Abel Santos
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—Estás un poco empalmado, ¿no? ----dijo la chica con sonrisa burlona.
Tragué saliva y respiré profundo antes de responder. Ari se había equivocado del todo. No estaba un «poco empalmado», estaba «super» empalmado, a punto de reventar para ser exactos.
—Oh, no… —me excusé—. Es que estos pantalones me van un poco justos.
—Ya, claro… —sonrió pícara—. ¿No será que te empalmas porque te gusto, aunque solo sea un poquito?
La jovencita me estaba vacilando a todas luces. Aquella chica no gustaba «solo un poquito» a nadie. Cualquiera que la conociera tenía por fuerza que estar loco por ella.
—Pues claro que me gustas, Ari… —repuse con sinceridad—. Pero tú tienes novio, ¿no?
—Sí, ya lo sabes…
—Chovi… —dije con extrañeza—. Vaya mote raro, ¿qué significa?
—No es un mote, es su apellido. Es así como le empezaron a llamar sus amigos y así le hemos terminado llamando todos, hasta su propia hermana.
—Ah, ya veo…
—Sí…
—¿Y qué plan tenéis? ¿Vais a casaros, tener niños, compraros una casa?
—Ni idea… vete a saber… de momento nos conformamos con follar juntos… Lo demás lo iremos viendo.
Joder con la chica. Si las chavalas de su generación eran así de claritas, no me quería plantear la idea de divorciarme y tener que volver al mercado. Se me iban a comer vivo.
—Eh… —no sabía qué más decir, aquel charco en que se había metido nuestra conversación no era para un tío de mi edad. Por fin pensé en una salida—. ¿Y Eva?
—¿Qué pasa con Eva?
—Quiero decir que si tiene novio.
—Sí… bueno, no… nada fijo… Se lo pasa bien con unos y con otros…
—Qué bien, ¿no…? —dije y el silencio volvió a instalarse en el cuarto.
De pronto, Ari volvió a cambiar de tercio. El corazón se me saltó un latido cuando hizo la siguiente pregunta.
—Tú me tienes muchas ganas, ¿verdad?
Joder... Vaya si le tenía ganas. ¿En qué lo habría notado? Aquella chica era una lumbreras, pensé con sorna.
—¿Yo, ganas…? ¡Qué va…! —negué mintiendo como un bellaco—. ¿Por qué lo preguntas?
—Lo digo por lo del otro día… —prosiguió—. Mira que hacerme un truco de magia para metérmela en mitad de un orgasmo, cuando yo no podía decir si quería o no…
—Bueno… —busqué una excusa rápida—. Tú te lo habías pasado bomba, yo también tenía derecho, ¿no?
Se rascó la nariz antes de contestar.
—Ya, pero eso no te justifica. En el salón te había dicho que tu pollón era demasiado grande, que me daba cosa que pudieras hacerme daño.
—¿Acaso te dolió?
—Pues… no… —reconoció—. Pero, ¿me la metiste entera?
—Entera…
—Joder… ¿Tan grande tengo el… ese… para que me quepa tanto dentro?
—Pues ya ves, parece que sí.
—De todas formas, no llegaste a moverte, si lo hubieras hecho, tal vez sí me habría dolido…
—No creo, estabas tan húmeda que se entraba y salía de tu chochito con facilidad.
¡Menuda conversación para una tarde de domingo!, me decía. No solo me alucinaba, sino que elevaba mi erección hasta niveles jamás alcanzados con otra mujer, incluida Paula. No sabía si Ari lo estaba buscando o si ese tipo de temas los trataban así, tan sin pudor, los chavales de hoy.
De todas formas, yo era de los que aprendía con rapidez, y poco a poco me iba sintiendo en mi salsa.
*
—¿Te puedo hacer una pregunta… íntima? —le dije sin pensármelo dos veces, siendo yo el que cambiaba de tercio en esta ocasión. Si había que jugar a su juego, pues adelante.
—Puedes preguntar… Pero no te aseguro que te vaya a responder.
Carraspeé y me lancé a la piscina.
—Debajo de esos mini shorts… ¿llevas braguitas?
Ari abrió los ojos, semi espantada.
—Pues no… pero no me digas que se ve algo.
Se inclinó hacia adelante para mirarse entre los muslos.
—Solo un poco, no mucho… —sonreí guasón—. Por eso te lo he preguntado.
Cuando levantó la mirada, ella también sonreía.
—¿No eres un poco mirón tú?
—Sí… pero solo un poco.
—Ya se te ve… cuarentón y viejo verde, menudo partidazo de tío.
—Y con un buen pollón… —le recordé—. Tú misma lo dijiste.
—Eso sí, mira, te lo tengo que reconocer.
Dudé si darle una vuelta de tuerca a la situación. ¿Por qué no?, me dije. Ir un poco más allá tampoco era tan grave teniendo en cuenta hasta dónde había llegado.
—¿Me dejas que te aparte a un lado la tela del pantaloncito entre los muslos? Es por ver lo que hay debajo —le solté sin parpadear.
Con una sonrisa de oreja a oreja se fingió enfadada.
—¡Serás guarro!
Se tapaba la cara, como si se sintiera avergonzada. Yo estaba seguro de que fingía, que se lo estaba pasando en grande vacilando al viejo profe. Aunque tampoco era necesario, teniendo en cuenta que ya nos habíamos dado unos restregones entre los dos y que nos habíamos visto sin ropa. Aunque, desde su punto de vista, aquello no había sido «sexo, sexo», así que tal vez no me dejara llegar más lejos.
—¿Qué más te da? —insistí—. No voy a ver nada que no haya visto antes, como tú dijiste esta mañana.
—Pues sí que me da… porque después de mirar, querrás tocar.
—Te prometo que no…
—Ya, ¿y quién se lo cree…?
Me puse en cuclillas y la miré de frente entre los muslos.
—Pero, ¿qué haces? —rió ruborizada, y esta vez sí que lo estaba de verdad.
—Mirarte como un viejo verde.
Seguía riendo sin poder parar. Después concedió:
—Bueno, está bien, te dejo mirar, pero tú no apartas la tela, la aparto yo…
—Vale… —acepté sin nada que perder.
Ari se retiró hacía un lado la tela que intentaba cubrir su entrepierna sin conseguirlo. Ante mí apareció su rubio y ralo vello púbico. La vulva mostraba un granate subido, y entre los labios se notaba una humedad que rezumaba desde el interior. Estaba claro: Yo podía estar empalmado, pero ella no estaba menos cachonda.
Sin decir nada, estiré una mano y acaricié suave el valle de su vulva, separando los bordes ligeramente. Ari se mordía el labio en silencio mirándome rozarla.
—No toques… —se quejó.
—No toco, solo es un roce.
—Ya… y una mierda…
—Te lo juro…
—Si serás cabrito…
Pensé que me apartaría la mano, pero cerró los ojos y suspiró. Estaba disfrutando.
—Precioso… —le susurré sin miedo a que me cortara.
—¿De… verdad…? —interrogó—. ¿No lo dices por decir?
—Te lo prometo… ¿No lo has mirado nunca con un espejo, como en las pelis?
—No, nunca…
—Pues deberías…
Me eché hacia atrás y me puse en pie, tirando de una de sus manos para que ella también se levantara.
Cuando estuvo a mi lado, Ari temblaba como una hoja.
—¿Qué vas a hacerme? —me preguntó temerosa.
—Solo quiero que bailemos.
—¿Solo?
—Sí, solo…
—Bueno, si no es más que eso…
La abracé y la llevé al ritmo de una música que existía únicamente en nuestra imaginación. Con las manos le apretaba las nalgas y la atraía contra mi polla, que debía sentirla a la altura del ombligo.
No le debió agradar el contacto en esta ocasión.
—No, para…
—Ssshhh… —le decía yo al oído sin permitirla retroceder.
Seguíamos bailando, ahora mis manos en sus caderas.
—Déjame ver tus tetitas, Ari, me muero por verlas de nuevo.
—Ni de coña… Que ya te estás pasando. Ya las has visto antes en el baño. Eres un guarro, ya lo sabía, tenía que haberle hecho caso a Eva…
—Esta mañana no te quejabas tanto.
—Sí, pero esta mañana estaba engañada… Ahora ya sé lo que eres, me lo ha contado mi amiga.
Joder, iba a tener que mantener unas palabras con Eva. ¿Qué diablos le habría contado?
—¿Y qué te ha dicho tu amiga?
—Que no eres trigo limpio. Que embaucas a las chicas, te las tiras, y luego si te vi no me acuerdo.
—De eso nada, yo no soy así…
—Ya, claro, y yo me lo creo…
No estaba para escuchar monsergas, así que le insistí.
—Bueno, bájate el top y ya hablaremos de lo otro.
Ahora aceptó sin rechistar. Se llevó las manos al pecho y sus impúberes tetas quedaron al aire, al alcance de mis manos. Las sobé hasta hartarme con una de ellas, mientras dirigía el baile con la otra, cada vez más pegados.
Ari trató de empujarme de las caderas para alejarme, pero yo sabía que no aplicaba la suficiente fuerza porque estaba muy cerca de rendirse.
—Ari, mírame…
Alzó la mirada. Sus ojos parecían asustados, como abandonados a su suerte. Con las manos le agarré los dos lados de la cara. Luego posé en sus labios un ligero beso. La chica retiraba la boca al principio, pero enseguida claudicó y se dejó hacer. Tras el primer beso hubo un segundo, algo más lascivo esta vez.
—Déjame… —suspiró con mi lengua entre sus labios.
—No te dejo porque no es lo que quieres… —susurré.
—Y una mierda… ya paso de juegos… —protestó—. Si quieres suspenderme, suspéndeme.
Le abrí los labios con los pulgares y entonces me colé en su boca de lleno. Le ardía como un volcán. Con una mano le amasaba las tetas y con la otra la sujetaba de la nuca para que no se echara hacia atrás.
—Joder que buena estás, Ari… —le susurré dentro de la boca—. Y cómo me pones, putilla…
Tembló al escuchar el apelativo, pero no protestó.
Tras intentar liberarse de mi abrazo al inicio del baile, Ari había bajado los brazos y le colgaban a los lados de sus caderas. Estaba casi rendida. Yo la atacaba moviendo mis caderas en un simulacro de follada de pie, aunque nuestras alturas eran muy diferentes al hallarse ella descalza.
—Ari…
—¿Qué…? —jadeó más que habló.
—Te voy a follar…
—No, de verdad… no me folles, por favor…
Aquel ruego mostraba a las claras que podía hacer con ella lo que quisiera, que ya no podía defenderse. Y me la iba a tirar sí o sí. Era nuestro tercer encuentro y las dos primeras veces la ocasión se había frustrado. Esta tenía que ser la vencida.
—Sí, Ari, te voy a follar… Lo necesito y tú también, no me digas que no…
—No quiero, no quiero… —casi gemía—. Si mi novio se entera me mata…
—Pues no se lo decimos. Te follo y nos lo callamos, será nuestro secreto…
—Mmmm… ooohhh… —decía ella mientras le acariciaba la vulva por debajo de los shorts.
Esta vez no se me escapaba, le iba a partir el coño en dos. Y me lo iba a agradecer cuando comenzara a correrse. Ya me encargaría yo de hacer que lo reconociera.
*
Me equivoqué de pleno.
La rubita hizo un quiebro y de pronto todo cambió. Me había estado engañando. Lo que ocurría un momento atrás había sido puro teatro. Ari no estaba rendida ni había perdido el control. Sin mucho esfuerzo se liberó de mí y me empujó hacia atrás con los brazos en mi pecho.
—Vaya profesor cachondo estás hecho… —se burló—. ¿Crees que todas tus alumnas están locas por ti? ¿Qué puedes follártelas con solo chascar los dedos?
—Serás hija de… —me quejé amargamente. Mi erección estaba a punto de reventar.
—Ssshhh, profe… no digas palabrotas —me cortó y soltó una carcajada.
Se volvió a sentar al borde de la cama con las piernas recogidas. Me miraba con guasa. La observé casi enloquecido por las ganas que la tenía. Si no la follaba esa tarde, iba a estar pajeándome durante años recordando aquella escena con la amargura de una batalla perdida contra una mocosa a medio hacer.
No podía permitirlo, tenía que cambiar de estrategia. En un chispazo de lucidez decidí mi siguiente movimiento. Me situé junto a ella y dejé que mis pantalones cayeran a medio muslo. Lo justo para que mi polla quedara liberada y apuntara hacia su rostro. Había admitido que aquel monstruo de carne dura le gustaba, y era el único arma que me quedaba.
Comencé a pajearme con lentitud. Usaba dos dedos en lugar de toda la mano para no ocultar lo que ella miraba con lujuria. La piel de mi aparato subía y bajaba, cubriendo y descubriendo el glande, hinchado y rojo como la grana.
—Menuda polla la tuya… —dijo sonriendo, sin conseguir disimular su inquietud al verla tan cerca de la cara—. Pero si te crees que me impresiona, quítatelo de la cabeza. Ya se me pasó la tontería y ni borracha me la volvería a meter en la boca.
—Ah, ¿no? —la reté y me acerqué aún más a su cara. Ahora mi polla no distaba ni cinco centímetros de sus labios. El «clic-clic» húmedo resonaba en la habitación.
—Ni de coña… no me hace ni cosquillas —susurró y supe que mentía al verla tragar saliva varias veces seguidas.
Seguí con mi paja, siempre de forma lenta. Si aceleraba el ritmo corría el peligro de correrme demasiado pronto y de pringarle la cara sin querer. No podía permitir tal accidente, a riesgo de espantarla y que me mandara a la mierda.
—Vamos, Ari, reconoce que te la comerías con ganas —la vacilé—. Si ya lo has hecho una vez. ¿Qué más te da?
Volví a dar un paso hacia ella y mi glande rozó sus labios. Ari cerró los ojos, apretando mucho los párpados. Pensé que el asunto iba bien.
Mi polla rozaba sus labios de un lado a otro con la guía experta de mi mano. Pensaba que finalmente los abriría y que podría colarme dentro de su boca.
Pero me volví a equivocar.
Ari apoyó las manos en la cama y haciendo palanca se echó hacia atrás. Se movió con soltura sobre el colchón y terminó en la misma posición, pero con la espalda contra el cabecero de la cama.
—Jo-der… —suspiré defraudado.
*
Me había vencido, tenía que reconocerlo. Una puñetera cría me había vacilado de lo lindo… una vez más. Agaché la cabeza y me recoloqué la ropa. A continuación, sin mirarla ni una sola vez, decidí que era hora de escapar de aquel cuarto. Abrí la puerta y, tras salir, la cerré con suavidad para evitar el portazo que me habría gustado dar.
Tras palparme el bulto entre las piernas, comprendí que no podía presentarme de semejante guisa ante sus padres y mi mujer. Así que me dirigí al baño y me refresqué la cara y los brazos hasta que mi erección se redujo a un tamaño presentable.
Por fin, bajé las escaleras hacia el salón y me uní al grupo de adultos que comentaban simplezas sobre la moda actual de la juventud de hoy. ¡Qué sabrían ellos de los jóvenes!, menudos idiotas.
Paula apenas ocultaba sus bostezos y me miraba de tanto en tanto para empujarme a dar por terminada la quedada. Le di un poco de cuerda a la conversación y, veinte minutos después, decidí que era el momento de dar carpetazo a la tarde.
Me disponía a ello cuando, de repente, me quedé pasmado una vez más: Ari había reaparecido a los pies de la escalera. Caminaba tan silenciosa como un gato y ninguno la habíamos oído bajar.
En esta ocasión Ari no esperó a ser preguntada, sino que comenzó a hablar tan pronto nuestras miradas la apuntaron al unísono.
—Es que… —dijo con voz tímida—. Hay otro problema que no entiendo, y estoy segura de que va a caer en el examen.
Miré a Paula, y ella me devolvió una mirada que podría haber matado a la chiquilla. Luego giré la vista hacia Nacho pidiéndole su opinión. Tampoco parecía muy feliz con los acontecimientos. ¿Estaría mosqueado porque sospechaba algo?, me pregunté.
Al cabo, mi amigo decidió conceder.
—Vale, está bien, pero solo una pregunta más —dijo—. Y que sea la última. Tienes que dejar en paz a tu profesor en su día de descanso. ¿Te importa, Carlos?
—No, claro… —respondí yo, mirando a Paula y volviéndome a encoger de hombros. Mi mujer estaba más que cabreada, pero tampoco se atrevió a meter baza en esta ocasión.
Me puse en pie y por segunda vez seguí a la chavala escaleras arriba.
*
Tras cruzar la puerta y cerrarla por dentro con el pasador, Ari volvió a su anterior posición en la cama, la espalda contra el cabecero.
Se había cruzado de brazos y sonreía burlona. Seguía con su vacile, que parecía entusiasmarla sobremanera. Y el juego recomenzó donde se había quedado minutos antes. Yo dudaba de si jugaba a provocarme y a dejarme al final sin nada o si lo que hacía era para evaluar mi resistencia y mi deseo por ella.
—¿Qué pretendes, Ari? —le dije con malas pulgas—. ¿Quieres aclararte de una vez?
Ella amplió su sonrisa, pero no dijo una palabra.
Y entonces me cansé de sus gilipolleces.
Me dejé caer sobre la cama y gateé hacia su posición. Mientras lo hacía, me desabroché el pantalón y me deshice de él y de los bóxer con los pies. Cuando la tuve a mi alcance, le tiré de las piernas y la acosté todo lo larga que era.
Le acerqué la cara e intenté plantarle un beso en los labios. Ella volvió a esquivarme con un giro de cabeza. Había sido un movimiento leve, sin embargo. Pensé que si volvía a intentarlo, lo conseguiría.
Y no me equivoqué.
*
Le sujeté la cabeza por el cuello y volví a las andadas. Ella se dejó besar, sin abrir la boca en un principio. Finalmente conseguí que lo hiciera y con mi lengua entré en su interior como con un ariete. Ari, por mucho que se resistiera, no podía disimular los jadeos dentro de mi boca, cuando con su lengua se introducía dentro de mí con ansiedad.
Estaba cachonda como una perra y esta vez no la iba a dejar escapar.
Nos comimos mutuamente durante unos minutos, mientras con mi polla al aire percutía contra sus muslos, intentando que su calentura fuera subiendo de grados. Era una estrategia como cualquier otra. Y parecía funcionar. Su aliento ahora quemaba. Sus gemidos iban subiendo de nivel, además, y tenía que afanarme para que no escaparan al exterior, so pena de que los tres del salón la escucharan a pesar de la distancia que había entre nosotros.
—Estás que ardes, hija de tu madre… —le suspiré entre beso y beso.
—Eres un cerdo… Ni se te ocurra tocarme las tetas.
Lo decía más como una invitación que como una advertencia. Y subí una mano para abrazarlas y amasárselas, que era en realidad lo que pretendía. Ari se encogía mientras le pellizcaba los pezones y, peligrosamente, iba abriendo las piernas debajo de mí.
—¿Así es cómo quieres que «no» te las toque?
—Así… así… no… me las… toques… ni se te ocurra…
Llegado el momento, tuve la sensación de que si no daba el siguiente paso, iba a correrme sobre su ropa y todo habría terminado, y eso me gustaba más bien poco. Con un resto de atrevimiento, bajé la mano libre y agarré mi polla. La dirigí entre sus piernas y no tuve que hacer mucho esfuerzo, simplemente apoyarla entre sus labios por la abertura del short y empujar suavemente. Su vagina se la tragó con ansia hasta que mis pelotas rozaron su culo.
—¿Qué… coño… estás haciendo…? —dijo al sentir que le entraba algo extraño en el bajo vientre.
—¿Tú qué crees…? —la vacilé.
—Hijo de puta… me la has metido… —decía con los ojos apretados y arqueando el cuello hacia adelante.
—Sí… ufff… te la he metido, ¿a qué te gusta?
—Y una… mierda… ooohhh… sácala, joder… no… no te muevas… así… joder… no… aaahhh… hostia… hostia… no… sí…
La tenía dentro, me la estaba follando por fin. Ahora era yo quien mandaba.
—Si apenas me muevo… solo un poco para que la sientas…
—Cabronazo… saca ese monstruo de ahí… —susurró sin mucha fuerza y con un suspiro tembloroso.
—Y una mierda… La tienes dentro, Ari… y es lo que querías, si no, no me habrías vuelto a buscar… Mira como entro y salgo… tu coño hierve y está empapado… Mira cómo te follo… adentro… afuera… adentro… afuera…
Me movía lentamente, con metidas profundas y rítmicas.
—Uffff…. —bufaba la chica cuando mi polla tocaba fondo.
—Dime que te gusta… zorrita… —le retaba.
—Y una mierda… —gemía más que hablaba.
Y ya no esperé más, comencé a culearla con locura. Mi polla rozaba la entrepierna de tela de su pantaloncito. Me iba a señalar la piel, pero no me importaba, follarme aquel coñito era un sueño y ahora estaba haciéndolo realidad, mientras su dueña aún fingía no desearlo.
—Me estás follando, profe, me estás follando… qué cabronazo…
—Sí, Ari, te estoy follando… Ya no aguantaba más… No seas mala y abre más las piernas… Así… muy bien… toma…
—Ay... ay... ay… —replicaba ella.
Le levanté las piernas hasta situar sus pies enfundados en los calcetines rosa mirando al techo. Ari, mientras decía que «no», había abrazado mi cuello con sus manos y la espalda se le encorvaba hacia adelante por el calambre de placer que mi instrumento le provocaba entre los muslos.
—Dime Ari, ¿Qué notas? Ahora la tienes toda dentro, ¿la sientes?
—Cabrón… —suspiraba—. Sí… Mmmm… es como si me hubieras metido un autobús… pedazo de cerdo…
Seguía culeándola sin piedad.
—Despacio, despacio… —pedía.
—Vale, tranquila, que te la meto poco a poco, te lo prometo.
Pero pasaba de mi promesa y la embestía subiendo la velocidad hasta que llegué a un empotramiento absoluto. El colchón gruñía con mis embestidas. Ari había dejado de quejarse y bufaba con el ritmo que le marcaba mi mete saca.
—Ahh-ahh-ahh... —gruñía al compás de mis embestidas.
—¿Te folla así tu novio?, ¿eh? ¿Te folla así tu Chovi? —dije jadeante.
—Puto profe… —gemía enfadada consigo misma por dejarse follar—. Joder, no… no… él es más suave… Podrías follar más lento, cerdo, me vas a desfigurar el coño con ese pollón y mi novio se va a dar cuenta… Como se entere, te mato, hijo de p…
Me incorporé un poco, le tomé un pie embutido en el calcetín rosa y me metí varios dedos en la boca, sin dejar de embestirla como un poseso.
Estaba casi a punto. Sabía que a ella tampoco le faltaba mucho, pero quería dilatar el tiempo porque iba a ser difícil llevarme a aquella mocosa al huerto una vez más. En cuanto me corriera, nuestra historia se habría acabado.
—¿Te vas a… correr? —me dijo de pronto, reaccionando.
—Aún no… me falta un poco…
—Pero no llevas condón, pedazo de cerdo… —tenía cara de susto. Y esta vez iba en serio.
—No… pero tranqui, te la saco y me corro en tus tetitas.
—No, espera, para…
—¿Qué…?
—Quiero que te corras dentro. Si no, me voy a quedar a medias.
—Jajaja —me burlé—. ¿No decías que no querías? Menudo putón estás hecha.
—Serás hijo de puta… Calla de una puñetera vez y soluciona el problema, joder…
—¿Y qué hago? —pregunté atolondrado.
—Pues qué vas a hacer, ¿además de viejo eres idiota…? ¡pues ponerte un condón, subnormal…!
Paré las embestidas y le dije compungido:
—No tengo ninguno, ¿tienes tú?
—Joder, profe, eres un capullo… —se quejó. En el rostro como la grana llevaba impresa la señal de un orgasmo inminente, pero contenido—. Espera, aparta…
No entendía como podía mostrar semejante autodominio, hacía unos segundos estaba a punto de correrse como una cerda, la cara contraída por el hormigueo que le subía por el vientre…
Miró en algunos de los cajones de su mesilla y, al no encontrar lo que buscaba, se tiró de los bajos del mini short y se dirigió hacia la puerta.
—¿Dónde vas? —tragué saliva asustado.
—Pues a por condones… —susurró cabreada—. Se me han acabado los míos, voy a buscar en la habitación de mis padres. Como no tengan me voy a cagar en tus…
—¿¡Qué!? —me estremecí—. No jodas… ¡no, espera…!
Pero ya era tarde, Ari había abierto la puerta y se perdía por el pasillo de la primera planta.
Me tapé como pude y asomé la cabeza. Desde el salón llegaban las voces de la conversación de Paula con los padres de la jovencita. Parecía que la charla era fluida, aunque el que más hablaba era Nacho, para variar.
*
No tardó Ari más de un minuto en regresar. Entró en la habitación a la carrera y se arrodilló a mis pies. Tras rasgar con los dientes el sobre color plata, me colocó el condón con maestría.
—Te está muy justo, tu polla es más grande que la de mi padre, pero es lo que hay.
Respiraba agitada, estaba loca por volver a la cama, el orgasmo contenido luchaba por explotar.
Pero a mí me rondaba otra cosa.
—¿Por qué no me la chupas un poco? Lo haces de maravilla.
—Ni de coña, vamos al lío que no tenemos toda la tarde.
Tiró de mí, se puso en la misma posición de antes y ella misma levantó sus piernas hacia el techo.
—Ahora… venga… métemela despacio, que vaya pollón que tienes, profe…
Dirigí la punta de mi polla entre sus labios vaginales y volví a entrar dentro de ella hasta que mis pelotas tocaron la vulva. Y de nuevo comencé a embestirla de forma salvaje.
La cosa iba in crescendo, nuestros gemidos los ahogábamos comiéndonos la boca para evitar ser oídos. El lento, pero creciente orgasmo se avecinaba a toda velocidad.
Cuando Ari comenzó a botar sobre la cama y a mover las piernas de forma descontrolada, yo aún no había llegado al punto de no retorno. La muy putilla lo había alcanzado antes que yo. La sujeté como pude para evitar ruidos sospechosos y la miraba a los ojos, que se le habían quedado en blanco. Con una mano le tapaba la boca para ahogar sus gritos.
—Joder… joder… —gemía entre mis dedos—. Me corro… cabrón… no pares… dame… dame… no pares… joder, fóllame, profe… no pares, joderrr…
Aguanté los largos segundos que duraron sus espasmos y después me dejé llevar. Mi corrida dentro del condón comenzó a fluir con sacudidas de un placer que hacía años que no sentía al echar un polvo.
Ari debió de renacer ante mis acometidas desesperadas y volvió a correrse.
—Joder… síiii… joder…. —gritaba la putilla—. Dame… más… dame… no pares…
Cuando la tormenta pasó, nos quedamos como muertos. Yo encima de ella y ella desmadejada con sus uñas aún clavadas en mis nalgas. Más tardé comprobé que sus arañazos las habían dejado marcadas con líneas rosadas que iba a tener que mantener ocultas a mi esposa si no quería tener lío en casa.
—¡Vaya polvazo! —le susurraba al oído con la respiración agitada—. ¡Ha sido el polvo del siglo!
—El polvo del siglo de tu put… mad… —se quejaba ella, pero en susurros y acariciándome el pelo con una mano y apretando mi polla con la otra.
Era delicioso sentirse así, tan unidos por el placer. Un placer que me había costado conseguir, pero que había merecido la pena el esfuerzo, a tenor de la mirada de paz de Ari, que observaba el techo de forma serena con los ojos semi cerrados aún.
*
EVA
Después de comer con mi madre y las amigas que habían venido a visitarla, me encerré en mi cuarto. Había dado la excusa de tener un examen al día siguiente y eso me permitió liberarme de aquellas pesadas, que no paraban de hacerme la pelota por ser una chica joven y guapa, además de tener las ideas claras sobre lo que quería hacer con mi vida.
En realidad no era así, pero yo explicaba mi vida futura como influencer en las redes sociales y ellas me escuchaban con la baba colgando. «Viejas pelmas y aburridas», me decía mientras les explicaba cómo se conseguían seguidores en ********* o Tiktok.
Tras cerrar mi habitación por dentro, lo que menos hice fue ponerme a estudiar. El tontaina de don Carlos había aceptado aprobarnos sin dar ni chapa, y yo no estaba dispuesta a perder más tiempo con una asignatura a la que odiaba.
Así que, sin mucho más que hacer, me dediqué a stalkear a mis nuevos seguidores de ********* para aceptar a los «normalitos» y bloquear a los pajilleros y pesados de todo tipo.
Tras la limpieza general, me entretuve en grabar un video para Tiktok. No estaba muy inspirada, así que grabé dos minutos de la primera chorrada que se me ocurrió y la colgué sin revisarla demasiado. Total, a diferencia de lo que presumía ante las amigas de mi madre, mis seguidores no llegaban a cinco mil, por lo que decepcionarlos alguna vez con contenido mediocre tampoco era para echarse a llorar.
Cuando empecé a aburrirme sin nada más que hacer, pensé en llamar a Ari. Quizá ella también tendría ganas de salir, ahora que la tarde se nos había quedado libre gracias a nuestro querido profesor.
Cogí el móvil de la mesilla y vi como un pequeño sobre caía al suelo. Me puse en pie de golpe. Lo que había caído era un regalo que Chovi me había encargado que le entregara a su novia por la mañana y que yo había metido en la funda del móvil para no olvidar el recado.
Había estado en casa de Ari casi dos horas pero, con el lío que se había armado con el profesor, lo había olvidado del todo. Y conociendo a mi hermano, me iba a montar una buena bronca. Le quería un montón, pero tenía que reconocer que a veces se comportaba como un pedazo de animal. Tenía que hacérselo llegar a Ari como fuera antes de que Chovi se enterara de mi olvido.
Marqué a toda prisa el móvil de mi amiga y no respondió. Fuera de cobertura. Qué extraño, pensé. Esperé diez minutos y volví a llamarla. Nada. Cada vez más nerviosa le envié varios mensajes de wasap seguidos. Era un truco que utilizábamos para las urgencias. En lugar de un bip-bip de aviso, cinco o seis seguidos significaban «responde rápido, es urgente».
Volví a esperar varios minutos, pero Ari no llegó ni a recibirlos. ¿Tendría el móvil apagado? Durante todo el tiempo que había vigilado su chat, mi amiga había estado fuera de línea, así que empecé a plantearme que quizá se había quedado sin batería y ni se había dado cuenta.
No podía quedarme sin hacer nada. Tenía que pasar a la acción. Cogí el regalo de Chovi —un anillo de baratija, pero muy bonito, y un verso bobo pero romántico— y me lo metí en un bolsillo. Luego salí de la casa avisando a mi madre que volvería pronto.
La casa de Ari estaba a tan solo trescientos metros de la mía, en un recinto privado de chalets de lujo que se podía recorrer caminando sin temor a ser atropellada por algún loco del volante o asaltada por algún violador salido. Saludé con la mano a los guardias de seguridad que pasaban de ronda en su vehículo y estos me devolvieron el saludo. Con uno de ellos había tenido cierta «amistad personal» no hacía mucho y había confianza.
No corrí, pero anduve a paso rápido y en seguida me planté ante la casa de Ari. Me colé por la puerta del jardín, que nunca cerraban durante el día, y luego entré en la vivienda por el ventanal del salón.
Saludé con un «hola» de pasada y solo Laura me devolvió el saludo levantando una mano. Ari y yo entrábamos y salíamos cada una de la casa de la otra de forma continua y sin dar explicaciones, así que a nadie le extrañó que anduviera por allí.
Subí las escaleras a saltitos y me planté ante la puerta de su habitación. Recordaba la reprimenda de don Carlos, que me había echado en cara que no tuviera la deferencia de llamar a las puertas antes de entrar. Pero estaba ante la puerta del dormitorio de mi mejor amiga, ¿qué podría estar mal si pasaba sin avisar? Si no quería que la molestasen, ya se encargaría ella de echar el pestillo de seguridad.
Sin más, empujé la puerta y me quedé mirando al interior.
La imagen que me encontré me dejó tan alucinada que me convertí de inmediato en estatua de sal.
*
CARLOS
De repente, un ruido en la entrada del cuarto nos sorprendió. Volvimos la cabeza al unísono y vimos abrirse la puerta. A punto estaba de saltar de la cama cuando descubrí a una Eva que al vernos se quedó como congelada. Los ojos los tenía abiertos hasta casi salírsele de las órbitas.
Tras unos segundos de pasmo, Eva comenzó a blasfemar.
—¡Mecagüenlaputa! —soltó enfurecida y alucinada—. ¿Pero se puede saber qué hacéis otra vez?
Pero Ari no se arredró esta vez ante la imprecación de su amiga, que más parecía su jefa por el mando que ejercía sobre ella.
—Eva, por tu padre, ¿te importa entrar y cerrar con pestillo? Y calla para que no nos oigan los de abajo, no me jodas…
—Pero… —dije yo aún jadeante, aunque ahora por el susto—. ¿Por qué no está echado el pestillo de la puerta? ¿No estaba cerrada antes?
—¡Y yo qué sé…! —se quejó la rubia.
De pronto recordé que Ari había ido a buscar condones. Estaba claro que al volver estaba tan cachonda que se había olvidado de asegurarla.
Me levanté y comencé a vestirme. Ari no tuvo más que estirarse el minishort, que no había necesitado quitarse para que la follara.
—¿Qué hago con el condón? —pregunté inocente tras quitármelo y hacerle un nudo.
—Dame, ya lo tiro yo… —dijo Ari y, tomándolo de mi mano, lo metió en un cajón de la mesilla.
Eva nos miraba a ambos con ojos de alucinada, yo abrochándome el cinturón, Ari estirando la colcha de la cama, que había quedado totalmente desordenada. El ceño fruncido de la morena anunciaba tormenta. Su posición en jarras era la guinda que culminaba el pastel de su enfado.
—¿Se puede saber qué ha pasado aquí?
Sentí ganas de reír, pero pude controlarlas. Menuda pregunta, ¿es que le quedaban dudas?
—¿No está claro? —me burlé, aunque débilmente—. Pues que Ari se ha puesto cachonda y me la he tenido que follar.
—Serás cabrón… —se quejó Ari tirándome una almohada—. Aquí el único cachondo has sido tú, que si no me abro de piernas me las rompes.
Eva bufaba viéndonos bromear.
—Pero, por dios, Ari… ¿No habíamos hablado de esto? —la acusó su amiga—. ¿Tú te crees que me gusta ver cómo le pones los cuernos a mi hermano?
Ari pareció arrugarse.
—Ha sido sola una vez… —se disculpó—. Y no va a volver a ocurrir, te lo juro…
—Ya, eso se lo cuentas a otra…
La miré un tanto ofuscado y decidí utilizar un ataque como la mejor defensa.
—No te jode la Evita… —le dije de malos modos pero sin alzar la voz—. Me la pones en bandeja y luego, cuando la chica se calienta, le echas la bronca…
—Tú cállate… —replicó airada—. Esto no va contigo.
—Ah, ¿no? —sus palabras me habían cabreado de lo lindo—. ¿Y con quién va? Porque yo solo veo a un tío en esta habitación, aparte de vosotras. Y resulta que este tío es el que va a poneros buenas notas porque le habéis hecho chantaje.
Eva frunció el ceño ante mi ataque, pero no respondió.
—¿No será que estás celosa? —le solté de repente. Que se jodiera, iba a vacilarla igual que a Ari, y si tenía que follármela, me la follaría también. Aunque tendría que ser otro día, Ari me había dejado la próstata vacía para bastantes horas.
La rubia había vuelto al borde de la cama y a su postura favorita, y nos miraba discutir con una sonrisa.
—¿Qué coño dices? —se quejó Eva, ahora sin bajar el volumen—. ¿Yo celosa… de ti…? Eres un cabrón, pero si te crees que soy tan tonta como esta vas dado. A mí no me folla un idiota como tú…
—Ah, ¿no? —el volumen de mi voz también iba en aumento—. ¿Y a ti quien te folla? Porque si no te gusto yo, quizá es por Ari por la que estás celosa… ¿Eres torti, zorrita?
La sangre se le subió a la cara. Se la veía a punto de blasfemar. Pero cuando iba a contestar, dos golpes en la puerta la detuvieron.
La habíamos fastidiado. Los grititos de la discusión debían de haber llegado hasta la planta baja y alguien más educado que Eva —a tenor de los golpes de llamada en lugar de intentar entrar a degüello— había subido a ver qué pasaba.
Tragué saliva y me giré, decidido a salir de la habitación.
Al abrir la puerta me encontré con Nacho. La cerré tras de mí a toda prisa y me hice el despistado, intentando alejarme camino de las escaleras.
—Se acabaron las clases por hoy… —dije tembloroso, pero el me sujetó por un brazo.
Había alargado el cuello intentando ver el interior mientras yo salía de la habitación y no sabía cuánto habría visto.
—¿Qué pasa ahí dentro que se oye tanto griterío? —dijo con malas pulgas.
Continuará...
Tragué saliva y respiré profundo antes de responder. Ari se había equivocado del todo. No estaba un «poco empalmado», estaba «super» empalmado, a punto de reventar para ser exactos.
—Oh, no… —me excusé—. Es que estos pantalones me van un poco justos.
—Ya, claro… —sonrió pícara—. ¿No será que te empalmas porque te gusto, aunque solo sea un poquito?
La jovencita me estaba vacilando a todas luces. Aquella chica no gustaba «solo un poquito» a nadie. Cualquiera que la conociera tenía por fuerza que estar loco por ella.
—Pues claro que me gustas, Ari… —repuse con sinceridad—. Pero tú tienes novio, ¿no?
—Sí, ya lo sabes…
—Chovi… —dije con extrañeza—. Vaya mote raro, ¿qué significa?
—No es un mote, es su apellido. Es así como le empezaron a llamar sus amigos y así le hemos terminado llamando todos, hasta su propia hermana.
—Ah, ya veo…
—Sí…
—¿Y qué plan tenéis? ¿Vais a casaros, tener niños, compraros una casa?
—Ni idea… vete a saber… de momento nos conformamos con follar juntos… Lo demás lo iremos viendo.
Joder con la chica. Si las chavalas de su generación eran así de claritas, no me quería plantear la idea de divorciarme y tener que volver al mercado. Se me iban a comer vivo.
—Eh… —no sabía qué más decir, aquel charco en que se había metido nuestra conversación no era para un tío de mi edad. Por fin pensé en una salida—. ¿Y Eva?
—¿Qué pasa con Eva?
—Quiero decir que si tiene novio.
—Sí… bueno, no… nada fijo… Se lo pasa bien con unos y con otros…
—Qué bien, ¿no…? —dije y el silencio volvió a instalarse en el cuarto.
De pronto, Ari volvió a cambiar de tercio. El corazón se me saltó un latido cuando hizo la siguiente pregunta.
—Tú me tienes muchas ganas, ¿verdad?
Joder... Vaya si le tenía ganas. ¿En qué lo habría notado? Aquella chica era una lumbreras, pensé con sorna.
—¿Yo, ganas…? ¡Qué va…! —negué mintiendo como un bellaco—. ¿Por qué lo preguntas?
—Lo digo por lo del otro día… —prosiguió—. Mira que hacerme un truco de magia para metérmela en mitad de un orgasmo, cuando yo no podía decir si quería o no…
—Bueno… —busqué una excusa rápida—. Tú te lo habías pasado bomba, yo también tenía derecho, ¿no?
Se rascó la nariz antes de contestar.
—Ya, pero eso no te justifica. En el salón te había dicho que tu pollón era demasiado grande, que me daba cosa que pudieras hacerme daño.
—¿Acaso te dolió?
—Pues… no… —reconoció—. Pero, ¿me la metiste entera?
—Entera…
—Joder… ¿Tan grande tengo el… ese… para que me quepa tanto dentro?
—Pues ya ves, parece que sí.
—De todas formas, no llegaste a moverte, si lo hubieras hecho, tal vez sí me habría dolido…
—No creo, estabas tan húmeda que se entraba y salía de tu chochito con facilidad.
¡Menuda conversación para una tarde de domingo!, me decía. No solo me alucinaba, sino que elevaba mi erección hasta niveles jamás alcanzados con otra mujer, incluida Paula. No sabía si Ari lo estaba buscando o si ese tipo de temas los trataban así, tan sin pudor, los chavales de hoy.
De todas formas, yo era de los que aprendía con rapidez, y poco a poco me iba sintiendo en mi salsa.
*
—¿Te puedo hacer una pregunta… íntima? —le dije sin pensármelo dos veces, siendo yo el que cambiaba de tercio en esta ocasión. Si había que jugar a su juego, pues adelante.
—Puedes preguntar… Pero no te aseguro que te vaya a responder.
Carraspeé y me lancé a la piscina.
—Debajo de esos mini shorts… ¿llevas braguitas?
Ari abrió los ojos, semi espantada.
—Pues no… pero no me digas que se ve algo.
Se inclinó hacia adelante para mirarse entre los muslos.
—Solo un poco, no mucho… —sonreí guasón—. Por eso te lo he preguntado.
Cuando levantó la mirada, ella también sonreía.
—¿No eres un poco mirón tú?
—Sí… pero solo un poco.
—Ya se te ve… cuarentón y viejo verde, menudo partidazo de tío.
—Y con un buen pollón… —le recordé—. Tú misma lo dijiste.
—Eso sí, mira, te lo tengo que reconocer.
Dudé si darle una vuelta de tuerca a la situación. ¿Por qué no?, me dije. Ir un poco más allá tampoco era tan grave teniendo en cuenta hasta dónde había llegado.
—¿Me dejas que te aparte a un lado la tela del pantaloncito entre los muslos? Es por ver lo que hay debajo —le solté sin parpadear.
Con una sonrisa de oreja a oreja se fingió enfadada.
—¡Serás guarro!
Se tapaba la cara, como si se sintiera avergonzada. Yo estaba seguro de que fingía, que se lo estaba pasando en grande vacilando al viejo profe. Aunque tampoco era necesario, teniendo en cuenta que ya nos habíamos dado unos restregones entre los dos y que nos habíamos visto sin ropa. Aunque, desde su punto de vista, aquello no había sido «sexo, sexo», así que tal vez no me dejara llegar más lejos.
—¿Qué más te da? —insistí—. No voy a ver nada que no haya visto antes, como tú dijiste esta mañana.
—Pues sí que me da… porque después de mirar, querrás tocar.
—Te prometo que no…
—Ya, ¿y quién se lo cree…?
Me puse en cuclillas y la miré de frente entre los muslos.
—Pero, ¿qué haces? —rió ruborizada, y esta vez sí que lo estaba de verdad.
—Mirarte como un viejo verde.
Seguía riendo sin poder parar. Después concedió:
—Bueno, está bien, te dejo mirar, pero tú no apartas la tela, la aparto yo…
—Vale… —acepté sin nada que perder.
Ari se retiró hacía un lado la tela que intentaba cubrir su entrepierna sin conseguirlo. Ante mí apareció su rubio y ralo vello púbico. La vulva mostraba un granate subido, y entre los labios se notaba una humedad que rezumaba desde el interior. Estaba claro: Yo podía estar empalmado, pero ella no estaba menos cachonda.
Sin decir nada, estiré una mano y acaricié suave el valle de su vulva, separando los bordes ligeramente. Ari se mordía el labio en silencio mirándome rozarla.
—No toques… —se quejó.
—No toco, solo es un roce.
—Ya… y una mierda…
—Te lo juro…
—Si serás cabrito…
Pensé que me apartaría la mano, pero cerró los ojos y suspiró. Estaba disfrutando.
—Precioso… —le susurré sin miedo a que me cortara.
—¿De… verdad…? —interrogó—. ¿No lo dices por decir?
—Te lo prometo… ¿No lo has mirado nunca con un espejo, como en las pelis?
—No, nunca…
—Pues deberías…
Me eché hacia atrás y me puse en pie, tirando de una de sus manos para que ella también se levantara.
Cuando estuvo a mi lado, Ari temblaba como una hoja.
—¿Qué vas a hacerme? —me preguntó temerosa.
—Solo quiero que bailemos.
—¿Solo?
—Sí, solo…
—Bueno, si no es más que eso…
La abracé y la llevé al ritmo de una música que existía únicamente en nuestra imaginación. Con las manos le apretaba las nalgas y la atraía contra mi polla, que debía sentirla a la altura del ombligo.
No le debió agradar el contacto en esta ocasión.
—No, para…
—Ssshhh… —le decía yo al oído sin permitirla retroceder.
Seguíamos bailando, ahora mis manos en sus caderas.
—Déjame ver tus tetitas, Ari, me muero por verlas de nuevo.
—Ni de coña… Que ya te estás pasando. Ya las has visto antes en el baño. Eres un guarro, ya lo sabía, tenía que haberle hecho caso a Eva…
—Esta mañana no te quejabas tanto.
—Sí, pero esta mañana estaba engañada… Ahora ya sé lo que eres, me lo ha contado mi amiga.
Joder, iba a tener que mantener unas palabras con Eva. ¿Qué diablos le habría contado?
—¿Y qué te ha dicho tu amiga?
—Que no eres trigo limpio. Que embaucas a las chicas, te las tiras, y luego si te vi no me acuerdo.
—De eso nada, yo no soy así…
—Ya, claro, y yo me lo creo…
No estaba para escuchar monsergas, así que le insistí.
—Bueno, bájate el top y ya hablaremos de lo otro.
Ahora aceptó sin rechistar. Se llevó las manos al pecho y sus impúberes tetas quedaron al aire, al alcance de mis manos. Las sobé hasta hartarme con una de ellas, mientras dirigía el baile con la otra, cada vez más pegados.
Ari trató de empujarme de las caderas para alejarme, pero yo sabía que no aplicaba la suficiente fuerza porque estaba muy cerca de rendirse.
—Ari, mírame…
Alzó la mirada. Sus ojos parecían asustados, como abandonados a su suerte. Con las manos le agarré los dos lados de la cara. Luego posé en sus labios un ligero beso. La chica retiraba la boca al principio, pero enseguida claudicó y se dejó hacer. Tras el primer beso hubo un segundo, algo más lascivo esta vez.
—Déjame… —suspiró con mi lengua entre sus labios.
—No te dejo porque no es lo que quieres… —susurré.
—Y una mierda… ya paso de juegos… —protestó—. Si quieres suspenderme, suspéndeme.
Le abrí los labios con los pulgares y entonces me colé en su boca de lleno. Le ardía como un volcán. Con una mano le amasaba las tetas y con la otra la sujetaba de la nuca para que no se echara hacia atrás.
—Joder que buena estás, Ari… —le susurré dentro de la boca—. Y cómo me pones, putilla…
Tembló al escuchar el apelativo, pero no protestó.
Tras intentar liberarse de mi abrazo al inicio del baile, Ari había bajado los brazos y le colgaban a los lados de sus caderas. Estaba casi rendida. Yo la atacaba moviendo mis caderas en un simulacro de follada de pie, aunque nuestras alturas eran muy diferentes al hallarse ella descalza.
—Ari…
—¿Qué…? —jadeó más que habló.
—Te voy a follar…
—No, de verdad… no me folles, por favor…
Aquel ruego mostraba a las claras que podía hacer con ella lo que quisiera, que ya no podía defenderse. Y me la iba a tirar sí o sí. Era nuestro tercer encuentro y las dos primeras veces la ocasión se había frustrado. Esta tenía que ser la vencida.
—Sí, Ari, te voy a follar… Lo necesito y tú también, no me digas que no…
—No quiero, no quiero… —casi gemía—. Si mi novio se entera me mata…
—Pues no se lo decimos. Te follo y nos lo callamos, será nuestro secreto…
—Mmmm… ooohhh… —decía ella mientras le acariciaba la vulva por debajo de los shorts.
Esta vez no se me escapaba, le iba a partir el coño en dos. Y me lo iba a agradecer cuando comenzara a correrse. Ya me encargaría yo de hacer que lo reconociera.
*
Me equivoqué de pleno.
La rubita hizo un quiebro y de pronto todo cambió. Me había estado engañando. Lo que ocurría un momento atrás había sido puro teatro. Ari no estaba rendida ni había perdido el control. Sin mucho esfuerzo se liberó de mí y me empujó hacia atrás con los brazos en mi pecho.
—Vaya profesor cachondo estás hecho… —se burló—. ¿Crees que todas tus alumnas están locas por ti? ¿Qué puedes follártelas con solo chascar los dedos?
—Serás hija de… —me quejé amargamente. Mi erección estaba a punto de reventar.
—Ssshhh, profe… no digas palabrotas —me cortó y soltó una carcajada.
Se volvió a sentar al borde de la cama con las piernas recogidas. Me miraba con guasa. La observé casi enloquecido por las ganas que la tenía. Si no la follaba esa tarde, iba a estar pajeándome durante años recordando aquella escena con la amargura de una batalla perdida contra una mocosa a medio hacer.
No podía permitirlo, tenía que cambiar de estrategia. En un chispazo de lucidez decidí mi siguiente movimiento. Me situé junto a ella y dejé que mis pantalones cayeran a medio muslo. Lo justo para que mi polla quedara liberada y apuntara hacia su rostro. Había admitido que aquel monstruo de carne dura le gustaba, y era el único arma que me quedaba.
Comencé a pajearme con lentitud. Usaba dos dedos en lugar de toda la mano para no ocultar lo que ella miraba con lujuria. La piel de mi aparato subía y bajaba, cubriendo y descubriendo el glande, hinchado y rojo como la grana.
—Menuda polla la tuya… —dijo sonriendo, sin conseguir disimular su inquietud al verla tan cerca de la cara—. Pero si te crees que me impresiona, quítatelo de la cabeza. Ya se me pasó la tontería y ni borracha me la volvería a meter en la boca.
—Ah, ¿no? —la reté y me acerqué aún más a su cara. Ahora mi polla no distaba ni cinco centímetros de sus labios. El «clic-clic» húmedo resonaba en la habitación.
—Ni de coña… no me hace ni cosquillas —susurró y supe que mentía al verla tragar saliva varias veces seguidas.
Seguí con mi paja, siempre de forma lenta. Si aceleraba el ritmo corría el peligro de correrme demasiado pronto y de pringarle la cara sin querer. No podía permitir tal accidente, a riesgo de espantarla y que me mandara a la mierda.
—Vamos, Ari, reconoce que te la comerías con ganas —la vacilé—. Si ya lo has hecho una vez. ¿Qué más te da?
Volví a dar un paso hacia ella y mi glande rozó sus labios. Ari cerró los ojos, apretando mucho los párpados. Pensé que el asunto iba bien.
Mi polla rozaba sus labios de un lado a otro con la guía experta de mi mano. Pensaba que finalmente los abriría y que podría colarme dentro de su boca.
Pero me volví a equivocar.
Ari apoyó las manos en la cama y haciendo palanca se echó hacia atrás. Se movió con soltura sobre el colchón y terminó en la misma posición, pero con la espalda contra el cabecero de la cama.
—Jo-der… —suspiré defraudado.
*
Me había vencido, tenía que reconocerlo. Una puñetera cría me había vacilado de lo lindo… una vez más. Agaché la cabeza y me recoloqué la ropa. A continuación, sin mirarla ni una sola vez, decidí que era hora de escapar de aquel cuarto. Abrí la puerta y, tras salir, la cerré con suavidad para evitar el portazo que me habría gustado dar.
Tras palparme el bulto entre las piernas, comprendí que no podía presentarme de semejante guisa ante sus padres y mi mujer. Así que me dirigí al baño y me refresqué la cara y los brazos hasta que mi erección se redujo a un tamaño presentable.
Por fin, bajé las escaleras hacia el salón y me uní al grupo de adultos que comentaban simplezas sobre la moda actual de la juventud de hoy. ¡Qué sabrían ellos de los jóvenes!, menudos idiotas.
Fin de fiesta
Me uní a la conversación y participé de aquellas sesudas opiniones de gente mayor y «autorizada» sobre lo que los jóvenes debían y no debían hacer, decir o pensar.Paula apenas ocultaba sus bostezos y me miraba de tanto en tanto para empujarme a dar por terminada la quedada. Le di un poco de cuerda a la conversación y, veinte minutos después, decidí que era el momento de dar carpetazo a la tarde.
Me disponía a ello cuando, de repente, me quedé pasmado una vez más: Ari había reaparecido a los pies de la escalera. Caminaba tan silenciosa como un gato y ninguno la habíamos oído bajar.
En esta ocasión Ari no esperó a ser preguntada, sino que comenzó a hablar tan pronto nuestras miradas la apuntaron al unísono.
—Es que… —dijo con voz tímida—. Hay otro problema que no entiendo, y estoy segura de que va a caer en el examen.
Miré a Paula, y ella me devolvió una mirada que podría haber matado a la chiquilla. Luego giré la vista hacia Nacho pidiéndole su opinión. Tampoco parecía muy feliz con los acontecimientos. ¿Estaría mosqueado porque sospechaba algo?, me pregunté.
Al cabo, mi amigo decidió conceder.
—Vale, está bien, pero solo una pregunta más —dijo—. Y que sea la última. Tienes que dejar en paz a tu profesor en su día de descanso. ¿Te importa, Carlos?
—No, claro… —respondí yo, mirando a Paula y volviéndome a encoger de hombros. Mi mujer estaba más que cabreada, pero tampoco se atrevió a meter baza en esta ocasión.
Me puse en pie y por segunda vez seguí a la chavala escaleras arriba.
*
Tras cruzar la puerta y cerrarla por dentro con el pasador, Ari volvió a su anterior posición en la cama, la espalda contra el cabecero.
Se había cruzado de brazos y sonreía burlona. Seguía con su vacile, que parecía entusiasmarla sobremanera. Y el juego recomenzó donde se había quedado minutos antes. Yo dudaba de si jugaba a provocarme y a dejarme al final sin nada o si lo que hacía era para evaluar mi resistencia y mi deseo por ella.
—¿Qué pretendes, Ari? —le dije con malas pulgas—. ¿Quieres aclararte de una vez?
Ella amplió su sonrisa, pero no dijo una palabra.
Y entonces me cansé de sus gilipolleces.
Me dejé caer sobre la cama y gateé hacia su posición. Mientras lo hacía, me desabroché el pantalón y me deshice de él y de los bóxer con los pies. Cuando la tuve a mi alcance, le tiré de las piernas y la acosté todo lo larga que era.
Le acerqué la cara e intenté plantarle un beso en los labios. Ella volvió a esquivarme con un giro de cabeza. Había sido un movimiento leve, sin embargo. Pensé que si volvía a intentarlo, lo conseguiría.
Y no me equivoqué.
*
Le sujeté la cabeza por el cuello y volví a las andadas. Ella se dejó besar, sin abrir la boca en un principio. Finalmente conseguí que lo hiciera y con mi lengua entré en su interior como con un ariete. Ari, por mucho que se resistiera, no podía disimular los jadeos dentro de mi boca, cuando con su lengua se introducía dentro de mí con ansiedad.
Estaba cachonda como una perra y esta vez no la iba a dejar escapar.
Nos comimos mutuamente durante unos minutos, mientras con mi polla al aire percutía contra sus muslos, intentando que su calentura fuera subiendo de grados. Era una estrategia como cualquier otra. Y parecía funcionar. Su aliento ahora quemaba. Sus gemidos iban subiendo de nivel, además, y tenía que afanarme para que no escaparan al exterior, so pena de que los tres del salón la escucharan a pesar de la distancia que había entre nosotros.
—Estás que ardes, hija de tu madre… —le suspiré entre beso y beso.
—Eres un cerdo… Ni se te ocurra tocarme las tetas.
Lo decía más como una invitación que como una advertencia. Y subí una mano para abrazarlas y amasárselas, que era en realidad lo que pretendía. Ari se encogía mientras le pellizcaba los pezones y, peligrosamente, iba abriendo las piernas debajo de mí.
—¿Así es cómo quieres que «no» te las toque?
—Así… así… no… me las… toques… ni se te ocurra…
Llegado el momento, tuve la sensación de que si no daba el siguiente paso, iba a correrme sobre su ropa y todo habría terminado, y eso me gustaba más bien poco. Con un resto de atrevimiento, bajé la mano libre y agarré mi polla. La dirigí entre sus piernas y no tuve que hacer mucho esfuerzo, simplemente apoyarla entre sus labios por la abertura del short y empujar suavemente. Su vagina se la tragó con ansia hasta que mis pelotas rozaron su culo.
—¿Qué… coño… estás haciendo…? —dijo al sentir que le entraba algo extraño en el bajo vientre.
—¿Tú qué crees…? —la vacilé.
—Hijo de puta… me la has metido… —decía con los ojos apretados y arqueando el cuello hacia adelante.
—Sí… ufff… te la he metido, ¿a qué te gusta?
—Y una… mierda… ooohhh… sácala, joder… no… no te muevas… así… joder… no… aaahhh… hostia… hostia… no… sí…
La tenía dentro, me la estaba follando por fin. Ahora era yo quien mandaba.
—Si apenas me muevo… solo un poco para que la sientas…
—Cabronazo… saca ese monstruo de ahí… —susurró sin mucha fuerza y con un suspiro tembloroso.
—Y una mierda… La tienes dentro, Ari… y es lo que querías, si no, no me habrías vuelto a buscar… Mira como entro y salgo… tu coño hierve y está empapado… Mira cómo te follo… adentro… afuera… adentro… afuera…
Me movía lentamente, con metidas profundas y rítmicas.
—Uffff…. —bufaba la chica cuando mi polla tocaba fondo.
—Dime que te gusta… zorrita… —le retaba.
—Y una mierda… —gemía más que hablaba.
Y ya no esperé más, comencé a culearla con locura. Mi polla rozaba la entrepierna de tela de su pantaloncito. Me iba a señalar la piel, pero no me importaba, follarme aquel coñito era un sueño y ahora estaba haciéndolo realidad, mientras su dueña aún fingía no desearlo.
—Me estás follando, profe, me estás follando… qué cabronazo…
—Sí, Ari, te estoy follando… Ya no aguantaba más… No seas mala y abre más las piernas… Así… muy bien… toma…
—Ay... ay... ay… —replicaba ella.
Le levanté las piernas hasta situar sus pies enfundados en los calcetines rosa mirando al techo. Ari, mientras decía que «no», había abrazado mi cuello con sus manos y la espalda se le encorvaba hacia adelante por el calambre de placer que mi instrumento le provocaba entre los muslos.
—Dime Ari, ¿Qué notas? Ahora la tienes toda dentro, ¿la sientes?
—Cabrón… —suspiraba—. Sí… Mmmm… es como si me hubieras metido un autobús… pedazo de cerdo…
Seguía culeándola sin piedad.
—Despacio, despacio… —pedía.
—Vale, tranquila, que te la meto poco a poco, te lo prometo.
Pero pasaba de mi promesa y la embestía subiendo la velocidad hasta que llegué a un empotramiento absoluto. El colchón gruñía con mis embestidas. Ari había dejado de quejarse y bufaba con el ritmo que le marcaba mi mete saca.
—Ahh-ahh-ahh... —gruñía al compás de mis embestidas.
—¿Te folla así tu novio?, ¿eh? ¿Te folla así tu Chovi? —dije jadeante.
—Puto profe… —gemía enfadada consigo misma por dejarse follar—. Joder, no… no… él es más suave… Podrías follar más lento, cerdo, me vas a desfigurar el coño con ese pollón y mi novio se va a dar cuenta… Como se entere, te mato, hijo de p…
Me incorporé un poco, le tomé un pie embutido en el calcetín rosa y me metí varios dedos en la boca, sin dejar de embestirla como un poseso.
Estaba casi a punto. Sabía que a ella tampoco le faltaba mucho, pero quería dilatar el tiempo porque iba a ser difícil llevarme a aquella mocosa al huerto una vez más. En cuanto me corriera, nuestra historia se habría acabado.
—¿Te vas a… correr? —me dijo de pronto, reaccionando.
—Aún no… me falta un poco…
—Pero no llevas condón, pedazo de cerdo… —tenía cara de susto. Y esta vez iba en serio.
—No… pero tranqui, te la saco y me corro en tus tetitas.
—No, espera, para…
—¿Qué…?
—Quiero que te corras dentro. Si no, me voy a quedar a medias.
—Jajaja —me burlé—. ¿No decías que no querías? Menudo putón estás hecha.
—Serás hijo de puta… Calla de una puñetera vez y soluciona el problema, joder…
—¿Y qué hago? —pregunté atolondrado.
—Pues qué vas a hacer, ¿además de viejo eres idiota…? ¡pues ponerte un condón, subnormal…!
Paré las embestidas y le dije compungido:
—No tengo ninguno, ¿tienes tú?
—Joder, profe, eres un capullo… —se quejó. En el rostro como la grana llevaba impresa la señal de un orgasmo inminente, pero contenido—. Espera, aparta…
No entendía como podía mostrar semejante autodominio, hacía unos segundos estaba a punto de correrse como una cerda, la cara contraída por el hormigueo que le subía por el vientre…
Miró en algunos de los cajones de su mesilla y, al no encontrar lo que buscaba, se tiró de los bajos del mini short y se dirigió hacia la puerta.
—¿Dónde vas? —tragué saliva asustado.
—Pues a por condones… —susurró cabreada—. Se me han acabado los míos, voy a buscar en la habitación de mis padres. Como no tengan me voy a cagar en tus…
—¿¡Qué!? —me estremecí—. No jodas… ¡no, espera…!
Pero ya era tarde, Ari había abierto la puerta y se perdía por el pasillo de la primera planta.
Me tapé como pude y asomé la cabeza. Desde el salón llegaban las voces de la conversación de Paula con los padres de la jovencita. Parecía que la charla era fluida, aunque el que más hablaba era Nacho, para variar.
*
No tardó Ari más de un minuto en regresar. Entró en la habitación a la carrera y se arrodilló a mis pies. Tras rasgar con los dientes el sobre color plata, me colocó el condón con maestría.
—Te está muy justo, tu polla es más grande que la de mi padre, pero es lo que hay.
Respiraba agitada, estaba loca por volver a la cama, el orgasmo contenido luchaba por explotar.
Pero a mí me rondaba otra cosa.
—¿Por qué no me la chupas un poco? Lo haces de maravilla.
—Ni de coña, vamos al lío que no tenemos toda la tarde.
Tiró de mí, se puso en la misma posición de antes y ella misma levantó sus piernas hacia el techo.
—Ahora… venga… métemela despacio, que vaya pollón que tienes, profe…
Dirigí la punta de mi polla entre sus labios vaginales y volví a entrar dentro de ella hasta que mis pelotas tocaron la vulva. Y de nuevo comencé a embestirla de forma salvaje.
La cosa iba in crescendo, nuestros gemidos los ahogábamos comiéndonos la boca para evitar ser oídos. El lento, pero creciente orgasmo se avecinaba a toda velocidad.
Cuando Ari comenzó a botar sobre la cama y a mover las piernas de forma descontrolada, yo aún no había llegado al punto de no retorno. La muy putilla lo había alcanzado antes que yo. La sujeté como pude para evitar ruidos sospechosos y la miraba a los ojos, que se le habían quedado en blanco. Con una mano le tapaba la boca para ahogar sus gritos.
—Joder… joder… —gemía entre mis dedos—. Me corro… cabrón… no pares… dame… dame… no pares… joder, fóllame, profe… no pares, joderrr…
Aguanté los largos segundos que duraron sus espasmos y después me dejé llevar. Mi corrida dentro del condón comenzó a fluir con sacudidas de un placer que hacía años que no sentía al echar un polvo.
Ari debió de renacer ante mis acometidas desesperadas y volvió a correrse.
—Joder… síiii… joder…. —gritaba la putilla—. Dame… más… dame… no pares…
Cuando la tormenta pasó, nos quedamos como muertos. Yo encima de ella y ella desmadejada con sus uñas aún clavadas en mis nalgas. Más tardé comprobé que sus arañazos las habían dejado marcadas con líneas rosadas que iba a tener que mantener ocultas a mi esposa si no quería tener lío en casa.
—¡Vaya polvazo! —le susurraba al oído con la respiración agitada—. ¡Ha sido el polvo del siglo!
—El polvo del siglo de tu put… mad… —se quejaba ella, pero en susurros y acariciándome el pelo con una mano y apretando mi polla con la otra.
Era delicioso sentirse así, tan unidos por el placer. Un placer que me había costado conseguir, pero que había merecido la pena el esfuerzo, a tenor de la mirada de paz de Ari, que observaba el techo de forma serena con los ojos semi cerrados aún.
*
EVA
Después de comer con mi madre y las amigas que habían venido a visitarla, me encerré en mi cuarto. Había dado la excusa de tener un examen al día siguiente y eso me permitió liberarme de aquellas pesadas, que no paraban de hacerme la pelota por ser una chica joven y guapa, además de tener las ideas claras sobre lo que quería hacer con mi vida.
En realidad no era así, pero yo explicaba mi vida futura como influencer en las redes sociales y ellas me escuchaban con la baba colgando. «Viejas pelmas y aburridas», me decía mientras les explicaba cómo se conseguían seguidores en ********* o Tiktok.
Tras cerrar mi habitación por dentro, lo que menos hice fue ponerme a estudiar. El tontaina de don Carlos había aceptado aprobarnos sin dar ni chapa, y yo no estaba dispuesta a perder más tiempo con una asignatura a la que odiaba.
Así que, sin mucho más que hacer, me dediqué a stalkear a mis nuevos seguidores de ********* para aceptar a los «normalitos» y bloquear a los pajilleros y pesados de todo tipo.
Tras la limpieza general, me entretuve en grabar un video para Tiktok. No estaba muy inspirada, así que grabé dos minutos de la primera chorrada que se me ocurrió y la colgué sin revisarla demasiado. Total, a diferencia de lo que presumía ante las amigas de mi madre, mis seguidores no llegaban a cinco mil, por lo que decepcionarlos alguna vez con contenido mediocre tampoco era para echarse a llorar.
Cuando empecé a aburrirme sin nada más que hacer, pensé en llamar a Ari. Quizá ella también tendría ganas de salir, ahora que la tarde se nos había quedado libre gracias a nuestro querido profesor.
Cogí el móvil de la mesilla y vi como un pequeño sobre caía al suelo. Me puse en pie de golpe. Lo que había caído era un regalo que Chovi me había encargado que le entregara a su novia por la mañana y que yo había metido en la funda del móvil para no olvidar el recado.
Había estado en casa de Ari casi dos horas pero, con el lío que se había armado con el profesor, lo había olvidado del todo. Y conociendo a mi hermano, me iba a montar una buena bronca. Le quería un montón, pero tenía que reconocer que a veces se comportaba como un pedazo de animal. Tenía que hacérselo llegar a Ari como fuera antes de que Chovi se enterara de mi olvido.
Marqué a toda prisa el móvil de mi amiga y no respondió. Fuera de cobertura. Qué extraño, pensé. Esperé diez minutos y volví a llamarla. Nada. Cada vez más nerviosa le envié varios mensajes de wasap seguidos. Era un truco que utilizábamos para las urgencias. En lugar de un bip-bip de aviso, cinco o seis seguidos significaban «responde rápido, es urgente».
Volví a esperar varios minutos, pero Ari no llegó ni a recibirlos. ¿Tendría el móvil apagado? Durante todo el tiempo que había vigilado su chat, mi amiga había estado fuera de línea, así que empecé a plantearme que quizá se había quedado sin batería y ni se había dado cuenta.
No podía quedarme sin hacer nada. Tenía que pasar a la acción. Cogí el regalo de Chovi —un anillo de baratija, pero muy bonito, y un verso bobo pero romántico— y me lo metí en un bolsillo. Luego salí de la casa avisando a mi madre que volvería pronto.
La casa de Ari estaba a tan solo trescientos metros de la mía, en un recinto privado de chalets de lujo que se podía recorrer caminando sin temor a ser atropellada por algún loco del volante o asaltada por algún violador salido. Saludé con la mano a los guardias de seguridad que pasaban de ronda en su vehículo y estos me devolvieron el saludo. Con uno de ellos había tenido cierta «amistad personal» no hacía mucho y había confianza.
No corrí, pero anduve a paso rápido y en seguida me planté ante la casa de Ari. Me colé por la puerta del jardín, que nunca cerraban durante el día, y luego entré en la vivienda por el ventanal del salón.
Saludé con un «hola» de pasada y solo Laura me devolvió el saludo levantando una mano. Ari y yo entrábamos y salíamos cada una de la casa de la otra de forma continua y sin dar explicaciones, así que a nadie le extrañó que anduviera por allí.
Subí las escaleras a saltitos y me planté ante la puerta de su habitación. Recordaba la reprimenda de don Carlos, que me había echado en cara que no tuviera la deferencia de llamar a las puertas antes de entrar. Pero estaba ante la puerta del dormitorio de mi mejor amiga, ¿qué podría estar mal si pasaba sin avisar? Si no quería que la molestasen, ya se encargaría ella de echar el pestillo de seguridad.
Sin más, empujé la puerta y me quedé mirando al interior.
La imagen que me encontré me dejó tan alucinada que me convertí de inmediato en estatua de sal.
*
CARLOS
De repente, un ruido en la entrada del cuarto nos sorprendió. Volvimos la cabeza al unísono y vimos abrirse la puerta. A punto estaba de saltar de la cama cuando descubrí a una Eva que al vernos se quedó como congelada. Los ojos los tenía abiertos hasta casi salírsele de las órbitas.
Tras unos segundos de pasmo, Eva comenzó a blasfemar.
—¡Mecagüenlaputa! —soltó enfurecida y alucinada—. ¿Pero se puede saber qué hacéis otra vez?
Pero Ari no se arredró esta vez ante la imprecación de su amiga, que más parecía su jefa por el mando que ejercía sobre ella.
—Eva, por tu padre, ¿te importa entrar y cerrar con pestillo? Y calla para que no nos oigan los de abajo, no me jodas…
—Pero… —dije yo aún jadeante, aunque ahora por el susto—. ¿Por qué no está echado el pestillo de la puerta? ¿No estaba cerrada antes?
—¡Y yo qué sé…! —se quejó la rubia.
De pronto recordé que Ari había ido a buscar condones. Estaba claro que al volver estaba tan cachonda que se había olvidado de asegurarla.
Me levanté y comencé a vestirme. Ari no tuvo más que estirarse el minishort, que no había necesitado quitarse para que la follara.
—¿Qué hago con el condón? —pregunté inocente tras quitármelo y hacerle un nudo.
—Dame, ya lo tiro yo… —dijo Ari y, tomándolo de mi mano, lo metió en un cajón de la mesilla.
Eva nos miraba a ambos con ojos de alucinada, yo abrochándome el cinturón, Ari estirando la colcha de la cama, que había quedado totalmente desordenada. El ceño fruncido de la morena anunciaba tormenta. Su posición en jarras era la guinda que culminaba el pastel de su enfado.
—¿Se puede saber qué ha pasado aquí?
Sentí ganas de reír, pero pude controlarlas. Menuda pregunta, ¿es que le quedaban dudas?
—¿No está claro? —me burlé, aunque débilmente—. Pues que Ari se ha puesto cachonda y me la he tenido que follar.
—Serás cabrón… —se quejó Ari tirándome una almohada—. Aquí el único cachondo has sido tú, que si no me abro de piernas me las rompes.
Eva bufaba viéndonos bromear.
—Pero, por dios, Ari… ¿No habíamos hablado de esto? —la acusó su amiga—. ¿Tú te crees que me gusta ver cómo le pones los cuernos a mi hermano?
Ari pareció arrugarse.
—Ha sido sola una vez… —se disculpó—. Y no va a volver a ocurrir, te lo juro…
—Ya, eso se lo cuentas a otra…
La miré un tanto ofuscado y decidí utilizar un ataque como la mejor defensa.
—No te jode la Evita… —le dije de malos modos pero sin alzar la voz—. Me la pones en bandeja y luego, cuando la chica se calienta, le echas la bronca…
—Tú cállate… —replicó airada—. Esto no va contigo.
—Ah, ¿no? —sus palabras me habían cabreado de lo lindo—. ¿Y con quién va? Porque yo solo veo a un tío en esta habitación, aparte de vosotras. Y resulta que este tío es el que va a poneros buenas notas porque le habéis hecho chantaje.
Eva frunció el ceño ante mi ataque, pero no respondió.
—¿No será que estás celosa? —le solté de repente. Que se jodiera, iba a vacilarla igual que a Ari, y si tenía que follármela, me la follaría también. Aunque tendría que ser otro día, Ari me había dejado la próstata vacía para bastantes horas.
La rubia había vuelto al borde de la cama y a su postura favorita, y nos miraba discutir con una sonrisa.
—¿Qué coño dices? —se quejó Eva, ahora sin bajar el volumen—. ¿Yo celosa… de ti…? Eres un cabrón, pero si te crees que soy tan tonta como esta vas dado. A mí no me folla un idiota como tú…
—Ah, ¿no? —el volumen de mi voz también iba en aumento—. ¿Y a ti quien te folla? Porque si no te gusto yo, quizá es por Ari por la que estás celosa… ¿Eres torti, zorrita?
La sangre se le subió a la cara. Se la veía a punto de blasfemar. Pero cuando iba a contestar, dos golpes en la puerta la detuvieron.
La habíamos fastidiado. Los grititos de la discusión debían de haber llegado hasta la planta baja y alguien más educado que Eva —a tenor de los golpes de llamada en lugar de intentar entrar a degüello— había subido a ver qué pasaba.
Tragué saliva y me giré, decidido a salir de la habitación.
La pillada
Al abrir la puerta me encontré con Nacho. La cerré tras de mí a toda prisa y me hice el despistado, intentando alejarme camino de las escaleras.
—Se acabaron las clases por hoy… —dije tembloroso, pero el me sujetó por un brazo.
Había alargado el cuello intentando ver el interior mientras yo salía de la habitación y no sabía cuánto habría visto.
—¿Qué pasa ahí dentro que se oye tanto griterío? —dijo con malas pulgas.
Continuará...