Relatos de mi vida

Gracias por todos los likes, preguntas y comentarios, no se que tardaré en escribir el siguiente porque no se bien como enfocarlo o en donde seguirlo...
 
Hola paisana, encantado de saludarte. Con esto que vas contando me pasa u
Después de lo de casa de Javi, yo pensaba que aquello sería un secreto entre él y yo. Qué ingenua. En el instituto, Javi seguía pasando de mi cara, pero notaba que sus amigos me miraban distinto. Alberto y Juanra, los dos que estaban en el salón aquella mañana siempre se me quedaban mirando. Alberto era un tío que me daba un asco físico increíble. Estaba fofisano tirando a gordo, siempre sudado y con una forma de hablar súper guarra que me hacía sentir sucia solo con escucharle. Juanra era el típico chaval rarillo, feo, de los que no te fijarías nunca, pero que te miraba con una intensidad que daba mal rollo.

Un jueves, al salir del instituto, me los encontré esperándome en una esquina.
—Oye, que vamos a casa de Alberto —me soltó él nada más acercarse—. Javi nos ha dicho que te avisemos, que está de camino y que nos vemos allí todos. Que tiene ganas de verte otra vez.

Me sentí súper importante. Pensar que Javi les había hablado de mí y que quería que fuera con ellos de nuevo me hizo perder el sentido común. No me lo pensé dos veces. Fuimos andando hacia el piso de Alberto, que estaba a unos diez minutos. Yo iba en medio de los dos, sintiéndome mayor, pensando que por fin era parte de su grupo y quien sabe si también parte de la vida de Javi.

La casa era bonita, se notaba que sus padres tenían dinero, era un chalet blanco muy bien decorado por dentro.
Nos sentamos en el salón y ellos pusieron la Play, pero yo no dejaba de mirar la puerta.

De repente, a Juanra le sonó el móvil.—Es mi madre, ahora vengo, que tengo que ir al parque que me he dejado las llaves de casa y me las tiene que dar —dijo Juanra levantándose rápido.

Nos quedamos solos. Alberto dejó la consola y se quedó mirándome. Yo estaba sentada en el borde del sofá, con mi mochila todavía puesta y mis gafas bien colocadas. Él se acercó y se sentó justo a mi lado, invadiendo mi espacio. Olía a ese sudor fuerte de chaval que no se cuida y a desodorante de spray.
—Mira, Sara... —me dijo con un tono que pretendía ser de colega—. Javi te tiene como la típica niña pija que solo piensa en las notas y en que no se le ensucie el uniforme. Se cree que eres una sosa y que en cuanto un tío se te acerca un poco, te pones a temblar. Por eso no te hace caso de verdad.

Se me quedó el corazón parado. Lo miré por encima de mis gafas y él me puso una mano en el muslo, apretando sobre la falda.

—Si quieres que hoy venga y te tome en serio, tienes que demostrarme a mí primero que no eres una estrecha. Si te portas bien conmigo ahora, yo le escribo y le digo que se baje ya, que merece la pena. Le diré que eres una fiera y que se está perdiendo lo mejor del insti. Nadie tiene por qué saber nada, es cosa nuestra. ¿Quieres que le hable bien de ti o prefieres seguir siendo la empollona invisible?

Me sentí totalmente acorralada, pero la idea de que Alberto fuera el que le "validara" ante Javi me cegó. Asentí con la cabeza, casi sin aire. Él se levantó, me agarró del brazo y me llevó a su habitación.

El cuarto estaba hecho un asco. Había ropa tirada por el suelo, platos con restos de comida en el escritorio y ese olor a cerrado que se te pega a la garganta. Me hizo sentarme en el borde de su cama, que era poco más que un colchón con sábanas viejas.

—Ni se te ocurra quitarte las gafas —me soltó con una media sonrisa—. Me pone ver que tienes esa cara de no haber roto un plato mientras te voy a dar lo tuyo.

Alberto se puso frente a mí y se bajó el pantalón de chándal. Se la sacó y se me quedó a la altura de los ojos. Era tal cual os la describí: no muy larga, unos 14 centímetros, pero súper gorda, muy ancha y sin depilar, con un olor fuerte, a cerrado, que me llenó la nariz al momento.

—Venga, demuestra lo que vales.

Me agarró del pelo con esas manos gordas y un poco pegajosas, tirando con fuerza hacia atrás para obligarme a levantar la cara. Me metió la punta de golpe. El sabor era amargo y me daban arcadas porque era tan ancha que sentía que no me cabía, que me iba a desgarrar los labios. Alberto empezó a moverse, empujando mi cabeza con un ritmo bruto, disfrutando de cada uno de mis jadeos ahogados.

Yo intentaba hacerlo bien, quería que él estuviera contento para que avisara a Javi. Notaba cómo las gafas se me resbalaban por la nariz por el sudor y los nervios, y cómo un hilo de saliva caliente me bajaba por la barbilla hasta manchar el cuello de mi camisa del uniforme. Me sentía patética, arrodillada en esa habitación asquerosa ante un tío que me daba asco, pero la electricidad de estar rompiendo todas las reglas de "niña buena" me tenía empapada.

Él no paraba. Alberto no tenía ni un mínimo de delicadeza; no buscaba que yo estuviera cómoda, buscaba usarme y punto. En un momento dado, soltó mi pelo y me agarró con fuerza por las orejas para marcar él mismo el ritmo que quería.

Fue una sensación extrañísima y humillante. Como me tapaba los oídos con las palmas de sus manos, lo único que yo escuchaba era el roce de su piel contra mis orejas y mi propia respiración acelerada, que retumbaba dentro de mi cabeza. Estaba aislada en mi propio asco.

Cada vez que me empujaba hacia él, sentía su barriga fofa y sudada chocando contra mi frente. Era un golpe sordo y constante: choc, choc, choc. Notaba el calor de su tripa, el sudor pegajoso que se me quedaba en la piel y cómo sus carnes temblaban con cada embestida. Mis gafas, que seguían puestas, se me clavaban en el puente de la nariz con cada impacto de su barriga, y los cristales estaban ya tan empañados y manchados de sudor que apenas veía nada claro.

—Sigue así, trágatela bien —le oía decir, aunque el sonido me llegaba amortiguado por sus manos en mis orejas—. Que se note que tienes ganas de que Javi te respete.

Me obligaba a ir cada vez más profundo, sin importarle que me atragantara o que mis orejas me dolieran por los tirones. Yo solo podía ver, a pocos centímetros de mis ojos, el vello de su abdomen y esos pliegues de grasa que me golpeaban la cara una y otra vez. Me sentía como un juguete roto, una niña de papá que se había metido en la boca del lobo por pura desesperación de ser alguien para el chico popular.

Me dolía la mandíbula y el cuello, pero Alberto seguía a lo suyo, apretando mis orejas con tanta saña que me ardían. Disfrutaba de su poder sobre mí, de saber que yo no me iba a quejar porque todavía tenía la esperanza de que Javi apareciera por esa puerta y me diera el visto bueno. Me sentía sucia, sudada y totalmente expuesta bajo la piel de su cuerpo.

De repente, se puso tenso. Me dio un último tirón de las orejas hacia él, obligándome a aguantar la respiración mientras notaba toda su pesadez contra mi cara. Gruñó, soltó mis orejas y justo en ese instante, se oyó el portazo de la entrada. Debia de ser Juanra.

Alberto sonrió, subiéndose el chándal a toda prisa y limpiándose con mi camisa, mientras yo me quedaba allí de rodillas, intentando recomponerme y recolocarme las gafas con las manos temblando. ¿Había sido patético? Si. ¿Merecía la pena? Por supuesto. ¿Estaba cachonda? Como nunca antes.
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Después de lo de casa de Javi, yo pensaba que aquello sería un secreto entre él y yo. Qué ingenua. En el instituto, Javi seguía pasando de mi cara, pero notaba que sus amigos me miraban distinto. Alberto y Juanra, los dos que estaban en el salón aquella mañana siempre se me quedaban mirando. Alberto era un tío que me daba un asco físico increíble. Estaba fofisano tirando a gordo, siempre sudado y con una forma de hablar súper guarra que me hacía sentir sucia solo con escucharle. Juanra era el típico chaval rarillo, feo, de los que no te fijarías nunca, pero que te miraba con una intensidad que daba mal rollo.

Un jueves, al salir del instituto, me los encontré esperándome en una esquina.
—Oye, que vamos a casa de Alberto —me soltó él nada más acercarse—. Javi nos ha dicho que te avisemos, que está de camino y que nos vemos allí todos. Que tiene ganas de verte otra vez.

Me sentí súper importante. Pensar que Javi les había hablado de mí y que quería que fuera con ellos de nuevo me hizo perder el sentido común. No me lo pensé dos veces. Fuimos andando hacia el piso de Alberto, que estaba a unos diez minutos. Yo iba en medio de los dos, sintiéndome mayor, pensando que por fin era parte de su grupo y quien sabe si también parte de la vida de Javi.

La casa era bonita, se notaba que sus padres tenían dinero, era un chalet blanco muy bien decorado por dentro.
Nos sentamos en el salón y ellos pusieron la Play, pero yo no dejaba de mirar la puerta.

De repente, a Juanra le sonó el móvil.—Es mi madre, ahora vengo, que tengo que ir al parque que me he dejado las llaves de casa y me las tiene que dar —dijo Juanra levantándose rápido.

Nos quedamos solos. Alberto dejó la consola y se quedó mirándome. Yo estaba sentada en el borde del sofá, con mi mochila todavía puesta y mis gafas bien colocadas. Él se acercó y se sentó justo a mi lado, invadiendo mi espacio. Olía a ese sudor fuerte de chaval que no se cuida y a desodorante de spray.
—Mira, Sara... —me dijo con un tono que pretendía ser de colega—. Javi te tiene como la típica niña pija que solo piensa en las notas y en que no se le ensucie el uniforme. Se cree que eres una sosa y que en cuanto un tío se te acerca un poco, te pones a temblar. Por eso no te hace caso de verdad.

Se me quedó el corazón parado. Lo miré por encima de mis gafas y él me puso una mano en el muslo, apretando sobre la falda.

—Si quieres que hoy venga y te tome en serio, tienes que demostrarme a mí primero que no eres una estrecha. Si te portas bien conmigo ahora, yo le escribo y le digo que se baje ya, que merece la pena. Le diré que eres una fiera y que se está perdiendo lo mejor del insti. Nadie tiene por qué saber nada, es cosa nuestra. ¿Quieres que le hable bien de ti o prefieres seguir siendo la empollona invisible?

Me sentí totalmente acorralada, pero la idea de que Alberto fuera el que le "validara" ante Javi me cegó. Asentí con la cabeza, casi sin aire. Él se levantó, me agarró del brazo y me llevó a su habitación.

El cuarto estaba hecho un asco. Había ropa tirada por el suelo, platos con restos de comida en el escritorio y ese olor a cerrado que se te pega a la garganta. Me hizo sentarme en el borde de su cama, que era poco más que un colchón con sábanas viejas.

—Ni se te ocurra quitarte las gafas —me soltó con una media sonrisa—. Me pone ver que tienes esa cara de no haber roto un plato mientras te voy a dar lo tuyo.

Alberto se puso frente a mí y se bajó el pantalón de chándal. Se la sacó y se me quedó a la altura de los ojos. Era tal cual os la describí: no muy larga, unos 14 centímetros, pero súper gorda, muy ancha y sin depilar, con un olor fuerte, a cerrado, que me llenó la nariz al momento.

—Venga, demuestra lo que vales.

Me agarró del pelo con esas manos gordas y un poco pegajosas, tirando con fuerza hacia atrás para obligarme a levantar la cara. Me metió la punta de golpe. El sabor era amargo y me daban arcadas porque era tan ancha que sentía que no me cabía, que me iba a desgarrar los labios. Alberto empezó a moverse, empujando mi cabeza con un ritmo bruto, disfrutando de cada uno de mis jadeos ahogados.

Yo intentaba hacerlo bien, quería que él estuviera contento para que avisara a Javi. Notaba cómo las gafas se me resbalaban por la nariz por el sudor y los nervios, y cómo un hilo de saliva caliente me bajaba por la barbilla hasta manchar el cuello de mi camisa del uniforme. Me sentía patética, arrodillada en esa habitación asquerosa ante un tío que me daba asco, pero la electricidad de estar rompiendo todas las reglas de "niña buena" me tenía empapada.

Él no paraba. Alberto no tenía ni un mínimo de delicadeza; no buscaba que yo estuviera cómoda, buscaba usarme y punto. En un momento dado, soltó mi pelo y me agarró con fuerza por las orejas para marcar él mismo el ritmo que quería.

Fue una sensación extrañísima y humillante. Como me tapaba los oídos con las palmas de sus manos, lo único que yo escuchaba era el roce de su piel contra mis orejas y mi propia respiración acelerada, que retumbaba dentro de mi cabeza. Estaba aislada en mi propio asco.

Cada vez que me empujaba hacia él, sentía su barriga fofa y sudada chocando contra mi frente. Era un golpe sordo y constante: choc, choc, choc. Notaba el calor de su tripa, el sudor pegajoso que se me quedaba en la piel y cómo sus carnes temblaban con cada embestida. Mis gafas, que seguían puestas, se me clavaban en el puente de la nariz con cada impacto de su barriga, y los cristales estaban ya tan empañados y manchados de sudor que apenas veía nada claro.

—Sigue así, trágatela bien —le oía decir, aunque el sonido me llegaba amortiguado por sus manos en mis orejas—. Que se note que tienes ganas de que Javi te respete.

Me obligaba a ir cada vez más profundo, sin importarle que me atragantara o que mis orejas me dolieran por los tirones. Yo solo podía ver, a pocos centímetros de mis ojos, el vello de su abdomen y esos pliegues de grasa que me golpeaban la cara una y otra vez. Me sentía como un juguete roto, una niña de papá que se había metido en la boca del lobo por pura desesperación de ser alguien para el chico popular.

Me dolía la mandíbula y el cuello, pero Alberto seguía a lo suyo, apretando mis orejas con tanta saña que me ardían. Disfrutaba de su poder sobre mí, de saber que yo no me iba a quejar porque todavía tenía la esperanza de que Javi apareciera por esa puerta y me diera el visto bueno. Me sentía sucia, sudada y totalmente expuesta bajo la piel de su cuerpo.

De repente, se puso tenso. Me dio un último tirón de las orejas hacia él, obligándome a aguantar la respiración mientras notaba toda su pesadez contra mi cara. Gruñó, soltó mis orejas y justo en ese instante, se oyó el portazo de la entrada. Debia de ser Juanra.

Alberto sonrió, subiéndose el chándal a toda prisa y limpiándose con mi camisa, mientras yo me quedaba allí de rodillas, intentando recomponerme y recolocarme las gafas con las manos temblando. ¿Había sido patético? Si. ¿Merecía la pena? Por supuesto. ¿Estaba cachonda? Como nunca antes.
Hola paisana, un placer saludarte. Con lo que escribes me pasa un poco como a ti, una mezcla de repugnancia y morbosidad. Supongo que con lo que sigas contando entenderé mejor cómo ha influido en tu carácter un trato tan grotesco y despectivo, sobre todo a una edad tan temprana. Me gusta que lo relates con precisión y buen hacer, eso ya define un poco tus maneras, estilo y conocimiento, me gusta bastante que sea así. Por tanto aquí un lector entusiasta y curioso con ganas de seguir conociendo tu mundo. Espero tus historias con ganas. Saludos y mucho ánimo.
 
Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:

Sara: Oye, Javi... He estado en casa de Alberto porque me habían dicho que ibas a ir, pero al final no has aparecido. ¿Te ha pasado algo?
Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:


Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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Morboso, y tú, estás perfecta y guapa con ese conjunto
 
Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:


Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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Se pone interesante, muy buen conjunto. Pena los círculos 😜 deseando leer más
 
Cuando por fin llegué a mi casa, lo primero que hice fue encerrarme en el baño. Me quité el uniforme casi con asco; la camisa tenía el cuello rígido por donde Alberto se había limpiado y la falda olía a ese salón cerrado. Me metí en la ducha y estuve debajo del agua caliente media hora, frotándome la cara con una esponja hasta que me ardió la piel, intentando quitarme esa sensación de tirantez y el olor metálico que parecía que se me había metido en los poros.

Me sentía una completa estúpida. La vergüenza me quemaba por dentro. Mientras me ponía el pijama, miraba mis libros de texto y mi cuarto todo ordenado, y no podía creer que esa chica fuera la misma que hacía una hora estaba hincando las rodillas en la alfombra de un desconocido.

Pero por encima de la vergüenza, lo que me carcomía era Javi. ¿Sabía lo que había pasado? ¿Se lo habían contado ya? ¿Había sido todo un plan suyo desde el principio?

No pude aguantar más. Me tumbé en la cama, apagué la luz y saqué el móvil. Entré en Insta. Yo le seguía a él desde hacía meses pero él a mí obviamente no. Ni siquiera sabía que yo existía hasta que me habló aquel martes en la puerta. Su perfil estaba lleno de fotos de fiesta, con su moto y con chicas mucho más mayores y guapas que yo.

Me temblaban los dedos. Abrí el chat. Al no seguirme él, mi mensaje se quedaría en la carpeta de "solicitudes", ese limbo donde los tíos como él acumulan mensajes de niñas desesperadas. Estuve diez minutos escribiendo y borrando. No quería parecer una pringada, pero necesitaba saber.

Al final, le puse algo corto, intentando parecer casual:


Le di a enviar y sentí un vacío en el estómago. Me quedé mirando la pantalla, viendo cómo el mensaje se quedaba ahí, con el check gris, sin que pusiera "Visto".
Javi: Hola, Sara. Me han dicho que habéis estado entretenidos por allí esta tarde. Siento que me hayáis echado de menos, me han surgido otras cosas y al final me ha sido imposible bajar.

(Primer movimiento. No se disculpa de verdad, solo lo suelta como un hecho. Y lo más importante: usa el "habéis", metiéndome en el mismo saco que a sus amigos de forma muy sutil).

Sara: Ya... Me dijeron que habías hablado con ellos. Estuve bastante rato allí, la verdad.

Javi: Ya me imagino. Alberto me ha comentado que te has quedado hasta tarde. No sabía que te llevaras tanto con ellos, me ha sorprendido que te apeteciera pasar la tarde en su casa. No es el sitio más impecable del mundo, ¿no crees?

(Me estaba pinchando. Él quería que fuera yo la que admitiera por qué estaba allí. Quería ver cuánto terreno estaba dispuesta a ceder sin que él tuviera que preguntar directamente).

Sara: Bueno, el cuarto es un desastre, sí. Pero me dijeron que era un plan de grupo y no quería ser la que siempre dice que no a todo. Ya sabes la imagen que tengo en el insti.

Javi: Bueno, Alberto dice que esa imagen engaña un poco. Dice que te has portado como una señora y que te has integrado muy bien con ellos. Me ha contado que al principio estabas un poco tímida, pero que luego has tenido mucha iniciativa.

(El corazón me iba a mil. ¿"Iniciativa"? ¿Qué le había contado exactamente Alberto? ¿Le habría dicho lo de las orejas? ¿O se lo estaba guardando para ver si yo metía la pata?)

Sara: No sé qué te habrá contado Alberto, ya sabes que a veces le gusta adornar las historias.

Javi: Puede ser. Pero me ha dicho que eres una chica de detalles. Me ha parecido curioso que me comentara que no te has quitado las gafas en todo el rato, ni siquiera cuando habéis estado... más cómodos. Dice que te dan un aire muy serio incluso cuando estás haciendo cosas que no son precisamente de estudio.

Sara: Lo de las gafas es porque no veo nada sin ellas, Javi. No es por nada especial. Y lo de la iniciativa... bueno, solo quería que la tarde no fuera un aburrimiento.

Javi: Ya, claro. Pero Juanra me ha dicho que le has sorprendido especialmente a él. Dice que al principio te ha visto un poco... bloqueada pero que luego le has puesto muchas ganas. Me ha dado la impresión de que le has dedicado bastante tiempo, ¿no?

(El corazón me dio un vuelco. Juanra le había contado todo. Javi estaba soltando el anzuelo para ver si yo le explicaba por qué Juanra decía eso).

Sara: No sé qué decirte. Juanra es un poco raro y a veces cuesta entenderle. Pero me han tratado bien, supongo que es lo que querías, ¿no? Que me llevara bien con tus amigos.

Javi: ¿Por mí? No te equivoques, Sarita. Lo único que has demostrado hoy es que eres capaz de chuparsela a cualquiera. Si de verdad te crees que arrodillarte ante Alberto y Juanra me hace sentir "especial", es que eres más niñata de lo que pensaba.

Sara: No es eso... yo solo quería que vieras que puedo estar en vuestro grupo.

Javi: Sarita, deja de decir tonterías. Me da igual por qué lo hicieras. Lo que cuenta es lo que has hecho. Te has arrodillado ante Alberto y Juanra y te has dejado correr en la cara por un tío como Juanra. Eso no es "un detalle" conmigo, eso es que eres una comepollas sin más. Has pasado de ser la empollona a ser la que mis colegas usan cuando se aburren por las tardes.

Sara: Javi, por favor, no digas eso. No es que me guste hacérselo a cualquiera... es que ellos me dijeron que tú estabas al llegar. Yo solo quería que cuando entraras vieras que no soy una estrecha, que soy capaz de hacer lo que sea por estar contigo. Me dio igual lo que pasara con ellos porque en mi cabeza solo estaba que te iba a gustar a ti cuando te lo contaran. De verdad, solo quiero hacer cosas contigo. Déjame demostrártelo, por favor.

Javi: ¿Demostrarme el qué, Sarita? ¿Que eres capaz de comerte la polla de mis colegas para intentar llamar la atención? Eso ya ha quedado claro. No eres especial por eso, eres simplemente una comepollas. Pero bueno, si tantas ganas tienes de "hacer cosas conmigo", el sábado doy una fiesta en mi casa. Mis padres se van fuera y vamos a estar todos.

(Se me paró el corazón. ¿Una fiesta en su casa? Era la oportunidad que llevaba meses esperando, pero sabía que con Javi nada era gratis).

Sara: ¿De verdad? Iré, Javi. Te juro que iré. Dime a qué hora y allí estaré.

Javi: Ya veremos si entras. Pero te aviso: no quiero verte aparecer con esa carita de niña buena ni con tu ropa de pija del centro. Si de verdad solo te importo yo y quieres demostrarme de lo que eres capaz, vas a venir vestida como lo que eres.

Sara: ¿A qué te refieres?

Javi: A que te olvides de las falditas de tablas y de las camisas blancas. Quiero que vengas como una guarra, Sarita. Algo corto, algo que enseñe lo que Alberto y Juanra ya han aprovechado. Quiero que cuando te vea cruzar la puerta, todo el mundo sepa lo que buscas sin necesidad de que abras la boca. Si te veo aparecer vestida de niña pija, no pasas del jardín. ¿Te ha quedado claro?

Sara: Sí, Javi.

Javi: Perfecto. Pues ya puedes ir buscando algo que no sea de "niñata de papá". El sábado veremos si es verdad que solo te importo yo o si solo eres una niñata que habla demasiado por Insta.

Pasé toda la tarde del viernes encerrada en mi cuarto. Mis padres pensaban que estaba estudiando para el examen de Historia, pero la realidad era que llevaba tres horas vaciando el armario y tirando ropa sobre la cama.

El encargo de Javi me retumbaba en la cabeza: "Nada de falditas de tablas ni camisas blancas. Ven como una guarra".

Miraba mi ropa y me daban ganas de llorar. Todo era demasiado... correcto. Camisas de Massimo Dutti, jerseys de lana impecables, faldas por la rodilla de Scalpers. Ropa de niña buena. Intenté probarme un vestido azul marino que suelo usar para las cenas familiares, pero al mirarme al espejo me sentí ridícula. Parecía que iba a misa, no a la casa del tío que me queria de rodillas.

Entonces empecé a rebuscar en el fondo, en esa zona donde guardas cosas que te compras en rebajas y que nunca te atreves a ponerte porque "qué dirán".

Al final, encontré un top negro transparente. Era de una tela fina, casi transparente, que marcaba todo. Está hecho para llevar un top debajo... en los casos mas locos con un sujetador... pero me lo puse sin sujetador, porque sabía que eso es lo que él esperaría. Al mirarme al espejo, el contraste era brutal.

Llevaba esa falda negra que apenas me tapaba nada, el top que dejaba poco a la imaginación de manera exagerada y, por supuesto, mis gafas de ver.

Esa imagen me voló la cabeza. Seguía teniendo esa cara de empollona, de que saca dieces y no rompe un plato, pero el resto de mi cuerpo decía algo totalmente distinto. Parecía un disfraz de "guarra de instituto", pero era real. Era yo. Me imaginé entrando en el chalet de Javi así, con el frío de la noche dándome en las piernas y todos sus amigos mirándome debajo de las luces de la fiesta.

Me veía como lo que Javi quería: una niñata que ha perdido el norte. Y lo peor es que me encantaba.

Me guardé el conjunto en una bolsa de deporte, escondida debajo de la cama. Mañana saldría de casa con mi abrigo largo y mis padres no sospecharían nada. No sabrían que su hija perfecta iba camino de convertirse en el juguete oficial de la fiesta de Javi.

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Seguro que no dejaste a nadie indiferente con esa ropa, te queda genial.
 
Me quedé sola en el cuarto, de rodillas sobre la alfombra, intentando que el aire me llegara a los pulmones. Tenía la frente pegajosa por el sudor de la barriga de Alberto y el cuello de la camisa del uniforme con esa mancha húmeda y arrugada donde él se había limpiado. Me sentía patética, pero en mi cabeza, solo pensaba que aquello era el precio que tenía que pagar para que Javi entrara por la puerta.

Pero Javi no entró. Entró Juanra.

Cerró la puerta con una mano en el bolsillo, arrastrando los pies con una desgana que me hizo sentir todavía más pequeña. Se quedó mirándome desde arriba con una sonrisita de burla, de esas que te dicen que sabe perfectamente lo tonta que estás siendo. Él no me prometió nada de Javi; se notaba que le daba igual si venía o no. Para él, yo era simplemente una oportunidad que le habían puesto delante y que pensaba exprimir sin esforzarse lo más mínimo.

—Vaya pinta tienes—me soltó con una voz seca, sin ninguna emoción—. Quién te viera ahora y quién te ve en los pasillos, siempre tan estiradita e impoluta.

Se acercó y se plantó delante de mí, a pocos centímetros de mis gafas. No tenía la energía bruta de Alberto. Él simplemente se bajó el chándal y se quedó ahí quieto, esperando. Cuando se la sacó, me quedé bloqueada.

Estaba totalmente flácida. Era algo pequeño, blando y con un aspecto que no me esperaba. Yo nunca había visto una así, tan... muerta. Parecía un espárrago blanco, frío y sin vida. Me quedé mirándola tras mis cristales empañados, sin saber muy bien qué hacer, esperando que él tomara la iniciativa. Pero Juanra no movió ni un dedo.

—¿Qué pasa? ¿Te has quedado sin ideas o es que necesitas que te den una hoja de instrucciones? —se burló, mientras me agarraba del pelo, pero sin fuerza, solo para mantenerme ahí abajo—. Venga, muévete un poco, que no tengo todo el día.

Fue una sensación morbosísima y a la vez asquerosa. Tuve que ser yo la que se acercara, la que la agarrara con dos dedos y empezara a metérmela en la boca así, blanda. Era una textura extraña, como chupar algo que no quiere estar ahí. Me sentía ridícula esforzándome por poner duro a un tío que me repelía y que ni siquiera me miraba con ganas, sino con una curiosidad de científico loco, como si estuviera viendo cómo reacciona un bicho bajo un microscopio.

Me obligaba a trabajarla, a usar la lengua, a babearla entera para ver si reaccionaba. Notaba el sabor amargo y esa frialdad inicial que me daba arcadas, pero a la vez, el hecho de ser yo la que tenía que "despertar" eso en un tío tan feo y tan raro, mientras esperaba a Javi, me producía una electricidad que me recorría toda la espalda.

Juanra se limitaba a mirar desde arriba, soltando alguna risita de vez en cuando cuando veía que me atragantaba al intentar meter ese "espárrago" blando cada vez más profundo. Disfrutaba de mi desesperación, de ver cómo la niña bien de las gafas se dejaba la mandíbula intentando complacerle sin recibir nada a cambio.

Poco a poco, aquello empezó a cambiar de forma en mi boca, y fue entonces cuando la cosa se puso largo e interesante.
Notaba cómo, poco a poco, aquello que al principio era blando y frío empezaba a latir dentro de mi boca. Fue una sensación increíble. Sentir cómo se iba llenando de sangre, cómo ganaba temperatura y cómo se volvía rígido entre mis labios me dio un subidón que no me esperaba. De repente, ya no me sentía tan patética; sentía que tenía el control de algo, aunque fuera de la excitación de un tío tan feo como Juanra.

Esa electricidad de la que siempre os hablo me recorrió la columna. Me puse a trabajar con más ganas, moviendo la cabeza con más ritmo, disfrutando de ver cómo sus manos, que antes estaban muertas en sus bolsillos, ahora buscaban mi pelo para apretarme contra él.

Pero Juanra no era de los que se dejaban llevar sin más. Seguía con esa actitud de superioridad, de querer humillarme a cada paso.

—No te quedes solo ahí arriba —me soltó con un gruñido, dándome un tirón seco hacia atrás para que le mirara—. Baja un poco más, que parece que te da miedo hacer las cosas bien. Usa la lengua ahí abajo, que para eso te he traído.

Me quedé paralizada un segundo. Yo nunca había hecho eso; me parecía lo más guarro del mundo y me daba un reparo increíble. Pero él no me dio tiempo a pensarlo. Me empujó la cabeza hacia abajo, obligándome a bajar la vista hacia sus huevos.

Era una imagen que no se me va a olvidar: la piel fina, arrugada, con ese vello oscuro y sin cuidar, y un olor a sudor concentrado que me dio un golpe en la nariz. Me daba un asco tremendo, pero al mismo tiempo, el hecho de estar ahí, con mis gafas que servían de apoyo a su polla y mi boca a milímetros de algo tan íntimo y sucio, me ponía mucho.

Saqué la lengua con timidez y empecé a lamerle con cuidado. La textura era extrañísima. Juanra soltó un suspiro fuerte, echando la cabeza hacia atrás, y por primera vez sentí que le tenía donde quería.

—Eso es... así... —murmuraba él, perdiendo un poco esa frialdad de antes mientras comenzaba a pajearse—. Lame bien todo, que se note que te encanta.

Me obligaba a rodearlos con la lengua, a succionar con fuerza mientras él se retorcía un poco. Yo estaba allí, con las rodillas clavadas en la alfombra, babeando sus testículos como una posesa, sintiendo el sabor salado y fuerte de su piel. Me sentía la guarra más grande de Murcia, una niña de papá que se había perdido el respeto a sí misma en un chalet de lujo, y esa idea me hacía humedecerme por dentro más que cualquier beso romántico.

Juanra ya no se reía tanto. Estaba totalmente duro ahora, esa cosa fina y larga que os dije antes estaba apuntando al techo, y yo sabía que lo que venía ahora iba a ser mucho más bruto.
De repente, me agarró del pelo con una fuerza que no le creía capaz de tener. Me dio un tirón seco hacia atrás, obligándome a sacar la cara y a mirarle desde abajo. Intenté recolocarme las gafas con el hombro, pero no me dejó.

—Quieta ahí, no te muevas —me soltó con un hilo de voz, entre dientes.

No me dio tiempo ni a parpadear. Sentí los chorros calientes golpeándome directamente en la cara. Fue una sensación asquerosa y, a la vez, me dejó totalmente sin aire, sintiendo un cosquilleo en el estomago. El primer impacto me dio en la mejilla, pero el resto fue directo a mis cristales.

En un segundo, dejé de ver. Mis gafas de ver, esas que me hacían parecer una chica estudiosa, quedaron totalmente cubiertas por una capa espesa, blanca y caliente. Veía todo borroso, como a través de una niebla sucia, mientras sentía cómo el líquido me resbalaba por la frente, me entraba en un ojo y terminaba goteando por la montura hasta mi boca y barbilla.

Juanra soltó un suspiro largo, me soltó el pelo y se quedó mirándome mientras se subía el chándal. Se empezó a reír, una risa floja pero llena de maldad.

—Vaya cuadro, Sarita. Si te vieran tus amiguitas... —dijo mientras buscaba su móvil en el bolsillo—. Estás para que te hagan una foto y la pongan en una orla. Tienes la cara que te mereces por tonta.

Yo me quedé allí, paralizada, con los ojos escociéndome y sin ver nada por culpa de mis propias gafas manchadas. Había hecho todo aquello, me había tragado mi orgullo, mi asco y algo más con un tío que me repelía, y el resultado era este: estar de rodillas, ciega por el semen de un muerto de hambre, mientras Javi ni siquiera se había molestado en aparecer.

Lo más fuerte fue cuando Alberto abrió la puerta del cuarto y se asomó.

—¡Joder, Juanra, te has pasado! —dijo Alberto partiéndose de risa—. Mis padres están al llegar de la compra y mi madre no puede ver esto —dijo dándome un toque con el pie en mi pantorrilla, no muy fuerte, pero lo suficiente para que espabilara—. Venga, Sarita, coge tus cosas y aire, que no puede venir Javi al final.

Juanra se estaba terminando de abrochar el pantalón, mirándome con una superioridad que me hacía sentir como un bicho.

—Mírala, Alberto, si es que parece que le han tirado un bote de pegamento en la cara —se burló Juanra, señalando mis gafas—. Sarita, de verdad, con lo lista que eres y la carita de pared de gotelé que se te ha quedado. ¿A que ahora no te sientes tan superior al resto?

Alberto soltó una carcajada mientras me agarraba del brazo para levantarme.—Venga, Juanra, déjala, que la pobre no ve ni por dónde pisa. Menudo estreno te has llevado. Mañana en el insti nos cuentas si te ha gustado el "maquillaje" de mi colega.

Me empujaron por el pasillo. Yo iba a ciegas, con la mochila colgando de un hombro y las gafas puestas, aunque no servían de nada. Fue entonces cuando empecé a notar esa sensación que nunca olvidaré: el semen empezaba a secarse.

Es una sensación extrañísima. Notas cómo la piel se te va poniendo tirante, como si tuvieras una máscara de arcilla que se va endureciendo por segundos. Al principio está caliente, pero con el aire de la calle se vuelve frío y empieza a "acartonarse". Sentía los párpados pesados, como si se me fueran a quedar pegados, y en los cristales de las gafas el líquido se estaba transformando en unas manchas blanquecinas y opacas. Veía el mundo como a través de una niebla sucia.

Caminé hacia mi casa, que estaba a unos veinte minutos, evitando las calles principales. Cada vez que el sol me daba en la cara, la sensación de acartonamiento era total. Intenté restregarme un poco con la manga, pero era peor; cuanto más seco estaba, más me tiraba de la piel. Notaba cómo se deshacía en unas escamas blancas y secas, como si la piel se me estuviera pelando por una quemadura.

El olor era lo más persistente; una mezcla entre cloro y algo metálico que se me había quedado pegado a la nariz y que no se iba por mucho que respirara fuerte. Mis gafas estaban inservibles, así que tuve que guardarlas en el estuche y seguir andando a medio ver, con los ojos entrecerrados por el escozor.

Me crucé con un par de vecinos de mi urbanización, gente pija que me saludó con la mano. Yo agachaba la cabeza, muerta de miedo de que se fijaran en las marcas blancas que tenía en la mejilla o en el cuello de la camisa del uniforme, que estaba rígido y manchado donde Alberto se había limpiado. Me sentía la basura más grande de toda Murcia, una niña usada y echada de un chalet como si fuera un estorbo.

Pero al llegar a mi portal, antes de entrar, me pasé la mano por la cara y sentí esa costra seca... y me dio un vuelco el corazón. Odiaba a Alberto por mentirme, odiaba a Juanra por ser tan asqueroso y odiaba a Javi por no venir... pero llevar su marca seca en mi cara mientras caminaba por mi barrio de niña bien era la sensación más excitante que había sentido en mi vida.


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Si queréis preguntar algo sobre lo que ha pasado, podéis hacerlo supongo que publicar en foros funciona así, gracias por leer.
Esta experiencia te removió el interior y te hizo ver la vida diferente, verdad?
 
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