Cancionhumeda
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Capitulo 4
Salimos de las salas de masaje y nos encontramos en el pasillo. Ella estaba radiante: las mejillas sonrosadas, los labios ligeramente hinchados, el pelo un poco revuelto.
Me miró con esa sonrisa pícara que tanto me gusta y me cogió del brazo.
—Ahora me toca el peeling corporal completo —dijo en voz baja—. Dura unos cuarenta y cinco minutos. Ve a las piscinas o al jacuzzi, cariño, relájate un poco.
Asentí, aunque por dentro ardía. La recepcionista confirmó que Carlos se encargaría personalmente del tratamiento. Él apareció enseguida, con su bata blanca, y me dio una palmada amistosa en el hombro.
—Tranquilo, la dejo en perfectas manos —dijo, mirándola a ella con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas. Nos separamos otra vez.
Me llevaron a la zona de aguas: piscina climatizada, jacuzzis con burbujas, saunas. Había algunas parejas, pero todo tranquilo. Me metí en un jacuzzi, cerré los ojos e intenté calmarme. Imposible.
Diez minutos después ya no aguantaba más. Me levanté, me puse el albornoz y empecé a pasear disimuladamente por los pasillos. Pasé por delante de la sala del peeling: puerta cerrada, silencio total. Fui al baño, y al salir vi que la sala contigua estaba abierta y vacía.
Entré sin hacer ruido y cerré la puerta casi del todo. Entonces descubrí la puerta de servicio entre las dos salas. Estaba entreabierta apenas unos centímetros. Me acerqué y miré. Y allí los vi.
Allí estaba ella. Tumbada boca abajo en la camilla, completamente desnuda. La toalla solo cubría simbólicamente la parte baja de la espalda. Carlos, también sin bata ya, solo con el pantalón blanco bajado hasta las rodillas, de rodillas frente a su cabeza.
Ella le estaba haciendo una mamada. Lenta, profunda, con esa forma que tiene de chupar que me vuelve loco: lengua por debajo, labios apretados, mano en la base. Carlos tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, una mano en el pelo de ella guiándola, la otra… la otra metida entre sus nalgas, masturbándola el culo con dos dedos mientras el pulgar le rozaba el coño. Gemía bajito, él.—Joder… cómo me acuerdas a aquella noche…Ella levantó la mirada, sin sacar la polla de la boca, y murmuró algo que no oí bien.
Entonces Carlos la ayudó a darse la vuelta. Ella se puso boca arriba. Las tetas al aire, los pezones duros como piedras. Las piernas abiertas sin pudor. Carlos se colocó entre ellas, se bajó del todo el pantalón y… la penetró de una sola embestida lenta.Las tetas subían y bajaban con la respiración agitada, los pezones duros y rojos. Carlos, entre sus muslos, con el pantalón blanco bajado hasta los tobillos, se la metía despacio, profundamente, una y otra vez.
Joder… qué polla tenía. Enorme. Gruesa como mi muñeca, larga, recta, con venas marcadas que palpitaban cada vez que se hundía en ella. La cabeza gorda, brillante de sus jugos, salía casi entera antes de volver a clavarse hasta el fondo. Se le veía perfectamente cómo su coño se abría para recibirla, cómo los labios se estiraban alrededor de ese grosor, cómo ella se empapaba tanto que cada embestida producía un sonido húmedo y obsceno.
Y él la miraba con admiración absoluta. Los ojos fijos en ella, recorriéndole el cuerpo entero como si no se creyera que la tenía otra vez debajo.
Miraba sus tetas temblar con cada golpe, miraba cómo su polla desaparecía dentro de ella, miraba su cara. La miraba como quien contempla algo perfecto, algo que ha deseado durante años. Con deseo, sí, pero también con una especie de reverencia, como si cada centímetro de su cuerpo fuera un recuerdo vivo de aquella noche en Sitges.
Ella apenas hablaba. Solo gemía. Gemidos cortos, profundos, que salían sin control cada vez que él llegaba al fondo. A veces un “ah…” largo cuando él se quedaba dentro y giraba las caderas. A veces un suspiro tembloroso cuando salía casi del todo y volvía a entrar despacio. No decía palabras. Solo se dejaba follar, disfrutando cada centímetro de esa polla enorme que la llenaba como nunca. Carlos sí hablaba, en voz baja, ronca, casi para sí mismo.
—Joder… mírate… igual que en Sitges… este coño sigue tragándosela toda…Y volvía a mirarla con esa admiración que me quemaba por dentro: los ojos brillantes, la boca entreabierta, las manos agarrándole las caderas como si temiera que desapareciera.
Entonces ella giró la cabeza hacia la puerta. Me vio. Sus ojos se encontraron con los míos.
No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada mientras él seguía follándola. Una mirada intensa, cargada, que lo decía todo: “mira cómo me llena, mira cómo disfruto esta polla que tanto recordaba”. Se mordió el labio inferior, arqueó un poco más la espalda y dejó que un gemido más largo escapara mientras Carlos aceleraba.
Él cambió el ángulo, levantó sus caderas un poco más y empezó a bombear más fuerte.
Los huevos le chocaban contra su culo. La polla entraba y salía entera, brillante, gruesa, implacable. Ella tembló entera, se corrió en silencio casi, solo con un largo suspiro y los ojos clavados en mí, el cuerpo tenso, el coño apretando visiblemente alrededor de esa verga enorme.
Carlos gruñó, se hundió hasta el fondo un par de veces más y se corrió dentro, llenándola, mientras seguía mirándola con esa misma admiración absoluta, como si estuviera viviendo el mejor recuerdo de su vida.
Ella no apartó los ojos de mí ni un segundo. Cuando él salió por fin, la polla todavía dura y brillante goteando, ella siguió mirándome. Sonrió apenas, exhausta, satisfecha.
Y articuló sin voz: “Te lo contaré todo después”.
Yo, al otro lado de la puerta, con la mano dentro del albornoz y la polla latiendo, solo pude asentir. Sabía que la historia de Sitges era mucho más larga de lo que ella me había confesado nunca. Y en ese momento, viéndola así, recién follada por esa polla enorme que él miraba con tanta adoración… me importaba una mierda. Solo quería escuchar cada detalle.
Salimos de las salas de masaje y nos encontramos en el pasillo. Ella estaba radiante: las mejillas sonrosadas, los labios ligeramente hinchados, el pelo un poco revuelto.
Me miró con esa sonrisa pícara que tanto me gusta y me cogió del brazo.
—Ahora me toca el peeling corporal completo —dijo en voz baja—. Dura unos cuarenta y cinco minutos. Ve a las piscinas o al jacuzzi, cariño, relájate un poco.
Asentí, aunque por dentro ardía. La recepcionista confirmó que Carlos se encargaría personalmente del tratamiento. Él apareció enseguida, con su bata blanca, y me dio una palmada amistosa en el hombro.
—Tranquilo, la dejo en perfectas manos —dijo, mirándola a ella con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas. Nos separamos otra vez.
Me llevaron a la zona de aguas: piscina climatizada, jacuzzis con burbujas, saunas. Había algunas parejas, pero todo tranquilo. Me metí en un jacuzzi, cerré los ojos e intenté calmarme. Imposible.
Diez minutos después ya no aguantaba más. Me levanté, me puse el albornoz y empecé a pasear disimuladamente por los pasillos. Pasé por delante de la sala del peeling: puerta cerrada, silencio total. Fui al baño, y al salir vi que la sala contigua estaba abierta y vacía.
Entré sin hacer ruido y cerré la puerta casi del todo. Entonces descubrí la puerta de servicio entre las dos salas. Estaba entreabierta apenas unos centímetros. Me acerqué y miré. Y allí los vi.
Allí estaba ella. Tumbada boca abajo en la camilla, completamente desnuda. La toalla solo cubría simbólicamente la parte baja de la espalda. Carlos, también sin bata ya, solo con el pantalón blanco bajado hasta las rodillas, de rodillas frente a su cabeza.
Ella le estaba haciendo una mamada. Lenta, profunda, con esa forma que tiene de chupar que me vuelve loco: lengua por debajo, labios apretados, mano en la base. Carlos tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, una mano en el pelo de ella guiándola, la otra… la otra metida entre sus nalgas, masturbándola el culo con dos dedos mientras el pulgar le rozaba el coño. Gemía bajito, él.—Joder… cómo me acuerdas a aquella noche…Ella levantó la mirada, sin sacar la polla de la boca, y murmuró algo que no oí bien.
Entonces Carlos la ayudó a darse la vuelta. Ella se puso boca arriba. Las tetas al aire, los pezones duros como piedras. Las piernas abiertas sin pudor. Carlos se colocó entre ellas, se bajó del todo el pantalón y… la penetró de una sola embestida lenta.Las tetas subían y bajaban con la respiración agitada, los pezones duros y rojos. Carlos, entre sus muslos, con el pantalón blanco bajado hasta los tobillos, se la metía despacio, profundamente, una y otra vez.
Joder… qué polla tenía. Enorme. Gruesa como mi muñeca, larga, recta, con venas marcadas que palpitaban cada vez que se hundía en ella. La cabeza gorda, brillante de sus jugos, salía casi entera antes de volver a clavarse hasta el fondo. Se le veía perfectamente cómo su coño se abría para recibirla, cómo los labios se estiraban alrededor de ese grosor, cómo ella se empapaba tanto que cada embestida producía un sonido húmedo y obsceno.
Y él la miraba con admiración absoluta. Los ojos fijos en ella, recorriéndole el cuerpo entero como si no se creyera que la tenía otra vez debajo.
Miraba sus tetas temblar con cada golpe, miraba cómo su polla desaparecía dentro de ella, miraba su cara. La miraba como quien contempla algo perfecto, algo que ha deseado durante años. Con deseo, sí, pero también con una especie de reverencia, como si cada centímetro de su cuerpo fuera un recuerdo vivo de aquella noche en Sitges.
Ella apenas hablaba. Solo gemía. Gemidos cortos, profundos, que salían sin control cada vez que él llegaba al fondo. A veces un “ah…” largo cuando él se quedaba dentro y giraba las caderas. A veces un suspiro tembloroso cuando salía casi del todo y volvía a entrar despacio. No decía palabras. Solo se dejaba follar, disfrutando cada centímetro de esa polla enorme que la llenaba como nunca. Carlos sí hablaba, en voz baja, ronca, casi para sí mismo.
—Joder… mírate… igual que en Sitges… este coño sigue tragándosela toda…Y volvía a mirarla con esa admiración que me quemaba por dentro: los ojos brillantes, la boca entreabierta, las manos agarrándole las caderas como si temiera que desapareciera.
Entonces ella giró la cabeza hacia la puerta. Me vio. Sus ojos se encontraron con los míos.
No dijo nada. Solo me sostuvo la mirada mientras él seguía follándola. Una mirada intensa, cargada, que lo decía todo: “mira cómo me llena, mira cómo disfruto esta polla que tanto recordaba”. Se mordió el labio inferior, arqueó un poco más la espalda y dejó que un gemido más largo escapara mientras Carlos aceleraba.
Él cambió el ángulo, levantó sus caderas un poco más y empezó a bombear más fuerte.
Los huevos le chocaban contra su culo. La polla entraba y salía entera, brillante, gruesa, implacable. Ella tembló entera, se corrió en silencio casi, solo con un largo suspiro y los ojos clavados en mí, el cuerpo tenso, el coño apretando visiblemente alrededor de esa verga enorme.
Carlos gruñó, se hundió hasta el fondo un par de veces más y se corrió dentro, llenándola, mientras seguía mirándola con esa misma admiración absoluta, como si estuviera viviendo el mejor recuerdo de su vida.
Ella no apartó los ojos de mí ni un segundo. Cuando él salió por fin, la polla todavía dura y brillante goteando, ella siguió mirándome. Sonrió apenas, exhausta, satisfecha.
Y articuló sin voz: “Te lo contaré todo después”.
Yo, al otro lado de la puerta, con la mano dentro del albornoz y la polla latiendo, solo pude asentir. Sabía que la historia de Sitges era mucho más larga de lo que ella me había confesado nunca. Y en ese momento, viéndola así, recién follada por esa polla enorme que él miraba con tanta adoración… me importaba una mierda. Solo quería escuchar cada detalle.
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