Mi tía soltera y su secreto con el negro: cómo empecé a obsesionarme y acabé follándomela

Capítulo 4: Día de tormenta


Volvimos de la casa rural el domingo por la tarde, los dos en silencio casi todo el camino. Ella conducía, yo la miraba de reojo: short vaquero cortísimo, camiseta fina, pezones marcándose con cada bache. En casa, normalidad fingida: cena rápida, “qué cansados estamos”, cada uno a su cuarto. Pero el aire estaba espeso, como si los dos supiéramos que la cosa iba a explotar pronto.


Esa misma noche, sobre las once, empezó un día de tormenta de los que quitan el hipo: truenos que hacían vibrar las paredes, relámpagos iluminando el salón entero, lluvia golpeando los cristales como si quisiera entrar. De repente ¡zas!, se fue la luz. Todo negro, solo el ruido de la tormenta y los flashes blancos.


Mi tía salió al pasillo con el móvil como linterna.


—Joder, qué puto apagón —dijo riéndose nerviosa—. Voy a ver si subo la palanca, a lo mejor es el diferencial con los rayos. Quédate aquí.


Volvió un minuto después, con una sonrisa triunfal: las luces del salón se encendieron suaves, la tele se quedó en standby.


—¡Ya está! Menos mal, porque con esta oscuridad me ponía de los nervios.


Se sentó de nuevo en el sofá, más pegada a mí que antes.


—Venga, ahora que hay luz, pongamos una peli en la tele. Algo ligero para relajarnos con esta tormenta.


Buscó en la smart TV y puso una de esas películas eróticas softcore: escenas de sexo sugeridas, cuerpos desnudos en penumbra, besos profundos, gemidos suaves y lentos. Al principio nos reíamos, “mira qué mal besan”, “esto es de risa”, pero el vino que nos habíamos abierto empezaba a subir y la cosa cambió de tono rápido.


Ella se acurrucó a mi lado “porque tengo frío”, cabeza en mi hombro, una pierna sobre la mía. Yo ya estaba tieso desde la primera escena caliente. La peli avanzaba, más explícita: una tía chupando, otro metiéndola despacio… y noté que ella empezaba a moverse inquieta. De repente, sin decir nada, metió la mano por debajo de su camiseta larga de dormir, despacio, y empezó a tocarse. No la veía del todo, pero el movimiento de su brazo, el suspiro bajito que soltó… joder.


Yo no pude más. Me bajé un poco el pantalón corto, saqué la polla dura y empecé a pajearme lento, sin dejar de mirar la tele… pero sobre todo mirándola a ella de reojo. Ella se dio cuenta al instante. Se giró un poco hacia mí, me miró fijamente a los ojos con esa cara de puta contenida, y se subió la camiseta hasta la cintura. Se abrió de piernas lo justo para que viera todo: coño depilado, brillante de lo mojada que estaba, dedos metiéndose y saliendo despacio.


—Joder… —murmuré sin poder evitarlo.


Ella sonrió leve, mordiéndose el labio, y aceleró el ritmo. Yo hice lo mismo, pajeándome más fuerte, los ojos clavados en su coño, en cómo se abría y cerraba con los dedos. Los gemidos de la peli se mezclaban con los nuestros, respiraciones agitadas, el sonido húmedo de sus dedos y de mi mano en la polla. Nos mirábamos directo a los ojos, sin tocarnos, pero como si estuviéramos follando con la mirada.


Ella empezó a jadear más fuerte, “mmm… sí…”, las tetas duras moviéndose bajo la camiseta, pezones como piedras marcándose. Yo sentía que iba a reventar. De repente se tensó, arqueó la espalda, metió los dedos hasta el fondo y se corrió temblando entera, soltando un gemido profundo y largo, el coño contrayéndose visiblemente.


Verla correrse así fue demasiado: aceleré la mano y me corrí fuerte, chorros calientes saliendo por encima de mi estómago y mi camiseta, mientras ella seguía mirándome, jadeando, como si estuviera exprimiéndome con los ojos.


Cuando terminamos, nos quedamos un segundo en silencio, respirando pesado. La peli seguía sonando de fondo. Ella se bajó la camiseta rápido, se pasó la mano por el pelo y dijo con voz temblorosa:


—Uy… el vino me ha subido demasiado… Me voy a la cama antes de que vuelva a irse la luz.


Se levantó, contoneando el culo, y se metió en su cuarto sin mirar atrás. Yo me quedé allí, con la polla aún goteando, el salón oliendo a sexo y a tormenta, el corazón a mil.


Al día siguiente, por la mañana, todo “normal”: ella en la cocina preparando café, sonrisa inocente, “qué nochecita de tormenta, ¿eh?”. Pero cuando pasó por mi lado para coger la taza, me rozó la polla con la mano “sin querer”, me miró un segundo con esa cara de zorra y siguió como si nada.
 
Capítulo 4: Día de tormenta


Volvimos de la casa rural el domingo por la tarde, los dos en silencio casi todo el camino. Ella conducía, yo la miraba de reojo: short vaquero cortísimo, camiseta fina, pezones marcándose con cada bache. En casa, normalidad fingida: cena rápida, “qué cansados estamos”, cada uno a su cuarto. Pero el aire estaba espeso, como si los dos supiéramos que la cosa iba a explotar pronto.


Esa misma noche, sobre las once, empezó un día de tormenta de los que quitan el hipo: truenos que hacían vibrar las paredes, relámpagos iluminando el salón entero, lluvia golpeando los cristales como si quisiera entrar. De repente ¡zas!, se fue la luz. Todo negro, solo el ruido de la tormenta y los flashes blancos.


Mi tía salió al pasillo con el móvil como linterna.


—Joder, qué puto apagón —dijo riéndose nerviosa—. Voy a ver si subo la palanca, a lo mejor es el diferencial con los rayos. Quédate aquí.


Volvió un minuto después, con una sonrisa triunfal: las luces del salón se encendieron suaves, la tele se quedó en standby.


—¡Ya está! Menos mal, porque con esta oscuridad me ponía de los nervios.


Se sentó de nuevo en el sofá, más pegada a mí que antes.


—Venga, ahora que hay luz, pongamos una peli en la tele. Algo ligero para relajarnos con esta tormenta.


Buscó en la smart TV y puso una de esas películas eróticas softcore: escenas de sexo sugeridas, cuerpos desnudos en penumbra, besos profundos, gemidos suaves y lentos. Al principio nos reíamos, “mira qué mal besan”, “esto es de risa”, pero el vino que nos habíamos abierto empezaba a subir y la cosa cambió de tono rápido.


Ella se acurrucó a mi lado “porque tengo frío”, cabeza en mi hombro, una pierna sobre la mía. Yo ya estaba tieso desde la primera escena caliente. La peli avanzaba, más explícita: una tía chupando, otro metiéndola despacio… y noté que ella empezaba a moverse inquieta. De repente, sin decir nada, metió la mano por debajo de su camiseta larga de dormir, despacio, y empezó a tocarse. No la veía del todo, pero el movimiento de su brazo, el suspiro bajito que soltó… joder.


Yo no pude más. Me bajé un poco el pantalón corto, saqué la polla dura y empecé a pajearme lento, sin dejar de mirar la tele… pero sobre todo mirándola a ella de reojo. Ella se dio cuenta al instante. Se giró un poco hacia mí, me miró fijamente a los ojos con esa cara de puta contenida, y se subió la camiseta hasta la cintura. Se abrió de piernas lo justo para que viera todo: coño depilado, brillante de lo mojada que estaba, dedos metiéndose y saliendo despacio.


—Joder… —murmuré sin poder evitarlo.


Ella sonrió leve, mordiéndose el labio, y aceleró el ritmo. Yo hice lo mismo, pajeándome más fuerte, los ojos clavados en su coño, en cómo se abría y cerraba con los dedos. Los gemidos de la peli se mezclaban con los nuestros, respiraciones agitadas, el sonido húmedo de sus dedos y de mi mano en la polla. Nos mirábamos directo a los ojos, sin tocarnos, pero como si estuviéramos follando con la mirada.


Ella empezó a jadear más fuerte, “mmm… sí…”, las tetas duras moviéndose bajo la camiseta, pezones como piedras marcándose. Yo sentía que iba a reventar. De repente se tensó, arqueó la espalda, metió los dedos hasta el fondo y se corrió temblando entera, soltando un gemido profundo y largo, el coño contrayéndose visiblemente.


Verla correrse así fue demasiado: aceleré la mano y me corrí fuerte, chorros calientes saliendo por encima de mi estómago y mi camiseta, mientras ella seguía mirándome, jadeando, como si estuviera exprimiéndome con los ojos.


Cuando terminamos, nos quedamos un segundo en silencio, respirando pesado. La peli seguía sonando de fondo. Ella se bajó la camiseta rápido, se pasó la mano por el pelo y dijo con voz temblorosa:


—Uy… el vino me ha subido demasiado… Me voy a la cama antes de que vuelva a irse la luz.


Se levantó, contoneando el culo, y se metió en su cuarto sin mirar atrás. Yo me quedé allí, con la polla aún goteando, el salón oliendo a sexo y a tormenta, el corazón a mil.


Al día siguiente, por la mañana, todo “normal”: ella en la cocina preparando café, sonrisa inocente, “qué nochecita de tormenta, ¿eh?”. Pero cuando pasó por mi lado para coger la taza, me rozó la polla con la mano “sin querer”, me miró un segundo con esa cara de zorra y siguió como si nada.
Ufff
 
Capítulo 5: La noche que por fin pasó todo


Después de la paja mutua viendo la peli, el piso se convirtió en una puta olla a presión. Durante días nos mirábamos como animales en celo: roces “sin querer” en la cocina, ella saliendo del baño con la toalla abierta un segundo de más, yo pillándola inclinada recogiendo algo del suelo sin bragas debajo del vestido… Pero ninguno decía nada. Hasta esa noche.


Era viernes, ella había salido con “amigas” y volvió tarde, sobre las 2 de la mañana. Yo estaba despierto en el sofá viendo la tele con el volumen bajo, polla medio dura solo de pensar en ella. Entró oliendo a alcohol, perfume y algo más… sexo reciente. Llevaba un vestido negro corto, ajustado, que se le pegaba al cuerpo sudoroso. Se quitó los tacones de una patada, se dejó caer a mi lado y suspiró.


—Joder, qué noche… —dijo, mirándome con ojos vidriosos—. ¿Tú qué hacías despierto?


Le dije que no podía dormir. Ella se rio bajito, se acercó más y apoyó la cabeza en mi hombro. Noté que no llevaba sujetador, las tetas duras rozándome el brazo. Empezamos a hablar de tonterías, pero el ambiente se cargó rápido. De repente me miró fijo y susurró:


—No puedo más con esto, sobrino. Me tienes loca desde hace semanas.


No esperé ni un segundo. La cogí por la nuca y la besé fuerte, metiendo la lengua hasta el fondo. Ella respondió como una desesperada, mordiéndome el labio, gimiendo en mi boca. Nos levantamos del sofá sin soltarnos, besándonos por el pasillo hasta su habitación. La empujé contra la puerta cerrada, le subí el vestido y metí la mano entre sus piernas: el coño estaba empapado, sin bragas, los labios hinchados y calientes.


—Joder, estás chorreando… —le dije al oído.


Ella se rio con voz ronca:


—Llevo toda la noche pensando en tu polla mientras me follaban… pero no era suficiente. Quiero la tuya.


La tiré en la cama de espaldas. Le arranqué el vestido por encima de la cabeza, quedando desnuda: tetas pequeñas y duras, pezones rosados tiesos como balas, coño depilado brillando de lo mojada, culo redondo y firme. Me quité la ropa en dos segundos, la polla tiesa apuntando al techo, venosa y goteando precum.


Me subí encima, le abrí las piernas de par en par y me puse a comerle el coño como un loco. Lamía el clítoris hinchado, metía la lengua dentro, chupaba los labios… Ella se retorcía, agarrándome del pelo, gritando:


—SÍ, joder… méteme la lengua… come ese coño que es tuyo…


Le metí dos dedos mientras le chupaba el clítoris, curvándolos hacia arriba, buscando el punto. Se corrió en menos de un minuto, temblando entera, chorros de squirt mojándome la cara y la barbilla, gritando mi nombre como una puta en celo.


No esperé a que se recuperara. Me puse de rodillas entre sus piernas, le puse la polla en la entrada y empujé despacio. Entré de una embestida hasta el fondo: su coño era estrecho, caliente, apretaba como un puño. Ella arqueó la espalda, clavándome las uñas en la espalda:


—JODER… qué pollón… me estás partiendo…


Empecé a bombear fuerte, saliendo casi del todo y clavándola hasta los huevos cada vez. El sonido de los coños mojados chocando llenaba la habitación, sus tetas temblando con cada embestida, pezones duros rozándome el pecho. Ella me rodeó con las piernas, clavándome los talones en el culo para que entrara más profundo.


—Córrete dentro… lléname… quiero sentir tu leche caliente…


Cambiamos de postura: la puse a cuatro patas, culo en pompa, ese culo duro y redondo perfecto. Le di palmadas fuertes mientras la follaba por detrás, viendo cómo mi polla entraba y salía, cubierta de sus jugos. Le metí un dedo en el culo mientras la penetraba, y ella se volvió loca:


—SÍ… métemelo todo… fóllame como a una puta…


Aceleré el ritmo, agarrándola de las caderas, embistiendo como un animal. Sentí que me corría:


—Voy a correrme… joder…


—Dentro… ¡dentro, coño! —gritó ella.


Me corrí fuerte, chorros calientes llenándole el coño, sintiendo cómo su vagina se contraía ordeñándome hasta la última gota. Ella se corrió otra vez al sentirlo, temblando, gimiendo ronco, el culo apretado contra mi pelvis.


Nos quedamos así un rato, jadeando, mi polla aún dentro, goteando semen mezclado con sus jugos. Luego salí despacio, viendo cómo la corrida blanca se le escapaba del coño abierto y le bajaba por los muslos morenos.


Se giró, me besó lento, con lengua, y susurró:


—Esto no ha sido la última vez, sobrino. Ahora que te he probado, no voy a parar.


Al día siguiente, por la mañana, desayunamos como siempre… pero con sonrisas cómplices, roces descarados y la promesa de que la próxima vez iba a ser aún más heavy.
 
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