El Inicio de un Incesto

Lilith Duran

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Buenaaas!!!

Voy a comenzar con este hilo para traeros la primera historia que publiqué en el año 2021... no ha llovido ni nada...

AVENTURAS Y DESVENTURAS HÚMEDAS, Lilith Durán. Ya la tenéis disponible y la podéis disfrutar entera. Aunque por aquí iré trayéndola poco a poco.

Adentraros en esta trilogía, donde Sergio emprenderá un viaje que removerá tanto su vida, como la de su tía y... la de su madre.

¡¡Espero que os guste!!
 
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PRIMERA ETAPA

1

El día se levantó soleado y caluroso, un día típico de verano. Sergio se desperezó como pudo y deshaciéndose del nudo con el que las sábanas le retenían, consiguió levantarse de la cama. Anduvo como un muerto en vida recorriendo el pasillo, escuchando como en la sala su hermana veía la televisión tirada en el sofá y su madre desayunaba tranquilamente en la cocina. Se sentó a su lado con un saludo más que seco por su parte, no está para nadie cuando se levanta y aún no ha desayunado, eso acentúa su mal carácter. Tal comportamiento que más de una vez le reprocha su padre, pero a estas alturas, no va a cambiar.

Su madre le insta a que se duche, que en un rato va a llegar su tía y tiene que estar respetable. Él se queja, puesto que, “qué más da como le vea su tía”, si al fin y al cabo son familia, si alguien le tiene que ver con los pelos tiesos y en ropa interior, es ella. La mañana era igual que otra cualquiera, discute un poco con su hermana por el dominio del mando, pero al final cuando su padre asoma la cabeza, acaba dando la victoria para su hermana. Con 17 años aún esta consentida y Sergio con cinco años más de experiencia en la vida, todavía no es capaz de aprender que siempre pierde contra ella, más cuando esta su padre.

Al final de la mañana su madre consigue que vaya a la ducha no sin varias insistencias. Aunque el joven entra a regañadientes, la ducha no le sienta mal, ya que allí se desfoga y se da un pequeño placer mañanero. Hacía ya más de medio año que no tenía ninguna relación sexual, esas cosas pesas, se podría decir que literalmente. Bajo los chorros de la ducha, se puso a divagar llegando a su mente como la que había sido su novia. Le había dejado por su ex… cada vez que lo pensaba lo veía más ridículo. Después de tres años juntos, y 4 años sin verlo, ni saber nada de ese tipo, va y vuelven, “SERÁ PU…”

Un golpe en la puerta le saca de sus pensamientos, es su hermana que quiere ir al baño y le dice explícitamente que se deje de pajear. “Maldita niñata” se dice, últimamente la odia demasiado, menos mal que en pocos días se iba a ir al pueblo a ver a sus amigos y olvidarse un poco de su rutina diaria. Esperaba pillarse unas buenas borracheras para sacar de su mente a su ex y de paso, si podía ligar algo, bienvenido sea.

Su hermana entró de sopetón sin esperar a que terminara cuando todavía se estaba atando la toalla a la cintura. Le intentó hacer una broma algo subida de tono muy de adolescentes, sin otra intención que acercar posturas.

—¿Me quieres ver desnudo?

Solo pensaba en sacarle una sonrisa, pero ella puso su cara de asco. “Típica cara de mujer” dirían sus amigos, un rostro al que le habían puesto un nombre y todo “cara de oler mierda”

—Déjame y marcha. —por no seguir discutiendo salió y acabó de vestirse en su habitación.

Esperó dentro de su cuarto a que la mañana pasara hasta que le avisaran de que la comida estaba servida. Comió rápido, mientras su padre y su hermana hablaban de que planes harían estas semanas. Se sintió un poco aislado, no paraban de hablar de lo que harían, mientras su madre tenía la mirada perdida pensando en a saber qué.

Sergio muchas veces pensaba, que sé imaginaría otra vida en la que fuera más feliz. Aunque aquello no era ahora su prioridad, él tenía sus planes, su madre no le había puesto pegas a que fuera a la casa de su abuela, ya que desde hacía unos años se encontraba vacía.

“Lástima que ella no este” pensó mientras terminaba de lavar su plato. Por parte de su madre solo le quedaba su tía como familia, que jamás se opondría a que fuera, era su sobrino favorito, o eso decía siempre. También estaban sus primas mayores, aunque la lejanía dificultaba el trato.

Se fue a su habitación despidiéndose de los demás, recibiendo unos saludos secos de cuello y tumbándose en cama para mirar el móvil. Por curiosidad puso el ******** de su tía, a la cual vería en una hora como mucho. Venía a hacer una pequeña visita, ya que su marido se había ido a Noruega, o Suecia, o un país así, muy en el norte. Su madre se lo contó dos días atrás, pero ni se acordaba, “tema de negocios… creo…”.

Abrió las fotos y observó cómo su tía Carmen se rodeaba de gente bien vestida y con buen porte. Eran fiestas para gente de “bien” como le decía su madre, eso quería decir gente que tenía dinero, entonces “¿nosotros somos gente de mal?”

Su madre y su tía eran tan diferentes y a la vez, tan iguales, se parecían bastante en aspecto. Sobre todo los ojos, tenían unos preciosos ojos de un azul muy intenso casi como el agua del océano, que por desgracia, él no heredó. Aunque la petarda de su hermana sí, parecía solo destinado a mujeres.

La diferencia de aspecto radicaba en que su tía se había cuidado toda la vida. Tuvo a sus hijas siendo todavía bastante joven, ya que acertó con el hombre correcto, un chico que en el momento propicio heredó los negocios familiares una vez su padre falleció. Sí que llegó a trabajar como maestra, pero dado el poder adquisitivo que tenía su marido (su tío) lo dejó, algo que a Sergio desde su visión adolescente le parecía de lo más lógico. Sin embargo, su madre no lo veía así, decía que una mujer tenía que trabajar, ser autosuficiente, pero se quedaba sin palabras cuando su hijo le contestaba “que trabajar está muy bien, pero no trabajar esta mejor”.

Escuchó el timbre del portero, supo que su tía había llegado. Se levantó y se adecentó para hacer feliz a su madre. Al de nada, su tía entró por la puerta, con el pelo rubio hasta los hombros y bien cuidado, tenía un alisado perfecto de peluquería.

Todavía siendo tres años mayor que su madre, su rostro tenía menos arrugas, apenas se podía apreciar alguna, y eso que su madre no es que pareciera una vieja. Todo lo contrario, también aparentaba menos edad de la que en realidad tenía. Llevaba una chaqueta de color rosa que cubría una camisa blanca, con un fular del color de la chaqueta a juego y unos pantalones blancos del mismo color que la camisa. Todo parecía de buena tela y como no… caro.

Saludó con efusividad sin perder su porte elegante, aunque siempre a Sergio le trataba con especial cariño, había tenido dos hijas (sus dos primas mayores) que ya volaron del nido. Él era su único sobrino y además, era su madrina, vamos que tenía el pack completo.

Le dio dos besos más que sonoros y un abrazo que el chico devolvió. Siempre le había gustado su tía, por mucho que sus padres dijeran que se había vuelto “una estirada”. A Sergio le encantaba, solía hacer bromas y se reía con ella, no notaba para nada esas cosas que decían sus padres, siempre creyó que aquello se debía a unos pocos celos.

Se separó después de unos segundos abrazados, Sergio no pudo reparar en que siempre que su tía le abrazaba, era muy diferente a los abrazos con otras mujeres. Ella tenía un busto considerable y aquello le encantaba notarlo. Sentir aquel par de senos sobre su cuerpo era una debilidad para el muchacho.

Apenas pudo sacar una pequeña sonrisa y responder a su tía que todo le iba muy bien, ya que tan rápido como entró, las dos hermanas marcharon a la cocina. Esta vez, el joven decidió acompañarlas, las preparó un café mientras ellas hablaban sobre que Pedro (su tío), se había ido a Suecia (al final era Suecia, no estaba desencaminado Sergio) a terminar una compra de una empresa.

Perdió el hilo de la conversación y siguió preparando el café para ambas. Se fijó en como el paso del tiempo las había cambiado, había visto fotos de las dos cuando tenían su edad y eran realmente guapas, como siempre decía su madre, “rebeldes para la época”. Ambas habían estudiado para la docencia, su madre encontró sitio lejos y Carmen hizo vida con su marido en el pueblo.

Una tenía el pelo moreno atado malamente con un coletero y la otra exhibía su melena rubia de peluquería. La cara de su madre denotaba cansancio, una mezcla de palidez y la sombra de unas inamovibles ojeras, mientras la otra tenía un tono dorado, seguramente de tomar el sol en su jardín. El tiempo no parecía hacer mella en Carmen, como mucho algunas marcas de expresión.

Su tía se había quitado la chaqueta y se le podían ver los pliegues de la piel en la parte de los codos, “algún síntoma de que es mayor” pensó Sergio. Aunque a su madre también se le notaban. No parecían que tuvieran casi la misma edad, Carmen daba la sensación de que había intercambiado la edad con su madre, incluso restado algún año más.

Sergio se sentó con ellas y tras varias preguntas le comentó a su tía que iría en una semana hacia su pueblo, que lo iba a pasar en casa de la abuela y quedaría con los amigos. Ella le dijo que si quería se podía quedar con ella y con Pedro, que no tenía ningún problema. Pero su madre se adelantó a negarle ese asilo para que no se preocupasen por él. Es verdad que tenía en mente salir y desfasar un poco, por lo que no le pareció tan mal no quedarse con Carmen, así no la molestaría.

Su tía tenía pensado solo quedarse unos pocos días, no le gustaba abusar de la hospitalidad, en eso se parecía a su hermana. Por lo que en tres días volvería a coger su coche y adentrarse en la carretera, algo que le sorprendió al joven, nunca la había visto conducir.

Los días pasaron y Sergio, con Carmen en casa, se sentía mejor. No tenía que pelear con su hermana, casi todo el rato conversaba con su tía, le apasionaba escucharla. Sí que tenía un toque y maneras, que en alguna chica de su edad diría que es “pija”, “repipi” u otro apelativo similar, pero por lo demás, le parecía muy similar a su madre.

El problema para Carmen comenzó cuando llego el día de la vuelta a casa, bajaron a despedirla, tenía el coche aparcado en la calle, un coche marca mercedes que parecía un barco, lujoso y seguramente “caro”. Trató de arrancarlo mientras la miraban expectantes, pero nada, no consiguió moverlo. Llamó a la grúa y en el taller la dijeron, que les faltaba una pieza para reparar la avería, que la tenían que pedir. Sergio no entendió bien, puesto que su padre intentaba explicárselo, sin embargo no tenía ni idea de coches, aunque su padre tampoco tenía mucha más.

Por lo que Carmen tenía un problema para marcharse, debía esperar a que reparasen el dichoso coche, pero la cosa era que igual tardaban una semana, “cosas de estar en agosto”. Ella se puso de mala leche como era normal. Se quería ir, no por no estar con su familia, sino por estar en su casa y esperar a su marido. ¿Quién no querría estar allí?, Sergio había estado casi todos los veranos y le parecía una mansión.

Por lo que mientras estaban todos en la cocina escuchando la voz de la tía casi ladrando, haciendo aspavientos y diciendo que cogería un taxi, el chaval saltó de improviso, sin pensar muy bien sus palabras.

—Si quieres te llevo yo.

Todos le miraron y un silencio extraño recorrió la cocina, como si aquello no lo tuviera que haber dicho y después, su madre le respondió que no dijera tonterías. Se sintió algo molesto, no entendía esas expresiones.

—¿Por qué no?

Si se iba a ir en 3 días, que más le daba irse ese mismo día… simplemente disfrutaría más de las vacaciones y ya. Su tía tomó la palabra al tiempo que los otros miraban al joven.

—No hace falta, muchas gracias, cielo, pero me cojo un taxi.

Sergio, cabezón (como su madre), dijo que nada, que estaba decidido que para qué iba a gastar tanto dinero en un taxi, “si conmigo le sale gratis”. Su madre intentó ponerse del lado de su hermana, pero el chico sentenció diciendo que haría la maleta y se iban.

Para su cerebro racional, era lo lógico, no entendía por qué no querrían que lo hiciera. Aquella misma tarde bajaron al coche, el sol ya comenzaba a descender y aunque sus padres le decían que esperase a mañana, él decía que así su tía estaría en casa cuanto antes.

Se despidió casi sin mirar atrás, como si en cualquier momento le fueran a denegar el viaje. Pero cuando apretó el acelerador, se dio cuenta de que ya estaba en carretera, con la sensación de emprender más que un viaje.


2
El pequeño coche que tenía funcionaba de maravilla, eso sí, estaba algo destartalado, pero bueno, perfecto para un joven con el carnet recién sacado. Nunca le había fallado, pero cada vez que se montaba temía por ello, era algo innato, escuchar el motor le hacía suspirar de alivio. Con dos puertas delanteras, sin aire acondicionado y con las maletas ocupando tanto los asientos traseros como el maletero, comenzaron su aventura.

—Gracias, hijo, no es que me quisiera ir, pero no quería aprovecharme de la hospitalidad de tus padres más tiempo, ¿tú me entiendes a qué sí?

—Que menos tía.

—Me haces un gran favor, si quieres estos días te puedes quedar en casa, no hace falta que estés solo donde la abuela, así no tienes que hacerte la comida.

—No te preocupes, me encuentro bien solo, muchas veces… incluso lo prefiero.

—Ya, pero… no me vas a dejar sola a mí ¿verdad?

—Eso es jugar sucio. —Sergio rio de la misma forma que su tía y añadió— No sé, ya veré, tenemos tiempo de pensarlo son 6 horas de viaje. Bueno, y… no te asustes, pero es la primera vez que hago un viaje tan largo.

—Que bien, morir en la carretera, mi sueño hecho realidad. —esas gracias con un tono de sarcasmo a Sergio le encantaban y no entendía por qué a los demás no.

—¿Qué tal están mis primas?

—Pues abandonando a su madre y con sus futuros maridos, haciendo sus futuras vidas. Ya tengo ganas de que alguna se decida a darme un nieto para cuidarle y que alguien me quiera.

—Con la suerte que tienes te van a tocar todo nietas. Admítelo tía, voy a ser al único que puedas malcriar —por supuesto Carmen rio.

—Ay, mi niño… siempre me ha dado pena tenerte tan lejos, pero bueno por lo menos nos vemos a menudo.

—Me gustaría que nos viéramos más, aunque sí, así es la vida, que se le va a hacer. ¿El tío que está haciendo?

—Yo qué sé, cariño —con un tono de que el tema le aburría— sus negocios insoportables. Va a comprar algo por allí, no sé si para la empresa u otra empresa, sinceramente Sergio, ni lo sé, ni me importa. De lo que tengo ganas es que venda su dichoso negocio o se lo traspase a nuestras hijas y vivir lo que queda sin preocupaciones.

—Tiene que absorber mucho tiempo.

—Y vida, cariño y ¡VIDA!, eso es lo más importante.

—¿Por qué lo dices? —a Sergio le picó la curiosidad.

—Al final —resopló para seguir diciendo— piénsalo, estos viajes suceden a menudo, y ha sido así toda la vida. Por suerte, ahora es menos habitual, pero he pasado mucho tiempo sola y quieras que no, una quiere a su marido cerca, así me puedo quejar de él, ¿o no? —Sergio la sonrió como contestación.

—Sé de lo que hablas… bueno no, porque no estoy casado y no me ha pasado, pero te entiendo —Carmen sonrió agradecida ante su comprensión.

—Tú, ¿qué tal con la chica que estabas?

—Ya no estamos…

—Vaya, —llevándose una mano a la boca— no lo sabía, tu madre no me ha dicho nada, y ¿fue hace mucho?

—Hace más o menos medio año.

—Entonces no te me vas a poner a llorar como una magdalena, ¿o sí? —no esperó una respuesta, solo observó la mueca de su sobrino y añadió de forma más seria— ¿qué tal estas?

—Bueno, podría estar mejor. A ti es la única que no me gusta mentir, Carmen, estoy mal, pero no voy a llorar. —la miró demostrándole sinceridad y luego pensó en que era la primera vez que lo hablaba abiertamente con alguien— Me dejó después de 3 años. ¡Por su ex! Que hacía 3 o 4 años que no lo veía —no pudo evitar sonreír de la incredulidad— ¡Es que es acojonante!

—¡Qué me dices! O sea que va y deja a mi sobrino —enfatizando el MI— ¿por uno que hace 4 años que no ve? Esa chica ni era la adecuada, ni sabe lo que ha perdido.

—Es que no me lo podía creer. A ver tía, es que eso es ser un poquito cabrona… y lo peor es que cuando estaba conmigo, ¿qué pensaba en él?

—Mejor que no te hagas ese tipo de preguntas, porque no te van a solucionar nada. Ahora toca abrir las ventanas y que entre aire fresco a tu vida.

—Ojalá. A ver en el pueblo si me puedo olvidar un poco del tema. Aunque todavía la tengo en el ******** y eso ya sabes… me cuesta quitarla.

—¿Qué la tienes, para ver su foto y recordarla?

—Es difícil de explicar tía.

—¿Esperas volver con ella? —Carmen estaba más que interesada.

—¡No! —Sergio casi indignado.

Carmen cogió el móvil de su sobrino que estaba al lado de la palanca de cambios.

—Pon el dedo.

—Que vas… —lo puso sin pensar y sin darse cuenta de las intenciones de esta, aunque en su subconsciente, sabía lo que ocurriría— no tía, a ver espera…

—Calla anda. —después de un minuto, le volvió a decir— Ya está eliminada, solucionado. Ahora ¿de qué quieres hablar?

Sergio no pudo más que abrir los ojos por lo ocurrido. Se sintió tan sorprendido que no daba crédito, pero más todavía por la sensación de paz que recorría su cuerpo al no tener más a aquella mujer en su vida. Sabía que lo tendría que haber hecho el mismo mucho antes, sin embargo no había podido, quizá su problema era que no quería admitir que la relación había terminado. Aun así, el fino dedo de su tía había sido la salvación y ahora, se sentía mucho mejor.

—Pues ni idea, pero… gracias, tía, me has quitado un peso de encima, alucinante. ¡Qué tonto soy!

—Cambiemos de tema, así no lo piensas. Cuéntame, ¿qué tal esta mi hermana?, la he visto algo delgada.

—Sí, está más delgada, todo es por el estrés, ¿ya sabes lo de la empresa de papá? —ella asintió— Esperamos que no. Pero el tema de los despidos está en el aire y no saben si le va a tocar. Además, yo estoy en la universidad… otro gasto y mi hermana… cada vez es más estúpida.

—No hables así de tu hermana —sonó en el mismo tono recriminador de su madre.

—Ya… es que está en una edad malísima, insoportable tía. No obstante tienes razón, no debería meterme con ella. —recordando el tema principal añadió— Volviendo a mamá, lo que pasa que está agobiada, intento ayudar como puedo… he estado trabajando a la par que estudio. No creo que tengamos problemas con el dinero, pero ya sabes cómo es, se preocupa mucho.

—Sabes que a nosotros, nos va bien. Si a tu padre le pasa algo y necesitase dinero, le daría lo que me pidiera.

—Ya sabes que no te lo pedirá jamás —contestó rápido Sergio— es muy orgullosa, creo que eso lo heredé de ella, aun así no creo que haga falta, tía, de verdad.

—Tú eres mi espía en la casa, si pasa algo grave me llamas sin dudar y os presto nuestra ayuda. Os quiero muchísimo y no puedo permitir que estéis mal, sois mi familia.

—Lo sé tía, pero de verdad no le des vueltas, todo se solucionará tarde o temprano, lo único que quiero, es que mamá esté más feliz y ya.

Por un momento, cesó la conversación entre ambos y dejaron que la música que sonaba en la radio les tomara el relevo, mientras el sol iba desapareciendo entre las montañas.

—¿Has conducido alguna vez de noche? —su tía estaba intrigada.

—¿Un trayecto largo? Nunca.

—¿Estás seguro de hacerlo? Aún quedan unas horas de carretera.

—Sí, claro que sí… —su confianza decaía según contestaba— bueno… supongo ¿no?, no tengo sueño… pero… me has metido la duda.

La hora de viaje se había cumplido, quizá Sergio se encontraba fresco en ese momento, pero la incertidumbre sobre cómo serían las horas restantes afloraron en él. Carmen sacó el móvil mientras negaba con la cabeza, comenzando a hacer una búsqueda rápida.

—No nos la vamos a jugar. Me he vestido para hacer un viaje, no para morir. En veinte minutos pone que hay un buen hotel, paramos y dormimos. Prefiero llegar mañana a la mañana que no llegar.

—Como tú digas. Te invito que ha sido culpa mía. Creo que me he venido un poco arriba saliendo a la tarde.

—¿Un poco? —rio al tiempo que el sol desaparecía casi por completo— la verdad, eres testarudo, sí que te pareces a tu madre, aunque también a mí. Pero calla, pago yo.

Llegaron al hotel en el mismo tiempo que lo indicaba el móvil de la mujer. Según entraron las instalaciones sorprendieron a Sergio dándole la sensación de estar en un lugar lujoso, un sitio “caro”. En recepción les comentaron que solo quedaban dos habitaciones y ambas para matrimonio. La mujer con toda normalidad tomó la palabra.

—Bien, cualquiera de las dos nos vale, la cosa es descansar.

Una vez entregadas las llaves en un rapidísimo papeleo por parte de la recepcionista, cogieron el ascensor para subir y poder descansar. Sergio que aún se sentía algo culpable, en un gesto algo tonto de compensación, decidió subir él todas las maletas. Su tía le sonrió añadiendo un único comentario.

—Algo es algo.

Según abrieron la puerta, contemplaron lo amplia que era la habitación. Con una parte para ver la televisión en la que había dos sofás y más atrás, la cama enorme al igual que la estancia. Desde allí tumbados y con tranquilidad, podrían ver la televisión sin tener que pasar a la parte de la “sala” como la denominó el joven en su cabeza. Como colofón, Sergio entró en el baño, el cual le pareció tan grande como lo era su propio cuarto, estaba en un hotel lujoso, no cabía duda.

—Pero, ¿tía donde me has traído? —el joven no podía salir de su asombro.

—Al primero que me salía con buenas puntuaciones y de calidad, ¿te preparas y bajamos a cenar?

—Sí, sí, claro.

Sergio se aseó con presteza en el inmenso baño, para después colocarse el mismo chándal que había llevado toda la hora de conducción. En cambio, Carmen sí que se había preparado mejor y su piel estaba recubierta con unos ropajes parecidos al primer día que cruzó la puerta de su hermana.

—¡Quietooo, hijo! —le saltó la mujer según le vio salir del baño— ¿Cómo vas a bajar así que pareces un pordiosero?

—¿Qué pasa? —Sergio en realidad no lo comprendía.

—Sergio, estas ropas están sudadas del viaje, y el pantalón… ¡Si está roto y todo!

—Pero apenas se ve y además, si vamos a estar sentados.

—Calla, por favor, a ver abre la maleta —dijo su tía acercándose a esta.

Carmen se paró a revisar toda la maleta por más de cinco minutos en los que Sergio esperaba de pie pacientemente. Pareció que al final la mujer encontró algo de su agrado y se lo lanzó al joven que lo atrapó al vuelo. Era una camisa de cuadros y un pantalón vaquero corto, ahora Sergio sí que se veía con mejor “pinta”.

Con el permiso y beneplácito de Carmen, bajaron al restaurante que quedaba al lado de recepción. Sergio al entrar, no puedo evitar fijarse en que todos los que estaban cenando, lo hacían en parejas. La luz era muy tenue, muy acogedora, dando un toque de intimidad a cada mesa. Una música suave sonaba de fondo, como si fuera un eco distante que envolvía el ambiente dándole un toque de magnetismo que el muchacho desconocía.

Uno de los metres les guio entre varias mesas donde tres parejas se susurraban confidencias, roces de mano y miradas penetrantes. Tomaron asiento y el hombre les hablo de la carta de vinos en un tono que apenas se le podía escuchar. Carmen tomó la palabra, ya que Sergio seguía algo hipnotizado por el lugar.

Con cierta experiencia en lugares de este estilo, la mujer preguntó por varios caldos en concreto, mientras Sergio la observaba sin saber que decía. Después de que el metre le dedicase a su tía una sonrisa con su dentadura perfecta, le preguntó a Sergio lo mismo. El muchacho en cambio, no pudo hacer otra cosa que mantener la boca cerrada y levantar los hombros.

—Tomará lo mismo que yo —se adelantó Carmen. Cuando el metre se alejó, miró a Sergio para iniciar una conversación— he dado por hecho que si sales de fiesta, bebes vino.

—Sí, aunque el vino, no es que me guste mucho.

—Este seguro que sí, ya verás.

El hombre no tardó en volver, esta vez con las dos copas y una bolsa refrigerante que envolvía el vino solicitado. Con calma derramó el líquido, manchando los vasos levemente para que ambos lo probaran. Le preguntó a Sergio, si era de su agrado, el joven no pudo decir otra cosa que “está bien”. Carmen, en cambio, soltó una frase salida de un concurso de catadores, haciendo referencia al gran sabor afrutado que poseía el brebaje. Antes de marcharse el hombre, mirando directamente a los ojos azules de la mujer y con un tono un tanto adulador, le dijo.

—La dama, tiene un gran paladar

Ambos se sonrieron cortésmente y cuando Sergio comprobó que el caballero estaba a una distancia considerable preguntó extrañado.

—¿Está ligando contigo?

—No, hijo, los metres son así de amables.

—Pues, a mí no me ha dicho eso… —añadiéndola una sonrisa picarona, ante lo que Carmen solo pudo copiar el anterior gesto de su sobrino y levantar los hombros.

La velada transcurría de lo más relajada. Los temas eran de lo más variados, aunque el interés de Carmen, como buena tía, se centraba en los estudios de Sergio.

El metre se acercó una vez terminados los postres, queriendo saber si todo había sido del agrado de los comensales. Sergio fue el primero en hablar y con palabras que su tía le había sugerido que dijera, le soltó.

—Exquisito manjar. El toque de canela es un acierto, mis felicitaciones al chef.

—Señora, usted tenía buen paladar para el vino, pero su pareja lo tiene para el dulce —Carmen le volvió a sonreír mientras el hombre retiraba los platos y posteriormente perderse entre las mesas.

De vuelta a la habitación, mientras pulsaba el botón del tercer piso, Sergio no podía mantener la curiosidad, la respuesta del metre le había descolocado.

—¿Cuándo me ha llamado pareja… como lo ha dicho?, no sé si me explico. ¿En plan una parte de dos… o pareja, ya sabes, casados, novios…? —Carmen le miró con los ojos abiertos y después, se tapó la boca para poder reírse.

—Más por lo segundo, cariño. Si te has fijado, estamos en un hotel de parejas, no hay ningún niño y no había más de dos personas por mesa, o sea que es normal que se confunda.

—Pero, por favor, ¿cómo no pueden ver que soy tu sobrino? Si me sacas muchos años.

—Oye, ¡¿me estás llamando vieja?! —tratando de poner un rostro de falso enfado.

—No tía, si tú te cuidas mucho, pero que me sacas casi 30 años.

—No llegan a 30 mi vida, no me sumes que me da un mal… además, si tú supieras lo que he visto yo… —soltó Carmen al entrar en la habitación.

—¿Mucha diferencia de edad?

—Sí, algo como tú y yo sería lo “normal” —haciendo con sus manos un gesto de entrecomillado— hay cosas peores que no se las cree nadie y que están… bueno… por interés. Hay jóvenes, ya sean hombres o mujeres que están con personas que apenas se levantan solas. Pero… ¡¿Sergio?! —se sorprendió de pronto al ver a su sobrino.

—¿Qué pasa?

El joven había comenzado a quitarse la ropa delante de su tía. No hacía nada extraño, si lo comparaba con su rutina habitual en casa. La parte de arriba había volado y a su tía solo le dio tiempo a detenerle cuando sus manos desabrochaban el botón del pantalón, atisbándose ligeramente un bóxer a rayas.

—¡Qué te voy a ver todo!, desvístete en el baño. ¿Te has tomado en serio que somos pareja?

—¡Ah, perdón! No sabía que te molestaba verme, voy al baño —Sergio de forma ingenua, no entendía lo inapropiado de la situación.

—No, no es eso. Pero chico, quedarte en ropa interior delante de tu tía… pues me ha impactado de primeras —las manos de Carmen se movían algo nerviosas al querer expresarse.

—Tía, que me has visto durante toda mi vida en bañador, esto es lo mismo. Aunque tranquila, que voy al baño no te preocupes —en su mente resonaba una pregunta “¿Puedes ver a alguien con el bañador más pequeño, pero en ropa interior no?”

—Cariño, te he visto así, aunque eso es diferente.

—Ya… —no pudo evitar una mueca de victoria, para después añadir— tienes razón, cuando tengo el bañador, ves más que ahora… —realidad pura y dura.

—Ya, sin embargo… —sin saber que decir ante aquel argumento— bueno, mira haz lo que quieras, venga ponte el pijama.

—Duermo sin… —incluso al joven le dio vergüenza decirlo— mi madre me metió uno creo… ¡Aquí esta! Me lo pongo.

Carmen decidió coger la ropa que había dejado lista de antemano y dirigirse dirección al baño, dándose por vencido y dejando que su sobrino se desvistiera donde quisiera.

—Ay, cariño… si sé que eres tan bobo —usó el tono más dulce del mundo— no me caso contigo, estás atontado. —rio al tiempo que cerraba la puerta y escuchaba a su sobrino contestarle desde el otro lado con ironía.

—Sí, tía, un montón…

Dejó las ropas en el amplio mármol al lado del lavabo, comenzando a desvestirse sin prisa mientras soltaba una leve carcajada al recordar la frase de Sergio, “Con el bañador veía más”. Era cierto, no mentía, pero Carmen tenía otro punto de vista, sabía por la experiencia y los años, que ver a una persona en bañador, puede resultar curioso. Pero ver como alguien se quita la ropa, quedándose como dios le trajo al mundo, no tiene precio, sobre todo en ciertas ocasiones… sexuales.

Mientras se deshacía de su pantalón y este recorría sus piernas con el agradable tacto de la tela, la pregunta más obvia apareció en su mente, ¿hacia cuánto que no tenía sexo? No lo recordaba.

A una velocidad sideral, con el reflejo de sus piernas desnudas en el espejo, una imagen pasó su mente. Recreando lo que sus ojos habían visto unos segundos atrás, una figura estilizada apareció, un cuerpo joven y mantenido gracias a los años de la juventud, era la imagen de Sergio.

Tan solo le hicieron falta unos pocos segundos para mirar en detalle el cuerpo de su sobrino. Sin músculos prominentes, solo marcados seguramente gracias a la delgadez por el deporte que solía hacer. Un joven lleno de energía, que rebosaba vitalidad y buen humor, en verdad su sobrino era un buen partido, no sabía cómo su ex le había podido cambiar por otro.

Abrió los ojos al pensar de esa forma en su joven acompañante, había crecido, pero “¿tanto?”. Una idea se había construido en su mente incluso antes de entrar en el baño, la tuvo que dejar salir porque le empujaba dentro de la cabeza. “Si yo hubiera tenido de joven uno así…”.

Antes de recoger la ropa, se vistió con el salto de cama de terciopelo que tanto le gustaba. El suave tacto consiguió erizarle la piel, aunque tenía sus dudas si solamente había sido eso, o también la breve imagen de un cuerpo joven tan cerca de ella.

Posó los ojos en el espejo admirando su figura, nada mal para los años que gastaba, todavía podría causar deseo, no tenía duda de eso. Sin embargo no podía comprender por qué Pedro no lo veía así. Sin encontrar respuesta, acabó por mover la cabeza a modo de negación, se revolvió el cabello en un gesto de liberación más que por eficacia y se encaminó a la habitación.

Cuando atravesó la puerta, su sobrino se encontraba entre las sabanas mirando su móvil listo para dormir. Una situación algo atípica, pero dentro de lo que cabía, normal. Había dormido con él cuándo era más pequeño, aunque de eso ya hacía muchos años.

Sin embargo lo que la descolocó, no fue pensar en compartir la cama con su sobrino, sino en otra cosa. Mientras caminaba con su precioso pijama, notó como los ojos de su sobrino la seguían hasta llegar a su lado de la cama, donde giró la vista para que su tía no se diera cuenta. Quizá aquellas telas fueran algo inapropiadas para dormir con Sergio, pero tampoco había planeado dormir acompañada y con ellas se sentía la mar de cómodas.

La prenda hacia resaltar su cuerpo y sobre todo, colocaba sus senos de manera que fueran más visibles de lo que habían sido nunca para su sobrino. “¿Quizá como si llevara un bikini?” Carmen no evitó que una sonrisa aflorara en sus labios.

No sentía vergüenza por su cuerpo, es más, se enorgullecía de mantenerlo tan bien. La mirada de Sergio no se la tomó a mal, incluso le pareció que podía llegar a ser normal, aunque los años pasasen, sentía que todavía era atractiva.

—Se te van a quemar las neuronas con el móvil —Carmen habló por romper el silencio.

—Le estoy contando a mi madre que hemos parado.

La mano de Carmen se estiró para alcanzar un bote de crema de su maleta y con calma, de una forma muy pausada, comenzó a esparcirlo por su cuerpo.

—¿Qué te echas?

—Crema para la piel, así se queda más tersa y firme.

—¿Siempre te la das? —asintió— pues parece que te funciona, se te ve muy bien. Mira que yo siempre pensaba que esas cremas eran una estafa.

Había sido algo sutil, quizá Sergio no lo había pensado, pero el simple hecho de decir que las cremas funcionaban le hizo sentir a Carmen que aquello era un piropo. Algo totalmente espontaneo y sin ninguna otra intención, no obstante a la mujer le caló.

Siempre le había gustado cuidarse y de nuevo, otra pregunta cabalgó por su mente “¿hace cuánto que no me dicen nada bonito?”. Trató de no externalizar lo que sentía, aunque dudó si el sentimiento que le corría por cada poro de piel era felicidad, de esa que tienes que saltar para expulsarla.

—Vaya… muchas gracias, Sergio —apretó los labios para mantener un estado anímico normal— Pues, sí que funcionan sí, es que sinceramente, no me gusta ser vieja. Suelo echarme todas las noches, tanto en la piel como en la cara.

—¿Te confieso una cosa? —preguntó Sergio contemplando la espalda de la mujer que seguía en su tarea—. Eso sí, después haremos como si no hubiera dicho esto en la vida.

—Como hayas matado a alguien, voy a llamar a la policía, ni lo dudas, te quiero mucho, pero…

—No, tía, es peor… —les encantaba bromear— tienes la piel muy bien, tienes un cuerpo en forma, en general te cuidas muy bien. Siempre me ha parecido que entre mi madre y tú, la joven eres tú.

—Muchas gracias —lo agradeció de corazón— y… me olvido de lo que has dicho, secreto entre los dos. Pero, una duda, ¿me ves joven a mí, o mayor a Mari?

—Mi madre también se conserva bien para su edad, será por vuestros genes. Siempre ha tenido un rostro que parece muy joven, bueno… tú también, os parecéis mucho. Pero ya le empiezan a pesar los años, el estrés… algo de culpa tengo en eso… Creo que por eso se ve más mayor, unas buenas vacaciones le vendrían bien. Tú la verdad tía, no parece que tengas tus años. En definitiva que me estoy liando, pareces más joven.

—¡Sí, eh! Vamos, Sergio, regálame los oídos, por favor. —Sergio notó que la broma seguía, pero en el fondo Carmen quería escuchar todo aquello— ¿Cuántos años crees que podría aparentar?

—Muy pocos, te lo aseguro, entre los noventa y los cien, no aparentas los doscientos que calzas.

—Serás… —agarró el primer cojín que pudo y soltó varios golpes a su sobrino.

—No, tía, perdón… una bromita nada más. Parece que estuvieras entrando en los cuarenta y pocos.

—Eso, está mejor… que subida de moral. Llegas a equivocarte y duermes en la ducha.

Los dos rieron espontáneamente, mientras Carmen pulsaba el mando de la tela para entretenerse un poco. Sergio por su parte parecía derrotado y se tapó para tratar de dormir, haciéndose un ovillo en el lado opuesto donde su tía se encontraba.

La mujer apagó la televisión unos minutos más tarde, su sobrino se había marchado al mundo de los sueños y no le quería molestar con los chillidos que salían de la caja tonta. Le miró con los mismos ojos que habían heredado tanto su hermana, como su sobrina. Un azul del color del océano tan intenso que te podrían hacer sumergir en un mar sin salida.

Notaba en su cuerpo cierta felicidad que hacía años que no tenía. Apenas había sido una tarde junto al joven, sin embargo no encontraba el sentido. Siempre era agradable estar con Sergio, nunca dudo de eso, pero aquella tarde, la sensación había crecido de una forma exponencial, sin saber, que todavía le quedaba por crecer. La felicidad que podría esperarle al final de la carretera podría ser inexplicable, aunque lo primero, era dormir.

CONTINUARÁ...
 
3

Por la mañana, apenas perdieron el tiempo. Se asearon rápido, con las maletas ya preparadas y desayunaron en la misma mesa de la noche anterior. El lugar se veía de una forma muy diferente. Las luces iluminaban mucho más el recinto y los susurros se habían intercambiado por conversación a un volumen mucho mayor.

Sergio pidió sin dudar un cola-cao, algo que hizo reír a Carmen que había pedido un café. Por mucho que hubiera pensado la noche anterior que Sergio había crecido, todavía seguían siendo muy joven.

Dio el primer sorbo de café, dándose cuenta de que la leche se había enfriado, algo que para Carmen le quitaba todo lo bueno al brebaje. Sin embargo, decidió tomarlo de esa forma, aunque su sobrino le dijo que lo cambiase, ella contestó que no era necesario, que lo tomaría así. Pero de pronto, Sergio girándose hacia el camarero le llamó la atención.

—Perdón, le podría traer leche caliente a mi esposa, es que se le ha enfriado.

Carmen se quedó sorprendida y arqueó una ceja en gesto de perplejidad, no por la poca vergüenza de su sobrino para exigir algo, sino por el comentario en sí. Al final, cuando el camarero se alejó unos cuantos metros, no evitó que una sonrisa muy curiosa se dibujase en su rostro.

—¿Desde ayer sigo siendo tu esposa? ¡Eres un caradura! Y como me gusta, sin duda, te pareces a mí.

—Ya que me confundieron con un hombre florero, pues se me ha ocurrido aparentarlo un poco y no se está nada mal. Además, que si ahora le digo “mi tía”, quedaría aún más extraño.

—No tienes remedio hijo… y que pena que no viváis más cerca ¡Dios! Como te hubiera malcriado.

Terminaron deprisa el desayuno y Sergio sin dejar que Carmen tocase las maletas siquiera, metió estas en el coche para acto seguido, poner rumbo hacia el pueblo. El reloj de muñeca de Carmen, marcaba las 10 de la mañana cuando el coche arrancó de nuevo pisando el asfalto. Sentada en el asiento del copiloto, con buena música de fondo y una grata compañía, se sentía dichosa, aunque el calor que comenzaba a aparecer en el ambiente cambiaría la situación.

—No entiendo una cosa, tía. ¿Cómo nos puede tomar como pareja? O sea, me refiero que sí, tenemos edades diferentes y eso, pero tampoco hemos hecho nada que nos tomara como tal, ¿no?

—Ya te dije, Sergio, los que estaban allí eran pareja. Además cariño, tampoco harías nada si estuvieras cenando con tu novia, ¿qué te ibas a comer la boca delante de todos? Como mucho te sujetas la mano, lanzas miradas y ya. En las habitaciones es donde se hacen cosas más íntimas. Y te lo vuelvo a repetir, hay cosas peores que tú y yo, una mujer como yo, aún podría ligarse a un “yogurin” —dijo con la voz llena de orgullo.

—Que sí, tía, si eso no lo dudo, pero no es lo habitual.

—¡Ay, mi vida…! Lo habitual no siempre es lo mejor. —Sergio la miró extrañado, no entendía muy bien el significado— lo digo porque a veces el amor lo puedes encontrar en cualquier lado y con cualquier edad.

Sergio asintió terminando la conversación, dejando que la música de la radio sonara durante un tiempo y disfrutar de ese “silencio”. Dentro del coche, aunque ninguno de los dos hablara, ambos sentían lo mismo, una comodidad que ninguna otra persona les podría proporcionar en ese momento. Ninguno de los dos entendía ese extraño sentimiento, aunque no le tenían que dar un motivo, simplemente debían disfrutarlo.

—¿El tío cuando vuelve? —dijo Sergio rompiendo el silencio.

—Siendo sincera, no lo sé, ni él tampoco, quizá en una semana o quizá en más, me ha dicho que las negociaciones son pesadas. —era un tema que no le agradaba tratar.

—Cuando vuelva, si sigo aquí, me paso y así le veo.

—Te vuelvo a decir, que si quieres puedes quedarte en casa, no hay ningún problema, no vas a ser ningún estorbo, vamos ni mucho menos.

—No, tía, de verdad, además que así cuando llegue el tío estáis solos. Después de no verle durante tanto tiempo estarás con ganas de estar con él.

—Sí.

No mentía. Carmen tenía ganas de estar cerca de su marido, pero en el fondo, sabía que la relación llevaba fría desde hacía muchos años y no era lo mismo. Podría decir que más que marido y mujer, eran dos conocidos que habían tomado la decisión de vivir juntos. Sergio sintió que la palabra que salía de la boca de su tía, no iba acorde con lo que sentía.

—Aunque si quieres… el primer día lo puedo pasar contigo, además que mis amigos todavía no estarán.

—¡Vamos, faltaría más! Es que eso lo daba por hecho. Además, que la casa es grande y cuando estoy sola se me cae encima, me muero de soledad allí dentro de verdad.

Ya habían recorrido más de la mitad del viaje. Carmen se había quedado callada, el comentario de Sergio le removió algo por dentro. Ella y su marido no estaban bien, era un hecho. Tampoco la situación iba a desencadenar un divorcio, no tenían la edad para hacer esas cosas, o eso pensaba ella, sin embargo, la distancia que les separaba era mucho mayor de la que les unía.

Carmen no se dio cuenta de cómo tenía el rostro. Concentrado, tenso, similar a una roca, con la vista perdida en el horizonte. Sergio al instante que la vio notó que algo no iba bien, ya que esa cara, era la misma que ponía su madre y ella solía ponerla a menudo.

—Oye, tía, ¿estás bien?

—Sí, sí, cariño —volviendo en sí y sacando una falsa sonrisa— claro que sí, solo estaba pensando.

—¿Puedo preguntarte en qué?

—Nada en mis cosas, la casa, las niñas, problemas de madre ya sabes —intentó disimular.

—Es que tienes la misma cara que pone mi madre, incluso os ponéis un poco pálidas cuando estáis así y arrugáis el entrecejo de una forma feísima.

Carmen se miró en el espejo del coche y vio que lo que decía su sobrino era cierto. El rostro había palidecido y su moreno de piscina ahora era nada más que una sombra, era evidente que algo la pasaba. “¿Cómo no se me va a poner esta cara?”, pensaba mientras recordaba como su marido cada vez tenía más viajes. Algunos se alargaban más de la cuenta por diversos motivos, todas las dudas que le surgían en cada partida eran pocas.

Nunca le habían dado buenas sensaciones los viajes, pero ahora con más edad y con una cabeza más madura, sabía que siempre que viajaba, aparte de negocios, pasaban más cosas. Era innegable, había pruebas que no se podían ocultar aunque ella tratara de no asumirlo.

—No sé, me habrá dado una bajada de azúcar o algo, no te preocupes.

Sergio tocó la pierna de su tía sintiendo que las cosas no iban bien. No podía ser solo coincidencia que las dos hermanas tuvieran el mismo gesto, si su madre lo ponía por problemas, su tía seguro que también.

—De verdad tía, ¿Estás bien? ¿Paramos si quieres?

—No, no, cariño, tira de verdad, todo bien.

En su mente siempre aparecían las imágenes de su marido en un burdel, disfrutando en otro lugar lo que podía obtener en casa. “Al menos de postín, no en uno de mala muerte” se consolaba ella, mientras se lo imaginaba rodeado de sus colegas de negocios, brasileños, suecos, italianos… daba lo mismo.

La película que se rodaba en su mente siempre era la misma, donde el teórico hombre de su vida acababa gozando de placeres que luego en casa ella no disfrutaba. ¿Cuántas veces lo había pensado estos años? No sabría decirlo, aunque cada vez era más frecuente porque sabía que era real. Se había vuelto tal rutina que siempre que le decía que tenía que marchar, Carmen lo imaginaba entrando por la puerta del club de alterne.

Apenas tenían relaciones, algunas después de una fiesta y casi siempre cuando estaban bebidos. Le costaba horrores admitirlo, pero la imagen de Pedro con otras mujeres, seguramente mucho más jóvenes que ella, le volvía loca de rabia. Sentía tal ira, tal traición que siempre que entraba en ese bucle, acababa hundida… humillada.

Sus ojos se humedecieron sin remedio, no podía evitarlo aunque lo intentó. Contuvo sus sentimientos luchando con todo su orgullo, no quería llorar delante de su sobrino, sin embargo la primera lágrima cayó.

Trató rápidamente de limpiársela sin que Sergio lo notase. Pero por supuesto que Sergio se dio cuenta y sin decir nada, tomó la siguiente salida, estacionando en una gasolinera cercana.

—¿Qué ha pasado?, ¿He dicho o hecho algo malo?

—Por favor, mi vida, ¡No! Son cosas de tu tía, nada más.

—Si lo dices en voz alta igual te sientes mejor, a mí me vino bien contarte lo de Marta “la zo… de mi ex”. —Carmen no pudo evitar reírse, los jóvenes pensaban que todo era tan fácil.

Mientras miraba a su sobrino, contemplaba sus ojos llenos de infinita ternura, preocupación e interés, y entonces, la segunda lágrima descendió por su rostro.

Pensó que podría darle una oportunidad a la idea de Sergio, estaba tan a gusto junto a él, que no era tan descabellado… ¿Por qué no?

—No es tan fácil cariño, son cosas de pareja, tu tío y yo nos hemos distanciado y me da pena. No es que nos vallamos a divorciar ni mucho menos, pero es duro.

—¿Es por eso entonces? —preguntó Sergio con preocupación.

—Sí, bueno… pero, ¿qué hacemos hablando de esto Sergio?, no te quiero entretener con mis cosas de vieja loca, no te quiero dar el viaje. —rio aunque otra lágrima le recorrió el pómulo por el mismo camino que las anteriores. Uno de sus dedos la recogió para secarla en el pantalón.

—Tía, si no te ayuda la familia ¿quién lo va a hacer?

Carmen pasó su mano por el rostro de su sobrino con dulzura, en verdad se había convertido en un joven caballero. Se había dado cuenta en unas pocas miradas que su tía estaba afligida, que algo la devoraba por dentro y se había detenido solo para escucharla, para estar con ella en un momento de tristeza.

La mujer se dio cuenta de que sus ojos azules, húmedos por las lágrimas lo miraban de otra forma. Al volante de ese pequeño coche, se veía tan gentil, tan puro, tan atento, tan… apuesto.

—Eres un sol, Sergio. Es muy duro lo que te voy a decir —tragó saliva con la esperanza que las palabras no dolieran tanto— Con este distanciamiento, pienso que tu tío puede estar… —las palabras no le fluían, decirlas era más difícil que pensarlas. Por mucha saliva que tragara su garganta parecía un desierto— puede que esté en un hotel como en el que hemos estado… pero no con una sobrina, ¿me comprendes?

—Entiendo —asintió el chico escondiendo la sorpresa por lo que escuchaba.

—No es la primera vez que lo pienso y bueno, no es que sea con “amigas”, sino… será con… prosti… —no quería acabar la palabra. Se llevó las manos al rostro para tratar de tapar la vergüenza que sentía, no lo soportaba— no es que tenga a una enamorada en cada lugar como un marinero. Quizá eso me dolería más, pero esto… me parte el corazón.

—No creo que sea así, el tío es buena gente.

—Claro que lo es, pero hasta la buena gente puede hacerlo, el sexo es independiente a la personalidad de las personas. Si eres hombre sabrás que lo que tenéis ahí abajo, muchas veces piensa por sí solo.

Eso Sergio lo entendía, ¿quién le hubiera dicho que su ex, tan buena que era con él, iba a jugársela de esa manera?, comprendía a las mil maravillas lo que Carmen le contaba. Sin contar el tema del “cerebro de abajo” ese sí que lo conocía bien y sabía lo independiente que podía a llegar a ser con el resto del cuerpo.

—No sé cómo apoyarte tía, solo te puedo decir que no pienses en ello, que seguramente son suposiciones, nada más, ¿necesitas algo de mí?

—¿Un abrazo? —dijo ella poniendo una media sonrisa y un rostro algo aniñado tras el fluir de las lágrimas.

Por supuesto, su sobrino se lo dio. La rodeó con sus brazos notando el calor que su tía emanaba y como su respiración comenzaba a convertirse en sollozos. Carmen hizo lo propio rodeándole con fuerza sin querer soltarle, como si fuera su único punto de apoyo en la tierra. El joven, que no encontraba más palabras añadir, le dio un beso fraternal entre su pelo para tratar de calmarla.

Después de un minuto ininterrumpido de estar juntos sin centímetros de por medio, Carmen se sentía realmente reconfortada, algo que no se hubiera imaginado. Se había quitado un peso de encima y era su sobrino quien la había ayudado. El efecto había sido tan rápido, algo tan sorprendente como si se tratase de dos amigos inseparables, de esos por los cuales podrías dar tu vida que ellos te la devolverían.

Los brazos de Carmen se abrieron soltando a su sobrino y ambos se miraron con una sonrisa en el rostro. A la mujer se le disiparon las ganas de llorar y aunque tenía claro que en algún momento volverían, sentía que habían sido recluidas a lo más hondo de su ser. No quería volver a llorar por ese tema nunca más.

Había soltado el ancla que la ataba y no la dejaba aceptar los sucesos. Esas dudas, en dos frases y en un abrazo habían sido liberadas… y casi curadas. Le seguirían doliendo, no cabía duda, pero de otra forma y de lo que estaba segura es que jamás volvería a sufrir esa angustia y dolor.

Sin embargo, Sergio sintiendo la misma plenitud que su tía, sentía algo más. El roce del abrazo, el sentir el aroma tan cercano de Carmen, su calor, su corazón, todo, le había hecho que una parte se activara. Cuando sus cuerpos se juntaron por completo algo paso, los pechos de su tía se colocaron contra el suyo y los sintió por completo.

No pudo evitarlo, la sangre sin pedir permiso, comenzó a bombear hacia abajo. No se permitía estropear un momento tan bonito y mientras Carmen se miraba al espejo limpiándose los últimos rastros de humedad, él se concentraba como si del peor examen se tratase para detener la erección. El cerebro de abajo…

Salieron de su parada rumbo de nuevo a la carretera y al de un rato de conducción, justo al comienzo de un puerto, por desgracia encontraron caravana. Las obras en la calzada, solo habían dejado un carril abierto para pasar y el embotellamiento de unir tres carriles en uno, era terrible.

Parados, con el asfalto caliente, la montonera de coches y el calor de agosto, aquello se había convertido en una parrilla. Por supuesto, con el incesante calor ya dentro con ellos, Sergio se dio cuenta por primera vez, que importante podía ser el aire acondicionado en el coche.

—Pues nos ha tocado, ya me hice a la idea que alguna pillábamos —dijo el joven deteniendo el coche.

—Odio las caravanas, no hay nada peor, mira que para ir a veros no me topé con ninguna.

—Que va tía, lo peor es el calor que hace. Casi es mediodía y estoy asado.

—Yo ya llevo sudando un buen rato… —se podía leer en su tono lo incómoda que estaba.

El coche se encontraba parado y apenas se movía unos metros cada minuto. Los carriles pasaron de ser tres a ser dos y Sergio supuso que las obras estarían cerca, se equivocaba. Sin poder soportarlo más, se quitó la camiseta y la dejó en la parte de atrás hecha un ovillo.

—¡¿Qué hace 50 grados?! —unos 40 podía ser, pero no tantos— No aguanto, ¡Qué calor!

Carmen que estaba con la chaqueta puesta, se la tuvo que quitar, quedando solamente con la camisa blanca de “buena tela”. Sentía que el pantalón se le pegaba a la piel, el sudor empezaba a ser una lata, no podía con ello. Todo eso, sumado al calor que comenzaba a entrar sin parar en el coche, hizo que Carmen comenzara a tener la sensación de estar en un ataúd con ruedas.

—Hace un calor de mil demonios —matizó.

—Lo peor, será llegar al pueblo y que hará frío —los dos rieron— tía es verte y me da un calor… ¿No te asas?

—Sí, pero ¿qué le voy a hacer? Por la ventanilla entra calor y el aire acondicionado solo da calor.

—De acondicionado no tiene nada, solo es aire. Pues ponte cómoda, que vamos a estar aquí un buen rato, nos hemos duchado para nada.

—¿Qué quieres que haga? ¿Me tiro el agua por la cabeza? —decía ella simulando con la botella cerrada que lo hacía.

—También estará caliente… —rieron ambos. Felicidad parecía que no les faltaba. Sergio añadió— quítate algo.

—Sí claro, me quito algo y que me vea todo el mundo, quita, quita.

Sergio se quedó con cara de circunstancia sin entender esa vergüenza que tenía su tía. Su madre en alguna ocasión similar, se había quitado la camiseta, quedándose en sujetador delante de ellos y nadie de otros coches se fijaba, “y eso que tiene pechos para que la miren…”.

El joven accionó el intermitente y según le dejaron paso, se colocó en el carril de la derecha, el otro que todavía seguía abierto. Quedándose sin conductores en el lado del copiloto, solo el arcén y monte virgen.

—¿Así mejor? —preguntó el chico.

—Que no, Sergio, ¡¿Cómo me voy a quitar la ropa?!

—Nadie te va a ver, como mucho algún conejo, vas a ser la comidilla de los animalitos del bosque.

—Prefiero ir así —acabó diciendo algo sonrojada sabiendo que se moriría de calor.

—Como veas, tía, yo ahora voy mucho mejor, solo para tu información.

No llegaron a transcurrir más de diez minutos, el coche se había vuelto una barbacoa, pareciendo incluso que se estaba mejor fuera que dentro, algo insufrible. Apenas habían avanzado 30 metros y a Carmen el sudor le caía en grandes gotas por la frente surcando sus pómulos sin que diera la sensación de inmutarse. Sin embargo, las sentía como punzadas en su rostro, no aguantaba más.

—Es insoportable —dijo aunque su vergüenza, orgullo o algo que ni ella sabía que era, le seguía manteniendo con la camisa y el pantalón.

—Yo he mejorado, tengo calor, pero mejor —sin la camiseta el aire ardiendo que entraba por la ventanilla no le agobiaba tanto.

—No me mientes ¿verdad?

—Tócame el brazo, toca —Carmen pasó la mano por donde decía su sobrino, su piel estaba cálida, pero no húmeda— ni una gota.

—No lo aguanto, estos pantalones están calados y la camisa se me está pegando a la piel todo el rato, que sensación más… más…

Sergio la dedicó una mirada, Carmen sabía lo que le estaba diciendo con esos ojos, sabía lo que tenía que hacer. Sin embargo por alguna razón basada en la moralidad o en a saber qué no se decidía. El muchacho se giró y buscó en su mochila mientras el coche seguía parado, sacando de ella un bañador corto que se lo pasó a Carmen.

—Esto es lo único que tengo, tía cámbiate, hazme el favor —le dijo con voz seria.

La mujer dudó con el bañador en la mano si hacerle caso a su sobrino. Aunque su agonía era mayor que su pudor, en un momento de decisión comenzó a desabrocharse el pantalón. Se lo bajó de manera rápida y nerviosa, pensando que en ese momento el mundo entero prestaría atención a lo que sucedía en el coche. Sin embargo al vestirse, el mundo seguía tal cual y ningún informativo prestó atención a sus piernas desnudas, su vergüenza había sido una tontería.

—Mucho mejor —dijo resoplando— esto es otra cosa —incluso se quitó los zapatos dejando los pies al aire con todas las uñas pintadas.

—Te lo dije, es que con ese pantalón largo te iba a dar algo. Estás muy sudada, bebe agua que a ver si te vas a deshidratar.

Después de un trago de agua, Carmen vio que lo que le había dicho su sobrino tenía un efecto rápido, parecía que no se equivocaba con sus suposiciones y sin pensar en quien la vería esta vez, le dijo.

—¿Tienes una camiseta holgada y que transpire, cariño?

—Que va, si no ya me la habría puesto, todas son normales, si tuviera alguna de un equipo de futbol o esas que dan de publicidad en alguna carrera…

—Una pena… —Carmen se apartó el pelo algo mojado del rostro y añadió— bueno, ahora mi vida, no mires, ¿vale?

—¿Por qué?

Carmen se alzó la camisa por los hombros y la sacó con algo de gracilidad, a pesar de que estaba mojada y la piel la intentó retener. Sergio que no había retirado la vista, no pudo evitar ver la lencería de encaje preciosa que llevaba y como sus pechos parecían tan mullidos como cuando los notó contra su cuerpo minutos atrás.

La mirada se detuvo en el tiempo. Con anterioridad había observado los senos de su tía ocultos bajo el bañador, casi todos los veranos en la piscina de su casa echaba una ojeada. Sabía que eran bonitos, no le cabía duda. Pero en ese momento, con aquella lencería, experimentó una sensación de estar ante el mejor busto que sus ojos habían contemplado. Entendió que no tenía tanta razón al decir que ver a alguien en bañador o ropa interior es lo mismo.

—Ostras, perdón —dijo Sergio en voz baja algo avergonzado.

—Tranquilo, no pasa nada —le contestó Carmen ajena a esa mirada que Sergio le dedicó. Mientras se ponía la camisa estirada por encima para que no se le viera el sujetador añadió— así está mejor. No hay ni comparación, ¡Qué cambio!

—Mira que no hacerme caso…

—Es que hijo, una tiene su pudor —algo sonrojada.

—Tía, no creo que nadie te mire, la gente está pendiente de cabrearse por el calor, como mucho te pondrán el ojo 1 o 2 segundos. Y si miran, pues que se alegren la vista y ya.

Los dos siguieron callados en el coche contemplando la caravana apenas sin moverse, extendiéndose a lo lejos de forma interminable. Apenas pasaron 10 minutos, que Sergio vio la siguiente salida, algo se encendió en su mente y una gran idea surgió.

—Tía, no sé cuánto más estaremos aquí, ¿quieres hacer un alto? Total, mejor estar fuera del coche, ¿no crees?

—¿Tienes algo en mente? —preguntó intrigada. ¡Qué bien se encontraba con el bañador y su camisa sacada!

—Si cogemos esta salida, en 10 minutos estaremos en un pantano. Solíamos parar cuando era pequeño e íbamos a ver a la abuela. Si te apetece, nos podemos dar un chapuzón.

—Pues… —por su mente pasó el decir que no, que le apetecía llegar a casa, pero otra Carmen salió de su encierro. Una que olvidó hace muchos años y le dijo ¿Quién te espera en casa?— ¿por qué no? Mejor que aquí vamos a estar. Que lleguemos a la tarde no importa, nadie nos espera.

Los dos rieron y después de 20 minutos exageradamente largos, tomaron la salida para dirigirse al pantano.

CONTINUARÁ...
 
Buenaaas!!!

Voy a comenzar con este hilo para traeros la primera historia que publiqué en el año 2021... no ha llovido ni nada...

AVENTURAS Y DESVENTURAS HÚMEDAS, Lilith Durán. Ya la tenéis disponible y la podéis disfrutar entera. Aunque por aquí iré trayéndola poco a poco.

Adentraros en esta trilogía, donde Sergio emprenderá un viaje que removerá tanto su vida, como la de su tía y... la de su madre.

¡¡Espero que os guste!!
Muy buena pinta
 
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Por la mañana, apenas perdieron el tiempo. Se asearon rápido, con las maletas ya preparadas y desayunaron en la misma mesa de la noche anterior. El lugar se veía de una forma muy diferente. Las luces iluminaban mucho más el recinto y los susurros se habían intercambiado por conversación a un volumen mucho mayor.

Sergio pidió sin dudar un cola-cao, algo que hizo reír a Carmen que había pedido un café. Por mucho que hubiera pensado la noche anterior que Sergio había crecido, todavía seguían siendo muy joven.

Dio el primer sorbo de café, dándose cuenta de que la leche se había enfriado, algo que para Carmen le quitaba todo lo bueno al brebaje. Sin embargo, decidió tomarlo de esa forma, aunque su sobrino le dijo que lo cambiase, ella contestó que no era necesario, que lo tomaría así. Pero de pronto, Sergio girándose hacia el camarero le llamó la atención.

—Perdón, le podría traer leche caliente a mi esposa, es que se le ha enfriado.

Carmen se quedó sorprendida y arqueó una ceja en gesto de perplejidad, no por la poca vergüenza de su sobrino para exigir algo, sino por el comentario en sí. Al final, cuando el camarero se alejó unos cuantos metros, no evitó que una sonrisa muy curiosa se dibujase en su rostro.

—¿Desde ayer sigo siendo tu esposa? ¡Eres un caradura! Y como me gusta, sin duda, te pareces a mí.

—Ya que me confundieron con un hombre florero, pues se me ha ocurrido aparentarlo un poco y no se está nada mal. Además, que si ahora le digo “mi tía”, quedaría aún más extraño.

—No tienes remedio hijo… y que pena que no viváis más cerca ¡Dios! Como te hubiera malcriado.

Terminaron deprisa el desayuno y Sergio sin dejar que Carmen tocase las maletas siquiera, metió estas en el coche para acto seguido, poner rumbo hacia el pueblo. El reloj de muñeca de Carmen, marcaba las 10 de la mañana cuando el coche arrancó de nuevo pisando el asfalto. Sentada en el asiento del copiloto, con buena música de fondo y una grata compañía, se sentía dichosa, aunque el calor que comenzaba a aparecer en el ambiente cambiaría la situación.

—No entiendo una cosa, tía. ¿Cómo nos puede tomar como pareja? O sea, me refiero que sí, tenemos edades diferentes y eso, pero tampoco hemos hecho nada que nos tomara como tal, ¿no?

—Ya te dije, Sergio, los que estaban allí eran pareja. Además cariño, tampoco harías nada si estuvieras cenando con tu novia, ¿qué te ibas a comer la boca delante de todos? Como mucho te sujetas la mano, lanzas miradas y ya. En las habitaciones es donde se hacen cosas más íntimas. Y te lo vuelvo a repetir, hay cosas peores que tú y yo, una mujer como yo, aún podría ligarse a un “yogurin” —dijo con la voz llena de orgullo.

—Que sí, tía, si eso no lo dudo, pero no es lo habitual.

—¡Ay, mi vida…! Lo habitual no siempre es lo mejor. —Sergio la miró extrañado, no entendía muy bien el significado— lo digo porque a veces el amor lo puedes encontrar en cualquier lado y con cualquier edad.

Sergio asintió terminando la conversación, dejando que la música de la radio sonara durante un tiempo y disfrutar de ese “silencio”. Dentro del coche, aunque ninguno de los dos hablara, ambos sentían lo mismo, una comodidad que ninguna otra persona les podría proporcionar en ese momento. Ninguno de los dos entendía ese extraño sentimiento, aunque no le tenían que dar un motivo, simplemente debían disfrutarlo.

—¿El tío cuando vuelve? —dijo Sergio rompiendo el silencio.

—Siendo sincera, no lo sé, ni él tampoco, quizá en una semana o quizá en más, me ha dicho que las negociaciones son pesadas. —era un tema que no le agradaba tratar.

—Cuando vuelva, si sigo aquí, me paso y así le veo.

—Te vuelvo a decir, que si quieres puedes quedarte en casa, no hay ningún problema, no vas a ser ningún estorbo, vamos ni mucho menos.

—No, tía, de verdad, además que así cuando llegue el tío estáis solos. Después de no verle durante tanto tiempo estarás con ganas de estar con él.

—Sí.

No mentía. Carmen tenía ganas de estar cerca de su marido, pero en el fondo, sabía que la relación llevaba fría desde hacía muchos años y no era lo mismo. Podría decir que más que marido y mujer, eran dos conocidos que habían tomado la decisión de vivir juntos. Sergio sintió que la palabra que salía de la boca de su tía, no iba acorde con lo que sentía.

—Aunque si quieres… el primer día lo puedo pasar contigo, además que mis amigos todavía no estarán.

—¡Vamos, faltaría más! Es que eso lo daba por hecho. Además, que la casa es grande y cuando estoy sola se me cae encima, me muero de soledad allí dentro de verdad.

Ya habían recorrido más de la mitad del viaje. Carmen se había quedado callada, el comentario de Sergio le removió algo por dentro. Ella y su marido no estaban bien, era un hecho. Tampoco la situación iba a desencadenar un divorcio, no tenían la edad para hacer esas cosas, o eso pensaba ella, sin embargo, la distancia que les separaba era mucho mayor de la que les unía.

Carmen no se dio cuenta de cómo tenía el rostro. Concentrado, tenso, similar a una roca, con la vista perdida en el horizonte. Sergio al instante que la vio notó que algo no iba bien, ya que esa cara, era la misma que ponía su madre y ella solía ponerla a menudo.

—Oye, tía, ¿estás bien?

—Sí, sí, cariño —volviendo en sí y sacando una falsa sonrisa— claro que sí, solo estaba pensando.

—¿Puedo preguntarte en qué?

—Nada en mis cosas, la casa, las niñas, problemas de madre ya sabes —intentó disimular.

—Es que tienes la misma cara que pone mi madre, incluso os ponéis un poco pálidas cuando estáis así y arrugáis el entrecejo de una forma feísima.

Carmen se miró en el espejo del coche y vio que lo que decía su sobrino era cierto. El rostro había palidecido y su moreno de piscina ahora era nada más que una sombra, era evidente que algo la pasaba. “¿Cómo no se me va a poner esta cara?”, pensaba mientras recordaba como su marido cada vez tenía más viajes. Algunos se alargaban más de la cuenta por diversos motivos, todas las dudas que le surgían en cada partida eran pocas.

Nunca le habían dado buenas sensaciones los viajes, pero ahora con más edad y con una cabeza más madura, sabía que siempre que viajaba, aparte de negocios, pasaban más cosas. Era innegable, había pruebas que no se podían ocultar aunque ella tratara de no asumirlo.

—No sé, me habrá dado una bajada de azúcar o algo, no te preocupes.

Sergio tocó la pierna de su tía sintiendo que las cosas no iban bien. No podía ser solo coincidencia que las dos hermanas tuvieran el mismo gesto, si su madre lo ponía por problemas, su tía seguro que también.

—De verdad tía, ¿Estás bien? ¿Paramos si quieres?

—No, no, cariño, tira de verdad, todo bien.

En su mente siempre aparecían las imágenes de su marido en un burdel, disfrutando en otro lugar lo que podía obtener en casa. “Al menos de postín, no en uno de mala muerte” se consolaba ella, mientras se lo imaginaba rodeado de sus colegas de negocios, brasileños, suecos, italianos… daba lo mismo.

La película que se rodaba en su mente siempre era la misma, donde el teórico hombre de su vida acababa gozando de placeres que luego en casa ella no disfrutaba. ¿Cuántas veces lo había pensado estos años? No sabría decirlo, aunque cada vez era más frecuente porque sabía que era real. Se había vuelto tal rutina que siempre que le decía que tenía que marchar, Carmen lo imaginaba entrando por la puerta del club de alterne.

Apenas tenían relaciones, algunas después de una fiesta y casi siempre cuando estaban bebidos. Le costaba horrores admitirlo, pero la imagen de Pedro con otras mujeres, seguramente mucho más jóvenes que ella, le volvía loca de rabia. Sentía tal ira, tal traición que siempre que entraba en ese bucle, acababa hundida… humillada.

Sus ojos se humedecieron sin remedio, no podía evitarlo aunque lo intentó. Contuvo sus sentimientos luchando con todo su orgullo, no quería llorar delante de su sobrino, sin embargo la primera lágrima cayó.

Trató rápidamente de limpiársela sin que Sergio lo notase. Pero por supuesto que Sergio se dio cuenta y sin decir nada, tomó la siguiente salida, estacionando en una gasolinera cercana.

—¿Qué ha pasado?, ¿He dicho o hecho algo malo?

—Por favor, mi vida, ¡No! Son cosas de tu tía, nada más.

—Si lo dices en voz alta igual te sientes mejor, a mí me vino bien contarte lo de Marta “la zo… de mi ex”. —Carmen no pudo evitar reírse, los jóvenes pensaban que todo era tan fácil.

Mientras miraba a su sobrino, contemplaba sus ojos llenos de infinita ternura, preocupación e interés, y entonces, la segunda lágrima descendió por su rostro.

Pensó que podría darle una oportunidad a la idea de Sergio, estaba tan a gusto junto a él, que no era tan descabellado… ¿Por qué no?

—No es tan fácil cariño, son cosas de pareja, tu tío y yo nos hemos distanciado y me da pena. No es que nos vallamos a divorciar ni mucho menos, pero es duro.

—¿Es por eso entonces? —preguntó Sergio con preocupación.

—Sí, bueno… pero, ¿qué hacemos hablando de esto Sergio?, no te quiero entretener con mis cosas de vieja loca, no te quiero dar el viaje. —rio aunque otra lágrima le recorrió el pómulo por el mismo camino que las anteriores. Uno de sus dedos la recogió para secarla en el pantalón.

—Tía, si no te ayuda la familia ¿quién lo va a hacer?

Carmen pasó su mano por el rostro de su sobrino con dulzura, en verdad se había convertido en un joven caballero. Se había dado cuenta en unas pocas miradas que su tía estaba afligida, que algo la devoraba por dentro y se había detenido solo para escucharla, para estar con ella en un momento de tristeza.

La mujer se dio cuenta de que sus ojos azules, húmedos por las lágrimas lo miraban de otra forma. Al volante de ese pequeño coche, se veía tan gentil, tan puro, tan atento, tan… apuesto.

—Eres un sol, Sergio. Es muy duro lo que te voy a decir —tragó saliva con la esperanza que las palabras no dolieran tanto— Con este distanciamiento, pienso que tu tío puede estar… —las palabras no le fluían, decirlas era más difícil que pensarlas. Por mucha saliva que tragara su garganta parecía un desierto— puede que esté en un hotel como en el que hemos estado… pero no con una sobrina, ¿me comprendes?

—Entiendo —asintió el chico escondiendo la sorpresa por lo que escuchaba.

—No es la primera vez que lo pienso y bueno, no es que sea con “amigas”, sino… será con… prosti… —no quería acabar la palabra. Se llevó las manos al rostro para tratar de tapar la vergüenza que sentía, no lo soportaba— no es que tenga a una enamorada en cada lugar como un marinero. Quizá eso me dolería más, pero esto… me parte el corazón.

—No creo que sea así, el tío es buena gente.

—Claro que lo es, pero hasta la buena gente puede hacerlo, el sexo es independiente a la personalidad de las personas. Si eres hombre sabrás que lo que tenéis ahí abajo, muchas veces piensa por sí solo.

Eso Sergio lo entendía, ¿quién le hubiera dicho que su ex, tan buena que era con él, iba a jugársela de esa manera?, comprendía a las mil maravillas lo que Carmen le contaba. Sin contar el tema del “cerebro de abajo” ese sí que lo conocía bien y sabía lo independiente que podía a llegar a ser con el resto del cuerpo.

—No sé cómo apoyarte tía, solo te puedo decir que no pienses en ello, que seguramente son suposiciones, nada más, ¿necesitas algo de mí?

—¿Un abrazo? —dijo ella poniendo una media sonrisa y un rostro algo aniñado tras el fluir de las lágrimas.

Por supuesto, su sobrino se lo dio. La rodeó con sus brazos notando el calor que su tía emanaba y como su respiración comenzaba a convertirse en sollozos. Carmen hizo lo propio rodeándole con fuerza sin querer soltarle, como si fuera su único punto de apoyo en la tierra. El joven, que no encontraba más palabras añadir, le dio un beso fraternal entre su pelo para tratar de calmarla.

Después de un minuto ininterrumpido de estar juntos sin centímetros de por medio, Carmen se sentía realmente reconfortada, algo que no se hubiera imaginado. Se había quitado un peso de encima y era su sobrino quien la había ayudado. El efecto había sido tan rápido, algo tan sorprendente como si se tratase de dos amigos inseparables, de esos por los cuales podrías dar tu vida que ellos te la devolverían.

Los brazos de Carmen se abrieron soltando a su sobrino y ambos se miraron con una sonrisa en el rostro. A la mujer se le disiparon las ganas de llorar y aunque tenía claro que en algún momento volverían, sentía que habían sido recluidas a lo más hondo de su ser. No quería volver a llorar por ese tema nunca más.

Había soltado el ancla que la ataba y no la dejaba aceptar los sucesos. Esas dudas, en dos frases y en un abrazo habían sido liberadas… y casi curadas. Le seguirían doliendo, no cabía duda, pero de otra forma y de lo que estaba segura es que jamás volvería a sufrir esa angustia y dolor.

Sin embargo, Sergio sintiendo la misma plenitud que su tía, sentía algo más. El roce del abrazo, el sentir el aroma tan cercano de Carmen, su calor, su corazón, todo, le había hecho que una parte se activara. Cuando sus cuerpos se juntaron por completo algo paso, los pechos de su tía se colocaron contra el suyo y los sintió por completo.

No pudo evitarlo, la sangre sin pedir permiso, comenzó a bombear hacia abajo. No se permitía estropear un momento tan bonito y mientras Carmen se miraba al espejo limpiándose los últimos rastros de humedad, él se concentraba como si del peor examen se tratase para detener la erección. El cerebro de abajo…

Salieron de su parada rumbo de nuevo a la carretera y al de un rato de conducción, justo al comienzo de un puerto, por desgracia encontraron caravana. Las obras en la calzada, solo habían dejado un carril abierto para pasar y el embotellamiento de unir tres carriles en uno, era terrible.

Parados, con el asfalto caliente, la montonera de coches y el calor de agosto, aquello se había convertido en una parrilla. Por supuesto, con el incesante calor ya dentro con ellos, Sergio se dio cuenta por primera vez, que importante podía ser el aire acondicionado en el coche.

—Pues nos ha tocado, ya me hice a la idea que alguna pillábamos —dijo el joven deteniendo el coche.

—Odio las caravanas, no hay nada peor, mira que para ir a veros no me topé con ninguna.

—Que va tía, lo peor es el calor que hace. Casi es mediodía y estoy asado.

—Yo ya llevo sudando un buen rato… —se podía leer en su tono lo incómoda que estaba.

El coche se encontraba parado y apenas se movía unos metros cada minuto. Los carriles pasaron de ser tres a ser dos y Sergio supuso que las obras estarían cerca, se equivocaba. Sin poder soportarlo más, se quitó la camiseta y la dejó en la parte de atrás hecha un ovillo.

—¡¿Qué hace 50 grados?! —unos 40 podía ser, pero no tantos— No aguanto, ¡Qué calor!

Carmen que estaba con la chaqueta puesta, se la tuvo que quitar, quedando solamente con la camisa blanca de “buena tela”. Sentía que el pantalón se le pegaba a la piel, el sudor empezaba a ser una lata, no podía con ello. Todo eso, sumado al calor que comenzaba a entrar sin parar en el coche, hizo que Carmen comenzara a tener la sensación de estar en un ataúd con ruedas.

—Hace un calor de mil demonios —matizó.

—Lo peor, será llegar al pueblo y que hará frío —los dos rieron— tía es verte y me da un calor… ¿No te asas?

—Sí, pero ¿qué le voy a hacer? Por la ventanilla entra calor y el aire acondicionado solo da calor.

—De acondicionado no tiene nada, solo es aire. Pues ponte cómoda, que vamos a estar aquí un buen rato, nos hemos duchado para nada.

—¿Qué quieres que haga? ¿Me tiro el agua por la cabeza? —decía ella simulando con la botella cerrada que lo hacía.

—También estará caliente… —rieron ambos. Felicidad parecía que no les faltaba. Sergio añadió— quítate algo.

—Sí claro, me quito algo y que me vea todo el mundo, quita, quita.

Sergio se quedó con cara de circunstancia sin entender esa vergüenza que tenía su tía. Su madre en alguna ocasión similar, se había quitado la camiseta, quedándose en sujetador delante de ellos y nadie de otros coches se fijaba, “y eso que tiene pechos para que la miren…”.

El joven accionó el intermitente y según le dejaron paso, se colocó en el carril de la derecha, el otro que todavía seguía abierto. Quedándose sin conductores en el lado del copiloto, solo el arcén y monte virgen.

—¿Así mejor? —preguntó el chico.

—Que no, Sergio, ¡¿Cómo me voy a quitar la ropa?!

—Nadie te va a ver, como mucho algún conejo, vas a ser la comidilla de los animalitos del bosque.

—Prefiero ir así —acabó diciendo algo sonrojada sabiendo que se moriría de calor.

—Como veas, tía, yo ahora voy mucho mejor, solo para tu información.

No llegaron a transcurrir más de diez minutos, el coche se había vuelto una barbacoa, pareciendo incluso que se estaba mejor fuera que dentro, algo insufrible. Apenas habían avanzado 30 metros y a Carmen el sudor le caía en grandes gotas por la frente surcando sus pómulos sin que diera la sensación de inmutarse. Sin embargo, las sentía como punzadas en su rostro, no aguantaba más.

—Es insoportable —dijo aunque su vergüenza, orgullo o algo que ni ella sabía que era, le seguía manteniendo con la camisa y el pantalón.

—Yo he mejorado, tengo calor, pero mejor —sin la camiseta el aire ardiendo que entraba por la ventanilla no le agobiaba tanto.

—No me mientes ¿verdad?

—Tócame el brazo, toca —Carmen pasó la mano por donde decía su sobrino, su piel estaba cálida, pero no húmeda— ni una gota.

—No lo aguanto, estos pantalones están calados y la camisa se me está pegando a la piel todo el rato, que sensación más… más…

Sergio la dedicó una mirada, Carmen sabía lo que le estaba diciendo con esos ojos, sabía lo que tenía que hacer. Sin embargo por alguna razón basada en la moralidad o en a saber qué no se decidía. El muchacho se giró y buscó en su mochila mientras el coche seguía parado, sacando de ella un bañador corto que se lo pasó a Carmen.

—Esto es lo único que tengo, tía cámbiate, hazme el favor —le dijo con voz seria.

La mujer dudó con el bañador en la mano si hacerle caso a su sobrino. Aunque su agonía era mayor que su pudor, en un momento de decisión comenzó a desabrocharse el pantalón. Se lo bajó de manera rápida y nerviosa, pensando que en ese momento el mundo entero prestaría atención a lo que sucedía en el coche. Sin embargo al vestirse, el mundo seguía tal cual y ningún informativo prestó atención a sus piernas desnudas, su vergüenza había sido una tontería.

—Mucho mejor —dijo resoplando— esto es otra cosa —incluso se quitó los zapatos dejando los pies al aire con todas las uñas pintadas.

—Te lo dije, es que con ese pantalón largo te iba a dar algo. Estás muy sudada, bebe agua que a ver si te vas a deshidratar.

Después de un trago de agua, Carmen vio que lo que le había dicho su sobrino tenía un efecto rápido, parecía que no se equivocaba con sus suposiciones y sin pensar en quien la vería esta vez, le dijo.

—¿Tienes una camiseta holgada y que transpire, cariño?

—Que va, si no ya me la habría puesto, todas son normales, si tuviera alguna de un equipo de futbol o esas que dan de publicidad en alguna carrera…

—Una pena… —Carmen se apartó el pelo algo mojado del rostro y añadió— bueno, ahora mi vida, no mires, ¿vale?

—¿Por qué?

Carmen se alzó la camisa por los hombros y la sacó con algo de gracilidad, a pesar de que estaba mojada y la piel la intentó retener. Sergio que no había retirado la vista, no pudo evitar ver la lencería de encaje preciosa que llevaba y como sus pechos parecían tan mullidos como cuando los notó contra su cuerpo minutos atrás.

La mirada se detuvo en el tiempo. Con anterioridad había observado los senos de su tía ocultos bajo el bañador, casi todos los veranos en la piscina de su casa echaba una ojeada. Sabía que eran bonitos, no le cabía duda. Pero en ese momento, con aquella lencería, experimentó una sensación de estar ante el mejor busto que sus ojos habían contemplado. Entendió que no tenía tanta razón al decir que ver a alguien en bañador o ropa interior es lo mismo.

—Ostras, perdón —dijo Sergio en voz baja algo avergonzado.

—Tranquilo, no pasa nada —le contestó Carmen ajena a esa mirada que Sergio le dedicó. Mientras se ponía la camisa estirada por encima para que no se le viera el sujetador añadió— así está mejor. No hay ni comparación, ¡Qué cambio!

—Mira que no hacerme caso…

—Es que hijo, una tiene su pudor —algo sonrojada.

—Tía, no creo que nadie te mire, la gente está pendiente de cabrearse por el calor, como mucho te pondrán el ojo 1 o 2 segundos. Y si miran, pues que se alegren la vista y ya.

Los dos siguieron callados en el coche contemplando la caravana apenas sin moverse, extendiéndose a lo lejos de forma interminable. Apenas pasaron 10 minutos, que Sergio vio la siguiente salida, algo se encendió en su mente y una gran idea surgió.

—Tía, no sé cuánto más estaremos aquí, ¿quieres hacer un alto? Total, mejor estar fuera del coche, ¿no crees?

—¿Tienes algo en mente? —preguntó intrigada. ¡Qué bien se encontraba con el bañador y su camisa sacada!

—Si cogemos esta salida, en 10 minutos estaremos en un pantano. Solíamos parar cuando era pequeño e íbamos a ver a la abuela. Si te apetece, nos podemos dar un chapuzón.

—Pues… —por su mente pasó el decir que no, que le apetecía llegar a casa, pero otra Carmen salió de su encierro. Una que olvidó hace muchos años y le dijo ¿Quién te espera en casa?— ¿por qué no? Mejor que aquí vamos a estar. Que lleguemos a la tarde no importa, nadie nos espera.

Los dos rieron y después de 20 minutos exageradamente largos, tomaron la salida para dirigirse al pantano.

CONTINUARÁ...
Esto promete
 
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