que parecían tumores en movimiento bajo la piel. Las manos se habían convertido en garras del tamaño de palas, los dedos fusionados en extremidades gruesas, coronadas por uñas negras, curvas, afiladas. El “Cuervo” cayó de culo al suelo, disparando los últimos tiros sin apuntar, gritando ahora sin dignidad, con la voz rota por el pánico.
  • ¡¿Qué coño eres?! ¡¿QUÉ ERES?!
El “clic” vacío del arma resonó varias veces.
Entonces ella empezó a girarse. Lentamente.

Primero el cuello, grueso, desproporcionado, crujiendo como un árbol partiéndose. Luego los hombros colosales. La cabeza descendió hacia él. El rostro… No era un oso. No era humano. Era una metamorfosis diabólica de ambos. El hocico sobresalía, alargado y cubierto de sangre donde la piel humana se había abierto. La mandíbula colgaba ligeramente desajustada, demasiado grande para su cráneo. Los dientes eran irregulares, múltiples, creciendo en filas imperfectas como si la naturaleza hubiese perdido el control del diseño. Y los ojos… Azules… Neón. No reflejaban luz: la emitían. Dos faros eléctricos incrustados en la carne, sin pupila visible, ardiendo con una intensidad antinatural que bañó el pasillo entero en un resplandor frío.

La criatura lo miró. Y el hombre empezó a llorar.
No a gritar. No a suplicar… A llorar.

Porque entendió, en ese instante absoluto, que no estaba frente a un animal.
Estaba frente a algo que había escapado de la más profunda y tenebrosa de las pesadillas.

Desde fuera todos escucharon los disparos. Escucharon los gritos. Escucharon algo peor: el sonido húmedo de la carne al abrirse. El hombre que mandaba - tan erguido, tan seguro segundos antes - sintió un frío reptarle por la espalda. Pero no debía titubear. No delante de los suyos.
  • ¡Id a ver qué cojones está pasando! - ordenó, señalando el albergue -. ¡Rápido, joder!
Los “cuervos” corrieron hacia la entrada. Él se quedó solo con los arrodillados. Sofi miró a Gabi. Gabi miró a Laia. Laia miró a Gustavo. Era ahora o nunca. Un movimiento coordinado. Una embestida desesperada. No tendrían otra oportunidad como aquella. Pero no hubo tiempo. Ni de hazañas heroicas, ni de registros urgentes.

El aire cambió primero. Una vibración sorda bajo sus rodillas, como si la tierra respirara, como si les avisara de que algo horrible estaba a punto de suceder. Y luego apareció Raquel, o lo que quedaba de ella. Pero no apareció por la puerta, pues solo los humanos usan las puertas. Y por supuesto, ella ya no era humana.

Un crujido profundo atravesó el muro lateral del albergue. No fue un golpe. Fue una explosión de piedra y polvo. La pared reventó hacia afuera. No se abrió. Estalló en mil fragmentos. Ladrillos despedazados salieron disparados como metralla, trozos de yeso volaron en todas direcciones, astillas de madera se clavaron en la tierra. Una nube de polvo cubrió el patio… y de ella emergió algo demasiado grande para caber en el mundo.

Todos se giraron al mismo tiempo mientras la criatura avanzó entre los restos del muro derrumbado. Era descomunal. Un oso hipertrofiado hasta lo imposible, el lomo encorvado como una montaña de carne viva. El pelaje, oscuro y apelmazado, chorreaba sangre que no se sabía si era suya o ajena. Cada paso hundía las patas en el suelo con un peso antinatural. Sus brazos se alzaron hacia el cielo en un gesto primitivo, rabioso, violento. Y rugió. Pero no fue un sonido del todo animal. Fue un desgarrón en el aire. Un bramido que hizo vibrar los dientes, que comprimió el pecho, que obligó a algunos a llevarse las manos a los oídos demasiado tarde.

Los “cuervos” reaccionaron por instinto. Dispararon al unísono. Las balas impactaron en el torso monstruoso con golpes sordos, salpicando sangre negra y espesa… pero la criatura no retrocedió. La carne absorbía los proyectiles como si fueran piedras arrojadas a un pantano. Algunas balas desaparecían bajo el pelaje; otras quedaban incrustadas, deformadas, y eran expulsadas segundos después por la propia presión del músculo regenerándose.

Uno de los hombres gritó. La criatura cayó sobre él. No lo derribó: lo arrolló. Una garra lo atravesó desde el hombro hasta la cadera, abriéndolo como si fuese papel reseco. Las costillas crujieron. La sangre brotó a presión, pintando el polvo en rojo oscuro. El cuerpo se desplomó en dos mitades mal unidas.

Otro intentó huir. No llegó a dar tres pasos. La bestia lo alcanzó con un zarpazo lateral que le arrancó la mitad del rostro. Dientes, lengua y un ojo salieron despedidos en una lluvia grotesca. El hombre cayó aún vivo, convulsionando, mientras la criatura hundía el hocico en su abdomen y desgarraba. El sonido fue húmedo, masticado, obsceno.

Un tercero vació el cargador entero gritando de puro terror. La criatura lo embistió con el hombro. El impacto sonó como un coche chocando contra una farola. El hombre salió despedido varios metros y aterrizó contra un árbol con un crujido definitivo.

El líder retrocedió, incapaz de mantener la compostura. La criatura se incorporó sobre las patas traseras. Ahora se veía entera, en todo su esplendor. Triplicando la altura de cualquier hombre allí presente. El pecho ancho como una pared. El hocico cubierto de sangre fresca que goteaba en hilos espesos. Fragmentos de tela negra colgaban entre los dientes.

Y los ojos. Azules. Neón. Brillaban con una intensidad enfermiza, iluminando la escena como dos faros funestos en mitad de una pesadilla. El rugido final no fue de furia. Fue de hambre.

Lo que un día fue Raquel tenía al último de los asesinos atrapado bajo su peso. El hombre pataleaba, las botas raspando la grava, las manos intentando apartar aquella masa imposible de músculo y pelaje. No gritaba ya órdenes. No gritaba amenazas. Gritaba como gritan los animales cuando comprenden que van a morir.

La criatura hundió las garras en su pecho. No fue un gesto rápido. Fue lento, como si disfrutara del dolor ejecutado. Sintió - porque aún sentía - cómo las uñas atravesaban tela, piel, músculo. Cómo cedían las costillas con un crujido húmedo. Tiró hacia arriba y el esternón se abrió como una puerta arrancada de sus bisagras. El hombre lanzó un alarido que se quebró en burbujas rojas. La bestia bajó el hocico. El primer mordisco arrancó carne y tela a la vez. El segundo encontró tendones. Los desgarró con un tirón seco, como cuerdas tensas que se rompen de golpe. La mandíbula trabajaba con una fuerza obscena, triturando hueso, aplastando cartílago. La sangre corría por el pelaje y goteaba en hilos espesos sobre la tierra.

Masticaba. Sin prisa. Como si necesitara asegurarse de que no quedaba nada que pudiera volver a levantarse. El hombre dejó de moverse. Pero la criatura siguió. Desgarrando. Arrancando. Alimentándose de aquello que minutos antes había empuñado un arma y dictado sentencias de muerte.

El sonido era lo peor. El chasquido de huesos partiéndose. El desgarro húmedo de la carne separándose. La respiración profunda, animal, satisfecha. Y frente a ella, arrodillados aún sobre la grava, estaban sus compañeros. Desnudos. Cubiertos de vísceras. Helados. Nico no podía apartar la mirada. Sus pupilas temblaban, clavadas en aquella montaña de horror que devoraba restos humanos bajo la luz de los faros. Lena tenía la mano sobre la boca, conteniendo un vómito que no llegaba. Carol lloraba en silencio, abrazada a Sofi, que por primera vez no tenía nada que decir. Gabi respiraba con dificultad, como si el aire se hubiera vuelto demasiado denso para entrar en sus pulmones. Laia observaba con los ojos abiertos de par en par.

Sabía… Sabía que aquello era Raquel. Lo intuía en el brillo azul imposible que iluminaba la noche. Lo intuía en la rabia, en la violencia protectora con la que había irrumpido. Lo intuía en el hecho de que, pese a la carnicería, ninguno de ellos había sido tocado. Pero saberlo no hacía que doliera menos. Alrededor de ellos el suelo era un cuadro grotesco. Cuerpos abiertos. Miembros arrancados. Rostros torcidos. Armas esparcidas. El aire olía a pólvora, hierro y vísceras.

La criatura terminó de comer. Alzó la cabeza. Un hilo de sangre resbaló por su hocico hasta caer al suelo. Respiró hondo. Lento. Pesado. Y entonces giró el rostro hacia ellos. Los ojos azules neón los recorrieron uno a uno. No había palabras. No había humanidad reconocible. Solo una presencia gigantesca, cubierta de sangre, que minutos antes había sido su amiga.

Y allí, sobre la grava fría, comprendieron que estaban vivos. Aunque no sabían hasta cuando.

Como el Cadmio, siendo el escudo que absorbe el impacto y el veneno que guarda el secreto de la supervivencia en el fondo de los huesos. Esta historia continuará…
 
Grande Raquel!!!.
Pues si la ha liado pero para bien, pues les ha salvado de la muerte
Solo lo siento por esa buena mujer que era Saray, que no merecía morir, pero esos miserables están muertos y yo me alegro.
 
Joderrrr!! Que carnicería ha montado Raquel. Lo bueno es que ahora tienen más armas, coches más potentes y, lo más importante, han aprendido a no relajarse, tienen que dormir con un ojo abierto, por si las moscas.
 
Capítulo 49. Indio - Abom(In)able por amor

El Indio (In) ocupar el cuadragésimo noveno lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del indio con el concepto de convertirse en un ser abominable por protección, obtenemos el retrato de una monstruosidad maleable. El indio es el metal del "grito agónico": un elemento tan blando que parece vulnerable, pero que posee una capacidad de infiltración y una voz física propia que advierte del horror necesario para que lo que amamos no sea tocado.

Ser Abominable según el Indio: La Geometría del Grito Maleable

1. El Grito del Metal (Cri de l'Étain/Indium)

Cuando doblas una barra de indio puro, emite un sonido agudo y chirriante, un "grito" causado por el hermanamiento de sus cristales internos al romperse y reformarse bajo presión. Convertirse en un ser abominable no es un acto silencioso; es el crujido de tu propia humanidad rompiéndose para dar paso a la bestia. El "grito del indio" es el sonido de tu moral siendo retorcida para proteger a los tuyos. No es un grito de dolor, es un aviso: para salvar el hogar, has aceptado una deformación que suena a desastre, una música atroz que solo tú y el enemigo podéis entender.

2. El Espejo que no Discrimina (Recubrimientos de Alta Calidad)
El indio permite crear espejos tan perfectos como los de plata, pero con una resistencia superior a la corrosión atmosférica. No se empaña, no importa cuán viciado esté el aire. Para ser el guardián abominable, debes ser un espejo frío. Reflejas la violencia del mundo con una fidelidad que espanta. Tu mirada ya no tiene piedad, solo devuelve al atacante su propia oscuridad, multiplicada. Eres un "espejo de indio": ves la cara del monstruo porque tú mismo has aceptado esa superficie para que nada atraviese tu blindaje hacia los que están detrás de ti.

3. La Soldadura de lo Imposible (Mojado de Vidrio y Cerámica)
El indio tiene la capacidad inusual de "mojar" y adherirse al vidrio, al cuarzo y a la cerámica, materiales que otros metales rechazan. Une lo que es orgánicamente incompatible. Ser abominable es la "soldadura" que mantiene unido tu mundo en ruinas. Realizas actos que la civilización rechaza (la cerámica fría) para mantener pegados los pedazos de tu familia. Eres el elemento extraño que acepta mancharse y fundirse con el horror para que la estructura de los tuyos no colapse. Es una unión sucia, mineral y desesperada, pero es la única que aguanta.

4. El Punto de Fusión del Sacrificio (Baja Temperatura)
El indio se derrite a solo 156 °C, una temperatura bajísima para un metal. Es blando, se puede cortar con un cuchillo y se adapta a cualquier forma bajo la mínima presión. Tu "abominación" es una forma de extrema docilidad hacia el deber. Te has vuelto blando ante la necesidad de los tuyos: si ellos necesitan un asesino, te derrites y tomas esa forma; si necesitan un muro, te endureces en el frío. Has renunciado a tener una forma fija (una "identidad humana") para ser el metal líquido que llena cualquier grieta por donde pueda entrar el peligro.

5. El Brillo del Índigo (Etimología y Espectro)
Su nombre proviene de la línea color índigo de su espectro, un azul tan profundo que bordea el negro de la noche absoluta. Lo abominable tiene un color: el azul índigo de la medianoche del alma. Es el color de quien opera en las sombras para que los suyos vivan en la luz. El indio nos recuerda que tu sacrificio te ha teñido de un tono que la gente normal confunde con la maldad, sin entender que ese azul oscuro es la única luz que queda cuando el sol de la justicia se ha puesto.

Conclusión: Convertirse en un ser abominable, visto a través del indio, es la geometría de la entrega plástica. Es el reconocimiento de que la protección absoluta a veces exige romper nuestra propia estructura cristalina para emitir ese grito metálico que aterra al invasor. Ser indio significa aceptar que tu forma humana es prescindible y que ser un "monstruo" es, en realidad, el estado más puro de una maleabilidad dedicada por completo a la supervivencia del otro.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¿Qué… qué demo… demonios es… es eso? - balbuceó Fani, con la voz quebrándose en la garganta.
Las palabras no llegaron a nacer del todo. Fueron apenas un hilo deshilachado que el viento nocturno arrastró sin compasión. Nadie se movía. Nadie parpadeaba. El tiempo, como un mecanismo oxidado, parecía haberse atascado en mitad de aquella noche imposible.

La escena era visceralmente grotesca. La sangre cubría la grava como si un pintor demente hubiera volcado cubos de rojo espeso y hubiera decidido llamarlo arte. Restos humanos esparcidos sin orden ni dignidad. Cuerpos abiertos como muñecos mal cosidos. Vísceras desbordadas que aún humeaban bajo la luz blanca, cruel, de los faros. El olor metálico lo impregnaba todo, se pegaba a la lengua, descendía por la garganta como una náusea espesa.

Y en el centro de aquel mural infernal, la figura inmensa y descomunal. Un oso que no era un oso.

Doblaba en altura y anchura a cualquier criatura natural. El pelaje oscuro, apelmazado por la sangre, relucía bajo las luces como una armadura húmeda. Los hombros eran cordilleras tensas. Las garras, largas y curvadas, aún goteaban con una parsimonia obscena. Su silueta no parecía proyectada por la luz, sino tallada en la propia noche, como si la oscuridad hubiera decidido adquirir volumen. Y eso era lo más insoportable. El sinsentido. Verlo allí, respirando. Vivo.
  • No os mováis… - jadeó Gabi -. Ni un solo movimiento que pueda alterarla.
  • ¿D’o bbe’ ascìuto ’stu mostro? - susurró Antonio, temblando, incapaz de apartar la vista.
  • No es ningún monstruo - corrigió Nico, con una calma que rozaba la locura -. Es Raquel…
Seguían tirados sobre la grava, semidesnudos, el viento helado azotándoles la piel erizada. La sangre ajena les salpicaba el pecho, los brazos, el rostro. El frío ya no importaba. El miedo lo había devorado todo. ¿Cómo podía ser real? ¿Cómo podía Raquel haberse convertido en aquello? La criatura respiraba lenta, profundamente. Cada exhalación emergía como vapor denso, como el humo de una locomotora antigua. Sus costados se expandían con una cadencia poderosa, animal. Y aquellos ojos… Azules. Neón. Dos faros imposibles incrustados en un cráneo brutal, observándolo todo con una lucidez que no era humana, pero tampoco animal.
  • ¡¿Raquel?! ¡¿Comm’e può essere Raquel ’sta bestia?! - Vicenzo estaba al borde del colapso -. ¡Ammanc’ ’e fà quaccheccosa, subbeto!
Miró alrededor con desesperación, buscando un hierro, una piedra, cualquier objeto que le devolviera la ilusión de control. Vio una pistola junto a un cadáver a pocos metros e intentó alcanzarla. Gustavo lo detuvo al instante, aferrándole el brazo con una firmeza muda. Aquel gesto mínimo, casi imperceptible, quebró la quietud. El gruñido no fue un rugido ensordecedor. No fue un estallido de violencia. Fue bajo. Grave. Una vibración que no solo se oyó: se sintió. En el esternón. En el estómago. En la base del cráneo. Una advertencia.

El suelo pareció tensarse bajo sus pies. El oso no avanzó. No atacó. No necesitó hacerlo. Solo ladeó la cabeza, apenas unos grados, y esa leve inclinación bastó para que Vicenzo comprendiera lo evidente: enfrentarse a aquello no era valentía. Era suicidio.
  • Si nos quisiera muertos… - continuó Nico, sin apartar la mirada - ya lo estaríamos.
Nadie replicó. Era una verdad desnuda, absoluta.
  • Así que mantened la calma… por favor. Aquí no sirven las balas, ni la fuerza, ni la velocidad. Estamos en su territorio… y ella nos supera en todo. - Tragó saliva -. Obedeced y mostrad sumisión.
La palabra resultaba amarga. Humillante. Pero tenía sentido. Frente a ellos no había un enemigo al que derrotar. No había estrategia posible. Solo una criatura nacida del horror, cubierta con la sangre de quienes habían venido a ejecutarlos. Y entonces, respirando como un dios antiguo despertado por error, Raquel - o lo que quedaba de ella - avanzó. Pero no lo hizo con violencia. No quedaba rabia en su andar. Lo que quedaba era algo más antiguo. Más puro. Más simple… Dominio.
  • No os mováis, joder… - susurró Gabi, apenas moviendo los labios -. Bajad la cabeza… no la miréis directamente a los ojos.
Pero el miedo no entiende de instrucciones. Carol fue la primera en retroceder, arrastrándose sobre la grava, dejando un surco torpe con los talones. Fani la imitó, respirando a bocanadas, incapaz de apartar la vista de aquella mole imposible que aún conservaba restos humanos entre los colmillos. La bestia las alcanzó en dos zancadas lentas. Su pecho subía y bajaba con una respiración densa. El vapor salía de sus fosas nasales como el aliento de una fragua encendida. No había odio en sus ojos. Había evaluación.

Raquel ya no pensaba como Raquel. Aunque los reconociera, no estaba comprobando si estaban heridos ni preguntándose si estaban bien. Su mente había descendido a un estrato más profundo: instinto de manada, jerarquía, territorio.

El más fuerte ocupa el centro.
El resto decide si se somete… o desaparece.

Se inclinó hacia Carol. El hocico descomunal descendió hasta su cuello con una lentitud insoportable. El aliento era denso, caliente, cargado de sangre y putrefacción; un vapor espeso que le apartó el cabello y le erizó la piel. Raquel olfateó despacio, con precisión quirúrgica. No buscaba consuelo. No buscaba afecto. Buscaba información. Como quien examina un documento. Como quien contrasta una huella. Y Carol se rompió por dentro.

El sollozo se le escapó antes de poder contenerlo. El llanto volvió a romperle el pecho. Pero Raquel no reaccionó. No era el llanto lo que importaba. Eran los microgestos. La tensión de los músculos. El ritmo de la respiración. La rigidez involuntaria de la mandíbula. El miedo tiene olor. Tiene cadencia. Tiene postura. Y eso era lo que ella leía.

Nico lo comprendió antes que nadie. Allí no podían seguir siendo humanos. Las balas no habían servido. Las palabras tampoco servirían. La lógica era un idioma muerto bajo aquel cielo. Solo quedaba una opción: entrar en su mundo.
  • Escuchadme… - murmuró, sin alzar la voz -. No penséis. No razonéis. Bajad la cabeza. Las palmas abiertas. El cuello expuesto. No es humillación… es su lenguaje.
Gustavo fue el primero en obedecer. Dejó las manos visibles sobre la grava, dedos extendidos, sin tensión. Antonio inclinó el mentón hasta casi tocarse el pecho. Incluso Vicenzo, que jamás se arrodillaba ante nadie, dejó caer la mirada. En cuestión de segundos ya no había hombres ni mujeres bajo el cielo estrellado. Había una manada. Animales adoptando la postura de sumisión ante el individuo dominante.

Nico hizo lo mismo y sintió un vértigo extraño al hacerlo. Como si, de manera deliberada, abandonara siglos de civilización para retroceder hasta el barro primitivo. Pero no era debilidad. Era biología. En los grandes mamíferos sociales, la dominancia no siempre se impone con la muerte. Se consolida cuando el grupo reconoce al más fuerte y lo acepta. La sumisión no es derrota: es pacto de supervivencia.

Raquel se apartó de Carol y avanzó. Era descomunal. El doble de alta que cualquiera de ellos cuando se erguía. El doble de ancha. Músculos tensos bajo una piel que aún parecía ajustarse a su nueva arquitectura. Los ojos azul neón no estaban vacíos. Tampoco eran humanos. Eran lúcidos de otra manera: cálculo instintivo, inteligencia somática.

Se detuvo frente a Nico. Repitió el ritual. Lo olfateó largo, profundo. El hocico recorrió su hombro, descendió por el pecho, el abdomen. No había ternura en el gesto. Solo reconocimiento químico. Buscaba señales: cortisol disparado, intención de huida, tensión agresiva. Buscaba traición en la postura. Miedo descontrolado. Nico respiró despacio. Inhalaciones largas. Exhalaciones suaves. No la miró a los ojos. No se encogió tampoco. Se limitó a existir ante ella, vulnerable y firme a la vez. Aceptó el examen. Aceptó la jerarquía. Una pata enorme descendió junto a su muslo. No lo aplastó. No hizo falta. La presión del aire desplazado por su masa ya era suficiente. Era una firma invisible en el suelo: dominio.

Luego pasó a Gabi. Lo empujó ligeramente con el hocico hasta que su cabeza descendió un poco más. Un gruñido grave vibró en su pecho. No era amenaza. Era recordatorio. Gabi obedeció sin resistencia. No como un hombre vencido, sino como un animal que entiende que, bajo el liderazgo correcto, las probabilidades de sobrevivir aumentan.

Raquel continuó, uno a uno. Sin prisa. Sin furia. Había curiosidad en sus movimientos. Necesidad de ordenar el caos después de la violencia. Cuando llegó a Fani, apartó el cabello con el hocico y detectó la pequeña herida en su frente. Se detuvo allí unos segundos. El olor a sangre fresca tensó sus mandíbulas. La saliva se espesó. Pero distinguió. Clasificó. No era presa. No era amenaza. Era suya.

Su grupo.
Su territorio.
Su responsabilidad.

Cuando terminó el recorrido, se alejó unos pasos y se alzó lentamente sobre las patas traseras. La sombra proyectada por los faros fue gigantesca, casi mitológica. No rugió. No necesitaba hacerlo. Aquella postura era una declaración: “Aquí mando yo.”

El viento agitó el pelaje oscuro, endurecido por la sangre seca. Sus ojos recorrieron de nuevo la fila de cuerpos inclinados. Nadie sostuvo su mirada. Nadie fue tan imprudente como para desafiarla. El mensaje quedó sellado. Descendió otra vez a cuatro patas. Esta vez el gruñido fue distinto. Más bajo. Más estable. No advertencia, sino asentamiento. Se dio la vuelta, caminó unos metros y se tendió sobre la grava. El hocico rozó el suelo. Las orejas se relajaron. La respiración se volvió más lenta. Había comprobado lo que necesitaba. Era la alfa. Y la manada lo había aceptado.

Nico levantó apenas la vista, lo justo para observarla sin invadirla. Ya no eran humanos frente a un monstruo. Eran animales compartiendo territorio. Y, por ahora, el más fuerte había decidido que podían seguir respirando.
  • ¿Qué hacemos ahora? - preguntó Lena, sin atreverse a levantar la vista del suelo.
La grava le raspaba las rodillas, pero apenas lo sentía. Todo su cuerpo estaba pendiente de la respiración pesada que, a pocos metros, marcaba el ritmo de la noche.
  • Protocolo Reinicio - susurró Nico.
La palabra cayó como una piedra en un estanque inmóvil.
  • Nico… eso es peligroso. Aún no tenemos la fórmula lista… - Lena alzó apenas la mirada - y no sé si podemos movernos.
Raquel seguía allí, tendida sobre la grava, pero incluso en reposo era una presencia absoluta. Sus costados subían y bajaban con una cadencia profunda. Los ojos azul neón no parpadeaban. No dormía. Vigilaba.
  • ¿Qué cojones es Protocolo Reinicio? - murmuró Sofi.
Nico tragó saliva.
  • Cuando Gabi y tú me contasteis que os estabais transformando en lobos…
No hubo ironía esta vez. Nadie sonrió. Lo que acababan de ver había pulverizado cualquier margen para la incredulidad. Frente a ellos, la prueba respiraba. Viva. Descomunal.
  • Lena y yo… - continuó Nico, midiendo cada sílaba - hicimos pruebas con algunos ratones.
  • And all of them failed… - añadió Lena en voz baja, como si confesarlo pudiera despertar algo.
  • No other choices left. We have to try - replicó Nico de inmediato, casi automático, como si repetirlo lo hiciera más cierto.
  • ¿Qué está pasando? - insistió Sofi, el nerviosismo filtrándose en su respiración -. ¿De qué habláis?
  • Tenemos un antídoto… - dijo Nico.
Lena giró la cabeza hacia él con brusquedad.
  • Un prototipo de antídoto - corrigió Nico antes de que ella lo hiciera en voz alta.
  • ¿Sabíais que esto podía pasar? - preguntó Gustavo, los ojos demasiado abiertos, brillando bajo los faros.
  • No exactamente esto, joder. ¿Quién iba a imaginarse… esto? - Nico señaló apenas, sin atreverse a mirar directamente a la mole oscura -. Solo intentábamos revertir los síntomas que estaban experimentando Sofi y Gabi. Frenar la progresión. Ganar tiempo.
Sofi buscó la mirada de Lena. Ella negó lentamente con la cabeza. No era un gesto dramático. Era uno científico. Un “no" basado en datos.
  • ¿Pero funciona o no?
El silencio se tensó. Nico abrió la boca. No supo que contestar. Fue Gabi quien respondió, con una frialdad que dolía más que el miedo.
  • Si hubiera funcionado, lo habríamos usado cuando Nico se convirtió. Así que está claro que no funciona.
  • No es eso… es que… joder… - el sudor le resbalaba por la frente, frío, constante -. Los resultados no fueron favorables. Un gran número de ratones contaminados por azulita… murió tras la inyección de la cura.
La palabra flotó en el aire: murió.
  • ¿Cuánto es un gran número? - preguntó Gabi, sin apartar la mirada de él.
Esta vez Nico sí sabía que responder. Pero no tuvo el valor de hacerlo.
  • Eighty percent - dijo Lena, seca. Precisa. Como si leyera un porcentaje en una gráfica.
Gabi frunció el ceño.
  • ¿Ocho? No es tan mala estadística, ¿no?
  • No ha dicho ocho por ciento, cariño - murmuró Sofi, sintiendo cómo el estómago se le hundía -. Ha dicho ochenta…
El número se expandió en el silencio como una onda de choque. Ochenta por ciento de mortalidad. Ochenta de cada cien. Raquel exhaló entonces, larga y profunda. El vapor salió de sus fosas nasales como humo antiguo. La grava crujió bajo el leve ajuste de su peso. No había entendido las palabras. Pero percibía la tensión. El cambio químico en el aire. El miedo renovado.

Protocolo Reinicio… No era solo una fórmula incompleta. Era decidir si intentaban devolver a Raquel a su forma humana con una probabilidad del ochenta por ciento de matarla en el proceso. Y hacerlo delante de ella. Sin saber si, al mínimo gesto sospechoso, la alfa decidiría que la manada ya no merecía seguir respirando.

Laia no había dicho una sola palabra. Y cuando Laia callaba no era porque estuviera ausente, sino porque su mente corría más deprisa que el miedo. Mientras los demás intentaban comprender el horror, ella ya lo estaba archivando, clasificando, desmontando. Quizá para ellos aquello fuera una pesadilla inédita. Para ella solo era un día más en la oficina. Su vida llevaba años siendo una puta pesadilla. Desde que su madre enfermó. Desde que su padre desapareció sin dejar ni una nota. No estaba calmada. Tenía el pulso acelerado, la boca seca, el estómago encogido como todos. Pero mientras otros se quedaban paralizados ante el abismo, hacía tiempo que ella aprendió a caminar por el borde sin mirar abajo.

No te haces más fuerte cuando vives demasiado tiempo al filo.
Solo te vuelves más resolutivo. Más frío cuando toca decidir.

Quizá Nico y Lena fueran los cerebros. Quizá Gabi fuera el místico. Sofi ya había demostrado ser la mano ejecutora. Gustavo, el protector… Pero ella tenía algo que casi todos - excepto los Sorrentino - no habían necesitado desarrollar jamás: instinto puro de supervivencia. Y mientras la duda se espesaba en el aire como niebla, Laia ya sabía qué hacer.
  • Lena… - dijo al fin, con una seguridad que no era valentía, sino cálculo -. ¿Cuántos sedantes te quedan?
Lena tardó apenas un segundo en responder.
  • Revisé el botiquín esta mañana. Seis en total.
  • ¿Son suficientes?
No hizo falta aclarar para qué. La doctora entendió al instante. Sus ojos se deslizaron hacia la mole oscura que seguía vigilándolos, incluso tumbada.
  • Maybe…
  • Pues Maybe es lo que tenemos - asintió Laia.
  • ¿Sedarla? ¿En serio? - murmuró Sofi incrédula -. ¿Y luego qué? ¿Qué hacemos cuando se despierte?
  • Eso ya lo pensaremos cuando suceda - replicó Laia sin alzar la voz -. Ahora mismo es la mejor opción que tenemos. No pienso jugar a probabilidades, y menos con una de los nuestros. La dormimos y esperamos a que su cuerpo vuelva a ser el que era. Con Nico funcionó, ¿no?
  • No hay pruebas de que… - intentó intervenir él.
  • No las hay, lo sé - lo cortó sin mirarlo siquiera -. Pero este no es momento de analizar nada. Es momento de actuar.
La grava crujió bajo una de las patas de Raquel. Nadie respiró durante un segundo.
  • Estamos rodeados de cadáveres - continuó Laia, bajando la voz -. Puede aparecer la policía en cualquier momento. O cualquier viajero que llame a emergencias…
Sofi bajó la mirada, un recuerdo doloroso atravesándole la expresión.
  • Saray dijo que la policía hacía rondas por la zona… - murmuró- . Tienes razón. No podemos quedarnos aquí mucho tiempo.
  • Y no es solo la policía - añadió Laia -. Sabemos que llevan geolocalizadores. Cuando ese teléfono vuelva a sonar y nadie conteste, esto volverá a convertirse en un infierno. Así que no es momento de curar a nadie. Es momento de recoger y largarnos.
El silencio que siguió fue distinto. Ya no era pánico. Era decisión. Lena levantó la vista hacia la Raquel monstruosa. Incluso relajada, incluso aparentemente en reposo, seguía siendo un centro gravitatorio. Sus ojos azul neón parecían absorber cada movimiento mínimo.
  • Está bien - cedió -. Lo intentaremos. Pero… - titubeó al notar cómo la bestia la observaba -. ¿Estamos seguros de que ella nos lo va a permitir?
La pregunta quedó suspendida entre ellos. Había algo profundamente inquietante en eso: necesitaban el consentimiento tácito de una criatura que ya no pensaba como humana.
  • Habrá que despistarla… - dijo una voz.
Todos se giraron hacia Gabi. Y cuando lo vieron sonreír, supieron que aquella curva en sus labios no anunciaba tranquilidad. Anunciaba una idea. Y, como siempre que Gabi tenía una idea, probablemente sería brillante. Y seguramente, peligrosísima. Gabi no apartó la vista de Raquel cuando habló. Sonreía, sí, pero no era una sonrisa confiada. Era la de alguien que acaba de encontrar una rendija en un muro que parecía inexpugnable.
  • No hace falta ser más fuertes, o más rápidos que ella - murmuró -. Solo hace falta que mire hacia otro lado.
Nico frunció el ceño.
  • ¿Y cómo exactamente propones hacer eso?
Gabi se encogió ligeramente de hombros. No lo había aprendido en la universidad. No tenía, ni mucho menos, un doctorado en etología. Pero llevaba media vida consumiendo información como si fuera oxígeno. Documentales, foros, libros en PDF descargados a las tres de la mañana, vídeos de gente que sabía más que él y lo compartía gratis. La red no solo le servía para apaciguar su libido, le servía para aprender.

Nico lo miró con atención. No estaba impaciente, solo evaluando.
  • Hace años vi un documental sobre primates - empezó Gabi -. No recuerdo si eran macacos o chimpancés… La cuestión es que el macho alfa estaba tenso después de una pelea territorial. Todo el grupo estaba en alerta, tenso, violento. Y entonces… ¿Sabéis lo que hicieron los jóvenes? No lo desafiaron, ni lo evitaron. Lo entretuvieron.
Sofi parpadeó.
  • ¿Entretenerlo?. ¿Cómo?
  • Con juegos, gestos absurdos, movimientos exagerados. Conductas casi infantiles, la verdad. No era burla por burla. Era regulación social. Bajaban la tensión del líder, le recordaban que el grupo seguía ahí, que no había amenaza. Le daban algo que observar, algo que procesar, algo que no fuera conflicto.
Miró de nuevo a la mole oscura, que seguía tendida pero alerta, las orejas apenas móviles, captándolo todo.
  • Ella no está furiosa - añadió -. Está organizando el mundo. Ya ha establecido la jerarquía. Ahora necesita estabilidad. Si uno de nosotros se mueve con intención directa, como por ejemplo ir a por los sedantes, lo interpretará como acción relevante. Como posible desafío o amenaza. Pero si alguien capta su atención… si alguien entra en su foco de curiosidad…
  • …El resto puede moverse fuera de ese foco - completó Nico, entendiendo al instante.
Gabi asintió.
  • No se trata de distraerla como a un perro con una pelota. Se trata de interactuar. De jugar dentro de sus códigos. Movimientos amplios, no agresivos. Exposición, pero controlada. Algo que active su curiosidad, no su defensa territorial.
  • ¿Y quién se supone que va a hacer el payaso delante de un oso de cuatro metros? - susurró Gustavo.
Gabi dejó escapar una leve risa nasal.
  • No es hacer el payaso, compañero. Es comportamiento juvenil. Sumiso, pero activo. En los primates funciona porque el alfa rara vez ataca a quien adopta el rol de cría o subordinado lúdico…
  • A mi me parece una payasada - masculló entre dientes.
  • Y puede que lo sea… Pero es efectivo. Reduce el nivel de amenaza percibida.
Laia ya estaba pensando en términos prácticos.
  • Mientras algunos la mantenemos ocupada… Lena puede ir a por el botiquín.
  • Exacto - confirmó Gabi.
Sofi negó con la cabeza, aún incrédula.
  • Cariño… no te ofendas, ¿vale? Pero estás basando nuestra supervivencia en un documental de monos que viste por Youtube…
  • Estoy basando nuestra supervivencia en biología básica - replicó él con calma -. Dominancia no es lo mismo que violencia constante. Si ya nos ha aceptado como grupo, lo último que quiere es destruirlo. Pero tampoco va a tolerar acciones fuera de su control.
Miró a Lena.
  • Necesitas menos de un minuto, ¿no?
  • Treinta segundos si no me tiembla el pulso.
  • Pues te daremos cuarenta.
El viento arrastró el olor metálico de la sangre. Raquel levantó apenas la cabeza, como si percibiera el cambio de energía entre ellos.
  • Hagamos eso entonces - dijo Laia - ¿Voluntarios?
Todas las miradas se desviaron lentamente. Gabi suspiró.
  • Vale. Supongo que si yo he dado la idea… me toca a mí.
No había bravata en su voz. Tampoco heroísmo. Solo aceptación. La sombra de la bestia se movió ligeramente sobre la grava. Gustavo ni la miró siquiera, no apartaba la mirada de Gabi, que ya se preparaba para iniciar su teatro simiesco.
  • Cuenta conmigo, chaval - dijo con una media sonrisa - Si el objetivo es hacer el imbécil, yo soy el más indicado…
Gabi asintió en silencio.
  • Lena, si funciona - añadió en voz baja -, camina sin correr. Nada de movimientos bruscos. Coge los sedantes y vuelve igual. Y si no funciona…
Nadie quiso completar la frase. Raquel los observaba. Y por primera vez desde la carnicería, no eran presas esperando un veredicto. Eran una manada a punto de intentar algo que no figuraba en ningún manual científico. Sobrevivir usando lo único que siempre había distinguido a los humanos. No la fuerza, si no la capacidad de aprender… incluso de los monos.
  • ¿Vamos? - sonrió Gabi.
  • Vamos… - sonrió Gustavo - Pero… ¿Qué hacemos?
  • Tú sígueme el rollo…
Gabi fue el primero en moverse. No hacia delante. No hacia atrás. Hacia un lado. Y no erguido como un humano, sino como un simio. Un desplazamiento lateral, bajo, casi reptante, como si estuviera probando la consistencia del suelo con las palmas abiertas. No miró directamente a Raquel. Sus ojos vagaron por la grava, por el aire, por nada en concreto. Después hizo algo absurdo: se sacudió los brazos con torpeza, como si intentara desprenderse de agua invisible. Gustavo lo entendió sin necesidad de palabras. El ariete del grupo, el hombre que siempre resolvía problemas a base de impacto, se agachó hasta casi ponerse en cuclillas. Emitió un sonido extraño, una especie de chasquido gutural, mitad tos, mitad gorjeo. Ridículo. Deliberadamente ridículo.

Raquel no reaccionó. Seguía tendida, el hocico sobre la grava, los ojos azul neón abiertos y atentos, con una indiferencia absoluta. Como una montaña que decide no conceder importancia a los insectos que se agitan a sus pies. Gabi exageró más sus gestos. Dio un pequeño salto lateral, torpe, y cayó con las manos antes que con los pies. Rodó sobre un hombro, levantando una nube de polvo y ceniza. Después se incorporó a medias y empezó a balancearse, adelante y atrás, golpeando suavemente el suelo con los nudillos. No era una burla. Era una imitación grotesca de juventud animal. De subordinación activa.

Sofi no pudo evitar sonreír. Era absurdo, incluso ofensivo. Comportarse de aquel modo ridículo en mitad de una carnicería no tenía sentido alguno. Gustavo lo secundó con menos gracia pero más volumen. Se desplazó a cuatro patas en un arco amplio, describiendo una curva frente a la bestia. Emitió otro sonido extraño, más grave, casi cómico, y dio un pequeño empujón juguetón al aire, como si invitara a algo invisible a perseguirlo. La mole oscura no se movió. Pero una de sus orejas giró apenas unos grados. Gabi lo vio de reojo y redobló la apuesta. Se dejó caer de espaldas y pataleó un segundo, levantando las piernas como un cachorro descoordinado. Luego se incorporó de golpe y sacudió la cabeza con violencia exagerada, el pelo cayéndole sobre la frente.
  • uh… uh… - murmuró, no como palabra, sino como vibración.
Entonces ocurrió. Raquel levantó lentamente la cabeza. No de golpe, ni alarmada. Fue un movimiento pesado, deliberado. El hocico se separó de la grava y el vapor salió en una exhalación más visible. Sus ojos se clavaron en aquel espectáculo absurdo. La cabeza se inclinó ligeramente hacia la derecha. La curiosidad asomando en su mirada. Gustavo aprovechó esa fracción de atención y dio un pequeño brinco hacia atrás, como si invitara a una persecución que sabía que no llegaría. Golpeó el suelo con ambas palmas y luego retrocedió, agachado, mostrando el costado.

La bestia parpadeó despacio. Otra inclinación de cabeza, esta vez hacia el lado contrario. Analizaba el patrón. No entendía el juego como humano. Lo procesaba como estímulo nuevo dentro de su territorio ya asegurado. Mientras tanto, Lena comenzó a moverse. No fue un gesto visible. No hubo señal. Simplemente dejó de estar exactamente donde estaba. Su desplazamiento fue tan lento que parecía un error de percepción. Como la erosión del agua sobre la roca: imperceptible en el instante, inevitable en el resultado. Palma tras palma, rodilla tras rodilla, retrocedió unos centímetros. Después otros más. Sin levantar la cabeza. Sin romper la línea de sumisión.

Raquel no la miró. Seguía observando a los dos “jóvenes” simios que se agitaban ante ella. Gabi emitió un chillido agudo y corto, casi infantil, y dio una vuelta sobre sí mismo, tropezando a propósito y cayendo de rodillas. Gustavo lo empujó suavemente con el hombro, exagerando el gesto como si estuvieran disputándose un espacio imaginario. La bestia se incorporó un poco más sobre las patas delanteras, mostrando interés. Sus hombros se tensaron apenas, el pelaje oscuro ondulando bajo la luz de los faros. La cabeza volvió a torcerse, esta vez más marcada, como si intentara encajar aquel comportamiento en su nuevo mapa del mundo.

Lena ya estaba a varios metros. La grava crujía bajo su peso, pero el sonido quedaba enterrado bajo los movimientos más amplios de Gabi y Gustavo. Alcanzó el primer escalón del albergue. Se detuvo. Esperó un latido. Raquel soltó un resoplido bajo. Gabi respondió con otro sonido absurdo y dio un salto lateral más amplio, cruzándose deliberadamente en el campo visual de la bestia. Los ojos azul neón lo siguieron y Lena cruzó el umbral.

La puerta del albergue estaba entreabierta desde la irrupción violenta de antes. Se deslizó hacía el interior con la misma lentitud. Fuera, bajo el cielo helado, dos hombres adultos seguían haciendo el mono ante una criatura que podía despedazarlos en un segundo. Y, por primera vez desde que la noche se había roto, Raquel no parecía pensar en sangre. Parecía… divertida.

Al principio fue solo eso: curiosidad. Raquel observaba los movimientos torpes, los saltos exagerados, los empujones fingidos. Su enorme cabeza oscilaba de un lado a otro siguiendo las trayectorias erráticas de Gabi y Gustavo. El vapor salía de sus fosas nasales en nubes lentas, densas. Entonces, sin previo aviso, se incorporó y dio un paso pesado y contundente. La grava crujió bajo su peso. Gabi se quedó quieto un segundo, apenas un latido, pero no retrocedió. Emitió otro sonido juguetón, golpeó el suelo con la palma abierta y giró sobre sí mismo como invitándola a participar.

Raquel avanzó hacía él, esta vez a la carrera. Y aunque no hubiera violencia en el gesto, tampoco había delicadeza. Todos contuvieron la respiración al verla como bajó la cabeza y empujó, sin medir su propia fuerza. El impacto fue seco. Gabi salió despedido como si lo hubiera embestido un camión. Su cuerpo describió un arco torpe en el aire antes de caer varios metros más allá, rodando sobre la grava hasta quedar inmóvil. El sonido del golpe fue brutal.

Todos se estremecieron, Sofi se incorporó de golpe, el instinto humano imponiéndose al plan. Pero antes de que pudiera dar un paso, la mano de él se alzó desde el suelo, temblorosa pero firme. La palma completamente abierta. Con la otra mano se palpó las costillas, una mueca de dolor atravesándole el rostro. Respiró hondo, conteniendo el quejido que le quemaba el pecho, pero mantuvo la mano en alto, pidiendo calma. Raquel no lo había atacado, solo intentaba participar en aquel primitivo juego social. Se había quedado donde estaba, ligeramente encorvada, mirando el lugar donde él había caído. No comprendía el alcance de su fuerza. Solo había respondido al estímulo con la intensidad que su nuevo cuerpo entendía.

Gabi se incorporó despacio. Cojeando apenas. La respiración corta. Pero avanzó hacia ella. No la miró directamente. Bajó la cabeza. Curvó la espalda. Se acercó en diagonal, evitando la línea frontal. Cuando estuvo a su alcance no extendió las manos para acariciarla. Se pegó. Apoyó el hombro contra su pecho enorme, dejando que su cuerpo entero rozara el pelaje oscuro apelmazado de sangre. Se deslizó contra ella como lo haría un cachorro que busca contacto. Frotó el costado contra su pata delantera. Contra su cuello. No eran caricias humanas. Era contacto animal. Fricción. Aceptación.

Raquel se tensó al principio. Los músculos de los hombros se endurecieron. Un gruñido bajo vibró en su garganta, más reflejo que amenaza. Sus garras se clavaron un poco más en la grava. Pero Gabi no se apartó. Volvió a rozarla, esta vez más lento. Apoyó la frente contra su pelaje. Respiró hondo, impregnándose de su olor. El gruñido de la bestia se fue apagando lentamente. La tensión en su espalda cedió como una cuerda que deja de estirarse. Su enorme cabeza descendió un poco y respondió al contacto. No con violencia. Con torpeza. Frotó el hocico contra el hombro de Gabi, empujándolo con menos fuerza esta vez. El vapor de su respiración le envolvió la cara.

Carol y Fani observaban sin parpadear. El miedo las mantenía rígidas, los dedos clavados en la grava. No entendían lo que veían. Aquel monstruo capaz de desgarrar hombres como papel estaba ahora aceptando contacto, inclinando la cabeza como una criatura que descubre una nueva forma de vínculo.

Gustavo avanzó despacio. Se unió desde el otro lado, agachado, apoyando su espalda contra el costado de la bestia. Cerró los ojos un instante y dejó que su peso descansara parcialmente en ella, como si buscara calor. Raquel emitió un resoplido más suave. Su cuerpo enorme se relajó visiblemente. Las orejas descendieron un poco. El cuello se alargó hacia delante, volvió a tumbarse sobre el suelo. Por primera vez desde la carnicería, no parecía una deidad furiosa ni una fuerza demoniaca de la naturaleza. Parecía… integrada.

En ese instante. La puerta del albergue se abrió apenas un suspiro. Lena apareció con el botiquín apretado contra el pecho. Sus movimientos eran medidos, clínicos, pero su respiración no lo era. Se acercó por la retaguardia, manteniéndose fuera del campo directo de visión. Uno a uno, y sin palabras, repartió las jeringuillas. Nico tomó la suya. Sofi otra. Antonio otra más. Manos temblorosas, pero decididas.

Gabi seguía apoyado contra Raquel, frotándose contra su cuello, murmurando sonidos bajos y constantes para mantener su atención anclada en el contacto. Gustavo hizo lo mismo, ampliando el abrazo, convirtiéndolo en algo casi grupal. La alfa bajó aún más la guardia. Su enorme cabeza descendió hasta quedar casi a la altura de los hombros de Gabi. Sus ojos azul neón se entrecerraron levemente. El vapor salía más lento ahora. Buscaba su calor. Eso era lo que parecía.

Nico fue el primero en moverse. Se deslizó por el costado trasero, pegándose al pelaje como si solo buscara compartir el abrazo. Sofi imitó el gesto desde el otro ángulo. Un latido suspendido. Y entonces, al unísono, clavaron las jeringuillas en la masa muscular de su lomo. El sonido fue mínimo. Un leve chasquido húmedo. Raquel ni se inmutó, pero el mundo pareció congelarse.

Durante varios minutos, nada más importó. Todos permanecieron pegados a Raquel, cada cuerpo apoyado contra el suyo, respirando su calor, sintiendo la vibración de cada inhalación de aquel monstruo que ya no era exactamente humano, pero seguía siendo parte del grupo. Era un contacto instintivo, primitivo: hombro con hombro, espalda con lomo, brazos contra patas, formando un nido caótico de carne y pelaje. Como lobos acurrucados en la nieve, compartiendo calor para sobrevivir al frío que mordía la noche. No había palabras, no había razón; solo la necesidad de existir juntos, de formar un todo que mantuviera la vida de cada uno, protegidos bajo la presencia de aquel alfa inmenso y terrible.

El silencio estaba poblado de respiraciones sincronizadas, jadeos que se mezclaban con el vapor que salía del hocico de Raquel, con el olor a sangre seca y pelo mojado. El mundo exterior parecía diluirse. Cada sombra se convertía en amenaza, cada crujido de la noche en un peligro potencial, pero aquí, junto a ella, nadie osaba moverse. Nada se sentía más fuerte que aquel corazón bestial.

Si en ese preciso momento alguien hubiera llegado al albergue… si un viajero inocente o un asesino despiadado hubiera visto aquella escena… de seguro habría retrocedido, con el corazón paralizado. Habría sentido el terror irracional que provoca lo imposible: un oso colosal, azul neón en los ojos, cubierto de sangre humana, rodeado de seres que ya no eran del todo humanos, pegados a él como una manada indestructible. Habría dado media vuelta, corrido sin mirar atrás, y en su mente se habría derrumbado todo lo que creía saber sobre la realidad, cuestionando cada verdad que sostenía su razón.

Allí, en medio de la noche helada y la oscuridad sangrienta, el albergue se convirtió en un santuario primitivo, un refugio de vida dentro del horror. La manada estaba unida. Todos estaban vivos, y, por ahora, nada podía tocarlos mientras el alfa permaneciera entre ellos.
  • ¿Está dormida? - preguntó Sofi en un susurro, estirada sobre Raquel.
La respiración de la bestia hacía que todo su cuerpo subiera y bajara levemente, en un ritmo constante, profundo y ralentizado. Gabi levantó la cabeza con cuidado, midiendo cada movimiento. Raquel tenía los ojos cerrados, respiraba con una calma extraña, casi hipnótica. Con delicadeza extrema, abrió con dos dedos uno de sus párpados y esperó, un minuto que pareció eterno, buscando cualquier reacción.
  • Sí… lo está - confirmó Gabi, sin alzar la voz -. Vamos. Es ahora o nunca.
Al instante, todos se pusieron en marcha, antes incluso de saber qué hacer. Laia tomó el mando, distribuyendo tareas con firmeza y precisión. Los hombres subieron con sumo esfuerzo el inmenso cuerpo de Raquel a la ranchera, cubriéndola con una lona para ocultarla y tensando cinchas hasta inmovilizarla por completo. Cada movimiento era medido, silencioso, como si temieran despertar al alfa dormido. Mientras tanto, las mujeres se encargaron de dar sepultura a Saray. La enterraron con solemnidad, dejando una nota temblorosa a sus hijos: nada detallado, solo lo esencial, un último gesto de respeto para una vida arrebatada injustamente. Luego recogieron sus pertenencias, vaciaron la despensa del albergue y lo cargaron todo en los vehículos. Después registraron los maleteros de los todoterrenos, encontrando un par de rifles, munición y chalecos antibalas.

Se llevaron lo esencial, lo que necesitaban: armas, comida, gasolina… y antes de subir a los coches, todos se detuvieron. Contemplando en silencio aquel albergue, testigo de la carnicería, de la violencia y del milagro de haber sobrevivido.
  • ¿Y los cadáveres? - preguntó Carol, la voz quebrada -. ¿Los dejamos aquí?
  • Sí… ch’hanno ‘a putrì quanno sponta ‘o sole - escupió Antonio al suelo, con rabia -. Nun se mèritano nient’ ‘e cchiù.
Se subió al asiento del conductor, cerrando la puerta de un portazo.
  • ¿Qué ha dicho? - preguntó dubitativa.
  • No lo sé, cariño - contestó Sofi, guardando la pistola en el cinturón -, pero puedes hacerte una idea.
La rodeó con el brazo, con un gesto suave, protector.
  • Vamos… hay que irse…
Carol la siguió, pero no pudo evitar girarse una última vez. Sus ojos recorrieron el cuadro grotesco que dejaban atrás: un albergue teñido de rojo, testigo de lo imposible, del horror, y de la fuerza abominable que los había mantenido con vida. Se subió al coche y se quedo inmóvil, pegada al asiento, el corazón golpeándole en el pecho como un tambor de guerra. El terror la recorría de pies a cabeza, un frío que se colaba por los huesos y la llenaba de vértigo. Pero a pesar del miedo, había algo más: el recuerdo.

El de aquel instante breve y silencioso, rodeada por Raquel y el resto del grupo, cuando algo nació en su interior. Sintió la familia, no la de sangre, no solo esa, sino la manada entera. El vínculo que los mantenía unidos en cada respiración, en cada leve movimiento alrededor del alfa dormido, le hablaba de la unión. Del pulso animal que corría entre ellos, un latido tan verdadero, tan innegable, que por un momento el miedo se mezcló con reverencia. Sintió la fuerza de la conexión, la certeza de que no estaba sola, de que todos respondían por todos.

El coche arrancó y se puso en marcha inevitablemente. Le costaba poner palabras a lo que sentía. Era difícil, realmente complicado. Quizás no existiera razón que pudiera explicarlo, solo instinto. Porque en ese instante, mientras todos fingían dormir como una jauría de lobos, Carol seguía consciente de que el mundo alrededor se había derrumbado, y aun así… no le importó.

En ese instante pequeño e insignificante, para ella solo hubo calor. Solo piel contra piel, cuerpos unidos bajo un latido común. Solo la certeza de pertenencia, de manada, de fuerza compartida. Y sí, sintió que eso era suficiente.

Quizás era demasiado pronto para ella. Todavía demasiado joven, todavía demasiado impresionable. Aún no podía igualar la determinación inquebrantable de su hermana, ni la claridad indisoluble de Laia, ni la fe peligrosa de Gabi. Pero algo había despertado aquella noche, algo que no podía nombrar. Más poderoso que la voluntad, más que el miedo, más que la razón. Una certeza cruda: que juntos podían más de lo que jamás habían imaginado.

Lo que había ocurrido no era locura. No era una pesadilla. Era visceral, feroz, una declaración sangrienta de lo que eran capaces de hacer. La muerte se había colado en su mundo, la violencia había manchado sus manos, y el horror había marcado cada recoveco de su alma. Y aun así, sentía la vivacidad de la supervivencia, la fuerza de la unión, la furia que corría por sus venas.

Los cuerpos mutilados de los “cuervos” debían quedarse allí, pudriéndose bajo el sol como dijo Antonio. No merecían nada más que eso. No eran víctimas, eran enemigos. Eran una advertencia. Prueba muerta y sangrienta de que si alguien atacaba a uno de ellos, la manada respondería al unísono. Siempre furiosa. Siempre unida. Siempre inquebrantable.

Carol inspiró hondo, dejando que la comprensión fluyera por su cuerpo. Todavía asustada, todavía temblando, pero consciente de que ahora había algo nuevo en ella: la certeza de que pertenecía a algo más grande que ella misma. Y que esa fuerza, cuando se necesitara, rugiría más fuerte que cualquier terror.
  • ¿Estás bien? - le preguntó Sofi al verla tan callada.
  • Sí… - contestó Carol -. Solo pensaba en Raquel.
  • Se pondrá bien, ya lo verás - dijo Sofi, dándole un beso en la frente.
  • Lo que ha hecho, Sofi… es…
  • Lo ha hecho por nosotros. Sé que es duro, pero…
  • Lo sé… lo entiendo - la interrumpió con suavidad -. Al principio no. Me pasó lo mismo ayer, cuando te vi matar a ese hombre. Pensé: ¿Es esta mi hermana?
Sofi la miró profundamente, en silencio.
  • Y lo siento… siento haber dudado de ti. Porqué ahora lo veo, con una claridad terrible. Lo que hiciste… lo que ha hecho Raquel… lo entiendo, Sofi.
Ella le apartó el pelo de la frente. No sonreía, no podía. En el fondo, una parte de ella, aunque sentía un orgullo inmenso por su hermana, no podía evitar sentirse culpable por arrastrarla a aquella vida. Carol lo notó enseguida, como si le leyera la mente.
  • No sientas lástima por mí, te lo pido por favor - susurró -. Por un momento pensé que iba a ser una carga para vosotros, que no estaba preparada, que no estaba a la altura de las circunstancias. Pero ahora… ahora ya no. Voy a pelear, Sofi. Voy a sangrar. Y si debo convertirme en un monstruo abominable para salvarte, lo haré… Si mi destino es caer… si debo morir, será junto a ti, junto a los míos.
Se miraron en silencio. Hermana reconociendo a hermana.
Sangre reconociendo a sangre. Loba reconociendo a loba.

Un fuego silencioso recorrió sus cuerpos, un latido salvaje que no necesitaba palabras. La furia contenida, la fuerza acumulada, la instintiva determinación de proteger a los suyos a cualquier precio; vibraba entre ellas como un rugido salvaje. Cada músculo, cada aliento, cada mirada era desafío y promesa: juntas, ninguna fuerza del mundo podría quebrarlas.
  • Simio reconoce a simio - rió Gabi embragando el coche.
Como el Indio, siendo el grito que advierte del quiebre y el espejo que refleja la noche para que el hogar no pierda su luz. Esta historia continuará…
 
Se han convertido en un organismo unicelular, múltiples brazos pero un único motivo vital, protegerse y sobrevivir como un solo ente.
Los sicarios, servir de elimento a coyotes, cuervos, buitres y demás carroñeros, que sirvan para algo noble. Y de paso, de aviso a las suizos que no lo van a tener fácil con esta manada de "bestias".

Deben seguir investigando sobre el antídoto a la menor oportunidad.
 
Capítulo 50. Estaño - De(Sn)ivel

El Estaño (Sn) ocupa el quincuagésimo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del estaño con el concepto del desnivel - esa brecha insalvable entre el artificio humano, equivocado y frágil, frente a la verdad orgánica y eterna de la naturaleza -, obtenemos el retrato de una degradación necesaria. El estaño es el metal de la frontera inestable: un elemento que puede vestir la gala de la civilización, pero que en su núcleo guarda la memoria de un frío que lo devuelve a su estado de polvo primordial.

El Desnivel según el Estaño: El Colapso del Artificio

1. La Peste del Estaño (Transmisión de Fase)

A bajas temperaturas, el estaño metálico sufre una metamorfosis física y se convierte en es un polvo quebradizo. No es una reacción química, es un cambio de estructura: el metal simplemente se deshace. El mundo humano es un "estaño blanco": una superficie brillante de leyes, ciudades y lógica que creemos sólida. Pero el desnivel aparece cuando el frío de la verdad natural golpea. Nuestra civilización padece la "peste del estaño"; ante la fuerza de lo salvaje, nuestras estructuras artificiales no se rompen, se desmoronan en polvo gris. La naturaleza no nos ataca, simplemente nos recuerda que nuestra forma metálica es un error de temperatura.

2. El Grito del Desajuste (Cri de l'Étain)
Al igual que el indio, cuando doblas una barra de estaño, esta emite un crujido característico. Es el sonido de los cristales internos friccionando entre sí al ser forzados a una forma que no desean. El mundo humano grita porque está fuera de lugar. El desnivel es esa tensión acústica: cada vez que intentamos "doblar" la naturaleza para que encaje en nuestra economía o nuestra moral, escuchamos el "grito del estaño". Es el sonido de la mentira estructural. La naturaleza es silenciosa porque es verdadera; lo humano hace ruido porque es una geometría impuesta a la fuerza.

3. El Bronce y la Corrupción (Aleación Primigenia)
El estaño fue lo que permitió al hombre salir de la Edad de Piedra al mezclarse con el cobre para crear el bronce. Fue el primer paso hacia el artificio tecnológico. El desnivel comenzó con la primera fundición. Usamos el estaño para endurecer nuestra voluntad y separarnos de la tierra. Creímos que el bronce nos hacía dueños del mundo, pero el estaño es el "invitado traidor" en la aleación: es el que aporta la fragilidad. El mundo natural es el cobre puro, eterno y cálido; lo humano es la mezcla que, aunque más dura al principio, termina por oxidarse y perder el norte.

4. La Resistencia a la Corrosión (Hoja de Lata)
El estaño se usa para recubrir el acero (hojalata) y protegerlo de la comida y el oxígeno. Es la barrera que pusimos entre lo que consumimos y lo que somos. El mundo artificial es una conserva. Vivimos dentro de una lata de estaño, aislados de la verdadera vida por miedo a la "corrosión" de lo salvaje. El desnivel es la diferencia entre el alimento fresco en la rama (la verdad) y el alimento procesado dentro del metal (nuestra cultura). Creemos que la lata nos protege, pero solo está retrasando nuestro reencuentro con la tierra que acabará por perforar el envase.

5. El Organoestánnico (Toxicidad del Control)
Cuando el estaño se une a cadenas de carbono orgánico, se vuelve altamente tóxico, usado para matar hongos y moluscos en los cascos de los barcos. Cuando lo humano intenta "gestionar" lo natural, el resultado es veneno. El desnivel se manifiesta en nuestra toxicidad: en nuestro intento de controlar la vida, la matamos. El estaño nos enseña que el hombre, al intentar injertarse en el carbono de la naturaleza, solo produce una química de muerte. La verdad absoluta es el bosque que crece sin pesticidas; el error humano es la fórmula que intenta limpiarlo.

Conclusión: El desnivel entre lo humano y lo natural, visto a través del estaño, es la geometría del colapso estructural. Es el reconocimiento de que nuestra brillante civilización es solo una fase temporal que el frío de la realidad terminará por convertir en polvo. Ser consciente del estaño significa aceptar que somos una construcción artificial sobre un abismo orgánico, y que la única forma de no sufrir la "peste" es aprender a desmoronarse con la gracia de quien regresa, finalmente, a casa.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -


Viajaban en tres coches, los dos que robaron en Nazca más el que encontraron aparcado en el albergue, y que todos pensaron sería de Saray. Era una furgoneta blanca y desgastada que seguro debía haber utilizado - mientras vivía -, para ir a comprar o visitar a sus hijos en Lima.

Vincenzo iba en cabeza, acompañado de Laia, Nico y Lena en el viejo utilitario, abriendo camino a una distancia prudencial de los otros dos vehículos. La idea era simple: si encontraban peligro en el horizonte, tendrían suficiente tiempo para reaccionar y avisar a los que venían detrás.

En medio de la caravana, Antonio conducía la ranchera con el cuerpo transformado de Raquel en la parte posterior. Acompañado de Gustavo y Fani, los tres tensos y nerviosos. Y en retaguardia viajaban Gabi, Carol y Sofi, pegados a ellos y atentos a cualquier movimiento extraño que pudiera hacer la carga que transportaban.

La noche era cerrada cuando salieron a toda prisa del albergue. Nadie miró la hora, tan solo arrancaron y siguieron su camino hacia Cusco. Condujeron sin detenerse: comer, beber, conversar y soñar en movimiento. Vivir en la carretera. Y si alguien tenía ganas de mear o cagar, la respuesta era clara y absoluta: ¡Aguanta un poco más!. Debían alejarse lo máximo posible - y cuanto antes - de los cadáveres, de la muerte, de los enemigos que los perseguían.

Y mientras algunos aprovecharon el largo trayecto para dormir o para reflexionar en silencio sobre todo lo que había sucedido, Vincenzo no podía dejar de mirar la carretera como si en el asfalto estuvieran escritas la respuestas a todas sus preguntas. Había intentado callar. Había intentado dejarlo pasar. Pero aquella imagen regresaba una y otra vez a su mente: el cuerpo monstruoso, la fuerza animal, la brutal violencia.

Apretó el volante con los dedos frios.
  • Tenemos que hablar… - murmuró al fin, sin apartar la vista de la oscuridad que devoraba los faros.
Nico a su lado, lo miró de reojo, pero no respondió. Dentro del coche solo se oía el motor y el siseo del viento golpeando la carrocería. Vincenzo tragó saliva.
  • ¿Qué demonios le pasó a vuestra amiga?
La pregunta quedó flotando en el interior del vehículo, pesada, incómoda, como si Vicenzo fuera ahora Raquel y nadie se atreviera a mirarlo directamente a los ojos.
  • ¿Nico? - insistió el napolitano.
El joven científico negó con la cabeza, mirando por la ventanilla, como si pudiera ver algo más que esa profunda oscuridad.
  • Es complicado, Vicenzo…
  • Nun parece… Os vi 'ind'ô albergo, y nun parecìve tan sorprezi. Sobretodo tú, Nico. Así que nun es tan complicato de saccio - apartó la mirada un segundo de la carretera y dirigió toda su atención hacia él - Spiegamelo, ammanc’... debes de hacerlo.
Nico se giró hacía él entonces, y sostuvo su mirada uno segundos sin decir nada.
  • No es ese tipo de complicación, no tengo ningún problema en contarte todo lo que sabemos…
  • Fàllo tanno - insistió Vicenzo - Ammanc' de capì… Necesito entender.
  • Eso es lo complicado… ¿Cómo voy explicarte algo que ni yo mismo comprendo?
El napolitano volvió la vista hacía la carretera, dejando escapar un leve suspiro.
  • Facile, amigo… por el prencipio.
Nico no pudo evitar soltar una risa breve, amarga, casi irónica. “Fácil”, había dicho Vincenzo. No lo era. Nada lo era en realidad. Y jamás volvería a serlo desde aquel día maldito en que Laia tocó por accidente la “Azulita”. Todo había ocurrido tan deprisa que apenas había tenido tiempo de reflexionar. Los hechos se habían sucedido como una avalancha: uno tras otro, sin tregua, sin espacio para detenerse a evaluarlos. Por eso, antes de empezar a hablar, antes de contarle absolutamente todo a su nuevo compañero, Nico cerró un momento los ojos y lo recorrió todo en su memoria. Paso a paso. Como quien vuelve a ver una película de su propia vida.

Se tomó su tiempo y Vincenzo no insistió. No lo apremió. Esperó en silencio, paciente, con las manos firmes en el volante. Y cuando Nico empezó a hablar, no lo interrumpió ni una sola vez. Solo escuchó. Escuchó aquella historia imposible.

Nico le habló del accidente, del primer contacto con aquel polvo azul que no debía haber tocado nadie. Le habló de cómo Laia se transformó en aquella criatura absurda y grotesca, una muñeca de plástico voluminosa, vacía, desprovista de voluntad y de raciocinio. Le explicó cómo poco después descubrió que el origen de todo era la Mycena neonfaucis. Y cómo, rápidamente, comprendieron algo aún más imposible: que aquella seta extraña podía revertir cualquier enfermedad conocida. Le habló del primer impulso, el más humano y miserable: lucrarse con ello. Y de cómo, casi al mismo tiempo, entendieron que aquello no podía caer jamás en manos de las grandes corporaciones médicas.

Le habló del compromiso y del pacto que hicieron. De como aceptaron la peligrosa idea de desafiar al mundo entero y curarlo desde la clandestinidad. Le habló de Suiza, del robo premeditado de nuevos ejemplares, causa de su posterior persecución. Le habló de Gustavo perdiendo el norte, jugando con algo que ninguno de ellos comprendía realmente. Le habló de la noche en que tuvo que apuñalar a un hombre veinte veces para impedir que matara a Raquel. Le habló del miedo, del pánico, de las noches interminables investigando lo imposible con los ojos rojos y la mente al borde del colapso.

Le habló de como África - la madre de Laia -, volvió del mundo de los muertos. De aquellas palabras antiguas que brotaron de su garganta. Le habló de Gabi, de cómo navegando entre datos dispersos, había relacionado la “Azulita” con Cusco. El motivo por el que habían subido a ese avión. No solo empujados por aquella idea absurda - pero necesaria - de buscar respuestas en el extremo opuesto del mundo. Sino porque habían sido descubiertos.

Se lo contó todo. Absolutamente todo. Incluso los detalles más escabrosos. Los errores. La lujuria desatada durante los primeros días, que ahora solo le provocaba vergüenza. No ocultó nada. Y cuando terminó, el coche llevaba varios kilómetros avanzando sin pausa alguna.

Laia y Lena, despiertas en los asientos traseros, cruzaron varias miradas mientras Nico se vaciaba, y lo hicieron sin decirse nada. Silencios que decían más que millones de palabras. El napolitano seguía conduciendo, con la mirada fija la carretera, con la mandíbula apretada y el ceño ligeramente fruncido. La poca luz que se filtraba desde el exterior le dibujaba sombras duras sobre el rostro.
  • Te dije que era complicado - murmuró Nico con una media sonrisa cansada.
Lo que aquel chico acababa de contarle era una completa locura, por supuesto. Una historia tan absurda que, en cualquier otro contexto, la habría descartado al instante. Pero había algo en como lo había contado que no encajaba con una mentira. Nico no mentía, no cabía duda. Y eso, precisamente eso, era lo que Vincenzo necesitaba: Sinceridad.

Él no estaba intentando procesar lo que acababa de oír. Vincenzo era como Laia: un maldito superviviente. Su mente no se quedaba atrapada en el pasado ni se perdía en explicaciones imposibles. Ya había saltado al siguiente problema. Al siguiente movimiento. Al siguiente paso.
  • Solo hay una cosa que no me cuadra de toda esa historia…
Nico dejó escapar una risa seca.
  • ¿Una sola? ¿Hablas en serio?
  • Sí… - respondió el napolitano, completamente serio -. ¿Por qué Cusco? ¿Qué buscáis allí?
Nico apoyó la coronilla en el reposacabezas y dejó que su mirada se perdiera en la oscuridad infinita de la carretera.
  • Respuestas, supongo… Aunque eso será mejor que se lo preguntes a Gabi.
Vincenzo negó lentamente con la cabeza.
  • ‘O guaglione... ese chico... no te ofendas Nico, me cae buono, pero nun está muy cuerdo... no está muy derecho de la capa. Quiero decir... estamos seghitanno un maldito plan que él soñó en un viaggio... un viaje canábico. Siendo tú scienziato... científico, ¿nun crees que chesto es 'na pazzìa? ¿No crees que es una locura?
Nico se encogió de hombros.
  • No conozco demasiado a Gabi. En realidad, no os conozco demasiado a ninguno de vosotros… excepto a Laia… que llevamos años juntos.
Ella, sentada detrás, apoyó una mano sobre su hombro y apretó con firmeza.
  • Pero algo sí sé… - continuó Nico.
  • ¿El qué? - preguntó Vincenzo.
  • Que no hemos podido responder absolutamente nada usando la ciencia. Y eso es un hecho innegable. Lo hemos intentado… créeme cuando te digo que lo hemos intentado.
  • ¡It’s true! - sonrió Lena desde el asiento trasero, con un cansancio que le apagaba la voz.
Nico asintió levemente.
  • Debes entender que cuando Gabi tuvo la idea de venir a Perú, yo fui el primero en mostrarme escéptico. Jamás he sido un hombre de fe, nunca he creído en Dios, nunca he permitido que el mundo me ocultara nada detrás de supersticiones. Siempre pensé, y a veces aún quiero pensarlo, que todo lo que existe, sobre la faz de la Tierra o más allá de las estrellas, tiene una respuesta científica, racional, empírica…
Suspiró lentamente.
  • Pero está claro que me equivocaba.
  • Lo que le pasó a Raquel… - murmuró Vincenzo.
  • Sí, eso es innegable. Una prueba irrefutable… Pero lo que realmente cambió mi forma de ver las cosas fue otra cosa.
Nico guardó silencio un instante antes de continuar.
  • El día antes de subir a ese maldito avión… probé la “Azulita” por error, en mi propio cuerpo.
El napolitano lo miró de reojo.
  • Me resulta difícil explicarlo con palabras - continuó Nico -, pero sentí algo… algo extraño y, al mismo tiempo, increíblemente simple. Como si conectara con algo ancestral. No fue una alucinación psicotrópica, ni un delirio químico…
Sacudió la cabeza, buscando las palabras adecuadas.
  • Fue algo real… Tangible… empírico.
Intentó seguir explicándose, pero las frases parecían romperse antes de terminar de formarse. Y entonces una idea atravesó su mente como un relámpago, con una certeza brutal.
  • ¿Y si realmente lo que hemos descubierto no es más que un conocimiento antiguo y olvidado? - se preguntó en voz alta -. ¿Y si la Azulita no es de este mundo?
Vincenzo frunció el ceño.
  • No en el sentido de que sea extraterrestre - se apresuró a aclarar Nico -, sino en el sentido de que no puede explicarse con nuestras herramientas racionales.
Se quedó mirando la carretera, hipnotizado por la línea oscura que se perdía en la noche.
  • Puede sonar estúpido, lo sé… pero en ese momento en que fui lobo no tuve dudas. Porque no pensaba. Simplemente existía.
Su voz se volvió más baja, más intensa.
  • Todo era básico, brutalmente básico. Todo se redujo a respirar, comer, defender y sobrevivir - Tragó saliva - El hombre dejando de ser hombre. Sin ética. Sin moral. Sin juicio. Sin futuro… Solo el individuo, el instinto y el mundo.
Vincenzo lo observaba ahora fijamente. En los ojos de aquel chico había aparecido una llama nueva, una convicción peligrosa.
  • O dice como si chesto fuera algo buono... - dijo finalmente -. Yo sulo veo caos... un gran ammuina... Yo solo veo un desastre.
Nico negó despacio con la cabeza.
  • No sé si es bueno o no. Solo sé que era brutalmente cierto. Si lo hubieras sentido, lo entenderías… Fue una liberación tan profunda que por un momento deseé quedarme allí para siempre.
Su voz se volvió más áspera.
  • En el instante en que dejé de ser humano… en que me fundí con la naturaleza y lo dejé todo atrás… comprendí algo terrible.
Miró al frente, con los ojos brillando.
  • El mundo que hemos construido es una absoluta mentira.
Su respiración se volvió más pesada.
  • ¡Todo!… El tiempo es mentira. Las normas son un sinsentido. Las leyes no son más que control y miedo.
Hizo un gesto vago con la mano, como si abarcara toda la civilización humana.
  • Creemos que somos más poderosos que la naturaleza. Construimos ciudades de cemento. Nos vestimos con tejidos sintéticos. Comemos comida procesada. Nos rodeamos de máquinas y pantallas… y pensamos que eso nos hace superiores.
Vincenzo volvió la vista a la carretera sin responder. Nico posó su mano sobre la de Laia y la apretó suavemente.
  • Tú dices que solo ves caos… - Una pequeña sonrisa cansada apareció en su rostro - Yo también lo veía así.
Miró la oscuridad que devoraba el horizonte.
  • Antes lo veía así… Ahora solo veo verdad.
Nico guardó silencio después de pronunciar aquellas palabras, pero la idea seguía creciendo dentro de su mente como una semilla que por fin encontraba tierra fértil. Durante siglos, el ser humano había levantado muros entre sí mismo y el mundo real. Había domesticado los ríos, talado los bosques, perforado las montañas y cubierto la tierra con asfalto, acero y vidrio. Había inventado relojes para dominar el tiempo, leyes para domesticar la violencia, ciudades para olvidar que una vez había vivido bajo el cielo abierto. Todo parecía sólido, permanente, inevitable.

Pero en realidad no era más que una capa delgada. Pues debajo de aquella costra frágil, seguía latiendo lo mismo de siempre: la tierra húmeda, el hambre, el frío de la noche, el calor de los cuerpos reunidos para sobrevivir. La naturaleza nunca había desaparecido. Solo había esperado. Y tal vez - pensó Nico mientras la carretera se perdía en la oscuridad - aquel mundo artificial que la humanidad había construido no estaba destinado a durar. Tal vez debía caer, como caen las ciudades abandonadas cuando la hiedra rompe el cemento y los árboles nacen en mitad de las avenidas. Quizá todo aquello - el miedo, la violencia, la sangre derramada, la “Azulita”, las transformaciones imposibles - no era una aberración. Quizá era un recordatorio. Una fuerza antigua reclamando su lugar.

Porque llegará un día en que ese mundo artificial colapse. No por castigo divino ni por un accidente inevitable, sino por algo mucho más simple y mucho más peligroso: el propio ser humano. El mundo que hemos construido es demasiado complejo y a la vez demasiado frágil. Está sostenido por una especie incapaz de vivir sin ambición, pues siempre queremos más: más poder, más territorio, más riqueza, más control. Y en ese hambre constante lo devoramos todo: bosques, ríos, montañas, especies enteras si hace falta. No sabemos detenernos. Nunca lo hemos sabido. Las guerras nacen de esa misma raíz. Imperios que se levantan creyéndose eternos, hombres convencidos de que pueden dominar el mundo, banderas que justifican cualquier barbaridad. Cada generación promete haber aprendido de la anterior… y cada generación repite los mismos errores con armas más grandes y devastadoras. Así es el ser humano: construye maravillas… y después las destruye. Las ciudades crecen como colmenas gigantescas, las máquinas rugen día y noche, las luces nunca se apagan. Pero todo eso depende de una red invisible de recursos, energía y estabilidad que la propia humanidad se encarga de erosionar poco a poco. Una guerra más. Una crisis más. Un sistema que falla. Una cadena que se rompe. Y cuando empiece a romperse, lo hará como siempre hacen las cosas demasiado tensas: de golpe.

Porque el mundo artificial funciona mientras el hombre coopera…
pero el hombre rara vez coopera por mucho tiempo.

Por eso llegará el día en que el ruido de las máquinas se apague. El día en que las luces se extingan. El día en que las torres de acero y cristal empiecen a derrumbarse lentamente bajo el peso del tiempo. Y entonces el silencio regresará. Y en ese silencio quedará lo único que jamás dependió de nosotros. La tierra. La vida. El olfato. La manada sobreviviendo.
  • Quizás Gabi esté equivocado - sonrió Nico - Quizás no encontremos nada en Cusco. Pero yo confío en él. No con esto - se golpeó en la cabeza con el dedo - Sino con el corazón… pues él también ha sido lobo, también ha visto la verdad.
A Nico no se le escapaba aquella sensación persistente e incómoda. Era como una piedra en el zapato que no puedes ignorar por mucho que camines: todo estaba desnivelado. No hablaba solo del mundo, sino del propio ser humano. Durante siglos habían intentado enderezarlo todo, ordenar la existencia como si fuera un despacho bien archivado. Habían trazado fronteras, jerarquías, horarios, códigos morales. Habían intentado convencer al hombre de que debía pensar antes de actuar, medir antes de sentir, razonar antes de sobrevivir.

Pero la balanza nunca había estado equilibrada.

Habían colocado toneladas de pensamiento sobre un instinto que apenas comprendían. Habían construido un mundo entero sobre una criatura que, en el fondo, seguía siendo un animal. Un animal que comía, luchaba, temía, amaba y protegía a los suyos con una ferocidad que ninguna ley había conseguido domesticar del todo.

Todo estaba desnivelado porque habían olvidado una mitad de sí mismos.

Habían elevado la razón como un dios, mientras enterraban el instinto bajo capas de educación, progreso y normas. Pero el instinto no desaparece. No muere. Solo espera. Y cuando regresa - cuando algo rompe la superficie - lo hace con la fuerza de un río al que han contenido demasiado tiempo.

Quizá por eso todos sentían lo mismo, que todo parecía derrumbarse ahora. No porque el mundo se estuviera rompiendo. Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, estaba intentando volver a ponerse en equilibrio.

El silencio se hizo en el coche, la mano seguía firme sobre su hombro. Y Nico sonrió.
Pues su mundo estaba desnivelado, sí… pero era realmente hermoso.

Era un desnivel antiguo, salvaje y verdadero. No como el que el ser humano había creado en el mundo moderno - ese equilibrio falso sostenido por cables, máquinas y contratos invisibles -, sino uno real. De los que se sienten en los pulmones, en los músculos, en el latido del corazón.

Porque llegar a Cusco no era simplemente llegar a una ciudad. Era ascender. Kilómetro a kilómetro, la tierra comenzaba a levantarse como si el planeta mismo estuviera respirando bajo ellos. El aire cambió primero, de forma imperceptible, después con brutal claridad. A más de tres mil metros sobre el nivel del mar, el oxígeno escasea y el cuerpo lo nota enseguida. Mareos, dolor de cabeza, una fatiga espesa que parece filtrarse en la sangre.

El soroche, como lo llamaban los peruanos. El mal de altura que obligaba a cualquiera a recordar algo que el mundo moderno había olvidado: el cuerpo humano tiene límites. Y la montaña no negocia con ellos. Allí no servían las prisas, ni la arrogancia de quien cree dominar el mundo. Había que detenerse, respirar, beber agua, esperar, aclimatarse. Mate de coca entre las manos, pulmones aprendiendo de nuevo a llenarse de aire. No era el humano, sino la montaña quien marcaba el ritmo. Y ese mismo desnivel lo definía todo.

Cusco no estaba construida sobre una planicie dócil, sino sobre una geografía abrupta, quebrada por cerros y barrancos. La ciudad crecía adaptándose a la tierra, no al revés. Calles empinadas serpenteaban entre muros de piedra, obligando a caminar despacio, a medir cada paso. Desde cualquier altura se abrían panorámicas imposibles: tejados rojizos cayendo en cascada hacia el valle, y más allá, la cordillera de los Andes levantándose como una muralla de gigantes dormidos.

Un paisaje que no había sido domesticado, sino comprendido. Los incas lo habían entendido siglos atrás. Mientras otras civilizaciones luchaban contra la montaña, ellos habían aprendido a dialogar con ella. En las laderas imposibles habían levantado andenes - terrazas de cultivo que transformaban el desnivel en fertilidad -, creando pequeños microclimas donde crecían maíz, patatas y quinua. El agua descendía desde lo alto mediante canales tallados con una precisión casi sagrada, guiada únicamente por la gravedad.

La pendiente, para ellos, no era un obstáculo. Era una herramienta. Todo allí hablaba de lo mismo: adaptación. Incluso los caminos. Senderos antiguos que ascendían desde los dos mil metros hasta superar los cuatro mil, atravesando montañas, selvas y valles. Rutas como el Camino Inca o el paso del Salkantay que recordaban constantemente a los viajeros algo esencial: la naturaleza no se conquista. Se sobrevive a ella.

Y aun así, la tierra seguía recordando su poder. Las lluvias podían desatar deslizamientos de tierra en cualquier momento. Las montañas estaban surcadas por fallas geológicas antiguas, cicatrices profundas que hablaban de fuerzas mucho más grandes que cualquier imperio humano. Pero aun con todo eso… el lugar era hermoso. Porque aquel desnivel no era un error. Era la forma natural del mundo. Los ríos descendían por quebradas profundas hasta el Valle Sagrado, serpenteando entre pueblos indígenas y ruinas milenarias. Las montañas se abrían como gigantes de piedra alrededor de Urubamba, guardianes silenciosos de un territorio donde la historia, la naturaleza y la vida seguían entrelazadas.

Allí, todo parecía tener sentido. Todo parecía estar en su sitio.
Y tal vez por eso Nico no podía dejar de pensarlo.

El mundo moderno se había obsesionado con nivelarlo todo. Allanar montañas. Enderezar ríos. Cubrir la tierra con asfalto. Pero la vida nunca había sido plana. La vida era pendiente. Era esfuerzo. Era adaptación. Era desnivel. Y cuanto más se acercaban a Cusco, más evidente se volvía esa verdad.

El sol despertaba por el horizonte perezosamente, cuando el coche abandonó la carretera principal mucho antes de que la ciudad apareciera por completo ante ellos. Vicenzo condujo por un camino de tierra apenas visible, una cicatriz estrecha que se abría paso entre matorrales secos, piedras sueltas y pequeñas pendientes que obligaban al motor a gruñir con esfuerzo.

Buscaban altura. Y también silencio…
Pues no eran turistas, no estaban allí por placer.

Finalmente se detuvieron en un pequeño claro natural, oculto entre rocas y vegetación andina. Desde allí, la ciudad se desplegaba a lo lejos como un tapiz irregular extendido en el valle. Cusco apareció ante ellos, hermosa y majestuosa. Tejados rojizos escalonándose por las laderas, calles estrechas descendiendo hacia el corazón de la ciudad, y alrededor de todo ello las montañas, enormes y silenciosas, como si estuvieran observando desde hacía siglos. Nadie habló durante unos segundos. El aire era más frío allí arriba, más delgado también. Respirar exigía una atención que en la costa jamás había sido necesaria.

Lena fue la primera en romper el silencio.
  • Vamos a ver cómo está…
Se acercaron a la parte trasera de la ranchera y con cuidado retiraron la lona. Raquel seguía allí, completamente dormida. Los narcóticos aún la mantenían sumida en un sueño profundo, su respiración lenta y pesada elevando ligeramente su pecho con cada exhalación. La transformación no había desaparecido del todo, pero tampoco era ya el monstruo horrible que había sido horas antes. El cuerpo seguía grande, hinchado, como si aún recordara la forma que había ocupado. Pero la humanidad regresaba lentamente. El pelo oscuro que había cubierto su piel se estaba retirando poco a poco, como una marea negra retrocediendo. En algunos lugares aún permanecían mechones ásperos, pero la piel volvía a aparecer bajo ellos. Las garras también estaban cediendo. Los dedos se alargaban, deformes todavía, pero recuperando su forma humana centímetro a centímetro. Era un proceso lento, sumamente inquietante, pero avanzaba.
  • Parece que está volviendo - murmuró Lena -. ¿Qué hacemos?
Nico asintió en silencio.
  • Esperaremos un poco más. A ver como evoluciona…
Un poco más lejos, Carol estaba sentada sobre el capó de uno de los coches, observando el horizonte con los brazos cruzados. Miraba la ciudad… o más bien lo que les esperaba dentro de ella. Poco a poco, su mente empezaba a calibrar su nueva realidad desde otro punto de vista. Uno más afilado. Más desconfiado. Más instintivo. Y cuando Antonio pasó a su lado, ella habló sin apartar la vista del valle.
  • Enséñame.
El napolitano frunció ligeramente el ceño.
  • ¿Qué cosa?
Carol giró la cabeza lo justo para mirarlo.
  • A disparar. Enséñame a matar.
Antonio la observó durante unos segundos. No vio duda en sus ojos, tampoco miedo. Solo decisión. Y de forma automática, una sonrisa melancólica iluminó su rostro. El recuerdo fue inmediato. Había usado las mismas palabras, exactamente las mismas que Vincenzo había pronunciado un día, muchos años atrás. El paralelismo era casi irónico. Él también era el hermano mayor. Y, como Sofi, también tuvo que matar por primera vez para salvar a los suyos. Y ahora, tantos años después, Carol - la hermana menor - pedía exactamente lo mismo que su hermano le había pedido entonces. “Mparame a ’mmazzà” - “Enséñame a matar.” Antonio negó suavemente con la cabeza, casi divertido por el destino.
  • Viene 'a ccà, bbella mia… yo te mpareraggio.
Se alejaron unos metros del coche. Antonio señaló un tronco muerto caído en horizontal sobre la tierra seca.
  • Mìette 'sti latte drìtte... pon las latas rectas sobre el truonco de allá. Ponlas bien de la capa.
Carol obedeció en silencio. Recogió unas latas del suelo y las colocó encima del tronco, separadas entre ellas. Mientras regresaba hacia él, Antonio sacó la pistola, comprobó el cargador con un gesto automático y luego se la mostró.
  • Primero 'mpara a purtà rispetto... - dijo con calma -. Chesto nun es un jocattolo... esto no es un juguete.
  • Ya sé que no es un juguete, no soy una cría.
Antonio negó despacio con la cabeza.
  • No… nun 'o saccio, bbella mia… todo el mundo puede ammirà... puede apuntar - Levantó el arma y la dirigió hacia ella con firmeza - Pero pocos pueden llevarse 'a vita a un hombre. Pocos pueden de hacerlo de verdad.
Luego bajó suavemente la pistola, con una sonrisa indómita dibujándose en su rostro. La hizo girar con destreza entre los dedos, como un forajido del viejo oeste, y finalmente le ofreció la empuñadura. Carol la tomó con delicadeza.
  • Pesa… - dijo, sorprendida.
  • E cchiù pesant' sarrà a medida que la uses - sonrió con una crudeza despreocupada -. Matar es comm' 'o sexo, Carol… Jamás olvidas la primera vez. Y cuanto más lo haces, más facile se vuelve. Se vuelve casi un vicio.
La miró a los ojos.
  • Si vuò 'mparà... si quieres aprender, yo te mpareraggio... yo te enseñaré. Pero antes ammanc' de rispunnere... una pregunta. Solo una.
  • ¿Cuál? - preguntó Carol, cerrando un ojo mientras apuntaba a las latas.
Antonio sonrió, puso una mano sobre el cañón y bajó lentamente el arma.
  • ¿Pecché?
  • ¿Por qué qué?
  • Pecché, bbella mia… - respondió él con suavidad -. Chesta è 'a quistione.
Carol lo miró entonces. Sus ojos eran una ventana abierta a todo lo que ardía dentro de su alma. Había decisión. Había miedo. Había una voluntad feroz de proteger a los suyos. Había demasiadas cosas al mismo tiempo. Antonio se vio reflejado en sus pupilas como en un espejo que le devolvía su propio pasado y asintió despacio, sin necesidad de palabras.
  • Capisco… - murmuró -. Chesto è quello ca ha da fà 'nu buon' frate... eso es lo que debe hacer un buen hermano. - quitó la mano de encima de la pistola - Pruteggere a los suyos... a 'a gente soja. ¡Jammo!... levántala... auzala de la ‘nterra.
Le explicó el peso, el equilibrio, la posición de las manos. Cómo sostenerla. Cómo alinear la mirada con el punto de mira. Cómo respirar antes de apretar el gatillo. Carol escuchaba con atención absoluta y cuando Antonio se lo indicó, disparó sin pensarlo. El eco amortiguado se perdió entre las montañas, el retroceso fue mayor de lo que imaginaba. No obstante, no alcanzó a darle a ninguna lata y Antonio se acercó un poco más a su espalda.
  • Nun penzà si 'o vaje a pijà o no - susurró, corrigiendo ligeramente su postura -. Sulo ammirà... simplemente dale. Dale de la capa.
La segunda vez el disparo pasó mucho más cerca. La tercera, Antonio asintió levemente.
  • Bona mira, guagliona - rió - mo' tenta de pijà... intenta darle a las otras dos. Subbeto.
Mientras Carol aprendía de su maestro, el resto del grupo permanecía cerca de los coches, mirando la ciudad desde la distancia. Cusco parecía tranquila desde allí arriba. Casi inocente. Pero todos sabían que no lo era. Cada uno pensaba en lo mismo, aunque nadie lo dijera en voz alta. ¿Qué demonios harían ahora? Habían cruzado medio mundo siguiendo una intuición. Un sueño. Una locura que ni siquiera entendían del todo. Sofi había matado a un hombre a sangre fría. Su hermana pequeña se preparaba ahora para seguir sus pasos. Tenían a una mujer sedada en el maletero de un coche robado, que podía convertirse en algo que la humanidad jamás había visto. Allí donde iban dejaban un rastro de sangre. Allí donde se dirigían, todos parecían enemigos.

Y ahora estaban allí. A las puertas de una ciudad desconocida. El silencio volvió a instalarse entre ellos. Uno a uno, casi de forma inevitable, comenzaron a buscarse con las miradas. Y como si aquel viejo refrán fuera una ley natural - todos los caminos llevan a Roma -, todas las miradas terminaron convergiendo en el mismo punto. En Gabi.
  • ¿Qué estáis mirando? - preguntó él, alzando la cabeza con el ceño fruncido.
Los vio a todos observándolo con una intensidad casi incómoda, como si esperaran que en cualquier momento abriera la boca y pronunciara una revelación divina. Pero lo único que vieron fue a un chaval devorando una lata de melocotones en almíbar con una concentración casi religiosa, como si llevara semanas sin probar bocado. El almíbar le brillaba en los dedos y el sonido metálico de la cuchara raspando el fondo de la lata era, en aquel silencio solemne, absurdamente protagonista.

Gustavo no pudo evitar negar con la cabeza mientras alzaba la vista al cielo, como si pidiera en silencio la intervención urgente de algún dios mínimamente responsable. Porque, si uno se detenía a pensarlo con calma, la situación era profundamente ridícula. Allí estaban. En mitad de los Andes. Con medio mundo buscándolos. Y todo… absolutamente todo… había empezado porque aquel crío había leído en un libro que debían ir a Perú. Un plan estratégico de dimensiones internacionales basado, esencialmente, en las paranoias canábicas de un chaval atolondrado que en ese preciso momento estaba terminándose los melocotones como si aquello fuera lo más importante que estaba ocurriendo en el universo.
  • Tu dirás, manco - sonrió Laia, rompiendo la tensión -. La idea de venir hasta aquí fue tuya. Así que dinos, ¿a dónde debemos ir?
Gabi se pasó la muñeca por la cara, limpiándose el almíbar de los melocotones. Masticó despacio, con calma meticulosa, y tragó antes de contestar.
  • No tengo ni idea, la verdad.
Seis palabras. Solo seis palabras bastaron para que el caos se desatara. Era evidente que Gabi era un anarquista nato, había nacido para ello. No necesitaba más que un instante, una simple frase, para derribar los pilares de la estabilidad, para demostrar que cualquier estructura sólida podía venirse abajo ante su simple indiferencia. Gustavo no pudo contenerse. Su paciencia se había evaporado hacía horas, pero aquel “no tengo ni idea” fue la chispa que encendió el polvorín. Se levantó de golpe, golpeando el capó del coche con el puño mientras las palabras se le escapaban entre dientes, cargadas de rabia contenida.
  • ¡¿Qué demonios significa eso?! - bramó, girándose hacia Gabi -. ¡Nos has traído hasta aquí, hemos cruzado medio mundo, y ahora… no tienes ni puta idea de adónde vamos!
El tono de Gustavo cortaba el aire como un cuchillo. La tensión se acumuló al instante, un cable a punto de reventar. Fani alzó las manos, tratando de calmarlo, pero no era suficiente.
  • ¡Vamos, grandullón! - insistió -. ¡Respira!
  • ¡Respirar no sirve de nada si avanzamos a ciegas! - replicó Gustavo, los ojos brillando de furia. - ¡Esto no es un juego, chaval! ¡Tómatelo en serio de una vez, joder!
Gabi levantó los hombros, tranquilo, casi burlón.
  • Relájatela, compañero… - empezó a decir, pero él lo cortó a gritos.
  • ¡¿Que me relaje?! - la voz de Gustavo resonaba por todo el valle, mezclándose con el eco de los Andes -. ¡Esto es serio, hostias! ¡No podemos ir por ahí improvisando! ¡Hay que pensar las cosas!
Laia y Sofi intercambiaron miradas, tensas, mientras Fani intentaba interponerse entre los dos, poniendo sus manos en los hombros de Gustavo.
  • ¡Haz el favor de calmarte!, ¡¿me escuchas?! - dijo con firmeza - ¡No vamos a arreglar nada peleándonos!
Pero Gustavo ya estaba fuera de control. Se dejó caer sobre el capó, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos, golpeando con la frente la fría chapa. Cada palabra de Gabi era un insulto acumulado, un recordatorio de lo absurdo de la situación.
  • ¡No podemos depender de los sueños de un fumeta! - gruñó, casi ahogado por la frustración. - ¡Estamos en el culo del mundo porque el muy imbécil tuvo un mal viaje! ¿No os dais cuenta?
Gabi, por su parte, seguía allí, sentado, con la lata vacía en la mano, rascándose el mentón y dejando que la tormenta pasara a su alrededor con la calma de alguien que sabe que todo se solucionará, aunque no sepa como, donde, cuando ni porqué.

Como el Estaño, siendo el brillo que se quiebra en el frío y el grito que advierte que el artificio nunca podrá vencer a la tierra. Esta historia continuará…
 
Gustavo no es mal tío, lo que pasa es que es muy impulsivo y explosivo. A mí también me pasa
Y además lleva razón porque están allí porque el lo propuso y ahora resulta que no sabe que hacer.
 
Gustavo no es mal tío, lo que pasa es que es muy impulsivo y explosivo. A mí también me pasa
Y además lleva razón porque están allí porque el lo propuso y ahora resulta que no sabe que hacer.
Veremos a ver cual es el plan de Gabi, aunque me da a mí que muchos planes no tiene... jajaja
Pero algo tiene que hacer, eso está más claro que el agua.

Un abrazo!
 
Capítulo 51. Antimonio - Me la re(Sb)ala

El Antimonio (Sb) ocupa el quincuagésimo primer lugar en la tabla periódica.

Si fundimos la esencia del antimonio con el “Dudeísmo” - esa filosofía del “Nota”, el protagonista de El Gran Lebowski, que predica la fluidez, el desapego y el simple hecho de “permanecer" -, nos encontramos con el elemento perfecto para representar la resistencia pasiva. El antimonio es un metaloide extraño: no quiere ser protagonista, pero es indispensable para que nada arda y para que todo fluya. Es el elemento que, como el “Nota", simplemente está ahí.

El Antimonio según el “Dudeísmo": La Química de Permanecer

1. El Retardante de Llama (The Dude Abides)

El uso principal del antimonio hoy es como retardante de llama en plásticos y tejidos. No apaga el fuego activamente, sino que hace que el material sea difícil de encender. El “Nota” es el antimonio de la sociedad. Mientras el mundo está “ardiendo” por ambiciones, deudas y secuestros falsos, el “Dudeísta” permanece incombustible. No lucha contra el fuego de los demás (la agresividad de Walter o las exigencias de Lebowski); simplemente hace que el entorno sea menos inflamable. El antimonio dice: “Tómatelo con calma, colega”, evitando que el caos social se propague.

2. La Expansión al Congelarse (La Huella Propia)
A diferencia de casi todos los demás elementos, el antimonio se expande cuando pasa de líquido a sólido. El sistema humano intenta comprimirnos, que ocupemos menos espacio, que seamos piezas encajables. El antimonio, como el “Nota”, reclama su espacio cuando se relaja. Al congelarse en su sofá o en la bolera, se expande. No se ajusta al molde; él es el molde. Es la negativa a ser comprimido por las presiones externas de la productividad.

3. El Alquimista y el Lobo Gris (La Identidad Disfrazada)
En la alquimia, el antimonio era llamado el “Lobo de los Metales” porque devoraba todas las impurezas para purificar el oro, pero él mismo se mantenía aparte. El “Nota” camina entre multimillonarios, nihilistas y artistas conceptuales sin ser ninguno de ellos. El antimonio/Dudeísta devora las pretensiones de los demás. Al final de la película, todos los personajes importantes han colapsado, pero el “Nota” sigue ahí, purificado en su propia esencia. Es el solvente universal que revela lo absurdo de la ambición ajena.

4. El Kohl y la Mirada (El Maquillaje de la Realidad)
Históricamente, el sulfuro de antimonio (estibina) se usó como Kohl para delinear los ojos. El Dudeísmo no es una ceguera, es una forma de mirar. Es el delineador que nos permite ver la raya que divide lo que importa de lo que es una vaina. Usar el antimonio es ver el mundo a través de unas gafas de sol en una bolera: la realidad es dura, pero con el filtro adecuado, es manejable.

5. El Endurecedor de Aleaciones (La Fuerza de la Pereza)
El antimonio es demasiado quebradizo para usarse solo, pero cuando se añade al plomo, lo endurece (como en las baterías de coche o los tipos de imprenta). El “Nota” parece blando, pero es el que da estructura a la historia. Sin su inercia, no habría película. El dudeísmo es la aleación que permite que la vida ruede. Es esa dureza invisible que surge de no tener metas: si no quieres nada, nadie puede doblarte.

Conclusión: El Antimonio es el elemento de la Inercia Sagrada. En un mundo humano que corre hacia el precipicio, el antimonio es el freno químico. Nos enseña que la verdadera pureza no está en brillar como el oro, sino en ser lo suficientemente estable para no arder cuando el mundo se vuelve loco. Entendemos que el antimonio nos dice que, pase lo que pase, "The Dude abides" (El Nota permanece).

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad de Mis Santos Cojones -


Me la suda, paso olímpicamente, como si llueve, ¡a mí plin!, me la trae floja… Me la resbala. Parecía que Gabi había adoptado una actitud de “sudapollismo” total. Indiferencia, desinterés, apatía y desdén. Así es como el resto del grupo percibía e interpretaba su actitud. Pero no era así…

¿Os acordáis de la película “El Gran Lebowski”? ¿De cómo empieza?…
No pasa nada, yo os lo recuerdo.

La cinta comienza con un plano de un estepicursor - la famosa bola de paja o "planta rodadora” - que rueda por el desierto mientras suena la canción "Tumbling Tumbleweeds" de The Sons of the Pioneers. La cámara sigue a la bola mientras avanza por las colinas desérticas, cruza una carretera, atraviesa un cañón y finalmente llega a la civilización. Lo curioso es que la bola termina rodando por las calles de Los Ángeles, pasando por lugares emblemáticos como una playa y el Paseo de la Fama en Hollywood. Muchos críticos consideran que esta bola del desierto simboliza al propio “Nota”, el protagonista. Pues al igual que la planta, él simplemente se deja llevar por el viento, moviéndose por la vida de manera pasiva y sin oponer resistencia al caos que lo rodea.

Esa escena es acompañada por la voz en off de "El Extraño", un vaquero que nos presenta al personaje principal de la película. Dice tal que así:

“Bien… pues esta historia que les voy a contar, tuvo lugar a comienzos de los noventa. Eran los días de nuestro conflicto con Sadam y los iraquíes. Lo menciono solo porque aveces hay un hombre, no diré un héroe porqué… ¿Qué es un héroe?. Pero aveces hay un hombre, y aquí me estoy refiriendo al “Nota". A veces hay un hombre, que es… eeeh… el hombre de ese momento y ese lugar. Está en su sitio y ese es el Nota, en Los Ángeles. Y aunque sea un auténtico vago, y el “Nota” ciertamente lo era… Seguramente el hombre más vago del condado de Los Ángeles, lo cual lo convierte en favorito para el titulo de “Hombre más Vago del Mundo”… Pero, aveces… hay un hombre… eeeh… aveces hay un hombre… mmm… vaya, he perdido el hilo. Pero, que demonios… ya lo he presentado lo bastante.”

Era verdad, no nos vamos a engañar, Gabi no tenía ni la menor idea de cuál iba a ser su siguiente paso. Y aunque al resto del grupo, sobre todo a Gustavo, aquel “no saber qué hacer”, acompañado de su actitud tranquila y despreocupada, les pareciera un problema enorme - incluso un agravio al grupo y a su supervivencia -, el “Nota”, perdón, quiero decir… Gabi simplemente se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra el coche y se encendió un cigarro; esperando a que pasara la tormenta.

A su alrededor el mundo seguía rugiendo. Siempre lo hacía. Nervios a flor de piel, discusiones acaloradas, personas humanas y preocupadas intentando reconstruir planes torcidos, buscando desesperadamente una senda hacia un futuro que en realidad no existía. “Perdiendo el tiempo”, pensaba él. Pues… ¿De qué sirve preocuparte por algo que aún no ha sucedido? ¿De qué sirve hacer planes cuando nada es seguro? Y más aún en la situación en la que se encontraban.

Él no necesitaba saber qué iba a hacer, no le preocupaba ni lo más mínimo. Estaba convencido de que encontraría a aquel anciano. Se lo había dicho en sueños; se lo había susurrado al oído con una claridad imposible de ignorar. “Ven a verme y hablaremos.” Aquellas fueron sus palabras. No necesitaba nada más.

Sofi apareció a su lado y se dejó caer en el suelo con un suspiro, cruzando las piernas. De los presentes era quien mejor lo conocía, quien más se había involucrado en entenderlo y aceptarlo. La única que entendía realmente que tipo de persona era Gabi.
  • Cariño… - dijo en voz baja, como si temiera molestarlo -. Tienes que decir algo.
Él dio una calada larga al cigarro sin apartar la vista de la ciudad.
  • ¿Qué quieres que diga, amor?
  • No lo sé… cualquier cosa - respondió ella encogiéndose de hombros -. Algo que los calme. Están asustados y nerviosos.
Gabi soltó el humo lentamente.
  • No están hechos para esperar.
  • Eso es injusto, Gabi… Han cruzado medio mundo - insistió Sofi con paciencia -. Y han llegado hasta aquí porque tú dijiste que encontraríamos respuestas.
  • Y las encontraremos, nunca he dicho lo contrario.
  • Vale… - Sofi ladeó la cabeza mirándolo -. Entonces diles dónde.
Gabi tardó unos segundos en responder.
  • No puedo porque no lo sé, mi vida.
Sofi dejó escapar una pequeña risa incrédula.
  • ¿Cómo que no lo sabes?
  • No sé dónde exactamente - aclaró él con calma -. Solo sé que es aquí donde debemos estar.
Ella lo observó unos segundos, intentando descifrar si hablaba en serio o si simplemente estaba improvisando, como siempre.
  • No tiene mucho sentido lo que dices, te das cuenta ¿verdad?
Gabi se encogió ligeramente de hombros.
  • Lo sé, pero… no puedo explicarlo mejor. No puedo dar direcciones ni señalar un punto en el mapa. Solo sé que tenemos que bajar ahí. Eso es lo único que sé.
Con la mano señaló la ciudad que se extendía bajo ellos. Sofi siguió el gesto con la mirada.
  • Vale… - dijo finalmente- . Pero… ¿y luego qué?
Gabi sonrió apenas.
  • Luego ya veremos qué pasa.
  • Eso no tranquilizará a nadie.
  • ¿Y que quieres que haga, cariño? Esto es lo que hay. O lo tomas o lo dejas.
Sofi negó con la cabeza, resignada, pero una media sonrisa se le escapó igualmente.
  • Está bien… - suspiró de nuevo -. Bajaremos.
Luego lo miró de reojo, mientras se levantaba.
  • Pero iremos tú y yo solos. Creo que los demás necesitan un descanso… y probablemente también necesitan dejar de escucharte durante un rato.
Él soltó una pequeña carcajada y siguió fumando con calma.
  • Me parece bien…
Gabi nunca había sido un gran estratega. No era de esos hombres capaces de desplegar mapas sobre una mesa, trazar líneas rectas entre ciudades y calcular cada paso con precisión matemática. Otros en el grupo pensaban así: anticipaban, corregían, planificaban como si el futuro fuese una máquina predecible. Gabi no. Él caminaba de otra manera.

Había aprendido - quizás demasiado pronto - que la razón tiene un límite, y que más allá de ese límite el mundo deja de obedecer a los cálculos. Hay momentos en los que pensar demasiado solo sirve para perderse. Como un marinero que, obsesionado con el compás y los mapas, olvida escuchar el viento y leer la marea. No lo movía una fe religiosa, no exactamente. No rezaba ni esperaba milagros. Era otra clase de fe: la del que entiende que el mundo se mueve con una lógica más profunda que los planes humanos. Una corriente invisible que empuja las cosas hacia donde deben terminar. Algunos lo llamarían intuición. Otros, suerte. Pero para Gabi era algo más simple. Era escuchar.

Escuchar ese pequeño impulso interior que te dice cuándo avanzar y cuándo detenerte. Cuándo insistir y cuándo soltar la cuerda. Había hombres que luchaban contra la corriente toda su vida. Hombres que remaban con furia hasta romper los remos. Gabi, en cambio, había aprendido a dejar que la corriente hiciera la mayor parte del trabajo. Por eso no parecía preocupado. Porque sabía algo que los demás aún no entendían: no siempre se llega a un destino siguiendo un camino claro. A veces uno llega simplemente dejándose llevar el tiempo suficiente. Como una hoja que cae en un río y, sin saber cómo, termina exactamente donde debía estar. Gabi era un discípulo del viento. Uno de esos hombres capaces de sentarse en silencio mientras todo a su alrededor se derrumba, esperando pacientemente a que llegue la calma. Y cuando la calma llegaba - pues siempre lo hacía -, el camino aparecía solo.

Dejarse llevar. Fluir con el cauce. Dejar de luchar contra la corriente…
Dejar de luchar contra aquello que uno no puede controlar.

Cerrar los ojos por un instante y aceptar que el mundo no siempre necesita ser empujado para ponerse en marcha. Respirar hondo, soltar el peso inútil de la resistencia y repetirse en silencio, casi como una plegaria sin dios: “llévame donde quieras, pues ahí es donde debo ir.”

A simple vista podía parecer una rendición. Una renuncia elegante disfrazada de filosofía barata. Muchos lo habrían llamado cobardía. Falta de ambición. Falta de agallas, de voluntad. La actitud cómoda del que se deja arrastrar por la vida porque no tiene la fuerza para imponer la suya. Pero la realidad era otra. Porque luchar contra todo, contra todos, contra el propio curso de las cosas, es la forma más primitiva de voluntad. Es el instinto del hombre que embiste cualquier obstáculo sin detenerse a pensar si ese obstáculo forma parte del camino. Fluir, en cambio, exige una comprensión distinta. Una paciencia más difícil. Significa aceptar que hay momentos en los que avanzar no consiste en empujar más fuerte, sino en dejar que el río haga su trabajo. El agua de manantial nunca discute con la montaña. Nunca se desespera ante la roca. Simplemente espera. La rodea. La desgasta. La atraviesa cuando el tiempo abre una grieta invisible. Y al final siempre llega al mar.

Gabi había aprendido esa lección sin saber muy bien cuándo. Tal vez en alguna derrota, tal vez en alguna noche canábica en la que comprendió que el mundo no se dobla ante la voluntad humana por mucho que uno apriete los puños. Así que había elegido otro camino. Uno más silencioso y largo. Caminar cuando el suelo se abre. Esperar cuando el viento cambia. Escuchar más de lo que grita el miedo. Porque a veces el destino no se conquista, a veces simplemente se alcanza.
  • Id con cuidado, ¿me oyes? - dijo Fani.
Sofi asintió y se fundió con ella en un abrazo largo. Mientras la sentía cerca, sus ojos se desviaron hacia el campo de tiro improvisado donde Carol practicaba su puntería con Antonio. Y durante ese breve instante, mientras los latidos se mezclaban con el calor humano del abrazo, dio gracias, en silencio, por tenerlas cerca. Besó a Fani en la mejilla varias veces, besos húmedos que sonaron pequeños y rápidos, casi como los disparos de su hermana. No sintió esperanza, no era tan ingenua como para caer en esa trampa. Pero sí sintió aquella energía extraña que aparece cuando el “clan” está unido. El miedo y la tensión no desaparecen, pero dejan de ser enemigos salvajes. Se vuelven más manejables. Menos feroces.

Gabi ya esperaba en el camino de piedras que descendía hacia la ciudad. Observaba aquel lienzo de casas bajas y tejados rojos como si fuera un enigma antiguo. Pero no intentaba resolverlo, tan solo contemplaba su belleza, preguntándose en silencio qué le había preparado el futuro. Podía sentir las miradas clavadas en su espalda. Desconfiadas. Afiladas. Pero aquella sensación le resbalaba por la piel, como si llevara una armadura invisible, bien engrasada. No sabía dónde buscar. Ni siquiera sabía exactamente qué buscaba. Solo sabía una cosa. Que estaba donde debía estar. Y que, tarde o temprano, encontraría lo que andaba buscando.
  • ¡Tiene!
Vicenzo se acercó por detrás y le puso algo en la mano. Era una pistola compacta, metálica, de color naranja oscuro, con el cuerpo grueso y el cañón corto, diseñada más para resistir tormentas que para parecer elegante. El mecanismo de apertura dejaba ver el cartucho rojo alojado en su interior, como un pequeño proyectil de emergencia.
  • ¿Qué es esto? - preguntó Gabi.
  • Una pistola de foche... de bengalas. Está cargada. Si sucede quaccheccosa... dispara 'naria y vendrán los rinforzi... los refuerzos. ¿Capicci?
  • Capicci.
Gabi se la guardó en la parte baja de la espalda, ocultándola bajo la camiseta. El napolitano se quedó a su lado en silencio, observándolo. No solo a él, sino la forma en que miraba la ciudad. Ese brillo extraño que le cruzaba los ojos. Luego desvió la mirada hacia el mismo horizonte y se cruzó de brazos.
  • ¿Si’ sicuro de lo que estás faticanno?
  • ¿Seguro dices?
El napolitano asintió levemente con la cabeza.
  • Nunca estoy seguro de nada, Vincenzo - sonrió Gabi - Pero dime… ¿Quién de nosotros puede estarlo?
El menor de los Sorrentino soltó una pequeña risa nasal.
  • Nisciuno. Tienes razón. Pero ammanc' de capì... Antes, fà ammuina… improvisar, pero en esta nova vita no te va a funzionà - guardó silencio un momento antes de continuar - Cuando te conviertes en fuitìvo, no puedes ir por ahí adattannote sobre la marcha. Ammanc' de ser precauto. Trazar un plan. Anticipà al nemìco.
Gabi se llevó el cigarro a la boca y lo saboreó con parsimonia. Aspiró despacio y sonrió mientras soltaba una bocanada de humo que el viento arrastró hacia el valle.
  • Eso no es lo mío, lo siento.
Vicenzo lo miró de reojo.
  • Siempre puedes ‘mparà, Gabi. Cambià es de nezzessarietà para campà... para sobrevivir. Accussì funciona 'o munno. O lo haces… o muri. 'O sango nun perdona.
Gabi se encogió ligeramente de hombros.
  • Quizá llegue un día que deba aprender, no digo que no - dio otra calada - Pero ahora no es el momento.
Vicenzo entornó los ojos.
  • ¿Comm’ ’o vaje a truvà… lo que buscas?
Gabi negó con la cabeza y lo miró directamente.
  • Sin buscarlo - el humo se escapó lentamente entre sus labios - No todo en esta vida consiste en planificar y ejecutar - se volvió hacia la ciudad una vez más - A veces… solo a veces…
Sus ojos recorrieron los tejados rojos, las calles empinadas, las sombras que empezaban a alargarse entre las montañas.
  • Solo debemos fluir.
Sofi llegó entonces y, sin necesidad de decir nada más, los dos se pusieron en marcha. Sus siluetas comenzaron a descender por el camino de piedras que serpenteaba montaña abajo, en dirección a la ciudad. Fani se acercó a Vincenzo y ambos se quedaron en silencio, observándolos mientras se alejaban poco a poco, cada paso reduciendo sus figuras contra el fondo rojizo de Cusco. El napolitano no podía dejar de pensar en lo diferentes que eran. Sofi caminaba con decisión, con esa forma suya de avanzar como si el mundo fuera un obstáculo que debía apartarse de su camino. Directa. Resolutiva. Temeraria si hacía falta. Gabi, en cambio, parecía deslizarse más que caminar. Sus movimientos eran tranquilos, casi despreocupados, como si todo aquello fuera una conversación larga con el destino.

Una era filo. El otro, eco.
Dos caras totalmente distintas de una misma moneda.
  • Songo 'na coppia proprio strana, 'sti duje… - murmuró Vicienzo entre dientes.
  • ¿Cómo dices?
  • Que son… una pareja extraña.
Fani sonrió levemente sin apartar la mirada de la pendiente.
  • Como el día y la noche, en realidad. Y quizá por eso se llevan tan bien… Los españoles decimos que los polos opuestos se atraen.
Vincenzo soltó una pequeña risa.
  • O’ nnammurato è cecato - dijo con media sonrisa -. A Napule simmo cchiù tradizionali… Cridìmmo ca 'a cumpatibilità lo es todo... lo es todo de la vita.
Miró de nuevo hacia las dos figuras que se alejaban entre los matorrales y las piedras.
  • Pero puede que tengas raggione... Tiene senzo eso que dices de los poli opposti…
Fani giró la cabeza hacia él. Su rostro estaba tenso, preocupado, como si su mente estuviera siempre un paso más adelante, anticipando peligros. Con suavidad, le acarició la espalda.
  • Estarán bien, no te preocupes. Los conozco y sé que jamás permitirían que nada malo le pasara al otro.
Vincenzo asintió despacio, aunque sus ojos seguían clavados en la pendiente.
  • State accura igualmente - respondió con seriedad -. Y parati por si ammanc’ de faticà subbeto.
  • Como quieras… Avisaré a los demás.
Gabi y Sofi bajaron por el camino sin prisa. El sendero se estrechaba a medida que se acercaban a la ciudad, y el aire cambiaba poco a poco. La montaña olía a hierba seca y piedra caliente; Cusco, en cambio, traía consigo otros aromas: humo, comida, humedad, vida humana acumulada durante siglos.

Sofi caminaba un paso por delante, alerta. Observaba a la gente que subía y bajaba, las motos que pasaban, los perros callejeros tumbados en las esquinas. Intentaba controlar la situación, por pura supervivencia. Adelantarse a cualquier movimiento que pudiera cogerlos por sorpresa.
Gabi, en cambio, parecía no buscar nada en particular. Miraba escaparates, fachadas, murales pintados sobre paredes desconchadas. Se detenía a veces un segundo más de lo necesario ante detalles que nadie más parecía notar: una iglesia antigua, un anciano tomando el sol, un músico callejero afinando su instrumento… Como si no estuviera buscando un lugar concreto, sino esperando a que el mundo le señalara el siguiente paso. Caminaba sin más pretensión que dar un paseo. Sofi terminó mirándolo de reojo, sin poder evitar sonreír. Estuvo a punto de empezar una discusión, pero algo en la calma absurda de él desactivó la pelea antes de que naciera.
  • ¿De qué te ríes? - le preguntó Gabi, divertido al verla sonreír.
  • ¿Sabes al menos por dónde empezar?
Gabi dio una calada al cigarro, caminando despacio a su lado.
  • No, mi amor.
  • Entonces ¿qué estamos haciendo exactamente?
  • Pasear juntos - sonrió, soltando el humo con tranquilidad - Como en los viejos tiempos.
Ella se acercó y le agarró de la mano. Se besaron un par de veces y por un solo momento parecieron dos simples turistas de vacaciones, paseando por una ciudad extranjera. Él siguió caminando como quien entienden que, a veces, la única forma de encontrar algo es dejar que el camino empiece a hablar. Ella no podía apartar la mirada de su rostro. Porque Gabi no parecía perdido. Solo parecía… disponible. Como si hubiera entendido algo muy simple que los demás todavía se empeñaban en complicar.

La gente tenía una obsesión enfermiza con controlar las cosas. Planificar cada movimiento, anticiparse al desastre, domesticar el futuro como si fuera un perro. Pero el mundo nunca había funcionado así. El mundo era más parecido a un río. Y el único modo de avanzar en un río no era empujarlo… sino dejarse llevar por la corriente. Gabi caminaba como quien se deja arrastrar suavemente por el agua. No perseguía el destino. Permitía que el destino lo encontrara.
  • ¿Sabes a quién me recuerdas a veces?
  • ¿A quién, mi vida?
  • ¿Te acuerdas de la película El Gran Lebowski?
Gabi levantó una ceja.
  • Claro, es de mis preferidas. ¿Por qué lo preguntas?
  • Porque me recuerdas mucho al “Nota”.
  • ¿En serio? - Gabi soltó una risa breve.
  • Sí - dijo ella -. Es por esa manera tuya de… flotar por la vida.
Él dio una calada al cigarro mientras entraban en una plaza.
  • ¿Lo dices como cumplido o como crítica? - preguntó dubitativo.
  • Te quiero, Gabi - dijo Sofi acercándose a su cuerpo - Y sí, a veces eres un poco… desesperante. Pero me gusta como eres, siempre me ha gustado como eres. Así que te lo digo como un cumplido.
Se detuvieron para besarse otra vez, ahora un beso largo y húmedo. Cerca un grupo de niños jugaba con una pelota desinflada. Uno de ellos le dio un puntapié terrible y la pelota salió despedida, rodando hasta pasar por delante de ellos dos, perdiéndose por la calle que había a su derecha. Gabi salió corriendo tras ella, la atrapó antes de que siguiera cuesta abajo y se la devolvió a los chicos, que le gritaron un agradecimiento entusiasta desde la distancia. Luego siguieron caminando… por aquella misma calle, dejando que aquel suceso arbitrario cambiara el rumbo de su paseo.

Sofi se acercó un poco más a él, buscando su calor.
  • ¿Sabes que hay gente que se tomó la película tan en serio, que crearon una filosofía basada en la personalidad del “Nota”?
  • ¿En serio?… no lo sabía.
  • Sí, pero no en él exactamente… sino en la forma en que entiende la vida. Lo llamaron Dudeísmo.
Un perro callejero apareció entre dos coches y cruzó la calle con aire solemne. Sofi lo esquivó instintivamente. Gabi, en cambio, siguió el mismo rumbo que el animal, cambiando de rumbo con naturalidad.
  • La idea en que entiende el “Nota" la vida es simple - continuó ella -. Dejarse llevar, no luchar contra todo, no intentar controlarlo todo. Solo mantener la calma cuando las cosas se complican y dejar que todo se arregle por si solo.
Gabi expulsó el humo hacia un lado. Atento a todo lo que le rodeaba.
  • Yo siempre había pensado que al “Nota” se la resbalaba todo.
  • Es más profundo que eso. Al menos yo lo veo así. Su filosofía de vida está inspirada en el taoísmo y en el estoicismo - siguió Sofi, más relajada -. Él representa justo lo contrario del mundo moderno: no persigue el dinero, ni el éxito, ni el poder. Solo quiere estar tranquilo, beber su "Ruso blanco” y jugar a los bolos.
  • Visto así, parece un sabio - dijo Gabi con una sonrisa tranquila.
  • La clave es vivir y dejar vivir - añadió ella -. No tomarse la vida demasiado en serio. Evitar conflictos inútiles.
Gabi asintió despacio. Sonrió a un anciano sentado frente a una puerta mientras tallaba madera con una navaja pequeña. A sus pies había varias figuras terminadas: cóndores, llamas, máscaras antiguas. Todas estaban orientadas hacia el este, como si miraran algo fuera de su campo de visión. Gabi siguió esa dirección. No preguntaba por el anciano. No comparaba rostros con ningún recuerdo místico. Simplemente caminaba atento. Como si el mundo estuviera lleno de pequeñas indicaciones invisibles. Gestos minúsculos, aparentemente arbitrarios, que para la mayoría de la gente no significaban nada… pero que él recibía como quien escucha un susurro. No intentaba descifrar el mapa. Solo leer las migas de pan.
  • También está eso de “The Dude Abides" - dijo Sofi reflexionando acerca de la película -. ¿Te acuerdas? El “Nota” simplemente permanece. Acepta su lugar en el universo sin obsesionarse por controlar todo lo que ocurre.
Doblaron una esquina porqué Gabi olió en la lejanía el olor a fruta recién exprimida y entraron en una calle más estrecha. Sofi lo miró de nuevo.
  • Pero lo interesante es que tampoco es un nihilista. Aunque el mundo sea absurdo, aunque nada tenga demasiado sentido… la respuesta del “Nota” no es el cinismo.
  • ¿Entonces cuál es?
  • Encontrar sentido en lo simple. En el momento presente. En las pequeñas cosas.
Gabi seguía la conversación a medias. Su mente estaba concentrada en otra cosa: sentir, observar ese mundo sutil que parece esconderse detrás del visible. Se detuvo frente a un pequeño puesto callejero donde un hombre vendía zumos naturales. Observó cómo exprimía naranjas con una prensa metálica mientras una radio vieja murmuraba una canción que nadie escuchaba realmente.
  • Esa película siempre me ha gustado - dijo con calma sacando la cartera del bolsillo -. Ahora entiendo por qué…
Compró dos vasos de zumo y le ofreció uno. Sofi lo aceptó con cierta resignación.
  • Bueno… ¿y ahora? ¿Hacía donde?
Gabi bebió un trago.
  • ¿A dónde te apetece ir? - preguntó pasando un brazo por su hombro.
  • A ningún lugar en concreto - sonrió ella al sentirlo cerca - Paseemos… está bien.
Siguieron andando sin rumbo aparente, disfrutando de aquel descanso en medio de la tempestad. Doblaron una esquina porque Gabi sintió un cambio en el viento. Luego otra, porque Sofi vio a un par de policías al final de la calle y prefirió no cruzarse con ellos. Cusco era un laberinto de calles estrechas, escaleras imposibles y balcones de madera oscura que parecían observar a los transeúntes desde arriba. Y ellos, pegados el uno al otro, la cruzaban sin tensión, sin ansiedad, como si el mundo tuviera su propio ritmo y ellos simplemente hubieran decidido respetarlo. A veces se detenían a mirar algo: Un gato durmiendo sobre una moto, un cartel antiguo medio borrado por el sol, una puerta de piedra inca incrustada en una pared colonial…

Nada parecía importante, en sí. Pero todo lo era. Porque cuando uno deja de perseguir desesperadamente las cosas… empiezan a aparecer. Y así sucedió. Fue en una calle estrecha, casi escondida entre dos plazas, donde Gabi se detuvo de repente. No por una señal clara, ni por una intuición brillante. Simplemente ocurrió. Delante de ellos había una pequeña tienda de artesanía: figuras de madera, tejidos de colores y amuletos con plumas colgaban del techo como si fueran pequeños talismanes. Dentro, un hombre joven discutía con un turista sobre el precio de una figura tallada. Gabi se quedó observando el lugar con curiosidad tranquila.
  • ¿Qué pasa? - frunció el ceño Sofi - ¿Has encontrado algo?
  • Esos ponchos de ahí… - contestó él examinando la tela de uno - me resultan familiares.
No fueron en sí los ponchos, todo en aquel sitio tenía una textura familiar. No una certeza, ni siquiera una sospecha. Solo una sensación leve. Como cuando escuchas una canción que crees haber oído antes. El hombre de la tienda levantó la mirada y los vio en la puerta. Durante un segundo se quedaron observándose. Gabi sonrió con calma, como quien saluda a un conocido en un bar cualquiera del mundo. No había triunfo en su gesto. Ni urgencia. Ni la sensación de haber encontrado algo. Solo la tranquila aceptación de alguien que entiende que, a veces, el universo tiene formas muy curiosas de organizar los encuentros.
  • ¿Lo conoces? - preguntó Sofi.
Gabi terminó su zumo y dejó el vaso sobre un pequeño barril junto a la puerta.
  • No, pero… - dijo con una media sonrisa tranquila -, vamos a hablar con ese tipo, a ver que sucede.
El interior de la tienda era pequeño, pero parecía mucho más grande de lo que realmente era. No por el espacio, sino por la cantidad de cosas que contenía. Cada pared, cada estante, cada rincón estaba ocupado por algún objeto: tallas de madera, tejidos de colores intensos, collares de piedras volcánicas, pequeñas máscaras, figuras de animales andinos.

El techo era bajo y de las vigas colgaban amuletos, bolsitas de tela con hierbas secas y atrapasueños que giraban lentamente con el aire que entraba desde la puerta. Al moverse, las plumas rozaban unas con otras produciendo un leve susurro. La luz llegaba desde dos bombillas desnudas y desde la puerta abierta a la calle. No era una iluminación uniforme. Algunas zonas quedaban en penumbra, mientras otras brillaban sobre los colores imposibles de los tejidos: rojos profundos, azules eléctricos, amarillos que parecían recién salidos del sol.

En una pared había una fila de flautas andinas talladas a mano. En otra, máscaras ceremoniales con expresiones que oscilaban entre lo festivo y lo inquietante. Sobre una mesa central descansaban pequeñas figuras de piedra: cóndores con las alas abiertas, pumas en posición de salto, serpientes enrolladas sobre sí mismas. En algún lugar del fondo sonaba música. No muy alta. Apenas un hilo de sonido que se mezclaba con el murmullo de la calle. Una quena y un charango dibujaban una melodía lenta, casi circular, como si la canción no tuviera principio ni final. El olor era una mezcla difícil de separar. Madera recién tallada. Lana. Incienso. Y algo más antiguo, más profundo: el aroma terroso de las hojas de coca secándose en una bandeja junto al mostrador.

Era uno de esos lugares donde el tiempo parecía comportarse de forma distinta. Donde los objetos no estaban simplemente en venta, sino esperando a que alguien los encontrara.

Ella rápidamente entró dentro y empezó a investigar, él se detuvo en la entrada un instante, dejando que sus ojos recorrieran el lugar con calma. Como quien entra en un sitio que, de alguna manera extraña, ya conocía. Y es que en ese preciso momento Gabi aún no lo sabía. Aunque, cuando lo descubrió más tarde, tampoco le sorprendió demasiado. Aquel joven que atendía a los turistas con sonrisa amplia e inglés chapurreado era sobrino del chamán que había visto en sueños.

Y sí, entiendo perfectamente lo que podéis estar pensando ahora mismo. Que esto es una de esas casualidades demasiado convenientes. Una de esas soluciones fáciles que los autores utilizan cuando no saben cómo unir dos puntos inconexos. El viejo comodín de la coincidencia milagrosa. Algo parecido a lo que hicieron los guionistas de Los Serrano, incapaces de cerrar la historia y resolviendo toda la trama con aquel famoso “todo ha sido un sueño de Resines”. Pero no. Lo que ocurrió aquella mañana en Cusco fue otra cosa.

No fue una casualidad, ni un giro de guion oportuno que la historia necesitaba para seguir avanzando. Fue algo mucho más antiguo, algo que no tejió una mente humana. Una verdad que muchos hemos olvidado… Que existen fuerzas silenciosas a las que apenas prestamos atención. Tal vez porque no estamos preparados para creer en ellas. Tal vez porque vivimos demasiado ocupados intentando controlar el mundo como para escuchar lo que el mundo intenta decirnos.

Pero esas fuerzas nos hablan, nos intentan guiar. Siempre lo hacen. A veces a través de señales que no parecen señales. De pequeños acontecimientos que, en apariencia, no obedecen a ninguna lógica humana. A veces son tan insignificantes que pasan desapercibidos. Otras son tan evidentes que incomodan. Pero están ahí. Siempre han estado ahí. El problema es que casi nadie mira, casi nadie escucha. Y Gabi, por primera vez en su vida, estaba prestando atención. Por eso llegó hasta aquella tienda. Por eso estaba ahora frente a aquel hombre. No porque supiera a dónde iba. Sino porque, por fin, había aprendido a seguir el camino.

Más tarde, al caer la noche, cuando intentó reconstruir el camino que lo había llevado hasta aquella puerta, comprendió que nada de lo ocurrido aquella mañana había sido realmente aleatorio. Había sido una conversación. No una hecha de palabras, sino de pequeños gestos del mundo. Los niños jugando con la pelota habían sido el primer mensaje. La inocencia del caos. El recordatorio de que el juego - lo imprevisible-, es la forma más pura que tiene la realidad de reorganizarse. La pelota rodando calle abajo no fue un accidente: fue una invitación a cambiar de dirección.

Luego apareció el perro. No corría, no mendigaba comida, no parecía perdido. Caminaba con esa calma solemne que solo tienen los animales cuando saben exactamente hacia dónde van. Y Gabi, sin pensarlo demasiado, lo siguió. Porque a veces los animales recuerdan caminos que los humanos olvidamos. Después llegó el anciano tallando madera. Y las figuras: Cóndores, pumas, serpientes. Las tres presencias antiguas del mundo andino. El cielo, la tierra y lo que se arrastra entre ambos. Todas las figuras estaban orientadas hacia el este, como si observaran algo que él todavía no podía ver. Como si señalaran discretamente el siguiente paso.

El viento cambió después. No fue una ráfaga fuerte. Apenas una caricia en el aire. Pero suficiente para traer consigo otro olor, otro sonido, otra dirección. Y él lo siguió. La policía, en cambio, fue una puerta cerrada. El universo también habla así. No solo empuja hacia adelante: a veces simplemente bloquea un camino para que tomes otro. El zumo recién exprimido fue distinto. Fue una pausa. El mundo también sabe cuándo necesitas detenerte un momento para escuchar mejor. El sonido del metal presionando la fruta, la radio vieja murmurando una canción olvidada, el sabor dulce y ácido en la boca… todo eso lo devolvió al presente.

Y cuando uno está realmente presente, es cuando las cosas empiezan a mostrarse. Así funcionan los caminos antiguos. No aparecen como mapas. No se revelan como una lógica perfecta que pueda explicarse en voz alta. Se manifiestan como pequeñas coincidencias que solo tienen sentido cuando decides prestar atención. Porque el conocimiento antiguo nunca ha sido una cuestión de inteligencia. Sino de escucha activa, de paciencia absoluta. De aprender a reconocer que el mundo siempre está hablando. Que los dioses, los espíritus, el destino - o como prefiera uno llamarlo - no se comunican con grandes revelaciones. Lo hacen con migas de pan. Y aquella mañana en Cusco, por primera vez en su vida, Gabi había aprendido a seguirlas.

El hombre que estaba detrás del mostrador terminó de discutir el precio con el turista, envolvió la pequeña figura de madera en papel de periódico y la entregó con una sonrisa paciente. Cuando el cliente salió de la tienda, levantó la mirada hacia Gabi y Sofi. Su sonrisa cambió ligeramente. Más tranquila ahora.
  • Bienvenidos, amigos - dijo con un acento suave, arrastrando un poco las erres -. Pasen, pasen. Miren con calma. Cusco se entiende mejor despacio.
Gabi avanzó unos pasos entre las mesas llenas de objetos. Sofi observaba las máscaras de una pared, mientras él se detenía frente a un perchero donde colgaban varios ponchos de lana gruesa.
  • ¿Son de aquí? - preguntó Gabi.
El hombre se acercó con gesto orgulloso.
  • Sí, señor. Todo trabajo andino. Hecho en los pueblos de alrededor. Lana de alpaca, de oveja… depende del modelo.
Tomó uno de los ponchos y lo extendió sobre el mostrador con cuidado, como si estuviera desplegando algo más que una prenda. El tejido era grueso y suave al mismo tiempo. Colores profundos recorrían la tela en bandas horizontales: rojo oscuro, negro, ocre, azul.
  • Cada color tiene su significado - explicó el hombre mientras señalaba las franjas con el dedo -. El rojo representa la tierra y la sangre de los antepasados. El negro es la noche, el misterio… lo que todavía no entendemos. El amarillo es el sol, la energía que da vida.
Gabi se inclinó un poco para mirar las figuras geométricas que cruzaban el tejido.
  • ¿Y estos dibujos?
El hombre sonrió.
  • Esos son símbolos antiguos. Montañas, ríos, caminos. Historias del pueblo. A veces también representan animales protectores. Depende del tejedor.
Gabi pasó la mano lentamente sobre la tela. Sintió la textura irregular del hilo, el relieve leve de las figuras. No era un objeto industrial. Era algo que había pasado por manos humanas durante horas.
  • ¿Los haces tú? - preguntó.
El hombre negó con la cabeza, todavía sonriendo.
  • No, señor - Se apoyó con los codos sobre el mostrador - Los hace mi tío. Él vive en las montañas. Es quien trabaja estas cosas desde hace muchos años.
Por alguna razón, Gabi dejó la mano quieta sobre el poncho.
  • ¿Tu tío?
  • Sí - respondió el hombre con naturalidad -. Es quien me manda la mayoría de las piezas que vendo aquí - Hizo un pequeño gesto hacia el resto de la tienda - Los tallados, los tejidos… casi todo viene de su taller.
Gabi levantó la mirada.
  • ¿Y vive cerca?
El hombre se encogió de hombros.
  • Depende de lo que uno llame cerca. En la montaña las distancias se miden diferente - Sonrió con cierta picardía - Pero sí… podríamos decir que vive por aquí arriba.
El hombre recogió el poncho con cuidado y lo volvió a doblar sobre el mostrador. Mientras lo hacía, señaló una pequeña bandeja de madera que había a un lado. En ella descansaba un pequeño montón de hojas verdes, secas pero aún flexibles.
  • Mi tío también me trae estas - dijo.
Gabi se inclinó ligeramente.
  • ¿Qué es?
El hombre tomó un puñado y lo levantó entre los dedos.
  • Hoja de coca.
Gabi arqueó una ceja.
  • ¿Eso no es… ilegal?
  • No, amigo - soltó una carcajada sincera, sacudiendo la cabeza - Aquí no. Esto es medicina antigua. Tradición de los Andes desde hace miles de años.
Volvió a dejar las hojas sobre la bandeja y tomó una entre el pulgar y el índice.
  • La gente de las montañas la usa para muchas cosas. Para el cansancio, para el frío, para el soroche… También para concentrarse, para hablar con los espíritus de la montaña… los Apus.
Sofi levantó una ceja con curiosidad, acercándose a ellos.
  • ¿Hablar con los espíritus?
El hombre sonrió, encogiéndose de hombros con naturalidad.
  • Bueno… depende de cuánto sepa escuchar uno - Luego miró a Gabi - ¿Quieres probar?
Gabi dudó un segundo, pero su curiosidad pudo más.
  • Vale.
El hombre seleccionó tres hojas del montón y las colocó con cuidado en la palma de su mano.
  • Primero eliges las hojas bonitas - explicó -. Sin romperlas, sin agujerearlas. Es una forma de respeto.
Gabi las observó un momento antes de asentir.
  • Luego las pones así - Le mostró cómo doblarlas ligeramente y colocarlas dentro de la boca, entre la encía y la mejilla - No se mastica fuerte. Solo las dejas ahí. Y poco a poco las vas moviendo con la lengua.
Gabi siguió las instrucciones con cierta torpeza. La textura era extraña. Vegetal, seca al principio. Luego empezó a liberar un sabor amargo y terroso. El hombre lo observaba con una sonrisa divertida.
  • ¿Y ahora? - preguntó el madrileño.
  • Ahora esperas un poco - respondió el cusqueño -. Respira tranquilo, la paciencia es una virtud.
Pasaron unos segundos. Gabi frunció ligeramente el ceño.
  • Es raro…
  • ¿Qué sientes? - preguntó Sofi curiosa.
Gabi pensó un momento.
  • Como… un calor suave en la boca. Y la lengua un poco dormida.
El hombre asintió.
  • Sí. Eso es normal.
Gabi se quedó un momento más en silencio. Luego levantó la mirada.
  • Y la cabeza…
  • ¿Qué pasa con la cabeza? - Sofi se acercó un poco más a él.
Gabi buscó las palabras correctas.
  • Es como si todo estuviera… un poco más claro.
El hombre sonrió, apoyándose otra vez en el mostrador.
  • La coca no te lleva a otro lugar - dijo con calma -. Solo te ayuda a estar un poco más presente en este.
Gabi permaneció unos segundos más con las hojas de coca en la boca, moviéndolas despacio con la lengua, como le había indicado el hombre. La sensación amarga se había vuelto más suave ahora, casi herbal, y una especie de claridad tranquila empezaba a abrirse paso en su cabeza. Miró de nuevo el poncho doblado sobre el mostrador.
  • Tu tío… - dijo con cautela.
El hombre levantó la vista.
  • ¿Sí?
Gabi dudó un instante, buscando la forma de decirlo sin sonar irrespetuoso.
  • ¿Es… una especie de… brujo?
El peruano lo miró durante un segundo en silencio. Y luego soltó una carcajada profunda, sincera, que llenó por completo la tienda.
  • No, no… - dijo todavía riendo -. Bueno… depende de lo que usted entienda por brujo.
Se apoyó con los antebrazos sobre el mostrador, observando a Gabi con una mezcla de diversión y paciencia.
  • Mi tío no hace trucos para turistas - continuó -. No lee la mano ni vende amuletos para el amor - Señaló con la barbilla las montañas invisibles más allá de la ciudad -. Él vive allá arriba. En la montaña. Conoce las plantas, conoce los caminos, conoce las historias antiguas de este lugar - Hizo una pausa llena de respeto - La gente va a verlo cuando necesita consejo. Cuando están enfermos, cuando están perdidos… cuando sienten que algo en su vida no está en su sitio.
Sofi escuchaba ahora con más atención.
  • ¿Y qué hace entonces? - preguntó.
El hombre se encogió ligeramente de hombros.
  • Habla con ellos. A veces prepara medicinas con plantas. A veces hace ceremonias para agradecer a la tierra, a las montañas, a los espíritus antiguos - Miró a Gabi - Pero sobre todo… observa.
Gabi inclinó la cabeza.
  • ¿Observa?
  • Sí - dijo el hombre -. Dice que el mundo siempre está hablando. Que la tierra, los animales, el viento… todo deja pistas. Pero la mayoría de la gente camina demasiado deprisa para darse cuenta.
Gabi no dijo nada. El peruano lo miró con cierta curiosidad ahora.
  • Mi tío dice que hay personas que nacen sabiendo escuchar un poco mejor que los demás. No porque sean especiales… sino porque no intentan controlar todo el tiempo lo que ocurre - Sonrió levemente - Esas personas, cuando llegan a la montaña… suelen entenderse bien con él.
Gabi sintió cómo la hoja de coca seguía liberando su sabor amargo en la boca. El hombre lo observó un momento más.
  • ¿Por qué preguntas por él, amigo?
Gabi se encogió de hombros con tranquilidad.
  • No lo sé - dijo, y luego sonrió - Pero creo que me gustaría conocerlo.
Sofi miró al hombre de la sonrisa eterna. Luego miró a Gabi. Y en ese breve silencio lo comprendió. No necesitó reconstruir mentalmente el camino que los había llevado hasta allí. No hizo falta recordar cada giro, cada calle, cada pausa absurda del paseo. Simplemente lo entendió. Aquello no podía ser una coincidencia. Gabi había encontrado lo que buscaba sin buscarlo realmente. Sin preguntas. Sin planes. Sin esfuerzo. Solo caminando.

Siguiendo el recorrido errático de unos niños jugando, el paso solemne de un perro que parecía conocer su destino, la dirección silenciosa de unas figuras talladas en madera, el susurro de un viento que había cambiado sin motivo. Había llegado hasta allí exactamente como había dicho que lo haría: Paseando.

Sofi le rodeó la cintura con un brazo y observó la tienda con una sensación extraña. Los tejidos, las máscaras, los animales de piedra… ya no parecían simples objetos. Era como si cada uno guardara una historia, una intención, una memoria antigua que el tiempo no había conseguido borrar. Ella no podía comprenderlo del todo. No como lo comprendía Gabi. No con esa serenidad extraña con la que él parecía ver lo invisible. Pero tampoco podía negar lo evidente. Aquella vez no había hecho falta remar contra la corriente. No había hecho falta luchar contra nada. Solo fluir. Dejar que el río decidiera el camino.

El hombre volvió a acomodar las hojas de coca en la bandeja con un gesto tranquilo, casi ceremonial, como si aquel pequeño acto formara parte de un ritual que venía de muy lejos en el tiempo. Fuera, Cusco respiraba. Las calles vibraban con la vida de la ciudad, pero por encima de ese ruido cotidiano existía otro ritmo más lento, más profundo. El ritmo de la tierra.

Allá arriba, más allá de los tejados y de las iglesias coloniales, las montañas antiguas observaban en silencio. Los Apus, guardianes de piedra que habían visto nacer y desaparecer civilizaciones enteras, seguían allí, respirando con paciencia milenaria. Los pueblos de los Andes siempre habían sabido algo que el resto del mundo olvidó hace mucho tiempo. Que la tierra escucha.
Que los ríos recuerdan. Que el viento lleva mensajes. Que las plantas hablan en un idioma que solo entienden quienes se acercan con respeto.

Nada en el mundo está separado. Todo está vivo.
Todo está tejido.

Y a veces, cuando alguien deja de luchar contra el curso de las cosas…
Cuando deja de imponer su voluntad al camino…
Ese tejido se mueve suavemente, como una red invisible.

Entonces las señales aparecen.
Los encuentros suceden.
Los caminos se abren.

No como un milagro.
Sino como un reconocimiento.

Como si el mundo, por un instante, mirara a esa persona y le dijera:
“Ah… tú también sabes escuchar.”

Y aquella mañana, en una pequeña tienda de Cusco, entre hojas de coca, lana de alpaca y madera tallada, algo muy antiguo había comenzado a despertar.

No en la montaña.
No en los espíritus.

Sino dentro de ellos.

Como el antimonio que no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Esta historia continuará…
 
Gabi, "el místico", será el que descubra el poder total de "la azulita". En cuanto contacte con el tío del vendedor de la tienda de souvenirs, el chaman de sus "viajes", le llevará al conocimiento total de la cultura ancestral de "la seta mágica".
 
Perdonad por no mantener el ritmo de subida, pero es que ha salido un jueguito para la play que me tiene atrapado jajajaja. En breves subo uno nuevo.

Gabi, "el místico", será el que descubra el poder total de "la azulita". En cuanto contacte con el tío del vendedor de la tienda de souvenirs, el chaman de sus "viajes", le llevará al conocimiento total de la cultura ancestral de "la seta mágica".
Ahora mismo, de todos los presentes, parece el más destinado a hacerlo. Creo que es el que más esta entendiendo, aunque aún es pronto para hablar de"entender" de que se enfrentan a algo demasiado antiguo como para destrizarlo por las "vías comunes". Pero antes de conocer al chaman, van a pasar algunas cosas... jejeje. Vamos para allá!!!
 
Capítulo 52. Telurio - Amor (Te)ctónico

El Telurio (Te) ocupa el quincuagésimo segundo lugar en la tabla periódica.

Si fundimos el telurio con la idea del amor, entramos en el territorio de lo sublime y lo peligroso. El telurio no es un metal común; es un elemento bautizado en honor a Tellus (la Tierra), pero su naturaleza es la de un relámpago atrapado en la piedra. Es el elemento de la intensidad que agrieta. Es la química del amor que no sabe ser suave, sino geológico.

El Telurio y el Amor Tectónico: La Química del Sismo

1. El Metaloide de la Tierra (Tellus)

El telurio es uno de los elementos más raros de la corteza terrestre, a menudo encontrado ligado al oro. El amor tectónico no es un sentimiento democrático; es una rareza geológica. Al igual que el telurio se abraza al oro en las profundidades, estos "locos amantes" se encuentran en vetas aisladas del mundo humano. Es un amor que no pertenece a la superficie soleada, sino a las placas que sostienen el mundo. Es raro, es caro y es capaz de mover continentes para tocarse.

2. El Olor del Aliento de Ajo (La Marca Social)
Cuando un humano se expone a niveles mínimos de telurio, su cuerpo lo metaboliza y emite un olor a ajo increíblemente persistente y penetrante a través del aliento y el sudor. El amor salvaje es socialmente tóxico. Los amantes tectónicos "huelen" a su pasión; no pueden ocultar lo que están viviendo. El mundo humano, pulcro y artificial, los rechaza porque su intensidad es invasiva. Como el telurio, este amor marca el cuerpo y lo hace "impuro" para la normalidad. No puedes amar así y pretender que nadie se dé cuenta; el amor tectónico te delata en cada poro.

3. La Fragilidad de lo Cristalino
En su forma pura, el telurio es un sólido plateado y brillante, pero extremadamente quebradizo. Se rompe con una facilidad asombrosa si se le golpea. El amor feroz tiene una paradoja: es capaz de triturar montañas, pero es frágil ante la mediocridad. Los amantes tectónicos viven en una estructura cristalina de una belleza absoluta que, si se toca con las manos torpes del juicio ajeno, se astilla. No es un amor de goma que se estira; es un amor de cristal que, si intentas derribarlo, cortará a todo el que está cerca.

4. El Semiconductor de la Pasión (Termoelectricidad)
El telurio es clave en dispositivos termoeléctricos: convierte el calor directamente en electricidad. Este amor es una máquina de energía. Los amantes tectónicos transforman el "calor" (el deseo, el roce) en una corriente eléctrica que ilumina o electrocuta. No desperdician energía en palabras; su proximidad física genera una tensión que podría alimentar una ciudad o fundir los plomos de una civilización entera. Es el amor como fuente de poder absoluto.

5. Los Telururos de Oro (La Boda Química)
El telurio tiene una afinidad casi obsesiva por el oro, formando minerales como la calaverita. Históricamente, se tiraba el telurio creyendo que era basura, hasta que se descubrió que contenía el oro más puro. El mundo suele ver la locura de estos amantes como "desperdicio" o "caos". Sin embargo, dentro de esa obsesión tectónica está el oro de la verdad. El amor verdadero es el que está dispuesto a ser confundido con basura por los que no entienden que la intensidad es la única forma de purificar la materia.

Conclusión: El Telurio es el nervio expuesto de la Tierra. El amor tectónico es el reconocimiento de que la paz es una mentira de la superficie. Bajo nuestros pies, las placas se devoran y se empujan en un abrazo eterno que crea montañas. Los locos amantes no quieren "estabilidad"; quieren la subducción, quieren fundirse el uno en el otro aunque eso signifique que el mundo, tal como lo conocemos, se resquebraje.

- Doctor Nicolás Quintana Villar-Mir
Fundador de la Real Sociedad Española de Mis Santos Cojones -

  • ¿Entonces lo encontraste? - preguntó Carol.
  • No a él exactamente, sino a uno de sus sobrinos.
Habían vuelto al campamento en lo alto del cerro, junto a los demás. Los coches encarados hacia la salida por si había que huir rápido. Las armas visibles y al alcance por si había que defenderse ante un ataque repentino. Allí, ocultos entre la maleza, todos escuchaban cómo Gabi intentaba explicarles lo que había descubierto en la ciudad.
  • ¿Y cómo estás seguro de que es el mismo anciano que viste en sueños? - preguntó Lena con la mirada científica de la incredulidad.
  • No lo sé… - sonrió Gabi - . Pero tengo un presentimiento.
  • No fue un sueño, doctora - sonrió escéptica Laia -. Fue un viaje cósmico, recuérdalo.
Gabi empezó a reír, sin sentirse molesto ni ofendido por las burlas, en ningún momento. Pues quien lo siente, lo sabe. Y quien lo sabe no tiene necesidad de defenderse.
  • Bueno… - Nico se rascó la nuca -. Al menos tenemos un hilo del que tirar.
  • Un hilo que no sabemos a dónde nos llevará - musitó Gustavo con los brazos cruzados.
Gabi pareció no escucharlo. Sacó un papel de su bolsillo, se puso en cuclillas y lo extendió sobre la tierra seca.
  • Mirad, el sobrino me dibujó un mapa de cómo llegar hasta la cabaña de su tío. Vive en las montañas. Me comentó que el primer tramo lo podemos hacer en coche, hasta este mirador - señaló en el mapa dibujado a mano - y que luego deberemos seguir a pie.
Mientras hablaba, todos lo miraban navegando entre el escepticismo y la burla. Apoyadas sobre el lateral de uno de los coches, Fani y Sofi, también observaban en silencio.
  • ¿Cómo lo habéis encontrado? - preguntó Fani acercándose a su amiga.
  • Paseando… - murmuró Sofi apenas.
  • ¿Paseando? - se giró para mirarla, confundida -. ¿No estarás fumando tú también esa hierba rara, no?
Sofi sonrió, pero no respondió. Miró hacia donde estaba Gabi, inclinado sobre el mapa, explicando lo ocurrido a los demás mientras el viento de la montaña agitaba ligeramente sus cabellos. Y en ese momento todo volvió a ella: el paseo abrazados, ese momento de tranquilidad robado en mitad de la batalla, la tienda llena de amuletos, el poncho extendido sobre el mostrador, las hojas de coca, la sonrisa tranquila del hombre que amaba, la forma en que el mundo parecía haberse alineado sin esfuerzo, como si siempre hubiera sabido que él terminaría allí.

No podía apartar la mirada de él. No era atracción, era algo más profundo, más primitivo, más inevitable. Un sentimiento irresistible e irrevocable que no pedía permiso ni necesitaba explicación. El mundo empezó a desdibujarse a su alrededor. Perdió peso, perdió importancia, dejó de ser relevante. Las voces de la incredulidad, el murmullo de las dudas, incluso el cerro entero… todo comenzó a alejarse, como si alguien hubiera bajado lentamente el volumen de la realidad. La tierra, en su inmensa armonía cósmica, dejó de girar alrededor del sol. Al menos así lo sintió ella. Porque ahora todo giraba alrededor de él. Del hombre que amaba. Del misterio que ocultaba en su interior. Todo se centró en esa calma salvaje que llevaba dentro, como si perteneciera a otro tiempo.

Hay mujeres que necesitan saberlo todo. Que necesitan abrir cada cajón del alma de su hombre, registrar cada pensamiento, cada miedo, cada recuerdo escondido. Necesitan cartografiar su mente como un territorio conquistado. Pero Sofi no, al contrario. Era precisamente ese misterio lo que la hacía arder por dentro. Esa parte de él que nunca terminaba de revelarse, ese lugar secreto donde su mente se retiraba cuando nadie miraba. Eso era lo que la hacía temblar de pies a cabeza. Lo que encendía su sangre. Lo que despertaba algo antiguo dentro de ella, algo salvaje, algo vivo.

No lo adoraba como una devota adora a un dios. No. Pues conocía demasiado bien sus claroscuros para eso. Sabía de su luz, pero también de sus grietas. De su fuerza y de sus debilidades. Y aun así lo amaba con la furia de mil tormentas. Quizá precisamente por eso había aprendido a amarlo por completo, cuando lo aceptó sin “peros”. Sin dividirlo. Sin corregirlo. Sin domesticarlo.

Y lo que acababa de ocurrir aquella mañana, en aquella tienda perdida de Cusco, terminó de encender algo que ya ardía desde hacía tiempo. Aquella forma de mantener la calma ante el caos, de alcanzar lo inalcanzable, de volver a “casa” y callar las bocas de todos los que se habían burlado de él y lo señalaron con el dedo. Pero sobretodo fue la manera en que lo hizo. Sin orgullo, sin necesidad de imponerse, sin buscar reconocimiento ni exigir disculpas. Solo estando presente, como solo él sabía hacerlo. Tranquilo, seguro y calmado.

Esa calma no forzada que emanaba de su interior. Esa paz que no era solo consigo mismo, sino con todo lo que lo rodeaba. Con el viento, con la tierra, con el momento. Algo dentro de Sofi lo reconoció en toda su pureza. Como si una parte profunda de ella siempre hubiera estado esperando exactamente eso.

El amor, pensó de pronto, no era un sentimiento suave ni una emoción romántica. Era una fuerza.
La fuerza más poderosa del universo. La misma que hace girar galaxias, crecer bosques y alzar montañas. La misma que empuja a los ríos hacia el mar y a los animales hacia su manada. Una fuerza que no pide permiso, que simplemente ocurre. Y en ese instante la atravesó de lleno.

Gabi seguía intentando hacerles entender lo que para él era obvio. Pero lo que no sabía era que, en ese justo momento, había algo mucho más urgente reclamándolo.

Su hembra, su loba…
Lo necesitaba.

No era deseo. No era siquiera amor…
Era necesidad.

Una llamada antigua que nacía en el centro mismo del cuerpo y, al mismo tiempo, en el centro mismo del universo.

Sofi salió disparada, como quien llega tarde a un compromiso crucial. Avanzó sin cuidado, abriéndose paso entre los presentes que formaban un círculo alrededor de su lobo. Fani la siguió con los ojos abiertos y una sonrisa ladeada, sin saber muy bien a qué venía aquel estallido de urgencia, pero intuyéndolo. Era locura, era amor. Era todo lo que podía contener un corazón humano. Y Sofi lo persiguió, sin importarle nada más se entregó a esa fuerza imposible de contener.

Gabi la vio venir, la vio entrar en el círculo abriéndose paso a codazos, como un pivot lanzado hacia el rebote que le daría la victoria a su equipo en un partido decisivo de playoffs.
  • Pero qué… - intentó decir él.
  • ¡Ahora volvemos! - gritó ella.
Lo agarró de la muñeca, levantándolo del suelo. No como quien invita, sino como quien reclama. Como quien reconoce algo que siempre ha sido suyo. Porque lo era. Gabi era suyo y de nadie más. Lo había sido desde el primer instante en que se habían encontrado en el camino, aunque ninguno de los dos lo supiera todavía. Y lo seguiría siendo por siempre, aunque los caminos se separasen, aunque la muerte interpusiera su sombra. Así era como lo amaba. No como un creyente jura fidelidad ante un emisario de la fe, en la prosperidad y en la adversidad, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe. No, ni por asomo. Pues ni la muerte podría separarlos, porque no estaban unidos solo por amor. Era algo más poderoso que eso, más intenso, más posesivo. Gabi era suyo. Antes. Ahora. Mañana. Ni siquiera la parca podría arrebatárselo. Y no había nada oscuro en eso. Solo lo inevitable.

Gabi no dijo nada mientras ella tiraba de él. Solo la observaba. Observaba la urgencia que recorría su cuerpo, la locura luminosa que la movía, la energía que parecía surgir directamente de la tierra, como un río de fuego y vida. Sofi caminaba como quien sigue una orden del universo. Y, en cierto modo, eso era exactamente lo que estaba haciendo.

El aire se volvió espeso con la fragancia de hierba seca, piedras calientes y tierra recién removida. Cada hoja, cada raíz, parecía vibrar a su alrededor, respondiendo a su presencia con un temblor silencioso. El canto lejano de un ave se transformaba en un cántico ancestral, el viento entre los árboles susurraba secretos olvidados, y el crujir de las ramas y la hojarasca parecía marcar el pulso de un corazón gigante que latía bajo la montaña.

Un par de vizcachas - conejos silvestres andinos -, se apartaron sin prisa, como guardianes que reconocen a los iniciados en un rito. La luz del sol se filtraba en haces irregulares, tocando la piel de Sofi, reflejando su fuego interior, bañando a ambos en un halo de oro y sombra que parecía un pacto tácito entre el cosmos y ellos.

Cada paso que daban resonaba como un tambor ceremonial; cada respiración, cada roce de la mano, como un conjuro que invocaba la fuerza más antigua y poderosa del mundo. No era solo amor, era locura y devoción; era la tierra, la vida, la sangre y el viento convergiendo en un instante perfecto de totalidad. Todo conspiraba a su favor, como si la montaña misma hubiera decidido abrirles un camino secreto, como si los dioses y los espíritus de los Andes los reconocieran como uno solo.

Sofi y Gabi avanzaban así, inparables, fundidos en la danza salvaje de lo inevitable, sintiendo que no había otra fuerza comparable en el universo que aquella que los unía, y que ahora los guiaba hacia un éxtasis que no podía esperar. Dejaron atrás preguntas que quedaron suspendidas en el aire. En realidad, todo quedó atrás: el grupo, la familia, el mapa, el camino, el futuro, el mundo. Sofi se lo llevó lejos, muy lejos, allí donde nadie pudiera interponerse, allí donde solo ella, única y exclusivamente, pudiera poseerlo. Porque era su derecho. Su verdad.

Y cuando todo quedó atrás, cuando estuvieron lo suficientemente lejos de cualquier distracción, cuando el mundo se desvaneció hasta ser un eco distante, Sofi se detuvo en seco. Se giró hacia él con la urgencia del que no puede esperar ni un segundo más, avanzó con la violencia de quien reclama lo que es suyo, ignorando la distancia que entre ellos era un sacrilegio. Cada centímetro de aire que se colaba entre sus cuerpos parecía una amenaza, una barrera que no podían permitir que los separara.

Sus ojos se encontraron y se atravesaron como dagas afiladas. Había furia, posesión, sudor, tensión. No eran dos almas unidas por el romanticismo de una película, ni por cuentos de príncipes y princesas. Era primitivo, crudo. Salvaje y visceral. Piel contra piel, sangre hirviendo sobre sangre. No necesitaban nada más que fundirse, rugir, empujarse, bailar esa danza brutal y ardiente del deseo.

La ropa desapareció en manos del otro como si arrancaran capas de mentira y artificio, dejando solo la verdad desnuda. Y cuando finalmente estuvieron sin nada que ocultar, en medio de aquel paraje sagrado, donde la naturaleza parecía contener la respiración, se permitieron el lujo de detenerse para contemplarse. Se leyeron en silencio: cada peca, cada cicatriz, cada arruga del cuerpo. Las manos se movían como si reconocieran templos olvidados, murmurando antiguas escrituras que solo ellos comprendían. No había nada más: ni tiempo, ni mundo, solo la verdad que los mantenía unidos.

Sofi contempló el cuerpo de Gabi. Era más alto, más fuerte que ella. Un animal de brazos robustos y espalda firme, hecho para pelear, para defender, para proteger y abastecer. Un cuerpo diseñado para mantenerse en pie cuando todo lo demás cae, para levantar murallas alrededor de los suyos. Un cuerpo hecho para proteger a su manada.

Su miembro era una lanza tensa y afilada. La misma lanza que empuñaría sin dudar si alguien amenazaba aquello que amaba. El hombre está hecho para penetrar, para avanzar, para irrumpir en lo desconocido y reclamar su lugar en el mundo.

Gabi contempló el cuerpo de Sofi. Era más esbelta, más hermosa que él. Un animal de pechos firmes que alimentan, de caderas amplias que prometen vida. Un cuerpo hecho para engendrar, para acoger, para dar calor cuando la noche cae fría sobre la tierra. Su voz era más suave, como si hubiera sido creada para calmar, para arrullar a sus crías mientras el viento sopla fuera.

Su sexo era un cuenco, una cueva cálida y húmeda. La misma cueva que es refugio cuando el mundo se vuelve hostil, la misma que guarda el fuego cuando todo alrededor se oscurece. La mujer está hecha para cobijar, para recibir, para permitir la entrada solo a aquel que considera digno de su poder antiguo.

Y en ese claro del bosque, bajo el cielo abierto y la respiración profunda de la montaña, no eran hombre y mujer como los entiende la razón. Eran lo que siempre habían sido, el misterio antiguo. Vida encontrando vida. Fuerza encontrando refugio. Lobo y loba reconociéndose en mitad del mundo salvaje.

La respiración se volvió agitada entre ellos, la temperatura de sus cuerpos enfrentando el frío del bosque. Dos estrellas incandescentes que no tardaron en colisionar, impactando contra el suelo sin delicadeza, iluminando la existencia, arrasando todo a su paso. Se amaron como lo que eran: animales en celo bajo la luna roja. Uñas clavadas en la piel con desesperación, bocas buscando bocas, dientes mordiendo cuellos, un ritual de fuerza, posesión y entrega absoluta. Parecía una pelea, pues cada uno quería dominar al otro. Gabi la giró con violencia sobre el suelo, se puso encima, usando su propio peso contra su espalda para inmovilizarla. Sin pedir permiso empezó a penetrarla y por instinto Sofi rugió, girando la cabeza hacía él, mirándolo a los ojos con desafío. Y aquel simple gesto hizo que Gabi ardiera por dentro como un fuego devastador. Era una pelea, sí, una de placer absoluto. Dos bestias desatadas gritando al universo lo que sentían, fundiéndose en un mar de fuego, de furia, de amor, de locura y de naturaleza brutalmente pura.

Sofi gruñía, pero sus gemidos terminaron venciendo a su furia. Cerró los ojos, dejándose llevar, permitiendo que él la guiara en aquella danza primitiva que parecía haber existido mucho antes que ellos. Lo sentía dentro, poderoso y enorme, empujando con la fuerza de un vendaval. Solo necesitaba eso, solo aquel instante suspendido en la eternidad. Su respiración entrecortada y animal junto a su oreja, no prometiendo amor eterno, demostrándoselo con cada arremetida. Su cuerpo sudoroso chocando contra el suyo como dos placas tectónicas sacudiendo los cimientos del mundo.

Gabi aceleró el ritmo, surcando aquel rio por el cual se dejaba llevar, pero que ahora estaba desbordado, totalmente fuera de control. No media su fuerza, no pensaba si podía hacerle daño, solo quería estar más dentro de ella. Quería que la piel dejara de ser barrera, quería fundirse en Sofi, cohabitar el mismo cuerpo, vivir unidos por siempre bajo la misma carcasa perecedera.

Ella apretó los dientes, cerrando los puños sobre la arena seca. Las piedras se le clavaban en la barriga, en las caderas, en los pechos. Las embestidas empezaron a doler, dejaron de dar placer. Y entonces abrió los ojos de golpe. Porque sí… la mujer es cobijo, es entrega, es cueva cálida en mitad de la tormenta. Pero también es guerrera. También es orgullo.

No solo el macho pelea. No solo el macho defiende. La hembra es, sin duda, el animal más poderoso de los dos. Capaz de dar vida, sí. De alimentarla, de protegerla, de sostenerla cuando todo amenaza con derrumbarse. Pero no seas lo bastante necio como para creer que es frágil y débil. Porque si cometes ese error, si alguna vez subestimas a la loba y esta decide mostrarte los dientes… será lo último que hagas en tu miserable vida. Y comprenderás, demasiado tarde, que la ternura y la furia nacen del mismo vientre. Que no existe criatura más peligrosa que una hembra defendiendo lo que ama.

El movimiento cogió por sorpresa a Gabi. Ella se revolvió en el suelo con una fuerza que parecía nacer de la misma tierra que da vida y lo sostiene todo. Con un codazo en las costillas, sin miramientos ni ternura, lo apartó de encima; él cayó de espaldas y, antes de que pudiera reaccionar, ella le arrebató todo el poder.

Se puso sobre él, reclamando lo que era suyo. Le agarró las muñecas con ambas manos y las empujó contra la arena caliente. Se inclinó sobre su rostro hasta eclipsar el firmamento. Durante un instante, el mundo desapareció para Gabi: solo existían sus ojos abiertos, salvajes; su respiración agitada; sus labios rojos, húmedos, como si hubieran probado la sangre de una presa. Y supo que no necesitaba más que eso. Supo, con la claridad de un loco demente, que lo entregaría todo por ella. Que renunciaría a ver el sol para siempre si ella se lo pidiera a cambio de un solo segundo más a su lado. Que abandonaría las ciudades, los caminos, el nombre que llevaba y la vida que había construido, si ella se lo pedía.

La seguiría si decidiera perderse en la selva. La seguiría si quisiera cruzar desiertos donde el viento borra las huellas. La seguiría si un día despertara y dijera: vámonos, sin destino, sin mapa, sin promesas. Dejaría atrás la seguridad, el dinero, los amigos, incluso la familia si el mundo se empeñara en ponerlos en bandos opuestos. Renunciaría al reconocimiento de los hombres, a las comodidades de la vida civilizada, al calor de un hogar fijo. Porque hay decisiones que no se toman con la cabeza. Y en ese instante Gabi lo comprendió con una certeza salvaje: si Sofi se arrojara al mar en mitad de la noche, él se lanzaría detrás sin preguntar. Si decidiera escalar la montaña más alta del mundo, él subiría tras ella con las manos sangrando sobre la roca.

Si el mundo entero se volviera contra ella…
él sería el primero en plantarse delante.

No por deber.
No por orgullo.

Sino porque hay amores que no admiten negociación. Amores que no preguntan cuánto cuesta, ni cuánto se pierde, ni cuánto dolor vendrá después. Amores que, cuando aparecen, solo dejan dos caminos posibles: huir… o quemarlo todo.

Se quedaron así unos segundos, mirándose sin filtros, sonriendo como dos locos suicidas. No había palabras. No hacían falta. Sus cuerpos hablaban el lenguaje más antiguo del mundo. El deseo era ley. El sexo, decreto. La pasión, destino. Entonces Sofi se ayudó de una mano para continuar aquella danza primitiva. Y en ese momento en que Gabi volvió a entrar dentro suya, sintió todo su poder.

Ya no era solo Sofi.
Era una amazona.

La furia y el orgullo de todas las mujeres que habían cabalgado antes que ella parecían habitar su cuerpo. Se movía con la fuerza de quien no pide permiso al mundo para existir. Como una guerrera erguida sobre su montura en mitad del campo de batalla, dominando a un animal potente y salvaje que respondía a cada gesto suyo. Su pelo caía como una melena oscura alrededor de su rostro. Sus movimientos eran firmes, soberanos, casi rituales. No había sumisión en aquello. Había poder. El estandarte de la mujer alzándose sobre la tierra misma que la había creado. Y mientras la montaña, los árboles y el cielo parecían observar en silencio aquel instante salvaje, Sofi cabalgaba con la fiereza de una reina antigua, reclamando el lugar que siempre había sido suyo. No como quien domina por fuerza. Sino como quien recuerda, al fin, el poder que siempre llevó dentro.

Él se dejó dominar. Era consciente de su poder masculino; sabía que, si quisiera, a base de fuerza podría someterla de nuevo. Pero no quiso hacerlo, no esta vez. Dejó que ella lo guiara. Que tomara las riendas. Que abriera ante él puertas que ni siquiera sabía que existían.

Sofi se movía con la seguridad de quien conoce un territorio antiguo. Como si dentro de ella viviera un mapa que los hombres nunca terminan de comprender del todo. Y cuando sintió que era suyo, que había ganado aquella lucha no con la fuerza bruta sino con las armas misteriosas de su naturaleza femenina, entonces le mostró los placeres más antiguos y ocultos que habitan en el corazón de las mujeres.

Lo amó como nunca lo había amado. Lo guió por los placeres indescriptibles del sexo, como quien conoce cada piedra de un sendero oculto entre montañas. Y Gabi empezó a perderse. Primero se disolvieron los bordes del mundo. Después desaparecieron las direcciones. Perdió el norte. Perdió el sur. El este y el oeste dejaron de existir. Perdió cualquier referencia que pudiera servir de guía. Solo quedaba ella. Así que se aferró a lo único tangible que le quedaba.

Sofi se lo llevó tan lejos dentro de sí mismo que Gabi sintió que su cuerpo ya no tocaba el suelo. Como si el bosque entero hubiera desaparecido bajo sus espalda y estuviera flotando en un espacio cálido, silencioso y eterno. Un lugar donde el tiempo no avanza ni retrocede, donde todo sucede al mismo tiempo. La respiración de ambos se mezcló con el viento que corría entre los árboles. El latido de sus corazones parecía seguir el mismo compás que la tierra bajo ellos. Y entonces llegó. No como un golpe seco. No como una explosión violenta. Sino como una ola inmensa que nace muy lejos en el océano y tarda siglos en alcanzar la costa. Una ola lenta, inevitable, que lo levantó por dentro y lo arrastró hacia una luz blanca donde todo ardía y todo era paz al mismo tiempo.

El mundo desapareció, Sofi y Gabi desaparecieron con él. Solo quedaron dos respiraciones agitadas bajo el cielo abierto, dos cuerpos exhaustos sobre la arena tibia, y la montaña entera guardando silencio como si acabara de presenciar un milagro antiguo. El tipo de milagro que existe desde antes de que el primer ser humano aprendiera a nombrar el amor.

Y cuando la ola finalmente se retiró del todo, cuando el temblor abandonó sus cuerpos y el rugido del mundo volvió poco a poco a su sitio, quedaron inmóviles sobre la tierra, como dos guerreros que acaban de sobrevivir a una batalla sagrada. Gabi cayó hacia atrás, respirando con el pecho abierto, el aire entrando en sus pulmones como si lo estuviera respirando por primera vez. Sofi quedó sobre él unos instantes más, el cabello cayendo como una cortina oscura alrededor de su rostro, sus corazones golpeando aún con la furia de dos tambores de guerra.

Durante unos segundos eternos nadie habló. Porque hay silencios que cuentan más verdades que mil poemas.

Sofi terminó dejándose caer sobre su pecho, agotada, victoriosa, viva. El la rodeó con los brazos, y allí quedaron los dos, entrelazados sobre la arena tibia del bosque, mirando al cielo que se abría entre las ramas como una herida de luz. Parecían soldados caídos tras una carga imposible. Orgullosos. Exhaustos. Heridos. Como si hubieran dado todo lo que tenían en aquella lucha y ahora, al final, pudieran descansar en paz sobre el mismo campo de batalla.

Sus respiraciones se fueron calmando poco a poco, acompasándose como dos animales que acaban de correr hasta el límite de sus fuerzas. El sudor en sus pieles se enfriaba con la brisa de la montaña, y el mundo volvía lentamente a su sitio: el susurro de las hojas, el canto lejano de un pájaro, el crujido de la tierra bajo sus cuerpos. Pero algo había cambiado. Porque en ese instante ambos sintieron esa extraña y hermosa sensación que llega después de los grandes incendios del alma. La pequeña muerte. Esa breve rendición en la que uno deja de ser quien es por un momento. Donde todo pierde peso, donde nada importa.

Y así quedaron, uno sobre el otro, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo cansancio dulce, como dos guerreros que han sobrevivido juntos a la batalla más antigua de todas. La del deseo. La de la vida. La del amor salvaje que no pide permiso para existir.

El silencio se quedó un rato más entre ellos, respirando con la misma calma que el bosque. Sofi seguía sobre su pecho, dibujando distraídamente círculos lentos con los dedos sobre su piel. La marca del infinito, de la eternidad, de lo que sentía por dentro y que nada ni nadie podía arrebatarle. Gabi miraba el cielo infinito entre las ramas, todavía con esa sensación extraña de haber vuelto de muy lejos.
  • ¿Sigues vivo? - murmuró ella al cabo de un rato, con una media sonrisa cansada.
Gabi soltó una pequeña risa ronca.
  • No lo sé… - dijo -. Siento que acabo de morir y vuelto a renacer.
Sofi levantó un poco la cabeza para mirarlo. Sus ojos ya no tenían la furia de antes; ahora había algo más profundo, algo más tranquilo.
  • ¿Y ha valido la pena?
Gabi la observó como si la estuviera viendo por primera vez. Sus dedos apartaron un mechón de cabello que se había quedado pegado a su frente.
  • Morir así… - dijo en voz baja -. Contigo encima… mirando esos ojos en los que podría perderme por siempre… Sí, sin duda. Firmaría ahora mismo por repetirlo cada día durante todas las vidas que me queden.
Sofi soltó una risa suave, pero había algo vulnerable en su mirada.
  • Estás loco.
  • No… tu me vuelves loco.
  • ¿Sabes que la gente normal no dice esas cosas?
  • La gente normal tampoco hace lo que acabamos de hacer - respondió él.
Ella bajó la mirada un instante, apoyando la barbilla en su pecho. Sus dedos siguieron moviéndose lentamente, como si quisieran memorizar cada centímetro de su piel.
  • A veces me das miedo, Gabi.
  • ¿Miedo?
  • Sí… - dijo ella, levantando los ojos otra vez -. Porque siento que podría perderlo todo por ti. Absolutamente todo. Y lo peor es que ni siquiera me arrepentiría.
Gabi la miró en silencio. No respondió enseguida. Al final apoyó la mano en su nuca y la acercó un poco más.
  • Entonces estamos jodidos - dijo con una sonrisa tranquila.
  • ¿Por qué?
  • Porque yo siento exactamente lo mismo.
El viento pasó entre los árboles como un suspiro largo. El bosque parecía escucharlos. Sofi cerró los ojos un instante, apoyándose completamente sobre él.
  • ¿Sabes qué es lo que más me asusta?
  • ¿Qué?
  • Que si un día me dijeras “vámonos”… creo que te seguiría sin preguntar a dónde.
Gabi le besó la frente con ternura y miró el cielo otra vez.
  • ¿Y si te dijera ahora mismo que lo hiciéramos?
Ella levantó la cabeza lentamente.
  • ¿Ahora?
  • Ahora, sí. Huyamos. Vivamos así por siempre, desnudos como dos animales salvajes. Solos tu, yo y el mundo infinito…
Sofi lo miró durante unos segundos. Después sonrió de esa manera suya, mitad desafío, mitad promesa.
  • Entonces más te vale no decirlo en broma.
  • Nunca bromeo contigo, y lo sabes.
Ella lo besó suavemente en la comisura de los labios, muy distinto a la tormenta que habían sido minutos antes.
  • Bien - susurró -. Porque yo tampoco.
El viento empezó a correr entre los árboles, más frío ahora que el esfuerzo había terminado. Las hojas susurraban arriba, y alguna nube lenta pasó por el cielo abierto que se veía entre las ramas. Sin embargo, ninguno de los dos parecía sentirlo. Sus cuerpos desnudos seguían irradiando calor. Sofi permanecía tumbada sobre Gabi, su piel pegada a la suya, como si el frío del bosque no tuviera derecho a entrar en ese pequeño territorio que habían creado entre los dos. Era como si el fuego que acababan de encender siguiera ardiendo bajo sus pieles, una llama antigua que ni el viento ni la noche podían apagar. Era innegable. Lloviera, tronara o se derrumbara el mundo, ese calor seguiría ahí. Sofi levantó ligeramente la cabeza y lo miró con esa sonrisa suya, peligrosa y cómplice.
  • ¿Sabes una cosa?
  • Dime - respondió Gabi, todavía mirando el cielo.
Ella se incorporó un poco, apoyando el mentón en su pecho.
  • Creo que podríamos hacer un segundo asalto, ¿qué me dices?
Durante un segundo hubo silencio. Luego Gabi soltó una carcajada que resonó entre los árboles.
  • ¿Un segundo asalto? - repitió -. ¿Así, sin más?
  • Claro - dijo Sofi, encogiéndose de hombros con naturalidad -. El día es joven.
Gabi se llevó una mano a la cara, todavía riéndose.
  • Necesito tiempo, mi amor.
  • ¿Tiempo?
  • Sí, tiempo. Los hombres somos maquinaria pesada. Hay que dejar que el motor se enfríe un poco antes de volver a arrancar. Nos sobrecalentamos, ya sabes…
Sofi alzó una ceja.
  • Curioso. Nosotras no tenemos ese problema.
  • Ya, ya lo sé que no tenéis ese problema - respondió él -. Eso es porque estáis diseñadas por ingenieros mucho más eficientes.
  • O porque somos más resistentes.
  • O porque sois crueles - contestó él, riendo.
Sofi apoyó la cabeza en su pecho otra vez, arrimándose a su cuerpo.
  • No es crueldad… es poder.
Gabi volvió a reír.
  • Dame unos minutos, amazona. O me matarás antes de que llegue la próxima luna.
  • Tranquilo - murmuró ella con una sonrisa tranquila -. Tengo toda la noche.
El tiempo parecía haberse vuelto extraño alrededor de ellos. Como si alguien hubiera aflojado las agujas del reloj y las hubiera dejado moverse más despacio. Como si el mundo, sorprendido por lo que acababa de suceder entre aquellos dos cuerpos sobre la tierra, hubiera decidido concederles un pequeño privilegio: unos minutos robados al ritmo normal de las cosas.

Todo parecía suceder más lento. El viento tardaba más en cruzar entre los árboles. Las nubes parecían avanzar con una calma solemne. Incluso los sonidos del bosque llegaban amortiguados, como si la realidad misma caminara de puntillas para no molestarlos. Gabi seguía tumbado mirando el cielo entre las ramas. Sofi permanecía sobre su pecho, con los ojos cerrados. No necesitaba mirar nada. Le bastaba escuchar el latido de su corazón. Ese golpe profundo y constante bajo su oído que parecía marcar el ritmo secreto de todo lo que existía. Durante un rato no dijeron nada. Hasta que Sofi habló, sin abrir los ojos.
  • ¿En qué piensas?
Gabi tardó unos segundos en responder.
  • En el día que nos conocimos.
Ella abrió un ojo, curiosa.
  • ¿Ah, sí?
  • Sí.
Sofi levantó ligeramente la cabeza para mirarlo.
  • ¿Qué recuerdas?
Gabi soltó una pequeña sonrisa, sin dejar de mirar el cielo.
  • No recuerdo el día en sí…
  • ¿No?
  • No demasiado la verdad. Iba colocado, como siempre - sonrió con nostalgia recordando un pasado más sencillo - Recuerdo el ruido, la gente, la música demasiado alta. Una casa ocupada medio en ruinas… creo que era en Talavera de la Reina, durante las fiestas del pueblo.
Sofi desvió la mirada intentando recordar.
  • Creo que sí que fue en Talavera… Yo también iba bastante colocada la verdad - rió - Pero me suena bastante probable.
  • Había gente por todas partes - continuó él -. Gente bailando, fumando, bebiendo… algunos punkys discutiendo de política como si fueran a cambiar el mundo esa misma noche… ya sabes.
Ella soltó una pequeña risa.
  • Sí, lo sé.
Gabi giró un poco la cabeza hacia ella.
  • Pero entonces te vi…
Sofi arqueó ligeramente las cejas.
  • ¿Ah, sí?
  • Lo recuerdo como si fuera ayer… Estabas bailando.
Hubo un pequeño silencio.
  • ¿Bailando?
  • Sí. Bailabas sola, ni siquiera parecías darte cuenta de que había gente mirándote. Solo bailabas como si toda la pista fuera tuya. Y te juro que sentí un flechazo al instante.
Sofi bajó la mirada un poco, incómoda.
  • Estás exagerando…
Gabi negó suavemente con la cabeza.
  • No exagero - sus ojos se perdieron un momento en el recuerdo - Recuerdo pensar algo muy extraño…
  • ¿El qué?
Gabi sonrió, casi con incredulidad.
  • Pensé: ¡ahí está!
Sofi frunció el ceño.
  • ¿Ahí está… el qué?
  • La mujer perfecta.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa y se apartó un poco para mirarlo mejor.
  • Vale, definitivamente estas exagerando.
  • No exagero, cariño. Te lo prometo.
  • Sí que lo haces, siempre has sido un romántico.
  • No soy romántico…
  • Sí lo eres.
  • Vale, tu ganas. ¡Pero no miento!
Sofi se sonrojó ligeramente.
  • Vamos, Gabi…
  • Te lo juro, mi amor - dijo él con calma -. Fue inmediato. No pensé “qué chica tan guapa”. No pensé “me gustaría hablar con ella”.
Sofi lo miraba en silencio.
  • Pensé: esa es la mujer correcta.
El viento movió suavemente el cabello de Sofi. Gabi continuó.
  • Pensé que si existía alguien con quien mereciera la pena compartir la vida… tenías que ser tu. Supe que te amaba en el mismo momento en que te vi bailar…
Sofi bajó la mirada, sonriendo con timidez.
  • Eso es una locura.
  • Probablemente…
  • Ni siquiera me conocías, cariño.
  • Lo sé.
Ella lo miró otra vez.
  • Entonces ¿cómo podías saber algo así?
Gabi se encogió ligeramente de hombros.
  • No lo sabía… Lo sentí.
Sofi lo observó en silencio unos segundos.
  • Sigues siendo un romántico.
Gabi sonrió.
  • Tal vez.
Ella volvió a apoyar la cabeza sobre su pecho, escuchando otra vez su corazón.
  • ¿Y qué pasó después?
  • Que tardé dos horas en reunir el valor para hablar contigo.
Sofi soltó una risa suave.
  • Eso sí que me lo creo.
El viento siguió pasando entre los árboles, y el tiempo, como si aún estuviera distraído contemplándolos, continuó avanzando más despacio de lo habitual. Sofi permaneció unos segundos más escuchando su corazón, como si aquella historia todavía estuviera flotando en el aire entre ellos. Luego levantó un poco la cabeza.
  • ¿Quieres saber mi versión?
Gabi sonrió.
  • Por favor.
Ella apoyó la cabeza en su mano, mirándolo con esa expresión medio burlona que aparecía cuando estaba a punto de decir algo irreverente.
  • Cuando te acercaste a hablar conmigo… lo primero que pensé fue: este chico es un atolondrado.
Gabi soltó una carcajada.
  • ¡¿Un atolondrado, en serio?!
  • ¡Completamente!
  • ¡Oye! - exclamó Gabi, fingiendo estar ofendido.
  • Era evidente, Gabi - rió ella -. Estabas tan nervioso… Se te notaba a kilómetros. No sabías qué hacer con las manos, mirabas al suelo, luego al techo… creo que hasta tropezaste con una mesa al acercarte.
Gabi cerró los ojos un segundo.
  • No tropecé con nada.
  • ¡Tropezaste!
  • Pues entonces… Eso fue una maniobra táctica.
  • Claro - dijo ella -. Una estrategia muy elaborada para impresionar a las chicas.
Él negó con la cabeza, riéndose.
  • Increíble… Yo recordaba ese momento con bastante más dignidad.
Sofi sonrió, pero su expresión se suavizó un poco.
  • No fue nada digno, pero sí que pensé: “mira que mono”
  • Ya… - Gabi entornó los ojos - Yo encontré a la mujer de mi vida y tu viste a un chico mono.
  • Eso es exactamente lo que sucedió. Pero… luego pasó algo más.
  • ¿Qué?… ¿Sentiste lástima por mí?
Ella levantó la vista hacia el cielo un instante, como buscando la escena en su memoria.
  • No, nunca he sentido lástima por ti - replicó rotundamente - Pero recuerdo que la música cambió de golpe.
Gabi frunció ligeramente el ceño, recordando.
  • Sí…
  • Alguien puso una canción de guitarras muy sucias - continuó ella -. ¿Te acuerdas? Las guitarras empezaron a desgarrar el aire… y la batería entró como un animal enfurecido.
Gabi asintió lentamente.
  • Sí… lo recuerdo.
  • ¿Cómo se llamaba esa canción?
  • Don’t Owe You a Thang de Gary Clark Jr.
  • ¡Joder, que memoria!
Gabi se incorporó un poco acercándose a ella, y empezó a cantar.
  • ¡Ain’t got no money, no fancy car. Ain’t got no excuses baby, hanging at the bar!
Sofi la recordó al instante y empezó a tararearla, sin apartar la mirada de sus labios. Sintió como si se hubiera transportado a esa fiesta de nuevo, años atrás. Acababa de terminar la relación con Ricardo, y su vida tambaleaba de arriba abajo. Estaba confusa, rabiosa, con ganas de soltar todo aquel peso que llevaba cargando sobre las espaldas demasiado tiempo. Aquella canción, aunque no entendiera la letra en ese preciso momento, la atravesó por dentro. "Don't Owe You a Thang”, “¡No te debo nada!” Hablaba de romper lazos con alguien que siente que tiene derecho sobre ti. Es una declaración de independencia personal y orgullo.

Gabi dejó de cantar porque no se sabía la letra entera. Sofi volvió a mirarlo a los ojos.
  • Entonces empezamos a bailar… - hubo un pequeño silencio - Y ahí fue cuando pensé: “Vale, este chico encaja conmigo.
Gabi levantó las cejas.
  • ¿Encaja? ¿De verdad?
  • Sí, así es…
  • ¿Después de mi entrada triunfal y todo el desastre inicial?
  • Exacto.
Él volvió a reír.
  • Qué alivio…
Sofi le dio un pequeño puñetazo en el pecho.
  • ¡No te rías!
  • ¿Por qué?
  • Porque lo digo en serio.
Su tono había cambiado ligeramente.
  • Cuando empezamos a bailar… - continuó - algo se soltó dentro de mí.
Gabi la miraba con atención ahora.
  • No sé cómo explicarlo - dijo Sofi -. Pero llevaba mucho tiempo sintiéndome… contenida. Como si siempre tuviera que ser algo para alguien. Como si siempre hubiera una expectativa sobre mi.
Bajó la mirada un segundo.
  • Pero esa noche… bailando contigo… no sentí nada de eso.
Gabi guardó silencio.
  • Solo sentí… libertad. Recuerdo como saltábamos, como movíamos las cabezas, despeinados, furiosos, gritando y riendo, empujándonos, desafiándonos… no fue un baile para mí, fue mucho más, como si por fin pudiera volver a respirar…
El viento volvió a pasar entre los árboles. Sofi sonrió un poco, volviendo a su tono juguetón.
  • Así que sí…
  • ¿Sí qué?
  • Eras un atolondrado.
Gabi soltó una risa.
  • Fantástico.
  • Pero eras el atolondrado más bonito que había visto jamás… mi atolondrado.
Él levantó una ceja.
  • Cuidado cariño… Eso suena peligrosamente romántico.
Sofi se encogió de hombros con una sonrisa tranquila.
  • ¡No te acostumbres!
Gabi la miró unos segundos más, con esa calma profunda que solo aparece cuando alguien sabe que está exactamente donde quiere estar.
  • Lo siento, demasiado tarde…
Los dos rieron un rato juntos, incapaces de apartar las miradas. Gabi la contemplaba fijamente, tomando aire antes de soltar lo que pasaba por su mente.
  • Y si… y si todo eso no fue solo casualidad - dijo, como midiendo cada palabra -. Y si realmente estábamos destinados a encontrarnos.
Sofi frunció el ceño, escéptica.
  • No, Gabi. Ya sabes que no creo en hilos del destino, ni en historias que atan a la gente como marionetas.
Él sonrió, inclinándose hacia ella con calma.
  • Hablo de probabilidades - aclaró rápidamente -. Solo eso. Piensa… la fiesta en Talavera. Yo estaba allí por pura casualidad, no tenía ni intención de ir; tú, bailando como si el mundo no existiera. La canción que empezó a sonar, nosotros conociéndonos… y sin planearlo, sin pensar, algo se unió en ese instante. Algo diminuto, invisible, pero que nos puso exactamente en el mismo lugar al mismo tiempo.
Sofi dejó escapar un suspiro y, sin poder evitarlo, sonrió.
  • Entonces… ¿me estás diciendo que todo esto fue obra del destino? Que nos encontró, que nos empujó el uno hacia el otro?
  • Es tan improbable… - dijo Gabi -, demasiado improbable para no pensar que algo nos quería juntos.
Ella se quedó pensativa un instante, con la mirada suavizada, y finalmente dijo:
  • Bueno… entonces le doy gracias al destino - y le regaló una mirada enamorada.
Gabi se quedó en silencio, y de repente soltó una carcajada potente, que resonó entre los árboles y la tierra seca.
  • ¡¿Qué te pasa?! - dijo Sofi, molesta, cruzando los brazos -. ¡No te rías de mí!
  • ¡Ja! - exclamó él, aún riendo -. ¡Menos mal que el romántico soy yo!
  • ¡Lo eres! - gritó Sofi, indignada -. ¡Siempre haces lo mismo, joder! ¡Siempre tienes que darle la vuelta a todo y ponerlo a tu favor!
Y entonces, sin pensarlo, la pelea empezó. Se revolcaron por la tierra reseca, empujándose, dándose patadas, insultándose, ensuciándose entre polvo y risas. Pero cada golpe y cada empujón los acercaba más, como si fueran dos imanes que no pueden separarse. Finalmente, exhaustos y cubiertos de polvo, sus cuerpos quedaron juntos, irremediablemente. Sus labios se encontraron en un beso largo y cálido, sus manos recorriendo la piel ajena con urgencia y cuidado a la vez. Sofi levantó una ceja y le susurró al oído, con complicidad.
  • Parece que la maquinaria ya está en funcionamiento…
Gabi se acercó más a sus labios, con una sonrisa traviesa.
  • Sí, jefa… estoy listo para perforar.
  • Me gusta oír eso…
El viento frío les azotaba la piel desnuda, pero no importaba. Entre ellos, la llama seguía viva, imposible de apagar, ardiente, salvaje… lista para todo lo que viniera.

Como el Telurio, mientras las placas sigan rozándose y guardando el oro de los locos amantes. Esta historia continuará…
 
En todos los relatos uno tiene sus personajes favoritos, y aunque la historia entre Sofía y Gabi está muy bien, echo de menos un poco más de protagonismo y profundizar más en la bonita historia que creo que se va a desarrollar entre Nico y Laia, que últimamente han quedado muy en segundo plano.
En cualquier caso no quiero que suene mal, pero es que últimamente parecen demasiado protagonistas, aunque no digo que esté mal
 
Atrás
Top Abajo