Mi tía soltera y su secreto con el negro: cómo empecé a obsesionarme y acabé follándomela

gendickplus

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Hola pajeros del foro, os voy a contar mi historia con mi tía, la hermana de mi madre. Ella tiene 42 tacos pero está como un tren: morena, piel bronceada de tomar el sol, cuerpo fit de gimnasio con tetas pequeñas pero durísimas y puntiagudas, de esas que no caen ni un milímetro, con pezones rosados que se marcan en cualquier camiseta. Y el culo… joder, un culo grande, redondo y duro como piedra, de esos que te ponen la polla tiesa solo con verla caminar. Piernas tonificadas, cintura estrecha, toda una MILF que parece de 30. Os juro que desde que empecé a vivir con ella, no podía dejar de mirarla.


Capítulo 1: Viviendo con ella y descubriendo sus puterías


Todo empezó cuando me matriculé en la uni en su ciudad. Mis padres viven a tres horas de distancia, así que me ofrecieron quedarme en su piso para ahorrar pasta. Mi tía Marta estaba soltera desde hacía un par de años, después de romper con un novio, pero no era una monja ni de coña. Era una tía liberal, salía de vez en cuando y se notaba que follaba porque volvía con esa cara de satisfecha. Yo, al principio, la veía como familia, pero joder, viviendo juntos era imposible no fijarme en cómo se paseaba por casa en leggings ajustados que le marcaban el coño o en tops que dejaban ver sus tetitas firmes.


Ella tenía un ex novio negro, un tío alto y cachas, que la había dejado pero seguían follando de vez en cuando. Yo no lo sabía al principio, pero lo descubrí porque salía de fiesta los fines de semana con mis colegas de la uni. Volvía tarde, a las 4 o 5 de la mañana, y a veces notaba que la casa olía a sexo o que había condones usados en la basura mal escondidos. Un día, mientras hacía la colada porque ella me pedía que ayudara, rebusqué en el cesto de la ropa sucia y encontré unas bragas suyas, unas tanguitas negras de encaje, completamente manchadas de semen seco. Olían a coño y a corrida fresca, y me puse burro perdido solo de imaginarla. “¿Quién se la habrá follado?”, pensé, pero no dije nada.


Esa noche, no pude dormir de la curiosidad. Mi tía tenía una cámara de fotos vieja en el salón, de esas digitales que usa para sus viajes, y la cogí para ver si había algo. La encendí, revisé la galería y ¡hostia puta! Encontré una carpeta con fotos de ella follando. Eran como 20 pics: ella de rodillas chupando una polla negra enorme, gruesa y venosa, con la boca abierta y saliva cayendo; otras de ella a cuatro patas, con el culo en pompa y esa polla clavada hasta el fondo, su cara de placer con los ojos en blanco; y unas cuantas de después, con el coño chorreando semen blanco contra su piel morena, las tetitas pequeñas temblando. Se veía que eran recientes, porque reconocí su habitación. El negro la tenía bien abierta, y ella posaba como una puta profesional, sonriendo a la cámara.


Me las pasé todas a mi PC con un USB, borré el historial de la cámara para que no se enterara, y esa misma noche empecé a pajearme con ellas. Me encerré en mi cuarto, me saqué la polla y me corrí tres veces seguidas mirando cómo el ex la follaba. Imaginaba que era yo el que le metía mano a ese culo duro, chupando esos pezoncitos rosados mientras ella gemía. Desde entonces, cada vez que salía de fiesta, esperaba que ella trajera al negro para espiar o algo, pero sobre todo, me obsesioné con sus fotos. Las tenía en una carpeta oculta y me pajeaba todos los días pensando en follármela, aunque era mi tía. Joder, qué morbo.

Si veo que tiene muchos comentarios y apoyo, seguiré con la historia.
 
Hola pajeros del foro, os voy a contar mi historia con mi tía, la hermana de mi madre. Ella tiene 42 tacos pero está como un tren: morena, piel bronceada de tomar el sol, cuerpo fit de gimnasio con tetas pequeñas pero durísimas y puntiagudas, de esas que no caen ni un milímetro, con pezones rosados que se marcan en cualquier camiseta. Y el culo… joder, un culo grande, redondo y duro como piedra, de esos que te ponen la polla tiesa solo con verla caminar. Piernas tonificadas, cintura estrecha, toda una MILF que parece de 30. Os juro que desde que empecé a vivir con ella, no podía dejar de mirarla.


Capítulo 1: Viviendo con ella y descubriendo sus puterías


Todo empezó cuando me matriculé en la uni en su ciudad. Mis padres viven a tres horas de distancia, así que me ofrecieron quedarme en su piso para ahorrar pasta. Mi tía Marta estaba soltera desde hacía un par de años, después de romper con un novio, pero no era una monja ni de coña. Era una tía liberal, salía de vez en cuando y se notaba que follaba porque volvía con esa cara de satisfecha. Yo, al principio, la veía como familia, pero joder, viviendo juntos era imposible no fijarme en cómo se paseaba por casa en leggings ajustados que le marcaban el coño o en tops que dejaban ver sus tetitas firmes.


Ella tenía un ex novio negro, un tío alto y cachas, que la había dejado pero seguían follando de vez en cuando. Yo no lo sabía al principio, pero lo descubrí porque salía de fiesta los fines de semana con mis colegas de la uni. Volvía tarde, a las 4 o 5 de la mañana, y a veces notaba que la casa olía a sexo o que había condones usados en la basura mal escondidos. Un día, mientras hacía la colada porque ella me pedía que ayudara, rebusqué en el cesto de la ropa sucia y encontré unas bragas suyas, unas tanguitas negras de encaje, completamente manchadas de semen seco. Olían a coño y a corrida fresca, y me puse burro perdido solo de imaginarla. “¿Quién se la habrá follado?”, pensé, pero no dije nada.


Esa noche, no pude dormir de la curiosidad. Mi tía tenía una cámara de fotos vieja en el salón, de esas digitales que usa para sus viajes, y la cogí para ver si había algo. La encendí, revisé la galería y ¡hostia puta! Encontré una carpeta con fotos de ella follando. Eran como 20 pics: ella de rodillas chupando una polla negra enorme, gruesa y venosa, con la boca abierta y saliva cayendo; otras de ella a cuatro patas, con el culo en pompa y esa polla clavada hasta el fondo, su cara de placer con los ojos en blanco; y unas cuantas de después, con el coño chorreando semen blanco contra su piel morena, las tetitas pequeñas temblando. Se veía que eran recientes, porque reconocí su habitación. El negro la tenía bien abierta, y ella posaba como una puta profesional, sonriendo a la cámara.


Me las pasé todas a mi PC con un USB, borré el historial de la cámara para que no se enterara, y esa misma noche empecé a pajearme con ellas. Me encerré en mi cuarto, me saqué la polla y me corrí tres veces seguidas mirando cómo el ex la follaba. Imaginaba que era yo el que le metía mano a ese culo duro, chupando esos pezoncitos rosados mientras ella gemía. Desde entonces, cada vez que salía de fiesta, esperaba que ella trajera al negro para espiar o algo, pero sobre todo, me obsesioné con sus fotos. Las tenía en una carpeta oculta y me pajeaba todos los días pensando en follármela, aunque era mi tía. Joder, qué morbo.

Si veo que tiene muchos comentarios y apoyo, seguiré con la historia.
Joder que pasada ,poder ver esas fotos, porno fresco y reciente, y después saber que la actriz está con tigo viviendo
 
Hola pajeros del foro, os voy a contar mi historia con mi tía, la hermana de mi madre. Ella tiene 42 tacos pero está como un tren: morena, piel bronceada de tomar el sol, cuerpo fit de gimnasio con tetas pequeñas pero durísimas y puntiagudas, de esas que no caen ni un milímetro, con pezones rosados que se marcan en cualquier camiseta. Y el culo… joder, un culo grande, redondo y duro como piedra, de esos que te ponen la polla tiesa solo con verla caminar. Piernas tonificadas, cintura estrecha, toda una MILF que parece de 30. Os juro que desde que empecé a vivir con ella, no podía dejar de mirarla.


Capítulo 1: Viviendo con ella y descubriendo sus puterías


Todo empezó cuando me matriculé en la uni en su ciudad. Mis padres viven a tres horas de distancia, así que me ofrecieron quedarme en su piso para ahorrar pasta. Mi tía Marta estaba soltera desde hacía un par de años, después de romper con un novio, pero no era una monja ni de coña. Era una tía liberal, salía de vez en cuando y se notaba que follaba porque volvía con esa cara de satisfecha. Yo, al principio, la veía como familia, pero joder, viviendo juntos era imposible no fijarme en cómo se paseaba por casa en leggings ajustados que le marcaban el coño o en tops que dejaban ver sus tetitas firmes.


Ella tenía un ex novio negro, un tío alto y cachas, que la había dejado pero seguían follando de vez en cuando. Yo no lo sabía al principio, pero lo descubrí porque salía de fiesta los fines de semana con mis colegas de la uni. Volvía tarde, a las 4 o 5 de la mañana, y a veces notaba que la casa olía a sexo o que había condones usados en la basura mal escondidos. Un día, mientras hacía la colada porque ella me pedía que ayudara, rebusqué en el cesto de la ropa sucia y encontré unas bragas suyas, unas tanguitas negras de encaje, completamente manchadas de semen seco. Olían a coño y a corrida fresca, y me puse burro perdido solo de imaginarla. “¿Quién se la habrá follado?”, pensé, pero no dije nada.


Esa noche, no pude dormir de la curiosidad. Mi tía tenía una cámara de fotos vieja en el salón, de esas digitales que usa para sus viajes, y la cogí para ver si había algo. La encendí, revisé la galería y ¡hostia puta! Encontré una carpeta con fotos de ella follando. Eran como 20 pics: ella de rodillas chupando una polla negra enorme, gruesa y venosa, con la boca abierta y saliva cayendo; otras de ella a cuatro patas, con el culo en pompa y esa polla clavada hasta el fondo, su cara de placer con los ojos en blanco; y unas cuantas de después, con el coño chorreando semen blanco contra su piel morena, las tetitas pequeñas temblando. Se veía que eran recientes, porque reconocí su habitación. El negro la tenía bien abierta, y ella posaba como una puta profesional, sonriendo a la cámara.


Me las pasé todas a mi PC con un USB, borré el historial de la cámara para que no se enterara, y esa misma noche empecé a pajearme con ellas. Me encerré en mi cuarto, me saqué la polla y me corrí tres veces seguidas mirando cómo el ex la follaba. Imaginaba que era yo el que le metía mano a ese culo duro, chupando esos pezoncitos rosados mientras ella gemía. Desde entonces, cada vez que salía de fiesta, esperaba que ella trajera al negro para espiar o algo, pero sobre todo, me obsesioné con sus fotos. Las tenía en una carpeta oculta y me pajeaba todos los días pensando en follármela, aunque era mi tía. Joder, qué morbo.

Si veo que tiene muchos comentarios y apoyo, seguiré con la historia.
Dejo mi comentario,estando muy duro,para que me avise de las actualizaciones
 
Has hecho un poco de spoiler con el título del hilo y ya sabemos que te la acabarás follando, pero nos interesa conocer todos los detalles ;)
 
Gracias por los comentarios del primer capítulo, me habéis puesto a tope con tanto apoyo y mensajes pidiendo más. La cosa se calienta poco a poco, como tiene que ser.


Capítulo 2: Empezando a notar el morbo mutuo y pillándola en pleno


Después de descubrir esas fotos en la cámara de mi tía, mi vida en el piso se convirtió en una tortura constante. Me pajeaba mínimo dos veces al día con ellas: una por la mañana antes de salir a la uni, imaginando que era yo el que le metía caña, y otra por la noche, despacio, recreando cada expresión de placer que ponía con los ojos en blanco. Pero lo peor era verla en persona, paseándose por casa como si nada, con leggings que le marcaban el cameltoe perfecto o con tops ajustados donde se le transparentaban los pezones rosados cuando refrescaba.


Ella seguía con su vida liberal, saliendo algunos fines de semana y volviendo con esa cara de recién follada, el pelo revuelto y un olor que lo delataba todo. Yo fingía dormir, pero me quedaba despierto esperando oír la puerta, y al día siguiente rebuscaba en la basura por si encontraba condones usados. Un par de veces los encontré, llenos de leche, y me los llevaba al cuarto para olerlos mientras me corría mirando sus fotos.


Pero lo que de verdad subió la temperatura fue una noche que llegamos los dos tarde. Yo de fiesta con colegas, algo pedo, y ella de “cenar con amigas” (seguro que era con el negro o con algún otro). Entramos casi a la vez, sobre las 3 de la mañana. Venía con un vestido corto negro, ceñido, que le marcaba las tetas duras y el culo en pompa. Olía a perfume, a alcohol y a algo más… Se quitó los tacones riéndose y se tiró en el sofá a mi lado.


—Joder, sobrino, qué noche más larga —dijo, estirándose—. ¿Tú has ligado o solo birras?


Le dije que nada, solo con los colegas. Empezamos a hablar, ella contando anécdotas de su salida, riéndose fuerte, y de repente se recostó un poco más, apoyando la cabeza en el respaldo. El vestido se le subió lo justo para dejarme ver esos muslos morenos y un trocito de tanga rojo. Se me puso tiesa al momento, crucé las piernas para disimular.


Seguimos charlando, y noté que me miraba distinto, como repasándome de arriba abajo. Yo no podía apartar la vista de sus tetas, que con el escote se veían perfectas, sin sujetador. De pronto dijo que tenía calor, se abanicó el cuello y “sin querer” bajó un poco la tela. Vi claramente un pezón rosado asomando, durísimo. Pensé: “Hostia, ¿me está vacilando o qué?”


—Oye, ¿me das un masajito en los hombros? Estoy muerta de tanto bailar —me pidió, girándose hacia mí.


Dudé un segundo, pero acepté. Le puse las manos por encima del vestido y empecé a apretar. Su piel estaba caliente, suave, olía a esa crema que siempre usa. Cerró los ojos y soltó gemiditos bajitos: “Ahhh, sí… ahí, más fuerte, sobrino”. Joder, eran los mismos gemidos que en las fotos cuando la follaban. Se me puso como una barra de hierro, rozándome los pantalones, y noté que ella se movía un poco, como restregándose contra el sofá.


Bajé las manos un pelín más, “por error”, rozando los lados de sus tetas. Ella no protestó, solo suspiró más hondo. Seguí masajeando, y de repente se incorporó, me dio un beso en la mejilla muy cerca de la boca y dijo: “Gracias, guapo, eres un sol. Me voy a dormir antes de que me quede frita aquí”.


Se levantó contoneando el culo delante de mí y se metió en su cuarto. Yo me quedé allí sentado, con la polla latiendo, y en cuanto cerré mi puerta me pajeé como un loco imaginando que había ido a más.


Pero lo que me dejó loco de verdad fue unos días después. Una tarde que ella creía que yo estaba en la uni, volví antes porque se suspendió una clase. Entré sin hacer ruido y oí gemidos desde su habitación. La puerta estaba entreabierta, me acerqué de puntillas y… hostia puta, la pillé en plena faena: desnuda en la cama, piernas abiertas de par en par, metiéndose un dildo negro enorme (seguro que moldeado de la polla de su ex), mientras se pellizcaba los pezones y gemía fuerte. El coño depilado brillaba de lo mojada que estaba, el culo apretado contra las sábanas, las tetitas temblando con cada embestida que se daba ella sola.


Se corrió gritando, arqueando la espalda, y yo casi me corro en los pantalones sin tocarme. Salí de allí pitando antes de que me pillara, y esa noche me cascé cuatro veces seguidas con la imagen grabada a fuego.


Desde entonces el ambiente en casa estaba que ardía. Me miraba más, se rozaba “sin querer” al pasar por el pasillo estrecho, y yo ya no sé cuánto más iba a aguantar sin hacer nada. El morbo estaba por las nubes.
 
Gracias por los comentarios del primer capítulo, me habéis puesto a tope con tanto apoyo y mensajes pidiendo más. La cosa se calienta poco a poco, como tiene que ser.


Capítulo 2: Empezando a notar el morbo mutuo y pillándola en pleno


Después de descubrir esas fotos en la cámara de mi tía, mi vida en el piso se convirtió en una tortura constante. Me pajeaba mínimo dos veces al día con ellas: una por la mañana antes de salir a la uni, imaginando que era yo el que le metía caña, y otra por la noche, despacio, recreando cada expresión de placer que ponía con los ojos en blanco. Pero lo peor era verla en persona, paseándose por casa como si nada, con leggings que le marcaban el cameltoe perfecto o con tops ajustados donde se le transparentaban los pezones rosados cuando refrescaba.


Ella seguía con su vida liberal, saliendo algunos fines de semana y volviendo con esa cara de recién follada, el pelo revuelto y un olor que lo delataba todo. Yo fingía dormir, pero me quedaba despierto esperando oír la puerta, y al día siguiente rebuscaba en la basura por si encontraba condones usados. Un par de veces los encontré, llenos de leche, y me los llevaba al cuarto para olerlos mientras me corría mirando sus fotos.


Pero lo que de verdad subió la temperatura fue una noche que llegamos los dos tarde. Yo de fiesta con colegas, algo pedo, y ella de “cenar con amigas” (seguro que era con el negro o con algún otro). Entramos casi a la vez, sobre las 3 de la mañana. Venía con un vestido corto negro, ceñido, que le marcaba las tetas duras y el culo en pompa. Olía a perfume, a alcohol y a algo más… Se quitó los tacones riéndose y se tiró en el sofá a mi lado.


—Joder, sobrino, qué noche más larga —dijo, estirándose—. ¿Tú has ligado o solo birras?


Le dije que nada, solo con los colegas. Empezamos a hablar, ella contando anécdotas de su salida, riéndose fuerte, y de repente se recostó un poco más, apoyando la cabeza en el respaldo. El vestido se le subió lo justo para dejarme ver esos muslos morenos y un trocito de tanga rojo. Se me puso tiesa al momento, crucé las piernas para disimular.


Seguimos charlando, y noté que me miraba distinto, como repasándome de arriba abajo. Yo no podía apartar la vista de sus tetas, que con el escote se veían perfectas, sin sujetador. De pronto dijo que tenía calor, se abanicó el cuello y “sin querer” bajó un poco la tela. Vi claramente un pezón rosado asomando, durísimo. Pensé: “Hostia, ¿me está vacilando o qué?”


—Oye, ¿me das un masajito en los hombros? Estoy muerta de tanto bailar —me pidió, girándose hacia mí.


Dudé un segundo, pero acepté. Le puse las manos por encima del vestido y empecé a apretar. Su piel estaba caliente, suave, olía a esa crema que siempre usa. Cerró los ojos y soltó gemiditos bajitos: “Ahhh, sí… ahí, más fuerte, sobrino”. Joder, eran los mismos gemidos que en las fotos cuando la follaban. Se me puso como una barra de hierro, rozándome los pantalones, y noté que ella se movía un poco, como restregándose contra el sofá.


Bajé las manos un pelín más, “por error”, rozando los lados de sus tetas. Ella no protestó, solo suspiró más hondo. Seguí masajeando, y de repente se incorporó, me dio un beso en la mejilla muy cerca de la boca y dijo: “Gracias, guapo, eres un sol. Me voy a dormir antes de que me quede frita aquí”.


Se levantó contoneando el culo delante de mí y se metió en su cuarto. Yo me quedé allí sentado, con la polla latiendo, y en cuanto cerré mi puerta me pajeé como un loco imaginando que había ido a más.


Pero lo que me dejó loco de verdad fue unos días después. Una tarde que ella creía que yo estaba en la uni, volví antes porque se suspendió una clase. Entré sin hacer ruido y oí gemidos desde su habitación. La puerta estaba entreabierta, me acerqué de puntillas y… hostia puta, la pillé en plena faena: desnuda en la cama, piernas abiertas de par en par, metiéndose un dildo negro enorme (seguro que moldeado de la polla de su ex), mientras se pellizcaba los pezones y gemía fuerte. El coño depilado brillaba de lo mojada que estaba, el culo apretado contra las sábanas, las tetitas temblando con cada embestida que se daba ella sola.


Se corrió gritando, arqueando la espalda, y yo casi me corro en los pantalones sin tocarme. Salí de allí pitando antes de que me pillara, y esa noche me cascé cuatro veces seguidas con la imagen grabada a fuego.


Desde entonces el ambiente en casa estaba que ardía. Me miraba más, se rozaba “sin querer” al pasar por el pasillo estrecho, y yo ya no sé cuánto más iba a aguantar sin hacer nada. El morbo estaba por las nubes.
que buen relato te felicito me pone a cien
 
Capítulo 3: Fin de semana en la casa rural, piscina y noche juntos


La familia organizó un fin de semana en una casa rural que tenemos en la sierra, de esos rollos de “reunión familiar” con tíos, primos y los padres. Yo no quería ir mucho, pero mi tía insistió en que la acompañara en su coche, “así no conduzco sola las tres horas”. Durante el viaje iba con un short vaquero cortísimo y una camiseta de tirantes fina, sin sujetador, los pezones marcándose cada vez que pasaba un bache. Hablamos de todo, pero notaba cómo me miraba de reojo y se mordía el labio cuando yo cambiaba de marcha.


Llegamos, saludos, barbacoa, vinos… y al día siguiente todo el mundo a la piscina grande que tiene la casa. Mi tía se puso un bikini negro diminuto que apenas contenía ese culo duro y redondo, y arriba dos triángulos que dejaban ver casi toda la teta por los lados. Yo me puse el bañador normal, pero en cuanto la vi chapotear y salir del agua con el bikini pegado al cuerpo, se me puso dura y tuve que meterme rápido para disimular.


Estábamos jugando en el agua con los primos pequeños, pero poco a poco la gente se fue saliendo a tomar el sol o a hacer la siesta. Al final nos quedamos solo ella y yo, haciendo el tonto, salpicándonos y esas cosas. En un momento empezó a perseguirme, riéndose, y yo la cogí por la cintura para hundirla. Ella se revolvió, se pegó a mí por delante, las tetas duras contra mi pecho, y de repente noté cómo sus piernas se enroscaban en las mías bajo el agua.


Forcejeamos un poco más, y de pronto ella se subió a caballito sobre mí, el coño justo encima de mi espalda. Bajó despacio “para no caerse” y sentí claramente cómo la tela fina de su bikini rozaba mi polla, que ya estaba como una piedra. Se quedó ahí un segundo, moviendo las caderas como ajustándose, y juro que noté la entrada calentita y húmeda del coño rozando directamente la punta de mi polla a través de los bañadores. Fue solo un par de segundos, pero ella soltó un suspiro bajito y yo casi me corro ahí mismo. Se bajó rápido, riéndose como si nada, y dijo “venga, valiente, otra vuelta”. Yo no podía ni hablar, solo asentí con la cara roja.


La tarde pasó con más vinos, cervezas y juegos familiares. Por la noche, después de la cena y las copas, todo el mundo estaba pedo. Resulta que habían calculado mal las habitaciones: sobraba una cama, pero en la mía había puesto equipaje y la de mi tía estaba ocupada por unos primos pequeños. Total, que “por esta noche” acabamos durmiendo juntos en una cama de matrimonio que había en el salón reconvertido. La familia se rio, “no pasa nada, sois familia”, y ahí que nos metimos.


Apagamos la luz, yo en mi lado rígido como un poste intentando no rozarla. Ella se puso un camisón corto de satén que apenas le tapaba el culo. Al rato noté que se movía, se giraba, y de pronto pegó todo el culo duro y redondo contra mi polla. Estaba medio dormida por el alcohol, respiraba profundo, pero empezó a restregarse despacio, como en sueños. De repente murmuró el nombre de su ex, “mmm… sí…”, y apretó más las nalgas contra mí, atrapándome la polla entre ellas.


Yo estaba al límite. Intenté apartarme un poco, pero ella volvía a pegarse. No aguanté más: saqué la polla por fuera del bóxer con cuidado, la puse entre esas nalgas perfectas y empecé a moverme despacio. Ella seguía gimiendo bajito, medio dormida, pensando que era él. Me pajeé así, deslizándome entre sus nalgas calientes, hasta que no pude más y me corrí fuerte, echando toda la leche caliente sobre sus nalgas y la parte baja de la espalda. Intenté no hacer ruido, limpié un poco con la sábana y me quedé ahí, con el corazón a mil.


A la mañana siguiente me desperté temprano, ella ya no estaba en la cama. La oí en la ducha del baño de al lado, el agua corriendo un buen rato. Cuando salió, envuelta en la toalla, me miró normal, sonrió y dijo “buenos días, dormilón, qué resaca tengo”. Ni una palabra de lo de la noche, como si nada hubiera pasado. Desayunamos con la familia, risas, y durante el viaje de vuelta iba callada mirando por la ventana, pero de vez en cuando me rozaba la pierna “sin querer” al cambiar de marcha.
 
Capítulo 3: Fin de semana en la casa rural, piscina y noche juntos


La familia organizó un fin de semana en una casa rural que tenemos en la sierra, de esos rollos de “reunión familiar” con tíos, primos y los padres. Yo no quería ir mucho, pero mi tía insistió en que la acompañara en su coche, “así no conduzco sola las tres horas”. Durante el viaje iba con un short vaquero cortísimo y una camiseta de tirantes fina, sin sujetador, los pezones marcándose cada vez que pasaba un bache. Hablamos de todo, pero notaba cómo me miraba de reojo y se mordía el labio cuando yo cambiaba de marcha.


Llegamos, saludos, barbacoa, vinos… y al día siguiente todo el mundo a la piscina grande que tiene la casa. Mi tía se puso un bikini negro diminuto que apenas contenía ese culo duro y redondo, y arriba dos triángulos que dejaban ver casi toda la teta por los lados. Yo me puse el bañador normal, pero en cuanto la vi chapotear y salir del agua con el bikini pegado al cuerpo, se me puso dura y tuve que meterme rápido para disimular.


Estábamos jugando en el agua con los primos pequeños, pero poco a poco la gente se fue saliendo a tomar el sol o a hacer la siesta. Al final nos quedamos solo ella y yo, haciendo el tonto, salpicándonos y esas cosas. En un momento empezó a perseguirme, riéndose, y yo la cogí por la cintura para hundirla. Ella se revolvió, se pegó a mí por delante, las tetas duras contra mi pecho, y de repente noté cómo sus piernas se enroscaban en las mías bajo el agua.


Forcejeamos un poco más, y de pronto ella se subió a caballito sobre mí, el coño justo encima de mi espalda. Bajó despacio “para no caerse” y sentí claramente cómo la tela fina de su bikini rozaba mi polla, que ya estaba como una piedra. Se quedó ahí un segundo, moviendo las caderas como ajustándose, y juro que noté la entrada calentita y húmeda del coño rozando directamente la punta de mi polla a través de los bañadores. Fue solo un par de segundos, pero ella soltó un suspiro bajito y yo casi me corro ahí mismo. Se bajó rápido, riéndose como si nada, y dijo “venga, valiente, otra vuelta”. Yo no podía ni hablar, solo asentí con la cara roja.


La tarde pasó con más vinos, cervezas y juegos familiares. Por la noche, después de la cena y las copas, todo el mundo estaba pedo. Resulta que habían calculado mal las habitaciones: sobraba una cama, pero en la mía había puesto equipaje y la de mi tía estaba ocupada por unos primos pequeños. Total, que “por esta noche” acabamos durmiendo juntos en una cama de matrimonio que había en el salón reconvertido. La familia se rio, “no pasa nada, sois familia”, y ahí que nos metimos.


Apagamos la luz, yo en mi lado rígido como un poste intentando no rozarla. Ella se puso un camisón corto de satén que apenas le tapaba el culo. Al rato noté que se movía, se giraba, y de pronto pegó todo el culo duro y redondo contra mi polla. Estaba medio dormida por el alcohol, respiraba profundo, pero empezó a restregarse despacio, como en sueños. De repente murmuró el nombre de su ex, “mmm… sí…”, y apretó más las nalgas contra mí, atrapándome la polla entre ellas.


Yo estaba al límite. Intenté apartarme un poco, pero ella volvía a pegarse. No aguanté más: saqué la polla por fuera del bóxer con cuidado, la puse entre esas nalgas perfectas y empecé a moverme despacio. Ella seguía gimiendo bajito, medio dormida, pensando que era él. Me pajeé así, deslizándome entre sus nalgas calientes, hasta que no pude más y me corrí fuerte, echando toda la leche caliente sobre sus nalgas y la parte baja de la espalda. Intenté no hacer ruido, limpié un poco con la sábana y me quedé ahí, con el corazón a mil.


A la mañana siguiente me desperté temprano, ella ya no estaba en la cama. La oí en la ducha del baño de al lado, el agua corriendo un buen rato. Cuando salió, envuelta en la toalla, me miró normal, sonrió y dijo “buenos días, dormilón, qué resaca tengo”. Ni una palabra de lo de la noche, como si nada hubiera pasado. Desayunamos con la familia, risas, y durante el viaje de vuelta iba callada mirando por la ventana, pero de vez en cuando me rozaba la pierna “sin querer” al cambiar de marcha.
me parecen muy excitantes lo relatos, han hecho que me saquen mucha leche
 
Capítulo 3: Fin de semana en la casa rural, piscina y noche juntos


La familia organizó un fin de semana en una casa rural que tenemos en la sierra, de esos rollos de “reunión familiar” con tíos, primos y los padres. Yo no quería ir mucho, pero mi tía insistió en que la acompañara en su coche, “así no conduzco sola las tres horas”. Durante el viaje iba con un short vaquero cortísimo y una camiseta de tirantes fina, sin sujetador, los pezones marcándose cada vez que pasaba un bache. Hablamos de todo, pero notaba cómo me miraba de reojo y se mordía el labio cuando yo cambiaba de marcha.


Llegamos, saludos, barbacoa, vinos… y al día siguiente todo el mundo a la piscina grande que tiene la casa. Mi tía se puso un bikini negro diminuto que apenas contenía ese culo duro y redondo, y arriba dos triángulos que dejaban ver casi toda la teta por los lados. Yo me puse el bañador normal, pero en cuanto la vi chapotear y salir del agua con el bikini pegado al cuerpo, se me puso dura y tuve que meterme rápido para disimular.


Estábamos jugando en el agua con los primos pequeños, pero poco a poco la gente se fue saliendo a tomar el sol o a hacer la siesta. Al final nos quedamos solo ella y yo, haciendo el tonto, salpicándonos y esas cosas. En un momento empezó a perseguirme, riéndose, y yo la cogí por la cintura para hundirla. Ella se revolvió, se pegó a mí por delante, las tetas duras contra mi pecho, y de repente noté cómo sus piernas se enroscaban en las mías bajo el agua.


Forcejeamos un poco más, y de pronto ella se subió a caballito sobre mí, el coño justo encima de mi espalda. Bajó despacio “para no caerse” y sentí claramente cómo la tela fina de su bikini rozaba mi polla, que ya estaba como una piedra. Se quedó ahí un segundo, moviendo las caderas como ajustándose, y juro que noté la entrada calentita y húmeda del coño rozando directamente la punta de mi polla a través de los bañadores. Fue solo un par de segundos, pero ella soltó un suspiro bajito y yo casi me corro ahí mismo. Se bajó rápido, riéndose como si nada, y dijo “venga, valiente, otra vuelta”. Yo no podía ni hablar, solo asentí con la cara roja.


La tarde pasó con más vinos, cervezas y juegos familiares. Por la noche, después de la cena y las copas, todo el mundo estaba pedo. Resulta que habían calculado mal las habitaciones: sobraba una cama, pero en la mía había puesto equipaje y la de mi tía estaba ocupada por unos primos pequeños. Total, que “por esta noche” acabamos durmiendo juntos en una cama de matrimonio que había en el salón reconvertido. La familia se rio, “no pasa nada, sois familia”, y ahí que nos metimos.


Apagamos la luz, yo en mi lado rígido como un poste intentando no rozarla. Ella se puso un camisón corto de satén que apenas le tapaba el culo. Al rato noté que se movía, se giraba, y de pronto pegó todo el culo duro y redondo contra mi polla. Estaba medio dormida por el alcohol, respiraba profundo, pero empezó a restregarse despacio, como en sueños. De repente murmuró el nombre de su ex, “mmm… sí…”, y apretó más las nalgas contra mí, atrapándome la polla entre ellas.


Yo estaba al límite. Intenté apartarme un poco, pero ella volvía a pegarse. No aguanté más: saqué la polla por fuera del bóxer con cuidado, la puse entre esas nalgas perfectas y empecé a moverme despacio. Ella seguía gimiendo bajito, medio dormida, pensando que era él. Me pajeé así, deslizándome entre sus nalgas calientes, hasta que no pude más y me corrí fuerte, echando toda la leche caliente sobre sus nalgas y la parte baja de la espalda. Intenté no hacer ruido, limpié un poco con la sábana y me quedé ahí, con el corazón a mil.


A la mañana siguiente me desperté temprano, ella ya no estaba en la cama. La oí en la ducha del baño de al lado, el agua corriendo un buen rato. Cuando salió, envuelta en la toalla, me miró normal, sonrió y dijo “buenos días, dormilón, qué resaca tengo”. Ni una palabra de lo de la noche, como si nada hubiera pasado. Desayunamos con la familia, risas, y durante el viaje de vuelta iba callada mirando por la ventana, pero de vez en cuando me rozaba la pierna “sin querer” al cambiar de marcha.
Me tiene enganchado
 
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